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Que sus torpezas no nos afecten

Un político debe ser capaz de predecir lo que va a suceder mañana, el mes próximo y el año que viene, y de explicar después por qué no ocurrió lo que predijo.

Winston S. Churchill

1917 fue un año prolijo en acontecimientos. Corría el tercer año de lo que más tarde se conocería como la Gran Guerra y el frente occidental que se formó durante un frenético mes de agosto de 1914 se había transformado en una estrecha línea de trincheras que partía Europa desde el Canal de la Mancha hasta Suiza y donde los avances más significativos apenas llegaban, en el mejor de los casos, a unos cientos de metros. El frente oriental donde se enfrentaban rusos contra alemanes y austriacos era algo menos estático pero igual de sangriento. Los muertos y heridos en ambos bandos se acumulaban a ritmos insospechados y la desesperación entre los soldados era algo más que un sentimiento reprimido. El pacifismo que durante el principio de la guerra era un movimiento maldito ganaba adeptos en ambos bandos.

El Kaiser Guillermo no era ajeno a este sentimiento y mientras en el frente occidental se producían huelgas en el ejército francés, lo que obligó a los británicos a ofensivas suicidas para ocultar a los alemanes su debilidad, en el oriental se abrió una puerta que a la larga sería letal. El movimiento bolchevique tenía en Lenin uno de sus pilares fundamentales pero Lenin peregrinaba de país en país a la espera de una oportunidad de entrar en Rusia y arrebatar el poder al Zar. La propaganda bolchevique había encontrado entre tanto descontento a eficientes correos que abogaban por el cese del conflicto como paso previo para la Revolución y militantes bolcheviques como Alexander Helphand ya se habían dirigido en 1915 al gobierno alemán en términos de igualdad de objetivos, la salida de Rusia de la guerra. El Kaiser decidió dar un golpe de mano y desde Zurich y a través de territorio alemán para evitar que las fuerzas de la Entente lo pudieran detener, Lenin fue escoltado hasta territorio ruso en la primavera de 1917, llegando a Petrogrado el 16 de abril. El objetivo del Kaiser y de buena parte de su gobierno se había logrado y la máquina revolucionaria se pondría en marcha.

El emperador Carlos de Austria, que había sustituido a su tío Francisco José tras su muerte, se dirigió al Kaiser en términos de preocupación por lo que podría pasar en otras monarquías europeas si la revolución bolchevique tenía éxito. El Kaiser no parece que se inmutara pensando seguramente que tal circunstancia no era posible en su tradicional Alemania. Todo quedó en una anécdota. Sin embargo, el propio Lenin dijo nada más llegar al futuro Leningrado que “No está lejos la hora en que, ante el llamamiento de Karl Liebbknecht, el pueblo alemán vuelva sus armas contra los explotadores capitalistas”.

Lo cierto es que la Revolución bolchevique tuvo éxito y Rusia se retiró de la guerra dejando a los aliados occidentales en una situación preocupante. Lo cierto es que los últimos coletazos de la guerra y durante las conversaciones de París, una docena de ciudades alemanas incluidas Berlín, presentaban levantamientos bolcheviques, Viena sufrió una “revolución roja” y Bela Kun estableció un gobierno comunista en Hungría durante nueve meses con el terror como elemento fundamental de su política.

A esta incapacidad manifiesta de prever el futuro no fue ajena el propio Lenin. La salida de Rusia del teatro de la guerra no iba a ser un mero formalismo y los alemanes exigieron conquistas territoriales y control de hecho de muchos territorios. La negativa de las autoridades bolcheviques paró la retirada de tropas y los alemanes empezaron a conquistar territorios que antes nunca habían podido soñar. El ejército bolchevique apenas podía hacer frente a nada y la firma de la paz de Brest-Litov fue claramente negativas para los intereses comunistas. Aunque la Gran Guerra terminó formalmente el 11 de noviembre a las 11 de la mañana, hora de París, en el este europeo continuó. El pacifismo de los bolcheviques era una excusa para tomar el poder. La mentira es revolucionaria 

El nacionalismo alemán, que dio sus primeros coletazos en la era napoleónica, alentado y promovido por Prusia, con Bismarck como eficiente arquitecto, ayudó a la creación de Alemania y del militarismo alemán y fue padre del nazismo y padrino de la revolución bolchevique. La incapacidad de ver las consecuencias de sus actos a medio y largo plazo y sólo manejar los beneficios instantáneos es una máxima del político iluminado. Ni Bismarck ni Guillermo II ni Lenin ni muchos que luego los sustituyeron estuvieron a la altura.

A pesar de tan sangriento ejemplo, seguimos viendo como desde el Estado se establecen grandes planes. Por lo general, estamos hablando de predicciones económicas como la inflación o el gasto presupuestario, otras veces de políticas sociales más o menos intervencionistas, rara vez planes quinquenales como los de los chinos y afortunadamente en muy pocos casos, guerras y agresiones violentas como la que llevó a Irak a la invasión del pequeño estado de Kuwait. Si como regla general vemos que son idealistas, verdaderos videntes con sueños de grandeza, quitémosles su principal herramienta para que sus sueños, sus ensoñaciones y disparates dañen al menor número de personas. Hagamos más pequeño el Estado, que la gente coja las riendas de sus vidas otra vez. Que sus torpezas no nos afecten, al menos demasiado.

