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El lenguaje económico (XLVIII): Sobre las cosas «gratis»

En los estados democráticos actuales, la competencia entre los partidos políticos por ganarse el favor de los votantes ha desembocado en una oferta creciente de servicios públicos gratuitos. Es verdaderamente lamentable que una mayoría de votantes, bien por interés personal en las dádivas, bien por falta de perspicacia o bien por ingenuidad, se muestren favorables o anuentes ante estas ofertas. Mediante un sencillo análisis praxeológico podemos identificar sus efectos nocivos y también, cualitativamente, quienes —individuos o grupos— salen beneficiados y perjudicados con las medidas.

Nada es gratis

A excepción del aire que respiramos, nada de lo que consumimos es gratis.[1] Todos los servicios públicos —sanidad, educación, seguridad, defensa, justicia, alumbrado, mantenimiento de carreteras, recogida de residuos, limpieza viaria, etc.— son bienes económicos (escasos) que deben ser producidos y sufragados por alguien. La desconexión existente entre el consumo y el pago de los bienes públicos crea inevitablemente dos grupos económicos: ganadores y perdedores. Unos, reciben más de lo que pagan y otros, al revés. Bajo este sistema asistencialista, consistente en el reparto del botín fiscal, el empobrecimiento material y moral de la sociedad es inevitable.

Demanda ilimitada de las cosas «gratis»

Un efecto perverso de los bienes gratis es su ilimitada demanda. En el caso del transporte, los vehículos van saturados de viajeros e inevitablemente aparecen colas y listas de espera. Otro ejemplo: en el caso de los medicamentos, se consumen y acopian en exceso, se dejan caducar, se reenvían a familiares residentes en otros países o incluso se venden en el mercado negro.

Servicios «gratis» de ocio, bienestar y salud

Este es otro ámbito donde la oferta de servicios gratis se ha disparado en los últimos años. En julio de 2013, siete municipios[2] españoles pusieron en marcha el proyecto “Fifty-Fifty“, de 15 meses de duración, cuyo objeto era fomentar hábitos de vida saludables en los adultos para combatir la obesidad y el sedentarismo. Con este tipo de proyectos, los ciudadanos que se cuidan por sí mismos y sufragan los costes con su peculio, tienen también que costear —mediante sus impuestos— la burocracia y los monitores municipales que imparten clases «gratis».

Esta injusta transferencia está presente en todos los programas asistenciales por bondadosos y útiles que aparenten ser. A medida que lo público (subsidiado o gratis) aumenta, lo privado se restringe debido al efecto expulsión. Los negocios marginales no pueden soportar la competencia estatal y quiebran; sus empleados serán eventualmente contratados por el mismo ente público que los mandó al paro. Esta sustitución paulatina del mercado por el Estado no es otra cosa que un «Camino de servidumbre», tal y como se titula el famoso libro de F. A. Hayek (1944).

Transporte «gratis»

Otra figura destacada de lo «gratis» es el transporte colectivo. Todos los gobiernos —central, autonómicos y locales—, utilizando sus empresas públicas, vienen ofreciendo gratis sus medios —trenes, tranvías, metros, autobuses— a diferentes colectivos —desempleados, jubilados, estudiantes— y en determinados tiempos. Sería muy prolijo enumerar todos los casos por lo que solo expondremos uno muy curioso, bautizado el «Camello taxi». El ayuntamiento de Los Realejos (Tenerife), esta pasada Navidad, ha vuelto a ofrecer (9ª edición) un servicio gratis de taxi compartido para promover las compras en el comercio local. Los taxistas del municipio harán su particular agosto en Navidad porque el ayuntamiento pagará sus servicios «gratis».

¿Quiénes ganan?: a) Los taxistas, que incrementan la facturación porque la demanda de bienes «gratis» es ilimitada. b) Los comerciantes locales, que tienen una mayor afluencia de clientes y, eventualmente, aumentan sus ventas. c) Los pasajeros agraciados, que viajan gratis. d) El equipo de gobierno municipal, que gana votos de los tres grupos anteriores y de otros votantes que aplauden la medida. ¿Quiénes pierden? a) Los usuarios del taxi que se dirigen a otros destinos, que ven restringida la oferta. b) Los comerciantes ubicados en otras zonas, que eventualmente ven reducidas las visitas y la facturación. c) La inmensa mayoría de vecinos, que pagan la fiesta con sus impuestos, sin recibir nada a cambio.


[1] El aire no es un bien económico porque no es escaso.

[2] Barcelona, Cambrils (Tarragona), Guadix (granada), Manresa (Barcelona), Molina de Segura (murcia), San Fernando de Henares (Madrid) y Villanueva de la Cañada (Madrid).

Pedro Schwartz cumple 90 años: celebrando a un gigante de la libertad

Con motivo del 90 aniversario de Pedro Schwartz, el Instituto Juan de Mariana presenta tres obras de coleccionista con las que queremos celebrar la vida y obra de uno de los grandes referentes del liberalismo en España y el mundo. 

En primer lugar, y en colaboración con el Grupo Libertad Digital, presentamos una recopilación en la que se incluyen más de 50 artículos publicados por Schwartz en Libertad Digital, La Ilustración Liberal y Libre Mercado, entre los años 2001 y 2017. Además de esta colección de artículos, la obra incluye también valiosos documentos como el fragmento final de su discurso de ingreso en la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas o su intervención en la ceremonia en la que recibió el Premio Juan de Mariana de 2014. El volumen cuenta asimismo con un encomio de Mario Vargas Llosa, una carta de presentación de Carlos Cuesta, distintas entrevistas con el autor y la contribución especial de destacadas figuras del pensamiento liberal, como Carlos Rodríguez Braun, Francisco Pérez de Antón, Francisco Cabrillo, Manuel Llamas o Diego Sánchez de la Cruz. 

Haga clic en este enlace para descargar el libro.

En segundo lugar, y de la mano del Instituto Cato de Estados Unidos, editamos un volumen en el que se recopilan más de 100 artículos publicados por Pedro Schwartz en la web en español del think tank norteamericano, ElCato.org. Estas columnas, que las dos décadas comprendidas entre 2002 y 2022, ilustran a la perfección la brillante capacidad de Schwartz de analizar las controversias y asuntos de la actualidad cotidiana desde el enriquecedor prisma de las ideas y el pensamiento liberal. 

Haga clic en este enlace para descargar el documento.

Asimismo, y habida cuenta de la profunda impronta que ha tenido la trayectoria de Pedro Schwartz en el ámbito internacional, presentamos un tercer volumen, elaborado de la mano de Liberty Fund. La obra comprende los distintos artículos publicados por el autor en Library of Economics and Liberty, un recurso de indudable valía para el pensamiento liberal comúnmente conocido como EconLib. A través de estos escritos, que comprenden el periodo 2013-2020, Schwartz nos introduce en algunos de los asuntos clave de nuestro tiempo. 

Haga clic en este enlace para descargar la obra.

Este triple lanzamiento es tanto un tributo a Pedro Schwartz como un recordatorio de su brillante legado como incansable defensor de la libertad y la razón, en España y el mundo. Desde el Instituto Juan de Mariana deseamos que estas recopilaciones nos sirvan para seguir aprendiendo con las valiosas enseñanzas de un verdadero gigante de la libertad como es el profesor Schwartz.  

¡Feliz 90 cumpleaños, maestro!

Trump ha malinterpretado la historia de los EE.UU.: todos pagaremos las consecuencias

Por Daniel Freeman. El artículo Trump ha malinterpretado la historia de los EE.UU.: todos pagaremos las consecuencias fue publicado originalmente en CapX.

Estados Unidos ha impuesto un arancel del 10% a los productos chinos y dentro de un mes entrará en vigor un gravamen del 25% a los productos mexicanos y canadienses. También están en proyecto aranceles a la UE con un porcentaje aún por determinar. Los gobiernos de los países afectados están planeando aranceles de represalia contra EE.UU., que probablemente tendrán un efecto similar al de dar un puñetazo a un camión que acaba de atropellarte el pie: una breve satisfacción seguida rápidamente de un dolor considerable.

Independientemente de su política, los economistas dirán que las guerras comerciales empobrecen a todo el mundo; de hecho, es casi lo único en lo que se puede conseguir que los economistas estén de acuerdo, excepto quizá en que el control del alquiler es una idea estúpida. Los argumentos están bien ensayados: los aranceles aumentan los costes para los propios consumidores y las industrias que utilizan insumos extranjeros, inhiben la especialización y redistribuyen el trabajo, la tierra y el capital de usos más eficientes a otros menos eficientes.

Entonces, ¿por qué la nueva administración de Donald Trump está impulsando los aranceles de forma tan agresiva? Evidentemente, no es una reacción contra la política de la administración anterior, que era bastante proteccionista. El equipo de Joe Biden, por ejemplo, ignoró las resoluciones de la Organización Mundial del Comercio para mantener los aranceles sobre el acero, e incluso aumentó los aranceles sobre los productos madereros canadienses.

Donald Trump, historiador

Las declaraciones de Trump sobre el tema difieren de las de Biden en lo mucho que se apoya en su interpretación de la historia económica estadounidense, en particular durante el periodo comprendido entre el final de la Guerra Civil y el comienzo de la Primera Guerra Mundial. Los aranceles, afirma, permitieron a la industria estadounidense desarrollarse más rápidamente de lo que hubiera podido hacerlo de otro modo, al tiempo que proporcionaron una fuente de ingresos que financió en gran medida al Gobierno Federal hasta la introducción del impuesto sobre la renta.

En su entrevista con Joe Rogan en octubre del año pasado, incluso respondió positivamente a la idea de sustituir el impuesto sobre la renta por aranceles. Esto podría considerarse una bravata de campaña, pero una vez que Trump llegó a la Casa Blanca, quedó cada vez más claro hasta qué punto este análisis de la historia de Estados Unidos afectaría a su segundo mandato.

William McKinley

Uno de sus primeros actos como presidente fue rebautizar la montaña más alta de Norteamérica con el nombre de William McKinley, cuyo compromiso con los aranceles fue mencionado por Trump en la correspondiente orden ejecutiva:

Bajo su liderazgo, Estados Unidos disfrutó de un rápido crecimiento económico y prosperidad, incluyendo una expansión de las ganancias territoriales de la Nación. El presidente McKinley defendió los aranceles para proteger la fabricación estadounidense, impulsar la producción nacional y llevar la industrialización y el alcance mundial de Estados Unidos a nuevas cotas.

Por un lado, es agradable que los líderes mundiales se interesen por un periodo tan fascinante de la historia económica. Por otro, es una pena que Trump haya acabado con una versión tan tergiversada de lo que ocurrió, sobre todo en lo que se refiere a la relación entre aranceles y crecimiento. Para empezar, mientras McKinley era un ardiente proteccionista en el Congreso, como presidente se mostró cada vez más partidario de reducir el muro arancelario estadounidense a cambio de acuerdos recíprocos de otros países.

Pero a un nivel más fundamental, todo el argumento de que porque EE.UU. se industrializó en un contexto de aranceles elevados, lo hizo debido a los aranceles, es seriamente erróneo. En primer lugar, como ha señalado Douglas Irwin, a finales del siglo XIX, la productividad de la industria manufacturera protegida por aranceles creció mucho más lentamente que la de los sectores no comercializados, como los servicios y los servicios públicos, lo que sugiere que la fortaleza de la economía de la Edad Dorada no dependía principalmente de la protección de la industria naciente.

