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La sabiduría de Mario Vargas Llosa

Lawrence Reed. Este artículo fue publicado originalmente en la FEE.

En su extraordinario nuevo libro, La llamada de la tribu, el Nobel peruano Mario Vargas Llosa explica hasta dónde le ha llevado su viaje intelectual. En los años 50 y 60 fue un socialista que incluso coqueteó con el comunismo cubano. Gracias a tener una mente abierta y observadora, lo superó. Desde hace 50 años, defiende la libertad y el libre mercado del liberalismo clásico. Escribe,

La igualdad ante la ley y la igualdad de oportunidades no significan igualdad de ingresos… Porque eso sólo sería posible en una sociedad dirigida por un gobierno autoritario que “igualara” económicamente a todos los ciudadanos mediante un sistema opresivo, acabando con las diferentes capacidades individuales, la imaginación, la inventiva, la concentración, la diligencia, la ambición, la ética del trabajo y el liderazgo. Esto implicaría la desaparición del individuo, subsumido en la tribu.

Mario Vargas Llosa

Adam Smith, José Ortega y Gasset, Friedrich A. Hayek…

El primer capítulo de La llamada de la tribu vale por sí solo el precio del libro. A partir de ahí, el libro es aún mejor. El autor dedica cada uno de los siete capítulos siguientes a los intelectuales cuya obra le hizo pasar de ser un joven marxista fatuo a un liberal clásico maduro y reflexivo: Adam Smith, José Ortega y Gasset, F. A. Hayek, Karl Popper, Raymond Aron, Isaiah Berlin y Jean-François Revel. Lo recomiendo con entusiasmo.

Este 28 de marzo, Vargas Llosa cumple 87 años. Esta actualización de un ensayo anterior que escribí con motivo de su 85 cumpleaños en 2021 es mi manera de felicitar de nuevo al Gran Viejo de la Libertad de América Latina.

Defensa de la libertad frente a China

Cuando el coronavirus estalló en todo el mundo en marzo de 2020, Vargas Llosa provocó las críticas del régimen comunista chino cuando afirmó que la pandemia podría no haber ocurrido si China “fuera un país libre y democrático en lugar de una dictadura”. (Se aprende mucho de un hombre simplemente por quiénes son sus enemigos).

Escribiendo para periódicos de Perú y España, señaló lo que el mundo sabe ahora como un hecho indiscutible, a saber, que “al menos un prestigioso médico, y quizá varios, detectaron este virus con tiempo suficiente y, en lugar de tomar las medidas correspondientes, el gobierno trató de ocultar la información y de acallar esa voz, o esas voces sensatas, y trató de sofocar la información, como hacen todas las dictaduras”.

El “prestigioso médico” al que aludía Vargas Llosa era el doctor Li Wenliang, de 34 años, una de las primeras víctimas tanto del virus como de la cleptocracia comunista que trató de ocultarlo.

Los tiranos mentirosos de Pekín se tomaron un descanso de su genocidio contra los uigures, su persecución de los cristianos, su probable liberación (accidental o intencionada) del virus COVID de un laboratorio de Wuhan, su aplastamiento de las libertades en Hong Kong y su acoso a Taiwán para reprender a su contrincante peruano por su “difamación arbitraria” y sus “opiniones irresponsables y prejuiciosas”. Merece llevar esas acusaciones como una insignia de honor.

Cuando se pudo arreglar Perú…

Perú perdió una oportunidad de grandeza cuando sus votantes fracasaron por un estrecho margen a la hora de elegir Presidente a Mario Vargas Llosa en 1990. Se trata de un hombre que fue lo suficientemente inteligente como para rechazar el socialismo cuando vio la tiranía y las privaciones que producía en lugares como Cuba. Es reconocido en todo el mundo como uno de los mejores novelistas latinoamericanos de los últimos tiempos.

Más recientemente, el pueblo de Perú saltó del acantilado por el socialismo cuando eligió al “socialista democrático” Pedro Castillo como su Presidente en 2021. Cuando hombres o mujeres del signo de Castillo llegan al poder, su componente socialista prima sobre el democrático y las libertades comienzan a desaparecer. Castillo apenas cumplió un año en el cargo cuando, en diciembre de 2022, fue destituido y destituido por intentar un golpe de Estado muy poco democrático. Los peruanos deberían haber escuchado a Vargas Llosa hace años, en cuyo caso podrían haber evitado este doloroso episodio.

Hace trece años, Vargas Llosa recibió el Premio Nobel de Literatura “por su cartografía de las estructuras de poder y sus mordaces imágenes de la resistencia, la revuelta y la derrota del individuo”. Decir la verdad al poder es un motivo frecuente en sus novelas y ensayos; también es un compromiso personal en su propia vida.

Elogio de la lectura y la ficción

En la conferencia que pronunció en Estocolmo el 7 de diciembre de 2010, sostuvo que la base de la buena literatura es la libertad de expresión. Titulada “Elogio de la lectura y la ficción”, dijo que lo más importante que le había ocurrido en la vida era aprender a leer a los cinco años. La lectura, explicó, “transformó los sueños en vida y la vida en sueños y puso el universo de la literatura al alcance del niño que una vez fui”. Pronto se dio cuenta de que “para que floreciera la literatura, primero era necesario que una sociedad alcanzara la alta cultura, la libertad, la prosperidad y la justicia”.

Un crítico de la conferencia declaró que era “un tributo rotundo al poder de la ficción para inspirar a los lectores a una mayor ambición, a la disidencia y a la acción política”.

Con motivo del 87 cumpleaños de Mario Vargas Llosa, comparto los siguientes extractos de su conferencia. Espero que los lectores se unan a mí para desearle muchos años más poniendo su pluma al servicio del bien de la humanidad.


Inventamos las ficciones para poder vivir de alguna manera las muchas vidas que quisiéramos tener cuando apenas disponemos de una sola. Sin las ficciones seríamos menos conscientes de la importancia de la libertad para que la vida sea vivible y del infierno en que se convierte cuando es conculcada por un tirano, una ideología o una religión. Quienes dudan de que la literatura, además de sumirnos en el sueño de la belleza y la felicidad, nos alerta contra toda forma de opresión, pregúntense por qué todos los regímenes empeñados en controlar la conducta de los ciudadanos de la cuna a la tumba, la temen tanto que establecen sistemas de censura para reprimirla y vigilan con tanta suspicacia a los escritores independientes.

Mario Vargas Llosa

Como todas las épocas han tenido sus espantos, la nuestra es la de los fanáticos, la de los terroristas suicidas, antigua especie convencida de que matando se gana el paraíso, que la sangre de los inocentes lava las afrentas colectivas, corrige las injusticias e impone la verdad sobre las falsas creencias. Innumerables víctimas son inmoladas cada día en diversos lugares del mundo por quienes se sienten poseedores de verdades absolutas.

Mario Vargas Llosa

No debemos dejarnos intimidar por quienes quisieran arrebatarnos la libertad que hemos ido conquistando en la larga hazaña de la civilización. Defendamos la democracia liberal, que, con todas sus limitaciones, sigue significando el pluralismo político, la convivencia, la tolerancia, los derechos humanos, el respeto a la crítica, la legalidad, las elecciones libres, la alternancia en el poder, todo aquello que nos ha ido sacando de la vida feral y acercándonos –aunque nunca llegaremos a alcanzarla– a la hermosa y perfecta vida que finge la literatura, aquella que sólo inventándola, escribiéndola y leyéndola podemos merecer. Enfrentándonos a los fanáticos homicidas defendemos nuestro derecho a soñar y a hacer nuestros sueños realidad.

Mario Vargas Llosa

¡Feliz 87 cumpleaños, Mario Vargas Llosa!

Francia arde, pero Macron no cede

Gavin Mortimer. Este artículo fue originalmente publicado en CapX.

Un sondeo de opinión reveló el pasado fin de semana que el índice de aprobación de Emmanuel Macron ha caído al 28%, el más bajo desde las protestas de los Chalecos Amarillos de 2018. El único consuelo para el presidente es que algunos de sus predecesores han sido más impopulares. François Hollande, por ejemplo, alcanzó el 13% en 2014, François Mitterrand registró un 26% en 1984 y Jacques Chirac se situó en el 27% en 1995. Esto demuestra que los franceses rara vez están satisfechos con sus presidentes.

La popularidad de Mitterrand y Chirac se hundió en un momento de crisis económica, provocando protestas callejeras masivas, turbulencias similares a las que sacuden actualmente al país. Desde enero, los ocho principales sindicatos han sacado a la gente a la calle para protestar por el proyecto de ley de reforma de las pensiones, en particular el aumento de la edad de jubilación de 62 a 64 años. También ha habido huelgas -desde ferroviarios a basureros-, en una rara muestra de solidaridad entre los sindicatos. En el pasado, los sindicatos moderados, como la CFDT, han encontrado pocos puntos en común con los de izquierda más dura, como la CGT y Force Ouvrière, pero esta vez están unidos.

Aprobación al margen del Parlamento

Ninguna de las partes ha estado dispuesta a transigir. Macron no es un hombre conocido por su humildad, pero se le atribuye cierta astucia. La semana pasada, sin embargo, hizo algo muy imprudente. Temiendo que el proyecto de reforma no fuera aprobado por la Asamblea Nacional, ordenó a su Primera Ministra, Elisabeth Borne, que eludiera al Parlamento activando el artículo 49.3 de la Constitución. Esto permite aprobar un proyecto de ley sin someterlo a votación. Forma parte de la Constitución de la V República, pero se utiliza poco. Al menos hasta que Macron ganó un segundo mandato el año pasado. Su Gobierno ha recurrido al artículo 49.3 once veces en nueve meses. En los 64 años anteriores de la V República se había utilizado 89 veces, y solo para leyes relativamente menores.

