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Ley del Suelo insoluble

La próxima Ley del Suelo (LS) sobreabunda en intervencionismo respecto de una materia de por sí tan regulada como es la planificación urbanística. La nueva Ley, elaborada por el Ministerio de Vivienda, derriba el principio de la norma anterior de que todos los solares podían ser urbanizados salvo excepciones claramente tasadas e introduce deficiencias en el sistema de valoración del suelo.

La LS tiene múltiples puntos negros en su contra. Es probable que el más importante de ellos sea que la LS encarecerá el precio de las viviendas libres tras la reserva obligatoria de un 25% de suelo para vivienda protegida. Es previsible que por esta medida se reduzca la valiosa aportación de suelo original en el mercado por parte de los oferentes. Es la arrogancia fatal de siempre: se establece un peaje arbitrario por el que se pretende que circulen inexcusablemente todos los actores implicados en un asunto aunque se desprecien las últimas consecuencias de la imposición. A numerosos usuarios les va a salir caro el porcentaje forzoso en VPO: si la oferta disminuye, crecerán los precios.

Incluso en ambientes gubernamentales la LS convence poco. Por ejemplo, las organizaciones oficialistas de consumidores señalan el carácter irreal de las valoraciones del suelo (poco explicitadas a los contribuyentes, por cierto) que pretenden suplantar la ley de oferta y demanda. El mayor consuelo o justificación del proyecto para los consejeros autonómicos socialistas de ordenación del territorio es que no aniquila por completo su carrera política.

Además la LS, por causa de la nueva valoración, fomenta el oligopolio al expulsar a las pequeñas y medianas empresas dedicadas a la gestión del suelo, debido a una mayor dificultad de éstas para acceder a la financiación de sus actividades. El proyecto de ley insiste en el entrometido agente urbanizador; no acorta los plazos de transformación del suelo que acaben con la dependencia económica que los municipios tienen del urbanismo; es el enésimo parche de la sempiterna indolencia legislativa en España.

A la Unión Europea no le gusta mi MP3

Sebastián trató de convencer al auditorio, en su conferencia inaugural, de que los liberales españoles se hallaban suficientemente representados en el PSOE, por lo que no sentían necesidad de formar un tercer partido político. Para el fontanero zapateril, el PSOE disfruta de una contundente superioridad social y económica frente al PP en defensa de la libertad.

El matriomonio gay, el divorcio exprés, la reducción en el impuesto de sociedades o el respeto a los medios de comunicación privados (sic) desfilaron como principales ejemplos de su simposio procapitalista. En la apoteosis de su alocución llegó a afirmar que Montilla había sido el ministro de Industria más liberal de la democracia. A estas alturas nadie dudará de que la militancia izquierdista de Sebastián está suficientemente acreditada: en mentira, demagogia y propaganda no les gana nadie.

Si Sebastián quería demostrar el talante liberaloide de su jefe debería haber recurrido a sus propios méritos, y no tanto a las chapuzas del PP. Cuando la referencia del liberalismo es un partido que no vacila en incrementar el gasto, endeudar a las generaciones futuras, defender subvenciones masivas a la I+D, construir hospitales públicos a mansalva o  proseguir con la política de adoctrinamiento lingüístico allí donde gobierna, es relativamente sencillo sacar pecho. ¿Se imaginan a dos boxeadores discutiendo sobre quién de los dos es más tierno al noquear al adversario? El espectáculo no sería menos lamentable.

Lo cierto es que si Sebastián quiere medir los éxitos del PSOE en materia liberal, lo tiene bien sencillo: basta que acuda a la hemeroteca para comprobar que su partido no ha dejado de cercenar la libertad en dos años y medio de Gobierno.

En materia social, el liberalismo a lo PSOE se ha dejado sentir en la represión contra los fumadores y los bebedores ocasionales de alcohol, el adoctrinamiento de los escolares, la persecución de los medios de comunicación privados, las leyes de discriminatorias, la perpetuación de la manipulación en la televisión pública, la fiscalización de las opiniones, la creación de un ejército personal para el presidente del Gobierno, el creciente intervencionismo en asuntos internacionales o la expedición de carnés para el ejercicio del periodismo.

En materia económica, la influencia liberal de Sebastián se ha dejado notar en asuntos como el incremento del salario mínimo, la ratificación de la ultraintervencionista Constitución europea, la dirección política de absorciones empresariales, el redescubrimiento de la fijación de precios, la planificación de la actividad económica, los códigos de buena conducta para las empresas, la redistribución mundial de renta, el fin de la estabilidad presupuestaria obligatoria o los multimillonarios costes que el Gobierno impondrá a las empresas para cumplir con Kioto.

