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Precios de Transferencia y la nueva legislación fiscal

Si el lector se fija en una de las conferencias anunciadas por el Instituto (Precios de Transferencia y la Ley contra el Fraude Fiscal), se dará cuanta de que algo se nos viene encima y que afecta, en última instancia, a nuestro bienestar. Porque, aunque pudiera parecer lejano y concernir solamente a determinadas operaciones y contratos, como siempre sucede, cuando nuevos obstáculos son plantados en el camino de las empresas, son todos los consumidores quienes al final sufrirán el retraso en el surgimiento de nuevos y mejores productos al mercado.

Así ocurre, también, cuando la autoridades fiscales de un país corren a la zaga de sus empresas y se dan cuenta de que el beneficio que ha surgido de las actividades de éstas en el país son gravadas por otro Estado. Alarmados y temblorosos, contactan con sus homólogos (mejor si son europeos) y pergeñan nuevas medidas a través de centros de estudios proclives a sus tesis. Las nuevas medidas, como la futura Ley para la Prevención del Fraude Fiscal, son una clara muestra de la influencia que están protagonizando organizaciones transnacionales que respaldan teóricamente a los gobiernos más intervencionistas.

En el ámbito internacional, los negocios de las empresas pueden verse afectados por las actuaciones del fisco a través de los denominados Precios de Transferencia (precios por los que tributar fijados por la Administración para las relaciones internacionales entre empresas vinculadas). Las empresas vinculadas, aunque hayan llegado a montar una estructura empresarial de mercado que les permita diversificar actividades en distintos países al son de la eficiencia y de la productividad, deben valorar sus compras y ventas entre ellas al precio que estime aceptable la Administración. Es decir, que aunque se vendan y compren entre ellas productos de manera más económica o con un precio menor del que se ofrece en el mercado (precisamente gracias a esa mayor eficiencia conseguida), deben valorarlos a "precios de mercado" (con todos los problemas que ello conlleva) o tal como está definido en la ley: al precio que pactarían "sujetos independientes en condiciones normales de mercado".

En cuanto una empresa creara, por ejemplo, una nueva sociedad para centralizar determinados servicios y llevarlos a cabo más eficientemente, la inspección caería sobre sus bolsillos y le exigiría aumentar sus costes a efectos tributarios. Por lo tanto, con esta penalización a la competencia, se impide la creación de nuevos organigramas más productivos y que servirían de mejor modo a los ciudadanos, haciendo que sean más costosos por el simple hecho fiscal.

Sin embargo, lo verdaderamente palpable con estos movimientos y estos contraataques de la administración para retener bajo su control las rentas gravables se refiere a un protagonista de enorme expansión: la globalización.

La globalización, o la continuación del comercio fuera de las fronteras estatales, posibilitó que el ingenio empresarial se aprovechara de la diferente legislación interna de los países, y en concreto la legislación fiscal. Esto hace que hoy día, el sector privado aproveche sus recursos para minimizar el nocivo efecto del Leviatán y así servir de mejor modo al consumidor.

Por ello, la respuesta de los gobiernos, sobre todo europeos, y de las agencias progubernamentales, (la OCDE, etc.), no se hizo esperar y aplicaron medidas como la fijación de estos precios que engrandecen los poderes de la administración, endurecen las sanciones y amplían los supuestos por los que las empresas estarán a merced del Fisco.

De ahí que, conocer la nueva ley y, sobre todo, saber de la batalla que se está librando entre, por una parte, las empresas y los asesores fiscales, y por otra, el fisco y la Agencia, es imprescindible para poder defenderse y hacer frente a estas nuevas medidas liberticidas que están protagonizando los tiempos venideros.

Dos tipos de inmigración y una misma solución

Grandes potencias actuales se han levantado gracias a los flujos migratorios que permitieron construir países econonómicamente fuertes. Que la inmigración se haya convertirlo en una molestia social y económica no es más que otro fallo del Estado.

