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El gángster boliviano

No tienen miedo a la ilegalidad y deciden ofrecer al consumidor lo que pide. Pero el oscuro mundo del crimen invita a estos mafiosos a usar su red de negocio y de seguridad fuera del ámbito de las relaciones voluntarias. Cuando el mafioso da ese paso se convierte en un gángster privado.

El público es mucho más fácil de localizar. Se desplaza en coche oficial, tienen escaño, cartera ministerial y en ocasiones hasta cuenta con palacio presidencial. Emite rimbombantes discursos y dice hablar en nombre del pueblo, para el pueblo y por el pueblo. Sale en las noticias, se mezcla entre la vanguardia artística, causa admiración y suele levantar pasiones. Su imagen destella siempre un halo de grandeza. Es la majestuosidad hortera que adquiere con su poder para cambiar las leyes al margen de la Ley.

Si el resto de la población ignorase sus mandatos, los gángsteres públicos desaparecerían. Pero no es fácil. El mero hecho de ser elegido como mandón confiere el control del monopolio de las fuerzas del orden público y de la defensa nacional y nadie sabe de antemano qué apoyo puede tener una campaña que consista en ignorar al poder estatal. Así que la mayoría de los individuos honestos terminan optando por pasar por el aro que les muestran quienes han agarrado el poder político a través de la aritmética para usarla contra una buena parte de la ciudadanía. Eso o salir por patas.

Esta tesitura, a la que se enfrentan todos los ciudadanos en mayor o menor medida, es la que tiene delante de sus narices de Repsol YPF en Bolivia. Colaborar con Evo Morales y toda su mafia, ignorar sus humillantes decretos expropiadores o abandonar el país. Cuando Morales decidió nacionalizar los hidrocarburos estaba claro que no quería expulsar a las empresas petroleras sino, más bien, explotarlas para gloria de su empobrecedor proyecto político. Repsol decidió pasar por el aro. Podía haberse largado o haber tratado de plantarle cara al gobierno boliviano. Lo último era realmente complicado dado el nulo apoyo que recibió del gobierno español. Irse tampoco era muy atractivo dada la inversión que hubiese dejado atrás. Así que decidieron seguirle el juego al gángster boliviano.

Ahora, un crecido Morales les exige un tributo adicional del 32% del negocio y les amenaza con prohibir sus operaciones en el país andino. Era de esperar. La extorsión política es un juego de difícil final. Si Repsol pasa nuevamente por el aro, inyectando liquidez en el proyecto totalitario de Morales, ayudará involuntariamente al rápido proceso de pérdida de libertades en Bolivia y sentará las bases para la siguiente extorsión del gobierno. La próxima vez, cuando la estatal Yacimientos Petrolíferos Bolivianos no necesite apoyo externo, será definitivamente expulsada. Eso sí, para entonces habrá enterrado una fortuna en convencer al gángster, y los bolivianos serán todavía más pobres de lo que lo son hoy.

¿Algún problema?

En realidad sí que ha fallecido alguno; "unos veinticinco" creyó recordar el ministro en el Parlamento, más de 260 en realidad. Pero no porque las patrulleras de la Armada tengan como prioridad supervisar los apasionantes ejercicios subacuáticos de la señora presidenta en aguas lanzaroteñas, sino por fastidiarle a don Alfredo las estadísticas, que entre la inmigración subsahariana también hay mucho facha.

En su relación detallada de éxitos en la materia, Rubalcaba resaltó el hecho de que más de cincuenta mil inmigrantes ilegales hayan sido devueltos a sus países de origen. Al parecer todos debemos alegrarnos de esta feliz circunstancia, como cuando las estadísticas sitúan a nuestro país a la cabeza en la detención de alijos de droga, y en lugar de escandalizarse por la magnitud de un tráfico ilegal que permite ese volumen de decomisos, los políticos se felicitan por ese constante incremento anual de capturas, por encima incluso de nuestro imponente IPC.

