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Hombre-masa y hemiplejía moral

Vivimos tiempos de arduo colectivismo. En general, a lo largo de la Historia, los tiempos de crisis siempre lo han sido. Tiempos de reagrupamiento en la masa y deificación del líder de turno. Tiempos de acallar las discrepancias y repetir consignas políticas sin haberlas procesado o madurado mentalmente. Tiempos de batalla política de bandos, en los que se ataca frontalmente la discrepancia y la libertad de expresión se encoge. Es por ello que creo más importante que nunca hoy en día leer o releer a Ortega y Gasset. Una de las obras que más me ha marcado y que en su momento delimitó lo que serían algunos márgenes de mi marco general de ideas fue La rebelión de las masas. En mi opinión, Ortega no tiene nada que envidiar a los grandes filósofos liberales del siglo XX, y es una figura -aunque quizá con un estilo más periodístico- perfectamente comparable a titanes de la libertad como Berlin o Aron. Ortega defendió el pensamiento liberal en los momentos más difíciles y menos propicios para ello de cara a la opinión pública y publicada, como pudieron ser el auge de los totalitarismos comunista y fascista a lo largo y ancho de prácticamente toda Europa en el siglo XX o la Guerra Civil española.

El discurso de Ortega, a excepción de en el plano económico -que comentaremos más adelante-, siempre fue netamente liberal, algo que, reitero, en aquellos tiempos era un fenómeno extraordinario. Ortega fue de los últimos grandes pensadores españoles en ser igual de crítico con el dogmatismo extremista de la izquierda de su tiempo como con el autoritarismo y nacionalismo conservador de la época. Leer a Ortega, de hecho, nos sirve para sacar al liberalismo de ese profundo economicismo en el que se encuentra siempre metido, no necesariamente en círculos de análisis y debate liberal, sino, más bien, de cara al público.

La idea que Ortega expone en La rebelión de las masas, y que encuentro de rigurosa actualidad, gira en torno al final de la primacía y el dominio de las élites, cuya disolución libera a las masas que ya no se encuentran sujetas por firmes convicciones individuales, irrumpiendo alocadamente en la sociedad sin ningún tipo de valor o guía de comportamiento social a nivel individual y que no les haya sido impuesto por un tercero, en muchos casos, político. Lo mejor de leer la obra de Ortega es pensarla en su contexto. Hemos de tener en cuenta que La rebelión de las masas se publica en pleno proceso de ascenso de los fascismos y el ya confirmado dominio del comunismo en territorio soviético. Es por ello, que podemos afirmar que la crítica de Ortega se halla frontalmente dirigida a las ideologías totalitarias y, especialmente, a los nacionalismos de todo pelaje. Ortega asocia a la ascensión de la política de masas el crecimiento de su homóloga cultural, la cultura de consumo masivo y sencillo, que muchas veces no pasaban de ser significados políticos en significantes supuestamente culturales.

Un rasgo definitorio de Ortega, y que nos permite encuadrarlo a la perfección como liberal, es que no procede a defender o excusar un totalitarismo frente al otro, centrando su crítica a ambos en la defensa del individuo, amenazado por la irrupción de las masas y de lo colectivo. Aquí conviene detenernos a analizar y estudiar cuidadosamente el concepto de “masa” y más concretamente “hombre-masa” en la obra orteguiana. Una distinción importante por realizar es la que se produce entre el concepto de “clase” en la literatura marxista frente a la “masa” orteguiana. Para Ortega, la “masa” representa una colectividad transversal formada por seres que han renunciado previamente -aunque quizás no de manera absolutamente consciente- a su individualidad soberana, para adquirir en su lugar el carácter global de la colectividad, pudiendo sentirse así como parte de la tribu y, en consecuencia, dejando de ser unidades libres, críticas y pensantes, debido a que es la tribu la encargada de marcarles el pensamiento y la actuación en todo momento, siendo el seguimiento de las pautas un mero efecto reflejo. Se deja atrás la razón para dar paso a la emoción colectiva. No debemos olvidar que a causa de sociedades como las que describe Ortega hoy la Marcha sobre Roma, los Congresos de Núremberg, el Holodomor o la Revolución Cultural maoísta aparecen en los libros de Historia. A todo totalitarismo Ortega le dedica el calificativo de “ejemplo de regresión sustancial”. Son precisamente dichas regresiones sustanciales las que culminan el proceso de conversión del hombre en hombre-masa, siendo este un ser conformista, vulgar y entregado a la colectividad, con temor a ser diferente y encontrándose completamente imbuido por una masa alocada, que dicta su pensamiento y comportamiento.

Es en torno a los caudillos o dictadores cuando el individuo más reniega de su espíritu crítico, permitiendo ser absorbido por el conjunto y adquiriendo una actitud gregaria que únicamente esconde la barbarie colectivista bajo un manto de falsa solidaridad, modernidad o falso civismo. No debemos olvidar que fueron precisamente dichas disoluciones del individuo en lo gregario, lo que a lo largo de la Historia siempre ha generado graves amenazas y daños al orden democrático-liberal.

Ortega era un gran europeísta, incluso un eurófilo, me atrevería a añadir. No me escondo al afirmar que esta es una de las razones -aunque quizá no de las principales-, de que Ortega sea sin duda uno de mis filósofos de cabecera. Ortega fue defensor de la idea de una Europa unida incluso previamente a la Segunda Guerra Mundial. Él no tuvo que observar el desastre de la autodestrucción europea para comprender que necesitábamos unirnos en libertad y fraternidad. En contra de lo que algunos han comentado en ocasiones, Ortega en ningún momento creyó necesario que los países miembros de lo que el denominaba como la “ultranación” que sería Europa, debieran dejar atrás sus culturas y tradiciones, sino más bien al contrario. Ortega pensaba que con la aportación de todas las culturas europeas se lograría solidificar una verdadera comunidad europea, recuperando así la hegemonía y el poder de los que Europa había disfrutado en un pasado. Ortega fue sin duda un visionario de lo que más tarde convendría en llamarse Unión Europea.

Al contrario de lo que pueda parecer tras una primera lectura superficial de la idea orteguiana de Europa, la defensa de Ortega de una supuesta comunidad europea no es en absoluto estatista. Es más, Ortega parte de la idea de que la decadencia europea se debe al excesivo crecimiento y usurpación de todas y cada una de las cotas de poder disponibles por parte del Estado, que a través de su asfixiante intervencionismo estaría aniquilando la creatividad y espontaneidad de la ciudadanía.

Otra de las obras que más me gusta de Ortega y Gasset, y que creo que, aunque no de manera directa, contribuye en gran parte a delimitar su marco ideológico y resalta su defensa de las ideas de la libertad, es La deshumanización del arte. En ella, Ortega realiza una envolvente crítica a la cultura de masas y explica como la irrupción de la masa política y social en el campo de la cultura habría contribuido a degradarla y vulgarizarla, sustituyéndola por una versión absolutamente estereotipada. No podemos negar el elitismo de Ortega en lo referente a la cultura, pero, de nuevo, hay algo que siempre se ha malinterpretado en La deshumanización del arte, y que es consecuencia directa de una lectura superficial del texto orteguiano. El elitismo cultural de Ortega ha sido muchas veces interpretado como un deseo de restricción del acceso a la cultura, cuando en realidad, Ortega lo que desea restringir es la masificación de la producción cultural y establecer mejores mecanismos de filtración para asegurar la calidad de las producciones culturales. Ortega quiere que sean los propios intelectuales y artistas los que entre ellos (en ningún momento hace alusión a que el Estado deba decidir que es buena/mala cultura) filtren y restrinjan la producción cultural para asegurar un cierto estatus y calidad. Por otro lado, Ortega es un firme creyente en la universalización del acceso a la cultura, alegando que la cultura debería encontrarse al alcance de todo el mundo independientemente de los medios a su alcance. Mientras tanto, la producción cultural tampoco debe restringir la entrada a nadie por falta de medios, sino únicamente por no cumplir con unos patrones estéticos e intelectuales -los cuales debe marcar en todo momento la comunidad artística y no el Estado-. Ortega era un reconocido cosmopolita y, como tal, creía que la difusión de la cultura (enmarcando aquí también las ideas) no debía toparse con fronteras nacionales, sino pasar un ser un patrimonio universal y universalista. Este es otro de los rasgos del marcado carácter antinacionalista de Ortega que hacen mis deleites.

Conviene ahondar algo más en la crítica orteguiana al nacionalismo por la fantástica estructura, profundidad y poder de convicción de esta. Ortega define el nacionalismo precisamente como un fenómeno más del gregarismo político y de las colectividades forzosas y forzadas sobre los valores individuales. Ortega rechaza el argumento etnonacionalista de la nación como cónclave de una comunidad racial y defiende la tesis de Renan, al enmarcar a la nación en una continuidad plebiscitaria por parte de los ciudadanos, en la que estos con sus acciones, omisiones y aceptación o réplica de las instituciones son los encargados de construir la “unidad de destino” a la que se refiere Ortega. Ortega defiende un concepto de nación abierto, cosmopolita y flexible, que cuadra a la perfección con su idea de Europa y la pluralidad de esta.