Hay dos tipos de inmigración. La primera es la del individuo que abandona su país, o región, para instalarse en otro lugar (país o región) para obtener un mejor trabajo, libertad y poder conseguir con su esfuerzo un futuro próspero para él y su familia. Ésta fue la inmigración que dio la bienandanza a los Estados Unidos hasta el siglo XX, o a la Cataluña de los años cuarenta y cincuenta. Por el contrario, mucha de la inmigración actual pretende todo lo contrario.

El segundo tipo de inmigración es la de aquellas personas que viajan a países, u otras regiones dentro de un mismo país, para aprovecharse del esfuerzo de otras personas sin dar contraprestación alguna. Si potenciamos la seguridad social o la educación y "ayudas" públicas, sólo avanzaremos hacia un proceso de descapitalización consiguiendo pérdidas totales y un mayor grado de malestar. Pagamos la educación, sanidad, subsidios, etc., de personas que nunca han contribuido a estos servicios. Algunos inmigrantes vienen a España a operarse gratuitamente y luego se van o vienen con sus familias para conseguir dinero y servicios públicos gratuitos. Ejemplos como estos los hay cada día.

Ni muros ni satélites evitarán que este tipo de afluencia parasitaria acabe; el reclamo de la gratuidad es demasiado goloso. Lo único que conseguiremos con este tipo de controles y barreras es aumentar nuestros costes (más impuestos) para dar más fuerza al gobierno. Con las medidas anti-inmigración sólo lograremos desanimar y penalizar al inmigrante que viene a trabajar duro. Ahora mismo el gobierno está decidiendo sobre el bienestar y vida de las personas como si fuera Dios.

No nos engañemos. La solución al problema que ha creado el Estado no es prohibiendo el progreso individual de los inmigrantes. La única solución es crear un entorno de responsabilidad que elimine la inmigración que viene a vivir a nuestra costa, y para ello nos hemos de replantear seriamente en modificar o eliminar los falsos privilegios que los políticos han creado con el estado del bienestar.

Escenarios futuros

La mente humana tiene una inclinación natural a aprehender mucho mejor los crecimientos lineales que los exponenciales. El ejemplo de un estanque que puede rellenarse en un mes tanto en progresión aritmética como en geométrica nos ayudará a comprender mejor las enormes diferencias que ambos casos implican.

En caso de crecimiento lineal, al final de los quince primeros días tendremos la laguna ya rellena en un 50% y hacia la mitad de la cuarta semana (el día 25) en más de ocho décimas partes. Los datos contrapuestos de un segundo caso en el que el estanque se rellena duplicando cada día lo embalsado hasta la fecha nos sorprenden. ¡El día 26 tendremos todavía unas nueve décimas partes vacías y el penúltimo día apenas habremos alcanzado la mitad!

Los enemigos del mercado y del progreso económico históricamente han gustado de modelar escenarios apocalípticos disparando en forma de crecimiento exponencial algún dato preocupante. Robert Malthus habló de población creciendo en progresión geométrica y recursos haciéndolo en forma aritmética (curiosamente la progresión bajo el sistema capitalista parece ser la contraria). Karl Marx pintó un escenario de empresas crecientemente monopolísticas extrapolando hacia décadas y décadas futuras el impresionante crecimiento que las comparativamente escasas empresas devenidas en grandes multinacionales habían experimentado en una o dos décadas.

Paul Ehrlich, en su Population Bomb, y el Club de Roma, en Los límites del Crecimiento, resucitaron a Malthus y también hicieron pronósticos apocalípticos en los años 70. Para ello extrapolaron en progresión geométrica los niveles de demanda existentes por entonces al tiempo que presumían crecimientos mucho más modestos para la producción de alimentos y bienes y la innovación tecnológica. De igual naturaleza, tenemos el último espantajo del cambio climático súbito que ningún climatólogo solvente parece avalar.

Lo más notable del caso es que mientras todas esas extrapolaciones apocalípticas de crecimientos exponenciales han gozado de notable publicidad, sigue existiendo un mutismo casi absoluto con respecto a los auténticos casos de crecimiento exponencial a los que viene asistiendo la Humanidad en el último par de siglos y, más específicamente, coincidiendo con el desenvolvimiento del sistema capitalista.

