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Precios de Transferencia y la nueva legislación fiscal

Si el lector se fija en una de las conferencias anunciadas por el Instituto (Precios de Transferencia y la Ley contra el Fraude Fiscal), se dará cuanta de que algo se nos viene encima y que afecta, en última instancia, a nuestro bienestar. Porque, aunque pudiera parecer lejano y concernir solamente a determinadas operaciones y contratos, como siempre sucede, cuando nuevos obstáculos son plantados en el camino de las empresas, son todos los consumidores quienes al final sufrirán el retraso en el surgimiento de nuevos y mejores productos al mercado.

Así ocurre, también, cuando la autoridades fiscales de un país corren a la zaga de sus empresas y se dan cuenta de que el beneficio que ha surgido de las actividades de éstas en el país son gravadas por otro Estado. Alarmados y temblorosos, contactan con sus homólogos (mejor si son europeos) y pergeñan nuevas medidas a través de centros de estudios proclives a sus tesis. Las nuevas medidas, como la futura Ley para la Prevención del Fraude Fiscal, son una clara muestra de la influencia que están protagonizando organizaciones transnacionales que respaldan teóricamente a los gobiernos más intervencionistas.

En el ámbito internacional, los negocios de las empresas pueden verse afectados por las actuaciones del fisco a través de los denominados Precios de Transferencia (precios por los que tributar fijados por la Administración para las relaciones internacionales entre empresas vinculadas). Las empresas vinculadas, aunque hayan llegado a montar una estructura empresarial de mercado que les permita diversificar actividades en distintos países al son de la eficiencia y de la productividad, deben valorar sus compras y ventas entre ellas al precio que estime aceptable la Administración. Es decir, que aunque se vendan y compren entre ellas productos de manera más económica o con un precio menor del que se ofrece en el mercado (precisamente gracias a esa mayor eficiencia conseguida), deben valorarlos a "precios de mercado" (con todos los problemas que ello conlleva) o tal como está definido en la ley: al precio que pactarían "sujetos independientes en condiciones normales de mercado".

En cuanto una empresa creara, por ejemplo, una nueva sociedad para centralizar determinados servicios y llevarlos a cabo más eficientemente, la inspección caería sobre sus bolsillos y le exigiría aumentar sus costes a efectos tributarios. Por lo tanto, con esta penalización a la competencia, se impide la creación de nuevos organigramas más productivos y que servirían de mejor modo a los ciudadanos, haciendo que sean más costosos por el simple hecho fiscal.

Sin embargo, lo verdaderamente palpable con estos movimientos y estos contraataques de la administración para retener bajo su control las rentas gravables se refiere a un protagonista de enorme expansión: la globalización.

La globalización, o la continuación del comercio fuera de las fronteras estatales, posibilitó que el ingenio empresarial se aprovechara de la diferente legislación interna de los países, y en concreto la legislación fiscal. Esto hace que hoy día, el sector privado aproveche sus recursos para minimizar el nocivo efecto del Leviatán y así servir de mejor modo al consumidor.

Por ello, la respuesta de los gobiernos, sobre todo europeos, y de las agencias progubernamentales, (la OCDE, etc.), no se hizo esperar y aplicaron medidas como la fijación de estos precios que engrandecen los poderes de la administración, endurecen las sanciones y amplían los supuestos por los que las empresas estarán a merced del Fisco.

De ahí que, conocer la nueva ley y, sobre todo, saber de la batalla que se está librando entre, por una parte, las empresas y los asesores fiscales, y por otra, el fisco y la Agencia, es imprescindible para poder defenderse y hacer frente a estas nuevas medidas liberticidas que están protagonizando los tiempos venideros.

Escenarios futuros

La mente humana tiene una inclinación natural a aprehender mucho mejor los crecimientos lineales que los exponenciales. El ejemplo de un estanque que puede rellenarse en un mes tanto en progresión aritmética como en geométrica nos ayudará a comprender mejor las enormes diferencias que ambos casos implican.

En caso de crecimiento lineal, al final de los quince primeros días tendremos la laguna ya rellena en un 50% y hacia la mitad de la cuarta semana (el día 25) en más de ocho décimas partes. Los datos contrapuestos de un segundo caso en el que el estanque se rellena duplicando cada día lo embalsado hasta la fecha nos sorprenden. ¡El día 26 tendremos todavía unas nueve décimas partes vacías y el penúltimo día apenas habremos alcanzado la mitad!

Los enemigos del mercado y del progreso económico históricamente han gustado de modelar escenarios apocalípticos disparando en forma de crecimiento exponencial algún dato preocupante. Robert Malthus habló de población creciendo en progresión geométrica y recursos haciéndolo en forma aritmética (curiosamente la progresión bajo el sistema capitalista parece ser la contraria). Karl Marx pintó un escenario de empresas crecientemente monopolísticas extrapolando hacia décadas y décadas futuras el impresionante crecimiento que las comparativamente escasas empresas devenidas en grandes multinacionales habían experimentado en una o dos décadas.