Al utilizarlo para aprobar su despreciada ley de reforma de las pensiones, Macron enfureció a sus oponentes, confirmando su visión de él como un presidente arrogante, testarudo y fuera de lugar. Mientras las personalidades políticas expresaban su indignación a los medios de comunicación, el pueblo salía a la calle. Ayer hubo -dependiendo de si se creen las cifras de la policía o las de los sindicatos- entre uno y tres millones de manifestantes en todo el país. La gran mayoría eran pacíficos, pero basta con un par de miles de matones para sembrar el caos, como ocurrió en París, Burdeos, Nantes y otras ciudades, donde las turbas quemaron ayuntamientos, atacaron comisarías y destrozaron comercios y restaurantes.

Una “nación start-up”

El Gobierno está conmocionado por la violencia, y la visita de Estado de los reyes Carlos y Camilla a Francia -prevista para el domingo- ha sido cancelada. Evidentemente, Macron ha decidido que no sería bueno para el prestigio de la República que el rey de Inglaterra fuera atacado por una turba en Versalles.

Cuando Macron fue elegido presidente en 2017, presumió de que convertiría Francia en una “Start-Up Nation”; hasta cierto punto lo ha conseguido. El año pasado, el país creó su 25º Unicornio (una empresa emergente privada valorada en más de 1.000 millones de dólares) y en 2021 las empresas tecnológicas francesas recaudaron 11.600 millones de euros en fondos, un 115% más que el año anterior. Existe un verdadero amor mutuo entre Macron y los tecnólogos.

Desprecio mutuo

Por desgracia para el presidente, millones de votantes le odian -le odian de verdad- porque no comparten su visión globalista del mundo. Creen que los desprecia, y hay muchas pruebas de ello. A lo largo de los años ha descrito a sus compatriotas como “holgazanes”, “nada” y “resistentes al cambio”. La ira que ha estallado en los últimos días existe desde hace años; estalló en el invierno de 2018/19, vestida con un Chaleco Amarillo, y tras una pausa por Covid, ha vuelto.

En una entrevista televisiva el miércoles, Macron insistió en que nunca retiraría el proyecto de ley. Su desafío no fue bien recibido. Olivier Faure, líder del Partido Socialista, le acusó de “echar leña a un fuego ya bien encendido”. Marine Le Pen es una de las figuras políticas que exigen un referéndum sobre el proyecto de reforma, y otros quieren que el Presidente disuelva el Parlamento y convoque nuevas elecciones legislativas. Ninguno se saldrá con la suya.

El coste económico de “desvincularse” de China

Kerry Liu. Este artículo ha sido publicado originalmente en el IEA.

La creciente desconfianza hacia China en Estados Unidos se ha asociado a los temores sobre la propiedad intelectual, a las amenazas de China a Taiwán y a su falta de transparencia respecto a Covid-19. Esto ha dado lugar a demandas de “desvinculación”. Esto ha dado lugar a demandas de “desvinculación”. Bajo Donald Trump, este debate alcanzó su punto álgido en el verano de 2020. Aunque bajo la Administración Biden el tono ha sido menos estridente, se está produciendo un proceso de desacoplamiento en el ámbito tecnológico y en las cadenas de suministro clave.

El coste de desacoplarse de China

Los economistas han argumentado que, al igual que los vínculos comerciales y de inversión con China generaron beneficios, la desvinculación tendrá un coste. Algunos analistas han construido complicados modelos econométricos para predecir las posibles consecuencias económicas basándose en el análisis de escenarios. Sin embargo, dada la complejidad de las relaciones económicas entre Estados Unidos y China, el análisis coste-beneficio es muy subjetivo. Recientemente he intentado ofrecer un enfoque alternativo para estimar el coste potencial del desacoplamiento examinando las respuestas de los mercados bursátiles.

Mi artículo en el nuevo número de Economic Affairs utiliza los resultados de búsqueda de Google Trends para medir el sentimiento de los inversores hacia la desvinculación de China. Se creó un conjunto de datos semanales de alta frecuencia de estos resultados, desde el 5 de enero de 2020 hasta el 20 de junio de 2021. A continuación, se vinculó al Dow Jones Industrial Average (compuesto por 30 empresas destacadas que cotizan en las bolsas de EE.UU.), al S&P500 (las 500 mayores empresas que cotizan en las bolsas de EE.UU.) y al NASDAQ Composite (principalmente del sector de las tecnologías de la información), empleando modelos de heteroscedasticidad condicional autorregresiva generalizada (GARCH). Dada la elevada eficiencia de los mercados bursátiles a la hora de reflejar la información disponible, sus respuestas a la desvinculación entre EE.UU. y China son importantes indicadores de las repercusiones económicas.

Google Trends

Unas palabras sobre Google Trends: se trata de un producto de Google que analiza la popularidad de las consultas de búsqueda en Google en varios países e idiomas. Sus propiedades incluyen el anonimato, la categorización por temas y la agregación. Se ha aplicado a través de cientos de estudios en diversos campos como los sistemas de información y la informática, la sanidad, las ciencias políticas y las relaciones internacionales, así como la economía, los negocios y las finanzas.

En concreto, en finanzas, está ampliamente aceptado que los datos de Google Trends pueden utilizarse para predecir la rentabilidad de las acciones. Sin embargo, la forma de interpretar los datos varía. La mayoría de estos estudios interpretan Google Trends como una medida del sentimiento de los inversores, es decir, el factor comportamiento. Otros pocos interpretaron Google Trends como una combinación de factores fundamentales y de comportamiento.

Desde el punto de vista de la comunicación, Google Trends puede interpretarse como una medida de la agenda pública, es decir, de los asuntos que el público considera más importantes.

Sentimiento inversor

Mi estudio creó un índice semanal en Estados Unidos utilizando la frase clave “decoupling China”. Este índice muestra el volumen normalizado de la narrativa sobre la desvinculación de China en EE.UU. y se utiliza como indicador para medir el sentimiento de los inversores. El término “sentimiento inversor” se interpreta principalmente como una variable fundamental -es decir, basada en los costes económicos reales- más que como un indicador de comportamiento. El índice muestra que el mayor pico en la narrativa de la desvinculación de China se produjo en agosto de 2020, cuando el entonces presidente Trump habló públicamente de una posible desvinculación total de China.

Los resultados basados en modelos GARCH muestran que todos los índices compuestos respondieron negativamente al índice de desacoplamiento. Mientras que el Promedio Industrial Dow Jones solo representa a un número muy reducido de empresas estadounidenses, los índices S&P 500 y NASDAQ son más representativos de la economía estadounidense.

Mercados eficientes

La consecuencia es que es probable que el efecto negativo de la desvinculación de China en la economía estadounidense sea muy considerable. Los resultados también muestran que la desvinculación puede causar una mayor volatilidad en los índices bursátiles compuestos. En cuanto al nivel sectorial, en general se mantienen las mismas conclusiones. Las pruebas de robustez realizadas con datos diarios de Google Trends corroboran estos resultados.

Los mercados de valores son eficientes en el sentido de que casi siempre reflejan todos los datos accesibles. Aunque es posible que los modelos más complicados no tengan en cuenta todas las variables, el poder de los mercados bursátiles reside en que proporcionan un valor esperado para todos los escenarios posibles. Mi estudio ofrece un enfoque alternativo para estimar el coste potencial del desacoplamiento entre EE.UU. y China y contribuye al debate en curso en EE.UU.

Algunas cuestiones no disputadas del anarcocapitalismo (LXXIX): La desintegración de Rusia

Murray Rothbard cuenta en uno de sus ensayos cómo le gustaba observar el proceso de descomposición o desintegración de un estado. No vió muchos en su vida, pero recuerda especialmente el proceso de descomposición de Vietnam del Sur tras su derrota en la guerra por los guerrilleros del Vietcong y el ejército comunista norvietnamita.

No tanto porque se alegrase de su victoria como porque le permitía observar cómo los vínculos que unen a los miembros de los estados se descomponen y como todo su poder se descompone en instantes como un azucarillo en una taza de café. El fenómeno es fugaz y difícil de percibir porque en poco tiempo el estado descompuesto es sustituido por uno nuevo y no da tiempo a observar el fenómeno, pero los breves días que dura este proceso de descomposición le sirvieron para entender mejor los mecanismos sobre los que se funda un estado y que, desaparecidos, facilitan su extinción aunque sea de forma temporal.

Extinción de los Estados

Los estados, por tanto, pueden extinguirse, como bien ilustra el historiador Norman Davies en su gran libro, Los reinos desparecidos, por incorporación de los mismos a otros bien sea por conquista militar, por alianza matrimonial, por herencia o más escasamente por compra. Desde los comienzos de la edad moderna hasta finales del siglo XIX el proceso fue de incorporación y el resultado estados de mayor tamaño en población y territorio.

Este proceso comenzó a revertirse después de la primera guerra mundial y sobre todo con los procesos de autodeterminación que siguieron a la caída del comunismo. Se me podría decir que lo que resultó en ambos caso fue la sustitución de un estado por otro o por otros y que, por tanto, no hubo ningún tipo de desintegración de un estado existente, pero sí la hubo, aunque como en el caso del Vietnam, el intervalo de tiempo que discurrió entre la desaparición del viejo y la aparición del nuevo sea casi imperceptible para el observador.

Murray Rothbard, Peter Turchin, Alexander Motyl…

No sólo a Rothbard le interesa la decadencia y descomposición de imperios y estados, pues se ha conformado una pequeña rama dentro de las ciencias políticas dedicadas al estudio de estas cuestiones, con trabajos tan interesantes como los de Peter Turchin (Historical dynamics: Why states rise and fall) o los del especialista en política post soviética Alexander Motyl (Imperial ends) en los que se estudian las razones por las que los imperios o los estados totalitarios acaban sistemáticamente cayendo.

Podríamos sumar, ya desde el ámbito de las relaciones internacionales, a trabajos de gran calado como los de Paul Kennedy (Auge y caída de las grandes potencias) o el menos conocido, pero también de gran interés, sobre todo en su parte final, tratado de J.B, Duroselle (Todo imperio perecerá). La mayor parte, no toda eso sí, de los estudios históricos sobre la decadencia de los imperios, el hispano y el romano, son los que mejor conozco, indagan en todo tipo de causas, desde el carácter nacional hasta el clima, pasando por pestes y derrotas bélicas entre otras muchas causas, pero rara vez analizan la cuestión desde la teoría de la organización o la del cálculo económico en el interior de la misma, que es una derivada del viejo teorema de Von Mises sobre la imposibilidad del cálculo económico en una economía socialista.

