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Intervencionistas a todo tren

En realidad, la única diferencia respecto al modelo estatal era que, a partir de su privatización, el servicio sería prestado por empresas privadas, cuyo beneficio dependería exclusivamente de la eficiencia con que satisficieran las necesidades del consumidor. Quiero decir que las leyes de la física seguirían siendo las mismas, aunque los trenes no fueran ya más conducidos por funcionarios malhumorados. Recuerden lo que hemos repetido tantas veces en esta columna: la Naturaleza no es nada, nada, nada progresista. Se siente.

Recientemente se han cumplido diez años desde la privatización de los ferrocarriles británicos. Pues bien, para asombro de los profetas del apocalipsis ferroviario, la realidad ha sido exactamente la contraria. Gran Bretaña ha experimentado en estos diez años, de largo, el mayor crecimiento en transporte ferroviario de toda Europa, con veinticinco compañías privadas operando en el sector, mientras que la proporción de accidentes no ha dejado de reducirse hasta situarse en una de las más bajas de Europa, 0’1 accidentes por millón de kilómetros recorridos (por poner un caso cercano, en España la proporción de siniestros es exactamente el cuádruple).

El problema de la izquierda es que reduce su discurso a que las cosas se hagan según su método, aunque el resultado sea el contrario del previsto. Su receta es siempre ceder el control de los asuntos al poder político. Si hay un problema, el gobierno crea un organismo (generalmente un "observatorio", que ya es tener humor), se sangra un poco más el presupuesto a costa del bolsillo de los ciudadanos y se proclama que todo está en vías de solución. Por supuesto, la intervención estatal no hace más que agravar la situación, pero para eso el progresismo también tiene una respuesta preparada: "Las cosas están peor, sí, ¡pero aún lo estarían mucho más si no nos hubiéramos encargado nosotros de su cuidado!"

La avalancha del marxismo pasó, pero aún quedan sus sedimentos. Conviene sacar el recogedor y acabar de limpiar los restos, aunque sólo sea por higiene social. En otras palabras, hay que dejar de tener miedo a la libertad y levantar de una vez el tabú de la palabra "privatización". Los países que tienen la valentía de dar ese paso y soportar el primer sarampión de las protestas de la izquierda, ganan en eficiencia y sus ciudadanos se ahorran un buen dinero que pueden destinar al consumo, a la inversión o al ahorro. El dinero donde mejor está es en el bolsillo de los contribuyentes. Sobre todo cuando la alternativa es gastarlo mal para ofrecer unos servicios paupérrimos. En España sabemos algo de todo esto.

El poder de las ideas

Cuando uno defiende ideas a contrapelo del discurso dominante, sobre todo al llegar a cierta edad, acaba adquiriendo un grado quizás excesivo de escepticismo. Esa especie de conciencia de que tus ideas nunca van a triunfar, lejos de provocar frustración proporciona una gran tranquilidad de espíritu. Ya no luchas para cambiar el mundo; al contrario, te refugias en sus certezas intentando que el mundo no te cambie demasiado a ti.

Sin embargo, eso significa infravalorar la potencia espiritual de los principios que llevas defendiendo toda tu vida: la libertad del ser humano frente al poder del estado, lo individual frente a lo colectivo, el orden natural frente a la ingeniería social, el derecho a ordenar tu vida según tus propios principios y no bajo el dictado de la corriente contracultural del momento…

¿Las ideas liberales no van a triunfar jamás en nuestras sociedades? Bien, probablemente estemos equivocados; esté equivocado.

Estos primeros días de octubre, unos locos independientes hemos organizado en Murcia un ciclo de conferencias para explicar los principios filosóficos del liberalismo. La primera sorpresa ocurrió cuando a la conferencia inaugural (a las 18:30 de la tarde, en Murcia y con 37ºC de temperatura en los termómetros) asistieron en torno a cincuenta personas. En mis fantasías más delirantes esperaba justo la mitad, mientras rezaba para que al menos hubiera diez asistentes y la afrenta a mis invitados no fuera excesiva.

Mientras en esa conferencia inaugural el Maestro Huerta de Soto desgranaba sus argumentos como andanadas con munición de diamante, yo me daba cuenta de la extraordinaria potencia de nuestras ideas. No por brillantes, que también lo son cuando las exponen los genios, sino porque sencillamente son las únicas que explican la realidad de un modo satisfactorio. El ser humano tiende a la libertad, no a la esclavitud, a la autonomía individual, no al vasallaje de unos cuantos iluminados. Por eso, cuando la gente intelectualmente honesta escucha nuestro discurso, de pronto todas las piezas que la esquizofrenia posmoderna les había deformado comienzan a encajar una por una.

