La ideología sí importa
Abordar la batalla cultural y el debate sobre las ideas determina la posición y los resultados de la defensa de los principios de libertad y democracia.
Abordar la batalla cultural y el debate sobre las ideas determina la posición y los resultados de la defensa de los principios de libertad y democracia.
Empieza septiembre con la sensación de que nuestros gobernantes (la generalización es intencionada) no han hecho los deberes. Nunca la vuelta al cole ha sido tan desconcertante y nociva. Toda la gama de colores del pantone está representada en las opiniones de nuestros políticos, y también en las de la gente de a pie que no sabemos a qué atenernos desde hace demasiado.
Tal vez la desazón es mayor porque padres, profesores y alumnos cerramos el curso académico en el mes de julio como quien sale a la superficie después de un larguísimo ejercicio de apnea bajo el agua. Pusimos nuestros anhelos y esperanzas en que en septiembre la situación estaría más clara, para bien o para mal, y los responsables de tomar las decisiones adecuadas habrían tenido tiempo para plantearse varios escenarios. Pero ya ha llegado septiembre y el panorama es desolador.
La incertidumbre respecto a los colegios y universidades (no la mía, sea dicho) plantea muchos desafíos para las familias españolas. En primer lugar, la formación de nuestra cantera, de quienes van a cargar con el peso de nuestra sociedad. Nuestra misión es formarlos lo mejor posible. Recordemos que la educación es una de las partidas de gasto más fuerte (en torno al 20% del presupuesto de las comunidades autónomas), lo que quiere decir que reclamamos lo que pagamos, no estamos pidiendo que graciosamente las administraciones hagan una concesión a nuestros caprichos.
Pero, además, la incertidumbre respecto a la rutina escolar afecta a los padres que no saben si van a tener que ejercer de tutores, si las empresas para las que trabajan van a permitirles conciliar el cuidado de los hijos cuando no puedan asistir a las clases; y si la familia, en general, está exponiéndose a un riesgo de contagio peligroso debido a la negligencia política. Esto es serio.
Sin embargo, no es la única amenaza que se cierne sobre nuestro futuro económico. Hay otros fuegos dispersos.
Los autónomos liderados por Lorenzo Amor no han cesado de denunciar la situación en la que se encuentran. Son la verdadera base de nuestra economía, no sólo por nuestra estructura económica, sino también por los incentivos públicos contrarios a la empresa, que penalizan el ahorro y favorecen el endeudamiento.
Paradójicamente, los autónomos son los menos atendidos por los gestores públicos. Tal vez porque no hacen huelga ni se lanzan a las calles. El daño sufrido por autónomos y pequeños empresarios debido, no sólo a la pandemia, también a la malas decisiones públicas, unido a la destrucción empresarial a la que seguimos asistiendo, dibujan un escenario preocupante: a corto plazo, porque el desempleo va a llegar a cotas muy altas y, a largo plazo, porque la “reconversión” de los parados hacia el auto-empleo va a ser muy difícil.
El recurso a los fondos europeos debería ser un balón de oxígeno en este panorama. Sin embargo, honestamente, la capacidad de nuestros gobernantes para gestionar crisis sin hacer de ello una campaña política, la falta de criterio a la hora de gastar el dinero de los españoles y la falta de transparencia, no son muy esperanzadores en este sentido.
Las elecciones estadounidenses de noviembre, aunque parece que nos pillan muy lejos, pueden salpicarnos si se recrudece el conflicto comercial con China y se deteriora, aún más, el panorama internacional.
El auge del nacionalismo sin apellidos en tanto que mentalidad que se defiende de los otros para poder reafirmarse uno, es una de las peores amenazas de nuestra sociedad, y si miramos a la historia, con nefastos resultados económicos.
Los economistas que analizamos mirando más allá del dato, y somos capaces de vislumbrar qué sucede en las aguas profundas de las ideas, no deberíamos, ni por un momento, dejar de avisar de esta tendencia que crece como la mala hierba a nuestro alrededor.
El comercio global es un ejemplo de a dónde conduce esa mentalidad. Las consecuencias de la paralización de las cadenas de valor del comercio global son la prueba, para algunos, de que dependemos del exterior y, por ello, hay que restringir el comercio para disminuir la dependencia y alcanzar autonomía económica. Es un error propio de un ideal autárquico más o menos encubierto. Para depender menos del exterior hay que participar más y ser más competitivos. Y no al revés.
