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¿Metodología? Hablemos de Menger

Dentro de la Escuela Austriaca hay un gran número de corrientes, interpretaciones e incluso disputas. En el plano metodológico, por supuesto, también encontramos varias diferencias, llegando al punto de poder considerar que cada austriaco tiene una posición metodológica o epistemológica propia, que puede ser parecida aunque no idéntica a la del resto de autores (ver White (1977) para una recopilación de las principales posiciones metodológicas dentro de la Escuela).

Todos los autores de la Escuela Austriaca han atribuido gran importancia a la cuestión metodológica, puesto que esta Escuela, desde sus orígenes, se ha considerado a sí misma una corriente esencialmente filosófica (Rothbard 1971). En ese sentido, y en línea con lo que comentamos en el primer párrafo, cada autor ha desarrollado prácticamente una metodología propia. Empezando por Menger, pasando por todas las generaciones de economistas austriacos hasta pensadores más recientes como Huerta de Soto o Hans Hermann Hoppe, casi todos los austriacos han matizado en algo su posición metodológica o epistemológica.

La principal disputa, o al menos, la más interesante desde mi punto de vista, es la que se puede dar entre los aprioristas como Mises o extremo aprioristas como Rothbard y empiristas Popperianos como Hayek.  Para los primeros, toda teoría económica es deducible del axioma de la acción y es a priori, solo necesitando determinados axiomas auxiliares de contenido empírico para que aplique la teoría a determinados contextos reales (Mises 2011; Rothbard 1976). Los segundos, por el contrario, no rechazan la lógica de la acción pero consideran que en el momento en el que introducimos la cuestión del conocimiento y la coordinación, al pasar de un individuo a dos individuos en la economía, la ciencia económica se vuelve una ciencia empírica, repleta de conocimiento a posteriori (Hayek 1937). Estos últimos se enfocan más en la idea de la existencia de fenómenos complejos como el orden espontáneo, que albergan una cantidad de conocimiento que solo puede estudiarse a posteriori. El conflicto entre ambas corrientes se da en el momento en el que los primeros tachan de positivistas a los segundos, y los segundos de extremo racionalistas a los primeros. Desde estas discrepancias, austriacos de ambos lados han intentado desarrollar sus posiciones excluyendo a la otra parte y reafirmando que solo su enfoque es el correcto.

Por su parte, la metodología de Menger, que es previa y original a cualquier otra metodología austriaca, combina ambos enfoques. Por un lado, parte de la base de que existe conocimiento que es universal y necesario, o que es necesariamente absoluto. Esta sería la parte a priori, podríamos decir. Pero también considera que se puede crear teoría tomando como fuente la propia observación empírica, entendida en un sentido amplio, no de laboratorio, para establecer regularidades entre fenómenos complejos. ¿Consigue Menger unir ambos enfoques?

En su planteamiento metodológico, Menger (1985) hace una división de ciencias. Tendríamos, por un lado, las ciencias teóricas, que se encargan de estudiar la esencia y regularidades entre fenómenos tanto simples como complejos que se dan en la realidad, más allá de la experiencia inmediata. Por otro lado, las ciencias históricas, que tratan la investigación y explicación de la naturaleza individual y la evolución de fenómenos económicos. Por último, las ciencias prácticas presentan los principios por los que los agentes económicos pueden conseguir sus fines de manera óptima. Aquí, podemos observar una primera diferenciación que luego será fundamental en la epistemología de Mises. Esta es, la separación entre teoría e historia. Al diferenciar entre teoría e historia, entre regularidades y hechos concretos, Menger parece hacer ya una distinción epistemológica fundamental que será refinada y enfatizada por Mises años más tarde y que constituirá uno de sus argumentos fundamentales contra el empirismo (Sanz Bas, Morillo Bentué, and Solé Moro 2020).

Dentro de las ciencias teóricas, Menger distingue entre una orientación exacta y otra empírico-realista. Ambas orientaciones son teóricas, es decir, tratan regularidades que se dan de manera universal entre fenómenos. La orientación exacta trata tipos estrictos y regularidades exactas, es decir, regularidades entre fenómenos que se dan de manera universal y necesaria. Este es el terreno de los fenómenos simples, entendidos de manera atomística. La orientación empírico-realista comprende tipos reales y regularidades empíricas, esto es, regularidades que no se cumplen de manera universal y necesaria, pero que sí son tal y como se dan en la realidad. Aquí estarían los fenómenos complejos. El método analítico-compositivo es aquel que une ambas orientaciones para abordar los problemas económicos, teniendo, por tanto, una explicación de los fenómenos complejos en términos atomísticos, simples o de regularidades estrictas que no son directamente observables en la realidad.

La diferencia entre la teoría exacta y la teoría empírico-realista es que los fenómenos de la primera no se dan tal cual en la realidad de manera simple y, por ello, no pueden observarse directamente, aunque el mundo siempre opere bajo esas normas; mientras que la segunda sí puede observarse en la realidad en toda su complejidad, pero, por ello, no puede afirmarse que se cumpla siempre, de manera absoluta. Es importante que ambas orientaciones no se mezclen. Tratan fenómenos distintos y cada una es fundamental para alcanzar una visión más completa de los fenómenos. Idealmente, dice Menger, lo óptimo sería poder explicar los fenómenos complejos de forma estricta. Pero eso no es posible debido a las limitaciones cognitivas humanas. Podemos establecer leyes universales y necesarias, estrictas, pero estas no pueden abarcar todo aquello que conocemos u observamos. Además, la teoría exacta, afirma Menger, no está sujeta a validación por la experiencia. Es absurdo intentar validarla o rechazarla, pues por naturaleza se asume universal y necesaria. En este sentido, podríamos decir que la orientación exacta de Menger es similar a la teoría a priori de Mises, que tampoco puede ser falsada o verificada. Aquí, Menger se adelanta a Mises (White 1985).

Menger entiende el mundo dividido en fenómenos simples y complejos, y plantea dos orientaciones que se encargan, cada una, de lo más simple a lo más complejo. Podríamos integrar sin problema las perspectivas de Mises, Rothbard y Hayek dentro de esta metodología. La orientación exacta corresponde directamente al apriorismo. La praxeología es una teoría exacta. Trata fenómenos simples que no se dan tal cuál en la realidad, sino que dependen de la interpretación o la reflexión, como el axioma de la acción. Además, todas las leyes praxeológicas se cumplen de manera universal y necesaria, no pueden falsarse y se diferencian de los hechos concretos que ocurren históricamente. El resto de teorías económicas que tienen un componente empírico, que depende de la observación, como la ley de asociación de Ricardo, la desutilidad del trabajo, o leyes como la TACE, corresponden a la orientación empírico-realista. Estas son teorías contingentes, que dependen de la observación para poder ser aplicadas a la realidad y que deben construirse sobre los principios de la orientación exacta, la praxeología. En este caso, podríamos entender, como Hayek (1937) hace, que en tanto que hablamos de coordinación e introducimos el problema del conocimiento dentro de la teoría, abandonamos el terreno de la lógica de la acción pura y entramos en el terreno de lo empírico-realista. Las explicaciones simples, exactas o atomistas son insuficientes para poder explicar esos fenómenos complejos. Es por lo que necesitamos leyes empíricas. Esto último no sería incompatible ni con extremo aprioristas como Rothbard, que son los primeros en afirmar que el propio axioma de la acción depende una observación más amplia, no como a la que habitualmente se refiere el positivismo.

Es más, aquellos economistas más misesianos como Salerno, que habitualmente rechazan el planteamiento teórico y metodológico de Hayek (Salerno 1993), sostienen que la auténtica economía austriaca siempre ha sido mengeriana (Salerno 1999), que el enfoque realista-causal para la economía moderna introducido por Menger ha sido extendido por austriacos como Mises y Rothbard (Salerno 2010). Otros como Klein (2008) han tildado esta influencia mengeriana de economía mundana, como elemento diferenciador de la Escuela Austriaca. Ante ellos, podríamos decir que, precisamente, al volver a Menger, volvemos a una metodología que comprende el apriorismo misesiano y el estudio más realista o empírico de los fenómenos complejos, que fue el que posteriormente profundizó Hayek. Porque es justamente Menger quien habla de orden espontáneo, concepto que luego desarrolla Hayek y por el que es duramente criticado por Rothbard (2011). No parece que se hayan percatado de que, con esa crítica a Hayek, están atacando paralelamente a Menger, en quien dicen fundamentar su economía.

