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Hazañas de la CNMV, excluyendo las que ustedes saben

El pasado viernes la CNMV presentaba su memoria. En ella informa que durante el año 2006 el regulador impuso 30 sanciones, un 46% menos que en el año 2005, pero la cuantía de las multas aumentó un 45%. Menos trabajo, más dinero. Una de las multadas fue la peligrosa empleada de una empresa financiera por filtrar información "privilegiada" a un familiar. Más de 30.000 euros tuvo que pagar.

Si se compara la sanción con las que se imponen en el mundo no financiero se puede ver lo absurdo que es el sentido de la justicia de la CNMV y de la Justicia de este país en general. Por ejemplo, un ladrón en Barcelona fue detenido esta semana por robar aparatos GPS de los coches. El delito parece más grave que filtrar "información" a un familiar, ¿no? De hecho, esto sí que es un crimen. Pero es que además el caco ha sido detenido nada más y nada menos que en doce ocasiones en los últimos cuatro meses. Está claro que este hombre vive del robo. Aún así, el juez lo dejó en libertad el mismo día en que fue detenido.

¿No parece claro que en todo esto hay un poco de desequilibrio y falta de objetividad? Robar a alguien es un delito; tener información, no. Es un caso típico de la justicia de hoy día. Es incapaz de castigar el crimen –atentado contra la vida, propiedad o libertad– pero es especialmente duro con aquellos que ni comenten acciones criminales, ni viven de ellas. La cuestión es sacar dinero al que no se queja, al ciudadano honrado.

Sigamos. Viene el martes y sale otra noticia. La CNMV archiva definitivamente el caso Vetusta. Esta empresa era una gestora que fue suspendida por el regulador. ¿Las causas? Nadie las sabe. Se hablaba de blanqueo de dinero, estafa, falsedad de documentos. Bien, la suspensión obligó a la gestora a desvincularse de un gran acuerdo que tenía con Banesto por cuestiones de imagen. El resultado fue que tuvo que cerrar y despedir a toda su plantilla, compuesta por 50 empleados. Pasados cinco meses, la CNMV se ha pronunciado. No habrá multa para Vetusta, esto es, era inocente, pero el regulador ha provocado su cierre.

Comparémoslo con el mundo que todos conocemos. Un día vienen unos policías a su casa, se la precintan y le detienen. No le informan de nada. Al cabo de casi cinco meses alguien decreta que no es culpable de delito alguno, pero usted en este tiempo no ha podido pagar la hipoteca porque no ha trabajado y el banco se ha quedado su casa. Nadie se responsabiliza de tal error ni le dan explicaciones. Estado policial, fascismo, totalitarismo, represión… llámalo como quiera, pero así ha actuado la CNMV con Vetusta. El resultado ha sido el cierre de una empresa honrada, 50 empleados despedidos y los clientes de la gestora "con el culo al aire", pero aquí no ha pasado nada.

La semana avanza y a la CNMV le cae otra acusación grave. Ahora una empresa privada denuncia al policía financiero por prevaricación (delito de los funcionarios públicos por faltar a las obligaciones y deberes de su cargo). Entre los acusados están Manuel Conthe y el vicepresidente Carlos Arenillas (el de la cena de los 1.400 euros). Todo empezó cuando una pequeña SICAV, una Sociedad de Inversión de Capital Variable, interpuso una denuncia contra una gran entidad financiera ante la CNMV. Pasado un tiempo, el regulador decidió archivar el caso sin más. Ni siquiera se había puesto en contacto con la empresa demandada. Ahora que la SICAV ha denunciada a la CNMV, dice ésta que "siguió el procedimiento habitual, estándar y reglado". Menudo defensor de los indefensos.

Comparemos otra vez el caso con aquellos que nos son más familiares. Usted denuncia a una gran empresa porque cree que ha cometido irregularidades contra usted. Al cabo de un tiempo, la Policía o la Justicia le dicen que se vaya a paseo y que ni siquiera se han molestado en contactar con la empresa denunciada. Para colmo, le dicen que es el procedimiento habitual. Siéntase afortunado de que la administración no le multe por hacerle perder el tiempo.

La única misión de la CNMV, como demuestran sus acciones, es mantener la seguridad, pero no la del pequeño inversor, sino la de las grandes empresas y la del Estado, además de sacarle dinero a todo aquel que se le ponga a tiro. De hecho, la CNMV obtuvo el año pasado un botín (ellos le llaman beneficio cuando en realidad todo ha sido producto de la confiscación) superior a los 24 millones de euros que se repartió a partes iguales con el Estado. La CNMV contribuye día a día a mantener el mercado más opaco, ensuciar nuestra reputación ante los inversores extranjeros y cerrar las pequeñas y honestas empresas financieras con trámites, exigencias, continuos aumentos de costes y falsas acusaciones. El objetivo es mantener los actuales monopolios financieros y, por supuesto, servir como arma del Gobierno de turno para facilitarle el trabajo sucio de una forma legal. El caso Endesa lo deja claro.

Si esto ha ocurrido en menos de una semana sin contar el escándalo Conthe, Arenillas y Endesa, ¿se hace una idea de cuantos tomos se podrían escribir de la nefasta, partidista y dañina gestión de la CNMV en estos 20 años?

