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‘Call for papers’ para el XVI Congreso de Economía Austríaco

Durante los días 31 de mayo y 1 de junio* tendrá lugar el XVI Congreso de Economía Austríaca del Instituto Juan de Mariana. Abrimos oficialmente el plazo de recepción de las comunicaciones académicas para quienes deseen participar en el Congreso.

El Congreso de Economía Austríaca

Durante el Congreso, estudiantes, profesionales y profesores debatirán las más recientes aportaciones académicas en los ámbitos de la economía, la política, la sociología, la filosofía y la ética en la tradición de la Escuela Austríaca de Economía o desde posiciones que la complementen y enriquezcan. El procedimiento de aceptación de comunicaciones mantendrá y ampliará los progresos que ya dimos en años anteriores con el objetivo de ofrecer mayor rigurosidad y transparencia en la selección de las investigaciones presentadas durante el mismo.

Características del Congreso

El Congreso de Economía Austriaca se estructura alrededor de cuatro bloques temáticos: “Liberalismo, sociología y política”, “Teoría económica y monetaria” y “Políticas públicas”.

El programa del Congreso se dividirá en estas tres secciones. Así, cada bloque se estructurará de la siguiente manera:

  • Presentaciones de las comunicaciones aceptadas para el Congreso.
  • También podrá haber una mesa redonda o diálogo en el que participen especialistas en la materia.
  • Conferencia magistral de alguna figura relevante del liberalismo.

Publicación y certificación

Fechas relevantes

  • Envío de abstracts: 31 de marzo
  • Aceptación abstracts: 10 de abril
  • Envío de trabajos: 25 de abril
  • Aceptación de trabajos 5 de mayo
  • Re-envío de trabajos corregidos (en su caso), 15 mayo

Coste de inscripción

  • 120 euros por autor de cada contribución (30 para los miembros del Instituto Juan de Mariana)

Resultados curriculares

  • Certificado de participación en el Congreso
  • Publicación del paper presentado como capítulo de libro en una editorial Q1 del ranking de SPI (Scholarly Publisher Indicators in Humanities and Social Sciences).
  • Publicación de los abstracts en un libro de actas del congreso con ISBN editado por el Instituto Juan de Mariana.

Normas de envío de abstracts

1. Los trabajos han de ser originales y podrán presentarse en español o inglés.

2. Serán aceptados trabajos tanto de reflexión como de revisión teórica o de investigación empírica. Todos los trabajos tienen que relacionarse con alguna de las líneas temáticas del Congreso: “Liberalismo, sociología y política”, “Teoría económica y monetaria” y “Políticas públicas”.

3. El resumen deberá tener entre 300-400 palabras, y, además, se deberá incluir la bibliografía que se va a utilizar para la elaboración del paper. 

4. Se permite un máximo de tres autores por trabajo

Normas de envío de trabajos

1. Los trabajos no podrán superar los 50.000 caracteres con espacios, incluyendo cuadros de texto, tablas, etc. y notas al pie (17 páginas aproximadamente).

2. El trabajo será enviado en formato Word tanto para el texto como para los gráficos.

3. Cada original incluirá en una primera página independiente, el título del trabajo en español y en inglés y el nombre del autor o autores, junto con su dirección y teléfono y su afiliación académica o profesional; un resumen del trabajo de aproximadamente 150 palabras en español y en inglés; una lista de palabras clave (al menos dos y no más de cinco), así como las referencias correspondientes a la clasificación del Journal of Economic Literature (JEL), ambas también en ambos idiomas.

4. El contenido del trabajo deberá comenzar en una nueva página. Las diferentes secciones en las que se estructure el artículo se numerarán de forma correlativa (1, 2, 3…), siendo el punto 1 la sección de introducción. Los apartados incluidos dentro de cada sección se numerarán con dos o tres dígitos (p.e. 2.3, 2.3.1).

5. El texto y símbolos que se desee aparezcan en cursiva deberán ir en ese tipo de letra o, en su defecto, subrayados.

6. Los cuadros y gráficos incluidos en el trabajo deberán presentarse en blanco y negro, irán numerados correlativamente y deberán ser originales, incluyendo además su título y fuente.

7. Las citas bibliográficas que aparezcan en el texto (ya sea en el cuerpo principal o a pie de página) deben presentarse indicando, entre paréntesis, el apellido del autor, el año de publicación y el número de páginas. Ejemplo: (Mises, 1940, pp. 479-482) o Mises (1940, pp. 479-482) 

8. Las notas irán numeradas correlativamente y voladas sobre el texto, incluyéndose su contenido a pie de página y a espacio sencillo.

9. La bibliografía utilizada irá al final del artículo bajo el epígrafe REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS, ordenadas alfabéticamente por autores y de acuerdo con las normas de estilo establecido por las Normas APA actualizadas (Edición 7).

10. Los apéndices irán al final del artículo después de las Referencias bibliográficas.

Este año el Congreso se celebrará en la Universidad Francisco Marroquín Madrid.

Este Congreso dispondrá, de cara a la selección de las comunicaciones, de un procedimiento académico que incluye un Comité Académico y la revisión por pares con dos especialistas en la materia (referees), que determinarán si son aptas.

Una vez aceptado el abstract por el Comité Académico, se deberá realizar el ingreso correspondiente en la cuenta del Instituto del Banco Santander: 0030 1005 18 0000576271 (IBAN ES16 0030 1005 1800 0057 6271). Deberá indicarse en el concepto del ingreso o transferencia: «Congreso – nombre de quien realiza el abono».

El envío de abstracts y trabajos, así como de cualquier duda de índole académica u organizativa, se harán a través de esta dirección: eventos@juandemariana.org.

Esperamos con este Congreso poder contribuir al avance de las investigaciones en la tradición de la Escuela Austríaca de Economía e impulsar su máxima divulgación. 

Además, el acto es libre para el público asistente, y promete contar con muy agradables sorpresas también en las mesas redondas y conferencias magistrales.

*Durante los primeros días se solicitó la comunicación vía congresoea@juandemariana.org. Por problemas técnicos, no hemos podido acceder a ese correo, por lo que si alguien nos escribió al mismo debe volver a hacerlo a eventos@juandemariana.org.

Gran Bretaña ya está contabilizando el coste del cambio climático, así que ¿por qué no tenemos un plan de adaptación?

Daisy Powell-Chandler. Este artículo ha sido publicado originalmente en CapX.

En el Reino Unido, la ansiedad por el clima es ya un deporte mayoritario: alrededor del 90% de los adultos británicos están preocupados por él, y tres quintas partes afirman que el cambio climático es uno de los problemas más acuciantes a los que se enfrenta el país, o el único; el 70% espera que haga más frecuentes las inundaciones y los incendios. Los sondeos y grupos de discusión realizados por mi empresa Public First, dejan claro que un número cada vez mayor de votantes ya está experimentando el impacto físico del cambio climático.

Que la gente esté preocupada no es una gran sorpresa, dado que el año pasado fue el más caluroso jamás registrado; más de 3.000 personas murieron en la ola de calor del verano pasado y las proyecciones sugieren que esa cifra se habrá más que duplicado para 2050. Para los políticos, no estar a la altura de esta realidad cambiante significará sin duda una pérdida de votos.

Hasta ahora, el debate político sobre el cambio climático se ha centrado en cómo impedirlo. Esto es importante, porque las proyecciones actuales siguen mostrando una gran diferencia entre el mejor y el peor de los escenarios. Pero también tenemos que hablar más abiertamente de la gestión de sus efectos, no sólo de evitar que empeoren. Cuando el 66% de los votantes del Muro Rojo piensa que el cambio climático será responsable de inundaciones e incendios (como ya ocurre en algunas zonas), ningún político inteligente debería admitir que no se ha preparado para esa eventualidad.

Las inundaciones son quizá el mayor riesgo para nuestros hogares e infraestructuras: El nivel medio del mar en el Reino Unido ha subido unos 17 cm desde 1900, mientras que las precipitaciones invernales han aumentado, haciendo más frecuentes las inundaciones. Las precipitaciones estivales se han vuelto más concentradas y repentinas, lo que significa que nos enfrentamos a la doble amenaza de sequías e inundaciones repentinas en el sureste de Inglaterra. Según algunas estimaciones, los costes de las grandes inundaciones aumentarán en miles de millones de libras de aquí a 2050, y las comunidades costeras y las situadas en llanuras aluviales sufrirán las consecuencias tanto en el aumento de los pagos del seguro como en sus propias facturas de reparación, ya que los costes directos para los propietarios de viviendas casi se duplican.

Por otra parte, es probable que el aumento de las muertes por calor se concentre en las comunidades urbanas, especialmente en las que carecen de infraestructuras verdes como parques y árboles en las calles.

La concentración geográfica tanto de las inundaciones como de las muertes por calor las convierte en potentes temas para las batallas por los escaños marginales en todo el país. Además, la combinación del deshielo de las carreteras y las vías férreas con las inundaciones repentinas hace saltar las alarmas en Hacienda. Una vez más, esto sugiere que los responsables políticos deberían pensar seriamente en la adaptación al cambio climático, así como en la prevención.

¿Por qué no estamos haciendo más por la adaptación al cambio climático? Hay tres razones principales: negación, distracciones y aburridos problemas de “maquinaria gubernamental”. Desgraciadamente, no hay margen para seguir dando largas al asunto. Negociar el Brexit y luchar contra la pandemia pueden haber sido las tareas urgentes de la última década, pero el cambio climático será el contexto de cada decisión durante el próximo siglo, y ahora debemos hacer preparativos serios para aumentar la resiliencia nacional.

Eso incluye la seguridad alimentaria, que ya estaba subiendo en la agenda tras el Brexit. Los cambios meteorológicos ya están causando estragos entre los agricultores. No hay más que ver la batalla anual sobre los pesticidas neonicotinoides. Estos productos químicos fueron prohibidos debido a la preocupación por su impacto en las abejas, pero debido a una serie de inviernos cada vez más cálidos, el Gobierno ha tenido que dar recientemente una autorización de emergencia para que los agricultores los utilicen, o se enfrentan a perder cultivos británicos clave.

Nada de esto se basa en la creencia de que el cambio climático es obra del hombre. Seguro que hasta los más radicales de la brigada anti-net zero apoyan los esfuerzos por salvar pueblos que se hunden y ancianitas que mueren de insolación.

