Ir al contenido principal

Moral, cultura e instituciones en la cooperación y la competencia

En un artículo anterior propuse que estudiar interdisciplinariamente los procesos de cooperación y competencia como estrategias sociobiológicas universales—combinando la teoría de la evolución biológica y cultural, la psicología y la praxeología—nos puede dotar de herramientas efectivas para analizar los procesos políticos, económicos y sociales en distintos ambientes, culturas y épocas.

El caso de la moral

La relación entre moralidad y cooperación se ha estudiado ampliamente. La premisa fundamental es que la moralidad no es un mero constructo cultural arbitrario, sino que ha evolucionado porque favorece la cooperación dentro de los grupos humanos. Las normas morales ayudan a coordinar acciones y generar confianza, lo que permite una mayor cohesión social y beneficios mutuos.

Esto no significa que la moralidad se reduzca únicamente a sanciones para minimizar conflictos o evitar parasitismos. Nociones más abstractas como la justicia, la equidad o los derechos pueden servir para gestionar conflictos de interés y promover la estabilidad social. Los tabúes y las normas sobre lo que es bien visto o mal visto funcionan como instrumentos morales tanto para fomentar la cooperación y la filiación a través de la reputación y el prestigio, como para competir y generar división social (amigo-enemigo, endogrupo-exogrupo).

¿Cómo podemos evaluar instituciones y culturas?

La noción de selección biológica y cultural no es intrínsecamente teleológica, es decir, no implica que las instituciones evolucionen con un propósito o fin determinado. Sin embargo, sí contradice la idea de que son meros procesos arbitrarios o simples subproductos de las dinámicas de poder (oprimido-opresor). Las instituciones emergen y se transforman en respuesta a las presiones del entorno, lo que significa que pueden volverse circunstancialmente inadaptativas. Por ello, es posible hablar de “mejores” o “peores” culturas e instituciones según su capacidad de adaptación

Si bien la calidad de una institución o cultura depende de las características de la especie y el entorno, algunas instituciones solo pueden surgir y sostenerse en condiciones extraordinarias, como el aislamiento social o una dictadura. En términos generales, las instituciones deben facilitar la cooperación, evitar la autodestrucción, reducir conflictos, generar confianza y reputación, y sostener la tensión del sistema entre fuerzas opuestas: disrupción y estabilidad, orden y caos, apertura y fronteras, entre otras. Cuando estas fuerzas se desequilibran, la adaptabilidad del sistema se ve comprometida, poniendo en riesgo la funcionalidad de las instituciones.

¿Cómo sabemos qué prácticas culturales eliminar o conservar si algunas pueden tener un valor oculto?

Es posible que existan instituciones o prácticas culturales cuya función no sea evidente a simple vista y que estemos cometiendo un error al intentar modificarlas o eliminarlas. Un ejemplo de esto es el cortejo tradicional, una práctica cultural que suele requerir ambientes sociales y formas de interacción únicas que permiten a los pretendientes conocerse, evaluarse y construir confianza. Si concluimos que “el cortejo tradicional es machista, opresor y misógino” y decidimos atacarlo y eliminarlo, podríamos encontrarnos con el indeseado escenario de que las personas enfrenten dificultades para formar pareja porque el marco cultural que rodeaba el cortejo se ha destruido.

En este tipo de casos, hablamos de cómo la evolución cultural da lugar a prácticas funcionales a partir de un conocimiento social acumulado que no siempre es fácil de descifrar a simple vista. Otro ejemplo de esto es la higiene personal, como el hábito de lavarse las manos, que los humanos practicaban mucho antes de conocer la existencia de virus, bacterias o parásitos.

Otras prácticas sociales, como los matrimonios arreglados, pudieron haber sido soluciones relativamente efectivas en ciertos contextos pasados, ya sea para garantizar la supervivencia, forjar alianzas estratégicas o incluso proteger a las mujeres de las vulnerabilidades de la soltería (como la exclusión o el abuso). Sin embargo, es evidente que esta institución sería contraproducente en la mayoría de los entornos actuales. Cuando una institución que restringe las libertades individuales deja de ser necesaria, las presiones adaptativas de libertad y los principios morales de equidad, libertad y justicia incentivan a los individuos a deshacerla.

El caso de la desatención cultural a las familias jóvenes

En el entorno actual de abundancia material, independencia y seguridad, una práctica cultural tan rígida y liberticida (como los matrimonios arreglados/forzados) resulta ineficiente. No obstante, desatender culturalmente el cortejo y la formación de parejas y familias también es un error. Por ejemplo, la mayoría de los hombres y mujeres sin hijos que habrían querido tenerlos no los tuvieron debido a dificultades para encontrar y mantener una pareja adecuada durante sus años fértiles. Este grupo —las personas sin hijos— es el que más ha contribuido a la drástica caída reciente de la natalidad, ya que el fenómeno no se explica porque las parejas con hijos tengan menos hijos, sino por la creciente cantidad de personas que no llegan a tenerlos.

En mi opinión, es evidente que las generaciones mayores desatendieron culturalmente los asuntos relacionados con la formación temprana de parejas, incentivando en sus hijos una focalización en su vida profesional. Esto rompió el equilibrio cultural entre orden, control y represión, por un lado, y libertad, disrupción y creatividad, por otro. El desafío radica en que la caída de la natalidad no tiene consecuencias inmediatas, lo que limita el mecanismo de corrección dentro del proceso de evolución cultural.        

¿Hay algún patrón que tengan las mejores instituciones políticas, económicas y culturales?

Idealmente, las instituciones que conforman un sistema social deben compartir ciertas cualidades fundamentales. Su forma puede variar, pero, por convergencia, su funcionalidad tiende a ser similar.

  • Maximización de la libertad: Es común que un sistema acumule progresivamente restricciones a la libertad (ya sea por miedo, sometimiento o moral igualitarista). Por ello, las instituciones que la protegen son esenciales. La libertad permite a cada agente incorporar, crear y transmitir la información que considera útil, aumentando la posibilidad de que haya más información valiosa en el sistema en beneficio de todos.
  • Cooperación y competencia voluntaria: La voluntariedad en ambos procesos es esencial. Si se obliga a un agente a cooperar (ejemplo: bienes públicos) o a competir (ejemplo: Estado de bienestar), las estrategias en cuestión pierden parte de su capacidad para generar riqueza y conocimiento.
  • Reducción de conflictos: Cuando se restringen las libertades y se fuerza a los agentes a cooperar o competir en situaciones que no habrían elegido voluntariamente, se generan conflictos innecesarios. Además, provocar conflictos (ejemplo: okupación) o dificultar su resolución (ejemplo: sistemas judiciales lentos) deteriora la capacidad del sistema para adaptarse y mejorar.
  • No totalitarias: el sistema debe contar con instituciones que protejan ciertas burbujas, de modo que no sean absorbidas por el modelo mayoritario. Ejemplos de estas burbujas son los homeschoolers, las escuelas privadas extranjeras con menor regulación, comunidades como los Amish o grupos aborígenes. Estos espacios permiten la conservación o la innovación cultural, funcionando en paralelo con el resto del sistema.
  • Cambios progresivos, emergencia y espontaneidad: La red de instituciones, en su conjunto, debe permitir que los cambios ocurran cuando sean necesarios, de manera espontánea y sin generar caos.

Concepto de convergencia

El concepto de convergencia evolutiva se refiere al proceso por el cual organismos que no están estrechamente relacionados evolutivamente desarrollan características similares debido a la adaptación a entornos o presiones selectivas similares. Esto ocurre porque ciertas formas o funciones resultan óptimas para un determinado nicho ecológico, lo que lleva a que diferentes linajes evolucionen estructuras análogas de manera independiente.

Un ejemplo clásico es el de los tiburones y los delfines. A pesar de que los tiburones son peces cartilaginosos y los delfines son mamíferos, ambos han desarrollado cuerpos hidrodinámicos, aletas dorsales y colas similares, ya que estas características mejoran la eficiencia de nadar en el medio acuático. Sin embargo, cada uno mantiene rasgos heredados de sus respectivos linajes: los tiburones tienen branquias, mientras que los delfines poseen pulmones y deben salir a la superficie para respirar.

De manera análoga, la convergencia evolutiva en la evolución cultural ocurre cuando sociedades distintas desarrollan soluciones similares ante problemas similares. Así como en la biología, la selección natural favorece ciertas formas y comportamientos en organismos no relacionados, en la cultura, la lógica adaptativa y la selección social pueden llevar a la aparición de instituciones, tecnologías o costumbres similares en civilizaciones separadas. No obstante, las sociedades, al igual que los organismos, arrastran aspectos heredados de sus formas culturales previas.

Más que liberalismo, buscamos instituciones liberales

En consecuencia, el éxito radica en alcanzar instituciones que, en esencia, cumplan con los principios mencionados, sin importar si se trata de microestados monárquicos, democracias liberales o comunidades tradicionales, siempre y cuando permitan que la información útil—obtenida a través de la libre experimentación y adaptación—sea creada y transmitida dentro del sistema.

La evolución nos muestra que, partiendo de orígenes distintos, es posible converger hacia soluciones similares. Tiburones y delfines, al igual que murciélagos y aves, han logrado sobrevivir en entornos similares porque han desarrollado respuestas funcionalmente equivalentes que son objetivamente eficaces. Del mismo modo, cualquier país puede encontrar su propio camino hacia un sistema de instituciones liberales sin necesidad de romper completamente con sus aspectos culturales heredado.

Ver también

Estudio interdisciplinario de la cooperación y la competencia. (Miguél Solís).

Robert Kennedy, un lunático dirigiendo el manicomio

Por Harrison Griffiths. El artículo Robert Kennedy, un lunático dirigiendo el manicomio fue publicado originalmente en CapX.

Donald Trump ha vuelto. Dependiendo de su disposición, esa frase puede llenarle de sentimientos de pavor o de triunfo. Las implicaciones del regreso de Trump sobre la inmigración, la economía, la guerra en Ucrania y una miríada de otras cuestiones son altamente impredecibles debido al temperamento variable del presidente y a su posicionamiento político. Pero una cosa está clara: la reelección de Trump estableció inequívocamente la falacia naturalista como una de las principales influencias en la formulación de políticas estadounidenses.

La falacia naturalista (similar pero distinta de la famosa distinción «Es-debería» de David Hume) es un amplio conjunto de ideas que tienen en común la creencia de que los productos naturales son inherentemente superiores a los producidos por el diseño humano. Las manifestaciones pueden ir desde la relativamente inofensiva elección personal de consumir verduras orgánicas en lugar de las cultivadas con pesticidas, hasta cruzadas mucho más dañinas como el intento del Unabomber de aterrorizar a la sociedad para que se desindustrialice.

Robert Kennedy

Esta visión del mundo se califica de falacia porque es empíricamente falsa. La agricultura industrial y la producción de alimentos, por ejemplo, han ayudado a sacar de la subsistencia a miles de millones de personas, algo que nunca podrían conseguir las huertas y huertos comunales. El mundo está ganando poco a poco la guerra contra el cáncer gracias a productos farmacéuticos revolucionarios con nombres químicos aterradores, no gracias a las infusiones. Criticar la falacia naturalista no es una cruzada contra los productos naturales ni un apoyo a la planificación «racional» de la sociedad humana con métodos «científicos». Simplemente pone de relieve que los productos naturales no son intrínsecamente superiores por ser naturales, ni los productos artificiales son intrínsecamente inferiores por no serlo.

Sin embargo, el nombramiento por parte de Trump de Robert Kennedy Jr. como Secretario de Salud y Servicios Humanos es una confirmación de que una visión errónea del mundo se ha abierto camino en las más altas esferas de la administración estadounidense entrante y de la derecha estadounidense en general.