No podemos finalizar este escrito sin mencionar el que, desde mi humilde punto de vista, fue uno de lo grandes errores de Ortega, que es su crítica, absolutamente infundada y construida sobre clichés, del libre mercado y su funcionamiento orgánico. La defensa del liberalismo por parte de Ortega, tristemente, no se ve acompañada de una defensa de una de sus partes intrínsecas, como es el caso del liberalismo económico. Ortega alega desconfianza hacia el libre mercado y procede a criticarlo con base en creencias subjetivas y falsas acusaciones. De hecho, su crítica al liberalismo económico es muy fuerte, pero nada profunda. Le dedica simplemente unas páginas en La rebelión de las masas, aparte de pinceladas sueltas por el resto del libro, pero en ningún momento ataca el libre mercado con la solidez argumental y profundidad ideológica con la que critica por ejemplo la masificación social o el nacionalismo. Creo, en mi opinión, que esto no es más que un síntoma de su época. Seamos realistas, no se puede esperar que en los años treinta del siglo pasado un filósofo español fuera un ferviente defensor de liberalismo económico, principalmente cuando gran parte de la teoría económica liberal moderna que más se difunde hoy en día no comienza a consolidarse, distribuirse y popularizarse hasta prácticamente el final de la Segunda Guerra Mundial.

En conclusión, creo que las aportaciones de Ortega al pensamiento liberal en la vieja piel de toro son tantas y tan importantes que podríamos escribir páginas y páginas de cada una de ellas y, aún así, dejarnos detalles sin comentar. Lo que más me gusta de Ortega va mucho más allá de sus ideas, y tiene que ver principalmente con su carácter. Ortega fue un intelectual absolutamente independiente de espíritu y mente, que mostró una solidez casi inquebrantable de su marco ideológico, y que, gracias a ello, fue capaz de resistir las presiones políticas de su época, que eran muchas y muy variadas. Si algo nos ha enseñado Ortega es que debemos huir del hombre-masa para evitar caer en la hemiplejía moral.

Referencias

Ortega y Gasset, J. (1921), España invertebrada. Austral.

Ortega y Gasset, J. (1925), La deshumanización del arte. Austral

Ortega y Gasset, J. (1930), La rebelión de las masas. Espasa.

La destrucción creativa en el siglo XXI

Una de las teorías más fascinantes y, a la vez, deprimentes, de la historia del pensamiento económico es la de la “destrucción creadora” del economista austro-alemán Joseph Alois Schumpeter. En su libro Capitalismo, Socialismo y Democracia (1942), Schumpeter explica que el capitalismo, entendido como el sistema económico en el que florece la libre empresa y, sobre todo, que es el perfecto caldo de cultivo para la innovación empresarial, está abocada a desaparecer.

La razón no será una revolución, sino el envilecimiento del sistema desde dentro. La degeneración del sistema capitalista se producirá cuando los empresarios ya no tengan incentivos para innovar, y se conviertan en una especie de funcionarios dentro de un entorno empresarial de grandes corporaciones, donde la mejora en la gestión burocrática interna antecede a la creatividad emprendedora.

Anticipándose, sin duda, al siglo XXI, Schumpeter sostenía que, en las democracias liberales, los ciudadanos preferirán votar por agrandar el “estado de bienestar”, es decir, por un mayor socialismo, y, a la larga, eso eliminará la razón de ser de la función empresarial. 

La responsabilidad última de esta transformación que acabará con el capitalismo corresponde a los intelectuales, quienes se dedican a criticar los problemas del capitalismo sin jugarse nada, sin arriesgar. 

No es que Schumpeter crea que el capitalismo no tiene fallos o que no haya que señalarlos. Sino que, en las sociedades democráticas capitalistas, quienes viven de canalizar descontentos son esos intelectuales que, al fin y a la postre, crean opinión y tienen incentivos para protestar permanentemente. De esa manera, los votantes irán eligiendo cada vez más a aquellos políticos que aseguren limar esas aristas apuntadas por la clase intelectual. 

Una mirada a la actualidad nacional e internacional da la razón a Schumpeter. La libre empresa, la competencia, están de capa caída. Siguiendo al autor austriaco, el mismo concepto de propiedad privada que implica la responsabilidad individual sobre la toma de decisiones, apenas existe en las grandes empresas. Sucede lo mismo con la libre contratación: existen modelos de contrato estandarizados, es un “lo tomas o lo dejas”. 

Hay un punto en el cuadro schumpeteriano que echo de menos. Se trata de la colusión de intereses entre esas grandes corporaciones, los intelectuales o creadores de opinión y los diferentes gobiernos.

Los responsables de gestionar el dinero de los contribuyentes, a menudo colaboran en esa “expulsión” de los empresarios innovadores del sistema, alineando sus objetivos con los de las grandes corporaciones. Lo que se conoce como el capitalismo de amiguetes, el “crony Capitalism”. Todo ello bendecido desde la academia, los periódicos y las redes sociales por quienes reciben subvenciones, cuotas de poder y todo tipo de prebendas.

El espectáculo de las elecciones estadounidenses junto con el enrarecido ambiente en nuestro país, fruto, entre otras cosas, de la desinformación por parte de las autoridades y la velada amenaza de restringir aún más nuestras libertades, me han llevado a reflexionar acerca del origen de este círculo vicioso. 

Para Schumpeter, las estructuras capitalistas originales y el reinado de la burguesía han llevado a que los intelectuales gocen de una gran capacidad para moldear la opinión pública, sin que sea posible limitarla, ya que se dañarían las libertades civiles que están en la esencia del propio sistema y que la burguesía no tiene voluntad ni capacidad para anular. 

Sin embargo, subsiste una esperanza. La economía, la sociedad y sus instituciones, son sistemas hipercomplejos, dinámicos, en permanente cambio. Los gobiernos, las corporaciones, los intelectuales también están en permanente proceso de adaptación al medio. Un medio más incierto hoy que ayer, que exige versatilidad, aprendizaje, claridad de miras y “olfato”.

Todas ellas características propias del empresario innovador que el mismo Schumpeter definía con entusiasmo. De la misma forma que el pequeño burgués reclamaba, inspirado por la crítica al capitalismo liberal de los intelectuales, los beneficios del estado del bienestar, ahora que la pandemia nos ha mostrado las enormes deficiencias de éste, es posible que se reconsideren las críticas. 

Efectivamente, nuestro estado del bienestar en el que todo era apariencia, hoy se muestra como un sistema impotente y cargado de lastres. 

El espejismo de la educación y la sanidad gratuitas, la falsa creencia de que hay dinero para todo, de que cada ofensa, contratiempo o preocupación es atajado por el gobierno con el dinero de la clase productiva, cuando hay una pandemia por combatir, no se sostienen.

La pesada carga de la deuda que nuestros políticos asumieron pensando que la UE no dejaría caer un país del peso específico de España, y nuestros malos hábitos fiscales, son lastres que hoy nos apartan del camino de la recuperación.

La ciudadanía mira cada vez más descontenta el cinismo y la conveniencia de los intelectuales y se cansa del juego de poder entre unos y otros. La batalla legal emprendida por Trump, la reacción de unos medios y otros, el posicionamiento de empresarios ante la difícil situación, es un ejemplo que debería hacernos pensar hasta qué punto la sociedad puede estar manipulada. Mi apuesta es que llegará un momento de estupor absoluto y los ciudadanos empezaremos a reaccionar.

Como decía Schumpeter respecto al capitalismo, no habrá una revolución contra la prensa o contra el estado de bienestar, pero es posible que se busquen medios de información alternativos, que se derroquen los gobiernos que saqueen más el bolsillo del contribuyente, que se exija un control de la eficiencia del gasto de nuestro dinero.

Para eso, probablemente, tendremos que vivir la descomposición del actual sistema, pagando con una caída de nuestro poder adquisitivo lo suficientemente notable como para despertarnos del letargo en que la opulencia aparente nos ha mantenido.

La crisis que viene es una oportunidad porque desenmascara a ese fallido estado de bienestar y sitúa de nuevo las virtudes del empresario innovador en el lugar principal, en la base de la supervivencia.

Reflexiones sobre la democracia: la enésima elección de nuestras vidas

El Gobierno es un intermediario en el saqueo y cada elección es una suerte de subasta anticipada de bienes robados. H. L. Mencken.

La democracia es una farsa. Existe un endiosamiento de esta, por lo que es necesario criticarla. Para empezar, la verdad, y por tanto lo correcto, no se alcanza por mayoría simple, absoluta o cualificada. Esta afirmación que estimamos cierta en cualquier otro ámbito de nuestras vidas, como en la ciencia, se vuelve controvertida cuando se refiere a la política. Todo sistema de gobierno no es más que un sistema de asignación de los recursos escasos necesarios para vivir. El capitalismo defiende que los recursos escasos se deben de asignar según normas de apropiación original y transferencia de títulos de propiedad. Para el socialismo está asignación tiene que ser planificada centralmente por un Gobierno capaz de repartir según las necesidades de cada individuo. La democracia, por otro lado, es la distribución de esos recursos según la voluntad de la mayoría.