Tuvimos, además, el acierto involuntario de programar la conferencia de Gabriel Calzada inmediatamente a continuación de la del Maestro. La explosión nuclear provocada por el profesor Huerta de Soto había dejado flotando en la sala una metralla de ideas con las que nuestro presidente construyó el edificio sistemático de la filosofía de la libertad. Esas cincuenta personas salieron de allí con un arsenal analítico suficiente para azotar intelectualmente a cualquier socialdemócrata en una conversación de barra de bar. La capacidad de expansión de ese arsenal en forma de círculos concéntricos es, además, de proporciones geométricas, lo que refuerza mi tesis de que lo más efectivo no es intentar cambiar la mentalidad de los políticos (una guerra perdida de antemano) sino dar la batalla de las ideas entre la sociedad. En jerga tardomarxista, cambiar la estructura para que la superestructura acabe mutando en la dirección correcta.

Las dos últimas conferencias del ciclo, dictadas de forma también brillantísima por el profesor Jerónimo Molina ("La Europa antiliberal") y el columnista José Antonio Martínez-Abarca ("Las ideas liberales en los medios de comunicación") fueron el feliz colofón a unas jornadas intensas, cuyo provecho exacto probablemente no percibiremos hasta dentro de un tiempo.

A la salida de la última conferencia pregunté a un chaval que había asistido a todo el ciclo qué le habían parecido los cuatro conferenciantes. Inmediatamente me respondió exactamente lo mismo que otro joven al que hice también esa pregunta el día anterior: "Son mis héroes". Los míos también.

En la vía equivocada

La inquietud es lógica habida cuenta de que los 6 muertos de Villalba llegan pocos meses después de los 41 muertos del metro de Valencia y si pensamos que los alemanes todavía guardaban en sus retinas las imágenes del tren de alta velocidad de Eschede con sus 98 muertos cuando se han visto conmocionados por los restos del tren más avanzado del mundo encerrando 27 cadáveres. Parece que nadie se plantea que, sea cual sea la causa del problema, acabar con el monopolio público de las compañías ferroviarias podría ayudar a mitigar los accidentes.

Resulta interesante observar que si alguno de estos accidentes hubiese tenido lugar en el Reino Unido, los medios de comunicación de todo el mundo nos estarían bombardeando con aquello de que la privatización de los trenes ingleses ha provocado un nuevo accidente mortal y no habría discusión más de moda que aquella que trata de la correlación entre inseguridad y libre mercado en el sector ferroviario. Los voceros del intervencionismo exigirían nacionalizar los trenes como solución. No en vano, todo el mundo cree “saber” que desde que los trenes ingleses fueron privatizados en 1996 la siniestralidad no ha dejado de aumentar. Los liberales nos defenderíamos explicando que el riesgo cero no existe, que su reducción tiene un coste y que el nivel de inversión en seguridad debe de ser aquel que elija el consumidor.

Sin embargo, la difundida asociación entre la privatización de British Railways y el aumento del número de accidentes mortales no es cierta. Es una gigantesca falacia que se ha extendido como una locomotora. La realidad es que desde que se privatizaron los trenes en Inglaterra se producen menos accidentes. En concreto, las muertes en accidentes de tren se han reducido a menos de la mitad. Es más, el ritmo al que se ha incrementado la seguridad de los trenes en Inglaterra una vez privatizados ha sido superior al que se venía produciendo durante los últimos años del ferrocarril público británico.

La comparación entre la siniestralidad del sistema ferroviario privado británico y de monopolios públicos como el español, no dejan lugar a la duda. En Inglaterra, el ratio de siniestralidad ha bajado de manera continuada hasta situarse en 0,1 siniestros graves por millón de kilómetros recorridos mientras que en nuestro país esta cifra se multiplica por cuatro. Como en otros casos la privatización de los trenes sustituye coacción por voluntariedad y mejora la eficiencia del servicio. Además, salva vidas.

Zapatero, ¡aprende de Prodi!

Los cambios le están costando muchas quejas, no de los consumidores, que están encantados, sino de los que quieren retener sus privilegios estatales en detrimento del ciudadano. Pese a ello, Prodi ha querido ir más allá y esta misma semana anunciaba que el gobierno ha aprobado un "estricto" presupuesto para el 2007. Una medida será hacer pagar una cantidad de dinero a aquellas personas que vayan a urgencias innecesariamente y obliguen a desperdiciar recursos y tiempo a los que están enfermos de verdad. También ha tomado una fantástica medida que tendrían que copiar todos los países del mundo: ha reducido un 30% los abultados sueldos de sus ministros, suyo incluido.