Paul Ehrlich, en su Population Bomb, y el Club de Roma, en Los límites del Crecimiento, resucitaron a Malthus y también hicieron pronósticos apocalípticos en los años 70. Para ello extrapolaron en progresión geométrica los niveles de demanda existentes por entonces al tiempo que presumían crecimientos mucho más modestos para la producción de alimentos y bienes y la innovación tecnológica. De igual naturaleza, tenemos el último espantajo del cambio climático súbito que ningún climatólogo solvente parece avalar.

Lo más notable del caso es que mientras todas esas extrapolaciones apocalípticas de crecimientos exponenciales han gozado de notable publicidad, sigue existiendo un mutismo casi absoluto con respecto a los auténticos casos de crecimiento exponencial a los que viene asistiendo la Humanidad en el último par de siglos y, más específicamente, coincidiendo con el desenvolvimiento del sistema capitalista.

Si extrapolamos un crecimiento real cercano al 4,7% anual acumulativo [(1,047)90=62], nos encontramos con que el PIB total se ha multiplicado por 60 en los últimos 90 años. Las cifras, para la mayor parte de los países que han ido incorporándose durante el siglo XX al sistema capitalista, desde Taiwan a Corea pasando por España, Portugal, Irlanda o Chile, son todavía más espectaculares.

Una parte de ese crecimiento se ha reflejado en la reducción de la semana laboral en el mundo desarrollado a 5 días y 40 horas, partiendo de los 6 días y cerca de 60 horas de principios de siglo. Otra parte ha sido absorbida por los impuestos estatales con los que financiar toda clase de gastos –infraestructuras, pensiones, sanidad, defensa, policía–. Por supuesto, despilfarro y subvenciones de todo tipo también. El gasto público absorbió probablemente más de la mitad de ese crecimiento.

Finalmente, otra parte ha ido a parar al bolsillo de asalariados y accionistas en forma de una mayor disponibilidad de bienes y servicios: el número de horas de trabajo necesarias para adquirir casi cualquier bien, desde una barra de pan a una lavadora, desde una semana de vacaciones a un juguete, sigue desplomándose año tras año. El abaratamiento de la luz, las telecomunicaciones o la computación es todavía más espectacular. El precio de la iluminación en dólares constantes representaba a finales del siglo XX una diezmilésima parte de lo que costaba dos siglos antes. El coste monetario de trasmitir 1.000 palabras pasó de los 10.000$ a principios de siglo XX a 1 centavo un siglo después. El coste físico de energía que gastaba por operación lógica en 1946 el ENIAC (que funcionaba con tubos de vacío) era de 10 watios. El coste de una operación lógica con los microprocesadores actuales es 10.000 veces inferior. Desde que Moore enunciase su ya famosa ley, la capacidad de computación viene duplicándose cada dieciocho meses. Se tardaron 90 años en alcanzar el millón de instrucciones por segundo (MIPS) en velocidad de computación de los procesadores. Hoy la velocidad de los procesadores añade un MIPS ¡cada día!

En los dos últimos siglos la esperanza de vida en el mundo capitalista ha pasado de estar en los 37 años a situarse por encima de los 80. Aquí de nuevo el crecimiento es exponencial pues actualmente se está acrecentando dicha cifra en más de tres meses por cada año que transcurre, mientras que en el siglo XIX la esperanza de vida sólo crecía en términos de semanas por año.

También tenemos crecimiento exponencial en la miniaturización a un ritmo de 5,4 veces por década, lo que nos augura un futuro pleno de nanotecnología en no más de dos o tres décadas.

Ray Kurzweil es un famoso futurólogo (además de inventor, empresario y un puñado de cosas más). Siendo muy consciente de las implicaciones del crecimiento exponencial, viene mostrando inusuales niveles de acierto en sus predicciones. Si nos atenemos a sus pronósticos, siempre y cuando la acumulación de capital y el desarrollo tecnológico del capitalismo logren imponer sus principios frente a las tentaciones totalitarias de neomarxistas, terroristas islámicos o ecologistas, es posible que dentro de tres décadas la inteligencia artificial haya alcanzado la capacidad del cerebro humano, momento en el cual seguramente empezaremos a fundirla de forma cada vez más indistinguible con nuestro sustrato biológico. Kurzweil también estima que dentro de poco más de una década la esperanza de vida se estará incrementando a un ritmo superior a un año por cada año que transcurra, lo que implica más o menos que para mediados del siglo XXI la muerte por vejez habrá dejado de ser algo inevitable. Si a ello le unimos, siendo muy conservadores (la proliferación de inteligencias artificiales autodidactas podría incrementar este número de forma dramática), un crecimiento económico real que seguirá duplicando la producción cada 15 años, con crecimientos de población total mucho más modestos, para el año 2065, nuestra productividad se habrá multiplicado seguramente por diez. Dicho de otra manera, será posible ganar cuatro veces nuestro sueldo actual trabajando menos de la mitad de días por año que en la actualidad. ¡Hay que ver qué perverso es el capitalismo!

