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La insostenibilidad fiscal de nuestra democracia

Uno de los problemas no resueltos de la historia de la economía desde hace, al menos, dos siglos, es la conciliación de la extensión del sufragio universal y la sostenibilidad fiscal de las economías en países democráticos.

Uno de los autores que expuso esta cuestión con más claridad fue Alexis de Tocqueville en su Democracia en América (1838, 1840)[*]. Para el autor francés, la extensión del voto, generalmente hacia las clases menos privilegiadas, podría tener como consecuencia el voto desinformado, que podría dañar gravemente la esencia de las democracias. Así que él veía esencial la prosperidad económica como seguro de vida de los regímenes democráticos.

Una prosperidad que venía inexorablemente de la mano de la extensión de la propiedad privada, la emancipación económica. “¿No es obvio que junto con la propiedad adquirirán esperanza en el futuro?”.

Esta frase tan sencilla encierra el secreto de la economía: el juego de incentivos y expectativas. De esta manera, para Tocqueville, los votantes más pobres, que ahora son propietarios y tienen posibilidad de progreso, se darán cuenta de que hay que exigir a los gobernantes el empleo responsable de los recursos, y votarán sensatamente.

No se concebía el endeudamiento público como herramienta política, como reclamo electoral. Pero una visión pesimista de las ideas de Tocqueville, desarrollada por la Escuela de la Elección Pública, asume que la extensión del voto elevará la tasa de impuestos como proporción del producto interior bruto.

Como señala el profesor Pedro Fraile en un documento de trabajo en el que estudia estas cuestiones, los votantes pueden descubrir la “magia” de trasladar el peso de los impuestos a las futuras generaciones, se pueden formar grupos de presión que lleven a los gobernantes a gastar más, etc.

El segundo volumen de Democracia en América, publicado en 1840, está dirigido al análisis de las costumbres, moeurs, entendidas como “hábitos del corazón, opiniones e ideas que definen hábitos mentales”, y cómo el desarrollo de unas u otras afecta a la salud institucional de las democracias.

Y es aquí donde creo que reside, al menos en parte, nuestro problema. Nuestro modelo mental se basa en la creencia de que puedo exigir determinados derechos y prestaciones a costa de lo que sea y a costa de quien sea. La “magia” de descargar los costes de hoy en las futuras generaciones es la norma.

La delegación de responsabilidades en un ente externo (público), presuntamente omnisciente, cuya gestión es moral, frente a las siempre cuestionables intenciones del individuo privado, es el pan nuestro de cada día. El progreso económico individual no ha traído un electorado consciente de la necesidad de exigir prudencia fiscal a nuestros gobernantes. Ni siquiera reclamamos que se gaste eficientemente nuestro dinero.

Por ejemplo, quienes defienden que el sistema de pensiones en España no está quebrado, porque con el fondo destinado a las pensiones se financian otras partidas, como las no contributivas, viudedad, el régimen agrario, van por el buen camino al pedir que las fuentes de financiación se apliquen a lo que se debe.

Pero, detrás de esa iniciativa está la justificación del aumento de los impuestos. No se investiga el impacto del gasto para reducir o eliminar el gasto estatal superfluo. Se mantiene el volumen de gasto y se descarga en los ciudadanos todo el peso. Eso o se incurre en déficit y se recurre a la deuda pública.

Y ese es otro punto de nuestro perverso modelo mental económico. La deuda es buena y hay que retribuirla porque permite aumentar el gasto. No hay que favorecer el ahorro que desemboca en inversión, es decir, en gasto en actividades sostenibles y generadoras de riqueza. La inversión es cosa de ricos y, por tanto, mala. Excepto si el inversor es el sector público, porque, como todo el mundo sabe, su moralidad, comparada con el sector privado, es infinitamente superior. Un despropósito.

El modelo mental (les moeurs de Tocqueville) de nuestra democracia está tan distorsionado que, cuando se produce una emergencia global como está siendo esta pandemia -no un shock a corto plazo, sino una situación que puede lastrar la economía durante décadas- y recibimos ayuda de la Unión Europea, la mayor preocupación de los analistas socialdemócratas más sensatos, como Luis Garicano, es si sabremos gastar “bien” las ayudas europeas.

Estamos tan acostumbrados a malgastar, que no está claro si sabremos aplicar esos fondos para solventar los problemas estructurales que se están agudizando, y que, previsiblemente, van a retenernos en el furgón de cola europeo durante mucho tiempo. Porque una de las consecuencias de nuestras creencias dogmáticas es que el corto plazo es la única realidad.

Flaco favor nos hizo John Maynard Keynes con su famosa frase según la cual, como a largo plazo todos estaremos muertos, no importa otra cosa que el aquí y el ahora. Contrasta con la imagen que sugiere Tocqueville del ciudadano desposeído en quien la propiedad privada y la mejora económica siembran esperanza en el futuro.

El tema no es secundario. Estamos hablando de la sostenibilidad fiscal de nuestro sistema democrático, es decir, de la autonomía financiera de la democracia. Pensar en la alternativa a la emancipación económica es plantearnos el sometimiento financiero a quien pueda comprar nuestras deudas, sea la Unión Europea, sea China.

En ningún caso es mi opción favorita. Yo soy partidaria de practicar la frugalidad con tal de ser independientes. Y eso no implica dejar de lado a nadie, sino desproveer a los nuevos privilegiados, a las clases extractivas, los rent seekers, de sus privilegios, sus chiringuitos, sus puertas giratorias y su poder. Restructurar el gasto, medir su impacto, ser serios con el dinero de los ciudadanos. Permitir el progreso real que, como creía Tocqueville, consolidará la democracia.

[*] La edición de Eduardo Nolla para el Liberty Fund es una joya.