En mi visión, si tuviéramos que quedarnos con una teoría u obra en concreto, diría que sobran todos los desarrollos metodológicos posteriores a la propia obra de Menger. En él ya aparece todo el sistema metodológico construido, incluso con matices y detalles que parecería que solo podrían hacerse desde una epistemología posterior a esta obra y que, por el contrario, aparecen ya en la teoría de Menger. Si buscamos una metodología única austriaca, solo tenemos que ir a Menger. En él nacen las diferentes posiciones metodológicas, en las que cada austriaco luego hace énfasis, y en él se encuentran todas reunidas. Evidentemente, la metodología de Menger necesita una fundamentación epistemológica más sólida y, también, matices que los desarrollos metodológicos posteriores pueden incorporar en la metodología mengeriana para hacerla más sólida a nivel epistemológico. Aun así, creo que debe ser considerada punto de referencia indispensable para cualquier planteamiento metodológico que se haga llamar austriaco.

Referencias

Hayek, Friedrich August. 1937. “Economics and Knowledge.” Economica 4 (13): 33–54. https://doi.org/10.2307/2548786.

Klein, Peter G. 2008. “The Mundane Economics of the Austrian School.” Quarterly Journal of Austrian Economics 11 (3–4): 165–87. https://doi.org/10.1007/s12113-008-9045-3.

Menger, Carl. 1985. Investigations into the Method of the Social Sciences with Special Reference to Economics. New York: New York University Press.

Mises, Ludwig von. 2011. La Acción Humana: Tratado de Economía. 4a. Madrid: Unión Editorial.

Rothbard, Murray N. 1971. “Ludwig von Mises and the Paradigm of Our Age.” Modern Age, 370–79.

———. 1976. “Praxeology: The Methodology of Austrian Economics.” In The Foundations of Modern Austrian Economics, edited by Edwin G. Dolan, 19–39. Kansas City: Sheed & Ward.

———. 2011. “The Present State of Austrian Economics.” In Economic Controversies, 161–224. Auburn: Ludwig von Mises Institute.

Salerno, Joseph T. 1993. “Mises and Hayek Dehomogenized.” The Review of Austrian Economics 6 (2): 113–46.

———. 1999. “Carl Menger: The Founding of the Austrian School.” In 15 Great Austrian Economists, edited by Randall G Holcombe, 71–100. Auburn: Ludwig von Mises Institute.

———. 2010. “Menger’s Causal-Realist Analysis in Modern Economics.” Review of Austrian Economics 23 (1): 1–16. https://doi.org/10.1007/s11138-009-0096-2.

Sanz Bas, David, Juan Morillo Bentué, and Ma Luisa Solé Moro. 2020. “Carl Menger and the Birth of Subjective Methodology in the Economic Science.” Anuario Jurídico y Económico Escurialense 53: 397–424.

White, Lawrence H. 1977. The Methodology of the Austrian School Economists. New York: Center for Libertarian Studies.

———. 1985. “Introduction to the New York University Press Edition.” In Investigations into the Method of the Social Sciences with Special Reference to Economics, vii–xviii. London and New York: New York University Press.

El liberalismo de centro centrado

Si a una madre con varios hijos le preguntamos cuál es su favorito nos mirará mal. ¿Un hijo favorito? Todas las madres quieren por igual a sus hijos. Lo contrario ni es racional ni moralmente aceptable.

Pero lo cierto es que todas las madres tienen un hijo favorito. Es posible que ni ellas mismas lo sepan, pero los hijos, y cualquiera que se fije, lo podrán adivinar simplemente atendiendo al comportamiento de la madre en el día a día y haciendo sencillas comparaciones.

Como decía Félix Rodriguez de la Fuente: la atención de un ser humano es una capacidad prodigiosa de nuestra mente, que puede permanecer más o menos alerta, en una alerta baja, de baja intensidad, como se dice en el argot militar, o, de pronto, en una gran y concentrada alerta.

Y precisamente, ese resorte que nos hace pasar del piloto automático de nuestras reacciones al estado de máxima alerta es el mejor indicador de qué o quién nos interesa de verdad. Y ante esa prueba, la mil excusas que nuestra mente consciente es capaz de generar importan más bien poco.

En la izquierda y derecha política esto no aporta mucho. La doble vara de medir de las dos tendencias políticas se da por sentada. Lo que llama la atención de una, pasa desapercibida para la otra y viceversa. El ser humano es así y hay que vivir con ello.

El problema viene con el centro. ¿Qué es el centro político? En teoría deberían ser personas que comparten gustos morales en un punto medio entre la izquierda y la derecha, y, por tanto, gracias a esta capacidad podría ser ecuánimes entre ambas posturas, siendo capaces de reaccionar igual ante los estímulos vengan del lado que vengan.

Dicho de otro modo, el centro debería ser una madre que quiere por igual a sus hijos. Pero sabemos que eso no existe. La izquierda, la derecha y centro son etiquetas que usamos para simplificar el mundo. Al final existen millones de individuos con unos sesgos propios a los que agrupamos por características comunes, y estas varían mucho de las generalizaciones y categorías teóricas.

O dicho en cristiano: un centrista visto individualmente siempre va a estar ligeramente situado a la derecha o a la izquierda. Al igual que con las madres, solo hay que ver cómo reacciona a los eventos diarios y hacer sencillas comparaciones.

¿Eso tiene algo de malo? En absoluto, de hecho, es perfectamente compresible y no le quita ningún valor. El follón lo tenemos cuando se decide ignorar algo tan básico para empezar a creer en la ficción absurda del centro centrado, que nace de la superioridad moral, visión no restringida o ungida que cierta izquierda se ha llevado consigo en su viaje al centro.

Un ejemplo de ello es el tweet de Luis Garicano quejándose de los mensajes guerracivilistas de la precampaña de la Comunidad de Madrid. Dejando a un lado la hipocresía de que un cargo de Ciudadanos se posicione como actor neutral en el lío madrileño, un pequeño análisis de qué implicaciones tiene lo que dice es muy revelador.

El lema de Ayuso es socialismo o libertad. Un centrista que no tenga un sesgo izquierdista importante se percataría que llamar al PSOE socialistas o a Podemos (IU y PCE) comunistas es simplemente usar el nombre oficial de sus partidos.

Voy a ir despacio aquí porque sé que España esto es muy difícil de entender. Algo en la mente de la mayor parte de la población se niega prestarle la menor atención. Es lo que se ha venido a llamar, genialmente, la PSOE state of mind.

El PSOE es el partido socialista. Socialista. A veces hasta levantan el puño y cantan la Internacional. Es verdad que son un partido capaz de ir a una corrida de toros en Toledo y a una manifestación animalista en Vallecas. Pero se llaman así, no quieren cambiarse el nombre y nunca han renegado de su historia. Es más, no tienen la mínima necesidad de cambiarse el nombre precisamente porque es capaz de hacer bilocaciones ideológicas tan prodigiosas como esa.

Hay muchas razones para que esto ocurra. Dan para un libro completo. Pero una parte importante de la culpa la tiene el centro centrado. Y la tiene porque existe una ley de hierro a la que casi nadie presta atención en la derecha: toda organización que no es explícitamente de derechas antes o después acabará siendo de izquierdas.

Sí, lo sé. A nadie le gusta esta ley. Te obliga a posicionarte en la derecha antes de abrir la boca, lo que hace tus argumentos incompresibles a media población desde el primer momento. Pero que algo no nos guste no quiere decir que vaya a dejar de existir.

¿Y qué es esencialmente un centrista? Alguien al que no le gusta ser explícitamente de derechas. ¿Y qué le pasa a un conjunto de personas que no son explícitamente de derechas? No hay mucho más que decir.

¿Qué puede aprender el liberalismo de todo esto? Pues mucho, pero no tengo claro que nos guste la lección. El liberalismo no es centrista. No estamos en medio entre los progresistas y los conservadores, estamos en el otro vértice del triángulo. Pero sí compartimos una característica de los centristas, y es que muy poca gente se sitúa justo en el vértice. Unos tienden al progresismo y otros al conservadurismo.

Al igual que antes, esto no tiene nada de malo. El problema es cuando se decide ignorar lo básico y se tira de superioridad moral para imponer tu visión al resto.

¿Y quién tiende a la superioridad moral hasta tal punto que consigue que cualquier organización no explícitamente de derechas acabe siendo de izquierdas?

El momento idóneo para dar la batalla cultural

La política española ha dado un giro inesperado en apenas unos días. La convocatoria electoral en la Comunidad de Madrid trae consigo un efecto ineludible: la posibilidad de ampliar el campo de la razón desde la ‘derecha ausente’ e impulsar, del lado de la coherencia, la batalla cultural. Todo esto a partir de la comprensión lógica del debate y la política bien entendida. Aquella política como instrumento que alcanza un determinado fin, como la herramienta capaz de cambiar o mejorar las cosas. Porque, precisamente, éstas no se modifican desde la arena social, que es desde donde la radicalidad demostrada encuentra su cómodo asidero.

Más allá de las torpezas y las traiciones explotadas como espectáculo desmañando, impera el resultado: una convocatoria que obliga a marcar posiciones, sobre todo, para aquellos que quieren o pretenden sobrevivir a la vorágine de los acontecimientos y, por su puesto, a sus propios actos. Uno de ellos es Pablo Iglesias, el líder de masas insatisfechas que busca reactivar a sus votantes y salvar su partido de la debacle que parece previsible.