Pero, sobre todo, la falacia de Sebastián es de principios. El liberalismo defiende la primacía de la libertad y la propiedad privada sobre cualquier otra consideración, incluidos los torticeros objetivos que él y sus jefes pretendan imponer al resto de seres humanos a través del Boletín Oficial.

Existe una radical incompatibilidad entre el socialismo y el liberalismo. Quien quiera adscribirse al liberalismo deberá, en primer lugar, renunciar a dirigir coactivamente las vidas ajenas; algo que ningún político español, incluido ZP y su cohorte de rojos liberaloides, ha realizado hasta la fecha.

El simple hecho de que Sebastián se preguntara qué partido representa a los liberales españoles ya denota una profunda incomprensión del asunto. El liberal no necesita representación política, no necesita que le tutelen obligatoriamente su vida ni que le repriman para ser feliz. El liberal repele y se enfrenta al Estado, a los chupópteros como Sebastián y a su liberalísimo PSOE.

No deja de ser curioso que a la misma hora que Sebastián nos cantaba las alabanzas liberales del PSOE su compañero de travesía, Gaspar Llamazares, ofreciera en la sala contigua una charla sobre el fin de la globalización neoliberal. Sería gracioso preguntarle al líder comunista qué opinión le merece estar apoyando al partido más liberal de España.

Apuesto a que la verborrea de Sebastián sería capaz de convencerle de que se puede satisfacer a los liberales y a los comunistas al mismo tiempo. Como diría Burke, basta con que los buenos no hagan nada para que el mal triunfe; en este caso, basta con que Sebastián convenza a los liberales de que asuman el papel de tontos útiles de los políticos para que el comunismo nos corte las orejas, el rabo y dé la vuelta al ruedo. Esa es su visión liberal de España.

Liberal a fuer de socialista

De modo que me puse a buscar con ahínco entre los cientos de modelos disponibles en el mercado hasta encontrar el que mejor se ajustaba a mis necesidades: el Sansa e270. Tenía una gran ventaja, y es que eran 6 gigas de memoria Flash, y no de disco duro, lo que significa que la batería dura mucho más. Pero había un pequeño problema.

El reproductor pertenece a la empresa norteamericana SanDisk, especialista en memorias Flash, que ha montado una agresiva campaña publicitaria en la que anima a escoger su cacharro en lugar del iPod bajo el mensaje de que todo el que tiene el reproductor de Apple no es  más que un borrego. La llaman iDon’t. Revisando en esa web las características de su aparato, vi a tiempo una pequeña nota a pie de página: "la función de radio no está incluida en Europa". Evidentemente, ahora que creía que ya había encontrado lo que buscaba entre los cientos de alternativas disponibles, me fastidió como no se pueden imaginar. Especialmente porque me pareció absurdo. ¿Qué gana la compañía con esto? Tendrá que vender un reproductor con menos capacidades –es decir, menos atractivo al público–, afrontar quizá las protestas de quienes lo compren sin apercibirse de esa pequeña nota al pie y tener que dividir la línea de fabricación entre reproductores con y sin radio.

Parecía evidente que había gato encerrado y la distribuidora en España me confirmó mis sospechas. Los reproductores de MP3 con radio incorporada deben pagar un arancel de un 12’5% en la Unión Europea. Como sucede con la parte de seguridad social "que paga la empresa", este impuesto se repercute en el precio, del mismo modo que los impuestos que la empresa paga por uno reducen el sueldo que nos llevamos a casa. El consumidor, por tanto, tendría que pagar un 12’5% más, sin incluir el IVA correspondiente a ese incremento, por  el mismo aparato. SanDisk hizo un estudio de mercado y averiguó que los europeos preferirían un reproductor más barato y que no tuviera radio, así que actuó en consecuencia.

Yo también actué en consecuencia y encargué mi nuevo reproductor a Estados Unidos. Así, un impuesto al comercio que habrá sido establecido para "proteger" a algún ineficaz productor europeo de radios ha servido para que ningún estado europeo reciba impuestos por mi compra y para que ningún distribuidor ni mayorista del país reciba un duro por la misma. Y, por supuesto, y para mi enorme satisfacción, Ramoncín no se ha llevado ni un céntimo en concepto de canon por él. Algo bueno debía tener esta historia.