La dictadura del convenio colectivo

El hecho fue reciente y se cuenta de la forma más veraz posible. Durante una serie de entrevistas realizadas a lo largo de varios días por dos consultores –cuyo objetivo final era la elaboración de un análisis sobre la gestión de costes en una importante empresa maderera– llegó el turno de escuchar la opinión de un grupo representativo de operarios de la fábrica acerca del negocio para el que trabajan desde hace años. Anteriormente, se había conversado con los ejecutivos de la empresa, mostrando éstos sus esperanzas y temores ante el futuro, además de expresar en forma involuntaria sus propias fortalezas y carencias personales.

En la última hora de su jornada, el equipo de operarios se reunió para la ocasión en un ambiente libérrimo y relajado. Las conversaciones fluyeron en torno a una variedad de asuntos de relevante interés para ellos: el empleador, los directivos, el proceso de producción y el clima laboral. El elevado tono crítico, incluso la mordacidad, dominaba el encuentro. Los operarios plantearon denuncias, viejas rencillas y un largo historial de desencuentros entre la dirección y los trabajadores. Los más veteranos tenían mucho que contar, pero los jóvenes tampoco se quedaban atrás en la descripción de conflictos. Probablemente, en algunos aspectos, llevaban parte de razón. Y surgió el momento de hablar de las condiciones salariales. Y en ese preciso instante el intercambio casi frenético de opiniones se transmutó en un desconcertante silencio. Todo el mundo calló. Se cruzaron miradas resignadas. No supieron que decir. Nadie tenía opinión. Después de una eternidad de segundos, uno de los participantes susurró a modo de respuesta:

– Bueno…mira, eso es más bien cosa del convenio.

Terminada la frase, el grupo estaba dispuesto a debatir sobre cualquier otro asunto que no fuera el valor económico de sus capacidades. Punto y final a los sueldos. No había miedo a nada ni a nadie, ni mucho menos, sino más bien una gruesa mezcla de resignación y desconocimiento. Los trabajadores se asemejaron a rehenes. Entonces, cualquier observador objetivo podría haberse dado cuenta de que algo definitivamente fallaba y que la astenia de opinión de los empleados respecto del salario (más bien magro) invalidaba sus quejas en cierto grado y que los convenios colectivos son causa grande de desmotivación, desvalimiento y desidia en ésta y en otras muchas organizaciones.

El convenio colectivo es una indexación de precios del factor trabajo acerca de los cuales a la libertad se le tiene apenas en cuenta. Es el escenario propicio en el que unos pocos se encuentran cómodos malbaratando el progreso económico de muchas personas al mismo tiempo. La lucidez y el esfuerzo se enfrentan a la disculpa del convenio. Los profesionales mejores quedan atrapados en las redes de envidia igualitaria que tejen los convenios: o se pliegan a ellos o abandonan –por desacuerdo y afán de superación– el oficio sometido a ese dictado. A su vez, los mediocres no encuentran acicate para distinguirse porque siempre chocan contra ese muro normativo. Incluso la retribución variable, que nació para debilitar el igualitarismo y premiar la dedicación, adolece desde hace años de similares defectos que el burocratismo salarial, cuando no se trata de una pura farsa. El convenio debería ser un pacto laboral al que uno se incorpora libremente, si no le interesa negociar individualmente con la empresa para la que colabora las condiciones de su contrato, y nunca una especie de losa gremial que perpetúa injusticias ante la valoración que se realiza del propio empleo. La duda quedaría respecto de los trabajadores que escasamente pudieran valerse por sí mismos y fueran sometidos a abusos por parte del empleador. ¿Para éstos sería imprescindible un convenio obligatorio? Probablemente, aún en esa situación, seguiría siendo más rápido y beneficioso la contratación circunstancial de asesores que impugnen o negocien de parte de los más débiles; y no sería improbable la aparición espontánea de listas gratuitas de precios del trabajo entre profesionales imantadas por la fuerza imbatible del mercado.

Decía Mises en La acción humana: "Ni existe hoy ni jamás podrá darse un monopolio de demanda de trabajo en un mercado libre. Este fenómeno podría darse como resultado de obstáculos institucionales que entorpecieran el acceso a la condición empresarial". Quizá los convenios pueden llegar en algún momento a parecerse a dicho monopolio, cuando los denominados agentes sociales totalizan las decisiones sobre salarios. Hay demasiados operarios que en las reuniones ya no saben que contar.

