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La Antártida se enfría y los verdes se calientan

Stephen Schneider, profesor de Biología en Stanford, señalaba en 1992 que “hay una tendencia hacia el enfriamiento global, quizá cercana a una pequeña era glacial”, y parece que entonces se estaba acercando un poco más a la verdad de lo que está haciendo actualmente al defender todo lo contrario.

Dave Foreman, fundador de Earth First! un grupo ecologista radical, por su parte, empuñando la espada del enfriamiento decía en 1993 que “Una nueva época glaciar está a punto de llegar y yo la recibo como un cambio necesario. No encuentro solución alguna a la destrucción de la tierra que no pase por una drástica reducción de la población humana”. Actualmente es de los que daría su alma por el Protocolo de Kyoto pero no por el género humano.

La verdad es que este artículo es un réquiem a los pobres ecologistas, que tanto tiempo llevan advirtiendo que el planeta se calienta, cuando en realidad ahora se sabe que la Antártida se enfría. El estudio de la National Science Foundation’s McMurdo Dry Valleys Long-term Ecological Research demuestra cómo, entre 1986 y el año 2000, el enfriamiento ha sido de 1,23 grados Fahrenheit.

Tampoco es de extrañar que los modelos climáticos en que se apoyan el Proyecto de Kyoto y los ecologistas en general sólo tuvieran en cuenta una península del Antártico cuando algunos de los más “brillantes ecologistas” dicen cosas como estas: “Es necesario implementar un tratado climático a escala global incluso si no hay evidencia científica que apoye el efecto invernadero” (Richard Benedick presidente del National Institute for the Environment).

Conviene recordar que las conclusiones de los modelos climáticos señalaban que las regiones polares serían las primeras en sufrir el calentamiento de la tierra por el incremento de las emisiones de gases que producen el efecto invernadero. Sin embargo, está sucediendo lo contrario.

Tal y como Richard Lindzen ha apuntado en la revista Geophysical Research Letters de 26 de Junio de 2002: “los datos obtenidos de mediciones de la superficie de la tierra sugieren la existencia de una calentamiento de alrededor de 0,25 grados centígrados mientras que los satélites demuestran que no ha habido incremento significativo alguno”

¡Desconfíen de los apocalípticos… se equivocan tanto!

Falacias insostenibles

 “Planificación económica”; “crecimiento cero”; “desarrollo sostenible”. El envase varía, el contenido no. Dispusieron a su antojo de un tercio de la humanidad, de un volumen de recursos físicos aún más amplio y de tiempo, mucho tiempo… demasiado tiempo. Prometieron abundancia sin límites. Trajeron muerte, miseria y terror sin límites. La utopía se convirtió en pesadilla. Nadie les ha pedido cuentas. Ellos son “los que se preocupan”, “los que tienen conciencia social”, “los que no se mueven exclusivamente por el lucro egoísta”. Las intenciones eran buenas. Las intenciones siguen siendo buenas…

“Es verdad, el socialismo económico no producía abundancia como prometíamos, pero sí que evitará el Apocalipsis ecológico”. Completamente desprestigiada con sus viejos ropajes, la planificación completa de la economía –o sea, de la vida humana misma– reaparece con un nuevo disfraz. En los años 70 se llamó “crecimiento cero”. Todavía pueden repasarse en bibliotecas y hemerotecas las profecías –y los remedios–- que entonces realizaban –y proponían–, el Club de Roma, Paul Ehrlich y tantos otros: “En el año 2000 Inglaterra habrá desaparecido por falta de alimentos y de otros muchos recursos”; “Antes del año 2000, al menos sesenta millones de estadounidenses habrán perecido por el hambre”; “Carece de sentido tratar de salvar al subcontinente indio. Sus más de mil millones de habitantes están condenados y nadie podrá salvarlos”; “Una nueva glaciación, causada por el hombre, ha comenzado”, etc. ¿Los remedios? Esterilización forzosa; “redistribución” masiva de la renta; racionamiento de todos los recursos a través de un organismo político internacional (adivinen quiénes se ofrecían para gobernarlo). Se llegó incluso a proponer la adición de sustancias anticonceptivas en toda la comida que se vendiese en los EE.UU.

Como todo esto ya resulta grotesco, la bestia ha vuelto a cambiarse el disfraz. Ahora no se llama “crecimiento cero”, sino “desarrollo sostenible”. Eso de no crecer no parecía muy atractivo. Así que ahora nos proponen lo mismo, pero eso sí, “desarrollándonos”. La nueva revolución no sólo viene avalada por los tardo marxistas y la ONU. Ahora la apoyan también –seguramente sin saber siquiera que significa– bastantes gobiernos supuestamente liberal-conservadores, como el de José María Aznar.

Por si no se han enterado de qué se trata (el terrible bodrio de siempre), cito textualmente a Herman Daly, uno de los principales ideólogos del ‘desarrollo sostenible’: “Sin embargo, el crecimiento entre un 5 y un 10 por ciento en el tamaño de la economía (…) requeriría, aun poniendo el máximo énfasis en el desarrollo, un enorme crecimiento de la producción total que sería ecológicamente devastador. La lucha contra la pobreza será mucho más difícil en ausencia de crecimiento. El desarrollo puede ayudar, pero una seria disminución de la pobreza exigirá el control de la población y una redistribución dirigida a limitar las desigualdades de riqueza. Estas dos implicaciones del desarrollo sostenible son demasiado radicales para ser afirmadas abiertamente”. Las cursivas son mías.