La democracia está injustificada. Nada hace que el resultado mayoritario de un voto esté justificado y pueda sobrepasar cualquier derecho previamente adquirido sobre la propiedad de un bien. Pero así pasa con la democracia. La propiedad privada cesa de existir y nos encontramos ante propiedad fiduciaria, propiedad que la mayoría —entendida como el agregado a través de mecanismos imperfectos de transmisión de valoraciones como las elecciones o referéndums— posee y permite el uso y disfrute a cada individuo pudiéndole negar ese derecho en cualquier momento. Este sistema de distribución de bienes sería admisible si sus integrantes lo hubieran aceptado. Pero este no es el caso. No existe ningún contrato explícito, implícito o hipotético de aceptación de la democracia. Cualquiera puede justificar la inexistencia del contrato explícito, nadie ha firmado nunca nada. Tampoco existe un contrato implícito, por el mero hecho de residir en un área geográfica, o hipotético, por no poder responder, porque este contrato podría ser fácilmente explicitable —en la siguiente declaración de la renta el Estado nos puede preguntar si preferimos no pagar impuestos y no utilizar ninguno de los servicios del Estado salvo los ya devengados— y aún así, una acción tan sencilla que tanto legitimaría se omite. Porque nadie en su sano juicio firmaría un contrato que te despoja de todo derecho y los convierte en dependientes del contexto. Un día puedes estar trabajando por 100 unidades monetarias al mes y al día siguiente perder tu trabajo porque la mayoría ha decidido que tú no puedes ofrecer tus servicios por menos de 200 unidades monetarias, aunque tu trabajo no se pague tan alto en el mercado y eso implique el desempleo para ti.

La democracia pretende ser una religión. Ninguna institución del ámbito público está tan venerada como la democracia, hasta el punto de asemejarse e intentar sustituir a las religiones. Esto se debe a la capacidad legitimadora de las democracias y el aprovechamiento que hacen de esta las élites demócratas, políticos, periodistas de medios subvencionados y plutócratas, para justificar su expolio a los ciudadanos. Nos hacen creer que todos formamos parte de la democracia, y hasta cierta medida esto es cierto, solo que unos lo hacen como opresores —aquellos capaces de financiar sus vidas mediante lo que Franz Oppenheimer llamaba los medios políticos en The State— y los oprimidos, aquellos que se financian enteramente mediante medios económicos y son saqueados por los otros. Es decir, existe una desigualdad intrínseca ante la ley entre la ley privada y la pública, que permite realizar impunemente acciones que de hacerlas un particular serían consideradas delitos. Una de las mayores hazañas de la democracia ha sido difuminar las líneas entre ambos grupos y dar pellizquitos del botín a muchos para que en ellos nazca un agradecimiento al sistema al ser incapaces de ver más allá, y de que cualquier bien que el Estado reparta ha tenido que ser robado con anterioridad y en mayor medida ya que en el camino del bolsillo del generador de la riqueza al del que la recibe y disfruta hay un camino de funcionarios y políticos los cuales todos se tienen que llevar su parte.

La democracia carece de sentido. Poca gente diría que es aceptable que Fulano y Mengano apaleen y roben a Zutano por el hecho de haberlo votado y obtenido dos votos a favor y uno en contra. Pero algo así sucede con la democracia. Si son dos a uno parece estar más claro que las acciones de Fulano y Mengano eran ilegítimas, pero la línea se vuelve difusa cuando son cien mil o un millón a favor de expoliar a Zutano y solo él en contra. Si estos cien mil están en un partido, esto se considera un sistema unipartidista y autoritario. Pero si están en dos, es completamente legítimo independientemente de la decisión que tomen. ¿Cómo puede ser que la diferencia de una a dos opciones en la papeleta completamente legitime un sistema? En el mismo sistema puedes obtener dos resultados —según entienden los votantes— completamente diferentes: Trump o Biden. Y todo esto se hace secretamente y te dicen que así expresas tu opinión. Además, si aceptamos el principio democrático como base de un sistema nos encontramos ciertas contradicciones. Primero, que se debería poder terminar con el sistema democráticamente, por lo que no puede servir como base algo que acepta su contradicción. Segundo, que, de ser correcto el principio democrático y que todo lo decidido mayoritariamente es correcto, deberíamos someter todo a votación por mayoría global porque será necesariamente una mejor decisión y por tanto establecer un Gobierno mundial, de mantenerse democracias divididas estamos haciendo una separación arbitraria y si aceptamos esto, debemos de poder aceptar separaciones arbitrarias indefinidas hasta llegar al individuo, la minoría más pequeña. Y tercero, si utilizamos un sistema arbitrario de división que no permita la secesión del individuo, tenemos que hacer un juicio de valores y poner otro principio por encima del democrático, por lo que este seria independiente del otro.

La democracia mata. Los peores son más propensos a llegar al poder. Son más capaces de hacer cualquier cosa para obtenerlo. Y una vez en él, tienes el monopolio de la fuerza, lo que te permite empezar guerras absurdas o entrar en las de otro como proyecto de vanidad por tu psicopatía, para justificar un incremento de impuestos o para presumir delante de los otros líderes mundiales. Una vez en el poder, existe poca rendición de cuentas y los procesos para expulsar al líder de turno son difíciles de seguir con éxito. El líder, una vez en el poder, no arriesga nada llevando a sus hombres a la guerra mientras él reside en el palacio presidencial. Actúa como un agente a cargo temporalmente de unos bienes y personas, pero no tiene ningún incentivo para cuidarlos, sino todo lo contrario, para aprovecharse tanto como pueda de estos. No se juega la piel por las decisiones que toma.

La democracia inciviliza. Las democracias se expanden abarcando cada vez más de nuestras vidas. En cada elección cada vez hay más en juego. Por eso cada vez nos dicen que esa elección en la elección de nuestras vidas. Cada vez quien se hace con el poder se hace con más poder. Aunque no todo ese poder reside en cargos políticos, gran parte de esta capacidad de conseguir objetivos se encuentra a manos funcionarios, quienes pueden estar más agradecidos con un partido u otro por subirles el sueldo, pensiones o conseguirles la plaza. Esto supone una sociedad bajo un proceso constante de polarización debido a que un gobierno puede hacer a un miembro productivo perder poco o mucho y a uno no productivo ganar poco o mucho. Debido a que la producción privada se sigue permitiendo, mayores desigualdades emergerán por lo que se impondrán cada vez más impuestos para igualar las partes. Habrá una menor inversión de uno mismo y una mayor preferencia temporal, por lo que lo que gana más gente recurrirá a la política y pasarán a ser dependientes de esta y de la redistribución de recursos que se realice. Además, la democracia es más vulnerable a prejuicios y populismos. El coste de tener prejuicios es marginalmente cero por la probabilidad de que tu voto decida una elección. En el mercado se te penaliza por actuar de una manera ilógica, en la democracia no. Y el populismo es intrínseco a cualquier democracia; para llegar al poder tienes que ser elegido y este es el principal objetivo de cualquier político, no cumplir esta o aquella promesa.

La democracia es un bien privado y un mal público. Existen pocos incentivos para informarse debido a que un voto importa poco o nada. Algunos preferirán la satisfacción moral que sienten por votar a una u otra opción antes que el bienestar que pueden dejar de recibir por otro lado. Si alguien se gasta más de mil euros por un móvil que le durará 2 años, ¿por qué no iba a gastar v.g. 500 euros por el sentimiento que le durará cuatro años de que ha votado lo correcto y poder decirlo en cada oportunidad que se le aparezca? Los perjudicados de la democracia somos todos, pero no lo suficiente como para informarnos correctamente. Pero los beneficiados ganan mucho, por lo que tienen un gran interés en mentirnos para conseguir nuestros votos. Además, en una democracia, los menos productivos votarán a favor de repartir la riqueza de los que más lo sean, castigando así la productividad y resultando en una riqueza menor de la que se podría haber obtenido de otra forma.

La democracia es una herramienta socialista. Votar implica sentarse delante de una mesa electoral e imaginar cómo sería el Estado regido por tu partido, es un ejercicio totalitario. Asume que tienes la capacidad de planificar centralmente todo un país y que conoces los suficiente de las suficientes áreas de las que se encarga el gobierno para poder decidir quién podrá ejercer esos trabajos.

La democracia es peor que el mercado. La alternativa a la democracia no es el fascismo o el comunismo, estos sistemas no son más que democracias en grado —de un partido a más de uno— con cualquier democracia al uso. Existen otras alternativas como la libertad. ¿Por qué he de aceptar tener que votar a un representante en las cámaras legislativas o, peor en el caso español, a un partido entero? ¿Por qué no puedo contratar yo a quien quiero que me represente como en cualquier otro ámbito de mi vida? ¿Por qué tengo que ser representado? Las decisiones en el mercado no se toman por mayoría. Esto permite que no exista solo una solución. Ford no pregunta a sus trabajadores qué coche debería fabricar y produce solo uno, ni Apple abre sus tiendas haciendo una encuesta a la población mundial. De ser así, ambas empresas perderían mercado. Haciendo un estudio de los usuarios de Apple por kilómetro cuadrado quizás a Apple le saldría más rentable abrir durante los próximos dos años todas sus tiendas en China y la India. Pero al no llevar a cabo un proceso democrático, son capaces de cubrir las necesidades de sus clientes minoritarios, como por ejemplo los residentes de Basilea. Las democracias borran a las minorías y sus voluntades hasta hacerlas desaparecer, cosa que el mercado sí que es capaz de tener en cuenta sus necesidades y satisfacerlas.