En el borrador de mayo del Principia Política del economista libanés Nassim Taleb, se expresa de manera sencilla el rol que debe tener el estado. “El estado no debería ser como una madre libanesa intrusiva, más bien como un tío libanés rico para ayudar cuando sea necesario”.
Para el polémico autor, en aquellas situaciones en las que existe una alta incertidumbre en el mundo, combinada con opacidad causal y probabilística, por paradójico que parezca, el camino a seguir siempre es seguro.
Pero para ello, hay que partir de y basarse en las siguientes premisas axiomáticas: el sistema económico y político es dinámico; es multi-escala, de manera que no se puede actuar igual en todos los ámbitos; y hay que llevar el principio de precaución a gran escala, es decir, ante la duda acerca de un riesgo, mejor no tientes a la suerte. El comportamiento de nuestros representantes electos es el contra-ejemplo de las ideas de Taleb.
Pequeños fuegos por todas partes es una de las serie que he visto este agosto. Comienza con un incendio terrible en una preciosa casa de un barrio residencial una ciudad de Estados Unidos.
El policía, en la primera escena, explica a la protagonista, interpretada por Reese Whitherspoon, que el incendio ha sido provocado porque han encontrado acelerante, pero que no hay un único foco sino que se ha debido a “pequeños fuegos por todas partes”. Ese es mi diagnóstico para septiembre: estos fuegos dispersos pueden arruinar el edificio entero. Queda perseverar, actuar responsablemente cada cual en su universo, y no perder la esperanza de que no empeore el panorama y, más pronto que tarde,
Debemos ser conscientes de que la resiliencia ante la pandemia pasa por ponderar conductas cívicas maduras de mayor asunción de responsabilidades individuales.
Las pretensiones punitivas contra los padres que no lleven a sus hijos al colegio no están justificadas.
La hidra identitaria, decía en mi anterior artículo. Y me refería a tres cabezas de esta ideología multiforme: el feminismo, el nacionalismo, y la ideología identitaria de derechas, que en España encarna Vox. Junto al feminismo de tercera ola debí incluir el racismo de enésima ola, que ahora vuelve con una fuerza inusitada.
El artículo ha motivado una respuesta. No ha sido del nuevo racismo, ni del tardofeminismo, sino de un destacado miembro de Vox, el profesor José Francisco Conteras. Contretas es catedrático de Filosofía del Derecho por la Universidad de Sevilla, y diputado por esa provincia por la formación de Santiago Abascal. Es un intelectual reputado, y defiende el conservadurismo dentro de una raíz liberal, partiendo del robusto tronco del iusnaturalismo. En defensa del liberalismo conservador es el título de uno de sus libros, absolutamente recomendable.
Esta era mi advertencia sobre Vox:
“Una de las declaraciones más chocantes de Cayetana Álvarez de Toledo es la que dice: ‘Vox no es un partido de derechas. Se parece más a la izquierda’. Yo así lo creo. Como el Partido Popular, Vox se ha mimetizado con la izquierda. Pero no en el punto de llegada (la sociedad perfectamente igualitaria en el pensamiento, con clones progresistas como trasuntos de ciudadanos que el PP parece buscar para España), sino en el método. Vox es la derecha identitaria que yo critiqué ya en 2018”.
Yo compartí mi artículo en Twitter, y Francisco José Contreras dejó una ristra de respuestas para que mis seguidores en la red social pudieran encontrar varias referencias contrarias a lo que yo podía defender. Voy a hacer la labor de reconstruir la respuesta de Contreras, y de darle contestación.
El profesor distigue entre identidades disolventes y victimistas, que dividen la sociedad en “tribus querulantes”, que reclaman reparaciones por la violación sistemática de sus derechos. Esas tribus se crean a partir de la división de los individuos en función de su sexo, raza u orioentación sexual.
Frente a estas identidades están las familias y naciones. A diferencia de las primeras, éstas no dividen. Antes al contrario, congregan a las personas para transmitir la vida y la cultura. Esa unión favorece una comunidad de deberes, pues esa unión natural compele a cada individuo a cuidar de lo que va más allá de sí mismo.