Pero esa es la escena superficial y, probablemente, el verdadero impulso de su decisión cuyo efecto, por supuesto, no es menor. Pero Pablo Iglesias entiende los hechos, calcula, discierne y actúa en consecuencia, por él y su aliento político. Esto es, su ideología, aunque nefasta sea. Es lo que le diferencia de Pedro Sánchez, que tiene por ideología él mismo y su espejo. Nadie puede restar importancia al aparente papel de caudillo que interpreta Iglesias en cada situación, especialmente cuando se trata de dar la batalla desde las trincheras. Ahí es donde le gusta estar porque es, sin duda ni reparo, lo que mejor sabe hacer. Cuestiones como cuadrar los presupuestos, cumplir las reglas que impone Europa o ampliar los consensos con otros actores sociales y políticos no son parte de su acerbo dogmático y, por lo tanto, de su forma de ver la realidad y entender la política como aquel, reitero, instrumento noble.

Porque la izquierda que ahora gobierna España entiende bien acerca del problema: la limpieza de la historia a partir del blanqueamiento de sus propias culpas; la apropiación del lenguaje y la moral sobre lo que es bueno y bello; el modelado de la realidad desde el engaño y la radicalidad sincera; y la movilización entendida como el enfrentamiento directo en base a la lógica amigo/enemigo.

Por esa razón, el líder de Podemos aterriza en la arena cual de gladiador se tratase, amparándose de la falaz responsabilidad que le debe a su pueblo, para intentar disputarle la presidencia de la Comunidad de Madrid a Isabel Díaz Ayuso o, al menos, el liderazgo al aletargado Partido Socialista de la capital. Es ahí donde Iglesias se siente más cómodo aún, porque interioriza conscientemente la relación entre la violencia y la política. Porque su proyecto encarna la vieja idea de ruptura del orden constitucional que se ve en desventaja y en inminente riego frente al racionalismo que refleja la posición de la presidenta en funciones.

Y es a partir de ese contexto y con la claridad suficiente donde se debe enfrentar sin miedo ni complejos al proyecto de hegemonía y ruptura de la izquierda española en defensa de una idea que es lo suficientemente poderosa para arriesgar lo avanzado: la libertad. Con la firmeza suficiente para enfrentar la doble moral de la que se ha apropiado la izquierda y con mensajes claros y contundentes se puede poner en evidencia la realidad que no quieren asumir los más irresponsables ¿Por qué la izquierda decide qué es lo moderado y quien representa a los radicales? ¿Por qué se tiene que asumir que España es un país de izquierda donde la derecha solo gobierna cuando aquella se lo permite?

Y bajo dos importantes premisas para mantener el poder. Por un lado, ensanchar el campo de la derecha racional aludiendo a los resultados de la gestión de la presidente en la Comunidad de Madrid -la izquierda nunca lo reconocerá, pero los votantes de centroderecha, sí- y, por otro, procurar una unidad posible del centro y la derecha bajo un mensaje común, acreditado por ideas también comunes, por propuestas y sus resultados.

¡Adiós, que me voy, que no me conocéis…!

Una vez elegidos en las urnas -y hasta las siguientes elecciones-, los electores no podemos despedir a los políticos que nos defrauden o de los que nos cansemos. Ellos, sin embargo, pueden incumplir permanente su palabra y sus promesas -pre y poselectorales-, e incluso dejarnos tirados, sin causa que lo justifique, a las primeras de cambio; dejando en su lugar a otros -formalmente electos en muchos casos, cierto-, pero a quienes casi nadie conoce. Los ejemplos son innumerables: desde los sueños húmedos, de sudor y angustia, de Sánchez, a la estrafalaria forma que tiene la actual cúpula de Ciudadanos de traicionar los acuerdos de gobierno suscritos con el PP, pasando por los insultos parlamentarios de Casado a su otrora “hermano” Abascal y los chuscos sucesos de los últimos días.

Y es que esto de los cambios radicales de opinión de los políticos, en España, es un no parar: Pablo Iglesias nos desconcertaba este lunes, 15, abandonando Moncloa para saltar a la arena electoral madrileña, justificándolo, además, con un solemne “hoy es imprescindible hacer frente a esa derecha criminal” (… de la misma Ayuso con la que compartía cañas cuando la llevaban a La Tuerka) para dejar en su lugar, como Vicepresidenta de la cuota podemita, a Yolanda Díaz, conocida por todos no sólo por sus méritos políticos pre y poselectorales (de por sí inmarcesibles: “la mejor ministra de trabajo de la historia de España”, según Iglesias y los datos de paro que vamos conociendo), sino también por sus dotes didácticas, insuperables al explicar el abstruso arcano de los ERTE.

Sorprendentemente, y como si no se creyesen al exvicepresidente, los opinadores de toda laya se lanzaron, enseguida, a elucubrar sobre las razones reales de ese movimiento: ¿Acabar con Más Madrid? ¿Aprovechar la valía del candidato socialista presentado para darle un revolcón? ¿Desaparecer del foco nacional dado que su presencia en el Ejecutivo está desgastando, según las encuestas, a Podemos? ¿Respuesta a la amenaza que suponen los pactos Psoe-Ciudadanos? ¿Obediencia a un posible chantaje de Sánchez, utilizando información comprometida suministrada por el CNI, o por algún otro país  -sudamericano, quizás-, para quitarse a Iglesias de en medio?

Y es que, en cualquier caso, y aun siendo cierto que los vicepresidentes no son elegidos por el pueblo, ¿acaso se cansó Iglesias de repetir, en su día, que las políticas y derechos sociales y los objetivos de la Agenda 2030 eran lo más importante? De ser verdad, y creérselo ¿cómo es que el supuesto líder, tan seguro de sí mismo, y teóricamente el mayor activo político de “la gente de izquierdas de este país” abandone su cargo de vicepresidente social y ministro del ramo para irse a una Asamblea que rige el destino de mucha menos gente, dejando, además, a una persona de tan acreditada trayectoria? Parece evidente que la preocupación por el votante brilla por su ausencia, por mucho que nos digan.

Pero los censores políticos se planteaban otra cuestión también importante: ¿qué hará Iglesias si no es investido presidente de la Comunidad?  Pregunta oportuna dado que no está claro que pretenda renunciar también a su acta de diputado nacional, y, sobre todo, dada su trayectoria: ya abandonó, en 2015, el parlamento europeo para venir al congreso…  como Errejón o Carmena abandonaron la asamblea madrileña, o Arrimadas el parlamento catalán, sin estar enfermos ni aducir ningún motivo de fuerza mayor que lo justificase.

“Un militante debe estar allí donde es más útil en cada momento”, afirmaba Iglesias -sin explicar si se refiere a utilidad para la organización en la que milita, o para la de los ciudadanos que le pagan el sueldo-, en una postura muy distinta a la de Toni Cantó -también en su día parlamentario nacional reconvertido en autonómico-, quien anunció ayer que dejaba el parlamento al que concurrió como cabeza de lista de su partido, aunque estemos a mitad de legislatura, y aunque esta vez sea para irse a su casa; y todo por desavenencias con la cúpula ciudadana tras la situación abierta en Murcia y en Madrid. Intereses personales, o de partido, o de ambos, pero a los electores a los que convencieron en su día, de nuevo, morcilla.

Es verdad que la política es un arte de lo posible; que las circunstancias cambian, a veces radicalmente; que los ciudadanos, incluidos los políticos, son y deben ser libres de elegir o cambiar de opinión; que ninguna de las actuaciones mencionadas está prohibida por la ley y que, con las elecciones, el pueblo soberano parece convalidar -una y otra vez- los errores, la falta de palabra y las traiciones de unos y de otros.

Pero también es evidente que los electores nos hacemos respetar más bien poquito.

Hidrógeno, ¿volver a los viejos errores?

El 6 de mayo de 1937, a las 19.25 de la tarde, el dirigible LZ 129 Hindenburg, orgullo de la Alemania del Tercer Reich, tras su decimoséptima travesía atlántica desde Europa, largaba amarras en la Estación Aeronaval de Lakehurst, en Nueva Jersey, en una tarde bochornosa en la que el aire estaba muy cargado electrostáticamente por una tormenta eléctrica. Es posible que una de esas chispas iniciara la combustión del hidrógeno que se almacenaba en 14 de las 16 bolsas que sustentaban en el aire a una gigantesca estructura de 245 metros de largo y 41 de diámetro. En menos de un minuto, el dirigible se vino abajo en llamas, matando a 36 personas, 13 pasajeros y 22 tripulantes. Investigaciones recientes han indicado que el material del que estaba hecha la estructura aceleró el fuego. El accidente fue retransmitido por muchos medios de comunicación -incluyendo radios- y rodado por varias cámaras para el cine. Ante semejante ridículo, Adolf Hitler dio por terminado el aprovechamiento comercial de este tipo de aparatos que, por otra parte, estaban en franco retroceso, dada la versatilidad de sus competidores tecnológicos, los aviones.

