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El realismo científico desde la perspectiva liberal

A menudo nos topamos con afirmaciones de que algo es (o no es) “científico” o que está (o no está) “comprobado científicamente”. El contexto puede ser cualquiera, desde un círculo académico, pasando por algún artículo periodístico o debate mediático, hasta una tertulia con amigos. La actual carrera de vacunas por la covid-19 –así como toda la coyuntura de la pandemia-, no ha hecho más que exacerbar la ubicuidad de este tipo de proposiciones.

Decir de una proposición que es “científica”, o que está “comprobada científicamente”, suele tener, en la enorme mayoría de los casos, una connotación positiva, en el sentido de que esa calificación le añade autoridad a la proposición. Ahora bien, si nos atrevemos a preguntarnos por qué esto es así, pronto nos adentraremos en profundas cuestiones epistemológicas y ontológicas que forman parte de una de las áreas esenciales de la filosofía de la ciencia: los debates en torno al realismo científico. El realismo científico puede ser caracterizado como “una actitud epistémica positiva hacia el contenido de nuestras mejores teorías y modelos, que promueve la creencia tanto en los aspectos observables como en los no-observables del mundo descripto por las ciencias”[1][2]. Los argumentos en contra del realismo científico pueden ser agrupados bajo la denominación antirrealismo científico.

Desde una perspectiva liberal, cabe preguntarnos cuál es el efecto sobre las libertades individuales según la actitud que uno adopte respecto del realismo científico. Para ser más concretos, consideremos las siguientes afirmaciones que caracterizan la posición de realismo científico[3]:

  1. Existe un mundo físico independiente de nuestras mentes, y ese es el mundo que los científicos estudian (afirmación metafísica).
  2. Las proposiciones científicas son literalmente verdaderas, y no simplemente útiles para predecir fenómenos (afirmación semántica).
  3. Las teorías científicas constituyen conocimiento (afirmación epistemológica).

¿Cuál es la actitud más liberal? ¿Aceptar estas afirmaciones (o alguna de ellas) o rechazarlas?

Riesgos del realismo científico

Un riesgo que podemos correr al aseverar con firmeza que el conocimiento científico constituye la Verdad es el de caer en un nuevo dogmatismo, que simplemente reemplaza a los dogmatismos religiosos precedentes. Para evitarlo, o minimizarlo, debemos por un lado abordar el complejo concepto de verdad, y por el otro, intentar determinar lo que la ciencia aporta como paradigma cualitativamente distinto a los demás.

Las conceptualizaciones de la verdad pueden ser muchas, y por tanto, es importante aclarar qué es lo que se quiere decir cuando se afirma que un hecho científico es “verdadero” (o “cierto”). Pensadores como Hegel, Nietzche, Whitehead o Foucault han puesto énfasis de una manera u otra en el aspecto relativo o pasajero del concepto de verdad. En los ataques de esos autores a la posibilidad de la verdad por medios científicos, por momentos encontramos vetas de antirracionalismo. Por su lado, Hume y posteriormente Popper han denunciado la irracionalidad de la inducción. En estos filósofos -a diferencia de los otros mencionados-, podemos advertir un escepticismo deseoso de evitar el irracionalismo[4]. Ambas vertientes[5] nos pueden servir para prevenirnos de entronizar las teorías científicas en un estatus sagrado.

La atemperación del fervor realista-científico es aconsejable porque:

  • Las aseveraciones científicas no dejan de ser falsificables y reemplazables por otras[6].
  • Promueve la verificabilidad intersubjetiva como principio científico esencial.
  • Predispone a una mejor detección de problemas metodológicos, tales como la crisis de replicación (las dificultades de replicar estudios científicos).
  • Nos ayuda a evitar caer en intentos de diseño social, tan propios de los totalitarismos. Hayek trazaba este grave error cientificista a lo que llamaba racionalismo constructivista, la concepción cartesiana basada sobre la creencia en una razón humana autónoma capaz de diseñar la civilización y la cultura fundándose en la justificación racional de los valores, a la vez que rechazando la tradición y el comportamiento convencional[7].

Virtudes del realismo científico

Si nos atenemos a la caracterización más general del realismo científico como una “actitud epistémica positiva”, podemos identificar algunos puntos favorables a la libertad que difícilmente habrían surgido en ausencia de dicha actitud:

  • La Ilustración fue incitada en gran medida por la ciencia. El liberalismo, como la ciencia, tiene aspiraciones racionales y empíricas. Éste no es el caso en los absolutismos políticos y religiosos, ni tampoco en el cinismo radical de algunos posmodernos.
  • La ciencia va contra el tribalismo y la preferencia personal, promoviendo reglas metodológicas que son universalmente inclusivas (cualquiera puede hacer ciencia).
  • Algunos de los pensadores que suelen estar más asociados con la defensa de la solidez del método científico entienden la “objetividad científica” como la “intersubjetividad del método científico”[8]. Bajo esta óptica de la aspiración a la verdad mediante hipótesis, la ciencia constituye una actividad comunitaria dependiente de la revisión por pares. Asimismo, promueve una ética de la crítica y de su protección legal.
  • Para hacer viables las opiniones políticas, necesitamos concebir la existencia de hechos sobre los cuales basarlas.[9]
  • La vertiente deductivista escéptica de la inducción, que por un lado parece atentar contra la ciencia, a la vez parece partir de prejuicios favorables a ella como paradigma de búsqueda de la verdad. Si bien es filosóficamente problemática –y para algunos críticos, errada[10]-, este escepticismo ha fomentado diversos refinamientos argumentativos que se han constituido en intentos de evitar posturas dogmáticas.
  • Las investigaciones de la epistemología bayesiana reafirman la importancia del método hipotético-deductivo (falsabilidad). Además, podrían extender la aplicación de las leyes de la lógica deductiva a grados de creencia (razonamiento probabilístico: deducción aplicada a métodos inductivos). Esto alienta la esperanza de continuar profundizando en el conocimiento de manera anti-dogmática.

Conclusiones

La relación entre ciencia, verdad y libertad es de gran complejidad. Las breves conclusiones que podemos incluir aquí pueden constituir disparadores para una larga investigación filosófica, y también hipótesis para estudios científicos.

En primer lugar, decir que no es necesario aceptar plenamente las tres afirmaciones (metafísica, semántica, epistemológica) del realismo científico para tener una predisposición positiva hacia el contenido de nuestras mejores teorías y modelos, aunque más no sea sobre los aspectos observables del mundo descripto por las ciencias[11]. Para ello, una opción es el agnosticismo respecto de esas afirmaciones: no respecto de lo que proponen las afirmaciones, sino de la posibilidad de determinar de manera concluyente si lo que proponen tiene sentido o no.

Si esto último es posible, podemos relevarnos de pronunciarnos a favor o en contra de esas afirmaciones, al menos a los efectos de nuestras metas liberales. Esta posición comparte con el instrumentalismo científico el énfasis en el uso de las teorías científicas por sobre su valor de verdad, pero, a diferencia de éste, se abstiene de proclamarse en contra de la posibilidad de que esas teorías se relacionen con una verdad objetiva. En todo caso, el valor moral de muchos de los cuestionamientos a la ciencia desde perspectivas socio-históricas relativistas es dudoso, ya que éstos no parecen haber logrado mejoras para los supuestos excluidos (los pobres, las minorías, etc.)[12]. Pero por contrapartida, también cabe dudar respecto de si realmente se gana algo tangible (pensemos específicamente en términos de libertades individuales) al proclamar el estatus de “hechos” a los resultados científicos. ¿No es esta proclama superabundante, y basta simplemente con hacer ciencia? Obsérvese que las acusaciones de dogmatismo cursan en ambas direcciones.

Nuestra actitud positiva para con la ciencia provendrá entonces no tanto de nuestra metafísica, semántica, o epistemología, sino (curiosamente) de la aplicación de la inducción en la observación de que: (1) la tecnología derivada de la ciencia nos ha brindado utilidad, y (2) las instituciones científicas han promovido la predisposición anti-dogmática a exponerse a prueba.

No obstante ello, es menester evitar el cientificismo y el intervencionismo progresista en nombre de la ciencia. Por otro lado, se debe ejercitar el análisis conceptual en pos de una constante clarificación de lo que se quiere decir, ajustando las hipótesis y operacionalizando las variables. También debemos estar atentos a usos abusivos del calificativo “científico” y apelaciones a la autoridad científica con la mera intención de exaltar o adornar cualquier proposición. Esto es especialmente importante en contextos de divulgación masiva, y vale tanto para las ciencias naturales como para las sociales. En lo que atañe a la ciencia, lo suyo es atenerse a la máxima wittgensteineana: “Lo que siquiera puede ser dicho, puede ser dicho claramente; y de lo que no se puede hablar, hay que callar”[13].

[1] https://plato.stanford.edu/entries/scientific-realism/#:~:text=Scientific%20realism%20is%20a%20positive,world%20described%20by%20the%20sciences.

[2] Para mayor claridad en el contexto de este breve artículo, diremos que cuando hablamos de “ciencia” nos referimos a las naturales y a las sociales, excluyendo a las formales.

[3] https://www.youtube.com/watch?v=i3DlhNgeqZk&ab_channel=Carneades.org

[4] Popper ha sido un duro crítico de Hegel y de la sociología del conocimiento que relativiza los logros de la ciencia. No obstante ello, admite que el racionalismo se funda en última instancia en una fe irracional, que, a pesar de todo, es preferible a una fe irracional en cualquier otro tipo de paradigma (Popper, Karl. The Open Society and Its Enemies, Volume 2 Hegel & Marx, Routledge, London, 1992, pp. 232-240).