La democracia te vuelve ignorante. Las élites democráticas te quieren poco educado, para que así seas incapaz de cuestionarles y aceptes su propaganda mediática. Los plutócratas como Jeff Bezos o los directivos de Santander, Telefónica y CaixaBank utilizan medios de comunicación como el Washington Post en el caso del primero o el grupo PRISA para los segundos, como sus blogs personales en los que dosifican a los ciudadanos de las llamadas pastillas azules, las pastillas que te ayudan a permanecer ignorante de la cruda realidad del sistema. Contra estas existen las pastillas rojas, las que ayudaron a salir a Neo de Matrix, y vienen dosificadas por figuras de Internet como Mencius Moldbug. Por ejemplo, Moldbug nos dice que el bienestar del que disfrutan las llamadas democracias liberales puede no venir de la democracia sino del imperio de la ley; que la democracia lejos de ser inseparable de la libertad y la ley se encuentra enfrentada a estas; que el Estado no es más que una gran corporación que vela por sus propios intereses los cuales no tienen por qué estar alineados a los de los ciudadanos; que el Estado consiste en todos aquellos cuyos intereses están alineados con el mismo y va más allá de los políticos y altos cargos visibles, como observatorios, fundaciones, universidades y medios de comunicación; o que el funcionariado tiene más poder del que creemos y que ante cualquier disputa entre políticos y funcionarios, los últimos acabarán ganando.

En conclusión, puede que la democracia no sea el peor de los sistemas —me abstengo de realizar comparaciones interpersonales de valor—, pero desde luego en mi opinión está cerca de serlo. La democracia mata, legitima al Estado, pervierte a los ciudadanos, nos enfrenta y nos saquea en nombre de un concepto, la voluntad de la mayoría, que no existe ontológicamente, debido a que por su naturaleza proteica es incierto y nos impide ser libres. Debemos rechazar la democracia y con ella el Estado.

Breve apunte estilístico. Este texto, más cerca del ensayo que del artículo más académico al que estoy acostumbrado, carece de citas en el texto. No obstante, incluyo el material que me ha inspirado en la bibliografía (que no referencias ya que las obras listadas no se encuentran necesariamente citadas en el texto).

Bibliografía

Caplan, Bryan. 2007. The Myth of the Rational Voter. Princeton, Estados Unidos: Princeton University Press.

Hayek, Friedrich August. 1944. The Road to Serfdom. Chicago, Estados Unidos: The University of Chicago Press.

Hoppe, Hans-Hermann. 1989. A Theory of Socialism and Capitalism. Boston, Estados Unidos: Kluwer Academic Publishers.

—. 1994. “Time Preference, Government, and the Process of De-Civilization: From Monarchy to Democracy.” Journal Des Economistes et Des Etudes Humaines 5 (2/3): 319–51.

Huemer, Michael. 2013. The Problems of Political Authority. Nueva York, Estados Unidos: Palgrave Macmillan.

Malice, Michael. 2014. “Why I Won’t Vote This Year – or Any Year.” The Guardian, Octubre 14, 2014.

Spooner, Lysander. 1972. “No Treason No. VI: The Constitution of No Authority.” En The Right Wing Individualist Tradition in America: Let’s Abolish Government. Nueva York, Estados Unidos: Arno Press & The New York Times.

Biden y los aplausos de los balcones

Se suele decir que la clave de la felicidad es la ignorancia. Con los años te das cuenta de que es una verdad a medias; ignorar cierta información no es tan importante como tener capacidad de olvidarla.

Por ejemplo, con las elecciones en Estados Unidos todo sería mucho menos cansado de observar para el que no recuerde las elecciones del año 2000. Estuvimos cuatro años oyendo a toda la izquierda hablar del fraude de esas elecciones. Todo muy serio. De hecho, éramos los que nos lo tomábamos a pitorreo los que estábamos en el lado simplón e ingenuo de la política.

Tampoco estaría mal olvidar la guerra de Irak. Al parecer la bondad de una Administración americana se medía por las guerras que iniciaba. Hasta tal punto eso era así, que si un Gobierno español, intentando sacar partido en su propia lucha contra el terrorismo, osaba dar apoyo diplomático a una intervención militar yankee se abrían las puertas de infierno y toda la política española giraba ante ese hecho.

Olvidar el “yes, we can” de Obama no sería nada fácil, pero nos vendría bien para volver a tener un poco de respeto a todos aquellos, y no fueron pocos, que confundieron a un simple político con el mesías que venía a salvar nuestras almas pecadoras.

Pero lo más difícil de todo sería no recordar lo que ha pasado desde 2016 hasta hoy. La victoria de un tipo al que toda la intelligentsia daban como perdedor sin la más mínima opción. Su espanto a comprobar su error seguido de la histeria absoluta donde, por un lado, se quiso ignorar los contrapesos existentes en el país norteamericano y, por otro, se convirtió a un empresario populista y bastante zafio en una especie de líder paramilitar que en cualquier momento podría sacar los tanques a las calles y acabar con la democracia.

A esto hay que sumar el esperpento de la injerencia rusa, donde gente que presume de sesuda se ha pasado años intentando convencernos a todos de que unos bots en redes sociales decidieron unas elecciones.

Olvidar todo esto es la única forma de no sentir un profundo hastío por la sociedad actual ante el espectáculo que hemos presenciado estos días.

Un análisis simple al alcance de cualquiera sería este: la campaña de voto por correo de los demócratas ha conducido a uno de los recuentos más patéticos de las democracias occidentales. Trump lo va a aprovechar para no conceder la derrota hasta que no le quede más remedio, y de paso intentar crear el relato de que le han robado las elecciones.

Pero al parecer esto es demasiado tibio. No muestra el abismo al que estamos expuestos.

Tardar días en contar votos no es razón para hacer crecer sospechas de fraude. Los bots rusos sí, mira este vídeo del New York Times que te lo explica.

Que Trump ponga en duda la victoria de su contrincante es destrozar la democracia americana, lo que hizo Al Gore… no, eso no tiene nada que ver, mira este documental de Michael Moore donde queda todo claro.

Pero Trump no es un presidente normal, es un ser maligno al que nunca se había enfrentado la sociedad americana. No como George W. Bush que era un talibán cristiano medio idiota manejado por un ser siniestro que montaba guerras con cientos de miles de muertos para ganar algo de dinero. Mira la peli de Christian Bale, que refleja muy bien la maldad del personaje.

Todo es tan descarado que provoca bochorno describirlo. Pero el problema no es ese. La izquierda es sectaria, ¿y qué? ¿No lo es también la derecha?

Lo malo en España es que esta incapacidad de ver mininamente la realidad respecto a la política de Estados Unidos no se concentra en un lado, es algo trasversal.

Ahí estará siempre para su estudio la famosa encuesta del CIS donde George W. Bush puntuaba peor que Otegi en la opinión de los españoles, en una época en que sus compañeros terroristas seguían pegando tiros en la nuca y poniendo bombas.

Odiar a Bush o a Trump no es algo de izquierdas en nuestro país. Es nuestro aplaudir en los balcones. Una cosa que nos gusta hacer juntos, que nos hace sentir bien porque nos hace olvidar nuestras miserias y, seguramente por eso, nos olvidamos de que nos viene impuesto por todas las televisiones al unísono.

El problema es que la prensa está sobreestimando su capacidad de manipulación. Los republicanos pueden ser el diablo porque nos pillan lejos, pero la realidad del día a día de una pandemia que nos está cambiando la vida a todos, y que va a tener unas consecuencias económicas enormes, supera cualquier capacidad de fabricar consensos artificiales.

Dice Taleb que lo que acabará con los medios de comunicación es su no oposición a lo que la gente percibe como el poder establecido. Es muy posible que el tratamiento mediático a Obama fuera el punto de inflexión que trajo a Trump, y es muy posible que la vergonzosa actuación de los medios de comunicación estos duros meses traigan también sus consecuencias.

Y sí, nadie ha dicho nunca que las consecuencias de las malas acciones vayan a ser buenas, centradas y poco populistas. De hecho, la historia demuestra lo contrario. Pero para entenderlo hay que elegir no olvidar lo que nos disgusta. Hay que ser adultos, hay que aceptar que existe la posibilidad de que no nos toque ser felices esta vez.

El cisne negro de las pensiones

Estas semanas de semiconfinamiento son un momento tan bueno como cualquier otro para retomar a Nassim Nicholas Taleb. En este caso, El cisne negro. Nadie explica mejor la incertidumbre, las probabilidades, los riesgos. En realidad, nadie explica mejor la vida: me sigue pareciendo el autor actual más interesante, perspicaz y profundo. También uno de los más claros: se le entiende todo y se agradece.

Como decía, 2020 es un buen año para leer a Taleb, pero no por la covid-19 (por cierto, Taleb asegura que lo que nos ha pasado no ha sido ningún cisne negro, entre otras cosas porque él lleva años alertando sobre un virus que se propaga a todo el mundo en semanas desde el sureste asiático). Creo que él nos diría que, en ese tema, el último año para leer sus libros (y comprenderlos y asimilarlos) habría sido 2018. Cuando todavía podíamos hacer algo para prepararnos.

Y sí, llegamos tarde para el coronavirus… pero no para lo que vendrá después. Porque, además, estamos todos un poco enloquecidos haciendo predicciones. En estos meses, si hay un tema de debate que ha competido con la necesidad de las mascarillas, la idoneidad de los confinamientos o las estrategias de Suecia, Nueva Zelanda o Taiwan… si ha habido un tema recurrente, decimos, ha sido el de qué pasará a partir de ahora. Cómo será nuestro futuro y cómo habrá cambiado el planeta en 2030: ¿quedarán en pie nuestras ciudades o nos habremos mudado todos al campo? ¿los robots nos robarán todos los trabajos? ¿habrá nuevos coronavirus?

Pues bien, para (no) responder a todo esto, el mejor es Taleb.