84 años después, el hidrógeno se ha vuelto a poner de moda, pero esta vez no interesa que sustente ninguna estructura en el cielo, sino que se pretende quemar para aprovechar la energía de la combustión y, de esta manera, desplazar a los hidrocarburos, avanzando en el proceso de descarbonización. ¿Estamos preparados para usar este gas como combustible de manera eficiente y segura o por el contrario, estamos cayendo en los viejos vicios de la planificación político-energética que propone cosas que no puede cumplir o que lo hace a medias y con costes excesivos? Antes de contestar a esta pregunta, deberíamos entender el contexto en el que se plantea.

Un año después de que se iniciara la pandemia global del Covid-19, el mundo político español vive preocupado por cumplir una serie de objetivos que no coinciden necesariamente con las preocupaciones más acuciantes e inmediatas de los ciudadanos. Pese a que buena parte de nuestro sector turístico y hostelero, dos de las principales industrias del país, no sabe cómo va a salir de la quiebra y se plantea cierres generalizados y despidos inevitables, al Gobierno de Pedro Sánchez y Pablo Iglesias le preocupa más la descarbonización y la digitalización de la economía española y plantea que sean estas dos líneas las que deban cumplir algunos de los proyectos que puedan recibir una parte jugosa de las ayudas que desde Europa se repartirán. Personalmente, me cuesta imaginar lo que debe de pensar un hostelero, un hotelero, un restaurador o el dueño de cualquier otro negocio dedicado a dar este tipo de servicios, cuando otras empresas que gozan, no pocas veces, del apoyo gubernamental, se posicionan para recibir miles de millones de euros en forma de ayudas de distintos tipos. Sin embargo, es lo que tenemos y las principales empresas energéticas del país, además de un creciente número de empresas dedicadas a las energías renovables, han presentado sus proyectos a la caza de fondos europeos. La planificación es una de las características coyunturales de las grandes organizaciones como la UE y el keynesianismo imperante ayuda a que sea así. Entre estos proyectos, se incluyen los ligados al hidrógeno verde.

El hidrógeno se ha venido usando desde hace décadas en la industria química, el refinado, la metalurgia, la industria alimentaria y otros procesos industriales, pero quizá sea su uso como combustible el más interesante desde la perspectiva actual. Como pudimos ver en el Hindenburg, el hidrógeno se combina muy bien con el oxígeno para formar agua y esa reacción es muy energética, además de poco contaminante, por lo que aprovecharla es algo razonable en una sociedad tan dependiente de la energía.

Durante años, se han ido desarrollando sistemas de almacenamiento que eviten el peligro de accidentes como el ocurrido en 1937. Ha sido a finales del siglo XX y principios del XXI cuando la tecnología ha empezado a producir pilas y contenedores lo suficientemente ligeros y seguros para que coches, camiones y otros vehículos puedan moverse con niveles de eficiencia similares a los vehículos que usan combustibles fósiles habituales. Hoy en día, hay automóviles que pueden recorrer distancias de 600 o más kilómetros con su tanque lleno y camiones que llegan a 1.000 kilómetros, permitiendo los viajes a larga distancia. Esta capacidad le da ventaja sobre los coches eléctricos, que tienen una menor autonomía y el tiempo de recarga es mucho más largo, no menos de 20 minutos si se usan sistemas recarga rápida. Sin embargo, parece ser que es este último tipo de vehículo, el eléctrico, el que más apoyo político tiene, pese a tener una desventaja evidente. Es también posible que se pueda usar en aeronaves, pero de momento, los contenedores son demasiado pesados y deberá avanzar la tecnología, como también es posible que los precios de todos estos automóviles sean aún un poco caros si los comparamos con los tradicionales. Algunos ponen el horizonte en década y media.

Un uso del hidrógeno, menos comentado en los medios de comunicación pero quizá más interesante desde un punto de vista energético, es su papel como sistema de almacenamiento de energía. La teoría es que, en los momentos en que la velocidad de aire es adecuada o la insolación es intensa, pero no se requiere la energía en el sistema, se use este exceso para producir hidrógeno, que podría almacenarse y que, en momentos de carencia, podría usarse como reserva de combustible y generar la energía que no se cubre con estas renovables, reforzando así de respaldo al sistema renovable, algo que ahora cumplen las nucleares y los ciclos combinados.

Si el hidrógeno tiene tantas ventajas y es un buen sustituto de los combustibles fósiles, ¿dónde está el problema? Como en el caso del coche eléctrico, se necesitaría una red de puntos donde poder abastecer al vehículo que no existe, pero quizá se puedan aprovechar las gasolineras. El principal problema está en conseguir el gas en condiciones de calidad y cantidad. El hidrógeno libre, dado su escaso peso, tiende a irse al espacio y no tiene sentido su captura, pero está presente combinado en la materia orgánica y, sobre todo, en el agua. La electrolisis del agua, la separación del hidrógeno y del oxígeno, es un proceso habitual, conocido desde hace tiempo, que requiere energía. También existen otras fuentes, como subproducto de algunas reacciones químicas y bioquímicas y del refinado del petróleo. La idea que han tenido las industrias energéticas ha sido ligar las fuentes renovables con los procesos industriales de electrolisis, de forma que el hidrógeno obtenido sea teórica y medioambientalmente limpio. Este es el denominado hidrógeno verde. El que llaman hidrógeno azul sería el que se obtiene usando gas natural como fuente de energía, que no es tan ‘sucio’ como los combustibles fósiles (carbón, diésel, gasolina, etc.), quedando el término hidrógeno gris para el que viene usando estas fuentes de energía o viene derivado de los procesos industriales antes mencionados. De esta forma, la revolución que se pretende está ligada a la viabilidad o no de las energías renovables, no a las características del propio hidrógeno como combustible y quizá, en menor medida, a la manera de almacenarlo (pilas y depósitos).

Varias empresas han anunciado que algunas de sus centrales térmicas, que han sido cerradas o están a punto de serlo y van a ser desmanteladas, serán sustituidas, si obtienen los fondos necesarios de la UE, por grandes plantas electrolíticas, rodeadas de centrales renovables, ya sean eólicas o fotovoltaicas, que las van a abastecer para dar lugar a una novedosa y -se pretende- próspera industria del hidrógeno. Hay que reconocer que, como utopía energética, no está mal y hasta tiene visos de que podrían cumplirse algunos de los objetivos parciales, pero me cuesta creer que vaya a ser tan exitosa la cruzada medioambiental.

Hoy por hoy, las energías renovables requieren dos condiciones: el primero sería un espacio adecuado. En el caso de la fotovoltaica, hectáreas y hectáreas de superficie donde colocar las placas. En el caso de la eólica, puntos adecuados donde sople el viento. ¿Hay de ambos en el entorno de las centrales? Pudiera ser, pero el segundo requerimiento sería las centrales de apoyo que permitan que, en caso de que no haya viento o luz, se pueda seguir alimentando la planta, lo que hace que no sea tan verde el hidrógeno, más bien un verde tirando a azul. Por otra parte, hay otras razones para pensar que, tarde o temprano, los grupos ecologistas sacarán los colores al verde. Las cubas de electrolisis usan catalizadores, que no son precisamente materiales medioambientalmente neutros. Estas centrales tomarán el agua y la transformarán en oxígeno e hidrógeno, es decir, no la devuelven al río o al pantano, cosa que sí que hacen las térmicas. Esto afectará al caudal y a las actividades que requieren agua, como la agricultura, es decir, no sería demasiado viable en zonas donde no haya una pluviometría adecuada. Además, no debemos olvidar que el agua debe tener unas características concretas, así que se deberá tratar. En el caso del agua marina, se debe desalar y las desaladoras han sido también una fuente de problemas para los grupos ecologistas. El verde de nuevo se torna azul. La proliferación de centrales renovables ha generado el rechazo de los vecinos y algunos grupos ecologistas. Un ejemplo de esta polémica es la oposición del municipio de la Espluga de Francolí a la planta de hidrógeno propuesta y las renovables asociadas, y el motivo es, precisamente, la escasez de agua en la zona.