Robert Kennedy, que se presentó a las elecciones presidenciales como demócrata e independiente antes de apoyar a Trump, ha difundido algunas de las informaciones erróneas más escandalosas sobre las vacunas. Entre otras cosas, ha afirmado que el Gobierno y los medios de comunicación estadounidenses conspiran para ocultar la verdad en torno a las afirmaciones pseudocientíficas de una relación entre las vacunas y el autismo, y ha defendido la idea de que las vacunas Covid-19 fueron «selectivas desde el punto de vista étnico» para proteger a los chinos y a los judíos asquenazíes de sus supuestos efectos nocivos, aunque afirma que estos comentarios se sacaron de contexto.

Antivacunas

La postura antivacunas de RFK forma parte de una filosofía más amplia que considera que la tecnología avanzada es intrínsecamente peligrosa, mientras que promueve las alternativas naturales como intrínsecamente superiores. Kennedy, un ecologista rabioso, afirma que la energía nuclear es peligrosa a pesar de las claras pruebas de que es uno de los medios más seguros y potentes de generación de energía de que disponemos. En su lugar, argumenta, como hace con las vacunas, que la defensa de la energía nuclear forma parte de una gran conspiración iniciada por grupos de presión nefastos y sin rostro.

De hecho, su ferviente ecologismo es una de las cosas que deberían hacer que encaje incómodamente con la administración Trump y los votantes republicanos. Durante toda su carrera, Robert Kennedy ha defendido causas tradicionalmente asociadas a la izquierda estadounidense, como el ecologismo, la lucha contra la desigualdad de la riqueza mediante la redistribución gubernamental y el apoyo a los candidatos del Partido Demócrata. En 2016, describió a Trump y al movimiento MAGA como «una amenaza para la democracia» y los comparó con Hitler y los nazis. Durante toda su vida ha sido demócrata, al igual que sus familiares más consumados.

Lo único que RFK tiene en común con el movimiento MAGA es su mentalidad conspiranoica. Además de las vacunas y la energía nuclear, las conspiraciones impregnan sus opiniones sobre la invasión rusa de Ucrania.

La falacia naturalista

Abrazar la falacia naturalista es parte de esa visión conspirativa del mundo. Cuando tu creencia previa de que los productos fabricados por el hombre son intrínsecamente peligrosos se enfrenta a la evidencia científica y económica, debes recurrir a las teorías conspirativas para explicar por qué tantos de estos productos se utilizan ampliamente, con resultados aparentemente positivos.

La teoría de la conspiración y la falacia naturalista no son exclusivas de ningún grupo político en particular. Antes de Trump, las conspiraciones sobre el poder nuclear, las guerras extranjeras y las vacunas se asociaban tradicionalmente con la extrema izquierda estadounidense. Muchos de los alineados con algunas de las ideas radicales de Kennedy en el Reino Unido son centristas, con buena educación, en lugar de maniáticos de izquierda o derecha. Las afirmaciones de Kennedy sobre la comida son los ejemplos más claros.

Cuando se trata de alimentos, vemos una clara síntesis de las visiones naturalista y conspirativa del mundo de Kennedy. Afirma que los «alimentos ultraprocesados» (UPF) -un término muy nebuloso que abarca desde el chocolate y los dulces hasta el pan integral y el hummus- están «envenenando» a los niños estadounidenses. Señala con razón que el elevado consumo de jarabe de maíz rico en fructosa, sal y grasas saturadas hace que los estadounidenses sean menos sanos. Pero entre sus otros objetivos están los aceites de semillas y los colorantes alimentarios, que relaciona con el cáncer, las cardiopatías y una serie de enfermedades crónicas.

Semillas y colorantes

Contrariamente a las afirmaciones de Robert Kennedy, la mayoría de la literatura empírica no encuentra nada malo en los aceites de semillas como parte de una dieta equilibrada. Tienen un alto contenido en grasas insaturadas, que son mejores para la salud del corazón que las grasas saturadas. Una revisión sistemática descubrió que el consumo de los denostados ácidos grasos Omega-3 y Omega-6 que suelen encontrarse en los aceites de semillas no está asociado a una inflamación elevada que pueda desencadenar enfermedades crónicas.

El desdén de Kennedy por ciertos colorantes alimentarios sintéticos se basa en la afirmación de que causan cáncer y problemas de comportamiento en los niños. El popular cereal para el desayuno Froot Loops es un objetivo frecuente de su ira, a causa de su alto contenido de colorantes. Gran parte de la cruzada contra Froot Loops se basa en un estudio de la Universidad de Southampton de 2007 que afirmó demostrar un vínculo entre ciertos colorantes alimentarios (incluidos los colores ‘Amarillo 5’, ‘Amarillo 6’ y ‘Rojo 40’ presentes en Froot Loops) y la hiperactividad en niños. Sin embargo, este estudio tenía innumerables fallos, incluyendo un tamaño de muestra pequeño, la incapacidad de separar adecuadamente los diferentes ingredientes probados y depender de evaluaciones subjetivas de la ‘hiperactividad’.

Conspiranoia y naturalismo

A pesar de estos fallos, el estudio de Southampton y otras investigaciones similares han influido en las regulaciones del Reino Unido, la Unión Europea y Australia, que prohíben o restringen en gran medida el uso de estos colorantes. En contraste, los reguladores estadounidenses generalmente insisten en evidencias mucho más sólidas sobre los daños a la salud de los aditivos alimentarios antes de prohibirlos y restringir las opciones para los consumidores. Es posible, e incluso probable, que algunos sean más riesgosos de lo que sugieren las pruebas actuales. Pero la carga de la prueba debería recaer en aquellos que quieren restringir la elección del consumidor; investigaciones inconclusas y sesgos naturalistas no cumplen con esa carga.

La conspiranoia y el naturalismo, ya se propague por charlatanes en línea o por expertos en salud pública, son inofensivos por sí mismos. Pero cuando existe una posibilidad real de que se traduzcan en políticas, los costos los paga toda la sociedad a través de precios más altos, menos opciones y una menor innovación. Es ciertamente cierto que algunos productos fabricados por el hombre que consumimos conllevan riesgos para la salud.

En el poder

Robert Kennedy ha ascendido a una posición peligrosamente poderosa porque su visión del mundo, arraigada en teorías conspirativas y la falacia naturalista encaja perfectamente con la base política de Donald Trump. Afortunadamente, el Reino Unido no tiene un movimiento similarmente influyente. Pero eso ciertamente no nos hace inmunes. Los intentos de extender impuestos y restricciones sobre los ‘alimentos ultraprocesados’, el pánico por las importaciones de pollo clorado post-Brexit y las regulaciones excepcionalmente gravosas del Reino Unido sobre la construcción de nueva capacidad nuclear son solo algunos ejemplos.

Las personas de todo el espectro ideológico deben estar alerta para garantizar que estas malas ideas no infecten nuestra política como lo han hecho al otro lado del Atlántico.

Ver también

Trump 2.0: la incertidumbre contraataca. (Andrés Ureña).

Tribunal Supremo de los Estados Unidos: caso sobreseído

Por Paul Moreno. El artículo Tribunal Supremo de los Estados Unidos: caso sobreseído fue publicado originalmente en Law & Liberty.

El nuevo libro del profesor de Derecho de la UCLA Stuart Banner, The Most Powerful Court in the World: A History of the Supreme Court of the United States, es impresionantemente erudito, profundamente investigado y admirablemente escrito. Este libro destaca por su reconstrucción del funcionamiento cotidiano del Tribunal, especialmente por su densa descripción. Banner proporciona todo tipo de detalles sobre el trabajo de los primeros taquígrafos de tribunales, cómo evolucionó la presentación de informes, las cargas de la equitación de circuito del siglo XIX, la arquitectura y la decoración de la antigua cámara del Senado (el lector llega inevitablemente a la historia del ático del tribunal de baloncesto como «el más alto tribunal del país») y la evolución de la secretaría del Tribunal.

A pesar de estas características encomiables, El tribunal más poderoso del mundo se queda corto debido al enfoque erróneo de su autor a la hora de emitir juicios históricos. Banner afirma desde el principio que su objetivo es «comprender al Tribunal más que alabarlo o criticarlo», e incluso insiste en que su «libro no tiene héroes ni villanos». Se adhiere a esta norma con asiduidad; es decir, hasta que llega al Tribunal John Roberts.

Todo lo que la evidencia obliga a decir

Pero esta falta de prejuicios hace que el lector se pregunte por qué debería importarle el tema a alguien. Un historiador debe ser lo más objetivo posible, pero en última instancia necesita emitir juicios críticos. Como me enseñaron, el historiador debe decir todo lo que la evidencia le permite decir y todo lo que le obliga a decir. Banner no considera lo que debería ser la cuestión primordial de cualquier historia del Tribunal Supremo: ¿cuál es el papel adecuado de esta institución en nuestra república constitucional y en qué medida lo ha cumplido?

Por ejemplo, Banner no ofrece ninguna conclusión sobre la muy debatida cuestión de la «Era Lochner»: si el Tribunal tomó partido activamente en el conflicto socioeconómico de la era 1890-1937 del lado del capital y en contra del trabajo. Durante una generación o más, los historiadores y profesores de derecho progresistas insistieron en que sí lo había hecho, mientras que en los últimos años ha surgido una escuela revisionista que afirma que no fue así. Banner dice que las interpretaciones progresista y revisionista son cada una «cierta a su manera».

Tampoco ofrece ninguna evaluación del papel del Tribunal en la instauración de Jim Crow tras la Reconstrucción, ni trata de explicar su dramático giro de 180 grados tras la propuesta de FDR en 1937 de «empaquetar» el Tribunal. (Señala que los nombramientos de Hoover lo explican, pero todo el mundo puede verlo. La cuestión no es quién cambió, sino por qué cambió).

Todos tienen razón

La negativa de Banner a emitir un juicio resta mucha vida al libro. Me recordó a Thomas Hobbes, que observó:

Un hombre que no tiene una gran pasión por ninguna de estas cosas, sino que es, como los hombres lo llaman, indiferente, aunque pueda ser tan buen hombre como para no ofender, no puede tener ni una gran fantasía ni mucho juicio.

O, en el lenguaje más reciente y conciso de Louis Jordan: «¡Jack, estás muerto!».

El planteamiento de Banner recuerda la historia de los dos hombres que llevan una disputa financiera a su rabino. El rabino escuchó el caso del primer hombre y dijo: «Tienes razón». Luego escuchó el del segundo hombre y dijo: «También tienes razón». El asistente del rabino dijo entonces: «Rabi, no pueden tener razón los dos». Pensó un momento y concluyó: «¡Tú también tienes razón!».

Banner se abre a la acusación formulada contra Louis D. Brandeis cuando fue nombrado miembro del Tribunal en 1916. Cuando Woodrow Wilson nominó al icono progresista para el Tribunal, los conservadores lanzaron una campaña sin precedentes para derrotarlo. Los opositores se centraron en la conducta de Brandeis como abogado, en particular, en que no cumplía la norma profesional de anteponer los intereses de sus clientes a sus opiniones sociológicas o políticas sobre cuál debía ser el resultado de un caso. En palabras de Brandeis, se consideraba «abogado de la situación» más que de un cliente concreto. Irónicamente, Brandeis tenía demasiado temperamento judicial.

Poner el acento en lo importante

Banner no reconoce la importancia de los cambios en la interpretación constitucional que relata. El Tribunal anterior a 1937, dice, seguía comprometido con la idea de que las legislaturas tenían que limitarse a un interés genuinamente público, mientras que después de 1937 el Tribunal aceptó la legislación de grupos de interés o «de clase». Se trata de un cambio moral y político de lo más profundo, y, sin embargo, lo pasa por alto con naturalidad. No ofrece casi nada con respecto a la teoría constitucional, sin hacer referencia a escuelas de interpretación que van desde el historicismo, la jurisprudencia sociológica, el realismo jurídico y otras similares.

Complots de asesinato

En la medida en que Banner ofrece una tesis, parece ser que la extrema politización actual del Tribunal no es nada nuevo. No hubo «buenos tiempos» en los que el Tribunal se ciñera a la ley y evitara la política. Pero es difícil mirar la historia del Tribunal y negar que la politización anterior y posterior a Warren es tan diferente en grado como para ser una diferencia en especie.

