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Beneficios y salarios

Una de las controversias más habituales de la economía ha sido la contraposición de intereses entre el capital y el trabajo. Un incremento de los salarios supone una reducción de los beneficios de los capitalistas y, de la misma manera, un incremento de los beneficios sólo puede provenir de una reducción de los salarios que le habrían correspondido al trabajador.

En realidad, la pugna entre salarios y beneficios es mucho más absurda de lo que la izquierda suele plantear. Un incremento de los salarios a costa del capital de la empresa supone una reducción de su rentabilidad, lo que dificulta la reinversión y, en ciertos casos, incluso la amortización. Una capitalización total de los beneficios simplemente imposibilitaría la contratación de mano de obra o la adquisición de materias primas, ya que elevaría la rentabilidad de trabajar fuera de tal empresa.

Dado que el socialismo ha pretendido mezclar el análisis económico del salario y el beneficio con problemas distributivos ligados a la nadería de la justicia social, puede resultar útil eliminar la separación de rentas con el fin de ilustrar mejor el anterior argumento.

Imaginemos un empresario autónomo que no tiene trabajadores asalariados. Este empresario ejercerá una actividad en el mercado que, en caso de ser adecuada, le reportará unos flujos de caja (a partir de aquí hablaremos de flujos de caja en lugar de beneficios porque los primeros son una medición objetiva de la ganancia monetaria de la empresa mientras que los segundos dependen de criterios contables, aun cuando la literatura económica prefiera el segundo término). En este punto, el empresario tendrá dos opciones: o bien reinvertirlos en la empresa o bien sacarlos del circuito fabril e ingresarlo en su cuenta corriente particular a modo de salario.

Dependiendo de la cuantía destinada a cada una de las dos partidas, los efectos serán distintos:

a)      Un primer caso extremo es aquel en que el empresario autónomo no reinvierte ninguna porción de sus flujos de caja, sino que se queda, a título particular, con la totalidad de ellos. En este caso, el empresario será incapaz de amortizar los bienes de capital de su empresa y, una vez se hayan depreciado, tendrá que abandonar el negocio o bien realizar una inversión con cargo a posibles ahorros personales o endeudándose en el mercado de crédito. En cualquiera de estos dos últimos casos, el excesivo consumo pasado le obligará a reducir su consumo futuro para conservar el capital.

b)      El autónomo destina a la reinversión la porción exacta de los flujos caja para lograr la amortización del capital. En este caso, la empresa seguirá en funcionamiento y el autónomo disfrutará del máximo salario posible sin consumir su propio capital. Sin embargo, el margen de maniobra de nuestro empresario será reducido, ya que ni podrá modificar su estructura productiva conforme los antiguos bienes de capital se vayan depreciando (no tenemos en cuenta el efecto expansivo de la amortización o efecto Lohmann-Ruchti porque, en todo caso, implica un ahorro y reinversión adicionales que estamos descartando en este supuesto por dirigirse a engrosar los salarios) ni, por supuesto, podrá plantearse expandir su negocio y aprovechar nuevas oportunidades de ganancia; como mucho podrá adquirir una nueva estructura productiva cuyo valor capital sea idéntico al anterior. El resultado será que el salario disfrutado –salvo por causas ajenas a su acción, como disminución de la competencia o incremento de la demanda de sus bienes– permanecerá más o menos constante a lo largo del tiempo; mientras que el resto de empresas, al acumular nuevo capital a través del ahorro, serán más productivas y podrán pagar mayores salarios. A la larga es posible que las empresas de la competencia le ofrezcan a nuestro autónomo salarios superiores a los que él mismo puede lograr con los flujos de caja derivados de su pobre y primitiva estructura de capital, por lo que probablemente decida abandonar su propia empresa y convertirse en un trabajador por cuenta ajena. Este proceso es precisamente el que tuvo lugar durante la Revolución Industrial entre artesanos y las grandes compañías capitalizadas.

c)      El autónomo ahorra parte de sus flujos de caja y los reinvierte en la empresa, quedándose con el remanente en forma de salario. Esta actitud le permite acumular capital, expandir su negocio e incrementar sus flujos de caja futuros, de modo que su salario también aumentará. Aun así, la decisión del autónomo no resulta sencilla; si la reinversión que realiza dentro de su empresa le reporta unos flujos de caja menores a los que podría conseguir invirtiendo en otras empresas y si, para más inri, su salario es menor al que podría obtener trabajando por cuenta ajena, es obvio que el autónomo abandonará su negocio e invertirá en otras empresas (en forma de, por ejemplo, accionista) parte de su salario. Por tanto, el autónomo no invertirá en su propia empresa una porción de los flujos de caja que reduzca la rentabilidad de su capital por debajo del que puede conseguir en otras compañías; y si además el salario restante después de la reinversión es menor al que puede lograr como trabajador por cuenta ajena, liquidará su empresa, invertirá ese capital en comprar acciones y se pondrá a trabajar para otra compañía.

d)     El autónomo ahorra y reinvierte todos los flujos de caja, sin destinar nada a su remuneración personal o salario. Esta estrategia tiene sentido cuando el empresario acaba de descubrir una oportunidad de ganancia muy rentable que requiere de una fuerte inversión actual para su explotación, o bien cuando el autónomo se plantea capitalizar su empresa para enajenarla a un elevado precio en el futuro. En estos casos, renunciamos a consumir en el presente para consumir más en el futuro con cargo a los flujos de caja esperados. No obstante, fijémonos que ésta no puede ser una estrategia permanente del autónomo (a menos que su forma de satisfacer sus fines sea, precisamente, estar ocupado en la empresa), porque en caso contrario obtendría una mayor renta personal trabajando para otra compañía como asalariado.