Las claves de la inflación

El premio Nobel de Economía Milton Friedman definía la inflación como un proceso generalizado y persistente de subida de precios. Friedman añadía que tal fenómeno debía tener necesariamente su origen en un incremento continuado de la cantidad de dinero. Ludwig von Mises, a mi entender el más grande economista del siglo XX, ofrecía la explicación subyacente al aserto de Friedman. Los precios han de subir en la proporción en que el aumento de la cantidad de dinero sobrepasa el incremento de los saldos en dinero que los sujetos desean mantener. Obviamente todo dinero disponible que exceda dicho importe será utilizado para comprar algo y consecuentemente presionará al alza los precios, pues, como en el caso de una subasta, sólo ofreciendo mayores precios será posible eliminar de la puja por unos mismos bienes a los otros aspirantes.

Desafortunadamente, ni Friedman ni Von Mises dieron entrada en su definición de inflación a un aspecto, el de la calidad de la moneda que es objeto de la inflación, que ayuda todavía más a comprender este pernicioso fenómeno. En una ilustración enormemente gráfica, Faustino Ballvé escribía que el fenómeno de la inflación era similar al de aguar el vino. No sólo se incrementaba la cantidad disponible, sino que la calidad resultante era notablemente inferior. O, como dijo Jacques Rueff, el padre de la reforma monetaria francesa de finales de los años 50, inflar la moneda es conceder a sus beneficiarios la potestad de demandar sin ofrecer, de sacar bienes y servicios de la economía sin que haya habido una aportación previa de riqueza por igual valor. Es por ello que la definición más precisa de inflación sería probablemente la de “deterioro en la calidad de dinero mediante la incorporación al circulante monetario de numerario sin las cualidades dinerarias necesarias”.

El proceso de inflación en épocas pasadas, principalmente, se llevaba a cabo mediante una rebaja en el contenido de metal precioso de la moneda. Con la generalización del uso del billete o de los depósitos bancarios, el proceso inflacionario pasó a materializarse a través de la concesión de créditos sin respaldo de ahorro previo. En general los bancos envilecen el dinero produciendo inflación cada vez que lanzan a la circulación billetes o depósitos de nueva creación a cambio de activos no líquidos, de los cuales la deuda pública es el más conspicuo aunque no el único representante –añádanse hipotecas, letras de peloteo, préstamos para financiar inversiones a largo plazo, préstamos al consumo, etc.–.

Una vez aclarado el fenómeno, es fácil deducir algunas conclusiones sobre la cuestión. En primer lugar, podemos desterrar la falacia que trata de vincular inflación con crecimiento económico. La inflación es un fenómeno independiente del crecimiento. Por un lado, dos de las fases de crecimiento económico más espectacular de los últimos 150 años, el milagro económico alemán de la posguerra y el surgimiento de los EE.UU. como potencia industrial en las últimas décadas del siglo XIX, se produjeron con entornos de moneda sana (creación del DeutscheMark, vuelta al patrón oro tras la Guerra de Secesión). Por otro lado, la inflación ha estado presente en variados episodios de estancamiento o contracción: los EE.UU y Europa en los años 70, por no hablar de los numerosos periodos hiperinflacionarios de Latinoamérica o África.

Bien es verdad que existe un caso en que la inflación puede tener un efecto temporalmente estimulante. Es cuando ésta se canaliza a través del crédito para financiar industrias y los precios al consumo logran mantener cierta estabilidad. Sin embargo, tal efecto no sólo termina tan pronto cesa la inflación, sino que es embrionario del conocido ciclo recurrente de expansiones y recesiones que asolan a las economías que tratan de sustituir la formación de capital a través del ahorro real con procesos inflacionarios de dinero abundante y barato. Más aún, cuando la inflación es esperada, los agentes económicos ajustan sus previsiones. Así, se generalizan procedimientos como la indexación de salarios y contratos o una creciente prima de riesgo incorporada al tipo de interés. Todo ello, al incrementar los costes empresariales, diluye cualquier efecto estimulante del crecimiento que la inflación pudiera haber pretendido.

Los efectos son incalculablemente más perniciosos si para combatirla se adoptan controles de precios y cambios. Si no se permite a los precios transmitir información sobre la escasez relativa existente en cada rama de la economía, se desajusta la producción y se hace imposible calcular. No sólo tales controles son ineficaces, sino que tienden a agravar la situación debido a los desabastecimientos que provocan y a la cantidad de horas que se pierden haciendo cola para obtener las raciones que se establecen. Los controles, por un lado, corrompen a funcionarios que trafican con cartillas de racionamiento, asignación de cuotas, permisos de importación, divisas, etc., y, por otro, ponen en funcionamiento un mercado negro que necesariamente tiene que cargar los mayores precios y las menores calidades asociadas a los costes de la ilegalidad. Los controles de precios y cambios, en resumen, restringen gravemente las libertades, además de servir de coartada para demorar el cese del envilecimiento monetario, pues los gobernantes pretenden hacer creer a la población que se está haciendo algo. Aparecen los grandilocuentes discursos contra los especuladores, los acaparadores, el mercado…