Si extrapolamos un crecimiento real cercano al 4,7% anual acumulativo [(1,047)90=62], nos encontramos con que el PIB total se ha multiplicado por 60 en los últimos 90 años. Las cifras, para la mayor parte de los países que han ido incorporándose durante el siglo XX al sistema capitalista, desde Taiwan a Corea pasando por España, Portugal, Irlanda o Chile, son todavía más espectaculares.

Una parte de ese crecimiento se ha reflejado en la reducción de la semana laboral en el mundo desarrollado a 5 días y 40 horas, partiendo de los 6 días y cerca de 60 horas de principios de siglo. Otra parte ha sido absorbida por los impuestos estatales con los que financiar toda clase de gastos –infraestructuras, pensiones, sanidad, defensa, policía–. Por supuesto, despilfarro y subvenciones de todo tipo también. El gasto público absorbió probablemente más de la mitad de ese crecimiento.

Finalmente, otra parte ha ido a parar al bolsillo de asalariados y accionistas en forma de una mayor disponibilidad de bienes y servicios: el número de horas de trabajo necesarias para adquirir casi cualquier bien, desde una barra de pan a una lavadora, desde una semana de vacaciones a un juguete, sigue desplomándose año tras año. El abaratamiento de la luz, las telecomunicaciones o la computación es todavía más espectacular. El precio de la iluminación en dólares constantes representaba a finales del siglo XX una diezmilésima parte de lo que costaba dos siglos antes. El coste monetario de trasmitir 1.000 palabras pasó de los 10.000$ a principios de siglo XX a 1 centavo un siglo después. El coste físico de energía que gastaba por operación lógica en 1946 el ENIAC (que funcionaba con tubos de vacío) era de 10 watios. El coste de una operación lógica con los microprocesadores actuales es 10.000 veces inferior. Desde que Moore enunciase su ya famosa ley, la capacidad de computación viene duplicándose cada dieciocho meses. Se tardaron 90 años en alcanzar el millón de instrucciones por segundo (MIPS) en velocidad de computación de los procesadores. Hoy la velocidad de los procesadores añade un MIPS ¡cada día!

En los dos últimos siglos la esperanza de vida en el mundo capitalista ha pasado de estar en los 37 años a situarse por encima de los 80. Aquí de nuevo el crecimiento es exponencial pues actualmente se está acrecentando dicha cifra en más de tres meses por cada año que transcurre, mientras que en el siglo XIX la esperanza de vida sólo crecía en términos de semanas por año.

También tenemos crecimiento exponencial en la miniaturización a un ritmo de 5,4 veces por década, lo que nos augura un futuro pleno de nanotecnología en no más de dos o tres décadas.

Ray Kurzweil es un famoso futurólogo (además de inventor, empresario y un puñado de cosas más). Siendo muy consciente de las implicaciones del crecimiento exponencial, viene mostrando inusuales niveles de acierto en sus predicciones. Si nos atenemos a sus pronósticos, siempre y cuando la acumulación de capital y el desarrollo tecnológico del capitalismo logren imponer sus principios frente a las tentaciones totalitarias de neomarxistas, terroristas islámicos o ecologistas, es posible que dentro de tres décadas la inteligencia artificial haya alcanzado la capacidad del cerebro humano, momento en el cual seguramente empezaremos a fundirla de forma cada vez más indistinguible con nuestro sustrato biológico. Kurzweil también estima que dentro de poco más de una década la esperanza de vida se estará incrementando a un ritmo superior a un año por cada año que transcurra, lo que implica más o menos que para mediados del siglo XXI la muerte por vejez habrá dejado de ser algo inevitable. Si a ello le unimos, siendo muy conservadores (la proliferación de inteligencias artificiales autodidactas podría incrementar este número de forma dramática), un crecimiento económico real que seguirá duplicando la producción cada 15 años, con crecimientos de población total mucho más modestos, para el año 2065, nuestra productividad se habrá multiplicado seguramente por diez. Dicho de otra manera, será posible ganar cuatro veces nuestro sueldo actual trabajando menos de la mitad de días por año que en la actualidad. ¡Hay que ver qué perverso es el capitalismo!

