Ir al contenido principal

La “guerra” de los sexos

El socialismo discrimina a los individuos por razón de sexo. Este hecho irrefutable no constituiría por sí solo una amenaza, siempre y cuando tal precepto afectara única y exclusivamente al selecto club de los progresistas y allegados al PSOE. Al fin y al cabo, la discriminación es una herramienta que el individuo emplea de forma natural como consecuencia de su capacidad de decisión. Actuar en libertad implica elegir y, por lo tanto, descartar. El problema surge, sin embargo, cuando la legítima subjetividad del individuo es sustituida por una falsa objetividad del Gobierno, impuesta a golpe de decreto.

La Ley de Igualdad, que entrará en vigor en enero del próximo año, es un claro ejemplo de ello. La normativa, ideada por el Ejecutivo con la intención de “hacer efectivo el principio de igualdad de trato y oportunidades entre mujeres y hombres” (art.1), establece la denominada discriminación positiva como fundamento básico de nuestro ordenamiento jurídico. Dicho concepto nace en el seno de la teoría de género, que concibe al colectivo femenino como una “minoría” que se encuentra en una situación de desventaja con respecto a los hombres y, por ello, conforme a sus criterios de justicia, debería ser susceptible de ayuda y protección institucional para poder corregir tales desigualdades. De este modo, legitiman la aplicación de políticas sociolaborales ventajosas en favor de un grupo de individuos por razón de sexo.

Sin embargo, dicha argumentación adolece de una contradicción insuperable: ¿cómo es posible implementar un modelo en el que para mejorar la situación de los más, en teoría, desfavorecidos (en este caso las mujeres) es necesario vulnerar la posición y derechos individuales de los más aventajados (hombres)? De esta forma, se llegaría al establecimiento de una vulneración institucionalizada de derechos individuales inalienables que pertenecen a terceros, lo cual implica una violación en toda regla del fundamental principio de igualdad ante la ley.

La igualdad jurídica formal,propia de la tradición liberal, queda así en el más absoluto de los olvidos: “Todos los hombres son iguales y deben ser considerados y tratados por igual” y “la ley es igual para todos”, base jurídica sobre la que se edifica la concepción del Derecho y del Estado modernos. Según esta misma argumentación teórica, ¿qué impediría a otros colectivos que se perciban a sí mismos como marginados o discriminados, aduciendo simplemente una situación de desigualdad frente a otros, la aplicación legítima de este tipo de medidas? Desigualdad que, por cierto, se configura como elemento intrínseco de la sociedad y de la propia naturaleza humana, y cuya argumentación podría estar basada en una infinidad de criterios: desigualdad económica, social, biológica, física, personal, intelectual, etc.

Se trata, por tanto, de una intervención directa por parte del Estado en el mercado de trabajo, cuyos efectos y consecuencias generan más problemas que beneficios. Y es que, ¿acaso no parece ilógico tratar de imponer a un empresario el tipo o clase de individuos que debe incorporar a su plantilla? ¿No se tiene en cuenta que dicho empresario, en su búsqueda constante de beneficios, tratará de contratar al personal que estime más conveniente y competente para el desempeño de determinadas tareas independientemente del sexo, la raza o la religión a la que pertenezca?

Evidentemente, existen prejuicios a nivel individual que afectan a la hora de tomar este tipo de decisiones, pero ¿de qué legitimidad y superioridad moral goza nadie para poder decidir por otro en aspectos de la vida semejantes? ¿Es que acaso está legitimado el Estado para recomendar o decidir por mí la clase de coche que debo comprar, o el tipo de personas que deben entrar en mi casa, con quién me debo casar, con quién debo hacer negocios? ¿No son éstas decisiones que pertenecen también al ámbito de lo privado? ¿Por qué entonces siendo yo el dueño de mi empresa puede intervenir el Estado a la hora decidir a quién debo ascender o contratar para un determinado puesto?

El papel de la mujer como directiva y empresaria es cada vez mayor, algo impensable hasta hace bien poco; los empleadores son cada vez más conscientes del enorme valor y alta competencia de la mujer en el ámbito laboral, lo cual posibilita el debilitamiento y eliminación de estereotipos de carácter sexista; las empresas son cada vez más conscientes en cuanto a la mejora de las condiciones laborales, como la creación de guarderías en los centros de trabajo, seguros médicos y escolares, bajas por maternidad, etc. Los avances a este respecto son claros y han sido posibilitados por la propia dinámica del mercado y no mediante la puesta en práctica de medidas discriminatorias implementadas por el Gobierno.

El mercado desempeña una esencial función de coordinación social, el único capaz de proporcionar un eficaz equilibrio entre los innumerables deseos individuales (demanda) y la diversa y variada gama de productos, bienes y servicios (oferta), y tal sistema descansa sobre los principios básicos de libertad de acción y establecimiento de acuerdos voluntarios por parte de los individuos. Sin embargo, libertad y voluntariedad no son compatibles con los conceptos de imposición y obligatoriedad por parte del Estado a través de sus políticas a nivel económico y social. El ministro de Trabajo, Jesús Caldera, se ha encargado de desenterrar el hacha… La guerra de los sexos comienza, precisamente, ahora.