No me extenderé ahora sobre todos los sofismas que contiene la teoría del desarrollo sostenible, incluido el concepto de capital “natural” que utilizan. Me conformaré con apuntar que ninguno de los puntos de los que parten son ni remotamente ciertos. La economía humana NO es un subsistema de un ecosistema global finito que no crece. No estamos en Nave Tierra con una despensa que no podemos aumentar y ya casi vacía. Más bien, somos como un niño que ha pasado su uña por el borde del Everest y al que un “ecologista coñazo” le increpa porque va acabar desgastando la montaña hasta que ésta desaparezca. El hombre no está en los confines del Universo, espalda contra espalda, con todos los recursos dominados y todo el conocimiento técnico para explotarlos ya descubierto. El hombre ya hoy en día (imagínense en el futuro) construye ecosistemas en los que sobrevive y prospera incluso en el espacio o a muchos metros bajo el nivel del mar. Algo, por cierto, mucho más confortable que ser un eslabón más en el ciclo biológico de la selva y ser devorado por los mosquitos de la malaria. Si lo prefieren, los límites del crecimiento de la economía coinciden con los del Universo. América estaba más lejos para los hombres de la Edad de Piedra, que la Luna lo está para el hombre contemporáneo. Desde un punto de vista físico, toda la Naturaleza es materia y energía. Éstas se presentan en cantidades inagotables en la Tierra, el Sistema Solar, La Vía Láctea o el Universo. Sólo desde un punto de vista económico, los recursos naturales relevantes para la acción son escasos y limitados en un momento dado. Ello es así porque sólo sobre una pequeñísima parte de toda esa materia y esa energía ha conseguido el hombre el poder de disposición físico y la capacidad técnica para, trasformándolos, ponerlos al servicio de sus necesidades. En eso consiste precisamente crear riqueza. En conseguir control sobre el entorno para hacerlo más habitable y confortable. No exagero pues si digo que la agenda de los ideólogos del “desarrollo sostenible” es impedir la creación de riqueza. Quieren impedirnos tomar el control de esa materia y de esa energía en estado “salvaje”.

Estaríamos entonces en un juego de suma cero. La despensa no podría aumentar y las raciones que se obtendrían no dependerían de lo que se lograse aportar a tal despensa, sino de otras consideraciones mucho más animales. Sabrían entonces los que creen que el mercado es un sistema darwinista, en qué consiste de verdad la Ley de la Selva. Sólo sería posible “prosperar” a costa de reducir el consumo de otros. Daly lo ha visto bien. El control forzoso de la población. Que nadie más nazca. Aborto no sólo libre y gratuito, sino además obligatorio. Si es posible también, deshagámonos de los que sobran.

Si la perspectiva les parece atractiva, aún hay más: La redistribución de la riqueza. Si, como sostienen los ideólogos del desarrollo sostenible, para que la producción sea sustentable a largo plazo, el capital (en la peculiar definición de Daly) no puede ser consumido en mayor grado de lo que es repuesto, uno no entiende para qué hay que redistribuir la riqueza. En todo caso lo que habría que redistribuir sería la renta que se consume. No se engañe aquí la gente. Tal redistribución no sería fundamentalmente entre Botín y cuarenta familias de gitanos, sino sobre todo, entre los habitantes medios de Europa y los de África. Entre los de Norteamérica y los de China. Entre los de Japón y los de la India… Suponiendo que tal redistribución se llevase a cabo (yo no veo a la gente tan dispuesta) y que no afectase a la propia estructura y volumen de producción total –algo imposible a todas luces–, les aseguro que muy pocos españoles “saldrían ganando”. Si tal redistribución no se realizase y se aplican con ortodoxia las ideas del desarrollo sostenible, los pobres jamás podrían salir de su condición. A esta bancarrota ideológica ha llegado la “progresía”. No está mal.

La agricultura social

Lo "social": pocas palabras hay tan hermosas en su realidad y a la vez tan repugnantemente distorsionadas en el actual lenguaje políticamente correcto. Su significado auténtico y valioso está en lo referente a la sociedad, al orden espontáneo de relaciones libres y enriquecedoras entre múltiples seres humanos. Pero los colectivistas la utilizan como excusa para perpetrar todo tipo de agresiones políticas que en realidad son antisociales. Para pervertir un concepto basta con adjetivarlo como "social": justicia social, derechos sociales, economía social de mercado, socialdemocracia, seguridad social.

Y ahora agricultura social. Los gobernantes de la Unión Europea y unos cuantos países más de la Organización Mundial de Comercio se niegan a eliminar los subsidios a sus agricultores y las barreras proteccionistas a los productos agrícolas del Tercer Mundo. En realidad lo hacen porque temen las consecuencias: movilizaciones violentas, deterioro de su imagen pública y posible pérdida de votos. La penosa excusa es que la agricultura tiene "carácter social, cultural y medio ambiental, por lo que no puede ser tratada como cualquiera otra industria". Pero ¿existe alguna actividad económica que no tenga carácter social? Lo de cultural no sorprende, ya que es otra de las palabrejas que sirven para pseudojustificar cualquier cosa en esta lamentable Europa nuestra, tan gastronómicamente culta y a la vez tan necia. Y lo medioambiental está en boga en todo el mundo. Todo con tal de evitar el mercado libre, el riesgo, la incertidumbre, la responsabilidad y la competencia.