Antes de Warren, se produjeron enfrentamientos y crisis ocasionales -entre el presidente Marshall y los presidentes Jefferson y Jackson, en Dred Scott y la Reconstrucción, en la revuelta populista de la década de 1890-, pero se disiparon con bastante rapidez y el Tribunal reanudó su función sin menoscabo significativo de su legitimidad. Antes de la década de 1960, las vacantes en el Tribunal Supremo rara vez eran impugnadas; ahora, cada una de ellas da lugar a una batalla política que implica la difamación de personajes e incluso verdaderos complot de asesinato. Los jueces (aparte del peculiar caso de Stephen Field) no necesitaban guardaespaldas y podían salir a cenar sin ser molestados.

Emergen los prejuicios del autor

Nada en la era anterior a la Corte de Warren puede compararse a lo que la Corte dijo de sí misma en Cooper v. Aaron (1958) -que la interpretación de la Constitución por parte de la Corte era la Constitución, y, por tanto, la ley suprema del país- o en Casey (1992) -que el constitucionalismo estadounidense dependía de la deferencia popular a la interpretación de la Corte, por errónea que fuera-. Banner no hace referencia a ninguna de las asombrosas afirmaciones del Tribunal en esta época. Esto es decepcionante, especialmente porque deshacer estas tomas de poder ha sido el objetivo del movimiento originalista, y quizás uno de los desarrollos más importantes en la historia reciente del Tribunal Supremo.

Así, en sus últimos capítulos, reprocha al Tribunal Roberts (en realidad, al Tribunal Trump) un activismo que en realidad es un intento de deshacer el activismo de los años de los tribunales Warren y Burger. En su lugar, hace aspersiones sin fundamento de que el Tribunal Roberts transformó la libertad de expresión en una herramienta de los poderosos, la cláusula de igualdad de protección en una ayuda para los blancos, y «reinterpretó la Ley de Derecho al Voto para facilitar la supresión del voto de las minorías.»

El desnudo ideológico

El desnudo ideológico de Banner tenía que quebrarse en algún momento. Los «juicios de valor» están incorporados al lenguaje que utilizamos. Casi al final de su historia, Banner afirma que antes del Tribunal de Warren «el Tribunal siempre bloqueaba el cambio social en lugar de fomentarlo», y «el Tribunal ha sido una institución conservadora durante la mayor parte de su historia». Pero, ¿fue «conservadora» la Corte de Marshall, en su protección de los derechos de propiedad y fomento del desarrollo económico? ¿No deberíamos considerar a los jeffersonianos, a quienes disgustaba la llegada del capitalismo moderno, la facción más conservadora? Y a finales de siglo, los populistas bryanistas frustrados por el Tribunal del «laissez-faire» eran los conservadores.

Estas complicaciones revelan cómo Banner utiliza el término «conservador» en un sentido post-progresista (en realidad, post-Taft Court). Del mismo modo, su afirmación de que el Tribunal posterior al New Deal estaba «preocupado por defender a los débiles frente a los fuertes» es dudosa. ¿Son los acusados de delitos penales, o sus víctimas, los débiles? ¿Son los abortistas más débiles que los no nacidos? ¿Los gigantes de los medios de comunicación o las «figuras públicas» a las que difaman? ¿Los pornógrafos?

El sesgo

The Most Powerful Court está bastante sesgado, dando un tratamiento desproporcionado a los recientes desarrollos constitucionales y escamoteando los primeros años. (Y, sin embargo, el libro no contiene prácticamente ningún tratamiento del papel del Tribunal en el auge del Estado administrativo, quizá el rasgo constitucional más significativo de la era moderna). Banner debe haber optado deliberadamente por evitar términos como «debido proceso sustantivo» o «incorporación» de la Carta de Derechos por ser demasiado especializados o técnicos.

Pero este intento de hacer el libro más accesible imposibilita la comprensión de cosas como la incoherencia de las decisiones sobre libertad religiosa de la Primera Enmienda del Tribunal. «Es fácil decir, en abstracto, que el Tribunal exige que el gobierno se mantenga neutral con respecto a la religión», afirma. La Primera Enmienda no dice nada de eso. El lector general no tendrá ni idea de cómo hemos pasado de «el Congreso no promulgará ninguna ley» a la prohibición de la oración en las escuelas públicas.

El papel de una élite brahmática

Aunque Banner no hace esta conexión, uno de los puntos más irónicos de la historia del Tribunal ha sido la relación inversa entre los antecedentes políticos de los jueces y su actividad política una vez en el Tribunal. Banner hace un buen trabajo describiendo el auge del complejo universidad-escuela de derecho-empleado del Tribunal. Hoy en día, los jueces son casi siempre el producto de instituciones de élite de educación superior con experiencia en la facultad de derecho y en tribunales inferiores.

Este no era el caso en el siglo XIX. Muchos abogados y jueces no asistieron a la universidad ni a la facultad de Derecho (incluso en la década de 1940). Los jueces no tuvieron secretarios hasta que Horace Gray contrató a uno por su cuenta en 1882. Muchos jueces habían sido elegidos por sus cualificaciones partidistas y geográficas. Pero eran modestos en sus intentos de legislar desde el estrado. La sensación de ser una élite brahmánica, productos proféticos de la meritocracia de posguerra, la «conciencia de la nación» desde Brown, se les subió a la cabeza a esta rama del establishment.

Proporcionó amplio material para el ingenio mordaz de Antonin Scalia cuando disentía de opiniones inanes escritas por charlatanes fatuos como Anthony Kennedy. Es esta pretensión supremacista judicial de finales del siglo XX lo que el Tribunal Roberts está tratando de desinflar. En última instancia, sólo una mayor humildad judicial despolitizará el Tribunal, y aunque eso puede llevar tiempo, sigue siendo posible.

Ver también

La defensa del “hombre olvidado” por el Tribunal Supremo. (John Mc Ginnins).

Cómo podría el Tribunal Supremo de los Estados Unidos acabar con internet. (Elijah Gullett).

La economía a través del tiempo (XXIII): La Ilíada y el poder del más fuerte

Hasta este momento, se ha analizado de forma soslayada la importancia de los griegos para el pensamiento económico histórico. Lo cierto es que prácticamente cualquier pensador se detiene en esta época, pues es donde nace el pensamiento sistemático y elaborado y los textos más complejos. Uno de ellos es La Ilíada, una de las primeras obras de la Antigua Grecia, escrita alrededor del S. VIII. Si bien es verdad que Homero no pretende realizar un análisis económico en este relato, también lo es que pueden extraerse elementos interesantes y útiles para entender ciertos elementos económicos. Uno de ellos aparece al principio de la obra.

La narración comienza describiendo el secuestro de la hija de Crises (Criseida). Este, ingenuamente, trata de negociar con los aqueos, el grupo de secuestradores. El objetivo es cambiar a su hija por un rescate, algo que los aqueos aceptan de buena gana (Homero, 1995, 3-4). Sin embargo, Agamenón se vio ofendido por dicho pacto e intervino:

No te encuentre, ¡oh anciano!, otra vez en mis cóncavas naves, ni porque permanezcas aquí, ni porque aquí retornes, no podrían valerte ni el cetro del dios ni sus ínfulas. No la quiero entregar. La tendré en mi palacio de Argos hasta que, de su patria alejada, en mi casa envejezca manejando un telar y, además, compartiendo mi lecho, Vete ya; no me irrites, si quieres partir sano y salvo (Homero, 1995, 4).

Agamenón en la Ilíada

En este sentido, si se hace una traslación a lo económico, vemos cómo dos partes han llegado a un acuerdo (la hija por la recompensa) y, sin embargo, existe un elemento externo, en este caso Agamenón, que lo rechaza y decide intervenir. El caso es que la intervención, y lo que deshace el acuerdo entre las partes, se realiza desde la amenaza violenta de quien en ese momento es una figura de autoridad, aunque sus intenciones no sean más que quedarse con la hija para hacerla concubina.

Para llevar a cabo esta intervención, Agamenón no emplea la violencia de forma directa. Meabe (s.f.) explica que “el primer elemento de la estructura interna del Mandato de Agamenón se configura como una dicotomía compuesta por el par ordenado orden><advertencia (p.2)”. Y este monólogo va tomando forma hacia lo agresivo:

La fórmula de la orden en principio aparenta solo una advertencia y toda la primera secuencia, que corresponde a los versos 26-29, se insinúa en esa dirección, pero a medida que Agamenón precisa sus intenciones pone en descubierto su poder y este define al final, en el verso 32 la contracara de la advertencia al ordenarle al sacerdote que no lo provoque (Meabe, s.f., 2).

Ese poder que muestra Agamenón se ve en la referencia a las “cóncavas naves”, pues revela de la capacidad operativa de guerra del caudillo. Así, lo que para el lector moderno puede parecer algo sutil, para el griego de la época, corresponde con una clara advertencia o, más bien, como una forma de dominación:

Ante todo, la dominación normativa tiene como contrapartida, en la estructura interna del mandato de Agamenón, la apropiación física del más débil que se sostiene bajo la forma de una proposición afirmativa y enfática (Meabe, s.f., 4)

Por tanto, Agamenón ejerce esa capacidad de dominación sobre un acuerdo entre partes, algo que, trasladándolo a tiempos más modernos, difiere con el respeto a los pactos que predican las filosofías adscritas al libre mercado. Este caso muestra, también, como es plenamente posible la ruptura violenta de un acuerdo por parte de un agente no gubernamental o estatal, pues el héroe tan sólo ha tenido que hacer ver su capacidad de dominio.

Bibliografía

Homero (1995) Ilíada. RBA

Meabe, J. E. Materiales y notas para la Historia de la Teoría del Derecho Natural del Más Fuerte en la Ilíada de Homero. Instituto de Teoría General del Derecho

Serie La economía a través del tiempo

El conocimiento y la función empresarial en Jovellanos

Recientemente, salía en la prensa cómo nuestro ínclito presidente aprovechaba un acto en el Museo del Ferrocarril para criticar “la ideología neoliberal”. Precisamente en un museo sobre el ferrocarril, impulsado en nuestro país, entre otros, por el Marqués de Salamanca, cuyas labores de financiación -y especulación- fueron determinantes para el desarrollo en España de ese medio de transporte. “Se miró a otro lado, se desreguló, se frenó la construcción de viviendas públicas”, dicen que dijo el inimitable prócer.

Como si la sociedad civil, el libre mercado y la función empresarial desarrollada por propietarios libres no fuesen capaces de cubrir una necesidad como la de la vivienda. Ya a finales del XVIII algunos pensadores españoles eran conscientes del papel de esa sociedad civil y de los estorbos impuestos por la regulación y las decisiones políticas en la economía. Un ejemplo de ello fue Jovellanos, pensador asturiano al que deberían acudir nuestros políticos entre mitin y mitin.

Y es que Jovellanos, en 1795, escribió una obra, su famoso Informe de Ley Agraria, en la que trataba de concretar los principales males que aquejaban a la agricultura de finales del S. XVIII. Resulta llamativo que dividiese esos males -o “estorbos”, como él los llamaba- en tres grandes grupos: i) estorbos políticos o derivados de la legislación; b) estorbos morales o derivados de la opinión y c) estorbos físicos o derivados de la Naturaleza).

Resultaría muy fácil, creo, criticar los planteamientos de nuestro presidente, en relación con la vivienda, a partir de los argumentos que daba Jovellanos hace ya más de doscientos años, y explicar cómo la legislación y los políticos, a través de una sobrerregulación y falta de liberalización, entre otras cosas, del suelo, son precisamente el estorbo que impide que exista una mayor oferta de vivienda y más barata.