Federalismo fiscal para España

Ha pasado prácticamente desapercibido, pero la presidenta de la Comunidad de Madrid ha anunciado una rebaja de medio punto en los cinco tramos autonómicos en que la ley fiscal nos discrimina. Así, el primer tramo del Impuesto sobre la Renta, que sisa un 9 por ciento de las rentas hasta los 12.450 euros anuales, pasa a ser del 8,5 por ciento. Y el último, que se aplica a las rentas que superen los 53.407 euros, no será del 21 por ciento, sino del 20,5.

En la actualidad, Madrid tiene ya el tipo máximo conjunto más bajo de entre los máximos autonómicos, con un 43 por ciento. Cerca están Castilla y León, con un 44 por ciento, y varias comunidades con el 45 por ciento: Castilla La Mancha, Galicia, Ceuta y Melilla.

Esta decisión política y económica de la presidenta madrileña continúa una milagrosa apuesta hecha por el Partido Popular en la región, una apuesta que no ha sido del todo consistente en otras regiones gobernadas por ellos, y absolutamente inconsistente en el caso de la gestión del Gobierno nacional.

Así, en 2005 Esperanza Aguirre realizó varias rebajas en los impuestos de Donaciones, Sucesiones y Patrimonio. En 2006 elimina Donaciones (bonificación al 99 por ciento), en 2008 Sucesiones, y en 2009 Patrimonio.

En 2010 se elimina el recargo autonómico sobre el Impuesto de Actividades Económicas y se introduce una compensación autonómica sobre el Impuesto de Matriculación. Cuatro años más tarde, el gobierno de la región rebaja un punto el Impuesto de Transmisiones Patrimoniales hasta el 6 por ciento, y el tipo general de AJD se rebaja del 1 por ciento, al 0,75 por ciento.

En 2007, la región aprueba una rebaja de cuatro décimas en el primer tramo del IRPF, y 3, 2 y 1 décimas en los siguientes. En 2014, la Comunidad de Madrid, ya con Ignacio González en la Puerta del Sol, aprueba una rebaja de cuatro décimas en cada uno de los cuatro tramos del impuesto, la mayor rebaja en el impuesto directo sobre los trabajadores de las realizadas hasta entonces. Al año siguiente, la Comunidad de Madrid rebajó de nuevo el tramo más bajo en 1,7 puntos hasta el 9,5 por ciento, y en 2018 otro medio punto hasta el 9,0 por ciento. Este año, como digo, la presidenta madrileña ha anunciado una rebaja de medio punto en todos los tramos.

Antes de considerar si esa rebaja de impuestos ha sido un éxito o no, lo principal es que le ha ahorrado a los madrileños una buena cantidad de dinero año a año. Idealista ha hecho el cálculo de cuánto se ahorra un trabajador que genere un salario de 30.000 euros anuales. En Comparación con Madrid, en comparación con Cataluña, donde esa renta exige el pago de 5.100 euros anuales en impuestos, en Madrid el cálculo arroja 4.645, 455 euros menos al año. El ahorro fiscal para una renta de 110.000 euros ronda los 3.000 euros.

La eliminación del impuesto sobre sucesiones, para un patrimonio de 800.000 euros, puede resultar en un ahorro de más de 50.000, 60.000 u 80.000 euros, en comparación con Aragón, Comunidad Valenciana o Castilla y León. Y más de 100.000 euros, en el caso de Asturias. Para una base imponible de 150.000 euros, un madrileño tendría que pagar 9.000 euros, cuando en otras comunidades el coste fiscal sería de 15.000.

¿Qué efectos tiene en la recaudación? Por lo que se refiere a Patrimonio, Sucesiones y Donaciones, la situación es muy distinta: la práctica eliminación del impuesto en la comunidad presidida por Díaz Ayuso arroja unos ingresos muy bajos, como cabe esperar, y que están muy lejos de lo recaudado, por ejemplo, en Cataluña: Casi mil millones en esos tres impuestos por 3’3 millones recaudados en Madrid. En estos impuestos, como en ITP y AJD, la región en torno a la capital hace una genuina renuncia a la recaudación, en favor de la mayor actividad económica.

Pero, ¿se da esa mayor actividad económica? Madrid, que tiene un PIB cercano en tamaño al de Cataluña, aunque ligeramente superior, recauda también un poco más que aquélla región por IRPF, y no mucho menos, como cabría esperar comparando las tablas de tipos impositivos. Las rebajas en el IRPF de los últimos años suponen para un madrileño medio unos mil euros menos de impuestos al año, según los cálculos de José María Rotellar. Esto sugiere que los menores impuestos se compensan con una mayor actividad económica; en definitiva, con mayor riqueza y, a largo plazo, mayores salarios.

El ejemplo de la Comunidad de Madrid es más claro que otros, porque su política ha sido consistente y mantenida en el tiempo. Según el Índice de Competitividad Fiscal, elaborado por la Tax Foundation junto con la Fundación para el Avance de la Libertad, Vizcaya es la provincia fiscalmente más competitiva, lo cual es lógico teniendo en cuenta que el País Vasco, como Navarra, tiene cedida la gestión de ciertos impuestos. Lo extraordinario es que Madrid se coloque en segunda posición, por delante de Álava y Guipúzcoa.

En conjunto, se puede decir que Madrid aprovecha parcialmente, aunque de modo consistente y parece que suficiente, las escasas posibilidades que ofrece el sistema fiscal español para competir con otras comunidades autónomas. Lo que hay que hacer es profundizar en este modelo, y llegar a que las regiones se sostengan en gran parte por la gestión de sus propios impuestos. No podemos llegar a un ciento por ciento, porque el principio de la solidaridad inter territorial conmina a que unas regiones hagan aportaciones a un fondo común, mientras que otras detraigan de él una cantidad que compense parcialmente su situación. Este principio ya se aplica y, por cierto, sólo la Comunidad de Madrid aporta el 68 por ciento del fondo.

La aplicación del federalismo fiscal llevaría a que las comunidades autónomas ajustasen los impuestos para no destruir riqueza, o que se desvíe a otras regiones, o incluso para favorecer la creación de empresas y atraer capital y empleo.

