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Milton Friedman en tres historias

Sería la primera escena de una película que narrara toda una transformación. La escena estelar de esta historia sería su primer discurso como presidente de la American Economic Association, con el modesto título de "El papel de la política económica", en 1968. Quienes le escucharon, y luego quienes le leyeron, vieron como la curva de Phillips se empinaba hasta quedar vertical. A largo plazo, nadie osó transitarla. ¿Eso qué quería decir? Que el desempleo dependía de fenómenos reales y no de los vaivenes de la demanda agregada.

Es decir, que había acabado con el keynesianismo. Ese mismo 1968 declaró lo siguiente: "En un sentido, todos somos ahora keynesianos. En otro, ya nadie lo será jamás. Todos utilizamos el lenguaje y los aperos keynesianos; ninguno de nosotros aceptamos ya las primeras conclusiones keynesianas."

La segunda historia también comienza en la Segunda Guerra Mundial. El economista aporta su ingenio al esfuerzo aliado contra el nacionalsocialismo. Y para ayudar a la Hacienda a cobrar propone las retenciones del sueldo, para que el pago de los impuestos sea, en realidad, una liquidación de lo que se ha ido cobrando a cuenta. En su autobiografía diría que "nunca se me ocurrió en aquel momento que estaba ayudando a desarrollar la maquinaria que haría posible un gobierno al que luego iría a criticar por ser demasiado grande, demasiado invasivo, demasiado destructor de nuestras libertades".

La tercera historia es posterior. Richard Nixon ha puesto en marcha un fabuloso plan de intervenciones y controles de precios que, entre otras cosas, provocaban largas colas en las gasolineras. Refiriéndose a un asesor suyo, Nixon le dijo a Friedman: "no culpes a George Schultz por esta monstruosidad". Le respondió: "No culpo a George. Le culpo a usted, señor presidente".

Dinero en abundancia en la donación de órganos

Hace ya tiempo, publiqué en mi blog una referencia a un artículo de Sowell donde éste defendía la libre compraventa de órganos. Esa anotación es ahora la segunda página que aparece en Google al buscar "venta de órganos", lo que provocó que muchas personas se ofrecieran a vender los suyos en los comentarios. No soy el único a quien le ha pasado; también a los críticos de esta práctica les sucede. Sin embargo, desde el momento en que un ungido lo descubrió se produjo cierto escándalo, bastante hipócrita, por otra parte.

Se considera que es inmoral vender una parte de tu cuerpo, aunque no regalarla. Es el mismo tipo de moralidad que encuentra perfectamente aceptable el sexo libre pero no la prostitución voluntaria. La cuestión no es que no resulte espeluznante que haya gente dispuesta a desprenderse de una parte de su cuerpo por dinero, sino en qué mejora la vida de esas personas que están tan desesperadas como para estar dispuestos a realizar esa transacción el prohibirles hacerla. Los ungidos pueden tener la moral que quieran, pero no deberían arrogarse el derecho a imponérsela a los demás vía Congreso de los Diputados. Porque, mientras ellos sestean satisfechos en sus casas, los pobres siguen igual de pobres y quienes mueren sin el órgano que necesitan siguen muriendo. Pero los ungidos nunca han buscado el bien de los demás, sino su propia autosatisfacción moral, a costa de quien sea.

Lo curioso es que muchos alegan que introducir dinero en el sistema de donaciones destrozaría un sistema que, al parecer, "funciona bien". Ningún sistema funciona bien en términos absolutos cuando hay listas de espera; cuando eso sucede es evidente que hay una carencia de oferta. Aún así, es cierto y generalmente reconocido que el sistema español de trasplantes es el mejor del mundo. El problema es que eso sucede debido a que el dinero corre, y a raudales, por el mismo. Claro que ese dinero lo reciben a manos llenas los médicos y las enfermeras, y no los donantes. Eso, cabe suponer, es lo que lo hace "moralmente aceptable".