Una vez analizadas las consecuencias y efectos de las distintas distribuciones de los flujos de caja, nos será sencillo comprender la falsa contraposición de intereses que se plantea en las empresas capitalistas.

Si los trabajadores percibieran el "producto íntegro de su trabajo" como rezan los marxistas, es decir, si se quedaran con todos los flujos de caja de la empresa, ésta desaparecería ante la incapacidad por amortizar el capital y los trabajadores quedarían desempleados.

Si la empresa sólo reinvierte la porción exacta para mantener la estructura vigente de capital, podrá sobrevivir a corto plazo mientras mantenga rentabilidades similares a las del resto de empresas; una vez se convierta en poco competitiva (debido a la falta de inversión en bienes de capital e I+D) y su rentabilidad caiga, los capitalistas desinvertirán y la empresa desparecerá o bien por suspensión de pagos (falta de capital circulante) o bien por depreciación total de su activo fijo.

Si la empresa ahorra y reinvierte parte de sus flujos de caja y logra rentabilidades iguales o superiores a las de la competencia (bien repartiendo dividendos o, preferiblemente incrementando el valor presente de la compañía), permanecerá en el mercado a menos que ese ahorro se haya logrado a costa de reducir los salarios de sus trabajadores por debajo de los que pueden obtener en la competencia, en cuyo caso la compañía se quedará sin mano de obra.

Por último, si la empresa no pagara a sus obreros y sólo se dedicara a reinvertir o repartir los flujos de caja brutos (flujos de caja que no incluyen el pago en salarios), es evidente que ningún trabajador acudiría a ella, serían los propios capitalistas y empresarios los que deberían actuar como autónomos en perspectiva de unos mayores flujos de caja futuros.

En definitiva, dado que es la disposición al pago de los consumidores la que determina la cuantía de esos flujos de caja, entenderemos perfectamente cómo bajo el libre mercado la retribución tanto de trabajadores y capitalistas se realiza en función de su servicio al consumidor y no del expolio interclasista, por muchas mentiras que nos hayan inoculado desde hace más de un siglo de nefasta teoría económica.

El nuevo Nostradamus

Después de su trompazo en las últimas elecciones presidenciales, ganadas por Bush a pesar de que la SER había dictaminado unas horas antes lo contrario (el muy insolente), Gore ha dejado un tanto de lado los asuntos de la política cotidiana para dedicarse full time a predecir catástrofes planetarias, que es una cosa muy progre a la par que rentable en términos de popularidad.

Según el mensaje que el líder demócrata repite incansablemente cada vez que le acercan un micrófono, el fin de la raza humana está muy próximo a menos que Washington haga algo para impedir que los americanos sigan provocando el cambio climático. En los prolegómenos de la última campaña presidencial, Al Gore dio una conferencia apocalíptica en New York sobre los peligros del calentamiento global. Fuera del local había 18 grados bajo cero sin contar el chill effect pero, ¿qué es la física frente a la doctrina sagrada del progresismo?

Primero, no está demostrado que la Tierra se esté calentando de forma anormal; de hecho entre 1988 y 1997, lapso de tiempo utilizado en sus simulaciones informáticas por el progenitor intelecual del protocolo de Kioto, el planeta no sólo no se calentó, sino que su temperatura media descendió 0,24 grados. Segundo, aunque la temperatura realmente estuviera elevándose, la responsabilidad de la acción humana en ese incremento sería insignificante (el efecto invernadero tiene una incidencia de 153 watios por metro cuadrado, de los que 150 tienen origen natural). Tercero, una mínima elevación de la temperatura media global no sólo no sería peligrosa para el ser humano sino que, en realidad, tendría efectos más positivos que el enfriamiento, por su capacidad de mitigar los extremos climáticos.

Pero la vulgata marxista –ecologistas radicales, antiglobalizadores, anticapitalistas de todo pelaje y modelos de alta costura, éstas últimas más preocupadas por las profecías cataclísmicas que por engordar unos saludables kilitos es inmune al debate científico. Como en cualquier otra secta, el ideario es consecuencia de los dogmas trascendentes que imponen sus dirigentes como una cuestión de fe. El ecologismo apocalíptico es sólo un mecanismo de cohesión grupal con ribetes estéticos, como ir enseñando los calzoncillos o cagarse en la madre de Bush. De hecho, si fuera coherente, toda esta tropa debería apoyar el calentamiento terrestre. Con un par de grados más de temperatura, quizás en un par de décadas acabaría la glaciación cerebral que les atenaza de forma tan cruel.

