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Mario Vargas Llosa: “El liberalismo como camino irremediablemente necesario”

Desde el Instituto Juan de Mariana queremos rendir homenaje a Mario Vargas Llosa, Premio Nobel de Literatura, defensor de la libertad y faro intelectual del liberalismo iberoamericano. 

Su deceso marca el final de una era, pero su legado profundo, ético y combativo permanece como guía para quienes creemos en la sociedad abierta y trabajamos por hacerla realidad..

Este volumen reúne textos de Manuel Llamas, Javier Fernández-Lasquetty y Diego Sánchez de la Cruz, así como el memorable discurso que Don Mario pronunció en nuestra Cena de la Libertad en 2012. 

A través de estas páginas, recorremos su evolución intelectual, su ruptura con el colectivismo y su firme apuesta por el individuo como núcleo del orden libre.

Haga clic a continuación para leer el documento al completo y sumergirse en el pensamiento de uno de los grandes escritores y liberales de nuestra historia.

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‘Inúndalo todo de m*erda’: la guía de Steve Bannon para influir

Por Justin Hempson-Jones. El artículo ‘Inúndalo todo de m*erda: la guía de Steve Bannon para influir‘ fue publicado originalmente en CapX.

Las sociedades libres no sólo dependen de los mercados libres de bienes y servicios, sino también de mercados libres y funcionales de información. La democracia liberal parte de la base de que, si se tiene acceso a datos precisos, puntos de vista diversos y un debate abierto, la verdad triunfará. Pero, ¿qué ocurre cuando se rompe el mercado de la información, cuando la atención, y no la exactitud, se convierte en la moneda de cambio? ¿Cuándo la visibilidad sustituye a la credibilidad?

Esta es la crisis a la que nos enfrentamos ahora: un colapso del mercado de la verdad, o de lo más parecido a ella. Y los regímenes autoritarios se están aprovechando de ello.

Líderes como Donald Trump, Viktor Orbán, Recep Tayyip Erdoğan y Narendra Modi han descubierto una versión de la censura del siglo XXI: no prohibiendo ideas, sino inundando el sistema de ruido. En lugar de suprimir la disidencia, la abruman, explotando nuestra psicología y convirtiendo las plataformas digitales en motores de confusión.

El ascenso al poder de Trump en 2016 no se basó en la persuasión tradicional, sino en una comprensión intuitiva de la economía digital de la atención. Su infame estrategia de «inundar la zona de mierda», en palabras de su antiguo asesor Steve Bannon, equivalía a una guerra de información. Si puedes saturar el entorno con mensajes contradictorios y cargados de emoción, destruyes el valor de la credibilidad. Cuando todo se pone en duda, recurrimos por defecto a lo que ya creemos y en quienes confiamos instintivamente: nuestros iguales más cercanos y quienes lideran nuestros grupos de pertenencia.

Los efectos van mucho más allá de Trump. En la India, el gobierno de Modi presiona a las plataformas tecnológicas para suprimir la disidencia e impulsar las narrativas nacionalistas. En Turquía, Erdoğan combina las detenciones con la manipulación online. En Hungría, Orbán ha nacionalizado gran parte de los medios de comunicación, desplazando al periodismo independiente. Lo que une a estos líderes es un manual común: manipular la plaza pública digital para distorsionar la percepción, no sólo para controlar la expresión.

Estas tácticas funcionan porque explotan la forma en que los seres humanos procesamos la información. No sopesamos racionalmente cada hecho. Nos basamos en atajos: reputación, emoción y consenso social, por ejemplo. Pero plataformas como Twitter, YouTube y Facebook, impulsadas por algoritmos de interacción, explotan esos atajos. Dan prioridad a los contenidos que provocan ira y miedo. Cuanto más emotivo, más visible. En este contexto, la verdad puede convertirse en una señal más, perdida en el ruido.

En un mercado que funciona, los malos productos fracasan. Pero la economía de la atención digital no recompensa la fiabilidad, sino la viralidad. Esta perversa estructura de incentivos permite que prospere la desinformación. Las plataformas tecnológicas -intencionadamente o no- se han convertido en infraestructuras de influencia, utilizadas por los hombres fuertes para eludir a los guardianes tradicionales y ahogar las críticas.

El resultado es un ecosistema epistémico roto. Si todo el mundo vive en una burbuja de información personalizada, no existe una base compartida para el debate público. La gente se siente abrumada y cínica. El compromiso de los votantes disminuye. Aumenta la polarización. Y los demagogos llenan el vacío con relatos simplistas y chivos expiatorios.

No se trata sólo de un problema político, sino también económico. Las democracias dependen de ciudadanos informados que toman decisiones razonadas, al igual que los mercados dependen de consumidores informados que toman decisiones racionales. Pero en ambos casos, la asimetría de la información y la distorsión de los incentivos conducen al fracaso. El mercado de la verdad ya no se autocorrige.

¿Qué se puede hacer?

En primer lugar, los incentivos deben cambiar. Las plataformas de medios sociales tienen que enfrentarse a una presión real -normativa, de reputación o competitiva- para dar prioridad a la integridad sobre la viralidad. Eso no significa censura. Significa aumentar la visibilidad de las fuentes creíbles, etiquetar los contenidos sintéticos o manipuladores y reducir el alcance de la desinformación coordinada.

En segundo lugar, hay que reconstruir la infraestructura cívica. La alfabetización mediática, las herramientas de verificación de hechos y el periodismo independiente son esenciales si queremos un mercado de ideas que funcione. Al igual que los mercados necesitan árbitros de confianza, las democracias necesitan instituciones que defiendan una base fáctica compartida.

Por último, debemos dejar de considerar la democracia como un mero sistema político: también es un sistema de conocimiento. La libertad de elección sólo tiene sentido cuando las personas pueden acceder a información precisa. Sin ella, el liberalismo degenera en teatro, y las elecciones se convierten en concursos de popularidad gobernados por la distorsión algorítmica en lugar del debate razonado.

Los mercados libres dependen de la transparencia, la responsabilidad y la competencia leal. Lo mismo ocurre con las sociedades libres. Si no arreglamos el mercado de la verdad, los autoritarios no necesitarán silenciar a sus críticos, simplemente los enterrarán en ruido.

Severance: someterse a la cultura del cubículo

Por Joseph Holmes. El artículo Severance: someterse a la cultura del cubículo fue publicado originalmente en Law & Liberty.

Todo el mundo parece estar loco por Severance. Una de las primeras series en mucho tiempo que se ha convertido en un verdadero «programa de agua fría», cuenta con un 96% de los críticos en Rotten Tomatoes y un 76% de la audiencia. Ha dado lugar a toda una industria casera de detectives en YouTube que teorizan sobre cada pista que la serie da sobre su misterio. Incluso ha traspasado las fronteras políticas: desde Eileen Jones, de Jacobin, hasta Ben Shapiro, del Daily Wire, la han calificado de «la mejor serie de televisión».

Es fácil entender por qué la gente la adora. Severance es un clásico épico con héroes, villanos e intrigas románticas. Aborda cuestiones universales y preocupaciones muy actuales sobre cómo el trabajo y las estructuras de nuestras vidas contribuyen a nuestra sensación de falta de sentido. Además, su atención al detalle y el misterio siempre presente dan a la gente muchas oportunidades de teorizar sobre lo que ocurrirá a continuación. (Spoilers de las dos temporadas de Severance a continuación.)

La serie sigue a un hombre llamado Mark Scout (Adam Scott) que trabaja para una oscura empresa llamada Lumon, donde todos los empleados de la planta de Mark -incluido él- se someten a un proceso de «separación». Esto significa que cuando están fuera del trabajo no recuerdan haber estado dentro. Y cuando están dentro, no saben nada de sus vidas e identidades en el exterior. Aunque Lumon cuenta a las dos versiones de Mark lo que supuestamente ocurre con el otro Mark (incluido el proceso de separación), cada vez está más claro que Lumon no es de fiar. Así que ambas versiones de Mark empiezan a investigar en secreto a la empresa. La segunda temporada retoma la historia iniciada en la primera, en la que Mark descubre tanto por dentro (su «interior») como por fuera (su «exterior») que su mujer está viva. En ambas encarnaciones trabaja para debilitar a Lumon y rescatarla.

Una de las ideas más importantes que trata Severance es la «alienación». Karl Marx desarrolló una teoría de la alienación según la cual el mundo moderno -y el capitalismo en particular- nos aliena de nosotros mismos y de nuestro trabajo. Según Marx, lo que hacemos con nuestro trabajo es esencial para nuestra identidad. Pero el capitalismo nos aliena primero exigiéndonos un alto grado de especialización en el trabajo que realizamos y luego alejándonos del fruto de nuestro trabajo. Ya no fabricamos zapatos para regalárselos a un hijo o vendérselos a un vecino. En su lugar, fabricamos la goma de la suela, la enviamos a otra persona y nunca vemos a la persona que lleva los zapatos. Tampoco nos pagan directamente por los zapatos que hacemos. Nos pagan un salario por nuestro tiempo y otro se lleva el beneficio del zapato.