Sectores beneficiados por no estar “protegidos”

Pero incluso dentro del sector manufacturero, las industrias con menor protección arancelaria tendían a experimentar un crecimiento de la productividad más rápido que las más protegidas, como han señalado Alexander Klein y Christopher Meisner en su excelente análisis de la producción manufacturera estadounidense entre 1870 y 1909. Las industrias con aranceles más altos se enfrentaban a menos competencia y, por tanto, podían imponer precios más altos. Sin embargo, eran menos productivas y solían emplear a más trabajadores. Este último punto puede parecer positivo, pero en esencia equivalía a una reasignación de trabajadores desde industrias más competitivas hacia empresas que sólo podían sobrevivir en un contexto de precios artificialmente altos – el coste de todo esto lo soportaba el consumidor estadounidense.

A finales del siglo XIX, Estados Unidos tenía enormes ventajas económicas que le ayudaron a convertirse en un gigante industrial, pero éstas tenían poco que ver con los aranceles. Entre otros factores, la industria estadounidense tenía acceso a abundantes tierras, un suministro constante de mano de obra procedente de la inmigración del viejo mundo, recursos naturales de fácil acceso (por ejemplo, mineral de hierro cerca de los Grandes Lagos o petróleo en el oeste), una amplia y eficiente red de transportes que podía trasladarlos a bajo coste allí donde se necesitaban y crédito fácilmente disponible que los industriales podían invertir en bienes de capital.

Teniendo esto en cuenta, parece muy probable que si EE.UU. no hubiera forzado la mala asignación de mano de obra y capital mediante el uso de aranceles, se habría convertido antes en la primera economía mundial, como ha argumentado Klein en una entrevista reciente.

Es cierto que EE.UU. se industrializó en un contexto de aranceles elevados. También es cierto que algunos jóvenes de 16 años aprueban el bachillerato en un contexto de borracheras. Esto no significa que una cosa haya llevado a la otra y, desde luego, no significa que en la madurez debas pasar las tardes bebiendo grandes cantidades de sidra barata en un parque para mejorar tus perspectivas profesionales o que una economía avanzada como la estadounidense se beneficie de un resurgimiento del proteccionismo.

Desgraciadamente, parece que Estados Unidos va a tener que volver a aprender esta lección por las malas, y tanto él como el resto del mundo sufrirán las consecuencias económicas.

La campaña de Manuel Ayau por la libertad

No puedo dejar de soñar que algún día Guatemala y todo su pueblo prosperarán en paz y libertad.

– Manuel F. Ayau

En la década de 1960, la ciudad de Nueva York era un centro vibrante para artistas e intelectuales, y la Grand Central Terminal, rebosante de energía y movimiento, encarnaba este espíritu dinámico. Ahí, podrías cruzarte con Jane Jacobs debatiendo sobre planificación urbana, Hannah Arendt reflexionando sobre derechos humanos o Lenny Bruce explorando nuevas formas de ejercer su libertad de expresión. Una tarde en particular, en medio de las bulliciosas multitudes de la explanada principal, también podrías haberte encontrado con dos jóvenes guatemaltecos, con tickets en la mano, embarcándose en un viaje para transformar su país y las vidas de millones de personas.

Su destino no era ni las Naciones Unidas ni Wall Street, sino un lugar posiblemente más impactante. Sus billetes de tren decían «Irvington-on-Hudson», una pintoresca ciudad a orillas del río Hudson, a solo 40 minutos del centro de Manhattan. En sus manos tenían una carta con una dirección: «30 South Broadway». Después de subir una empinada colina desde la estación, llegaron a su destino: la sede de la Fundación para la Educación Económica (FEE).

Se llamaban Manuel Ayau y Ulysses Dent, dos emprendedores decididos a descubrir las causas fundamentales de la pobreza en Guatemala y trazar un camino hacia la prosperidad para su país. Su visita a FEE no fue ni un hecho fortuito ni un acontecimiento preestablecido. Fue uno de esos momentos afortunados que a menudo surgen cuando los héroes se proponen cambiar el mundo. Tocan el timbre, se abre la puerta y comienza un nuevo capítulo en la historia de la libertad.

Próximo destino: Prosperidad a través de la libertad

Los grandes viajes a menudo comienzan con una pregunta, y para estos dos jóvenes, este viaje no fue una excepción. En 1958, Ayau y un grupo de amigos con ideas afines, frustrados por el lento progreso de Guatemala e insatisfechos con las soluciones de los llamados «expertos», formaron un grupo de estudio para abordar una pregunta aparentemente simple: «¿Por qué Guatemala es pobre?». Esto condujo naturalmente a una segunda pregunta, más ambiciosa: «¿Cómo podemos crear prosperidad para todos?». Decididos a descubrir las causas fundamentales de la pobreza y trazar un camino hacia un futuro mejor, buscaron respuestas significativas. Como ingenieros y empresarios, se mostraban escépticos ante las explicaciones enrevesadas y a menudo contradictorias ofrecidas por los economistas y autoproclamados expertos de la época. Su búsqueda de claridad y soluciones prácticas marcó el comienzo de un viaje transformador.

Todo cambió unos meses después, cuando un miembro del grupo conoció a Agustín Navarro, un empresario mexicano y cofundador del Instituto de Investigaciones Sociales y Económicas. Tras embarcarse en una búsqueda similar en México, Navarro ofreció inmediatamente su apoyo a su causa. Compartió un folleto de FEE, la organización que había inspirado la fundación de su centro. El artículo, de Ludwig von Mises sobre la economía de los salarios, fue una revelación para Ayau y sus compañeros. Reconociendo su visión compartida, Navarro también se ofreció a ponerlos en contacto con FEE.

El descubrimiento tanto de los liberales clásicos mexicanos como de FEE despertó una nueva energía y dirección para el grupo. No pasó mucho tiempo antes de que decidieran formalizar sus esfuerzos. El 18 de noviembre de 1959, lanzaron oficialmente el Centro de Estudios Económico-Sociales (CEES), un grupo de expertos dedicado a promover la libertad económica en Guatemala.

FEE: Un centro para la libertad

La misma semana, Bettina Bien Greaves, de la Fundación para la Educación Económica, escribió desde Nueva York, ofreciendo apoyo, recursos y aliento a Ayau. Esta carta marcó el comienzo de una asociación duradera entre el grupo de Ayau y FEE. Lo que comenzó como un simple intercambio de ideas se convirtió en una colaboración profunda y duradera, que dio forma a su visión y sentó las bases intelectuales para promover la libertad en Guatemala.

A través de esta asociación, conocieron al fundador de FEE, Leonard Read, y a pensadores influyentes como Ludwig von Mises, F. A. Hayek y Milton Friedman, participaron en seminarios de verano donde conocieron a otros empresarios intelectuales, e incluso fueron invitados a reuniones de la prestigiosa Sociedad Mont Pelerin, todas experiencias que impulsaron sus esfuerzos por llevar la prosperidad a Guatemala.

Desde el principio, su búsqueda de una sociedad libre los convirtió en idealistas, soñadores o radicales. Sin embargo, fue su inquebrantable coherencia, tanto en palabras como en hechos, lo que finalmente les valió el respeto y la admiración. En todos sus esfuerzos, el apoyo de FEE resultó crucial, no solo intelectual y estratégicamente, sino también a través de una verdadera amistad y un cálido aliento. Con el tiempo, CEES creció hasta convertirse en un faro de libertad en la región, y este viaje condujo más tarde a la fundación de la Universidad Francisco Marroquín, que sigue siendo uno de los logros más famosos y duraderos de este grupo de empresarios.

Hoy en día, la relación entre FEE, CEES y UFM sigue siendo tan vibrante como siempre. Durante los 65 años transcurridos desde que se envió esa primera carta, FEE ha servido como un centro donde los emprendedores intelectuales de nuestro país encuentran ideas transformadoras y construyen amistades duraderas. Las sucesivas cohortes de liberales clásicos en América Latina se han formado gracias a esta conexión duradera. Desde directores hasta estudiantes de primer año, el legado de este intercambio intelectual sigue prosperando, más relevante e impactante que nunca.

Un viaje impulsado por las ideas, la amistad y la esperanza

Por un golpe de suerte, hace unas semanas, volví a Irvington, más de una década después de asistir a uno de los últimos seminarios de verano que se celebraron allí. Mientras viajaba en tren, no pude evitar reflexionar sobre cuántos luchadores por la libertad, como Ayau y Dent, habían viajado por esas mismas vías, cuántas amistades se forjaron en el camino y cuántos libros, llenos de ideas transformadoras, llevaban en su equipaje.

Para mí está claro que cada viajero, independientemente de su origen, estaba unido por una esperanza compartida: la creencia de que la libertad podría hacer del mundo un lugar mejor. Aunque la sede de FEE ya no está en Irvington, su misión perdura. Ya sea en Atlanta, México o Madrid, quienes participan en los eventos de FEE siguen descubriendo el mismo tesoro de ideas, la calidez de la verdadera amistad y un sueño compartido de construir un mundo más libre y próspero.

Este año se cumple el centenario del nacimiento de Manuel Ayau. Al celebrar su extraordinaria vida y legado, espero que su inquebrantable optimismo, su esperanza radical y sus incansables esfuerzos por llevar la libertad y la prosperidad a todos inspiren a muchos a continuar este viaje y mantener vivo el sueño para las generaciones venideras.

¡Que viva la libertad!

Sobre el anarcocapitalismo (I): Rothbard como historiador de la derecha americana

Se cumplen este mes treinta años del prematuro fallecimiento de Murray Rothbard y el año próximo, el centenario de su nacimiento, por lo que entiendo que es de justicia contribuir a conocer un poco mejor su obra y entender cuáles fueron el contexto en el que se originó el moderno anarcocapitalismo. En este texto me gustaría abordar una faceta del autor que normalmente no es muy destacada: la de historiador de las ideas y movimientos políticos, frente a la más conocida de estudioso de la historia del pensamiento económico.

La tradición de la derecha estadounidense

En concreto, me gustaría comentar uno de sus libros póstumos, The betrayal of the american right, traducido al castellano por el Instituto Mises como La traición de la derecha estadounidense, fácilmente descargable desde su página de internet. La razón de escoger este libro no reside solamente en que es uno de los que mejor explica los orígenes del movimiento, sino porque ayuda a comprender también el origen de la polémica entre Hoppe y Milei. El libro es parte de una historia intelectual del movimiento libertario norteamericano y parte una autobiografía del propio Rothbard, en la que detalla desde dentro las líneas de actuación y las divisiones y traiciones dentro del mismo.

Lo primero que podemos ver es que el autor, anarcocapitalista, confeso desde su juventud, no renuncia para nada a la batalla política. Uno de los debates que dividen a los libertarios actuales es el de si participar o no en la política convencional, para intentar cambiar desde dentro el sistema. Rothbard parece pensar que sí es conveniente y buena parte del texto es un relato autobiográfico de las aventuras y desventuras del profesor Rothbard en el seno de las facciones políticas de la derecha americana, hasta su desencanto y giro a la izquierda política y su vuelta final al mundo de la derecha.