Un porcentaje ínfimo de trabajadores políticamente organizados se llevan la parte del león del presupuesto de la UE. El agricultor no produce para el intercambio y el consumo ajeno: produce para la subvención. Si el último mohicano era un héroe admirable, los últimos agricultores europeos son unos parásitos sin escrúpulos. Especialmente nuestros vecinos franceses, los vándalos quemadores de camiones representados por ese cínico indeseable que es José Bové. Creen tener derecho a mantener su ineficiente e incompetente modo de vida a costa de los demás. Sobre todo a costa de mantener en la pobreza a los países menos desarrollados. A ver si se dignan a cambiar de profesión o a ejercerla respetando la libertad ajena.

Es posible que algunos agricultores europeos sean honestos y quieran librarse del intervencionismo político, pero deben estar muy bien escondidos. Pocas cosas hay tan absurdas para el desarrollo económico como destruir alimentos, imponer cuotas máximas de producción, eliminar cultivos o prohibir intercambios comerciales. La Política Agraria Común es un gigantesco disparate, pero ahí sigue. De momento la OMC parece impotente frente a la agricultura "social". ¿O será socialista?

Araújo, con pocas luces

El escritor Joaquín Araújo ataca en un reciente artículo la energía nuclear y propone en su lugar el uso de la energía solar. Lo curioso del caso es que en lugar de utilizar argumentaciones racionales y económicas recurre a pobres técnicas literarias: léase sofisticada palabrería con muchos adjetivos calificativos pero escaso análisis lógico.

Según Araújo se desvanecen por un "bulímico abuso" los combustibles fósiles y los radiactivos. Otra vez la falacia del agotamiento inminente de los recursos naturales. La energía es "deseable, casi imprescindible, pero mucho mejor si apostáramos por el obsequio de lo ingente, seguro y limpio. Me refiero al imponente y desmedido baño de energía que nos escancia el cosmos más cercano". La cantidad de energía solar que llega a la superficie de la Tierra es enorme (en parte porque la superficie terrestre es también considerable), pero muchas personas ignoran las dificultades que entraña su aprovechamiento eficiente. Cree Araújo que los seres humanos "no queremos aprovecharla". La realidad es que no somos tan idiotas: nos gustaría hacerlo, pero no es tan simple como parece. Resulta muy caro producir los sistemas de transformación de la energía de la luz solar. Hoy día otras fuentes de energía son mucho más competitivas. Si mereciera la pena, muchos de esos con "ilimitada codicia" se apresurarían a beneficiarse de esta oportunidad de negocio: no lo hacen porque hay alternativas mejores.

Respecto a la energía nuclear, las falacias de siempre: "cualquier dosis de radiactividad artificial es un peligro inadmisible" (¿cualquier dosis, no importa lo pequeña que sea?, ¿admisible por quién?, ¿los enfermos que reciben radioterapia deben renunciar a ella o recurrir a la radiactividad natural?); "el control y ubicación de los residuos nucleares no tiene solución alguna" (¿los ingenieros son incompetentes?, ¿tan poco avanza la tecnología?); "nadie quiere como vecino un cementerio nuclear" (tal vez dependa de lo que ofrezcan a cambio, y ¿no está el mundo lleno de desiertos?); "se trata del mayor desastre en la historia de los negocios" que sólo se mantiene mediante subvenciones (las que sólo existen gracias a las subvenciones son las energías favoritas de los ecologistas, entre ellas la solar); las centrales nucleares son "invariablemente peligrosas por riesgo de accidente" (combinación típica de miedo e ignorancia).

Si según Araújo somos despilfarradores y "existe la clara posibilidad de seguir creciendo económicamente al 3% anual con una reducción del 50% de la energía", ¿a qué espera para informarnos de cómo hacerlo, con lo que a la gente le gusta ahorrarse unas pesetillas? Eso sí, de forma no coactiva, por favor.

Al parecer la crisis energética puede solucionarse usando "la casi inagotable sonrisa del Sol, a su vez limpia, segura, descentralizada, liberadora, creadora de empleo y verdadero progreso. A nuestro alcance está la lucidez de la primera luz". Qué bonito. Lástima que sea mentira. Al menos por el momento.

Bravo por Australia

Hace unos días el Gobierno australiano anunció su intención de no ratificar el Protocolo de Kyoto. Rusia ya había hecho lo propio poco tiempo antes, siguiendo el ejemplo inicial de los EEUU. Si Japón se suma también, el Protocolo será historia. Es decir, el número de países que sigue abandonando dicho engendro continúa creciendo imparablemente, de lo cual nos congratulamos. Destruir el tejido industrial que tanto tiempo y esfuerzo ha costado acumular y que sirve para garantizar la prosperidad de miles de millones de personas, no es precisamente “pecata minuta”. Hacerlo en base a un fantasma pseudo-científico es sencillamente demencial.

En una columna anterior resaltábamos el hecho de que, los que hace veinticinco años decían que el peligro era una nueva era glacial, ahora nos sacaban el espectro inverso. Mi buen amigo Thomas Sowell repasaba hace poco las hemerotecas. En el número de la revista Science del 1 de marzo de 1975 y en base a un informe de la National Academy of Sciences (Academia Nacional de Ciencias) se concluía que “una nueva era glacial es una posibilidad real”. En el Newsweek de 28 de abril de 1975 “el clima de la Tierra parece estar enfriándose”. Según el número de Science Digest de febrero de 1973, “una vez que se inicie la congelación, ya será demasiado tarde para actuar”. Si les suena este histerismo, las medidas que se proponían para “salvar la Tierra” les sonaran aún más. Efectivamente, el crecimiento cero y la Contrarrevolución Industrial.