Pero lo cierto es que en el Gobierno no hay ningún adalid de la adaptación: como área política, depende del Ministerio de Medio Ambiente, Alimentación y Asuntos Rurales (Defra), lo que significa que nadie le presta atención. Pero ahora está claro que no se trata sólo de una cuestión rural, sino de seguridad nacional. En lugar de depender de uno de los departamentos gubernamentales más pequeños, necesitamos un ministro dedicado a la adaptación climática, con un grupo de trabajo interdepartamental formado por el Tesoro, DLUHC, BEIS, Defra y el Ministerio de Defensa.

Como dejan claro nuestras encuestas, desde la pandemia los ciudadanos esperan que los políticos y los responsables políticos den prioridad a la resistencia nacional. Esto debería abarcar claramente las amenazas del cambio climático, así como las enfermedades mortales y las guerras. Los políticos tienen que demostrar a los votantes que se ocupan de ello.

El caos supremo de Brasil

Leonidas Zelmanovitz. Este artículo ha sido publicado originalmente en Law & Liberty.

A pesar de algunas diferencias obvias, Brasil y Estados Unidos tienen mucho en común. Ambos son naciones forjadas a partir de colonias europeas en el Nuevo Mundo; tienen grandes territorios, poblaciones y economías. También tienen en común una historia manchada de esclavitud, aunque ambos son ahora repúblicas federales multiétnicas donde, supuestamente, el Estado de derecho es la ley del país. Y de vez en cuando, sus sistemas políticos sufren los efectos nefastos del populismo, aunque la reciente violencia en Brasil tuvo otras causas distintas a la instigación de un líder populista.

Una diferencia significativa, sin embargo, es la longevidad constitucional. Mientras que Estados Unidos ha funcionado -al menos nominalmente- con la misma Constitución durante más de 200 años, Brasil ha tenido hasta ahora seis constituciones (1824, 1891, 1934,1945, 1967 y 1988). Todas menos la última fueron fruto de revoluciones o golpes militares.

El régimen militar que derrocó al gobierno en 1964 permaneció en el poder hasta 1985, cuando devolvió la autoridad a un gobierno civil que reinstitucionalizó el país con la constitución de 1988.

Nótese el mal momento: la actual Constitución brasileña fue redactada por una convención constitucional que se tambaleaba tras más de veinte años de una dictadura militar supuestamente de derechas. Además, el documento se terminó antes de la caída del Muro de Berlín. Eso explica la mayor parte de las tendencias de centro-izquierda, nacionalistas y socialistas de la actual carta brasileña. Dicho esto, también es la piedra angular del Estado de Derecho en Brasil, con una forma de gobierno federal, una separación de poderes bien definida, un gobierno limitado por los derechos individuales, un poder judicial independiente responsable de la celebración de elecciones justas y, por último pero no menos importante, el control civil sobre el ejército.

Me gusta bromear diciendo que la asamblea constituyente estableció controles y equilibrios efectivos, aunque lo hicieran involuntariamente. De hecho, desde la redemocratización del país, dos presidentes han sido destituidos (Fernando Collor de Mello y Dilma Rousseff) y un presidente (Luis Ignacio “Lula” da Silva) fue encarcelado por corrupción. Dudo que se pueda afirmar con más rotundidad el poder de los poderes legislativo y judicial.

Cuando Lula fue encarcelado en abril de 2018 (tras haber sido condenado por sobornos que, entre él y sus cómplices, alcanzaron los miles de millones de dólares) muchos brasileños lo vieron como la confirmación de que, por fin, el Estado de derecho estaba firmemente establecido en Brasil.

Tanto Sergio Moro, el juez que condenó por primera vez a Lula, como el grupo de fiscales que iniciaron las causas contra él, habían participado en programas del Departamento de Justicia de Estados Unidos para formar a los brasileños en la administración de justicia al estilo estadounidense. Para algunos, eso indicaba que por fin estaban haciendo las cosas bien. Para los abogados de Lula, significaba que su procesamiento era de mano dura, y que el juez Moro era un “agente de la CIA”.

Casi al mismo tiempo (enero de 2019), un candidato de centro-derecha, Jair Bolsonaro, fue elegido presidente. Bolsonaro se presentó con una plataforma “populista”, pero no está tan claro hasta qué punto apeló al impulso populista. Prometió respeto a la propiedad privada, un tema de bandera para la agroindustria. Prometió frenar la violencia urbana, una bandera de la clase media. Prometió defender los valores sociales conservadores, bandera de la cuarta parte de los brasileños que son evangélicos. Y lo que es más importante, se presentó como candidato contra la corrupción con la que se identificó al Partido Laborista (PT) de Lula, una bandera para todos los brasileños que no se habían beneficiado de los escándalos de corrupción durante los 13 años que el PT estuvo en el poder, primero con Lula y después con su sucesora, Dilma Rousseff. Bolsonaro fue el primer presidente de centro-derecha elegido desde la redemocratización del país, lo que resultó en la primera transmisión real del poder a un partido ideológicamente distinto, otra marca alta para la democracia brasileña.

A partir de ahí, las cosas fueron cuesta abajo.

Bolsonaro fue elegido sin mayoría en el Congreso y su aparente campaña “anticorrupción”, prometiendo meter en la cárcel a la mayoría del Congreso, alienó comprensiblemente a esa misma mayoría que necesitaba para gobernar con eficacia.

Además, en uno de los errores políticos más flagrantes de su carrera política, Bolsonaro nombró Secretario de Justicia en su gabinete al juez Moro como “prueba A” de que su campaña “anticorrupción” iba en serio. Esto alienó aún más a la clase política y dio cierto crédito (injustificado) a las acusaciones de que las sentencias contra Lula tenían motivaciones políticas.

Finalmente, a mediados de su mandato, Bolsonaro llegó a un modus vivendi con la mayoría del Congreso. Eso le permitió cumplir algunos de sus compromisos de campaña. Pero su mal desempeño como jefe del Ejecutivo debido a la falta de apoyo en el Congreso, las acusaciones de que había cedido ante la clase política corrupta cuando finalmente consiguió hacer algo, y las limitaciones de un país de renta media sin red de seguridad social que se enfrenta a la pandemia, alejaron a muchos de sus partidarios. Por lo tanto, su coalición se enfrentó a las elecciones de 2022 más debilitada de lo que estaba en 2018.

Mientras tanto, Lula movía todos los resortes a su alcance para salir de la cárcel y recuperar sus derechos políticos. En una controvertida decisión en noviembre de 2019, el Tribunal Supremo invirtió sus propios precedentes y dejó a Lula en libertad, poniéndolo efectivamente fuera del alcance de nuevos veredictos de culpabilidad. El Tribunal anuló su condena por motivos jurisdiccionales y declaró que los procedimientos contra él debían reiniciarse en un tribunal diferente. Pero para entonces, el delito ya había prescrito, por lo que no podía seguir adelante ningún otro proceso.

Una de las pocas reformas legislativas que Bolsonaro consiguió obtener del Congreso fue una reforma parcial de las leyes electorales que establecía que las urnas electrónicas tendrían que emitir recibos impresos (como hacen aquí en mi estado, Indiana). Sin embargo, esa victoria duró poco. El Tribunal Supremo, el mismo que liberó a Lula de la cárcel, declaró inconstitucional dicha reforma en septiembre de 2020 basándose en el endeble argumento de que imprimir los votos pondría en riesgo el secreto y la libertad de voto. Con ello, las elecciones en Brasil siguieron siendo imposibles de auditar.

Esperemos que los contrapesos institucionales, las normas de comportamiento aceptable en las disputas políticas y la conciencia de la opinión pública, tanto en Brasil como en Estados Unidos, sean lo suficientemente fuertes como para defender el Estado de Derecho.

Verán, el recuento final de las elecciones lo computa un tribunal electoral ad hoc (TSE) controlado por miembros del Tribunal Supremo. A falta de cualquier instrumento posible para realizar una auditoría, lo que ellos digan que es el resultado no puede ser impugnado. Su decisión de invalidar una ley que haría posible dicha auditoría aumentó drásticamente la percepción de que el tribunal no era imparcial.

En agosto de 2022, el magistrado del Tribunal Supremo Alexandre de Moraes fue nombrado presidente del Tribunal Electoral (TSE), justo a tiempo para presidir las elecciones del año pasado. El juez Moraes es una figura controvertida en el país.

Bajo Moraes, el Tribunal Electoral se extralimitó en sus funciones constitucionales y frenó el discurso de los partidarios de Bolsonaro, al tiempo que frenaba sólo las calumnias más escandalosas contra Bolsonaro (como las acusaciones vertidas contra él por los partidarios de Lula en los medios tradicionales de que Bolsonaro era un caníbal).

Cuando el Tribunal Electoral anunció que Lula había ganado la segunda vuelta por un margen de aproximadamente el 1% de los votos, no es de extrañar que muchos de los casi 50% de los votantes que votaron por Bolsonaro rechazaran los resultados de las elecciones por considerarlos ilegítimos.

Eso sí, la percepción de ilegitimidad no resulta del hecho de que sea imposible auditar la elección. Comienza con el hecho mismo de que Lula pudo presentarse después de haber sido condenado en tres instancias judiciales (el juez singular que recibió el caso y dos tribunales de apelación, uno regional y otro nacional), y nunca absuelto.

Bolsonaro nunca reconoció la derrota, pero dio instrucciones a su gobierno para que procediera a la transmisión del poder a la nueva administración, que tuvo lugar el día de Año Nuevo.

Entre la segunda vuelta de las elecciones, a principios de noviembre, y la toma de posesión de Lula, el Tribunal Electoral rechazó las impugnaciones legales contra el resultado de los comicios. Al mismo tiempo, Bolsonaro rechazó los llamamientos populares para invocar los poderes de emergencia y abandonó el país en vísperas de la toma de posesión de Lulas.

Sin embargo, decenas de miles de sus partidarios permanecieron frente a los cuarteles militares de todo el país pidiendo que las fuerzas armadas intervinieran en lo que percibían como unas elecciones robadas.

Así llegamos a los acontecimientos del domingo 8 de enero. Ese día, miles de partidarios de Bolsonaro superaron las insuficientes barreras establecidas por la policía e invadieron el palacio presidencial, el Congreso y el palacio del Tribunal Supremo en la capital nacional, Brasilia, antes de ser expulsados de ellos por la noche y 1.500 de ellos detenidos.

Hay algo más que una fugaz similitud entre lo que ocurrió en Brasilia ese día y lo que ocurrió en Washington, DC, el 6 de enero de 2020.