No hace mucho, el CEO de Endesa, José Bogas, se preguntaba si no estábamos asistiendo a una burbuja de renovables. Y es una buena pregunta, pues si miramos al mercado bursátil español, veremos que gran cantidad de empresas renovables, que cuentan con un capital y un proyecto lo suficientemente interesante, tienen intención de salir al parqué. Empresas como la petrolera Repsol también quieren sacar al mercado su filial renovable, que hace “dos días” no tenían. Me preocupa semejante estallido de proyectos y empresas renovables, porque nace, no de las necesidades de los ciudadanos de tener una energía más limpia, no de las inquietudes de los ciudadanos por consumir una energía menos contaminante, incluso no de los caprichos de los ciudadanos que se apuntan a las políticas verdes de ciertos iluminados, sino de la planificación energética surgida desde la política, de la ingeniería social de ciertos líderes, públicos y privados, y de las pretensiones interesadas de ciertos lobbies que viven muy bien de los dineros públicos en forma de ayudas, subvenciones y otras prebendas que se financian con el dinero de los impuestos. No es una solución de mercado a una inquietud moral o ética, sino la respuesta a una decisión que supone una planificación política. Las empresas se adaptan a lo que hay, pero algunas veces olvidan que los que terminan dándoles el pan de cada día no son los políticos, sino los clientes, y no sé si tendrán suficientes clientes para este desarrollo verde (¿o es que ya nos hemos olvidado de la Abengoa de principios de los años diez de este siglo?). Tengo que reconocer que, de todas las posibilidades que han surgido desde el Estado o de las empresas que orbitan en torno a él, esta del hidrógeno puede ser la más razonable. Aun así, creo que estamos aún lejos de salir a la calle, tomar un automóvil con el tanque lleno de hidrógeno y hacer lo mismo que ahora con uno de gasolina. No adelantemos una tecnología que puede ser rentable en un futuro porque algún inspirado tenga un capricho adolescente.

Control de alquileres, una nefasta idea

Dicen que Winston Churchill se quejaba de que, cuando pedía consejo a cinco economistas, recibía cinco respuestas contradictorias. La única excepción era cuando entre esos economistas se encontraba John Maynard Keynes, en cuyo caso recibía seis respuestas contradictorias.

Es cierto que en muchos ámbitos existen grandes discrepancias entre economistas de distintas escuelas. Sin embargo, Greg Mankiew incluía en su libro Principios de Economía una larga lista de ideas en torno a las que existe un amplio consenso entre los economistas. La primera de la lista, con un 93% de aceptación, era la proposición de que “las políticas de control de alquileres reduce la calidad y la cantidad de las viviendas disponibles”.

Durante los últimos días se ha intensificado la presión que ejerce Podemos dentro del Consejo de Ministros para imponer políticas de precios máximos en el mercado del alquiler en las grandes ciudades españolas. Esta es una medida que el PSOE aceptó incluir en el acuerdo de Gobierno, pero que se resiste a aprobar por el rechazo frontal de algunos de sus miembros, entre otros la vicepresidenta económica, conscientes de las nefastas consecuencias que ha tenido siempre que se ha aplicado.

¿Cuáles son esas nefastas consecuencias que tienen las políticas de control de alquileres? De acuerdo con los economistas Tyler Cowen y Alex Tabarrok, pueden resumirse en cinco efectos principales.

En primer lugar, esta política tiende a generar un desabastecimiento crónico de viviendas. Como en cualquier mercado, si el Estado fija precios que están por debajo del precio de equilibrio, la demanda excederá la oferta disponible a ese precio: habrá mucha más gente buscando alquiler que viviendas disponibles, haciendo que encontrar vivienda se vuelva misión imposible.

Además, con el tiempo el problema tendería a agravarse, puesto que la oferta de alquiler es más elástica a largo plazo que a corto: la escasez de viviendas en alquiler irá aumentando con el tiempo.

En segundo lugar, también se disparará el tiempo y los costes de búsqueda. En Nueva York, que ha padecido durante décadas este tipo de políticas, solía decirse que la única forma de encontrar vivienda era consultando en el periódico la sección de necrológicas.

Al darse esa carrera permanente por encontrar las escasas oportunidades disponibles, la gente se ve obligada a recurrir a agentes inmobiliarios para que le ayuden en esa búsqueda. Se produce un derroche de tiempo y recursos en el que los únicos que salen ganando son los intermediarios.

En tercer lugar, se produce una mala asignación permanente de los recursos. Cada vivienda deja de asignarse a quien mejor se adapte a sus preferencias y el criterio principal de asignación pasa a ser el azar. Los inquilinos, una vez logran encontrar una oportunidad, tienden a evitar a toda costa tener que mudarse.

En ciudades donde se han aplicado políticas de este tipo, como Nueva York, se comprueba que abundan los casos de individuos o parejas que alquilan viviendas con más habitaciones de las que querrían, mientras familias grandes se tienen que conformar con viviendas más pequeñas pese a estar dispuestos a pagar más. El sistema de precios deja de funcionar como transmisor eficiente de información.

En cuarto lugar, se produce lo que los economistas denominan una pérdida irrecuperable de eficiencia (deadweight loss). Muchos propietarios tenderán a excluir sus viviendas del mercado de alquiler por la menor rentabilidad obtenida, mientras que inquilinos que estarían dispuestos a pagar más del precio fijado políticamente, se encuentran con la imposibilidad de encontrar vivienda. Dicho de otro modo, se impiden intercambios mutuamente beneficiosos y por tanto generadores de riqueza.

Por último, esta política genera un deterioro progresivo de la calidad de los inmuebles. Debido a la escasez crónica de oferta que se produce, la soberanía del consumidor desaparece y la calidad deja de ser un factor decisivo en su toma de decisiones.

Por ello y por la caída de la rentabilidad, el propietario dejará de tener el incentivo a invertir en sus viviendas y tenderá a minimizar cualquier gasto en reparaciones y reformas. Los inquilinos se verán obligados a vivir en viviendas en cada vez peor estado por la mera escasez de oferta impuesta por la regulación.

Por este último motivo, el exministro de exteriores de la República Socialista de Vietnam, Nguyen Co Thach, reconoció que “los estadounidenses no pudieron destruir Hanoi, pero los vietnamitas sí destruyeron su propia ciudad por la imposición de alquileres bajos”.

En la misma línea, el economista sueco Assar Lindbeck afirmó que “el control de alquileres es una de las técnicas más eficientes hasta ahora conocidas para destruir una ciudad… salvo tal vez el bombardeo”.

En las grandes ciudades españolas existe un grave problema de acceso a la vivienda. Durante los últimos años, la demanda de vivienda en alquiler ha aumentado de forma considerable en estas ciudades debido a la creciente concentración de población en núcleos urbanos. Al mismo tiempo, la oferta de vivienda, cada vez más restringida por criterios políticos, ha aumentado muy poco en términos relativos.

Cuando mucha más gente quiere vivir en una ciudad y el espacio apenas aumenta, solo existen dos soluciones reales. Por un lado, permitir el aumento de la cantidad de vivienda para albergar a esa mayor demanda. Por otro, mediante la reducción de la demanda: por ejemplo, incentivando que aquellos que marginalmente menos valoren vivir en grandes ciudades, opten por otras opciones.

Es evidente que el primero de los mecanismos no está funcionando de forma correcta, dado que la oferta de alquiler está políticamente constreñida y desincentivada por restricciones regulatorias. La solución al problema de acceso a la vivienda se encuentra justo ahí: en la eliminación de la perversa interferencia política que impide que la oferta se adapte a la demanda.

Imponer precios máximos al alquiler no es una solución, sino un problema añadido. Sus consecuencias son justo las contrarias: disparan la demanda y reducen aún más la oferta.

Sea con buena intención o por influencia de grupos de presión, se está vendiendo políticamente que el control de alquileres va a facilitar el acceso a la vivienda, cuando en realidad lo dificulta todavía más. Pocas ideas económicas son capaces lograr tanto consenso entre los economistas como el rechazo al control de alquileres.

 Ignacio Moncada es economista, analista financiero y miembro del Instituto Juan de Mariana.

El capitalismo salvaje de Corea del Norte

Si a un economista le pidieran que diseñara un experimento social para comprobar cuál de dos sistemas económicos da mejores resultados, creo que difícilmente podría definir mejores condiciones de las que se han dado durante más de 75 años en la península de Corea.

En efecto, partamos de una sociedad con una gran homogeneidad cultural, producto de más de 500 años bajo el mandato de la dinastía Joseon, posiblemente la más longeva de la historia de la humanidad. Pues bien, coja usted el territorio en que se desarrolla dicha sociedad y divídalo en dos partes aproximadamente iguales, algo de lo que se encargaron en 1945 los EEUU y la antigua URSS, usando a tal fin el paralelo 38. A continuación, aplique a uno de los territorios resultantes un régimen comunista y al otro un régimen democrático de libre mercado. Finalmente, observe la evolución en ambos territorios con el paso del tiempo. Ah, si se produce una guerra entre ambos territorios, impida que se mueva mucho la frontera pactada y vuelva a empezar el experimento.

Por supuesto, si esto hubiera sido realmente un experimento social, haría tiempo que estaría desmantelado, pues los resultados de la comparación se pudieron ver en relativamente poco tiempo, y no hubiera sido necesario mantener en el sufrimiento a unos cuantos millones de coreanos en el territorio norte.