[5] Y también otras, como la de los pragmáticos estadounidenses.

[6] Las que no son completamente falsificables, como la mecánica cuántica, al menos hacen predicciones observables probabilísticas, y por lo tanto son pasibles de ser reemplazadas por otras teorías con mejores porcentajes de éxito predictivo.

[7] https://isi.org/intercollegiate-review/hayek-on-the-role-of-reason-in-human-affairs/#:~:text=Hayek’s%20argument%20is%20primarily%20directed,socially%20autonomous%20human%20reason%20capable

https://www.marcialpons.es/libros/la-contrarrevolucion-de-la-ciencia/978…

[8] Popper, Karl. The Open Society and Its Enemies, Volume 2 Hegel & Marx, Routledge, London, 1992, pp. 217. Popper propone el experimento mental de imaginarnos a un Robinson Crusoe que llega a resultados científicos por sus propias experimentaciones y medios en soledad. Popper aun distingue a esta “ciencia revelada” crusoniana de la verdadera ciencia, que requiere una comunidad para replicar los experimentos.

[9] Hannah Arendt, Between Past and Future. New York: Viking Press, 1961. Revised edition, 1968, p.238 (https://plato.stanford.edu/entries/arendt/):

“La libertad de opinión es una farsa a menos que se garantice la información fáctica y los hechos en sí no estén en disputa. En otras palabras, la verdad fáctica informa al pensamiento político así como la verdad racional informa a la especulación filosófica.”

Caracterización de John Searle:

https://www.youtube.com/watch?v=N6mnYVJAGwQ&ab_channel=INTELECOM

[10] Huemer, Michael. You Don’t Agree with Karl Popperhttps://fakenous.net/?p=1239

[11] La distinción de aspectos observables frente a no-observables es crucial, por ejemplo, para las teorías del constructivismo empírico de Bas Van Fraassen:

https://plato.stanford.edu/entries/constructive-empiricism/

[12] Un ejemplo. Timothy Ferris refiriéndose al trabajo crítico de Bruno Latour (1:08:23):

Otro ejemplo. John Searle sobre, nuevamente, Latour:

https://www.revistadelibros.com/articulo_imprimible.php?art=4868&t=articulos

[13] “Was sich überhaupt sagen lässt, lässt sich klar sagen; und wovon mann nicht reden kann, daruber muss man schweigen.“ Wittgenstein, Ludwig. Tractatus Logico-Philosophicus, Alianza Universidad, Madrid 1993, págs. 10-11 (Prólogo).

La difícil recuperación del mercado de trabajo en España

La pasada semana, Podemos puso encima de la mesa la posibilidad de reducir la semana laboral a cuatro días. ¿Es una medida factible o deseable? Ni una cosa ni otra. Si la productividad del trabajo en nuestro país es baja, esta política no es la más acertada.

La productividad laboral no indica que los trabajadores sean más o menos vagos: es el resultado de un conjunto de factores mucho más complejos. Por ejemplo, la proporción de trabajadores empleados en empresas y actividades de baja productividad.

En España, el lastre en lo que respecta a la productividad se debe a la importancia del sector de la construcción y de los servicios, porque requieren de trabajadores poco cualificados.

En el informe del pasado febrero de la Comisión Europea sobre España, en el que se evaluaban los avances en las reformas estructurales y la prevención y la corrección de los desequilibrios macroeconómicos, se explicaba que en España existe una proporción relativamente alta de sectores con una menor productividad laboral. Y también, que hay una mayor proporción de empleo en empresas más pequeñas.

Las empresas más pequeñas tienden a ser menos productivas que las grandes por diferentes razones, como las economías de escala. Pero hay que añadir el acceso más difícil a la financiación y una intensidad de capital más limitada.

En lugar de plantearse si, para que haya una mayor productividad, sería conveniente analizar las razones detrás de estas circunstancias, Podemos sale con la reducción de la semana laboral, como si dar empleo fuera tan sencillo como “ceder” horas de trabajo para que “quepamos más”.

Muy lejos de la realidad, porque no existe una cantidad de trabajo homogénea, estática, que se puede repartir como si fuera una tarta. En realidad, nada es como una tarta que se reparte en economía. Al revés, tanto el empleo, como la riqueza, como el capital, se comportan mas como flujos que aumentan y disminuyen en función de muchos factores.

Sí, todo es muy complejo, hipercomplejo, para ser más exactos. Y eso hace que los analistas, por razones didácticas, nos sometamos a simplificaciones que nos permitan observar las relaciones económicas, con el único objetivo de lograr resolver esos desajustes económicos, como en nuestro país es el desempleo. Es decir, el problema a resolver es cómo crear puestos de trabajo sostenibles que generen mayor valor añadido.

Ahogar al empresario no parece la solución. Por el contrario, generar incentivos que animen a los empresarios a producir en sectores que aportan más valor añadido, y que contraten trabajadores, siempre sin coacción, suena mucho más sensato. Porque, no hay que olvidar que el pequeño empresario y el autónomo, que son la gran mayoría de nuestros empresarios, se juegan sus ahorros.

No se les puede pedir que lo hagan siguiendo las directrices del partido. Siguiendo la misma lógica, perseguir el ahorro y la inversión tampoco son medidas que permiten el crecimiento del tamaño de las micro y pequeñas empresas.

Ya hablaba de este problema Sergio Ricossa en El fin de la economía, cuya traducción revisada por mí, gracias a la generosidad del profesor Alberto Mingardi, saldrá en poco tiempo.

El economista italiano, fallecido hace casi cinco años, planteaba dos perspectivas de la economía: la imperfectista y la perfectista. La segunda es la defendida por autores como Marx, Keynes y, salvando las distancias siderales que les separan, los economistas podemitas. Este punto de vista pretende lograr que, al final, el estado todopoderoso provea todo y los trabajadores, en ese mundo perfecto, no tengan que trabajar.

El imperfectismo parte de la base de nuestras limitaciones y estudia, dada la naturaleza humana, en qué condiciones podemos lograr nuestras metas económicas sin perjudicar al resto. El imperfectismo real exige que no se demonice al empresario, sino que se reconozca su labor social al crear puestos de trabajo.

El mensaje populista en momentos como los que vivimos, en los que se prevé que la crisis que tenemos encima va a ir a peor, pero no sabemos cuándo, es inmoral. La necesidad de aprobar como sea los presupuestos, de hacer tiempo hasta que lleguen los fondos europeos sin montar mucho alboroto es lo que lleva a presentar propuestas que no se sostienen ni sobre el papel.

Personalmente, estoy esperando la llegada de los requisitos concretos asociados a los fondos europeos. Estoy preparada para que Pablo Iglesias se quite el disfraz y retome lo que defendía hace dos años en la campaña electoral andaluza.

Ya entonces, además de proclamar que la Transición española se hizo mirando al norte y olvidando a Andalucía, cargaba contra la Unión Europea. Su principal objetivo a derribar era Angela Merkel, por supuesto, a la que acusaba de neoliberal (miren, ojalá) y de abrir las puertas con sus políticas a fascistas como Salvini en Italia. Y escenificaba toda esta rabia en una frase memorable: “Si Europa no mira al sur, se acabó Europa”.

El ombliguismo narcisista de nuestro vicepresidente olvida a los países de la antigua Unión Soviética que se están aplicando para tener una economía fuerte, y que nos ven como la cigarra del cuento. Ya se ha cuestionado qué pasó con los fondos europeos de la crisis del 2008. Nuestros socios europeos se preguntan cómo los hemos invertido y por qué otros países (que no son Alemania) han logrado desarrollar una economía más sólida estando en una situación similar.

Pero también estoy preparada para que Iglesias traicione sus principios y descargue la culpa en Sánchez acusándole, como ya hizo en el 2018 cuando, al ser rechazados los presupuestos por la Unión Europea, señaló a Sánchez por no haberlos defendido bien. Vamos a ver dónde quedan las bravuconadas cuando se dispare el desempleo al finalizar la prórroga de los ERTE.

La suerte de Sánchez se alimenta de una oposición dividida y con poca coherencia en su actitud hacia el PSOE. Ojalá que para cuando se produzca la escisión Sánchez-Iglesias, las cosas sean de otra manera y se acabe la pesadilla.

La verdadera lucha por el poder

Decía Montesquieu que quien tiene poder tiende a abusar del mismo hasta que encuentra el límite; de ahí su empeño en propugnar una separación de poderes que garantizara la libertad como objetivo político. Y es que si en un Estado, “en una sociedad en la que hay leyes, la libertad sólo puede consistir en poder hacer lo que se debe querer y en no estar obligado a hacer lo que no se debe querer”, era esencial establecer pesos y contrapesos que limitasen la capacidad de los poderosos de imponer sus criterios sobre lo que se “debe querer”, traducido en leyes.

El problema es que el hombre no es el animal racional que nos han vendido; que ese “deber querer” de cada hombre está condicionado, en gran medida, por lo que creen quienes le rodean; que es la emoción, y no la fría razón, quien nos ayuda a medir el valor de las cosas y nos guía, inconscientemente, mientras navegamos por la vida –alejándonos de cosas susceptibles de causar dolor y acercándonos a otras que probablemente producirán satisfacción-; es la emoción quien nos da la energía que impulsa, organiza, amplifica y atenúa nuestra capacidad racional.

Es esa misma emoción la que hace que los individuos tiendan a formar grupos, basados en las características más arbitrarias que quepa imaginar. Hay científicos, de hecho, que propugnan que nuestras neuronas, de manera espontánea, recrean -o tienden a recrear- los patrones mentales de quienes nos rodean (por supuesto, sin tener que someterlos previamente a un análisis crítico exhaustivo). De hecho, según algunos autores, cuanto más se imitan dos personas una a otra, más se gustan; y cuanto más se gustan, más se imitan.