La violencia injustificada estuvo motivada por la percepción no tanto de que las elecciones fueron robadas, sino de que no se aplicaron medidas de sentido común para evitar que fueran robadas y, por lo tanto, es imposible afirmar lo negativo, es decir, que no fueron robadas. La narrativa unilateral de los medios de comunicación tradicionales, el freno unilateral en las redes sociales de cualquier discurso que se identificara con posiciones de derechas, también se sumaron a los agravios de las turbas invasoras. Por supuesto, el silencio de los líderes políticos o las condenas a medias tampoco ayudaron.

Aquí, creo, pueden terminar los paralelismos entre ambos episodios.

Queda por ver hasta qué punto lo ocurrido el 8 de enero en Brasil servirá de pretexto al gobierno de Lula y a un Tribunal Supremo complaciente para reprimir a toda la oposición, y no sólo a los alborotadores. Algo así nunca ocurriría en Estados Unidos, ¿verdad?

Lula no ha ayudado a rebajar la temperatura acusando a las fuerzas armadas de negligencia, en el mejor de los casos, y de connivencia con los alborotadores, en el peor. Bolsonaro abandonó el ejército como capitán antes de convertirse en político durante 27 años. Dejó el ejército porque no fue ascendido en la ventana requerida para algo más que una baja honorable. Eso, creo, dice todo lo que necesitas saber sobre la opinión de los altos mandos sobre el hombre.

El ejército, además, dejó el poder al final del régimen militar tras haberse quemado con la experiencia, y aunque es cierto que han ejercido cierto poder “moderador” hasta ese momento de la historia, después de eso, tal “prerrogativa” ha pasado al Tribunal Supremo, como he argumentado aquí. En consecuencia, es improbable que la comunidad de inteligencia brasileña se vuelva renegada y tome partido en una disputa política. ¿Podemos decir lo mismo de Estados Unidos?

Esperemos que los controles y equilibrios institucionales, las normas de comportamiento aceptable en las disputas políticas y la conciencia de la opinión pública, tanto en Brasil como en Estados Unidos, sean lo suficientemente fuertes como para defender el Estado de Derecho, para que podamos seguir disfrutando durante generaciones de “la peor forma de gobierno -exceptuando todas las demás que se han probado”.

La Ley de Mercados Digitales ante el declive de las Big Tech

Tras varios años de intenso debate y actividad burocrática, hace un par de meses ha entrado en vigor la llamada Ley de Mercados Digitales o DMA (siglas de su nombre en inglés, “Digital Market Act”) como la conocemos los que hemos seguido el debate desde sus orígenes, y como la voy a denominar en este artículo.

La DMA pretende evitar que determinados agentes de Internet utilicen su supuesto poder de mercado para forzar condiciones injustas a sus clientes y, en consecuencia, a sus usuarios. Distingo clientes de usuarios, porque los referidos agentes de Internet suelen tener la consideración de plataforma, en que una serie de usuarios de la plataforma, sus clientes, la utilizan para vender o dar a conocer su producto a los usuarios de la misma. Por ejemplo, todos somos usuarios del buscador de Google; sin embargo, no pagamos (al menos no con dinero) por este servicio; son los anunciantes clientes de Google los que pagan por el mismo a cambio de poder llevar información a los usuarios. Algo parecido ocurre con Meta-Facebook, en este caso por el uso de las redes sociales. Más complicados pueden ser los casos de Amazon o Apple, pero la idea es básicamente la misma.

Para conseguir su objetivo, la DMA define la figura del Guardián de Acceso o Gatekeeper (usaré también el término en inglés para que no parezca esto un capítulo de Dragones y Mazmorras) y establece en qué condiciones un proveedor de servicios digitales tiene esta consideración para inmediatamente sacudirle con una retahíla de obligaciones, hasta 23, muchas veces de difícil comprensión e interpretación.

Cualquiera que estudie la norma, a poco que sea crítico, se dará cuenta de que está dirigida a sujetos específicos, no es una norma “ciega” como las que exige la “Rule of Law”, por mucho que se disfrace de tal. Es obvio que los Gatekeepers son Microsoft, Google, Apple, Facebook-Meta y Amazon, aunque quizá se cuele algún despistado más en la definición (¿Netflix?).

Tampoco las obligaciones que se imponen están justificadas en consensos teóricos de los economistas. Son las que los funcionarios de la Comisión Europea y de los Estados Miembros, junto con los Europarlamentarios, trabajando codo con codo, han considerado que había que imponerles. Simplemente porque ellos creen que eso es lo bueno para Europa y los europeos, pero sin análisis científico alguno que lo demuestre. Porque hoy es hoy, como decía el anuncio.

Con este instrumento, la Comisión Europea pretende domeñar el poder de mercado de los salvajes Big Tech y evitar así que perjudiquen no solo a los consumidores europeos, sino también al tejido industrial de la Unión. Para los orgullosos burócratas europeos, la DMA es un ejemplo a seguir por el resto del mundo, como también lo constituye otra de sus obras maestras, el inefable RGPD (Reglamento General de Protección de Datos)[1].

Esos mismos burócratas, o al menos aquellos que aún se asoman a la realidad desde su torre de cristal, se habrán quedado atónitos al observar la pérdida de valor que han sufrido en Bolsa durante este año los causantes de sus desvelos. Y supongo que la boca aún no se les habrá podido cerrar al constatar que tal pérdida de valor va seguida de reajustes en sus estructuras, esto es, de despidos masivos por todo el mundo.

¿Cómo es posible que empresas con tamaño poder de mercado tengan que ajustarse de esta forma? ¿Acaso no son capaces de desenvolverse con independencia de clientes, proveedores y ciudadanos? ¿O va a resultar que no tenían tal poder de mercado?

Quizá algún burócrata hará la lectura de que esa pérdida de valor se debe precisamente al “éxito” que anticipan los analistas para la DMA. A este optimista habrá que recordarle que cuando ha ocurrido el descalabro aún no estaba en vigor y de hecho faltan bastantes meses para que se implemente, no digamos para que sus efectos se noten; pero, sobre todo, habrá que recordarle que el negocio de los Big Tech es global, y Europa solo supone una parte, no mínima pero sí decreciente, del mismo.

Los demás usaremos el sentido común y algún conocimiento de teoría económica para explicar tal suceso de una forma más racional. Y es que el poder de mercado que aducen los reguladores para justificar sus intervenciones en el mercado, es un mito. Al menos, es un mito en los mercados no regulados. Por supuesto, si los Gobiernos deciden crear monopolios u oligopolios legales, o dar privilegios a las empresas de sus amigos, aparece poder de mercado.

Pero no es así como los Big Tech han llegado a conquistar el mercado. No consta en la historia de Google, o en la de Meta, o en la de Microsoft, o en la de Amazon, o en la de Apple, que el gobierno de los EEUU les concediera un monopolio legal para su actividad. No. Estas empresas han llegado donde han llegado porque eran sobresalientes en la satisfacción de las necesidades de la gente, porque nadie lo hacía mejor que ellos. Su supuesto “poder de mercado” está sujeto a las vicisitudes de las preferencias de sus clientes, de las que nadie les protege. Realmente, ese “poder de mercado” es poder de sus usuarios y de sus clientes, a los que tienen que servir para mantener su posición y sus beneficios.

La pérdida de valor en Bolsa que han sufrido durante este año no se puede explicar fácilmente, y quizá sea solo coyuntural. En todo caso, una pérdida de valor es un desajuste real o anticipado en la capacidad de satisfacer a los clientes. Los inversores les han dicho a las Big Tech que lo que estaban haciendo no es lo que ellos creen que van a querer sus clientes en el futuro. Y a las Big Tech, con todo su supuesto poder, no les queda otra que reestructurarse para tratar de acertar con esas preferencias. En ello están.

Volvamos con la DMA. Ya hemos visto que su construcción, además de arbitraria per se, se ha basado en un mito, cuya falacia se ha constatado justo antes de su entrada en vigor. Si realmente estas empresas no tienen poder de mercado, no hacía falta la DMA para nada. Y ahora que lo tenemos, ¿qué podemos esperar e de él? ¿Ayudará al proceso de ajuste a las preferencias de los ciudadanos que se está exigiendo a los Big Tech?

Esa pregunta equivale a analizar si las obligaciones (23, no se olvide) que se imponen a los Gatekeepers, son realmente cosas que quieren sus clientes y usuarios. Si fuera así, lo cierto es que no hubiera hecho falta obligarles a hacerlas, porque al actuar en un mercado no intervenido se tienen que ajustar a las preferencias de los usuarios para sobrevivir.

Ergo, tiene pinta de que no es el caso, así que lo único que harán dichas obligaciones es entorpecer el proceso de ajuste que estos agentes requieren, forzándoles a dedicar recursos allá donde no son valorados por la sociedad, empezando posiblemente por todos los abogados y consultores que van a hacer su agosto a costa de estas empresas con la implementación de la DMA en Europa.

Así que lo que nos espera en los próximos años a los europeos es la degradación del servicio excelente que hasta ahora nos venían dando. Por un lado, tienen el reto que les propone el mercado de adaptarse a las nuevas demandas; por otro, tendrán que desperdiciar recursos en cumplir lo que quieren los funcionarios y políticos europeos, recursos que no se podrán dedicar a dichas nuevas demandas, sean cuales sean.

Eso sí, la Unión Europea se mantendrá como líder cada vez más destacado en regulación y ejemplo a seguir para el resto del mundo, que esta “empresa” jamás baja en Bolsa.


[1] A cuya loa ya dediqué unas líneas en este mismo foro.

Ver: https://ijmpre2.katarsisdigital.com/ijm-actualidad/analisis-diario/el-reglamento-de-proteccion-de-datos-enterrando-recursos-de-los-europeos-en-la-economia-improductiva/

Bitcoin es una mercancía (II)

Hace unos días mi compañero en este medio Joel Serrano escribió una crítica a mi serie de artículos “Mises no comprendió a Menger”, en donde explico las diferencias entre la teoría de mercancía de Menger, y el uso que hace Mises del término mercancía. Quiero agradecer desde aquí el tiempo que le ha dedicado, y también de paso confirmar que, efectivamente, el título de mi serie de artículos es puro clickbait.

Serrano centra una buena parte de su artículo en negar rotundamente la equivalencia que propongo entre el concepto de mercancía de Menger y los medios de cambio. En primer lugar, quiero dejar muy claro que cuando me refiero a medios de cambio no me refiero a medios de cambio indirecto, sino a medios de cambio en general. En segundo lugar, la mera existencia en la literatura económica de calificar algunos medios de cambio como “indirectos”, ya demuestra que existen los medios de cambio directos (o simplemente “medios de cambio”), que son los que se utilizan en el intercambio directo o trueque, y esos medios son mercancías para el vendedor y bienes de uso o consumo para el comprador. Y en tercer y último lugar, Menger explicó lo siguiente en El Dinero (p. 97):

La expresión “intermediario del intercambio” para designar la función de intermediación del dinero en el intercambio de bienes es incomparablemente más exacta que la de “medio de cambio“, que en alemán se utiliza también para dar a entender cualquier otro bien destinado al intercambio.