El Plan B

Los profesores universitarios españoles estamos de enhorabuena: ya tenemos nuestro Plan A. Y ha sido parto múltiple. Han bautizado a las criaturas con el bonito nombre de PERME. No, no es un diminutivo, significa Planes Específicos para la Renovación de las Metodologías Universitarias. Como buenos planes, y gracias a los dioses, no son una realidad… aún.

Los profesores que disfrutan de un "piloto de Bolonia" y estén leyendo pueden sacar el pañuelo y enjugarse las lágrimas en silencio, pero no lo dejen muy lejos. Un "piloto de Bolonia" es una asignatura en la que la universidad de turno ha decidido aplicar el proyecto de Bolonia, a ver qué tal va la cosa. Y la cosa va como era de esperar. Mal.

Cuando preguntas a cualquier afectado si funciona el experimento ves en sus ojos dolor, cansancio, desesperación, y sobre todo, desconcierto. Los que aún no han sido tocados por la mano de dios y no han vivido esa experiencia religiosa saben que, además de clases magistrales, habrá tutorías y talleres; que se harán encuestas de todo tipo que se sospecha serán manipuladas posteriormente para que las estadísticas cuadren. Ninguno tiene muy claro si alumnos y profesores están preparados para ello, nadie ha preguntado su opinión. Yo sí: "No hay horas en el día para los chicos… ¡ni para nosotros!". Y a partir de ahí, ya no son capaces de articular palabra y vuelven a meter la cabeza en sus papeles, encuestas, trabajos… de todo menos artículos científicos.

También se sabe que habrá asignaturas y en algún caso departamentos que desaparecerán en el proceso. Los candidatos no saben si serán "asimilados" o qué, y mientras tanto, siguen enseñando con los incentivos en proceso de extinción acelerada. La Historia del Pensamiento Económico sale gravemente herida, tal y como se recalcó en el último congreso de la European Society for the History of Economic Thought, que tuvo lugar en Oporto el pasado abril. Trato de imaginarme ilustres profesores como Adam Smith, Carl Menger, Lucas Beltrán y tantos otros aplicando Bolonia. No soy capaz.

Los profesores liberales que además de decirlo en determinados círculos o cuando conviene, ejercen de ello, y que actualmente, son discriminados y apartados en un despacho o en un departamento marginal de alguna universidad pública del sur o del norte de Madrid, por poner un par de ejemplos, van a tener que echarle imaginación para no serlo más aún. Si hoy en día ser simplemente liberal y anti-keynesiano te cierra puertas de departamentos en todas las universidades europeas, cuando la burocracia del proyecto de Bolonia pida cabezas está claro cuáles van a rodar primero.

Pero seamos positivos y dejemos los temas políticos a un lado. Nuestro Plan A, el PERME, va a constar de una oficina donde se va a concretar la política de liderazgo, concentración de esfuerzos y asunción de responsabilidades que se pretende promover y visualizar. Esto es lo que nos dice en la página 127 el documento "Propuestas para la Renovación de las Metodologías Educativas en la Universidad" publicado por el Ministerio este mismo año. Liderazgo, esfuerzos y responsabilidades… Entre nosotros, ¿serán capaces de ofrecer lo que exigen? Más adelante, como quien no quiere la cosa y sin avisar, llega el veneno: el presupuesto de la oficina debe permitirle actuar y son las actuaciones que realice y promueva las que dan sentido a su existencia y la justifican. ¡Estamos perdidos! Léanlo otra vez, ¿a que asusta?

De nuevo el Estado despliega su manto y esta vez hace desaparecer al profesor universitario del escenario. Es un verdadero drama que, de salir adelante, haremos pagar a las generaciones futuras. La labor del maestro en la universidad es básica, determinante, imprescindible. Lo saben los privilegiados que tienen uno. Ante esta situación ¿Cuál es nuestro Plan B?

Con permiso de los austriacos, cito a un maestro: En todas las zonas en las que hay mezcla de nacionalidades, la escuela es un premio político de la mayor importancia. No se le puede eliminar su carácter politico mientras siga siendo una institución pública y obligatoria. Hay, de hecho, una única solución: el estado, el gobierno, las leyes no deben de ninguna manera ocuparse de la educación o la escolarización. Los fondos públicos no deben ser empleados para esos propósitos. La instrucción y educación de la juventud debe ser dejada completamente a los padres y a instituciones y asociaciones privadas.

Y al mío, le dedico una frase de la canción "Plan B" de los ochenteros Dexys Midnight Runners:

Forget their plans / and their demands/ PLAN B/ They’re testing you – but don’t worry.

No llores por mí, argentino. Llora por todos.