La alienación está presente en Severance. El hogar y el trabajo de los personajes están literalmente separados. Cada versión de sí mismo es profundamente incompleta. Mark y Dylan, su compañero de trabajo, son consumidores y holgazanes sin rumbo en sus vidas externas, carentes de un trabajo que les dé un propósito. Mientras tanto, los innies no tienen nada más que trabajo, incapaces de desarrollar relaciones reales con nadie porque ellos y sus compañeros pueden ser despedidos en cualquier momento. Tampoco pueden encontrar satisfacción en el propio trabajo porque también es alienante. Se pasan el día moviendo números alrededor de una pantalla, sin tener conciencia de los grandes objetivos a los que aparentemente sirve este trabajo. El programa hace que los espectadores tengan esa misma sensación de alienación al mantenerlos desorientados y aferrados a una trama. Se saltan secciones importantes de tiempo entre los innies y los outies, dejando a los espectadores sin un sentido claro de contexto o continuidad. Lumon intenta compensar este sinsentido con constantes recordatorios de que Lumon es una familia y una religión -hay una especie de culto a su fundador, Kier, y el lugar está lleno de libros sagrados, refranes, pinturas y usos silenciosos y reverentes de su nombre y su ejemplo-, pero esto suena vacío, ya que los innies saben que pueden ser descartados en cualquier momento. (Como dice el meme: «Si murieras esta noche, tu jefe ocuparía tu puesto el lunes»).

Dado que el innie y el outie de cada trabajador carecen de un propósito compartido, empiezan a desarrollar propósitos individuales que los ponen en desacuerdo entre sí, con múltiples personajes engañando a sus compañeros outie con innies. Esto culmina en un brillante debate entre Mark y su innie sobre mensajes grabados, en el que su innie no ayuda a Mark a salvar a su mujer porque Mark tiene a otra persona a la que ama en el piso de Severed.

No hace falta ser marxista, ni anhelar una conexión personal con los zapatos, para que la sensación de soledad y falta de sentido de Severance resuene. El trabajo está en gran medida desconectado de las relaciones o de un sentido más amplio del propósito. Las relaciones que se establecen son superficiales y frágiles, porque cualquiera puede desaparecer mañana por razones que nunca entenderemos. El anonimato de la vida nos permite llevar máscaras que nos alejan de los demás. Este aumento de la soledad es una de las principales causas del aumento de la depresión, como documentan Jean Twenge en Generations y Jonathan Haidt en The Anxious Generation.

Nadie quiere eliminar las partes buenas del capitalismo, como el aumento dinámico del nivel de vida y el descenso mundial de la pobreza y la mortalidad infantil. Y alternativas como el comunismo o el socialismo, que intentan aprovechar el poder de creación de riqueza de la Revolución Industrial, no resuelven el problema de la alienación. Cuando la gente recibe nuevos ingresos, opta por actividades de ocio en lugar de actividades prosociales como el compromiso con la comunidad o el cuidado de los demás.

Puede que falten bromuros liberales contra el capitalismo, pero los conservadores también luchan por abordar el problema de la alienación. Este año, estalló una pelea entre conservadores sobre el empleo y una vida con sentido cuando el activista conservador Christopher Rufo argumentó que una solución al declive del empleo y el matrimonio es que los hombres jóvenes, especialmente, estén dispuestos a conseguir un trabajo en Panda Express o Chipotle. Podrían ganar 70.000 dólares como ayudante de gerente y llegar a ganar 100.000 como gerente de tienda. Ese tipo de empleo estable también les haría candidatos matrimoniales más atractivos.

La sugerencia de Rufo provocó un aluvión de respuestas airadas, en las que muchos le acusaban de condenar a la gente a toda una vida de trabajos que odiarán (¿quién sueña con trabajar en Panda Express para siempre?) en lugar de solucionar los problemas sistémicos que limitan los empleos masculinos a esas opciones. (Por ejemplo, algunos se quejan de que las escuelas están sesgadas a favor de los estilos de aprendizaje de las chicas, y los profesores están sesgados en sus calificaciones en contra de los chicos). Como señaló el crítico cultural Aaron Renn, esto tampoco resolverá totalmente el problema del matrimonio, ya que las mujeres también están superando a los hombres en títulos universitarios, y la mayoría de esas mujeres no querrán casarse con un hombre sin uno.

Sin embargo, todos estos puntos importantes pasan por alto el verdadero problema. La mayoría de los estadounidenses están más satisfechos con su trabajo que hace décadas. Pero siguen más deprimidos que nunca. Los jóvenes abandonan el mercado laboral porque, a diferencia de sus padres y abuelos, no encuentran sentido a tener un trabajo sin satisfacción intrínseca. Cuando la sociedad no comparte una metahistoria y carecemos de vínculos profundos con los demás, no existe un refuerzo positivo que haga que la monotonía del trabajo sea importante. Richard Reeves escribió sobre las experiencias de los hombres jóvenes en Of Boys and Men y llegó a la conclusión de que esta falta de motivación era uno de los mayores obstáculos para los hombres. Cuando incluso los hombres de éxito se sienten a menudo como los personajes de Severance, ¿quién puede culparles?

Roger Eggers, director de The Northman y Nosferatu, habló una vez con nostálgica envidia de lo que debía de ser ser artista en épocas anteriores, cuando la vida parecía tener un sentido más intrínseco.

Creo que es difícil hacer este tipo de trabajo creativo en una sociedad secular moderna porque se convierte todo en tu ego y en ti mismo. Y siento envidia -ésta es la parte horrible- de los artesanos medievales que trabajan para Dios. Y eso se convierte en una forma… [de] ser creativo para celebrar otra cosa. Y también, te estás censurando a ti mismo porque no se trata de como yo, yo, yo, yo, yo. Así que dices: «Oh, tengo que frenar eso porque este retablo no tiene que ser así». Cualquier visión del mundo en la que todo lo que les rodea esté lleno de significado es emocionante para mí, porque ahora vivimos en una cultura tan cansina, cutre y comercial.

Lo que los hombres y las mujeres necesitan es que las piezas de sus vidas se «reintegren», por utilizar un término de Severence. La gente es más feliz cuando sus historias y actividades se integran en un todo con sentido. Por eso las personas que iban a la iglesia durante la pandemia fueron el único grupo cuya salud mental mejoró: La religión conecta a las personas en una metahistoria que las vincula a personas reales y explica el significado de todas las partes de sus vidas. Como señala Twenge juguetonamente, no hay crisis de salud mental entre los amish.

Esta es una de las razones por las que Jordan Peterson ha sido tan eficaz a la hora de atraer a los jóvenes. Porque es capaz de tomar las cosas aburridas de la vida («limpia tu habitación») y convertirlas en una épica historia de aventuras. «Tienes una mujer que encontrar, un jardín que pisar, una familia que criar, un arca que construir, una tierra que conquistar, una escalera al cielo que construir, y la catástrofe total de la vida que afrontar, de verdad, entregado al amor y sin miedo».

También necesitamos conectar nuestras vidas laborales, familiares y sociales de alguna manera real. Si un joven va a la iglesia y entabla allí relaciones reales con su comunidad, tendrá más gente que le preste ayuda práctica para conseguir un trabajo, y más satisfacción en el trabajo que consiga por la gente que le apoya.

La verdad es que el tipo de significado que Eggers envidia está disponible en el mundo moderno, pero la mayoría de la gente elige alejarse de él. Es como los desgarradores momentos finales de la segunda temporada de Severance, donde (spoilers) el innie de Mark decide quedarse con su amor innie en lugar de unirse a su mujer. Elige su vida de alienación antes que su vida de integración.

Como escribió el filósofo francés Gilles Lipovetsky en Tiempos hipermodernos, la verdadera culpable de la alienación es la libertad humana. Los reformadores de la Ilustración debilitaron todas las instituciones humanas que nos unían para dar a los humanos la máxima libertad. La libertad religiosa significaba que podías elegir tu iglesia. La democracia significa que puedes elegir tu gobierno. El capitalismo significaba que podías elegir tu trabajo y dónde comprar. La tecnología y la riqueza que se desarrollaron rápidamente a partir de esto significaron que era más fácil que nunca viajar y elegir tu comunidad. ¿Y qué hicimos con esta libertad? Elegimos alejarnos unos de otros, ver a nuestras familias sólo en Navidad y Semana Santa e ir menos a la iglesia. Como señala Jonathan Haidt en La generación ansiosa, una vez que desarrollamos las redes sociales, utilizamos esa libertad para dar prioridad a las relaciones virtuales sobre las reales.

No debemos eliminar la libertad humana. Por el contrario, debemos aprender a tomar las decisiones que realmente nos hagan felices. Aunque eso signifique que otras personas a las que queremos -como Mark- a veces se alejen y elijan la alienación en su lugar.