El escritor libanés no aparenta ser demasiado humilde. De hecho, leyéndole uno intuye a un tipo prepotente, un poco huraño, más bien antipático, socarrón hasta ese límite que roza el insulto (y sí, me encantaría conocerle y hablar con él). Pero su filosofía sí es humilde y sensata, y por eso me gusta tanto. Si tuviera que quedarme con una de sus idea, sería la que se resume en esa máxima del jugador de béisbol Yogi Berra a la que Taleb recurre a menudo: “It’s tough to make predictions, especially about the future“, algo así como “es complicado hacer predicciones, especialmente sobre el futuro”. [Un apunte, parece que no está claro si fue Berra el que realmente dijo la frase o se la han atribuido por error].

Si alguien tiene que aprender de esa idea somos los periodistas. Y los economistas. Nos pasamos el día haciendo predicciones, dando opiniones, adelantando lo que ocurrirá, citando expertos, usando hojas de cálculo con proyecciones… adivinando un futuro que casi nunca hemos logrado anticipar.

En mi caso, desde hace 5-6 años, el tema del que más he escrito es el de las pensiones. Y no por elección, sino casi por obligación: tras mis primeros artículos sobre esta cuestión, en el periódico nos dimos cuenta de que se leían muchísimo más que los dedicados a cualquier otro asunto. Las preguntas de los lectores, de los oyentes y de mis amigos se multiplicaban. Pocas cosas parece que interesen más.

El ‘futuro’ de la Seguridad Social

Todo esto de Taleb, la humildad a la hora de hacer predicciones y las pensiones viene a cuento porque muchas personas, cuando me preguntan sobre la situación financiera de la Seguridad Social, sobre cuál será su prestación o sobre el déficit, me dicen que les doy miedo, que leen mis artículos y se preocupan, que les anticipo un futuro negro, casi que se deprimen tras leer las cifras. Parece claro que soy uno de esos agoreros, de los catastrofistas, sobre los que alertan nuestros políticos. Uno más que hace predicciones muy negativas… que luego a lo mejor no se cumplirán.

Si es así, estoy transmitiendo la idea equivocada. Yo estoy con Taleb: no tengo ni la más remota idea de cómo será el futuro. Ni el futuro en general ni el de las pensiones, ni el de la deuda pública. Desde luego, ni me acerco a intuir cómo será el mundo de 2040.

En realidad, se me ocurren bastantes escenarios en los que podrían desaparecer todos esos riesgos-peligros que ahora parecen tan inminentes (como los periodistas no aprendemos, mi próximo artículo girará en torno a las “megatendencias” de las que hablan los gurús):

una recuperación económica espectacular, al estilo de lo que sucedió hace un siglo, tras la epidemia de la gripe española, que dispara el empleo y los ingresos del Estado;

avances tecnológicos que adelantan en varias décadas el proceso de robotización-digitalización que ya anticipamos y que no sólo no nos empobrecen, sino que nos hacen más productivos y ricos

una marea de inmigración de alto poder adquisitivo y alta productividad, que decide que, si va a trabajar desde casa… mejor que esa casa esté en Málaga que en Helsinki o en Eindhoven. Como ya he escrito otras veces, ésta siempre me ha parecido una de nuestras mejores bazas como país; y hace un par de días leía esto en el Twitter de Berta G. de Vega: “Cosas que pasan. Tiendas de golf en la costa que están vendiendo bastante a residentes nuevos nórdicos que se han venido a vivir aquí y a currar online. Y se compran los palos”. ¡Crucemos los dedos!

una revolución en los cuidados médicos (por ejemplo, chips que nos monitorizan y se adelantan a las enfermedades) que abarata la factura sanitaria y libera presupuesto para otras partidas, como las pensiones

…o un cisne negro

Sí, un cisne negro. Porque siempre que nos viene a la mente esta imagen, pensamos en algo malo. Pero no tiene por qué ser así. Taleb describe un cisne negro como un suceso con tres atributos: “Es una rareza que habita fuera de las expectativas normales; produce un impacto tremendo; y la naturaleza humana hace que inventemos explicaciones de su existencia después del hecho, con lo que se hace explicable y predecible a posteriori”.

Es verdad que Taleb nos alerta más sobre las sorpresas negativas. Porque son las que nos pueden hacer más daño si no vivimos en un entorno antifrágil (otra idea que me encanta). Pero también nos avisa de que el suceso puede ser positivo y de que, sea bueno o malo, podemos sacar mucho partido de lo inesperado si estamos preparados.

Aquí habrá algunos lectores confundidos. “Pero, Domingo… sólo en el último año te hemos leído titulares sobre ‘la vía griega‘ para las pensiones, ‘cinco advertencias para tomarnos muy en serio’, ‘un recorte inevitable‘, o ‘las verdades del barquero que no queremos mirar’. ¿Y ahora nos dices que no tienes ni idea de cómo será el año 2040? ¿Y que las cosas podrían salir bien?”.

Exactamente. Ésa es la idea.

La apuesta

Cuando hace unas semanas escribí sobre “la vía griega” por la que ha optado el Pacto de Toledo, no es porque piense que es inevitable que en la próxima década se produzcan recortes del 10-20-40% como pasó en el país de Alexis Tsipras. Lo que han hecho nuestros políticos no es condenarnos… es optar por la no reforma, como hicieron los griegos. ¿Y qué esperaban los políticos helenos en el año 2000? ¿Una situación como la de 2012? No, esperaban que todo saliera bien: que Grecia creciera, que no hubiera una crisis financiera, que la financiación de la UE sirviera para ir cerrando el agujero presupuestario, que las inversiones llegaran (incluso sin reformas) atraídas por un país con mano de obra barata y dentro de la Eurozona… que todo saliera bien. Y si no salía, que el marrón se lo comiese otro.

Aquí hemos hecho la misma apuesta.

Las reformas de las pensiones que se han aprobado en varios países de Europa en los últimos 20-30 años no son perfectas, ni cubren ante cualquier riesgo, ni implican una promesa a sus trabajadores actuales de que podrán jubilarse con una prestación tan generosa como la de sus padres. No lo dicen, porque no pueden decirlo. Las reformas como la sueca (el modelo que, en mi opinión, debería tener en la cabeza el legislador español) son, sobre todo, flexibles. No pretenden anticipar el futuro, sino estar preparadas para el mismo. Sí, es cierto, imponen algunos pequeños ajustes desde ya, incluso aunque podrían ser innecesarios si todo saliera bien; y al mismo tiempo intentan proteger a sus ciudadanos de recortes brutales si algo falla.

Porque lo normal es que falle. Lo normal es que tengamos una población más envejecida; que la montaña de deuda pública en la que nos sentamos nos pase factura; que el estancamiento de la productividad que arrastramos desde hace décadas siga presente; que la esperanza de vida siga creciendo (esto es una noticia excelente, pero un reto financiero); que nuestro mercado laboral siga siendo menos eficiente que el holandés o el alemán; o cosas todavía peores… Porque nos podría ir mejor, pero también peor de lo que pensamos.

Esto es para lo que debemos prepararnos. Por supuesto, al mismo tiempo que intentamos reformar todos esos problemas para que su impacto sea lo menos negativo posible.

¿Y si todo lo anterior sale bien? ¿O si hay un cisne negro de los buenos que nos salve? Porque el cisne negro de las pensiones no es que quiebre el sistema… Eso es lo que lleva sucediendo desde hace 40 años. El cisne negro sería que no quebrase más.

¿Y si ocurre eso? Pues mejor.

Nos lo han dicho cientos de veces nuestras abuelas, una fuente de sabiduría a la que Taleb también recurre a menudo. A mí, por ejemplo, la mía me lo repetía cada vez que me sentaba a ver un partido del Atleti: “Hijo, tú tienes que pensar que van a perder… y así te preparas. Luego, si ganan, la alegría es doble”. Tendría que haberles hecho más caso, a Taleb y a mi abuela, en las pensiones… y en lo del Atleti también.

La Comisión Europea desmonta la propaganda gubernamental

“I’ll tell you once more before I get off the floor don’t bring me down”. Jeff Lynne.

¿Recuerdan cuando el Gobierno nos hablaba del tercer trimestre como si un rebote por efecto base fuera un récord de crecimiento? La Comisión Europea, organismo diplomático, que tiende a ser optimista y relativamente benigno en sus estimaciones, acaba de recordar la realidad.

España será el país de Europa que más caiga en 2020, con peor recuperación, y el que más tasa de paro y mayor déficit presente en 2020, 2021 y 2022. Y no lo hace por poco, sino con enormes diferencias. La recuperación estimada se sitúa en casi la mitad de la cifra que usa el Gobierno en su ridículo Plan de Presupuestos.

Esto no es una crisis simétrica ni le está pasando a todo el mundo igual. Ver cómo países como Grecia y Portugal reflejan cifras mucho mejores y sólidas que España es francamente preocupante y muestra que sí, que las políticas gubernamentales sí tienen impacto negativo en la economía más allá de la pandemia.

¿Se han dado cuenta como la propaganda ha dejado de hablar del ejemplo portugués? ¿Por qué? Porque un Gobierno de izquierdas ha implementado medidas liberales y serias de contención de gasto estructural, impuestos bajos al capital y la inversión y nos superan en todos los frentes, algo que me alegra mucho por nuestros amigos portugueses, por supuesto.

Grecia y Portugal han sabido gestionar la pandemia y la crisis mucho mejor que España sin devastar su sector turístico ni la actividad empresarial. Eso diferencia claramente la gestión de los gobiernos.

La Comisión Europea se une al Banco de España, la AIReF y la inmensa mayoría de analistas y desmonta las previsiones ficticias, voluntaristas e inconsistentes del gobierno. Mientras el Gobierno se aferra a un cuadro macro y Presupuestos sin credibilidad, las autoridades independientes recuerdan que las estimaciones son excesivamente optimistas y no cuadran.