La clave está en la política exterior

Otro aspecto que cabría destacar es que Rothbard distingue entre el ámbito de la teoría, en el cual muestra una gran coherencia a lo largo de su vida, y el de la acción política, en el que se mueve más por aspectos coyunturales. Escoge en cada momento la opción política que le parece menos mala entre las existentes, pues como el lector del libro observará, ninguna le parece del todo satisfactoria.

El factor que definiría para nuestro autor es principalmente uno: la mayor o menor propensión del político a apoyar guerras de los Estados Unidos en el exterior y el mayor o menor intervencionismo en política internacional sea influyendo en organismo internacionales, aunque sea con ayudas a otros países como el plan Marshall. La cooperación, o bien con los mecanismos de guerra económica, sanciones o embargos, que la potencia norteamericana ha aplicado durante todo el siglo XX.

Aspectos como el mayor o menor intervencionismo económico o las guerras culturales, si bien no juegan un papel menor en su definición política, no son el factor principal que lo define como anarcocapitalista, sino la política exterior. Ni siquiera la mayor o menor defensa de los principios de la escuela austríaca, que Rothbard declara haber conocido una vez finalizada su tesis doctoral, entendidos como defensa de la propiedad y los mercados libres, son el eje sobre el que gira su visión del anarcocapitalismo.

La vieja derecha

Recordemos que la influencia antiestatista de Rothbard parte de las ideas de lo que él denomina como Old Right, o derecha vieja norteamericana. Los principios de esta escuela son básicamente dos, y por este orden, primero la oposición radical al imperio norteamericano, que había comenzado a fraguarse a fines del siglo XIX con la conquista de Hawái y la guerra con España en 1898 y a la intervención militar en el exterior, principalmente la orientada a influir en la política europea. El segundo es la oposición a las políticas del progresismo americano, cuya apoteosis son las medidas intervencionistas del llamado New Deal, llevadas a cabo durante la gran depresión de los años 30.

El primer punto no es en principio anarcocapitalista en su discurso, pero sí en las consecuencias de aplicar este discurso. Los líderes de la vieja derecha se alinearon alrededor de plataformas contrarias a la intervención en las guerras mundiales del siglo XX. En especial contra la primera, pero sin cuestionar en principio ni la propia existencia del estado ni el ejercicio de sus funciones consideradas nucleares, la justicia y la seguridad. Pero se opusieron a la intervención en conflictos que, según ellos entendían, no tenían nada que ver con la seguridad de los americanos.

Pero de hacer caso a algunos de sus principales exponentes como Randolph Bourne o Albert Jay Nock la intromisión por medios violentos en los asuntos de otros territorios es la principal causa de que los estados se refuercen y expandan a su alcance. No intervenir implicaría quitar a los estados la principal justificación para subir impuestos, regular la economía o regimentar a la población.

La guerra es la salud del Estado

La guerra sería la salud del estado, como se pudo comprobar después de cada una de las guerras mundiales y las que vinieron a continuación. En ellas se subieron los impuestos, se regularon precios, se dirigió la producción, creándose organismos de planificación de la economía, antes nunca vistos en la economía norteamericana. También se introdujeron sistemas de recluta obligatoria para los jóvenes en edad militar y se estableció una retórica en la cual todo, incluidas las libertades más básicas, deberían estar subordinadas al esfuerzo bélico. Cualquiera que se opusiese a estas medidas sería visto como una especie de traidor al esfuerzo colectivo.

Y, en efecto, en buena medida se consiguió. Una vez declarada la guerra, el discurso crítico con el poder del estado fue visto con sospecha, como bien intuyeron los viejos derechistas. Y pronto pasó a la casi marginación al ser expulsados quienes expresaban tales posturas de los medios de comunicación mainstream y relegados, en el mejor de los casos, a medios casi marginales.

La lucha contra las derivas estatistas retrocedió varios decenios. Y, lo que es peor, fue suplantada en el seno de la derecha por visiones más intervencionistas y mucho menos libertarias como las de los neoconservadores de Irving Kristol o las de la nueva derecha conservadora (y por lo que se afirma en el libro financiadas por los servicios de inteligencia norteamericanos) de la National Review de William F. Buckley.

Una derecha que pronto relegó también su defensa de la propiedad privada y la no intervención en economía. Esto es, si se abandonan los principios políticos de no intervención en lo que es más grave, la guerra y la intervención en los asuntos de otros países, el siguiente paso es abandonar también los principios de no intervención en la economía y los mercados.

El papel del anticomunismo

Recordemos que en la visión anarcocapitalista de Rothbard y sus primeros seguidores la economía es sólo una parte del orden social; muy importante, sí, pero no necesariamente la principal. La lucha por eliminar la intervención en ella sería sólo una parte de la lucha general contra la intromisión del estado en la vida de las personas. Y esta no se circunscribe exclusivamente a los aspectos económicos. En esto consistió la traición de la derecha para Rothbard, el abandono de los principios que la hicieron grande hasta quedar desdibujada en un ideario inconexo, consistente en una genérica defensa de los valores occidentales y un feroz anticomunismo.

Anticomunismo que acabaría justificando medidas colectivistas en nombre del combate al colectivismo. La evolución de los escritos teóricos en las principales revistas y publicaciones de la derecha lo probaría. Se llenaron de antiguos comunistas resentidos, muchos de ellos antiguos trotskistas como Irving Kristol o James Burnham, que sólo abandonaron parte sus viejos esquemas de pensamiento para dedicarse a combatir a sus viejos enemigos los estalinistas al frente de los principales estados comunistas de la época, si no que justificaban, a diferencia de sus antepasados, medidas sociales e intervencionistas en economía y educación.

Contra el intervencionismo

Conviene recordar que la otra gran pata de la lucha de la vieja derecha vieja fue la oposición a las medidas sociales primero de los progresistas y luego de Roosevelt, en especial la imposición de los sistemas de seguridad social de reparto, que acabarían con el tiempo derivando en la dependencia de millones de americanos de las prestaciones sociales que les garantizaría el estado. Bismarck acertó al decir que los sistemas de pensiones públicas harían dependientes a los ciudadanos, de tal forma que se garantizaría la existencia de una gran masa de población que estaría interesada en la conservación del estado, no sólo en sus entonces reducidas dimensiones sino en unas mucho mayores.

También se opusieron ferozmente a las regulaciones laborales o a confiscaciones como la del oro decretadas por el gobierno. Pero se oponían no porque no las considerasen eficientes o porque tuviesen consecuencias negativas no previstas en otros sectores, como enseña la escuela austríaca, sino porque reforzaban el poder del estado, algo que muchos economistas libertarios de hoy no acostumbran a tener en cuenta en sus análisis.

El legado de la nueva derecha

La nueva derecha traicionó este legado, y Rothbard no se cansó nunca de recordarlo, y al debilitar las defensas contra el estado no sólo no impidieron su crecimiento, sino que contribuyeron a transformarlo en aquello que supuestamente querían evitar. De ahí que presidentes de “derecha” como Richard Nixon puntúen entre los más intervencionistas de la historia del país en ámbitos económicos (sus controles de precios causaron consecuencias devastadoras) y haya tenido el dudoso mérito de apartar al dólar, y por consecuencia al resto de las monedas mundiales, de cualquier vinculación con el oro. Estas serían las consecuencias de abandonar los viejos principios, por otros más oportunistas y adecuados a la coyuntura. Espero que hayamos aprendido algo de la historia de la derecha americana para que sus errores no vuelvan a repetirse.

Un panorama tenebroso

A lo largo de sus mandatos encumbrado en el poder máximo en España por sucesivas carambolas, a las que se añadió la providencial (para él) epidemia del Covid-19 como ensayo de cleptocracia autocrática, diversos analistas preocupados por las consecuencias del advenimiento de un régimen tiránico, a la medida y servicio de un pícaro con pintas, atisbábamos un arquetipo de selección negativa característica de la lucha política partidista.

La circunstancia de cultivar un credo socialista, a la vez mesiánico e hipocritón, le hacía todavía más peligroso. Con un historial plagado de desmanes y corrupción, el PSOE, liderado ahora por este caudillo, báscula entre una secta religiosa y un partido de disciplinados intransigentes con una fuerte pulsión autoritaria, dispuestos a desplegar todo tipo de tretas para monopolizar el poder del Estado.

Muchos han visto en el partido actual, que le distingue del moldeado por Felipe González Márquez y Alfonso Guerra González en su largo periodo de gobierno, una impronta posmoderna insuflada por José Luis Rodríguez Zapatero, quién, asimismo, aprovechando sus contactos previos como presidente del gobierno, parece haber tejido una red de intereses y negocios compartidos con partidos de la izquierda neocomunista y populista iberoamericana – incluidos los chavistas de Venezuela, peronistas de Argentina y Podemos de España – amalgamados junto al PSOE en el llamado Grupo de Puebla.

La supremacía del PSOE

Para explicarse la supremacía de un partido que asfixia la libertad y sabotea la prosperidad económica por sus clichés ideológicos y su estatismo y, sobre todo, su permanencia en el gobierno, combinando alianzas con los extremos y una menguante, aunque relativamente alta base electoral[1], cabe indicar de que dispone, de momento, de lo que podríamos llamar dominio (más que hegemonía) político y cultural en España.

En efecto, coincido con quiénes constatan que su estudiada colonización de la sociedad y el sistemático uso de la agitación y propaganda le han permitido hasta ahora marcar el paradigma del debate político, modelar el marco mental y cimentar, en definitiva, la aquiescencia de una mayoría del pueblo español[2]. Por la mínima.

La concentración de poder

En este sentido, resulta fascinante observar cómo el mismo personaje que es abucheado y vilipendiado espontáneamente por ciudadanos asqueados de sus políticas en los puntos más diversos de la geografía española – con el colofón de la ira desatada por su presencia en Paiporta después de una calculada inacción ante las inundaciones en la provincia de Valencia – haya conseguido muñir una coalición con los nacionalistas periféricos que buscan la destrucción de la comunidad política que, digamos, dirige. Acaso por carencias de su teórica oposición, el PSOE compite y coopera con ellos, como muestra su presencia en los gobiernos autónomos vasco y catalán.

Lo destacable es que, además de no contar con leyes anuales de presupuestos, derrotas como la sufrida ayer en el Congreso de los Diputados, donde se rechazaron dos de los tres decretos leyes que el gobierno quería convalidar, no se produzcan a diario. Ciertamente, Pedro Sánchez Pérez-Castejón y sus adláteres no han inventado nada nuevo. Sus movimientos parar concentrar poder en sus manos en regímenes democráticos endebles por falta de respeto al imperio de la Ley, guardan reminiscencias con déspotas y tiranos muy diversos.

Ahora bien, todos los anteriores elementos comunes a otros tiranos palidecen ante el instinto tribal que ha puesto de manifiesto los casos de corrupción hasta ahora conocidos[3].

Contra la justicia

Los desmanes cometidos han llegado tan lejos, que, con planes anteriores o sin ellos, la camarilla que detenta el poder ejecutivo en España dirige el grueso principal de su actuación a destruir las escasas, pero muy valiosas, instituciones jurídicas españolas que permiten sostener un andamiaje de contrapesos al poder irrestricto del gobierno tras años de evolución real del sistema constitucional de 1978.

De ahí la premura por anular a la oposición con el ejecutor fiscal general del Estado, censurar la libertad de expresión de los medios de comunicación, los influencers y ciudadanos en general; vaciar de contenido las reglas más elementales establecidas en la Constitución para garantizar la independencia del poder judicial y laminar la intervención de los ciudadanos en el ejercicio de la acción penal (popular) que contribuye a investigar la corrupción sistémica.