Se atribuye a Lenin haber comentado que “el mejor modo de destruir el sistema capitalista era envilecer la moneda. Mediante un proceso continuo de inflación, los gobiernos son capaces de confiscar, en secreto y sin que la gente se dé cuenta, una parte importante de la riqueza de los ciudadanos. Mediante este método no sólo confiscan, sino que confiscan arbitrariamente, en un proceso que empobrece a muchos y enriquece a algunos; afectando así no sólo a la seguridad, sino a la confianza en la justa distribución de la riqueza”. Conseguir, de paso, echar la culpa al mercado y proponer como salvación la nacionalización de todos los precios, los cambios y la economía en general es algo que sólo una población tan envilecida como la moneda puede llegar a ser capaz de admitir.

Vota a nadie

En un muro leí una vez un lema que jamás se me borrará de la mente: "Vota a nadie porque nadie arreglará tus problemas". Cada vez que llegan unas elecciones, me acuerdo de aquella leyenda porque, no nos engañemos, todos los políticos buscan una única cosa, el poder. Necesitan que les satisfagamos sus ansias de dominio, que les hagamos sentir que son importantes, que mandan, que pueden dirigir a la sociedad en conjunto. Su esencia es claramente parasitaria. Nos necesitan para ser. Su autoestima depende de nuestros aplausos.

A pesar de ello, oímos a unos y a otros y evidentemente hay algunos que parecen defender valores similares a los que se sostienen en este Instituto. Incluso hay veces en los que, escuchando a un político, creemos haber encontrado un nuevo Jefferson que nos deleita con bellas palabras hasta embriagarnos… Lo malo de ello es que, cuando llega la resaca, nos percatamos de cuán equivocados estábamos.

En todo momento, no hay que perder de vista que si el político necesita, cual vampiro, la sangre de sus víctimas, perdón, votantes, hará lo imposible para contentarlos. Por tanto, quienes mejor se organicen y expresen sus demandas como una necesidad del colectivo conseguirán captar la atención del político, que les dará lo que pidan porque, al fin y al cabo, lo que demanden nunca será pagado de su bolsillo.

Limitarse a defender la propiedad privada, la libertad económica y política y el Estado mínimo, es una quimera para un político porque con ese programa no le votaríamos más que unos pocos liberales. Ese político acabaría por transigir un poco… y de un poco a un poco más, tampoco hay demasiado trecho y ya que nos ponemos a ampliar el Estado, ¿por qué no dejarlo como está y, si acaso, proponer medidas "más realistas" como cambiarlo todo para que todo siga tal cual?

Además, no existen partidos liberales. Por mucho que alguien les diga que el PP o el Partido Republicano norteamericano son liberales, no se lo acabe por creer o cualquier día acabará por dejar sus calcetines el día de reyes y esperará nervioso a que el famoso trío llegue desde muy lejos con su saca de regalos.

Lo mismo sucede con la pasión que ha embargado a algunos con Sarkozy. Agapito Maestre señala en Libertad Digital que el francés es "el político que busca Europa desde la caída del Muro de Berlín. Es la única esperanza" (sic). Pensar que un ególatra lenguaraz salvará el mundo es como confiar en que Batman salga de su cueva para proteger a Gotham del malvado Joker.

Más bien, la actitud razonable es la del escéptico al que nunca ningún político acaba por convencer y menos seducir, aquel que pone en solfa lo que escucha porque no cree que nadie que quiera poder será capaz de limitar sus atribuciones por principio. Este es el caso de José García Domínguez, quien, con su habitual brillantez, nos recuerda frente a los Agapitos, Arísteguis y demás entusiastas fervorosos de Sarkozy que "la derecha española, siempre tan fiel a esa tradición suya de comprar cualquier burra ciega que huela a perfume francés, bien haría en releer a Revel antes de echar las campanas al vuelo por el candidato favorito de Giscard d´Estaing. Es más, hoy no debería abrir la boca sin haber memorizado aquella advertencia con que el viejo Jean-François nos previno contra los tipos como ese falso vaquero de Marlboro: ‘Hablan de Tocqueville pero, no te engañes, sólo es por buscar en sus páginas el rostro de Luis XV’."

Si un político está llamado a algo es a seguir el ejemplo que nos brindó Mises cuando fue preguntado por lo que haría si llegara a la presidencia y respondió que no le cabía ninguna duda: dimitir.

Cuando no lo hacen siquiera tras reducir sin pausa el Estado hasta su mínima expresión, entonces, ese político será otro más de la larga lista de mentirosos que nos llevan explotando día a día, año a año, esquilmando de nuestros salarios lo que precisan para seguir encaramándose a la cumbre, desde la que mirarnos como a súbditos.

Llegue o no Sarkozy al poder, Francia seguirá siendo un país carcomido por el socialismo, podrido por la corrupción a que conduce la teoría de "cada quien según sus necesidades a cada cual según sus capacidades".

Y en España, no se equivoquen, probablemente sin Zapatero estaríamos mejor, incluso muchísimo mejor, pero sólo porque no tendríamos a un tipo cuyas palabras rechinan al oído y cuyos actos producen vergüenza ajena… no porque Rajoy fuera a aparecer con una capa negra en su batmóvil para defendernos de los malignos.