“Estorbos morales o derivados de la opinión”

En este artículo, sin embargo, siguiendo lo que apuntábamos en nuestro artículo de diciembre, queremos profundizar en la “función empresarial” y la importancia de la información, según la entienden los economistas de la Escuela Austríaca, relacionándolas precisamente con lo que decía el economista y pensador asturiano en su Informe, al hablar de los estorbos morales. Pero lo que decía Jovellanos a este respecto también debería interesar a nuestros políticos, y mejor nos iría a nosotros si lo hicieran.

Y es que, con el título de “estorbos morales o derivados de la opinión”, el prócer asturiano se estaba refiriendo a la poca importancia que en su sociedad, en general, y en el sector agrícola, en particular, se le daba a un tipo de conocimiento -el que él propugna- que, como pretendemos mostrar en el presente trabajo, tiene, en esencia, los mismas rasgos característicos que destacan, casi dos siglos después, los autores de la Escuela Austriaca al hablar del conocimiento propio de la función empresarial.

Pero incluyendo, además, algunos de los matices en los que, al hablar de “capital intelectual”, se centran los seguidores de esta otra perspectiva (conocida como “Enfoque del Capital Intelectual”), y apuntando también a algunas de las ideas a partir de las que centran sus análisis los seguidores de la “Teoría de la Elección Pública” (o “Public choice”), sobre todo en relación con la información y los incentivos y su importancia (en el artículo de Noviembre hicimos referencia, precisamente, al análisis que de los incentivos hace dicha Escuela, si bien no nos centramos tanto en la cuestión de la “información”).

Conocimiento y función empresarial desde la perspectiva de la Escuela Austriaca

Para los teóricos de la Escuela Austríaca, la idea de la Ciencia Económica parte de un estudio sistemático de la acción humana[1], en el que se buscan las “leyes” de la economía, un conocimiento que pueda indicarnos algo sobre los efectos que pueden esperarse de la aplicación de determinadas medidas o actuaciones.

Así, los problemas económicos (o “catalácticos”, en terminología de Mises) quedan enmarcados en una ciencia más general, de forma que la economía es una parte, si bien la más elaborada hasta ahora, de una ciencia más universal, la praxeología, o teoría general de la acción humana (Mises, Acción Humana, 1966)[2], que no consiste en una ciencia histórica, sino teórica y sistemática, cuyas enseñanzas son de orden puramente formal y general y que aspira a formular teorías que resulten válidas en cualquier caso en el que efectivamente concurran aquellas circunstancias implícitas en sus supuestos y restricciones, constituyendo obligado presupuesto para la aprensión intelectual de los sucesos históricos.

De ahí que, para autores como Mises: “sus afirmaciones y proposiciones no derivan del conocimiento experimental. Como los de la lógica y la matemática, son a priori. Su veracidad o falsedad no puede ser contrastada mediante el recurso a acontecimientos ni experiencias” (Mises, Acción Humana, 1966).  Como consecuencia de todo lo anterior,  la praxeología no puede ser elaborada ni por los métodos del positivismo lógico, ni del historicismo, del institucionalismo, ni por la historia económica, o por la estadística, ya que dichos métodos se ocupan siempre del pasado y, por tanto, no proporcionan, en palabras de Mises, conocimiento referente a una regularidad que se manifieste también en el futuro (Mises, Problemas Epistemológicos de Economía, 1933).[3]

En definitiva, la Economía, como parte de la ciencia de la acción humana, no es sino la encargada de elaborar una teoría en torno a la ejecución de operaciones de cambio, en las que los objetos que están a disposición de la acción se emplean de manera que, dadas las circunstancias, garanticen el máximo de bienestar, renunciándose a satisfacer necesidades menos apremiantes para satisfacer otras más urgentes (Mises, El Socialismo, 1922). Así, se entiende por empresario[4] al sujeto que actúa para modificar las circunstancias del presente y conseguir sus propios y personales objetivos o fines, a través de los medios escasos que subjetivamente considera más adecuados, de acuerdo con un plan y desarrollando su acción en el tiempo.

Pero para entender la naturaleza de dicha función empresarial es imprescindible tener presente el papel esencial que juega la información o conocimiento que posee el actor; una información que le sirve, en primer lugar, para percibir o darse cuenta de nuevos fines y medios, y que, por otra parte, modifica los esquemas mentales o de conocimiento que posee el propio sujeto.

De esta forma, si, como señala Hayek, el problema económico de la sociedad se concreta, principalmente, en la pronta adaptación a los cambios según las circunstancias particulares de tiempo y lugar -para poder alcanzar, cada vez, situaciones menos insatisfactoria para el individuo, de acuerdo con la evolución de sus fines y la distinta utilidad subjetiva que se les reconoce a los medios escasos disponibles-, las decisiones empresariales tendrán, en principio, más éxito si son ejecutadas por quienes están familiarizados con estas circunstancias, es decir, por quienes conocen de primera mano los cambios pertinentes y los recursos disponibles de inmediato para satisfacerlos  (Hayek, El uso del conocimiento en la sociedad, 1945).

Vemos, por tanto, que se hace imprescindible un conocimiento subjetivo y práctico, centrado en las circunstancias subjetivas particulares de tiempo y espacio, y que verse, como decíamos, tanto sobre los fines que pretende el actor y que él cree que persiguen el resto de actores, como sobre los medios que el actor cree tener a su alcance para lograr los citados fines. Un conocimiento, por tanto, que no es teórico, sino práctico, y que, en consecuencia, es de carácter privativo y disperso[5], que no es algo “dado” que se encuentre disponible para todo el mundo, sino que se encuentra “diseminado” en la mente de todos y cada uno de los hombres y mujeres que actúan y que constituyen la humanidad (Huerta de Soto, 1992).

Se trata, por tanto, de un planteamiento radicalmente distinto al neoclásico[6]. Ello no obstante, tal y como señala Hayek, “es difícil que haya algo de lo que ocurre en el mundo que no influya en la decisión que debe tomar” el empresario; aun así, para llevar a cabo acciones empresariales no se necesita conocer todas las circunstancias y acontecimientos, ni tampoco todos sus efectos (Hayek, El uso del conocimiento en la sociedad, 1945)[7].

Por otra parte, y en una visión muy compatible con la perspectiva de la Escuela Austriaca que acabamos de explicar, nos encontramos con el Enfoque de Capital Intelectual, expuesto entre otros por Christian Stam (Stam, 2006), y que entiende el conocimiento como aquel recurso intangible, originado en el factor humano, que puede crear valor, siendo la manera de integrar el conocimiento tácito y privativo en la empresa uno  de los aspectos fundamentales en los que se centra este enfoque. Así, el “capital intelectual” no es sino una “metáfora” que describe la importancia de los recursos intangibles y se refiere no sólo al conocimiento en sentido estricto, sino a las habilidades y capacidades humanas en sentido general.

Los estorbos morales, o derivados de la opinión, según Gaspar de Jovellanos

Tal y como resume Guillermo Carnero (Carnero, 1998), el Consejo de Castilla inició un Expediente de Ley Agraria en los años 60 del Siglo XVIII, pidiendo a los intendentes informes sobre la situación del agro en sus demarcaciones y sobre eventuales reformas. Se reunió así gran cantidad de información que fue remitida, en 1777, a la Real Sociedad Económica Matritense para su examen e informe por la sección de Agricultura.

El asunto –debido a su carácter técnico, a su envergadura política y a su enorme amplitud- fue objeto de una gestión lenta y poco ágil. En 1783 hubo de constituirse una comisión de Ley Agraria, formada por catorce miembros, uno de los cuales era Jovellanos. A petición de la misma se imprimió al año siguiente el Memorial ajustado que organizaba y refundía la documentación de 1977, con la finalidad de facilitar su manejo. En 1787, la Sociedad y la comisión delegaron en Jovellanos, que tardó otros siete años en concluir el Informe.

Así, en 1795 apareció, impreso por la Real Sociedad Económica Matritense, el “Informe de la Sociedad Económica[8] de esta Corte al Real y Supremo Consejo de Castilla en el Expediente de Ley Agraria, extendido por su individuo de número, El Sr. D. Gaspar Melchor de Jovellanos, a nombre de la Junta encargada de su formación, y con arreglo a sus opiniones[9]” y que comienza con un resumen histórico de la evolución de la agricultura en nuestro país hasta su época, para repasar después, de manera esquemática, los males tradicionales de la agricultura española, vigentes aún en la época, dividiéndolos en tres clases de trabas u “obstáculos”: políticos, morales y físicos.

De los tres tipos de obstáculos, los que a nosotros nos interesan en éste momento son los obstáculos morales, que Jovellanos divide fundamentalmente en dos:

  1. La falta de conciencia de que la agricultura es la actividad económica primordial y de la que realmente depende la prosperidad de un país, rebatiendo la que él pensaba que era la idea predominante en su época, según la cual la prosperidad dependía de la industria, el comercio y la navegación[10]. Eso llevaba, según él, a una economía que dependía del extranjero para subsistir, con los avatares de las coyunturas políticas y los cambios político-comerciales y de hábitos de consumo de otros países.
  2. La falta de reconocimiento y consideración con que se trata a las ciencias[11] exactas, físicas, naturales y experimentales[12], especialmente las aplicables a la mejora de las técnicas de cultivo[13]. En opinión de Jovellanos, dicho cambio de mentalidad no se podía esperar de la Universidad española, anquilosada y escolástica[14], ni debía orientarse hacia las disquisiciones puramente teóricas, sino hacia aplicaciones prácticas y a personas directamente dedicadas y/o interesadas en la agricultura (propietarios y campesinos principalmente)[15]. Para ello recomendaba la creación, en ciudades y villas de importancia, de centros semejantes a su Instituto Asturiano de Gijón (y no a las Universidades de la época) en los que pudiesen formarse los propietarios[16], así como de una enseñanza primaria, para que los campesinos aprendan a “leer, escribir y contar”, a fin de que puedan “perfeccionar las facultades de su razón y de su alma” y percibir las sublimes verdades “sencillas y palpables de la física, que conducen a la perfección de sus artes”. Dentro de su plan, estaba utilizar al clero secular[17] para para aplicar sus planteamientos, dado que estaba ya diseminado y establecido en el medio rural, gozando de audiencia y credibilidad, y con un coste nulo para el Estado. No sólo eso. En opinión del patricio asturiano, tanto los propietarios como los campesinos y los párrocos debían disponer de publicaciones de fácil comprensión[18], elaboradas por las Sociedades de Amigos del País, que los formaran en técnicas de preparación de la tierra y siembra, así como en el uso de mejores y más modernos instrumentos de cultivo.

Conclusiones

Como se puede ver a partir del resumen que hemos hecho de la segunda parte del Informe, el planteamiento que Jovellanos desarrolla en la obra da una gran importancia al conocimiento, pero entendido en un sentido amplio, sin limitarlo a la mera información teórica, pero reconociéndole a la física, a las matemáticas y a las ciencias experimentales en general, su importancia; acentuando la necesidad de que se fije en la resolución de los problemas prácticos, pero sin olvidar los teóricos.

Reconociendo implícitamente que no es necesario que se conozcan todas las circunstancias, todos los acontecimientos, todos los efectos, aunque sí unos mínimos; un conocimiento dirigido a las personas directamente relacionadas con el sector en el que se va a aplicar y, por supuesto, siempre  atento a las innovaciones y mejoras, permanentes y dispersas, que se van descubriendo (en otras zonas o por otras personas), a fin de poder incorporarlas inmediatamente al proceso productivo, en un proceso que se retroalimenta.

 En definitiva, un conocimiento que tiene los mismos rasgos y las mismas características que destacan los autores de la Escuela Austriaca al hablar del conocimiento propio de la función empresarial, y que, si bien Jovellanos no lo refiere a la “empresa” como estructura creadora y aglutinadora, sí lo entiende como un “intangible” (estorbo “moral o de la opinión”, lo denomina él), que va más allá del mero conocimiento intelectual, en sentido estricto, y que incluye otras muchas habilidades del ser humano.

Un conocimiento, en definitiva, ignorado por la Escuela Neoclásica y por nuestro querido Presidente, para quien nada bueno parece que puede haber en el mundo si no es él o su gobierno quien lo fomenta.