Sin lugar a dudas, en este recién estrenado año nuevo se van a librar batallas cruciales para la supervivencia de la libertad en España. De momento, si no se suman más fuerzas contra el gobierno, el panorama se vislumbra tenebroso.

Notas

[1] Nada menos que alrededor de un 30 por ciento de la población española con derecho a sufragio parece estar dispuesta a continuar votando al PSOE, según diferentes encuestas.  https://electomania.es/category/sondeos/sondeosesp/

[2] Siguiendo la tesis principal de Étienne de La Boétie en el Discurso de la servidumbre voluntaria, sostengo que la servidumbre es voluntaria y procede exclusivamente del consentimiento de aquellos sobre quienes se ejerce el poder. Ahora bien, me atrevo a decir que el consentimiento está viciado por el engaño.

[3] Con independencia del acotamiento de las responsabilidades penales de los casos de corrupción que le afectan a él y a su parentela, llama poderosamente la codicia de estos sujetos por enriquecerse por todos los medios ilegales al alcance de quién detenta un poder político casi absoluto.

La causa última de la riqueza de las naciones: reinterpretando a Adam Smith

Eduardo Blasco, en su serie de notas sobre Substack, publicó un breve comentario sobre Smith y Menger (Carl Menger vs. Adam Smith). Afirmó que Carl Menger critica erróneamente a Adam Smith al hablar del crecimiento económico. Blasco argumentó que Smith postulaba que la causa última de la riqueza de las naciones era la división del trabajo. Menger, sin embargo, criticó erróneamente a Smith al afirmar que la extensión del conocimiento es la causa última de la riqueza de las naciones, mientras que la división del trabajo es sólo uno de los muchos factores que contribuían al progreso, pero no el último.

Blasco malinterpretó a Smith y, en consecuencia, a Menger. De hecho, como demostraré, Adam Smith, Carl Menger y Eduardo Blasco comparten la misma opinión sobre la causa última de la riqueza de las naciones.

El significado de la riqueza de las naciones

Adam Smith sostenía que una nación puede considerarse rica cuando su capital se acumula continuamente y los salarios aumentan. Para él, la verdadera medida de la riqueza de una nación es el grado de bienestar del mayor número posible de sus miembros. La gran obra económica de Adam Smith, Una investigación sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones, se dedicó a descubrir cómo alcanzar este objetivo.

Adam Smith comienza su libro afirmando que la mayor parte del progreso de la capacidad productiva del trabajo parece deberse a la división del trabajo (p. 33). Para ilustrar esta afirmación, analizó diferentes formas de fabricación de alfileres y observó que un obrero sin formación en la fabricación de alfileres apenas podría producir un alfiler al día. Sin embargo, una fábrica con diez empleados puede producir 48 000 alfileres al día, es decir, 4800 por persona. Para concluir la descripción, reiteró su afirmación inicial y declaró que

la separación de los diversos trabajos y oficios, una separación que es asimismo desarrollada con más profundidad en aquellos países que disfrutan de un grado más elevado de laboriosidad y progreso.

Smith argumentó que el gran aumento de la productividad es consecuencia de la división del trabajo, ya que la especialización propicia mejoras en cuatro ámbitos:

1) El aumento de la destreza de cada trabajador, ya que aprende a realizar mejor una tarea especializada y limitada.

2) El ahorro de tiempo que de otro modo se perdería al pasar de un tipo de trabajo a otro en la producción no especializada.

3) La invención de numerosas máquinas (p. 38).

4) La especialización permite concentrar la producción en fábricas cada vez más grandes. Cuanto mayor es el establecimiento manufacturero, más mentes se dedican a inventar la maquinaria más adecuada para cada tarea. En consecuencia, es más probable que se produzcan innovaciones (p. 136).

Muchos lectores de Adam Smith dejarán aquí su lectura, afirmando que Smith creía que la división del trabajo era la causa última de la riqueza de las naciones.

Sin embargo, Smith continuó investigando la causa última de la riqueza.  En el segundo capítulo de su libro, argumentó que la división del trabajo es una consecuencia y, por tanto, no es la causa última de la riqueza de las naciones. La división del trabajo surge del trueque y el intercambio. El intercambio es lo que permite la división del trabajo, y no al revés (p. 44).

Sin embargo, ni siquiera la capacidad humana de intercambiar y hacer trueques es la causa última de la riqueza de las naciones.

En el Libro Segundo, dedicado a la naturaleza del capital, Smith explica que la acumulación de capital debe producirse primero para permitir la especialización y la explotación de las oportunidades comerciales. La especialización y la división del trabajo solo pueden comenzar cuando un productor «posee existencias suficientes para mantenerse durante meses o años», hasta que el nuevo producto especializado genere ingresos suficientes para mantener al productor y reponer el capital.  En la naturaleza de las cosas, la acumulación del capital debe preceder a la división del trabajo.  El trabajo puede dividirse más solo en proporción a que el capital haya sido previamente acumulado (p. 356).

Sin embargo, Smith aún no ha llegado a la causa última de la riqueza de las naciones.

En el capítulo 7 del libro I, encontramos la causa última de la riqueza de las naciones según Smith. En este capítulo, explica que la invención y la innovación permiten la acumulación de capital.

Así pues, la causa última de la riqueza de las naciones es la capacidad innata del ser humano para inventar nuevos productos o descubrir nuevos mercados, es decir, la innovación, que hace posible la acumulación de capital, la especialización, el comercio y la división del trabajo.

Smith ya había insinuado esta solución en el capítulo I, donde elogiaba la división del trabajo. En ese célebre capítulo sobre la fabricación de alfileres, escribió sobre un niño que construyó una máquina para aliviar su carga de trabajo y utilizó este ejemplo para destacar la importancia de la división del trabajo en la creación de riqueza. De hecho, muchos lectores de Smith han repetido esta pequeña historia para apoyar la afirmación de que la división del trabajo es la fuente última de la riqueza de las naciones, ya que fomenta la innovación incremental. No obstante, Smith aclara en las frases siguientes que los inventos y las innovaciones pueden inducir a la especialización por sí mismos y no solo pueden ser consecuencia de la división del trabajo:

No todos los avances en la maquinaria, sin embargo, han sido invenciones de aquellos que las utilizaban. Muchos han provenido del ingenio de sus fabricantes … Y otros han derivado de aquellos que son llamados filósofos o personas dedicadas a la especulación, y cuyo oficio es no hacer nada, pero observarlo todo; por eso mismo, son a menudo capaces de combinar las capacidades de objetos muy lejanos y diferentes.

Adam Smith. La riqueza de las naciones, p 40.

En el capítulo 7, Smith amplía el argumento explicando cómo la inventiva conduce a la acumulación de capital. Distingue dos tipos de tasas de beneficios: extraordinario y corriente o medio. El beneficio extraordinario surge cuando se es el primero en introducir un invento en el mercado o en descubrir un nuevo mercado. Smith pone como ejemplo un tintorero para ilustrar la importancia de la innovación. Este tintorero, que inventó la posibilidad de producir un color determinado con materiales que costaban la mitad que los habituales, pudo disfrutar del beneficio extraordinario gracias a una buena gestión (p. 103).

El innovador disfruta de beneficios extraordinarios hasta que los competidores detectan la oportunidad de obtener beneficios, lo que provoca la aparición de la competencia y reduce los beneficios a niveles habituales o medios. Una característica del beneficio extraordinario es que su magnitud no puede determinarse mediante la investigación científica, sino que depende del éxito del producto innovador. Sin embargo, Smith postuló que la tasa de beneficio corriente es una magnitud que puede determinarse mediante la investigación científica. La tasa media de beneficio corriente es similar al tipo de interés. Ambos están relacionados con la cantidad de capital invertido, pero la tasa de beneficio corriente tiende a ser superior a la tasa de interés (p. 148).

Teóricamente, era difícil determinar la magnitud exacta de la tasa de beneficio, pero sugirió que el tipo de interés podía servir como indicador de la posible tasa media de beneficio. No obstante, un beneficio razonable debería ser suficiente para compensar las pérdidas ocasionales. Basándose en los informes de los comerciantes, Smith estableció que una tasa de beneficio doble de la tasa de interés se consideraba una ganancia buena, moderada o razonable, que representaba la tasa de beneficio normal o corriente en Gran Bretaña (p. 150).

En el capítulo 8 del Libro I queda claro que el beneficio extraordinario resultante de la acción innovadora conduce a la acumulación de capital. En este capítulo, primero se explica que una economía carente de invenciones es una economía estacionaria caracterizada por el estancamiento del beneficio medio y de los salarios, y se utiliza China como ejemplo. Smith describió una economía estacionaria como miserable, regresiva y melancólica, acompañada de una pobreza generalizada (p. 129). Por el contrario, subraya que los inventos y su aplicación con éxito son los motores últimos de la acumulación de capital, la especialización, el comercio y la división del trabajo, todo lo cual fomenta nuevos inventos e innovaciones.

La acumulación de capital y los beneficios extraordinarios no podrían existir por sí solos, sino que fomentan la competencia por los trabajadores. Smith explica que, para obtener beneficios extraordinarios, el empresario debe contratar nuevos empleados. La competencia por los trabajadores aumenta los salarios y mejora sus condiciones de vida. Smith hizo especial hincapié en que la rentabilidad extraordinaria fue la causa principal del aumento de los salarios y de las mejoras en las condiciones de vida de los trabajadores. Subrayó que la acumulación de capital crea una demanda adicional de mano de obra y que es la causa del aumento de los salarios.

Al demostrar la relación entre beneficios extraordinarios y salarios más altos, Smith llegó a un circulus angelicus: la esperanza de obtener beneficios extraordinarios impulsa a las personas con actitud empresarial a convertirse en proyectistas. La realización de sus ideas induce la competencia por la mano de obra y causa a una subida de los salarios. Los beneficios extraordinarios permiten la especialización y la expansión de la empresa y fomentan la ampliación del mercado. Sin embargo, una nueva oleada de empresarios copia la idea original y reduce el beneficio extraordinario a un nivel normal. Esta caída de la rentabilidad lleva a nuevas innovaciones para restablecer el nivel de beneficio extraordinario. Esta mejora continua conduce a una mejora de las condiciones de vida de los trabajadores y a la creación de riqueza en las naciones.

Menger: la causa última del progreso de la civilización

Menger utilizó el término «progreso de la civilización» para describir lo que Smith quería decir con «riqueza de la nación». Asimismo, Menger criticó la idea de que la división del trabajo es la causa última del progreso de la civilización y, siguiendo su propia lógica, llegó a la misma conclusión que Adam Smith. Es decir, que la causa última del progreso de la civilización es la inventiva humana y la capacidad de innovar. Menger no utilizó las palabras «invenciones» e «innovaciones», pero expresó lo mismo de forma circunspecta: los seres humanos son capaces de investigar y realizar procesos causales entre los bienes para producir nuevos bienes de consumo.  El progreso de la civilización solo está limitado por el alcance del conocimiento humano de las conexiones causales entre las cosas y por el alcance del control humano sobre ellas. 