Una visión del nacionalismo

Seguramente hay personas que se pregunten cómo es posible que desde posiciones liberales no se apoye con vehemencia los fenómenos nacionalistas que afectan a España en particular y a Europa en general, ya que conllevan un debilitamiento del Estado que en último término, es el principal enemigo del liberal. Sin olvidar el hecho de que resulta frustrante ver que un fenómeno como el nacionalismo se ha convertido en una exhibición de forofos y detractores, como si de un club de fútbol estuviéramos hablando (aunque quizá siempre lo fue), la situación no es tan sencilla.

El nacionalismo, o sus rudimentos, tienen su origen en la Edad Media pero no es hasta el siglo XIX cuando el fenómeno madura y se globaliza, azuzado por las guerras napoleónicas y por la colonización que los europeos realizan en el resto del mundo. Desde un punto de generación de entidades políticas, contiene dos cualidades que paradójicamente no son excluyentes. Por una parte, está el carácter disgregador propio de aquel nacionalismo que nace destruyendo una entidad estatal superior, como le pasó Imperio Austrohúngaro. La doble monarquía incluía en su interior once nacionalidades, desde austriacos a húngaros pasando por bohemios, polacos, croatas, rumanos, bosnios, serbios entre otros, que tras siglos de equilibrios casi imposibles firmaron su desaparición al final de la Primera Guerra Mundial, una guerra que el Imperio había empezado junto a Alemania, un ejemplo del otro carácter, el agregador. Alemania nace del buen hacer de Bismarck, que aglutina sentimientos y da forma al sueño de una nación germana unida que reúne en una entidad política a la mayoría los pueblos de habla y cultura alemana.

Este carácter agregador conlleva el germen del imperialismo, que es a lo que tiende el nacionalismo una vez que desata en todas sus posibilidades. El nacionalismo se basa más en el mito que en la realidad, idealiza la historia hacia sus propios objetivos, oculta o elimina hechos, resalta o inventa otros y pide a sus contrarios un territorio que, por lo general, sólo dominó política o culturalmente en sus sueños más delirantes. En no pocas ocasiones, azuza el odio contra el enemigo que supuestamente le subyuga, reforzando ese sentimiento colectivo que le impregna.

Es este sentir común, este elemento aglutinante, cultural, lingüístico, étnico, religioso o tribal, el que más le aleja de una visión liberal ya que termina negando la primacía del individuo, supeditándolo a una entidad superior, a la postre política. A diferencia de otros movimientos de independencia, como puede ser los que separaron a los Estados Unidos del Imperio Británico o a los países iberoamericanos de España y Portugal, el nacionalismo necesita forzosamente de un orden estatal fuerte que dirija este proceso y establezca los que pueden o no quedarse bajo su paraguas. No es casualidad que durante el nacimiento de estos estados nacionales, o incluso después, se hayan producido una serie de limpiezas étnicas, de desplazamientos e incluso el asesinato de comunidades enteras ajenas o enemigas de los insurrectos.

Ante esta situación, la percepción del liberal debe ser cauta. El hecho de que se destruya un Estado superior no implica necesariamente que las naciones nacientes sean menos intervencionistas y siendo cierto que hasta que éstas aparecen no se puede adivinar cuál será su carácter, aunque sí intuirlo, también es cierto que la historia nos enseña que por lo general, estos Estados nacen con un afán de control desmedido, al menos igual al de su enemigo.

Así pues, a la hora de dar nuestro apoyo o quitárselo, deberíamos juzgar el nivel de libertad que posiblemente tengan sus ciudadanos con respecto al que ya poseen, pues este es en último término el objetivo del liberalismo, el incremento de la libertad. Tampoco podemos obviar que si realmente esa población (todos o al menos la gran mayoría de sus habitantes) quiere vivir bajo otro régimen, no se puede rechazar desde una perspectiva liberal, aunque si pudiera serlo desde un punto de vista emotivo, pero no podemos dejar de recordar que precisamente esta separación no es fácil, que surgen innumerables conflictos cuya resolución no es necesariamente pacífica, sobre todo si el nacionalismo ha elegido la vía de la violencia como principal, y que conllevan una serie de pérdidas de libertades como el de la propiedad o incluso la vida.