¿Tiene algo que ver la izquierda de Zapatero con la de Prodi? Ni mucho menos.

1. Zapatero pasa de todo y se sube el sueldo año tras año. Además recientemente los políticos españoles se auto concedieron más "derechos señoriales", y esto sin contar con casos como el de Maragall, que se ha otorgado una pensión de retiro de 125.000 euros. Así da gusto ser socialista.

2. La izquierda de Zapatero, a diferencia que la de Prodi, prefiere gastar nuestro dinero en cosas que pasaron hace setenta años y que todo el mundo menos él ha superado. Así, ha propuesto la ley de la memoria histórica, nos ha costado 60 millones de euros que no pagará Zapatero, sino nosotros. Curiosamente el mayor perceptor de esta ley (entre partidos, organizaciones sindicales y particulares) ha sido el PSOE, con 10,7 millones de euros. ¡Qué casualidad!

3. A igual que Prodi, Zapatero también se ha retirado de Irak, pero éste nos ha metido en todos los conflictos armados que le ha dado la gana porque, según él, son conflictos y guerras "legales", esto es, autorizadas por Naciones Unidas, esa organización que sólo destaca por su ineptitud y criminalidad, escándalos de corrupción, recurrentes actos de trata de blancas, violaciones, drogas, irregularidades casi surrealistas y un sinfín de porquerías más.

4. La izquierda de Zapatero también nos prometió más seguridad, por eso hay un auténtico pánico creciente con la inseguridad ciudadana y el año que viene el estado tiene previsto ingresar con el nuevo carné por puntos 322 millones de euros en multas, un 46% más que este año. ¿Realmente cree que hay tantos "malos conductores" como para pagar esa cantidad? Con esta nueva ley todos los conductores son potenciales víctimas del presidente: los buenos, los malos y los regulares, no es más que una ley recaudatoria.

5. Otra proeza de la izquierda de Zapatero ha sido subir la presión fiscal e impuestos en un tiempo record: dedicamos más de cuatro meses de nuestro trabajo anual al pago de impuestos, o dicho de otra forma, más de una tercera parte de nuestra vida la hipotecamos sin que nosotros queramos para mantener al estado y a toda su parafernalia. Si le parece poco, tranquilo, porque las nuevas subidas de impuestos ya programadas para el año que viene aumentarán esta cuota.

6. La visión absolutista de Zapatero también ha reducido la libertad de forma evidente y partidista con órganos de censura como ley audiovisual, la ley anti–tabaco, la nueva ley de enseñanza, y ahora quiere controlar las llamadas telefónicas y bloquear discrecionalmente el tráfico por Internet.

7. Ha colocado en los principales órganos reguladores a sus amigos que hacen todo lo que les dice, ha preparado y manipulado estrategias empresariales como la fallida OPA sobre el BBVA y el acoso a Endesa.

8. Mantiene un estado policial en el control fiscal que un juez del Supremo, Manuel Vicente Garzón Herrero, no ha dudado en llamar "Guantánamo Tributario" tildando de ilegales las nuevas normas y atribuciones de Hacienda. A ver cómo acaba, el juez, claro.

9. Y para colmo, los presupuestos del 2007 sólo engordan más al Estado. Y los excesos no se acaban aquí, son interminables.

Las medidas de liberalización de Prodi no son ninguna panacea. Italia sigue siendo un país muy intervencionista y no tiene ninguna intención de dejarlo de serlo, pero al menos Prodi está tomando un camino que difiere totalmente del socialismo cerrado y autoritario de Zapatero. El socialismo a la italiana se va abriendo lenta y poco a poco a la realidad y a la globalización. Por el contrario, la izquierda de Zapatero evoluciona hacia atrás: hacia la omnipotencia estatal, hacia el control absoluto del poder político en total detrimento de la libertad individual y al saqueo masivo de nuestros bolsillos.

Señor Zapatero, que le hayan votado casi once millones de personas no le da autoridad alguna a esclavizar mediante leyes e impuestos a los más de treinta millones restantes. Modernícese, y en lugar de emular a dirigentes como Chávez, Castro o Morales fíjese en otros políticos más próximos como Romano Prodi, que aunque no nos guste a los liberales, practica al menos una izquierda más sensata y moderna.

Las multinacionales del chantaje

El 24 de marzo de 1989 el petrolero Exxon Valdez se golpeó contra unos arrecifes frente a las costas de Alaska, una cantidad de petróleo equivalente al contenido en 1,48 millones de barriles se vertió en el agua y la superficie afectada cubrió unas 460 millas cuadradas a lo largo de 2.000 kilómetros de costa provocando una catástrofe medio ambiental cuyo coste de limpieza se elevó a 2,1 billones de dólares.