Todo esto no es de extrañar. Uno de los más conspicuos ecologistas pseudo-científicos, el americano Stephen Schneider advertía así a sus correligionarios según cita reproducida en el libro Trashing the Planet. “Tenemos que presentar escenarios que asusten, hacer declaraciones sencillas y dramáticas y hacer escasa mención de cualquier duda que podamos tener. Cada uno de nosotros tiene que decidir sobre el equilibrio posible entre ser efectivo y ser honesto”. Curiosamente el propio Schneider participó junto a Paul Ehrlich en uno de los mayores ridículos que la “ciencia ecologista” ha sufrido nunca: la apuesta cruzada con Julian L. Simon a principios de los 80. Simon ganó fácilmente la contienda pues, los recursos naturales lejos de agotarse en las próximas décadas como aventuraban todos los “expertos”, han venido siendo cada vez más económicos en términos de ingreso per capita para prácticamente cualquier ciudadano del mundo. A este respecto, recomiendo vivamente el magnífico resumen que de dicha controversia, puede encontrarse en el próximo número de la Ilustración Liberal firmado por Antonio Mascaró Rotger.

Algún lector me ha reprochado desconocimientos científicos en el asunto. Es verdad que no soy climatólogo, sino economista y desde esa perspectiva creo mi deber informar a la ciudadanía cuando una determinada política trata de destruir las fuentes de la riqueza que nos sustentan. Pero cuando numerosos climatólogos —no sólo norteamericanos: David Linzen del MIT, Fred Singer; Patrick Michaels del Cato Institute, James K. Glassman del Harvard-Smitsonians Center etc., sino también alemanes como los autores del libro Klimatfakten que han sido víctimas de vetos políticos en Baja Sajonia— denuncian manipulaciones políticas en los congresos de académicos, inconsistencias científicas, resultados contradictorios, múltiples teorías alternativas plausibles y sobre todo escaso desarrollo de la Ciencia del Clima y el hecho de que la cuestión del calentamiento no es perentoria ni siquiera en el peor de los escenarios posibles, aplaudir esta nueva forma de ludismo es sencillamente una irresponsabilidad.

Ley, tabaco y pitorreo

El Gobierno sigue adelante con su cruzada política contra el tabaquismo, y la ministra de Sanidad Celia Villalobos pretende prohibir el tabaco en los lugares de trabajo. No se cumple la ley anterior y ya están pensando en sacar otra para que tampoco se respete. El Congreso está casi siempre vacío, pero sus señorías sufren de incontinencia legislativa, tal vez para que parezca que hacen algo. ¿Es que quieren desprestigiar la legislación aún más de lo que ya está? Con la ley actual en vigor se supone que está prohibido fumar en hospitales, colegios, dependencias públicas con ventanillas de atención al público, ascensores, locales comerciales cerrados y salas y transportes públicos. Y digo que se supone, porque el cumplimiento de esta ley es un cachondeo, como puede observarse en los pasillos del metro, en las terminales de aeropuertos, y especialmente en los edificios de instituciones públicas repletos de funcionarios y demás civiles con pitillo encendido en la boca.

Como dice la picaresca española, es que esa ley es de las que no hay que cumplir. ¿Alguien ha sido denunciado y multado por transgredirla? ¿Alguien ha visto alguna vez a algún policía, guardia civil o responsable de seguridad llamar la atención a un infractor? No es mi caso, y eso que me fijo mucho.

A mí me molesta mucho el humo del tabaco en un lugar cerrado, pero no me parece mal que los fumadores se atufen unos a otros libremente en mi ausencia. Si un solo trabajador es agredido por el humo ajeno tiene perfecto derecho a exigir a sus compañeros que dejen de fumar: con los derechos no valen votaciones ni mayorías. Pero ¿por qué prohibir fumar en un lugar si a nadie le molesta, si todos desean hacerlo? El dueño de una empresa puede éticamente proponer las condiciones laborales que desee a sus trabajadores: son los propietarios de un espacio físico quienes en última instancia están legitimados para decidir si allí se puede fumar o no. Quienes no estén de acuerdo pueden marcharse o no acercarse a ese sitio. El Estado no tiene derecho a imponer sus criterios a ciudadanos particulares y a regular el funcionamiento de las empresas. Para defender a los no fumadores lo que es necesario es que se tomen en serio las denuncias de los auténticamente agredidos.

Dicen que este gobierno tiene algo de "liberal": es que pretenden excluir el tabaco del cálculo del IPC para poder subir sus impuestos especiales con total "libertad". Paradojas del lenguaje. Y respecto a los mensajes que deben aparecer en las cajetillas de tabaco, como que fumar mata, si son ciertos pronto gran parte de los propios legisladores pasará a mejor vida. Aunque es difícil vivir mejor que como viven ahora.

Más tonterías ecologistas

Enrabietados contra los EE.UU. por no haberse plegado al carísimo y absurdo programa energético establecido en el Protocolo de Kioto, los ecologistas han desencadenado una de sus habituales campañas de desinformación e intoxicación ciudadana. Según ellos, los EE.UU. estarían haciendo “dumping contaminante”. Sus empresas se estarían beneficiando de la energía más barata a costa de incrementar la polución del planeta. Las compañías establecidas en el resto de países “solidarios” —léase los gobiernos borreguiles que servilmente obedecen los dictados de Greenpeace—, se verían de este modo incapaces de competir adecuadamente. Ante tanta necedad conviene hacer algunas puntualizaciones.