Para mentiras, la realidad

“Menos piadosas que las del corazón
son las mentiras de la diosa razón,
yo sólo te conté media verdad al revés
(que no es igual que media mentira)”
Joaquín Sabina

Es mentira que los impuestos sean un robo.

Es mentira que el salario mínimo cree paro.

Es mentira que la Seguridad Social sea un timo piramidal.

Es mentira que la propiedad común sólo pertenece al Estado.

Es mentira que el ecologismo tenga al hombre como un virus de la naturaleza.

Es mentira que el igualitarismo implique la coacción perpetua para evitar las diferencias personales a que conduce el individualismo.

Es mentira que los contratos laborales obliguen al trabajador a aceptar lo que otros, los sindicatos, le imponen y no aquello que libremente acuerda con otro individuo, el empresario.

Es mentira que el derecho a la vida no equivalga al derecho a recibir sustento del prójimo.

Es mentira que el derecho al trabajo conlleve el derecho a coaccionar a otros para que den un empleo.

Es mentira que el derecho a una vivienda digna signifique que otros tienen que pagarte la hipoteca.

En suma, parafraseando a Sabina, es mentira que más de 10 mentiras no digan la verdad.

El crimen de Dresde

Las cifras de la barbarie sobrecogen. Sobre una ciudad de 630.000 habitantes cayeron 650.000 bombas incendiarias de una tonelada cada una, 529 de dos toneladas y una de cuatro toneladas. El incendio que provocó el ataque fue de tal magnitud que la columna de fuego se veía desde 150 kilómetros a la redonda. La ciudad ni siquiera pudo defenderse. Apenas quedaban baterías antiaéreas y los pocos cazas disponibles no pudieron despegar por falta de combustible.

La matanza fue inaudita. Éste de Dresde fue el único bombardeo de los muchos que asolaron Alemania en los dos últimos años de guerra, en el que no quedó gente con vida para enterrar a los muertos. Días después, cuando aún ardían como teas muchos edificios de la ciudad, se abrieron fosas comunes para sepultar apresuradamente a miles de cadáveres. Otros fueron incinerados en grandes parrillas en las que se apilaban hasta 500 cuerpos por pira. Un infierno indescriptible.

La razón por la que Inglaterra y los Estados Unidos planearon y ejecutaron semejante carnicería es aun desconocida. En febrero del 45 Alemania se encontraba presa de la confusión, en retirada de todos los frentes y virtualmente derrotada. Por si esto no fuese suficiente, Dresde no era un enclave importante desde el punto de vista militar. La industria bélica era casi inexistente y, lo que quedase de ella, no estaba operativa. Carecía de destacamentos militares de fuste y no constituía un punto trascendental para las operaciones aliadas.

El de Dresde fue el sangriento y criminoso punto final de una estrategia errada –los bombardeos sobre Alemania– que sólo sirvió para asesinar a mansalva a cientos de miles de civiles. Concebida en origen por Inglaterra como única arma a su disposición, había perdido todo su sentido con la entrada de la Unión Soviética y los Estados Unidos en la contienda. Cuando en 1943 se produjo la letal incursión de la RAF sobre Hamburgo, los bombardeos aliados sobre la población civil carecían de justificación práctica y no estaban demostrándose efectivos desde el punto de vista militar.

El poderío bélico norteamericano y la resistencia rusa, pertinaz como pocas, decantaron la contienda en el invierno del 42. La victoria aliada, a la larga, estaba garantizada, y eso Churchill lo sabía. Inglaterra, además, dejó de padecer los ataques de la Luftwaffe en noviembre del 40, por lo que queda eliminada la coartada de la venganza.