Por último, creo que el nacionalismo no es ni mucho menos un objetivo liberal, ni siquiera una herramienta que pueda o deba ser usada, porque más allá de la justificación que pueda tener desde el punto de vista político, traslada al individuo y sus derechos a un segundo plano.

Privilegios renovables

Por otro lado, el "empresario" no tiene que llevar a cabo toda la inversión con sus propios recursos porque un segundo privilegio se encarga de que esté parcialmente subvencionada con dinero de los contribuyentes. Todo este esquema difícilmente funcionaría si no fuese porque existe un tercer privilegio consistente en la compra obligatoria de la electricidad de estas turbias energías "limpias" por parte del distribuidor más cercano.

Todas estas ayudas y coacciones no son suficientes para calmar el apetito insaciable del que se siente con derecho a todos los recursos de la sociedad en su empeño de hacer que un negocio poco o nada rentable se convierta en una mina de oro personal. Los nuevos aristócratas mantienen además que tienen derecho a fondos públicos para desarrollar sus ineficientes sistemas de producción. Por eso, la negativa de la Comisión Europea a concederles su propuesta (aceptada por los parlamentarios europeos) de que dos tercios de los fondos europeos para investigación en energía no-nuclear vayan a parar a sus bolsillos les ha cabreado enormemente. En España estas formas de producción lograron un 22,2% del total de la producción energética en 2005. Así que quienes producen gracias a todo tipo de ayudas algo menos de un tercio de la energía que no es de origen nuclear protestan porque no se les concede recibir dos tercios de los, por otro lado, injustificables fondos públicos para la investigación energética.

Las excusas para defender estas pretensiones no podían ser más ridículas. Por un lado mantienen que ese dinero les hace falta para que Europa siga liderando la producción de estas energías. Vamos, que sin gigantescas ayudas estas energías tan ineficientes no son capaces mantenerse y progresar y que la UE debe de ser líder en producir ineficientemente la energía. Por otro, argumentan que ese chorro de dinero arrebatado a los sectores productivos de la sociedad es necesario para que la UE cumpla con la Agenda de Lisboa. En fin, que según ellos, lograr que Europa se convierta en el mercado más dinámico y con mayor crecimiento del mundo depende de subvencionar formas ineficientes de producción. Por último aseguran que esta lluvia de dinero al que creen tener derecho ayudaría a garantizar la seguridad en la provisión de energía. O sea, que nos quieren hacer creer que instalar centrales que dependen generalmente de las condiciones meteorológicas se traduce en una mayor seguridad en la provisión de la energía. El pasado día 17 se produjo un nuevo record de demanda de electricidad en nuestro país. Curiosamente la energía eólica sólo contribuyó a un exiguo 1,5% de la producción. ¿Es a eso a lo que llaman seguridad en la producción? Más que tres argumentos parece que se trata de tres pésimos chistes.

Así es como, al mismo tiempo que se anunciaba ese record de demanda eléctrica en España, el lobby de las empresas de energías renovables europeas se reunía para exigir otros 226 millones de euros anuales para investigar. Es lo que tiene ser un privilegiado social: empiezas presionando para lograr una "empujoncito" y terminas creyéndote que tienes derecho a la propiedad ajena de forma sistemática y casi absoluta.

Sueños de exterminio

Más recientemente, los esfuerzos de Hezbolá han tenido más éxito, y han logrado robar la libertad a dos militares del odiado país vecino, matando de paso a otros. Como es un acto terrorista, cuenta con la comprensión, el cariño, el apoyo de nuestra progresía, que entiende que contra Israel todo vale.

Naciones Unidas, ejemplo y cobijo de todas las indignidades, obligaba al Gobierno del Líbano en la prescindible resolución 1559 a desarmar a Hezbolá y quitarle el control sobre la frontera con Israel. No sólo no lo ha hecho, sino que el grupo terrorista controla directa o indirectamente 35 escaños en el Parlamento y ocupa los ministerios de Energía, Exteriores y Trabajo. Siguiendo los medios de comunicación, parecería que las incursiones del brazo terrorista del gobierno del Líbano tiene todo el derecho a hacer incursiones agresoras en Israel, pero que este país no tiene derecho a defenderse. Dicen sin descanso que la respuesta es "desproporcionada", pero lo creen así porque es eficaz. La única proporción que consienten es la que deje inmunes los ataques contra Israel.