Competencia Fiscal (III): Oportunidad histórica para Argentina

La República Argentina cuenta con una oportunidad única. En el discurso presidencial que dio inicio a las sesiones legislativas pronunciado este marzo de 2025, el señor presidente Javier Milei deslizó sus intenciones de promover la competencia fiscal entre provincias.

Concretamente expresó: “El estado nacional establecerá un piso mínimo para cada impuesto, sustancialmente inferior al total actual, y luego las provincias podrán elevarlo a su criterio, lo que indudablemente generará una competencia fiscal entre las provincias que dinamizará así sus economías”

La Argentina es un país interesante por donde se lo mire. La desigualdad inherente entre sus provincias propicia una oportunidad que debe ser aprovechada. Incluso, los diferentes niveles de desarrollo en infraestructura y servicios constituyen al mismo tiempo una ventaja en lo que respecta al estímulo competitivo.

En mayor o en menor medida las personas conocen alguna historia de cómo en algún tiempo pasado un determinado pueblo se volvió fantasma cuando la última empresa cerró sus puertas. Los impuestos desalientan la producción y en no pocos casos terminan por asfixiar a las empresas hasta llevarlas a la muerte. Las personas a la hora de invertir y establecer una empresa observan con atención la presión tributaria a la que deberán someterse, cuestión muchas veces definitoria.

Muchos tributaristas dedican años e investigaciones enteras en buscar la justicia, su punto o su grado, en los impuestos. Todos ellos cometen el error de olvidar -o desconocer- que no hay nada neutro en los impuestos ni mucho menos justo. Lo único justo sería la inexistencia de los impuestos. Existe un frenesí por diseñar el modelo fiscal ideal u óptimo. Sin embargo, en el esquema actual y en el punto de la historia de la humanidad en la que nos encontramos, los impuestos aún existen. Dicho esto, lo mejor que puede hacerse es reducirlos al mínimo posible y fomentar la competencia fiscal entre jurisdicciones.

A mayor abundamiento sobre estos aspectos se encuentran publicados en este Instituto otras dos publicaciones de mi autoría sobre el tema. (Competencia fiscal: el terror de los socialistas; y Competencia Fiscal: la terquedad perversa y primitiva de la OCDE)

Política Fiscal, caso Argentina

En Argentina existe un régimen de coparticipación fiscal que no es nada más ni menos que un mecanismo de distribución de recursos entre Nación y Provincias. Su esencia es el denominado federalismo fiscal, que se apoya en las siguientes ideas:

La ya mencionada desigualdad entre provincias. La coparticipación se defiende bajo la idea de que no todas las provincias tienen la misma capacidad para generar ingresos. Y que sin coparticipación algunas serían más ricas que otras. En primer lugar, esto es falso, y la curva de Laffer lo explica perfectamente. Un esquema competitivo y atractivo para las inversiones (que no castigue a quien quiera producir) es un imán para inversores y empresarios, elevando así los ingresos tributarios de las provincias. En segundo lugar, no hay nada nocivo ni injusto en la desigualdad. Incluso en la desigualdad de riqueza.

Otro argumento sobre el que se apoya la coparticipación es que permite unificar el sistema tributario aplicable y por lo tanto redunda en una recaudación fiscal más eficiente. Este argumento es endeble. La eficiencia no viene dada de la unificación de tener un sistema o muchos, sino de la simplicidad de los mismos, la transparencia y la seguridad jurídica. Pueden existir muchos sistemas y muy sencillos o un único sistema complejo, ineficiente y descoordinado.

Un último argumento que suele esgrimirse es el de la solidaridad y la equidad fiscal, que busca garantizar servicios públicos esenciales en todo el territorio nacional. En cuanto a la solidaridad, este concepto también está mal aplicado al ámbito fiscal. La solidaridad es voluntaria o no lo es. No existe solidaridad a punta de pistola. Dado que los impuestos son violencia en esencia, no puede calificarse de solidario el acto de pagar impuestos. Respecto de la equidad y la justicia caben los mismos contra argumentos antes comentados.

El fracaso de la coparticipación y los frutos de la competencia

En conclusión, suele decirse que la coparticipación ayuda a la unidad de Argentina y a su cohesión. La realidad es muy diferente. La coparticipación es el eterno debate entre gobernadores provinciales y gobierno nacional. La coparticipación, además de ser un problema irresoluble, es tierra fértil para el clientelismo político. Para la desidia y para la ineficiencia de los recursos escasos.

La realidad es que la mejor posibilidad que tiene una provincia con menor desarrollo económico y menor riqueza es, justamente, ser atractiva, cuidadosa y respetuosa del dinero de sus actuales ciudadanos y potenciales inversores. Y, además, ser eficiente en la utilización de ese dinero que no es propio (no es del estado). Deberá también brindar los mejores servicios posibles y garantizar el respeto a la propiedad privada. Siendo este el caso, una provincia A (podría ser el caso de Chaco) cuya riqueza y desarrollo económico es menor al de la provincia B (ejemplo, Buenos Aires), tiene posibilidades de atraer capitales foráneos y que nuevas y más empresas se instalen en su territorio. De esta manera, podría así obtener más recursos, empleos y en definitiva comenzar a dar pasos hacia adelante en cuestiones de desarrollo. El desarrollo económico es un camino que debe transitarse, no puede considerarse dado, y las supuestas ayudas en la práctica poco resuelven.

Al mismo tiempo, la acaudalada provincia B, se va a ver obligada a brindar mejores servicios con el esquema de ingresos actuales, con el objeto de que valga realmente la pena ese nivel de presión fiscal. O, disminuir su presión tributaria y evitar la deslocalización de empresas o que nuevas elijan A por sobre B. Impedir la competencia fiscal es privar a las provincias más pobres de una herramienta genuina, poderosa y justa para incentivar su desarrollo.

Como siempre, es muy sencillo ser solidario con dinero ajeno. La excusa del federalismo y la unión nacional son solo bonitas palabras que en la práctica no resuelven nada. La competencia fiscal es la única herramienta poderosa y justa -en un marco de Libertad- que permitiría a las provincias prosperar según el tiempo, energía y esfuerzo de sus habitantes. Al mismo tiempo presiona fuertemente a la casta política para ser cada vez más eficientes en el uso de los recursos que no les son propios. No solo se trata de la presión tributaria directa, sino también la indirecta, que es la inestimable cantidad de tiempo que los ciudadanos dedican a pagar sus tributos, llenando decenas de aplicativos y formularios, muchas veces repetitivos y complejos.

Por último, y como si esto fuera poco, además permite a los habitantes votar con los pies. Esto es sencillamente un verdadero acto de justicia y Libertad que todo ciudadano debe poder realizar. Sistemas fiscales o barreras físicas que impidan esto, y que eviten la competencia para comodidad de una casta política gobernante no es en absoluto deseable y nada bueno puede aportar. La construcción del Muro de Berlín en 1961 ya nos enseñó qué sucede cuando se intenta evitar que la gente vote con sus pies, es decir, decida huir hacia mejores condiciones.

Serie competencia fiscal
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Cómo los aranceles trumpistas empobrecerán al mundo

La política comercial de Estados Unidos ha cruzado una línea que durante décadas se consideró impensable, incluso entre sus críticos. No es que el proteccionismo sea nuevo -la historia económica estadounidense tiene historias de aranceles para regalar-, pero lo que está ocurriendo ahora no es una medida temporal, ni una respuesta puntual a una crisis sectorial. Es, directamente, la reinvención de la guerra comercial como estrategia política permanente, sin matices, sin disimulo y, lo que es peor, sin fundamento.

Donald Trump ha puesto sobre la mesa un nuevo esquema arancelario que no distingue entre aliados, rivales o socios estratégicos. Todo país que tenga superávit comercial con EE. UU. es, por definición, sospechoso. Y todo déficit bilateral es tratado como evidencia de abuso. No hay una investigación técnica, ni análisis de cadena de valor, ni contexto histórico. Solo una ecuación: déficit comercial dividido por importaciones. Resultado en mano, se asigna un porcentaje de castigo.

Así se llega, sin rubor, a tarifas del 104 % para China, 49 % para Camboya, 46 % para Vietnam, 32 % para Indonesia y Taiwán, 26 % para India, 20 % para la Unión Europea y 10 % para el Reino Unido. Un escenario digno de una parodia económica, pero que hoy se considera seria política de Estado.

El trasfondo ideológico de esta fórmula es tan rudimentario como inquietante: en un mundo justo, supuestamente todas las balanzas comerciales bilaterales deberían estar equilibradas. Si un país le vende a EE. UU. más de lo que le compra, entonces lo está explotando. Como si el comercio internacional fuera una suma cero, donde todo excedente ajeno implica una pérdida propia. Esta es la base de la ofensiva arancelaria, repetida en mítines, entrevistas y documentos oficiales, con la naturalidad de quien no sabe -o no quiere saber- que está pisoteando siglos de pensamiento económico.