Pero lo más sustancioso de la comparecencia del ministro fue su tesis sobre los efectos electorales del problema migratorio. Según Rubalcaba, los países de origen mienten necesariamente sobre el volumen de las repatriaciones, porque si dijeran la verdad perderían las elecciones. El argumento es interesante, sobre todo si lo aplicamos al propio señor ministro, pues si, según él, los políticos no dicen la verdad sobre este asunto espinoso, no hay ninguna razón para creerle a él cuando habla al respecto. Hombre, todos sabemos que la izquierda es el epítome de la honestidad –catorce años de felipismo así lo atestiguan–, pero la naturaleza del político es tan voluble que hasta quienes se caracterizan por decir siempre la verdad, como Rubalcaba, podrían ser sospechosos de manipular alguna vez la información para obtener réditos electorales.

Lo único que queda claro en este asunto es que el gobierno no tiene ninguna responsabilidad en el origen del problema. Ni en éste ni en ninguno. ¿Los once muertos de Guadalajara? El viento. ¿Los incendios de Galicia? Los pirómanos, que andan alborotados (y el viento). ¿El helicóptero de Afganistán? No se lo va a creer: ¡el viento de nuevo! Y es que el clima es tan reaccionario que busca siempre la manera de fastidiar a los gobiernos de progreso. En otras palabras, Eolo = fascista.

Más allá de los cargos políticos

En política siempre vemos algo que contrasta con el funcionamiento del libre mercado. Me explico, en el libre mercado se recompensa a aquel gestor que sabe dar al consumidor aquello que más urgentemente necesita, y si lo hace mal, otro le tomará el puesto. Si el directivo de una gran empresa no se alinea con el consumidor o el accionista no durará mucho en su lugar de trabajo. En pocas palabras, en el libre mercado todos hemos de ser buenos gestores y dar a nuestro cliente aquello que aprecia.

En cambio, la política parece funcionar al revés. Cuanto más inepto es un alto funcionario y más pelele se muestra ante la corriente primaria del partido, mayores logros consigue. Joan Clos es un caso ejemplar. Como gestor público ha demostrado ser un auténtico desastre y, como recompensa, le ascienden.

El problema es que tanta gente aún crea que los gestores públicos pueden hacer frente a los colosales proyectos que el gobierno les encomienda en su función de planificadores sociales. Hay cosas que el gobierno no puede ni debe controlar por el bien de todos. Da igual que pongan al frente a Clos, Montilla o cualquier otro político del partido que sea, todos van a dar problemas. Si realmente los políticos quieren servir los intereses de la gente en lugar de los suyos lo que han de hacer es dejar de colocar trabas a los procesos naturales y libres del mercado, y para tal tarea sólo hay una sola alternativa, liberalizar sectores y dejar de intervenir.

Por más buen gestor que sea un político siempre estará atado a los intereses de sus jefes, grupos de presión y compromisos particulares, y aun si existe alguno que logra desvincularse de todas estas cadenas burocráticas y favoritistas –y es capaz de durar más de una semana en el cargo–, después vendrá otro que no será más que un simple mensajero de los designios de su jefe supremo. Eso significa que millones de accionistas, consumidores, proveedores, acreedores, etc. acabarán dependiendo en última instancia de los antojos de una sola persona en lugar de hacerlo de sus propios intereses como afectados.

Si hemos de extraer una conclusión del caso Clos, es que la economía es demasiado importante como para que el gobierno pueda hacer y deshacer con tanta facilidad aspectos de nuestra vida. Una vez que el Ministerio de Industria no tenga fuerza para imponer precios a la electricidad, influir sobre las telecomunicaciones, las decisiones empresariales, sobre el turismo o repartir empresas entre sus amigos, y en líneas generales, sus designios no afecten continuamente a nuestras vidas de forma irrevocable, entonces ya nos podremos despreocupar por quien asuma tal ministerio.