Dos circunstancias ayudaron a magnificar el incidente. Por una parte, Alaska fue presentada como un ecosistema virgen prácticamente ajeno a la acción humana, la Madre Tierra en toda su potencia. Aún hoy, la posibilidad de explotaciones petrolíferas dentro de este territorio genera polémica y rechazo. Por otra, los medios de comunicación desarrollaron un seguimiento detallado del incidente casi siempre desde la perspectiva ecologista. La televisión espectáculo tuvo otro gran desastre medioambiental, el cuarto del quinquenio. En el accidente de Bhopal en la India murieron miles de personas la noche del 2 al 3 de diciembre de 1984 debido al escape de gases tóxicos. El 11 de julio de 1985 gobierno francés ordenó el hundimiento del barco ecologista de Greenpeace Rainbow Warrior en el puerto neozelandés de Auckland. Por último, la catástrofe de Chernobil, el 26 de abril de 1986, se produjo debido al desinterés del gobierno soviético en el mantenimiento de una central obsoleta incluso para su época. Todos ellos ayudaron a sembrar los medios de comunicación de imágenes "espantosas" que los televidentes y votantes no estaban dispuestos a consentir. Los políticos, asustados por el impacto de semejantes espectáculos, pusieron entre sus posibles aliados a tan molestas organizaciones.

El accidente del Exxon Valdez no ha sido ni el mayor ni el más importante de los que han afectado el mar pero se convirtió en un punto de inflexión en la actividad del movimiento ecologista y a Exxon en el arquetipo de capitalismo salvaje y en uno de los mayores enemigos de la Humanidad. Pero ante todo estamos ante un ejemplo práctico de cómo los grupos ecologistas ganan prestigio por la fuerza y con la connivencia de muchos.

Accidentes e incidentes como estos han jugado a favor de los grupos ecologistas a lo largo de estos últimos años creando una imagen donde la denuncia y la solidaridad, el buenismo en definitiva, sustituye a la realidad, una realidad que en manos de los ecologistas roza, cuando no invade, la ilegalidad y que en buena parte echa mano de la coacción e incluso de la violencia desatada. A diferencia de otras instituciones y organismos, los grupos ecologistas no son simples think tanks que ofrecen sus ideas o defienden ciertas posiciones políticas o sociales. Los grupos ecologistas son organizaciones en los que se mezclan la ideología, la política, el activismo social coactivo, el marketing de la marca y el chantaje a las empresas en forma de campañas de denuncia que orbitan desde las fuentes de energía a la química de sus productos. Nadie está fuera del punto de mira de estas multinacionales del chantaje.

Resulta complicado explicar las razones por las cuales unas organizaciones que persiguen, invaden propiedades y destruyen bienes tienen el beneplácito del público. Pensemos por un momento lo que se diría si unos agricultores especializados en cultivos transgénicos, hartos de esta actitud chulesca y violenta, entraran en la sede de Greenpeace se encadenaran y destrozaran todos los ordenadores y mobiliario como los ecologistas hacen con sus cosechas. Dos son los aliados naturales que juegan a su favor: los medios de comunicación que incorporan a sus líneas editoriales las ideas de las organizaciones ecologistas e incluso pueden contar entre sus redactores con activistas o miembros de algunas de estas organizaciones, y los partidos políticos y las instituciones estatales que favorecen sus políticas e incluso las incorporan en sus programas y labores de gobierno.

La primera de las alianzas conlleva dos ventajas claras. Por una parte les permite un canal adecuado no sólo para dar a conocer a sus ideas, sino también para adoctrinar a una parte de la sociedad que suele dar credibilidad a los artículos y los reportajes que en ellos se publican frente a otras fuentes de información más áridas y menos populares como son los propios organismos científicos. La segunda es precisamente ese barniz de credibilidad en el que se envuelven y que los medios de comunicación les conceden y que les permite ganar imagen incluso cuando sus actuaciones rozan lo ilegal o incluso cuando lo sobrepasan hasta el punto de que el agredido se convierte en el villano y el agresor en el héroe.

Este comportamiento no sería posible si no tuvieran a los organismos públicos de su parte. Las alianzas entre los partidos políticos y los grupos ecologistas se hace plena cuando estos entran en el espectro político de mano de los primeros. No son sólo las ecotasas o las políticas energéticas basadas en las energías renovables, que son comunes a partidos de derechas e izquierdas; de todos es conocida la alianza rojiverde que gobernó la Alemania de Schröeder o el acuerdo que alcanzaron Los Verdes con el PSOE para las elecciones generales de 2004. Esta posición ventajista tanto en la opinión pública como en los poderes estatales es la que les permite presionar a las empresas para que estas dediquen parte de sus recursos a satisfacer sus objetivos.