Cálculo económico socialista

Pero estos estudios citados inciden precisamente en la cuestión desde perspectivas próximas a las de la teoría del cálculo. Motyl, por ejemplo, analiza, siguiendo estudios de burocracia, teoría de la organización y de la información, como los grandes estados e imperios colapsan en muchas ocasiones por problemas de coordinación y de falta de información en los centros decisores, problema que, como es sabido por los aficionados al estudio de la economía austríaca, es el mismo problema que caracteriza a una economía de corte socialista.

Por un lado, las órdenes y directrices no se transmiten bien hacia abajo, pues son distorsionadas por los distintos poderes locales y subestatales o bien por los escalones descendentes en la cadena de mando. Hacia arriba, al contrario, el problema es que toda la complejidad de la vida social y económica de un estado de estas dimensiones se ve severamente simplificada en el proceso, careciendo el decisor imperial de la información necesaria y sobre todo de la capacidad de dar una respuesta adecuada en tiempo real a los distintos cambios que se dan en el complejo entramado social y económico. Para Motyl, como acontece en las empresas, el exceso de tamaño es disfuncional y lleva a medio plazo al colapso imperial o estatal.

Toda esta introducción viene a cuento de algunas declaraciones de altos responsables de seguridad norteamericanos y del propio expresidente de la federación Rusia, Dimitri Medvedev, quienes apuntaron a una hipotética desintegración de Rusia en muchas unidades políticas en el hipotético caso de que esta saliese derrotada o severamente dañada de la actual confrontación con Ucrania.

Una derrota de Rusia

A comienzos del siglo XX, el líder nacionalista polaco y futuro primer ministro Josef Pilsudski planteó una doctrina, que lleva su nombre, encaminada a debilitar al enemigo secular de los polacos, el imperio ruso o su continuación, la URSS (que aún no se llamaba así) con el que Polonia libró una cruenta guerra por su supervivencia de 1919 a 1921.

Animado por un fiero anticomunismo, Pilsudski propuso crear una coalición de todos los pueblos no rusos, incluida Ucrania, pero muy especialmente los bálticos, de la nueva federación de repúblicas para levantarse al unísono contra su opresor, heredero del imperio zarista, independizarse y servir de tapón al expansionismo ruso. También propuso una federación de los nuevos estados del este de Europa, muchos resultados de la implosión del viejo imperio austro-húngaro, para bloquear el acceso de Rusia al resto de Europa, como estrategia para refrenar a tan temible enemigo. Como se puede observar, la idea de fragmentar Rusia no es una idea nueva fruto de la imaginación de los geoestrategas de la OTAN.

La idea que se plantea por estos últimos y que teme Medvedev es la de que una derrota rusa o una no victoria que no se puede vender internamente puede tener consecuencias letales para el propio estado ruso y poder, por tanto, asistir a la descomposición en directo de un estado, evento que es difícil de observar en nuestros tiempos y que para un analista especializado, especialmente si no es cruento como lo fue la descomposición de la vieja URSS, sería bien digno de estudiar.

Dinámica secesionista

No entra dentro de lo probable que este evento se produzca, pero tampoco es algo que se pueda descartar como imposible. Después de todo, nada es imposible en el ámbito de la política, como hemos podido contratar una y otra vez a lo largo de la larga historia del mundo. En caso de una derrota militar es muy probable que la élite dirigente rusa actual sea parcialmente depuesta por elementos emergentes dentro de la misma, aliados a grupos descontentos de fuera de ella, dándose muy probablemente divisiones dentro de la misma. Es conveniente recordar que la élite política que conforma un estado moderno sólo puede ejercer su dominio si opera de forma unificada para dominar a la población. Una división conflictiva dentro de la misma es la antesala de una revolución o una guerra civil.

A esto hay que sumar otro factor, que es el de que en el caso de una hipotética derrota militar en el frente ucraniano, el ejército ruso volvería seriamente dañado y con su capacidad de intervención en el interior del país muy mermada. Esto es, al igual que el ejército ruso no fue quien de ayudar a sus aliados armenios en su guerra con el Azerbaiyán y eso a pesar de estar ligado por tratados de asistencia mutua al estilo de la OTAN, es muy probable que careciese de capacidad de reprimir revueltas secesionistas en algunos de los muchos territorios de la actual Federación que pudiesen estar tentados de hacerlos. E incluso en territorios federados que en principio no han manifestado tales pulsiones, al igual que en la implosión de la URSS, muchas repúblicas simplemente se unieron a la dinámica secesionista simplemente por oportunismo por parte de sus élites dirigentes.

El caso checheno

El caso checheno podría ser un excelente ejemplo para ilustrarlo. Los chechenos libraron dos cruentas guerras por su independencia de Rusia sufriendo una severa derrota en la última de ellas , con miles de bajas y con la destrucción de su capital incluida. Desde entonces, no hace más de veinte años, parecen comportarse como súbditos leales del estado ruso, gobernados a través de líderes impuestos con la aquiescencia de Moscú.

Su lealtad puede comprobarse en la actual guerra de Ucrania donde sus experimentados soldados dirigidos por Ramzan Kadirov hijo a su vez de uno de los caudillos de la primera guerra de independencia, y actual presidente de la república chechena, combaten con fiereza a las órdenes del régimen de Putin y son una de sus principales fuerzas de ocupación, al margen del ejército regular.

La segunda guerra de independencia chechena fue ganada con gran esfuerzo y despliegue de medios por el régimen ruso, dudándose incluso a veces de su capacidad de doblegar a los señores de la guerra que combatían por su territorio. Esto es fue necesario un ejército operativo y grandes esfuerzos para poder derrotar a los insurrectos. La pregunta es si esta victoria podría llegar a repetirse en el caso de no contar con un ejército en buenas condiciones de moral y medios, en el caso de que Kadyrov decidiese imitar a su padre y cambiar de bando, abandonado a los hipotéticamente derrotados rusos.

Cortar los lazos

También cabría cuestionar la capacidad de un ejército en tal estado de lograr sofocar revueltas semejantes y, sobre todo, simultáneas en otros territorios desafectos al poder central ruso, quienes podrían, cómo no, aprovechar la oportunidad y declararse soberanos al igual que muchas repúblicas federadas lo hicieron hace treinta años. Evento este que sin duda apoyarían ucranianos y otros enemigos del actual régimen ruso. Todo ello son contar que en el espacio ruso existen varios territorios en una situación de soberanía suspendida, esto en una suerte de limbo jurídico mantenido así por el actual poder. Territorios como la Transnitria, kaliningrado, Osetia del Sur o Abjasia vería su status cuestionado en caso de derrota severa y serían probable presa de sus vecinos o cortarían los lazos con Rusia.

Este que hemos descrito es un escenario imaginado y sin visos de realizarse, aunque como vimos ya ha sido teorizado en el marco de esta guerra, pero que no para nada inimaginable y que podría ofrecer de nuevo la posibilidad de ver en directo la descomposición de un estado. No tengo duda de que el viejo Rothbard lo habría descrito con precisión.

Algunas consecuencias indeseadas (¿?) del cambio registral de sexo

Ya durante la tramitación parlamentaria de la Ley 4/2023, de 28 de febrero, denominada “para la igualdad real y efectiva de las personas trans y para la garantía de los derechos de las personas LGTBI”, comenzaron a avanzarse distintas posturas ante las disposiciones, pretendidamente normativas, que introducían la mera voluntad[1] como criterio definitivo para la asignación de sexo en el Registro Civil.

Con precedentes en países como Canadá, Argentina y Chile, un proyecto de ley autorreferenciado, botado como ariete legislativo dentro del escatológico proceso en marcha, había dado que hablar como pocos. Contiene 81 largos artículos y numerosas disposiciones adicionales, finales – que reforman a discreción aspectos civiles y administrativos de numerosas leyes – transitorias y derogatorias. Aborda tantos aspectos, incluida la lengua española, que resulta imposible escudriñarlos todos en un breve análisis de urgencia[2].

¿Es el registro irrelevante?

Desde el punto de vista de algunos, la consignación en un Registro estatal del sexo de una persona sería una cuestión más bien irrelevante. Además, continúa el argumento, después de las reformas legislativas que han impuesto la discriminación ante la ley, en este caso a favor de las mujeres[3], conviene que los hombres preteridos aprovechen la ocasión.

Si ya no tiene sentido la biología en la ley para la publicidad registral del sexo de las personas, reduzcamos al absurdo las consecuencias de establecer discriminaciones legales contra de los hombres “convirtiéndonos” en mujeres a efectos legales.[4]

Fuente de prueba

En contra de esas suposiciones, en primer lugar, cabe argüir que el registro civil no es un órgano del Estado completamente administrativo. De hecho, aunque depende del Ministerio de Justicia, su función de inscribir y publicar hechos fundamentales de la vida de las personas[5] lo convierten en una fuente de prueba de situaciones básicas para el tráfico jurídico, tal como se desarrolla en la realidad.

En la medida que publica hechos que condicionan o modulan la capacidad civil y la responsabilidad, la inscripción debe someterse a un control de veracidad mínimo de los mismos[6]. De lo contrario, no podrá garantizarse de forma razonable la seguridad de las relaciones jurídicas privadas. Dicho de otra manera, las personas que confían en lo que publican los registros para contratar también merecen una protección frente a potenciales engaños.

No olvidemos, por otro lado, que la rectificación de la mención del sexo (art. 49) comportará la adecuación de los documentos oficiales de identificación – DNI o pasaporte- así como la reexpedición de títulos, a la mención registral relativa al sexo.

Los fundamentos del Registro Civil

Pues bien, al menos en lo que respecta a estas personas que rectifiquen la mención a su sexo que contiene su inscripción de nacimiento por su reversible deseo, la ley destruye los fundamentos sobre los que descansa el Registro Civil y ofrece una patente de corso a potenciales estafadores.