Liberalismo y liberalidad

La praxeología enseña que el ser humano individual actúa intencionalmente para conseguir objetivos subjetivamente valorados, para alcanzar una satisfacción o evitar un malestar psíquico. Se actúa para obtener beneficios (hacer el bien) que no son necesariamente monetarios o materiales. Si una persona generosa regala voluntariamente sus bienes es porque obtiene a cambio un placer íntimo al hacer el bien a su prójimo, o porque mejora su reputación (asume costes presentes a cambio de beneficios futuros), evitando el malestar que puede producir ser considerado egoísta por los demás: el desprendido también busca su propio bienestar, igual que el que no regala nada sino que comercia (pidiendo algo a cambio de sus bienes o servicios, estableciendo relaciones mutuamente beneficiosas), e igual que el agresor (ladrón, violador, asesino, estafador, secuestrador) que persigue su propio beneficio aun a costa de perjudicar a los demás.

Desde el punto de vista del actor, todo ser humano actúa para obtener beneficios: el altruista se alegra del bienestar ajeno y asume todos los costes, el comerciante ofrece oportunidades de beneficio recíproco donde los costes se reparten entre ambas partes, y el agresor vive a costa de las víctimas a quienes causa daños.

La agresión no puede ser muy popular para las víctimas, de modo que a menudo se camufla con diversos ropajes: es por tu propio bien, es por bien del colectivo, te quito a ti para ayudar a otros más necesitados…

El altruismo suena muy bien: es fantástico que todos los demás sean generosos ya que así yo recibiré algo gratis. Y si quiero ser popular yo también seré generoso (no me lo pueden exigir porque el auténtico desprendimiento no espera nada a cambio). Es una lástima que la generosidad tenga serios problemas: la capacidad emocional de las personas reales es limitada, sólo sentimos como próximos a unos pocos familiares y amigos; la capacidad intelectual de las personas reales es limitada, de modo que aunque queramos beneficiar a los demás tal vez no sepamos cómo hacerlo, sobre todo si son extraños alejados de nosotros; la capacidad de acción de las personas reales es limitada, de modo que no podemos regalar riqueza indefinidamente. Se suele desear expandir estas capacidades, pero una cosa son los deseos y otra la realidad. Además los generosos incautos pueden ser fácilmente parasitados por vagos sin escrúpulos que prosperen a su costa: un grupo de generosos ingenuos es evolutivamente inestable.

Los intercambios voluntarios o altruismo recíproco (yo te doy a cambio de que tú me des, ahora o en el futuro) resuelven los problemas de la generosidad ingenua: es posible comerciar con conocidos y con extraños, próximos y lejanos, sin necesidad de amarlos intensamente; la inteligencia se utiliza de forma distribuida y local, de modo que ya se encarga cada participante de asegurarse que lo que hace es en su beneficio; los derechos de propiedad, los precios y los beneficios empresariales economizan los recursos escasos y fomentan su producción y su asignación a los fines más valorados.

Una cosa es lo que cada persona hace, otra lo que dice en público, otra lo que quiere que hagan los demás, y otra lo que quiere que los demás piensen de él. Si alguien dice que sólo hace lo que le beneficia (sin agredir a los demás), se está suicidando socialmente, aunque sea una verdad universal: lo que los demás quieren oír es que lo que haces también les beneficia a ellos, que eres generoso, que compartes, que no tienes afán de lucro, que les ayudarás cuando te necesiten. Y como hablar es barato, no compromete a casi nada y tiempo habrá de escurrir el bulto o buscar excusas, el discurso o meme predominante es el de la generosidad, ignorando sus limitaciones y problemas. A menudo la promoción de la generosidad es sincera, pero tiende a fingirse y exagerarse: además de fijarse en las declaraciones de la gente, fíjese en sus acciones. Promover la generosidad puede ser maravilloso para las relaciones humanas, el problema es que suele imponerse políticamente por la fuerza (liberalidad sin liberalismo), y entonces ya no es todo tan idílico.

El liberalismo suele basarse en un análisis racional de la realidad, no en la participación en un concurso de popularidad. Por eso propone que antes que hacer el bien a los demás es fundamental (y mucho más sencillo y realizable) no hacerles el mal: no robar, no matar, no estafar, no violar, no secuestrar. Todo resumido en respetar el derecho de propiedad. El comerciante egoísta (liberalismo sin liberalidad) al menos no perjudica a nadie. Si además de no agredir al prójimo usted quiere sacrificarse por él, estupendo: pero sobre todo no sea usted generoso con lo que no le pertenece.

Aprendices de brujo

Si algo hay que reconocerle al socialismo es su capacidad para reemplazar su indigencia científica con sobresalientes dosis de demagogia. Sin calentarse mucho la cabeza, hasta tenemos donde elegir para erradicar la pobreza y acabar con los males de este mundo. Si optamos por la ortodoxia tardomarxista, bastará con devolverle al trabajador lo que es suyo –la plusvalía que el capitalista le arrebata en forma de rentas del capital–. Si preferimos la redistribución de la riqueza que propone, sin ir más lejos, un Joaquín Estefanía, no tenemos más que confiscar la riqueza de esa decena de millar de familias cuyo patrimonio supera el PIB anual del conjunto de las naciones más pobres del planeta.