El gobierno puede, por su propia esencia y en el mejor de los casos, solucionar pequeñísimos problemas muy elementales, y aún así creará injusticias, pero para la gestión de las cosas difíciles ya está el libre mercado, que en definitiva somos todos, y tenemos que ser nosotros mediante las inexorables leyes de la oferta y la demanda quienes determinemos el precio de todo lo que consideramos básico, no ningún enchufao que no sabe ni con lo que trata.

Pero, ¿hay un voto útil?

Con frecuencia los defensores de ideas liberales nos encontramos ante la disyuntiva democrática de a quién confiar nuestro voto. Cuando todo el mundo es más o menos de izquierdas, los partidos políticos acomodan su mensaje a ese sector del espectro político, cada vez más amplio, de ahí que resulte un tanto absurdo –quizás opere aquí un cierto autoengaño– buscar entre la oferta política un producto que, de antemano, sabemos ya adulterado.

La mayoría de liberales españoles depositan su confianza en el Partido Popular, no porque defienda nítidamente un ideario compartido por sus electores, sino por la razón de que es menos socialista que los partidos de izquierda y el único con posibilidades de obtener una mayoría suficiente para gobernar. Pero la esencia del voto en democracia no es castigar a la opción enemiga, sino confiar la elección individual a aquel partido que defiende nuestros principios. Se da la paradoja, por tanto, de que cuanta mayor es la participación en elecciones especialmente reñidas –y todas las siguientes hasta las próximas generales lo van a ser–, más se desvirtúa el mecanismo democrático a efectos de representatividad. Si una porción notable de votantes del Partido Popular no se siente representada por sus políticos en temas tan sensibles como la educación, el aborto, el estado del bienestar, las subvenciones a la cultura, etc., con su insistencia electoral no hacen sino confirmar a los políticos de ese partido en su rumbo socialdemócrata.

En caso de que no aparezca un partido liberal-conservador, que defienda nítidamente la libertad civil frente al estatismo en todos sus ámbitos, lo único presentable en términos intelectuales es practicar la abstención. Se trata de enviar a los políticos sedicentemente liberales el mensaje de que hay una bolsa de posibles votantes que no acepta su doble juego. La abstención se convierte, así, en una forma de participación activa en el proceso democrático.

En realidad no hay nada más liberal que negarse a legitimar con el voto a una clase política que ha hecho de la socialdemocracia –una simple ideología, organizada con materiales de derribo del marxismo–, un régimen en el cual ninguno de los actores está dispuesto a salirse del papel previamente establecido.

La abstención es una forma de voto, y en las circunstancias actuales el más útil. Por lo demás, resulta mucho más productivo y a la vez gratificante, emplear el propio esfuerzo en difundir nuestras ideas entre la sociedad que intentar cambiar la mentalidad de los políticos, cuyos intereses y horizonte temporal son diametralmente distintos a los nuestros. Por otra parte, ¿no sería precioso poder ver a Gallardón pegándose de una vez el batacazo del siglo?

Katrina cumple un año

Antes de que el Katrina besara las costas de Luisiana, Home Depot distribuyó miles de generadores, leña, o baterías a la zona. La capacidad de Wal Mart de hacer llegar a los vecinos alimento, agua, más todo lo que creían más adecuado para su protección fue tan portentosa que su reconocimiento ha sido general. Las compañías telefónicas remozaron sus instalaciones y sus repetidores de señal para que ningún ciudadano se quedara sin hacer una llamada salvadora.

¿Qué fue de la actuación pública? El Cuerpo de Ingenieros del Ejército de Tierra había construido unos diques preparados para un huracán de grado 4. Siempre se habló de mejorarlos ante el temor de que algún día llegaría a la ciudad un huracán con su máxima fuerza (5), pero los grupos ecologistas lograron detener la iniciativa, gracias a una eficaz campaña en contra. Más tarde, el pasado junio, el Cuerpo llegó a reconocer su mala gestión. Eso sí, elaborando un informe de 6.000 páginas que ha costado casi 20 millones de dólares. Las autoridades locales no supieron coordinarse y sólo supieron hacer funcionar a una pequeña fracción de las 149 bombas de achique que tenían en su poder.

