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Los enemigos de los pobres

Ayer sábado tuvo lugar el gran evento musical conocido como Live 8. Se trató de una serie de conciertos que pretendían la desaparición de la pobreza a través de presionar a los políticos del G8. Aunque el fin es loable, los medios están diseñados por personas que o bien son fabulosos ignorantes del funcionamiento de los procesos sociales o geniales hipócritas. Los organizadores rechazan constituirse como un colectivo dedicado a la ayuda o la caridad voluntaria y se esfuerzan en exigir justicia para acabar con la pobreza. ¿Pero qué entienden por justicia? Pues una serie de cambios en el comercio, la deuda y la ayuda al desarrollo que no pasan de ser una versión light de lo que lleva pregonando el movimiento antiglobalizador desde hace años.

Pero no voy repetir críticas de sobra conocidas a estas propuestas, sino destacar que los liberales no podemos limitarnos a esa crítica y asistir callados al drama que viven millones de seres humanos. Debemos defender una agenda radical para la desaparición de la pobreza, ese estado original del hombre en el que todavía viven una inmensa cantidad de seres humanos. Su fundamento debe ser un principio esencial: liberar a los pobres para que puedan convertirse en los protagonistas de su progreso. Y lo que sigue no es más que un incompleto repertorio de medidas urgentes para lograrlo.

1. Los gobiernos de los países pobres deben liberar a sus ciudadanos de modo que puedan intercambiar entre ellos todos aquellos productos o servicios que les plazca. Esto es lo que se conoce como liberalización de mercados. Al mismo tiempo sus derechos de propiedad y sus contratos deben ser reconocidos sin ningún tipo de trabas. De este modo los pobres podrán emprender las acciones tendentes a estar en disposición de satisfacer necesidades que vayan mucho más allá que las básicas.

2. Esos gobiernos deben permitir la salida de todo tipo de bienes y capitales que sus ciudadanos quieran intercambiar con personas de otros países. El comercio es la clave del enriquecimiento de cualquier familia, tribu o sociedad, así que exijamos a los gobiernos de esos países eliminar los miles de impedimentos al libre ejercicio del comercio exterior. Asimismo deben permitir la entrada de todo tipo de inversiones extranjeras, y la importación de cualquier mercancía que algún residente quiera traer a sus países.

3. Los estados e instituciones occidentales deben abolir inmediatamente todos los sistemas que agredan la propiedad y la libertad de los habitantes de los países pobres, como, por ejemplo, la Política Agraria Común (PAC), que enriquece injustamente a una pequeña cantidad de europeos a costa de millones de conciudadanos y, lo que es todavía peor, de millones de pobres en el tercer mundo. Reclamemos la eliminación de restricciones al comercio en los países ricos incluso si éstas no son correspondidas por los gobiernos de los países pobres porque éstos no son quienes para limitar los intercambios libres que sus ciudadanos quieran realizar.

4. Debemos acabar con la ayuda gubernamental al desarrollo. Esta supuesta ayuda distorsiona las economías pobres, las vuelve más dependientes, fomenta la corrupción y obliga a “desarrollar” por unas vías que no son necesariamente las que quieren o necesitan los afectados. Exijamos a los gobiernos que dejen de estorbar a quienes quieren ayudar con su patrimonio particular a superar la pobreza o paliar sus efectos.

5. Estrechamente relacionado con el punto anterior estaría eliminar las instituciones internacionales que se dedican a la gestión de las políticas de desarrollo en países pobres como PNUD o el Banco Mundial y transferir las pocas acciones legítimas que llevan a cabo a organismos privados de ayuda al desarrollo. Las instituciones que gastan dinero que no les ha sido cedido por sus dueños no disponen de los incentivos para utilizar adecuadamente esos fondos. Además, la mera existencia de esas organizaciones y de la ayuda pública al desarrollo desincentiva la ayuda directa de quienes han visto cómo se les quitaba coactivamente parte de su renta con el supuesto fin de eliminar la pobreza en el mundo.

6. Debemos acabar con las subvenciones a las mal llamadas ONGs. Exijamos que obtengan su financiación de forma totalmente voluntaria por parte de quien crea que realizan una buena labor. Una gran parte de estas organizaciones está tremendamente ideologizada y no pocas fomentan más pobreza de la que evitan. No permitamos que se las mantenga con el dinero que proviene de los impuestos.