Para mentiras, la realidad

“Menos piadosas que las del corazón
son las mentiras de la diosa razón,
yo sólo te conté media verdad al revés
(que no es igual que media mentira)”
Joaquín Sabina

Es mentira que los impuestos sean un robo.

Es mentira que el salario mínimo cree paro.

Es mentira que la Seguridad Social sea un timo piramidal.

Es mentira que la propiedad común sólo pertenece al Estado.

Es mentira que el ecologismo tenga al hombre como un virus de la naturaleza.

Es mentira que el igualitarismo implique la coacción perpetua para evitar las diferencias personales a que conduce el individualismo.

Es mentira que los contratos laborales obliguen al trabajador a aceptar lo que otros, los sindicatos, le imponen y no aquello que libremente acuerda con otro individuo, el empresario.

Es mentira que el derecho a la vida no equivalga al derecho a recibir sustento del prójimo.

Es mentira que el derecho al trabajo conlleve el derecho a coaccionar a otros para que den un empleo.

Es mentira que el derecho a una vivienda digna signifique que otros tienen que pagarte la hipoteca.

En suma, parafraseando a Sabina, es mentira que más de 10 mentiras no digan la verdad.

El crimen de Dresde

Las cifras de la barbarie sobrecogen. Sobre una ciudad de 630.000 habitantes cayeron 650.000 bombas incendiarias de una tonelada cada una, 529 de dos toneladas y una de cuatro toneladas. El incendio que provocó el ataque fue de tal magnitud que la columna de fuego se veía desde 150 kilómetros a la redonda. La ciudad ni siquiera pudo defenderse. Apenas quedaban baterías antiaéreas y los pocos cazas disponibles no pudieron despegar por falta de combustible.

La matanza fue inaudita. Éste de Dresde fue el único bombardeo de los muchos que asolaron Alemania en los dos últimos años de guerra, en el que no quedó gente con vida para enterrar a los muertos. Días después, cuando aún ardían como teas muchos edificios de la ciudad, se abrieron fosas comunes para sepultar apresuradamente a miles de cadáveres. Otros fueron incinerados en grandes parrillas en las que se apilaban hasta 500 cuerpos por pira. Un infierno indescriptible.

La razón por la que Inglaterra y los Estados Unidos planearon y ejecutaron semejante carnicería es aun desconocida. En febrero del 45 Alemania se encontraba presa de la confusión, en retirada de todos los frentes y virtualmente derrotada. Por si esto no fuese suficiente, Dresde no era un enclave importante desde el punto de vista militar. La industria bélica era casi inexistente y, lo que quedase de ella, no estaba operativa. Carecía de destacamentos militares de fuste y no constituía un punto trascendental para las operaciones aliadas.

El de Dresde fue el sangriento y criminoso punto final de una estrategia errada –los bombardeos sobre Alemania– que sólo sirvió para asesinar a mansalva a cientos de miles de civiles. Concebida en origen por Inglaterra como única arma a su disposición, había perdido todo su sentido con la entrada de la Unión Soviética y los Estados Unidos en la contienda. Cuando en 1943 se produjo la letal incursión de la RAF sobre Hamburgo, los bombardeos aliados sobre la población civil carecían de justificación práctica y no estaban demostrándose efectivos desde el punto de vista militar.

El poderío bélico norteamericano y la resistencia rusa, pertinaz como pocas, decantaron la contienda en el invierno del 42. La victoria aliada, a la larga, estaba garantizada, y eso Churchill lo sabía. Inglaterra, además, dejó de padecer los ataques de la Luftwaffe en noviembre del 40, por lo que queda eliminada la coartada de la venganza.

A pesar de que Gran Bretaña consagró gran parte de su esfuerzo bélico al mantenimiento de una inmensa flota aérea, la industria armamentística alemana no se resintió hasta 1944. No lo hizo entonces por los intensos raids aéreos aliados, sino por la falta de materias primas que, a partir del verano de 1944, colapsó la economía del estado nazi.

Los aliados, especialmente Inglaterra, consumieron preciosos recursos en un modo de hacer la guerra moralmente inaceptable que, indudablemente, retrasó el final del conflicto. Esto y la larga campaña italiana pospusieron –tal vez un año– el desembarco en Francia. No veo preciso remarcar que, de haber sido así, Stalin no se hubiera adueñado de la mitad de Europa, simplemente porque su ejército nunca hubiese llegado tan lejos.

Valga esta pequeña reflexión en perspectiva para percatarse de lo estéril e ilógico que fue el crimen de Dresde.

