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La farsa de Yunus

El diario El Mundo ha publicado este fin de semana una entrevista en la que Yunus saca a relucir su lado más antiliberal, charlatán, ignorante y mentiroso. En primer lugar analizaré sus opiniones sobre la globalización, y luego diré unas cuantas cosas sobre la manera en que lucha este sujeto por erradicar la pobreza.

Globalización: cuéntame otro cuento

 

Yunus dice que quiere que la pobreza pase a ser historia. Sin embargo, sus palabras tienen que vérselas con su ideología socialista y globalofóbica. Nadie que describa la globalización del siguiente modo está contribuyendo a acabar con la pobreza:

[Es] una autopista de 100 kilómetros tomada por los grandes y en la que los pequeños son expulsados (…) Necesitamos una policía de tráfico que ponga las reglas.

Si Yunus no fuera doctor en Economía, creería que se trata de un ignorante bienintencionado; pero como resulta que sí lo es, sólo me queda pensar en la fatal arrogancia que aqueja a todos los iluminados intervencionistas.

Al abogar por una policía mundial que controle y restrinja la libertad de los individuos, Yunus está pidiendo que se dificulte el acceso de los países pobres al capital que tanto necesitan. Entre ellos se encuentra el suyo, Bangladesh.

Este premio Nobel de la Paz está favoreciendo que sólo unas pocas instituciones como la suya, el Grameen Bank, tengan acceso al capital internacional, gracias a las corruptelas y amiguismos característicos de los organismos internacionales. Cerrando las fronteras e impidiendo que las empresas inviertan libremente se apuntala una especie de monopolio del crédito en, por ejemplo, Bangladesh: si los bangladesíes quieren invertir, que pidan prestado al Grameen, ¿no?

El ejemplo que ofrece Yunus de por qué la globalización no es justa no puede ser más demagógico y tramposo:

La camisa que llevo está fabricada en Bangladesh. Campesinos recogen el algodón, otros trabajadores dan forma al producto, otros lo recogen, le dan el tinte, lo cargan en contenedores, etcétera. Y toda la gente que ha intervenido en ese proceso debe repartirse 4,5 dólares, mientras la etiqueta de la tienda de Nueva York dice que vale 35 dólares.

Uno estaría tentado de pensar que la industria textil bangladesí sufre una especie de explotación internacional que impide que el país se desarrolle. El intercambio no es justo porque los yanquis ganan mucho y a los paisanos de Yunus no les dejan ni las migajas. Pues bien, lo que Yunus se calla, muy convenientemente, es que durante los últimos años la cerrada economía de su país ha experimentado un importante auge, con tasas de crecimiento cercanas al 5%, gracias a la enorme competitividad de las exportaciones, en particular las propias de una determinada industria. ¿Adivinan cuál? ¡Correcto! La textil.

Al contrario de lo que sugiere Yunus, precisamente el bajo precio del textil bangladesí hace que sea mucho más competitivo que el del resto del mundo. Y eso genera mucha más riqueza de la que Yunus puede aspirar a crear jamás. El Banco Mundial, por su parte, lo tiene claro:

Dado que la industria textil proporciona empleo directo a dos millones de bangladesíes –el 90% de los cuales son mujeres– y supone el 9,5% del PIB, así como tres cuartas partes de los ingresos por exportaciones en 2003-2004, cualquier cosa que reduzca la competitividad supone un impuesto a la sociedad entera.

Las opiniones de Yunus son un peligro para su propio país, un impuesto incipiente a la creación de riqueza. En lugar de utilizar su inmerecida influencia para presionar por una mayor liberalización del libre comercio y de la economía, se dedica a criticar la situación de las industrias más exitosas. ¿Qué quiere este banquero, el establecimiento de una policía comercial que se dedique a fijar los precios del textil bangaldesí? ¿Acabar con los escasos espacios de libertad que existen en su país, responsables de la reducción de la pobreza?

Su pulsión intervencionista y reguladora se puede observar claramente cuando describe la influencia que ejercen la publicidad y los medios internacionales de comunicación sobre el habitante de Bangladesh:

Sus deseos han cambiado. Y eso es bueno: ahora quiere hacer más porque quiere tener todas esas cosas. Pero es malo, porque le crean necesidades innecesarias. Ahora quiere champú, aunque no lo necesite. Su hija también lo pide, y si no lo tiene, no se siente guapa.

¡Horror! ¡Los bangladesíes quieren champú! ¿Qué será lo próximo, comprar pasta de dientes? Los pobres no necesitan lavarse: eso no es sino un insostenible lujo burgués.

Pero quizá donde más claramente se percibe su desprecio por la libertad es en la necesidad compulsiva que tiene de mentir para tratar de justificar su petición de establecer una policía mundial. Atención a los datos que ofrece sobre la distribución de la renta:

El 94% de los ingresos del mundo van a parar a un 6% de la población. Eso no es justo. Es necesario moderar la cantidad de recursos que utiliza la parte de la población que está en lo más alto.

¿Pero de dónde ha sacado las cifras este hombre? Aun aceptando los nada creíbles datos del movimiento antiglobalización, el 20% de la población obtiene el 80% de la renta. Yunus no sólo rebaja el porcentaje de privilegiados al 6%, sino que sube su porcentaje de renta al ¡94%! Vamos, que el 94% de la población mundial sólo tiene el 6% de la renta. Después de esta barbaridad, ¿alguien puede seguir concediendo alguna credibilidad económica al nobelizado Yunus?

El Grameen Bank, un hito propagandístico

El otro gran tema sobre el que versa la entrevista de El Mundo son los logros del Grameen Bank en la lucha contra la pobreza. Lo cierto es que necesitaría mucho más espacio para explicar con detalle las tretas y engaños de esta institución, pero me limitaré a dar cuenta de algunos de los más curiosos.

En primer lugar, y como ha puesto de manifiesto Jeffrey Tucker, del Mises Institute, conviene tener claro de qué manera concede el Grameen sus préstamos. Los tipos de interés que exige el banco de Yunus son de alrededor del 20%, unos cuatro o cinco puntos por encima de lo que exigen otras entidades para préstamos similares en Bangladesh. Ciertamente, el Grameen no exige ningún tipo de garantía, pero agrupa a los prestamistas en grupos de cinco personas, que se controlan mutuamente para garantizar que todas ellas paguen.