La justicia de la tarta dada

Los valedores de la "justicia social" parten de la falsa premisa de que nos hallamos en un mundo estático de recursos dados, y enjuician la realidad desde el punto de vista de quien observa una tarta y se pregunta cómo debería repartirse sin considerar que no había tarta que repartir antes de que alguien la creara. De esta forma se juzga un resultado (la distribución final de la tarta) prescindiendo del proceso que lleva a este resultado (la creación de esta tarta), por lo que se da la circunstancia de que un determinado orden de cosas puede tildarse de injusto con independencia de cuál haya sido el comportamiento de los individuos que participan en ese proceso. Si la realidad se aleja del objetivo marcado por el ingeniero social se tachará de injusta aun cuando las acciones de los individuos particulares no hayan invadido los derechos de nadie. Esto supone una subversión de los principios de justicia tradicionales: las acciones no son justas o injustas en función de si interfieren o no en la libertad ajena sino a la luz de un "óptimo social" definido por el planificador de turno.

El mercado es un proceso dinámico en el que continuamente se genera y se transmite nueva información. Los recursos no están dados. Aunque los factores de producción primigenios existan físicamente, sólo pasan a existir como medios cuando el hombre los descubre. El individuo crea los medios de la nada al descubrirlos y destinarlos a satisfacer necesidades humanas, pues antes de que los descubriera y aprovechara estos recursos no existían para nadie. El mercado es en este sentido un proceso de descubrimiento, un proceso de creación de bienes ex novo. Oportunidades de ganancia inadvertidas hasta el momento, inexistentes a efectos humanos, son descubiertas y aprovechadas por individuos perspicaces. El empresario que advierte una discrepancia en la estructura de precios, que piensa que puede adquirir factores de producción a un coste total menor que el ingreso que obtendrá de la venta del producto de estos factores, está descubrimiento una oportunidad de ganancia latente, que nadie más había percibido (de lo contrario ya habría sido explotada). Al aprovechar esa ganancia descubierta se genera un beneficio, una tarta, que no existía antes de que el empresario lo percibiera. La tarta no estaba allí lista para ser distribuida en cualquier momento, el empresario la ha creado de la nada al descubrirla. En ausencia de precios de mercado el empresario no hubiera podido advertir ninguna discrepancia, no habría podido descubrir ninguna tarta, y ninguna tarta habría para repartir.

Como señala Rothbard, en el mercado no hay ningún proceso distributivo aparte del proceso de producción e intercambio. Los medios y los ingresos se producen y se distribuyen simultáneamente en un proceso de descubrimiento y aprovechamiento de oportunidades de ganancia inadvertidas. En tanto los defensores de la "justicia social" y de la "libertad positiva" en general obvien esta faceta creadora del mercado estarán juzgando la distribución de una tarta sin comprender cómo se cocina.

España a pedales

No estamos en ninguna vuelta ciclista ni hay ningún maillot amarillo en juego. Aun así, el ministro de Industria, el excelentísimo Señor Montilla, ha hallado una sana solución al problema de la escasez y carestía energética: la bicicleta. A nadie se le escapa que estamos ante un medio de transporte inmejorable. Tonifica los músculos, no contamina en absoluto y convierte al ciudadano en el perfecto ecologista que ama el medio ambiente más que a su prójimo. Amén.

Para incentivar tan sesuda iniciativa, el Ministerio va a subvencionar las bicicletas. Como oye, por decreto, puesto que así lo reclaman los votantes que están hartos de coger el metro, el autobus o desplazarse en coche día si y día también. A tal fin, se van a instalar bases en las ciudades para que los viandantes dispongan de bicicletas gratis con las que moverse.

Esta propuesta seguro que colma las expectativas de los ecologistas siempre encantados de impedir que los coches salgan a la calle a llenar de malos humos y ruidos la atmósfera y dificultar la aplicación del sacrosanto Protocolo de Kyoto.

Contra este tipo de medidas, Juan Ramón Rallo clamaba de este modo: "el ataque contra el coche es un ataque contra nuestro modo de vida y nuestra naturaleza humana".

Y evidentemente razón no le falta porque, junto con este arrebato ecologista, Montilla lo único que pretende es incomodar a los ciudadanos que no le han dado autoridad alguna para que les diga qué medio de transporte deben utilizar. Como no, tal prepotencia llevará aparejados costes que nunca se tienen en cuenta por los gobernantes, como el incremento del gasto público y el descenso de los ingresos fiscales por la reducción del consumo de hidrocarburos.

De nuevo, aunque el Plan se vista de moderno y se repita hasta la saciedad que ya es hora de reducir el consumo energético para contaminar menos, ni el Señor Montilla ni el resto de los miembros del Consejo de Ministro se apearán de sus coches de lujo. Tampoco sus señoras lucirán cacha en la bici, ni siquiera los secretarios de Estado acudirán al Ministerio en una mountain bike. Y entonces, ¿por qué el resto de los mortales debemos cambiar nuestros hábitos de vida? ¿Acaso cometemos algún crimen o es que el BOE a partir de hoy va a santificar a Greenpeace e imponer que durante el año sólo haya un día en el que podamos utilizar el coche?

A este Gobierno que nos ha tocado soportar ya sólo le resta expropiar a los conductores sus coches y darles, a cambio, una bici y un casco. Si no es por su salud, como han hecho con el tabaco, será por Kyoto… y si no, seguro que existen otros motivos. Porque como dicen los progres, "sobran los motivos".