Primero. Es falso que los EE.UU. estén contaminando el planeta. Las mediciones sobre contaminantes en al aire que anualmente realiza la EPA —la Agencia Norteamericana de Protección del Medio Ambiente—, muestran una continua e ininterrumpida mejoría en la calidad del aire. De hecho, el economista judío americano Julian L. Simon mantuvo hasta su muerte en 1998, la siguiente propuesta: “Apostaré el salario semanal o mensual a que cualquier tendencia medioambiental y económica perteneciente al bienestar material básico humano (…) mostrará mejoría a largo plazo en lugar de empeorar (Simon, The Last Resource, 1996, p.36). Usted elija la tendencia —tal vez, la tasa de mortalidad, el precio de un recurso natural, alguna medida de polución o contaminación del agua o el número de teléfonos por habitante— y elija usted el área del mundo y el año futuro con que deba establecerse la comparación. Si yo gano, mi premio irá a investigaciones no lucrativas”. Respecto a la calidad del aire en particular, Simon proponía una apuesta sobre los contaminantes que los residentes de EE.UU. respiran. Es difícil comprender cómo los EE.UU. están ensuciando el planeta si el aire que ellos respiran es cada vez mejor. Por supuesto, los ecologistas no han aceptado jamás esta apuesta. Aunque muy dispuestos a jugar alegremente con la el patrimonio de los demás, estos señores no arriesgan el suyo propio.

Segundo. Es verdad que los productores americanos se benefician de una energía más barata. Pero, lejos de ser algo perjudicial, tal situación es beneficiosa no sólo para los americanos, sino también para el resto de habitantes del planeta. De este modo, todos tenemos acceso a productos más económicos. Si producir y vender barato significase empobrecer al resto del mundo, mañana mismo habría que ordenar dinamitar todas las factorías y destruir las máquinas. También convendría como decía el insigne economista francés Frederic Bastiat, tapiar todas las ventanas y tragaluces con el fin evitar la desleal y agresiva competencia que ejerce el sol contra los eventuales fabricantes de bombillas, candelas y electricidad. El sol regala una luz que a él nada le cuesta producir.

De toda esta necedad, sólo hay un punto cierto: los países que aplican el Protocolo de Kioto lo hacen a costa de sus empleos y de la prosperidad de sus empresas. Al dejar inservible parte de su equipo capital, rebajan su productividad y por tanto su capacidad para pagar buenos salarios. Todo en aras de un ruinoso espantajo científicamente insostenible. Si se obliga a otros países menos estúpidos a hacer lo mismo, la situación general lejos de mejorar, se va a agravar considerablemente.

Trasplantes, eficiencia y altruismo

Los políticos españoles suelen presumir de nuestra primacía mundial en el campo de los trasplantes de órganos: tenemos los más altos índices de donaciones y los enfermos que lo necesitan tienen altas probabilidades de recibir un trasplante. El economista Enrique Costas Lombardía critica en un artículo en El País que esto no es toda la verdad, y que el sistema no es tan eficiente como parece, ya que "está engrasado con dinero y privilegios". "Se enseñan las cifras de donaciones pero se esconde la corriente de dinero que las empuja". El gobierno presume de modernidad, tecnología y buena administración y tapa otras graves carencias de la sanidad pública.

Los espectaculares resultados de la Organización Nacional de Trasplantes se consiguen "mediante fuertes estímulos financieros que en otras naciones no se aplican": el coordinador de trasplantes, los médicos y las enfermeras dedicados a esta actividad cobran mucho más que otros trabajadores sanitarios, gracias a incentivos monetarios a la producción (no a la calidad ni a la eficiencia) que hacen que se esfuercen más para conseguir posibles donantes y órganos. Los expertos en trasplantes se quedan el dinero en lugar de los donantes o sus familiares, quienes no reciben ninguna compensación. Y mientras tanto, los pacientes con otros problemas no reciben un tratamiento tan exquisito.

Hasta aquí todo correcto y muy informativo, pero este economista se equivoca de pleno cuando se refiere a ciertos "efectos perversos" que este sistema tiene en la sociedad, especialmente el "desprecio del altruismo": "El principio ético que rige todos los sistemas de trasplantes del mundo civilizado es el altruismo. Nadie debe aprovecharse del ‘regalo de vida’ que es la donación de un órgano humano". Parece que sólo el altruismo es civilizado, que es repugnante actuar siguiendo el propio interés y vender un órgano. Pero ¿qué hay de malo en que un donante se beneficie de lo que entrega? ¿Por qué prohibir intercambios voluntarios?

Éticamente todo ser humano es propietario de su propio cuerpo, y puede donar sus órganos, su sangre o cualquier otro constituyente de su cuerpo, de forma gratuita o a cambio de una compensación económica, o negarse a hacerlo. La prohibición de la compraventa de órganos perjudica a los donantes y a los receptores potenciales, produciendo carencias de órganos y sangre. El sistema estatal de trasplantes utiliza dinero confiscado a los ciudadanos para pagar a los profesionales médicos y beneficiar a unos enfermos a expensas de otros. El elemento principal, el donante, no recibe nada, y sólo se invoca a su generosidad para que participe en el sistema. ¿Por qué no se pide también el altruismo de los médicos y los contribuyentes de forma voluntaria?