Las implicaciones teóricas de la teoría de la plusvalía pueden apreciarse con un sencillo ejemplo. Imagine el lector un edificio lleno de apartamentos propiedad de, digamos, cincuenta viejecitas distintas que tienen alquiladas dichas residencias a cincuenta familias también diferentes. Cada apartamento se alquila por 600€/mes. El mantenimiento y la vigilancia del edificio están a cargo de un portero, que es el único asalariado de la finca. Pues nada, según los marxistas, las viejecitas habrían de quedarse sin sus pensiones de 600€ al mes para que el empleado de la finca pudiera cobrar los ¡30.000€ mensuales! a los que “tiene derecho”, recuperando toda la plusvalía que le están extrayendo como rendimientos del capital. Por algo dicen en Cuba que no hay nada como ser portero bajo el socialismo.

Una primera aproximación a las limitaciones respecto a la redistribución del capital quizás puedan apreciarse con el mismo ejemplo anterior. Con una renta por apartamento de 7.200€ anuales y valorados dichos inmuebles a un múltiplo de 30 veces su renta (216.000€), los socialistas, con su increíble perspicacia, han descubierto que cada viejecita tiene una riqueza equivalente a las rentas anuales que serían suficientes para dar una vivienda digna a 30 familias. Vamos que el problema no es que el edificio sólo tenga cabida para 50 familias, sino que la riqueza está mal distribuida. Con quitarle a las viejecitas sus apartamentos, 1.500 familias más podrían ser alojadas… en el mismo edificio. Toma ya.

Si el ejemplo de los inmuebles ya es chocante, cuando para aliviar la pobreza nos ponemos a “redistribuir” como renta el valor cotizado de las empresas, la cosa es todavía más esperpéntica. En este caso nos encontramos además con que las acciones cotizan muy por encima del precio de coste de cada uno de sus componentes. Así por ejemplo la fortuna de Sergei Bind y Larry Page, fundadores de Google y dos de los treinta hombres más ricos del mundo, consiste esencialmente en un paquete de acciones de una compañía que cotiza a sesenta veces lo que dejó de beneficio el año pasado y a más de diez veces su valor contable (el coste de cada uno de los elementos adquiridos). O, dicho de otro modo, en su valoración tienen mucha más importancia sus expectativas de crecimiento que el material informático o los locales que tiene la compañía.

En resumidas cuentas, el valor de una buena empresa es como el de una gallina de los huevos de oro. Sólo es posible comprenderlo por su capacidad para generar beneficios futuros y éstos sólo pueden ser generados si se la deja vivir y funcionar. Los socialistas siguen viviendo de espaldas –no se sabe si por supina ignorancia o por pura mala fe– al hecho de que riqueza y renta son dos magnitudes distintas. Así, cada vez que los socialistas toman el poder, millares de estas gallinas de oro son sacrificadas en el altar de la envidia, quedándose con el despiece las élites de la robolución. Aunque la pérdida neta de riqueza sea bestial y la pobreza no haga más que agravarse y generalizarse, dichas élites políticas alcanzan un poder y bienestar con el que jamás podrían haber soñado. La inteligentsia convenientemente bien engrasada se encarga del resto del trabajo.

Dueños de tu vida

Crees ganar tu sustento libremente. Crees que cada esfuerzo que has hecho en tu vida, ha merecido la pena. Crees que mientras que te ocupes de tus propios asuntos, lo que suceda alrededor de ti, carece de importancia. Piensas que eres feliz y que no hay obstáculos en el camino.

Pero un buen día cuando vuelves de vacaciones, te encuentras con que tu casa ha sido literalmente asolada. La puerta; destrozada. Tu televisión de 32 pulgadas ha desaparecido. Y así sucesivamente con todas y cada una de las cosas que habías ido acumulando. Nunca habías robado a nadie pero ahora te roban a ti. Nunca habías vulnerado la ley pero otros la incumplieron y se salieron con la suya.

Supongo que eso debería pensar el abogado barcelonés de 57 años a quien unos ladrones, tras secuestrarle y robarle, pegaron dos tiros. Hoy puede contarlo porque unos vecinos avisaron a la guardia civil y a los servicios sanitarios.

Es curioso que alguien que ha estado pensando en que lo que sucede en la vida se debe a la causalidad, resulte que ahora se vea compelido a creer en la casualidad. Entonces, comienza a considerar que el hecho de que viva, no ha sido gracias al Estado a quien, por cierto, a cuenta de la Campaña de la Renta debe pagar una buena suma.

En el preciso instante en que se replantea lo que está recibiendo del Gobierno empieza a comprender que ya no es dueño de nada de lo que tiene. Todo lo que ha hecho desde que tiene uso de razón es trabajar y ahora teme por su vida, por sus propiedades y cree que algunos de sus congéneres le pueden agredir o matar en cualquier momento.

Ha dejado de ser un individuo soberano para depender totalmente de la voluntad de otros. Unos, para quitarle el dinero legalmente, so pena de embargarle sus cuentas y propiedades y encarcelarlo de por vida. Otros, para arrebatarle cuanto tiene, sin ninguna explicación.

Como subrayaba el economista Anthony de Jasay, "el Estado (…) tiene todas las armas. Aquellos que lo armaron, desarmándose ellos, están a su merced. La soberanía estatal significa que no hay recurso contra su decisión".