Células colectivizadas

Se ha sabido que la familia real española ha enviado células del cordón umbilical de su primera hija a una empresa privada estadounidense. Un portavoz de la Organización Nacional de Trasplantes, dependiente del Ministerio de Sanidad, ha afirmado: “cada persona es libre de hacer lo que quiera, pero la ONT advierte que usar un sistema privado no garantiza la confidencialidad. No hay ninguna garantía. Una prueba de ello es la filtración que se ha producido, y que nunca hubiera ocurrido en un sistema público”. Parece que esta práctica deja información genética sensible en manos privadas; aunque estos bancos privados garantizan contractualmente a sus clientes que el ADN de esas células no se descifra ni se manipula (las células pasan a ser directamente congeladas hasta su futura utilización), las autoridades públicas alertan de que no hay forma de saber cómo se gestiona la confidencialidad de esta información genética.

Este portavoz es un necio, un alarmista, y un desvergonzado: pretende que los ciudadanos españoles somos libres de hacer lo que queramos, o sea que vivimos en la sociedad liberal perfecta, sin regulaciones ni leyes coactivas absurdas en todos los ámbitos de la existencia (no podemos, por ejemplo, vender nuestros órganos o nuestra sangre); nos advierte contra las empresas privadas, que no roban a nadie ni se imponen por la fuerza pero que al parecer no ofrecen ninguna garantía (ninguna, inexistente, no pocas o insuficientes sino cero) y podrían incumplir lo pactado contractualmente (y así advertir de su incompetencia a los futuros clientes potenciales) porque los fisgones estatales no las controlan exhaustivamente; y alaba el sistema público del cual forma parte (¿conflicto de intereses?), donde milagrosamente hay garantías absolutas (no nos explica cuáles son ni cómo se consiguen, tal vez algún periodista podría conseguir un soplo por una filtración gubernamental, pero eso no sucede nunca en la realidad). Confunde la filtración sucedida de que alguien famoso usa ese servicio (que no tiene por qué ser un fallo de la empresa receptora) con la temida difusión de la información genética de cualquier ciudadano corriente.

La Organización Nacional de Trasplantes se ha opuesto sistemáticamente a los bancos privados que han intentado instalarse recientemente en España (porque son privados), abogando por la donación altruista de sangre de cordón umbilical a los bancos públicos del Registro de Donantes de Médula Ósea, que asiste de forma “desinteresada” a enfermos de todo el mundo (no es que sus empleados trabajen gratis por amor al prójimo sino que sus sueldos proceden del reparto del botín fiscal). Su principal responsable, el doctor Rafael Matesanz, se opone a los bancos privados por la quiebra del principio de altruismo que caracteriza a nuestro “modélico” sistema nacional de trasplantes y la ausencia de evidencias sólidas sobre el potencial médico de estas células.

El modelo ideal propuesto es claramente colectivista y burocrático: la utilización de las células de cordón umbilical para uso exclusivo del donante o sus familiares es inaceptable, ya que esta práctica resulta contraria al principio de libre disponibilidad (por el médico, claro, no por el ciudadano) y universalidad (también para aquellos que no contribuyan o no paguen). El ánimo de lucro es abominable: la donación de células debe realizarse sin buscar un beneficio de personas concretas y de forma voluntaria (al menos no las roban directamente, pero todo llegará, piense que ahora al morirse usted es donante a no ser que se haya opuesto explícitamente), altruista (amando a todos en abstracto pero sin dedicación especial a nadie en particular) y desinteresada (¿ni siquiera el interés de ayudar a la humanidad?).

Tal vez estas células no tengan potencial médico (o sí, nunca se sabe), pero el amante funcionario quiere evitar que malgastes recursos y te prohíbe que te esfuerces por la salud de tus hijos personalmente: mejor dale una buena parte de tu dinero y de tu libertad y él se ocupará del bienestar de todos; no hay razón para desconfiar, está todo garantizado, porque el sistema es público y estatal.

Hacienda o el antimercado

En múltiples ocasiones, la legislación tributaria hace referencia al valor normal de mercado. La administración acude a este concepto cuando los precios por los que surgirá el hecho a gravar son inferiores "a los de mercado" y por ende, menor la tributación. Así, cuando la recaudación podría ser inferior y la tarjeta de crédito de los políticos corre riesgos de engordar un menos, la "ley" prevé que se tribute no por lo que realmente se acordó, sino por lo que hipotéticamente se habría acordado entre "sujetos independientes en condiciones normales de mercado". Lo que ellos llaman "valor normal de mercado".

Sin embargo, ¿hasta qué punto esta idea económica utilizada por la administración para definir lo que es el valor de mercado está fundamentada? ¿Podemos conocer esa entelequia? ¿Con estadísticas? Se trata de una argucia bañada con apellidos rotundos ("de mercado") carente de toda base científica y que no son sino precios administrativos fijados arbitrariamente, creados y usados a conveniencia para hinchar las bases imponibles y para que la Agencia Tributaria pueda cumplir con el automatismo ciego y no sujeto a la voluntad de los ciudadanos de recaudar siempre cuanto más mejor.