Además, un sistema como este tendría efectos políticos beneficiosos a largo plazo. En la actualidad, todas las regiones exigen al Estado su parte, como polluelos en nido, intentando sacar la cabeza por encima de los demás, y piando tan fuerte como pueden sus agravios. Esto favorece que los presidentes autonómicos asuman un discurso colectivista y de agravios, particularista, y con desdén, cuando no algo peor, hacia el resto de España. Si los gobiernos autonómicos donde tienen que mirar es a sus propios ciudadanos para extraerles su renta y su riqueza, entonces la cosa cambia.

Por último, el nacionalismo, como demuestra el caso de Cataluña, puede llegar a ser muy caro. Los medios de comunicación, las embajadas, las asociaciones culturales y todo tipo de organismos dedicados a fomentar el nacionalismo son una pesada carga en el presupuesto regional. Cataluña, que en eso tendría que mirar el ejemplo del País Vasco, se ve obligada a rebajar el gasto en políticas sociales y económicas, o pedirles a los ciudadanos una mayor contribución para poder manipular eficazmente sus conciencias.

Los dos errores de Ayuso y Aguado

Madrid es ahora mismo la zona con mayor incidencia acumulada de España (680 contagiados por cada 100.000 habitantes durante las últimas dos semanas) y algunos de sus barrios presentan incidencias de más de 1.000 casos por 100.000 habitantes. Durante las semanas posteriores a la conclusión del estado de alarma, la región apenas mostraba una incidencia acumulada de 15 contagiados por cada 100.000 habitantes, de modo que en poco más de dos meses la situación se ha deteriorado extraordinariamente. ¿Cómo ha podido suceder?

Dos motivos fundamentales por los que la epidemia ha rebrotado con fuerza en España son, como ya tuvimos ocasión de explicar, la insuficiencia de test y de los rastreadores para prevenir la propagación de los contagios. En ambos capítulos, Madrid tampoco ha estado a la altura: muy especialmente en lo relativo a los rastreadores, pues desde el comienzo se mantuvo su contratación al mínimo, entre los niveles más bajos de cualquier otra autonomía. Sin test masivos y sin rastreadores, un área tan densamente poblada como Madrid se convierte en un polvorín de contagios, sobre todo si no se reacciona con medidas de distanciamiento social que rompan las cadenas de transmisión.

La cuestión pasa a ser cómo es posible que el Gobierno regional de Madrid haya tardado tanto en reaccionar, permitiendo que la situación se termine pudriendo hasta los niveles actuales. Por supuesto, ni Ayuso ni Aguado han explicado los motivos de su tardanza, pero de su última rueda de prensa se han podido entrever dos razones fundamentales: primero, el miedo a que las medidas de distanciamiento social hundieran la economía madrileña; segundo, el recelo a restringir las libertades de movimiento de los madrileños. Ambos temores frenaron al Ejecutivo madrileño hasta que la situación se ha vuelto realmente inmanejable.

Y desde luego no son temores que quepa desdeñar: la prosperidad y la libertad de los ciudadanos deberían ser las dos preocupaciones básicas de cualquier buen gobernante. Pero, en este caso, mucho me temo que ni Ayuso ni Aguado han terminado de comprender la naturaleza de la pandemia a la que nos enfrentamos. Justamente la prosperidad y la libertad de los ciudadanos requieren de una actuación decidida contra el virus de quienes se arrogan las competencias sobre la salud pública: en este caso, la Administración regional.

Primero, y como ya hemos explicado en numerosas ocasiones, no existe una verdadera disyuntiva entre salvar vidas y salvar la economía. Una pandemia descontrolada es una pandemia que impide que la economía arranque, aun sin restricciones sanitarias de por medio. Lo hemos visto durante la temporada turística: que España se ubicara en la cresta de la segunda ola ha significado que la temporada turística murió prematuramente y que, como acaba de constatar el Banco de España, la recuperación ha empezado a truncarse en agosto. Lo que destroza la economía no es tanto el confinamiento cuanto la situación epidemiológica que puede llegar a hacerlo necesario: oponerse a medidas de distanciamiento social moderadas cuando la pandemia está rebrotando solo conduce a tener que adoptar medidas de distanciamiento social mucho más gravosas cuando el virus se ha descontrolado. Y aunque no se adoptaran tales medidas de distanciamiento social, la economía se terminaría hundiendo igualmente, en tanto en cuanto muchas actividades de consumo y de producción social se suspenderían por los contagios o por el miedo a contagiarse.

Segundo, es verdad que las medidas de distanciamiento social obligatorias resultan desagradables para cualquiera que aprecie mínimamente la libertad de las personas. Pero, de nuevo, deberíamos evitar caer en el simplismo de pensar que la alternativa a no restringir la movilidad social para romper cadenas de transmisión descontrolada es el respeto irrestricto a la libertad individual. No es así: aquellas personas inocentes que se ven infectadas por el comportamiento irresponsable —y remarco el adjetivo irresponsable— de algunos de sus conciudadanos no están viendo su libertad individual respetada. Al contrario, según evoluciona la enfermedad, los infectados sufren una de las mayores agresiones a sus derechos que alguien puede experimentar: y todo ello con la absoluta impunidad de aquellos que los han contagiado y por tanto han violado tales derechos. Por consiguiente, quedarse de brazos cruzados equivale a presenciar pasivamente el deplorable espectáculo de cómo los derechos de muchas personas están siendo pisoteados por otros individuos sin que nadie trate de romper esa cadena de agresiones. Un Gobierno que no reacciona ante una situación así no es un Gobierno liberal sino un Gobierno que hace dejación de funciones en la única tarea que acaso puede ejercer legítimamente: proteger los derechos individuales frente a las agresiones ajenas.