No cabe llamarse a engaño. Las personas carecen de derechos porque si estos dependen para su protección de un organismo que no les defiende sino que claramente delinque por omisión, cuando no expolia al ciudadano sus bienes, detrayéndole mes a mes, como un vampiro chupa la sangre de sus víctimas, parte de su nómina; entonces, estamos ante un orden claramente injusto.

Cuando en una de sus canciones, Sabina, decía, "si lo que quieres es vivir cien años vacúnate contra el azar", casi había resumido la respuesta con que le responderá el Gobierno cuando pregunte por qué no ha hecho nada para protegerle. La culpa, como se imaginará, habrá sido suya. No tomó las precauciones debidas. Y si las hubiera tomado, no habiendo nacido, entonces hubiera evitado el delito.

Esa es la maldita verdad con la que millones de personas se tienen que enfrentar a diario. ¿Qué les podemos decir para tranquilizarlos? ¿Acaso que el Estado les protege? No, rotundamente, no.

Somos violentos, sí

Los resultados del estudio no deberían sorprendernos; las mujeres son mucho más sensibles a todos ellos con una excepción: los hombres son especialmente hábiles en reconocer la ira en el rostro de otro hombre. Las razones son evolutivas, ya que quienes son capaces de reconocer este sentimiento tendrán más posibilidades de sobrevivir y de que sus genes pervivan y, dado que la mayor violencia en la historia humana se ha dado en hombres con respecto a otros hombres, esa necesidad es más acuciante en éstos.

Y es que la violencia forma parte de nuestra historia como especie desde que dimos nuestros primeros pasos por el mundo. Por eso resulta especialmente ridículo que algunos ingenieros sociales se centren en denunciar la violencia en el cine, la televisión o los videojuegos como si ésta fuera un comportamiento aprendido y no algo connatural a la misma esencia del hombre. El que la cultura occidental, la mejor adaptada entre las existentes para obtener el mejor partido posible a la naturaleza humana universal, haya dictaminado la genérica maldad de la violencia –con alguna excepción como la defensa propia– no significa que ésta no esté íntimamente ligada a nuestra especie, porque no todo lo natural es necesariamente bueno en términos morales.

Las propuestas de legislación norteamericanas contra los videojuegos parecen olvidar esta cuestión básica. Así, sus propuestas legislativas recuerdan a la indignación del capitán Renault, en Casablanca, cuando cierra el local de Rick porque ha descubierto que en él se juega, segundos antes de recibir sus ganancias de la noche. Si echaran la vista atrás, recordarían sus propios juegos infantiles teñidos de violencia, aunque fueran mucho menos sofisticados y, por lo tanto, entrañables en su memoria. Pero ellos también jugaron a matar a sus amigos del alma, y se divirtieron y rieron con ello. Nada malo hay en ello; al contrario. Ser conscientes de la violencia que anida en nuestra alma es la única manera de empezar a aprender a controlarla en nuestro beneficio y el de toda la sociedad. Pero lo que hay que tener en cuenta es que esa característica humana es la que hace atractivos esos juegos, no los juegos los que provocan la aparición de la misma.

Los padres, por supuesto, son los más interesados en que sus hijos aprendan ese autocontrol, y en su labor puede interesarles vigilar a qué juegan y cuánto tiempo. Es por esa necesidad que nació el código PEGI, propuesto por la industria para informar a los padres sobre lo que juegan los niños. Resulta absurdo ir más allá; no sólo significaría legislar contra la libertad de expresión –del mismo modo que prohibir la comercialización de ciertos libros a menores lo es también– sino que resultaría tremendamente ineficiente. Los políticos deben empezar a acostumbrarse a dejar en manos de la sociedad civil aspectos como éstos, más que nada porque Internet puede dejar por imposible de hacer cumplir cualquier regulación que quieran establecer. Una razón más para bendecir la Red.

Gestas keynesianas

Y si nada podemos esperar del PSOE, tampoco parece que el PP vaya a ser nuestra tabla de salvación. En lo fundamental, la política económica de los dos partidos mayoritarios es idéntica. Ninguno de los dos trata de reducir el dirigismo político y robustecer la figura central del empresario. Por el contrario, sus esfuerzos pasan por añadir mayores dosis de regulación a la ya encorsetada economía española. El último ejemplo de sumisión socialista en el PP lo encontramos en la Comunidad Valenciana y su recién aprobado Programa Gesta.

Gesta no es más un artilugio politiquero que pretende incrementar la competitividad de las empresas levantinas multiplicando las subvenciones a la I+D. Por supuesto, la filosofía subyacente a este proyecto es totalmente socialista y keynesiana. Parte de la premisa –falsa– de que la Administración tiene que intervenir en la economía para conseguir que los empresarios sean más eficientes. Dicho de otro modo: el Gobierno valenciano se siente legitimado para quitar a la sociedad parte de sus riqueza y gastarla, como si de un Comité Central Soviético se tratara, allí donde él juzgue más conveniente –en este caso, la I+D.

Por desgracia, la investigación tecnológica se presta a este infame pasteleo intervencionista, pues en torno a ella existe una cierta mistificación que los políticos aprovechan para incrementar su poder y control.