En España no se hacen más donaciones de órganos porque seamos mejores y estemos "más concienciados"; las bajísimas cifras de donación de sangre así lo demuestran. Nuestro mayor número de donantes se debe a que se ofrecen enormes incentivos económicos a los trabajadores del sistema estatal de salud implicados en la identificación y captación de donantes; estos médicos y enfermeras pueden cobrar el doble que quienes han tenido la mala suerte de especializarse en otra rama de la medicina, puesto que "reciben, más o menos disfrazada y aparte de sus sueldos, una retribución especial por trasplante hecho, retribución sustanciosa que los mantiene en alerta continua, diligentes en identificar y seguir a todos los enfermos potenciales donantes que entran en el hospital y en persuadir a los familiares para que autoricen la extracción de los órganos". En definitiva, nuestros "éxitos" en las donaciones se deben a una característica típica del funcionamiento político de las instituciones: el gasto exagerado en una parte del sistema para presentarlo como éxito mientras en otras partes el dinero escasea; es el llamado "faraonismo". Es lo mismo que sucede en Cuba, donde la dictadura alardea del gran número de médicos por persona mientras escasean las medicinas y las cucarachas proliferan en los hospitales.

Los ungidos exponen así su doble moral: les parece mal cobrar por donar un órgano, pero no que alguien cobre por convencer de que se done gratuitamente. Es como estar moralmente en contra de la prostitución pero a favor de las web de contactos; lo importante no es que no haya dinero de por medio, sino que no lo cobre quien ofrece el bien deseado. Es como estar a favor de la compraventa de hortalizas siempre y cuando no cobre el agricultor sino los mayoristas, transportistas y minoristas. En fin, que de tan "laicos" resultan ser mucho más papistas que el Papa.

Pero lo importante no es lo que ni ellos ni nosotros consideremos en nuestro fuero interno que es bueno o malo. Mientras no haya terceras personas a las que se dañe con ello, ¿quiénes somos para interponernos en los tratos voluntarios que pueda haber entre dos personas?

La epifanía del liberalismo en España

Juan Carlos Girauta acaba de sacar a la calle un ensayo sobre la eclosión liberal, palabras estas últimas que ha elegido con acierto para el título. El texto merece sus recensiones, pero el objeto del libro dará, de esto estoy seguro, para muchos otros. ¿Qué es este fenómeno de la eclosión liberal? ¿Cómo se explica que con ese término, tan preciso y en consecuencia tan ambiguo, se identifique al movimiento político con más nervio en la España de hoy?

La primera explicación es, y no podía ser otra, el fracaso del liberalismo en España. Nuestro país ha dado eximios liberales al mundo, además de haberle regalado la preciosa palabra con que se designa la ideología de la libertad. Pero por razones históricas que no cabe analizar aquí, una parte importante del liberalismo se pudrió de sectarismo y por éste se unió en el poder con quienes eran sus mayores enemigos. Y la otra parte, la de amplio espíritu, veía cómo por uno y otro camino el devenir de España se alejaba de sus queridos ideales de libertad y de paz, con una guerra fratricida de por medio. El largo invierno franquista nos heló. Siguió habiendo liberales, sí, pero sin "liberalismo", es decir, sin un movimiento o una propuesta que ofrecer a la gente. Fue elitista personal y políticamente. Acaso la situación lo requería, pero la llegada de la democracia no mejoró sensiblemente las cosas.

Otra razón es el éxito de la izquierda, que ha penetrado profundamente la piel de los españoles, y que es la principal proveedora de entendimiento de lo que ocurre. Se filtra desde los medios de comunicación, las universidades, los intelectuales, la política… En España tuvo el reflejo político en los gobiernos de Felipe González, trece años en el poder. Su experiencia tuvo que despertar el interés de muchos jóvenes con espíritu crítico. Además, el socialismo, el progresismo, o simplemente la izquierda tienen un mensaje embriagador, pero que es esencialmente falso y que es incapaz de traspasar la piel de muchos. Súmese a ello que el socialismo desatado ha fracasado históricamente y el democrático ha agotado su programa con resultados penosos Y son muchos los que no se lo tragan y buscan una guía alternativa.

La derecha acomodaticia, anti intelectual y reaccionaria no podía competir, para ese papel, con el liberalismo. Creo sinceramente que las ideas de libertad son enormemente potentes. Por un lado porque permiten recoger las piezas sueltas y componer un puzzle con sentido y que se refiere vivamente a la realidad. Por otro, están fuertemente enraizadas en el espíritu humano y llaman con fuerza a los sentimientos de justicia y ética. Por eso hay un liberalismo instintivo, como dice uno de nosotros, que resulta atractivo y convincente.