Los individuos del mundo occidental tenemos el deber moral –si bien jamás deberíamos estar obligados legalmente- de ayudar o colaborar con las personas que se esfuerzan por salir de la miseria. Una forma de hacerlo es dando dinero o comerciando con los individuos y las empresas que desempeñan su tarea en los países pobres. Pero igual de importante es explicar alto y claro que ni los gobiernos ni las instituciones internacionales ni las ONGs tienen derecho alguno a impedir ese progreso y que sus políticas suelen ser los más vivos ejemplos de la hipocresía, la ignorancia y la ciega acción coactiva que día a días se traducen en la pobreza de millones de personas. Por cualquiera de estas vías podemos aportar nuestro importante grano de arena para que los pobres puedan convertirse en los principales protagonistas de su propio progreso. Sólo así desaparecerá la pobreza como fenómeno de masas.

Se ha ido la luz

Los enemigos de los pobres se han reunido este domingo en Madrid y otras partes del mundo. “Pobreza cero”, exigen quienes nada han hecho para reducirla. Nada bueno, se entiende. Si algo destaca de esta convocatoria, además de lo exiguo del número de participantes en comparación con las tres últimas manifestaciones madrileñas, es que lo más pobre de la misma ha sido su mensaje.

El planteamiento no puede ser más indigente. Tras dar varios datos sobre la pobreza en el mundo de cuyo origen no dan noticia, pasan a decir que “Pese a los esfuerzos realizados durante décadas, la brecha entre ricos y pobres sigue aumentando”. Esto es rotundamente falso. Como ha recordado oportunamente Andrés Gil, el economista español Xavier Sala i Mantín ha dirigido el estudio mejor elaborado sobre la pobreza y las desigualdades en el mundo, que concluye que “La tasa de pobreza medida por el umbral de un dólar/día ha caído del 20% al 5% en los 20 últimos años. La tasa correspondiente al umbral de los dos dólares/día ha caído del 44% al 18%. Hay entre 300 y 500 millones menos de pobres en 1998 que en los años setenta”. Los protagonistas de esta reducción de la pobreza sin precedentes en la historia humana son los llamados tigres asiáticos, la India y China. Todos ellos tienen en común las reformas favorables al libre mercado y la apertura de sus productos al exterior. En suma, el capitalismo y la globalización.

En 1979 salió una estadística de esas que captan la imaginación del público. “El 20% de la población mundial posee el 80% de la riqueza, y el 80% de la población se reparte el 20% restante”. Hoy las cosas han cambiado, y el 20% de la población posee el 75% de la riqueza mundial, por lo que las desigualdades no solo no han aumentado, sino que se han reducido. Y lo han hecho, porque lo que se ha extendido en estas dos décadas y media ha sido la fuente de creación de riqueza, el capitalismo, que es lo que verdaderamente está mal repartido. No olvidemos que si el 20% de la población mundial posee el 75% de la riqueza ¡es porque la han producido! Si los países ricos son precisamente los más capitalistas parece de sentido común que lo que hay que hacer es extender ese modelo, como se ha hecho en las últimas décadas, no acabar con él.

Pero es precisamente eso lo que pretenden quienes han organizado la manifestación. Dicen que “las razones de la desigualdad y la pobreza se encuentran en la forma en que los seres humanos organizamos nuestra actividad política y económica. El comercio internacional y la especulación financiera que privilegia las economías más poderosas”. Luego es la globalización, que ha logrado arrancar a millones de vidas de la pobreza, y no esta última, con la que quieren acabar quienes se han juntado este domingo. ¿Cuál es su alternativa? La misma que Kioto, un gobierno mundial. Dicen: “es imprescindible avanzar en la consecución de una gobernanza (sic) global democrática y participativa”.

El modelo que proponen es el que más pobres ha dado a este mundo: el socialismo. Llegan a pedir la protección de “los servicios públicos de liberalizaciones y privatizaciones”. En Corea del Norte, agujero del mundo en el que se llevan sus ideas de forma más perfecta, el número de muertos por inanición se cuenta por millones. Y no hablemos del ecologismo. Tiene como verdadero anatema la creación de riqueza, a la que achacan todos los males imaginables. Especialmente los imaginables, porque la verdad es que de la creación de riqueza solo se derivan bendiciones.

Los movimientos ecologistas y antiglobalización, verdadera alma de esta convocatoria, no ven a la pobreza como amenaza, sino todo lo contrario. Observan con pavor que a medida que avanza el capitalismo lo hace la riqueza y la pobreza remite. En un mundo en progreso su mensaje pierde importancia. Y su bestia negra, las sociedades libres, se ven fortalecidas. No les permitamos que entorpezcan la globalización, el libre comercio internacional, que es la principal fuerza liberadora de nuestro tiempo.