El grupo de cinco tiene que asistir semanalmente a un programa de lavado de cerebro y aprenderse 16 lecciones de tinte social-fascista. Particularmente curiosas son la primera (Disciplina, unidad, coraje y trabajo duro), la decimoquinta (Si nos enteramos de cualquier quebranto de la disciplina en algún centro, iremos todos allí a restaurarla) y la decimosexta (Debemos participar en todas las actividades socialmente).

Por otro lado, Yunus afirma que el negocio de su banco es viable y autosostenible –a pesar de que, aparentemente, los demás bancos del sector son tan estúpidos como para no haberse dado cuenta de ello en dos décadas–; y esgrime como prueba que ya no acepta subvenciones ni donaciones y que la tasa de devolución del crédito es del 99%.

Esa tasa de devolución resulta más que dudosa. En 2002 Daniel Pearl y Michael Phillips escribieron un artículo en el Wall Street Journal donde cuestionaban los datos del Grameen porque se basaban en procedimientos contables distintos a los manejaban los demás bancos. Yunus, entonces, se defendió diciendo: "Cualquiera que sean el sistema, los procedimientos y las definiciones contables que usamos hoy, son los que hemos venido usando durante 25 años". Vamos, que pecar, pecaban, pero desde el principio…

Pero es que incluso otro intervencionista como el hindú Sudhirendar Sharma ha cuestionado que la política del Grameen sirva para algo más que para hacer circular el dinero:

El crédito fácil elimina la falta de liquidez, pero sólo de forma ilusoria. A menos que los préstamos se conviertan en inversiones productivas, la pobreza rural no desaparecerá. Los microcréditos mejoran la tenencia de efectivo, pero no crean riqueza.

Dicho de otro modo: el Grameen vuelve a conceder préstamos a sus antiguos prestamistas, con los que éstos saldan sus deudas pasadas. Un círculo vicioso, pues.

El otro gran argumento de Yunus para probar la solidez financiera del Grameen es eso de que ya no recibe subvenciones. Bueno. En primer lugar, diremos que recibió toda clase de créditos, subvenciones y donaciones hasta 1995. Dinero procedente de la ONU y de otros organismos internacionales, de instituciones públicas y privadas. Y todavía hoy está pagando parte de los préstamos que le fueron concedidos a bajos tipos de interés (alrededor del 2%), de modo que los efectos de las subvenciones perduran.

Jonathan Morduch ha calculado que si el Grameen no hubiera recibido ningún tipo de subvención habría sufrido unas pérdidas de 34 millones de dólares entre 1985 y 1996; a menos que hubiera incrementado los tipos de interés en un 50%…

 

Desde un punto de vista liberal, las donaciones de los organismos públicos al Grameen sólo pueden ser consideradas como un expolio a los contribuyentes para financiar proyectos que no resultaban rentables y que, por tanto, sólo entorpecían la creación de esa riqueza que el propio Yunus decía alentar.

En segundo lugar, diremos que lo que dice Yunus es totalmente falso. El Grameen sigue recibiendo multitud de donaciones, especialmente después de la publicidad conseguida luego de que su dueño fuera galardonado con el Nobel de la Paz. Por ejemplo, la fundación de Bill Gates le ha regalado 1,5 millones de dólares, y la Mosaic Foundation 800.000. Pero nada, el Grameen sostiene en su página web que "la última donación de capital, programada con anterioridad, se recibió en 1998".

También es curioso cómo el banco de Yunus utiliza a los mendigos bangladesíes como reclamo publicitario. El Grameen ha instituido un programa por el que concede préstamos con un tipo de interés del 0% a los individuos más pobres de la sociedad. Parece una gran obra caritativa. Ahora bien, hay que leer la letra pequeña:

Se entrega a cada miembro una placa de identificación con el logotipo del Grameen Bank, que puede mostrar en su vida cotidiana para que todos sepan que pertenece al Grameen Bank y que esta entidad nacional lo respalda.

Por supuesto, no tengo nada en contra de que Yunus deje de cobrar los intereses a sus clientes a cambio de que le hagan publicidad gratuita: no es más que una especie de salario no percibido. Lo que no termina de gustarme es la hipocresía con que se disfraza todo esto: no estamos ante una operación publicitaria, sino ante un acto de respaldo a la institución…

Lo que sí comienza a parecerme peligroso es la manera en que el Grameen va copando los resortes del poder político en Bangladesh, con movimientos típicos del fascismo corporativista. El propio banco lo reconoce:

[Los prestamistas] escogen a los miembros del consejo responsable de dirigir el Grameen Bank cada tres años. Esta experiencia les ha preparado para presentarse a cargos públicos. Hacen campaña y son elegidos para cargos municipales. En 2003, en las elecciones para el gobierno local (Union Porishad), 7.442 miembros del Grameen se presentaron para los escaños reservados para mujeres y 3.059 de ellas fueron elegidas.

¿Yunus, presidente de Bangladesh?

Por último, cabe preguntarse cuáles han sido los auténticos logros del Grameen. Yunus lo tiene muy claro: el 58% de los que han pedido un préstamo a su banco han salido de la pobreza. ¿Sorprendente? Pues no tanto. Basix, una institución india de microcréditos, ha calculado, para un período de tres años, que un 52% de sus clientes consiguió mejorar su posición económica, un 23% no experimentó cambio alguno y un 25% empeoró.

En otras palabras, los efectos positivos y los neutros o nocivos se compensaron. Si a esto le añadimos que la economía bangladesí ha estado creciendo al 5% durante 15 años y que la pobreza cayó en 10 puntos, según el Banco Mundial, los resultados ya resultan mucho menos impresionantes.

De hecho, ¿a qué atribuye el Banco Mundial la reducción de la pobreza en Bangladesh? ¿Al Banco Grameen y a su red de microcréditos? No, a algo mucho más sencillo:

No es simple coincidencia que durante esta década haya tenido lugar una significativa liberalización del comercio y una espectacular expansión de las exportaciones.