Bibliografía

Carnero, G. (1998). Introducción. En G. Jovellanos, & Cátedra (Ed.), Informe sobre la Ley Agraria (1998 ed.). Real Sociedad Económica Matritense.

Carrera Pujal, J. (1945). Historia de la Economía Española (Vol. Tomo IV). Barcelona: Bosch.

Hayek, F. (1945). El uso del conocimiento en la sociedad. American Economic Review XXXV Nº 4.

Hayek, F. (s.f.). El Uso del conocimiento en la Sociedad.

Huerta de Soto, J. (1992). Socialismo, Cálculo Económico y Función Empresarial. Madrid: Unión Editorial.

Jovellanos, G. (1795). Informe de Ley Agraria. Madrid: Sociedad Económica de Madrid.

Llombart, V. (2011). El pensamiento económico de Jovellanos y sus intérpretes. En d. L.-V. Fernández Sarasola, Jovellanos, el valor de la razón (1811-2011). (págs. 75-105). Gijón: Instituto Feijó de Estudios del Siglo XVIII.

Mises, L. (1912). La Teoría del Dinero y del Crédito (1997 ed.). Madrid: Unión Editorial.

Mises, L. (1922). El Socialismo (2000 ed.). (U. Editorial, Ed.)

Mises, L. (1933). Problemas Epistemológicos de Economía (2013 ed.). (U. Editorial, Ed.)

Mises, L. (1966). Acción Humana (2001 ed.). (U. Editorial, Ed.) Nueva York.

Sarrailh, J. (1954). La España ilustrada en la segunda mitad del Siglo XVIII (1979 ed.). (F. d. Económica, Ed.)

Stam, C. (2006). The Intellectual Capital Perspective. Sustainable Program on Intellectual Capital Education. Centre for Research in Intellectual Capital INHOLLAND University of Professional Education.

Vicens Vives, J. (1958). Historia Económica de España (1987 ed.). Barcelona: Editorial Vicens Vives.

Zanotti. (2003). Estudio Preliminar. En L. Mises, Teoría e Historia. Madrid: Unidad Editorial.

Zanotti, G. (2011). Conocimiento Versos información. Madrid: Unión Editorial.

Notas

[1]Los elementos constitutivos de la acción humana, imprescindibles para un correcto estudio de la misma, y que no son siempre tenidos en cuenta por otras Escuelas Económicas son: los objetivos perseguidos por el sujeto, el valor que se asigna a los mismos, los medios escasos disponibles –y la utilidad o apreciación subjetiva, también cambiante, que se les da a esos medios-, el plan de acción y el tiempo requerido por la acción.

[2] Págs. 3-4. El propio Mises señala, en la página 11 de la misma obra, que “en el estado actual del pensamiento económico y de los estudios políticos referentes a las cuestiones fundamentales de la organización social, ya no es posible considerar aisladamente el problema cataláctico propiamente dicho. Estos problemas no son más que un sector de la ciencia general de la acción humana, y como tal deben abordarse”.

[3] Para una crítica de la postura metodológica misiana, es interesante la crítica que hace el profesor Zanotti (Zanotti, 2003).

[4] En un sentido que, como señala el profesor Huerta de Soto (Huerta de Soto, 1992) puede parecer demasiado amplio “y no acorde con los usos lingüísticos actuales”, pero que “responde a una concepción de empresarialidad cada vez más elaborada y estudiada por la ciencia económica”.

[5] En este sentido, es interesante recordar lo señalado por el profesor Huerta de Soto (Huerta de Soto, 1992):“el conocimiento generado en el proceso social, relevante a efectos empresariales, seguirá siempre siendo un conocimiento de tipo tácito y disperso, y, por tanto no transmisible a ningún centro director, y el futuro desarrollo de los sistemas informáticos y de los ordenadores incrementará aún más el grado de complejidad del problema para el órgano director, pues el conocimiento práctico general con la ayuda de tales sistemas se hará progresivamente más complejo, voluminoso y rico”.

[6] Las diferencias, por tanto, entre el planteamiento austriaco que seguimos y el de los neoclásicos,  a los que nos referíamos al inicio, es, por tanto clara. Mientras que los segundos se basan en modelos de competencia perfecta que suponen un conocimiento perfecto, los economistas austriacos, con Hayek y Mises a la cabeza, enfatizan que la información de los agentes económicos es limitada.

Así, mientras aquéllos parten de la hipótesis del conocimiento perfecto como núcleo central de la teoría y luego agregan como hipótesis  posterior, la de información incompleta en sus modelos,  los austriacos parten de que el conocimiento es incompleto, imperfecto, disperso, limitado (ese es el núcleo central de la teoría) y luego tienen en cuenta la posibilidad del aprendizaje como mecanismo que corrige, al menos en parte, la limitación de dicho conocimiento. En este sentido, es muy interesante analizar lo manifestado por el profesor Zanotti (Zanotti G. , 2011) en las páginas  60-61 de la obra que citamos.

[7] “No le importa la razón por la que un determinado momento se necesiten más tornillos de un tamaño que de otro, ni por qué las bolsas de papel se consigue más fácilmente que las de tela, ni porqué sea más difícil conseguir trabajadores especializados o una máquina determinada. Todo lo que le importa es determinar cuán difícil de obtener se han vuelto estos  productos en comparación con otros que también le interesan, o el grado de urgencia con que se necesitan los productos alternativos que produce o usa” (Hayek, El uso del conocimiento en la sociedad, 1945).

[8] Las Sociedades Económicas de Amigos del País son reuniones de hombres “generosos y competentes que, a la manera de academias locales, se van constituyendo en las ciudades importantes de España, en cada capital de provincia en general, a partir de tertulias de amigos, y que tienen como único objetivo la prosperidad del país, y cuyos programas de trabajo tienden invariablemente a resultados prácticos, precisos y útiles. Dichas sociedades parecen creadas a imitación de otras corporaciones extranjeras en que alienta el mismo afán de prosperidad nacional, y cuya historia y actividad fue estudiada por algunos españoles (Sarrailh, 1954).

Para Vicens Vives (Vicens Vives, 1958), el influjo de las Sociedades Económicas se hizo patente en muchas direcciones: captando las simpatía de los poderosos, dando ejemplo de nuevas prácticas (en 1807 la Sociedad Económica de Valladolid instaló a este efecto una Huerta del Rey), etc. Sin embargo, el principal objetivo de los innovadores fue la conquista de las palancas de poder.

[9] Es importante tener en cuenta que, al redactarlo, Jovellanos no actuó como quien expresa sin limitaciones su pensamiento en el ámbito de la teoría, sino que se vio obligado a subordinar ese pensamiento a dos consideraciones: Una de índole corporativa, ya que escribía y publicaba en nombre de la Sociedad Matritense, de su “clase” o “sección” de agricultura y de su comisión de Ley Agraria; y la otra de índole práctica y política, que le obligaba a descartar lo que, aun siendo preferible desde un punto de vista teórico, fuere inaplicable a la realidad que él conocía, y a temer que la proposición de medidas demasiado radicales diera al traste con la posibilidad de efectuar reformas cuya efectividad descansaba en la moderación y la transacción (Carnero, 1998).

[10] Los Gobiernos “han aspirado a establecer su poder sobre la extensión del comercio, y desde entonces la balanza de la protección se inclinó hacia él” (Jovellanos, 1795).

[11] Tal y como señala Sarrailh (Sarrailh, 1954), la masa rural de la España de la segunda mitad del S. XVIII, sufre una miseria espiritual más temible aún que su estrechez económica, y que hace aún más trágico su destino, “en todas partes reinan la ignorancia, la creencia en lo maravilloso y las supersticiones de toda índole”.

Los españoles ilustrados reclaman a grandes voces la fundación de escuelas y  las Sociedades económicas multiplican sus esfuerzos generosos para instruir a los campesinos y a sus hijos, precisamente porque el pueblo carece de los conocimientos más elementales. Como expresamente señala Sarrailh, “es enorme el número de analfabetos” (Sarrailh, 1954).

Lo llamativo de Jovellanos, sin embargo, en comparación con sus contemporáneos, es el protagonismo que le da a dicha ignorancia, el tipo de saber –entendido en sentido amplio- que considera necesario para el desarrollo y mejora de la agricultura, y las medidas que pretende instaurar para su solución.

[12] “Para que los institutos propuestos sean verdaderamente útiles convendrá formar unos buenos elementos, así de ciencias matemáticas como de ciencias físicas, y singularmente de éstas últimas; unos elementos que, al mismo tiempo, reúnan cuantas verdades y conocimientos puedan ser provechosos y aplicables a los usos de la vida civil y doméstica” (Jovellanos, 1795).

[13] “Dígnese, pues, V.A. de restaurarlas en su antigua estima; dígnese de promoverlas de nuevo, y la agricultura correrá a su perfección. Las ciencias exactas perfeccionarán sus instrumentos, sus máquinas, su economía y sus cálculos, y los abrirán además la puerta para entrar al estudio de la naturaleza (…). La historia natural, presentándole las producciones de todo el globo, le mostrará nuevas semillas, nuevos frutos, nuevas plantas y hierbas que cultivar y acomodar a él, y nuevos individuos del reino animal que domiciliar en su recinto.

Con estos auxilios descubrirá nuevos modos de mezclar, abonar y preparar la tierra, y nuevos métodos de romperla y sazonarla. Los desmontes, los desagües, los riesgos, la conservación y el beneficio de los frutos, la construcción de trojes y bodegas, de molinos, de lagares y prensas, en una palabra, la inmensa variedad de artes subalternas y auxiliares del arte grande de la agricultura, fiadas ahora a prácticas absurdas y viciosas, se perfeccionarán a la luz de estos conocimientos, que no por otra causa se llaman útiles que por el gran provecho que puede sacar el hombre de su aplicación y socorro de sus necesidades” (Jovellanos, 1795).

[14] “Tampoco propondrá la Sociedad que se agregue esta especie de enseñanza al plan de nuestras universidades. Mientras sean lo que son y lo que han sido hasta aquí; mientras estén dominadas por el espíritu escolástico, jamás prevalecerán en ellas las ciencias experimentales (…) tantas cátedras, en fin, que sólo sirven para hacer que superabunden los capellanes, los frailes, los médicos, los letrados, los escribanos y sacristanes mientras escasean los arrieros, los marineros, los artesanos y los labradores, ¿no estaría mejor suprimirlas, y aplicada su dotación a esta enseñanza provechosa?” (Jovellanos, 1795).

[15] “La agricultura no necesita discípulos adoctrinados en los bancos de las aulas, ni doctores que enseñen desde las cátedras, o asentados en derredor de una mesa. Necesita de hombres prácticos y pacientes, que sepan estercolar, arar, sembrar, coger, limpiar las mieses, conservar y beneficiar los frutos, cosas que distan demasiado del espíritu de las escuelas, y que no pueden ser enseñadas con el aparato científico” (Jovellanos, 1795).

[16]“Sólo propondrá a V.A. que multiplique los institutos de útil enseñanza en todas las ciudades y villas de alguna consideración, esto es, en aquéllas que sea numerosa y acomodada la clase propietaria” (Jovellanos, 1795).

[17] “La Sociedad mira como tan importante esta función que quisiera verla unida a las del ministerio eclesiástico. Lejos de ser ajena de él, le parece conforme a la mansedumbre y caridad que forman el carácter de nuestro clero, y a la obligación de instruir a los pueblos que es tan inseparable de su estado. Cuando se halle reparo en agregar esta pensión a los párrocos, un eclesiástico en cada pueblo y en cada feligresía, por pequeña que sea, dotado sobre aquella parte de diezmos que pertenece a los prelados, mesas capitulares y beneficios simples, podría desempeñar la enseñanza a la vista y bajo la dirección de los párrocos y jueces locales.

¿Qué objeto más recomendable se puede presentar al celo de los reverendos obispos ni al de los magistrados civiles, y qué perfección no pudiera reunirse a ella la del dogma y de los principios de moral religiosa y política?” (Jovellanos, 1795).