Otra cuestión no menor viene determinada por las consecuencias para quienes intenten reducir al absurdo de la ley de marras en el ámbito interno español, sin calibrar sus repercusiones en el ámbito de las relaciones internacionales, públicas y privadas.

Paso fronterizo

Con esto simplemente quiero llamar la atención de las cuitas de aquellas personas que tengan que atravesar fronteras con control de pasaportes, en el resto del mundo donde los desvaríos posmodernos no significan nada, más allá de la dudosa pervivencia de las competiciones deportivas consideradas hasta ahora femeninas.  

¿Qué van a hacer, por ejemplo, los españoles cuyos pasaportes indiquen un sexo llamativamente diferente del que aparentan, si en un puesto fronterizo se les impide la entrada por intentar engañar sobre identidad al guarda de fronteras?


[1] Esto es, la “autopercepción de sexo” en la insidiosa terminología posmoderna.

[2] Razón por la cual no voy aludir a la regulación de las transiciones sexuales de personas, ni a la mayoría de los aspectos que aborda esta ley.  Por lo demás, a pesar de las manipuladoras referencias a convenios internacionales de su exposición de motivos, ofrece graves visos de invalidez, desde la perspectiva constitucional y del derecho comunitario europeo.

[3] Singularmente las leyes de medidas de protección integral contra la violencia de género y para la igualdad efectiva de mujeres y, más recientemente, la autodenominada Ley Orgánica 10/2022, de 6 de septiembre, de garantía integral de la libertad sexual.

[4] Confieso que hay que aquellos que postulan “la deconstrucción de las categorías “hombre” y “mujer”, con el totalitario posmoderno Foucault como inspirador, me tienen perplejo.

[5] Desde los detalles del nacimiento, donde el sexo ocupa un apartado destacado, pasando por el matrimonio, las tutelas o los fallecimientos.

[6] Como traducción de esa llamada “autopercepción” caprichosa como único criterio de veracidad, el apartado 3 del artículo 41 de la Ley establece: “El ejercicio del derecho a la rectificación registral de la mención relativa al sexo en ningún caso podrá estar condicionado a la previa exhibición de informe médico o psicológico relativo a la disconformidad con el sexo mencionado en la inscripción de nacimiento, ni a la previa modificación de la apariencia o función corporal de la persona a través de procedimientos médicos, quirúrgicos o de otra índole.“

Integración del pilar obrero en el nuevo mundo del capitalismo industrial

Europa durante siglos fue una sociedad tradicional en la que la inmensa mayoría de la población vivía en régimen de servidumbre agrícola, y la riqueza y el poder eran privilegio de la nobleza terrateniente. Las ciudades, escasas y más bien pequeñas, eran islas comerciales y manufactureras. La manufactura estaba controlada por gremios. La historia de la aparición del pilar obrero en Europa se remonta a la época de los gremios, a la sociedad precapitalista basada en la protección y el control de los mercados.

Los gremios

Durante su largo periodo de existencia, el sistema gremial consolidó el estrato estamental de trabajadores masculinos cualificados. El sistema gremial les proporcionaba un monopolio de tipo cártel sobre sus puestos de trabajo, lo que les garantizaba seguridad, un ritmo de trabajo tradicional, un estilo de vida honorable y seguridad intergeneracional en la medida en que sus hijos varones podían continuar en el mismo oficio como aprendices. Esta consolidación en un estrato asentado no estuvo exenta de conflictos ocasionales con los patronos. Así, a partir de mediados del siglo XV podemos encontrar documentos sobre la “conspiración” de miembros de los gremios por cuestiones relacionadas con sus quejas hacia los patrones.

Los gremios no solo eran organizaciones protectoras, sino que tenían funciones de ayuda mutua en una época en la que no existía el Estado del bienestar. Los miembros de los gremios ingresaban regularmente en fondos mutuos para prestarse ayuda en caso de enfermedad y muerte.

Sociedades de ayuda mutua

Los inicios de la modernidad, y su corolario necesario, la crisis del sistema gremial, así como la aparición de mercados más libres y sus consecuencias, comenzaron a extenderse en el siglo XVII-XVIII. Esto trajo consigo la libertad de los mercados y significó en la práctica el fin de la protección legal de las asociaciones proteccionistas de productores y sus trabajadores. Este profundo cambio se produjo cuando el Estado del bienestar y sus disposiciones aún no existían y tampoco había una amplia regulación de empleo, como actualmente.

Tras la disolución de los gremios, surgieron las asociaciones voluntarias de trabajadores cualificados de los antiguos gremios. Las primeras sociedades de ayuda mutua solían estar formadas por antiguos miembros de los gremios, trabajadores cualificados relativamente bien pagados, para seguir dotándose de un fondo que les permitiera cubrir sus periodos de enfermedad, desempleo y cuidar de sus viudas y huérfanos en caso de fallecimiento. Los límites organizativos de las sociedades de ayuda mutua seguían en gran medida la demarcación tradicional de oficios de sus gremios anteriores. Los trabajadores de cada oficio creaban una sociedad independiente. Cubrían el coste de estos subsidios con las cuotas de los socios.

Comunidades muy unidas

En las sociedades de ayuda mutuos florece la vida asociativa. Se formaron diversos comités sociales, que se ocupaban de cuestiones específicas relacionadas con la organización de actos y programas culturales para los miembros.

Eran comunidades muy unidas, en las que los miembros se conocían personalmente e intercambiaban información sobre las condiciones de empleo en los distintos talleres y sobre las peculiaridades de los maestros, así como sobre asuntos personales, como se hace en una comunidad cara a cara y muy unida. Las asociaciones de ayuda mutua tenían una vida organizativa regular. Las reuniones se celebraban semanalmente o con bastante frecuencia en bares, normalmente los sábados o domingos por la mañana, para gestionar las tareas administrativas y tratar los problemas cotidianos de los socios.

Transformación en sindicatos

Al tiempo que mantenían las ayudas tradicionales heredadas del sistema gremial, las asociaciones de ayuda mutua, los miembros también debatían cuestiones salariales y laborales, iniciaban negociaciones de convenios y establecían fondos de huelga para preparar una posible lucha por mejores salarios y condiciones de trabajo. Con el tiempo, estas asociaciones de ayuda mutua se transformaron en sindicatos organizados localmente.

Una característica peculiar de estos primeros sindicatos era que pretendían establecer un control estricto sobre el mercado laboral local para garantizar la estabilidad y la seguridad de sus miembros, algo parecido a lo que ocurría en el periodo gremial anterior.

Estos sindicatos se organizaban por oficios: cada trabajador organizado pertenecía a un sindicato gremial relativamente homogéneo y delimitado. El principal objetivo de los sindicatos era garantizar una vida relativamente segura y regulada a sus miembros en una economía de mercado liberal, en gran medida libre de regulación estatal y sin instituciones del Estado del bienestar.

Garantizaban esta estabilidad relativa mediante el control del mercado laboral y la regulación conjunta de las normas de trabajo con los empresarios. Lo consiguieron mediante la adaptación de las prácticas gremiales proteccionistas al entorno del capitalismo del laissez faire y la libertad de asociación.

El poder de los sindicatos

Una de las herramientas clave de los primeros sindicatos era el control de la contratación de trabajadores en su oficio. Los primeros sindicatos pretendían que los empresarios solo contrataran a trabajadores sindicados. Por este motivo, crearon oficinas de contratación y exigieron a los empresarios que contrataran únicamente a trabajadores cualificados a través de estas oficinas del sindicato, y que fijaran los salarios según los criterios establecidos por el sindicato.

Normalmente, el orden de colocación se basaba en el tiempo que el afiliado llevaba desempleado. Los desempleados de larga duración eran los que tenían más probabilidades de recibir una oferta de trabajo. Las excepciones se producían en caso de que hubiera requisitos especiales de cualificación. Los trabajadores no pueden aceptar un empleo que esté por debajo de su nivel de cualificación y formación. El sindicato ordena a sus afiliados que no trabajen para un empresario que incumpla las normas sindicales.

Los sindicatos también bloqueaban al trabajador cualificado que incumplía las normas sindicales. Si un trabajador aceptaba un trabajo sin el consentimiento del sindicato, o con un salario inferior, se le bloqueaba y los miembros del sindicato se negaban a trabajar con él. De esta forma, los primeros sindicatos se convirtieron en una especie de propietarios informales de los puestos de trabajo de sus respectivos oficios.

Los sindicatos no solo controlaban los lugares de trabajo, sino que pretendían controlar la futura oferta de trabajadores cualificados. Para ello, regulaban el número de aprendices en relación con el número de trabajadores cualificados empleados en una empresa.

El estricto control del empleo garantizaba no solo un nivel salarial relativamente alto y la seguridad, sino también la seguridad intergeneracional: los hijos de los trabajadores cualificados podían continuar, casi con toda seguridad, la profesión de sus padres.

Ayuda mutua y programas culturales

Los sindicatos también proporcionaban asistencia mutua a sus miembros, financiada con las cotizaciones pagadas con los salarios relativamente altos de sus afiliados. Por lo general, ofrecen subsidios en caso de enfermedad y desempleo. También proporcionaban subsidios para ayudar a la movilidad geográfica de sus miembros. Utilizaban esta forma de asistencia como una manera de controlar los mercados laborales locales. En tiempos de crisis, concedían ayudas de viaje a sus afiliados para el traslado a otras ciudades en busca de trabajo. Los sindicatos también apoyaban a las viudas y huérfanos de los antiguos afiliados.

Los sindicatos también trataban de establecer el control del propio proceso de trabajo, de modo que la supervisión del trabajo quedara en parte bajo la jurisdicción del sindicato. Controlaban el ritmo y las normas de trabajo para garantizar cierto nivel de empleo y mantener un ritmo de trabajo tradicional.

Los conflictos ocasionales por las normas sindicales, por el nivel salarial o por otros motivos provocaban bloqueos y huelgas. Las huelgas se financiaban con fondos sindicales especiales cubiertos por las cotizaciones de los afiliados. Los bloqueos y las huelgas conducían a la contratación de convenios colectivos, que regulaban las cuestiones entre empresarios y sindicatos para mantener la paz y evitar costosos conflictos.