Carl Menger

Y en su libro Principios de Economía Política Menger aporta la siguiente definición científica de mercancía: “De ahí que un gran número de economistas, sobre todo germano-parlantes, entienda por mercancías los bienes (económicos) de todo tipo destinados al intercambio“. Creo que sobra ningún comentario adicional por mi parte. Solo me queda añadir que esta equiparación mercancía – medio de cambio es accesoria a mi argumento de que Bitcoin pudo valorarse como mercancía sin ningún valor de uso. Y por tanto, aunque estoy plenamente convencido de que Serrano está equivocado en su interpretación de Menger, por despejar el debate renuncio a usar el término “medio de cambio” y me limitaré a usar el término “mercancía” para referirme al estatus inicial de Bitcoin. Y quisiera recalcar que mi argumento no es tanto el hecho histórico de que Bitcoin se demandara como mercancía sin ningún valor de uso, sino la posibilidad de que pudiera valorarse de esta manera.   

Este argumento central ya lo expuse en este otro artículo, y hoy lo voy a desarrollar un poco más para dar respuesta a las críticas de Serrano.  Dice Serrano que Bitcoin no cumple la segunda parte de la cuarta condición que establece Menger para que una cosa sea un bien. Es curioso que Serrano parece utilizar el texto de la segunda edición de Principios de Economía Política donde Menger añade la palabra “anticipación” en la primera condición, pero no parece utilizar esta segunda edición para citar la cuarta condición donde Menger añade: “aunque sea una necesidad futura y solo con la ayuda de otros bienes”.

En la segunda edición, Menger deja ya meridianamente claro que la necesidad puede ser futura, no tiene que ser presente. De todos modos, la redacción de la primera edición ya rezaba lo siguiente: “Poder de disposición sobre la cosa, de tal modo que pueda ser utilizada de hecho para la satisfacción de la mencionada necesidad”. Aquí no cabe interpretar que esa necesidad tenga que existir obligatoriamente en el presente. Y además esto debe ser cuestión pacífica en el debate cuando el propio Serrano ya reconoce, en virtud de la primera condición, que la necesidad puede ser anticipada, y en las cuatro condiciones de Menger estamos hablando de una misma necesidad.

Y es que además no podía ser de otra manera, pues toda acción humana está enfocada al futuro por definición. Tanto el valor de uso como el valor de cambio, son contingentes, especulativos y más o menos inciertos. Si Bitcoin no cumpliera la segunda parte de la cuarta condición de Menger por razón de no poder ser utilizada en el presente de forma inmediata a voluntad de su propietario, entonces ninguna otra mercancía sería un bien económico. Porque para poder materializar el valor de cambio de una mercancía necesitas que otra persona te la compre (igual sucede con los medios de cambio, ¡que curioso!”), y esa transacción de compra solo puede suceder en el futuro y nada garantiza que se produzca, menos aún cuando se trata de bienes totalmente nuevos. 

También es muy relevante el concepto de escasez. Para que una cosa sea un bien económico la oferta disponible no puede ser mayor que la demandada. Satoshi no preminó, diseñó el sistema de manera que desde el inicio fuera necesario realizar intercambios autísticos para obtener unidades de Bitcoin. Es decir, si Satoshi demandaba más unidades del stock existente, debía realizar un intercambio entregando al sistema un hash válido para el siguiente bloque y recibir a cambio la recompensa correspondiente. 

Por otro lado, Serrano no expone correctamente mi argumento sobre la causa del valor de los medios de cambio. La causa originaria no es que permitan incorporar a las partes el valor añadido del intercambio sino que son herramientas que, gracias a sus cualidades para ello, facilitan o ayudan a intermediar los intercambios. De la misma manera que un coche, gracias a sus cualidades, facilita el transporte.

Cuando un intermediario facilita o posibilita (abarata) una transacción entre dos partes y se le paga una comisión por ese servicio, es porque su servicio de intermediación es valioso. A nadie se le ocurre hablar aquí de circularidad. Sus contactos, su habilidad, conocimiento y sus medios son la causa del valor de sus servicios. Pues pasa exactamente lo mismo cuando el intermediario de la transacción es una cosa en lugar de una persona. Las cualidades de la cosa para intermediar el intercambio son la causa del valor de esa cosa. No es casual que Menger enfatizara la mayor precisión del término “intermediarios del intercambio” para referirse a los medios de intercambio. Esto ni siquiera lo disputa Mises en la cita que expuse en el IV artículo de mi serie donde afirma que los servicios monetarios son capaces de generar valor, que Serrano parece que no leyó pues la aporta como novedad en su crítica. He de decir que estoy totalmente de acuerdo con lo que dice Mises en esa cita, y añado que ahí contradice de pleno su propio teorema de regresión, pues si el servicio monetario puede generar valor por sí mismo, entonces no hay razón alguna para negar que podamos anticipar que una cosa pueda proporcionar ese servicio en el futuro, y por tanto demandarla sin que todavía hoy lo proporcione, lucrándonos gracias a dicha anticipación, tal y como explica Menger cuando describe la manera de actuar de los agentes más perspicaces en los procesos de monetización.  

La circularidad que veían los críticos de la teoría del valor subjetivo al aplicarla al dinero y que Mises erróneamente aceptó para intentar refutarla con su teorema ad-hoc, simplemente no existe. No existió nunca. Esta circularidad de que demandamos el dinero por la expectativa de que otros la demanden ya la refutó Menger en El Dinero tal y como expuse en este artículo.  Vuelvo a traer la cita de Menger:

Wagner, en su excelente Sozialökonomische Theorie des Geldes (1909,pp. 110 s.) indagando en torno a la función del dinero como medio de cambio, se deja guiar, al igual que muchos teóricos anteriores, por la idea de que el dinero-mercancía es aceptado como contravalor solo por la confianza que esa mercancía suscita por sí misma en que el resto de las personas que acuden al mercado la aceptarán, a su vez, también basadas en esa misma confianza de poder cambiarla luego por otros bienes. Según estos estudiosos, ese factor de confianza que se refiere a la psicología individual y luego —una vez convertido en costumbre consolidada— a la psicología de masas, es esencial y decisivo para comprender la función de medios de cambio del dinero. Esta concepción se basa en un prejuicio que sigue esclavizando de diversas maneras a los estudiosos de la teoría monetaria: es decir, que el dinero —al contrario que el resto de los bienes— es aceptado por nosotros como equivalente a los bienes que cedemos a cambio solo bajo la perspectiva de que, a su vez, también nosotros podremos entregarlo a cambio de otras mercancías en razón de la confianza que también le otorgan las demás personas. Pero aquí se olvida el hecho de que esta no es, en absoluto, una característica peculiar del dinero. También el comerciante, el especulador, etc., adquieren los bienes que luego ponen en venta, únicamente en la «confianza» de que estarán después en condiciones de cederlos a otros, y para ellos es absolutamente indiferente (en el aspecto que es aquí decisivo) el que quienes en el futuro adquieran sus mercancías se propongan luego consumirlas o revenderlas. Lo mismo sucede con el dinero, que nosotros, precisamente como hace el comerciante con su mercancía, lo adquirimos (por lo general y no excepcionalmente) solo a causa de su valor de cambio; es decir, para poder cederlo de nuevo a otros.

La auténtica peculiaridad del dinero respecto a otras mercancías no consiste, pues, en una «confianza» que se manifiesta solo en el caso del dinero, debido al amparo de las normas estatales que lo regulan, sino en su negociabilidad relativa superior al resto de las mercancías

Carl Menger

El dinero no se demanda por su poder adquisitivo, sino por su mayor negociabilidad, y la causa de la mayor negociabilidad se encuentra en la evaluación de sus cualidades (duradero, transportable, divisible, fungible, etc.), que Menger enumeró de manera exhaustiva en El Origen del Dinero, y que, al contrario de lo que parece insinuar Serrano, Menger no afirma que la amplia demanda de una mercancía tenga que venir porque además tenga valor de uso, e incluso si así fuera (que no lo es), tampoco afirma que sea una característica obligatoria.

Con respecto al texto de Menger en el que se refiere a Oppenheimer, la conozco muy bien y la traducción al castellano omite la palabra “cantidades”. Este texto termina de la siguiente manera en el escrito original: “wenn der Charakter der Geldstücke, als Quantitäten von Nutzmetall, verloren ginge.” Que en la versión en inglés está traducido con mayor fidelidad que en castellano: “if the character of coins as quantities of industrial raw materials were lost.” Menger se está refiriendo a que la cantidad de metal (oro o plata) desaparezca, es decir, al envilecimiento de la moneda. 

También trae Serrano otra cita donde Menger se refiere a mercancías donde dice: “además de ser empleadas para fines útiles”. En primer lugar, el adverbio “además” ya denota un carácter accesorio o accidental (no esencial).  Y en segundo lugar, nadie niega que una mercancía pueda demandarse por su valor de uso. Al contrario, la gran mayoría de las mercancías se acaban demandando por su valor de uso al finalizar la cadena de producción y distribución.  Para Menger lo esencial es el valor de cambio, y que una propiedad sea esencial en absoluto implica que la mercancía no pueda poseer propiedades accidentales distintas a sus propiedades esenciales, como sería algún valor de uso.

Con estas citas Serrano pretende llevarse a Menger a su interpretación, sin dar réplica expresa a las múltiples referencias de Menger a que la esencia del concepto de mercancía es su valor de cambio. Cosa que por cierto no es nada particular suyo, sino la definición habitual entre los economistas. El raro es Mises al utilizar el significado de “valor de uso”. La propia wikipedia, que no tiene por qué ser muestra de ningún rigor científico (de eso ya va Menger más que sobrado) pero sí de popularidad de una definición, también incide en exactamente lo mismo que Menger:

“Mercancía o mercadería​ es todo aquello que se puede vender o comprar [..] En el concepto de mercancía está implícito que esta es a su vez intercambiable por otra cosa. Clasificar algo como mercancía supone a su vez reconocer a otros objetos también como mercancías, dado su valor de cambiabilidad.”