La tan denostada globalización, la autopista que expulsa a los pequeños, es lo que ha sacado de la miseria a los compatriotas de Yunus, y no una hipersubvencionada institución que necesita congraciarse con el socialismo y el intervencionismo internacional para continuar subsistiendo, aun a costa minar las bases para la prosperidad de los pobres.

Tanto le han dado los pobres de mamar, tanta fama y riqueza le han proporcionado, que parece que Yunus desea que sigan siendo siempre pobres. Su discurso antiglobalización genera más pobreza que la que él pueda remediar con las actividades de su banco.

Voluntad, libertad, propiedad y contratos

De niño yo quería tener el poder del deseo, y estaba preparado para cuando apareciese el genio de la lámpara: le pediría que se cumpliera siempre todo lo que yo quisiera, con lo cual sobrarían los otros dos deseos (genios expertos en metalógica y los problemas de la auto-referencia aclararían que no pueden conceder ciertos metadeseos para no quedarse sin empleo). Es una lástima, pero no existe el genio de la lámpara (ni los Reyes Magos, ni Santa Claus, ni Papá Noel): todo el mundo se entera antes o después.

La voluntad aspira a realizarse, pero los deseos suelen estar muy lejos de la realidad; para evitar la frustración puede recurrirse a la superstición, y así los creyentes de las diversas religiones rezan a sus divinidades para pedirles todo tipo de cosas (si son buenos negociadores prometen algo a cambio y agradecen lo ya concedido). Yo quería ser una estrella del baloncesto, salir con la chica más bonita y ser admirado por todos (nada original). Es una lástima, pero no existen las entidades sobrenaturales: solamente algunas personas consiguen romper el hechizo y se dan cuenta de ello. Si quieres conseguir algo, haz algo al respecto; simplemente desear intensamente no sirve de nada si esa motivación no impulsa a la acción. Querer mucho y hacer poco es garantía de frustración e infelicidad.

La relación entre hijos y padres es fuertemente asimétrica: el niño pide, exige, llora, y el progenitor se esfuerza para poder dar y satisfacer su voluntad (desde las necesidades hasta los caprichos). Es una lástima, pero es biológicamente imposible ser eternamente niños todos a la vez, alguien tiene que producir (dar puede ser emocionalmente gratificante, pero el altruismo puro es evolutivamente imposible).

Por otro lado el niño necesita ser educado, aprender mediante transmisión cultural, adquirir hábitos adecuados: los padres guían este proceso mediante prohibiciones y obligaciones que van contra la a menudo poco razonable voluntad del niño. La persona adulta no necesita los mandatos de sus mayores y actúa según su propia voluntad. Los colectivistas tal vez asumen que lo que funciona con los niños debe ser adecuado para los adultos, de modo que pretenden organizar la sociedad a golpe de leyes intervencionistas que impongan su voluntad sobre la de los demás (o quizás quede en ellos un residuo de resentimiento que les lleva a vengarse de su represión infantil coaccionando al vecino). Algunos intentan vivir siempre como niños, o simplemente fracasan en el proceso de maduración, no asumen su autonomía y su responsabilidad y se transforman en pedigüeños profesionales, intentan dar lástima y vivir de la caridad ajena (hay vagos muy hábiles en la manipulación de los sentimientos que consiguen recibir algo sin dar nada a cambio).

La biología, la psicología evolucionista y la praxeología indican que la voluntad (las preferencias, los deseos) es impulsora y guía de la acción adecuada que permite la supervivencia. Una persona madura e inteligente tiene posibilidades de éxito porque actúa conforme a sus deseos, no se limita a recrearse en sus ensoñaciones, a rogar a la divinidad, a esperar que pase algo, a recibir un regalo milagroso o un golpe de suerte.

Como los seres humanos son hipersociales cada persona actúa persiguiendo sus preferencias en un entorno en el que están presentes otras personas con sus propias preferencias. En las sociedades no libres unos seres humanos imponen por la fuerza sus preferencias a otros. En una sociedad libre se reconocen derechos de propiedad universales y simétricos, ámbitos de control legítimo dentro de los cuales cada propietario es soberano, sus valoraciones son las únicas relevantes y así se evitan, minimizan o resuelven los conflictos.

Los liberales tenemos una concepción humilde y realista de la libertad como ausencia de coacción y respeto al derecho de propiedad. Muchos enemigos de la libertad distorsionan el concepto de diversas formas arbitrarias, absurdas o incoherentes, que distorsionan el papel de la voluntad. Para algunos libertad es poder y riqueza (realización de los proyectos vitales personales), aunque se obtengan coaccionando a los demás (de forma directa o indirecta), garantía de que se cumpla mi voluntad obviando la escasez y los límites de la capacidad de actuación humana; para otros libertad es ausencia de influencias o condicionantes externos o internos, que nada perturbe mi voluntad considerada como una entidad causante pero incausada, que influye pero no es influida (no tengo necesidades, solamente deseos autogenerados); y según otros sólo soy libre si escojo entre dos bienes y no entre el menor de dos males (por ejemplo en una situación angustiosa, desesperada), mi elección es libre solamente si no hay ningún aspecto en ella que sea valorado negativamente (sin costes).

Las relaciones en una sociedad libre son voluntarias por ambas partes. Algunas relaciones son tan importantes que se formalizan explícitamente mediante contratos. Los contratos no son simples transferencias absolutas y definitivas de derechos de propiedad (eso más bien sería un simple apunte en un registro de la propiedad). Los contratos son acuerdos más o menos complejos mediante los cuales las partes contratantes deciden voluntariamente en el presente aceptar restricciones sobre la legitimidad de su actuación según sus preferencias futuras. Igual que el derecho de propiedad impone límites a la voluntad (la propiedad ajena), los contratos implican compromisos limitadores de la libertad que son exigibles mediante el uso de la fuerza, porque los contratantes entienden claramente que en eso consiste un contrato, que si no se transformaría en una mera declaración de intenciones fácil de incumplir. Los contratos son herramientas éticas y jurídicas importantes que permiten a las personas planificar de forma conjunta y así no tener que actuar improvisando en cada instante sin poder prever el futuro con algo de certeza. Quien sacrifica parte de su libertad no es necesariamente un enfermo mental sin voluntad propia. Contratar implica obtener algo renunciando a algo a cambio, así que no es sorprendente que una parte de lo contratado (lo que se pierde, se entrega, o se obliga uno a hacer) sea lamentado por el individuo: conviene no olvidar que lo que consigue le compensa de la pérdida, al menos en el momento de la realización del pacto.