En la actualidad, la divergencia en el desarrollo de ambos países es pasmosa y supera la imaginación del experimentador más optimista. En Corea del Sur se implantó el régimen de libre mercado, y ahora resulta ser uno de los países más ricos del mundo, con empresas reconocidas globalmente como Samsung o Hyundai. Un éxito en toda regla para un país devastado por guerras en 1950 y que posiblemente era el país más pobre del mundo en ese momento.

En Corea del Norte, la República Popular Democrática de Corea (ya se sabe que cuánto más “democrático” es el nombre un país, mayor comunismo le gobierna), se implantó el régimen comunista. Corea del Norte partía con cierta ventaja, pues era más rico en recursos que Corea del Sur y además tiene frontera terrestre. Por supuesto, esta supuesta ventaja quedó en nada, y en la actualidad Corea del Norte es un país que destaca por la carencia de iluminación en las fotos nocturnas del planeta (sí, esa mancha negra entre Corea del Sur y China) o por tener hambrunas en pleno siglo XXI, a solo unos kilómetros al norte de uno de los países más ricos de la Tierra.

Como decía, si esto fuera un experimento, lo podríamos haber interrumpido ya hace unos cuantos decenios, para suerte de los norcoreanos[1]. Pero, por desgracia, no lo es, y Corea del Norte sigue vigente, ya por la tercera generación de dictadores comunistas de la familia Kim Yong-Un.

Desde el punto de vista de teoría económica, ello presenta un reto. En efecto, el teorema de la imposibilidad del socialismo postula que este sistema económico es insostenible, pues es incapaz de dirigir los recursos haya donde la población los necesita. En consecuencia, dilapida los recursos inevitablemente hasta llegar al colapso. El ejemplo paradigmático es, por supuesto, la URSS. Otros regímenes comunistas se han visto obligados a introducir reformas liberalizando los mercados para sobrevivir, siendo el caso más llamativo el de China, vecina de Corea del Norte, donde solo queda de comunista el nombre (a efectos económicos). Lo mismo, a otra escala, se puede decir de Cuba. Y de Venezuela solo cabe decir que el experimento aún no lleva mucho tiempo y hasta ahora se ha podido apoyar en el petróleo. Ya veremos cuánto dura sin volver al libre mercado.

Por eso es tan llamativo el caso del régimen de Corea del Norte, porque en este caso no consta ningún tipo de aperturismo o liberalización comercial. ¿Cómo es posible que siga en pie?

Desde el punto de vista de los ciudadanos norcoreanos, es muy recomendable el trabajo de la periodista norteamericana Bárbara Demick[2], quien nos muestra la vida en el país a partir de los testimonios de fugados del régimen. A grandes rasgos, dos son las causas de la falta de acción por parte de los individuos, una fisiológica y otra propagandística.

La primera es el hambre: los norcoreanos están en un estado perpetúo de hambre, lo que les debilita física y mentalmente. Si cada día tu máxima preocupación es qué comer, difícilmente vas a tener energías para rebelarte contra el régimen. Ello invita a pensar en algo tan terrible como una política deliberadamente dirigida a mantener a la población en dicho estado de necesidad.

La segunda es más curiosa. Los norcoreanos se habían quedado anclados en el pasado y habían extrapolado a futuro lo que conocían entonces. Y eso era básicamente que eran más ricos que China y, en particular, que Corea del Sur. Así que, sí, ellos lo estaban pasando mal; pero los vecinos lo estaban pasando aún peor, porque no vivían bajo el cuidado del “querido Líder”. Lo repito por si no queda claro: una mayoría de norcoreanos vive pensando que son afortunados y que el resto de los países del mundo está peor.

Por supuesto, las cosas están cambiando en este último aspecto, y empezaron a hacerlo desde el mismo día en que los habitantes de la orilla sur del río Tumen (la frontera con China) constataron con sorpresa que en la orilla norte aparecían iluminación y nuevos edificios, consecuencia de la apertura económica de China. A partir de ese momento, algunos norcoreanos empezaron a darse cuenta de su situación real. Imaginen la sorpresa de estos pobres desgraciados cuando son capaces de salir de las redes del “Amado Líder” y llegan a la paupérrima Corea del Sur, donde siempre encuentran un familiar que les acoge.

Sin embargo, si bien ambos factores pueden explicar la aparente conformidad del pueblo norcoreano con el régimen y la ausencia de rebeliones, la teoría económica sigue anticipando su colapso y, si no viene desde abajo hacia arriba, tendría que venir desde arriba, como en los otros ejemplos mencionados. ¿Por qué no ocurre?

Una explicación fácil es asumir que China dota de fondos al régimen norcoreano por razones geopolíticas, y que, por tanto, es su sostén. Puede ser, no digo que no. Pero creo que hay una explicación alternativa, o, al menos, complementaria, según nos muestra un reciente documental de la BBC[3], y que es bastante más tenebrosa a la par que coherente.

Se trata de la historia de un danés que decide, por su cuenta y riesgo, infiltrarse en las organizaciones exteriores del país asiático. Lo que encuentra puede explicar, a mi modo de ver, la sostenibilidad del régimen, y, por tanto, son muy malas noticias para los habitantes de aquel país.

En efecto, el protagonista (podríamos llamarle héroe sin incurrir en exageración) de la historia se integrará en la Korean Friendship Association (KFA) presidida por un español, sí señor, en todas las salsas tenemos que estar, un tal Alejandro Cao de Benós. Lo que descubre nuestro héroe es que la tal KFA no es más que una tapadera para conseguir negocios e inversores en las más oscuras actividades económicas que uno pueda imaginar, lo que deja al señor Cao de Benós en mero conseguidor y comisionista, en la mejor tradición de la realeza, eso sí para actividades ilegales e incluso inmorales.

Y es que, como declaran expresamente en un par de ocasiones tanto Cao de Benós como algunos de los “emprendedores” norcoreanos, el factor diferencial de Corea del Norte, su ventaja competitiva, no es otra que la siguiente: en su territorio se pueden llevar a cabo todo tipo de actividades productivas prohibidas en los países occidentales (e, imagino, sin necesidad de respetar los derechos humanos de los trabajadores). Eso implica que si tu negocio es de armas o de componentes químicos prohibidos, o de otras cosas por el estilo, en Corea del Norte lo puedes implementar, y seguro que a precios muy competitivos.

Así pues, tampoco falla en Corea del Norte la teoría económica sobre la imposibilidad del socialismo. Claro que no. Tienen una ventaja competitiva diferencial con otros países: que en su territorio se pueden realizar actividades ilegales en el resto del mundo, porque en su territorio no hay leyes. Y las élites norcoreanas han desarrollado los mecanismos para promocionar y distribuir su producto, eso sí, con las dificultades que cabe esperar.

En resumen, que no falla la teoría económica. Lo que tampoco podíamos esperar es que fuera precisamente en Corea del Norte donde tuviera su manifestación el capitalismo más salvaje del mundo. Hala, ya tienen otra disculpa podemitas y socialistas para culpar al capitalismo de los males de la humanidad, sobre todo de los sufridos por los norcoreanos.


[1] Otra cosa es que la evidencia empírica que arroja este experimento haya trascendido a la sabiduría de la gente. Especialmente a la de los españoles, anomalía en Europa, donde se sigue votando a partidos procomunistas como Podemos.

[2] Querido Líder: Vida cotidiana en Corea del Norte, de Barbara Demick (En inglés, “(“Nothing to Envy“).

[3] The Mole: Infiltrating North Korea. Ver https://www.bbc.co.uk/programmes/p08tqd6q

¿Es Bitcoin el MySpace de las criptomonedas?

MySpace fue una red social creada por Microsoft en 2003 y que fue eclipsada por Facebook, que se lanzó un año después. Algunos críticos de Bitcoin como Peter Schiff argumentan que es muy posible que Bitcoin sea el MySpace de las criptomonedas. Afirman que es muy probable que Bitcoin sea superado por otro competidor con tecnología superior.

Según estos críticos, Bitcoin es una tecnología mejorable principalmente por las siguientes razones: Procesa muy pocas transacciones por segundo, consume mucha energía, y no tiene ningún respaldo ni uso no monetario.  

Sobre el volumen de transacciones por segundo depende desde qué perspectiva se quiera mirar. Bitcoin es muy eficiente a la hora de verificar transacciones, pues su objetivo prioritario es la seguridad. Y esta seguridad se consigue facilitando todo lo posible que cualquiera pueda verificar todas las transacciones pasadas, presentes y futuras. Esto es a lo que se suelen referir en el argot de la industria cuando hablan de descentralización.  Yo prefiero hablar de seguridad porque es más concreto. Seguridad ante inflación, impago, robo o confiscación.

Para que cualquiera pueda verificarlo todo, el protocolo de Bitcoin limita el número de transacciones que se pueden incluir en cada bloque, unas 2000 aproximadamente, y mantiene el tiempo entre bloque y bloque en una media de 10 minutos.  Esta limitación es lo que hace que el envío sea caro cuando la demanda por enviar transacciones supera esta capacidad limitada.  El coste es consecuencia de la demanda, ya que la capacidad se subasta procesando las transacciones de los usuarios que están dispuestos a pagar más.  