Así, buena parte de los recursos de las empresas se destinan, a través de la responsabilidad social corporativa, a financiar programas sociales de contenidos cercanos a las tesis ecologistas. La enseñanza pública y su alianza con la empresa se convierte en una herramienta importante de perpetuar esta tendencia. De la misma manera, empresas energéticas, alimentarias, químicas y cualquiera que sea potencialmente peligrosa para el medio ambiente, siempre desde una perspectiva ecologista, tienden a mantener buenas relaciones con los poderes públicos que favorecen este tipo de políticas. Cualquier esfuerzo es poco para evitar caer dentro de sus críticas y campañas pues los efectos pueden ser a la larga, contraproducentes. Gobiernos tan poderosos como el francés y el estadounidense terminan, cada uno a su manera, rindiéndose a sus peticiones aunque nada es suficiente para calmar sus ansias.

Hume versus Rousseau

Es sorprendente comprobar la popularidad de la que goza Jean-Jacques Rousseau y lo poco o mal conocido que es, en general, David Hume cuando las aportaciones al pensamiento filosófico, económico, histórico y político de este último son de mucha mayor enjundia. Ambos pensadores son estrictos coetáneos entre sí en tiempos de la Ilustración europea. En concreto, Hume fue una de las figuras sobresalientes de la fructífera Ilustración escocesa. Por contraste, Rousseau fue más bien una rareza en el movimiento ilustrado europeo. Podría muy bien ser considerado un primer romántico prerrevolucionario infiltrado en el grupo de los enciclopedistas franceses.

David Hume (1711-1776) fue un pensador profundo y coherente desde su primera obra magna en tres volúmenes titulada Tratado sobre la naturaleza humana (1739). En filosofía pura, fue el exponente más radical del empirismo inglés (continuando la labor de Locke y Berkeley). Frente a los excesos del racionalismo, alertó de los límites de la razón para prevenirnos tanto de una metafísica abstracta plagada de sustancias que nada tenía que ver con los hechos, como de un conocimiento de esos mismos hechos engañosamente seguro de sí mismo.

En su pensamiento político tuvo la sensatez de reconocer que, a pesar de las limitaciones del hombre, éste había creado –sin previos consensos explícitos– instituciones y tradiciones válidas y muy útiles para la supervivencia y desarrollo del hombre en sociedad.  En temas económicos, sus críticas al mercantilismo por su visión estática de la balanza de pagos entre países, su confianza en el libre mercado como impulsor de la beneficiosa división internacional del trabajo, su comprensión exacta de la naturaleza del dinero y de la conveniencia de que tuviera siempre un "valor intrínseco" y otros hallazgos fueron sorprendentemente modernos para aquella época. Tan sólo le faltó sistematizar en un solo tratado todo su rico, pero disperso, pensamiento económico. De haberlo hecho intuyo que la "supuesta" paternidad de la moderna economía política hubiese recaído en él y no en Adam Smith.

Por su parte, el pensamiento político de Jean-Jacques Rousseau (1712-1778) pasó por erráticos avatares a lo largo de su existencia, pero tuvo una virtud inigualable: fue un forjador nato de términos preñados de modernidad (de la mala) que, andando el tiempo, tuvieron gran aceptación: "bondad natural del hombre", "la voluntad general", "el pueblo", "la igualdad social", "alienación del hombre", etc.

En el Discurso sobre las artes y las ciencias (1750), las ciencias y a las artes, lejos de haber hecho al hombre avanzar en libertad y en quilates de felicidad, lo habrían corrompido. El hombre natural (presocial y cercano al Creador) era, según él, un ser verdaderamente libre y feliz. Luego vio la luz el Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres (1755) en que se denunciaba las perversas consecuencias de la propiedad privada y causa de toda desigualdad, injusticia, guerra o asesinato. El buen salvaje se veía obstaculizado en su beatífica vida de paz y dicha cuando barruntó por vez primera la verja en un prado.

La siguiente obra de Rousseau, El Contrato social (1762), fue tan solo un poco más meditada que sus inmaduros Discursos. Aceptó en ella que el buen salvaje no era el estadio mejor para el hombre (vaya hombre, ¡qué avance!) y que lo importante era llegar a determinar el bien común del pueblo y, así, armonizar los asuntos de los hombres. Para ello el hombre natural debió enajenar en un prístino contrato todos sus derechos naturales a favor de la Voluntad general que se los devolvería multiplicados y mejorados en forma de derechos civiles. El hombre, participando de en la infalible Voluntad general, acoplándose a ella, se hacía libre porque "se obedecía a sí mismo". Cualquier totalitarismo puede perfectamente abrevar aquí. A partir del contrato social de Rousseau, la Voluntad general, como justificadora de regulaciones de todo el ámbito de la acción humana y fuente única del derecho, no tendría ya límites en manos de los modernos gobernantes. Hume, partidario de los gobiernos representativos, se opuso, por el contrario, a la infalibilidad de las mayorías. En Of the First Principles of Government sostuvo que el gobierno estaba sustentado por la opinión general sólo por la posibilidad de sustituir pacíficamente a los hombres del gobierno, caso de haber actuado contra dicha opinión.