A pesar de que Gran Bretaña consagró gran parte de su esfuerzo bélico al mantenimiento de una inmensa flota aérea, la industria armamentística alemana no se resintió hasta 1944. No lo hizo entonces por los intensos raids aéreos aliados, sino por la falta de materias primas que, a partir del verano de 1944, colapsó la economía del estado nazi.

Los aliados, especialmente Inglaterra, consumieron preciosos recursos en un modo de hacer la guerra moralmente inaceptable que, indudablemente, retrasó el final del conflicto. Esto y la larga campaña italiana pospusieron –tal vez un año– el desembarco en Francia. No veo preciso remarcar que, de haber sido así, Stalin no se hubiera adueñado de la mitad de Europa, simplemente porque su ejército nunca hubiese llegado tan lejos.

Valga esta pequeña reflexión en perspectiva para percatarse de lo estéril e ilógico que fue el crimen de Dresde.

España ante la relocalización

Los costes laborales son allí más bajos. Los impuestos, también, mientras que la protección de la propiedad privada no es necesariamente menor. El capital acude a países que todavía son pobres, con sueldos que no han alcanzado los del primer mundo. Ese capital hace el trabajo más productivo, y la diferencia entre productividad y coste laboral revierte en beneficios para la empresa.

Pero los salarios no pueden quedarse permanentemente relegados tras la productividad, porque están determinados por ella a largo plazo. No hay más que acercarse a la evolución de los costes laborales en Europa para darse cuenta: crecieron de 1996 a 2002 en la República Checa un 11,6 por ciento de media, un 11,7 por ciento en Estonia, un 14,3 por ciento en Lituania, un 10,2 en Rumania o un 9,9 en Polonia. La llegada de capital a esos países les está haciendo más ricos, y los trabajadores son capaces de generar mayores rentas. Además, los consumidores de todos los países pueden acceder a más bienes más baratos gracias a todo ello. Tan positivo es este proceso que la izquierda no deja de criticarlo. Embarrada en su discurso de que este mundo cada vez más abierto va a peor, toda buena noticia para los pobres es una mala noticia para la izquierda.

En el fondo, cómo se beneficien los pobres del mundo por la incorporación de sus sociedades al capitalismo global les trae el fresco. "¿Qué pasa con los trabajos que se destruyen aquí?", se preguntan. Es una pregunta legítima, todo hay que decirlo. La preocupación porque el cierre de determinadas fábricas o el desmantelamiento de sectores enteros cree un desempleo permanente es tan viejo como poco fundamentado. Parte de la idea de que la riqueza está fija, y que cualquier aumento en un punto del mundo creará una carencia en otro. Si tiras de la manta hacia un lado, el contrario quedará descubierto.

Pero esa idea es perfectamente absurda. La escasez nunca desaparece; siempre hay necesidades por cubrir. Y puesto que podemos llegar a ellas simplemente haciendo más productivo el trabajo, éste jamás será sobreabundante; nunca quedarán bolsas de trabajo permanentemente sobrantes, porque siempre nos quedarán necesidades que podremos satisfacer empleándolo. El capital es el que marca la frontera entre los deseos que podemos cumplir y los que aún no están a nuestro alcance.

¿Y qué tiene que ver eso con España? Que los países ricos tienden a perder los puestos de trabajo menos productivos, y se concentran en reorientar la fuerza laboral en aquellos empleos más elaborados, más complejos y en los que la tecnología es más moderna. España, por fortuna, no puede ya competir con salarios bajos, pero podría hacerlo, siguiendo el ejemplo de Irlanda, en la apuesta por la tecnología y el capital humano.

Servicios públicos y “xenofobia”

Con estas nuevas llegadas son ya casi 6.900 personas las que han arribado a las Afortunadas desde principio de año, cifra que supera al conjunto de los llegados en todo el año 2005. Es una marea creciente que por un lado refleja un drama humano y por el otro genera una enorme inquietud entre la población de Canarias.