Los datos de producción industrial de septiembre, estancados en una caída de 3,4% anual desestacionalizada, reflejan ese pobre rebote generado por el efecto base. La energía (−0,4%) y los bienes de consumo duradero (−1,7%) presentaban ya descensos respecto a agosto, dejando claro que el rebote se revertía en un mes. La Industria del cuero y del calzado (−27,0%) y refino de petróleo (−17,2%) registran las mayores bajadas.

Es importante recordarlo porque el refino es directamente reflejo de la demanda no solo de gasolinas y gasóleos sino de otros productos usados en la industria. Solo salva el dato de producción industrial la fabricación de productos informáticos y la de productos farmacéuticos (9,7%). Nueve comunidades ven su producción industrial caer mientras el Gobierno habla de “recuperación robusta”.

Pero lo más preocupante son los datos del paro. España no crea empleo desde la reapertura. Solo saca personas de los ERTE. Si no consideras paro los ERTE no puedes considerar creación de empleo salir del ERTE.

Sacar personas de los ERTE no es crear empleo. El paro subió en octubre en 49.558 personas hasta los 3,8 millones y ya hay casi 600.000 parados más que antes de la crisis. Que el gobierno nos diga que es un octubre bueno comparado con la serie histórica es una broma cuando ignora el año de devastación que llevamos.

A cierre de octubre hay 648.000 personas desempleadas más que en octubre de 2019, cuando el mercado laboral ya estaba en desaceleración. En España hay 18,99 millones de afiliados, 357.974 menos que en marzo a pesar de cinco meses de reapertura.

El sistema ha perdido 439.628 afiliados desde octubre de 2019. Tenemos 4,4 millones de personas en paro + ERTE. Casi 600.000 personas continúan en ERTE ante un cuarto trimestre muy difícil. Recordemos que Morgan Stanley y Capital Economics estiman una caída del PIB del cuarto trimestre en España del 2,5% al 3%.

España refleja el peor desempeño en términos de empleo de toda la Unión Europea tanto en términos interanuales como durante la crisis y la mal llamada recuperación.

Es urgente que se tomen medidas de oferta para evitar que esas estimaciones de la Comisión Europea no vuelvan a tener que rebajarse.

Lo llevamos diciendo en esta columna desde febrero. Exonerar impuestos para preservar el tejido productivo. Cero ingresos, cero impuestos. No se puede cargar a la hostelería con la misma batería impositiva que en 2019 mientras se le hunde el negocio dejando a miles de pequeños empresarios en la ruina.

Es insultante mantener impuestos a la actividad o fijos y las sangrantes recargas por retraso en pago cuando las empresas están desangrándose. Ni se recauda ahora ni se recaudará después cuando desaparezcan miles de pequeñas empresas. Hay que abandonar la fallida política de conceder préstamos para pagar impuestos en el futuro.

Los avales son una condición necesaria pero no suficiente, ya que no evitan el cierre empresarial ante un desplome de ventas con impuestos. Hay que dar líneas de liquidez sin recurso para microempresas, como ha hecho Alemania que compensa a las microempresas afectadas por el cierre forzoso.

Es una vergüenza, además, que el Gobierno mantenga el aumento de costes laborales en un país con una tasa de paro del 16,7%. Contratar a una persona en España es hoy un 10% más caro que hace dos años para la mayoría de contratos, tras la subida ideológica y contraproducente de los impuestos al trabajo.

El Gobierno continúa pensando que dar cifras optimistas, propaganda y mensajes voluntaristas va a dar confianza. La ministra de Economía repetía que la recuperación “depende de dar confianza a los inversores”. 

Mentir con expectativas de ciencia ficción no da confianza. Ser el único país de Europa que aumenta impuestos generalizados al consumo, la inversión y el empleo no da confianza. Lo que daría confianza es que el gobierno dejara de poner la zancadilla al tejido productivo.

La innovación como motor social

“¿Quién que crea que hay hijos de dioses no va a creer en la existencia de los dioses? Sería algo tan absurdo como creer que existen los mulos, pero no los caballos y los asnos”. Sócrates, según Platón, el día de su juicio.

Un ejemplo socrático como defensa de la innovación

Escuché aterrado en una ocasión, hace alrededor de un año, al vicepresidente del Gobierno, como a él le gusta autodenominarse, que debían existir instituciones como Unidas Podemos para “protegernos de la globalización”. La frase me resulta aterradora, no necesité digerirla demasiado, aunque conceptos como globalización estén plagados de matices.

Avanzamos al día de hoy cuando recientemente se publica Fratelli tutti, tercera encíclica del papa Francisco, en busca del bien común. Se pueden leer inventos del calibre de “el avance de este globalismo favorece normalmente la identidad de los más fuertes que se protegen a sí mismos, pero procura licuar las identidades de las regiones más débiles y pobres, haciéndolas más vulnerables y dependientes”.

El resumen sería el siguiente: nos hemos inventado un sistema que alivia la situación de pobreza extrema, y que la hace pasar de un, aproximadamente, 90% en 1900 a un 5% en 2019 precovid. Sin embargo, necesitamos instituciones y gurús que con sus grandes capacidades de planificación (aunque carezcan de experiencia planificadora o de organización de cualquier equipo), nos protejan contra eso.

Decir que estoy en las antípodas de estos razonamientos es una obviedad. Nuestra función como empresarios es fomentar el cambio, mejorar las cosas y la vida de la gente a través de nuestros productos o servicios. Cuantos menos Oráculos de Delfos planifiquen nuestra innovación, más oportunidad tiene el consumidor de obtener mejores productos o servicios.

Oí al gran Antonio Escohotado decir que el empresario se dedica fundamentalmente a dos cosas: intentar fabricar más barato e intentar ofrecer un mejor producto o servicio para vender más. No tengo más que añadir ante esta explicación perfecta.

Observemos la premisa que suele usarse como ariete para ponernos a temblar y enfrentarnos a la innovación: “los robots nos quitarán los puestos de trabajo”. Por cierto, se puede cambiar la palabra robot por caballo, tren, avión, ordenador, buey u hombre libre. De este modo recorremos la historia de una de las falacias más usadas por los Enemigos del comercio, la gran obra del maestro Escohotado. “Los robots nos quitarán los puestos de trabajo” es prácticamente un sinónimo del citado “el avance de este globalismo favorece normalmente la identidad de los más fuertes que se protegen a sí mismos”, o, del punto 21 de la encíclica, cuando indica “aumentó la riqueza, pero con inequidad”.

Los datos refutan al papa: los países menos desarrollados han crecido más que el resto del mundo, más que EEUU y más que Europa, desde 1990, y la desigualdad, según el índice Gini, se ha reducido en estos últimos 200 años.

Esta manipulación de los robots “robando” empleo no es más que un homenaje a Sócrates cuando le indica a Meleto el día de su juicio que pensar que él era ateo era tan absurdo como “creer que existen los mulos, pero no los caballos y los asnos”.

Si los robots (y sucedáneos de robots en el espacio o en el tiempo) nos quitaran los puestos de trabajos, los países más robotizados tendrían tasas relativamente altas de desempleo o estarían, al menos, aumentando en los últimos años. ¿Correcto? Si esto no fuera así, pedir la protección (o necesitarla), es como creer que hay mulos pero no caballos, ni asnos.

Según el World Economic Forum, en 2016, los cinco países más robotizados eran: Corea del Sur, Singapur, Japón, Alemania y Suecia. Haciendo una media ponderada de las tasas de desempleo que tendrían estos países, el resultado que encontramos es 3,40%, comparada con el 5,49% de la tasa de desempleo del mundo en 2017. Además, todos ellos manejan una tendencia bajista en los últimos 10 años (desde la crisis de 2017).

Si los países más robotizados son algunos de los países con menores tasas de desempleo, ¿por qué debemos negar una sociedad abierta al futuro y a la innovación?

Y añado, si el capitalismo o la globalización no ayudan a los pobres, Meleto tendría razón y los capitalistas no estaríamos pensando en los más desfavorecidos. Creeríamos, otra vez, en los mulos pero no en los caballos.

El peligro del ‘wishful thinking’ económico

El llamado wishful thinking, que podríamos traducir por “pensamiento desiderativo”, es la tendencia a tomar como premisa lo que nos gustaría que sucediera, la ilusión de lo que deseamos, en lugar de la realidad.

Lo practicamos la mayoría de los mortales. Lleva a situaciones de frustración desde nuestra infancia, cuando en el colegio sacabas malas notas y habías planeado el fin de semana contando con que aprobabas. O cuando das por hecho el éxito de tu proyecto porque tu idea es buenísima. Mucho más peligroso es cuando haces planes con el dinero ajeno sobre la base de ilusiones que no se acercan, ni de lejos, a la realidad. 

El viernes pasado escuché a un entendido en la materia decir que, si nos dan finalmente los fondos europeos, a pesar de los problemas de absorción, ejecución y cogobernanza, “vamos a poder” salir adelante. A mí también me gustaría que fuera cierto, pero es bastante dudoso acierte. 

Primero nos tienen que dar los fondos. Además tenemos que tener capacidad de gasto, que no es exactamente lo que parece. Imaginen participan en un concurso en el que les dicen: “Tienes un millón de dólares para gastar”. Fácil, ¿no? Ahora imaginen que les dicen: “Tienes que gastar un millón de euros con estas condiciones: no viajes, no fiestas, no casas…” y todo un pliego de condiciones que incluyen la medición de los efectos positivos en tu economía de ese gasto.