Porque el comercio no es contabilidad, o no solo eso. El déficit exterior de EE. UU. no es el resultado de acuerdos mal negociados, sino de una economía estructuralmente consumista, con moneda fuerte, poder adquisitivo elevado y una economía cada vez más terciarizada. El superávit de otros países con EE. UU. no es una trampa: es, en buena parte, la consecuencia natural de un país que importa porque puede.

El problema no es solo conceptual. Es práctico. La imposición generalizada de aranceles altos afectará inevitablemente a los precios domésticos, desde la ropa hasta los microchips. Las empresas estadounidenses, muchas de las cuales dependen de insumos extranjeros -o tienen producción deslocalizada-, enfrentarán un dilema: absorber el golpe o trasladarlo al consumidor. Sorpresa: el consumidor siempre paga.

Además, ningún país se queda de brazos cruzados. La historia reciente ya demostró que los aranceles provocan represalias, desequilibrios y roturas en las cadenas de suministro y fricciones diplomáticas innecesarias. Y en un mundo donde las economías están interconectadas por miles de contratos, tratados y flujos financieros, cada decisión unilateral genera ondas de choque. Lo que empieza como una promesa de proteger al trabajador americano termina, en la práctica, socavando las bases del crecimiento global y aumentando la incertidumbre para todos.

Pero… ¿funcionará esta estrategia para reducir el déficit? La respuesta corta es no. La larga, tampoco. La evidencia empírica -y los casos históricos- muestran que los aranceles pueden reducir las importaciones, sí, pero también tienden a reducir las exportaciones. Un país que se cierra pierde competitividad, dinamismo y acceso a mercados. Además, el déficit externo no se resuelve desde la aduana, sino desde el equilibrio macroeconómico interno: gasto público, ahorro privado y política monetaria. Ninguna de esas variables se verá enormemente afectada con un arancel del 46 % a Vietnam.

Lo que sí logrará esta política es distorsionar el comercio, encarecer la vida cotidiana, sembrar tensión diplomática con socios clave y debilitar la credibilidad institucional de Estados Unidos en los foros multilaterales. No es poco daño para una decisión basada en meros sentimientos de opresión comercial inexistente.

Lo más preocupante de esta nueva doctrina arancelaria no es su impacto económico inmediato, sino lo que revela a nivel sistémico. Durante décadas, EE. UU. lideró el diseño de un modelo comercial global basado en reglas claras, reciprocidad negociada, resolución de disputas por vías legales y apertura progresiva. Ese modelo, con todos sus defectos, permitió expandir el comercio, integrar economías emergentes y reducir conflictos.

Hoy, ese andamiaje está siendo dinamitado desde dentro. No por enemigos externos, sino por una administración que ve en el multilateralismo una amenaza y en la autonomía comercial absoluta una virtud. La ironía es que EE. UU. ya no se presenta como víctima de un sistema mal diseñado, sino como mártir de un sistema que ellos mismos impusieron al resto del mundo.

La pregunta que queda es si esta política comercial tiene algún propósito real o si es, simplemente, una extensión de la campaña permanente. Todo apunta a lo segundo. Los aranceles, en este contexto, no son medidas correctivas: son banderas electorales. Sirven para agitar a sus votantes, construir enemigos imaginarios y reforzar una narrativa de declive provocado por terceros. Un eslogan convertido en política de Estado.

Pero incluso los relatos más sólidos chocan tarde o temprano con la realidad. Y cuando el efecto de los aranceles empiece a notarse en el bolsillo del votante medio, cuando los sectores productivos se rebelen y las alianzas internacionales empiecen a erosionarse, quizá alguien en Washington empiece a preguntarse si valía la pena sacrificar el liderazgo global a cambio de unos puntos en las encuestas.

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Teuchitlán: el Auschwitz mexicano

El hallazgo el pasado 5 de marzo del “campo de la muerte” en un predio llamado Rancho Izaguirre, localizado en el municipio de Teuchitlán, Jalisco, propiedad supuestamente del Cartel Jalisco Nueva Generación (CJNG), ha significado un duro cuestionamiento al aún reciente gobierno mexicano, que se erige como una nueva amenaza a su credibilidad y legitimidad, además de las que ya viene padeciendo: en primer término, la de un veleidoso Donald Trump, y en segundo, la dificilísima situación económica por la que atraviesa el país, con una recesión de larga duración que apenas va iniciando, según todos los datos disponibles.

El horror ya se conocía: diversas autoridades en México y EEUU habían venido advirtiendo durante buena parte del gobierno anterior de la existencia de “campos de entrenamiento del crimen organizado”. Adicionalmente, desde 2009 se ha documentado el hallazgo de 5.600 fosas clandestinas y campos de exterminio en todo el país, donde “La Gallera” en Tijuana (2012) ocupa un lugar destacado: un predio donde se localizaron dos fosas que se calculó contenían alrededor de 17,500 litros de al menos 300 cuerpos humanos disueltos en sosa cáustica, ultimados por el llamado Cartel de Tijuana. Pero Teuchitlán lo ha hecho dramáticamente de primera plana y ocho columnas.

Otro hito del horror fue en 2017, en el predio conocido como El Arbolillo, en Colinas de Santa Fe, al norte del puerto de Veracruz, donde se localizaron cientos de cráneos y cientos de kilos de restos humanos, pertenecientes en apariencia a jóvenes, de ambos sexos, entre los 14 y los 24 años de edad, con una antigüedad de unos dos años. Este descubrimiento fue similar al de Teuchitlán, es decir, por grupos de familiares, buscado a sus desaparecidos, frente a la inacción y la despreocupación oficiales. 

El propio campo de Teuchitlán ya había sido detectado y asegurado por autoridades mexicanas en septiembre de 2024. Hoy sabemos que se aseguró pero que las autoridades locales no realizaron el trabajo de peritaje e investigación (a decir de la Fiscalía federal mexicana) y que la propia Fiscalía federal prefirió tampoco investigar, como era su obligación por mandato de ley, y que se mantuvo despreocupadamente al margen (sólo hasta hace unos días tomó posesión del predio y se hizo cargo de las investigaciones), aunque en su conferencia de prensa, un decrépito y agobiado fiscal federal tomó el camino de la no autoinculpación y mejor lavarse las manos y descargar todos los errores en las autoridades locales. 

El impacto del hallazgo ha sido mayúsculo, similar a Ayotzinapa en 2014 y quizá hasta mayor, en su repercusión y tal vez en sus consecuencias políticas. A dos meses de lo ocurrido en Ayotzinapa, ya había “unos 60 millones de personas vinculadas con mensajes sobre Ayotzinapa” a través de redes sociales. Una rápida búsqueda en Google arroja hoy sobre Teuchitlán o Rancho Izaguirre entre 8 y 12 millones de resultados. El analista Javier Tejado, señala que del 6 al 14 de marzo, hubo 479 mil menciones digitales con un alcance potencial de casi 600 millones de personas. Por su parte el reconocido periodista Raymundo Riva Palacio cuantifica así su impacto: “De acuerdo con los expertos, la conversación digital entre el 6 y el 17 de marzo ha tenido un millón 100 mil menciones procedentes de más de 170 mil fuentes, con un alcance potencial de mil 280 millones de personas, alrededor de una octava parte de la población mundial”. De tal tamaño es el horror del Auschwitz mexicano. 

Teuchitlán es un antiguo asentamiento prehispánico, a unos pasos de una importante zona arqueológica, cuyo nombre proviene de la voz náhuatl Teotzitlán o Teutzitlán, que significa “lugar dedicado a la divinidad”, “lugar del dios Tenoch” o “lugar dedicado al dios reverenciado”. Hoy es una población de unos 10 mil habitantes, a 50 minutos del centro de Guadalajara, en el trayecto de Guadalajara a Puerto Vallarta, un muy importante centro turístico, y es parte de la tercera zona metropolitana del país, que está entre las 100 principales zonas metropolitanas en el mundo, con más de 5 millones de habitantes. A pesar de esto y del intenso movimiento que supondría reclutar, aglomerar, mantener, vigilar y tal vez ajusticiar a cientos de personas, nadie, prácticamente nadie se dio cuenta de nada o si alguien advirtió algo extraño, prefirió no notificarlo, tal vez por desconfianza de las autoridades mexicanas.

Como ejemplo de la desidia del gobierno mexicano, el hallazgo del lugar se dio gracias a una llamada anónima, supuestamente por parte de alguien que había logrado escapar del campo, a grupos de buscadores que buscan a algunos de los 120 mil desaparecidos en los últimos años; en filtraciones oficiosas en medios periodísticos se maneja la posibilidad de que tal llamada hubiera sido hecha por un cartel rival para exponer y delatar al CJNG. El colectivo de familiares buscadores localizaron y entraron al sitio, a pesar de ser un predio “asegurado” por las autoridades. Allí localizaron 1,300 objetos personales: playeras, pantalones, vestidos, ropa interior, cuadernos y cartas, además de restos humanos y tal vez restos calcinados y hornos muy rudimentarios; los familiares documentaron lo encontrado (lo que no había hecho la autoridad) y tomaron fotografías que dieron la vuelta al mundo. 