Algunos comentaristas poco consistentes pretenden que es evidente (axiomatizan sin dar argumentos ni explorar alternativas de forma exhaustiva) que todo contrato laboral debe poder rescindirse cuando el trabajador lo desee (el empleador aparentemente no debe disfrutar de los mismos derechos humanos, y no les suena el concepto de cláusula de rescisión), porque si no se violaría su libertad: absolutizan la voluntad presente (la libertad no es simplemente poder hacer lo que te dé la gana en todo momento, rompiendo cualquier compromiso previo) y destruyen la esencia de los contratos y su capacidad de organizar la acción humana de forma cooperativa. No saben definir coherentemente qué es la libertad y se hacen un buen lío al respecto.

Tal vez por falta de capacidad intelectual estos comentaristas no suelen realizar análisis teóricos rigurosos: mezclan de forma patosa la esclavitud involuntaria con los contratos voluntariamente aceptados de sumisión parcial o total, tema delicado pero intelectualmente explorable (sin que su estudio implique que al pensador le guste la posibilidad de la sumisión). En lo que sí se esfuerzan es en mostrar a los demás sus preferencias particulares: insisten en lo horribles, vomitivas, aberrantes y repulsivas que les parecen las teorías éticas liberales más consistentes y radicales (la pesadilla hecha realidad del anarcocapitalismo como liberalismo fundamentado en el derecho de propiedad y los contratos). Según ellos los anarcocapitalistas son fulanos impresentables, hijos de puta, sectarios, locos aprovechados de la coacción estatal, herederos con un ejército de siervos y esclavos, canallas inhumanos, hedonistas aspirantes a ser lo más guay entre lo radical que compiten por decir la mayor burrada, promotores de barbaridades, vergonzosos devoradores de niños, proxenetas y clientes de niñas prostitutas, prima donnas, fantasmas, fraudulentos, enemigos de la sociedad abierta (y en realidad no liberales), partidarios de un feudalismo ciertamente contrario a toda idea de libertad burguesa, defensores de una libertad consistente en la impunidad y que se cagan literalmente en la libertad política, malos compañeros de cruzada, indiferentes frente a hechos cuya relativización supone algo rayano en lo criminal.

La mano que mece la Bolsa

En efecto, las pensiones que se pagan en este momento a los jubilados no son rentas de un capital acumulado tras años de trabajar y ahorrar, sino que proceden de los bolsillos de quienes en estos momentos están cotizando. Como en el caso de los sellos, el sistema es inviable a largo plazo. A los políticos les da igual, porque su horizonte temporal no va más allá de las próximas elecciones, pero nuestro sistema de pensiones quebrará antes o después, en algún momento más allá de 2020.

Pero esta es una época de bonanza para esta estafa obligatoria y generalizada. En diez años hemos pasado de doce a veinte millones los cotizantes en el sistema, lo que ha provocado en los últimos tiempos que se pueda acumular un superávit moderado, aunque cuantitativamente muy grande. A finales de 2007 rondará los 50.000 millones de euros.

El Gobierno se está planteando invertir al menos parte de ese fondo en Bolsa, para obtener cierta rentabilidad al sistema. Sería algo así como una capitalización mínima del sistema de reparto. Pero si se considera que es positivo, ¿por qué limitarse a una pequeña parte de lo que dedicamos a las pensiones y no capitalizar todo el sistema? La experiencia chilena es abrumadoramente exitosa.

Si finalmente cumple sus amenazas de llevar a la Bolsa el fondo de reserva, tendremos un grave problema, porque el poder que tendría el Gobierno sobre el mercado sería muy amplio. Con 50.000 millones se puede comprar Endesa a 48 euros por título. Por supuesto, la gestión del fondo se adjudicará en concurso público, cabe pensar, a algún gestor profesional, que en principio sólo se guiaría por el buen manejo de los fondos allegados de la Seguridad Social. Pero la sospecha no le abandonará nunca.

La experiencia democrática

Menos mal que España no vive una "experiencia democrática" como la de Venezuela. No tenemos a un cursi iluminado en el poder, ni se pueden negar la renovación de las licencias a emisoras importantes por el hecho de ser críticas con el poder, como ha hecho Chávez con Radio Caracas-Televisión. Tampoco se está criminalizando a la oposición por el hecho de serlo.

Es más, aquí sería impensable lo que está teniendo lugar en Venezuela. Chávez habla constantemente del proyecto "bolivariano" en referencia al famoso libertador. Sólo tenemos que recordar que lo que deseaba Simón Bolívar para sí mismo era el poder vitalicio con un Senado hereditario y un Congreso elegido por sufragio para darle una apariencia democrática. Afortunadamente para la "Gran Colombia" de entonces, la república bolivariana fracasó. Aquí, ¿quién iba a mirar al pasado para elegir un modelo fracasado como excusa para transformar nuestra realidad democrática? ¿Se permitirían en estas latitudes, en el corazón de Europa, en el centro cósmico de la Alianza de Civilizaciones, estas pretensiones tan totalitarias?

Es evidente que no sólo las permitimos, sino que todo eso está pasando ante la mirada conformista, cuando no entusiasta, de parte de los españoles. Pero no cabe llevar la comparación más allá de eso. En Venezuela el grueso de los ingresos del Estado depende de la extracción de un mineral, mientras que en nuestro país proviene de los impuestos sobre nuestra renta o nuestra riqueza. Aquí el Estado tiene que contar con la gente para sobrevivir; allí no. Además hay media España que no está dispuesta a resignarse ante todo el proceso de demolición de las instituciones, mientras que en Venezuela la respuesta civil es minoritaria e insuficiente.