Pero esas ideas tienen que abrirse camino. En España hay dos nombres que destacan por encima de los demás: Federico Jiménez Losantos, que ha acercado el liberalismo a la vida diaria y a la política, y Jesús Huerta de Soto, que ha traído a nuestro país el mejor pensamiento liberal, enhebrándolo, además, con nuestra mejor tradición.

Esa juventud que desconfía de la izquierda, que no puede digerir sus caducos mensajes, ha tropezado con un conjunto de ideas coherente y feraz y se ha adherido a ellas sin el complejo que aqueja a otras derechas. Ha tenido que meterse entre pecho y espalda unos cuantos libros y artículos. Ha tenido que hacer el esfuerzo intelectual de formar sus propias opiniones frente a las precocinadas y predigeridas que recibe a diario desde los medios de comunicación. Ese esfuerzo se ve recompensado por la conciencia de que jamás le mirará un socialista de cualquier partido por encima del hombro.

Y por último, Internet. A pesar de su origen, Internet es un espacio ideal para el ejercicio de la libertad. No caben las concesiones y por tanto no es el lugar donde la izquierda se pueda sentir cómoda. Nunca lo ha hecho. En el caso de España contamos, además, con un fenómeno único en el mundo: Libertad Digital. En Internet se han encontrado los jóvenes liberales, con sus convicciones por delante y con un desparpajo que asusta y desconcierta a muchos. Y con la firme voluntad de defender los derechos y las libertades propias, que son también las de los demás.

¡Que nos quedamos sin recursos!

No es una profecía reciente, este mensaje hace más de 200 años que se va repitiendo y, evidentemente, nunca se ha cumplido.

La vía forzosa a la que nos quieren someter los oligarcas políticos para salvarnos pasa por el uso "eficiente y racional" de la producción y la ralentización del progreso económico. Curiosamente, los que abogan por este autarquismo primitivo se hacen llamar "progresistas"; qué contradicción.

Es sorprendente ver como los burócratas quieren planificar la economía privada y a sus consumidores en aras de la eficiencia y la racionalidad, dos términos que como nos ha mostrado la historia son incompatibles con el Estado. La Unión Soviética era el país de la eficiencia y racionalidad socialista, por eso desapareció sumida en la miseria.

Para estos visionarios épocas de economía sostenible son todas aquellas anteriores al capitalismo como la edad media o sistemas tan racionales como el cubano.

En realidad, antes de la era capitalista las hambrunas, epidemias y épocas de carestía se repetían cíclicamente; el capitalismo las erradicó gracias a esta anarquía de la producción que tanto criticaron personajes como Marx; y es que los actuales alarmistas no hacen más que un refrito de Marx. Él también criticó duramente la opulencia de la producción capitalista vaticinando que esta anarquía productiva acabaría con el propio capitalismo. De esto hace más de 150 años y sólo hemos mejorado. ¿No le parece este destructivismo marxista una tesis muy actual? ¿O tal vez es la actual la que es vieja? Sea como quiera ser, el "profeta" socialista se equivocó como ocurrirá con los actuales redentores del control y subordinación estatal.

Fíjese por ejemplo que los antiguos griegos comían una vez al día y solían comer sólo cereales, costumbre muy sostenible pero poco saludable. Gracias a la revolución capitalista ahora comemos tres veces o más al día, hemos alargado la esperanza de vida hasta más de los ochenta años y nos resulta ridículo que podamos morir de inanición. ¿De verdad hemos de volver a ese "sano desarrollo sostenible" precapitalista?

Los que abogan por la eficiencia y racionalidad productiva nos dicen que interioricemos el modelo cubano. Lo que no parecen recordar es que recientemente, en algunos lugares de Cuba, el Estado ha tenido que permitir ciertos mercadillos privados antes prohibidos –donde sólo se venden algunos tipos de alimentos básicos– para acabar con el hambre y el mercado negro que está muy perseguido en el país socialista. La dictadura cubana no parece entender por qué la gente se empeña en vivir pese a haber puesto en marcha un modelo tan "sostenible".

Lo que no pueden explicar los alarmistas, ecologistas y socialistas es por qué en la época en que Occidente más consume, esto es, ahora mismo, no padecemos hambrunas, no tenemos carestías y no sólo eso, si no que nuestro bienestar material es el más alto de la historia y con mucha diferencia.