En cuanto al incentivo relacionado con la inventiva y la innovación, Menger también describió un proceso de obtención de beneficios similar al que conceptualizó Adam Smith. Al hablar del monopolio, Menger argumentó que la primera persona que introduce un nuevo servicio o producto obtiene un beneficio extraordinariamente alto, como un monopolista. Sin embargo, en el caso del mercado libre, la entrada de nuevos competidores que producen el mismo bien reduce el beneficio al nivel más bajo posible.

Por último, Menger sostenía que todos los seres humanos tienen un rasgo empresarial inherente, pero para convertirse en empresarios hay que tener dominio sobre el capital. Además, sostenía que, cuando no se dispone de capital, el crédito ofrece la oportunidad de que las personas emprendedoras se conviertan en verdaderos empresarios y tomen el control del capital para hacer realidad sus ideas:  Cuanto mayor es el crédito, mayores son las posibilidades de que las personas emprendedoras puedan hacerse con el control del capital y hacer realidad sus ideas.

Menger, al discutir el papel del comercio, argumentó que el comercio y el trueque son consecuencia del descubrimiento de cómo satisfacer mejor los deseos humanos, lo que a su vez es consecuencia de la inventiva y no un rasgo inherente al ser humano. Este argumento profundizó la observación de Smith y dejó claro que incluso el comercio y el trueque son fruto de la inventiva humana.

Blasco: la causa última del progreso del crecimiento sostenible

Eduardo utilizó el término «crecimiento sostenible» para describir lo que Smith quería decir con la expresión «riqueza de la nación», o Menger con la expresión «progreso de la civilización».

En su nota de Substack, Eduardo argumentó que lo que permite el crecimiento sostenible es la creación de capital intangible, que es el “extensión del conocimiento” en el lenguaje técnico de la economía dominante.

Conclusión: a pesar de todas las alegaciones, Smith, Menger y Blasco piensan lo mismo.

¿Cuál es la lección de esta reinterpretación basada en una cuidadosa lectura de los economistas más importantes, como Smith y Menger?

La lección más importante es que, a pesar de las lecturas erróneas ocasionales o superficiales, existe una línea principal de economía, como sostienen Michells y Boettke (2017). Los representantes de esta línea principal tienen una visión unificadora de los procesos económicos, a pesar de sus enfoques diferentes de la economía, sus diferencias, interpretaciones erróneas y términos distintos. Esta visión se centra en la firme creencia en el ingenio humano y en su capacidad para superar los retos mediante el uso del pensamiento, la inventiva y las innovaciones. La libertad es la condición clave para aprovechar el potencial del conocimiento humano.

Libertad personal para actuar y libertad de comercio. Una vez que se dan estas dos libertades, los seres humanos crean las instituciones necesarias a través de ensayos y errores, como los mercados, para promover su interés, que, como postuló Adam Smith, fomenta el interés de todos, no solo el de personas especialmente dotadas o codiciosas. La competencia de los mercados empuja a las personas con talento e inventiva empresarial a trabajar no solo en su propio interés, sino también del sociedad. Como expresó Smith: “No es la benevolencia del carnicero, el cervecero, o el panadero lo que nos procura nuestra cena, sino el cuidado que ponen ellos en su propio beneficio.”

Bibliografía

Menger, C. (1871) Principles of Economics. New York: New York University Press.

Mitchell, M.D. and Boettke, P.J. (2017) Applied mainline economics: bridging the gap between theory and public policy. Arlington, Virginia: Mercatus Center, George Mason University (Advanced studies in political economy).

Smith, A (1776) La Riqueza de las naciones. 1994. Edición. Alianza Editorial: Madrid.

Ver también

Adam Smith, los austríacos y el crecimiento económico. (José Carlos Rodríguez).

Un economista francés en las pampas

Por Alejandro A. Chafuen y Leonidas Zelmanovitz

Cuando Javier Milei asumió la Presidencia de Argentina en diciembre de 2023, el país estaba en bancarrota. Llegó al cargo con el apoyo de más del 56 por ciento de los votantes, ofreciendo una visión de política económica libertaria, encarnada en la promesa de dolarizar la economía, algo que la mayoría que lo votó entendía y esperaba.

Sin embargo, la administración de Milei no eligió el camino de la dolarización, al menos no hasta ahora. En cambio, Milei nombró como ministro de Economía a Luis Caputo, un economista de la corriente ortodoxa, ex operador financiero y funcionario del banco central, que aplicó un plan económico muy conservador, centrado en una rígida austeridad fiscal y un estricto control monetario cuantitativo.

Esto sorprendió a muchos, ya que Milei es percibido como un economista influido por la Escuela Austríaca de Economía. La mayoría de los economistas austríacos actuales elegiría una política monetaria de libre competencia de divisas y una política económica liberal.

En nuestra opinión, existen tanto razones políticas como económicas (prácticas y teóricas) para determinar el camino elegido por el presidente Milei, y argumentaremos que el marco teórico que mejor ayuda a interpretar las elecciones de Milei es el enfoque económico propuesto por primera vez por el economista francés Jacques Rueff.

Un desafío abrumador

Es importante no subestimar la gravedad de los problemas que afrontaba Milei cuando asumió el cargo. La inflación anualizada estaba fuera de control, acercándose a la hiperinflación. El banco central tenía obligaciones a corto plazo a tasas de interés estratosféricas que triplicaban la base monetaria. Además, el gobierno nacional registraba un déficit de aproximadamente el 5% del PBI. El riesgo país estaba 2.500 puntos por sobre los bonos del Tesoro estadounidense, y la Argentina se encontraba de facto en situación de impago, con reservas netas negativas de divisas en el banco central. Ni siquiera las importaciones se habían pagado en los meses anteriores, lo que provocó un desabastecimiento de combustible y medicamentos.

La irracionalidad de las medidas económicas argentinas es extensa, con un mercado laboral completamente rígido y una serie de otros males: precios relativos en completo desorden debido a los controles de precios y a una moneda sobrevaluada; un sector público ineficiente que representa más del 40 por ciento del PBI, un porcentaje excepcionalmente alto para una sociedad de ingresos medios. La economía era y sigue siendo cuasi-autárquica, con aranceles a las importaciones extremadamente altos y todo tipo de protecciones a la industria nacional, controles de capital y un sistema fiscal basado en impuestos tarifarios sobre las exportaciones agrícolas y otros recursos naturales como los minerales, uno de los pocos sectores de la economía que aún pueden competir internacionalmente.

Las dificultades políticas a las que se enfrenta el gobierno de Milei son igualmente enormes. La coalición, que tuvo que hacer con un partido centrista, le permite ocupar menos de un tercio de los escaños del Congreso argentino. En el poder judicial, la última palabra la tiene un tribunal supremo compuesto por jueces designados políticamente, y amplios sectores de la burocracia y gobiernos provinciales y locales que son hostiles a cualquier intento de cambiar el statu quo. Dadas estas realidades, podemos afirmar que el plan que está implementando Milei no es el que soñaba aplicar.

Aunque la causa inmediata de la inflación es siempre monetaria, la causa real es siempre fiscal

A pesar de todo lo antedicho, lo está intentando. Las reformas propuestas que requerían aprobación legislativa están en su mayoría estancadas en el Congreso, pero el 28 de junio de 2024 se aprobó una «Ley de Bases» suavizada, que incluye algunas reformas microeconómicas bienvenidas pero insuficientes para atraer la inversión extranjera. Debemos reconocer que la inversión extranjera es difícil debido a la incertidumbre macroeconómica. Muchas de sus propuestas, que fueron objeto de un «decreto de emergencia», fueron declaradas inconstitucionales por los tribunales.

Su administración se quedó con instrumentos muy básicos y limitados para reformar la economía: los impuestos a las exportaciones, la retención del gasto discrecional por parte del gobierno nacional y la manipulación de los tipos de cambio y de interés por parte del banco central. Estas son realmente sus únicas herramientas. Como el personaje televisivo de ficción MacGyver, Milei tuvo que desarmar una bomba de tiempo nuclear con un clip.

Si Milei hubiera tenido más apoyo en el parlamento, las reformas microeconómicas centradas en la oferta y las privatizaciones, podrían haber reducido la recesión causada por la fuerte reducción del gasto discrecional. A falta de ello, las altísimas tasas de interés, medidas en dólares estadounidenses (como hace todo el mundo en la Argentina), y la escasez de pesos en la economía, redujeron drásticamente la demanda interna.

En anticipación a una posible dolarización, la primera medida práctica fue la de suspender en diciembre de 2023 el canje de dólares a la paridad oficial de 400 pesos por dólar. Desde entonces, el precio del dólar oficial es de 800 pesos por dólar más una paridad rastrera del 2% mensual, llevando el dólar oficial nueve meses después (en septiembre de 2024), a 963 pesos por dólar. Aún a este precio la demanda no ha sido saciada, ni siquiera en medio de una sequía total de pesos.

Si se liberaran los mercados de divisas – poniendo fin al «cepo» – para permitir la dolarización de la economía, la demanda de pesos se reduciría significativamente, y la hiperinflación seguiría siendo muy probable.

Muchos argentinos están preocupados por la política económica de Caputo. Desde la devaluación de diciembre, la inflación ha reducido el poder adquisitivo real del dólar. El índice Big Mac recogido por The Economist es la prueba más prosaica de ello: en enero, inmediatamente después de la devaluación, era posible comprar un Big Mac en Argentina por 3,83 dólares, mientras que en Estados Unidos el precio era de 5,69 dólares, con una subvaluación implícita del 33 por ciento. Siete meses después, en julio de 2024, el precio del Big Mac en dólares en Argentina subió a 6,55 USD, con una sobrevaluación implícita de la moneda local de alrededor del 15 por ciento.

Sin embargo, hay consenso en que la prioridad del Gobierno es reducir la inflación. El Banco Central ya no financia al Tesoro. Desde junio se ha impuesto un estricto control cuantitativo y no se emiten nuevos pesos ni siquiera para comprar divisas. Con ello, la inflación se ha desplomado del 25 por ciento mensual en diciembre de 2023 al 4 por ciento mensual desde mayo, a pesar de una recuperación significativa (aunque insuficiente) de algunos precios controlados de la economía, como la energía, las telecomunicaciones, el transporte público y similares.

La interpretación más benigna del plan de Caputo es que el Gobierno apuesta a llevar la inflación a un nivel cercano a cero en 2024 para que la paridad móvil del 2 por ciento comience a devaluar gradualmente la moneda en 2025 antes de empezar a liberar los controles de capital. Esto revitalizaría al sector exportador y a la economía a tiempo para ayudar al gobierno a obtener la mayoría en las elecciones de finales del año entrante.

Supongamos que el gobierno pueda llegar a un acuerdo con la oposición en la legislatura o conseguir apoyo financiero del FMI. En ese caso, el objetivo de inflación cero y tipo de cambio neutro podría alcanzarse sin deflación, sin reducir aún más el gasto público ni expulsar a los prestatarios privados debido a los altos tipos de interés y la represión financiera. Si eso no ocurriera, hay que tomarse el trago amargo, sin azúcar.

Muchos cuestionan la conveniencia de forzar ese trago amargo: la baja de precios reales antes de permitir la flotación cambiaria. Ludwig von Mises, en su seminario, «comparaba a menudo tal proceso con un conductor de automóvil que, habiendo atropellado a una persona, trata de remediar la situación dando marcha atrás, volviendo a pisar a la víctima.»