Venezuela ha escrito su futuro con letras de sangre: "Socialismo del siglo XXI", lo ha bautizado Chávez. Está nacionalizando las grandes empresas, lo que llevará a lo que resta se sociedad organizada al caos y a la miseria. Cuando las cosas se pongan feas hará uso de sus nuevos poderes, cuando los imponga en la nueva Constitución, que le permiten gobernar por decreto durante año y medio, nada menos. Nacionalizará la sanidad y la educación. Y podrá estar en el poder hasta 2021, convirtiendo por fin a Venezuela, como ha prometido, en una "república bolivariana". Nosotros tendremos más suerte.

Cosas del calentamiento global

Al Gore, por ejemplo, ha contribuido a la causa haciendo una película sobre este asunto en la que paradójicamente no aparece Mónica Lewinsky, la becaria de su ex jefe, que en materia de calentamiento es toda una autoridad.

Estos días se está haciendo más patente que nunca en la península el peligro evidente de esa "realidad científica" que es el aumento de la temperatura del planeta. Hoy he salido de casa bien temprano y nada más darme el airecillo mañanero en el rostro me he dicho aterrado, "coño con el calentamiento terráqueo, ya está aquí". Lo que pasa es que es un calentamiento digamos negativo, para que nos confiemos antes de la lluvia de fuego y el desbordamiento de los mares predicho por los centinelas de la Diosa Gaia.

El científico que más sabe de climatología por estos pagos, demuestra con datos que nada, o casi nada, de lo que nos cuentan los medios de comunicación sobre el cambio climático tiene una base real. Por ejemplo, con estos días cálidos que hemos disfrutado en enero, la tropa de agoreros ha visto demostrada su tesis de que el planeta se calienta. Sin embargo, la realidad es justamente la contraria, pues lo cierto es que desde 1990 la temperatura media invernal no ha hecho otra cosa que disminuir. Entre 1965 y 1990, en cambio, sí que se apreció un cierto incremento de las temperaturas mínimas en Europa y Siberia, pero entonces la izquierda estaba ocupada en buscar la playa debajo de los adoquines, leer el libro rojo de Mao y hacer la revolución sexual, con lo que la tragedia climática le pasó desapercibida.

A los que con la edad nos vamos volviendo un poco frioleros, nos vendría muy bien que el planeta se calentara un poquito. También iría muy bien para disminuir las enfermedades respiratorias durante los inviernos y para aumentar las cosechas en los veranos, como ocurrió en la fase cálida ocurrida en Europa durante la Edad Media. Quizás también un par de grados más de temperatura contribuyera a paliar la glaciación mental de los que se empeñan en que volvamos a las cavernas, aunque esto último no es seguro; hay hielos que se fosilizan y ya no hay quien los cambie de estado físico.

Intuiciones

Todos estamos dotados genéticamente con unas facultades cognitivas basadas en intuiciones primordiales. Son las herramientas con las que abordamos el entorno y nuestras relaciones. Disponemos de una moralidad, una física o una economía intuitivas que nos han permitido medrar en la carrera evolutiva pero que en ocasiones suponen un lastre. Y es que nuestro cerebro, equipado por la adaptación evolutiva para sobrevivir en el pleistoceno tardío (comienzos del holoceno), afronta, a menudo conflictivamente, las paradojas de la ciencia y la vida moderna al no haber sido dotado con herramientas para comprenderlas intuitivamente.

El hombre es un animal moralista al que "el proceso amoral y sin dios de la selección natural" (Pinker) equipó con un refinado y, tal vez, excesivo sentido moral, el moral sense que ya vislumbrara Darwin con acento menos materialista. Y es que tal "sentido moral es un dispositivo […] cargado de singularidades, proclive al error sistemático –a las ilusiones morales, por así decir–, igual que nuestras otras facultades".

La moralidad es una facultad mental y como tal puede explicarse por una combinación de factores biológicos (genes) y culturales (memes). En esta complementariedad encontramos una explicación a la diversidad de normas con las que diferentes grupos e individuos regulan sus relaciones. Tales normas morales favorecerán aquellos valores que se destaquen por su mejor función adaptativa a un nicho biocultural dinámico.

La complementariedad sobre la que se edifica la moralidad humana, que también se reconoce en el resto de facultades cognitivas que nos definen y diferencian como humanos, nos permite reconocer la existencia de una evolución cultural; un hecho que se hace más evidente a medida que el progreso tecnológico, por otro lado, una faceta cuantificable de ese proceso evolutivo, facilita la comunicación entre individuos y los grupos en los que se integran.

Desde la perspectiva que da esa complementariedad se advierte que, si bien, para explicar el surgimiento y desarrollo de la moralidad, no debemos perder de vista su fundamento darwiniano, tampoco podemos descuidar los factores culturales intervinientes. Elliot Sober y David Sloan Wilson lo explican de la siguiente manera:

Incluso grupos genéticamente idénticos pueden diferir profundamente a nivel fenotípico a causa de mecanismos culturales, y esas diferencias pueden ser heredables en el único sentido relevante para el proceso de selección natural. El hecho de que la cultura pueda proporcionar por sí misma los ingredientes requeridos para el proceso de selección natural da a la cultura el estatus que los críticos del determinismo biológico no han dejado de subrayar.

Llegados a este punto pareciera que el ser humano está doblemente subyugado por el determinismo, que la conciencia que reverbera en las paredes de su cráneo no sólo es una ilusión, que lo es, un truco que aprendimos de nuestra observación de los otros hace millones de años, sino que ni siquiera es responsable de las decisiones que hacemos nuestras. Sin embargo, como explica Paco Capella:

Los seres humanos no se limitan a comportarse según normas morales, sino que son capaces de reflexionar sobre las normas de comportamiento que la moralidad sentida íntimamente les sugiere, y también pueden expresar estas normas mediante el lenguaje, comunicarlas, discutirlas con los demás e intentar persuadirles de la conveniencia o inadecuación de ciertas acciones. El análisis racional de la moralidad abre la posibilidad de la ciencia ética.