Windows “State” Vista

Pese a que la versión final deberá ser completada el 25 de octubre, según las fechas a las que se ha obligado el gigante de Redmond, la semana pasada Microsoft ha accedido a hacer algunos cambios para complacer a la Unión Europea o, para ser más exactos, a las compañías de software que se han quejado a la Unión Europea.

Es un hecho frecuentemente olvidado que, pese a la retórica sobre la defensa de los consumidores con que se suelen defender, las leyes de regulación de la competencia nacieron históricamente debido a la presión que empresarios poco eficientes ejercieron sobre políticos como el estadounidense John Sherman. Algo parecido sucede aquí. Empresas creadoras de software como Adobe, McAfee y Symantec han protestado por diversas tecnologías que Microsoft planea incorporar tanto a Vista como al próximo Office porque les dificultan la vida. Adobe, principalmente, porque el próximo Office permitirá guardar los documentos como PDF directamente, algo que los usuarios agradecerán. Pues no, al final Office no incorporará esa capacidad gracias a la labor de cabildeo en Bruselas. Sin duda, los usuarios estarán enormemente agradecidos a la Comisión de que les haya librado de esa característica tan molesta.

Lo de las empresas de antivirus es aún más escandaloso. Vista incorporará en sus versiones de 64 bits (que previsiblemente no vayan a ser las más vendidas ni mucho menos) una tecnología llamada Patch Guard, cuya misión es impedir que nadie, absolutamente nadie, Microsoft incluida, pueda cambiar el núcleo del sistema operativo mientras éste está funcionando. No creo que haya nadie con mínimos conocimientos de seguridad que piense que es algo perjudicial. Pero perjudica, parece ser, al negocio de estas empresas, de modo que tendrán que diluir esta mejora incorporando sistemas para que las aplicaciones de estas compañías puedan acceder al núcleo; esas empresas y cualquier otro con peores intenciones, claro.

En cuanto al sistema operativo en sí, he estado probando la última versión previa a la final. Lo cierto es que no me han funcionado demasiadas cosas; el Live Messenger de la propia Microsoft se cerraba cada dos por tres y ni siquiera funcionaba el instalador de Flash para Firefox, lo que le hace a uno dudar de la calidad de la versión final, demasiado cercana en el tiempo a ésta. Me ha parecido un sistema más cómodo que XP y mucho más espectacular visualmente, aún sin llegar a los extremos de Mac OS X o Linux empleando XGL/Compiz. Reconoció él sólo todo mi hardware y la configuración de red, lo que hizo mucho más cómoda la instalación comparada con la de XP. Quizá la mayor mejora de productividad sea la inclusión de buscador en prácticamente todos los sitios donde quepa imaginarse uno. Pero quizá sea mejor esperar a la versión final para hacer un juicio completo.

Muchos auguran el fracaso de este nuevo lanzamiento, que ha provocado el escepticismo en buena parte de su clientela natural. Puede ser, aunque también es cierto que con Windows XP sucedió lo mismo y ahora está instalado en la mayoría de los ordenadores personales de los escépticos de entonces, yo incluido. Lo cierto es que se dan algunos cambios con respecto a 2001. Primero, la importancia del sistema operativo es menor que entonces, debido a que casi todo lo hacemos en Internet. Segundo, ahora Microsoft tiene una mucho mayor competencia  por parte de Apple. Y tercero, Vista es mucho más caro e incorpora numerosas restricciones a lo que el usuario puede hacer de las que carecía XP, como las medidas antipiratería o la gestión de derechos digitales (DRM). Pero aún así me da que va a ser un éxito. Eso sí, puede que el último.

Ludwig von Mises, un héroe de la libertad

Aun así, aquel suceso histórico hizo que muchos acabaran reconociendo que se habían equivocado. Entre ellos se contaba uno de los más célebres economistas, Robert Heilbroner: en una entrevista publicada por el New Yorker reconoció que en el debate entre capitalismo y socialismo había un claro vencedor: el libre mercado. Y remachó diciendo que "el socialismo había sido la gran tragedia del siglo XX". Semejante confesión fue más allá de lo que algunos esperaban: y es que incluso se atrevió a manifestar que Ludwig von Mises "tenía razón".

Mises (1881-1973) fue una especie de Casandra de la economía: previó buena parte de los acontecimientos del siglo pasado. Con varios años de anticipación advirtió de la crisis que en 1929 provocaría el famoso crash bursátil. Otro tanto podría decirse de su agudeza al predecir el fracaso de las economías socialistas.

Lo que acabó por hacer quebrar la fe marxista de Heilbroner la tesis de Mises de que el socialismo equivale a la abolición de la economía racional. Al no existir propiedad privada bajo el socialismo, el Estado se erige en supremo gestor de la economía y decide qué se produce, en qué cantidad y cómo se distribuye. Sin precios libremente formados en el mercado, Mises descubrió que no se pueden asignar los factores de producción a la fabricación de uno u otro producto, ni calcular los costes ni, mucho menos, satisfacer la demanda de los consumidores.