Los sindicatos también eran sedes de programas y asociaciones culturales de trabajadores, como coros, grupos de teatro, bibliotecas y grupos de lectura, clubes deportivos, y organizaban eventos de baile.

Red asociativa comunitaria

Las instituciones, sus prestaciones y programas se basaban en la existencia de comunidades muy unidas y en las fuertes redes personales, que reforzaban los lazos locales y las identidades particularistas y que distinguían a la comunidad de trabajadores de otros grupos sociales. Así, los sindicatos consolidaron una cultura obrera, heredada de la época gremial, que valoraba las competencias, la diligencia, el alto rendimiento laboral y la formación. Además, los sindicatos garantizaban a sus afiliados una estabilidad similar a la de la era gremial en la nueva era de la economía de mercado.

Esta emergente red asociativa comunitaria de base sindical también contribuyó a la integración de los trabajadores cualificados, urbanos, en su mayoría varones, y de sus familias en las nuevas clases medias emergentes, caracterizadas por el conocimiento profesional, el trabajo duro, el alto rendimiento, la meritocracia, la estabilidad y el sólido progreso material y la observancia de los valores tradicionales de honor, prestigio y familia.

Convenios colectivos

Una de las consecuencias más importantes de los convenios colectivos fue que ampliaron cada vez más la esfera regulada de las relaciones laborales de un estrecho grupo de trabajadores cualificados de un mismo oficio a círculos cada vez más amplios de trabajadores manuales, incluida la mano de obra semi cualificada o no cualificada y las trabajadoras.

Este desarrollo se vio favorecido por los cierres patronales, cuando en respuesta a una huelga de un grupo relativamente pequeño de trabajadores cualificados, los patrones despedían a todos los empleados. Así, estos enfrentamientos locales en los que participaban todos los empleados dieron lugar a convenios que cubrían a todos los trabajadores afectados, lo que obligó a los sindicatos artesanales a negociar entre sí e incluir a los grupos de empleados no cualificados en sus convenios de tarifas salariales y escalas salariales negociadas, y a extender su disposición de ayuda mutua a franjas cada vez más amplias de trabajadores.

De esta manera, del patrimonio de los gremios ha surgido el pilar obrero durante los siglos XVIII y XIX en Europa. Su organización vertebradora fue la red de sindicatos de trabajadores cualificados. Los sindicatos, a través del control del empleo, las huelgas y la negociación, garantizaban una especie de posición respetada para los estratos de trabajadores cualificados mediante controles protectores del mercado laboral.

Antes del Estado del Bienestar

Los sindicatos comunitarios también funcionaban como sociedades de ayuda mutua en una época en la que aún no existía el Estado del bienestar. De este modo, también garantizaban prestaciones sociales en tiempos de necesidad. La existencia de comunidades estrechamente unidas aseguró la consolidación de una cultura obrera aparte de otros estratos de la sociedad. Esta cultura obrera se centraba, como ya fue analizado, en el prestigio del buen trabajo, la honradez, el esfuerzo, la diligencia y el rendimiento laboral basado en la meritocracia.

Los sindicatos no eran, ni mucho menos, organizaciones voluntarias: imponían sus normas y obligaban a los no afiliados a afiliarse al sindicato y a aceptar las reglas de la vida sindical. No obstante, se trataba de comunidades estrechamente unidas, que permitían cierta flexibilidad a las necesidades individuales y el cambio de las reglas según las exigencias de su entorno y los deseos de sus miembros. Eran una adaptación a los mercados más flexibles por parte de obreros cualificados.

La consolidación de una cultura obrera centrada en el trabajo también benefició en cierta medida a los empresarios, en una época en la que los trabajadores cualificados desempeñaban un papel fundamental para garantizar la producción continua, y representaban una cultura de trabajó diligente y correcto.

Una institución espontánea

De este modo, surgió una formación espontánea de instituciones en toda Europa para crear una red comunitaria de protección para los trabajadores cualificados, que perdieron las protecciones reguladoras que tenían bajo el sistema gremial. Esta nueva red comunitaria de instituciones permitió una adaptación más flexible del libre mercado, al tiempo que garantizaba la supervivencia de dichas prácticas comunitarias, como la ayuda mutua en caso de penuria y la garantía de estabilidad y de unos ingresos relativamente estables y buenos en el nuevo entorno de la economía de mercado del laissez faire, que no conocía la amplia regulación estatal, y del Estado del bienestar.

El pilar obrero emergente, aunque mantuvo su peculiar cultura obrera, también ayudó a la entrada de trabajadores cualificados en los estratos cada vez más amplios de las clases medias durante el siglo XIX. La estabilidad, unos ingresos relativamente altos y una posición respetable basada en la cualificación y el buen trabajo crearon una nueva clase media obrera, que se convirtió en parte integrante de las nuevas sociedades urbanas burguesas de toda Europa. La extensión gradual del derecho de voto a los trabajadores cualificados significó que pasaban a formar parte de la nueva nación burguesa y que llegaban a ser miembros de la nueva sociedad política.

Integración de los trabajadores

De este modo, la aparición del pilar obrero allanó el camino hacia la integración social de los trabajadores en las nuevas sociedades industriales de Europa.

Este proceso de integración del pilar obrero se vio interrumpido por dos factores; por una parte, la aparición del marxismo revolucionario, y la toma del control del pilar obrero por parte de los partidos socialdemócratas marxistas; por otro lado, la creación del Estado del bienestar establecido por los conservadores para interrumpir el desarrollo de la socialdemocracia revolucionaria.

En el próximo artículo examinaré cómo se produjo este giro en Europa y en las últimas décadas del siglo XIX.

Serie sobre el pilar obrero

I La formación del ‘pilar obrero’ y la creación de la clase obrera

II Integración del pilar obrero en el nuevo mundo del capitalismo industrial

Deconstruyendo desde dentro al ESG

Samuel Gregg. Este artículo ha sido publicado originalmente en Law & Liberty.

A veces, las preguntas más inesperadas y las respuestas menos seguras llevan a las personas por caminos que nunca habían previsto. Eso es precisamente lo que le ocurrió a Terrence Keeley, quien, hasta junio de 2022, era director gerente, jefe global y asesor principal de Blackrock, Inc. la mayor gestora de activos del mundo. Sus responsabilidades incluían la gestión de las relaciones de Blackrock con instituciones que van desde bancos centrales hasta ministerios de finanzas. Eso es lo máximo que se puede ser en el mundo de la gestión de activos.

En una conferencia sobre inversiones celebrada en 2021, Keeley formuló a un especialista en cambio climático una pregunta rutinaria sobre el grado de calentamiento del planeta dentro de 70 años. La respuesta que recibió fue una mezcla de incertidumbre honesta y predicciones que iban desde mucho más caliente a no tan malo como se imaginaba. Sin embargo, también generó una considerable consternación entre los asistentes. De repente se dieron cuenta de que sus esfuerzos por aprovechar sus inversiones para combatir el cambio climático podrían ser en vano. Para Keeley, el intercambio inició un proceso de formulación de preguntas sobre cómo deberían pensar los inversores en estas cuestiones. Esto le llevó por derroteros inesperados.

Parte de ese viaje implicó un creciente escepticismo por parte de Keeley sobre algo adoptado por algunos de los CEO más prominentes de Estados Unidos: La inversión medioambiental, social y de gobernanza (ESG). En términos generales, la ASG pretende permitir a la gente invertir para obtener beneficios y, al mismo tiempo, proteger el medio ambiente; promover diversas causas sociales (igualdad de género, más equidad en la riqueza, fomento de los sindicatos y otros objetivos a menudo asociados con ideas de justicia social); y promover formas de gobierno corporativo que se centren en promover los intereses de las partes interesadas tanto o más que los de los accionistas. En muchos casos, los objetivos proceden directamente de los Objetivos de Desarrollo Sostenible de 2015 de las Naciones Unidas.

Cuanto más analizaba Keeley la ESG, más dudas albergaba sobre la teoría subyacente y la capacidad de cumplir sus objetivos. El resultado final del viaje de Keeley es Sustainable: Moving Beyond ESG to Impact Investing (2022), un relato desde dentro de la ESG y una crítica detallada de su funcionamiento.

Más que dinero

Uno de los fundamentos del libro de Keeley es su convicción de que los profesionales de las finanzas deben entenderse a sí mismos como algo más que el negocio de la ingeniería del dinero. Para Keeley, se trata de un campo en el que se puede alcanzar la excelencia humana. También cree que quienes trabajan en campos como la gestión de activos tienen, como todo el mundo, ciertas responsabilidades con respecto al bienestar general. En el caso de Keeley, esto se deriva de su compromiso con la Regla de Oro.

Sin embargo, como reconoce Keeley, no siempre es inmediatamente evidente lo que debemos hacer cuando se trata de hacer el bien. En muchos aspectos, saber lo que no debemos hacer es más sencillo. Los mandamientos negativos inscritos en la segunda tabla del Decálogo, por ejemplo, identifican determinados actos (robo, asesinato, codicia, etc.) como elecciones que nunca deben hacerse, independientemente de la intención y las circunstancias. Sin embargo, abstenerse del mal no es más que el primer requisito para elegir el bien y promover así el florecimiento de uno mismo y de los demás.

Al mismo tiempo, Keeley reconoce que no todo el mundo es inmediatamente responsable de todo. Esto lleva necesariamente a preguntarse: ¿cómo persiguen el bien quienes se dedican a los negocios y las finanzas a la luz de las responsabilidades específicas asociadas a su profesión? Para muchos, la ESG se ha convertido en una forma de responder a esa pregunta. Keeley, sin embargo, llega a la conclusión de que los defectos de ESG son de tal magnitud que las empresas necesitan ir más allá, y cuanto antes mejor.

Keeley parte de la premisa de que la creación de riqueza es la condición sine qua non de las finanzas. “Si las empresas no fomentan el crecimiento económico”, observa, “nada más lo hará”. Eso importa, porque muchas otras formas de desarrollo humano resultan mucho más difíciles, y en algunos casos imposibles, sin un crecimiento económico constante.