Sin embargo, la verdadera inquietud es la que produce la actitud de nuestro gobierno para el que la solución se fundamenta en un Plan África que consiste en aumentar las partidas de gasto público en cooperación con países subsaharianos y abrir nuevas embajadas en la región. Estas medidas no tienen ninguna relación causal con la resolución del problema. La única cooperación capaz de ayudar a resolver el problema a largo plazo es la cooperación comercial libre entre individuos españoles y africanos que beneficien a ambas partes y ayuden a desarrollar a millones de personas en el continente africano. Las ayudas públicas sólo sirven para quitar dinero a los que son relativamente pobres en España y entregárselo a los ricos de los países pobres. Para colmo, avivará las múltiples corruptelas de la región y creará la falsa apariencia de que sin cambiar las instituciones, las actitudes y las aptitudes es posible crecer porque los recursos pueden caer del cielo.

Además, nuestro gobierno incurre en una contradicción manifiesta que agravará el problema a medio y largo plazo. El reforzamiento del Estado del Malestar que está llevando a cabo no puede ponerse en práctica acompañado de una política de puertas abiertas sin producir un gran conflicto social entre los ciudadanos españoles y los inmigrantes. En un mercado libre y dinámico gran parte de los problemas derivados de la inmigración ilegal desaparecen. Pero ahí donde los impuestos reducen la renta de los ciudadanos para financiar servicios públicos, los contribuyentes ven a los inmigrantes ilegales como el motivo de esos impuestos y la causa del deterioro de la calidad de unos servicios que por necesidad son escasos. Quizá por eso una reciente encuesta encargada por USA Today revela que el 60% de los norteamericanos está en contra del acceso gratuito de los inmigrantes ilegales a servicios como hospitales y colegios públicos.

La política de relativas puertas abiertas exige la liberalización de múltiples servicios públicos. Cualquier alternativa resultará en confrontaciones sociales tan dañinas como innecesarias. Liberalización o cierre de fronteras a cal y canto, esa es la cuestión que el gobierno se empeña en ignorar.

La troika del capitalismo

¿Se ha parado a pensar alguna vez de dónde proviene el progreso económico? ¿Qué misteriosas “fuerzas” hacen avanzar a la sociedad y la enriquecen de manera continuada? Mucha gente se ha rendido ante la evidencia de que el capitalismo eleva el nivel de vida de las masas, pero muy poca comprende cuál es el proceso exacto por el que la riqueza se genera y se difunde entre los miembros de una sociedad.

Para explicarlo recurriremos a la frecuente evolución de las necesidades que se produce a lo largo de la vida de una persona. Cuando un individuo es joven sus brazos y su cerebro le permiten obtener un salario con el que adquirir los bienes que necesita; sin embargo, ese mismo individuo sabe que dentro de 50 o 60 años sus brazos y su cerebro dejarán de funcionar al mismo nivel, de modo que se quedará sin salario con el que subsistir. De ahí que muchas personas se preocupen de ahorrar una parte de su renta para disponer de una cierta riqueza que les permita sobrevivir durante su jubilación.

Cuando este individuo llega a la tercera edad sus necesidades pasarán más bien por desacumular la riqueza y “quemarla” durante los últimos años de su vida; sin embargo esto puede no ser tan sencillo. Imagine que su riqueza la posee en forma de pisos o empresas; en ese caso es posible que no quiera enajenar su inmovilizado para conseguir dinero. En realidad, lo ideal sería contratar a una persona que gestionara sus pisos (alquilándolos) o su empresa (obteniendo beneficios) a cambio de una porción de las rentas.

Por tanto, tenemos de momento dos personas: el joven que quiere transformar renta en riqueza y el anciano que quiere convertir su riqueza en renta. Añadamos a dos sujetos más: el inventor y el empresario.

El inventor es una persona inteligentísima capaz de realizar aportaciones tecnológicas esenciales para la humanidad a través de su investigación. Sólo tiene un problema: necesita una renta con la sobrevivir durante el tiempo en que está trabajando.

El empresario es un sujeto intrépido y visionario que sabe perfectamente cómo conseguir beneficios. Pero, también el, tiene una carencia: le faltan los medios de producción con los que implementar su negocio.