Gramsci, en cierto modo, lo entendió muy bien, de ahí su empeño, el suyo y el de sus seguidores, en ir alcanzando una hegemonía cultural acorde con sus ideas. Basta, de hecho, con que esté generalizada esa “imagen” de hegemonía por parte de un grupo, sea o no realmente mayoritario, para que el mismo gane adeptos sin casi esfuerzo. Por eso es por lo que es tan importante para algunos el dominio de los medios de comunicación… por eso es fundamental no abandonar nunca la batalla cultural: el problema no es partidista, de quién gobierne cuatro años gracias a la propaganda y los medios; el problema es que si se pierde esa batalla cultural se habrán acabado nuestras libertades tal y como las entendemos, haya o no separación de poderes, pesos y contrapesos, porque la mayoría impondrá lo que se “debe querer” y los disidentes podremos hacer bien poco.

Muchos de nuestros políticos, sin embargo, parecen no haberse enterado. A este ritmo, jamás se enterarán. Parece que tampoco nos hemos enterado muchos de nosotros, aunque nos vaya nuestro futuro en ello y el poder vivir la vida como la hemos entendido hasta ahora.

Polilogismo e ideología identitaria

Ludwig von Mises es uno de los mejores pensadores del pasado siglo. Tiene numerosas contribuciones a la ciencia económica, varias de ellas de primer orden. Pero su obra muestra que sus intereses iban mucho más allá de la ciencia económica. Esto encaja con la visión que tenía Mises de ella, pues a su juicio era sólo una rama de lo que consideraba una ciencia general de la acción del hombre.

Se esforzó por descubrir el entorno científico de la economía y de las ciencias sociales. Tanto, que le dedicó nada menos que cuatro obras. La primera, del año 1933, cuando estaba perfilando sus ideas, se titula en español Problemas epistemológicos de la economía. Luego reformuló sus ideas en su gran tratado de economía, que es también una obra de filosofía, La acción humana (1949). En Teoría e historia (1957) vuelve a exponer sus ideas al respecto de la metodología de las ciencias sociales, y especialmente de la historia. Y en 1962, con 81 años, publica Los fundamentos últimos de la ciencia económica, en que vuelven a aparecer algunos de los problemas que se plantea el estudio de la acción del hombre, como la incertidumbre, el monismo o el positivismo. Todos ellos publicados en español por Unión Editorial.

Tanto esfuerzo destinado a pensar, con una sólida base filosófica de raíz kantiana, sobre el papel de la ciencia económica y del resto de ciencias sociales, le llevaron en su magnum opus a acuñar el concepto de polilogismo. Es una idea fundamental para entender algunas de las corrientes de pensamiento que marcaron el siglo pasado y, como veremos, nos sigue siendo útil para entender el asalto a la razón en el pegajoso siglo XXI.

Para Ludwig von Mises, el economista participa de la naturaleza de su objeto de estudio: el hombre y su acción. Ese conocimiento de primera mano le permite describir un conjunto de afirmaciones que son evidentes por sí mismas, y que no se pueden negar sin contradicción. Son los axiomas de la acción (actuar consiste en buscar fines acudiendo a medios, la acción no es instantánea y se desarrolla en el tiempo, toda acción se desarrolla con un cierto grado de incertidumbre….). A partir de ese número de axiomas, y sobre ciertos presupuestos de la acción (cómo se valoran n’ bienes iguales, o qué ocurre si sobre una parcela de terreno añadimos sucesivas unidades de trabajo), se elaboran las leyes económicas. Luego seguimos ampliando el acervo de las leyes económicas sobre nuevos supuestos, y con el apoyo de las leyes económicas ya descubiertas. Es, como se ve, un método hipotético-deductivo.

Esto es necesario saberlo, porque así podemos entender que, para el autor, el uso de la razón es primordial. En La Acción Humana dedica nada menos que un capítulo a defender la ciencia económica de lo que llamó “la rebelión contra la razón”. Una rebelión que procede de la frustración de ciertos intelectuales ante la dificultad de mantener sus ideas sobre el afilado contorno de la razón, sin que éstas queden cortadas, y descompuestas.

Así, Carlos Marx se tuvo que enfrentar a “la inquebrantable dialéctica de los economistas”. Y lo hizo rompiendo la razón en pedazos. “La razón humana, arguyó, es, por naturaleza, incapaz de hallar la verdad. No existe una razón universalmente válida. La mente normalmente sólo produce ‘ideologías’; es decir, con arreglo a la terminología marxista, conjuntos de ideas destinados a disimular y enmascarar los ruines intereses de la propia clase social del pensador”. Eso, en el caso de que se trate de un burgués, pues “las ideas que la lógica proletaria engendra no son ideas partidistas, sino emanaciones de la más pura y estricta lógica” (en palabras del marxista Eugen Dietzgen). A esta situación en la que la lógica está quebrada, en la que hay distintas lógicas que se corresponden con distintas fuentes sociales, económicas o raciales, Ludwig von Mises lo llamó polilogismo.

Así, “el polilogismo racista difiere del anterior tan sólo en que esa dispar estructura mental la atribuye a las distintas razas, proclamando que los miembros de cada una de ellas, independientemente de su filiación clasista, poseen la misma estructura lógica”.

Como señala el economista, los polilogistas nunca detallan en qué consisten estas necesarias diferencias entre las distintas lógicas, ni en consecuencia ofrecen una explicación de las mismas. Igualmente, cuando un alemán no razona como prescribe la teoría nacional socialista, los polilogistas en lugar de reconocer el fracaso de su posición dicen de él que “no habla como un verdadero alemán”. Como señala Mises, “los defensores del polilogismo, para ser consecuentes, deberían sostener que, si el sujeto es miembro de la clase, nación o raza correcta, las ideas que emita han de resultar invariablemente rectas y procedentes”. Pero, al final, “los marxistas, por ejemplo, califican de ‘pensador propietario’ a cualquiera que defienda sus ideas”, independientemente de su clase social. Por supuesto, la práctica totalidad de los pensadores marxistas resultan ser burgueses. Como los propios marxistas han roto a pedazos la razón, este hecho no supone para ellos ninguna contradicción.

Este polilogismo se renovó a partir de los años 20’. En esos años, el marxismo entró en cierta crisis intelectual, precisamente cuando sus ideas empezaban a aplicarse trágicamente en Rusia. No era ajena a esa crisis precisamente el libro Socialismo del propio Ludwig von Mises. El nazismo, sin embargo, germinaba sobre el fértil terreno del nacionalismo y del socialismo alemanes. En esa década, Karl Manheimm inició lo que se llamó sociología del conocimiento. Esta rama de la sociología, entre otros problemas, quería describir el modo en que las ideologías respondían a condiciones económicas o sociales precisas. Tú no piensas como individuo, sino que tu pensamiento es una secreción de las condiciones sociales en las que vives.

Estas excursiones de algunos filósofos por la sima del irracionalismo, o antirracionalismo, tienen una versión práctica en los debates en la sociedad en su conjunto. Lo que ha quedado en el uso común de ese polilogismo es el mecanismo de cancelación del otro porque no tiene la ideología aprobada. En Teoría e Historia, dice Mises: “puesto que los marxistas no admiten que las diferencias de opinión puedan resolverse por medio de la discusión y la persuasión, o decidirse por el voto de la mayoría, no hay ninguna otra solución que no sea la guerra civil”. Pero en una sociedad democrática, ese recurso a la guerra civil es más complicado. El polilogismo desemboca en el silenciamiento del contrario, pero tiene que ser por otros medios.

Lo interesante del caso es que el polilogismo ha encontrado nuevas ideologías sobre las que prosperar. El argumento de que tú no tienes razón porque eres judío y piensas como un judío, sin haber desaparecido del todo, ha perdido su antiguo prestigio. Pero hoy vemos un racismo renovado. Los negros piensan como negros, los mapuches como mapuches, y en el fondo del todo, los blancos, que piensan como blancos.

Así mismo, los hombres piensan como hombres. Cada uno de ellos adquiere, no está claro si por vía genética como el racismo, o puramente cultural, una concepción de la vida patriarcal. Esa concepción de las relaciones personales, de la vida en sociedad, se auto perpetúa sobre el interés común de todos los hombres de ejercer un poder sobre las mujeres. Por eso ellos piensan en patriarcado. De nuevo, aparece el polilogismo.

La ideología identitaria borra al individuo, lo subsume en un grupo al que achaca cualidades propias, que alcanzan a cada uno de sus miembros. Entre ellas está la razón propia de cada identidad (sexual, racial…). Sólo el individuo tiene la capacidad de razonar. Y, uno a uno, la razón que utilizan en sus enfrentados discursos, ha de ser la misma. El identitarismo es una nueva rebelión contra la razón.

Los peligros de una democracia podrida

Hemos enaltecido la democracia. En los foros políticos, en los medios de comunicación, incluso en las reuniones sociales, la democracia se plantea como un concepto, una institución a la que no se puede manchar y criticar, de la que no se puede dudar. A cualquiera que abunde en alguna de estas acciones con cierta persistencia se le termina considerando un peligro para el sistema, un amigo del autoritarismo, del totalitarismo más peligroso. Si dudas de las intenciones de los partidos, te espetan que crees uno y ganes las elecciones, como si fuera fácil hacerlo y esa fuera la solución; si dudas de las mayorías, por considerar que pueden promover medidas injustas, ilegítimas o ilegales, se te recuerda que las mayorías, primero en las votaciones y luego en las instituciones legislativas o ejecutivas, son las que, en la práctica, deciden ¡cualquier cosa!