Una ética que "investiga normas universales adecuadas", derechos naturales entendidos como artilugios humanos contingentes sí, pero no arbitrarios que servirán como marco normativo básico necesario para que cada uno, apiñados junto a muchos otros en ordenes sociales extensos y complejos, podamos desarrollar el guión de nuestra "felicidad".

Estos derechos naturales deberán ser correctamente formulados mediante leyes cuya bondad podrá testarse empíricamente. Como señala Randy Barnett, en el caso más extremo, observando la dirección que siguen los refugiados. Y es que no debemos olvidar que estos derechos naturales, que podemos resumir en uno, la libertad, la libertad humana, son más jóvenes que la especie (parafraseando a Dan Dennet), y siguen su curso evolutivo en un ambiente cultural condicionado por decisiones políticas que pueden acabar con ellos. Y es que la evolución cultural no sólo es mucho más rápida que la biológica (más aún, al contrario de lo que sucede con las adaptaciones biológicas, las adaptaciones culturales complejas no aparecen gradualmente), sino también mucho más vulnerable. Ambas afirmaciones parecen hoy día más evidentes que hace cien años.

Las mismas facultades cognitivas que han posibilitado el "descubrimiento" de la ética, la ciencia de los derechos naturales, pueden mostrar su reverso más tenebroso. Piensen, por ejemplo, en el tremendo esfuerzo propagandístico que Al Gore está orquestando por todo el mundo. Digerimos fácilmente sus mensajes catastrofistas y le resulta sencillo ocultar las consecuencias de los consejos que propala en sus conferencias (más y más Kyoto). O el empeño de Greenpeace en acabar con los cultivos transgénicos que han sacado del hambre a millones de personas. Piensen en Hugo Chávez, en el éxito demoledor que incluso en círculos intelectuales (o precisamente por ser tales) consigue su "revival" tribal-socialista.

Los gobernantes antisistema viven muy bien

Son políticos como Inma Mayol, que apoya abiertamente la okupación y mantiene a la vez tres viviendas en España. Entre ella y su pareja, Joan Saura, además ingresan 18.000 euros al mes (más o menos el sueldo bruto anual de un mileurista) sin contar dietas ni los servicios que reciben gratuitamente debido a su cargo y que pagan todos los catalanes, no ellos.

El president, José Montilla, también parece poco fiel a su ideología marxista de juventud. Ahora vive en una lujosa casa del municipio de San Justo Desvern, donde es difícil ver a ningún pobre. Situado a escasos kilómetros de Barcelona, es un pequeño paraíso cerca de la capital catalana. Allí no hay ni un okupa, pero sí una seguridad abundante rodeando su casa. Él no tiene los problemas de inseguridad ciudadana que sufren el resto de catalanes.

Jordi Portabella, teniente de alcalde de Barcelona, ya tiene un plan para los okupas: llegar a un acuerdo para que éstos paguen una "cantidad simbólica" a los propietarios reales. De paso, no ha dudado en insultar y amenazar a los catalanes honrados que tienen propiedades: "las viviendas cerradas deben pagar un canon muy elevado por el grado de incivismo que representa tener pisos cerrados". Se ve que lo que deben hacer los propietarios es dejarlos abiertos para que los okupas no se cansen demasiado echando la puerta abajo. Ya sabe, si tiene una casita heredada de su familia a la que acude en verano es un incívico, algo así como un terrorista ciudadano. Y en Barcelona debe haber muchos, pues el año pasado el ayuntamiento puso 54.000 multas, 147 al día, sólo por ser "incívicos", ingresando 450.000 euros. No se los gastará en pisos para los jóvenes.

Los políticos antisistema viven muy bien para estar contra el sistema. No viajan en autobús ni metro, tienen coches oficiales con aire acondicionado, seguridad todo el día, viven en lujosas casas y apartamentos, muchos llevan sus hijos a colegios privados, tienen sueldos y complementos que les permiten toda clase de lujos e incluso van a comer a uno de los restaurantes más caros de España en helicóptero. Y eso sin mencionar otros posibles ingresos como los derivados de la corrupción, el tres por ciento y vaya usted a saber. Ciertamente, se ve que para ellos algunos son más iguales que otros.

Aparte de la evidente hipocresía y desprecio hacia el ciudadano honrado por parte de esta gente, podemos sacar otra conclusión. Los políticos, al no ser directamente responsables de sus acciones, estar fuera de sus leyes y tener capacidad de mando absoluto sobre sus súbditos, a los que llaman ciudadanos, pueden tomar y toman las medidas de moda más antisociales, convirtiéndose en el primer enemigo real del hombre libre. La política no tiene ningún derecho ético ni moral a meterse en nuestras vidas en nombre del bien común ni para "arreglar" problemas que los propios gobernantes han creado como el de la vivienda, los okupas o la inseguridad ciudadana.

Pisos que no pueden superar más de cinco plantas, leyes sobre el suelo que parecen hechas por un señor feudal, regulaciones e impuestos son los problemas reales de la vivienda. Leyes que promocionan el vandalismo callejero (Inma Mayol tal vez lo llame "cultura") y una justicia que desprecia tanto la propiedad privada como la defensa legítima del ciudadano dan como resultado que los okupas vengan en tropel a Barcelona. Una justicia basada en el control estatal, el desarme civil y el desprecio gubernamental hacia la propiedad privada es lo que crea la inseguridad ciudadana. Ningún político antisistema, que vive como el más rico de los capitalistas, ha de entrar en nuestras vidas como si fuera suya, porque todas las calamidades que creen las pagaremos nosotros, siempre.

El mito de la tecnoestructura

En su libro El Nuevo Estado Industrial (1967) el economista John Kenneth Galbraith denunciaba que la separación de la gestión y la propiedad en las grandes corporaciones estaba conduciendo a que los directivos (a los que él llamaba tecnoestructura) retuvieran el poder dentro de la empresa y la utilizaran para perseguir fines particulares en lugar de buscar el incremento del valor para los accionistas.