Esa división no es operativa, porque lo relevante es si una realidad social se ha creado de forma paulatina y relativamente libre, y por tanto responde a las aspiraciones y las decisiones de millones de personas durante un largo tiempo, o son una construcción ideológica, una etiqueta que se coloca a parte de la sociedad, o a alguna institución, con el ánimo de representarla de forma sencilla, cargada de ideología, para su manipulación política. En el primer caso, estamos hablando de lo que podríamos llamar instituciones naturales. En el segundo, de una construcción ideológica identitaria.
Contreras identifica lo que él quiere defender con esas instituciones naturales: el país, la familia nuclear, y demás. Pero teme, como muchos conservadores, que la libertad no sea suficiente. Hay que proteger a la familia de la homosexualidad (y del celibato, imagino), pues no contribuye a la reproducción, a “transmitir la vida”, como dice él. El país, la comunidad política, también está amenazada por la llegada de personas de culturas distintas. Y hay que proteger al ganado autóctono, y no mezclar churras con merinas, bovinos todos.
Eso se hace con prohibiciones y barreras a la libre actuación del hombre, y eso no se justifica solo. Es necesario recurrir a una ideología que sea eficaz justificando nuestra sumisión a la fuerza del Estado, y que esté de moda para que todo el mundo la pueda entender: la ideología identitaria.
Por ejemplo, lo que podamos entender por “familia tradicional”, y que es sólo una de las formas naturales de familia que ha dado la historia: se mete esa fórmula en un congelador, al abrigo de los avatares de la historia, de los cambios sociales, de las preferencias individuales, de lo que cada uno, simple y llanamente, decide hacer con su vida. Lo congelamos convirtiendo una realidad social en una identidad, fija, y con nuestra propia carga ideológica (heterosexual bueno, homosexual malo). Y ya lo tenemos.
No tiene en cuenta Contreras que si la institución está viva y es feraz para la felicidad de quienes la adopten libremente, no necesitará de ninguna prohibición por parte del Estado. Y que si sucumbiera (cosa que no va a ocurrir) por los cambios de hábitos por parte de nuestra sociedad, y se convierte en otra forma de vida elegida libremente por una mayoría, y mantenida durante generaciones, será que hay motivos de peso para que ese comportamiento se adopte y perpetúe.
Dirá el profesor, con razón, que cae sobre nosotros una lluvia ácida de propaganda identitaria por grupos que hacen de su activismo un lucrativo negocio, un negocio en el que pagamos para que nos insulten y para que nos vendan la burra de que vivimos sojuzgados por nuestra cultura, y de que ellos nos van a liberar. Cierto. Y debemos acabar con la tremenda injusticia de que el Estado utilice nuestro dinero para decirnos lo que tenemos que pensar. Por cierto, que este principio vale para todos.
La comunidad política puede ser un punto de encuentro, si responde al precipitado histórico de una convivencia en común durante siglos. Entonces, cada persona nace en esa sociedad y se identifica con ella, porque comparte con el resto una serie de instituciones (el lenguaje, la moral, la cultura…) así como de hitos históricos que sirven de vehículo y representación de esa pertenencia compartida.
Pero eso no es el nacionalismo. El nacionalismo es una ideología identitaria, que parasita el ser histórico de un país para convertirlo en el instrumento de su visión política. El país, convertido en nación (un concepto esencialmente democrático), es ahora el vehículo por el que se podrá lograr una visión ideológica y estrecha de la sociedad. Los nacionalismos españoles han recurrido al terrorismo, a la discriminación legal, al acoso, a las prohibiciones… Y la lucha contra el nacionalismo no es otro nacionalismo alternativo, sino la defensa de España como realidad histórica, y de los españoles como ciudadanos con plenos derechos.
Por supuesto que “el individuo abstracto no existe”, y que sus creencias y afinidades, su sentimiento de pertenencia o de ser con otras personas parte de algo común forma parte de lo que hace a cada individuo único. Y que son sus querencias, sus inclinaciones, su apero sentimental, lo que le da un sentido a su vida. Pero esas inclinaciones, preferencias y pertenencias son suyas, no pueden ser impuestas por un ideólogo identitario, de izquierdas o de derechas.
¿A qué responde Vox? ¿A la derecha identitaria, a la imagen opuesta, por especular, de la izquierda, o a una opción plenamente liberal, que confía en la libertad de todos aunque esa libertad dé entrada a formas de vida alternativas a las tradicionales, en la confianza de que éstas en realidad no han perdido su eficacia? A estas preguntas no soy yo quien tiene que responder.