Y, justamente, cuando la pandemia se encuentra en sus etapas iniciales, es posible proteger esos derechos sin limitar otros (la movilidad social): ese debería haber sido el objetivo de los test y rastreadores por los que la Comunidad de Madrid no apostó suficientemente. Pero una vez la pandemia se ha descontrolado, ya es muy difícil proteger las libertades de los ciudadanos sin limitar la movilidad social (por supuesto, uno puede decir que valora más la libertad de movilidad de muchos individuos que el derecho a la vida de unas pocas personas: pero que no se pretenda universalizar este juicio de valor como común a todo el liberalismo).

En definitiva, si de verdad el Gobierno regional de Madrid se hubiese preocupado por la libertad y la prosperidad de los madrileños en el contexto de la actual pandemia, entonces debería haberse esforzado por frenar el virus a tiempo. De aquellos polvos vienen estos lodos: y lo peor es que parece que están dispuestos a repetir errores pasados. A saber, minimizar la reacción ante la pandemia para no poner en riesgo la prosperidad y la libertad que esa misma pandemia está destrozando.

La mala educación institucional de los españoles

Leo a Benito Arruñada, al que siempre merece la pena leer y escuchar, sobre la pesada carga que supone el estado de las autonomías, y cómo la situación extraordinaria a la que nos enfrentamos desde marzo ha puesto de manifiesto que, en determinadas cuestiones, la centralización es mucho más eficiente.

Ambas cuestiones no admiten discusión: son un hecho evidente en sí mismo. Sin embargo, las conclusiones a las que pueden llevarnos me han hecho reflexionar acerca de qué se esconde detrás de la crítica al sistema de las autonomías, no por parte de Benito Arruñada, cuyo análisis es impecable, sino por parte de la sociedad.

A menudo, estas conclusiones nos llevan a la centralización total o a la descentralización total, y la razón que se presenta es “aquí solamente puede funcionar esto”. Sin embargo, yo defiendo que hay un uso pernicioso de las instituciones y de la identidad territorial para ocultar la pereza general a ser responsables, cada cual de lo suyo. Tenemos una malísima educación institucional.

Desde el principio de la democracia los españoles hemos aprendido que las instituciones sirven, además de lo que dicen los libros de texto, para sacar provecho personal, no exigimos que sean el contrapeso de los gobernantes o el supervisor de la salud de nuestra democracia. Y, como el profesor Arruñada, creo que este problema se ha manifestado en todo su esplendor en la gestión de la pandemia. Esa es la base del problema de las instituciones autonómicas.

Por ejemplo, los ayusistas santifican a la presidenta de la Comunidad de Madrid y los afines al régimen socialista la condenan. Los presidentes autonómicos y el gobierno central se tiran los contagios a la cara y se ponen zancadillas, mientras las cifras nos señalan como el país que encabeza la llamada segunda ola, superando nuestro récord de la primera, cuando quedamos segundos, tras Italia.

¿Habría sido más eficiente una solución centralizada? Muy posiblemente. Como recuerda el profesor Arruñada, las economías de escala nos beneficiarían a todos. Eso debió pensar el presidente Sánchez cuando el pasado marzo instauró el mando único para controlar la pandemia y las restricciones prescritas por su Gobierno. De este modo, los ministerios de Defensa, Interior, Sanidad y Educación gestionaron las diversas medidas y protocolos. Y, sin embargo, también hemos sido reconocidos con la distinción de ser el país que peor gestiona la pandemia. No es sólo el qué, sino también el cómo.

Para Hayek, las instituciones eran parte del acervo de herramientas, no sólo materiales sino también constituido por conductas, ideadas por el hombre para su mejor encaje en el mundo. Las instituciones comparten el carácter evolutivo del propio hombre, que hace que sea el mejor adaptado a un entorno complejo y cambiante, el que sobreviva. Por ello, las instituciones de hoy deberían ser aquellas que nos facilitan esa adaptación de la mejor manera posible.

Pero esta premisa no se da si se hace un mal uso de éstas. No es justo usar las instituciones como tu patio de recreo, al servicio de intereses electorales y personales y, a continuación, echarle la culpa de los problemas generados. El pasado fin de semana se han dado dos circunstancias que ayudan a entender esta cuestión.

Un medio poco fiable anunciaba que algunos países europeos han prohibido al magnate George Soros operar en sus mercados. Uno de los tuiteros que se alegraba de la supuesta noticia subió un vídeo en el que Soros reconocía que, a veces, sus acciones tenían consecuencias desastrosas para terceras partes, que él no consideraba.

En resumen, Soros reconocía que su prioridad no son las consecuencias nefastas de sus acciones, por ejemplo, sobre las monedas de diferentes países, sino la oportunidad que se le presenta y que, si no lo hace él, otro aprovecharía. Él reconocía la inmoralidad de su postura, pero explicaba que, aparte de esto, en general, trata de hacer lo correcto.

¿Debería un gobierno tener la potestad de impedir a este señor actuar en su mercado de capitales? No. A pesar de que, desde mi punto de vista, sea una persona detestable, quienes tienen la responsabilidad de cerrarle la puerta son los agentes del mercado, no una autoridad exterior a él. La reacción del mercado nos da una medida del valor de los principios para sus integrantes.

Hay que tener en cuenta dos hechos importantes: el primero, que el mundo real no es caeteris paribus, donde todo es constante excepto lo que observamos; el segundo, que siempre hay consecuencias no esperadas e imprevisibles de las acciones humanas. Y participar en el mercado implica asumir todas las consecuencias, también las no deseadas.

Por otro lado, nada asegura que las acciones del gobierno, incluso si suponemos que son bien intencionadas, vayan a tener mejores resultados que las de Soros. No obstante, desde mi punto de vista, las buenas o malas intenciones no son exclusivas del sector público o el privado, sino de personas con más o menos sentido moral. Por ello, creo que quien mejor miente es el que se lleva los aplausos y los votos.