Conforme las empresas iban creciendo en tamaño, el control que pueden ejercer los propietarios se atomiza entre un mayor número de acciones, lo que dota a los directivos intermedios de una gran autonomía en sus departamentos para emplear los medios de la empresa en la consecución de sus fines particulares.

Mientras que los accionistas quieren incrementar el valor de mercado de la empresa, la tecnoestructura busca expandir al máximo las ventas y el tamaño de sus departamentos, aun cuando tengan que reducir el margen por unidad vendida y obtener menos beneficios de los que podrían haber ganado con un margen mayor. Según Galbraith, los directivos adoran el crecimiento de las ventas porque de ese modo incrementan su prestigio y el número de subordinados. Cuando las compañías crecen en tamaño, se producen ascensos, promociones y nuevas contrataciones: con las ventas, la tecnoestructura se perpetúa a sí misma.

Hasta aquí la crítica de Galbraith puede resultar adecuada para determinados casos; es cierto que muchos directivos se obsesionan con crecer y para ello no duda en insuflar capital a proyectos de muy bajo rendimiento que no compensan a los accionistas.

Ahora bien, lo que la convierte en una teoría en falaz es que el economista canadiense creía que ésta era una tendencia inexorable del capitalismo contra la que no existía ningún remedio endógeno. Para Galbraith, la complejidad de los procesos productivos actuales hacía inviable que un solo empresario dirigiera y comprendiera toda la compañía, por lo que tenía que delegar en unos gestores especializados en sus tareas (tecnoestructura). Al no comprender todos los aspectos de la compañía, el empresario-propietario o el Consejo de Administración tampoco podían fiscalizar a los directivos, puesto que poseían información privilegiada sobre el funcionamiento de su área de competencia, esto es, eran los únicos con capacidad para tomar decisiones.

Dado que no podía prescindirse de ellos pero tampoco se les podía fiscalizar, la supremacía de la tecnoestructura estaba garantizada. La única solución factible pasaba por que el Gobierno frenara y limitara la influencia de la estructura a través de impuestos, regulaciones y educación pública.

Esta segunda parte del análisis resulta claramente defectuosa. El primer problema es que Galbraith confunde planes técnicos con planes económicos. No es lo mismo saber que tenemos que llegar a X (plan económico) que conocer los distintos procedimientos para llegar a X (plan técnico). La labor del Consejo de Administración (o del Consejero Delegado) es anticipar qué bienes o servicios necesitan los consumidores (plan económico) y no necesariamente saber cómo se fabrican esos bienes o servicios (plan técnico). Los directivos y los gestores subordinados (tecnoestructura), por su parte, se encargan de generar e implementar los planes técnicos que desarrollan los planes económicos.

Y lo cierto es que para crear valor resulta mucho más relevante saber o decidir que hay que fabricar un automóvil con ciertas características y a un determinado precio de venta que conocer el proceso tecnológico que nos permitirá hacerlo. Toda producción responde a unas necesidades, y el paso decisivo consiste en saber de su existencia y extensión. Es por ello que la tecnoestructura sí puede ser fiscalizada internamente cuando no logra los objetivos determinados por sus superiores, a pesar de que éstos no dispongan de toda la información técnica.

Pero además, la tecnoestructura también puede ser fiscalizada externamente. En caso de duda sobre su actuación, el Consejo de Administración siempre puede recurrir a asesores o consultores externos a la empresa para que evalúen aquellos departamentos que están frenando la creación de valor.

En definitiva, si el empresario-propietario actúa con decisión, la tecnoestructura difícilmente podrá sustituir su rol de incrementar el valor de la empresa localizando y satisfaciendo los deseos de los consumidores.

El segundo error de Galbraith es que el mercado sí posee diversos instrumentos para corregir la tendencia de una mala gestión empresarial.

Por un lado, encontramos los controles internos, es decir, mecanismos de remuneración basados en el valor creado por los propios directivos que puede llegar al extremo de convertir a los propios directivos en propietarios de acciones. Cuanto mayor sea la porción del salario basada en la creación de valor en la empresa (participaciones en beneficios, incentivos, opciones de compra sobre acciones), menor propensión tendrán los gestores de las distintas unidades en destruir valor incrementando las ventas no rentables.

Por otro, tenemos los controle externos. Una empresa que insufle valor en proyectos de muy bajo rendimiento cotizará por debajo de su valor contable dado que los accionistas querrán liquidar sus acciones para invertir en otras empresas donde puedan lograr una rentabilidad mayor a un riesgo análogo.

En ese contexto, el atractivo para lanzar una OPA (por ejemplo a través de una recompra apalancada de acciones) aumenta considerablemente. De hecho, existen empresas, como KKR, que se dedican exclusivamente a hacer esto: compran la empresa ineficiente, expulsan a la mala dirección, liquidan los departamentos que no son rentables y la reestructuran financieramente. A partir de ese momento, su valor de mercado reflotará y la empresa opante logrará una sustanciosa ganancia.

Por último, la teoría de Galbraith contiene un error sobre la motivación de los directivos. Es cierto que los gestores pueden tratar de lograr otros fines distintos a por los que fueron contratados, pero esto no es ni mucho menos algo indefectible.

Si Galbraith afirma que los directivos y los gestores pueden estar más interesados en crecer para lograr prestigio y promocionar que en generar valor para el accionista, lo cierto es que no puede haber mayor desprestigio para un equipo directivo que hundir el valor de mercado de la empresa, esto es, no puede haber mayor desprestigio profesional que no lograr los objetivos para los fueron contratados. Tal y como explica Warren Buffett, "nuestras estrellas tienen exactamente los trabajos que quieren, que esperan y confían mantener a lo largo de toda su vida laboral. Por lo tanto, se concentran exclusivamente en maximizar el valor a largo plazo de las empresas que "tienen" y quieren. Si las empresas van bien, ello quiere decir que han triunfado".

Queda claro, pues, que existen mecanismos económicos suficientes, tanto dentro como fuera de la empresa, para lograr reorientar a las compañías hacia la creación de valor para sus propietarios. En el caso de Galbraith, la ceguera se unió con el deseo de no ver, pues así podía pedirle un lazarillo al Estado a costa de los videntes.