Por eso, en las próximas elecciones, ya sé a quién votaré. A nadie porque nadie me solucionará mis problemas, salvo, claro está, yo mismo. Por tanto, ¿qué necesidad tendré de votar?

Torrent y eMule, líderes del P2P

Ambos funcionan bien, o al menos suficientemente bien, y son descentralizados e inmunes a los ataques legales de las sociedades de derechos de autor.

El primero en aparecer fue eMule, o la mula, que a su vez era el sucesor del burro, o eDonkey 2000, que siendo software propietario acabó cerrando ante la amenaza de demandas. Su modelo es el de compartir bibliotecas de ficheros, como fue el de Napster en su día, y es el mejor entre los que siguieron la estela del sistema de Shawn Fanning. Los usuarios se conectan y comparten una lista de archivos. Cuando quieres bajarte uno, te añades a la cola de quien lo tenga y, cuando te toque el turno, te bajas o bien un fragmento o bien todo, si es pequeño. Es el que más ficheros distintos tiene, y dónde se pueden encontrar más rarezas. A cambio, requiere muchas veces armarse de paciencia pues las descargas pueden tardar mucho tiempo en realizarse.

En cambio, BitTorrent sigue un paradigma distinto. El elemento base no es la biblioteca de cada cliente sino cada fichero concreto y los usuarios que lo comparten o lo están descargando en ese momento. Funciona descargando de la web un pequeño fichero llamado torrent (o torrente, en versión castiza) que contiene datos sobre el fichero y sobre el servidor que sirve de tracker, es decir, tiene la información sobre quién se lo está bajando y de dónde lo podemos descargar. Este sistema es extremadamente rápido y eficiente para las descargas más populares, mucho más que eMule, pero reduce la cantidad de cosas que pueden encontrarse disponibles a través de él. Los mejores programas que usan este protocolo son µTorrent, pequeño y sólo para Windows, y Azareus, que es multiplataforma y más completo y pesado.

Una aplicación cuya base de usuarios está creciendo mucho últimamente es Lphant, que pese a ser comercial y estar plagada de anuncios, y en tiempos hasta de spyware, permite conectarse a ambas redes de forma sencilla y hasta compartir el mismo fichero tanto vía Torrent como eMule. Posiblemente sea la mejor opción para quien no desee romperse la cabeza escogiendo entre ambos sistemas y no quiere tener más que un programa para compartir ficheros.

Las empresas discográficas y las sociedades de gestión de derechos de autor, visto que no pueden cerrar estas redes, lo que están haciendo es atacar a las páginas web donde se pueden encontrar elinks (enlaces que inician directamente una descarga en eMule) y torrentes de música, películas y series. En España, la LSSI no está en principio de parte de la SGAE, aunque la nueva LISI sí lo estaría, en los casos en que esos sitios web tengan control directo sobre los contenidos a los que dan acceso. Es decir, un buscador no tendría riesgos, pero un directorio mantenido a mano, seguramente sí. No obstante, esto no hará más que poner las cosas difíciles a quienes comparten ficheros en la red, especialmente a quienes emplean BitTorrent para ello, pero no lo podrá impedir. Deberían empezar a pensar en adaptarse, o morir.

Paradojas sobre la energía

Pocos asuntos hay tan controvertidos y polémicos como la energía en general y, no digamos ya, la energía eléctrica. Todos, sin excepciones, hacemos un uso intensivo de ella pero sólo unos pocos se muestran a favor de generarla en abundancia para que su precio caiga y aumente nuestro nivel de vida. De hecho, la de la electricidad es la única industria cuya publicidad insiste en que se consuma menos y no más, como sería lo lógico. Si algo así sucediese con, pongamos por caso, los fabricantes de automóviles o las cadenas hoteleras pensaríamos que sus dueños han perdido el juicio, pero en el caso de la energía estamos, por principio, a aguantar cualquier cosa que tengan a bien echarnos.

El origen de esta relación de amor-odio que nos produce la generación de electricidad está en la persistente propaganda ecologista, que ha encontrado en este tema un talismán que nunca falla. Así, por ejemplo, después de años de dar la paliza con las centrales nucleares y térmicas, de predicar a los cuatro vientos que el futuro reside en las renovables, parte del movimiento ecologista ha derivado en una curiosa postura consistente en demonizar cualquier modo de generar energía eléctrica, aunque sea con un molinillo de papel. Si las antiguas centrales de carbón contaminaban la atmósfera, los actuales parques eólicos afean el paisaje, las novísimas granjas solares son depredadoras de suelo y así hasta el infinito.

Lo que habita tras la llantina ecologista es conocido por cualquiera que tenga ojos en la cara: odian el mundo tal cual es y quieren convertirlo en algo hecho a su medida. Como los comunistas de antes pero sin tomar el Palacio de Invierno y con grandes dosis de buenismo naif que los hace parecer iluminados de una nueva fe cuya revelación sólo conocen ellos. El misterio, por lo tanto, no radica en los profesionales del ramo sino en los que no son ecologistas, es decir, en los que cuidan y disfrutan del medio ambiente una vez tienen atendidas otras necesidades más perentorias.