La troika del capitalismo

¿Se ha parado a pensar alguna vez de dónde proviene el progreso económico? ¿Qué misteriosas “fuerzas” hacen avanzar a la sociedad y la enriquecen de manera continuada? Mucha gente se ha rendido ante la evidencia de que el capitalismo eleva el nivel de vida de las masas, pero muy poca comprende cuál es el proceso exacto por el que la riqueza se genera y se difunde entre los miembros de una sociedad.

Para explicarlo recurriremos a la frecuente evolución de las necesidades que se produce a lo largo de la vida de una persona. Cuando un individuo es joven sus brazos y su cerebro le permiten obtener un salario con el que adquirir los bienes que necesita; sin embargo, ese mismo individuo sabe que dentro de 50 o 60 años sus brazos y su cerebro dejarán de funcionar al mismo nivel, de modo que se quedará sin salario con el que subsistir. De ahí que muchas personas se preocupen de ahorrar una parte de su renta para disponer de una cierta riqueza que les permita sobrevivir durante su jubilación.

Cuando este individuo llega a la tercera edad sus necesidades pasarán más bien por desacumular la riqueza y “quemarla” durante los últimos años de su vida; sin embargo esto puede no ser tan sencillo. Imagine que su riqueza la posee en forma de pisos o empresas; en ese caso es posible que no quiera enajenar su inmovilizado para conseguir dinero. En realidad, lo ideal sería contratar a una persona que gestionara sus pisos (alquilándolos) o su empresa (obteniendo beneficios) a cambio de una porción de las rentas.

Por tanto, tenemos de momento dos personas: el joven que quiere transformar renta en riqueza y el anciano que quiere convertir su riqueza en renta. Añadamos a dos sujetos más: el inventor y el empresario.

El inventor es una persona inteligentísima capaz de realizar aportaciones tecnológicas esenciales para la humanidad a través de su investigación. Sólo tiene un problema: necesita una renta con la sobrevivir durante el tiempo en que está trabajando.

El empresario es un sujeto intrépido y visionario que sabe perfectamente cómo conseguir beneficios. Pero, también el, tiene una carencia: le faltan los medios de producción con los que implementar su negocio.

Si nos fijamos, el inventor es la persona capaz de convertir la renta (el sustento que necesita para sobrevivir) en riqueza (descubrimiento tecnológico) y el empresario es el individuo capaz de transformar la riqueza (medios de producción) en renta (beneficios). Por tanto, el inventor es la pareja perfecta del jovenzuelo y el empresario el compañero ideal del anciano.

El jovenzuelo le proporciona al inventor una parte de su salario y cuando éste culmine la investigación, ambos compartirán la riqueza derivada de su descubrimiento. El anciano le arrienda al empresario sus medios de producción y éste le compensa con una porción de los beneficios que obtenga.

El esquema parece que funciona bien hasta el momento, sin embargo hay un problema. Tanto el jovenzuelo como el anciano pueden conseguir sus fines sin la colaboración del empresario y el inventor. El jovenzuelo sólo tiene que ahorrar y al anciano le basta con desahorrar. El poder de negociación del empresario y el inventor es muy pequeño, de modo que numerosos proyectos podrían no salir adelante.

Pero por fortuna nos falta introducir al quinto sujeto: el capitalista. El capitalista es aquella persona que ya ha acumulado una cierta riqueza y que no desea atesorarla, sino utilizarla para producir aun más riqueza.

Siendo ello así, el capitalista está llamado a asociarse tanto con el empresario como con el inventor, una vez estos últimos hayan agotado las oportunidades de ganancia con los ahorradores y los pensionistas.

El capitalista proporciona al empresario el capital que necesita para comenzar el negocio, éste transforma el capital en renta y con esta renta contrata al inventor para que la transforme en riqueza y pague con ello al capitalista. O dicho en otras palabras, el empresario obtiene el capital necesario para comenzar el negocio y mediante los beneficios presentes y futuros financia el gasto en I+D.

Este modelo pentagonal, desarrollado originariamente por Antal Fekete, nos permite explicar los dos procesos fundamentales a través de los que se incrementa nuestro bienestar: la acumulación de capital y el desarrollo tecnológico. La asociación del capitalista, el empresario y el inventor, esto es, de la voluntad, el talento y el cerebro, da lugar a un progreso imparable que beneficia a toda la sociedad. El tipo de interés se desploma gracias a la aparición del capitalista y las buenas ideas de cualquier individuo –tenga o no recursos iniciales- pueden llegar a materializarse.

Es al capitalista, al empresario y al inventor –a troika del capitalismo– a quienes debemos nuestros estándares de vida actuales. Una asociación imparable al servicio de las masas.

El intervencionismo que vendrá

En España se vive bien. No es una opinión personal sino la de una millar de españoles que se han retratado en el Eurobarómetro especial nº 251, un prolijo documento que la Comisión Europea ha publicado hace una semana. Nada menos que un 96% de los españoles entrevistados afirman que se sienten bien viviendo en nuestra nación. Sólo los de las potencias escandinavas están por delante de estos aventurados ciudadanos y eso que ellos no tienen las mismas dificultades que nosotros para llegar a fin de mes.