Como hay una oficina abarrotada de burócratas para cualquier aspecto de la vida, los Estados Unidos cuentan con la Agencia Federal de Gestión de Emergencias (FEMA), creada precisamente para situaciones como esa. Su actuación dejaría a Joan Clos, en comparación, como un héroe de la gestión de catástrofes. Prohibió a la Cruz Roja su entrada en los primeros días en el área de la catástrofe. Envió toneladas de hielo a áreas no afectadas por el huracán, simplemente por la mala gestión y mandó a varias unidades de bomberos a donde no se les necesitaba.

¿Y la reconstrucción? Wal Mart envió en los primerísimos días 17 millones de dólares, millar y medio de camiones con mercancías gratis y comida para 100.000 personas/día. No todo llegó a su destino, porque la FEMA prohibió la entrada de varios camiones porque lo que llevaban "no era necesario". Lo que no ha podido evitar es que dicha compañía y Home Depot hayan enviado donaciones por valor de 4.000 millones de dólares. Mientras que las ayudas públicas están esperando a que la burocracia las apruebe, las compañías privadas de seguros han realizado no menos del 80 por ciento de los pagos reclamados por los dueños de viviendas.

Cien mil millones de dólares. Esta es la distancia entre los 22.000 millones que costaron al erario público los atentados del 11 de septiembre y los que ha desembolsado con motivo del paso del huracán Katrina. Una parte de los mismos han sido gestionados por la FEMA, cuya desastrosa gestión, reconocida por demócratas y republicanos, ha sido premiada el pasado mes de mayo con su disolución, para ser sustituida por otra oficina todavía más grande y con más recursos. Cosas de la política.

No Turning Back

In the West, the idea of having the state act as a central economic planner gained enormous prestige after winning World War II. It didn’t seem to matter the defeated powers had used this same method of socialist warfare with terrible results.  With the United Kingdom leading the way, developed nations launched themselves down the social-democratic path.

Each time the socialists conquered some new “social” right, the conservatives accepted it as an unassailable minimum, part of an “inevitable tendency.” And so, each new social change always went in the same direction. Things might change, but only in the direction of more socialism and less liberty, there was no turning back. Sir Keith Joseph called it the “ratchet effect,” because there was only room for movement in one direction.

In the United States, President Nixon, a supposed conservative, went as far as to claim: “Now we are all Keynesians.”

Abandoning economic freedom, however, did not redistribute progress and wealth, but only inefficiency and misery. And while the British suffered the consequences of an economy increasingly similar to the Marxist nightmare, West Germany was living out the opposite experience.

It is said Germany enjoyed an “economic miracle” because, as everyone knows, the Teutons are disciplined, efficient and hard-working.  But on the other side of the Wall, East Germans were stuck in complete economic stagnation.

In fact, the miracle had an explanation. Ludwig Erhard, named Director of Economic Affairs by the Allies, ignored what they told him and made the surprise announcement that he was eliminating all price controls. By de-regulating the economy, Erhard allowed the free market to rebuild Germany. All it took was a simple signature to eliminate the breaks oppressing the German economy. And everything started working in the right direction again.

On the other hand, the United Kingdom discarded economic common sense to such an extreme that in 1967 Herman Kahn predicted the U.K. would share last place in European standard of living with Albania come the year 2000. And, unlike Paul Ehrlich, one cannot say Kahn is known for his fatalism.

But they didn’t have to wait that long. Just eleven years later, the British Isles descended into what was called the “Winter of Discontent.” Ambulances were on strike. Cleaning services were on strike. Even grave diggers were on strike. Conservatives did nothing more than retreat further into their inferiority complex, but the unions were never satisfied. Meanwhile, the economy drowned in misery.