Seguro que algún día llegará el fin del mundo para la humanidad, pero no será por el capitalismo, sino por las políticas de producción eficiente y racional al estilo cubano o medieval que quiere imponer el Estado y sus intelectuales asalariados. Si lo que queremos es evitar las anunciadas catástrofes productivas que nos vaticinan los alarmistas la solución es muy sencilla: más libertad individual y más capitalismo.

Milton Friedman: Capitalismo y libertad

El optimismo fue siempre una de las características de este judío que se convirtió en líder intelectual de la escuela de Chicago. Un optimismo que estaba movido por una fe inquebrantable en el poder de los hombres en libertad. Lean, si no, las últimas palabras del que quizás sea su mejor libro, Capitalismo y libertad:

Nuestra estructura básica de ideas y la entreverada red de instituciones libres prevalecerán, en gran medida. Tengo la convicción de que seremos capaces de preservar y extender la libertad a pesar del tamaño de los programas militares y a pesar de los poderes económicos concentrados en Washington. Pero sólo seremos capaces de hacerlo si somos conscientes de la amenaza a que nos enfrentamos; sólo si persuadimos a nuestros semejantes de que las instituciones libres ofrecen una ruta más segura, si bien en ocasiones más lenta, a los objetivos que anhelamos, que el poder coercitivo del Estado. Y los destellos de cambio que están apareciendo en el clima intelectual son un augurio esperanzador.

De ese cambio sutil pero poderoso fue responsable Milton Friedman como muy pocos. Su gran batalla fue en el campo de la teoría económica contra el keynesianismo, una corriente que era más bien una interpretación del libro más perdurable de John Keynes. Friedman se dirigió al establishment keynesiano en su propio lenguaje, y les venció. No es que no hubiera otros críticos certeros, pero no hablaban el mismo idioma. No era el caso de la escuela de Chicago y en concreto de hombres como Stigler o Milton Friedman. Dedicó un enorme esfuerzo intelectual a construir o reforzar una macroeconomía alternativa, el monetarismo, más comprensiva con los fenómenos del libre mercado y que retoma la importancia de la cantidad de dinero como instrumento de política económica. Y escribió un grueso volumen de historia monetaria de su país junto con Anna Schwartz, que es un genuino esfuerzo por recomponer desde sus posiciones el aspecto menos aprensible de la historia económica. El Premio Nobel se engrandeció con su nombramiento entre los galardonados, y lo hizo en plena crisis del paradigma keynesiano, en 1976.

Si me preguntan, diré que a Friedman le pasó lo que a Henry George o a otros economistas, que se especializó en el terreno menos propicio para sus sobresalientes dotes intelectuales. En cualquier caso no es sólo su visión del dinero lo que le ha otorgado fama mundial. Milton Friedman ha sido quizás el intelectual que más ha hecho en el pasado siglo por extender el liberalismo. No sólo en su Capitalismo y libertad, de 1962; ya de 1966 a 1983 hizo gala de esa capacidad teórica y claridad de exposición para ofrecer a los lectores de Newsweek una visión de sus problemas cotidianos desde la perspectiva liberal. Y en 1980 publicó su celebérrimo Libertad de Elegir, un excelente volumen en el que trata varios aspectos de la política mostrando convincentemente porqué la libertad supera a la coacción en su poder para que cumplamos nuestros deseos. Ahí expuso, por ejemplo, su propuesta del cheque escolar. Un libro, además, que es compendio de una serie de televisión en que hizo de profesor de millones de estadounidenses frente a la cámara. En España la UCD tuvo el acierto de pasarlo por Televisión Española, una experiencia que hoy consideramos inconcebible.

Se le criticó por acudir al Chile de Pinochet a dar unas conferencias sobre cómo el libre mercado ayudaba a descentralizar el poder político. Nadie hizo lo mismo cuando, ese mismo 1975, se fue también a recomendar a los responsables de la dictadura china que hicieran lo contrario de lo que estaban haciendo. Lo cierto es que varios discípulos suyos sí asesoraron al dictador chileno, parece que no sin éxito. Inspiró las políticas desreguladoras de Ronald Reagan y Margaret Thatcher.

Pero Friedman no era sólo un teórico de la economía. Decía su amigo Hayek, a quien no llegó a comprender del todo, que un economista que sólo supiera de economía es un mal economista. Y Friedman era de los buenos, como demuestra su excelente ensayo sobre la relación entre la libertad económica y otras libertades. Seguro que entre sus últimos pensamientos hubo uno por el que se reconfortó por sus contribuciones a nuestras libertades. Descanse en paz.