Cabe preguntarse ante qué estamos. ¿Una organización política de la sociedad, una organización que permite la transición en el poder de una manera pacífica y frecuente? ¿O estamos ante una, hasta cierto punto, novedosa religión a la que debemos sumisión y obediencia? Es la actitud acrítica de la ciudanía la que permite la creación de los sistemas totalitarios más persistentes, precisamente porque se asientan sobre una legitimidad irrefutable del sistema. La putrefacción de la democracia limita, reduce e incluso elimina las ideas que nos permiten ejercer nuestra libertad, nuestra individualidad, no pocas veces apoyada en una falsa sensación de seguridad o en alguna ideología que funciona como moral universal, generándose de esta manera algunos de los regímenes autoritarios más duraderos.

Las elecciones (del legislativo, en el caso español, que es el que termina eligiendo al presidente del ejecutivo) son para algunos el único signo de que estamos en democracia. El resto de las características del sistema pasan a segundo término o simplemente se ignoran. Elegir entre un puñado de partidos o grupos políticos a un puñado de gobernantes no tiene por qué garantizar nada si estos ejercen después un poder despótico y favorecen una corrupción institucional. En varios regímenes autoritarios y totalitarios actuales se celebran elecciones periódicas en las que confluyen hasta políticos de la oposición, para ser elegido el que debe ser elegido. La cercanía ideológica entre partidos suele hacer que las políticas apenas varíen con la alternancia, lo que tampoco genera ninguna tranquilidad si las ideas predominantes atacan esos principios básicos, como la propiedad, la vida, la seguridad jurídica y el Estado de derecho. En algunos países, se ha visto que el punto débil está en el propio proceso electivo, donde la capacidad de manipulación, de fraude, es elevada, lo que no sé si invalidará las elecciones, pero hace que la legitimidad del sistema se reduzca.

La separación de poderes es otro de los pilares fundamentales de la democracia, ya que sobre su independencia radica la vigilancia del funcionamiento del sistema. Que haya poderes vigilantes entre ellos tampoco me ha parecido un hecho que dé tranquilidad a los ciudadanos. Siempre he dicho, medio en broma, medio en serio, que en la URSS también había tres poderes que se vigilaban mutuamente, a saber: el KGB, el Ejército y el PCUS; y eso no hizo al régimen más libre ni menos sensible a la corrupción. Desde el principio en la democracia española, esta división de poderes es más teórica que real. El hecho de votar por congresistas y senadores y que luego estos elijan a un presidente hace que no dependa directamente del votante ese poder ejecutivo y la formación de gobierno. Los diputados responden ante el partido que les pone en las listas y no ante los votantes que los eligen para defender sus asuntos. Se da mucha importancia a los acuerdos y la búsqueda de mayorías, pero el ciudadano no pinta nada en ellos una vez depositada la papeleta en la urna (o tomada la decisión de abstenerse o votar en blanco, que tanto da).

En cuanto al poder judicial, pinta peor. De los tres, es el que más independencia debería tener para poder juzgar, acorde a la Ley, las ilegalidades de los otros. La necesidad del ejecutivo de parasitarlo (con, seguramente, aviesas intenciones) minimizaría, de conseguirlo, su capacidad de control y reduciría la seguridad jurídica y la igualdad de todos ante la Ley. Actualmente, en España, el control de la Fiscalía por parte del Gobierno ya es una tara bastante importante. Al final, los tres poderes se convertirían en uno, lo que es muy propio de una partitocracia. De hecho, una de las críticas más feroces a la democracia es precisamente que los tres poderes son, en realidad, uno solo y lo que padecemos es una especie de ensoñación de independencia y control.

El Estado de derecho supone esa pata en la que más confían los que son conscientes de su existencia. Sin embargo, y de nuevo, tampoco tiene que garantizar nada si la naturaleza de las leyes que lo conforman no protege esos principios básicos que ya he mencionado. Si por mayoría en el Parlamento se impone una ley que se apropia del 90% de tus rentas, que controla o expropia el 90% de tus propiedades y te obliga a trabajar para el Estado el 90% de tu tiempo laboral, será legal y hasta legítimo, pero estaremos creando un Estado democrático de naturaleza esclavista. Los que hayan promovido esta ley se encargarán de que su reversión sea dificultosa, lo que llevará a esa sociedad a una legislación asfixiante. Quizá he puesto como ejemplo un esperpento, pero podemos reflexionar sobre muchas leyes que, hoy por hoy y en plena democracia, afectan a grupos de personas que, por actividad o nivel de renta, incluso por su propia naturaleza, y en nombre de la santa redistribución o la santa igualdad, sufren cada vez más. La presión fiscal termina favoreciendo un Estado clientelar, incluso paternal, ya que se necesita una base social que lo apoye, incluso cuando la recaudación sea muy inferior a las necesidades de esos grupos favorecidos, al menos legalmente, frente a los desfavorecidos fiscalmente.

Esto nos acerca al concepto maldito de la igualdad, que es otra de las bases morales para las medidas más despiadadas que surgen en democracia. La igualdad ante la Ley no es lo mismo que la igualdad por la Ley, sobre todo si la primera igualdad es fácil de aplicar y la segunda es difícil de definir. El feminismo, históricamente, ha buscado la igualdad de mujer y varón ante la Ley y que no haya diferencias a la hora de aplicarla. Los homosexuales también han buscado esa igualdad, sobre todo desde el punto de vista de sus relaciones y lo que implican legalmente (herencias, adopción, etc.). Las etnias en minoría buscan que no se les discrimine por su aspecto o cultura. En general, los colectivos que se han sentido discriminados han buscado esa ecuanimidad legal. Sin embargo, en las últimas décadas, algunas organizaciones (que no tienen por qué representar a todos los miembros del colectivo) se han lanzado a la promoción de una serie de leyes que usan la discriminación positiva con la idea de cerrar “heridas” y conseguir situaciones adecuadas en contextos sociales, como los famosos techos de cristal, brechas salariales o cuotas, entorpeciendo o limitando el acceso a los que hasta ahora se han visto, real o falsamente, favorecidos, promoviendo leyes y normas que favorecen tal discriminación. Esta evolución ha encontrado acomodo en el Estado clientelar, pues supone un caladero de votos, sobre todo para los partidos más implicados con el cambio, a la vez que, a los que no lo eran, no les queda más remedio que incorporar a sus programas estas políticas, traicionando de alguna manera a los que creían en el partido por unos principios.

La democracia no es un sistema perfecto, pero sí que es fuente de legitimidad y, si no se permanece atento a su evolución, puede derivar en una dictadura perfectamente legítima. Esa vigilancia no es cuestión de unos poderes que anidan en las instituciones políticas, es una cuestión de todos. Denunciar su corrupción, su descomposición, su putrefacción es un deber. La crítica, incluido el poner en duda al sistema, es una obligación de todos, pues se deben corregir las desviaciones antes de que terminemos en un Estado totalitario del que nos sea más difícil salir.

Se atribuye a Winston Churchill la frase “la democracia es el peor sistema de gobierno, a excepción de todos los demás que se han inventado”. No estoy seguro de esta afirmación, pero el resto de los sistemas políticos que conozco es peor. De lo que sí que estoy seguro es de que el genial político británico no quiso idealizarla como si de una religión estuviésemos hablando. De lo que también estoy seguro es de que lo que importa en la democracia es la naturaleza de las normas y leyes que la conforman y no tanto de las estructuras de poder. Si las leyes respetan y promueven el respeto a la vida y la libertad, a la propiedad y su defensa, favorecen la seguridad jurídica, la igualdad de todos ante la Ley, aseguran el respeto de los acuerdos y favorecen la colaboración entre los ciudadanos e instituciones, es más complicado que el sistema se corrompa. Lo opuesto a estas pautas deriva en un Estado podrido, en una democracia podrida.

Por qué se equivoca el Banco Central Europeo

“Don’t waste your time always searching for those wasted years”. Adrian Smith

Una de las grandes equivocaciones entre los economistas es recibir las medidas de los bancos centrales como la verdad revelada. Sorprende y preocupa que se considere como obligatorio defender todas y cada una de las acciones de los bancos centrales. Eso, por supuesto, en público.

En privado, una gran parte de colegas se llevan las manos a la cabeza ante la acumulación de desequilibrios. Y, como en tantas ocasiones, la falta de crítica constructiva lleva a la autocomplacencia y a una cadena de errores que posteriormente lamentamos todos los ciudadanos.

La política monetaria en Europa ha pasado de ser una herramienta para ayudar a los estados a hacer reformas estructurales a convertirse en una excusa para no llevarlas a cabo.

La financiación constante de déficits de países que perpetúan desequilibrios estructurales no solo no ha ayudado a fortalecer el crecimiento, ya que la Eurozona ya sufría constantes rebajas de estimaciones antes de la crisis de la Covid-19, sino que está blanqueando los populismos que ponen en peligro el progreso y el crecimiento de la eurozona. El populismo no se combate blanqueándolo, y el impacto a medio y largo plazo en la eurozona es incuestionablemente negativo.

Se introduce la idea en el ciudadano de que las reformas estructurales y la prudencia presupuestaria son cosas que se implementaron para fastidiar por políticos con mala intención, y se blanquea la idea de que hay dinero ilimitado para lo que sea, cuando sea y como sea.

Sorprende escuchar a algunos economistas del Banco Central Europeo o la Reserva Federal que no entienden cómo se extiende la idea de que se puede imprimir dinero eternamente sin riesgo cuando son ellos los que están dando esa falsa sensación de seguridad. Porque el banco central disfraza el riesgo durante un tiempo, pero no lo elimina.