Varios corresponsales satisfacen su odio a Israel mirando a la cámara y echando cuentas del número de civiles muertos por misiles de ese país; pero las gentes de bien no deberían pasar por alto que son quienes forman la faceta "militar" del antisemitismo, como Hezbolá o Hamás, los que buscan la extinción física de un pueblo entero, el israelí. Ni que son ellos quienes se escudan en su propio pueblo, cuyas muertes les sirven, con el apoyo de gran parte de la prensa mundial (no digamos la española), de nuevo argumento contra el "Estado sionista". Los llamados escudos humanos son para los terroristas nuevas armas contra Israel y, para los antisemitas de toda laya, nuevas anotaciones en su despreciable argumentario. Todo vale. Siempre habrá miserables que les sigan el juego; no hay más que ver la televisión o leer ciertos periódicos.

Ni rendición, ni alto el fuego, ni pseudo corredores de seguridad. Lo único que debe hacer Israel es acabar con la capacidad armamentística y militar de los terroristas y, en la medida de lo posible y aconsejable, de quienes les apoyan. Hezbolá controla en el sur del Líbano, según informes israelíes, unos 12.000 misiles Katyusha. Contra quienes tienen un odio sin compromisos hacia Israel, lo único que cabe es privarle de los medios para que cumplan sus sueños de exterminio

Wildcat Banking, el sistema financiero estadounidense hasta 1866

El Wildcat Banking –”wildcat” para abreviar– era como se designaban a algunos bancos de los Estados Unidos en el siglo XIX fundados bajo las leyes del free banking, que podemos identificar como una especie de laissez faire financiero. Para crear un banco bajo el sistema de free banking era necesaria una licencia estatal –local en sentido amplio, no federal– que comprometía al banco a seguir una serie de requisitos.

Los wildcat emitían sus propios billetes (notes) que teóricamente estaban respaldados por unos activos como bonos, oro, plata y a veces otro tipo de materias. Los wildcat eran pues empresas de custodia que cuando el cliente entregaba sus activos al banco éste en contrapartida daba al cliente un “recibo” (billetes) que podían canjear por otros bienes en el libre mercado. Aunque el fenómeno de los wildcat fue reducido en Estados Unidos, llegaron a crearse 30.000 tipos de billetes diferentes.

Hasta 1970–75 wildcat fue sinónimo de fraude y crisis bancarias, y por extensión también el free banking. A algunos de estos bancos se les llamaba wildcat (gato montés) por la difícil accesibilidad que tenían. Generalmente se ubicaban en las montañas para que fuese difícil su acceso por parte de los clientes cuando tenían que hacer la amortización (o canje por el activo subyacente) de los billetes. Esto creó el mito, junto con algunas crisis, de que el sistema de free banking y dinero privado “sin regulación” siempre conducían al caos y a la ruina. Fue por esta razón que en 1.863 se aprueba la National Banking Act, aunque no tuvo aplicación real, o totalmente federal, hasta 1.866 junto con el abultado paquete de leyes intervencionistas de Lincoln.

A partir de los años setenta del siglo XX el sistema de laissez faire financiero, y por extensión monetario, empezó a despertar la curiosidad de algunos estudiosos y se dieron cuenta que las crisis sufridas en la época donde se alzaban los wildcat no fueron debidas a la avaricia de los banqueros o a un sistema insostenible per se, sino a factores regulatorios y de interferencia estatal, y además, el mito de las crisis fue claramente exagerado.

La verdad es que jamás existió un auténtico sistema de laissez faire financiero o monetario. Vera C. Smith (que se adelantó a la moda) calificó este periodo como un sistema de “descentralización sin libertad”, e incluso Hugh Rockoff (que fue quien empezó a despertar la curiosidad por investigar el mercado monetario anterior a la guerra de secesión) fue más lejos definiéndolo como “la antítesis de las leyes bancarias del laissez faire“. Posteriores estudios han concluido que una de las causas de las bancarrotas se debieron a la intervención de los propios estados, que obligaban a los wildcats a financiar sus gastos (tal y como está obligado a hacer hoy día el banco central cuando el gobierno entra en déficit). Además, aunque las leyes variaban de estado a estado, el gobierno local obligaba también a los wildcat a comprar bonos del gobierno a su valor nominal y no a precio de mercado. Así, incluso el propio Alan Greenspan en un discurso oficial en la Reserva Federal en el año 1996, afirmó que “en algunos casos, [el gobierno] contribuyó a estas quiebras bancarias”, franqueza poco usual en un funcionario.