Por tanto, el coste de enviar transacciones nunca se va a solucionar con otros sistemas como Proof of Stake.  La única forma de hacerlo sin comprometer la seguridad es conseguir que todos podamos verificar el mayor número de transacciones posibles sin incrementar el coste de verificación.  Y en eso, Proof of Stake no aporta nada.

Otra cuestión es que ese coste implique a su vez un coste energético (Proof of Work o prueba de trabajo).  Aquí entramos en el debate sobre el consumo de electricidad.  En su momento escribí este artículo del que ahora me arrepiento. Me he dado cuenta de que es un tema que no merece ni un segundo de discusión.  ¿Los usuarios de Bitcoin pagan religiosamente por la electricidad que consumen?: Si. Pues asunto zanjado. ¿O es que ahora resulta que hay que someter a algún tribunal en qué cosas se puede consumir electricidad y cuanta?.  

En cuanto a la falta de respaldo de Bitcoin, es otra característica buscada totalmente a propósito para maximizar su seguridad.  Que su emisión y gestión no dependa de confiar en ningún tercero es precisamente para que no tenga riesgo de inflación o impago. Y en este sentido, sustituir la prueba de trabajo por la puesta en garantía de un activo (Proof of Stake), es un peligroso retroceso al juego de los riesgos financieros, comprometiendo la seguridad. 

En cuanto a la inexistencia de un uso no monetario, es una crítica que parte de la muy equivocada idea de que una herramienta que facilite el intercambio no es útil, tal y como explico con más detalle aquí

En general, la mayoría de estas críticas pierden de vista la seguridad.  La esencia de Bitcoin es ser un conjunto fijo de unidades que se pueden poseer y transmitir de forma segura. Si lo que el mercado demanda es seguridad, la tecnología estará al servicio de esa demanda, no al revés.  Si lo que el mercado demanda es velocidad, para eso ya existía Paypal.  ¿Demandará el mercado algo intermedio? Es posible, pero si ese es el caso, parece cada vez más claro que, independientemente de la criptomoneda, una solución intermedia pasaría por desarrollarse en capas superiores. Y si la solución es en una capa superior, no veo qué razón habría para no colocarla sobre la moneda más segura de todas.

Si a pesar de lo dicho al lector le sigue preocupando la tecnología, es preciso tener en cuenta que el software para gestionar una moneda alternativa segura ha de ser necesariamente de código abierto. Nadie se fiaría de una “caja negra” administrada por un tercero en el que hay que confiar, pues para eso ya tenemos las monedas tradicionales.   

Por tanto, si se inventara una tecnología que sea significativamente superior, nada impide que Bitcoin la incorpore. No habría ningún impedimento material, aunque sí podría haber impedimentos legales por la vía de las patentes aun tratándose de código abierto. Y hay que reconocer que sería muy dudoso que un software patentado fuera incorporado con éxito a Bitcoin, pues podría traer problemas muy poco deseables. Ya ha pasado con el algoritmo Schnorr, que en ningún momento siquiera se ha planteado incorporarlo hasta que expirara su patente.

Pero el problema de limitar el uso y desarrollo del software mediante patentes, es que cuando la seguridad es una cuestión absolutamente crítica, cuando hace falta que el sistema sea antifrágil, es necesario exponerlo totalmente al exterior para que sea escrutado y atacado hasta la saciedad por el mayor número de programadores y hackers posible.  Solo así se puede tener una mínima certidumbre sobre su seguridad. Frente al software limitado y restringido, el software totalmente libre y abierto ha demostrado en las últimas décadas ser la mejor estrategia para alcanzar este nivel de seguridad, tal y como explico aquí con más detalle.  Bitcoin ya utiliza esa estrategia totalmente abierta, un competidor que protegiera su software con patentes se estaría atando una soga al cuello y ni siquiera sería una protección definitiva ya que ninguna patente dura más allá de 20 años, que en este contexto no es mucho tiempo, pues Bitcoin ha cumplido ya 12 años y aún no ha alcanzado su madurez.

Quisiera hacer una breve reflexión sobre la frase “una tecnología que sea significativamente superior”. Cada transacción de Bitcoin ya es muy pequeña, y aun así si quieres verificarlas todas necesitas tener una conexión a Internet decente y también un disco duro razonablemente rápido y con buena capacidad. El cuello de botella no es el protocolo de Bitcoin, al contrario, Bitcoin se autolimita para adaptarse a la infraestructura tecnológica ya disponible para cualquier ciudadano medio. Y esto no es una cuestión de querer ser “democrático” aunque de paso se consiga.  Es una cuestión, insisto, de seguridad: No tener que depender de terceros para verificar nada.

MySpace era una aplicación concreta sobre un protocolo de comunicaciones de propósito general (Internet), Bitcoin es un protocolo de propósito general para el intercambio económico.  Creo que la analogía es poco acertada. En todo caso, y tomando las precauciones necesarias que hay que tomar con toda analogía, y si sustituimos seguridad por interconectividad, la situación podría parecerse más a las llamadas protocol wars, cuando decenas de protocolos de comunicación se postulaban como candidatos a ser el sistema neurálgico de las comunicaciones a nivel global, muy parecido a la multitud de criptomonedas existentes en la actualidad.  El protocolo tcp-ip (Internet) dejó atrás a todos los demás por ser el más interconectable, que era lo que demandaba el mercado.  Si al final lo que el mercado demanda para una criptomoneda es seguridad por encima de cualquier otra característica, entonces la que consiga ser más segura quizá sea la análoga al protocolo tcp-ip

“No creo que volvamos a tener un buen dinero hasta que se lo quitemos al Gobierno de las manos, es decir, no podemos quitárselo violentamente, todo lo que podemos hacer es introducirlo astutamente de tal forma que no lo puedan parar.”      F.A. Hayek, 1984

La deriva de la izquierda española: abandonar El Capital y abrazar el nacionalismo

La izquierda española se encuentra en un momento ideológico notablemente confuso, volátil y diferenciable. Su posición es cambiante, como cambiantes son sus intereses y metas. Dentro de ellas resulta imposible encuadrar únicamente los de una sola izquierda homogénea, ya que en España existe un cúmulo de izquierdas, diferenciadas por rasgos en algunos casos inapreciables pero que enarbolan como bandera de combate. En un entorno político líquido, inestable y polarizado, estas fuerzas pueden contribuir y contribuyen a formar gobiernos o a bloquearlos. Por ello resulta relevante reflexionar sobre en qué se ha convertido la izquierda española desde, al menos, el 15-M, y en cómo ha evolucionado su mensaje a lo largo de todos estos años.

Las fuerzas políticas que conforman la izquierda española se han esmerado en reforzar y resaltar sus particularidades, aquello que les diferencia en su entorno electoral y hace que sus votantes se decanten por una u otra fuerza política con programas cercanos a la simetría. La izquierda en España, de manera generalizada, ha optado por abandonar el discurso correspondiente a las demandas materiales de la clase obrera, dejando atrás la manida lucha de clases marxista y dando lugar a peculiaridades divisorias nacientes en las diferentes ramificaciones de los nacionalismos regionales.

Partidos como ERC, Bildu o la CUP doblaron la apuesta por el nacionalismo excluyente compitiendo de manera directa con la derecha independentista o regionalista -dependiendo del caso-, para lo cual endurecieron su mensaje, trataron de posicionarse en los márgenes de las instituciones y alentaron la polarización afectiva allí donde llegaba su discurso.

Esta radicalización de la izquierda independentista contribuyó a arrastrar a la izquierda nacional a su terreno de la mano de líderes afines al nacionalismo regionalista, como es el caso de Teresa Rodríguez con Adelante Andalucía o Joan Baldoví con Compromis, siendo el caso de Teresa Rodríguez particularmente paradigmático ya que su escisión de Podemos está llevando al renacimiento del Partido Andalucista, con aire a trotskismo español. Una combinación ciertamente interesante.

Por otro lado, Iglesias parece haber abandonado -más bien forzado por la deriva de Podemos- el discurso regionalista en aquellas regiones donde hace algunos años tuvo relativo éxito. En sus inicios, comunidades autónomas como el País Vasco, Galicia o Cataluña acogieron bien a las diferentes formaciones delegadas de Podemos. Esto no ha vuelto a suceder en las más recientes elecciones. Han desaparecido en Galicia, donde un día las “mareas” tuvieron notoria representación. Se han hundido en el País Vasco y han obtenido resultados mediocres en Cataluña, con la CUP al alza. Algunas escisiones de Podemos, como es el caso de Más Madrid, al dar el salto a la escena política nacional en lugar de optar por un regionalismo de izquierdas, trataron de orientar su discurso hacia uno más cercano al verdismo europeo.