Es un tecnicismo entrar a la discusión que abrió la presidenta Claudia Shenbaum, sobre que es en realidad un “campo de entrenamiento” para sicarios reclutados por la fuerza por el crimen organizado, no un “campo de exterminio”, es decir, un espacio que el crimen organizado habría utilizado para asesinar y ocultar a decenas de víctimas; de éstos hay muchos otros documentados en el país, la mayoría descubiertos por los grupos de buscadores, no por el gobierno mexicano, a pesar de la enorme diferencia de recursos entre esos grupos y el gobierno. En realidad, la distinción de Sheinbaum parece más bien un intento oportunista de limar las duras aristas del acontecimiento, no una útil precisión o una real distinción “académica” si se quiere, además de que eso no modifica la enormidad del acontecimiento ni la complicidad de autoridades de todo nivel y pobladores vecinos para que algo así funcionara sin ser importunado. Adicionalmente, la presidenta entró a la discusión tratando de orientar las investigaciones y asentar una narrativa, cuando nada de eso le corresponde, ya que la autoridad responsable, la Fiscalía General, es constitucionalmente autónoma.

Lo importante sigue siendo, más allá de si fue un campo de entrenamiento o un campo de exterminio (lo que las investigaciones de las autoridades federales, ya bajo sospecha, quizá ayudarán a determinar), es que el problema de las desapariciones es un asunto que el gobierno mexicano ha dejado crecer exponencialmente sin justificaciones y de forma negligente y hasta criminal, y que la identificación de las víctimas y el castigo a los responsables, no es un asunto que realmente preocupe al gobierno de Sheinbaum, porque desde su perspectiva, avanzar en la investigación sólo acrecentará el problema y su notoriedad, dañando políticamente el “prestigio” y la “investidura” de la presidenta. Por eso una de las decisiones más condenables de su gobierno: un día después de su conferencia, el Fiscal general invitó a medios de comunicación y a grupos de buscadores a visitar el predio de Rancho Izaguirre, sólo para que éstos descubrieran que las evidencia que habían descubierto días antes, fueron decomisadas por la autoridad, el predio limpiado y enfrentaran una andanada del aparato oficialista para descalificarles e incluso llamarles mentirosos. 

En continuación a esto, sorprende que un régimen que ha abusado de los cambios constitucionales y legales para asentar y hacer inamovible su agenda partidista, incluyendo por ejemplo, inscribir constitucionalmente la prohibición del vapeo, ni siquiera haya tipificado como delito el reclutamiento forzado. Muestra del “Gran interés” que tiene en el tema de las desapariciones… 

Las más de 100 mil desaparecidos en México, un fenómeno sobre todo de los últimos siete años, cuestiona fuertemente la estrategia de seguridad de los dos últimos gobiernos mexicanos, cuya acción en la materia ha sido prácticamente nula. A la política de “abrazos no balazos” del ex presidente López Obrador con el crimen organizado, supuestamente para mantener bajo control la violencia en México y no se generalizara, siguió un “hacer y dejar pasar” sus crímenes y desapariciones (López Obrador incluso en algún momento jugó con la posibilidad de conceder una amnistía a narcotraficantes), tal vez con el propósito de no llamar demasiado la atención, y prevenir un escenario como el actual: de involucramiento y enorme presión por parte de EEUU.

¿Cuánto de esto fue por un deseo legítimo pero pésimamente concebido de traer la paz al país, o una transacción del gobierno con los criminales, a cambio de que éstos siguieran apoyando económica y logísticamente a López Obrador y a la izquierda mexicana? Yo no tengo duda de que algún día lo sabremos, gracias por desgracia y precisamente a la notoriedad de estos casos, que no amainarán sino que seguirán descubriéndose y creciendo.

Hasta ahora, sólo la presión del gobierno y los medios de EEUU ha funcionado para hacer consciente al gobierno de Sheinbaum de que es observado, juzgado y puede enfrentar alguna sanción (en forma de aranceles comerciales, al menos), porque realmente la opinión pública y la oposición mexicanas no le representan un incentivo para actuar o contener al crimen, pese a que un gobierno como el suyo que no garantiza la protección de la libertad de todos mediante la ley, pierde su razón de ser e incluso pierde su derecho a gobernar. Pero eso no le preocupa realmente: en México los criminales y sus aliados gobiernan gobiernan un territorio minado de fosas clandestinas y ocupan todos los espacios de poder sustantivo, sin riesgo por ahora ni en un futuro cercano de ver castigado electoralmente por su mal proceder. 

El renacimiento español y Juan Luis Vives

Recuerda el Profesor Abellán, en su Historia del Pensamiento Español, que Ortega y Gasset (1883-1955) sostuvo que en Espala no hubo Renacimiento, propiamente dicho. Y es que, aunque sorprenda, durante el siglo XIX y comienzos del XX hubo en Alemania toda una escuela inspirada en las Lecciones de Filosofía de la Historia de Hegel (1770-1831), que negó la existencia del Renacimiento en España. Hegel sostuvo que el Renacimiento, salvo en Italia, consistió en la Reforma Protestante, y los adversarios de la reforma religiosa, como España, representaron el espíritu anti-renacentista.

Sobre el olvido y menosprecio hacia la cultura hispánica, recordaba Juan Valera (1824-1905) que, en los siglos XIX y XX, surgió en el alma española una súbita admiración hacia lo extranjero que nos hizo imitadores exagerados y hasta grotescos, a veces, de lo foráneo. Se llegó al desprecio e incluso a la negación de lo propio, exagerando nuestros defectos y carencias y olvidando o no reconociendo nuestros aciertos y nuestras obras. Dos siglos en los que la intelectualidad en su mayor parte y la opinión ilustrada española aceptaron de modo acrítico la Leyenda Negra. Se llegó a negar la ciencia española, la filosofía española y, muchas veces, hasta la literatura y el arte españoles. Igual que se olvidó y hasta se maldijo la obra civilizadora de España en el mundo, especialmente en América.

Algo se ha aliviado en los tiempos más recientes esa dolencia gracias a los esfuerzos de muchos, como Menéndez Pelayo, Juan Valera, Menéndez Pidal y también el citado José Luis Abellán. Pero, en este siglo XXI, no estamos aún sanos y no nos hemos liberado de esos furores anti-españoles tan propios y habituales entre los hispanos de ambos hemisferios.

En el apogeo del Renacimiento

Juan Luis Vives (1492-1540), fue una de las dos cimas del pensamiento renacentista en su gran momento de esplendor, el primer cuarto del siglo XVI. Y fue también el filósofo del círculo de Erasmo de Rotterdam (1466-1536), los “erasmistas”. Erasmo de Rotterdam fue la otra cumbre de ese momento cenital del Renacimiento. Lo que Erasmo significó en el ámbito de la teología y del espíritu religioso, lo representó Vives en la filosofía y en las ciencias. Ambos mantuvieron una intensa relación, inicialmente de maestro y discípulo, que derivó en amistad entre ellos y con el inglés Santo Tomás Moro (1478-1535). Erasmo, Vives y Moro, conformaron una unidad espiritual en ese momento de apogeo renacentista que fue el “erasmismo” y también el grupo más esclarecido en el esfuerzo de renovación intelectual del siglo XVI.     

Erasmo encontró en España siempre lectores y seguidores, y una comprensión y protección que no tuvo ni en su Holanda natal. Tuvo el apoyo del Emperador Carlos V, que lo admiraba, y la amistad y protección de tres de los principales Inquisidores Generales de entonces, como Cisneros (1436-1517), Adriano de Utrecht (1459-1523) o Alonso Manrique (1471-1538). Adriano de Utrecht, además, fue Regente de Castilla (sustituyendo a Cisneros en 1517) y luego Papa, Adriano VI (1522). Una protección que también tuvo Vives que, pese a que no hay dudas de la sinceridad de su catolicismo, pertenecía a una familia de judíos conversos que padeció una persecución de la Inquisición que llegó a extremos que causan asombro y pavor.

Vives perteneció a la generación siguiente a la de Cisneros y Erasmo de Rotterdam. En su generación también figuraron otros grandes pensadores del Renacimiento Español, como Francisco de Vitoria (1483-1546) o Ginés Sepúlveda (1490-1573), además del propio Vives. Una generación que ejerció su magisterio universal y que, en España, educaría a la siguiente y última generación renacentista española, la de los grandes pensadores jesuitas de la Escuela de Salamanca, como Suárez, Mariana, etc., que tomaron el relevo a finales del siglo XVI.