[18] “Cree la Sociedad que el medio más sencillo de comunicar y propagar los resultados de las ciencias útiles entre los labradores sería el de formar unas cartillas técnicas, que en estilo llano y acomodado a la comprensión de un labriego, explicasen los mejores métodos de preparar las tierras y las semillas, de sembrar, recoger, escardar, trillas y aventar los granos, de guardar y conservar los frutos y reducirlos a caldos o a harinas; que describiesen sencillamente los instrumentos y máquinas de cultivo, y su más fácil y provechoso uso” (Jovellanos, 1795).

Ver también

No sólo tuvimos a los de la Escuela de Salamanca. (Jaime Juárez).

Breve aproximación al liberalismo en España. (Mateo Rosales).

A Rothbard le agradezco: la imaginación

¿Qué podría escribir sobre Murray N. Rothbard? Falleció el 7 de enero de 1995, antes de cumplir 70 años, en un momento de mi vida en el que aún estaba en el colegio y desconocía completamente su existencia. Sólo lo conozco de manera indirecta, a través de anécdotas escuchadas en conferencias de otros autores. Uno de ellos, Hans-Hermann Hoppe, quien merece mi mayor respeto y puede considerarse uno de sus estudiantes más rigurosos en continuar su legado, describe cómo Rothbard llevó una existencia “marginal” en el ámbito académico. Esta circunstancia es testimonio de su grandeza intelectual.

En gran medida, Rothbard fue relegado al ostracismo por las instituciones académicas tradicionales en los Estados Unidos, lo que lo llevó a ganarse la vida durante una etapa significativa como empleado a medio tiempo en instituciones de menor renombre, como el Instituto Politécnico de Brooklyn. Allí no existía un departamento de economía; lo más cercano era un departamento de ciencias sociales, que Rothbard calificó como predominantemente marxista.

Sin embargo, aprovechó el tiempo libre que esta situación le ofrecía para trabajar en su obra, logrando, a través de sus escritos, atraer a un amplio número de estudiantes y seguidores. Así, se convirtió en el creador y uno de los principales impulsores del movimiento libertario contemporáneo. Desde 1986 hasta su fallecimiento, Rothbard mantuvo un puesto en la Universidad de Nevada, Las Vegas (UNLV), donde continuó dejando su huella intelectual.

Insaciable curiosidad

Como evidencia adicional de su carácter, recuerdo un evento en el Instituto Ludwig von Mises donde un conferencista relató al auditorio cómo Rothbard, en conferencias sobre los avances más recientes de la Escuela Austriaca de Economía o sobre política libertaria, no podía contener su entusiasmo y se movía casi incontrolablemente en su silla, emocionado por las ideas que tanto lo apasionaban. Allí, entre semejantes, disfrutaba discutiendo las ideas que más lo hacían feliz.

También recuerdo otra anécdota, compartida por un expositor, que describía cómo Rothbard seguía con interés los últimos marcadores de los torneos de baloncesto, mostrando un lado mundano y afable. Además, se mencionó que tenía la costumbre de asistir a conferencias sobre temas y disciplinas ajenas a la economía o la teoría política, algo que no representaba un obstáculo para él. Solía escuchar un par de ponencias, tomar todos los textos que se estuvieran discutiendo y llevarlos a casa para leerlos con detenimiento. Este comportamiento refleja su insaciable curiosidad y su constante búsqueda de conocimiento, características que definieron tanto su personalidad como su legado intelectual.

Tomando cerveza

Todo esto nos revela el carácter de Rothbard: un hombre con gustos mundanos, posiblemente similares a los nuestros, dispuesto a compartirlos entre risas y chistes, tomándose con nosotros una cerveza, relatando anécdotas llenas de espontaneidad y calidez. Sin embargo, también era capaz de transformarse en un combativo pugilista intelectual, dispuesto a desplegar argumentos de la más alta fineza y rigor, sin reservas, para erradicar, como si usara un lanzallamas, cualquier confusión o error conceptual. Rothbard encarnaba al profesor ideal, el mentor que habría querido tener, pero que el destino no me permitió conocer.

Siendo que solo lo conozco indirectamente, mal hacía dedicándole este breve texto a su carácter. Le dejaré eso a quienes tuvieron el privilegio de haberlo conocido directamente como amigo, colega o profesor. Me resta, entonces, dedicarle este esfuerzo a su obra y, concretamente, a lo que ha significado para mí.

Reflexión malagradecida

La obra de Rothbard, compuesta por cientos de artículos y más de 20 libros sobre teoría política, economía e historia, es difícil de resumir brevemente debido a su magnitud y profundidad. Personalmente, gran parte de su producción ha sido de una relevancia excepcional para mí. Con Man, Economy, and State, avancé y profundicé mis conocimientos adquiridos al leer Acción Humana de Ludwig von Mises, un libro que releo constantemente. Power and Market es una referencia clave que utilizo como guía en mi curso de Derecho Económico. Por medio de The Ethics of Liberty, descubrí una ética basada en principios libertarios y en el derecho natural, lo que me llevó a adoptar el libertarismo y, en particular, el anarco-capitalismo.

Con What Has Government Done to Our Money?, entendí la naturaleza maliciosa de la expansión artificial y fraudulenta de la oferta monetaria promovida por los bancos centrales. Finalmente, gracias a An Austrian Perspective on the History of Economic Thought, me encontré con el mejor recuento histórico del pensamiento económico que jamás haya leído. Esta obra moldeó mi interpretación de la ciencia económica como una lucha entre dos escuelas de pensamiento opuestas: la Escuela Austriaca de Economía y el resto.

Un profundo agradecimiento

Al hacer este recuento de su obra y mencionar brevemente la influencia que ha tenido en mí, surge en primer lugar el impulso de reflexionar sobre algunas discusiones que Rothbard pudo haber avanzado, pero que, al no darles prioridad, privó al mundo —y a todos nosotros, sus hijos intelectuales— de contar con su perspectiva sobre ciertos temas. Si me permitiera entretener esta idea, caprichosa y quizá injusta, podría señalar el retraso que representó su limitada atención a una teoría de la firma esencialmente austriaca, habiéndose enfocado únicamente en discutir los límites de las empresas como un problema derivado del cálculo económico. Del mismo modo, ese impulso me llevaría a reprocharle su reticencia a desarrollar una teoría robusta de eficiencia dentro del marco austriaco.

Pero no haré nada de esto en esta ocasión. En cambio, haré algo que nunca he hecho antes: expresar mi más profundo agradecimiento. Las enseñanzas que podemos extraer de la obra que nos legó Rothbard, junto con los testimonios sobre su carácter —que nos hacen lamentar no haber tenido el privilegio de conocerlo personalmente—, deben ser vistas como un gran beneficio externo, una verdadera externalidad positiva.

Gracias por la imaginación, profesor

No los tomamos como fallos del mercado —porque estos no existen—, sino como obsequios que Rothbard dejó a la humanidad, trabajando incansablemente, muchas veces en el silencio de la noche, en su búsqueda de la verdad en cada página que escribió. En particular, aprovecho esta oportunidad para agradecerle por algo en lo que he caído en cuenta recientemente —y estoy seguro de que no soy el único. A Murray N. Rothbard le agradezco profundamente por la constante exhortación, presente en toda su obra, a imaginar un mundo libre.

Como estudiante de Derecho, pronto me di cuenta de la constante intervención del Estado y todas sus agencias en la sociedad. Se me enseñaba que fuera de los límites del Estado solo existían monstruos furiosos, dispuestos a destruir la vida en todas sus formas y, especialmente, la civilización humana. Dentro del Estado todo, fuera de él nada, excepto oscuridad y ridiculización.

El decubrimiento de Murray N. Rothbard

A medida que avanzaba en la carrera, los profesores que encontraba reforzaban la idea de que la única fuente de orden y prosperidad era el Estado. Y ridiculizaban cualquier alternativa al estatismo. En ese momento, no tenía las herramientas teóricas ni el marco conceptual para sostener mi intuición de que algo no estaba bien. Sin embargo, tras leer The Ethics of Liberty, me encontré con su otro libro, For a New Liberty, donde Rothbard expone de manera clara y sencilla los principios del libertarismo y propone una alternativa radical al Estado y sus políticas coercitivas.

Lejos de conceder un ápice a posiciones conservadoras o estatistas, Rothbard aprovechó la única oportunidad de su vida para ofrecernos el paquete completo del libertarismo en su máxima expresión. Con esta obra, nos presenta no la reducción del Estado, ni la eliminación parcial de algunas de sus agencias, sino su eliminación total y desde la raíz. No nos propone un enfoque de asignación de derechos de propiedad con fines de eficiencia, sino la devolución al mercado libre de toda la producción, incluida la de los servicios de defensa de la propiedad. Y no aboga por reducir el Estado de bienestar, sino por su total eliminación. Con For a New Liberty, y con toda su obra en general, Rothbard no nos ofrece soluciones transicionales ni medidas intermedias, sino que nos presenta una visión de lo que podría ser la libertad, mostrando cómo se vería un mundo verdaderamente libre.

La justicia

Una de las grandes obsesiones de mi vida ha sido la producción privada del servicio de justicia. Y, en este ámbito, Rothbard ofrece una descripción fascinante de un sistema judicial en una sociedad libertaria. En su visión, las cortes son entidades privadas y competitivas, libres del monopolio estatal. Bajo este modelo, las disputas se resuelven de manera voluntaria, con las partes en conflicto eligiendo de mutuo acuerdo una corte o un árbitro para decidir el caso, fundamentándose en el consentimiento y evitando cualquier forma de coerción. Estas cortes aplican normas y principios jurídicos aceptados por la comunidad, alineados con los derechos de propiedad y la libertad individual, centrándose principalmente en la restitución a la víctima en lugar de imponer castigos estatales.

La competencia entre múltiples cortes no sólo fomenta la eficiencia y la calidad en la prestación de servicios judiciales, sino que también elimina los incentivos para el abuso de poder y promueve la innovación en la resolución de conflictos. Permite a los individuos elegir y cambiar de proveedor si consideran que una corte no es imparcial o adecuada. Este enfoque, profundamente arraigado en los principios libertarios, ofrece una alternativa revolucionaria a los sistemas tradicionales de justicia estatal.

Una visión de un mundo libre

Rothbard, a partir de su profunda y clara comprensión de los principios del libertarismo, solo puede ofrecernos una imagen de lo que podría ser el resultado del concierto de acciones libres de los individuos. Esto se debe a que nadie puede predecir con precisión cómo funcionaría el mercado libre en la producción de cualquier bien o servicio, ya sea pan, decisiones judiciales o el uso legítimo de la fuerza. Esa labor corresponde al empresario, quien, guiado por la información transmitida por el sistema de precios, ejerce su juicio, asume riesgos y enfrenta la posibilidad de pérdidas o ganancias.

Aunque eso es lo único que Rothbard puede hacer, al igual que cualquiera de nosotros, su logro radica en brindarnos una visión de un mundo libre a través de lo que imaginó sería dicho mundo. Esa imaginación, aunque sólidamente fundamentada en primeros principios y en un sistema de intercambios voluntarios, no deja de ser una proyección idealista que nos entrega a través de su obra, invitándonos a reflexionar sobre el potencial de la libertad.

Ciencia, no ficción, sobre una realidad posible

La ciencia ficción se distingue por ofrecernos imágenes de posibilidades que, aunque científicas y prácticamente plausibles, aún no se han materializado debido a la ausencia de las condiciones necesarias. De manera similar, lo que imaginó Julio Verne en De la Tierra a la Luna se convirtió en una idea que la mente humana utilizó para moldear el mundo, transformando lo imaginado en los viajes espaciales que hoy conocemos, como los proyectos de Elon Musk. Del mismo modo, aunque el trabajo de Rothbard está lejos de ser ciencia ficción, sus visiones podrían llegar a ser la base sobre la cual la humanidad, utilizando la razón y la acción libre, transforme lo dado en lo que sería un mundo verdaderamente libre.