“Take a load off Fanny, and you put the load right on me”. Robbie Robertson.
Muchos lectores me preguntan cómo puede estar aumentando de manera vertiginosa el número de empresas en quiebras o zombis -que no pueden pagar los intereses de la deuda con beneficios operativos- si los tipos son bajos y los bancos centrales inyectan océanos de liquidez.
1. Un problema de solvencia no se soluciona con liquidez. Los tipos bajos y la alta liquidez no hacen a las empresas competitivas o rentables ni a los gobiernos solventes, solo disfrazan el problema a corto plazo, en una bola que se aumenta cada vez que se lanzan nuevos mal llamados estímulos.
El Bank of International Settlements identifica la bajada de tipos y los enormes estímulos monetarios como una de las causas principales por las que las empresas zombis se han multiplicado en los últimos 10 años, y eso que solo analiza las grandes cotizadas. En la Unión Europea, esos zombis ya alcanzan el 9% de las empresas cotizadas
2. Disfrazar a corto plazo los problemas estructurales de los gobiernos no los elimina. Japón lleva años con tipos reales negativos y masivas inyecciones de liquidez y, a pesar de los bajos tipos de interés sobre la deuda, ésta se ha disparado a más del 200% del PIB y el país nipón se gasta un 22% de su presupuesto en pagos de intereses. Japón no ha tenido un presupuesto equilibrado sostenible desde 1990.
3. Los enormes planes de estímulo monetarios y fiscales benefician a estados quebrados y grandes corporaciones con acceso a activos mobiliarios y crédito, pero no evitan la desaparición de miles de pequeñas empresas.
Ningún estímulo monetario ni fiscal compensa la evidencia de una caída del 30% en las ventas mientras los costes fijos e impuestos suben. Por eso el mal llamado ‘helicóptero monetario’ siempre fracasa. Se perpetúan los desequilibrios, pero no se hace la economía más competitiva ni el consumo más sostenido.
Las cifras mareantes de centenares de miles de millones de euros de planes de estímulo siempre terminan, además, gastadas en proyectos innecesarios o sin rentabilidad económica real ante la urgencia de gastar mucho y pronto para “estimular la demanda”, dejando un reguero de deuda y más exceso de capacidad
Es importante recordar esto porque el exceso de optimismo que se genera con los planes de estímulo siempre lleva a decepciones posteriores. No tenemos que olvidar el fracaso del Plan de Empleo y Crecimiento de 2009 de la Unión Europea y el Plan Juncker.
Ambos movilizaron centenares de miles de millones y el crecimiento no mejoró. Recuerden que, con el Plan Juncker a todo gas, las estimaciones de crecimiento de la eurozona no pararon de bajar y tras el plan de empleo y crecimiento de 2009 entramos en una crisis más prolongada.
El gran problema es que los enormes planes de estímulo buscan generar una solución rápida y cubrir con gasto público problemas que son mucho más complejos y que afectan a centenares de miles de pequeñas empresas.
Al poner tanta obsesión en “sostener el PIB” a cualquier coste, se olvida la calidad y fortaleza de este. Así, no es una sorpresa que el aumento de la productividad y los salarios reales en época de crecimiento sea tan pobre y la caída en recesión tan profunda.
Nos olvidamos, al analizar la crisis en la que nos encontramos, del nivel de fragilidad del tejido empresarial y el nivel de pobre solvencia real de Estados y empresas. Y cuanto mayores son las políticas de demanda, menor es su impacto real y mayor la montaña de deuda que dejan detrás.
No va a ser diferente con la decisión de la Reserva Federal de aumentar su “objetivo de inflación”. No solo ignora que la inflación para las capas más bajas es muy superior a la media oficial del IPC, sino que ignora el efecto negativo de inflar constantemente los activos de riesgo.
Inflación existe, y mucha, y por eso los ciudadanos se encuentran cada vez con mayores dificultades para recuperarse en periodos de crecimiento. Los salarios reales no aumentan como se espera porque la productividad no mejora y sigue concentrándose la política fiscal y monetaria en beneficiar desproporcionadamente al más ineficiente y endeudado.
Se crea una peligrosa y constante transferencia de renta de los sectores productivos a los menos productivos o improductivos.