El pago de las medicinas

Para la ministra de Sanidad, Celia Villalobos, "No es justo que un parado pague un 40% y un pensionista con 260.000 pesetas no pague nada" por los medicamentos. Tiene razón en ambas afirmaciones, aunque por motivos erróneos, ya que la comparación entre ambas es irrelevante. Uno y otro, parado y pensionista, deben pagar el total de los fármacos y servicios sanitarios que necesiten, ya que no es justo que se le pase la factura a otra persona inocente que no guarda ninguna relación con su enfermedad. Cada cual se paga todo lo suyo (no un porcentaje arbitrario), y si pretende que le inviten más le vale pedirlo y no exigirlo. Es triste estar enfermo, pero es más triste robar, aunque sea disimuladamente a través de los presupuestos del Estado. Desgraciadamente la auténtica justicia no es políticamente correcta y ha sido pervertida por la demagogia de la solidaridad estatal.

El famoso copago es una tímida medida propia de políticos que actúan según la reacción popular a globos sonda que anuncian sus intenciones. La intención de reducir el gasto público farmacéutico es buena, pero la solución real es explicar a los ciudadanos que no existen las comidas gratis y que nadie tiene derecho a vivir a costa de los demás, ni siquiera los pobres, los desempleados o los ancianos. En un mercado auténticamente libre y competitivo, las empresas productoras y distribuidoras de medicamentos se verían obligadas a reducir al máximo sus márgenes de beneficio, proporcionando a los consumidores mejores medicinas a precios más asequibles. Pero a la ministra, gran defensora del grupo de interés formado por los dueños de farmacias, no le gusta el mercado libre, y no está de acuerdo con que los fármacos que no necesitan receta se puedan vender en supermercados.

Pagar los bienes o servicios que se reciben según la renta del beneficiario es un absurdo igualitarista (igual que la tasa fiscal progresiva). ¿Se imaginan hacer la compra con la declaración de la renta bajo el brazo? Los productos en tiendas y mercados tendrían sofisticadas etiquetas con diferentes precios para los diversos clientes. Como los ricos no suelen serlo por su falta de astucia, mandarían a los pobres a hacerles el favor de comprarles lo que necesitan a cambio de una pequeña comisión. Por otra parte, ¿cómo se trataría a quienes no obtienen ingresos pero disponen de riqueza acumulada?

Evidentemente cuando uno se paga sus propias medicinas tiene perfecto derecho a exigir que le reduzcan sus impuestos, no va a pagar encima dos veces por lo mismo. Como es natural las federaciones sindicales de pensionistas se oponen al cambio, no les gusta perder sus privilegios. Igualmente protestan numerosas organizaciones de consumidores de inspiración colectivista: "Si se atreven a hacer que los jubilados se paguen las medicinas, imagínate lo que harán con nuestras subvenciones".

Así que salud, dinero y amor para todos, sobre todo dinero ganado honradamente para cuidar cada uno su propia salud.

Calentamiento del Planeta y cambio climático

1. Ciencia y política del clima

El ecologismo y la preocupación por el medio ambiente están de moda. Está muy extendida la opinión de que los seres humanos consumistas e irresponsables son un peligro para la naturaleza e incluso para sí mismos. Destaca más concretamente el dogma de fe, histérico y catastrofista, acerca de los presuntos cambios climáticos que puede producir un supuesto calentamiento global provocado por el incremento antropogénico del efecto invernadero. Según muchos políticos y fanáticos activistas a quienes parece no importar el rigor intelectual, se trata del mayor problema al que se enfrenta la humanidad. Una estrategia demagógica típica es la propaganda alarmista de presuntas amenazas que fomentan el miedo de los ciudadanos, facilitan la aplicación de intervenciones estatales coactivas, y distraen de los auténticos problemas.

En contra de la actual creencia popular que casi nadie se atreve a criticar, la temperatura global no parece estar aumentando de forma apreciable como consecuencia de las emisiones de CO2 que resultan de la utilización de combustibles fósiles como el petróleo, el carbón y el gas natural. No hay evidencia científica firme de que vaya a ocurrir un calentamiento significativo como resultado de la actividad humana, y de todos modos las consecuencias de un calentamiento moderado serían básicamente positivas. La base científica del calentamiento global es demasiado débil como para tomar medidas políticas coactivas drásticas, enormemente costosas y de dudosos beneficios.

El racionamiento energético (asignación política de recursos) y los impuestos sobre la energía (confiscación y redistribución de riqueza) causarían graves perjuicios económicos y empobrecimiento generalizado, especialmente a los pobres y a los países menos desarrollados: menos uso de energía, menos transporte, menos actividad industrial, menos calefacción, menos aire acondicionado.

Los ciudadanos reciben indicaciones de que la evidencia científica es definitiva, indiscutible, concluyente e indudable, cuando en realidad los expertos científicos muestran fuertes desacuerdos y escepticismos acerca de la evidencia, tanto teórica como observacional. El presunto consenso científico sobre el cambio climático es falso, y de todos modos el conocimiento científico no depende de votaciones democráticas u opiniones mayoritarias. Buena parte de la comunidad científica se opone a la actuación precipitada e ignorante de los burócratas internacionales para combatir un problema inexistente. Los mismos presuntos expertos, obsesionados con la toma de conciencia de la sociedad, hace años hablaban de los riesgos de un enfriamiento global inminente: disminución de la productividad agrícola, hambrunas, muerte, violencia, anarquía.