Faced with such an embarrassing situation, the British elected an admirer of Hayek to be Prime Minister. Thatcher didn’t simple slow the socialist advance but, with heavy blows, she stopped it cold.  And she designed machines that worked in the opposite direction than what was then the norm. For example, she privatized more than a quarter of a million government subsidized housing units. She privatized the gas, coal, oil and telephone industries. And she did it by putting them in the hands of millions of small shareholders. That way, if one day the socialists want to renationalize them, they wouldn’t be able to meet with four multi-millionaires and present the proposal as a win for the poor against the economic elite. They will have to go house to house, eliminating the stock and real estate savings of millions of individual owners.

It is a shame that today we are back where we started, surrendering to a group of people whose ideas were already refuted a century ago. Defeating them, as Thatcher and Erhard, among others, demonstrated, is easier than it seems.

LEGO o la empresa moderna

No era el único enfrentamiento, claro, también estaban, por ejemplo, los que adoraban el Cola Cao frente a los del Nesquik, pero en esa lucha yo era abstemio, en todos los sentidos. Siendo yo de LEGO, abandoné la afición cuando empezó a crecerme esa manía adolescente de querer parecer mayor. Pero eso no quita que sienta cierto absurdo orgullo al ver lo bien que esta empresa se ha adaptado a los tiempos de la revolución de Internet, tal y como ha reflejado Chris Anderson en su The Long Tail.

Hay varios cambios en marcha en la forma que las empresas tienen de relacionarse con los clientes. Uno es el hecho de que, en Internet, ser empresa no te garantiza tener el altavoz más grande. Los clientes descontentos pueden hacerse oír, y que sus voces sean más altas que las de las compañías, pero también pueden hablar para recomendarlas. La red también facilita la colaboración entre los usuarios y la posibilidad de compartir sus hallazgos entre ellos, lo que puede resumirse en una premisa: los clientes son muchos y, en conjunto, más listos que las empresas. Internet es también un fabuloso canal de distribución, que permite eliminar intermediarios y ofrecer un stock mucho más grande del que podría soñar cualquier tienda.

LEGO Store, la tienda virtual de la empresa, ofrece un stock muchísimo más amplio que el que se puede encontrar en una tienda de juguetes. El 90% de los productos de LEGO son difíciles de conseguir si no es por catálogo o por su propia tienda, donde se pueden encontrar desde bolsas de piezas básicas al tremendamente caro modelo de Estrella de la Muerte. Pero lo más interesante es que ha animado a sus usuarios a crear y compartir sus propios modelos, dando premios a los mejores e incluso incorporándolos dentro de su catálogo oficial.

El último paso tomado por la compañía ha sido LEGO Factory, que ofrece una aplicación para el ordenador con la que diseñar los modelos y subirlos a una galería que cuenta ya con más de 80.000, que van desde lo más tremendamente cutre a creaciones que LEGO ha comercializado, pagando al autor una pequeña suma por ello. Pero, además, tanto el autor como cualquier otro pueden encargar a LEGO que le envíe las piezas necesarias para construir el modelo, en una caja que también se puede personalizar.

La danesa LEGO está aprovechando dos tendencias bien conocidas en Estados Unidos que, sin embargo, en la esclerótica Europa no parece que se aprovechen con tanta facilidad. Una es esa "larga cola" de la que habla Anderson. Aunque existan grandes éxitos dentro del mundillo de modelos hechos con ladrillos de plástico, que son los que ocupan las estanterías de las tiendas, buena parte del negocio futuro estará en los relativos fracasos, que por medio del uso de Internet como canal de distribución pueden venderse y dar beneficios, cosa que antes no sucedía. La otra es la aparición del que Glenn Reynolds llama "ejército de David", un montón de pequeños productores que, juntos, pueden en algunos casos competir con los Goliath que son las grandes empresas. Por ejemplo, diseñando juguetes. LEGO está a la vanguardia de aprovecharse de ambos fenómenos. Otras empresas tendrán que averiguar cómo hacer lo mismo en su campo.