Una sociedad de propietarios

El informe asegura que hay una alternativa al Estado de Bienestar, cuya crisis es ya insoslayable. Plantea el desgaste que la aplicación de las bienintencionadas pero nefastas políticas laborales ha generado en los individuos y la perversión de los incentivos personales de la sociedad en la que vivimos. La alternativa que propone el estudio, llamada sociedad de propietarios, está basada en la creación y acumulación de riqueza por parte de los individuos


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Una sociedad de propietarios como alternativa al Estado de bienestar

El estudio Una sociedad de propietarios que mañana divulga el Instituto pretende abrir un debate público en torno a alternativas plausibles al agotado modelo de Estado de Bienestar. Según el psicólogo norteamericano Abraham Maslow, los individuos buscan satisfacer sus necesidades, y la victoria en esa lucha abriría nuestro apetito a otras nuevas, de distinto rango. Estas necesidades, empezando por las más básicas, son las fisiológicas, de seguridad, relación, estima y autorrealización. En la actualidad, en los países occidentales, las necesidades más básicas (alimento, vestido, salud o cobijo) están en general superadas y las personas buscan alcanzar y quemar etapas más elevadas. Emergen con mucha más fuerza necesidades de seguridad, como la protección física y económica frente a cualquier contratiempo. En el terreno del afecto y de las relaciones, es una queja habitual la dificultad de compatibilizar el trabajo con la familia y el cuidado de los hijos. En cuanto a la falta de “autorrealización”, muchos son los individuos que se hallan afligidos por la arbitrariedad directiva o la falta de desarrollo personal en trabajos que estiman alienantes.

La sociedad de propietarios busca reforzar el abastecimiento de recursos financieros en el hogar para lograr independencia y seguridad financieras sólidas, gracias a las cuales no deberemos estar al amparo de terceras personas. Para no estar atados al sueldo de un único empleador, temerosos porque peligran nuestras pensiones, agobiados por una actividad laboral que no nos satisface ni nos motiva emocional y profesionalmente, angustiados porque nuestra vida familiar se resiente por falta de tiempo, lo que necesitamos es acumular un patrimonio que nos permita una mayor autonomía económica y de decisión.

La socialdemocracia o el estado del bienestar ha resultado ser un verdadero fracaso en su intento de proveer cualquiera de las necesidades ubicadas en los escalafones más altos que nos explica Maslow. La sociedad de propietarios es un modelo alternativo al propuesto por el Estado con el que se quiere dar más autonomía, responsabilidad y libertad al individuo con el fin de que éste pueda ir satisfaciendo sus necesidades crecientes sin verse sometido a todas las cortapisas que hoy padece. Para ello se aprovecharán las ventajas que el capitalismo ofrece al individuo, especialmente la habitualmente desdeñada participación en la ganancia capitalista, para lo que se necesitará de una adecuada cultura financiera. Si deseamos una seguridad económica no atada a un único salario, retirarnos a una edad más temprana que la que nos fijan los estados, desarrollar actividades profesionales que nos satisfagan más, tener más tiempo para pasar con nuestra familia, mejor educación para los hijos, etc., seguramente debamos acometer cambios en la manera de llevar nuestras finanzas familiares.

Y la forma de hacerlo es emplear la magia de la capitalización compuesta, que requerirá de nosotros que empecemos cuanto antes a ahorrar e invertir lo ahorrado. Para ilustrar las cuantías que nos puede ofrecer un escenario medio, ni demasiado optimista ni pesimista, vamos a simular qué podría alcanzar un trabajador que empiece con el hábito de ahorro e inversión a una edad temprana, a los 25 años, y que separe anualmente 6.000 euros (1 millón de pesetas) durante los siguientes 20 años con el fin de invertirlos podría obtener, unos 41 millones de las pesetas al valor actual. Si a partir de entonces dejara de ahorrar, esa inversión se traduciría en los siguientes 10 años en 80,7 millones de pesetas. Todo esto con una hipótesis realista-conservadora de un 10% nominal de rendimiento anual de las inversiones y un 3% de inflación.