Si nos fijamos, el inventor es la persona capaz de convertir la renta (el sustento que necesita para sobrevivir) en riqueza (descubrimiento tecnológico) y el empresario es el individuo capaz de transformar la riqueza (medios de producción) en renta (beneficios). Por tanto, el inventor es la pareja perfecta del jovenzuelo y el empresario el compañero ideal del anciano.

El jovenzuelo le proporciona al inventor una parte de su salario y cuando éste culmine la investigación, ambos compartirán la riqueza derivada de su descubrimiento. El anciano le arrienda al empresario sus medios de producción y éste le compensa con una porción de los beneficios que obtenga.

El esquema parece que funciona bien hasta el momento, sin embargo hay un problema. Tanto el jovenzuelo como el anciano pueden conseguir sus fines sin la colaboración del empresario y el inventor. El jovenzuelo sólo tiene que ahorrar y al anciano le basta con desahorrar. El poder de negociación del empresario y el inventor es muy pequeño, de modo que numerosos proyectos podrían no salir adelante.

Pero por fortuna nos falta introducir al quinto sujeto: el capitalista. El capitalista es aquella persona que ya ha acumulado una cierta riqueza y que no desea atesorarla, sino utilizarla para producir aun más riqueza.

Siendo ello así, el capitalista está llamado a asociarse tanto con el empresario como con el inventor, una vez estos últimos hayan agotado las oportunidades de ganancia con los ahorradores y los pensionistas.

El capitalista proporciona al empresario el capital que necesita para comenzar el negocio, éste transforma el capital en renta y con esta renta contrata al inventor para que la transforme en riqueza y pague con ello al capitalista. O dicho en otras palabras, el empresario obtiene el capital necesario para comenzar el negocio y mediante los beneficios presentes y futuros financia el gasto en I+D.

Este modelo pentagonal, desarrollado originariamente por Antal Fekete, nos permite explicar los dos procesos fundamentales a través de los que se incrementa nuestro bienestar: la acumulación de capital y el desarrollo tecnológico. La asociación del capitalista, el empresario y el inventor, esto es, de la voluntad, el talento y el cerebro, da lugar a un progreso imparable que beneficia a toda la sociedad. El tipo de interés se desploma gracias a la aparición del capitalista y las buenas ideas de cualquier individuo –tenga o no recursos iniciales- pueden llegar a materializarse.

Es al capitalista, al empresario y al inventor –a troika del capitalismo– a quienes debemos nuestros estándares de vida actuales. Una asociación imparable al servicio de las masas.

El Tempranillo de los Andes

Morales está sentando las bases de una gran carrera en el mundo de la política. Mucho se tienen que torcer las cosas para que en un par de legislaturas no alcance el objetivo final de todo gobernante marxista: aparecer en el top ten de la revista Forbes, al lado de Fidel. Mejor un par de puestos por debajo, por aquello de respetar la jerarquía. Llegado ese momento, los mismos giliprogres que le aplaudían a rabiar en Bruselas y los totalitarios occidentales de a pie, saldarán el expediente acusándolo de traidor a la causa revolucionaria. Nada más falso. Al contrario, el enriquecimiento desaforado de una elite a costa del pueblo es la constante universal en la Historia del marxismo, a la que sus representantes contemporáneos no hacen sino rendir el debido tributo. El socialismo bien entendido empieza por uno mismo.