El gasto empresarial en I+D supone emplear recursos económicos escasos –capital, trabajo o materias primas– en intentar desarrollar una nueva tecnología, producto o diseño. La I+D, por tanto, no está libre de costes; si bien en caso de tener éxito permite mejorar nuestra técnica productiva, mientras tanto impide que esos recursos escasos se dediquen a fabricar otros bienes y servicios que incrementarían el bienestar actual de los consumidores. En lugar de aumentar la producción de, por ejemplo, televisores o automóviles, nos dedicamos a diseñar los televisores o automóviles del futuro.

Si el empresario cree que la inversión en I+D va a ser rentable, la ejecutará; en caso contrario, dirigirá los factores productivos hacia otros menesteres. El hecho de que la I+D sea rentable significa, simplemente, que los consumidores valoran más los resultados previsibles de la investigación que los bienes presentes a los que están renunciando. Del mismo modo, que no sea rentable quiere decir que los consumidores prefieren que los recursos destinados a la investigación se utilicen para producir otros bienes o servicios.

Por ello, para que el gasto en I+D sea rentable no basta con que tenga éxito en el plano científico, también es necesario que los consumidores valoren más esa invención que los usos alternativos que se podría haber dado a los factores productivos implicados.

En un mercado libre, los empresarios realizan estas valoraciones de manera continua; deciden si invertir en I+D o, en su lugar, en publicidad, en incrementos de la producción o en apertura de nuevas líneas de negocio. Si los empresarios gastan demasiado en I+D, sus ingresos futuros no cubrirán sus gastos presentes y quebrarán; si gastan la cantidad adecuada, prosperarán.

El problema surge cuando el político de turno se cree más listo que los empresarios y decide planificar la investigación y el desarrollo de toda la sociedad, otorgando subvenciones por doquier. Si, como hemos visto, un empresario invierte en I+D siempre que lo considere rentable, las subvenciones de los políticos favorecen que los empresarios inviertan en I+D aun cuando no lo sea.

Las subvenciones a la I+D, por tanto, corrompen la investigación científica, ya que los empresarios, en lugar de satisfacer las necesidades de los consumidores, sirven las de los políticos. Su objetivo no es ser recompensados en el mercado, sino en las Administraciones Públicas.

Los socialistas suelen argüir en este punto que los empresarios pueden no tener dinero suficiente para acometer inversiones en I+D realmente rentables, por lo que la intervención estaría en última instancia justificada. Este razonamiento, sin embargo, olvida que en las sociedades capitalistas existe un poderoso instrumento, llamado mercado de crédito, que permite obtener liquidez a las personas que crean haber descubierto una oportunidad de beneficio y no dispongan de fondos presentes.

Si es cierto que existe una oportunidad de ganancia, los empresarios y los capitalistas, ávidos de incrementar su rentabilidad, la aprovecharán, sin necesidad de que los burócratas los tutelen con su fatal arrogancia. Es más, si los políticos realmente supieran dónde hay que invertir para enriquecerse, serían los primeros en abandonar su profesión y dedicarse a ganar dinero en el mercado. El hecho de que no lo hagan es suficientemente significativo de su incapacidad y ceguera.

El programa Gesta también ha ido acompañado de la habitual retórica populista sobre los beneficios de la intervención. Camps nos promete que creará 4.000 empleos e incrementará el PIB valenciano en un 1%. Lo que no nos indica Camps es cuántos empleos destruirá, ya que el dinero gastado a través de su programa político es un dinero que no podrán dedicar los consumidores y empresarios valencianos en ahorrar, invertir e incrementar la producción.

Camps nos muestra los supuestos beneficios directos de su plan, pero no nos enseña todas las empresas y líneas de negocio que dejarán de crearse porque él está (mal)gastando el dinero de los valencianos. De hecho, no nos habla de las enormes pérdidas de bienestar que experimentarán los consumidores como consecuencia de hipertrofiar un gasto en I+D subvencionado y no rentable.

El PP, en materia económica, es la comparsa socialista de ZP. El keynesianismo despilfarrador y manirroto, el estatismo desbocado y enloquecido y la desconfianza permanente en el empresario y el consumidor –en el ser humano no político– son sus rasgos más característicos.

Para incrementar nuestra competitividad, nuestra riqueza y nuestro progreso sólo hay un camino: devolver la responsabilidad a los individuos. Son los empresarios quienes deben descubrir y crear las oportunidades de ganancia, sin que los políticos les transfieran coactivamente nuestro dinero. Deben ser los consumidores quienes determinen el éxito o el fracaso de una inversión, y no los caprichos de la clase política.

Más capitalismo significa más eficiencia y más bienestar; todo lo contrario que las cacicadas violentas que practican a diario los burócratas nacionales de uno y otro partido.

Contra el empleo y la integración

Pero se ve muy claramente, sin más que pararse a pensar en qué consiste y qué efectos tiene, lo perverso que es el salario mínimo y los enormes riesgos que puede tener en concreto para España. Consiste en prohibir a empresarios y trabajadores alcanzar un acuerdo voluntario para el pago de un salario por debajo de cierto nivel. Tanto hablar de percibir rentas y se olvida que los salarios dependen del valor de la aportación del trabajador (lo que los economistas llaman productividad marginal), descontado el interés. Si lo que puede aportar un empleado no alcanza el mínimo marcado por el Gobierno, queda automáticamente expulsado del mercado laboral. Prohibir trabajar por un determinado salario destruye empleo, el de quienes en ese momento no son capaces de generar una renta mayor. Todavía hay quien se sorprende por esta obviedad.