La familia y el trabajo son los pilares en los se apoya la felicidad de los europeos, fundamentalmente de los 15, que en esto de la alegría no es de extrañar que le lleven años y percentiles de distancia a las emergentes naciones poscomunistas.

Es de suponer que familia y trabajo serán, por lo tanto, objetivos permanentes de las políticas intervencionistas de nuestros eurácratas. Ya que no se trata de dejar las cosas como están, si van bien, sino de encontrar la manera de torcerlas… con la mejor intención de este lado del mundo.

Los datos del documento 251 hacen suponer que los protagonistas de tanta dicha viven su vida de espaldas a la política europea, preocupados por su día a día manifestando, en algunos casos, una desafección respecto la UE que raya el derrotismo. Si bien es cierto y resulta por ello alarmante que, en definitiva, lo que reclaman los europeos es una mayor injerencia de la eurocracia a todos los niveles. Es decir, se trata de cubrir las ineficiencias de los estados miembros no con la exigencia de menores cotas de intervencionismo, sino con la mayor intervención de poderes supranacionales.

La Comisión Europea concibió este documento como una herramienta fundamental en el proceso "de escucha y de diálogo" que quedo abierto tras el varapalo que supuso la negativa de Holanda y Francia a ratificar el tratado para la Constitución Europea. Una herramienta con la que establecer un canal de comunicación con sus ciudadanos, que permitiera a las instituciones de la UE ajustar sus políticas para evitar nuevas debacles consultivas. Seiscientos mil euros que servirán para que nuestros políticos ajusten mejor sus mensajes mientras, en bambalinas, seguirán haciendo lo que crean mejor para nosotros.

Un ejemplo anecdótico: jalear al boliviano Morales, nuevo fetiche de los eurotercermundistas que debieran comprender que el temor a la globalización, que buena parte de los entrevistados ha manifestado, es consecuencia de la esquizofrenia intelectual que demuestran los políticos europeos en este, como en tantos otros temas. En fin, no es de extrañar que un conocido periódico español pudiera decir, y quedarse tan ancho, que "todo el pensamiento culto del siglo XX está impregnado de marxismo".

Hacia el totalitarismo democrático

La Fiesta de la Democracia, ésta es la periodística descripción con la que muchos medios de comunicación describen los días en los que se celebran elecciones en España. Los ciudadanos se visten de domingo, porque generalmente suele ser domingo y antes del aperitivo o después de misa, si son creyentes y practicantes, se acercan a su colegio electoral para depositar en las urnas los votos preceptivos. Después, vuelven a sus quehaceres, en muchos casos con la satisfacción del deber cumplido. Semejante comportamiento es ante todo un asesinato de la libertad y no porque este protocolo, esta liturgia electoral sea dañina, al menos no mucho, sino porque muchos de ellos creen que la Democracia consiste únicamente en esto. Y no debemos culparles, al menos no del todo, porque políticos, instituciones y periodistas así nos lo venden y de esta manera, la Fiesta de la Democracia se convierte en un día grande, sobre todo para el liberticida.

La libertad conlleva responsabilidades. Puede que a los partidarios del Estado de Bienestar les suene extraño puesto que piensan que el Estado, dentro de su infinita sabiduría, conoce nuestras necesidades y cómo satisfacerlas y que no debemos preocuparnos porque ya proveerá. El Estado, sus funcionarios, debe tener manga ancha, debe tener cierta libertad de acción, cierta capacidad de maniobra y generalmente esta suele chocar con los intereses de la gente así que taimadamente, sin apenas notarlo, incluso con justificaciones morales aceptadas por todos, va reduciendo la participación ciudadana al elemental ejercicio de introducir un papel en una urna y al liberador pero inútil desahogo de gritarle al televisor o a la radio cuando lo que vemos u oímos nos indigna. La libertad queda cercenada aun con el traje del domingo.

España es ante todo una partitocracia, un régimen donde las leyes y las normas nacen, cuando no se escriben, en las sedes de los partidos que ostentan en ese momento el poder, son ratificados en unas Cortes Generales donde la disciplina de partido es un tabú difícil de romper y donde una docena de congresistas y senadores ostentan la dirección de cientos de compañeros a los que todos pagamos por no tener ninguna iniciativa propia, ni un pensamiento que se aparte de la visión oficial del partido. Y este modelo se repite en las administraciones autonómicas y locales, de forma que todo viso de individualismo, de iniciativa particular se pierde en un grupo donde la disidencia queda severamente castigada. Las listas cerradas, que es el sistema usado en España frente al más responsable sistema de la elección directa, es una manera más de favorecer a esta superburocracia que se llama partido político y que dice representar al ciudadano.