David Hume fue demasiado sensato, demasiado escéptico o evolucionista como para estimular mentes calenturientas y simples, prestas a regenerar al hombre desde sus cimientos; pero fue un magnífico faro que "ilustró" a los hombres deseosos de conocimiento y cansados de supersticiones o quimeras. El hombre actual, especialmente si es liberal, tiene claramente una deuda pendiente con el sagaz observador David Hume y una deuda que cobrar al fantasioso Jean-Jacques Rousseau.

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La eñe

Claro que acudirá su padre, también llamado William Gates, así que no sería de extrañar que no se diera cuenta de la diferencia y lo pidiera igualmente. Lo que sí es raro es que no lo haya reclamado a la UNESCO, quizá porque aún no tiene la potestad de legislar "para todos los planetas", tal y como reclamaba la ínclita tiempo ha. En fin, una frase más para el repertorio.

El sistema de nombres y dominios en Internet fue creado, como buena parte del resto de sistemas necesarios para que funcione la red, en Estados Unidos. Así que incluyeron el juego de caracteres básicos de los ordenadores, que no incluye la eñe, los caracteres acentuados o la cedilla, porque para ellos era más que suficiente. Para intentar solventar este problema, se propusieron varios sistemas, siendo ganador el llamado IDNA, que no exige cambios al descentralizado sistema de nombres en Internet, sino que propone un esquema para traducir un nombre con caracteres raros, es decir, no anglosajones, a otro sin esos caracteres. Así, por ejemplo, ñandú.cl se convertiría en xn--and-6ma2c.cl.

Los problemas de esta solución son básicamente dos. El primero, que cada entidad responsable de registro de dominios debe adoptarlo. Japón fue la primera en aceptar el registro de dominios con caracteres raros; España aún no lo ha hecho. El segundo, y quizá más importante, es que son las aplicaciones y no los servidores de nombre los responsables de hacer esa traducción. Eso significa que Safari, Firefox y Opera lo pueden hacer, pero no Internet Explorer, que incorporará esa capacidad en su versión 7.0. Tampoco hay muchos programas de correo que lo hagan. En definitiva, no se puede garantizar que todas las aplicaciones de Internet vayan a ser capaces de lidiar con los nombres con eñe, de modo que es difícil que se popularicen. Eso sí, la señora ministra podría dejar en paz a Bill Gates, cuya responsabilidad en esto es más bien escasa, y hablar con el señor Clos para pedirle que al menos los dominios .es puedan emplear esa letra.

Lo cierto es que CCCP ejemplifica el punto al que hemos llegado con los gobiernos hipertrofiados que padecemos. Los gobernantes han de aparecer como sabios bajados de la montaña que de todo saben, porque de todo han de legislar y regular. La ministra es evidente que no sabe nada sobre informática e Internet, pero ha sido la lacaya de la SGAE más entusiasta a la hora de hacer una ley de propiedad intelectual que afecta, y mucho, a Internet. La sociedad no puede funcionar correctamente cuando tiene por encima a personajes cuya obligación parece ser corregirnos y hacernos volver al redil, pese a que su conocimiento sobre cualquier asunto es siempre y necesariamente mucho más escaso que el que posee la misma sociedad de forma dispersa entre todos sus miembros. El único conocimiento en que pueden superarnos es en el necesario para conseguir votos. Pero ese no es útil ni justifica su existencia.

CCCP es la demostración viva de que los gobiernos deberían apartar sus sucias manos de Internet. Y de todo lo demás, si puede ser, también.

Nueva York y nosotros

Cinco años después, Nueva York resiste. Al llegar a la zona cerodel 11-S, la preocupación y el dolor se reflejan mayoritariamente en los rostros de los visitantes que contemplan el homenaje ofrecido por la ciudad a sus mártires en el día del crimen. Entre las grúas y los forjados de la reconstrucción, la cruz allí clavada testimonia el holocausto. Las imágenes que tapizan el vallado que rodea el foso del World Trade Center son muy poderosas: el sollozo de una compasiva mujer musulmana, la viril lágrima de un policía ante el desastre, el arrojo de los primeros ciudadanos que acudieron al suceso imantados por la pasión, la razón y los colores de su bandera.