El gobierno fomenta los apagones

Es harto probable que este verano, que se promete seco y caluroso, se vaya la luz. Cuando lo inevitable suceda, el politiquerío patrio –de eso vamos sobrados– se echará las manos a la cabeza y dirá que si la gente gasta mucho, que este año ha llovido poco o que el actual modelo de consumo es insostenible. Porque, aunque muchos lo desconozcan, encender el acondicionador de aire cuando uno tiene calor es, además de un insolidario derroche, un hábito de funestas consecuencias para la salud. Llenos están los hospitales por el dichoso Pingüino que se queda encendido por la noche. Digan lo que digan, el hecho es que es usted, sufrido pagador de recibos, el que se va a quedar sin luz y el que va a ver como se estropea la compra del mes en la nevera. Entonces se acordará de la madre del ministro Montilla, que no es Cristina Narbona pero bien podría serlo. Se acordará de ambos pero no servirá de nada porque el mal ya está hecho.

Para que usted, el vecino o yo mismo podamos encender el ordenador, poner en marcha el lavaplatos o abrir la puerta del garaje es necesario que la energía que hace funcionar todos esos aparatos salga de algún sitio. Y no lo hace del Parlamento, ni del Senado, ni de una covachuela administrativa de esas donde se timbran los impuestos. La electricidad sale de las centrales y es ahí donde está el quid de la cuestión. Se genera menos electricidad de la que los ciudadanos demandan y, para colmo, la que se genera se genera mal. A lo largo de las dos últimas décadas, de los muchos modos que existen de generar energía eléctrica nos hemos empeñado en valernos sólo de los menos eficientes, es decir, de los peores y los más caros.

En España no se pone en funcionamiento una central nuclear desde hace más de veinte años, y las pocas que quedan malviven criticadas por todos y con la amenaza de cierre siempre planeando sobre sus cabezas. A cambio, durante todo este tiempo, nos han colado de matute el cuento de las renovables como si eso de producir electricidad sin coste ambiental estuviese a la vuelta de la esquina. No era verdad. La prueba la tiene cada vez que se va la luz con la llegada del calor. La prueba, de hecho, la va a tener en breve. Nos han mentido como bellacos y, no contentos con eso, pretenden que ahora nos sintamos culpables por disfrutar de comodidades que no se deben, precisamente, al esfuerzo de los ociosos burócratas que pululan satisfechos por los ministerios.

Ya lo explicó Gabriel Calzada en un magnífico artículo hace unos días. Contra la lógica más elemental del mercado, el ministro de Industria quiere castigar a los que más electricidad consumen. El mundo al revés. Es como si se hiciese pagar más por el litro de gasolina a los transportistas o como si los viajeros frecuentes fueran penalizados por las líneas aéreas por volar mucho. Cualquier cosa vale con tal de evitar la cuestión principal, esto es, que se genera menos electricidad de la que se consume. Como eso de dejar que sea el mercado quien asigne la producción adecuada va en contra de los principios de una casta de oportunistas entregados a la causa de quienes les gustaría ver como volvemos a la edad de piedra, la solución la encuentran obligándonos a apagar la luz sin más miramientos. Los más ricos no tendrán problema alguno en hacer frente a los recargos en la factura que ha previsto Montilla. Los más pobres no llegan a ese consumo pero, naturalmente, están deseando hacerlo, cuanto antes mejor. Al final las iniciativas de estos gobiernos de progreso las paga la clase media que es, probablemente, a la que usted, amable lector, pertenece. El eco-socialismo es, en definitiva, un lujo al alcance sólo de los que más tienen.

Cuando la luz se vaya acuérdese de esto, y cuándo, al final de la estación, le llegue el recibo vuelva a acordarse pero de los allegados del ministro. Este verano refrescarse le va a salir muy caro, lo va a pagar por duplicado. La primera letra le llegará cuando se quede a oscuras, la segunda cuando la factura de la luz le ponga los ojos como dos platillos de café. Eso sí, tendrá que esperar hasta las próximas elecciones para presentar la queja. No desperdicie la oportunidad.

La reducción de la pobreza

Me viene ahora a la memoria cómo el inigualable novelista norteamericano Tom Wolfe describe la indignación como la estrategia preferida de los autoproclamados intelectuales para revestirse de dignidad moral. Esto se debe a que, reflexionando sobre el fenómeno de la globalización, he recordado el coro de lamentos escuchado hasta la saciedad que rezaba, entre otras cosa, que los ricos son más ricos y los pobres más pobres por culpa del capitalismo global.