Como advirtió nuestro personaje, el socialismo era desastroso porque atentaba contra todos los incentivos que permiten la cooperación social, empezando por la división del trabajo, que quedaba coartada por las decisiones estatales (al ser el Estado el único empresario), o el afán de lucro (no había beneficios, sino pérdidas, que repartir entre la sociedad).

Con una ironía sin par, Mises descubrió que el Edén de la abundancia con que la izquierda llenó miles de páginas se convertía en un "gigantesco servicio de Correos" donde todos, "excepto uno", acababan por ser "empleados subordinados de una oficina". Aunque, en realidad, más que a burocratizar la sociedad, a lo que se dedicaba vehementemente el socialismo era a esclavizar a las personas hasta el punto de dejarles una sola libertad: la de suicidarse.

¿Pero qué se podía esperar de una ideología que, so pretexto de mejorar el destino de las personas, negaba a éstas la libertad de decidir sobre sus vidas? Con la abolición de la propiedad privada se destruía la esencia del individuo, al que se impedía actuar en consonancia con sus ideas.

La intransigencia de Mises, la convicción con que se opuso al socialismo, le llevaron a proclamar: "Nadie tiene derecho a meterse en la vida ajena para mejorar, contra su voluntad, la suerte del otro; tampoco es lícito alegar farisaicamente que lo que se persigue es el bien ajeno cuando lo que realmente se busca es el interés propio". Así resumía lo que los liberales llevaban siglos defendiendo: el derecho de cada uno a vivir como desee, con el único límite de la propiedad privada.

También consiguió insuflar nuevos bríos al liberalismo con su exposición de los beneficios sociales que genera el interés individual. Pensemos por un momento cómo el aparente egoísmo de un empresario libera a los trabajadores del esfuerzo de tener que ahorrar, abrir una empresa y esperar a que los productos se fabriquen y vendan. Incluso, y en contra de lo que sostenía Marx, podemos apreciar que los trabajadores nunca son los propietarios de los productos que ayudan a fabricar, pues ha sido el capitalista quien ha organizado la producción, asignado las funciones a cada uno, estudiado el mercado, buscado los clientes y, mucho antes de conseguir colocar la mercancía en el mercado, pagado el salario a sus empleados. ¿Cómo es posible, entonces, hablar de explotación capitalista?

Es más, podemos calificar el libre mercado como una democracia económica, en la que los consumidores votan cada día. Ellos deciden lo que se produce. Ellos elevan o hacen caer en desgracia a las empresas. Al contrario de lo que piensan los enemigos del capitalismo, no son las corporaciones quienes colocan los productos mediante la publicidad, porque, aunque quisieran, no podrían ejercer tal dominio en la sociedad. Pensemos en un caso paradigmático, el de Coca-Cola. Nadie duda de que estemos ante una de las marcas mejor asentadas en el mercado. Es más, podríamos atrevernos a decir que cualquier cosa que produzca triunfará, ¿no? Si ganar cuotas de mercado únicamente dependiera de la publicidad, entonces la Cherry Coke seguiría en las estanterías de los supermercados y se encontraría en cualquier bar o restaurante. Sin embargo, no es así. Mises descubrió que el verdadero poder era el del público, lo cual obligaba a los empresarios a satisfacer las necesidades de los consumidores.

Los votos sí que cuentan en el capitalismo. En las democracias actuales, en cambio, apenas valen algo, porque ni podemos controlar a nuestros políticos ni, mucho menos, elegir lo que realmente nos gusta. Aun así, todavía hay quien sigue creyendo que el poder del Estado debe extenderse lo máximo posible, para limitar el poder de las empresas.

Mises, anticipando lo que posteriormente escribieron los economistas de la elección pública, como el Nobel James Buchanan, señaló que el pie invisible del Estado suele trastabillar cuando se ocupa de algo más que defender la propiedad y hacer cumplir la ley.

Afortunadamente, no se limitó a explicar por qué el Estado es ineficiente per se, también nos recordó éste se dedica a legitimar el robo, quitando a unos para dar a otros. Al final, el organismo que, en teoría, tiene como objetivo proteger a los ciudadanos del robo legaliza el saqueo y crea una sociedad en la que, como señaló un célebre francés, "todo el mundo se esfuerza en vivir a expensas de todo el mundo".

Esta es una de las claves del socialismo. Otra sería que defiende la envidia igualitaria, que permite que muchos se sientan felices viendo cómo se esquilma a aquellos a quienes detestan por sus logros. Pero la más convincente es ésta: la izquierda siempre apela al sentimiento, a las emociones, despierta al hombre primitivo que todos llevamos dentro. El liberalismo, por el contrario, tiene que afrontar un notable hándicap, pues no promete paraísos donde los océanos se conviertan en limonada.