No obstante, el Estado, a través de impuestos y regulaciones, dificulta el proceso creativo y con él la productividad y el crecimiento económico y empresarial, lo que provoca que no obtengamos ni como trabajadores ni como accionistas todo lo que podríamos conseguir. Por eso proponemos la eliminación de requisitos burocráticos a la puesta en marcha de empresas y negocios productivos, una reforma de IRPF que elimine los tramos que desincentivan la movilidad social, eliminación del impuesto a las ganancias patrimoniales y eliminación o exención para los casos en que la base imponible sea inferior a 2 millones de euros de los impuestos sobre sucesiones y sobre el patrimonio.

Este modelo alternativo al estado del bienestar no tiene por qué eliminar el papel de éste en el cuidado de los desamparados, pero tal esfera de actuación quedaría circunscrita a aquellos casos de incapacidad que, fruto del azar o la mala suerte, no queden totalmente cubiertos por el propio trabajo del ciudadano o la acumulación de capital (apoyo familiar, herencia, inversiones anteriores, etc.). Cuidar a quienes lo necesitan de verdad no debe llevar a atarnos a todos al modelo obligatorio impuesto por el Estado.

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Precampaña navideña y derechos humanos

Cada vez con más frecuencia nos bombardean con noticias relacionadas con la violación de los derechos humanos. Políticos de todos los pelajes se unen para denunciar en voz alta semejante brutalidad aquí y allá, con una indignación tal, que finalmente me he sentido abochornada. Sí, confieso avergonzada que no he leído la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Para preparar mi espíritu solidario de precampaña de Navidad, aprovechando que ya están colgados en la Castellana los… ¿adornos navideños con forma de monocadena de ADN?… que ha preparado el candidato no liberal a la Alcaldía de Madrid, he decidido ponerme a ello.

Y, la verdad, más que a las puertas de la Navidad me siento en plena Semana Santa.

Al principio, uno lee con cierta tranquilidad cosas como: "Todo individuo tiene derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de su persona" en el tercero de los artículos, o "Nadie será sometido a torturas ni a penas o tratos crueles, inhumanos o degradantes" en el quinto, y más adelante: "Toda persona tiene derecho a la propiedad, individual y colectivamente" (artículo 17) y se siente reconfortado, civilizado, miembro de una sociedad que ha avanzado lentamente en el transcurso de la historia y piensa en las luces navideñas, en el calvo de la Lotería y en cosas de esas… por poco tiempo.

Se me eriza el vello de la nuca cuando leo esto: "Toda persona, como miembro de la sociedad, tiene derecho –tomen aire– a la seguridad social, y a obtener, mediante el esfuerzo nacional y la cooperación internacional, habida cuenta de la organización y los recursos de cada Estado, la satisfacción de los derechos económicos, sociales y culturales, indispensables a su dignidad y al libre desarrollo de su personalidad" (artículo 22). Y sigue el calvario: "Toda persona tiene derecho a un nivel de vida adecuado que le asegure, así como a su familia, la salud y el bienestar, y en especial –vuelvan a respirar– la alimentación, el vestido, la vivienda, la asistencia médica y los servicios sociales necesarios; tiene, asimismo, derecho a los seguros en caso de desempleo, enfermedad, invalidez, viudez, vejez u otros casos de pérdida de sus medios de subsistencia por circunstancias independientes de su voluntad" (artículo 25). Y me pregunto, ¿con cargo a quién va todo este gasto? ¿Quién realiza ese esfuerzo para que toda persona disfrute del "libre desarrollo de su personalidad"? De manera involuntaria, agarro el bolso con fuerza aún sabiendo que es inútil, no hay nada que hacer… es a mi costa. Con el bolso aún asido, leo los dos últimos artículos: "Toda persona tiene deberes respecto a la comunidad, puesto que sólo en ella puede desarrollar libre y plenamente su personalidad". ¿En esta comunidad, solamente en ésta puedo? Y la puntilla: "Nada en esta Declaración podrá interpretarse en el sentido de que confiere derecho alguno al Estado, a un grupo o a una persona, para emprender y desarrollar actividades o realizar actos tendientes a la supresión de cualquiera de los derechos y libertades proclamados en esta Declaración".

¿Dónde puede borrarse uno de este club? ¿Se puede?