Reformulación de la filosofía

La filosofía de Vives no está sistematizada en uno o unos pocos textos, sino distribuida en el conjunto de su obra. No perteneció a ninguna escuela, sino que más bien fue el creador de la Escuela Española de Filosofía, que continuarían los maestros de la Escuela de Salamanca que le siguieron. Una escuela que no daría preferencia a Platón, ni a Aristóteles, sino que se interesaría solamente por lo perenne que hay en la filosofía. Vives fue un espíritu universalista y libre, que avanzó ideas innovadoras en múltiples materias científicas, filosóficas, teológicas, lingüísticas, pedagógicas y políticas.

En su obra, Vives propuso acciones en favor de la paz internacional, la unidad de los europeos y la educación, y hasta a la atención de los pobres. Entre sus obras destacan los Tratados Sobre el alma y la vida (1538), De Prima Philosophia, De Disciplinis (1531) y Sobre la verdadera Fe Cristiana (1543, póstuma), obra esta última en la que reiteró su adversa posición a la Reforma Luterana. El mayor mérito de Vives como filósofo fue su contribución a la restauración de la filosofía, tras la crisis de la escolástica tradicional del medievo, patente a finales del siglo XV.

Su obra fue un esfuerzo para rescatar el platonismo y el aristotelismo medieval, depurado éste de las interpretaciones rigoristas de la escolástica y de los excesos logicistas y deductivistas, que anticipó las objeciones de Kant (1724-1804) , al “dogmatismo” (idealismo), en su Crítica de la Razón Pura. Con esa revisión crítica, Vives preparó el terreno intelectual para la renovación escolástica que abordaría la Escuela de Salamanca en la segunda mitad del siglo XVI y que culminaría Suárez (1548-1617) en sus Disputationes Metaphysicae. Siguiendo la senda abierta por Vives, Europa abandonaría definitivamente el universo mental del mundo teocrático de la Edad Media, abriendo las puertas al mundo antropocéntrico del humanismo renacentista y a la modernidad.

Replanteamiento de ciencias y saberes

Juan Luis Vives, más que formular grandes teorías o sistemas, tuvo un propósito de integración y continuidad. Vives fue consciente de que las líneas de continuidad del nuevo espíritu renacentista, respecto al medievo, eran mucho más importantes que las líneas de ruptura, pese a que fueran estas últimas las distintivas del nuevo espíritu. Vives fue el iniciador de la síntesis superadora de las diferentes tendencias de la escolástica medieval (nominalistas, realistas y pre-empiristas), que necesitaba el pensamiento europeo a comienzos del siglo XVI. Su filosofía fue sustancialmente la de Santo Tomás de Aquino, aunque incorporó algunas peculiaridades, como la ética platónica, que le separan de la escolástica tomista.

Durante los siglos XVI y XVII, la influencia de Vives se proyectó sobre la siguiente generación de la denominada Escuela Española o Escuela de Salamanca, especialmente sobre Francisco Suárez (1548-1617) y su renovación escolástica, y sobre la filosofía de la historia de Juan de Mariana (1536-1624). En el siglo XVIII, Vives sería ampliamente citado y estudiado por las dos grandes figuras de la Primera Ilustración Española, el también valenciano Gregorio Mayans (1699-1781) y el Padre Feijoo (1676-1764). Y todavía, en el siglo XIX, tendría Vives nuevos momentos de esplendor, con Jaime Balmes (1819-1848) y con Menéndez Pelayo (1856-1912).

Jaime Balmes, gran conocedor y estudioso de la obra de Vives, se inspiró en él en la composición de su obra El Protestantismo comparado con el catolicismo, en sus relaciones con la Civilización Europea, publicada en 1842, texto fundamental de Balmes, en el que recreó con más detalle la crítica de Vives al protestantismo, en su polémica con el francés Guizot (1787-1874).  Y fue recuperado por otro gran estudioso de su obra, Menéndez Pelayo, que reivindicó en La Ciencia Española el papel de Vives en la creación y en la definición del método científico moderno. También reivindicaría su importancia en la filosofía, especialmente en la filosofía española. Para Menéndez Pelayo, es en los saberes científicos donde mejor se aprecian las innovaciones de Vives. Nuevos saberes que, a comienzos del siglo XVI, ya despuntaban con sus perfiles actuales.

No fue Bacon (1561-1626), Lord Verulam, el hombre que ideó el método científico, el que fundó en la observación y en la experimentación la base del conocimiento científico, y quien estableció los fundamentos del método inductivo. Previamente, había sido Vives, especialmente en De Disciplinis, quien había destacado los aspectos fundamentales sistema de conocimiento científico, que derivaba de la observación, de la experimentación, de la medición para, mediante el método inductivo, establecer leyes generales de la naturaleza.

Vives y la Reforma Protestante

Vives no permaneció ajeno al más grande acontecimiento político-religioso de su época, la Reforma Luterana (1517) y la ruptura de la Cristiandad tras la aparición del protestantismo. Con las excepciones de España y Portugal que, con consentimiento pontificio, habían reformado sus iglesias nacionales durante los años finales del siglo XV, todos los países europeos se vieron sacudidos por la oleada protestante, incluso los que quedarían definitivamente en el lado católico, como Francia, Polonia, Italia del norte, Irlanda, Bélgica, Hungría y el sur de Alemania.

El protestantismo alcanzó mucho éxito en sus momentos iniciales. Un éxito transversal, que diríamos hoy, pues Reyes y nobles vieron la ocasión de hacerse con los grandes patrimonios territoriales eclesiásticos de monasterios y abadías, y la población pobre aspiró a satisfacer su necesidad mediante el saqueo de esos mismos monasterios. Toda Europa se vio sacudida por violentas convulsiones político-sociales, como la Revuelta de los Caballeros (1523) o la Guerra Campesina de Alemania (1524-1525), entre otras muchas. Durante el siglo XVI, se extendió el protestantismo por casi toda Europa.

Predestinación y libertad

El protestantismo abrió el debate de la predestinación, que es una formulación religiosa del determinismo. La predestinación consiste en considerar que, una vez que el hombre ha nacido, ya es demasiado tarde para salvarlo o condenarlo, pues el plan de Dios otorga a cada uno su destino final desde el principio, haga lo que haga. La predestinación, más allá de sus implicaciones teológicas y religiosas, abrió el camino a todos los determinismos modernos, tanto religiosos, como raciales, sociales o políticos, como el socialismo.  

La oposición radical entre el espíritu renacentista y las tesis protestantes quedó patente en la obra de Lutero De Servo Arbitrio (la voluntad esclava), escrita en 1525, como réplica a la de Erasmo De Libero Arbitrio Diatribe sive Collatio (1524). Esta polémica continuaría algún tiempo con intercambio de nuevos argumentos entre ambos, en 1526. En ella intervino también Juan Ginés Sepúlveda (1490-1573), con su obra De Fato et Libero Arbitrio, publicada en 1527, en la que refutó el determinismo luterano, pero en la que también criticó a Erasmo, por su escasa contundencia frente al protestantismo.

La libertad personal como referencia principal

Además, Vives se opuso al protestantismo también por su diferente apreciación sobre el origen del poder y la confusión protestante entre los poderes temporales y espirituales. En este punto, Vives planteó la tesis de la soberanía popular que luego desarrollaría la Escuela de Salamanca. Fue él quien mantuvo el planteamiento de Santo Tomás de que el poder del príncipe, procede de Dios, sí, pero a través del pueblo, que es a quien el Creador entrega el poder. Y también se opuso a la ida protestante del absolutismo y tiranía del príncipe, hasta el tiranicidio, que luego desarrollarían Juan de Mariana y Suárez, más ampliamente.

El asunto en que más intensamente se manifestaron los protestantes como enemigos de la idea de libertad renacentista fue precisamente en la predestinación, en relación con la libertad de los individuos para salvarse o condenarse por sus obras. Lutero y Calvino pusieron de moda en Europa el debate de la predestinación. Un debate que angustió a casi todos los europeos en los siglos XVI y XVII. La predestinación fue tratada por numerosos autores hasta bien entrado el siglo XVII, renaciendo en la Novela Gótica de los siglos XVIII y XIX. Un debate que llegó a la más amplia opinión pública, apareciendo numerosas obras literarias al respecto, entre las que cabe destacar el drama de Tirso de Molina (1579-1648), El Condenado por Desconfiado.

Y fue Vives, antes que Erasmo, quien apreció que el protestantismo, luterano, anabaptista o calvinista, era demasiado estrecho para la nueva época y para la nueva mentalidad renacentista. Pese a la caracterización de la Reforma por Hegel, en sus Lecciones de Filosofía de la Historia, que atribuyó al luteranismo la categoría de “culminación del Renacimiento”, Lutero y Calvino fueron, sobre todo, la reacción contra el espíritu renacentista. En carta de 1522, dirigida a su amigo y entonces Papa, Adriano VI (Adriano de Utrecht), Vives formuló sus objeciones a los reformadores, especialmente en lo relativo a la doctrina de la predestinación, en la que veía la negación de la libertad del hombre.