Así, las Instituciones, cuyos representantes son elegidos en la mayoría de los casos por el poder legislativo o ejecutivo así elegidos, terminan convirtiéndose en meras herramientas para los intereses partidistas. Si, como en España, el Estado tiene fuertes raíces en la sociedad y en la economía, estas mutan en verdaderos enemigos de los que dicen proteger. De esta manera y en los últimos meses, las reguladoras económicas "independientes" han favorecido operaciones como la OPA de Gas Natural sobre Endesa o la de Sacyr sobre BBVA porque los presidentes de tales empresas fueron "colocados" por el PP, ahora en la oposición, y no se pliegan a los intereses políticos del poder. Hasta instituciones tan cercanas a los ciudadanos como las asociaciones de vecinos terminan siendo una mera comparsa, una herramienta entre patética y útil para los grupos en la oposición en su acoso y derribo al poder, compañía que rápidamente dejan detrás cuando la alternancia se hace efectiva.

La separación de poderes, otro de los mecanismos que se articulan para que el poder del administrador quede limitado, es otra entelequia, una teoría que no termina de traspasar las tapas de los libros. El Poder Judicial responde también a los intereses de los partidos políticos, desde los cuales se dan nombres y se censuran otros para elegir los cargos que gobernarán la judicatura. Este situación permite que muchas situaciones legalmente sospechosas, puedan llevarse a cabo y, aunque con el tiempo se demuestre su naturaleza ilícita, sea imposible deshacer el entuerto como en el famoso caso Rumasa.

El régimen en el que vivimos amenaza con convertirse en una especie de totalitarismo democrático, un sistema donde tenemos la sensación de controlar nuestras vidas con un papelito lleno de nombres a los que no podemos asignar ni una cara ni un discurso. Una democracia que cada vez se parece más a los regímenes populistas que tanto daño han hecho, tanto daño hacen por todo el globo terráqueo. Se plantean muchas cuestiones, pero todas se resumen en una, cómo debemos articular el traspaso del poder de estos "representantes de la ciudadanía" a los ciudadanos, cómo podemos recuperar aquellas responsabilidades que hemos cedido o nos han sido arrebatadas por la fuerza de la "democracia", en definitiva como recuperamos la libertad de decidir, de equivocarnos.

Enseñanza media contra el mercado

Recuerdo aquellas clases como si fueran ahora mismo. A finales de los años 70 y comienzo de los 80, en el colegio donde estudié –cuyo ideario no era progre pero tampoco reaccionario– predominaba sin embargo un grupo de profesores del área social que vendían frecuentemente a sus alumnos dos embustes básicos. El primero de ellos consistía en que la solución a los presuntos males de España era nada menos que copiar ¡el modelo autogestionario de la Yugoslavia de Tito! Esto nos lo contaban sin asomo de crítica alguna, sin pestañear, en plena era de la guerra fría, comprobados los míseros resultados de los satélites de Moscú. La misma cantinela se repite de nuevo con los próximos estatutos: exclusión, autarquía y control de los ciudadanos. La segunda patraña de los dómines afirmaba que la economía occidental tenía también insondables agujeros negros al igual que el bloque soviético. Si los comunistas asumían en Albania un ejemplo de penuria insoslayable, el libre mercado fallaba en Portugal, el sempiterno enfermo de Europa. Comparaban la miseria decretada contra los albaneses por el tirano Enver Hoxha, con las tribulaciones políticas y financieras de la gran nación hermana. La intención era quizá introducir la duda más cercana en la mente de aquellos chavales. No obstante, surgieron momentos para la rebelión. Al cura que nos endilgó una soflama a favor de Gramsci, Althusser y demás príncipes del marxismo, unos compañeros le cambiaron el vino por vinagre antes de la misa, y el regocijo durante la celebración fue de los que causaron época.

El sesgo de la enseñanza media contra la libertad, el mercado y la globalización, desafortunadamente, continúa. Desconozco si los adolescentes de hoy están dispuestos a realizar alguna gamberrada para librarse de tales pestiños. En cualquier caso, la monografía de Manuel Jesús González, premio Libre Empresa 2004, publicada por el Círculo de Empresarios, vuelve a recordarnos que todavía queda mucho por hacer. En su trabajo, el profesor González señala que sólo el 29 por ciento de los manuales de enseñanza analizados exhiben cierta neutralidad respecto de la función empresarial, mientras que otro 31,4 por ciento la ignoran y cerca de un 40 por ciento la combaten abiertamente.

Es significativo que uno de esos textos propone la siguiente dinámica de grupo: parte de los alumnos representarán para el resto de la clase una reunión de sindicalistas de la Primera Internacional en la que se discute la preparación de una huelga en una empresa textil de Barcelona; de los participantes en la dinámica, unos aceptarían la subida salarial propuesta por el patrón y otros optarían por la vía revolucionaria. Cuando el profesor lo considere oportuno, dará por zanjado el debate. Lo más destacado de esta actividad se reflejará en un periódico mural expuesto en el aula. Así va el juego denominado Revisionismo o Revolución. ¿Lamentable, no?