La ciencia es frecuentemente distorsionada para promover agendas políticas. Los informes gubernamentales sobre este tema son documentos políticos que presentan las opiniones de científicos del clima combinados con científicos no expertos en física atmosférica, economistas, expertos en política, burócratas, especialistas en relaciones públicas, y representantes de países con poco nivel científico. Informes del Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático de las Naciones Unidas fueron manipulados de forma clandestina para distorsionar los testimonios de los asesores científicos, de modo que la versión oficial fuera conforme a los intereses de los políticos.

Muchas personas están a favor de actuaciones políticas sobre el presunto problema del cambio climático: algunas pueden estar sinceramente preocupadas pero mal informadas, y la mayoría simplemente acepta de forma acrítica lo que aparece en los medios de comunicación. Quienes realmente promueven las actuaciones políticas pertenecen a distintos grupos: los propios políticos que persiguen popularidad y votos; los burócratas oportunistas que con la creación de problemas buscan avances profesionales, dinero, privilegios, poder; los ecologistas cuyos ingresos dependen de asustar a la gente, y los ejecutivos y abogados de sus grupos de presión que consiguen grandes salarios; los socialistas que buscan un gobierno mundial centralizado de burócratas y ven en el control de la energía un paso adelante para eliminar las soberanías locales; los ideólogos fanáticos irracionales que consideran al ser humano como inherentemente malvado y destructivo y que pretenden equiparar los derechos humanos con los de animales y plantas.

Respecto al tema del medio ambiente muchos periodistas muestran su ignorancia científica, su poco rigor y su superficialidad: repiten clichés, se limitan a transmitir pasivamente los comunicados oficiales, y llegan a identificarse con los intereses de políticos y burócratas (no vayan a ofenderse) en contra de la libertad individual. Se recurre al dramatismo, a las exageraciones apocalípticas, al sensacionalismo efectista; no se comprueba lo que se cree cierto, y se niega lo que va en contra de las propias creencias aunque esté cuidadosamente demostrado; se ignora o descalifica a quien va en contra de las versiones comúnmente aceptadas.

Los institutos científicos oficiales, dependientes de los subsidios recibidos de sus respectivos gobiernos, son curiosamente los que apoyan las tesis que interesan a los políticos. Requiere valor para un científico oponerse a las versiones oficiales y arriesgar las becas o subsidios que pueda recibir. Los científicos que no dependen de ayudas estatales pueden ser más independientes.

2. Calentamiento y apocalipsis

Ante una circunstancia futura potencialmente problemática, una persona inteligente y sensata verifica, incrementa y utiliza su conocimiento acerca de la realidad para poder prever los acontecimientos futuros y actuar de forma efectiva y eficiente. Tal vez el presunto problema no exista, quizás no sea urgente ni importante, o incluso el cambio podría resultar beneficioso. Una actuación precipitada y equivocada hace que el falso remedio sea peor que la enfermedad no demostrada.

La interferencia antropogénica con el sistema climático y sus efectos de calentamiento global no se conocen bien, pero no se espera ninguna catástrofe. Los seres humanos influyen sobre el clima con la agricultura, la actividad industrial y las ciudades. El incremento de población está cambiando las relaciones entre áreas de cultivo y bosques, lo cual altera el albedo o coeficiente de reflexión de la superficie terrestre. La construcción de presas, con la consiguiente disminución del flujo de agua dulce al mar, aumenta la salinidad de los mares y altera la circulación de las corrientes marinas.

Se cree que entre las influencias humanas están la suavización de las temperaturas extremas, el enfriamiento de la estratosfera y la disminución de la frecuencia de los huracanes. No se sabe cuál es el nivel adecuado o peligroso de gases de efecto invernadero, y por lo tanto resulta absurdo intentar estabilizar o reducir un nivel dado de los mismos: cualquier objetivo es arbitrario y no tiene base científica.

La conexión causal entre el CO2 y el calentamiento global parece un dogma irrefutable, y sin embargo los datos históricos de miles de años obtenidos en exploraciones en el hielo de la Antártida no muestran evidencia de ello. Las concentraciones de los gases responsables del efecto invernadero han aumentado un 50% en los últimos 150 años sin ningún calentamiento global asociado. Datos históricos de periodos geológicos muestran concentraciones muy altas de CO2 sin efectos apreciables sobre el clima. Las relaciones no son obvias, ya que ha habido glaciaciones con altos niveles de CO2. Las fluctuaciones climáticas resultan ser mayores en épocas de bajos niveles de CO2; los niveles altos de CO2 pueden promover la estabilidad climática y evitar cambios drásticos y peligrosos.

Un calentamiento global moderado tiene efectos positivos y negativos, pero en general el calentamiento es mejor que el enfriamiento. El calentamiento y el incremento del CO2 atmosférico son mejores para la agricultura (menos heladas, épocas de cultivo más largas, mayor crecimiento de las plantas, más lluvias, menor necesidad de agua), para el crecimiento de los bosques, disminuye los extremos climáticos, permite ahorros energéticos en calefacción y es mejor para la salud: los periodos fríos en la historia de la humanidad son desastrosos por las hambrunas y las enfermedades.

El aumento del nivel del mar debido al calentamiento global (con las consecuencias de inundaciones de zonas costeras y desaparición de algunas islas) es una falacia muy extendida. El nivel del mar lleva varios siglos ascendiendo levemente: no se sabe por qué (tal vez por movimientos tectónicos que reconfiguran los fondos oceánicos), pero seguro que no es por cambios climáticos o por influencias humanas. El aumento de la temperatura produce varios efectos contrarios sobre el nivel del mar, y el resultado neto no es claro: por un lado, el nivel del mar tiende a aumentar debido a la dilatación del agua causada por el aumento de su temperatura, y a la recepción de agua procedente de la fusión parcial del hielo de glaciares y casquetes polares; por otro lado, el nivel del mar tiende a disminuir por el aumento de la evaporación seguido de más lluvias sobre las regiones polares que aumentan la acumulación de hielo en las mismas. Los datos históricos recientes muestran que al aumentar la temperatura baja el nivel del mar.