¿Por qué adoramos la electricidad con una mano y aborrecemos de ella con la otra? Probablemente sea por lo mal informados que estamos y lo dados que somos a creernos cualquier patraña. Queremos seguir disfrutando de las comodidades que la vida moderna nos ofrece pero, a la vez, nos culpabilizamos por ello. Rara vez pensamos que, para que una bombilla se encienda, hay que generar la electricidad que hace posible el milagro, y hay que hacerlo en el mismo momento en que apretamos el interruptor. Llevan treinta años diciéndonos que ese acto tan inocente, y por el que las generaciones que nos precedieron hubieran dado cualquier cosa, tiene un coste altísimo: el aire que respiramos, el agua que bebemos o, ya metidos en catastrofismos, el planeta mismo que habitamos.

Con certidumbres semejantes pocos se plantean que casi cualquier actividad humana modifica el entorno y que esta modificación no es siempre para mal. Evidentemente, hay muchos modos de generar energía pero todos conllevan un coste que no sólo es medioambiental. La electricidad está sometida a las mismas leyes que cualquier otro bien y su producción es sujeto de idénticos avances en materia tecnológica. La desinformación y su inevitable consecuencia, la regulación estatal, nos está llevando a producir mal y a alto precio. Nadie, naturalmente, se queja de ello. Se impone el pensamiento mágico que actúa como un bálsamo para la conciencia herida del que tiene el cerebro lavado. Los mismos que no tolerarían precios abusivos en otros productos pagan sin rechistar la factura de la luz. Una paradoja más a añadir al reino del sinsentido en que se ha convertido todo lo que toca a la energía, la misma que le ha permitido comer caliente hoy, la misma que ha hecho posible que usted llegue hasta este punto del texto, la misma que, según algunos, se va a cargar el planeta.

Los abandonados

Aún sabiendo del amor sin límites de nuestros productores por el Arte, así, con mayúsculas, ¿No resulta extraño que se sigan haciendo películas en España? Nada menos que 150 en 2006. Un empresario, ¿no debería tener en cuenta los beneficios, aparte de hacer grandes contribuciones al legado cultural español?

No la he visto, pero es seguro que la película Los abandonados (imagino que dedicada a los cinco espectadores que la vieron el año pasado y que juntaron 25 euros de recaudación) es una gran película; de aquellas de las que presume nuestra incomparable ministra de Cultura, Carmen Calvo. Pero ¿merece la pena dedicar tantos recursos para cinco abandonados?

El asunto resulta menos misterioso cuando vemos que en 2006 Cultura otorgó 62.437 millones de pesetas en ayudas de los cuales 50.912 se destinan a "amortización a largo plazo" de largometrajes. A ello hay que sumar el dinero que destinan las televisiones, bien en concepto de derechos de emisión, bien como coproductoras.

El caso es que a los productores de cine les llega dinero a izquierda y derecha en el propio proceso de producción de las películas, antes de llegar a las pantallas. Si, además del amor al Arte, la producción en España busca ganar dinero, todos los incentivos están alojados en los despachos del Ministerio, en ganarse el favor de quienes deciden el destino final de las ayudas.

Sólo tenemos que ir a cualquier industria o rama de los servicios que no viva de las subvenciones para ver que todo el esfuerzo de los empresarios está dirigido a ganarse el favor del público. No aquí. En el cine español, los espectadores son los abandonados. El desencuentro es mutuo, como cabe esperar.

Muerte en Virginia

Ellos se tendrán que plantear lo siguiente: en caso de que, en contra de lo que piensan, la libertad de armas salvara vidas y el control favoreciera los asesinatos, ¿están dispuestos a cambiar su opinión? ¿No les importará mantener una idea que está favoreciendo que haya más muertes? Si su indignación es tan fuerte, ¿no será que el asunto es lo suficientemente importante como para hacer el ejercicio de plantearse su posición con honestidad? Yo lo hice, lo que me obligó a cambiar de idea.

Vayamos al caso de Virginia. Dicha universidad prohibió el uso de armas a profesores y alumnos. ¿De qué sirvió esa prohibición? Si una persona planea ejecutar una masacre, ¿se detendrá porque en la Virginia Tech no le permiten llevar armas? Quizá pueda parecer chocante para algún incapaz, pero resulta que los criminales no cumplen las leyes. ¿De verdad es sorprendente que tampoco sigan las leyes de control de armas, especialmente si las necesitan para sus planes?

Quienes sí cumplen la ley son las personas que las hubieran utilizado para defenderse. Vean, sino, el caso de una universidad cercana, la Appalachan School of Law. El 16 de enero de 2002 otro joven entró con la intención de acabar con cuantas vidas pudiera. Dos alumnos, que reconocieron a qué correspondía el estruendo que estaba causando el arma de Peter Odighizuwa, fueron a sus coches a coger sus armas. Le redujeron y le desarmaron. Odighizuwa sólo pudo matar tres personas, gracias a que dos personas pudieron defenderse y defender a sus compañeros con un arma. Uno de los alumnos de la Virginia Tech, que tiene licencia de armas y que la hubiera llevado habitualmente de no habérselo prohibido la universidad, se ha lamentado de que se le negara su derecho a defenderse y a hacer lo mismo con sus compañeros. ¿Cuántas muertes se hubieran evitado si alumnos y profesores hubieran tenido el derecho a llevar armas para su defensa?