Vives fue el iniciador de la Escuela de Salamanca, aunque casi nunca se le recuerde.

Españoles eminentes

La engañosa legislación laboral de la Segunda República

Hablar de la Segunda República española sigue siendo un tema controvertido casi un siglo después, y es que no existe un solo país en el que una guerra civil no haya dejado profundas cicatrices culturales. Sin embargo, si hay algo en lo que parece que todo el mundo puede estar de acuerdo es en que este segundo intento republicano se caracterizó por dos rasgos principales: su rechazo al catolicismo y al antiguo régimen, y su ferviente inclinación socialista.

No hay que olvidar que fue la Unión Soviética, y no las potencias occidentales, la que brindó apoyo a los republicanos, un claro indicio de que tenían más en común con los rusos que con las democracias francesa o británica. Este hecho, aunque revelador por sí mismo, me llevó a formularme la siguiente pregunta: ¿cuáles fueron las reformas laborales que impulsó un gobierno a priori tan pro-operario?

Entre los años 1931 y 1939 se introdujeron importantes reformas sociales, incluyendo una serie de leyes laborales que mejoraron significativamente las condiciones de trabajo para los trabajadores españoles. Especialmente ocupados estuvieron en 1931 y 1932, años que vieron la introducción de la Ley de Contrato de Trabajo, que estableció la jornada laboral de 8 horas, el salario mínimo, las vacaciones pagadas y la protección contra el despido injustificado; la Ley de Accidentes de Trabajo, que creó un sistema de seguro obligatorio; y la Ley de Colocación, que instituyó un servicio público de empleo para ayudar a los trabajadores a encontrar trabajo.

A grandes rasgos, ninguna de estas leyes parece un gran disparate; de hecho, tienen reminiscencias de las leyes laborales actuales. Aun así, también podrían ser susceptibles a la crítica que se le puede hacer al derecho laboral de hoy, pudiendo alegarse que los empleadores deberían ser libres de establecer sus propias condiciones de trabajo y que los trabajadores deberían ser libres de aceptarlas o rechazarlas. Si uno tiene en cuenta lo arraigado que estaba el anarquismo por entonces en España (y cómo esto afectó al bando republicano en la posterior guerra civil), muchas de estas reformas, por positivas que fueran, se hicieron en detrimento de las negociaciones colectivas y saltándose a los sindicatos.

Sin embargo, la ley más crucial, y a menudo la más injustamente pasada por alto, fue la de Jurados Mixtos, aprobada en 1931, que provocó un sinfín de inesperados dolores de cabeza. Sobre el papel, esta ley se limitó a crear tribunales especiales para resolver conflictos laborales entre trabajadores y empleadores, aunque, como todos sabemos, el derecho es algo muy vivo en el que la ambigüedad no tarda en llenarse. Estos tribunales paritarios estaban compuestos por representantes de los trabajadores y de los empleadores, bajo la presidencia de un magistrado del Estado. Su objetivo principal era resolver los conflictos laborales de manera negociada y evitar la judicialización, actuando como una instancia de conciliación y, en caso de no llegar a un acuerdo, como tribunal de arbitraje y fallo en disputas sobre contratos de trabajo, salarios, despidos y otras condiciones laborales. En ese sentido, no actuaban de forma muy distinta a como lo hacen los actuales Centros de Mediación y Arbitraje, que buscan equilibrar el poder en la resolución de conflictos.

¿Hasta aquí todo bien, no?

La interpretación y aplicación de la mencionada Ley de Contrato de Trabajo por los tribunales laborales (los Jurados Mixtos) tendió a ser favorable a los trabajadores, dificultando que los empleadores pudieran alegar causas vagas o insuficientes para despedir. En el contexto económico complejo y a menudo inestable previo a la guerra civil, a las empresas les resultaba difícil demostrar ante los tribunales que existían causas económicas objetivas y justificadas para realizar despidos. La percepción era que las empresas debían asumir los riesgos económicos y no trasladarlos automáticamente a los trabajadores. Existía, además, una visión crítica hacia el empresariado, a menudo percibido como privilegiado y explotador de la clase trabajadora. Esta narrativa, aunque simplista y no siempre ajustada a la realidad, influyó en la opinión pública y en la aplicación de la legislación laboral.

A esta inflexibilidad legislativa se sumaban tres factores que terminaron por masacrar el mercado laboral español: la Gran Depresión, la inestabilidad política y social, y la falta de modernización y competitividad. Una vez más, nos encontramos con que dificultar y encarecer el despido distorsiona las señales del mercado, impidiendo la eficiente asignación de recursos y generando rigideces que perjudicaban la capacidad de las empresas para adaptarse a los cambios económicos.

A grandes rasgos, nos hallamos ante una situación en la que el control estatal y la manipulación de la información pueden distorsionar la realidad y tener graves consecuencias. La supremacía de la ideología del Estado se antepuso a la realidad sobre la que debía legislar, lo que en última instancia perjudicó a los trabajadores que debían lidiar con dicha realidad. Esto no se distingue del actual modus operandi del gobierno venezolano, que, aunque sobre el papel dice proteger y luchar por los trabajadores, en la realidad prohíbe señalar a los médicos que los pacientes mueren de inanición, tratando una vez más de cambiar y combatir la realidad a golpe de decreto.

USAID, J.D. Vance y la segunda ley de Robert Conquest

Desde que el Departamento de Eficiencia Gubernamental (DOGE), liderado por Elon Musk, intervino en la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID), se desató una controversia que fue rápidamente eclipsada por las negociaciones en Ucrania, primero, y por los aranceles de Trump después.

No deja de ser frustrante que tal cantidad de información comprometedora sea sepultada en cuestión de semanas, y su destino sea ser analizada por un puñado de expertos que escribirán libros que leeremos unos pocos miles. Pero así funcionan las cosas desde mediados del siglo XX hasta nuestros días. Y va a ser difícil de cambiar.

La semana pasada el primer ministro de Singapur hizo una declaración pública con motivo de los aranceles anunciados por Trump. Es un buen discurso de principio a fin, pero hay una parte que me gustaría remarcar:

For decades, the US was the bedrock for the free market economies of the world and led efforts to build a multilateral trading system. To be clear, the system is not perfect. Singapur and others have long called for reform. But what the US is doing now is not reform. It is abandoning the entire system it had created.

Al escuchar esto, uno no puede dejar de recordar el Brexit. Reino Unido también abandonó una organización que necesitaba ser reformada, simplemente porque parecía el camino más sencillo para resolver algo que, de otra forma, requeriría de demasiado tiempo. Un tiempo que parece que la derecha nunca tiene.

Nassim Nicholas Taleb también hizo alusión al tiempo en su crítica a la política de Trump:

The argument that increasing tarrifs will cause adaptation by local industry assumes all parties consider the tariffs PERMANENT (even if we ignore the immediate impoverishment from decline in trade, the clumsiness in the abruptness).

The problem is that everyone w/ a functioning brain (including people on the traditional “right”) by now realizes that Trump is a bit deranged, erratic, & these moves are likely to be transitory. He could be booted out; the 4 year mortality of an unfit 78 y.o. is >20%. A huge discount ratr.

Heavy investments take > 5 years, more than the political cycle & initially require more imports. Huge capital commitments require a bit of certainty. Some products s.a. wine may take >10 years, olive oil >12 years.

Estoy bastante de acuerdo. Nadie puede saber si la política de Trump va a sobrevivir a Trump. Pero curiosamente esto no se aplicó a las políticas ESG (environmental, social, and governance) en las que las empresas occidentales han dilapidado cantidades ingentes de dinero. Una vez más, parece que la izquierda cuenta con todo el tiempo del mundo para desarrollar sus programas, y la derecha solo puede aspirar a romper la baraja de vez en cuando, con la esperanza de que eso retrase los planes del enemigo durante unos años.

Esto nos lleva a la segunda ley de Robert Conquest:

Toda organización que no es explícitamente de derechas antes o después acabará siendo de izquierdas

Mencionar esta ley siempre es incómodo. La izquierda piensa que eres un conspiranoico, y parte de la derecha que eres un sectario. Pero lo cierto es que describe bastante bien la realidad. Y no hay nada de conspiración en ello.

A la derecha tradicional se le dan mal los juegos de suma cero. No hay más misterio. Como dice Naval Ravikant:

Wealth creation is an evolutionarily recent positive-sum game. Status is an old zero-sum game. Those attacking wealth creation are often just seeking status

En un mundo donde se crea más riqueza que nunca gracias al capitalismo, los buscadores de estatus anticapitalistas tienen una ventaja clara.