No debería sorprendernos que Angela Merkel haya alertado de que la crisis va a ser más prolongada y complicada de lo esperado (viernes 18 de agosto) mientras se dispara la bolsa y los bonos.
Esa es una señal de la divergencia entre la realidad económica y el efecto de la represión financiera. Los bancos centrales hacen los activos supuestamente de menor riesgo -los bonos soberanos- muy caros artificialmente y con ello empujan al resto de los activos de riesgo que aparecen ópticamente baratos.
A medio plazo, la actividad de los bancos centrales buscando solo disfrazar los riesgos de estados al borde de la quiebra lleva a estancamiento y más deuda. Como intentarán rascar más impuestos de los sectores más productivos que sobrevivan, el efecto será menores salarios reales a medio plazo y menor inversión productiva. Si te regalan dinero por hacerlo mal y si te va realmente mal, te dan más dinero y más barato, ¿para qué hacerlo bien?
La única manera en la que saldremos de esta crisis fortalecidos es haciendo lo contrario, pero pocos gobiernos lo van a implementar. Es mucho más importante apoyar en esta crisis a los sectores de alta productividad que rescatar zombis porque son muy grandes buscando garantizar un empleo que ni se garantiza ni se fortalece a largo plazo.
Es mucho más importante priorizar y gestionar gasto público de manera seria en este momento para evitar que el destrozo posterior sea menor. Tenemos un enorme riesgo de que esta cadena de estímulos vuelva a generar una economía más endeudada, improductiva y, lo que es peor, que a medio plazo sea mucho más frágil.
Ahora es cuando deberían hacerse reformas estructurales, reducción de gasto superfluo, priorización en inversión con rentabilidad económica real, apoyar y fortalecer a los sectores más productivos, atracción de inversión, atracción de empleo eliminando los costes excesivos y reducción de cargas burocráticas para salir en V, no en L coja.
Nos dicen que en momentos de crisis hay que olvidar la deuda, olvidar la lógica y gastar. Es una trampa. Luego dicen que hay recortes. Ahora lo que hay que hacer es aprovechar para fortalecerse y hacer las reformas que se negaron a hacer en crecimiento.
Una crisis de solvencia no se solventa con liquidez y, como nos pasó en 2009, el optimismo con enormes manguerazos de dinero se convierte, como ocurrió en 2011, en la evidencia de que dos más dos no suman veintidós y que habrá que hacer importantes reformas estructurales.
Ahora es cuando deberíamos hacerlas, de manera seria, para salir rápido y de manera más productiva de la crisis. Hay dos maneras de salir de la crisis, más fuertes y ágiles o más obesos y torpes. Me temo que elegirán la segunda.
Las críticas que se le pueden hacer son las habituales al anarquismo de izquierda.
El nuevo eje separaría dos bloques: las ciudades metropolitanas globales frente al entorno rural y las ciudades en decadencia.
Las personas mayores descubren que en la tradición hay verdad o, en otras palabras, razón y conocimiento.
Esta semana he sido coprotagonista, junto con Juan Francisco Jimeno, de un intercambio de ideas, a cuento de una frase un tanto confusa. Él trataba de refutar una queja de Daniel Lacalle acerca del sector público y su voracidad con el sector privado. No tiene la más mínima importancia la frase en cuestión, pero sí el debate que se planteó acerca de la relación entre el sector público y el sector privado.
¿Es posible la existencia de un mercado sin sector público? ¿Es conveniente que exista una regulación pública de las instituciones privadas? Y, sobre todo, ¿pueden sobrevivir las instituciones privadas, y entre ellas, el mercado, sin el respaldo del sector público? En medio del intercambio, el amigo y periodista John Müller comentaba que, tal vez, Platón y su República tuvieran algo que enseñarnos. Y recogí el guante.
Porque todo esto me pilla trabajando en una traducción de un libro magnífico de Sergio Ricossa, un autor desconocido en España y muy poco conocido en su Italia natal. Una lástima, porque su pensamiento es brillante, profundo y original. Cuando salga a la luz la revisión del texto en español de La fine dell’economia. Saggio sulla perfezione se lo haré saber.