En enero del año pasado, la corte de Virginia rechazó una ley que proponía permitir a empleados llevar armas para defenderse ante cualquier eventualidad. El portavoz de la Virginia Tech, Larry Hincker, declaró entonces: "Estoy seguro de que la comunidad universitaria apreciará la decisión de la Asamblea General, porque ésta ayudará a los padres, a los estudiantes, a la facultad y a los visitantes a sentirse seguros en nuestros campus". Treinta y tres muertes después, ¿qué pensará ahora Larry Hincker?

Las matanzas públicas en colegios y universidades en Estados Unidos, que son muy excepcionales como lo son en otros sitios, ocurren prácticamente todas en "áreas libres de armas" como la Virginia Tech. Allí los asesinos se saben poderosos, porque los demás estarán indefensos. Esto ocurre también con el crimen en general. Se dice que "cuando las armas están fuera de la ley, sólo los fuera de la ley tienen armas". Si los criminales las necesitan para sus planes y la gente que sigue las leyes las utilizaría sólo para defenderse, ¿no será razonable que, como demuestran los datos, el control de armas cause más crímenes y la libertad de poseer éstas los reduzca?

Hay quien achaca esta masacre a la cultura americana. Será que Cho Seung Hui quería descargar su odio a los "niños ricos" ¡con lo acompañado que se hubiera sentido en Europa, ya que no en Estados Unidos! Hay quien dice que si fuera más difícil acceder a un arma no habría podido matar a sus compañeros. Pero hemos podido ver que planeó muy bien su masacre, y no le costaría nada comprar un arma ilegal.

¿No es como para pensárselo, esto del control de armas?

Virginia Tech y el derecho a portar armas

La masacre de Virginia Tech ha conmocionado a toda la población de los Estados Unidos. Al parecer, un cúmulo de coincidencias hizo que la policía siguiera una pista equivocada mientras el asesino, Cho Seung-Hui, cruzaba el campus universitario para continuar con la matanza. Un criminal, supuestamente desequilibrado, dispuesto a atentar contra la vida de los demás con un arma de fuego y unos servicios públicos de seguridad que vuelven a cometer un error de bulto a la hora de proteger a los ciudadanos han reavivado un gran debate. Sorprendentemente la discusión no gira en torno a cómo superar los fallos del sistema público de protección sino que se enquista, como un gatillo oxidado, en el cuestionamiento del derecho constitucional a tener armas.

Los detractores de las armas, sobre todo fuera de los Estados Unidos, sacan a relucir que cerca de 14.000 ciudadanos americanos murieron en el año 2005 asesinados por medio de armas de fuego y que en el país hay unos 240 millones de armas. Por otro lado, argumentan que si la posesión de armas sigue siendo legal es por culpa de una minoría bien organizada. En este caso los perversos antagonistas de quienes critican el derecho a tener armas son los lobbies –especialmente de la Asociación Nacional del Rifle– o, incluso, el partido republicano. Es posible que todos esos argumentos sean ciertos, pero lo son de manera tan parcial que no sirven para concluir lo que pretenden: la idoneidad del control estatal de las armas de fuego.

En efecto, son miles los norteamericanos asesinados con armas de fuego cada año. Sin embargo, los críticos olvidan compensar este buen y visible argumento utilitarista contra el derecho a la tenencia de armas con un efecto menos visible del derecho a su posesión. Y es que nadie niega que sean muchas miles de vidas las que se salvan cada año en Estados Unidos gracias a esos 240 millones de armas en manos de la población civil. Estas vidas no salen en el telediario, pero están ahí. Las investigaciones de John R. Lott, por ejemplo, han puesto de manifiesto cómo aumentaban los asesinatos cuando se restringía el derecho a las armas en numerosos estados. Como dice el dicho, cuando las armas están proscritas, sólo los proscritos tienen armas. Además, en Estados Unidos, los crímenes dentro de la propiedad privada son inferiores a muchos países europeos. Al parecer, a los criminales no les es indiferente si la gente puede tener un arma en casa para defenderse o no.

Sin lugar a dudas, la National Rifle Association y otras colectivos civiles se esfuerzan por defender el derecho a la tenencia de armas. También es cierto que en el partido republicano hay una clara mayoría de representantes que defienden este derecho recogido en la segunda enmienda. Pero no es menos cierto que en el demócrata ocurre lo mismo. Estos datos son el reflejo de una sociedad en la que existen algo más de 55 millones de ciudadanos adscritos a asociaciones de caza, tiro o defensa del derecho a tener armas (y algo más de 76 millones de dueños de armas de fuego). En 1996 algo más de un 37% de los votantes norteamericanos y casi el 40% de la población total poseía un arma. A la luz de estos datos, el argumento de que una pequeña minoría tiene secuestrada la voluntad de los norteamericanos sueña a perorata majadera.