Allí mismo, cruzando la calle, la tierna capilla de San Pablo acoge amorosamente miles de mensajes de agradecimiento dedicados a los que dieron su vida en las difíciles horas del rescate. La capilla es un pequeño respiro, un energizante que permite volver a confiar en los demás. La profunda herida está ahí, bien visible, pero lacapital del mundocuida su desgarro sin desesperanza, con suprema dignidad.

Nueva York aguanta, sigue respirando. Este verano, los musicales en Times Square rebosaron de público. El veterano Sonny Rollins hizo vibrar el Lincoln Center con su jazz magistral. Bodies, la exposición dedicada al cuerpo humano en Fulton Street, es un éxito definitivo por su imaginación y sabiduría. La Neue Galerie cautivó a los aficionados a la pintura con la obra de Gustav Klimt. MOMA y Metropolitan repletos, como siempre. Central Park, esplendor en la hierba. En definitiva, la big apple está lista para comérsela.

Y lo más importante, la suprema dignidad de la gente: el merecido regreso a casa de los trabajadores tras una dura jornada, bajo el plácido atardecer de la bahía, en el ferry que lleva a Staten Island; las distinguidas damas que moran alrededor de la "milla de los museos" y los esforzados camareros de origen hispano que preparan el desayuno de la urbe. Todos ellos perseveran, caben, se necesitan mutuamente allí.

Esta representación de vida en libertad, plena de empatía y deseos –además de errores y frustraciones- quieren aniquilarla los que no pueden soportar que su civilización permanezca al pairo del progreso humano generalizado. En opinión de Thomas Friedman (recomendable su último libro "La Tierra es plana"), no resisten incluso que China e India les superen económica y socialmente; lo consideran una grave ofensa hacia los elegidos que dominarán el mundo según revelación divina. De ahí el designio de venganza. Arrasar el globo antes de que sus súbditos tengan la oportunidad de admirar a los infieles y descubran la impostura. Oriana Fallaci, antes del fin de sus días, desveló para los europeos este horrible asunto. Oriana contaba el Apocalipsis en Florencia, en Nueva York, en Madrid. Exagerando o no, Oriana aspiraba a la veracidad. Los profetas de calamidades desconsuelan, sí, pero quizá descubren que el siguiente paso corresponde a cualquiera de nosotros para que la vida buena, imperfecta y fértil que conocemos continúe.

La propuesta de los 5.000 euros

Se trata del Gasto social y de lo que se llama absurdamente Actuaciones económicas y no, como debiera, antieconómicas. Respectivamente la mitad y un octavo de los gastos del Estado; 185.000 millones de euros de los que unos 170.000 entran en el capítulo de transferencias y mantenimiento de rentas. Si le sumamos a esto último lo que gastan las Comunidades Autónomas en el mismo concepto, el total no bajaría de los 200.000 millones de euros. ¿A qué vienen estas cuentas?

A que hago mía la propuesta que Charles Murray para Estados Unidos. Él lo explica así: "Si simplemente dividimos el dinero que estamos gastando y se lo devolviéramos a la gente, podríamos dar a cada uno recursos suficientes para un nivel de vida decente, incluyendo el dinero con el que pagar la sanidad y ahorrar para el retiro". Lo que en el artículo de Murray y es "La solución de los 10.000 dólares", para la España que ya ha cumplido 18 años sería "La propuesta de los 5.000 euros". Se puede aumentar la cifra fijando un nivel de renta a partir del cual no se devuelven los impuestos, y dejando fuera a las más altas.

El grueso de las transferencias lo ocupa el sistema de pensiones, que como muestra el modelo abrumadoramente exitoso de Chile se puede transformar en uno de capitalización con grandes beneficios sociales a medio y largo plazo. Las ventajas de este esquema son muchas. Eliminamos gran parte de la burocracia y liberamos a miles de trabajadores al mercado, que pasarían a crear riqueza en lugar de redistribuir lo que no llegan a destruir.

Grupos y empresas que están pendientes de ganarse el favor de la administración y que ajustan su comportamiento a la búsqueda de rentas, tendrían que mirar a lo que en el mercado les exigen los consumidores. Y las que no sobrevivirían sin el maná sacado del bolsillo de otros, tendrían que reinventarse hasta ser productivos y aportar riqueza a la sociedad, o desaparecer y liberar recursos y capital para mejores usos.

Los costes de transición del sistema actual a la propuesta de los 5.000 euros serían grandes, claro está. Pero serían costes financieros, no puramente económicos. Y de todo ello resultaría una mejora en la productividad de nuestra economía que haría menos dolorosa la transición.