Convendría que todos los liberales asumieran el lema de Virgilio que cautivó a Mises: Tu ne cede malis sed contra audentior ito (nunca cedas ante el mal, antes bien, combátelo con mayor audacia")… Sólo así ganaremos la batalla intelectual más importante de todos los tiempos, la que enfrenta a los defensores del capitalismo con quienes se oponen a este sistema bajo cualquier excusa, por peregrina que sea.

Ludwig von Mises sigue siendo, 125 años después de su nacimiento, es uno de los grandes héroes de la libertad. Por buscar la verdad padeció el ostracismo intelectual, aunque con el tiempo acabó siendo elogiado por premios Nobel como Friedman o Maurice Allais; y en España ha llegado a inspirar a la única personalidad política que defiende abiertamente el liberalismo, Esperanza Aguirre. De ellas son, precisamente, estas palabras, tan oportunas: 

Mises advirtió que la supervivencia de nuestra civilización depende en muy gran medida de nuestra capacidad para convencer a la opinión pública de que sólo una auténtica democracia liberal y una verdadera economía de mercado pueden garantizar la libertad, el bienestar y el progreso de la Humanidad.

El cuidado de los pobres no justifica el Estado del Bienestar

En ausencia de Estado del Bienestar nadie velaría por los más pobres. Las capas menos favorecidas no pueden acceder a la sanidad o a la educación privada, sólo el Estado del Bienestar es capaz de garantizar a los pobres los servicios básicos. Ésta es quizás la principal objeción al liberalismo planteada tanto por sus detractores como por aquellos que, aun simpatizando con sus tesis en general, no ven claro que el destino de los más necesitados esté a merced, por ejemplo, de la caridad privada y no al amparo del sector público.

En primer lugar, concediendo a efectos dialécticos que esta objeción sea válida, es preciso aclarar que el cuidado de los pobres en una sociedad desarrollada no exige un Estado del Bienestar, sino a lo sumo una red de asistencia pública mínima que procure atención a esta minoría desfavorecida. En otras palabras, la objeción de los pobres no es un argumento en contra de un Estado poco intervencionista como pretenden algunos, en contra de la privatización de la sanidad, la educación o las pensiones, en todo caso es solo un argumento a favor de un sistema de cheques o subsidios selectivos a los más pobres.

Ahora relajemos esa concesión y preguntémonos si es cierto que en ausencia de intervención estatal los pobres se hallarían desamparados y padecerían más de lo que padecen en la actualidad.

La gente asume que el Estado cuida de los pobres y raramente se plantea la posibilidad inversa, que sea su mayor lastre. ¿Por qué tendrían los gobernantes que preocuparse de los más pobres, que carecen de peso político, en lugar de fingir hacerlo y servir en realidad a otros intereses? Las leyes de salario mínimo y las regulaciones laborales elevan los costes laborales, reduciendo los salarios de la gente y condenando al paro a los menos productivos. Las licencias y los permisos para entrar en un sector restringen la competencia y encarecen servicios como la sanidad o los transportes metropolitanos. La regulación del suelo encarece la vivienda y el proteccionismo encarece la comida. Los impuestos indirectos, que cada vez tienen un peso mayor en el organigrama fiscal, son regresivos y se ceban en los más pobres. La subida de los precios provocada por la expansión crediticia es siempre asimétrica y afecta especialmente a las personas de rentas más bajas, que ven subir los precios de los bienes que compran antes de que hayan subido sus salarios. Las regulaciones y los impuestos en general socavan la acumulación de capital y el florecimiento de nuevas oportunidades de negocio. ¿Es así como el Estado ayuda a los más pobres?

Algunos se fijan en las rentas netas de los individuos y en los precios de la sanidad o la educación privadas hoy y concluyen que los pobres (y los no tan pobres) no pueden tener acceso a estos servicios a menos que el Estado se lo proporcione. Pero no se trata de valorar si en el contexto actual los pobres (y los no tan pobres) pueden pagarse una sanidad o una educación privada, sino si podrían en otro contexto, en un contexto no-intervenido. ¿La renta neta de las capas menos favorecidas sería la misma si no hubiera impuestos y los trabajos estuvieran mejor remunerados? ¿La oferta y los precios serían los mismos en un marco enteramente competitivo, en el que no satisfacer a los consumidores comporta la quiebra en lugar de más fondos públicos?

Aunque en un libre mercado sin restricciones se generara más prosperidad para todos y hubiera menos pobres, es posible que continuara habiendo una bolsa de gente que por sí misma no fuera capaz de pagarse determinados servicios básicos. Defender la asistencia pública alegando que en la actualidad la caridad privada se revela insuficiente para afrontar estos problemas supone, de nuevo, caer en el error de pensar que en un contexto no intervenido el volumen de donaciones (y la forma de canalizarlas) sería equiparable al que resulta en presencia del Estado del Bienestar. ¿Acaso los ciudadanos no podría destinar más dinero a beneficencia si su renta fuera más elevada y apenas pagaran impuestos? Tampoco debemos olvidar el efecto "crowding out" del Estado: el Estado no complementa la iniciativa privada, la desplaza. La única razón por la que mucha gente se muestra pasiva ante los pobres es que da por sentado que el Estado ya cuida de ellos (sic) y cree que en cualquier caso ya hace bastante pagando sus impuestos. Por otro lado, las organizaciones sin ánimo de lucro que dependen de donaciones voluntarias tienen más incentivos para proceder honesta y eficientemente que el Estado, que no depende de las donaciones de nadie. A la ONG corrupta puedes retirarle tu favor, al Estado no puedes dejar de pagarle impuestos.