Dice Anthony de Jasay en la introducción a su Justice and Its Surroundings: "A freedom is a freedom and not a right". Según el liberal de origen húngaro, si necesitas definir un derecho para asegurar una libertad, ya no se trata de una libertad propiamente dicha. Más bien, lo que se consigue es convertir la libertad, apuntalada por un derecho, en un privilegio. Tal y como lo plantea, un derecho para alguien siempre implica una obligación para otra persona.

La situación de cada individuo debería ser la consecuencia de la libertad de acción, no el objeto de un sistema de privilegios acordados de manera supuestamente universal que restringe la capacidad individual de elegir, mi poder adquisitivo, mis recursos. El sentimiento de esclavitud es doble cuando, mientras me aseguran el derecho a expresarme, se me prohíbe luchar contra la barbaridad impuesta.

La cosa cambiaría solamente con redactar, por ejemplo, el terrible artículo 25 de esta manera: "Toda persona tiene libertad para dedicar sus esfuerzos y capitales a intentar alcanzar un nivel de vida adecuado que le asegure, así como a su familia, la salud y el bienestar, y en especial la alimentación, el vestido, la vivienda, la asistencia médica y los servicios sociales necesarios; tiene asimismo libertad para acceder, si quiere, a los seguros privados en caso de desempleo, enfermedad, invalidez, viudez, vejez u otros casos de pérdida de sus medios de subsistencia por circunstancias independientes de su voluntad".

Está claro que me equivoqué de bando. En la próxima vida quiero ser damnificada social, y recibir todo eso que ignoraba que es indispensable para mi dignidad y el desarrollo pleno mi personalidad en esta sociedad, por supuesto a costa de otro. Usted, por ejemplo.

El multiculturalista Bill Gates

En distintos grados y medidas, tanto Google como Yahoo como Microsoft han pasado por el aro del totalitarismo comunista, lo que ha sido duramente criticado por Reporteros sin Fronteras.

Ante esta realidad, las empresas podrían adoptar una defensa utilitarista. Como ya argumenté en otra ocasión, en muchas ocasiones tendemos a mirar la realidad de otros países con la perspectiva del nuestro. Como estamos acostumbrados a nuestras jornadas de 8 horas, de lunes a viernes, nos parece inaceptable que haya multinacionales que monten factorías en países atrasados donde los jornaleros trabajen 14 ó 16 horas diarias, sin preguntarnos en ningún momento si esos empleos no son la mejor alternativa que tiene esa gente. Porque resulta que así es; tanto los sueldos como las condiciones de trabajo son mucho mejores en las multinacionales que en las empresas y explotaciones locales. En cuestión de libertades en Internet, lo que cabría preguntarse es si los chinos disponen de una ventana más abierta al mundo gracias a Google, Yahoo y Microsoft que si estas empresas no operaran en China.

Es posible que eso fuera lo que quisiera decir el renuente Bill Gates cuando le preguntaron por la persecución que las autoridades chinas llevan a cabo contra usuarios de Internet y contestó que, al fin y al cabo, interesaba que Internet posibilitara "un mayor acceso a la información disponible en ese país". Sin embargo, se equivoca de cabo a rabo cuando criticó la "tendencia a exportar a otros países las prioridades de Occidente". No es ningún error querer "exportar" la libertad de expresión o las jornadas de trabajo llevaderas con un buen sueldo. Puede serlo, en todo caso, querer imponerlas a toda costa sin tener en cuenta la realidad política o económica de esos países, que puede provocar que esos intentos resulten contraproducentes, pero incluso en ese caso hay que medir nuestras acciones siempre con el objetivo último en mente. Así, la mejora de las condiciones laborales debe ser precedida por un incremento de la prosperidad que la permita. Y la libertad de expresión en Internet en los países comunistas no pasa por sancionar o boicotear a las empresas de Internet, sino en minar la legitimidad de los gobiernos que imponen la censura. En ambos casos, el camino directo que es el que nos haría sentirnos mejor con nosotros mismos puede ser perjudicial.

Esa frase de Bill Gates recuerda demasiado a los mantras multiculturales, esos que aseguran que ninguna cultura es superior a otra y que no se debe juzgar a las demás según los parámetros de la occidental. Es una postura ridícula; las culturas tienen un propósito objetivo, que es servir a las personas, y serán mejores cuanto mejor realicen esa labor. Y si queremos una prueba irrefutable de la superioridad de la cultura occidental la tenemos en el sentido de las migraciones: son personas de otras culturas las que vienen a Occidente y no al revés. Y eso sin tener en cuenta que solemos llamar "occidental" prácticamente a cualquier cosa mínimamente civilizada. La cultura japonesa actual, por ejemplo, tiene poco de occidental, pero como respeta las libertades y la propiedad la colocamos dentro del club. Sin duda porque ha adoptado "las prioridades de Occidente".