Estar de moda

En estadística se llama moda al valor más frecuente que adopta una variable aleatoria. En economía, la moda está relacionada con las maldades del capitalismo: esclaviza a la población y elimina la soberanía del consumidor.

El individuo ya no es libre porque no elige por sí mismo, sino que su comportamiento depende de las grandes tendencias estéticas marcadas por las multinacionales. El corolario es que el consumidor sólo será libre cuando destruya el sistema económico que lo esclaviza; o como diría Galbraith, "no se puede abogar por la producción como instrumento para satisfacer las necesidades si esa misma producción es la que crea las necesidades".

En realidad, existe una profunda incomprensión sobre el significado y el papel que las modas juegan en nuestra sociedad. Lejos de cercenar la libertad del hombre, la moda le permite participar y aprovecharse de un fantástico mecanismo de coordinación social.

Recordemos la definición estadística de moda: el valor más frecuente que toma una variable aleatoria. O dicho de otro modo, si no supiéramos nada sobre las condiciones que rodean una variable, el resultado más probable sería la moda.

Trasladando este esquema a las relaciones humanas, nos daremos cuenta de qué forma las modas facilitan nuestra vida. Sólo necesitamos conocer cuál es la moda en cada ámbito concreto (vestimenta, aficiones, deportes…) para maximizar nuestras probabilidades de relacionarnos con otras personas; es decir, sé que la moda será la manera por la que agradaré a un mayor número de personas. Por ejemplo, si queremos regalar una flor a alguien que no conocemos de nada (o a alguien cuyos gustos sobre flores no conocemos), seguramente optemos antes por una rosa fresca que por una marchita, porque la mayoría de la gente las prefiere así.

Cuando se critica que los niños tengan que vestir una determina marca para integrarse en la sociedad lo que se critica es que los niños incrementen sus posibilidades de relacionarse con el mayor número de niños.

En ausencia de modas (es decir, si cada persona fuera completamente distinta a otro), tendríamos que desarrollar un ingente proceso de investigación individualizado para conocer los gustos de cada una de las personas con las que potencialmente queramos tener algún tipo de relación futura.

En muchos casos, de hecho, sería imposible mantener relaciones sociales sin las modas. Por ejemplo, el individuo X cree que el individuo Y podría ser un buen amigo suyo, por lo que desea trabar contacto para conocerlo mejor. Pero para ello necesitará, ya de entrada, una mínima afinidad que no impulse a Y a rechazar cualquier transmisión de información. Tenemos un claro círculo vicioso: Y sólo contacta con aquellas personas que le causen una buena impresión, pero para causar esa inicial buena impresión X necesitará una cierta información sobre Y que sólo puede lograr después de haberse relacionado con él.

La moda permite solucionar el problema anterior: si X sigue la moda, maximiza su probabilidad de causar una buena impresión inicial a Y con la que poder conocerlo mejor posteriormente.

De hecho, dentro de cada colectivo social encontramos modas propias. Muchos individuos que dicen rechazar las modas, sólo están siguiendo la moda de un determinado ámbito. La indumentaria de las llamadas "tribus urbanas" es un claro ejemplo: si quiero agradar a los punks llevaré crestas y ropa ajustada, si quiero mezclarme con los hippies optaré por los colores alegres y las flores, y para introducirme entre los heavies me dejaré el pelo largo y me pondré la chupa de cuero con camisetas negras de mis grupos preferidos.

Por supuesto, habrá punks, hippies y heavies que no sigan estos cánones, pero en ese caso tardarán más tiempo en convencer a otros punks, hippies y heavies de que son especímenes auténticos; habrán de acreditar sus conocimientos y sus gustos de manera individualizada, lo cual consumirá mucho más tiempo que llevar simplemente los "signos distintivos".