El avance y retroceso de los glaciares es un fenómeno complejo que no sólo tiene que ver con los cambios climáticos. Muchos glaciares se derritieron parcialmente y retrocedieron a comienzos del siglo XX, pero no se puede extrapolar una media del siglo pasado al futuro.

No está demostrada ninguna relación entre la influencia humana sobre el clima y los desastres meteorológicos como sequías, inundaciones, riadas, huracanes. No hay incrementos relevantes de inundaciones, pero sí de los daños debidos a construcciones en áreas proclives a las mismas.

Se afirma que el calentamiento global contribuye a la expansión de insectos portadores de enfermedades infecciosas tropicales, pero en realidad el factor dominante de la transmisión de enfermedades es el aumento de los contactos humanos causado por el incremento del transporte aéreo, marítimo y terrestre. Las epidemias de malaria y fiebre amarilla han ocurrido en zonas frías, y no ocurren en algunas zonas ricas tropicales.

El peligro real para la humanidad es la posibilidad, señalada por los geólogos, de una próxima edad de hielo. El periodo cálido interglacial actual puede terminar pronto y el efecto invernadero podría suavizar esta amenaza.

Los problemas medioambientales pueden resolverse mediante el conocimiento científico, el avance tecnológico y el desarrollo económico. El mercado libre fomenta la eficiencia de los medios de transporte y plantas de energía, y la correcta asignación y defensa de derechos éticos de propiedad impide las agresiones contaminantes.

3. Datos frente a modelos

La historia del clima terrestre muestra muchos cambios climáticos naturales grandes y rápidos, reflejados en los hielos polares, en los núcleos de sedimentos oceánicos y en los anillos de los árboles. En los últimos 2 millones de años ha habido unas 17 Edades de Hielo.

El clima cambia constantemente y los seres humanos son capaces de adaptarse. Ahora hace más frío que hace 1000 años, durante los períodos templados de la Edad Media, cuando se podía cultivar vino en las islas británicas y los vikingos colonizaron Groenlandia (la Tierra Verde). Entre 1450 y 1850 se produjo la Pequeña Edad de Hielo. Hubo un claro calentamiento de origen natural entre 1880 y 1940 (antes de que aumentaran notablemente las emisiones de CO2). Aparte de un enfriamiento global entre 1940 y 1975, que llevó a temer un enfriamiento global catastrófico y una nueva edad de hielo, no ha habido un cambio apreciable en los últimos 50 años (salvo un ligero enfriamiento en los últimos veinte años), en contra de las predicciones de los modelos informáticos. Se ha informado erróneamente (ya que no son un fenómeno nuevo) y de modo sensacionalista de la aparición de lagunas en el Polo Norte como presuntas pruebas del calentamiento global.

Hoy día hay un leve calentamiento en las latitudes medias del hemisferio norte que no es consistente con la teoría global del efecto invernadero, la cual predice mayores calentamientos en los polos. Una posible explicación es el efecto regional del tráfico aéreo (cambia la composición química de la baja estratosfera y los cirros delgados producidos por la estela de los aviones causan un incremento local del efecto invernadero).

Los datos atmosféricos independientes de los satélites meteorológicos (desde 1979) y de instrumentos en globos sonda de las últimas dos décadas no muestran ningún calentamiento, sino más bien un leve enfriamiento. Los datos procedentes de las mediciones en superficie de las estaciones terrestres son problemáticos por múltiples razones: faltan datos de grandes porciones del Hemisferio Sur y de la mayor parte de la superficie de los océanos; se producen perturbaciones e interferencias locales como el crecimiento urbano cerca de las estaciones meteorológicas, lo cual produce una apariencia ficticia de tendencia al calentamiento; se combinan diferentes técnicas para producir un valor global, pero la intercalibración es problemática; la composición relativa de fuentes de datos cambia con el tiempo, lo cual probablemente introduce tendencias de variación de temperatura que son resultado de errores sistemáticos.

El clima es un fenómeno muy complejo que aún no se comprende bien. Los efectos de múltiples factores no se conocen con precisión: composición de la atmósfera, nubes, usos y configuración del terreno. Los actuales modelos matemáticos del clima son defectuosos, incompletos, y no se corresponden con las observaciones de la realidad. Estos modelos inadecuados aún no incluyen correctamente efectos de interacciones entre atmósfera y océano, corrientes marinas, partículas atmosféricas de polvo y aerosoles, erupciones volcánicas y principalmente nubes. Incluso los modelos más sofisticados tienen una pobre resolución espacial, y no son capaces de representar adecuadamente las nubes, cuyos procesos físicos no son suficientemente bien conocidos.

Por lo tanto los modelos no calculan adecuadamente la distribución del vapor de agua, el principal gas de efecto invernadero. Estos modelos defectuosos no son capaces de explicar la evolución pasada del clima, no se ajustan a los datos observacionales y sus predicciones de rápidos y pronunciados aumentos globales de las temperaturas no son fiables. Sin embargo, son el único fundamento de las políticas medioambientales erróneas referidas al cambio climático.