¿Rayas en el agua? Quizás. La propuesta es interesante, aunque tiene sus propios problemas. Pero debe tenerse en cuenta para hacernos reflexionar sobre el modelo que hemos seguido con el objetivo inicial de proteger a quienes menos renta pueden generar. Confiarlo todo a la burocracia y dar la idea de que se puede percibir rentas sin tener que generarlas quizá no haya sido un acierto, al fin y al cabo.

Katrina, un año después

Por otro lado, el variopinto movimiento contrario a la iniciativa privada continúa mareándonos con su mantra: fue la falta de Estado. Qué más da que el Estado fuese el propietario de los maltrechos diques que se resquebrajaron y de las bombas que dejaron de funcionar. Tampoco les importa un comino que el monopolio del sistema de protección de la ciudad fuese el cuerpo de ingenieros del ejército estadounidense ni que la desastrosa gestión de la ayuda estuviese a cargo de la nada privada Agencia Federal para la Gestión de Emergencias.

Sin embargo, un año después podemos confirmar que la verdad se encuentra en las antípodas de estos posicionamientos. No sólo no es cierta la relación que los ecologistas tratan de establecer entre calentamiento global y frecuencia e intensidad de los huracanes, sino que los propios ecologistas han jugado un papel importante en la ocurrencia de la catástrofe. En los años setenta, el movimiento ecologista radical logró paralizar las obras del plan que pretendía blindar la ciudad contra huracanes de categoría 4 y 5 siguiendo el ejemplo holandés. Su argumento consistía en que el estudio de impacto ambiental no era suficientemente detallado. De nuevo, a finales de los noventa, cuando el cuerpo de ingenieros del ejército decidió proyectar unas obras para la elevación de los diques de Nueva Orleáns, varios grupos ecologistas se opusieron con desgraciado éxito.

Por otro lado, el omnipresente Estado no sólo gestionó de forma catastrófica la ayuda, secuestró a miles de habitantes y logró, como suele ser habitual en estas grandes organizaciones estatales, que la malversación de fondos obtuviera mayores titulares que las tareas de ayuda y reconstrucción. Además, se olvidan de que el Estado ayudó de manera decisiva a la catástrofe con su continuado intervencionismo en materia de seguros. Durante décadas, los esfuerzos de las aseguradoras privadas por exigir niveles de protección más elevados a los clientes que vivían en áreas con alto riesgo de huracanes chocaron frontalmente con los políticos de alta sensibilidad social. Los precios de las aseguradoras fueron regulados al tiempo que el estado concedía en cada nuevo huracán fondos públicos para las familias afectadas, reduciendo así el incentivo de los potenciales clientes para asegurarse frente al próximo huracán. Estas regulaciones fueron expulsando a las aseguradoras privadas, hecho que usó el Estado federal para crear seguros públicos como el Seguro Nacional contra las Inundaciones. Estos inventos propios de Estados del Malestar hicieron que los principios políticos sustituyeran a los actuariales extinguiéndose la relación contractual que ha probado ser la forma de prevención más eficaz contra los efectos en el ser humano de las catástrofes naturales y la manera más efectiva de restituir a los damnificados así como de restaurar las ciudades y su actividad.

Quienes vociferaban que el problema del desastre consistía en el reducido tamaño del aparato estatal norteamericano encontraron en medio del lodo que dejó el Katrina un gran altavoz personificado en el ministro Alonso. En efecto, apenas unos meses antes de que una pasajera tormenta tropical causara un prolongado caos en Canarias, Alonso nos obsequió con aquella afirmación antológica según la cual “España está mejor preparada que EE.UU. para hacer frente a una catástrofe como la del Katrina” porque tiene un poder público más desarrollado. Sin embargo, los datos no mienten. EEUU tenía presupuestada una cantidad per cápita 46 veces superior a la española para afrontar este tipo de desastres y contaba con muchas más instituciones públicas dedicadas a esta labor. El gran desarrollo del estado norteamericano ha sido el problema y no la solución.

Un año después de que el ser humano convirtiera el paso de un huracán en una de las mayores catástrofes sufridas por el país más rico del mundo, la lección está escrita en letras mayúsculas: por un lado tenemos que permitir el desarrollo de la libre empresa en el sector de la prevención, ayuda, reconstrucción y seguros contra todo tipo de desastres, y por el otro debemos apartarnos del radicalismo ecologista y proteger el medio ambiente a través de los inmejorables incentivos que ofrece el respeto por la propiedad privada. Si no estamos dispuestos a aprender de los errores que se cometieron en Luisiana estaremos contribuyendo a la ocurrencia de futuras calamidades.