Enseñar en España ha valido tradicionalmente muy poco. Educar en la piel de toro es llorar. Se sigue considerando a la formación en determinadas habilidades como una práctica blanda, casi irreal. A los formadores o se les menosprecia o se pretende de ellos cualidades taumatúrgicas, cuando probablemente no merecen ni una cosa ni otra. Al mismo tiempo los programadores gubernamentales, junto a los editores que les secundan, quieren hacer del estudiante, futuro trabajador, un revolucionario en potencia, para después mofarse de él. El ambiente no es propicio pero hay que ponerse las pilas en la pedagogía del liberalismo. El Instituto Juan de Mariana está en ello, para llegar más alto, más lejos y más fuerte en la defensa de lo que verdaderamente importa.

Lo que enseñan en mi clase de economía

A lo largo de una carrera se permite a los estudiantes escoger un cupo de asignaturas de otras titulaciones. Así, este trimestre curso "Economía Política I", de la licenciatura de Economía. Se trata de una asignatura de introducción a la economía, de modo que en principio no exige conocimientos previos y está encaminada a sentar los fundamentos de la teoría económica que luego será desarrollada en sucesivas asignaturas. El problema es que sin una idea cabal previa de cómo funciona el mercado o una actitud crítica que cuestione sistemáticamente todo lo que el profesor explica, los alumnos se exponen a un verdadero lavado de cerebro. Asisten a clase receptivos, confiados, con el propósito de aprender, y justo es cuando debieran tener las defensas más altas. Nadie les ha dicho que lo que van a enseñarles está viciado de base, que hay corrientes que emplean otra metodología y llegan a conclusiones radicalmente distintas, que la finalidad no declarada de la asignatura es justificar el statu quo intervencionista y modelar una generación de economistas prestos a secundar el sistema y a servirlo, en todo caso, como ingenieros sociales.

La asignatura incluye el temario neoclásico habitual: el equilibrio competitivo, el óptimo de Pareto y el principio de compensación, funciones de utilidad y curvas de indiferencia, la caja de Edgeworth, los fallos del mercado, equidad y medidas de desigualdad etc. Libro de cabecera: "Principios de Economía" de Mankiw. Durante las primeras semanas la profesora se ha dedicado a llenar la pizarra de números y a dibujar curvas de demanda, de oferta, de indiferencia, de contrato y de posibilidades de utilidad y de producción. La guinda la ha puesto el profesor de prácticas haciendo derivadas. No es extraño, claro está, que después haya quien crea que una cosa es la teoría y otra muy distinta la realidad.

Los protagonistas de la realidad económica, como dijera Huerta de Soto, no son funciones o sistemas de ecuaciones, sino personas de carne y hueso que actúan, que constantemente conciben fines y descubren medios para satisfacerlos. La profesora, sin embargo, habla de individuos con funciones de utilidad, asigna números cardinales a sus preferencias, compara la utilidad de unos y otros. "Ahora quito de aquí para mejorar esta situación de ahí, ¿las ganancias sociales superan las pérdidas sociales?". Pero vamos a ver, señora profesora, ¿puede decirnos cuál es su función de utilidad? Estamos esperando… ¿En cuántas unidades de utilidad valora usted un trozo de pizza exactamente? ¿Cómo puede sumar, restar y comparar utilidades de distintos individuos tan alegremente? ¿Qué rigor científico tiene esto? Ninguno. Las valoraciones subjetivas de los individuos son de carácter ordinal, la utilidad no se puede medir. Pero si la profesora admitiera este punto ya no podría seguir jugando a ser Dios con sus gráficos, redistribuyendo renta e interviniendo en el mercado para aumentar los "beneficios sociales".

En clase se nos explica que cada vez que la realidad se separa del modelo teórico de competencia perfecta nos hallamos ante una ineficiencia del mercado, un fallo del mercado. ¿Y no puede ser que lo que falle sea el modelo? La realidad es dinámica, el modelo neoclásico es estático; el proceso real de mercado es básicamente un proceso de creación de nueva información, el modelo de competencia perfecta presupone información plena. En suma, el modelo es irreal, pero paradójicamente se utiliza para ilustrar cómo debería ser la realidad.

En la economía que nos enseñan el ser humano no actúa, reacciona. Toda la información sobre fines y medios está dada, de manera que la gente sólo tiene que reaccionar mecánicamente ante esta información, sólo tiene que maximizar una función determinada. Partiendo de esta premisa, ¿por qué no iba el Estado a intervenir? La información está dada, ¿no sería mejor que fuera manejada por tecnócratas especialistas? La cuestión es que la economía presentada de este modo elude el problema económico fundamental: la creación de esa información. En el mundo real la información sobre fines y medios no está dada en absoluto, tiene que crearse. Y sólo puede crearse en el marco de una economía libre. El modelo neoclásico parte en este sentido de la consecuencia del proceso competitivo (de la estructura de precios a que da lugar continuamente la acción humana), luego no puede pretender explicar el proceso competitivo mismo. En otras palabras, el modelo presupone que el problema principal a resolver ya está resuelto, y de esta forma puede justificarse la intervención del Estado por doquier.