También hemos comentado que las crisis fueron exageradas, probablemente por el propio gobierno federal. Por ejemplo, en Illinois –que fue uno de los lugares donde más se dejaron sentir las crisis– y según Lawrence H. White, en el periodo comprendido entre 1.851 y 1.860 se crearon 141 bancos –antes de seguir, reflexione sobre lo que acabamos de apuntar, ¡141 bancos en nueve años y sólo en Illinois!– de los cuales sólo uno duró menos de un año[1]. No observe este dato (141) como el correspondiente a la creación de un banco comercial actual, sino como lo que realmente eran: empresas de pequeñas dimensiones aunque de elevado capital (el capital inicial de constitución variaba según el estado de entre 5.000 a 50.000 dólares, que en esa época era mucho dinero).

Lo curioso aquí es que para muchos estudiosos el cierre de los wildcats habría sido del 100%. ¿Cómo se explica esto? El principal problema radica en responder: ¿qué es un wildcat exactamente? Para Arthur J. Rolnick y Warren E. Weber, wildcats, son aquellos bancos que cerraron en un periodo inferior a un año. Es evidente que desde este punto de vista, todo wildcat era un fracaso. En cambio, otros economistas han comparado las crisis del sistema de free banking con otras épocas y han verificado que no son superiores a los cierres producidos de otros bancos en otros períodos.

Posteriormente, con la National Banking Act antes mencionada, el free banking fue erradicado de Estados Unidos en pocos años a base de la creación de bancos nacionales, impuestos y más regulaciones. Esta pequeña exposición sólo ha sido un resumen muy concentrado de lo que fue un sistema monetario económicamente sano y que la historia, por dejadez, ha maltratado.



[1] Aquí hemos de apuntar que en el primer año de la guerra civil americana (1861), el 95% de los bancos en Illinois quedaron cerrados o suspendidos. Realmente es una cifra sorprendente que ahora no nos podemos parar a examinar, pero tal y como apuntan Salim Rashid y Abdus Samad, si ignoramos este año agitado militarmente y hacemos el balance entre los periodos 1852-1860 y 1862-1864 —eliminamos 1861— veremos que el cierre total neto sólo fue de 3 bancos. En 1861, muchos bancos no cerraron realmente, sino que se quedaron suspendidos y en 1862 volvieron a abrir. El cómputo global demuestra que el sistema de free banking sí era, no sólo rentable para los accionistas, sino también estable en el tiempo capaz de aguantar incluso una guerra.

Los señores de la caca

El problema surge cuando un ramillete de progres inmaduros (valga la redundancia) se encarama al poder de una nación occidental, pues entonces las consecuencias de sus actos las pagan todos los ciudadanos, incluidos quienes experimentamos una repugnancia espontánea hacia esa patología.

La manifestación de este pasado jueves, convocada por PSOE, IU, sus sindicatos pantalla y una gavilla de organizaciones subvencionadas, coloca nuevamente a la izquierda ante sus contradicciones más flagrantes. Señores que no soportan a un cura católico, defendiendo al "Partido de Dios" formado por fanáticos islamistas, pacifistas jaleando a grupos terroristas y feministas radicales entusiasmadas con una subcultura que niega a la mujer sus derechos; todo ello aliñado con la foto inolvidable del presidente más insolvente de la Historia de España, luciendo simbología panarabista como un vulgar mozalbete camino del "insti".

La participación de renombrados activistas homosexuales en la algarada, entra ya de lleno en el terreno de la psicopatología. Los referentes morales que les despiertan más simpatía son el castrismo y el integrismo islámico. El primero encarcela a los gays para "reeducarlos", el segundo los ahorca para redimirlos. Aunque sólo fuera por mero instinto de supervivencia, deberían, cuando menos, mantenerse al margen en este tipo de cuestiones, pero les gusta más participar en estos festivales progres que un pantalón de cuero negro sin culera. En fin, dicen que palos con gusto no duelen, así que ellos verán.