Pero si la destrucción de empleo es de por sí antisocial, el salario mínimo puede tener otras consecuencias, que en el caso de España pueden ser especialmente graves. Esta ilegalización del empleo no afecta a todos los sectores sociales por igual, siempre se ceba con dos grupos: los jóvenes y los inmigrantes o minorías. A los primeros les resta años de experiencia laboral que en esa época de su vida es al menos tan importante como la renta que puedan generar. Aprenden habilidades que les hacen más productivos y hábitos como el de asumir responsabilidades, cumplir la palabra dada o colaborar con compañeros o con un jefe, que le serán muy útiles más adelante.

¿Y los inmigrantes? Los que llegan en masa a España buscan trabajos con baja cualificación, que es en los que pueden aportar valor con su esfuerzo. Si vienen para descubrir que el salario que correspondería a su aportación es ilegal y no se les puede emplear, ¿Qué opciones tienen? Una parte de ellos volverán a desplazarse a donde puedan trabajar sin mayor problema, otros lo harán de forma ilegal, con lo que pierden la protección de las leyes frente a los posibles abusos, y otros no podrán resistir la tentación del dinero fácil por medio del crimen.

Sacrificio al dios Sol

Al gobierno español este proyecto le viene como anillo al dedo. El ministerio de Medio Ambiente ha reconocido recientemente que el incumplimiento del Protocolo de Kioto por parte de España es monumental, habiendo incrementado nuestras emisiones de CO2 desde 1990 en un 47,87%, cuando nuestro límite lo tenemos fijado en un 15%. Además, el objetivo del gobierno en el marco de su Plan de Energías Renovables es que en 2010 haya 400 MW y por el momento sólo cuenta con 37MW.

Una de las características financieras del plan es que el dinero lo aportarán inversores particulares que se beneficiarán de una rentabilidad del 10%. La pregunta salta a la vista: ¿cómo es posible que la energía solar fotovoltaica ofrezca una  rentabilidad tan elevada? ¿Será que tienen razón los ecologistas cuando dicen que esta forma de producción energética es interesante desde el punto de vista económico?

Lo cierto es que se trata de un nuevo fraude al contribuyente y al consumidor. El más grande de Europa en su modalidad, según los promotores del proyecto solar. Y es que no podía ser de otro modo si tenemos en cuenta que la energía solar fotovoltaica es hoy por hoy una de las más ineficientes que existen.

La fórmula es bien sencilla. Consiste en detraer esa cantidad que se promete a los inversores de la rentabilidad real que ofrecen otras formas de producción energética y, en última instancia, a través del dinero que se le cobra injustificadamente a los consumidores de energía eléctrica quienes pagan indirectamente estos proyectos que sólo sirven para que se forren cuatro gatos. La herramienta básica de la que se aprovechan es el Real Decreto 436/2004 que garantiza que el distribuidor más cercano tiene que comprar la energía producida en los huertos solares. En definitiva, se trata de un negocio sin incertidumbre y con mucha trampa. Para colmo, el precio al que el distribuidor está obligado a pagar esa electricidad es un 575% superior al de la tarifa media de referencia durante 25 años, y del 460% a perpetuidad. Un chollo para unos pocos privilegiados que pagamos todos con una electricidad más cara y un asfixiado mercado eléctrico.

Es también en este ámbito de las búsquedas de rentas donde se explica que se construyan 278 centrales en vez de una. Y es que las subvenciones son menores para las instalaciones de menos de 100 kilovatios. Así que BP Solar va a montará 278 huertos que tengan una potencia siempre inferior a esos 100 kilovatios para poder embolsar todo el maná estatal. Para los ecolo-getas, los políticos demagogos y los buscadores de rentas ajenas estamos ante un gran éxito. Para es resto de la población el anuncio representa un nuevo sacrificio al dios Sol.

El dinero tiene valor porque circula

La inmensa mayoría de la ciencia económica predominante carece de una sólida teoría del dinero. El economista medio se limita a enunciar las funciones del dinero (a saber, medio de pago, depósito de valor y unidad de cuenta), pero es incapaz de explicar por qué ciertos bienes han devenido dinero (y son aptos para prestar esas funciones) y otros no.

En su momento, ya explicamos que la demanda del dinero está íntimamente relacionada con la liquidez y ésta, su vez, con la utilidad marginal. El dinero es un medio de pago porque es líquido, esto es, porque su utilidad marginal decrece muy lentamente.

La tragedia de los economistas neoclásicos es que explican la liquidez al revés: el dinero es líquido porque es un medio de pago. ¿Y por qué es un medio de pago? La razón suelen encontrarla en las ineficiencias del trueque: “era necesario superar esa etapa, por eso nació el dinero”. ¿Pero por qué unas mercancías y no otras? Acaso si los individuos hubieran empezado a intercambiar con piedras por simple inercia, ¿las piedras hoy en día serían más líquidas que el oro?