El mercado según Shakespeare

A finales del siglo XVI William Shakespeare escribió El Mercader de Venecia, una comedia agridulce en torno al juego del amor, el engaño y la severidad de los contratos de préstamo. En esta obra el bardo universal de Avon reflejó una interesante trama de situaciones y personajes próximos a situaciones en el mercado que quizá en la actualidad reconocemos.

El argumento completo puede encontrarse en la red; no obstante, una explicación somera para entrar en situación en este comentario sería la siguiente: Basanio, un joven galán sin fortuna en la Venecia del Renacimiento, pretende la conquista de la rica y bella heredera Porcia. Para deslumbrar de regalos a la joven, Basanio solicita 3.000 ducados a su amigo Antonio. Éste es un comerciante que dirige una fortuna navegando por el mundo, adquiriendo productos exóticos que después ofrecerá en los puertos y plazas de Europa. Antonio, con ánimo de evitar riesgos empresariales, complacerá a su íntimo Basanio acudiendo a su vez en tratos con el usurero judío Shylock. El préstamo que el vilipendiado Shylock le ofrece es muy duro pero finalmente aceptado: si el dinero no es devuelto en la fecha establecida, Antonio pagará con una libra de su propia carne.

 En 2004 Michael Radford dirigió una sugerente adaptación cinematográfica del texto shakesperiano protagonizada por Al Pacino (Shilock), Jeremy Irons (Antonio), Joseph Fiennes (Basanio) y Lynn Collins (Porcia). La película nos aproxima a las palabras y la atmósfera de la época y sirve de base a lo que se escribe a continuación. Los acontecimientos, cumplidamente, llegan: Basanio convence a Porcia, los barcos de Antonio se van a pique y Shilock solicita el cumplimiento estricto de lo pactado. Y aquí deviene la mirada de Shakespeare acerca de los acuerdos comerciales. ¿Fue el gran William un adelantado de la relación de agencia? En El Mercader de Venecia se vislumbra, cuando menos, racionalidad limitada (el carácter vengativo en Shilock), oportunismo (el Dux, molesto, permite el proceso contra Antonio para guardar las apariencias ante Occidente) e información asimétrica (Porcia se convierte en juez y parte y despeja legalmente el expolio del judío). Los buscadores de rentas Basanio y Antonio se salen con la suya. Shilock apenas salva la vida, queda arruinado y el tribunal derriba sus convicciones. El mercado de Shakespeare permite acuerdos libérrimos, es imperfecto, no cumple reglas de clásico equilibrio (en este caso además, fatal equilibrio) Instituciones y reglas de propiedad claras deben poner límite a los abusos y exageraciones. El desenlace del filme, a pesar de todo, no convence: la cara de palo de Irons triunfa; el rostro de Al Pacino es un drama.

Cervantes sigue manco en la red

Protesté porque los enlaces internos empleaban un formato muy intrincado que impedía que los contenidos fueran indexados por los buscadores, lo que básicamente aislaba el proyecto de sus potenciales usuarios. Además, disponían de un texto "legal" denominado "normas de enlaces" que prohibía todo enlace a cualquier parte de la biblioteca que no fuera la portada y unas pocas páginas más, y en el supuesto de que quisiéramos enlazar alguna página, autorizada, había que esperar un plazo de 15 días tras rellenar un formulario para que nos dieran permiso.

Bueno, al final parece que han recapacitado. El 26 de diciembre, como inesperado regalo de Navidad, anunciaban que ya se podía enlazar sin petición previa cualquier página de la biblioteca. Por supuesto, no hacían más que reconocer que era imposible poner puertas al campo y que, además, carecían de cualquier base legal para imponer restricciones a aquellos usuarios que en su propiedad privada, esto es, sus páginas web, incluyeran las referencias a otras páginas que les salieran de… la nariz.

Sin embargo, sus "normas de enlaces" siguen siendo un atraco al sentido común y a la propiedad privada. ¡Y eso que se supone que la institución la preside el liberal Mario Vargas Llosa! Han de saber ustedes que cualquier enlace que hagan a la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes debe usar o bien una de estas imágenes o bien un texto que emplee una fuente "Arial, el estilo negrita, el tamaño de un mínimo de 12 y el color deberá tener las siguientes características: rojo 155, verde 23, azul 26, matiz 254, saturación 189 y luminosidad 89". Unos requisitos que, si alguna vez se cumplen, seguramente sea por casualidad. Estoy esperando a que denuncien a todos los buscadores que, tras la eliminación de ese absurdo formato de enlace que tenía, ponen a disposición de los internautas el contenido de la biblioteca. Ni Google ni Yahoo ni MSN ni nadie, en definitiva, cumple las normas. Normal. Los resultados de las búsquedas les pertenecen a ellos, no a ninguna institución retrógrada, del mismo modo que el formato en que está este artículo es responsabilidad de Libertad Digital, no de la Biblioteca Virtual Cervantes ni de cualquiera de los otros sitios web que enlazo.

Repasando sus normas, repiten que el incumplimiento "será perseguido por todos los medios que las leyes prevén" y que "se rigen por las Leyes españolas", pero no dicen qué leyes, seguramente porque aún no las han encontrado. El contenido de la biblioteca puede estar sujeto a los derechos de propiedad intelectual en los casos en que éstos no hayan expirado y, por tanto, emplearlo sin permiso y excediéndonos del derecho de cita sin duda puede ser condenado. Pero  las direcciones web donde se encuentran accesibles esos contenidos no son propiedad industrial o intelectual de ningún tipo e imponer "normas de enlace" no es más que un patético intento de vivir en Internet como si, valga la contradicción, ésta no existiera.

Mientras tanto, en el mundo real, Google Books sigue avanzando, y ahora digitalizará la biblioteca del monasterio de Montserrat. Mientras, su competidor Open Content Alliance, en el que participan Yahoo, Adobe o Internet Archive, ha alcanzado la marca de 100.000 ejemplares. No tienen normas de enlaces. Creo.