Conocedora de la densidad neuronal de sus bases, la izquierda reduce sus análisis a una o dos ideas-fuerza fáciles de asimilar. Israel, según han dictaminado nuestros referentes intelectuales, es un estado eminentemente genocida. La comparación del pueblo israelí con los nazis, en pancartas de la manifestación, no tiene otro objetivo. Ni una palabra de la agresión previa de grupos terroristas islámicos, financiados por Siria e Irán, tanto por el sur (Hamas) como por el norte (Hezbolá), con asesinatos, secuestros de soldados y lanzamiento de misiles contra las ciudades israelíes más próximas desde fuera de las fronteras internacionales que dividen el territorio. El Líbano, recordemos también, era la Suiza de Oriente Próximo hasta que la dictadura siria de los Assad y los terroristas de Arafat decidieron arrasar el país para convertirlo en una cómoda plataforma de ataque a Israel. Las matanzas de cristianos libaneses fueron constantes durante más de una década, sin que la izquierda levantara la voz. Tan sólo cuando las falanges cristianas se vengaron del asesinato de su líder, Bashir Gemayel, en los campos de refugiados de Sabra y Chatila, se desató la histeria colectiva del progresismo universal… ¡para acusar a los judíos!

Los ciudadanos israelíes saben que son meticulosamente odiados por los progres occidentales, que prefieren defender a dictaduras teocráticas antes que a un estado democrático. Lo bueno del pueblo judío es que no renuncia a luchar por su supervivencia, aún a riesgo de enfadar a todos los zerolos del mundo. En su alocución al país de hace unos días, el presidente israelí dejó bien clara su determinación de acabar con el terrorismo que amenaza a sus ciudadanos: "Rastrearemos todas las áreas, atacaremos a todo terrorista que colabora en golpear a los ciudadanos de Israel y destruiremos sus bases terroristas en cualquier lugar. Seguiremos hasta que Hezbollah y Hamas se comporten, básica y decentemente, como se exige a cualquier ser humano y educado. Israel no aceptará vivir bajo la amenaza de cohetes y misiles contra su población". ¿Y a mí que me gustaría escuchar al presidente de mi país decir algo parecido respecto al terrorismo doméstico?

Derecho natural

Para algunos pensadores el concepto de derecho natural es absurdo porque el derecho ni está en la naturaleza ni es natural. Su error proviene de confundir distintas acepciones del concepto de lo natural y la naturaleza.

Si se considera que la naturaleza está constituida por la materia inorgánica (rocas, agua, aire…) y los seres vivos (bacterias, protistas, plantas, animales…) excepto los seres humanos, entonces efectivamente el derecho no es natural en este sentido. Ni las piedras ni los árboles ni las garrapatas utilizan leyes prescriptivas que coordinen de forma adecuada su comportamiento conjunto.

El derecho es un fenómeno humano, artificial, una construcción mental, cultural y lingüística que permite regular la convivencia social de las personas. Algunos animales sociales con cerebros sofisticados tienen sentimientos morales básicos que facilitan su supervivencia conjunta (y que son el germen evolutivo del derecho), pero carecen de la sofisticación intelectual y lingüística necesaria para reflexionar y argumentar sobre sus normas de conducta de unos respecto a otros.

Pero el ser humano no es sobrenatural, no es ajeno a la realidad física, química y biológica, en realidad es una parte especial de la naturaleza capaz de crear, imitar y producir cultura. El derecho es así en cierto modo también natural, sólo que restringido a un ámbito limitado de la naturaleza, el dominio de lo específicamente humano.

Lo natural se refiere también a lo que se corresponde con cierta naturaleza de las cosas. Tiene sentido hablar de la naturaleza de las entidades que existen en la realidad: son sus rasgos comunes esenciales que los distinguen de otras cosas y que los agrupan en una misma clase (su composición, su estructura, sus interacciones con otras cosas, su comportamiento). La naturaleza humana puede ser conocida de forma científica mediante la praxeología (estudio formal de la acción intencional), la psicología evolucionista (investigación evolutiva de los múltiples subsistemas cognitivos y emocionales de la mente humana) y la memética (análisis evolutivo de la cultura).

El derecho natural no se refiere a la implacable ley de la jungla (típico arquetipo de naturaleza contrapuesta a la ciudad humana) según la cual el fuerte se come al débil, ni a las normas que hipotéticamente hubieran cumplido los presuntamente bárbaros ancestros humanos en el llamado estado de naturaleza antes de socializar y civilizarse.

El derecho natural, ética o iusnaturalismo se refiere a las normas (derechos y deberes, opciones, prohibiciones y obligaciones) adecuadas para la convivencia social y el progreso de los seres humanos: dada la naturaleza humana, no todos los sistemas legales son igualmente convenientes, igual que una bicicleta de montaña y una de carretera son más adecuadas en entornos diferentes, e igual que si un aparato funciona con pilas eléctricas no le echas gasolina. Se trata de leyes generales para todos los seres humanos, porque comparten una misma naturaleza universal, y no sólo de unos pocos en un lugar y tiempo concreto (derecho convencional). Son leyes que no necesitan ser reveladas por ninguna inexistente divinidad reguladora omnipotente, ni tampoco impuestas por déspotas paternalistas: sus contenidos pueden estudiarse mediante la razón humana (y la exploración empírica competitiva donde la razón no da más de sí), y su concepto fundamental es el derecho de propiedad.