Y quien habla de tribus urbanas puede referirse a cualquier otro segmento social. Cuando, verbigracia, se habla de "escritores de cabecera" de la derecha o de la izquierda, sólo se hace referencia al escritor de moda. Quien quiera agradar a sus conmilitones sólo tendrá que leer, o normalmente exhibir, una de sus obras para obtener el deseado reconocimiento.

Por último, la moda no impide el ejercicio de la función empresarial en el ámbito de los gustos humanos. Los individuos pueden rasgar el velo de la moda para tratar de conocer los gustos particulares de una persona muy concreta. La moda es como una tarjeta de presentación en un club social que nos permite evitar un examen de acceso cada vez que queramos entrar en el club.

Con todo, la moda no asegura el éxito de las relaciones sociales; sólo sirve para la toma de contacto, no para las ulteriores. El núcleo duro de las relaciones humanas requiere un ejercicio más preciso de la función empresarial; hay que averiguar los gustos concretos de esas personas de manera mucho más detalla a la generalidad que nos ofrece la moda.

En este ejercicio de la función empresarial –la planificación de maneras de agradar a nuestras personas más queridas– está el germen de nuevas modas: cuando nos desviamos de la moda, otras personas pueden observar ese cambio y adaptarlo a sus vidas, dando lugar a una nueva moda. En cierto sentido, podemos decir que estos creadores de nuevas modas son los líderes de la sociedad, los que consciente o inconscientemente generalizan los comportamientos más exitosos para los seres humanos.

Pero la génesis de las modas y el papel del capitalismo en su extensión y difusión lo estudiaremos en otro artículo.

Adiós a la era de la “seguridad total”

Esta misma semana, caía una aeronave Tupolev en Ucrania con 170 personas a bordo; por desgracia, un hecho relativamente habitual. Además, el continuo estado de alarma provocado por las amenazas terroristas hace que entre muchas personas cunda una sensación de desprotección e inseguridad.

La tragedia del avión de Kentucky invita a pensar sobre la seguridad en el transporte y, de manera aún más general, en todas las actividades sociales. En España, los accidentes de tren de Palencia y del metro de Valencia también han puesto en entredicho la supuesta excelencia de la seguridad del transporte por ferrocarril. Por cierto, ¿no decían que los accidentes eran el fruto de las privatizaciones?

Lo cierto es que los últimos accidentes en el transporte unidos a las elevadísimas medidas de seguridad en los aeropuertos, hacen temblar a medio mundo. El estado protector nos había vendido la moto de que la seguridad total era posible y ahora venimos a descubrir que no es cierto. Para colmo, los gobiernos de los estados de la tercera vía, es decir, de Occidente, se han empeñado en que la seguridad en cada medio debe de ser igual para todos. Con esta excusa han creado agencias públicas que intervienen a diestro y siniestro o decretan normas de obligado cumplimiento para todas las empresas por igual.

En vez de dejar a los empresarios y a los consumidores buscar las distintas formas de dedicar recursos a la seguridad y la reducción de riesgos, los gobiernos se han empeñado en emprender un programa igualitarista en el que no haya elección entre distintos niveles.

Michael O´Leary, director ejecutivo de Ryanair, ha decidido demandar al gobierno británico por el coste que su compañía tiene que soportar a causa de las extremas medidas de seguridad impuestas en el Reino Unido desde la última intentona terrorista. Exige una compensación de 4,5 millones de euros. Muchos diarios le han acusado de practicar demagogia barata. Pero lo cierto es que O´Leary afirma que al terrorismo se le derrota usando recursos de manera efectiva, económica y racional así como volviendo a la normalidad lo antes posible. Y lo que el gobierno de Blair ha emprendido es lo único que saben hacer: despilfarrar recursos en todo tipo de medidas, muchas de ellas absolutamente estúpidas e ineficaces que tienden a eternizarse una vez puestas en marcha a ambos lados del Atlántico.