Wikipedia

Con mayor o menor rigor, la popular wikipedia se centra en lo mismo que Menger: La intercambiabilidad, el valor de cambio. No se habla de valor de uso o consumo.

Con respecto a la teoría evolutiva del dinero de Menger, dice Serrano “que nadie puede crear medios de intercambio ni crear dinero, porque estos se instituyen socialmente”. Lo que se establece o descubre es el dinero como institución social en sentido abstracto, que no es lo mismo que las distintas manifestaciones particulares de dinero (ganado, sal, plata, fiat, Bitcoin). Una cosa es que individualmente sea históricamente muy improbable, más bien virtualmente imposible, inventar algo tan abstracto como el dinero de forma individual, y otra muy distinta que una vez descubierto espontáneamente y sobre el soporte de los bienes con valor de uso, cualquiera pueda intentar lanzar, de manera expresa y exclusiva, un bien cuya finalidad sea únicamente servir como medio de intercambio. 

Esta fue claramente la intención de los cypherpunks desde la década de los 80 del siglo pasado, que Friedman veía venir con toda claridad, también es clara la intención de Satoshi viendo el título de su whitepaper, o la intención de todo aquel que esté trabajando hoy en diseñar una moneda totalmente independiente trust minimized sin vinculación a ningún activo que por ejemplo sea más estable que Bitcoin por la vía de adaptar algorítmicamente la oferta a la demanda. Que dicha invención no tenga ningún valor de uso no monetario que genere un primer precio, o que dicha invención acabe por fracasar, en absoluto impide que el promotor la lance y que uno o más individuos consideren que puede funcionar como medio de cambio adquiriendo las primeras unidades al precio que voluntariamente acuerden las partes y generando así un primer valor de cambio basado única y exclusivamente en la expectativa de utilidad monetaria.

Serrano no parece darse cuenta que no solo el dinero, sino que cualquier mercancía con o sin valor de uso es un bien red. Y que como tales necesitan de la participación de al menos dos individuos para que pueda materializarse su valor en un precio. Y exigir que el motivo de demandar del primer demandante no pueda ser el mismo que el del segundo hasta que éste último por fin lo demande no tiene ningún sentido. Sería como sostener que la demanda del inventor del teléfono sólo puede existir como demanda de satisfacer la necesidad de comunicarse por voz remotamente si, y sólo si, aparece otra persona que también necesite comunicarse y quiera hacerlo a través de un teléfono. Como si la necesidad insatisfecha de comunicarse remotamente no fuera una necesidad. No, las necesidades se pueden satisfacer o no. Que no se satisfagan no quiere decir en absoluto que no sean necesidades o que la necesidad insatisfecha sea de naturaleza distinta cuando se satisface y cuando no. La “mera esperanza” de que un bien pueda servir para satisfacer la necesidad de comunicarse, es demandar el bien por el motivo de satisfacer la necesidad de comunicarse. Punto. No hay que elucubrar con otras necesidades.  De la misma manera, la mera esperanza de que un bien pueda satisfacer la necesidad de intercambiar, ya es demanda por utilidad monetaria.

Con respecto al Teorema de Regresión, la argumentación de Serrano es confusa y contradictoria en general. Me deja totalmente perplejo que Serrano califique como valor de uso la demanda especulativa por la posibilidad de que la cosa en cuestión pueda tener valor de cambio en el futuro. Es evidente que en la demanda especulativa lo único relevante es el valor de cambio. Entonces, ¿El valor de cambio futuro es un valor de uso presente?. No tiene sentido. O que también defienda que la diferenciación entre valor de uso y valor de cambio es innecesaria y al mismo tiempo defienda el Teorema de Regresión. Más que defenderlo parece vaciarlo de contenido o incluso refutarlo.

La imposibilidad que él observa de que Bitcoin pudiera tener valor de cambio desde el primer momento (ser mercancía) sin ningún valor de uso previo, se debe a una falta de comprensión de las mercancías en relación a las condiciones de Menger para que una cosa sea un bien. Como decíamos, los bienes que son mercancías siempre implican a un individuo y potencialmente a otro individuo adicional. Uno de ellos tiene que valorarlo como mercancía, y el potencial lo puede valorar como mercancía o como bien de uso. Aunque Serrano habla de medios de intercambio y utilidad monetaria, su argumentación no podría ser distinta si estuviera hablando de mercancías en general en el sentido de bienes que tienen valor de cambio con o sin valor de uso. El concepto de mercancía lleva implícito que su propietario pretende anticipar en el tiempo las necesidades de los demás individuos, de manera que es totalmente normal que sea el único que anticipa la necesidad si se trata de un invento novedoso, y por tanto el único demandante. Y también es muy habitual que incluso el carácter de mercancía tenga el objetivo de crear o incrementar la necesidad en otros individuos (imagen de marca, embalajes o presentación muy vistosa, etc).

Volviendo a Bitcoin, carece de toda lógica negar que por el hecho de que un bien se demande hoy por una expectativa de valor de cambio que aún no se ha materializado, no se esté demandando hoy por razón de esa misma expectativa, y que tiene que demandarse obligatoriamente por cualquier otra razón peregrina (¿satisfacción intelectual?, ¡¡por favor!!) menos la que se está esperando en el caso de que esta fuese la expectativa concreta de servir como medio de intercambio. Además, cuando hablamos de demanda única y exclusivamente por expectativa de valor de cambio de una cosa (demanda especulativa), poner como condición obligatoria precisamente para este caso que la cosa ha de tener un poder adquisitivo previo es totalmente absurdo e irracional. En este caso la inexistencia de poder adquisitivo previo no solo no imposibilita nada sino que incentiva a lo que el propio Satoshi dijo en bitcointalk en Agosto de 2010 hablando sobre el teorema de regresión: “I would definitely want some”.

Al propietario que demanda especulativamente un bien lo que le importa es el valor de cambio en el futuro. Que la cosa no tuviera ningún poder adquisitivo en el pasado ni lo tenga en el presente no solo no es ningún impedimento, ¡¡todo lo contrario!!, una vez que el propietario tiene esa expectativa de valor futuro, acertada o no, es una razón para demandar y acaparar la mayor cantidad posible de esa cosa.

¿Que la expectativa de que ese valor de cambio se materialice en el futuro no depende del propietario, sino de los demás agentes, y que si se equivoca se comerá la cosa con patatas?   Sin ninguna duda. Así es la especulación. Y esto es así para absolutamente cualquier bien económico con el que se pretenda especular, nada especial de las mercancías o el dinero.

Brasil: el autoritarismo llama de nuevo a la puerta

Parece que ya es costumbre que a principios de enero diferentes parlamentos o congresos sean invadidos por hordas de fanáticos políticos, de estrambóticos líderes nacionalpopulistas. El último de estos episodios fue la invasión del Congreso de Brasil el 8 de enero por un enorme grupo de seguidores de Jair Bolsonaro, quienes traspasaron la barrera policial e irrumpieron en la sede de la soberanía popular brasileña.

Al ver dichas imágenes, a muchos nos vino a la cabeza el recuerdo del asalto al Capitolio de los EE. UU. el 6 de enero de 2021, durante el cual centenares de seguidores de Donald Trump rechazaban la derrota de este en las elecciones presidenciales y pretendían tomar el poder por la fuerza.  A pesar de los disturbios que se pudieran generar, por el bien de la democracia, el resultado final en ambos casos fue el mismo: las fuerzas de seguridad lograron tomar el control y expulsaron a los extremistas del interior de ambos edificios. El Estado de Derecho prevaleció una vez más.

A pesar de las muchas similitudes que puedan existir entre el asalto al Capitolio americano en 2021 y lo vivido el pasado 8 de enero, existen algunas diferencias que merece la pena resaltar si pretendemos hacer un análisis político sólido de los hechos.

De un 6 de enero a un 8 de enero

En primer lugar, mientras que durante el asalto al Capitolio, Donald Trump seguía siendo presidente de los EE. UU. (aunque ya se había confirmado su derrota en las elecciones), Bolsonaro no solo había sido derrotado, sino que había aceptado el resultado de las elecciones (cosa que Trump no hizo) y abandonado el poder a su debido tiempo, hallándose en Florida durante el asalto al Congreso brasileño. De hecho, mientras se puede interpretar que Trump alentó a muchos de sus seguidores a negar el resultado de las elecciones presidenciales y a revolverse contra ello, Bolsonaro en ningún momento trató de negar la victoria de Lula, ni tampoco alentó a sus seguidores a montar una revolución contra el actual presidente brasileño.

Aún así, esto no significa que la derecha nacionalpopulista haya perdido fuerza en Brasil o que no suponga un gran riesgo para la estabilidad política del país, unido a la radicalidad de muchas de las políticas de su actual presidente, Lula da Silva. Muchos analistas han llegado incluso a afirmar que la inestabilidad política que puede surgir de los conflictos acaecidos en Brasil sería mayor que la de las semanas y meses posteriores al asalto al Capitolio, a pesar de que el protagonista indirecto (Bolsonaro) haya jugado un papel mucho menor en ello que Donald Trump en su momento.

No es ninguna locura afirmar que la insurrección brasileña tuvo una mayor extensión que la americana, ya que los asaltantes fanáticos de Jair Bolsonaro no se limitaron únicamente al Congreso, sino que trataron de irrumpir asimismo en el palacio presidencial y el Tribunal Supremo, encontrándose todos estos edificios en una gran plaza.

Otro motivo de enorme preocupación es el funcionamiento de los mecanismos de acción de las fuerzas de seguridad brasileñas. Es decir, tras ver las actuaciones de algunos policías el 8 de enero, mucha gente ha comenzado a dudar de su lealtad al actual presidente y de que estuvieran dispuestos a parar un intento de golpe de estado a escala nacional en caso de que este se produjese. Por poner a los lectores de la presente columna en contexto, cabe recordar que a algunos policías se les vio grabando videos y sacándose fotos con algunos radicales que estaban en esos momentos rompiendo cristales y/o vallas para acceder a los edificios institucionales anteriormente listados. Además, si trazamos el origen de dicha insurrección radical, no cuesta demasiado situarlo en las múltiples semanas de protestas que se llevan produciendo por parte de seguidores extremistas de Bolsonaro, quienes montaron asentamientos a la entrada de bases militares, alentando durante varios días a las fuerzas armadas a dar un golpe de estado.