La falacia naturalista consiste en inferir erróneamente que lo que hay en la realidad (en la naturaleza) es justo: es una idea absurda, ya que deja sin sentido el concepto de derecho y justicia, al no haber realidades contrapuestas (cosas injustas o que no se ajustan a derecho). Pero el deber ser puede inferirse del ser si se hace de forma inteligente: se conoce lo que el ser humano es para estudiar qué normas de conducta le convienen, y eso es la ciencia ética.

El complejo orden espontáneo de la sociedad libre moderna no parece natural a muchas personas, y es normal: sus instintos genéticos e intuiciones irreflexivas están ajustados para la supervivencia de los ancestros humanos en grupos pequeños, estáticos, permanentemente amenazados, con pocas posibilidades de acción y con escasa acumulación de riqueza y capital. Ahora vivimos en un mundo muy diferente, y la razón crítica puede compensar intuiciones erróneas nocivas.

Zapatero a tus zapatos

Por el contrario, si usted decide debatir con sus amigos un problema tan cercano y preocupante como qué puede hacer usted y su familia para llegar a fin de mes holgadamente, nadie le dirá nada y la conversación morirá en el mismo momento de haberla empezado.

En política ocurre lo mismo. ¿Cree que los burócratas son más inteligentes y cultivados que sus amigos de sobremesa? Ni mucho menos, al revés. A la política se dedica lo peor de cada familia, aquellos que han sido incapaces de salir adelante en el mundo real. Ante conflictos internacionales como el actual, los políticos de todos los países se vuelcan definiendo sus posiciones para distraer la atención de los problemas reales del país.

Zapatero y Bush son casos paradigmáticos. En estos días hemos visto como ZP condena la ofensiva israelí, aboga por enviar militares a Oriente Medio, promociona manifestaciones contra Israel, se coloca un pañuelo palestino en señal de proximidad a la ideológica anti–israelí y, de paso, da crédito a grupos tan poco inofensivos como Hezbolá y Hamas. Bush hace lo mismo pero con el otro bando. Pan y (mucho) circo. Lo que sea para distraernos de nuestros problemas.

Si ZP es incapaz de solucionar los problemas de los españoles, ¿qué hace metiéndose en casa de otro? ¿En qué se basa su presunto pacifismo? Si presiona a la ONU para que envíe soldados armados a Oriente Medio, mantiene tropas de ocupación en Afganistán y Haití, vende armas a Chávez, crea una fuerza militar a las órdenes de él mismo al más estilo dictatorial, e incluso ha reconocido que una flota española realizó en 2005 funciones de "apoyo aéreo y marítimo" a las tropas americanas en Irak, es que este hombre está mintiendo. ¿Cómo aplica Alfredo Pérez Rubalcaba a su gobierno lo que recriminaba al PP, aquello de que "los ciudadanos españoles se merecen un gobierno que no les mienta, un gobierno que les diga siempre la verdad"? Decididamente necesitamos menos gobierno, menos burócratas, menos intervencionismo económico y militar, y más autonomía y libertad para nosotros.

Lo que acabo de apuntar no está reñido con las tendencias que usted tenga en este asunto. Si usted se ve fuertemente comprometido con la causa israelí, palestina o libanesa, no tiene porque exigir al gobierno que financie con dinero arrebatado mediante impuestos de todos los españoles la matanza de personas. Hay un sinfín de organizaciones pro–israelitas, musulmanas, libanesas… que aceptarán encantadas sus donaciones; incluso puede enviar pizzas al ejército israelí.

No intentemos arreglar la vida de los demás a costa de las vidas y dinero de los propios españoles. La crisis de Oriente Medio es un problema entre israelíes y musulmanes en el que ningún estado extranjero tiene derecho alguno a entrometerse. Si dedicáramos nuestros esfuerzos a arreglar nuestras dificultades y no la vida de los demás, encontraríamos soluciones a nuestros problemas más cercanos en lugar de crear mayores injusticias. La crisis de Oriente Próximo no es una excepción.