Grecia, Chipre, Lituania, Eslovaquia, España, Portugal, Eslovenia se financian ya a tipos negativos reales. Los tipos negativos no son una señal de confianza en el gobierno, sino una aberración de una política monetaria que esconde el verdadero riesgo. Y tarde o temprano salta.

Decir que los tipos negativos de deuda son el reflejo de la confianza de los mercados en el país es una broma cuando el BCE compra la totalidad de las emisiones netas después de vencimientos.

Esa “confianza” en la capacidad del BCE solo se sostiene si la eurozona crece y Alemania sigue financiándolo. Y no es eterna. Lo expliqué en detalle en mi artículo La deuda no es un apunte contable.

Por supuesto, ustedes dirán que esto es una política excepcional por la crisis de la Covid, que requiere medidas excepcionales. Solo hay un problema con ese argumento: que es falso.

La política ha sido ultra-expansiva desde hace más de diez años, en crisis, recuperación, crecimiento y estabilización. De hecho, el banco central se convierte en rehén de unos estados que no reducen sus desequilibrios estructurales, sino que los perpetúan porque el coste de la deuda es bajo y el BCE “apoya”.

No es una casualidad que el impulso reformista en la Eurozona se haya parado en seco desde 2014. Coincide exactamente con la mal llamada barra libre de liquidez.

Los tipos bajos y la alta liquidez nunca han sido un incentivo para reducir los desequilibrios, sino un claro incentivo para aumentar la deuda.

Ese es el gran problema. Una vez puesta en marcha, la política monetaria mal llamada expansiva no se puede parar. ¿Se cree alguien en el BCE que estados con un déficit estructural superior al 4% anual van a eliminarlo mientras haya tipos negativos? ¿Sinceramente se cree alguien en el BCE que, tras la crisis de la Covid, no se van a inventar decenas de excusas para perpetuar una política fiscal y monetaria cuyos resultados son, como mínimo, decepcionantes considerando el enorme volumen de recursos utilizados?

La peor excusa de todas es que “no hay inflación”. Es como conducir un coche a 300 km/h por la autopista, mirar por el espejo retrovisor y decir “aún no nos hemos matado, acelera”.

No es una casualidad que en la eurozona se hayan disparado las protestas por el aumento del coste de la vida mientras nos dicen que “no hay inflación”, pero además es, como mínimo, imprudente decir que no hay inflación sin considerar los activos financieros que dicha política ha disparado.

Bonos de países insolventes a 10 años con tipos negativos reales es enorme inflación. El aumento de los precios de los bienes y servicios no replicables, que triplica la inflación oficial en muchos casos, como muestra un estudio reciente de Bloomberg Economics, es especialmente preocupante cuando la política monetaria incentiva el gasto improductivo y perpetuar la sobrecapacidad en sectores de baja productividad, que significa menores salarios reales en el futuro por menor crecimiento de la productividad.

Un estudio reciente de Alberto Cavallo de la Harvard Business School y de Bloomberg Economics precisamente alertan sobre ese diferencial entre la inflación real que sufren los consumidores, especialmente los más pobres, y el IPC oficial. Tomen, por ejemplo, el IPC de la eurozona de noviembre. La cifra es -0,3%.

“No hay inflación” ¿verdad? Sin embargo, en ese mismo dato los alimentos frescos suben un 4,3%, los servicios un 0,6% y el componente de energía ha caído un 8,3%… sin embargo, ningún ciudadano europeo ha visto una caída del 8,3% en su factura energética, porque ni la gasolina ni el gas natural o la electricidad incluyendo tasas e impuestos han caído tanto.

De hecho, si analizamos el coste de la vida con los bienes y servicios que realmente usamos con frecuencia, nos damos cuenta de que en una crisis sin precedentes recientes como la de 2020 los precios para las capas más pobres suben casi el triple de lo que muestra el IPC, y eso, añadido al factor distorsionador de la enorme inflación en activos financieros, genera enormes diferenciales sociales.

Cuando, además, el BCE ignora la tendencia demográfica (la longevidad reduce las presiones inflacionistas), el efecto de la sobrecapacidad y la tecnología y lanza billones de euros que inflan los mercados y la deuda pública, se acumulan riesgos mucho mayores que los supuestos beneficios que pueda generar la política.

Todos estos incentivos perversos y errores se solventarían con una regla de Taylor que impidiese la discrecionalidad del banco central.

1.- Centrar las medidas en resultados y datos concretos y, con ello, delimitar la acción es clave para mitigar -tal vez no eliminar- los incentivos perversos. En mi conversación con John B Taylor lo explicábamos. Hay una enorme diferencia entre criticar que los bancos centrales pueden hacer todo siempre y sin control a pensar que eso es decir que no deben hacer nada.

2.- Adicionalmente, el banco central debe dar guías claras y definitivas sobre la temporalidad y máximo de las medidas. Uno de los más peligrosos incentivos perversos lo vimos en 2018 cuando, ante la posibilidad de una normalización más que moderada de la política monetaria, estados e inversores fuerzan la mano de los bancos centrales para que prosigan con las inyecciones masivas. En menos de dos meses los bancos centrales cambiaron su política 180 grados.

3.- El papel del banco central no es combatir el cambio climático ni justificar presupuestos insostenibles. Es funcionar como garantía de liquidez, no garantía de coste bajo ni mucho menos garante de primer recurso. Es aterrador que Estados europeos que ya se financiaban a tipos reales negativos antes de la crisis entrarían en colapso por un aumento raquítico del coste de la deuda de 0,5%… Muestra la gravedad de la burbuja creada.

4.- El papel del banco central no es rescatar a inversores y gobiernos que juegan a “cuanto peor, mejor” y compran los activos más arriesgados o gastan sin control asumiendo que la política monetaria les va a rescatar eternamente, sino evitar que esas apuestas apalancadas a gastar sin control o comprar basura porque sube mucho -cuando sube- no se generen o, desde luego, no incentivarlas.

5.- El papel del Banco Central no es copiar los desequilibrios de otros. El BCE no es la Reserva Federal, ni el euro es el dólar, moneda de reserva del mundo. El balance del BCE ya pesa el 61% del PIB de la eurozona, mientras el de la Fed solo el 34%. No podemos jugar de manera peligrosa con la credibilidad de la eurozona a largo plazo solo porque a corto plazo “no pasa nada”, sobre todo cuando sí pasa.

6.- Apoyar la recuperación no es apoyar los desequilibrios estructurales ni mucho menos el gasto político improductivo. El objetivo de un banco central no es que un estado financie cualquier cosa a tipos artificialmente bajos sin distinción. Compromete la independencia y genera enormes efectos negativos sobre los ciudadanos a medio plazo, al erosionar los salarios reales y la productividad.

7.- Algo que no funciona bien en crecimiento no es por culpa de no hacer más. La liquidez excedentaria en el BCE es más de 3,4 billones de euros. Ya era más de 2 billones en periodo de crecimiento. Si la política monetaria no ha funcionado no es porque sea un problema de inyectar más liquidez, cuando sobra claramente, sino de solvencia. Y eso no se soluciona con una política que incentiva la deuda, penaliza el ahorro prudente y perpetúa los problemas de zombificación con tipos artificialmente bajos. No es una casualidad que el porcentaje de empresas zombi se haya disparado en época de crecimiento con los tipos negativos.

8.- Una política monetaria que genera burbujas y riesgo financiero no se soluciona con la misma política, pero destruyendo el poder adquisitivo de la moneda. Si la política monetaria no ha funcionado no es porque no se cree “dinero para el pueblo” a la venezolana o argentina, sino porque la inversión productiva y el crecimiento vienen del ahorro y de la prudencia con el riesgo, no del gasto desbocado y la deuda. No se soluciona un problema de incentivos perversos con uno de mayor destrucción y empobrecimiento.

Que, de momento, no se perciban enormes riesgos -o no los perciban los gestores del banco central- no significa que no se creen. La deuda con rentabilidad negativa, que ha alcanzado a nivel global un récord de 18 billones de dólares, liderado por la eurozona y Japón, no es una señal de confianza, sino de un enorme riesgo de estancamiento secular.

Cuando el banco central argumenta que sólo ofrece una herramienta, pero a la vez da recomendaciones de política fiscal y presupuestaria incentivando a “no temer a la deuda” y gastar mucho más, no solo pierde la independencia a medio plazo, sino que es igual que un camarero que no para de servirte copas, te incita a beberlas (ojo) y luego te culpa de la borrachera.

Introducir estos enormes desequilibrios tiene importantes riesgos, y no son especulaciones a futuro. Son realidades. Enorme desconexión entre activos financieros y economía real, Estados insolventes financiándose a tipos negativos, burbujas, deuda de empresas zombi o deuda basura con rentabilidades exigidas a mínimos históricos, aumento agresivo de inversiones apalancadas en sectores de alto riesgo, perpetuación de sobrecapacidad en sectores de renta de posición. Ignorar todos estos factores en una institución monetaria es más que peligroso, es irresponsable.

No es hora de “hacer todo a cualquier coste y pase lo que pase”. Es hora de defender la cordura o la credibilidad de las instituciones va a hundirse todavía más mientras el coro de consenso canta Aleluya con el edificio en llamas.

Mises no comprendió a Menger (II)

Como continuación a mi comentario del mes pasado y tras un repaso del libro El dinero de Carl Menger, a continuación enumero algunas citas de esta obra que creo arrojarán más luz si cabe sobre sus conceptos de mercancía y de dinero. 