El edificio teórico de la asignatura se alza sobre cimientos de fango, pero acaso lo más destacable sea que la profesora no haya citado siquiera a un solo crítico de la concepción económica neoclásica. Todos los teóricos, palabras suyas, parten de estas mismas premisas, aun cuando a veces diverjan en sus conclusiones. Seguramente este comentario no es achacable a un afán manipulador, sino al simple desconocimiento de que esos críticos existen. Es probable que no haya leído nada de Mises, Hayek o Kirzner, no digamos ya Rothbard, y que de la escuela austriaca de economía apenas le suene el nombre. No hace mucho el propio Greg Mankiw, autor del libro de referencia de la asignatura, reconocía que no había leído a ningún autor austriaco, con excepción de Hayek y su "Camino de Servidumbre", la más elemental de sus obras.

Partiendo de la metodología y las premisas irreales que enseñan en clase es sumamente fácil llegar a conclusiones intervencionistas. Los alumnos asisten a un curso de legitimación del Estado del Bienestar más que de ciencia económica, y mucho me temo que esta realidad es extrapolable al resto de las universidades del país, y allende nuestras fronteras.

No a la energía solar fotovoltaica

El desconocimiento de la población sobre los costes y repercusiones de cada tecnología de generación de energía, favorece que los políticos de turno se cuelguen una falsa “medalla” ecologista subvencionando utopías medioambientales como la electricidad generada con paneles fotovoltaicos.

Para aquellos profanos en el mercado energético, el Sol puede parecer muy atrayente como fuente inagotable de energía ya que permite producir electricidad y agua caliente. 

La energía fotovoltaica aprovecha la radiación solar para generar electricidad mediante paneles fabricados con materiales semiconductores que captan los fotones transmitidos en la luz solar para producir una corriente continua de electrones, es decir, electricidad. Hasta aquí, todo muy bonito. Pero cuando estudiamos el rendimiento energético de los paneles solares fotovoltaicos comprobamos que, de toda la energía que nos llega del Sol, sólo se aprovecha entre un 9% y un 16%.

El Real Decreto 436/2004, de 12 marzo, regula la electricidad en régimen especial. Dejando a un lado otras distorsiones que introduce, subvenciona tan exageradamente la tecnología solar fotovoltaica que, desde entonces, los consumidores están demandando preferentemente esta tecnología de generación eléctrica totalmente ineficiente, en detrimento de inversiones en otras mucho más eficientes.

Gracias a ese decreto, todos y cada uno de los contribuyentes españoles subvencionamos la instalación de paneles solares fotovoltaicos, pagando de nuestros impuestos la electricidad que éstos exporten a la red principal hasta 5’75 veces (0’44 €/kWh durante el año 2006) sobre el precio de la tarifa eléctrica media durante los primeros 25 años de funcionamiento del panel y, a partir de entonces hasta 4’6 veces (0’35 €/kWh en el año 2006). Esto supone, en la práctica, que muchas empresas y ciudadanos particulares están prefiriendo realizar una inversión financiera –convenientemente subvencionada por los contribuyentes– instalando en su tejado paneles fotovoltaicos, en vez de realizar una inversión tecnológica en ahorro energético.

Para colmo de males, fabricar un panel fotovoltaico es un proceso muy contaminante, que además requiere casi tanta energía –para fundir sílice y purificarlo– como la que generará el panel solar fotovoltaico en toda su vida operativa.

Debido a su coste inicial y a su muy bajo rendimiento, la energía solar fotovoltaica, incluso contando con la enorme subvención gubernamental, hoy en día tiene un retorno de inversión de 10 años en España.  No obstante, al inversor financiero este hecho no le importa, ya que gracias al paternalismo del estado todos los contribuyentes de España subvencionan la operación financiera durante más de 25 años. Al final del proceso (35 a 40 años), el inversor habrá obtenido una rentabilidad anual del 8% al 10%, que es mucho más que lo que proporcionan habitualmente muchos planes de pensiones.

Es decir, los españoles estamos financiando “jubilaciones” a ciudadanos de España y del extranjero que tienen la módica cifra de 600.000 Euros para invertir sus ahorros –con una pequeña participación de 60.000 euros– en un proyecto de “huerta solar” de 100 kW.

Algún ecologista de renombre tendría que explicarnos por qué es práctico generar electricidad en los paneles fotovoltaicos de una “huerta solar”, cuando su rendimiento es del 9% al 16%, para su posterior exportación a la red eléctrica y su envío por cables eléctricos a varios kilómetros de distancia donde se encuentra el consumidor final; con unas pérdidas acumuladas en el transporte –en calentamiento de cables y transformadores– de entre el 8% y el 15%, dependiendo de la distancia a cubrir. Pero parece que les importe más la demagogia que la realidad.