Las consecuencias de creer que el dinero puedes desmaterializarse son muy peligrosas. Keynes ya nos advirtió de que el oro era una bárbara reliquia cuya cantidad era muy inflexible, ¿por qué teníamos que apegarnos al dinero como oro si la misma función circulatoria podía realizarla cualquier otro bien? Si el dinero sólo se caracteriza porque pasa de unas manos a otras, será el planificador social que controle qué arbitraria mercancía será la que circule entre los individuos; en cambio, si el dinero, para ser dinero, debe ser valorado por la sociedad, el Estado, so pena de incurrir en inflación permanente, no podrá más que reconocer la soberana elección de los individuos.

La inane explicación de que el dinero es esencialmente circulación y no una mercancía líquida, sin embargo, la podemos encontrar en numerosos autores. Valga como ejemplo Knut Wicksell, al que tanto Mises como Keynes mostraron su aprecio y admiración.

En su libro “La Tasa de Interés y el Nivel de Precios” Wicksell nos explica que el dinero surge automáticamente cuando en la economía tenemos más de dos bienes. Esto de entrada ya presupone que el dinero no es un bien y que, por tanto, no se rige por las leyes del valor. Ya explicamos que, en realidad, el dinero es el bien más líquido de una sociedad y, por tanto, en una economía de dos bienes, uno de ellos sería más líquido que el otro (en este caso, la liquidez vendría determinada por la capacidad de trasladar el valor a lo largo del tiempo, lo cual podría venir influido por ser menos perecedero que el otro bien)

Si denominamos al bien más líquido X y al menos líquido Y, tendría sentido que un individuo comprara bienes X a cambio de bienes Y. La razón sería un simple intercambio intertemporal: dado que deseo consumir mayor cantidad de Y en el futuro que en el presente y dado que X conserva mejor el valor a lo largo del tiempo, adquiero hoy bienes X (dinero) para poder comprar mañana bienes Y.

Pero los errores de Wicksell no se detienen aquí. Una vez alcanzada la economía de tres bienes, nos propone el siguiente esquema. Tenemos los tres propietarios de los tres bienes: propietarios de A, propietarios de B y propietarios de C. Los propietarios de A desean C, los propietarios de B desean A y los propietarios de C desean B. El intercambio deberá proceder un camino indirecto: A adquirirá B para comprar C.

Wicksell ya nos advierte de que esta forma de intercambio “es demasiado pesada  dificultosa para cualquier sistema económico desarrollado, a menos que fuera dirigido de forma planificada (sic)”. Y es aquí donde el dinero hace su aparición estelar como una especie de lubricante del sistema económico: “el poseedor del bien A, suponiendo que tiene cantidad bastante del bien M, se haría con el bien C que necesita, intercambiándolo por M. Entonces los propietarios del bien C pueden utilizar la cantidad así adquirida de M para procurarse el bien B que precisan y los propietarios del bien B adquirirán a cambio de M la cantidad de A que necesiten”.

La clave de este párrafo es la suposición inicial. ¿Por qué los propietarios del bien A tienen además una cierta cantidad de M (es decir, de aquello a lo que Wicksell llama dinero)? Como ya hemos visto, existen dos explicaciones posibles: o bien porque A atribuye valor a M en cuanto a bien, o simplemente porque A espera que M circule, esto es, que sepan que los propietarios de C van a entregarles su propiedad a cambio de M.

En el último caso, deberemos explicar por qué los propietarios de C estarán dispuestos a aceptar M a cambio de sus mercancías. Y de nuevo tenemos dos justificaciones posibles: porque le atribuyen valor en cuanto a bien o porque esperan que M circule, es decir, que sepan los propietarios de B van a entregarles su propiedad a cambio de M.

Si otra vez optamos por la última opción, deberemos explicar por qué B acepta entregar su propiedad a cambio de M. Y nuevamente tenemos dos opciones: porque valora M en cuanto a bien o porque espera que circule, esto es, que los propietarios de A acepten entregar su propiedad a cambio de M.

Alto. ¿Por qué iban los propietarios de A a entregar su propiedad a cambio de M si hemos empezado diciendo que los propietarios de A sólo valoraban M por su perspectiva de adquirir C y ya han comprado C? Si los propietarios de A no valoran M en cuanto a bien, ¿por qué deberían desprenderse de A? Y si los propietarios de B saben que no van a poder adquirir A a cambio de M, ¿por qué van a entregarles a los propietarios de C sus mercancías a cambio de M? Y si los propietarios de C saben que no van a poder adquirir B con M, ¿por qué van a entregarles su propiedad a los propietarios de A si saben que no podrán adquirir B? Siendo todo esto es así, el dinero no podrá circular y si no circula no tendrá valor.

Vemos, por tanto, que el valor no puede proceder de la circulación, sino que en todo caso deberá anteceder a esta. El dinero emerge porque los individuos lo valoran previamente como mercancía no dineraria (esto es el famoso teorema regresivo de Mises) y, por tanto, el dinero sólo podrá emerger espontáneamente de la sociedad, nunca ser impuesto desde arriba. En caso contrario, el envilecimiento de la moneda oficial devendrá inevitable.