La nacionalización de la producción gasística boliviana y la incautación de las inversiones de las compañías petroleras sigue el modelo Rumasa, que tantas satisfacciones proporcionó al primer gobierno socialista, sobre todo porque permitió a nuestros gobernantes ejercitar la virtud de la generosidad con los amigos más cercanos. En aquella ocasión, nuestro Tribunal Constitucional puntuó a los sociatas con un aprobado justito, porque aquel "to pal pueblo" guerrista acabó sonando más bien hipócrita, cuando al cabo de unos meses privatizaron de nuevo el global de la rapiña a través de acuerdos celebrados en yates de superlujo, mientras surcaban las cálidas aguas mediterráneas en proletaria singladura. Mas si el TC español tuviera que juzgar hoy el expolio cometido por el gobierno de Morales, probablemente le daría un notable alto, porque no se avizora en el horizonte ninguna señal de que el tempranillo andino vaya a soltar tan fácilmente el botín. Al contrario. Acabo de ver un vídeo de su vicepresidente, Álvaro García Linera, en el que anuncia la decisión de su gobierno de entregar a los campesinos alrededor de cuatro millones de hectáreas de tierra, "gratis total". No para que la exploten a escala individual, claro, que la gente le coge enseguida el gustillo a eso de la propiedad privada y luego hay que encarcelarla para quitarles el vicio. No. Se trata de entregar las tierras, en palabras del vicepresidente, a "las comunidades indígenas", evidentemente para su explotación en régimen colectivo.

Cuando el Ché Guevara, en su burricie, intentó hacer lo mismo en los albores de la revolución castrista, sus camaradas le hicieron desistir con un razonamiento tan sencillo que incluso alguien como él logró intelectualizar: Ningún campesino querría trabajar la tierra si no iba a poder disponer de sus frutos. Acabaron todos entre la cárcel y el paredón, a partes iguales. Es de esperar que los inditos del tempranillo andino tengan un destino más civilizado, aunque sólo sea para que el día de mañana puedan leer Forbes y ver a su líder junto al Sultán de Brunei. Con el jersey de Freddy Krugger, eso sí.

El intervencionismo que vendrá

En España se vive bien. No es una opinión personal sino la de una millar de españoles que se han retratado en el Eurobarómetro especial nº 251, un prolijo documento que la Comisión Europea ha publicado hace una semana. Nada menos que un 96% de los españoles entrevistados afirman que se sienten bien viviendo en nuestra nación. Sólo los de las potencias escandinavas están por delante de estos aventurados ciudadanos y eso que ellos no tienen las mismas dificultades que nosotros para llegar a fin de mes.

La familia y el trabajo son los pilares en los se apoya la felicidad de los europeos, fundamentalmente de los 15, que en esto de la alegría no es de extrañar que le lleven años y percentiles de distancia a las emergentes naciones poscomunistas.

Es de suponer que familia y trabajo serán, por lo tanto, objetivos permanentes de las políticas intervencionistas de nuestros eurácratas. Ya que no se trata de dejar las cosas como están, si van bien, sino de encontrar la manera de torcerlas… con la mejor intención de este lado del mundo.

Los datos del documento 251 hacen suponer que los protagonistas de tanta dicha viven su vida de espaldas a la política europea, preocupados por su día a día manifestando, en algunos casos, una desafección respecto la UE que raya el derrotismo. Si bien es cierto y resulta por ello alarmante que, en definitiva, lo que reclaman los europeos es una mayor injerencia de la eurocracia a todos los niveles. Es decir, se trata de cubrir las ineficiencias de los estados miembros no con la exigencia de menores cotas de intervencionismo, sino con la mayor intervención de poderes supranacionales.

La Comisión Europea concibió este documento como una herramienta fundamental en el proceso "de escucha y de diálogo" que quedo abierto tras el varapalo que supuso la negativa de Holanda y Francia a ratificar el tratado para la Constitución Europea. Una herramienta con la que establecer un canal de comunicación con sus ciudadanos, que permitiera a las instituciones de la UE ajustar sus políticas para evitar nuevas debacles consultivas. Seiscientos mil euros que servirán para que nuestros políticos ajusten mejor sus mensajes mientras, en bambalinas, seguirán haciendo lo que crean mejor para nosotros.

Un ejemplo anecdótico: jalear al boliviano Morales, nuevo fetiche de los eurotercermundistas que debieran comprender que el temor a la globalización, que buena parte de los entrevistados ha manifestado, es consecuencia de la esquizofrenia intelectual que demuestran los políticos europeos en este, como en tantos otros temas. En fin, no es de extrañar que un conocido periódico español pudiera decir, y quedarse tan ancho, que "todo el pensamiento culto del siglo XX está impregnado de marxismo".