Mientras tanto, el vicepresidente del Gobierno, Pablo Iglesias, ofrecía una entrevista en la que afirmaba, respecto a los fondos europeos: “Tenemos la oportunidad de una modernización que incorpore a emprendedores de ámbitos distintos a los tradicionales”. No. Tenemos la oportunidad de ser responsables y emplear esa ayuda en aquello para lo que fue concebida.

Los fondos no son la oportunidad para que el vicepresidente decida quiénes son los “nuevos empresarios”. Ya nos ha enseñado la historia en qué quedan experimentos de diseño de “el hombre nuevo”. Quienes pretenden ser los adalides del “nuevo hombre”, “el nuevo empresario”, “el nuevo periodismo”, nos dejan ver un síntoma fatal. Porque ese empresario, ese periodismo, no es sino la evolución de lo que ya existía. Añadirle el atributo “nuevo” dispara la alarma del engañómetro: debería hacernos desconfiar.

Este curso, los españoles tenemos la asignatura pendiente de reconocer humildemente las trampas que nos hacemos al solitario y mejorar nuestra deficiente educación institucional.

Tomarse en serio la deuda

En estos momentos, las emisiones de deuda pública parecen no conocer límites. Todos los estados del planeta se han lanzado a incrementar sus obligaciones financieras hasta los niveles propios de una guerra: los pasivos estatales de Reino Unido superan el 100% del PIB, los de Francia el 113%, los de España el 115%, los de EEUU el 130% del PIB, los de Italia el 155% y los de Japón el 260%. Asimismo —y lo que resulta más inquietante—, ninguno de estos países ha diseñado todavía planes para estabilizar y reconducir su endeudamiento hasta unos niveles más manejables: al calor de los bajos tipos de interés, y de la expectativa de que estos van a mantenerse en esos niveles de manera indefinida, nuestros gobernantes parecen haberse olvidado de cualquier principio de prudencia financiera en la administración de las deudas de los estados. A la postre, si todos los gobiernos se están endeudando en grandes cantidades, si el ‘stock’ de deuda pública global se halla en su máximo histórico y, pese a ello, los tipos de interés ni siquiera están tiritando, ¿por qué deberíamos pensar que este proceso ha de conocer algún fin?

Sin embargo, sería un error creer que el pánico sigue algún tipo de proceso lineal: que a mayor volumen de deuda, mayor miedo inversor y, por tanto, mayores tipos de interés. No funciona así: las actuales aguas en calma pueden alterarse súbitamente si las dudas o los miedos comienzan a instalarse en el ánimo de los inversores. El que todavía no haya habido ningún incendio, no significa que este no pueda aparecer en cualquier momento y devorar todo el bosque antes de que tengamos capacidad para reaccionar.

Las corridas bancarias no van anticipadas de depositantes que lanzan avisos moderados a los gestores bancarios: se producen sin previo aviso para sorpresa de esos gestores; los tipos de interés tampoco avisaron al Gobierno griego de la que se venía hasta que fue demasiado tarde: de hecho, durante los primeros diez meses de 2009, los tipos de interés incluso descendieron. Así, hay tres proposiciones que deberíamos tener claras acerca de la capacidad estatal para financiarse.

Primero, toda emisión de deuda pública —ya sean nuevas emisiones para sufragar el déficit o emisiones para refinanciar los vencimientos de la deuda previamente emitida— ha de poder colocarse a algún acreedor y, para ello, ese acreedor ha de tener apetito por adquirir las emisiones de deuda. De ahí que, conforme se vaya acumulando mayor deuda, el volumen de pasivos que deberán emitirse cada año, aunque solo sea para refinanciar los vencimientos que vayan produciéndose, tenderá a ser creciente (cuanto más cortos sean los plazos de la deuda, mayor presión ejercerá sobre los vencimientos).

Segundo, aunque tienda a pensarse que los bancos centrales pueden actuar, en caso de necesidad, como compradores de última instancia de los bonos estatales, esta capacidad es en última instancia ilusoria: lo único que pueden hacer los bancos centrales es intercambiar un tipo de pasivo estatal (los bonos del Estado) por otro tipo de pasivo estatal (la moneda ‘fiat’). El problema, pues, sigue siendo el mismo que antes: los estados muy endeudados continúan teniendo que colocar periódicamente en los mercados un elevado volumen de sus pasivos, ya sean bonos o moneda ‘fiat’. Nada cambia sustancialmente: acaso la única diferencia es que a los estados les puede resultar más sencillo colocar un título de deuda a muy corto plazo (como es la moneda fiat), que un título de deuda a largo plazo (en tal caso, el banco central estaría actuando como un transformador de plazos en favor del Gobierno, facilitando así la colocación de sus pasivos entre los inversores privados).

Y tercero, que el actual apetito de deuda (y de moneda) por parte de los mercados sea muy intenso no implica necesariamente que vaya a seguir siéndolo en el futuro. Puede haber, de hecho, dos factores que desencadenen una huida inversora privada de los títulos de deuda estatales: por un lado, la aparición de activos alternativos que resulten más deseables a ojos de los mercados (ya sea porque proporcionan una rentabilidad suficientemente elevada como para compensar los riesgos o ya sea porque ofrecen una mayor seguridad real que los títulos de deuda estatal); por otro, el grave deterioro de las expectativas de sostenibilidad de la deuda pública existente (generalmente, porque no se ve fin a una senda desbocada de déficits públicos futuros, especialmente si coincide con alguna otra gran crisis de por medio que hace improbables los ajustes).

Si los estados no encontraran compradores para su deuda, entrarían en suspensión de pagos; si los estados no encontraran compradores para su moneda (presuponiendo que el banco central monetice su deuda), experimentarían una alta inflación, lo cual no deja de ser un impago real de los títulos de renta fija. Cualquier repentino cambio de las expectativas que apunte hacia una u otra dirección, provocará una fuerte subida de los tipos de interés que dificultará todavía más la colocación de grandes cantidades de bonos o de moneda en el mercado y que, por consiguiente, agravará las tendencias anteriores.