Pero es que, además, la defensa del derecho a tener armas tiene un fundamento ético. ¿En qué queda el derecho a la vida y a la propiedad privada si no tenemos derecho a defender ambas? Tal y como lo expresó el ex fiscal de la ciudad de Nueva Cork, David B. Kopel, "si sólo el Gobierno tiene armas, sólo están seguras aquellas personas cuya protección le interesa al Gobierno". El Gobierno lo podrá hacer mejor o peor, pero de lo que no cabe duda es de que no ofrecerá el servicio dónde y cuándo el ciudadano necesita hacer valer sus derechos más fundamentales.

Esta cuestión nos lleva al último aspecto que merece ser destacado y que queda bien reflejado en un conocido dicho suizo: "si el Gobierno no confía en la gente, la gente no puede confiar en el Gobierno". El derecho a tener armas no sólo sirve al propósito de defender la vida de uno y de su familia. Una población armada es la última barrera frente al totalitarismo político. Hace más de cuatro siglos Juan de Mariana destacaba la importancia de contar con una población civil bien armada y advertía al rey que "el tirano teme necesariamente a los que le temen, a los que trata como esclavos, y para evitar que éstos preparen su muerte, suprime todas sus posibles garantías y defensas, les priva de las armas, no les permite ejercer las artes liberales dignas de los hombres libres para que no robustezcan su cuerpo con ejercicios militares y desmoronar la confianza en sí mismos."

No sé hasta qué punto el padre Mariana era consciente de la importancia de sus palabras. En cualquier caso, el siglo XX le daría tristemente toda la razón. En 1942 Hitler reconocería que "el error más estúpido que podríamos cometer sería permitir tener armas a las gentes conquistadas del este." El Führer era un tirano genocida pero no un idiota y repetía que "la historia enseña que todos los conquistadores que han permitido poseer armas a las razas sometidas han preparado su propio declive al hacerlo."

Porque ella lo vale

Dado que los cineastas muestran un entusiasmo perfectamente descriptible hacia las ideas que defiende la derecha y que la mayoría de kolektivos tienen cubierta su necesidad de succionar dinero público, a la candidata del PP le debe haber costado bastante encontrar un sector agraviado históricamente para redistribuir la riqueza que generamos los demás. Sin embargo, ¡albricias!, finalmente ha localizado un grupo social al que rescatar de su injusto olvido presupuestario: Las amas de casa.

Dejando a un lado la inmoralidad de que Cospedal le quite el dinero a unos para entregarlo a los integrantes de un kolektivo que a su juicio debe ser subvencionado, la candidata del PP a la junta manchega, sin duda obnubilada por los réditos electorales que sueña conseguir con esa propuesta demagógica, olvida que esta medida, de llevarse a cabo, supondría un grave retroceso en la larga marcha hacia el igualitarismo, objetivo primordial de los progresistas de todos los partidos.

Si se concede una pensión a todas las amas de casa jubiladas sólo por el hecho de reunir ambas condiciones, habrá mujeres trabajadoras con cuatro hijos y graves problemas para llegar a fin de mes que estarán pagando su pensión a la esposa de un notario, que ha pasado toda su vida viendo en la tele programas "de testimonio" y maltratando al servicio, y además no necesita esa paga para vivir. Eso por no mencionar a los solidarios a tiempo completo y a los luchadores por un mundo más justo, que tampoco tienen la menor intención de trabajar jamás y se ven injustamente excluidos de esta novedosa política de "pensiones para todos". En lugar de reducir las distancias entre los ricos y los pobres como pretende el progresismo, este "pensionazo doméstico" agrandará la brecha entre la rica burguesía y las clases proletarias, por usar la terminología clásica de la secta. Reflexione la candidata acerca de ello si le sobra un minuto durante esta campaña.

Pero es que además, como el sistema público de previsión social está basado en el reparto y no en la capitalización individual, el dinero que las mujeres en activo paguen indiscriminadamente a las amas de casa ya jubiladas no es garantía de que las actuales contribuyentes vayan a disfrutar de ese chollo en el momento de su retiro. Lo harán sólo si hay un número suficiente de cotizantes en activo y eso siempre que no aparezca otro político decidido a cambiar las condiciones para recibir esta pensión o a suprimirla para destinarla a otros kolectivos más de su gusto.

Estoy seguro de que en el gran corazón de Dolores de Cospedal no anida ningún afán intervencionista y de que su propuesta está hecha con la voluntad de "cambiar la sociedad" a mejor. Su problema, como el de muchos otros compañeros suyos de partido, es simplemente que ella también es socialista, pero no lo sabe.

El diccionario de Bob Geldof

Para la mayoría de los treintañeros, el nombre de Bob Geldof estará siempre asociado a uno de los mayores éxitos del brit pop de los ochenta, el inolvidable tema Do they know it’s Christmas? lanzado para paliar el hambre que por aquellos tiempos diezmaba a la población de Etiopía. Que todas esas calamidades habían sido causadas por un régimen pro soviético, uno de esos que tanto parecen añorar los intelectuales españoles, es algo que algunos averiguamos más tarde. Ni Bob ni sus amigos se molestaron entonces en explicarnos que las penurias de los negritos se debían en gran parte a la mano del hombre. Ahora pasa lo contrario, cualquier racha de lluvia, temporal o verano caluroso es achacado a la economía de mercado, a las compañías petroleras y a los presidentes Bush y Aznar, convertidos en el dios Júpiter por la nueva checa del Círculo de Bellas Artes.