Esto último no se desmarca en demasía de la dinámica general de la izquierda europea, que ha adaptado su discurso a los marcos ideológicos generados por el capitalismo cognitivo, por decirlo con Gregorio Luri. Vivimos en un tiempo en el que las tensiones entre el capital y el trabajo son cada vez más difusas y en el que muchos más vectores entran en la definición del modelo de capitalismo actual. Los sectores más dinámicos de la economía se caracterizan hoy día por la acumulación de capital humano y la generación de intangibles, lo que da lugar a una élite cognitiva que modifica las relaciones pre-existentes en las estructuras de competencia y poder a nivel global.

Este escenario ha sido captado hábilmente por parte de la izquierda, que ha decidido adaptar su mensaje, abandonando el materialismo histórico para construir su discurso en un plano más sentimental, identitario y transversal. Las nuevas identidades remarcadas por la izquierda española han abandonado la verticalidad típica del socialismo en busca de una mayor horizontalidad, lo cual ha terminado por generar un discurso homogéneo en el plano económico de todos los partidos a la izquierda del PSOE, remarcando las particularidades nacionalistas de cada partido como factor diferencial.

En todo esto Podemos está quedando al margen por su escasa capacidad de reacción y adaptación. Las escisiones del partido morado, y los que en algún momento sintieron la bota de Iglesias sobre su cuello están tratando de marginar a Podemos y construir un discurso hegemónico de izquierdas a sus espaldas. Lo peligroso es que esta nueva hegemonía izquierdista contempla a partidos como Bildu, ERC o la CUP como agentes esenciales para su construcción, haciendo oposición dentro de la izquierda a la institucionalización de Podemos.

Para ello el eje central ha sido el nacionalismo, vendido como una lucha de poder sobre la que se ha ido reorganizando la identidad de la neo-izquierda española. La Constitución les oprime y los incendios en las calles les liberan. Ya saben, el régimen del 78 y la paranoia sempiterna. Marxistas-Estatistas, bonito oxímoron para el que quiera entenderlo, porque al parecer, la izquierda europea, hace tiempo que decidió matar al padre.

Pero todo esto tiene un trasfondo histórico mucho más interesante. Tras la caída del muro y el abandono del comunismo por parte de la izquierda europea para renacer como hijos de Foucault y Deleuze, se centró la nueva dialéctica en combatir no ya al capital o la superestructura de este, sino contra el poder en cualquiera de sus formas. El control, la jerarquía, el orden, …todo devenía en estructuras de opresión para la izquierda posmoderna. Pues bien, cuando este discurso llegó a España con fuerza desde hace algunos años, los movimientos de izquierda nacionalista pusieron sobre la mesa la idea de que el poder opresor era todo aquel que les alejara de sus veleidades secesionistas. La Constitución como continuación del franquismo, para proseguir con el carrusel de contradicciones. Sobre estos ejes se construyó el discurso de la nueva izquierda, que decidió explotar los particularismos territoriales hasta el punto de presentarse como mejores aliados y cómplices de fuerzas segregadoras como ERC, los falleros de Las Ramblas o Bildu.

No crean que frente a esto el centroizquierda nacional actuó o actúa de manera distinta. El PSC y el PSE han sido los mejores amigos de las fuerzas centrífugas, aumentando siempre su apuesta por aquellos que remarcan sus privilegios excluyentes cada vez que tienen ocasión de ello. La izquierda ha tratado de construir nichos dentro de un mismo nicho y ha flexibilizado su ideología hasta límites previamente insospechados.

Al abandonar la tradicional lucha entre capitalistas y proletarios, la izquierda decidió construir identidades y apoyarse en particularismos diferenciadores para llegar al poder. Durante bastantes años han sacado rentabilidad de estos movimientos, hasta que la competencia ha resultado excesiva y el votante nacionalista de izquierdas ha estirado la ventana de Overton hasta límites insospechados, como puede ser la legitimación de la violencia callejera. El proyecto de la izquierda ha terminado siendo un mercado de falsas identidades y contraposiciones inventadas, sobre las cuales se trata de extraer rédito electoral a través de una constante polarización afectiva. La respuesta siempre es pedir más Estado, excepto cuando este es de Derecho.

Cambiar La Internacional por Els Segadors, eso era el progreso.

Articulerías de Paco Capella: Lo que ni Block defendería

Paco Capella escribió dos artículos criticando el libro Defending the Undefendable de Walter Block en 2013. Como sabe de mi admiración por este autor austrolibertario, me envió sus artículos para ver qué opinaba de ellos. Comparto las loas que Capella le dedica y algunas de sus críticas. Para empezar, es cierto que Block no defina qué es lo moral, pero como el propio Capella anteriormente afirma, el libro ‘‘se concentra en [las] aplicaciones prácticas y aplicadas más difíciles [de la teoría ética de la libertad]’’.

La obra tampoco se centra en la timología detrás de los actos y por qué están mal vistos, sino en el hecho de que según Block lo están y por qué no deberían estarlo siguiendo una concepción libertaria. Capella acierta al decir que Block no puede saber que la mayoría suele equivocarse y que al decir eso es excesivo. También tiene razón al hablar de que por costumbre se forman ciertos contratos y condiciones de estos que no hace falta explicitar y que hacerlo sería costoso. No obstante, ese no es el punto que Block intenta demostrar.

Pero Capella también ofrece ciertas críticas un tanto injustificadas o desatinadas. Capella empieza matizando el principio de no agresión tal como lo formula Block con casos que este último también incluiría como inicio de la violencia, por tanto, matización innecesaria. Al hablar sobre la prostituta, nos debe de dar igual que ‘‘la moderna economía conductual muestr[e] que los agentes interpretan de modos muy diferentes las relaciones amistosas personales, en las cuales se intercambian informalmente favores, y las relaciones comerciales impersonales en las que los afectos no son relevantes’’, lo importante es que si el intercambio entre cliente y prostituta se ha dado voluntariamente es porque ambos valoraban más lo que la otra parte tenía que ofrecer. Es irrelevante cómo cada uno interprete la relación y el grado de intensidad que cada uno pudiera haber expresado. Sabemos que la transacción se dio, pero podría no haberse dado bajo otras condiciones. Solo podemos observar las condiciones bajo las que sí intercambiaron.

Al hablar de vendedores de droga Capella extiende la crítica más allá del acto de vender droga, el que Block defiende, y más allá de lo que puede demostrar, como acusa a Block de hacer en otras partes, afirmando que a menudo ‘‘suelen utilizar la violencia, con múltiples daños colaterales’’. Cuando el camello usa la violencia para conseguir sus fines no lo hace en función de camello sino de agresor. Esta no es parte necesaria de su trabajo. Sería más fácil entenderlo como una persona que a veces trafica con droga (legítimo) y a veces agrede (ilegítimo). Y sobre el adicto decir que su deterioro físico y psicológico pueda afecta a sus seres queridos no significa que ahí haya una violación de un derecho de propiedad, es decir, una razón legítima para aplicar fuerza sobre el adicto.

Capella critica ‘‘a algunos liberales es que parecen querer deducirlo todo de algunos axiomas apodícticos irrefutables’’, por lo que me doy por aludido. Según Capella los que llamaré aprioristas extremos no entendemos ‘‘que lo esencial en lógica es la consistencia (dígale eso a los hayekianos,), la no contradicción, y que hay proposiciones en los sistemas de ideas que no son simplemente deducibles.’’ Pero no hay nadie que niegue estos tres puntos. Capella continúa diciendo que no se puede construir todo un sistema ético desde un axioma. Y esto es cierto. Pero sí que se pueden establecer las bases de este y los principios rectores del mismo. En nuestro caso, el principio recto, el principio de no agresión. Desde la praxeología se puede llegara a una justificación ética de la propiedad privada como realizan Rothbard y Hoppe en sus obras.

Pero la justificación de la propiedad privada o que cada norma deba estar basada en el principio que esta implica, el NAP, no da respuesta a todo. Solo nos dice que, si queremos vivir en una sociedad de derecho privado bajo una ética libertaria, debemos llegar a cada norma mediante la argumentación y defensa de la propiedad privada. Por ejemplo, aunque la teoría libertaria de castigo determine cuál debe ser la violencia máxima que la víctima esté justificada a infligir contra el agresor, esto no implica que la víctima pueda decidir una restitución íntegramente monetaria en vez de ejercer fuerza contra el culpable o que los árbitros sea el que lo decida por costumbre. En ambos casos se ha respetado la propiedad privada de la víctima y del agresor o bien porque se ha respetado la decisión de ambos quienes habrán tenido que negociar y, por tanto, el intercambio es mutuamente beneficioso, o bien porque se ha respetado la de los árbitros, decisión sobre la cual ambas partes habían decidido vincularse.

Todavía quedan muchas otras críticas de Capella a las que se pueden ofrecer réplicas, pero invito a hacerlo al lector, especialmente al que se haya leído ya Defending the Undefendable.