Aquí radica la base de la cuidadosa crítica de Keeley a la ASG. La prioridad de las empresas de inversión debe ser el bienestar económico a largo plazo de sus accionistas. De ello se desprende, afirma, que “los financieros y los presidentes de las empresas no son, ni deberían ser nunca, guerreros de la justicia social o medioambiental, priorizando siempre a las partes interesadas a expensas de sus accionistas a largo plazo”.

Ciertamente, las empresas que ignoran en gran medida los contextos políticos, jurídicos y culturales en los que operan pronto se verán incapaces de sortear obstáculos totalmente previsibles para obtener beneficios. Pero Keeley postula que quienes se dedican a la gestión de activos tampoco pueden asumir las responsabilidades primordiales de otras organizaciones e instituciones. Como en la mayoría de las cosas, existe una necesaria división del trabajo, y las finanzas deben adoptar esta lógica si quieren hacer realidad sus objetivos específicos y contribuir así de forma más amplia al bienestar de la humanidad.

Promesa y realidad

Los debates sobre los fines y las responsabilidades de las empresas no son nuevos. A muchos en el sector financiero se les ha convencido de que la ASG permitirá a las empresas seguir generando riqueza al tiempo que desempeñan un papel positivo en la sociedad de formas que van mucho más allá del mundo de la oferta y la demanda.

El problema, según Keeley, es que la ASG simplemente no cumple. Tenemos buenas razones, afirma Keeley, para ser escépticos en cuanto a la capacidad de la ESG para hacer realidad los fines que profesa. Señala los problemas que afectan a toda la empresa ESG de arriba abajo. ¿Qué constituye, por ejemplo, la “sostenibilidad”? ¿Qué partes interesadas importan más que otras? ¿Cómo comparar de forma significativa el rendimiento de los distintos fondos ASG, teniendo en cuenta la distinta importancia que a menudo asignan a las diferentes causas? ¿Cómo determinar la contribución exacta de un fondo ASG a la consecución de, por ejemplo, una mayor igualdad de género, teniendo en cuenta todas las demás fuerzas que tratan de promover el mismo fin? “¿Qué algoritmos”, pregunta, “deberían utilizar [las empresas] para lograr la optimalidad entre su creciente cuota de mercado y el pago de salarios más altos?”.

Keeley va al meollo de la cuestión planteando a los impulsores de ESG dos preguntas muy directas. La primera: “¿Qué repercusiones verificables han tenido hasta ahora sus inversiones en el mundo empresarial, el mundo real y sus finanzas, es decir, repercusiones que puedan medir directamente?”. La segunda es: “Si sigue haciendo exactamente lo que hace ahora, ¿se resolverán los problemas medioambientales y sociales más graves de la humanidad?”. Su objetivo al plantear estas preguntas es demostrar a los defensores de las ESG que sus respuestas probablemente serán insatisfactorias.

Para demostrar su punto de vista, Keeley examina con considerable detalle las diferentes formas en que algunas grandes empresas han tratado de inyectar criterios ASG en sus estrategias de inversión. Acompaña esto con la atención a cómo muchas otras empresas han tratado de promover fines extraeconómicos en toda su cultura organizativa, en parte debido a las mismas preocupaciones que impulsan ESG.

Aunque muy detallada, esta parte del libro es uno de los mejores relatos que he leído de una persona con información privilegiada sobre cómo la América corporativa ha lidiado con estos asuntos. Keeley combina una meticulosa atención a campos que van desde la historia económica a la teoría de los precios, la modelización del riesgo y los estudios empíricos sobre el rendimiento de los fondos soberanos, con conmovedoras reflexiones personales. La imagen de la ASG que se desprende es, en el mejor de los casos, contradictoria, lo que debería hacer reflexionar mucho a las empresas estadounidenses.

Una y otra vez, Keeley demuestra desapasionadamente la brecha entre la promesa y la realidad de la ASG. La palabra “verificable” aparece varias veces a lo largo del libro para dejar claro que la ASG tiene dificultades para demostrar que consigue lo que pretende. Dado, por ejemplo, lo que Keeley describe como “la falta de datos fiables sobre las emisiones de las empresas, es difícil saber cuándo o incluso si este objetivo se alcanzará a escala”.

Pero Keeley también lanza varias advertencias sobre ESG que cualquiera que entienda la idea de consecuencias imprevistas debería tomarse en serio. Una de ellas se refiere a cómo los esfuerzos de los gestores de activos por promover valores a través de la ASG pueden fomentar graves distorsiones del mercado que acaben explotándoles en la cara e infligiendo enormes daños colaterales al resto de nosotros. Según Keeley, “en la crisis financiera mundial aprendimos que las burbujas autorizadas oficialmente [como los títulos hipotecarios] presagian problemas más profundos . . . Las buenas intenciones crean valoraciones de mercado insostenibles. Cuando esas valoraciones se corrigen, puede desatarse el infierno”.

Dicho de otro modo, cuando un número suficiente de personas acumulan activos sustanciales en, por ejemplo, vehículos ESG que no merecen económicamente inversiones a tal escala, el resultado puede ser una conflagración financiera cada vez que el mercado señale la enorme brecha entre las buenas intenciones (o, en algunos casos, el compromiso ideológico miope) y las realidades económicas. En un tono que debería escarmentar al inversor ESG más entusiasta, Keeley advierte: “Sobre una cosa no debería haber debate: el actual fenómeno de la inversión ESG tiene todos los ingredientes de una burbuja de inversión potencialmente catastrófica”.

¿Es insalvable la ESG?

Como libro, Sustainable es quizá la crítica más exhaustiva de la ESG hasta ahora escrita por un conocedor del sector que ha seguido su desarrollo con cierta simpatía. De hecho, Keeley está de acuerdo con algunos de los fines que pretende alcanzar la ESG, especialmente en lo que respecta a las cuestiones climáticas. Quiere encontrar formas de ayudar a las empresas y a las finanzas a utilizar su inmenso poder creativo para alcanzar algunos de los objetivos que los defensores de la ESG dicen que les preocupan.

En parte, esto refleja la creencia de Keeley de que las empresas y las finanzas son verdaderas vocaciones que, como cualquier vocación, tienen un significado que va más allá de sus objetivos inmediatos. Nadie, cree Keeley, sea cual sea su ocupación, puede esconder la cabeza bajo el ala ante los problemas sociales, culturales y económicos generalizados. Eso, afirma, se deriva de la lógica de abrazar la Regla de Oro.

Como manifestación práctica e institucional del compromiso de abordar estos problemas, Keeley recomienda que aproximadamente el 1,6% de los 220 billones de dólares que gestionan los mayores inversores del mundo se dedique a la inversión de impacto, con especial atención al cambio climático. Con esto, tiene en mente estrategias de inversión como “los bonos verdes y de impacto social, que generan ingresos de inversión al tiempo que hacen el bien de forma verificable”. Los modelos a los que apunta son enfoques utilizados por determinadas ONG que, en opinión de Keeley, son muy realistas en cuanto a los retos que implican.

En la medida en que se trata de una empresa de abajo arriba, la propuesta de Keeley sería eminentemente preferible a los enfoques de arriba abajo, en los que los gobiernos tratan de imponer tales políticas o las incluyen en enfoques de “todo el gobierno” por decreto administrativo. No obstante, la alternativa propuesta por Keeley plantea algunos problemas. Por ejemplo, ¿puede conciliarse con la legislación societaria vigente relativa a las responsabilidades fiduciarias de los consejeros y directores generales? ¿Su visión de la inversión de impacto, a pesar de su modesta escala, sólo enturbiará aún más las aguas sobre el telos primario de las empresas? Luego están las preguntas sobre la propensión de los gobiernos a tratar de capturar tales esfuerzos y convertirlos efectivamente en armas ideológicas.

Las dificultades de la alternativa a la ESG propuesta por Keeley son reales. Sin embargo, no disminuyen el hecho de que Sustainable es uno de los libros más sobrios que plantea profundas preguntas sobre el camino tomado por gran parte de las empresas estadounidenses en los últimos años. Si el libro de Keeley consigue forzar un debate largamente esperado sobre estas cuestiones en Wall Street y dentro de la C-Suite estadounidense, será un logro significativo.

¿Existe la trampa de la pobreza?

La trampa de la pobreza (poverty trap) hace referencia a mecanismos o situaciones que, por una variedad de causas interrelacionadas, no permiten o dificulta importantemente a las personas (o países) salir de la pobreza, por más que trabajen, ahorren (si es posible) y sean empresariales (alertas y creativos).

¿Por qué es relevante preguntarnos si la trampa de la pobreza existe?[i]

En primer lugar, los constructos en ciencias sociales existirán o no dependiendo de cómo se definan, de manera que, la evidencia es el ajuste de la realidad a los constructos elaborados.[ii]

En segundo lugar, es importante poder saber si la trampa de la pobreza existe y si es un fenómeno espontaneo o no, porque muchas veces se emplea como justificación para la intervención económica o las ayudas al desarrollo. En este sentido, si la pobreza es consecuencia de las instituciones habrá que entender el origen del problema, por qué se han corrompido o por qué nunca se han desarrollado las instituciones, ya que estas son a menudo causa y consecuencia de la situación económica.

En tercer lugar, la trampa de la pobreza se emplea para rebatir la idea de que, con esfuerzo, trabajo, ahorro e inversión, cualquier país o persona puede salir de la pobreza, por lo que cuando esto no ocurre es necesariamente debido a una falta de esfuerzo. Pero claramente no es tan sencillo, enriquecerse depende de  acciones individuales económicamente correctas que son universalmente válidas, aunque no sean igual de fáciles de aplicar para todos, pero también depende de que exista un entorno propicio para la generación de dicha riqueza. Sin embargo, tan espectacular es el libre mercado y el capitalismo que premia “de más”. Cuando nos encontramos en un país que está experimentando un crecimiento importante o tiene un clima económico propicio, hasta los que menos se esfuerzan les va relativamente mejor cada año. Cuando las intervenciones económicas castran la libre empresa y el mercado, ni los que más se esfuerzan logran diferenciarse y solo suelen enriquecerse los “enchufados”.