Si no tienen un plan bien pensado, tal vez no sea tan fácil. Bueno, pues algo parecido es lo que sucede con los fondos. María Vega explicaba las dificultades de invertir en I+D+i en nuestro país. La desinversión, tanto en esa partida como en otras, la caza de brujas de los inversores, el señalamiento público de quienes son tan importantes para que funcione nuestro sistema financiero es parte del trasfondo.

La evolución de los hábitos políticos socialistas en lo que se refiere a la gestión de fondos ha ido a peor. Recordemos, como hicimos un par de semanas atrás, la fiesta del gasto de Zapatero que lastró la recuperación española de la crisis del 2008. 

Ahora la cosa es más seria, pero el gabinete de Sánchez parece no enterarse. Estamos en un entorno mucho más incierto, no hay anclas, no podemos contar con que nuestros socios europeos nos van a rescatar. Y no vale el “too big to fail”, que hacía alusión a que nadie iba a dejar caer económicamente a una entidad lo suficientemente grande, porque podría arrastrar al resto, fuera esta entidad un banco o un país, como España dentro de la Unión Europea. 

La pasada semana, Andrea Enria, presidente del Consejo de Supervisión del Banco Central Europeo, dejaba encima de la mesa la idea de un “banco malo” europeo, diseñado de manera que no se mutualizaran las deudas (es decir, que no nos pague la cuenta nadie) y que canalizara los créditos “malos”. Con esa sugerencia movió la alfombra bajo los pies de todos, analistas incluidos, que empezamos a sospechar que, tal vez, si hay un segundo confinamiento domiciliario, o se recrudece la pandemia, el BCE no será capaz de rescatarnos a todos. Sonó a que los Reyes Magos son los padres.

Enria explicaba que es importante que los bancos y las autoridades políticas estén preparados para un “probable” incremento de los préstamos dudosos, los conocidos como NPL (por sus iniciales en inglés Non Performative Loan) que llevan las economías a la zombificación empresarial. La preocupación por este hecho es notable desde mitad de octubre pasado en países como Alemania, con una economía más potente que la nuestra. En dicho país se calcula que el número de empresas no viables sostenidas por las ayudas públicas (las empresas zombies) podría ascender a 500.000. En este sentido, deberíamos preguntarnos qué estamos escondiendo bajo el paraguas del Covid 19.

Por otro lado, las circunstancias en el ámbito internacional no son esperanzadoras: el Brexit sin acuerdo nos va a hacer daño, los resultados de las elecciones estadounidenses que tienen lugar esta semana, sin duda, van a inyectar inestabilidad al sistema. A eso hay que sumarle que ya no tenemos el recurso a los países emergentes, que hasta ahora han absorbido, mal que bien, nuestras angustias. Eso ya es pasado: la pandemia y las dificultades económicas provocadas por la complicada gestión de fondos, en países con instituciones frágiles, les está golpeando muy duro. 

El profesor Oliver Blanchard explicaba en las redes sociales el problema de incertidumbre actual, más complicado que en marzo: entonces podíamos permitirnos imaginar que lo controlaríamos en breve. Ahora sabemos que no. Sabemos que los problemas de demanda van a dañar una oferta que apenas se puede recuperar. Sabemos que, en estas circunstancias, la medida de los cierres, perimetrales o de cualquier tipo, debe ser muy escrupulosa para no asfixiarnos y dejarnos en la calle. 

La evolución de la pandemia y su control es muy incierta, y llega el invierno. No sabemos cuánto oxígeno le queda a nuestra economía. Y sospechamos que la Unión Europea puede no ser todopoderosa. 

Ahora es cuando yo debería dar la receta para salir de ésta. Pero no existe. Puedo reafirmar mi creencia en que el gasto ha de justificarse y demostrar su impacto positivo, que ha de centrarse en el control de la pandemia, y que hay que mantener vivas las empresas y a los sufridos autónomos porque son la fuente de trabajo de los españoles. Pero nada más. 

Aparte de eso, sí puedo decirles lo que no funciona en estos momentos: mentir, falsear estadísticas, manipular la información para confundir, anteponer los intereses de los partidos políticos a los de los ciudadanos, elevar el tono de las acusaciones y azuzar a la gente para que aumente la crispación camorrista. Y el wishful thinking, fantasear con el dinero ajeno tampoco funciona.

Por qué el Estado no protege la propiedad privada

Supuestamente, la función esencial del Estado es proporcionar seguridad a los habitantes dentro de su jurisdicción; sin embargo, un somero análisis nos indica que el Estado es un pésimo proveedor de protección (Hernández, 2020). Hoy veremos por qué el Estado no sólo no protege la propiedad privada, sino que, de hecho, es su principal amenaza. He aquí algunas razones:

1. El Estado no produce nada, todo lo que tiene, consume para sí o entrega a terceros procede de la confiscación (presente o futura) de bienes a sus legítimos dueños. Como decía Nietzsche (en boca del profeta Zaratustra), refiriéndose al Estado: «Todo lo que tiene es producto del robo». El Estado no puede defender la propiedad privada porque el Estado vive de violarla. Si el Estado renunciara a la confiscación, es decir, si los impuestos fueran voluntarios, su existencia sería efímera porque los consumidores no valoran sus servicios. Es una contradicción que el Estado agreda fiscalmente a los individuos para luego decirles que usará el dinero para protegerles de (otros) ladrones. Praxeológicamente, el Estado no se diferencia de una mafia que extorsiona a sus «clientes» para darles seguridad. En el mejor de los casos, el Estado puede hacer dos cosas: a) Contener su propia agresividad fiscal; b) Impedir la competencia de otros ladrones externos (Estados) o internos (delincuentes comunes). Dicho en «román paladino»: robando poco y dificultándoselo a los demás. 

2. El poder político y la propiedad privada son por naturaleza antagónicos. A mayor poder, menor protección goza la propiedad, tal y como se observa en Cuba, Corea del Norte o Venezuela. Decía Frank Chodorov (2020: vii): «Un Gobierno es tan fuerte como lo son sus ingresos»; por tanto, el interés de todo gobierno es optimizar su ingreso fiscal, tal y como pretende —vanamente— la famosa Curva de Laffer. Cuando un político dice que pretende «mejorar» un impuesto deberíamos cavar un hoyo profundo en la tierra y esconder el dinero porque lo que busca es incrementar la cantidad de dinero a su disposición. La propiedad privada se compone de dinero y otros bienes muebles e inmuebles. El cuerpo no entra en esta categoría, sin embargo, la confiscación monetaria es una forma indirecta de esclavitud porque el confiscado está obligado a entregar una parte del fruto de su trabajo a un amo impersonal: el fisco. La única forma de combatir la esclavitud fiscal es reducir el esfuerzo laboral o pasarse a la economía sumergida. El Estado, no obstante, mantiene en la actualidad algunos residuos de esclavitud temporal llamadas «prestaciones personales» forzosas: servicio militar obligatorio, prestaciones electorales y judiciales (jurado). El Estado enmascara su coacción mediante un engaño, a saber, diciendo que la prestación es, a la vez, derecho y obligación, algo a todas luces imposible y que ya fue reprochado por el eminente jurista D. Antonio García-Trevijano.[1]

3. Los espacios privados, en realidad, son molestos para el Estado porque constituyen un santuario, un refugio donde el poder político no llega o lo hace con dificultad. El Gobierno no puede imponer normas «puertas adentro» y esto incomoda a los políticos cuya máxima aspiración (psicopática) es ordenar la conducta ajena. Por ejemplo, los políticos no pueden prohibir fumar en las viviendas particulares, y si lo hacen en negocios abiertos al público (que no «públicos»), encuentran la resistencia de algunos propietarios. Eurovegas no se instaló en Madrid, entre otros motivos, porque la legislación española no permitía fumar en los hoteles y casinos propiedad del Sr. Adelson, lo que supuso la pérdida de 17.000 millones de euros de inversión y 260.000 puestos de trabajo. Cuando las instituciones no respetan los derechos de propiedad, esta se deprecia, el capital huye, la inversión se reduce y la informalidad aumenta. Algunas leyes fracasan porque los individuos no están dispuestos a observarlas y el aparato de coacción estatal no puede impedir su incumplimiento. Tal fue el caso de la ley 27/2011, que obligaba a millones de particulares a ingresar cotizaciones a la Seguridad Social por los servicios de los empleados de hogar, desde la primera hora de trabajo. El elevado número de afectados y el hecho de que el trabajo se realizara en domicilios particulares convirtió la norma en «papel mojado». El análisis económico del derecho predice que si es más costoso cumplir la ley que desobedecerla las personas se desplazan desde la legalidad a la costumbre y a la economía sumergida (Ghersi, 2005). Los consumidores de servicios domésticos no estaban dispuestos a realizar unos trámites más propios de una empresa y dejaron de contratar o directamente incumplieron la norma.

4. El problema de los okupas. ¿Por qué el Estado español no defiende los derechos de los propietarios? Nuestro código penal protege la propiedad de forma asimétrica y establece dos delitos: allanamiento[2] y usurpación.[3] Ocupar una vivienda con moradores es allanamiento y la expulsión de los intrusos sería inmediata; en cambio, ocupar una residencia vacía es usurpación y la recuperación de la propiedad resulta mucho más costosa. Los okupas usurpan preferentemente las propiedades vacías de los bancos porque estos reaccionan con lentitud y los incentivos para la recuperación son menores, pero las segundas residencias de particulares también es un objetivo apetecible. La incapacidad del Estado para proteger el derecho de propiedad se observa en el aumento de la publicidad de alarmas, en la oferta de seguros antiokupación y en el rápido crecimiento de empresas especializadas en la recuperación de viviendas. Lo que el Estado no logra en meses, la empresa Desokupa lo consigue en menos de una semana.