Creo que buena parte de la visión del vicepresidente de Estados Unidos nace de ser consciente de esto. Vance basa cada discurso en varios puntos que articulan una forma coherente de competir en estatus con la izquierda:

  • Definir de forma clara al principal enemigo: el globalismo. En su forma nacional (izquierda woke) y en la internacional (países y organizaciones que han parasitado a Estados Unidos, con especial énfasis en la Unión Europea).
  • Abandonar la tradicional táctica republicana de querer llegar a compromisos, adoptando otra que se basa en ganar sin hacer concesiones. Esto lo definió muy bien Thomas Sowell cuando dijo:

Sometimes it looks as if the Democrats are out to win at all costs, while the Republicans are out to compromise at all costs.

  • Sustituir la visión liberal de la economía (que se basa en el libre mercado) y la conservadora (que se basa en comprar la visión socialdemócrata en su versión descafeinada) por un nuevo enfoque con dos patas:
  • Recuperar a una (romantizada) clase media basada en el trabajo industrial, energía barata e inteligencia artificial.
  • Crear una sensación de urgencia a causa del auge de China como antagonista, que facilite romper ciertos consensos que surgieron en la segunda mitad del siglo XX.

Como táctica, no es la peor que hemos visto en la derecha. Pero van a tener que afinar mucho su política económica para compaginar el proteccionismo con el crecimiento. Porque es difícil ganar a la izquierda en un juego de suma cero, pero lo que Vance no va a conseguir nunca es que su filosofía cuaje si no va acompañada de prosperidad económica. Algo así solo está al alcance de la izquierda.

Ver también

Por qué acabar con USAID es enorme, aunque sea una pequeña parte del presupuesto. (Peter Jackson).

España y el bumerán de la corrupción

Por Mark Nayler. El artículo España y el bumerán de la corrupción fue publicado originalmente en FEE.

Hasta finales del año pasado, el partido de derechas español Vox podía presumir de una rara distinción: ser el único partido importante del país sin una acusación de corrupción a su nombre. Eso cambió en diciembre, cuando los socialistas, liderados por el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, presentaron una denuncia acusando a Vox de financiación ilegal.

Los socialistas alegan que Vox ha recaudado hasta 5 millones de euros a través de cajas de donativos y venta de artículos en puestos callejeros, dos prácticas que vulnerarían la normativa sobre financiación política. El partido de Sánchez también ha señalado un préstamo de 6,5 millones de euros supuestamente concedido a Vox por un banco húngaro vinculado al primer ministro derechista del país, Viktor Orbán. El 10 de marzo, el fiscal anticorrupción de España (seguramente la institución más ocupada del país) abrió una investigación sobre Vox basándose en la denuncia de los socialistas.

Cabe preguntarse cuánto tiempo y dinero han dedicado los socialistas a investigar las finanzas de Vox. Este tipo de investigaciones suelen estar en manos de la policía o la judicatura, y no de los políticos, pero no en España, donde las acusaciones de corrupción son una valiosa moneda política. Los tres principales partidos del país -los socialistas, el conservador Partido Popular (PP) y Vox- dedican más tiempo a acusarse mutuamente de corrupción que a debatir políticas. Al final, es un juego en el que todos pierden.

La portavoz parlamentaria de Vox, Pepa Millán, afirma que los socialistas están «rodeados de corrupción» e intentan desviar la atención de sus propios presuntos delitos. Se refiere al caso Koldo, llamado así por Koldo García Izaguirre, ex asesor del exministro de Transportes del Gobierno, José Luis Ábalos. Durante la pandemia, Izaguirre cobró presuntamente comisiones ilegales por contratos adjudicados a empresas públicas para la fabricación de mascarillas. (Ábalos mantiene su inocencia, pero fue expulsado del Partido Socialista).

Las palabras de Millán se hacen eco de las del exlíder conservador Mariano Rajoy, que en junio de 2018 fue el primer presidente del Gobierno español destituido por una moción de censura. La moción fue presentada y ganada por Sánchez después de que el PP fuera declarado culpable en la mayor investigación de corrupción de la historia de España. En el llamado caso Gürtel, 29 acusados, muchos de ellos altos cargos del PP, fueron condenados por delitos como tráfico de influencias, malversación, cohecho y blanqueo de capitales. El ex tesorero del partido, Luis Bárcenas, fue condenado a 33 años de cárcel. Un indignado Sánchez acusó a Rajoy de introducir la «enfermedad crónica» de la corrupción en la sociedad española, un comentario que le salió por la culata. «¿Es usted la [Madre] Teresa de Calcuta?». replicó Rajoy: «Hay corrupción en todas partes, como usted bien sabe porque está cerca de ella».

Fue un ejemplo clásico de cómo, en España, las acusaciones de corrupción suelen volverse en contra del acusador. Rajoy aludía al escándalo de los ERE, en el que están implicados políticos socialistas de la región meridional de Andalucía. Los fiscales del caso de los ERE sostuvieron que, entre 2001 y 2010, dos administraciones socialistas sucesivas canalizaron 680 millones de euros destinados a prestaciones de desempleo y a empresas en dificultades hacia personas físicas y jurídicas próximas al partido. Diecinueve antiguos cargos socialistas fueron declarados culpables de mala conducta, malversación de fondos públicos o ambas cosas. Entre ellos había dos presidentes andaluces, incluido José Antonio Griñán, condenado a seis años de cárcel. Aunque el escándalo de los ERE fue anterior al liderazgo de Sánchez al frente del Partido Socialista, que comenzó en 2014, no dejó de dañar la credibilidad de su postura anticorrupción.

Cuando se dictaron las sentencias de los ERE en noviembre de 2019, el diario de centroizquierda El País publicó un artículo en el que comparaba el caso con Gürtel. Concluía que el de los ERE era el menor de los dos escándalos, porque ninguno de los principales implicados se había enriquecido personalmente y solo se habían dilapidado 680 millones de euros de dinero público, no los «miles de millones» que afirmaba la derecha española. Pero otra conclusión del artículo era clara: que el único debate real se refiere al grado de corrupción de los principales partidos españoles. La corrupción en sí es un hecho.

Las familias de los políticos también son vulnerables a los ataques. Isabel Díaz Ayuso, presidenta conservadora de Madrid, afirmó el pasado mes de marzo que su pareja sentimental, Alberto González Amador, había sido «asediado» por el Gobierno cuando se supo que estaba siendo investigado por fraude fiscal. Ayuso alegó que las acusaciones eran un intento de forzar su salida, lo cual no era inverosímil. La vida de Sánchez sería mucho más fácil si no controlara la capital. Desde que asumió el cargo en 2019, Ayuso se ha convertido en la crítica más feroz del presidente del Gobierno. Ha sido reelegida dos veces con una plataforma libertaria y de libre mercado y fue la única política que desafió las políticas de bloqueo de Sánchez durante la pandemia.

Sánchez pidió al líder nacional del PP, Alberto Núñez Feijóo, que destituyera a Ayuso «para empezar a ser un poco más creíbles en vuestra lucha contra la corrupción». (Feijóo se negó, recordando a Sánchez que su propio Gobierno también estaba siendo investigado). Ayuso afirmó, como hace ahora Vox, que las acusaciones eran una distracción de Koldo. «Lo más sospechoso, lo más turbio», dijo, «es ver a todos los poderes del Estado filtrando datos sobre un individuo… para intentar destruir a un político». Como descripción de la táctica favorita de los políticos españoles, sería difícil de mejorar.

El hermano de Ayuso, Tomás Díaz Ayuso, también fue acusado de fraude fiscal en 2022. Esta vez, en lugar de culpar a Sánchez, Ayuso acusó a la dirección nacional de su propio partido de intentar «destruirla» «personal y políticamente». Cuando Sánchez se refirió a las acusaciones contra el hermano de Ayuso en el Congreso al año siguiente, las cámaras captaron su reacción en la tribuna del público: pareció pronunciar las palabras hijo de puta.

Sánchez también se ha hecho la víctima. El pasado mes de abril, la organización cívica Manos Limpias, cuyo líder está vinculado a la derecha española, denunció a su esposa, Begoña Gómez, por corrupción. Feijóo, deseoso de venganza, exigió rápidamente la dimisión de Sánchez (aunque las acusaciones contra Gómez estaban poco fundamentadas). De forma un tanto extraña, el presidente del Gobierno se tomó cinco días libres para «considerar» sus opciones y finalmente decidió quedarse, declarando: “Se trata de decidir qué tipo de sociedad queremos. Hemos dejado que el fango ensucie nuestra vida pública durante demasiado tiempo”, una condena de las tácticas de fango que él mismo había utilizado contra Ayuso.

Si las acusaciones contra Vox se demuestran ciertas, los tres partidos más grandes de España tendrán corrupción en su historial. La clasificación actual, de más a menos corruptos, sería la siguiente: PP en primer lugar con Gürtel; los socialistas en segundo con los ERE (y posiblemente Koldo); y Vox en tercero, con sus chapas y huchas ilícitas. Ninguno de estos partidos podría acusar a los demás de corrupción sin hipocresía. Pero quizá eso no importe; podrían seguir discutiendo sobre quién es el más corrupto.

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