La cita más importante y que está en íntima relación con la conclusión de mi artículo, a saber, la explicación de Menger a cuál es el valor del dinero que no es otra que el servicio que este nos proporciona para realizar intercambios a un menor coste, es la siguiente (capítulo 12):

Ni el material con el que se fabrica el dinero, con sus propiedades técnicas, ni su forma externa, ni siquiera la mera voluntad de los soberanos, ninguna de estas circunstancias nos dicen algo acerca de la naturaleza del dinero. En cambio, un bien de cualquier clase – Una mercancía que habitualmente se usa para el consumo o para la producción, una materia prima o producto acabado, un metal que se puede pesar con la balanza o un documento capaz de circular – se convierte en dinero tan pronto y en la medida en que asume efectivamente, en el tráfico de los bienes de una nación, la función de intermediario de uso general. (Menger, 2013, p. 209)

En este capítulo 12 Menger realiza una reflexión teórica sobre el concepto de dinero, su naturaleza, su esencia. Y este concepto de intermediario de los intercambios lo repite machaconamente a lo largo de todo el libro. Por ejemplo en la página 211 continúa: “La función originaria (primaria) del dinero, común a todas sus manifestaciones y fases evolutivas, es la de intermediario de uso general en el intercambio”. O también lo podemos ver en su definición formal de dinero: “El intermediario general del mercado de mercancías y de capitales y el medio preferido para el cumplimiento de las prestaciones unilaterales sustitutivas” (p. 152).  Y así en innumerables pasajes.

Como concluía en mi comentario del mes pasado el valor del dinero se explica igual que el de cualquier bien. Por ejemplo, la bolsa de Nueva York es valiosa por su función de intermediario en los intercambios, y lo es gracias a sus óptimas cualidades para intercambiar de manera eficiente un determinado tipo de bienes. Pues el dinero es exactamente lo mismo pero más general. Gracias también a sus cualidades específicas es valioso porque es útil para intercambiar de manera eficiente cualquier tipo de bien.

Con respecto a que el dinero es siempre una mercancía entendida como un bien de cualquier clase cuyo dueño lo posee con el único fin de intercambiarlo, Menger dedica el capítulo 2 a dejar muy clara su postura. Destaco las siguientes citas:

“El hecho de que el dinero ofrezca ciertas características particulares respecto a todas las demás mercancías no contradice la mencionada proposición, [que el dinero es una mercancía] al igual que el hecho de que las carreteras y los caminos se distingan en muchos aspectos absolutamente evidentes de otras partes del territorio (campos, prados, bosques, zonas edificadas, etc.) no quita que sean también parte del propio territorio.

El argumento que algunos teóricos suelen aducir para marcar una importante diferencia de principio entre el dinero y los demás bienes que son objeto de comercio se refiere solamente al carácter específico del dinero frente a las demás mercancías, y por tanto no demuestra nada contra el carácter general del dinero como mercancía en el sentido mencionado [Que el dinero no es una anomalía de la economía, algo que quepa alterar sin mayores consecuencias y a nuestro arbitrio]” (Menger, 2013, p 108-109)

“Quienes al plantearse la cuestión de si ‘el dinero es una mercancía’ no consideran la naturaleza del dinero y su colocación en el ámbito de todos los demás objetos de comercio, sino que parten de una definición cualquiera del controvertido concepto de dinero y de un igualmente ambiguo concepto de mercancía para indagar si el primero puede ser subsumido sin contradicción en el segundo, desconocen la verdadera naturaleza del problema y su significado para la teoría del dinero” (Menger, 2013, p 111)

Aquí Menger condena de forma precisa el error en el que unos años más tarde caería Mises al basarse en una definición ambigua del concepto de mercancía, separando el dinero-mercancía del resto y negando por tanto el carácter de mercancía de la moneda-crédito, la moneda fiat, etc.  Menger es claro y consistente durante todo el libro sosteniendo siempre que el dinero es por definición una mercancía, y además también sostiene que, por ejemplo, instrumentos como los asignats y los mandatos del gobierno francés son sin duda alguna dinero: “dinero que funciona bien o mal, de manera sana o enfermiza, pero dinero al fin y al cabo tanto en uno como en otro caso” (p. 210).

No es de extrañar, insisto, la mala acogida de Bitcoin entre los economistas de la escuela austriaca teniendo en cuenta que la gran mayoría de ellos heredan de Mises la interpretación del término mercancía, radicalmente opuesto al de Menger. Además, convalidan su innecesario teorema de regresión por no entender que la utilidad del dinero reside en sus cualidades para cumplir la función de intermediario de los intercambios, y que la mera esperanza de que tal utilidad se materialice lo hace valioso desde el primer instante. O como Carlos Bondone interpreta correctamente a Menger: “La moneda [dinero de Menger] sólo debe cumplir la simple condición de riqueza que satisface la liquidez, sin necesidad de que haya sido previamente riqueza”.

Después de la aparición de Bitcoin, los economistas de la escuela austriaca se apresuraron, algunos a rechazar el teorema de regresión, otros a reinterpretarlo de una forma totalmente ajena a lo que Mises quiso decir. Pero antes de que existiera Bitcoin, y que me corrijan en los comentarios si me equivoco, solo tengo constancia de un economista que desde la tradición austriaca entendió verdaderamente a Menger y por tanto calificó el teorema de regresión de Mises como innecesario. Este economista es Carlos A. Bondone:

“Este último aspecto demostrará que no hace falta el teorema de la regresión de Mises; su aparición sólo demuestra un reconocimiento implícito de que se había alejado del concepto de dinero de Menger y, por lo tanto, no fue él quien incorporó la teoría del valor subjetivo al dinero porque no hacía falta” (Bondone, 2006, p. 77)

“pero creo que Menger hace alusión a él en tanto desea conservar su idea principal de que el dinero es un bien económico presente que satisface la necesidad de liquidez derivada de la necesidad del intercambio interpersonal; no creo que tuviera reparo alguno en aceptar la aparición de un bien económico que naciera exclusivamente para satisfacer la liquidez, que él llama vendibilidad, sin necesidad de que tuviera existencia como bien económico para satisfacer otras necesidades previamente. En otras palabras, no es necesario que el plástico rígido haya sido previamente acero para que cumpla las funciones de éste.” (Bondone, 2006, p 103)

Para concluir, quisiera recalcar que lo grave del teorema de regresión no es que sea innecesario, sino que es una demostración palmaria del fracaso de Mises en aplicar la teoría del valor subjetivo al dinero. También fracasó en aplicarla al interés, pero eso ya sería material para otro artículo.

Bibliografía

Bondone, Carlos A. 2006, Teoría de la Relatividad Económica  

Menger, Carl 1892, El dinero, Unión Editorial, 2013 (traducción de la edición de 1909)

El peor enemigo de los jóvenes

El salario mínimo es aceptado por mucha gente como una fórmula para elevar el nivel de ingresos de los más pobres, y, consecuentemente, aumentar el nivel de vida medio de los menos pudientes. Los trabajadores mayoritariamente afectados por esta política son aquellos menos formados, los jóvenes o personas con habilidades desfasadas o que llevan mucho tiempo desempleadas. Estos grupos de potenciales trabajadores son los que presentan una mayor proporción de integrantes cuyo salario en relación con el valor añadido generado por estos se hallaría por debajo del salario mínimo impuesto. El efecto sobre el desempleo del salario mínimo es especialmente sangrante sobre un grupo determinado: los trabajadores jóvenes, y aún más, los trabajadores jóvenes con baja formación. Para estos grupos, como veremos a continuación, en la grandísima mayoría de casos, el salario mínimo supone una barrera de entrada infranqueable al mercado laboral, que no merma únicamente sus ingresos presentes, sino asimismo futuros, teniendo un efecto depresivo sobre los ingresos potenciales a lo largo de toda la vida, al dificultar y retrasar la entrada al mercado laboral (Kalenkoski, 2013). Por ello, en este artículo me propongo hacer una revisión de la evidencia empírica disponible a través de la principal literatura económica referente a efectos del salario mínimo sobre desempleo y perspectivas laborales de los jóvenes, describiendo a su vez el marco teórico reforzado por dicha evidencia. Finalmente, destacaré uno de los pocos casos en los que existe un consenso en la academia en torno a una situación en la que el salario mínimo no solo no destruiría, sino que contribuiría a crear empleo. Sería la excepción que confirma la regla, y, tal y como observaremos al final del presente artículo, dicha situación se refiere a aumentos del salario mínimo en mercados laborales monopsónicos.