La administración dispone en su magnificencia que sólo considerará valores de mercado aquellos fijados entre partes independientes en condiciones normales de mercado. ¿Independientes? Si suponemos que por independientes no quiere decir que ni se conozcan ni se hablen ni hayan tenido ningún tipo de relación, sino que cada uno posea autonomía con respecto al otro, ¡es la propia administración la que incumple su definición! Ya que al imponer un precio establecido mediante estudios o estadísticas está anulando a las verdaderas partes contratantes (sobre las que se cierna en cada caso) a la vez que las está considerando inválidas para fijar su propio precio de intercambio voluntario que sí sería de mercado.

Todo precio de mercado responde a la interacción de las preferencias de los sujetos implicados y no es de recibo que los funcionarios quieran imponer unas preferencias estandarizadas a unos individuos que no tienen nada que ver. En cada operación se plasma la elección entre los partícipes que han actuado y, de este modo, el precio de mercado no es más que una relación de intercambio histórica y, por consiguiente, no extrapolable. Es decir, yo no puedo equiparar la operación que realizó Óscar y Luis con la que realizó Iraida e Inés. Son sujetos diferentes que expresaron una elección, un acto empresarial distinto, según sus gustos y necesidades en aquel determinado momento.

Por tanto, no se puede objetivizar ni hacer medias aritméticas de aquello subjetivo para luego aplicarlo a todos bajo la bandera… ¡del valor de mercado! Y aunque se tratara de empresas del mismo grupo o vinculadas, nos encontraríamos en el mismo escenario: el mercado. En ese caso se trataría de empresas que se aprovechan de una estructura organizativa a la que han llegado a través de medios pacíficos de cara a reducir costes de todo tipo y fiar precios a voluntad. Por lo que no se les puede imponer un valor o precios diferentes a los que podrían llegar contando con esa organización empresarial que es de mercado.

No se puede imprimir sobre el papel aquello que dependerá de cada cual. Ni separar determinadas actuaciones llevada a cabo en el mercado y considerarlas extrañas a él. La invención de precios considerados por la administración tributaria como "normales de mercado" para sustituir a los verdaderamente de mercado (fijado entre partes) es una tergiversación teórica que, a diferencia de los auténticos precios de mercado, no busca satisfacer las voluntades de los ciudadanos implicados sino expropiar parte de la propiedad de los individuos coaccionados.

En definitiva, es una errónea idea económica aprovechada por la administración para fijar ad hoc un precio administrativo-tributario sobre el que extraer vitalidad a los negocios, justificada con informes estadísticos y demás estudios con información empresarial objetivizada que no puede captarse en su totalidad a menos que se desnaturalice. Una desnaturalización que recuerda a los sistemas soviéticos en los que primaba más el capricho del comisario que el hambre del pueblo, y que en tiempos venideros va a cobrar relevancia cuando se introduzcan los llamados "precios de transferencia" (precios por los que tributar fijados para las relaciones internacionales entre empresas vinculadas).

Por desgracia, parece que cuando se habla de sistema fiscal se entre en otro mundo que nada tiene que ver con la realidad. Como si éste fuera la parcela o el corral del estado al que siempre, al final, se cede y se justifica como la necesaria carga que debemos soportar para que todo el tinglado funcione y no sobrevenga la anarquía.

El socialismo cayó, precisamente porque se arrogó la facultad divina de establecer los precios de mercado sin mercado (sin propiedad) y, por tanto, sin cálculo económico. La administración tributaria y el sistema fiscal de occidente continúan por la misma senda de la imposición y ejecutando día tras día y con energías desenfrenadas lo que antaño no era sino una muestra de fatal arrogancia y despotismo. Pero en este caso, no se trata de esclavizar en su totalidad al pueblo, sino de extraer la savia del comercio libre. Ahora el vampiro no caerá por su propio peso. La economía continuará soportando el yugo y los ciudadanos continuaremos trabajando para el estado… gratis y sin opción. Esperemos que el desprendimiento se acelere.

El crimen ecologista del arroz dorado

Desde que la agricultura nació, el hombre ha estado modificando las especies vegetales del mundo para poder cultivar variedades más apropiadas para su cultivo y consumo. Sin embargo, lo ha hecho relativamente a ciegas, debido al desconocimiento de la ciencia y la técnica necesaria para hacerlo de otra manera. El desarrollo de la ingeniería genética nos está permitiendo por primera vez crear plantas "a medida". Son los organismos genéticamente modificados, los OGM. ¿Cuál ha sido la reacción ecologista? Naturalmente, como sucede con cualquier avance científico, oponerse.