En definitiva, la prudencia financiera debería aconsejar a nuestros gobernantes no abusar de su alta capacidad de endeudamiento presente por cuanto emitir mucha deuda hoy puede implicar tener que refinanciar demasiada deuda mañana. Que las condiciones financieras sean benignas hoy no implica que seguirán siéndolo en el futuro, sobre todo si los estados no se toman en serio su compromiso con la solvencia. Lo ha recordado recientemente el presidente del Bundesbank, Jens Weidmann, quien tras aplaudir la reacción a corto plazo de los estados ante la crisis del coronavirus, también ha recalcado que “la política fiscal no debería acostumbrarse a su laxitud presente, ni fundamentarse en la idea de que los tipos de interés se mantendrán bajos en el largo plazo. Por eso, tras la crisis, es importante reducir la elevada ratio de deuda pública”. En demasiadas ocasiones, la sensatez se convierte en una voz clamando en el desierto de la irresponsabilidad generalizada.

El privilegio, y el oprobio, de ser blanco

Pertenecer a una u otra raza vuelve a ser importante. La civilización nos había individualizado; eso es civilizarse: acercarse lo suficiente a cada uno de nosotros como para darse cuenta de que cada uno es radicalmente distinto de los demás. Esa diferencia radical nos hace a todos iguales, porque el hombre civilizado sabe que no hay dos personas iguales, y que por tanto hay que contar de uno en uno, no de muchos en muchos. El bárbaro cuenta como los cuervos: uno, dos y muchos. La civilización decae, y las invasiones bárbaras nos vuelven a contar en manadas. Una forma de contar, aprehensible a la inteligencia de un bárbaro, es la raza. Ordenar por colores, ¡qué infantil abyección! El progresismo nos ha infantilizado también en eso.

Y es así como algunos hemos descubierto que somos blancos; incluso los que jamás hemos entendido de qué va eso de las razas, quizá porque no le prestamos la suficiente atención, o porque hemos corrido más rápido que los bárbaros. Vaya usted a saber. Lo cierto es que ser blanco, negro, amarillo o rojo ha recobrado una bárbara importancia.

Este renacer del racismo como criterio moral, social, histórico, ¡científico! ha desembocado en la idea de “privilegio blanco”. ¿Qué quiere decir, y de dónde viene? En los años sesenta, la expresión “privilegio blanco” se utilizaba con cierta frecuencia para designar a los restos de las leyes de Jim Crow que todavía quedaban en algunos Estados y ciudades de los Estados Unidos. La Ley de Derechos Civiles de 1964 acabó con esos vestigios de las pasadas aberraciones jurídicas, que imponían discriminaciones a los ciudadanos en función de la raza a la que pertenecían.

Pero una cuestión es la discriminación legal y otra la realidad social de los distintos grupos sociales. Bajo el paraguas dialéctico de “afroamericanos”, palabra que ha sustituido en el lenguaje común a “negro” (black), hay realidades sociales muy distintas. Pero sobre todas ellas recaen tanto las estadísticas como otras formas de acercarse a la realidad social de las distintas etnias. Y sobre ellas recae, también, el discurso político. Y la decisión de remozar las discriminaciones legales de antaño no ha traído aparejada, en general, un ascenso de lo que se llama “comunidad negra” en comparación con otras. O ese ascenso no ha sido tan rápido como el de otros grupos, alguno de los cuales ha logrado una plena integración, o un éxito muy notable.

Había calado en los analistas más progresistas, y en los líderes del movimiento político negro la convicción de que el único motivo que podía explicar la inferior situación económica de la “comunidad negra” era la discriminación legal, además del legado que haya podido dejar la lacra de la esclavitud. Expulsada esa discriminación de las instituciones, e incluso introducida una nueva discriminación legal racial, ésta para favorecer a los grupos antes preteridos por la ley, la promesa de un rápido progreso no se cumplió.

Una explicación razonable podría ser la impronta de la esclavitud, pero la decimotercera enmienda, que abolía la esclavitud, entró en vigor en 1865. Una persona que hubiera nacido esclava digamos diez años antes, cumpliría los 80 en el año 1945. Numerosos esclavos en los Estados Unidos tenían una pequeña parcela de terreno que cultivaban ellos mismos, y para los esclavos la libertad tenía la forma de un trozo de tierra o de las transitadas calles de una ciudad. La libertad era el trabajo libre. Aún quedaban barreras para la igual carrera al progreso individual, en las escuelas y universidades, en algunas disposiciones legales, pero la esclavitud como tal ¿podía explicar la situación de 1970, de 1980?

Una reacción lógica ante esta situación sería mirar a lo que podemos llamar la “cultura material” de la comunidad negra en los Estados Unidos. ¿Cuántos destacan en los estudios? ¿Cunde el ahorro en las familias? ¿Llevan una vida familiar ordenada? Estos son los comportamientos que otras razas, venidas de fuera de los Estados Unidos y que comenzaron en las situaciones más difíciles (para ciertos trabajos no se contrataba a esclavos, que se consideraban demasiado valiosos, sino a irlandeses), siguieron para progresar en la sociedad estadounidense. Pocos pueblos han sido tan denostados en aquél país como los irlandeses, y no es el último motivo que fueran “papistas”. Hoy cuesta creerlo, pero los judíos ocupaban los últimos escalafones de la sociedad estadounidense cuando llegaron en masa a los Estados Unidos, y hoy están de los primeros. Lo mismo cabe decir de los chinos. Y hay nuevos ejemplos de ese proceso de integración desde lo más duro y ascenso en dos, tres, cuatro generaciones.

Pero este tipo de consideraciones están cargadas moralmente. ¿Son acaso culpables de la situación que viven? Este es un pensamiento incómodo y que se ha evitado sistemáticamente. Aunque quizás la idea de que toda la responsabilidad del menor progreso de la comunidad negra esté fuera de la misma sea difícil de mantener.