Los okupas justifican su crimen alegando que la «vivienda» es un derecho constitucional:[4] «Tenemos derecho a un piso: o nos lo dan, o lo cogemos». El peligro de crear derechos espurios es que la gente termina creyéndoselos y exigiéndolos. Para colmo de males, los políticos de la izquierda radical y otros enemigos de la propiedad privada ven con buenos ojos que vagos y maleantes usurpen las propiedades de bancos y ricos (pero nunca la suya).

Bibliografía:

Bastiat, F. (2012). Obras escogidas. Madrid: Unión Editorial.

Bastos, M. A. (2005). «¿Puede la intervención estatal ser justificada científicamente? Una critica». Procesos de Mercado, Vol. II, no 1, pp. 11 a 51.

Chodorov, F. (2002) [1954]: «The Income Tax: Root of all Evil». [Versión online]. Ludwig von Mises Institute.

Constitución española de 1978.

Ghersi, E. (2005): «El carácter competitivo de las fuentes del Derecho» [Vídeo]. Recuperado de <https://www. tube.com/watch?v=w034GEg8awc>

Hernández, J. (2020). Defensa y Seguridad. ¿Estatal o Privada? Madrid: Unión Editorial.

Ley 27/2011, de 1 de agosto, sobre actualización, adecuación y modernización del sistema de Seguridad Social.

Ley Orgánica 10/1995, de 23 de noviembre, del Código Penal.

Mises, L. (2009) [1922]. El Socialismo. Madrid: Unión Editorial.

Nietzsche, F. (1984): Así́ habló Zaratustra. Madrid: Busma.

Real Decreto 1620/2011, de 14 de noviembre, por el que se regula la relación laboral de carácter especial del servicio del hogar familiar.

[1] https://www.youtube.com/watch?v=NNgtyr5HDtY

[2] Artículo 202. 1. El particular que, sin habitar en ella, entrare en morada ajena o se mantuviere en la misma contra la voluntad de su morador, será castigado con la pena de prisión de seis meses a dos años. 2. Si el hecho se ejecutare con violencia o intimidación la pena será de prisión de uno a cuatro años y multa de seis a doce meses.

[3] Artículo 245. 2. El que ocupare, sin autorización debida, un inmueble, vivienda o edificio ajenos que no constituyan morada, o se mantuviere en ellos contra la voluntad de su titular, será castigado con la pena de multa de tres a seis meses.

[4] Artículo 47. Todos los españoles tienen derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada.

La curva de la violencia

En su libro Rules of contagion, Adam Kucharski explica varios fenómenos a los que se les puede aplicar los hallazgos de la epidemiología. Por supuesto, virus y bacterias, pero también los programas malignos informáticos, las redes sociales, la obesidad, el crimen… y la violencia callejera.

Es cierto que en la violencia hay un efecto de imitación. Cita al profesor John Pitts diciendo: “No puedes crear unos disturbios tú solo”. Para entender el fenómeno, recurre al fenómeno de umbral de la violencia. Hay radicales que recurrirán a ella aunque sean los únicos. Otros esperarán a ver un acto violento para sumarse, pero entonces ya no serán más de uno. Muchos no se sumarán hasta que no vean a un grupo destrozando y robando tiendas a su paso. Otro modo de verlo es que si los actos violentos alcanzan cierto nivel, si superan el umbral en el que otros pasarán a la acción, lo que se produce es un efecto dominó. Por eso la violencia se propaga como el fuego, porque hay muchos con el alma ya incandescente, y a la vez combustible, esperando la ocasión.

Me he colocado en el momento en que se prende la llama, en que la situación pasa de que haya un detenido por lanzar un adoquín a una tienda, sin que el acto pase ni a las noticias locales, a las imágenes intercambiables de ciudad a ciudad, como ocurre en estos momentos en España. Pero podríamos retrotraernos uno o muchos pasos atrás.

La violencia nunca se produce de forma inopinada, aislada y sin causa o antecedente. Y no es irracional, salvo que la persona tenga el cerebro secuestrado por el burundanga, o una sustancia parecida. La violencia forma parte de las acciones posibles de cualquiera de nosotros, y aguarda en nuestro seno hasta que decidamos recurrir a ella. Su uso es dañino y peligroso, de modo que además de que liberemos a nuestros instintos atávicos, sujetos por la civilización, encajamos los actos violentos en una justificación racional, que apela a fines y medios. En ocasiones también se busca una justificación ética.

La política, que es la violencia organizada, ha ofrecido muchas justificaciones. El Gobierno actual tiene el prestigio de que uno de sus principales sustentos es el partido Podemos, nombre falso como todo en él, porque no es un sustantivo, sino un verbo. Verbo sin predicado para que cada votante lo haya suyo y extienda sobre él el cheque que habrá de pagar el Gobierno. Verbo sin predicado porque no quieren que su poder esté atado a nada. “Podemos”, y lo dicen desde el comienzo. El poder, su poder, es lo importante.

Pero Podemos predica, y su primera prédica es la violencia. Pablo Iglesias presumió, perdonen el pleonasmo, de haber sido pirómano en las protestas que derrocaron al candidato Rajoy en 2004. Sus ojos se humedecen y su corazón se calienta con el cráneo abierto de un policía, como los que ahora guardan su casa. No es original. Alimenta un discurso de la izquierda que procede de la Revolución Francesa, según el cual el orden establecido es injusto y hay que subvertirlo mediante el uso de la fuerza. En verdad, ese discurso forma parte de la cultura popular, como las canciones entre tres y cinco minutos, los veranos en la playa o la hamburguesa con patatas. Todavía no se han dejado de oír los ecos de quienes defienden los disturbios en los Estados Unidos.

Todo esto hay que tenerlo en cuenta cuando vemos las noticias que proceden de Madrid y Barcelona, de Logroño y de Málaga, de Vitoria, Bilbao y San Sebastián. Los periódicos hacen recuento del número de detenidos, de los policías heridos, o del valor de los daños causados.

El efecto dominó explica por qué esta violencia podría ser, por una vez, espontánea. Y por qué hay grupos detrás de ella que son contrapuestos. Unos son de ultraderecha (según las primeras y trémulas informaciones), mientras que otros son de ultraizquierda o incluso gritan jovialmente “gora ETA”. Aunque no se ha hecho pública la trazabilidad de las protestas, los mensajes cruzados, las pancartas, las webs, los foros con los mensajes de ánimo… A pesar de la ausencia de todo ello, da la impresión de que lo que les une es una oposición al Gobierno, o a todos los gobiernos, y a las medidas que paralizan nuestra actividad.

Así debe ser, pues los medios oficiales del Gobierno, como Eldiario.es o ÚltimaHora.es acusan a todos los grupos violentos de ser “negacionistas” de la pandemia, y de pertenecer, incluso a los del “gora ETA”, a grupos de derecha radical.

Aquí, Santiago Abascal camina descalzo sobre las ascuas, sin saber cuánto durará el camino, y cómo acabarán sus pies. “Hay más motivos que nunca para protestar contra este Gobierno que nos arruina”, ha dicho. Después de pasarle la mano por el lomo a quienes protestan, ha achacado toda la violencia a los grupos extremistas de izquierda. Ha aplicado, vaya, el criterio moral sobre la realidad de un director de Eldiario.es, por ejemplo: Los violentos sólo son los otros.

Ignacio Garriga ha ido más allá. Sobre las imágenes de los actos violentos en Barcelona, dice el diputado: “Los llaman ‘negacionistas’. Son trabajadores en el paro, padres sin nómina para alimentar a sus hijos, autónomos que no tienen trabajo y que hoy han visto su cuota aumentada. Españoles corrientes de Barcelona, hasta las narices de ser encarcelados y condenados a la miseria”. Y añade: “Hay infiltrados violentos, que han enmascarar (sic) la protesta, pero la realidad es que han salido muchos trabajadores y autónomos, cansados de ser encerrados y que la única solución del Gobierno y del ‘Govern’ sea miseria y ruina”.

Es imposible meter la mano en ese fuego y no quemarse, si el partido no deja claro que su posición es que cualquier muestra de violencia es condenable, y que merece una respuesta efectiva por parte de las fuerzas del orden. Si no lo hace porque piensa que le alejará de quienes promueven las protestas, entonces tiene cierta implicación moral con todas sus manifestaciones. Achacar la violencia a la izquierda no es lo mismo que condenarla por principio.

Este doble juego de Vox, cal y arena en su discurso, es una ocasión única para los grupos que votaron “no” a la candidatura de Abascal a la presidencia del Gobierno para cimentar la condena moral al partido verde. La operación de saqueo de una tienda Lacoste en Logroño no se entiende de otro modo.

Pronto ha saltado la violencia en las calles. Esta oleada pasará; se doblegará la curva de la violencia, utilizando las palabras del Gobierno. Pero aún no ha llegado la hora. Cuando se acerquen las elecciones, si las encuestas descuentan un giro político que hoy parece imposible, entonces sí que veremos violencia en nuestras calles como si fueran las de Santiago de Chile. Y las llamas devorarán nuestra democracia.