El funcionamiento de las instituciones

A pesar del duro golpe para la democracia brasileña que supusieron estos eventos, la gran mayoría de contrapesos institucionales y las propias instituciones se mostraron robustos y fueron capaces de sostener el Estado de Derecho. La respuesta de Lula a estos eventos, de hecho, fue bastante mesurada ya que lo que hizo fue ordenar a la policía federal que tomara el control de la seguridad de la capital brasileña y pidió que a los asaltantes se les juzgara con toda la ley, pero solo con la ley. Una de las primeras respuestas en este sentido vino por parte del Tribunal Supremo, que ordenó que el gobernador de Brasilia fuera destituido por permitir y alentar la insurrección, y envió a la policía a desmantelar los campamentos que los bolsonaristas habían montado frente a los cuarteles militares.

Precisamente, una de las instituciones que más sólida se mantuvo fue el ejército, que en ningún momento dio la más mínima seña de levantarse contra el vigente presidente, sino que colaboró en todo lo necesario para reestablecer el orden público y garantizar la seguridad en las calles. Esto ha sido una muestra más del relevante papel que han jugado las FFAA en Brasil durante las últimas dos décadas, ya que su firmeza frente a intentos de golpe de estado ha sido la más valiosa defensa de la constitución.

Para concluir, no sobra decir que lo que se vivió el pasado domingo en Brasil es una muestra más del peligro que suponen los movimientos nacionalpopulistas para la salud democrática de los países. Bolsonaro y Trump son hijos ideológicos de Steve Bannon, y como tal actúan, pero al igual que ellos, hay muchos más políticos (incluso gobernando) dispuestos a socavar las reglas democráticas para perpetuarse en el poder desde ambos extremos del espectro ideológico. En definitiva, de nuevo se vuelve a constatar la importancia de las fuerzas políticas liberales y moderadas para traer de vuelta la estabilidad política cuando esta es más importante que nunca.

Macarena Olona; la importancia de la sociedad civil

Para aquellos que no tenemos vocación de intelectual, las ideas que más satisfacción nos causan son las que menos sustento racional tienen, pero que tienden a demostrarse ciertas a lo largo de los años una y otra vez. Es la mezcla de saber que nuestro instinto funciona correctamente junto con la incomprensión de aquellos que no entienden cómo es posible que una tesis que no tenía una Excel detrás pueda resultar acertada.

Una de esas ideas es la desconfianza más absoluta contra cualquier político que provenga de la Abogacía del Estado. ¿Por qué? Pues podría escribir varias páginas intentando explicar la psicología e incentivos que comparten la mayoría de las personas que acceden a este cuerpo estatal y, especialmente, de aquellos que lo abandonan temporalmente para probar suerte en cualquier partido político que les reclute. Pero creo que es más sincero decir que hay un patrón que solo nuestro inconsciente puede percibir y al que nos negamos a escuchar.

Abogados… del Estado

Empezamos la legislatura con tres Abogados del Estado que despertaban las simpatías de la derecha social española. Cada uno en un partido: Almeida del PP, Olona de VOX y Edmundo Bal de Ciudadanos. Con distintos grados, ninguno de estos tres políticos mantiene ya ningún prestigio entre sus votantes.

Es especialmente llamativo el caso de Macarena Olona, ya que VOX, por su propia naturaleza, debería atraer a políticos que estuvieran firmemente comprometidos con ciertos valores, por los cuales pagan un precio social relativamente alto. Así que sus recientes declaraciones sobre la violencia machista podrían ser incompresibles al contradecir el núcleo central del ideario del que era su partido hasta hace pocos meses.

Pero lo cierto es que estamos ante algo normal. Simplemente, ha pasado lo que lleva pasando desde siempre: los políticos profesionales (y los Abogados del Estado son su principal cantera) dicen lo que les toca decir, cuando les toca decirlo. Hay mucha gente, ya sea por juventud o por llevar muchos años alejados de la política, que han recibido la llegada de VOX a las instituciones como algo revolucionario. Y ciertamente tiene su importancia, pero no la suficiente como para cambiar las reglas por las que se mueven los políticos.

De ahí la importancia de que las ideas se defienden desde la sociedad civil y no delegarlas a la política. VOX sigue oponiéndose a las políticas de género, ¿pero por cuánto tiempo? El PP y Ciudadanos ya se bajaron de ese carro hace mucho, y las declaraciones de Macarena Olona demuestran que incluso en VOX hay personas que podrían abogar en esa dirección algún día. Sería el enésimo robo de cartera que sufre la derecha social por su costumbre en subcontratar aquello que solo puede hacer ella misma: defender sus valores todos los días del año.

La vida de un viejo whig impenitente

Samuel Gregg. Este artículo ha sido publicado originalmente en Law & Liberty.

Una característica definitoria del siglo XX fue el desplazamiento de la economía de la periferia de la vida académica al centro del discurso político. Esta evolución fue personificada por el economista más famoso del siglo XX, John Maynard Keynes. Acontecimientos como la Gran Depresión contribuyeron al ascenso a la fama de Keynes, pero también lo hizo la fuerza de las ideas económicas a medida que los gobiernos trataban de hacer frente a problemas como el desempleo masivo y la inflación galopante, a menudo en un contexto de radicalización política.

Parte del atractivo de Keynes era su promesa de que los gobiernos podrían gestionar las economías capitalistas mediante una combinación de políticas macroeconómicas e intervenciones oportunas. Sin embargo, bajo el programa de Keynes había otra serie de preocupaciones. Keynes siempre se consideró un liberal y un defensor de la civilización liberal frente a socialistas, nacionalistas y fascistas. Una convicción similar impulsaba al hombre cuyas ideas llegaron a simbolizar la oposición a Keynes y a la revolución keynesiana en economía.

Se han escrito varias biografías de Friedrich August von Hayek (1899-1991). Hasta ahora, ninguna se había acercado a la biografía en tres volúmenes de Robert Skidelsky sobre Keynes. La publicación de Hayek: A Life, 1899-1950 (2022), de la que son coautores dos distinguidos historiadores del pensamiento económico, Bruce Caldwell y Hansjoerg Klausinger, rectifica esa situación. Como escribe el propio Skidelsky: “Este es el Hayek definitivo para nuestros tiempos”.

Aunque Caldwell y Klausinger admiran a Hayek, su biografía -la primera de una obra proyectada en dos volúmenes- no es una hagiografía. El Hayek que se desprende de este texto es en cierto modo un solitario encantador que mantenía las distancias consigo mismo, salvo con un pequeño número de personas. Según su hija Christine, Hayek era bastante despistado como padre y marido. También cometió errores en su vida profesional y personal, a menudo por malinterpretar situaciones y personas. Sin embargo, también nos encontramos con un hombre cuya profunda curiosidad por el mundo iba acompañada de un valor y una integridad intelectual considerables.

La plenitud de la imagen que Caldwell y Klausinger ofrecen de la vida y las ideas de Hayek se debe en gran medida a su exhaustivo estudio de las fuentes primarias. Es difícil exagerar lo impresionante que resulta. Las fuentes incluyen extensas entrevistas con el propio Hayek y con su hijo y su hija, así como muchas fuentes de archivo hasta ahora no examinadas, correspondencia personal, familiar y profesional, revistas, diarios, tarjetas de notas, listas de lectura y documentos inéditos. Este material se ha cruzado cuidadosamente para acercarse lo más posible a la verdad sobre el hombre. Este proceso, afirman Caldwell y Klausinger, puede “parecer una pedantería, pero tal cuidado es particularmente importante cuando el tema de uno es alguien como Friedrich Hayek, que fue, es y seguirá siendo una figura controvertida”.

Traumas vieneses

La controversia va siempre unida a la complejidad. En el caso de Hayek, se debe en parte a sus orígenes sociales en la Viena finisecular de clase media alta, entonces capital del multiétnico Imperio de los Habsburgo. Su padre, August von Hayek, y su madre, Felicitas von Juraschek, procedían de la baja nobleza y compartían formación académica. Agnósticos en cuestiones religiosas, los padres de Hayek habían crecido en la estela del “imperio liberal”: un periodo de las décadas de 1860 y 1870 durante el cual los reinos de Habsburgo experimentaron reformas dirigidas por políticos liberales de habla alemana.

La liberalización había llegado a su fin en la década de 1890. Para entonces, el imperio bullía de tensiones económicas, políticas, sociales, étnicas y religiosas. Su minoría alemana dominante se sentía cada vez más asediada por húngaros, checos y polacos. En Viena, era la creciente importancia de los judíos en la vida política, económica y académica, lo que molestaba a muchos alemanes étnicos.

El auge de las expresiones raciales del antisemitismo afectó a muchas familias alemanas vienesas. Entre ellas se encontraban el padre, la madre y al menos uno de los tres hermanos de Hayek. Su padre, médico y botánico aficionado, se unió a una organización médica alemana que estaba “comprometida con ‘la defensa de los médicos no judíos contra los judíos'”. Uno de sus hermanos, Heinz, se unió a las SA (la organización paramilitar del partido nazi) en 1933 y se afilió al partido nazi en 1938. Un “antisemitismo tácito”, observó Hayek retrospectivamente, estaba presente en el hogar familiar. El propio Hayek, demuestran Caldwell y Klausinger, rechazó sistemáticamente estas asociaciones. Tras un coqueteo con el socialismo a su regreso de la guerra en 1918, Hayek mantuvo sus opiniones liberales clásicas y no abrazó posiciones antisemitas ni etnonacionalistas. Eso provocó crecientes tensiones con su madre y su hermano a lo largo de la década de 1930, a la luz del apoyo de éstos a los nacionalistas de extrema derecha y luego al régimen nazi tras el Anschluss de marzo de 1938.

Para entonces, Hayek vivía en Gran Bretaña y era una de las estrellas de la London School of Economics, para la que había sido reclutado por el entonces principal crítico económico de Keynes, Lionel Robbins. Pero Austria seguía siendo un punto de referencia constante para Hayek. Allí había encontrado muchas de las ideas fundamentales que le guiarían, los lugares donde se sentía en paz y la mujer que sería el amor de su vida.

El rompecabezas

Esto, sin embargo, es adelantarse a los acontecimientos. Dividida en seis partes, la biografía de Caldwell y Klausinger lleva al lector a través de la historia familiar, la infancia y la escolarización de Hayek (era un estudiante brillante pero perezoso), su servicio en la guerra, sus estudios en la Universidad de Viena en los años veinte y su posterior formación como economista, su eventual traslado a Inglaterra, sus batallas intelectuales con Keynes a lo largo de los años treinta y la experiencia de la Segunda Guerra Mundial. Concluye con su traslado a Estados Unidos tras un complicado divorcio, un triste asunto en el que Hayek no aparece bajo una luz favorable.