Espero que no se me entienda mal. Desde luego que considero que el futuro inmediato de los más necesitados del planeta es un asunto de máxima prioridad. Y conmigo, miles de personas en el mundo que, gracias a la globalización de la la información, han adquirido una nueva conciencia global que llena de significado las célebres palabras de Terencio: “Homo sum, humani nihil a me alienum puto”. No obstante, y tal y como ya advirtiera Revel, esta nueva civilización del conocimiento esconde graves paradojas: la mentira es la primera de todas las fuerzas que la dirige, sentencia. Yo añadiría que es una mentira cargada de indignación. En efecto, y centrándonos en la máxima sobre riqueza y pobreza antes reseñada, a día de hoy ha quedado patente cómo millones de personas bienintencionadas han sido embaucadas por los alaridos de cierta intelectualidad mayoritaria e indignadísima que, de manera curiosamente acientífica, han mantenido y mantiene posiciones manifiestamente anticapitalistas. Lo grave del asunto es que la inmensa mayoría de la población ignora el engaño masivo al que se ve sometida y hace propia la indignación de sus voceros de manera acrítica.

Digo esto porque hace ya más de dos años que un economista español, el Catedrático de la Universidad de Columbia Xavier Sala-i-Martín, demostró en un estudio con un impacto tremendo en el ámbito académico que en los últimos treinta años no sólo la pobreza ha disminuido, sino que lo ha hecho a la mayor velocidad y afectando al mayor número de personas de la historia. En efecto: “La tasa de pobreza medida por el umbral de un dólar/día ha caído del 20% al 5% en los 20 últimos años. La tasa correspondiente al umbral de los dos dólares/día ha caído del 44% al 18%. Hay entre 300 y 500 millones menos de pobres en 1998 que en los años setenta”.

Dichos resultados han pasado desde las páginas de The Economist hasta las de The New York Times teniendo una difusión en prensa poco usual para un estudio econométrico. Huelga hacer un paréntesis y decir en descargo de los defensores de esa tesis falsa que tanto Naciones Unidas, a través del PNUD, como el Banco Mundial venían apoyando la idea del aumento de las desigualdades aunque, no obstante, empiezan a cambiar de opinión a marchas forzadas. Por supuesto, otros investigadores como Paul Schultz de Yale, Peter Lindert de la Universidad de California y Jeffrey Williamson de Harvard entre otros han trabajado en mostrar la evidente correlación entre dicha disminución de la pobreza y la difusión del capitalismo global, pero eso es harina de otro costal.

Lo que quiero reseñar, a modo de reflexión final, es que la mentira indignada de ciertos miembros de nuestra sociedad sigue siendo capaz de avasallar a la ciencia hasta el punto de que la inmensa mayoría de la población desconozca los resultados científicos más relevantes de los últimos años sobre la globalización. En ese sentido, ya va siendo hora de poner a tanto intelectual en el lugar que le corresponde, amen de empezar meditar si no es más honrado apelar a la ciencia antes que a la autocomplacencia moral que proporciona tanta alharaca indignada.

Libertad, razón y emoción

Dicen que el que no es socialista a los veinte años no tiene corazón, y que el que sigue siendo socialista a los cuarenta no tiene cabeza. Pero lo cierto es que quien es socialista a los veinte es un necio, y quien sigue siéndolo a los cuarenta sigue siendo un necio, por mucho que lata su corazón.

A menudo se nos critica a los liberales que no tenemos sentimientos. Cuando el colectivista (de izquierdas o de derechas) ya no tiene argumentos racionales que oponer (que es casi siempre), nos ataca llamándonos malvados, indiferentes, insolidarios. No nos preocupamos por los pobres, no nos importa el medio ambiente, no nos conmueven los sufrimientos humanos. Si defendemos temas delicados como la legalización de las drogas es porque nos dan igual los drogadictos; si proponemos la legalización de la prostitución es que nos es ajeno el drama personal de las prostitutas; si criticamos la prohibición del trabajo infantil es porque queremos explotar a los niños indefensos del tercer mundo. Y así con todo.

Es muy arrogante juzgar las intenciones de otro a quien apenas se conoce personalmente. Las emociones impulsan la conducta y son fundamentales en todos los seres humanos. Son fenómenos íntimos muy complejos: no siempre es fácil saber lo que realmente siente otra persona aunque trate de expresarlo con sinceridad, y en ocasiones uno mismo no tiene claros sus sentimientos. En los trabajos de análisis intelectual se estudian hechos de la realidad y no suelen expresarse emociones particulares de los autores, pero eso no significa que los pensadores sean fríos procesadores de información. Si un asunto humano se estudia en profundidad tal vez sea porque interesa el bienestar de las personas implicadas.