En primer lugar, cabe destacar un hecho que ya ha sido comentado, y es que a nivel global al grupo de trabajadores que más afecta el salario mínimo es a los jóvenes. Según el Bureau of Labor Statistics (BLS) de EE. UU., cerca del 53% de trabajadores jóvenes (16 a 24 años) se ven afectados por el salario mínimo, por lo cual resulta crucial analizar el efecto agregado del salario mínimo sobre las perspectivas de empleo de los jóvenes tanto en el presente como a futuro. Ciñéndonos al modelo clásico de un mercado laboral competitivo, podemos suponer que un aumento del salario mínimo o la imposición directa del mismo por encima del salario de equilibrio del mercado (siendo cada mercado un grupo determinado de trabajadores por edad, habilidades, formación, sector… pero no el mercado laboral nacional agregado), conllevaría a un aumento del desempleo en dicho mercado a través de varias vías: tanto a través de la reducción de horas trabajadas por empleado, eliminación de puestos en la empresa, eliminación de potenciales proyectos de ampliación de la contratación, etc. Esto también se generaría por un incremento de la oferta de trabajo, es decir, ante un salario mínimo legal más elevado, un mayor número de trabajadores potenciales encuadrados en los mercados más afectados por la medida, mostrarán una mayor disposición al empleo, generando un desequilibrio aún mayor entre los niveles de oferta y demanda de empleo. Es decir, un mayor salario mínimo aumenta el coste de oportunidad de los trabajadores -cuya productividad se halle por debajo de dicho salario- de permanecer desempleados, estudiando, etc., generando un mayor influjo de oferta de trabajo en el mercado. (Nota aclaratoria: para evitar confusión, recordemos que la oferta de trabajo son aquellas personas ofreciéndose para ser empleadas, mientras la demanda de trabajo es el número de trabajadores que las empresas desean contratar, todo ello a un determinado nivel salarial). Básicamente el desequilibrio generado entre ambas fuerzas del mercado sería el nivel de desempleo en ese segmento particular. Esto impediría que muchos trabajadores, jóvenes, por ejemplo, que podrían acceder al mercado laboral a un salario menor, ahora, a raíz de la imposición de un salario mínimo legal, se vean desplazados del mercado, viéndose desempleados desde una temprana edad, lo cual reduce sus ingresos medios durante toda la vida laboral.

Tras esta breve descripción del marco teórico sobre el que se efectúa el presente análisis, cabe preguntarse si la evidencia empírica presente en la literatura especializada al respecto respalda (o no) las predicciones del modelo teórico básico. Podemos afirmar que sí. Veamos los datos.

Neumark et al. (1992) muestran que, para el caso particular de EE. UU., un incremento del salario mínimo cercano al 10% generaría un descenso de la tasa de empleo cercano al 2% en cuanto a adolescentes (16 a 19/20 años) y de entre el 1,5% y 2% para adultos jóvenes. Esto se encuentra reforzado por otro paper, en este caso de 2014, también de Neumark pero con otros coautores, que confirma que la tendencia se mantiene en la actualidad en el mercado laboral juvenil estadounidense, y que frente a un aumento del salario mínimo del 10% se destruye un 1,5% de empleo juvenil. Aunque el efecto en cada estado sea muy diferente (Wang et al., 2018), la tendencia general a nivel nacional es a observar grandes destrucciones de empleo juvenil ante aumentos del salario mínimo, llegando en el caso de algunos estados a reducir la tasa de empleo juvenil en hasta un 7% ante un aumento del salario mínimo de un 10% (Williams, 1993).

Por fortuna, para el caso de Europa, y en concreto de la Unión Europea, existe abundante literatura al respecto de la que se pueden extraer detalles y conclusiones muy esclarecedoras. Un paper de Laporsek et al. (2013) diferencia entre dos grupos de afectados por el salario mínimo: aquellos con edad entre 15 y 19 años, y aquellos de entre 20 y 24 años. Para el caso del primer grupo, un aumento de un 10% del salario mínimo aplicable a dicho grupo conllevaría una destrucción de empleo de entre el 7,4% y 10,5%, mientras que, para el segundo grupo, la tasa de empleo se contraería entre un 2,9% y 3,8%. ¿A qué se debe que ante una tasa similar de aumento del salario mínimo se destruya más empleo juvenil en Europa que en EE. UU.? Neumark y Wascher (2004) tienen una respuesta para ello, y es que, aquellos países de la OCDE que presentan una menor flexibilidad de las regulaciones laborales y tienen una mayor tasa de sindicalización, son aquellos que más empleo destruyen ante aumentos del salario mínimo. Por lo general, en cuanto a regulación del mercado laboral y tasa de sindicalización, los europeos somos campeones del mundo. Neumark también señala que dicho efecto se ve algo suavizado en aquellos países europeos que presentan políticas activas de empleo eficientes. Por todo ello, podemos afirmar que la evidencia empírica disponible tanto para Europa, como para EE. UU. y la OCDE en su conjunto, respalda las predicciones del modelo teórico básico del mercado laboral competitivo para el caso del empleo juvenil.

Pero ¿cuál es el efecto de un aumento del salario mínimo sobre la renta salarial agregada del conjunto de la economía e incluso de un determinado grupo poblacional? A este respecto no hay demasiada evidencia empírica sólida disponible (o al menos, yo no he sido capaz de encontrar una gran cantidad en los journals especializados). Uno de los papers más destacables al respecto sería el de David Card (1992) para el caso de California, mostrando que la mera introducción de un salario mínimo por encima del nivel de mercado para trabajadores de bajo valor añadido reduce el salario de estos trabajadores entre un 5% y un 10% de media. Esto se debe a que, aunque el salario de aquellos que logran mantener el empleo aumenta debido a la imposición del salario mínimo, los trabajadores que resultan desempleados a raíz de dicha política reducen la media salarial de este grupo, generando efectos negativos persistentes y prolongados en el tiempo, propios del desempleo de largo plazo.

Finalmente, me gustaría repasar un escenario particular muy interesante en el cual la introducción de un salario mínimo podría incluso generar empleo. En el caso de que el mercado de trabajo para jóvenes sea un monopsonio, es decir, que la única empresa en ese sector del mercado tuviera poder de mercado suficiente para marcar el nivel salarial, un aumento del salario mínimo, o la mera introducción de este podría incrementar el empleo entre los jóvenes (Card, 1992). Esto se debe a que previamente al cruce de la curva de demanda de empleo y la curva de coste marginal, aumentar el número de trabajadores empleados generaría mayor beneficio, debido a que los ingresos marginales de aumentar la producción en las unidades aportadas por un trabajador adicional, sería mayor que el salario de dicho trabajador. Por ello, en un mercado laboral monopsonístico, el salario mínimo se podría elevar hasta el punto de equilibrio descrito (que no es necesariamente el equilibrio de mercado) sin destruir empleo en ese segmento del mercado laboral en particular.

En conclusión, tal y como muestra el modelo teórico básico del mercado laboral competitivo (tanto sectorial como por rangos de edad o cualificación), y tal y como respalda la evidencia empírica disponible, la introducción de un salario mínimo superior al salario de equilibrio en el mercado laboral particular de cada grupo poblacional, generaría desempleo en ese grupo y una contracción de la renta salarial agregada de ese mismo segmento poblacional. Por lo tanto, debemos repensar el salario mínimo, en especial para grupos fuertemente vulnerables a sus efectos, como son los jóvenes o los trabajadores menos cualificados. El salario mínimo es el peor enemigo de los jóvenes.

Referencias

Kalenkoski, C. M., and D. J. Lacombe (2013), “Minimum wages and teen employment: A spatial panel approach.” Papers in Regional Science 92:2: 407–417.

Neumark, D., and W. Wascher (1992), “Employment effects of minimum and subminimum wages: Panel data on state minimum wage laws.” Industrial and Labor Relations Review 46:1: 55–81.

Neumark, D., M. I. Salas, and W. Wascher (2014), “Revisiting the minimum wage-employment debate: Throwing out the baby with the bathwater?” Industrial and Labor Relations Review 67:3: 608–648.

Williams, N (1993), “Regional effects of the minimum wage on teenage employment.” Applied Economics 25:12: 1517–1528.

Laporsek, S (2013), “Minimum wage effects on youth employment in the European Union.” Applied Economics Letters 20:14: 1288–1292.

Card, D (1992), “Do minimum wages reduce employment? A case study of California, 1987–89.” Industrial and Labor Relations Review 46:1: 38–54.

Card, D (1992), “Using regional variation in wages to measure the effects of the federal minimum wage.” Industrial and Labor Relations Review 46:1: 22–37.

Wang, W., P. Phillips, S. Liangjun (2018), “The heterogeneous effects of the minimum wage on employment across states.” Economic Letters. : 179-185.

Gobernar a empujones

En todas las situaciones de emergencia que se producen en espacios públicos con gran afluencia de público, una de las reglas de oro es mantener la calma y salir ordenadamente. La manera en que se encamina uno a la puerta y el cómo se sale son fundamentales para no perecer en el intento.

Pasa igual con las emergencias nacionales, también con las sanitarias, como la pandemia por coronavirus. Hay que activar medidas urgentes que cubran diferentes aspectos: además de los estrictamente sanitarios, también los económicos y los sociales. Pero hacerlo de cualquier manera puede ser contraproducente. La realidad habla por sí sola.

El último ejemplo es el borrador del Real Decreto-Ley (RDL) por el que se aprueban medidas urgentes para la modernización de la administración pública y para la ejecución del Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia. ¿No hay otra manera de sacar adelante esos dos temas tan relevantes más que el decreto-ley? Claro que lo hay: una ley con trámite de urgencia.

Merece la pena leer los artículos del profesor Rafael Jiménez Asensio, tanto en la página de hayderecho.com como en su propia página web, dedicados al tema de los decretazos. No solamente me refiero al del pasado 30 de noviembre, donde da cuenta del borrador que menciono (extrañamente filtrado antes de ser presentado).

A pesar de ser un artículo muy acertado y oportuno, a mí me parece que, para entender la anomalía que vivimos, hay que empezar por el artículo “Genio y figura de los decretos-leyes”, aparecido en su blog, La Mirada Institucional, en marzo del 2019. En este texto se explica algo fundamental que los profanos no siempre tenemos en cuenta. En derecho, el procedimiento no tiene un objetivo estético, ni ritual. Existe para proteger al ciudadano.

Así, históricamente, el decreto-ley es un recurso a la desesperada de los gobernantes que vieron que la democracia liberal comportaba un sistema de contrapesos que le impedía hacer de su capa un sayo y legislar sin control. Las leyes, se tramiten de urgencia o no, han de ser aprobadas por el órgano correspondiente: el Parlamento. Es en ese ámbito en el que los representantes electos han de manifestar sus quejas, sus mejoras, sus matices, de forma que nadie legisle dictatorialmente.