A medida que Caldwell y Klausinger recorren las décadas, nos llevan a través de las convulsiones políticas y económicas del periodo y de las reacciones de Hayek a lo que estaba ocurriendo en Occidente. Desde el punto de vista intelectual, sugieren que Hayek era un “rompecabezas”, “alguien que volvía y repensaba una serie de afirmaciones, añadiendo nuevas ideas por el camino”.

Según ellos, el motivo principal fue que Hayek no dejaba de enfrentarse a los “mismos argumentos de siempre” sobre política y economía. Por profundas y amplias que fueran las pruebas que ilustraban, por ejemplo, las locuras de una amplia intervención económica gubernamental, Hayek descubrió que la realidad era -y es- que siempre habrá gente que quiera creer que, por ejemplo, la política industrial funcionará de algún modo si se dan las condiciones adecuadas o si se les pone al mando. El destino de los liberales de mercado, al parecer, es ilustrar las falacias de tales esquemas y soportar el oprobio que ello conlleva.

Keynes como Némesis

Hayek se encontró en este papel más o menos desde el momento en que fue invitado a dar una conferencia en la LSE. “Me siento como una Casandra”, dijo a Robbins en 1931. Aunque gran parte de su trabajo se centraba en la teoría de los precios y del capital, Hayek había sido traído a Inglaterra para combatir la creciente influencia de Keynes entre los economistas. Caldwell y Klausinger señalan que, curiosamente, Keynes y Hayek eran bastante parecidos. Ambos pertenecían más o menos a la misma clase social, estaban dotados académicamente, eran productos de sus respectivos medios intelectuales (Cambridge y Viena), agnósticos, religiosos e inclinados a recordar la Gran Bretaña de finales del siglo XIX como una edad de oro liberal. Incluso compartían intereses intelectuales ajenos a la economía, como la historia de las ideas. Estas cosas, además de un grado de tolerancia menos evidente en la vida académica contemporánea, explican las buenas relaciones entre los dos hombres, a pesar de sus formas de pensar a menudo diferentes.

Ahí radica uno de los temas más importantes que se desprenden del estudio de Caldwell y Klausinger sobre la vida de Hayek. Más allá de los tecnicismos de sus disputas, que comenzaron con la enérgica crítica de Hayek al Tratado sobre el dinero (1930) de Keynes, las disputas más profundas entre los dos hombres giraron en torno a dos cuestiones.

Una era sobre la propia economía. Puede que Keynes y Hayek discutieran sobre temas tan especializados como el tipo de interés natural, pero lo que realmente estaba en juego era la ambición emergente de Keynes de replantear la economía de modo que la “acción” teórica, por así decirlo, se alejara de un enfoque centrado en los precios y en el reajuste constante de los factores de producción y distribución en respuesta al funcionamiento de los precios libres, y se dirigiera hacia un método de pensamiento en agregados: una teoría general por la que la atención se dirigiera principalmente hacia una anticipación constante de una deficiencia en la demanda global que la política económica gubernamental debe estar dispuesta a rectificar para preservar el pleno empleo. La segunda disputa se refería al liberalismo del siglo XX. A pesar de toda su admiración por la Inglaterra liberal del siglo XIX, ni Hayek ni Keynes veían posibilidad alguna de volver a esa época. El liberalismo, creían ambos, debía replantearse a la luz de los desafíos del siglo XX.

Ambas cuestiones estaban, como muestran Caldwell y Klausinger, interrelacionadas, y convergieron gradualmente en el papel del gobierno en la economía. La tendencia de Keynes a cambiar de opinión en muchas cuestiones políticas complicó el debate. Esto convirtió a Keynes en un blanco móvil para Hayek. Otro problema era que Hayek seguía comprometido con la importancia de desarrollar una teoría económica sólida, especialmente como forma de contrarrestar a los maniáticos y a quienes pretendían hacer mucho daño en nombre de la conveniencia. En cambio, Keynes se centraba más en los retos políticos inmediatos. Ambas perspectivas desempeñan un papel en el pensamiento económico, pero de la exposición de Caldwell y Klausinger se desprende claramente que, en ciertos aspectos, Hayek y Keynes acabaron hablando más de la cuenta.

Camino de servidumbre

El gran misterio del enfrentamiento Keynes-Hayek es por qué Hayek nunca escribió una crítica de la Teoría General de Keynes. Esto es tanto más desconcertante cuanto que, en 1936, Hayek y Robbins estaban perdiendo su guerra contra Keynes. La continua huida de economistas y estudiantes de economía hacia Keynes y su revolución económica dejó cada vez más abandonados a los liberales de mercado.

Las explicaciones de Hayek sobre esta laguna en su vida posterior fueron un tanto poco convincentes. Iban desde el cansancio de las interminables disputas hasta su temor a que Keynes volviera a cambiar de opinión. Caldwell y Klausinger especulan con que Hayek vaciló porque A.C. Pigou -heredero del gran economista de Cambridge Alfred Marshall y principal representante de la economía clásica atacada por la Teoría General de Keynes- escribió una crítica tan devastadora e “inusualmente desenfrenada” del libro en Economica que Hayek “no quería dar la impresión de estar atacando”. No todo el mundo lo encontrará convincente. Pero sea cual sea la verdad, la decisión de Hayek de no reseñar el libro, afirman Caldwell y Klausinger, “fue, como mínimo, un error de cálculo”.

Por aquel entonces, Hayek estaba inmerso en la redacción de un tomo muy técnico, La teoría pura del capital (1941), en el que trataba de desarrollar una explicación más exhaustiva de la estructura del capital de una economía. Puede que Hayek fuera reacio a distraerse de ello metiéndose en otro combate de boxeo con Keynes. Pero Caldwell y Klausinger muestran que el propio Hayek se estaba alejando simultáneamente de la economía técnica. Al igual que otros destacados liberales clásicos de la década de 1930 -Wilhelm Röpke, Walter Eucken, Jacques Rueff, etc.-, Hayek se sentía atraído por la exploración de las raíces más profundas del colapso de la civilización liberal en el siglo XX. Hayek creía que esa autopsia era un requisito previo para revivir un liberalismo preparado para el siglo XX.

Aquí radican las raíces del libro más famoso de Hayek, Camino de servidumbre (1944). El texto surgió de una investigación mucho más amplia de Hayek sobre el auge de las ideas colectivistas y el atractivo de la planificación gubernamental. Debía adoptar la forma de una obra en dos volúmenes titulada “El abuso y la decadencia de la razón”. Este proyecto nunca llegó a completarse. No obstante, dio frutos considerables. Desde la devastadora crítica de Hayek al cientificismo hasta su evaluación, en gran medida negativa, de John Stuart Mill. También incluyó el artículo seminal de Hayek en la American Economic Review “The Use of Knowledge in Society” (1945).

Pero Camino de servidumbre fue el producto más famoso de este proyecto, y Caldwell y Klausinger nos adentran en los detalles más sutiles de su composición, publicación y secuelas. Aunque concebido y presentado como un libro de política popular, Camino de servidumbre era también una obra de economía política en la medida en que aunaba la economía con la historia y la filosofía para explicar cómo la planificación económica puede llevar a una nación a la servidumbre. En este sentido, el libro subraya el desacuerdo de Hayek con la dirección de la investigación económica de posguerra, que ya estaba siendo impulsada por las matemáticas y los modelos por los keynesianos y otros con un grave caso de envidia de la ciencia.

Viaje a América

La popularidad de Camino de servidumbre en Estados Unidos superó con creces su acogida en Gran Bretaña. “Prácticamente”, escribió Hayek más tarde, “todos los contactos que me llevaron a visitas posteriores y que finalmente hicieron posible mi traslado a Chicago se hicieron” durante un viaje a Estados Unidos en 1945 para promocionar Camino de servidumbre. Pero el libro resultó ventajoso para Hayek de otras dos maneras. En primer lugar, contribuyó a crear el impulso necesario para que Hayek consiguiera financiación estadounidense para la primera reunión de lo que llegó a llamarse la Sociedad Mont Pèlerin: un grupo internacional de pensadores liberales clásicos que sentaría las bases de una oposición a largo plazo contra el keynesianismo y la planificación económica.

América, sin embargo, resultó tener otro significado para Hayek. Aquí llegamos a lo que Caldwell y Klausinger denominan la mayor crisis de la vida de Hayek. Nunca antes se había contado la historia completa.

Caldwell y Klausinger cuentan que a principios de los años veinte Hayek se enamoró de una prima lejana, Helene (“Lenerl”) Bitterlich. En virtud de varios factores, como unas intenciones insuficientemente declaradas, la desconfianza natural de Hayek y malentendidos mutuos, ella acabó casándose con otro. Hayek se casó entonces con Helena (“Hella”) von Fritsch y tuvo dos hijos. Sin embargo, nunca superó su gran amor. A principios de los años 30, él y Lenerl decidieron que algún día estarían juntos. Hella, comprensiblemente, se mostró contrariada y se negó a acceder a la petición de divorcio de Hayek. Entonces llegó la guerra. Fritz estaba en Londres. Lenerl se quedó en Viena.

Después de la guerra, Hayek buscó activamente el divorcio de su mujer. Hella, sin embargo, no tenía intención de seguirle el juego. Los detalles de los acontecimientos posteriores son dolorosos de leer. Cuando Hayek abandonó el hogar familiar el 28 de diciembre de 1949, Hella se dirigió a su hija y “le dijo simplemente: ‘No va a volver'”. El resultado final fue una despedida profundamente enconada, la dimisión de Hayek de la LSE, complicadas negociaciones financieras y procedimientos legales en Arkansas de divorcio rápido. Lionel Robbins estaba tan horrorizado por el trato que Hayek daba a su mujer que puso fin a su amistad. Finalmente, Hayek consiguió un puesto en la Universidad de Chicago (aunque, como dato revelador, en el Comité de Pensamiento Social y no en el departamento de economía) y se trasladó a Estados Unidos con Lenerl.

Hayek terminó así la primera mitad de su vida casado con la mujer que amaba, pero alejado de viejos amigos, viviendo en un país donde nunca se sentiría a gusto, en la penuria económica, cada vez más olvidado como economista y en desacuerdo con la dirección que estaba tomando la economía como disciplina. El tipo de economía que perseguía Hayek, que se basaba en argumentos en prosa, era considerado anticuado por la mayoría de los economistas, para quienes la modelización matemática se convirtió en un artículo de fe que el propio Keynes nunca habría abrazado. A la larga, se llegaría a una situación en la que era más importante para las carreras de los economistas producir modelos econométricos elegantes y cargados de fórmulas que resultaron ser totalmente erróneos en sus predicciones que argumentos escritos sobre la lógica de las relaciones económicas que, aunque menos cargados matemáticamente, tenían mucho mejor poder predictivo.