Algunos enemigos de la libertad parecen emocionalmente inmaduros: frente a los aspectos de la realidad que no les gustan sufren reacciones viscerales, bloqueos emocionales que les impiden pensar. Los análisis éticos y praxeológicos de muchos problemas humanos muestran cómo las prohibiciones estatales y las violaciones del derecho de propiedad están en la raíz de todos ellos, pero el colectivista se empeña en que la realidad no puede ser esa, que tiene que haber otras alternativas; no sabe cuáles son, ni siquiera entiende la situación, pero lo que le disgusta no puede ser cierto. El colectivista está equivocado y como la batalla de las ideas la tiene perdida sólo puede ofrecer buenas intenciones y hermosos sentimientos (sinceros o no).

Los liberales no acusamos a todos los socialistas de no tener sentimientos, solemos asumir que en general su ignorancia es al menos honesta y bien intencionada. Pero la psicología evolucionista muestra cómo en algunas circunstancias puede ser una buena estrategia de comportamiento el ocultar las propias emociones y fingir que se tienen buenos deseos hacia los demás. Demagogos y estafadores son expertos en manipular las emociones ajenas para obtener confianza y engañar a los incautos. Los líderes políticos más dañinos suelen ser muy carismáticos y seductores.

Una iglesia tenía este cartel a la entrada: "They will not care how much you know, until they know how much you care". A la gente no le importa cuánto sabes, hasta que saben que te importan. De esta profunda verdad acerca de los seres humanos se han aprovechado sistemáticamente los enemigos de la libertad y la razón, tocando los corazones ajenos y nublando sus mentes, haciendo que asuman sus errores y se muevan a ciegas.

Los liberales se lo explicamos, Sr. Juncker

Jean-Claude Juncker, primer ministro de Luxemburgo y presidente de la última cumbre de la Unión Europea, dijo esta semana “que aquellos que quieren que Europa sea simplemente una zona de libre comercio deben explicar cómo se puede poner esa idea en funcionamiento”. Ese es uno de los principales problemas de los medios políticos y jerarcas que los dominan: quieren planificarlo todo mediante el mandato y la coacción, incluso la libertad. ¿Existe mayor sinsentido?

El profesor Jörg Guido Hülsmann plasmó en un ensayo, Secession and the production of defense, la absurda idea de imponer la libertad, a la que ha llamado “Ley de la Boétie” (que también verán escrito como Boëtie): si queremos imponer la libertad no seremos más libres, sino que sólo tendremos una ilusión de libertad que siempre nos llevará al totalitarismo de quien la dirige. No hay mejor prueba actual que la reguladísima Unión Europea: en nombre de la libertad nos dicen con quién hemos de negociar, cómo hacerlo, cuánto producir y en qué forma. También nos quieren restringir nuestras libertades individuales: nos prohíben productos o nos restringen su disfrute con impuestos, nos imponen un estilo de vida determinado (estatista), nos desprotegen de la amenaza que ellos representan y de la delincuencia común, etc.

No, Sr. Juncker, la libertad y el libre mercado no se pueden planificar. Pero sí que hay algo que puede hacer. Liberar a Europa de burócratas. Que cada europeo, por fin, sea responsable de sus propios actos. Se lo propongo directamente: ¡desmantele todos los estados europeos ya!

Que sea la acción descentralizada y libre de cada actor económico la que decida dónde, cuándo y cómo invertir, consumir o ahorrar. La producción forzosa como la Política Agraria Común (PAC); las políticas redistributivas; impuestos; imposición de las preferencias temporales mediante políticas fiscales y monetarias; creación de medios fiduciarios por parte del Banco Central Europeo; endeudamiento de los estado; etc. han de acabarse. Elimine toda autoridad estatal lo antes posible sin planificarla.

No se preocupe por nosotros. Si hemos sobrevivido a la carga de los estados omnipotentes europeos, podremos sobrevivir tranquilamente a nuestro propio destino sin depender de nadie, y sin que nadie, dependa de nosotros por la fuerza de la ley y obediencia no voluntaria. Tampoco se preocupe, Sr. Juncker, de “las injusticias” que pueda generar el laissez-faire absoluto. Por más injusticias que haya, no serán peores que los nocivos remedios de sus colegas. Aquí le doy una propuesta reducida de cómo crear una zona de libre comercio:

Elimine la seguridad social. Por fin será lucrativa para los productores y “de calidad” para el consumidor.

 

Elimine la educación pública. Nuestros hijos no se merecen la falsificación de la historia y economía a la que los someten.

Elimine las leyes al mercado financiero. El problema de las “burbujas” no se arregla con leyes dirigistas, sino con dinero privado respaldado con bienes reales.

Amortice toda la deuda estatal. Sus estados se están gastando la producción que no tienen y nunca tendrán.