Un nuevo paradigma

Llegamos así al marco teórico propuesto por Jacques Rueff, que puede ayudarnos a explicar las políticas de la administración Milei. Sostenemos que, lejos de contradecir cualquier lección de la economía austríaca, las ideas de Rueff pueden entenderse como un refinamiento del pensamiento cataláctico, que tiene en cuenta elementos que normalmente quedan fuera del análisis.

Durante el periodo de entreguerras, Rueff fue un economista y funcionario muy respetado en Francia. Durante el gobierno Vichy, Rueff se refugió en una pequeña ciudad del sur de Francia. A pesar de su ascendencia judía, el gobierno del mariscal Petain, padrino de su boda, no lo molestó en absoluto.

Rueff recopiló entonces su obra magna, «El orden social», con algunos textos que había escrito sobre el equilibrio estático en los años 20 y 30, y redactó una nueva hipótesis sobre el equilibrio económico «dinámico». Su enfoque dinámico de la economía se basaba en la aplicación de los derechos de propiedad privada para explicar el valor del dinero y su función central en el mantenimiento del orden social.

Rueff considera que, en la actividad económica regular, la creación de nueva riqueza, ya sea de bienes o servicios, surge a través de la compra a un precio determinado, o sea cuando es reconocida por los demás miembros de la sociedad al comprarla. Esto es lo que «acredita» a los productores de esta riqueza con «verdaderos derechos» que les permite disponer de ellos para la venta en la sociedad.

Por el contrario, a través del proceso presupuestario, el Estado puede crear «derechos ficticios» emitiendo deuda o dinero cuando excedan su capacidad de pagar esas obligaciones con el flujo de ingresos existente. Un tipo de cambio realista (el precio del dinero nacional comparado con el precio de todos los demás dineros) y la tasa de interés (el precio pagado por tener dinero ahora dada nuestra preferencia temporal) son los dos precios más importantes de la economía.

Rueff ve una clara relación entre la disponibilidad de bienes y servicios del lado «real» de la economía y la creación de derechos «verdaderos» y «falsos» sobre esos bienes del lado «abstracto» o «financiero» de la economía. Los desequilibrios en esta relación, causados por la introducción de derechos «falsos», explican la inflación y otras instancias en las que las expectativas de que un crédito contra el gobierno sea honrado a un determinado poder adquisitivo, se ven parcial o totalmente frustradas.

En definitiva, aunque la causa inmediata de la inflación es siempre monetaria, la causa última es fiscal. El gobierno infla los medios de circulación para crear «falsos» derechos sobre los bienes y servicios existentes, que se utilizarán con fines políticos, ya sea para hacer la guerra, pagar a los jubilados, a los funcionarios o a cualquier otro beneficiario de la generosidad gubernamental.

Milei utiliza el término «señoreaje» para describir los ingresos obtenidos por el gobierno nacional a través de los abusos de sus prerrogativas monetarias. Sin embargo, la transferencia al gobierno de bienes reales mediante la manipulación de la oferta monetaria es lo mismo que los «falsos derechos» de Rueff. Darse cuenta de esa verdad fundamental llevó a Milei y Caputo a confiar en la austeridad fiscal para restaurar el orden en Argentina.

Ese marco ayuda a explicar la insensatez de intentar «dolarizar» la economía a un tipo de cambio que no sea el tipo de cambio de «indiferencia» (entre tener pesos o dólares). También ayuda a explicar por qué, muy probablemente, alcanzar un tipo de cambio de indiferencia desencadenaría un proceso hiperinflacionario.

Como en cualquier otro mercado, existe un precio de «equilibrio» para el tipo de cambio. Dado que los bienes que se intercambian en este mercado son dinero, si el mercado funciona a un tipo de cambio distinto del tipo de indiferencia, observamos un desequilibrio monetario. Permitir que el mercado encuentre el tipo de equilibrio provocaría un cambio significativo en los precios relativos; el gobierno perdería ingresos a corto plazo, y los gastos aumentarían significativamente. Es dudoso que el gobierno nacional pueda hacer frente a sus obligaciones sin imprimir dinero. Además, es dudoso que la inercia inflacionista pueda eliminarse sin un plan como el Plan Real brasileño de 1994.

Por supuesto, consideramos que la «dolarización» es «competencia en dinero» y que el gobierno argentino no dejaría de emitir pesos. Argentina sólo podría adoptar una «dolarización» con la eliminación del peso, si tuviera los dólares para comprar todo el M1, si no más, cosa que no tiene. En Hong Kong, por ejemplo, la junta monetaria tiene reservas de más de cinco veces el dinero en circulación.

Por último, aunque la hiperinflación se pueda evitar mediante una combinación de tipos de interés elevados, apoyo del FMI y represión financiera, sin equilibrio fiscal sería sólo cuestión de tiempo hasta que el país vuelva a quebrar, como a finales de los noventa, y la camisa de fuerza monetaria sería abandonada en desgracia.

Rueff vio con sus propios ojos, basándose en su aguda comprensión de los fenómenos fiscales y monetarios, cómo los nazis fueron capaces de recaudar, directa e indirectamente, a través de sus regímenes títere como Vichy, recursos reales de Francia y otros países ocupados para alimentar su maquinaria de guerra. Esto provenía de una población – podemos suponer – que no estaba ávida de pagarles impuestos.

Como por lo general no podía contar con la colaboración de la población de los países que invadía, la Alemania nazi, se vio obligada a emitir «falsos» reclamos sobre los bienes existentes para arrancárselos a quienes los producían.

No estamos insinuando que el nivel de ilegitimidad de un régimen meramente «peronista» sea comparable con la Alemania nazi. El punto es simplemente que Rueff, en Vichy, Francia, fue capaz de ver la mecánica de la extracción de riqueza real de la población por medios monetarios en su forma más cruda. La teoría que desarrolló en este contexto ayuda a explicar por qué, con las limitadas opciones a su disposición, Milei ha empezado a reconstruir una economía liberal en Argentina sobre una base de austeridad fiscal.

Supongamos que consigue llevar la inflación a cero manteniendo un presupuesto equilibrado sin financiación monetaria. En ese caso, podría alcanzarse un tipo de cambio neutro sin desencadenar la hiperinflación y permitiendo la competencia monetaria.

Sin embargo, como muchos, dudamos de la sensatez de la actual política «deflacionista» de represión financiera mediante un tipo de cambio fijo y controles de capital. En eso, Milei y Caputo divergen de la lección más famosa del «conservador monetario» Jacques Rueff. Un tipo de cambio realista (el precio del dinero nacional comparado con el precio de todos los demás dineros) y el tipo de interés (el precio pagado por tener dinero ahora dada nuestra preferencia temporal) son los dos precios más importantes de la economía.

Cuando el gobierno manipula el tipo de cambio y la tasa de interés, se producen distorsiones aún mayores. Véanse los diferentes resultados obtenidos por Francia en 1926, que volvió al patrón oro tras una devaluación del 80%, y los obtenidos por el Reino Unido, que volvió al patrón oro en 1925 a la misma paridad que antes de la Primera Guerra Mundial a pesar de la inflación del 100% durante la guerra.

Al igual que los franceses, Milei puede verse obligado a una segunda ronda de devaluación antes de alcanzar un precio de indiferencia para el tipo de cambio y permitir la dolarización «endógena» poniendo fin a los controles de capital. Puede ser que haya un camino estrecho por delante para justificar todo el dolor económico impuesto a los argentinos sin desperdiciar los resultados positivos ya conseguidos.

¿Es eso lo que Milei quería hacer cuando llegó al poder? Lo dudamos. Sin embargo, como se entiende desde la época de los romanos, «Sator Arepo Tenet Opera Rotas» (el agricultor Arepo necesita arar con el arado que tiene). En una economía cerrada como la argentina, la restricción de recursos es real, y este problema se manifiesta en desequilibrios fiscales que son la verdadera causa de la irracionalidad monetaria. Si las dificultades actuales abren el camino a un reconocimiento más amplio de que los desequilibrios fiscales son la causa fundamental de la inflación, pueden ser una herramienta providencial para ayudarle a salir adelante.

Ver también

Nazis, aquéllos nuevos ilustrados

Si hay un consenso del que aún hoy podemos disfrutar es el de que el nazismo es uno de los episodios más trágicos de nuestra historia reciente. No es de extrañar, siendo así, que hayamos convertido a Hitler, desde diversos sectores del espectro político, en una pelota que poder pasarnos los unos a los otros para evitarnos la vergüenza de ser relacionados con los nazis. El problema de jugar con un balón tal es la dificultad que trae consigo analizar un movimiento sin la distancia emocional necesaria como para actuar con desafección, y ello embarra cualquier tipo de debate que, aún encima, se suele dar ya por zanjado, como si la historia del conocimiento no se construyera sobre las ruinas de consensos rotos.

Dada mi tendencia romántica a lo disruptivo, tengo la costumbre, no sé si buena, de llevar la contraria a la mayoría siempre que tengo ocasión de ello y, cuando vi que el viejo debate marginal sobre la taxonomía ideológica de los nazis aparecía en las discusiones públicas por las declaraciones de Alice Weidel, me vi seducido a entrar en el tema. Sin duda, decir que Hitler era comunista suena, más que osado, ridículo, y soy demasiado dado a la procrastinación como para molestarme en hacer piruetas mentales defendiendo tal cosa, pero algo más de interés suscita comprobar hasta qué punto se pueda decir, como todos parecen haberle reprochado a la alemana, que Hitler era de derechas.

Hitler, referencia de la izquierda

Recuerdo como si fuera ayer aquella clase de Historia Contemporánea en la que, la profesora, cuestionó horrorizada una afirmación semejante a la de Weidel con la siguiente pregunta: “¿Cómo va a ser Hitler de izquierdas si mataba gente?”. Pasando por alto el evidente sesgo, el episodio es llamativo por ejemplificar la cercanía emocional con que el grueso de la gente toca estos asuntos políticos, y no es algo exclusivo de la izquierda. En 1974, Eric Kuehnelt-Leddihn publica Leftism: from Sade and Marx to Hitler and Marcuse, obra en la que identifica la izquierda política con la esclavitud[1].

De usted, lector, espero algo más y confío en que sepa que ni el asesinato es característico de la derecha ni la esclavitud lo es de la izquierda, máxime cuando el asesinato en cuestión consiste en emplear los avances en biología, tecnología y medicina para la depuración y mejora de una raza en aras de la construcción de un nuevo mundo, con un proyecto futuro claro. Ciertamente, habrá que buscar criterios menos sesgados para llegar a una conclusión.

En la ya mencionada obra de Kuehnelt-Leddhin, el erudito hace la siguiente apreciación sobre la relación entre nazis y derecha:

In Germany after World War I, most unfortunately, the National Socialists were seated on the extreme right because to simpleminded people nationalists were rightists, if not conservatives-a grotesque idea when one remembers how antinationalistic Metternich, the monarchical families, and Europe’s ultraconservatives had been in the past. Nationalism, indeed, has been a by-product of the French Revolution (no less so than militarism).[2]

Erik Kuehnelt-Leddhin. Leftism. From Sade and Marx to Hitler and Marcuse.

Como abiertamente conservador, Kuehnelt-Leddihn escribe desde el genuino complejo de ser relacionado con aquellas ideas que lo desagradan, pero hay una lógica nada desdeñable detrás de sus palabras. Hoy en día, el nacionalismo parece ser dominio de lo que entendemos por derecha política, pero no hay que olvidar cuál fue su origen. Realmente, no es difícil entender cómo pudo surgir el nacionalismo de la Revolución Francesa.