La pizarra para Hayek, concluyen Caldwell y Klausinger, había sido así borrada, aunque dolorosamente. No auguraba un futuro prominente para Hayek. La historia de cómo no fue así se contará en el próximo volumen. Si está tan bien escrito e investigado como el primero, aprenderemos aún más sobre una de las mentes económicas y pensadores liberales clásicos más importantes del siglo XX.

¿Baja la inflación en Argentina?

El monitor macroeconómico argentino al cierre de 2022 ofrece luces rojas por doquier, con un desequilibrio fiscal, monetario y cambiario de dimensiones preocupantes que dejan a la Argentina al borde de una nueva crisis económica.

En este contexto el oficialismo busca con desesperación noticias favorables a su gestión que le brinden alguna oportunidad en el año electoral que se avecina. En los últimos días, el gobierno ha destacado el dato de inflación mensual, que se redujo de 6.3 % en octubre a 4.9 % en noviembre, lo que podría implicar una desaceleración.

Concretamente, el dato de noviembre nos dice que en lo que va del año se ha acumulado un 85,3 %, y si agregamos el dato de diciembre de 2021, el dato anual sería de 92,4%.

¿Baja entonces la inflación? La primera respuesta nos dice que sí, si sólo miramos el dato mensual de noviembre frente al dato mensual de octubre. La segunda respuesta, sin embargo, nos dice que no, pues la inflación de 2022 cerrará arriba del 90 %, cuando el año anterior cerró apenas arriba del 50 %.

Pero analicemos un poco más los determinantes de esta “baja” en la inflación, pues aquí juega un rol central la “inflación reprimida”, es decir, aquella que se contiene con controles de precios y medidas complementarias de corto plazo y con efecto transitorio.

Podrá defenderse el oficialismo señalando que en este dato de noviembre el tipo de bienes que más aumentó fue precisamente el que tiene que ver con viviendas y servicios básicos, y que precisamente esto obedece a que se reconocieron subas de tarifas por la segmentación que tuvo lugar en todo el país.

Indice de Precios al consumidor. Nivel general en todo el país. Noviembre de 2022

Sin embargo, el concepto de inflación reprimida va más allá de las tarifas y el precio del combustible. Se trata del fenómeno monetario, y en concreto de los pasivos del banco central.

La práctica de estirilizar la oferta monetaria en Argentina tiene su antigüedad, sin embargo, las Lebacs primero, y las Leliqs y pases después, se convirtieron en la nueva forma de inflación reprimida, que a veces los expertos deciden ignorar.

Lo cierto es que la respuesta a la pregunta de esta nota, no la vamos a encontrar en un IPC mensual, ni tampoco en un IPC acumulado o anualizado, ni tampoco agregando el negativo efecto de los controles de precios. Se requiere analizar la dinámica de los pasivos monetarios del BCRA. El siguiente gráfico es un buen punto de partida.

Evolución semanal de los pasivos no monetarios del BCRA.

Un complemento lo podemos encontrar en este gráfico tomado del informe diario del BCRA del 19 de diciembre de 2022, donde se observa que si bien la base monetaria está relativamente estable, los otros pasivos siguen escalando.

Principales pasivos en pesos del BCRA

¿Por qué esta situación no explota hoy? Porque el oficialismo hace una jugada audaz para contener los pasivos del BCRA fuera del mercado, con atractivas y crecientes tasas de interés.

Informe monetario diario al 19 de diciembre de 2022

 

Este es el verdadero factor que muestra que lejos de bajar la inflación, esta sube, y no sólo porque el dato de 2022 es récord desde la hiperinflación de 1989-1991, sino porque además se alimenta con una inflación reprimida que pronto habrá que reconocer.

‘The west and the rest’ (I)

Decir “Occidente y el resto” no tiene el carácter eufónico que sí le proporciona el inglés, West and the rest. Muchos podrán intuir que no es inventiva propia, sino que, esta frase la saqué al inmiscuirme en la obra de uno de mis filósofos de cabecera, el señor Roger Scruton. En su libro (2003) planteaba la cuestión desde una perspectiva de coche de civilizaciones (me recordó al célebre libro del politólogo Huntington) entre los valores occidentales y los islámicos, poniendo énfasis en la crisis moral que estamos viviendo en nuestros países.

Pero, más allá de cuestiones filosóficas, quien ha hecho una de las aportaciones más interesantes al tema que se desarrollará aquí es Niall Ferguson (2011) el cual no tuvo problema alguno en copiarle el título a Scruton. De hecho, es sorprendente que, a lo largo del libro, solo lo cite en dos ocasiones (la primera en una nota a pie de página, y segunda en la bibliografía). Sea como fuere, resolver porqué Occidente creció más que el resto es uno de los debates que más tinta ha derramado y, parece mentira a estas alturas, pero siguen floreciendo disquisiciones sobre la temática.  

Una de las cuestiones más obviadas en el debate político hodierno es la problemática de la desigualdad. Curiosamente, los precursores de la ciencia económica intentaban discernir cómo se había generado la riqueza. No es para nada extraño, dado que, la condición del ser humano a lo largo de la historia se ha caracterizado, para el 99,99% de la población, por la miseria, la agonía y un modus vivendi paupérrimo. Ergo, la riqueza es un hecho insólito, que merece, a mi juicio, mayor atención. En la Figura 1 se muestra el PIB per cápita mundial a lo largo de dos mil años, el llamado “Hockey Stick Growth”

Ya es mala suerte, para los detractores de la economía de mercado, que el crecimiento se diere en aquellos momentos en los que la Revolución industrial comenzó (mediados del s.XVIII), llegando a consolidarse un siglo después. De hecho, antes de 1800, el nivel de renta de las economías preindustriales (es decir, agrarias) aumentaba de forma muy tenue, y en caso de darse un crecimiento económico, no era ni acumulativo ni estable en el tiempo. Fue durante el s.XIX cuando el proceso de industrialización, las economías de escala y la producción en masa se fue difundiendo desde Gran Bretaña al resto de los países occidentales, para acabar desembocando en Norteamérica y Japón. Llegando así al punto donde, a mitad del s.XX, los tigres asiáticos, China, India o Brasil, se sumaron al crecimiento económico postindustrial hasta consolidarse, como los conocemos hoy, en economías emergentes.

Los agoreros del progreso tienden a focalizarse única y exclusivamente en el problema de la desigualdad, cuando esta es, simple y llanamente, la superación de la pauperización de la gran mayoría de personas. Puede haber desigualdad económica en tanto en cuanto haya una generación de riqueza. Como se muestra en la Figura 2, a través del cálculo de la distribución del coeficiente de Gini, la muestra engloba desde las sociedades del 10000 aC hasta el presente.

Los valores que usa el Gini son desde 0 (siendo esto la perfección en términos de igualdad), hasta 1 (siendo esto el grado superlativo de desigualdad). A veces viene representado como un múltiplo de 100, así el coeficiente de 0.5 es el equivalente del 50. El caso es que, donde había una perfección en cuanto a igualdad se refiere era en las sociedades cazadoras recolectoras (teniendo en cuenta que, de media, vivían aproximadamente 30 años). El máximo de desigualdad posible para que una sociedad sea viable desde un punto de vista puramente nutricional debería proporcionar a su población, el ingreso mínimo para subsistir, de ahí que en el Imperio Romano, el Gini fuere de alrededor del 0.55, y que, en las economías modernas de Europa o América del Norte, este esté entre el 0.97-0.98.

El principio detrás del coeficiente de Gini queda ilustrado gráficamente en la Figura 2, en su eje horizontal, el cual mide el porcentaje de economía doméstica en la población clasificada de acuerdo con sus ingresos (de menos a más) y en el eje vertical, la acumulación total, en términos porcentuales, de los ingresos. La línea recta representa el caso de la igualdad perfecta, en la cual, 10 unidades familiares adquieren el 10% de los ingresos (y así sucesivamente). Estas sociedades que se encuentran en los percentiles de igualdad absoluta serían sociedades sin estratificación social (o al menos, poco pronunciada), y con un acceso común al uso de recursos. Ergo, son aquellas sociedades donde la economía es de subsistencia donde puede darse el paraíso igualitario que algunos propugnan, desean los fines sin entender los medios (Persson, 2010, págs. 208-209).

Así pues, volvamos al s.XIX. Ya en 1820, existían diferencias de ingresos per cápita entre Europa y otras partes del mundo, pero ¿cuándo se distanció el Viejo Mundo de otros continentes, como Asia? Los economistas clásicos, especialmente Smith, habían defendido que, antes de la Revolución industrial, Europa ya había conseguido unos niveles de renta superiores a los que existían en Asia, una visión generalmente compartida por los historiadores económicos actuales.

La célebre escuela de California ha cuestionado este planteamiento, según el cual, a principios del siglo XIX, Europa ya disfrutaba de unos niveles de vida más altos que los logrados en Asia. De acuerdo con estos autores, hacia 1800 los ingresos y la productividad eran similares en las zonas más desarrolladas de Europa y Asia, y los mercados y las instituciones mostraban un nivel de desarrollo comparable en estas dos partes del mundo. En otras palabras, antes del siglo XIX el crecimiento europeo y el asiático habrían sido similares, y estas concomitancias se mantuvieron hasta la víspera de la revolución industrial. Sería después de 1800 cuando se produjo el sorpaso europeo que daría lugar a la “Gran Divergencia” entre Europa y el resto, cosa que habría dado pie a la desigualdad en los niveles de renta observada en la actualidad.

Esta polémica historiográfica ha dado lugar en la última década a una serie de investigaciones que apuntan en una dirección contraria, es decir, a favor de la idea previamente descrita por Adam Smith, según la cual las diferencias en los niveles de vida entre Europa y Asia ya eran sustanciales a finales del siglo XVIII (Broadberry y Gupta, 2006; Allen y otros, 2011). Según esta visión, la gran divergencia ya estaba en marcha antes de 1800. Aun así, el recurso a las cifras del PIB per cápita con objeto de evaluar los niveles de vida anteriores a 1800 resulta bastante problemático. Por un lado, la fiabilidad de las estimaciones para el período anterior al siglo XIX se reduce considerablemente (incluso hay disputas sobre los datos de 1820). Además, puede resultar arriesgado tomar como referencia el ingreso medio en el contexto de unas sociedades preindustriales que en muchos casos eran fuertemente desiguales