Elimine el brazo armado del estado. La policía protege a los políticos no a los comerciantes ni a la gente de la calle. Ya se ocupará la valoración subjetiva de cada actor económico qué parte de su dinero destinar a la seguridad. Las empresas estarán encantadas en cubrir ese enorme “nicho” de mercado que ahora monopoliza el gobierno. Guardias privados, vallas, alarmas, seguros, armas, etc. son los que nos protegen de verdad en el día a día.

Privatice todos sus activos reales. El empresario privado no sólo cuidará mejor de los parques nacionales (sino se quedará sin negocio) sino que además lo convertirá en una empresa rentable. Aplíquelo también a las playas, empresas nacionales, calles, museos, transportes públicos, sector energético, de comunicación, etc.

Indemnice a sus víctimas. Con el dinero obtenido de la desnacionalización, amortice la deuda estatal, indemnice a los pensionistas, al sufrido pagador de impuestos, etc.

Y en fin, haga algo útil de verdad y váyase usted y el resto de funcionarios y burócratas a empresas privadas para hacer así, una Europa verdaderamente próspera donde sólo reine el “libre comercio” y la libertad.

El impuesto contra la pobreza

Hace unos años la asociación neocomunista ATTAC comenzó a defender un impuesto sobre la especulación para dedicarlo a la ayuda al tercer mundo. En los últimos días, nos hemos enterado de que la Unión Europea se plantea implantar un impuesto sobre los billetes de avión para destinarlo a la lucha contra la pobreza en los países en vías de desarrollo.

Ante esta propuesta, algunas compañías aéreas ya han mostrado su preocupación. Easyjet ha comentado que le es insostenible la imposición de un gravamen sobre los vuelos nacionales que no hacen escala en ningún país en vías de desarrollo. Por su parte, la compañía irlandesa Ryanair ha considerado que perjudica principalmente a los consumidores.

Aunque cabe aceptar (pero nunca justificar) los impuestos en la medida en que se destinan al gasto estatal en infraestructuras o policía, lo que no resulta admisible es defender las transferencias de dinero de los más pobres de los países ricos a los más ricos de los países pobres.

Al mismo tiempo, hay que recordar que el impuesto que planean los eurócratas no sólo perjudica al consumidor, a quien le hacen pagar más por unos servicios que hasta la introducción del gravamen costaban menos sino que también tendrá repercusiones en los ingresos que obtienen las compañías aéreas. Es más que probable que la guerra de precios sólo beneficie a las grandes compañías que tendrán que “luchar” menos contra compañías que ofrecen vuelos extremadamente baratos. El resultado puede ser que las empresas pequeñas desaparezcan o que se vean obligadas a reducir el número de trabajadores en nómina.

Junto con estos efectos, cabe considerar el efecto sustitución. Habrá más de un consumidor que opte por medios de transporte más baratos ante el incremento de precios de los vuelos.

La siguiente pregunta que cabe hacerse es por qué nos quieren ofrecen un impuesto que de carácter coactivo como el mayor ejemplo de solidaridad. ¿Acaso puede ser solidario una acción en la que media la violencia? No, por supuesto. Luego, en ningún caso, cabe llamar “solidaria” a una propuesta que se impone por la fuerza. Si hay algo virtuoso, es la generosidad que demuestran las personas cuando deciden, por los motivos que sean, ayudar a un tercero. Por eso, resulta un tanto extraño que las ONGs no califiquen esta propuesta de “intrusismo profesional”.

Detrás de tanta polvareda “solidaria”, aparece el espíritu vampírico del burócrata profesional. Donde la gente ve sacrificio, esfuerzo y, en suma, espíritu emprendedor, el político sólo ve un maná de dinero que hay que agotar sea como sea. En esta ocasión, la víctima es el sector del transporte aéreo. La próxima, no lo sabe ni el Señor. Al paso que vamos, como recordaban los Beatles en “The Taxman”, el Estado acabará gravando el suelo que pisamos para que nos cueste aún más caminar.

Hacia un mundo “discapaz”

A finales del pasado año, Greg Perry sorprendió con un libro que rompía su ya larga y asentada trayectoria como experto en informática y nuevas tecnologías. Perry nació con una sola pierna y con varios dedos de sus manos deformados, lo que sin duda refuerza los argumentos del autor, al tiempo que despierta el respeto hacia su actitud vital incluso entre sus oponentes ideológicos.

Con la edición de su libro Disabling America (Discapacitando America), publicado en los Estados Unidos en el último trimestre de 2004, Perry persigue dos propósitos que suscribimos letra por letra.