El argumento de los pobres adolece de una curiosa paradoja. Quienes lo plantean suelen decir: "yo ayudaría a los pobres, porque a mí me preocupan, pero no confío en que los demás hagan lo mismo, así que el Estado debe intervenir para garantizar esa ayuda a los pobres". Pero la inmensa mayoría de gente opone la misma objeción al liberalismo, por lo que tenemos al 99% de la gente diciendo que ellos ayudarían a los pobres, pero los demás no. ¿Es razonable pensar que en un contexto en el que el 99% dice personalmente estar dispuesto a ayudar a los pobres nadie lo haría? ¿Todos se comportarían exactamente como temen que se comporten los otros? Si la gente es en efecto sensible a la pobreza lo iluso no es tanto creer que habrá personas dispuesta a ayudar a los necesitados como asumir que los gobernantes tienen inclinaciones más altruistas y que la letanía de políticas del Estado del Bienestar favorece a los pobres.

Una vía accidentada

Nadie se ha preguntado, viendo cómo estas tragedias se suceden, si la gestión pública del transporte por tren es la más adecuada. ¿Imaginan que alguno de estos accidentes hubiera tenido lugar en Gran Bretaña? Todos los informativos abrirían con lamentaciones sobre la "polémica" privatización del sistema ferroviario.

Los accidentes son parte de la vida, pero ¿no podemos hacer algo para mejorar la seguridad en las comunicaciones ferroviarias? Hay una respuesta para la que no hace falta mucha imaginación, y que es la primera que se da en este tipo de situaciones: gastemos más dinero público. Pero el gasto da resultado sólo si se utiliza bien, algo para lo que la burocracia carece de incentivos y de ese conocimiento relevante que sólo se adquiere en el mercado. ¿Qué hacer, entonces?

Con discreción, casi con silencio, se han cumplido diez años de la privatización de los servicios ferroviarios en Gran Bretaña. Una ocasión perfecta para mirar atrás, algo que ha hecho la Asociación de Compañías Operadoras de Tren (ATOC) de Gran Bretaña, con varios informes. Desde 1996, cuando se privatizó, el transporte ferroviario ha crecido como en ningún otro país europeo: un 41% en pasajeros y casi un 60% en mercancías. La red ha sumado en estos años en 19 nuevas líneas y 51 estaciones y está en el mayor proceso de renovación de su historia, del que se reemplazarán 4.800 vehículos.

Se dirá que sólo invierten porque las 25 operadoras actualmente en servicio quieren ganar más dinero. Y es cierto. Compiten con otras vías de comunicación, y tienen que ser lo suficientemente competitivas. Pero ello incluye también a la seguridad, en la que han invertido más de 750 millones de euros.

El éxito ha sido notable: Desde 1996 la siniestralidad no ha dejado de caer, y es hoy una de las más bajas de Europa, que no llega al 0,1 por ciento por cada millón de kilómetros. Por el contrario, si miramos qué países encabezan la siniestra lista de quienes que tienen más accidentes, encontraremos siempre a países con una gestión pública del servicio ferroviario. Por única solución propuesta, más dinero público y más regulaciones.

La vieja idea de que las empresas no gastan en seguridad porque les cuesta dinero es un viejo mantra del intervencionismo, que no entiende cómo se comporta una empresa cuando tiene que competir con otras para ofrecerle más y mejor transporte, sí, pero también mayor seguridad. Siempre parte de la idea de que el burócrata es más listo y sabe más y mejor de las necesidades de cada ciudadano que cada uno de ellos. Así, prefiere tomar él las decisiones. Pero la gente sabe decidir por sí misma, y elegirá, si tiene varias opciones, entre aquellas que le ofrezcan cierta seguridad. En Gran Bretaña pueden hacerlo, y les va bien. Han elegido la vía adecuada.

Para tontos

Si usted ha pasado por la experiencia de ver la primera entrega de esta serie y ha salido convencido, hágaselo mirar. Porque está hecha para tontos. Para lerdos, estólidos y analfabetos funcionales. Para gente sin criterio. Para los estudiantes de la LOGSE, para quienes se dejan llevar con dos de hilo. Pues incluso quien esté en contra de la libertad de comercio en todo el mundo pero gaste más de dos dedos de frente se habrá percatado de la pobreza de ideas de esta pieza.