Sin embargo, para todo el que no se puede permitir una visita al quirófano o unos pinchazos de Botox, los años pasan, y Geldof, quien a juzgar por su aspecto debe de estar más retocado que el Alcázar de Toledo, también se ha puesto al día. Del silencio cómplice, la estrella ha pasado a la asesoría de David Cameron, líder del Partido Conservador británico, en asuntos de pobreza mundial. La mala noticia es que Cameron tiene de liberal lo que servidor de cura. La buena es que tras el ínclito Edward Heath y el incompetente Callaghan llegó Margaret Thatcher. A veces la historia se repite.

La última de este gran empresario político, activista incansable de la causa de su cuenta corriente –nada que objetar si no fuera por lo mucho que se esfuerza en ocultarlo con su look de filmotequero y sus continuas peticiones de dinero y de trabajo gratuito, tan habituales que me obligan a sugerir que la Academia Española acuñe la expresión "pedir más que Geldof"– es la creación del Diccionario del Hombre. El proyecto, recién presentado en Cannes con motivo de la celebración de la feria de televisión MIPTV y patrocinado por la empresa estatal BBC, consiste en crear un archivo de idiomas, músicas, filosofías e incluso bromas de todas las culturas antes de que desaparezcan. Nada se dijo del cómo o el porqué de esta nueva versión del pensamiento apocalíptico que nos invade, aunque por los comentarios de muchos de los asistentes al evento mi conclusión es que a buen entendedor progre pocas palabras bastan. Son el calentamiento global, las petroleras, Bush, Aznar y, si el espíritu de Lenin no lo remedia, también Sarkozy.

"Será como el álbum de fotos de familia del mundo", y entre otras cosas contará con 900 cortometrajes de media hora filmados especialmente para el proyecto. Me pregunto si la entrada "Vascos" incluirá, por eso de preservar las culturas antes de que desaparezcan, algún comunicado de ETA, si en "Palestinos" el internauta curioso se topará con imágenes de los niños aprendiendo a colocarse explosivos alrededor del cuerpo, o si en "Mujeres" figurará alguna ablación. Después de todo, ¿quién tiene autoridad para dictaminar qué es cultura y qué no?

El Diccionario del Hombre será puesto en marcha por la BBC, es decir, por los contribuyentes británicos, y por Ten Alps Digital, la empresa de Geldof, que ya se ha buscado un socio capitalista estatal en caso de que la cosa no funcione. A eso algunos le llaman privatizar los beneficios y socializar las pérdidas. Y cuidadito con quejarse, no vaya a ser que lo tachen de insolidario, fascista o cualquier otra lindeza salida del Gabinete de Estudios de La Moncloa o de la Fundación Alternativas.

Huelga decir que la página tendrá publicidad, y como los estatutos de la BBC le impiden cobrar, todos los ingresos irán a parar directamente al rostro de Geldof, que a este paso será el primer humano en alcanzar la eterna juventud. El Diccionario del Hombre permitirá a sus usuarios buscar, añadir y editar contenidos además de trazar su propio linaje. Vamos, que el señor Geldof pretende que la humanidad entera se convierta en empleada de su empresa sin pagar una sola nómina. O en sus propias palabras, "Ten Alps no invierte nada, nosotros sólo ponemos expertos administrativos", y añade "y si no ganamos diez céntimos, no me importa". Y los cerdos vuelan. Volviendo al párrafo anterior, si la BBC pone la pasta y encima puedes cobrar lo que quieras por la publicidad, hay que ser muy bruto para que el asunto no proporcione beneficios. Y si así fuera, siempre queda el recurso a una gira humanitaria por las principales capitales europeas para que las Leires Pajín te abran su corazón… y las carteras ajenas.

En fin, que tras la caída de la mal llamada utopía marxista, la reconstrucción arbitraria del pasado y el terror colectivo se han convertido en los nuevos opios del pueblo. En el mejor de los casos, la moda de la recuperación de la memoria está estimulando a un número nada desdeñable de historiadores, arqueólogos y artistas empeñados en investigar el pasado y de paso derribar algunos de los mitos que han intoxicado a docenas de generaciones. El escritor Charles C. Mann, autor del imprescindible 1491, y el cineasta Mel Gibson son dos ejemplos de esto. En la parte tenebrosa tenemos a todos esos cabecillas fascistoides que, envueltos en las banderas del progresismo y la justicia social, se dedican a embaucar al pueblo reemplazando la política por la estética. Y en medio, oportunistas como Bob Geldof, a los que les basta un líder político acomplejado y un par de empresarios del sector público –disculpen el oxímoron– para dar un pelotazo, hacerse una nueva cirugía estética y encima no pagar un duro de impuestos, ya que la empresa está registrada como "fundación de interés social" o su equivalente en la legislación británica. Como concluiría la poeta manchega, o sea.