En primer lugar, realiza una apuesta firme a favor de las libertades individuales, frente a los centenares de páginas que contienen regulaciones inspiradas por un espíritu igualitarista que busca una ficticia y asfixiante equiparación de todos los miembros de la sociedad.

Además, advierte de los efectos negativos que las leyes igualitaristas imponen a los grupos sociales a los que se pretende proteger y de los perjuicios que esparcen por toda la sociedad y por toda la actividad económica, sobre todo en forma de cierre de negocios y de destrucción de empleo.

Perry escribió su libro indignado al comprobar que, transcurridos doce años desde su entrada en vigor, la Ley de los Americanos con Discapacidades no podrá ser jamás, como se pretendía, la solución mágica para el elevado nivel de paro de los minusválidos estadounidenses. Al contrario; esta norma, que prohíbe la discriminación contra este grupo social, y regula las condiciones laborales de los discapacitados, se ha convertido en un fuerte incentivo para que éstos abandonen en masa el mercado de trabajo y se refugien en sus casas y en los subsidios estatales.

El autor nos ofrece una emocionante narración de cómo se enfrentó, junto a su familia, a la minusvalía que le acompaña desde su nacimiento. Perry da gracias por haber nacido algunas décadas antes de que la Ley de Americanos con Discapacidades entrara en vigor, y ofrece numerosos ejemplos del poder que la norma ha otorgado a los funcionarios públicos sobre las vidas de los discapacitados americanos.

Desde Europa, tenemos que lamentar que el ejemplo que se expande por nuestro continente no sea la lucha y la superación personal demostrada por Greg Perry a lo largo de su vida, ni su apego a las libertades individuales; sino las insaciables ansias intervencionistas de las administraciones públicas.

Nuestra deuda con África

El gobierno nos amenaza con multas por el uso legítimo de la electricidad, nos llama irresponsables por “derrocharla” y restringe su oferta. El aparente problema que plantea el gobierno no es nuestra culpa, sino una amalgama de regulaciones y controles sobre un sector que sería próspero de no ser por su intervención.

¿La electricidad es un bien que el actor económico valora? ¿La electricidad es escasa? Evidentemente que sí. Si la electricidad es escasa y la valoramos, entonces es susceptible de ser comerciada en el libre mercado. ¿Cuál es el problema pues? Que la producción de electricidad se considera un monopolio natural y que el estado lo ha de manipular para que sus costes no sean excesivos. A ésta, que era la visión tradicional, ahora el gobierno ha añadido otro factor para ampliar su control y recaudación, esto es: proteger el consumo doméstico y responsable para penalizar “el derroche de energía”.

¿Cuál es el precio justo que ha de pagar el consumidor de electricidad? ¿Qué significa un consumo responsable y derrochar la energía? Esto lo podríamos aplicar a todo y afirmar tranquilamente que hemos de hacer un uso responsable en la compra de camisas para no agotar la producción de algodón, de lápices para no acabar con la madera, no consumir más de las calorías necesarias para aumentar nuestra esperanza de vida (¿acaso sabe usted la suya?), etc.

No es el estado quien decide sobre nuestros asuntos personales, sino nosotros mismos mediante nuestras acciones destinando más dinero a un bien y rebajándolo en otro. Nuestra acción en el mercado hará que lo que más valoramos, más producción y alternativas tenga, y por lo tanto, tenga precios más baratos. La acción del consumidor marca el precio al empresario final de energía. A la vez, el proveedor del empresario que nos sirve hará lo mismo con su cliente. Y así hasta llegar al fabricante de la materia prima. Y si la materia prima falla el empresario buscará otras fuentes alternativas. Todo este proceso es el que crea precios reales y recursos sostenibles en la estructura productiva de la economía. La producción de energía se rige por los mismos principios que la creación de quesos o cualquier otro bien económico.

En el libre mercado los precios marcan el deseo del consumidor. Bajo la distribución y monopolio estatal los precios están marcados por los caprichos del político que no tiene idea alguna de la información tácita que desprende el mercado.

Al incluir controles, precios máximos, monopolios por ley y niveles de producción sólo desincentivaremos al empresario para producir el bien final deseado, o directamente, lo estaremos echando del mercado (efecto crowding out). Evidentemente esto sólo generará una producción “sub–óptima”, que en el caso de la electricidad, significa apagones e insuficiencia eléctrica. A la vez, también, estancará la innovación esterilizando el sector. Y ésta es la fórmula del gobierno. No es ilógico para el gobierno culpar a los demás de sus errores, porque sino, no podría tomar más control y dinero del sector privado.