El documental salta de tema en tema, sin relación lógica o de otro tipo, y en cada apartado vemos a varios voceros contra la globalización, cada uno más miserable que el anterior, que a falta de argumentos lanzan (con el gesto muy serio) banales consignas para que se refuercen unas a las otras. Prietas las filas; sin diversidad de opiniones ni siquiera dentro del campo de los serviles: la ultraderecha y los nacionalismos son tan antiliberales y tan antiglobalización como ellos, pero no han sido invitados. Por toda oferta, los viejos mantras marxistas, que se resisten a morir; a compartir el destino de sus cien millones de víctimas. Como le parecen pocas, como el mundo crece y se ensancha, se libera de las ataduras del control político y con ellas de la miseria a que éste le condenaba, el marxismo, con nuevos viejos ropajes, reaparece para intentar frenar la globalización. Para detener este proceso extraordinario de integración económica en esa red de relaciones voluntarias que es el mercado, y que está llegando a áreas nuevas y liberando de la miseria a centenares de millones de personas.

¿Que no se cree que este bodrio esté hecho para tontos? Mire: presentaban al mundo como una víctima propiciatoria de las grandes corporaciones, que todo lo controlan; desde los gobiernos, pobres marionetas a sus órdenes, hasta los medios de comunicación. ¿Cree que explicaron cómo es posible que se dé un hecho tan extraordinario y tan notable y del que el común no nos damos ni cuenta? Más: Susan George nos advierte de lo malos que son los capitales explotadores. Tan, tan, tan malos, que para hacer daño a un país son capaces de huir. ¿Pero no hemos quedado en que el capital es malo y explota a la gente? ¿No le hará bien a las sociedades de las que huye? ¿En qué quedamos? El televidente tonto, al que dedico este artículo, ni se lo habrá planteado.

Esta democracia no sirve, claro está. El gran demócrata Saramago identifica la democracia con el control por el Estado de nuestras vidas. Taibo se escandaliza cuando dice que "están desapareciendo los controles". Pérez Esquivel dice que la democracia es como un cocinero que convoca a los animales que va a cocinar y les pregunta "¿con qué salsa queréis que os cocine?". Esquivel, ¿preguntan tus amadísimos terroristas a sus víctimas con qué arma quieren ser asesinadas?

Pero eso, ni el tonto ni Esquivel se lo plantean. Como los demás, cree que "otro mundo es posible". El que se hundió cuando en una ocasión nadie pudo detener a un grupo de ciudadanos que quiso derribar el muro que les impedía huir a la libertad. A esa tiranía se refiere Beneyto cuando critica el "neoliberalismo" (suenan acordes de peli de miedo de serie B, cuando se le menta en el documental) y se duele de que con el "arrumbamiento de los valores de la izquierda hemos perdido los valores éticos". Los del Gulag, vaya.

En toda la pieza propagandística no se encontrará ni una explicación de por qué el intercambio voluntario, que es la célula del mercado, nos hace más pobres. Por qué la empresarialidad y la iniciativa privada nos lleva a la miseria. Por qué ahorrar y destinar el capital acumulado a nuevos proyectos más productivos nos hunde en un mar de privaciones. Ni una única razón de por qué debemos dejarnos controlar por el Estado. Ni un solo dato de cómo está evolucionando la pobreza en el mundo. Da igual: nada de esto se le pasa por la imaginación al tonto. Si la realidad es que el hambre y la pobreza remiten, miramos a otro lado, intercalamos unas cuantas imágenes con cuatro consignas, y a correr.

Corren tiempos de censura

Una de las palabras que últimamente se han puesto de moda es crispación. Los intelectuales recurren constantemente a ella para acallar a todo aquel no piensa como él o no defiende unos modelos concretos de sociedad perfecta e igualitaria. Creen ingenuamente que, acallando a una persona (¡el demagogo!) o a un grupo de inconformistas, la sociedad quedará sin ideas y los individuos que la componen se verán obligados a seguir el pensamiento único de la autoridad.

La restricción de la libertad de expresión por parte del gobierno lo tenemos en los órganos de censura como el ALM de Alemania, la FCC de Estados Unidos o el CAC y el Consejo Audiovisual de Navarra de España, entre muchos otros. Los intelectuales, siempre defensores de su mecenas y guardián, el Estado, no dudan en apoyar este tipo de restricción tomando como excusa la salvaguarda de la salud moral e ideológica de la sociedad, de la que que de alguna forma surrealista creen sentirse protectores. Opinan alegremente que, acallando al demagogo, al activista o a grupos inconformistas con el establishment, eliminarán la voluntad de las personas para así poder introducir sus valores morales mediante leyes y el uso de la fuerza. Esta forma de razonar implica que la libertad es un mal innecesario y que los hombres han de ser guiados como robots en su forma de pensar y comportamiento.