El profesor Jiménez Asensio aporta datos muy interesantes que muestran la génesis de la anomalía del decretazo. Entre los años 2008 y 2015, justo los años de la crisis, los decretos leyes representaron el 56 % frente a las leyes ordinarias. Si esa cifra se antoja demasiado elevada, qué decir del año 2018, cuando esa proporción casi se triplica.

Si mis datos son correctos, en lo que llevamos de 2020, se han aprobado ocho leyes, una de ellas orgánica, y 37 decretos-leyes. Eso quiere decir que los decretos-leyes suponen más del 80% de la legislación. ¿Por qué esta desmesura?

El argumento de la emergencia ya no se sostiene, y menos en el caso del presente RDL. Que era necesaria la modernización de la administración se sabe desde hace varios lustros. Que para agilizar las ayudas esa revisión es imperativa, lo sabemos desde que se planteó que la Unión Europea debería aportar fondos a los países miembros.

Que el Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia necesita de una estructura sencilla, ágil, que asigne y ejecute los fondos eficientemente es algo que se sabe mucho antes de que el Plan tuviera nombre. De hecho, el pasado mes de julio, participé en una de las reuniones con expertos organizadas por el Parlamento Andaluz encaminadas a orientar acerca de cómo, dónde y de qué manera se podrían canalizar los fondos europeos.

¿Qué sentido tiene plantear todas estas cuestiones en un decreto-ley? Desde mi punto de vista, estamos ante una ley ómnibus. Los decretos-leyes que se aprueban en el Parlamento, no pueden matizarse, es decir, se vota a la totalidad. De esta manera, si un grupo vota en contra del RDL está rechazando todas las propuestas sensatas, y si vota a favor, está aceptando cualquier arbitrariedad que Sánchez tenga a bien incluir.

Es fácil imaginar la escena. Los partidos que rechacen el RDL serán acusados de empobrecer España por poner trabas a la tramitación de la ayuda europea. Es una extorsión política en toda regla.

Pero hago una segunda lectura. El debate en el Parlamento dejaría en evidencia la situación política que vivimos. El Gobierno bicéfalo Sánchez-Iglesias, la esquizofrenia de Pablo Iglesias que se disocia en vicepresidente y en activista anti-sistema según su conveniencia, los intentos desesperados de Ciudadanos de pintar algo en el panorama político, la tendencia del PP a ponerse de perfil, los intereses particulares de los nacionalistas y la sobreactuación de Vox que acaba por perder el favor de los sensatos incluso cuando tienen razón.

Ante este espectáculo, es posible que Sánchez y sus asesores hayan pensado que mucho mejor el decretazo. ¿Para qué exhibir la incapacidad para gobernar más aún? Mucho mejor pisotear los contrapesos democráticos y gobernar a empujones, legislando por decreto.

Como si hubiéramos aceptado estos modos dictatoriales como parte de la terrible “nueva normalidad”, exhaustos ante la sobre información, la confusión, el ruido mediático, los españoles protestaremos porque en Madrid han puesto una bandera española como decoración navideña o criticaremos si la ministra hace pucheros. Pero lo gordo, la agonía de nuestro estado de derecho, pasa desapercibido ante nuestros ojos, y no lo vemos.

Me permito cerrar con una frase que el profesor Jiménez Asensio rescata de David Runciman: “El intento de puentear a un legislativo muy dividido por el enfrentamiento entre partidos empeora ese enfrentamiento”. Y así está sucediendo.

La hipocresía, o no, de trabajar para el demonio siendo libertario

Algunos libertarios son empleados públicos, es decir, los contrata el Estado con dinero previamente obtenido mediante agresión y, por tanto, contrario al principio del libertarismo. ¿Es posible ser ambas? ¿Están siendo hipócritas los que se oponen al Estado y al robo a través del cual este nace y se nutre y del que ellos mismos viven? Con respecto a la primera pregunta, sí, obviamente es posible. No existe ninguna incompatibilidad lógica con defender que una filosofía política que se opone a la amenaza o inicio de fuerza contra la propiedad privada de otra persona y ser contratado por el Estado. Pero ¿están siendo hipócritas e inconsistentes al defender una ideología que implica terminar con el Estado y vivir de él? Depende, pero, en principio, no.

Una primera defensa de por qué no son necesariamente hipócritas es decir que el funcionario libertario está recuperando propiedad robada (el dinero recaudado a través de impuestos), solo está recogiendo parte de lo que le han expropiado anteriormente. También que quien roba a un ladrón tiene cien años de perdón. Pero sería comprensible que alguien continuase criticando a estos como hipócritas porque se llevan parte del dinero robado sin tener ellos mejor derecho a este que cualquier otro ciudadano, por lo tanto, también incurriendo en el crimen de estatismo o, lo que es lo mismo, robo de lo producido por otras personas para vivir a su costa,

Cuando nos disponemos a juzgar el crimen de estatismo existe una presunción de culpabilidad hacia los funcionarios. Si hubiese unos juicios de Núremberg libertarios cuando cayese el Estado en el que juzgásemos (el enjuiciamiento lo llevarían libertarios de pleno derecho con prestigio dentro del movimiento, como Jesús Huerta de Soto, Miguel Anxo Bastos o Philipp Bagus en el caso español) a todo el mundo por estatismo, podría haber distintos criterios para determinar la culpabilidad, y lo que es más importante, la punibilidad. Puedes decir que todo empleado estatal es culpable, al igual que todo empleado privado que haya promovido o ayudado al estatismo y sea de la clase opresora según el análisis de clase libertario, pero que a pesar de eso no son punibles porque solo lo son los altos cargos de las administraciones públicas. Para decidir si son hipócritas, usaremos el mismo estándar que para decidir si son culpables: si durante su empleo público le han quitado más al Estado de lo que le han dado.

Para saber si un funcionario libertario ha obtenido más del Estado de lo que el Estado ha obtenido de él, no nos vale con mirar el contrato. Entendemos que si el libertario aceptó el contrato es porque ex ante valoraba más su sueldo acordado que el uso alternativo que le hubiese dado a su cuerpo durante ese tiempo. Y que el Estado valoraba más contratarlo que el botín saqueado al contribuyente. Al no poder hacer comparaciones intersubjetivas de valor, nos es imposible calcular qué parte ha salido ganando de este contrato —al igual que de cualquier otro contrato voluntario (aceptando que este contrato sea voluntario, que se podría argumentar que, debido a la regulación estatal, no lo es porque de no existir esta el funcionario podría haber empleado su cuerpo en otro trabajo)—.

Por lo tanto, lo que tenemos que observar es si el funcionario libertario ha obtenido algo más del Estado mediante otros medios. La principal manera de hacer esto es defendiendo la libertad y promulgando sus ideas. Cuanta más gente libertaria haya, menos Estado tenderá a haber. Cuanto menos Estado, más libertad. Por lo que una forma de quitarle al Estado es promoviendo la libertad. El hecho de saber que el funcionario sobre el que recae la duda de su hipocresía es libertario es una primera muestra de que no es hipócrita, ya que solo con nombrarse como tal está publicitando una filosofía política contraria al Estado.

Cada funcionario libertario tendría la obligación de demostrar que ha promovido la causa de la libertad o que ha reducido el estatismo a través de su trabajo. Los profesores universitarios de ciertas áreas como política, derecho, economía o filosofía lo tendrían más fácil. Pero cualquier funcionario podría hacerlo mostrando que siempre ha actuado en contra del Estado, que ha promovido actividades libertarias, que ha intentado rechazar mayores subsidios en la universidad, por ejemplo.

No es un eximente el decir que solo trabajando bajo el Estado podrías llevar acabo un oficio. Por ejemplo, que la profesión de bombero solo se pueda ejercer como empleado público no es una causa suficiente para estar exento de posible culpabilidad por el crimen de estatismo o de juicio moral de hipocresía. Nadie tiene derecho a un trabajo concreto. Si mi trabajo soñado fuese de sicario y, por tanto, me metiese a policía porque es el oficio equivalente en un Estado, esto no me eximiría de responsabilidad porque siempre podría haber buscado otro trabajo, o ninguno.

No obstante, Walter Block siempre pone el ejemplo del guardia de un campo de concentración libertario. En este caso lo que tendría que hacer el guardia sería demostrar que ha salvado a ciertos individuos que de no ser por él hubiesen sido asesinados. Esto puede que sí que nos sirva para no categorizarlo como un hipócrita, pero puede no servir para no culparle y considerarlo no punible por el crimen. Quienes deben de decidir sobre esto serían los herederos de las víctimas que sí que mató y/o los árbitros que decidiesen el caso.

En conclusión, solo el funcionario libertario podrá ser declarado no culpable, o culpable con atenuantes, ante un juicio de Núremberg libertario. Opino que los funcionarios libertarios no solo no son hipócritas, sino que además son los únicos empleados estatales que no merecerían ser reconocidos culpables en unos juicios de Núremberg libertarios. Otros funcionarios sí que merecerían ser considerados culpables, pero no punibles, en mi opinión.

Bibliografía

Block, Walter E. 2009a. “Libertarian Punishment Theory: Working for, and Donating to, the State.” Libertarian Papers 1: 1–31.

—. 2009b. “Toward a Libertarian Theory of Guilt and Punishment for the Crime of Statism.” En Property, Freedom, and Society: Essays in Honor of Hans-Hermann Hoppe, editado por Jörg Guido Hülsmann y Stephan N. Kinsella, 137–48. Auburn, Estados Unidos: Ludwig von Mises Institute.