Por esta razón, estoy profundamente agradecido con Rothbard: por haber sembrado en mi mente la imagen de un mundo libre y haber encendido en mí el afán de construir y proponer continuamente ideas para dar forma a esa visión. Él no solo nos dejó un conjunto de principios y argumentos sólidos, sino también una invitación constante a imaginar lo que la humanidad puede alcanzar cuando se guía por la libertad. Estas propuestas, aunque sujetas a las preferencias y decisiones de los hombres libres en el futuro, tienen el poder de transformar el mundo tal como lo conocemos.

Rothbard no solo fue un pensador, sino un soñador que, con su obra, nos legó una hoja de ruta para explorar los vastos horizontes de la libertad. Al terminar estas reflexiones, solo puedo agradecerle por recordarnos que la verdadera transformación comienza con la imaginación de lo posible, y que cada uno de nosotros tiene el poder de contribuir a esa visión, paso a paso, en la construcción de un mundo realmente libre.

Ver también

Polémicas sobre Rothbard: historia, epistemología, órdenes espontáneos, dinero, ética y sectarismo. (Adrián Ravier).

10 mitos sobre Murray Rothbard. (Adolfo Lozano).

Rothbard: anatomía del Estado. (Daniel Monena Vitón).

¿Es el crecimiento económico finito? El pesimismo entrópico de Georgescu-Roegen

Artículo publicado originalmente en la Revista Ágora Perene

La teoría del decrecimiento, defendida por los partidarios del ecologismo radical de la Deep Ecology, presenta una crítica contundente a las tesis de la economía tradicional de crecimiento económico ilimitado y lineal, una crítica que resuena en la sociedad en general. ¿Tienen razón sobre la naturaleza finita del crecimiento? ¿Nos dirigiremos, en el futuro, a un agotamiento catastrófico de las capacidades productivas? La ley físico-termodinámica de la entropía, con su paradigma de declive energético gradual de la naturaleza, constituye un serio desafío al optimismo económico liberal y a su ideal de prosperidad material humana. Esta idea sería incorporada por primera vez a la ciencia económica en la década de 1970, con el advenimiento de la bioeconomía del economista rumano Nicholas Georgescu-Roegen, el principal inspirador del movimiento del decrecimiento.

Introducción

El filósofo alemán Friedrich Nietzsche describió al hombre con la imagen metafórica de un ser creador y destructor, semejante a una llama:
“¡Sí! Sé de dónde vengo,
Nunca saciado, como un fuego, resplandeciente, yo mismo consumo.
Todo lo que agarro y toco hace luz,
Todo lo que dejo atrás son cenizas,
Ciertamente, llama es lo que soy.”

Esta imagen del hombre como productor de luz y muerte por el toque refleja claramente la idea prometeica de un ser explorador y dominador de la naturaleza. En contraposición a esta imagen prometeica, un filósofo alemán posterior, Martin Heidegger, instó al hombre a ser el “pastor de la tierra”, a aceptar su humilde papel como parte del mundo, evitando la tecnología, la dominación y el papel de explorador (Bramwell, 1989).

La metáfora del Hombre Prometeico y del Hombre Pastor, presentes en Nietzsche y Heidegger, respectivamente, refleja dos concepciones antagónicas del hombre y su relación con el mundo, con importantes manifestaciones en el pensamiento humano, literario y científico, a lo largo de la historia.

El hombre pastor

La idea del Hombre Pastor comparte muchas similitudes con el ideal estético y ético de la vida tradicional defendida por muchos poetas y escritores ligados a un romanticismo nostálgico, aristocrático y conservador. Esta visión, a diferencia de lo que se afirma con frecuencia en el sentido común, de ninguna manera contradice el liberalismo económico, siendo fácilmente aceptada por economistas de línea ordoliberal, como el alemán Wilhelm Röpke.

Esta visión orgánica de la economía, que une las necesidades del hombre y de la naturaleza, pone de relieve un tema importante que no debe ser condenado ni negado per se, bajo el riesgo de incurrir en una epistemología autista y alienante de la realidad.

Sin embargo, debe notarse que esta visión bucólica y nostálgica del Hombre Pastor, de base cultural, se convertiría en blanco de fuertes manipulaciones y apropiaciones políticas en las últimas décadas por ciertos grupos con ideologías marcadas por el extremo zelotismo ambiental y sectario.

Ecologismo profundo

Un ejemplo claro de este tipo de ideología es la tesis del decrecimiento económico, que ha ido ganando terreno entre los partidarios del ecologismo radical en las últimas décadas, sobre todo en la corriente conocida como Deep Ecology, especialmente en los países desarrollados. Esta tesis aboga por el decrecimiento y políticas activas de desindustrialización, desinversiones y reducción drástica del consumo. Argumenta basándose en la finitud de los recursos energéticos y pone en cuestión importantes avances de la civilización proporcionados por la Revolución Industrial, así como las mejoras en el estándar de vida material de las masas en los últimos siglos.

La teoría del decrecimiento presenta una crítica contundente a las tesis de la economía tradicional de crecimiento económico ilimitado y lineal, una crítica que no se limita a su círculo inmediato de defensores, sino que resuena en la sociedad en general, haciéndose muy presente en los discursos de importantes liderazgos ambientalistas globales, como Greta Thunberg.

Toda ideología, por más caricaturesca que sea al representar la realidad, necesita estar anclada, aunque sea parcialmente, en alguna verdad para existir socialmente. Detrás de la tesis del decrecimiento, hay una verdad profundamente incómoda, cuya negación por parte de los críticos puede llevar a la apología de un extremo opuesto igualmente distorsionado y parcial.

Esta verdad tiene que ver con la creencia en el crecimiento infinito y en la disponibilidad ilimitada de recursos para sustentar el proceso económico. Surge entonces una reflexión inevitable: ¿la producción humana tendrá realmente un límite? ¿Nos dirigiremos, en el futuro, a un agotamiento catastrófico de las capacidades productivas? ¿O la tecnología será capaz de superar la escasez de recursos energéticos y físicos?

Las limitaciones epistemológicas de la economía neoclásica

Es precisamente aquí donde se encuentra la mayor debilidad argumentativa de los críticos a la tesis del decrecimiento. Hay que reconocer que la economía mainstream, con todo su aparato positivista y jerga técnica especializada, aún no ha logrado presentar una respuesta teórica satisfactoria al problema de la finitud de los recursos. Desde 1870, con el surgimiento de la ciencia económica neoclásica, los economistas (con algunas excepciones notables) parecían creer que el crecimiento económico era sostenible indefinidamente y que los recursos naturales eran inagotables, sustentados por una epistemología newtoniana y mecanicista de la realidad natural, que no concuerda con los avances teóricos posteriores de la física.

En este sentido, la mayor limitación de la ciencia económica neoclásica fue su incapacidad para conciliar su optimismo con los nuevos descubrimientos ocurridos en el campo de las ciencias biológicas y físicas en el siglo XIX, como la ley de la entropía de la termodinámica, cada vez más pesimistas respecto a la posibilidad de generación infinita de energía y la continuidad de la vida natural en el futuro.

Este desajuste entre el optimismo económico y el pesimismo de las ciencias biofísicas se manifestaría de manera más clara a lo largo del siglo XX. Desde la década de 1970, y con el objetivo de llenar este vacío, comenzaría a establecerse una serie de nuevos paradigmas vinculados al medio ambiente en la economía mainstream, cuestionando la idea de crecimiento indefinido y lineal y utilizando el aparato teórico de las ciencias naturales.

Bioeconomía

Estos nuevos paradigmas, impulsados por el avance de las ideas ecologistas entre las décadas de 1960 y 1970, variaban desde posiciones moderadas a favor de la conservación y el crecimiento gestionado de los recursos —como los defensores de la tesis del “desarrollo sostenible”— hasta posiciones radicales de la Deep Ecology, que rechazan explícitamente el crecimiento económico y se muestran contrarias a la posibilidad de cualquier sistema económico autosostenible (Pearce y Turner, 1989).

La teoría de la bioeconomía, formulada por el economista rumano Nicholas Georgescu-Roegen, fue claramente una fuente de inspiración para la mayoría de los partidarios del decrecimiento, aunque el autor no fue, él mismo, un defensor directo del movimiento (Missemer, 2017). Su principal obra, expuesta en The Entropy Law and the Economic Process (1971), presenta la economía como un subsistema integrado a un sistema bioeconómico global.

Esto lleva a la idea de que la economía está regida por un proceso dinámico de producción, circulación y distribución de bienes y residuos, semejante al existente en el subsistema biológico evolutivo —un sistema limitado en términos energéticos y materiales y en continuo decaimiento a largo plazo, regido por la Ley de la Entropía.

La bioeconomía entrópica de Nicholas Georgescu-Roegen

El modelo entrópico del economista rumano Georgescu-Roegen fue profundamente influenciado por las teorías alemanas de la energética social del siglo XIX, que integrarían la biofísica en la explicación de los procesos económicos de producción, trabajo y consumo. También fue fuertemente influenciado por el institucionalismo y la economía evolutiva del austriaco Schumpeter, a través de la visión de cambios dinámicos cualitativos en los métodos de producción económica. Sus ideas de una economía evolutiva, sin equilibrio estático y antimecanicista, encuentran paralelismos con la concepción dinámica del proceso económico de la Escuela Austriaca de Economía de Carl Menger, Bohm-Bawerk y Ludwig von Mises.

Las ideas fundamentales de su teoría fueron presentadas entre las décadas de 1930 y 1940, a partir de sus trabajos en la economía agraria y en la crítica a la teoría del consumidor y a la función de producción neoclásica (Heinzel, 2013). Georgescu, durante los años 1930, tuvo contacto con economistas de Harvard, donde se convirtió en discípulo de Schumpeter, y desarrolló estudios sobre la temática de la economía neoclásica. Su teoría de la bioeconomía tuvo sus primeras ideas formuladas en ese período, influenciada por sus experiencias con la vida económica campesina al regresar a Rumanía, en los años 1940 (Goudy y Mesner, 1998).

The entropy law and the economic process

En The Entropy Law and the Economic Process (1971), Georgescu-Roegen contribuyó con la incorporación del modelo teórico de la termodinámica física en el análisis económico, siendo más conocido por el uso de la Ley de la Entropía, la Segunda Ley de la Termodinámica. Esta ley es descrita por Georgescu como “la más económica de todas las leyes naturales” y “la raíz principal de la escasez económica”.

Georgescu, basándose en la ley termodinámica de la entropía y crítico del modelo económico neoclásico heredado del mecanicismo de la física clásica, estableció el modelo de la bioeconomía. Este modelo consiste en un marco teórico dinámico para la economía, que propone que la energía física contiene un stock natural finito, lo que impone restricciones al crecimiento económico.

La bioeconomía de Georgescu-Roegen, al enfatizar la finitud física no solo de la materia, sino también de la energía, marca una ruptura categórica con el modelo estándar y mecánico de la economía de autorreproducción (Miernyk, 1990). El modelo tradicional de flujo circular, promovido desde el siglo XVIII por los fisiócratas franceses y en los siglos XIX y XX por los modelos teóricos neoclásicos de Leon Walras y Gustav Cassel, se caracteriza por un movimiento perpetuo, en el que el consumo va en una dirección y la producción en otra, alcanzando un punto de equilibrio.

El aumento de la entropía

Según la teoría bioeconómica, las actividades económicas degradan acumulativamente el medio ambiente con el tiempo (aumentando la entropía, de acuerdo con las leyes de la termodinámica) y los cambios ambientales alteran, a su vez, el proceso económico. La economía de la biosfera es un sistema cerrado en el cual la entropía aumenta continuamente (e irrevocablemente) hasta un máximo: la energía disponible se transforma continuamente en energía no disponible, hasta que desaparezca por completo.