Si ya no se puede hablar del legado de la esclavitud, si el fin de la discriminación negativa y su sustitución por una discriminación positiva no han provocado una apreciable mejora, si de cualquier debate queda descartada la idea de que la propia comunidad pueda hacer algo para mejorar, ¿qué idea puede hacer que encajen todas las piezas?

En 1986, Peggy McIntosh, una activista dentro y fuera de las aulas del Wellesley College, dió una charla en la Conferencia de Estudios sobre la Mujer en Richmond, Virginia. Jacob Bennet recoge su contenido en un artículo sobre la historia del concepto “privilegio blanco”. McIntosh tituló su alocución “Privilegio blanco y privilegio masculino”, y en ella la profesora contó cómo se dio cuenta de que el privilegio no era tanto estructural (es decir, impuesto por las instituciones) como psicológico. “A menudo he notado la falta de voluntad de los hombres para reconocer que tienen demasiados privilegios en el plan de estudios, aunque pueden reconocer que las mujeres están en desventaja. . . Pensando en el privilegio masculino no reconocido como un fenómeno dentro de una vida propia, me dí cuenta de que dado que las jerarquías en nuestra sociedad están entrelazadas, lo más probable es que haya un fenómeno de privilegio blanco que fue igualmente negado y protegido, pero vivo y real en sus efectos”.

En definitiva, la remoción de las barreras legales no afectó a una estructura mucho más profunda, y que mantenía la situación privilegiada de los blancos, y que recala en el subconsciente de cada uno de nosotros. A ella misma le costó darse cuenta de esa situación, ya que pensaba desde su propio privilegio blanco, pero la analogía con el machismo estructural le hizo darse cuenta de dónde radicaba el problema: en las convicciones más profundas de cada uno de nosotros. En un terreno que, por su propia naturaleza, la ley no alcanza. McIntosh entiende que la ley puede legislar la moral, pero nunca alcanzar el subsuelo de nuestros pensamientos, que nos condicionan incluso cuando no somos conscientes de ellos.

Por su propia naturaleza, ese privilegio es invisible. Pero en cuanto alguien despierta y se da cuenta que está ahí, ese privilegio es obvio. Uno tiene que mirar dentro para ver fuera. Una vez el sujeto ha despertado a la realidad, ¿en qué se manifiesta este privilegio blanco? La profesora pone varios ejemplos, que tienen que ver con la vida diaria: vivo en un barrio que me gusta o leo el periódico, y lo que veo son rostros con mi misma tez blanca, etc.

Según relata Bennet, “la definición de McIntosh de que el privilegio blanco era una realidad psicológica fue captada de inmediato por muchas revistas científicas”. Otros autores empezaron a utilizar las ideas de McIntosh también en la prensa, como Robert Detlefsen en The New Republic, y pronto esa concepción psicológica del privilegio llegaba a las librerías. A finales de siglo, era una idea con una notable circulación en los llamados estudios sobre las razas. Hoy, esa idea se ha impuesto como un canon. Es comprensible para la inteligencia media de cantantes y actores, de políticos y periodistas. Y puesto que apela a nuestro subconsciente, quedamos inermes ante la acusación de que mantenemos una posición racista. ¿Con qué razones podemos negar lo que nos condicionaba sin saberlo? Por otro lado, también es una idea que nos libera de la culpa, nadie nos puede condenar por los dictados del subconsciente.

Pero ni siquiera eso nos salva. Los que un día pusimos la televisión y descubrimos que éramos blancos no podemos reconfortarnos en que lo fuimos sin querer. ¿Qué delito cometí contra vosotros naciendo? Tampoco podemos refugiarnos en la certeza de que nuestro privilegio viene dictado más allá de nuestra conciencia, desde un tártaro cuyos designios se nos escapan. Porque, nos lo dice McIntosh, ese privilegio es motivo de oprobio, de vergüenza. De ahí la humillación voluntaria de tantos bárbaros blancos.

El engaño de la recuperación en “V asimétrica” y la política del avestruz

“Cause baby, I’m not fooling myself”. Joe Elliott, Rick Savage.

Ante la evidencia del pobre desempeño de la economía española en la “recuperación”, la propaganda gubernamental ha acuñado un término creativo y sorprendente. La “Recuperación en forma de V asimétrica”, es decir, nada. Una recuperación “vigorosa”, según el Ministerio de Economía, que contrasta con los datos… ¡que publican ellos mismos!

Si atendemos a la tabla de indicadores adelantados que publica el Ministerio de Economía, la del 10 de septiembre refleja caída del 7,1% en ventas de grandes empresas en julio, caída en el índice de sentimiento económico (un 12% por debajo de la media), en agosto, caída del 2,6% del consumo de energía en agosto, el índice de confianza industrial -11,8 y el de confianza del consumidor -28,7 también en agosto, paro registrado aumentando un 24% de media mensual y afiliación cayendo un 2,7%, tres meses consecutivos de datos pobres y en negativo en más de la mitad de las medidas.

España es, además, el único país de la OCDE y de Europa que refleja dos meses consecutivos en negativo en los indicadores adelantados de la OCDE.

Adicionalmente, los índices de actividad económica diaria publicados por Bloomberg también reflejan una caída mayor que la media y una recuperación pobre y empeorando en el mes de agosto.

Si nos fijamos en los últimos índices de actividad económica (PMIs de agosto), España muestra un empeoramiento notable, con el índice del sector servicios y el manufacturero en contracción (47,7 y 49,9 comparado con 50 como línea de expansión).

“Las pérdidas de empleo se mantienen a medida que la confianza se debilita”, “los nuevos pedidos recibidos registraron una contracción por un segundo mes consecutivo y al ritmo más rápido desde mayo pasado”, resalta Markit en su nota de prensa.

En el sector manufacturero destacan la “escasez de nuevos pedidos” y que “el empleo y la actividad de compras disminuyen”. Que los nuevos pedidos retrocedan es un indicador importante a futuro. Que el empleo se destruya en medio de una recuperación que el Gobierno llama “vigorosa”, peor.