Ricossa presenta su idea del perfectísimo y del imperfectismo apoyándose en una pléyade de pensadores de todos los tiempos, de manera que he pasado todo agosto revisitando un abanico de grandes obras clásicas. Por ejemplo, analiza el pensamiento platónico plasmado, entre otras obras, en La República, y estudia también las aportaciones de los seguidores y los críticos de Platón. Y entre ellos, destaca como mi favorita La sociedad abierta de Karl Popper.
Para Platón, el verdadero arte de la política era una suerte de habilidad pastoril, patriarcal, consistente en gobernar a la manada de seres humanos, a la masa. El Estado ideal es cerrado, inmutable, porque el cambio entraña corrupción y decadencia previa; y los regidores públicos no son ciudadanos normales: no tendrán propiedades, no se dedicarán más que a sus funciones, no ganarán dinero.
El mercado empieza aspirando a ser autárquico, luego comunista, y Platón termina introduciendo importaciones y exportaciones a capón: el que la ciudad esté situada a una distancia considerable del mar, para evitar el mal del comercio abierto, es notable. Tanto el mercado como lo público no se corresponden con lo que, probablemente, ninguno de los participantes del debate (el que se quejaba, el que respondía, yo, que matizaba y Müller que mentaba la res-publica) querría que sucediera en nuestro país. España, en principio, es una democracia con Estado de derecho.
Por suerte, no vivimos en la Grecia de Platón, sino en un país con una forma política mejor. Una que Popper defiende en sus escritos. Sin embargo, el autor matiza cuestiones muy importantes que deberían servir de telón de fondo de la conversación iniciada en Twitter.
En su crítica al marxismo y al desprecio de Marx por la llamada “mera libertad formal”, es decir, la democracia, Popper define nuestro sistema político como el único en el que el público, los ciudadanos, podemos juzgar y expulsar a nuestros gobernantes, de manera que estamos resguardados de potenciales tiranos: “su esencia consiste en el control de los gobernantes por parte de los gobernados”.
Recuerda el autor austriaco que, dado que el poder político puede controlar al económico, sólo la democracia devuelve el protagonismo, también en este escenario, a los individuos. Aquí tenemos el corazón del asunto. Sin un control democrático, dice Popper, “no hay razón para que un gobierno no utilice su poder político y económico con fines bien diferentes de la protección de sus ciudadanos”.
Ésta, y no otra, era la esencia de la crítica inicial de Daniel Lacalle: “El sector público no rescata al sector privado. Vive de él”. No es una blasfemia. Simplemente, es una constatación, de carácter positivo, del deterioro de las bases de nuestra democracia, que se traduce en un control defectuoso de los gobernantes.
La respuesta a este tuit no procedía de la misma galaxia, sino de la galaxia normativa: las instituciones privadas, por ejemplo, el mercado, no pueden sobrevivir sin un respaldo sancionador público. Adam Smith habría estado de acuerdo en que eso debería ser así, y que la actividad individual debería estar apoyada por la acción gubernamental, que tiene el mandato de generar un marco adecuado.
No tiene sentido plantear si antes del ámbito privado ya existía un ámbito público. Pero no me voy a arrugar y voy a explicar mi posición: ambos ámbitos tienen como base al individuo y su organización en sociedad. Me refiero al individuo que toma decisiones, desarrolla hábitos, contratos, normas y, a partir de ahí, instituciones, tanto en aquellas actividades cuyos resultados afectan a pocas personas, como en aquellas que afectan a muchas, que es como la Escuela de Public Choice diferencia ambas parcelas.
El problema aparece cuando falla el control democrático de las instituciones, cuando no hay transparencia económica, ni rendición de cuentas, cuando es lícito (e incluso está bien visto) mentir, y retorcer datos hasta que “canten” lo que conviene, y sobre todo, cuando no se puede hacer análisis económico porque todo está politizado.
Hay que denunciarlo. Los economistas, especialmente los que se dedican al análisis como Juan Francisco Jimeno, los que viven la realidad económica y analizan lo que hay, como Daniel Lacalle, incluso yo, que me dedico a la humilde rama de la Historia del Pensamiento Económico, en vías de extinción, deberíamos poder intercambiar ideas sin embarrarnos.
Aunque nos insulten en redes y nos llamen suicidas económicos, estoy completamente de acuerdo con Popper cuando afirma: “El liberal no sueña con un perfecto acuerdo en las opiniones; sólo desea la mutua fertilización de las opiniones y el consiguiente desarrollo de las ideas”.