Hay algo podrido en el sistema

La gente está harta de la política y de los políticos. Se refleja en los altos índices de abstención electorales y en el desprecio con el que son tratados en las charlas de sobremesa. Si en algo coinciden personas de distintas tendencias es en el rechazo de la clase política y en el hastío que les produce el juego partitocrático. Hay algo podrido en el sistema actual, los ciudadanos lo huelen, lo intuyen, algo no funciona como debería. ¿Qué es? La mayoría lo tiene claro: son los políticos.

"Si los políticos no fueran corruptos", dicen algunos. "Si los políticos realmente se preocuparan por el pueblo", dicen otros. Los males que aquejan a la sociedad desaparecerían, da la impresión, si la presidiera un platónico gobierno de rectos y sabios estadistas. Es una tragedia que, sabiendo que solo nos hacen falta las personas adecuadas para ejercer el poder, no consigamos encontrarlas y otorgarles un mandato. Así la discusión a veces acaba girando en torno a la necesidad de que los gobernantes sean personas con estudios o superen una suerte de examen selectivo. "No puede ser que nos gobierne alguien que ni siquiera tiene un título universitario". O en torno a la conveniencia de las listas abiertas, las consultas populares u otro tipo de reformas que nos acerquen a la "auténtica democracia". Hay quienes perciben que la podredumbre del sistema llega más lejos y en un ataque de rebeldía incluso dejan escapar que una dictadura ilustrada sería preferible a la democracia. En su fuero interno no lo suscriben, pero creen que la propuesta tiene un poso indudable de sentido común. Tampoco es extraño escuchar opiniones que podrían encuadrarse en la categoría de "si yo fuera dictador…".

Pero todas estas cuestiones son secundarias, no responden con acierto a la pregunta: "¿qué es lo que está podrido?". El origen de la podredumbre no son los políticos ni las reglas por las que salen elegidos. No es principalmente un problema del sistema de gobierno o de sus integrantes, es un problema de las atribuciones del gobierno. No es quién ostenta el poder, ni siquiera cómo lo ostenta, es el tamaño y el alcance de este poder. El problema no es qué políticos deciden sobre nuestras pensiones, sobre nuestra salud o sobre la educación que reciben nuestros hijos, el problema es que no lo decidimos nosotros. El Estado se ha arrogado el derecho a elegir por los individuos, y éstos, en lugar de reclamar que les devuelvan lo que es suyo, se han limitado a pelearse por el color de las cortinas. ¿Acaso lo malo del ladrón es que luego no administra bien lo que roba? Lo malo del ladrón es que roba en primer lugar. El problema del Estado del Bienestar no es la bajeza de los políticos y el signo de sus medidas intervencionistas, el problema es que usurpa a los ciudadanos su libertad de elección en primer lugar. Da igual si te sube los impuestos un político con título universitario o sin él, la cuestión es que se incauta de una porción mayor de tu renta justamente ganada. Da igual si una ley que prohíbe la tenencia de marihuana o la eutanasia es aprobada por una mayoría de votantes en un referéndum o una mayoría de diputados en un parlamento, la cuestión es que se trata de tu vida, de tu cuerpo, y nadie tiene derecho a decidir por ti.

Uno no deja de ser esclavo por cambiar de amo, la libertad se consigue rompiendo las cadenas y decidiendo por ti mismo. La gente que toma el Estado intervencionista como algo dado e inamovible y achaca la podredumbre del sistema a los políticos está dejando de contemplar el bosque por fijarse en los primeros árboles. Los políticos son un simple subproducto del sistema. Intuir la podredumbre es, al menos, un comienzo, pero si las causas de la enfermedad no se diagnostican correctamente va a ser imposible curar al paciente. De hecho un mal diagnóstico puede empeorar su situación. Hay algo podrido en el sistema, en efecto, y es el sistema en sí mismo. No basta con criticar a los políticos, es preciso atacar la raíz del problema: el poder estatal. Lo que debemos cuestionar no es la dignidad de tal o cual político, sino el poder que ostenta sobre nuestros asuntos.