Echar la culpa al turismo es equivocado y engañoso. La debacle en los sectores exportadores, maquiladores, industria y actividades profesionales de distintos sectores es innegable.

España cierra agosto con la tasa más alta de paro de la Unión Europea y además con el mayor número de empresas cerradas. Hay 3,8 millones de parados en España. Un incremento de 29.780 en el mes de agosto y casi 740.000 personas más en el último año. Continuamos en niveles superiores a 2016.

Se han perdido más de 100.000 empresas en el último año. 77.000 desde que comenzó la pandemia. España ha destruido más empresas que todo Estados Unidos en este periodo (España casi un 8% del total, Estados Unidos ni un 0,3% del total).

Sin empresas no va a haber recuperación. Sin empresas no hay empleo. Sin empleos no hay política social que valga. La mejor política social que existe es crear puestos de trabajo.

Nadie medianamente serio podría decir que esto es una recuperación “vigorosa” cuando llevamos casi cuatro meses de apertura tras el cierre forzoso más agresivo, incompetente e ineficaz del mundo.

¿Qué esconde el voluntarismo del gobierno con el ridículo apelativo de “vigorosa” “recuperación en V asimétrica”? Tres cosas: Propaganda, ganar tiempo y esperar a que todo pase.

El mismo Ministerio de Economía que nos decía que el impacto del Covid-19 sería “poco significativo” en la economía (en marzo de 2020), que dijo que la recuperación sería en V, rápida e indolora (“como unas vacaciones” y que “salimos más fuertes” ahora le añade la palabra “asimétrica”, que invalida la V por definición, y además nos engaña diciendo que hubiera sido peor y que la economía habría caído un 25% si no llega a ser por las medidas del gobierno.

Curioso. Típica excusa de “hubiera sido peor” y “me lo debéis todo”. No existe ninguna declaración o estimación del gobierno en ningún momento de este año donde previesen una caída del 25% si no tomaban sus medidas.

¿Y qué medidas ha tomado el gobierno? Permitir a las empresas endeudarse (las que pueden) para pagar impuestos en el futuro y los ERTE, algo que ya existía desde 1995 y que se flexibilizó con la Reforma Laboral al eliminar el paso administrativo. Es decir, su gran paquete de medidas ha sido la política del avestruz: esconder la cabeza en un agujero, permitir que algunos se endeuden y esperar que todo pase.

España ha sido el único país que no ha defendido y tomado medidas serias para proteger el tejido productivo y al turismo ante una debacle que el sector ya anunció y el gobierno ignoró. Es una broma que el sector haya recibido un mísero apoyo en forma de créditos mayoritariamente enfrentándose a pérdidas de 98.000 millones de euros.

Las empresas españolas no exigen ayudas, ruega que no se le pongan más dificultades y se le siga expoliando a impuestos inútiles en medio de una crisis que ha asolado a muchas de ellas.

Todo esto está muy bien, son datos, pero ¿dónde están las propuestas? Hace ya meses que escribí varias propuestas para poder salir de esta crisis fortalecidos. Para ello les dejo la lista al pie de este artículo.

El Gobierno fía la recuperación a la política monetaria, a que todo pase rápido y a que lleguen los fondos europeos. Son tres errores que ya cometimos en 2009.

En la crisis anterior también se extendieron 140.000 millones de euros de avales del ICO. Eso no para la destrucción de empresas y empleo, porque las que están cayendo como moscas son precisamente las que no necesitaban ni tenían acceso a crédito, microempresas y negocios de nueva creación.

Los avales y los ERTE son una condición necesaria, pero no suficiente, para salir de la crisis. Sin medidas que quiten presión fiscal y administrativa a autónomos, empresas y familias el impacto económico, con y sin avales, es el mismo. Pero además, si los avales se dan, eso no significa que la empresa no tenga que pagar los préstamos.

El gran problema es que se están concediendo préstamos a empresas que están al borde del colapso solo para que paguen impuestos después, no para fortalecerse. Según el Banco de España más del 25% de las empresas del país están en quiebra técnica y no se ha recuperado ni un 42% del empleo perdido.

Sin medidas de oferta que permitan respirar al tejido productivo que sigue sufriendo impuestos de época de bonanza en economía de guerra solo empeoraremos.

Los fondos europeos no son una panacea. El Gobierno de España ya cometió este error en 2009 cuando se aprobó el Plan de Crecimiento y Empleo de la Comisión Europea, un megaestímulo de más de 1,5% del PIB de la UE.

Cualquier persona entiende que una empresa que está al borde de la quiebra porque sus ventas han caído un 50% y sus costes e impuestos son los mismos, no deja de estar al borde de la quiebra si le dan una ayuda de 1 millón de euros para digitalización y proyectos de inversión. El problema de solvencia no cambia.

La política monetaria ni ha evitado la crisis ni está parando la sangría de empresas y empleo. Un enorme bazooka de recompras de deuda y tipos bajos solo beneficia a una administración hipertrofiada y a empresas muy grandes que se financian con bonos con rentabilidad negativa real.

El mecanismo de transmisión de una política orientada a disfrazar los problemas estructurales no cambia la realidad. La política monetaria ha pasado de ser una herramienta para dar tiempo para hacer reformas estructurales a ser una excusa para negarse a llevarlas a cabo.

En 2019, antes de la crisis, todavía no habíamos recuperado el número de empresas de 2009 ni el nivel de beneficios empresariales operativos pre-crisis.

Fiar la recuperación a que nos solucionen todo de fuera y negar los problemas reales es la receta del estancamiento. El voluntarismo y la propaganda no van a crear empleo y dar confianza. Al revés, aumentan la desconfianza inversora.

Lecturas adicionales:

Salir fortalecidos de la crisis sin sufrir un rescate

Un pacto por la industria serio

Un plan realista contra la recesión

Los empresarios piden lo que es evidente