Posiblemente el ejemplo más claro de que la oposición de estos nuevos ludditas es puramente ideológica ha sido el caso del arroz dorado. Creado en 1999 por los profesores Potrykus y Beyer tras 15 años de investigaciones, era una variedad de arroz que contenía Beta Carotina o provitamina A, el compuesto químico que nuestro cuerpo transforma en vitamina A. La falta de esta vitamina mata al año a 6.000 niños y deja ciegos a 500.000. Cada año. Los activistas, considerando quizá que sus protestas habituales contra los OGM serían mal vistas en este caso, argumentaron que este arroz no proporcionaba a la dieta la Beta Carotina suficiente. Sin embargo, estos niños no necesitan ingerir el 100% de sus necesidades de vitamina A por medio de este arroz, sino aumentar la que ya reciben por otros medios. Además, el desarrollo ha continuado y las variedades actuales de arroz dorado contiene 23 veces más provitamina A que las de 1999.

El arroz dorado no está en los campos del Tercer Mundo porque el mal llamado principio de precaución y la histeria artificial contra los organismos genéticamente modificados ha impuestos unas obligaciones regulatorias que dificultan la aprobación del uso de cualquier OGM, sea comercial o no. Si aquellos que prometen grandes beneficios económicos tienen problemas para aprobarse, los que se han desarrollado para solucionar los problemas de los más pobres necesitan de un esfuerzo financiero para pasar las pruebas que se le imponen que resulta difícil obtener. Estas son las consecuencias de dotar al Estado de poder para decidir qué se puede y qué no se puede plantar en los campos, que los más necesitados se ven desprovistos de armas con las que sobrevivir. Y eso que el Estado se supone que está ahí para defenderlos.

El principio de precaución consiste en la prohibición de cualquier novedad que no se haya probado inicua. Algo aparentemente razonable, pero que cuya lógica se deshace cuando nos damos cuenta de que hasta el trigo normal tiene consecuencias perniciosas cuando es ingerido por quien tiene alergia al gluten. ¿Debería prohibirse? Sin duda, si siguiéramos con él los mismos estándares que propugnan los ecologistas e implantan quienes tienen el poder de hacerlo. Además, dicho principio no soporta que se lo apliquen a sí mismo. ¿Puede "Amigos de la Tierra" garantizar que la prohibición de novedades tecnológicas basada en el principio de precaución no va a dañar a nadie? Evidentemente, no. Esos niños ciegos y muertos son una prueba evidente.

Dice el profesor Potrykus que "la oposición a todos los alimentos genéticamente modificados es un lujo que sólo los mimados occidentales se pueden permitir". La oposición a variedades que llevan años usándose sin problemas en Estados Unidos ha llevado a Greenpeace a apoyar el rechazo de Mugabe a la ayuda alimentaria estadounidense para Zimbabue, haciéndolos cómplices de la muerte por hambre de miles de personas. Y es que lo que le estamos diciendo a los países del Tercer Mundo recuerda aquella frase infame que los terratenientes espetaban a los obreros en la II República, y que ahora podría reescribirse como: "¡Comed precaución!"

Polonia traicionada

Suele olvidarse con bastante frecuencia que el desencadenante de la Segunda Guerra Mundial fue Polonia. Al menos de la guerra que conocemos, la que terminó por estallar y cuyas consecuencias aún nos marcan. Si Hitler y Stalin no se hubiesen puesto de acuerdo en agosto del 39 para despedazar y repartirse Polonia, esta guerra nunca hubiese existido, quizá otra, años más tarde, con los mismos o parecidos contendientes, pero no la misma.

La guerra comenzó con el objeto de garantizar la independencia de Polonia, violada por la invasión nazi de septiembre y por la subsiguiente ocupación rusa, que es, aún hoy, completamente ignorada. Debido a la duración de la contienda y a lo compleja que se tornó años después, este particular suele pasar por alto, tanto entre los aficionados, como –y especialmente– entre los profesionales de la Historia.

Partiendo de este hecho, choca que, tras seis años de guerra, los aliados fuesen incapaces de velar por la independencia polaca. La desdichada nación del este pasó del dominio nazi al soviético. De un amo vestido de gris a otro vestido de rojo, ambos igualmente tiránicos. El gobierno polaco en el exilio, que se encontraba en Londres, fue apartado y las fronteras redibujadas al antojo de Moscú. Así, por ejemplo, gran parte de la Polonia de posguerra se asentó sobre lo que habían sido durante siglos regiones alemanas.

¿Porqué se permitió esto?, ¿Ni Roosevelt ni Churchill hicieron nada para impedir que Polonia cayese en manos del comunismo? Roosevelt no sólo no hizo nada, sino que contribuyó poderosamente a que Stalin se hiciese con Polonia y con toda la Europa oriental con excepción de Grecia, que se salvó para la democracia gracias a una guerra civil en la que los británicos participaron activamente. Durante el momento decisivo, el final de la guerra, Churchill predicó en el desierto y sus augurios fueron desoídos a un lado y otro del Atlántico.