La trampa de la pobreza histórica no es igual a la actual

Existe una idea muy extendida de que la pobreza engendra pobreza en forma de mecanismo de autorrefuerzo, en consecuencia, debido a la trampa de la pobreza los países ricos de hoy serán los países ricos de mañana. Bajo los estándares de vida actuales podemos decir que la humanidad estuvo siempre en una trampa de la pobreza, y no fue hasta hace alrededor de dos siglos que ha salido de ella. Por lo tanto, es claro que se puede salir de la trampa sin intervención externa.

Para negar este hecho, se suele alegar que los países actualmente ricos recibieron en el pasado ese empujoncito externo/extraordinario (equivalente a una ayuda económica actual) por medio de las colonias o la esclavitud, e incluso Europa y Japón recibieron apoyo de EE. UU. para reconstruirse o desarrollarse luego de la segunda guerra mundial. Básicamente, los países salieron de la pobreza a costa de mecanismo no replicables en la actualidad, por lo que hay que simularlos por medio de ayudas al desarrollo. Este argumento sencillamente se falsea exponiendo casos recientes de éxito o países que no requirieron de ayuda externa, colonias ni mano de obra esclava para salir de la pobreza.

La trampa de la pobreza con un origen espontaneo

Un tipo de trampa de la pobreza es nutricional, concretamente, no compensa al trabajador movilizarse porque no consigue ganar el dinero suficiente para reponer las calorías que pierde al trabajar, pero por algún medio como la pesca o el cultivo personal, la persona alcanza los requerimientos nutricionales para subsistir. A pesar de que actualmente es muy barato[iii] alcanzar el nivel calórico funcional, esto podría ocurrir por razones climáticas, sanitarias o por variaciones del mercado que hacen que determinados sectores sean menos rentables.

Como no somos cazadores-recolectores ni vivimos en tribus seminómadas, si esto ocurre, lo más probable es que el trabajador tenga que esperar, trabajar para otro agricultor que disponga de la tecnología necesaria para hacer frente a la dificultad, emigrar o esperar a que el mercado se adapte a los cambios y poder cambiar de trabajo.  Sin embargo, para que una población se encuentre en tal nivel de vulnerabilidad económica, donde ligeras fluctuaciones del clima o del mercado la pueden dejar en la inanición, debemos estar frente a un escenario económico dañinamente intervenido o ante conflictivos políticos importantes.

Otra forma de trampa de la pobreza es la dificultad para ahorrar, invertir y obtener crédito cuando los ingresos son muy bajos. Esta dificultad es real y relativa, es decir, el sistema financiero beneficia o privilegia claramente a los que más tienen y las pequeñas inversiones o emprendimientos suelen ser más difíciles de encontrar o rentabilizar que las grandes. Sin embargo, la consecuencia no intencionada más frecuente de la burocracia, el salario mínimo, las cuotas de género, entre otros, ha sido perjudicar a las pequeñas empresas frente a las grandes empresas.

Estos fenómenos no son tan espontáneos, los problemas del microcrédito están relacionados con la capacidad o la facilidad de discriminar y hacer cumplir los contratos. Del mismo modo, la posibilidad de que los bancos no muestren interés e incluso rechacen a los pequeños ahorradores tiene que ver con las enormes barreras de entrada que suelen existir en el sector bancario, ya que todo negocio suele tener su versión ”low cost” (aunque el problema más frecuente de la banca intervenida es que da créditos a agentes insolventes). Y en el caso de las inversiones, aunque puede ser más fácil encontrar proyectos de inversión cuando se tienen 10 millones de dólares que cuando se tienen 3 mil, los mercados con sectores financieros libres y bien desarrollados tienden a ofrecer instrumentos y opciones de inversión para todo tipo de inversores, fraccionando de alguna forma los activos o agrupando a los inversores.

La trampa de la pobreza con un origen político

  • La trampa de la educación: se argumenta que los pobres no ven rentabilidad en la educación o que las necesidades actuales incentivan a los jóvenes a dejar la escuela para trabajar. La educación puede adoptar muchas formas (algo que la regulación suele limitar) y hacer ofertas económicas o ajustadas a los niveles de renta donde se ubica el servicio (la mayor parte de los costes son los salarios de los profesores).

Los mayores retornos se dan en la educación inicial y los menores en los estudios de doctorado, por lo que los niños no suelen perder los años más importantes de escolarización. Cuando ha habido enriquecimiento intergeneracional, los padres o abuelos que no pudieron estudiar todo lo que querían tienden a incentivar fuertemente a sus descendientes para que lo hagan, incluso sobreestimando los rendimientos de la educación (que no son homogéneos).

  • Trampa de la pobreza por ilegalización de drogas: el hecho de que las drogas sean ilegales las convierte en un negocia extremadamente rentables, especialmente su transporte y comercialización final, partes de la cadena a los que suelen dedicarse los jóvenes en situación de pobreza. SI las drogas fueran legales, probablemente su producción, trasporte y comercialización tendría retornos similares al alcohol, tabaco o las farmacéuticas.  

Muchas de las consecuencias negativas del consumo de drogas no vienen dadas por los efectos fisiológicos, sino por los efectos sociales debido a su precio y la marginalidad a la que somete al consumidor. El mercado ilegal de drogas crea una trampa de la pobreza en la medida en que genera rentabilidades extraordinarias a cambio de acciones delictivas, extremadamente riesgosas y peligrosas; el incentivo a traficar es muy alto por lo que los jóvenes descartan otras opciones laborales, sometiéndose a un estilo de vida generalmente infértil, violento, de muy alta preferencia temporal, con una baja potencial de desarrollo.

  • Por regulaciones laborales, migratorias y al alquiler: las regulaciones sobre estos tres sectores actúan como barreras de entrada a la competencia, benefician a los que ya tiene trabajo, vivienda y una nacionalidad de algún país próspero, a costa de perjudicar y mantener en la pobreza a quienes quieren ingresar al mercado laboral, alquilar o salir del entorno hostil donde, a pesar del esfuerzo, no encuentran mejorar su situación.
  • Por inflación: la inflación suele ser consecuencia de la manipulación monetaria llevada a cabo por las autoridades políticas y la inflación perjudica más a quienes depender de salarios que pierden poder adquisitivo rápidamente y no son fáciles de renegociar, no tiene muchos activos que se revaloricen ni tiene muchas deudas que no se revaloricen con la inflación. Por las razones ya mencionadas los pobres suelen tener esas condiciones en su balance personal.
  • La trampa de los subsidios, transferencias y ayudas: tanto la ayuda internacional al desarrollo como las ayudas nacionales a los más pobres suelen perpetuar la pobreza y sostener a los malos gobiernos. Los pequeños empujoncitos para salir de la pobreza se convierten a menudo en empujones hacia abajo para quien quiera levantarse. Las subvenciones son un incentivo para no buscar ni aceptar empleo, no superar un determinado umbral de ingresos y no mudarse para seguir recibiéndolas. En el contexto internacional, las organizaciones que ofrecen ayudas (a menudo financiadas con impuestos), encuentran en la crisis la gallina de los huevos de oro, y por ello no la sueltan fácilmente, perpetuando el paternalismo. Tanto los beneficiarios como los intermediarios de la ayuda social se convierten en parásitos, consolidando el negocio internacional de la lucha contra la pobreza.

Conclusión

A pesar de su fama, la trampa espontánea de la pobreza responde principalmente a sesgos e intuiciones más que a hechos empíricos. La evidencia más clara de la existencia de trampas parece provenir de personas atrapadas en lugares de baja productividad, ya sean regiones rurales remotas dentro de un país o países de baja productividad (Kraay y McKenzie 2014 p.22), pero la libre movilidad de persona no está en la agenda política. El mito está lejos de morir, como es el caso de muchos economistas venezolanos que siguen apostando por la ayuda humanitaria exterior o financiada con los ingresos del petróleo y no por la liberalización del país como única vía sostenible de desarrollo. Salir de la pobreza absoluta nunca ha sido tan fácil como ahora, el efecto derrame del capitalismo es extremadamente beneficioso, pero no se reduce a un debate de ”condiciones vs. esfuerzo” sino a la comprensión de la compleja relación entre el mercado, los incentivos, las instituciones y las consecuencias no deseadas de las intervenciones.


[i] Una revisión más extensa de la pregunta se encuentra en Kraay, A., & McKenzie, D. (2014). Do poverty traps exist? Assessing the evidence. Journal of Economic Perspectives, 28(3), 127-148.

[ii] Por ejemplo, para decir que en una relación laboral existe ”explotación” tendremos que entenderla como (1) una consecuencia de la plusvalía, (2) una situación relativa de bajos salarios y malas condiciones de trabajo o (3) una situación en la que el trabajo se impone por la fuerza o no se remunera según lo acordado. En el primer caso, la explotación no existe porque la teoría del valor trabajo no es cierta y el capitalista si aporta valor; en el segundo caso la explotación, e incluso auto explotación, siempre existirá de forma relativa (cada mercado laboral tiene mejores y peores salarios y condiciones) y en el tercer caso la explotación existe y es llevada a cabo por el Estado sobre los ciudadanos.

[iii] Abhijit Banerjee y Esther Duflo (2011, p. 32) en su libro Poor Economics calculan que en Filipinas se pueden obtener 2.400 calorías diarias por tan solo 21 céntimos en términos de PPP y en India el porcentaje de personas que consideran que no tienen alimentos suficientes ha pasado: del 17% en 1983 al 2% en 2004.

La inflación es, una vez más, un fenómeno monetario

John Greenwood. Este artículo fue originalmente publicado por el IEA.