Para marear la perdiz muchos gobiernos han intentado hacer una privatización del sector energético muy vaga, cara e insuficiente. Liberalización no ha de significar sólo que los consumidores puedan elegir su suministrador de electricidad o crear un mercado de derivados en el que nadie confía (Mercado Ibérico de la Electricidad, MIBEL). Esto sólo es una cortina de humo. Liberalizar significa que el estado no haga intervención alguna ni guarde privilegios en la producción de energía.

Un mercado abierto y libre es el que nos llevará a una auténtica riqueza del sector donde la empresa, cualquiera que sea su medida, podrá innovar y producir al mejor precio lo que el consumidor busca. Y sino, lo hará la competencia. Si lo dejamos todo en manos de la distribución estatal y ésta falla, algo que pasa siempre, no habrá alternativa ni competencia que nos salve.

En beneficio de los políticos y los grupos de presión

Cualquier político de hoy día le dirá convencido: “esto es bueno para Europa”. Las acciones del político siempre son igualitarias, democráticas, talentosas… ¿Pero se ha preguntado qué significan estas palabras y si realmente son buenas para usted?

No nos engañemos, Europa es un estado feudal de concesiones estatales donde todo se lo reparten los políticos y grupos de presión. Si usted no es un grupo de presión o un político, usted no es nada en Europa. Ha sido el abandono de la responsabilidad individual, y apuesta por el estado ilimitado, que han creado una nueva filosofía europea: vivir de los demás. Lobbys y políticos que le arrancan su producción y dinero a cambio de maravillosas palabras y nefastos hechos.

Grupos de presión

En Estados Unidos hay una ley llamada “Lobbying Disclosure Act” que pretende regular la fuerza de los grupos de presión. En Europa, nada restringe la fuerza de los grupos de presión. Actualmente los más de 17.000 grupos de presión de la Unión Europea reciben fuertes subvenciones y leyes favorables firmando sólo un código ético que no deben ni leer.

Los sirvientes de estos grupos de presión, los eurócratas, les aprueban cualquier mandato. Algunas leyes han llevado a crear regulaciones como la “2257/94” que obliga a que los plátanos tengan una longitud de 13,97 cm., por 2,69 cm. de redondel sin mostrar “curvaturas anormales”. La ley no defiende al consumidor del productor, sino al productor del consumidor.

Los grupos de presión han llevado las subvenciones al más caro de los sinsentidos incentivado el fraude y la corrupción. Recientemente la Unión Europea decidió reclamar a los estados miembros un total de “277,25 millones de euros del presupuesto agrario por ser gastado indebidamente”. A España se le han reclamado más de 134 millones de euros “por graves deficiencias del sistema de control y fraude generalizado”. Usted, con el dinero que la Unión Europea le ha expropiado no ha ayudado al desprotegido agricultor, sino que ha incentivado el parasitismo. El agricultor europeo no está desprotegido, sino sobreprotegido.

Además, la Unión Europea ha de hacer controles pagados por usted. Por ejemplo, ha de controlar los campos con satélites que van tomando fotografías. Pero incluso las fotos aéreas se pueden burlar. Se dio el caso, en Italia, de campos conreados que no existían. Sólo eran viñedos de cartón piedra hechos para cobrar las subvenciones de la Política Agraria Común (PAC).

Políticos

Pero hay un tema en el que la Eurocámara siempre llega a acuerdos rápidos, y es en aumentarse el sueldo: 7.000 euros al mes, 300 al día en concepto de dietas, 3.600 al año sin necesidad de justificación, una asignación adicional de 14.000 euros, sistema de pensiones de 5.000 euros mensuales (compatible con cualquier otra pensión o trabajo, y que contrasta con los poco más de 600 euros de una pensión media española). ¿Cuál ha sido el resultado de tan buen remunerado sueldo? ¡97.000 páginas de regulaciones que, sin éxito, dijeron reducir a 35.000! ¿Sabe usted más de cinco (contando la del tamaño del plátano)?

Y todas estas cifras monetarias son auténtica calderilla comparado con lo que la Unión Europea le usurpa a usted. Europa no es el símbolo de la voluntad de la gente, sino el de la soberanía absoluta del político.

Cuando usted otorga poder ilimitado a cualquier forma de estado, sólo estará contribuyendo a la servidumbre y pobreza de su familia y a la de usted mismo.

En cambio, cuando usted se otorga libertad y responsabilidad individual absoluta evitando el poder de la fuerza (estado), su prosperidad y bienestar puede ser tan ilimitada como usted decida.

Cuando algún político le diga: “esto es bueno para Europa”, sepa que eso será nefasto para usted. Y es que las palabras del político no tienen nada que ver con sus auténticas intenciones.