La traición se consumó en dos movimientos. El primero con motivo de la invasión americana del continente tras el desembarco de Normandía. Las tropas de Eisenhower avanzaron con lentitud desesperante. Tal morosidad dio ventaja a los agentes soviéticos de la Casa Blanca, que consiguieron que Roosevelt se persuadiera de la “bondad” de Stalin. Alguno de estos submarinos del Kremlin llegó a ser honrado con la Orden de Lenin. Esta inacción permitió al Ejército Rojo avanzar hasta el Elba y llegar a ciudades tan occidentales como Viena. En el momento de la rendición alemana las fichas estaban sobre el tablero, y la cruda realidad era que Stalin disponía de soldados en la mitad de Europa.

El segundo se desarrolló al abrigo de la Conferencia de Yalta, en marzo del 45. Se llegó a un acuerdo sobre Polonia dictado por el ministro Molotov, el mismo del pacto con Hitler. Se celebrarían elecciones sí, pero al modo soviético, lo que significaba entregar el país a Moscú. Roosevelt murió un mes más tarde convencido de que había hecho bien, de que Stalin sería generoso. El clásico tonto útil que tan buenos réditos ha brindado siempre a los comunistas.

El sucesor de Roosevelt, Harry Truman, se percató de la jugada soviética en Postdam, pero ya era tarde, en Varsovia habían comenzado las purgas de los políticos polacos no comunistas. Churchill, por añadidura, se había quedado fuera de juego tras perder las elecciones. La guerra fría empezaba en el mismo lugar donde lo había hecho la mundial: en Polonia. En marzo del 46, en la Universidad de Fulton, el ex premier británico pronunció una celebrada conferencia diciendo: “De Stettin en el Báltico, a Trieste en el Atlántico, un telón de acero ha descendido sobre el continente”.

No era ya una profecía sino una triste realidad. Para entonces Stettin ya no se llamaba así, sino Szczecin, y era parte del imperio soviético. Seis años de guerra para nada.

¡Un hurra por los especuladores!

He de admitir que me produce cierto orgullo tener el mismo nombre que el que llevó el primer especulador del que tenemos noticias escritas. José, el más inteligente de los hijos de Israel, vendido como esclavo por la envidia de sus hermanos a los que luego magnánimamente perdonaría, labró su fortuna en Egipto especulando, interpretando los sueños de vacas gordas y vacas flacas del Faraón. José sugirió acumular trigo en los periodos de abundancia en previsión de las carestías que luego habrían de venir. Fue así como Egipto se libró de la hambruna: comprando barato para acumular en tiempos de abundancia y desacumulando para la venta al consumo en los periodos de altos precios sinónimos de escasez.

Cuatro mil años más tarde, un necio (literalmente: el que ignora lo que debería saber) criminal llamado V.I. Lenin fundaba la Cheka (iniciales del Comisariado extraordinario para la represión de la contrarrevolución, la especulación y el sabotaje). Al poco, cuando la previsible hambruna azotó Rusia, el irresponsable tirano se justificaba así: “En la esfera del avituallamiento (…) es preciso confesar que no hemos sabido repartir igualmente nuestros recursos a pesar de ser superiores al año pasado. No supimos prever los peligros de la crisis que nos esperaba en la primavera y nos dejamos llevar a aumentar la ración a los obreros hambrientos. En esto también, es preciso decirlo, carecíamos de base para nuestros cálculos. En todos los países capitalistas, a pesar de la anarquía y el caos inherentes al capitalismo, la base del plan económico es una experiencia de decenas de años, experiencia que puede servir para todos los países capitalistas, puesto que tienen el mismo régimen económico. Esta comparación puede llevar a una ley verdaderamente científica, a un cierto método, a una cierta regularidad. No teníamos nada semejante para nuestros cálculos y es muy natural que cuando tuvimos la posibilidad de dar un poco más a la población hambrienta, no hayamos sabido guardar la justa medida”. cita del Informe sobre la situación interior y exterior de la URSS presentado al X Congreso del Partido Comunista Ruso en marzo de 1.921 reproducido en Fernando de los Ríos: “Mi viaje a la Rusia Sovietista”, ed. Fundación Pablo Iglesias.

Lenin seguía sin enterarse de que cálculo económico capitalista no tiene nada que ver con la “costumbre”. Se explica sencillamente a través del mecanismo de los precios y la especulación. De este modo las cosechas abundantes hacen caer el precio. El precio reducido permite un aumento en el consumo, pero también atrae a los especuladores que constituyen sus reservas. La demanda de los especuladores no sólo tiene el efecto de constituir reservas para épocas más difíciles. Su demanda sirve de soporte y freno a la caída de precios, evitando con ello la bancarrota y el abandono de muchos productores que de este modo podrán seguir abasteciendo los mercados futuros. Cuando la abundancia se torna escasez y el precio aumenta, reaparecen en el mercado los excedentes retirados que ahora son vendidos a un precio superior. Los mercados se estabilizan. Los precios ya no se disparan ante cualquier eventualidad. Es la fábula de la cigarra y la hormiga que tan nervioso parece poner a más de uno.