Curiosamente, los que así discurren, los que creen que la sociedad como conjunto es idiota e incapaz de asumir responsabilidades propias pretenden colocar como jerarca supremo a otro idiota según su racionamiento, esto es, a un componente de la propia sociedad (que, por definición, consideran idiota). La consecuencia lógica no es más que un dictador idiota que gobierna a otros idiotas, pero mientras que la primera parte es cierta, puesto que al tomar responsabilidades globales que no recaen sobre uno mismo se genera corrupción y compra de intereses y, por lo tanto, inhibición de responsabilidades, la segunda es falsa ya que la responsabilidad es lo que hace al hombre sabio en sus acciones buscando siempre la felicidad moral, material e individual. Y es que la felicidad sólo puede ser un concepto individual, nunca un resultado de agregados sociales tal y como pretenden los intelectuales y el gobierno. No puede existir visión más irrealista, utópica y dañina que imponer la felicidad a base de prohibiciones y leyes.

Pretender hacer ver que la existencia del inconformista, del demagogo, del crítico con el establishment o de cualquier figura contracorriente es el creador de la crispación es precisamente la inversa a la real: ha de existir cierto espacio popular ideológico que permita este tipo de opinión crítica; si no, muere. Siempre y cuando esta voz no sea introducida por los medios políticos, esto es, los medios de la agresión unilateral y la represión.

Por otra parte, la censura en manos del estado e intelectuales pretende abolir las responsabilidades individuales para transferirlas a la elite dominante. La prohibición de contenidos a ciertas horas para proteger la "delicada" mentalidad de los menores es considerar que los padres no aprecian ni sienten amor suficiente a sus hijos como para que ellos puedan elegir qué han de ver y qué no han de ver, siendo además una labor totalmente vana y absurda. El claro ejemplo de no usar palabras malsonantes en horario infantil es un claro ejemplo; son precisamente los niños los que más insultos usan en su vida cotidiana. También es absurdo creer que el burócrata puede sentir más amor por los hijos de los demás que los propios padres. El alto burócrata no es más que un dictador (de la moral y la producción) que sólo sirve sus intereses.

La lobotomización mediática de la sociedad es un intento de imponer el pensamiento único, crear una sociedad de esclavos y sirvientes a los intereses del intelectual y del Estado. En la diversidad más pura y en la libertad está la armonía –que no significa felicidad– porque así cada uno puede expresar aquello en lo cree de forma abierta. Permitir tal armonía es precisamente lo que no quieren hacer ni los intelectuales ni el Estado, ya que de existir plena libertad individual, se quedarían sin poder ni dinero.

Lo que va del dicho al hecho

Reconozco que la frase puede parecer abiertamente subversiva en un momento en el que el diálogo con la banda terrorista se ha convertido en el eje de la política nacional, pero sepan que no está sacada de ningún discurso de Mayor Oreja, ni siquiera de una conferencia de Aznar por tierras norteamericanas, sino de la página cuarenta y seis del programa electoral del PSOE para las elecciones de marzo de 2004.

A partir del 14-M, vaya usted a saber por qué (o mejor, no vaya), Zapatero llegó a la conclusión de que la clave para solucionar el problema del terrorismo de la ETA no era lo que proponía con tanto ahínco en su programa, sino exactamente todo lo contrario. De la "acción policial decidida y constante" hemos pasado al chivatazo para sabotear operaciones antiterroristas, de la "eficaz cooperación internacional" a llevar a Batasuna bajo palio al parlamento europeo para que explique las bondades de la rendición del Estado de Derecho y de "la movilización de los ciudadanos y la unidad de los demócratas" a desacreditar desde el gobierno y sus terminales mediáticas todas y cada una de las protestas ciudadanas en contra de la negociación con la ETA.

Sólo hay dos personas en España que se leen los programas electorales, José Luis Balbín y yo. El inolvidable director de La Clave, que acompañó a tantos adolescentes en su tránsito al pensamiento adulto, lo hace para decidir su voto. En mi caso, utilizo esas lecturas para comprobar los atentados contra la gramática castellana y vacunarme contra ellos en la medida de lo posible, un objetivo mucho más útil que el decidir a quien castigar con el voto, según yo lo veo. Luego pasa lo que pasa, se cotejan los mensajes electorales con las decisiones de gobierno y los partidos quedan en evidencia.

¿Qué pasó tras el 14-M para que el PSOE diera un giro de 180 grados (un progre diría de 360) en un asunto tan importante como la lucha antiterrorista? Pues sencillamente el hecho de ganar las elecciones, algo que nadie creía posible hasta la mañana del 11 de marzo de 2004. En esa clave hay que interpretar todo lo que ha ocurrido después.

También hablaba el programa electoral del PSOE, dentro del mismo capítulo, de mantener "el apoyo moral y material a las víctimas de la violencia terrorista", cuya aplicación práctica una vez llegado al gobierno fue el nombramiento de Peces Barba y los ataques constantes contra el presidente de la Asociación de Víctimas del Terrorismo.

Decía Tierno Galván que los programas electorales están para no cumplirlos, pero lo que ha hecho Zapatero con su programa del 2004 es ya una obscenidad. El viejo profesor debe hacer palmas con los metatarsianos desde el más allá.