La inflación de 2021-22 fue el resultado de errores en la política monetaria, y no -como a menudo afirman el Gobierno y los funcionarios de los bancos centrales- el resultado de una serie de perturbaciones externas fuera del control de las autoridades británicas. Las explicaciones oficiales atribuyen el repunte de la inflación durante y después de la pandemia a factores como el desplazamiento de la demanda de servicios a bienes y la consiguiente escasez de artículos como chips electrónicos o automóviles; problemas generalizados con las cadenas de suministro; o la guerra de Ucrania, que desencadenó un aumento de los precios de la energía y los alimentos.

¿Crecimiento monetario bajo control?

Este análisis oficial es erróneo, ya que países como China, Japón y Suiza -que sufrieron alteraciones similares en sus cadenas de suministro y cambios similares en los precios relativos- han evitado en general la inflación, experimentando posteriormente sólo pequeños aumentos en su nivel general de precios. El rasgo distintivo de la política en estas economías, en contraste con el Reino Unido y otras economías plagadas de inflación, es que el crecimiento monetario se mantuvo bajo control.

Existen sólidos argumentos para afirmar que la inflación debe atribuirse principalmente al Banco de Inglaterra y al excesivo crecimiento monetario que su Comité de Política Monetaria (MPC) inició a partir de marzo de 2020.

En primer lugar, sostengo que el enfoque actual del Banco de Inglaterra no garantiza que la política siga siendo coherente con la evitación de condiciones inflacionistas o deflacionistas. En segundo lugar, propongo un marco monetarista alternativo que garantice que en el futuro no se permita un crecimiento excesivo (o inadecuado) del dinero.

Un marco de política monetaria no cuantificable

El fracaso de la política monetaria durante la pandemia puede relacionarse con el marco de demanda agregada/oferta agregada (AD/AS) del Banco de Inglaterra, junto con el descuido del crecimiento monetario amplio por parte del Comité de Política Monetaria.

Uno de los principales problemas del marco AD/AS es que no es lo suficientemente cuantificable como para ser manejable. Lo ideal sería disponer de un marco que permitiera a los miembros del Comité del Mercado Monetario ver claramente si la política monetaria es demasiado restrictiva o demasiado flexible. En cambio, las estimaciones de la demanda agregada o de la oferta agregada son simplemente demasiado vagas para ofrecer una buena orientación para las decisiones políticas.

Algunas herramientas teóricas que sustentan el enfoque AD/AS sufren problemas similares de precisión inadecuada. Dos ejemplos notables son la brecha de producción y la curva de Phillips. El resultado es que los miembros del Comité de Política Monetaria votan a favor de subir, bajar o mantener sin cambios el tipo de interés del Banco sin una información cuantitativa adecuada sobre la eficacia probable de su decisión.

Los límites de los tipos de interés como instrumento de política monetaria

Estos problemas se ven agravados por el hecho de que el CPM se centre en los tipos de interés como medida clave de la orientación de la política monetaria del CPM. Los tipos de interés no son fiables como medida de la orientación de la política monetaria. Yo diría, al igual que Irving Fisher y Milton Friedman, que los tipos de interés actuales son el resultado o síntoma del crecimiento monetario pasado, y no el único motor de las condiciones monetarias futuras, excepto a muy corto plazo.

Una forma alternativa de operar la política monetaria se basaría en la teoría cuantitativa del dinero. Puede demostrarse que existe una relación estable a medio plazo entre el crecimiento del dinero en sentido amplio (M4 hasta 1997 y M4x a partir de entonces) y el crecimiento del PIB nominal, y que la velocidad de circulación de la renta para M4x (es decir, la relación entre el PIB nominal y el dinero en sentido amplio) tiene una tendencia estable a la baja.

Una política monetaria diferente

Los resultados en materia de inflación podrían mejorar significativamente si se pasara de intentar dirigir la economía utilizando los tipos de interés y episodios ocasionales de Quantitative Easing/Tightening a confiar en la estabilidad relativa de la velocidad de circulación de la renta como medio de gestionar la demanda agregada. Dado que la demanda agregada equivale al PIB nominal, que a su vez es el producto del dinero en sentido amplio y el valor de la velocidad de la renta, el crecimiento del dinero en sentido amplio podría gestionarse de forma que se alcanzara el objetivo de inflación generando un nivel adecuado de PIB nominal.

Para gestionar el dinero en sentido amplio habría que tener en cuenta tres factores: la tasa media anual prevista de crecimiento del PIB real, el valor tendencial de la velocidad de la renta (que se calcula fácilmente a partir de registros anteriores) y el objetivo de inflación.

Sobre la base de los datos anteriores del Reino Unido, lo óptimo sería mantener el crecimiento del dinero en sentido amplio entre el 4% y el 6% anual, pero podrían tolerarse desviaciones a corto plazo en un intervalo más amplio, del 2% al 8% anual. Dado que la relación entre dinero e inflación es a medio plazo, sería un error intentar alcanzar un objetivo de crecimiento monetario mes a mes.

¿Recibieron Turquía y Siria un impulso económico con el terremoto?

Lawrence W. Reed. Este artículo ha sido publicado originalmente en FEE.

Tras el terrible terremoto que asoló Turquía y Siria en febrero, un mito recurrente reclama la sabiduría de Frédéric Bastiat. ¿Quién puede olvidar las impresionantes escenas de devastación: edificios reducidos a montones de escombros, carreteras levantadas y retorcidas, casas arrasadas por el fuego, decenas de miles de muertos y heridos?

¿La destrucción es la creación?

Siempre que ocurren cosas tan malas, alguien afirma que, desde el punto de vista económico, las cosas malas pueden ser realmente buenas. La destrucción, argumentan, requerirá reparaciones y eso significa la creación de nuevos puestos de trabajo. Las catástrofes estimulan la actividad económica, convirtiendo al menos parte del dolor de las pérdidas iniciales en una bendición nacional. O eso nos dicen.

Tras el terrible terremoto que sacudió Kobe (Japón) en enero de 1995, Nicholas D. Kristof publicó lo siguiente en el New York Times: “A pesar de la devastación, algunos expertos dijeron que en cierto modo el terremoto podría dar un impulso a una economía que lucha por recuperarse de una larga recesión”. El gasto necesario para reconstruir el puerto de Kobe, escribió, “puede dar un estímulo a la economía de Japón”. Espero que el Sr. Kristof haya leído algo de Bastiat en los años transcurridos desde entonces.

Una mala idea antigua

Esta noción de que la destrucción es un estímulo económico no es nueva. Después de la Segunda Guerra Mundial, algunos de los que examinaron los restos de Europa Occidental argumentaron que el esfuerzo de reconstrucción levantaría la economía continental. Reflexionando sobre aquellos años, el Primer Ministro británico Harold Wilson explicó una vez el rápido ascenso de Alemania y el estancamiento de Gran Bretaña en estos términos: Alemania tuvo la suerte de que su capacidad manufacturera quedara totalmente aniquilada, mientras que Gran Bretaña seguía utilizando plantas que habían sobrevivido a la guerra. La implicación era que Gran Bretaña estaría mejor hoy si tan sólo Alemania hubiera lanzado muchas más bombas sobre ella en la década de 1940.

Cuando las inundaciones del Medio Oeste de Estados Unidos dejaron tras de sí miles de millones de dólares en pérdidas materiales en 1993, el entonces Secretario del Tesoro de Estados Unidos, Lloyd Bentsen, declaró abiertamente que la economía del país recibiría un saludable estímulo como consecuencia de ello. Pero es difícil imaginar que los supervivientes de estos terribles sucesos se consuelen con tales garantías. “Me alegro mucho de que mi casa fuera arrasada porque ahora tengo la oportunidad de reconstruirla y estimular la economía”, no es una opinión muy extendida, estoy seguro.

Frédéric Bastiat

Hace casi dos siglos, el economista y estadista francés Frédéric Bastiat enterró este error al contar la historia de una ventana rota. Un joven lanza un ladrillo a través del escaparate de una panadería. Una multitud se reúne alrededor del cristal roto, enfadada por el crimen del delincuente y apenada por la pérdida del panadero, hasta que un extraño pasa por allí y declara: “¡Esto es una bendición! Ahora el panadero comprará una ventana nueva, lo que significará más negocio para el cristalero, que a su vez extenderá la prosperidad en todos los círculos”. Si la multitud creyera realmente al forastero, iría a romper otras ventanas de la ciudad para crear aún más prosperidad.

En palabras del propio gran francés,

Lo que no se ve es que si él [el panadero] no hubiera tenido una ventana que sustituir, podría haber reemplazado sus zapatos gastados o añadido un libro a su biblioteca. En resumen, habría utilizado sus seis francos para un fin que ya no podrá.

Frédéric Bastiat

Bastiat enterró el error pero, como Drácula, siempre hay alguien que lo vuelve a desenterrar.

Lo que es perjudicial o desastroso para un individuo, demostró Bastiat, también lo es para el conjunto de individuos que forman una nación. Nadie podría pensar que una catástrofe natural es una ventaja económica si piensa en primer lugar en las personas cuyos bienes han sido arrasados. El problema de todo esto es que algunas personas no utilizan la cabeza para pensar. Se fijan en un árbol o dos e ignoran el bosque.

Usos alternativos

Pensemos en un ladrón que va casa por casa robando todo el botín que encuentra y luego se lo gasta en el centro comercial local. El hecho de que los propietarios de las tiendas aprecien su negocio no significa que haya ayudado a toda la economía. Cada dólar que el ladrón gasta en el centro comercial es un dólar que no pueden gastar las personas a las que realmente pertenece el dinero.

Si a los ciudadanos de Turquía y Siria les cuesta cien mil millones de dólares reconstruir, son cien mil millones que no tendrán para otras cosas. Mucho se perdió para siempre porque era sencillamente insustituible a cualquier precio. Cualquiera que se limite a observar el aumento de la actividad en el sector de la construcción a medida que la gente gasta para reconstruir y concluya que un terremoto es una especie de bendición económica, no está viendo el panorama completo.

El hecho de que algunas personas que deberían saberlo mejor sigan viendo bendiciones en la destrucción es un indicio de que tenemos mucho que aprender sobre economía. Si Bastiat pudiera hablarnos hoy, probablemente suspiraría, frunciría el ceño y declararía: “¡Ya os lo expliqué hace mucho tiempo!”.