La nación, como sujeto político puro es una mera abstracción. Por lo pronto, la nación será mucho más que un cuerpo electoral, que un conjunto de individuos que hacen plebiscitos, aunque sean cotidianos. Los plebiscitos cotidianos, entre otras cosas, solo podrán ser llevados a cabo cuando el pueblo tenga un lenguaje común, y, por tanto, una historia propia, con costumbres, ceremoniales y artes característicos.[3]

Gustavo Bueno. El mito de la cultura.

Democracia y nación

Siendo de tal forma, está claro que la creación de una identidad nacional fue una aspiración lógica para quienes tratasen de instaurar nuevos regímenes democráticos alejados de las viejas costumbres e instituciones tradicionales. No fue diferente en el caso alemán, aunque ya antes del auge del nacionalsocialismo hubo una apr opiación de la causa nacional por parte de la derecha.

Si hubo gente reacia a la unificación alemana, fueron los junkers y conservadores, pero algo sucedió durante la Gran Guerra que cambió la orientación política en torno a la nación. Así cuenta Peter Fritzsche, en “De Alemanes a Nazis”, como antes de la Gran Guerra las celebraciones oficiales se basaban más en los logros de los Hohenzollern y en escenificar la fidelidad de los príncipes alemanes que en cualquier tipo de expresión nacional. Es más, para el tercer día de las manifestaciones patrióticas por la guerra, el propio emperador, molesto, exhortó a la multitud a dispersarse[4].

Pero si fue el inicio de la guerra lo que convirtió el sentimiento nacional alemán en una realidad para todo un país dividido por viejas lealtades y religiones, fue el final de la misma el que terminó por convertir el nacionalismo en una causa para los conservadores. Hubo, tras la abdicación de Guillermo II “una convicción generalizada entre los ciudadanos liberales e incluso conservadores de que no tenía sentido volver atrás[5] y el martes 12 de noviembre, el periódico conservador Kruez-Zeitung cambió de sus portadas el “Adelante con Dios, por el Rey y la Patria” por “Por el Pueblo Alemán”.

Contra las religiones tradicionales

Está claro que, para la aparición de Hitler en la escena pública, el nacionalismo ya era un rasgo común en los partidos de la derecha alemana y no sorprende, por tanto, que lo asociasen con ella. Más allá del nacionalismo, autores como Isaiah Berlin, vieron cierta filiación entre los fascistas y los primeros conservadores como Maistre, pero tanto él, como Bonald y otros conservadores clásicos, se centraban en el problema de la legitimidad, siendo que, de no ser un anacronismo, se podrían considerar, incluso, antifascistas[6]. El conservadurismo siempre trató sobre la diferencia entre el autoritarismo legitimista y la tiranía totalitaria, que se distinguen por el origen de las instituciones en que se concentra la autoridad.

Cuando tratamos de ver la relación que había entre los nazis y los viejos valores e instituciones, lo primero de lo que nos daremos cuenta es de la tremenda heterogeneidad dentro del movimiento. Es verdad, los nazis repudiaban la falta de valores en la que había caído la sociedad en que les tocó vivir, pero no es menos cierto que los valores a los que aspiraban tenían poco de históricos, apelando más a una suerte de abstracción mitológica que a las instituciones tradicionales de Alemania -Iglesia o monarquía, por ejemplo-.

Es más, Hitler se preocupó bastante por deslegitimar las religiones tradicionales, tal como se desprende, por ejemplo, de un discurso dado en Nuremberg en 1938:

Nosotros no necesitamos lugares de retiro religioso, sino estadios y canchas de deportes, y el rasgo que caracteriza a nuestros lugares de reunión no es la penumbra mística de una catedral, sino el brillo y la luz de una habitación o de una sala donde la belleza se combine con la buena forma física con un propósito[7].

Una nueva religión

De esta actitud se podría incluso sacar el mismo ánimo con el que los revolucionarios franceses trataron de sacralizar la política para sustituir los viejos cultos por una nueva religión articulada en torno al estado y con la nación como nuevo numen. Así, Anthony Stevens, vio como el nazismo logró imitar todos los aspectos de una religión:

Así, el nazismo tenía su Mesías (Hitler), su libro sagrado (Mein Kampf), su cruz (la esvástica), sus procesiones (las concentraciones de Núremberg), su ritual (el desfile conmemorativo del golpe de Estado del Beer Hall), su elite ungida (las SS), sus himnos (el «Horst Wessel Lied»), su excomunión de los herejes (los campos de concentración), sus demonios (los judíos), su promesa milenarista (el Reich de los mil años) y su tierra prometida (oriente)[8].

Así que, si bien es cierto que el nacionalismo extremo ya era, para la época de la República de Weimar, un rasgo típicamente conservador para la población alemana, este tampoco es un principio fundamental de la derecha y el poco apego de los nazis por las viejas instituciones complica mucho cualquier tipo de aproximación taxonómica con la derecha. Claro que los nazis iban más allá de la simple afinidad por unos valores políticos u otros y muchos gustan de categorizarlo en función de su política económica.

Muchas veces se recurre al fácil argumento de señalar la palabra “socialista” de “nacionalsocialista”, pero seria demasiado ingenuo quedarse tan solo con la nomenclatura. No hay que olvidar que muchos regímenes gustan de usar palabras como “popular” o “democrático” sin que ellas atiendan a una realidad, pero ello tampoco lo hace cuestión trivial. “debemos […] conceder a los mitos su justa importancia, menos por la verdad que encierran que por la fuerza que poseen”[9] escribió Lord Acton.

El socialismo más allá de Karl Marx

Aquí surge un problema: hay más socialismo más allá de Karl Marx. El socialismo es un constructo político, una idea en la cabeza de muchas personas a lo largo de la historia y establecer una definición concreta es menos sencillo de lo que muchos parecen creer. Desde Saint Simon, que jamás se opuso a la propiedad privada, hasta Fourier, individualista y religioso, los socialistas han sido tantos y tan heterogéneos que, como señaló Gregory Claeys, “contraponer individualismo, o laissez faire, a socialismo o cualquier tipo de intervención liderada por el estado como tal induce a error”[10]. Así que, si bien es cierto que, como mucha gente reprocha, los nazis no llegaron a abolir la propiedad ni siguieron a rajatabla el ideario marxista, no se puede decir que aquellos a los que dentro de la academia se consideran socialistas hayan propuesto lo propio a lo largo de la historia.

De esa forma, volviendo a la obra de Frietzsche, vemos cómo la cooperación económica, las redes de solidaridad dentro del partido y su discurso a favor de planes de economía social fueron grandes atractivos del movimiento nazi para el grueso de votantes[11]. Sin embargo, así como sería ciego negar el carácter socialista de un movimiento por no adherirse a políticas específicas, también sería ingenuo quedarse tan solo con unas ideas concretas sin analizar el fondo teórico del que estas salen. Así como socialismos hay muchos, también hay movimientos no socialistas que han defendido más o menos intervención estatal.

Contra el capitalismo

Lo que es evidente es que la política nazi distó mucho de ser favorable al mercado, como ya en su momento observó Lionel Robbins pocos años después de la Gran Depresión:

En realidad, se puede decir que el poder político de los partidos socialistas en muchas partes del mundo está en descenso. Pero sus contrincantes, dictadores y reaccionarios, se inspiran en las mismas ideas. Es un completo error suponer que la victoria de los nazis y los fascistas supone la derrota de las fuerzas que tratan de destruir lo que viene llamándose capitalismo[12].

Pese a ello, no parece que dichas ideas anticapitalistas sean tanto un elemento central y esencial de una ideología nazi bien vertebrada, como fruto de un arbitrario pragmatismo del fhurer a la hora de escoger qué política le sirve mejor para su objetivo último. Así lo vio Schumpeter al escribir que

no hay que olvidar que el credo del nacionalsocialismo no era primaria ni esencialmente económico, por lo que era compatible no sólo con todos los tipos de economía técnica, sino también con la defensa de políticas muy discrepantes.[13]

Sé que hasta ahora no he podido darle muchas respuestas, pero es que el asunto, como ya fui advirtiendo, no es simple, nunca lo es en lo que a las disciplinas de la acción humana se refiere, pero no se preocupe que, después de exponer aquellas razones que no considero lo suficientemente concluyentes como para categorizar el nazismo, toca entrar en aquella que, a mi parecer, es la que más satisfactoriamente me ha servido para salir de dudas.

El final de la historia

Si bien es cierto que el proceso lógico de “medidas intervencionistas>ideología socialista>izquierda” no debería aplicarse al nazismo, no hay que negar el ánimo revolucionario con que dichas medidas se propusieron. Fritsche expone muy bien cómo los partidos tradicionales de izquierda en la República de Weimar fueron tomando actitudes más corporativistas y de “casta” que poca simpatía causaban en el votante obrero al que se suponía que debían representar. Hitler, más que un conservador reaccionario, fue un profeta político que llegó con la idea de regenerar la política alemana y sustituir a los viejos partidos que ya llevaban tiempo en declive[14].

En “Modernismo y Fascismo”, Griffin desarrolla con brillantez cómo tras el nacionalsocialismo había una intención clara de iniciar un nuevo momento histórico, la culminación de un acto demiúrgico de creación de un “nuevo hombre” destinado a liderar un “nuevo mundo” y que las referencias a un pasado mítico hay que tomarlas como un proceso de  “reconexión hacia delante”[15].

Así como los ilustrados abogaban por una autosuperación del individuo a través de una ideología progresiva en donde la historia culmina en la emancipación del hombre, también los nazis buscaban alcanzar el final de la historia a través de la raza, y para ello se valieron de los mismos métodos de sacralización política y las mismas herramientas de legitimidad para construir un estado völkisch.

La Ilustración

De momento, y dado lo azaroso que es el campo de la política por su dinamismo histórico, creo que esa conciencia revolucionaria es la principal prueba de que jamás hubo en Hitler una intención de salvaguardar un “viejo orden” o unas “tradiciones” concretas, sino que el objetivo del nacionalismo siempre fue la construcción de un nuevo futuro, rasgo, este sí, intrínsecamente ligado a la izquierda.