El problema de fondo es el de siempre. Los bienes son escasos y, además, hay muchas formas de usarlos. Más recursos dedicados a la seguridad no tienen por qué traducirse en más seguridad efectiva. Las agencias gubernamentales tienden a ser ineficientes en esto como en todo lo demás por la desvinculación entre quien financia y quien toma las decisiones. En EE UU, por ejemplo, la agencia de seguridad nacional prohibió las colas especiales para los pasajeros de primera y business con la excusa de que eso exigía un porcentaje relativamente elevado de personal dedicado a estos pasajeros cuando se podían dedicar a tareas de seguridad que agilizaran el proceso de control de todos los pasajeros. Disparates como éste que dañan considerablemente a la industria son la norma y no la excepción. La actividad actuarial ha sido sustituida por las decisiones de burócratas y así nos luce el pelo. Al final, este igualitarismo en la gestión del riesgo impide el proceso competitivo de prueba y error que posibilite un avance efectivo de la seguridad a un coste reducido.

Pero es que además, cada recurso o cada euro gastado en mayor seguridad es un recurso o un euro dejado de gastar en otra finalidad como la rapidez o la comodidad del transporte. ¿Por qué se ha convertido en un tabú plantear que distintas personas pueden desear diferentes niveles de seguridad a cambio de mayores cotas de otros fines? Ahora que el mito del riesgo cero parece desmoronarse, es el momento de exigir la privatización de la gestión del riesgo.

Zapatero, King África

El efecto Caldera ha multiplicado el problema de la inmigración en nuestro país. Pero da igual. No pasa nada. Zapatero, King Africa, que ya ha enviado a sus virreyes De la Vega, Moratinos y Rubalcaba a enseñarles cómo se gobierna desde las ideas de progreso, ya adelantó la solución: una buena ración de Alianza de Civilizaciones.

Lo que necesitan los países africanos, los pobres, que no saben, africanos que son, es un poco de dinero. Esto de reengancharse al comercio internacional, permitir la libre iniciativa individual, dotar de instituciones que reconozcan y respeten a las personas y sus propiedades parece que está bien para nosotros. Pero ¿los africanos? El progresismo, que encarna en toda su potencialidad nuestro preclaro Zapatero, no cree que ellos estén preparados para salir adelante por sí mismos. Qué mejor que una buena partida de ayuda al desarrollo. Claro, que, cosas del destino, las ayudas tienen un extraño efecto boomerang que hace que parte del dinero que va de Europa a África vuelva otra vez al viejo continente, aunque ahora a cuentas bancarias en Suiza. Un misterio que en su momento nos explicará el evangelista del progresismo planetario, Fidel Vladimir el Exegeta.

Como algo se les cae del bolsillo a las camarillas que tienen tantos países africanos por gobiernos, otra parte de las ayudas se hunden en los campos y ciudades de destino, para no saberse más de ellas. Y es que para convertir la renta en riqueza hace falta invertir, y para ello tener la seguridad de que todo el provecho que le saque uno a su inversión no desaparecerá por arte de birlibirloque. Pero no importa; nada importa. Pobres del mundo, uníos en España, que King África os ha prometido papeles.

El capitalismo iguala productividad y salarios. Y lo hace por dos caminos. Uno de ellos es llevando el capital a donde están los trabajadores, lo que algunos llaman deslocalización. Otro es trayéndolos a donde está el capital: la emigración. Con el primero va la riqueza y el conocimiento creados en otra parte del mundo, y con la segunda, la persona. Con toda su riqueza y con todas sus cargas. Si no queremos que la emigración se convierta en un proceso desordenado, caótico, inmanejable, inasumible para las sociedades de acogida, necesitamos una política un poco más inteligente que prometer papeles para todos y contribuir de verdad, con más y mejor capitalismo, no con dádivas, al desarrollo de los más pobres.