Seguro que algunos especuladores se equivocarán comprando caro para luego tener que vender barato, reforzando con ello la inestabilidad. Lo bueno es que el mercado será implacable con ellos castigándolos más que a nadie y en primer lugar. Habrán de soportar en sus carnes y en sus patrimonios la totalidad de la pérdida de su especulación. La especulación es un arte: el arte de la previsión, tal y como nos advierte la propia etimología latina de la palabra. Que la especulación haya sido históricamente denostada (junto a la libertad individual o el espíritu comercial) al mismo tiempo por marxistas, anarco-comunistas nazis, falangistas y fascistas sólo la convierte en una actividad todavía más noble.

No soy tan ingenuo como para ignorar que la especulación en ocasiones puede tener efectos desestabilizadores. Pero ya sea en los casos de mercados de divisas, atesoramiento de moneda o materias primas o burbujas en inmuebles o valores, la especulación descontrolada resulta siempre ser síntoma antes que verdadera causa de las enfermedades del sistema económico. Si hurgamos un poco, detrás siempre encontraremos lo mismo: finanzas públicas deterioradas por gastos públicos y déficit desorbitados, inflación galopante, persecución de la propiedad y de los mecanismos más idóneos para preservar el patrimonio o apalancamiento excesivo a corto plazo para financiar las operaciones.

Enron: el capitalismo funciona

Todo el mundo recuerda, siquiera vagamente, el nombre de Enron. Pasó de ser la primera empresa del mundo del sector de la energía, a desaparecer. ¿Cómo pudo llegar a ocurrir algo así? Por el perverso capitalismo, dijeron muchos. La empresa había estado engañando a los inversores, publicando unos beneficios en unas cuentas que, bien hechas, sólo podrían reflejar pérdidas. Y ello para engañar a más accionistas y empresas financieras y obtener de este modo algo más de aliento financiero con que continuar hasta que los tiempos fueran mejores. El capitalismo, las grandes empresas, está basados ambos en el engaño y la falta de respeto por cualquier norma moral, que se corrompe cuando se pone por delante la poderosa fuerza de la avaricia. El capitalismo es e inhumano, y su moral deleznable.

Siempre se puede responder que los ejemplos de empresas que reflejan fielmente sus cuentas son la práctica totalidad de ellas. Y que episodios como el de Enron son en realidad muy escasos, pese a que los críticos del capitalismo prácticamente no vean más allá de ellos. Pero no hay que limitarse a recordarlo. Hay que decir que Enron es la demostración más clara de que el capitalismo funciona. ¿Por qué? Para empezar porque Enron, la empresa que fue objeto de escándalo por engañar a propios y extraños, a sus clientes, proveedores, inversores y fondos, ha desaparecido. Y no a pesar de sus engaños, sino precisamente a causa de ellos, además de la mala gestión económica.

Pero esto es solo el comienzo, porque hay otra doble prueba de las virtudes del capitalismo en este caso, y es la de Arthur Andersen y la SEC. El fundador de la empresa era un hombre estricto en la aplicación de las normas contables, y su celo y honradez fue signo de distinción de la compañía desde 1913. Una reputación que no murió con su creador, en 1947. Leonard Spaceck, que había comprobado que los altos criterios morales de su antecesor eran el mismo fundamento del éxito comercial y económico de la empresa, mantuvo siempre su ejemplo. Un camino que llevó esta pequeña empresa a ser una de las cinco grandes del mercado de la auditoría.

Desde finales de los 80 algo comenzó a cambiar, porque de cuando en cuando se producían denuncias de mal comportamiento, que en otro tiempo hubieran sido considerados inconcebibles. En cualquier caso no parecían suficientes como para erosionar el prestigio asociado al nombre de la empresa, que al fin y al cabo era el de su intachable fundador. Pero el caso Enron pudo con ella. Enron se había embarcado en un engaño fenomenal, y Arthur Andersen no solo no lo denunció, sino que colaboró eficazmente con el fraude, hasta que se hizo de tales proporciones que ya nadie pudo taparlo. El resultado de la actuación de la empresa fue que, en agosto de 2002, entregó la licencia de actividad. Arthur Andersen faltó a su divisa (“piensa claro, habla claro”) y a las normas morales, que son el entramado invisible, pero imprescindible, de la convivencia pacífica, y por tanto del libre mercado. A causa de ello, desapareció. Ninguna empresa querría acudir de nuevo al sello de Arthur Andersen para demostrar la veracidad de sus cuentas.

Pero he hablado de una “doble prueba”. ¿Cuál es la segunda? La actuación pública en este asunto. El Estado tiene la pretensión de ser necesario para controlar a las empresas para evitar casos como el de Enron. Para ello crea chiringuitos como la US Securities and Exchange Comisión, SEC, del que tenemos un ejemplo español en nuestra CNMV. Si falló Enron, si falló Arthur Andersen, también lo hizo la SEC. Pero mientras que las dos empresas han desaparecido dejando atrás no más que historia, la SEC no solo no ha desaparecido, sino que se alegó que su vergonzoso fracaso en el caso Enron ¡era la demostración de que tenía que ampliar sus poderes! Es la lógica de “la verdad es la mentira” que necesita el Estado para justificarse.