Retrocedamos un poco a 1784, cuando Friedrich Zöllner publica un artículo titulado “Was ist Aufklärung?”, ¿Qué es la Ilustración? Nada más plantear la pregunta, algunos de los más notables filósofos alemanes fueron dando sus propias respuestas. De todas ellas, la más universalizada sería la de Kant “La ilustración es la salida del hombre de su autoculpable minoría de edad”. Lo que aquí defiendo es que el sentido con que el régimen nacionalsocialista llevó a cabo su ideario fue precisamente con el de emancipar las razas originarias, en plural, porque aunque el discurso aplicado del nazismo fuese nacional, el proyecto era internacionalista en tanto que es a través de todas aquellas razas que presenten “originalidad” que la humanidad ejercerá el papel al que está destinada.[16]

Notas

[1] KUEHNELT-LEDDIHN, Erik. Leftism: from Sade and Marx to Hitler and Marcuse. Arlington House, 1974. p 43

[2] Ibid., p. 37

[3] BUENO, Gustavo. El Mito de la Cultura. 10 Ed. Oviedo: Pentalfa, 2016. p. 211

[4] FRIEZTSCHE, Peter. De Alemanes a Nazis. Titivillus, 2015. p. 25

[5] Ibid., p. 79

[6] WILSON, Bee. “ El Pensamiento Contrarrevolucionario” en STEDMAN JONES, Gareth. CLAEYS, Gregory (EDS.). Historia del Pensamiento Político del Siglo XIX. Madrid: Ediciones Akal. 2021. p. 25

[7] citado en GRIFFIN, Roger. Modernismo y Fascismo la sensación de comienzo bajo Musolini y Hitler. Madrid: Ediciones Akal. 2010. p. 363

[8] citado en Ibid., p. 383

[9] ACTON, John. Ensayos Sobre la Libertad y el Poder. 2 Ed. Madrid: Unión Editorial. 2016. p. 267

[10] CLAEYS, Gregory. “ El Socialismo no Marxista” en STEDMAN JONES, Gareth. CLAEYS, Gregory (EDS.). Historia del Pensamiento Político del Siglo XIX. Madrid: Ediciones Akal. 2021. p. 543

[11] FRIEZTSCHE op. cit., pp 97-146

[12] ROBBINS, Lionel. La Gran Depresión del Siglo XX. Madrid: Ediciones Aosta. 2018. p. 285

[13] SCHUMPETER, Joseph Alois. Historia del Análisis Económico. 2 Ed. Barcelona: Ariel Economía. 2019. p. 1252

[14] FRIEZSCHE op. cit., pp. 97-146

[15] GRIFFIN op. cit., pp. 358-359

[16] BREA GARCÍA, Sergio. “Volksgemeinschaft dürch volkwerdung. Ingeniería social nacionalsocialista para una sociedad sin clases”. Ekasia Revista de Filosofía. (Enero 2015). pp. 323-360. p. 327.

Ver también

Por qué Hitler adoraba la justicia social. (Jon Miltimore).

Hitler, ¿un revolucionario anticapitalista? (Stephan Beig).

Nacional socialistas de ayer y hoy. (José Carlos Rodríguez).

La desigualdad, en España y en el mundo

El nuevo informe del Instituto Juan de Mariana desmonta uno a uno los mitos sobre la desigualdad que ha propagado la izquierda a lo largo de los últimos años. El documento presenta un análisis riguroso y basado en datos que aborda la evolución de la desigualdad de renta, riqueza y consumo en España y el mundo, recalcando el efecto contraproducente que tiene el intervencionismo económico en términos de promoción de la equidad y subrayando el desarrollo propiciado por los modelos de mercado. Los principales mensajes del documento, de más de 60 páginas de extensión, son los siguientes:

  • La caída en desgracia del “socialismo real” ha invitado a la izquierda radical a reinventar su retórica política abrazando nuevos discursos como el de la “lucha contra la desigualdad”, una bandera que ha terminado siendo asumida de forma acrítica por la izquierda moderada y que también ha tenido influencia en el centro-derecha.
  • Partiendo de las investigaciones de autores como Thomas Piketty y de las campañas de agitación orquestadas por organizaciones como Oxfam, gobiernos como el que encabeza Pedro Sánchez en España han puesto encima de la mesa un sinfín de propuestas fiscales orientadas a elevar la fiscalidad de las rentas altas y los grandes patrimonios, todo en nombre de la “lucha contra la desigualdad”. Poco ha importado que las tesis de Piketty o los trabajos de Oxfam hayan quedado sobradamente refutadas, puesto que la pretensión de fondo siempre ha sido la de reforzar el intervencionismo económico, de modo que la desigualdad ha sido una mera una excusa para avanzar en esa línea.
  • En España ha ido a más desde hace años el pensamiento de suma cero, que ignora la creación de riqueza y solamente se preocupa por su redistribución. No sorprende que nuestros indicadores de renta se hayan alejado cada vez más de Europa y Estados Unidos, puesto que la popularidad de este tipo de discursos se traduce en la preferencia por políticas económicas obsesionadas con penalizar, obstaculizar y gravar la creación de riqueza.
  • En los últimos doscientos años, la población mundial se ha multiplicado por ocho, pero la renta media se ha multiplicado por quince. Durante este periodo, la tasa global de pobreza ha caído del 90 al 9 por ciento, la esperanza de vida ha aumentado de menos de 30 a más de 70 años y el analfabetismo se ha desplomado. En las décadas más recientes, la mortalidad infantil se ha reducido hasta situarse por debajo del 4 por ciento, la prevalencia de la desnutrición ha caído un 25 por ciento y los años de vida perdidos por enfermedades han bajado un 30 por ciento. Por tanto, no solamente es falso que la era del capitalismo haya conducido al mundo a una situación de colapso del bienestar, sino que los indicadores de desarrollo han mejorado de forma sustancial.
  • La igualdad no es sinónimo de progreso y la desigualdad no implica menos prosperidad. Países como Noruega, Países Bajos, Moldavia y Bielorrusia tienen un Índice de Gini muy parecido, de modo que su estructura de ingresos es muy equitativa. Sin embargo, los niveles de renta de Noruega (88.336 euros per cápita) o Países Bajos (49.670 euros por habitante) son mucho mayores que los de Moldavia (18.700 euros por cabeza) o Bielorrusia (6.675 euros por persona).
  • Los países con economías más libres tienen un nivel de renta diez veces mayor que el de los modelos más socialistas e intervencionistas. Los niveles de desigualdad de renta de los primeros son menores que los de los segundos (con un Índice de Gini de 32,4 y 37,5 puntos, respectivamente). Por lo tanto, no solamente no debemos dar por bueno que un mayor peso del Estado en la economía conduzca a una mayor igualdad, sino que debemos refutar por completa esta afirmación, a todas luces falsa a la luz de los datos.
  • En términos de riqueza promedio, el patrimonio del ciudadano medio en España y otros países como Alemania, Estados Unidos, Francia, Reino Unido o Suecia se ha multiplicado por siete durante el último medio siglo, sobre todo por la mejora de las tasas de vivienda en propiedad y el crecimiento del ahorro financiero. El porcentaje de riqueza en manos del 1 por ciento más acaudalado ha caído del 60 al 20 por ciento del total nacional en el caso de España, exhibiendo caídas similares en otros países de nuestro entorno. La riqueza controlada por las élites económicas suponía el 75 por ciento del total nacional a comienzos del siglo XX, pero en la actualidad tiene un peso relativo que ronda el 25 por ciento.
  • En términos comparados, el Índice Gini muestra que España es uno de los países con menos desigualdad de riqueza de toda la Unión Europea. Alcanzamos un resultado de 0,69 puntos en esta métrica, frente a los 0,88 de Suecia o los 0,78 de Alemania.
  • La desigualdad de renta que presenta España es similar a la que tenía nuestro país en la segunda mitad del siglo XIX, con la diferencia de que la renta nacional es ahora 13,5 veces más grande que entonces. De nuevo, vemos que igualdad y bienestar no son sinónimos. Además, aunque los resultados alcanzados en el Índice de Gini de renta fueron a más tras la Gran Recesión, lo cierto es que llevan una década bajando, con la excepción del repunte observado en 2020-2021, coincidiendo con la pandemia del coronavirus. El Índice de Gini de desigualdad de renta llegó a ser de 34,7 puntos en 2015, pero se redujo a 31,5 puntos en 2023. Además, la evolución al alza que describió este indicador durante la Gran Recesión estuvo relacionada, en un 80 por ciento, con el comportamiento del paro, de modo que el problema de España nunca fue uno de desigualdad, sino de exclusión laboral derivada de un desempleo masivo que se empezó a revertir con la flexibilización del mercado laboral aprobada en 2012-2013. En clave europea, la desigualdad de renta está ligeramente por encima de la media pero, si ajustamos los datos para tomar en cuenta el efecto renta de la propiedad de vivienda, el resultado alcanzado por nuestro país es inferior al promedio comunitario.
  • La desigualdad de consumo en España es casi idéntico al promedio europeo (0,16 en nuestro caso, 0,15 en la UE). Con todo, lo cierto es que, desde 1960 hasta nuestros días, el coste relativo de adquirir numerosos bienes y servicios se ha abaratado ostensiblemente, experimentando una de las mayores caídas del mundo desarrollado en lo tocante al número de horas de trabajo requeridas para obtener ingresos con los que cubrir necesidades básicas o productos de uso común. La abundancia observada en el acceso a tales recursos es hoy 18 veces mayor que en 1960.
  • Los informes sobre la desigualdad publicados por Oxfam en torno al Foro Económico Mundial de Davos incurren en distintos errores conceptuales que conducen a conclusiones tremendamente sesgadas sobre la desigualdad. El prisma que adopta la ONG refuerza un relato falaz que perpetúa el pensamiento de suma cero, pero sus trabajos carecen de rigor analítico y solamente se explican por la pretensión de captar fondos a base de cultivar un mensaje alarmista que no se corresponde con la realidad de la riqueza y el desarrollo a nivel mundial.
  • Los ricos de hoy no son los mismos de ayer ni de mañana. Si tomamos como referencia el ranking de las personas más ricas de España en 2024 y lo comparamos con los datos para 1978, encontramos que solamente hay nueve personas (o descendientes) que figuran en el “top 50” de ambas ediciones. Solamente el 18 por ciento de las élites económicas de la Transición siguen en dicha posición, mientras que el 82 por ciento de quienes hoy destacan en esta rúbrica no tenían la misma suerte en 1978. El hecho de que la mayor fortuna de España sea la que amasa Amancio Ortega nos muestra que no tiene sentido pensar que los ricos de ayer son los mismos de hoy o de mañana. El 70 por ciento de los grandes patrimonios observados a nivel mundial corresponden a personas hechas a sí mismas.
  • España es uno de los países de la OCDE con mayor elasticidad de ingresos entre una generación y la siguiente. Esto significa que somos una de las economías desarrolladas donde los ingresos de los hijos están menos determinados por la renta de los padres. Asimismo, en los indicadores de igualdad de oportunidades vemos que España se sitúa en el promedio de la UE.
  • Aunque los promotores del igualitarismo hablan siempre de subir impuestos para reducir la desigualdad, la incidencia de los gravámenes aplicados sobre la renta tiene un peso anecdótico sobre la reducción de la desigualdad de renta en España (apenas la aminoran un 4 por ciento), mientras que el efecto del Impuesto sobre el Patrimonio es, directamente, contraproducente, puesto que aumenta, no reduce, la desigualdad de ingresos. En cambio, las políticas inflacionarias que hemos venido observando en España sí resultan tremendamente regresivas. Ocurre lo propio con la ineficiencia de las transferencias y ayudas sociales, que hacen que nuestro país figure entre los ocho países de la UE donde el llamado Estado de Bienestar tiene un menor efecto en la reducción de la desigualdad de ingresos. La clave, pues, no está en subir impuestos y gastar más, sino en bajar la presión fiscal y en gastar mucho menos y, además, hacerlo de manera marcadamente más eficiente.
  • Al considerar los ingresos y gastos de las familias españolas, vemos que solamente los hogares de más de 65 años presentan una mejora neta en sus ingresos al tomar en cuenta los ingresos que les genera el sector público y los impuestos que pagan al mismo. En cambio, el resto de los hogares son contribuyentes netos y las familias más jóvenes presentan mayores indicadores de pobreza y tasas más altas de esfuerzo fiscal neto. Esta situación está generando desequilibrios intergeneracionales cada vez más preocupantes.

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