El proceso económico es la producción de entropía y se opone al movimiento perpetuo de la teoría estándar. La materia está sujeta a la misma degradación que la energía, a través de un fenómeno acumulativo. La conclusión ineludible de estos postulados es que el sistema económico global tiene un ciclo de vida similar al de un organismo vivo (Bobulescu, 2012).

Cuerpos endosomáticos vs exosomáticos

La bioeconomía también establece que el sistema económico está regido por una dinámica evolutiva similar a la existente en el sistema biológico. Georgescu-Roegen postuló que el proceso económico es una extensión de la evolución biológica, al distinguir entre cuerpos endosomáticos y exosomáticos. El cuerpo somático de todo ser biológico está dotado de órganos endosomáticos naturales. La especie humana agrega y complementa los cuerpos endosomáticos de la biología al crear herramientas, máquinas e instrumentos externos, que se convierten en órganos exosomáticos.

Los cambios evolutivos, incluidos los exosomáticos, son de naturaleza cualitativa, y todas las entidades afectadas por un cambio cualitativo son necesariamente dialécticas.

Conceptos aritmórficos vs dialécticos

Georgescu distinguió entre conceptos matemáticos (aritmórficos) y lingüísticos (dialécticos), lo que le permitió abordar importantes construcciones teóricas. Los conceptos aritmórficos se definen por su distinción discreta entre números individuales en un continuo aritmético, que, por lo tanto, nunca se sobreponen. En contraste, en los conceptos dialécticos no hay separación discreta entre ellos. Están separados de sus opuestos por una “penumbra dialéctica”. Por ejemplo, viejo y joven son conceptos dialécticos. Un niño será un anciano cuando tenga 90 años, pero nadie puede decir con certeza cuándo envejecerá (Bobulescu, 2012).

Al enfatizar la naturaleza dialéctica de los conceptos económicos, Georgescu consideró que el proceso económico está caracterizado por una discontinuidad lógica, por cambios y desequilibrios históricos que requieren un enfoque diferente al cálculo marginal cuantitativo neoclásico (Heinzel, 2013).

Crítica a la matematización de la economía

Las críticas de Georgescu al supuesto de integrabilidad matemática en la economía lo llevaron a establecer objeciones a la teoría de decisión racional microeconómica, señalando una limitación intrínseca de la teoría del consumidor (Zamagni, 1999). Demostró que las curvas integrales de la ecuación diferencial que representan la condición de equilibrio del consumidor no corresponden necesariamente al mapa de indiferencia del consumidor. Por lo tanto, la realidad observable de las elecciones y preferencias de los consumidores no sigue obligatoriamente los axiomas del comportamiento del consumidor, como la utilidad marginal decreciente.

A partir de sus experiencias con la economía agrícola en Rumanía, Georgescu concluyó que el modelo económico estándar, en el que el consumidor o productor funciona como en el equilibrio walrasiano, no puede coincidir con la economía agraria. La inercia social y el principio de subsistencia en las zonas rurales superpobladas se oponen al modelo hedonista de consumo en las ciudades. Las instituciones agrícolas no se ajustaban al principio cuantitativo de maximización de beneficios (Heinzel, 2013).

Su ataque contundente contra las funciones de producción neoclásicas (como la de Cobb-Douglas) afirma que estas funciones son construcciones matemáticas que contradicen las leyes físicas. Georgescu-Roegen se apartó radicalmente del análisis convencional y construyó un modelo de flujo de fondos del proceso de producción basado en los recursos naturales, en el cual la “producción” corresponde a un proceso de transformación. Los recursos (flujos) se transforman en productos y residuos. El trabajo y el capital son agentes de transformación (fondos) que permiten esta transformación. Durante este proceso de producción-transformación, la entropía aumenta (Georgescu-Roegen, 1971).

Continuidad con Schumpeter

En resumen, Georgescu-Roegen llenó importantes lagunas dejadas por la economía neoclásica al incorporar las ciencias biológicas en el análisis de la dinámica económica. Georgescu considera que la economía sigue un proceso evolutivo regido por las leyes de la termodinámica. Este proceso tiene una importante dimensión cualitativa, que no puede ser capturada por el instrumental económico tradicional, centrado en variaciones “marginales” numéricas.

Especialmente al demostrar la necesaria interrelación entre la actividad económica y el medio ambiente natural, Georgescu destacó la omnipresencia e inevitabilidad de los problemas y limitaciones ambientales asociados a cualquier actividad económica. En varios trabajos importantes, se percibe una continuidad con la teoría institucionalista y evolucionista de Schumpeter, siguiendo particularmente la preocupación central de su maestro con el tema de la evolución y con la metodología (Heinzel, 2013).

Aunque Georgescu-Roegen no lo defendió, la introducción de la ley de la entropía en el análisis económico influiría en el surgimiento del movimiento de decrecimiento económico a partir de los años 70. Este movimiento ecológico adoptaría una postura radical respecto al proceso productivo actual, yendo más allá de las tesis habituales de estacionariedad económica y limitación del consumo, al abogar por una política de continua desindustrialización, desinversiones y reducción del PIB, con el objetivo de retardar el proceso de decaimiento energético natural provocado por el crecimiento entrópico.

Un modelo dinámico y cualitativo frente al mecanicismo neoclásico

Algunos autores consideran que el propio movimiento de decrecimiento distorsionó la teoría bioeconómica de Georgescu, al asumir una epistemología que no la representa exactamente. Esto ocurre al defender una postura de reducción cuantitativa del nivel de actividad y de control “mecanicista” de la economía, una posición incompatible con el modelo dinámico evolucionista y cualitativo de la bioeconomía (Missemer, 2017). Más correcto sería hablar de una postura de “acrecimiento” de la bioeconomía que de un “decrecimiento” inducido por planes de control estatal sobre la actividad. Esta visión de acrecimiento sería más coherente con una teoría que guarda similitudes con la epistemología antimecanicista de la Escuela Austríaca de Economía, que influiría en Schumpeter y Georgescu.

Aún así, debe considerarse, por último, que la bioeconomía entrópica de Georgescu y su paradigma del declive energético gradual de la naturaleza constituyen un gran obstáculo para la teoría económica neoclásica convencional y su modelo estático mecanicista, además de exponer serios desafíos al optimismo económico liberal y su ideal de prosperidad material humana.

Bibliografía

Bobulescu, R. (2012). The making of a schumpeterian economist: Nicholas georgescu-roegen. The European Journal of the History of Economic Thought, 19(4), 625-651.

Bramwell, A. (1990). Ecology in the twentieth century: A history. Journal of the History of Biology, 23(3)

Georgescu-Roegen, N. (1971). The entropy law and the economic process Harvard university press.

Gowdy, J., & Mesner, S. (1998). The evolution of Georgescu-Roegen’s bioeconomics. Review of Social Economy, 56(2), 136-156.

Heinzel, C. (2013). Schumpeter and georgescu-roegen on the foundations of an evolutionary analysis. Cambridge Journal of Economics, 37(2), 251-271.

Miernyk, W.H. (1990). A mind ahead of its time. Libertas Mathematica, 10: 5–20. Reprinted in Georgescu-Roegen (1996: 183–93).

Missemer, A. (2017). Nicholas Georgescu-Roegen and degrowth. The European Journal of the History of Economic Thought24(3), 493-506.

Pearce, D. W., & Turner, R. K. (1989). Economics of natural resources and the environment Johns Hopkins University Press.

Zamagni, S. (1999). Georgescu-roegen on consumer theory: An assessment. Bioeconomics and Sustainability: Essays in Honor of Nicholas Georgescu-Roegen, 103-124.

Maduro: gobierno de facto / juicios de facto

Así como Nicolás Maduro mantiene un gobierno de facto, luego del írrito y fraudulento acto mediante el cual simuló juramentarse el pasado 10 de enero de 2025, habiendo perdido penosamente las elecciones presidenciales del 28 de julio de 2024, de la misma forma, el sistema de justicia venezolano ya no realiza procesos judiciales orientados por los derechos a la tutela judicial efectiva y al debido proceso (artículos 26 y 49 de la Constitución, respectivamente), con el objeto de aplicar el Derecho; sino que, todos los integrantes de dicho sistema (jueces, fiscales, defensores públicos, funcionarios policiales), ahora realizan -simple y llanamente- juicios de facto.

En efecto, los derechos y garantías constitucionales que guardan relación con los procesos judiciales -en especial, los procesos penales seguidos por motivos políticos- son una pura ilusión. Partiendo de tipos abiertos como los previstos en la Ley Contra el Crimen Organizado y Financiamiento al Terrorismo, la Ley Contra el Odio, o Ley contra el Fascismo, prácticamente cualquier conducta que a juicio del régimen madurista sea contraria a sus intereses, resulta que es terrorista, fascista o fomenta el odio. Dichas leyes, por cierto, aparte de ser abiertamente inconstitucionales y contrarias a los tratados internacionales en materia de derechos humanos, son un desvío de la aplicación del Código Penal y el Código Orgánico Procesal Penal, normas más transparentes, con tipos más claros, y con un procedimiento -en líneas gruesas- más garantista.

Secuestros y torturas

Y luego, por supuesto, viene la aplicación como tal de estos “monumentos legales”. En la Venezuela de Maduro, se puede secuestrar a una persona en la calle (sin flagrancia, sin orden de captura), por funcionarios vistiendo capuchas. Luego “ruletean” (i.e. -en la jerga venezolana- llevan de un lugar a otro) al detenido, sin conocimiento de sus familiares y/o allegados. El plazo constitucional de 48 horas para detenciones preventivas no se aplica y, llegado el caso, lo que tienen lugar son audiencias judiciales express, muchas veces ante tribunales incompetentes en zonas distantes, que, luego, terminan declinando la competencia en otro tribunal (todo con el propósito de “cumplir” con la presentación judicial del detenido). Dichas audiencias suelen celebrarse a altas horas de la noche, o fines de semana incluso, sin testigos, sin posibilidad de designar abogado de la confianza del reo. Puros y simples paredones judiciales.

Para finalmente llegar a los centros de reclusión: antros inseguros e insalubres, donde mezclan a presos políticos con presos comunes. Donde no hay comida, ni derecho a recibir visitas. Y- lo más destacado de la Era Maduro- donde se practican distintos y sofisticados métodos de tortura, siempre con un “comodín” o vía (supuestamente) escapatoria: grabar un video donde el detenido se autoinculpe.

Extorsión

Un vídeo en el que exprese que algún líder opositor le conminó a generar todo el mal en la Tierra. No olvidemos lo siguiente: mientras dura la privación de libertad, se extorsiona a presos y familiares permanentemente. Puede ser para cuestiones rutinarias como que “no les molesten” durante su reclusión, sea para lograr una excarcelación (los funcionarios del régimen tampoco son muy proclives a mantener sus promesas y hay todo incentivo posible para la corrupción y el fraude).

Grosso modo, es el juicio de facto que aplica el gobierno de facto.

Las democracias del mundo tienen el doble imperativo de ayudar a los venezolanos a detener esta pesadilla, así como de no incurrir jamás en estas prácticas abyectas en sus propios países, para no convertir su justicia también en una justicia de facto.

Ver también

La represión en la Venezuela socialista no tiene límites. (Sairam Rivas).

Crisis en Venezuela. (Miguel Anxo Bastos).

Anarcocapitalismo y los desafíos ecológicos contemporáneos (I): la gestión de la incertidumbre

La ecología de mercado (free-market environmentalism), expresión que corresponde al título original del libro de Terry L. Anderson y Donald R. Leal (1993) que es referencia obligada en este campo, ha dotado a los teóricos de la ciencia social, muy particularmente de la economía, de una más profunda y sutil comprensión de la organización y los mecanismos de autorregulación de los sistemas ecológicos, en tanto que interacción dinámica entre los grupos humanos con el medio físico y biótico.

Más allá del absoluto paralelismo en cuanto a la concepción espontánea y evolutiva de los procesos de mercado y la ciencia ecológica (véase, por ejemplo, Huerta de Soto 2020a), no son pocos los autores que han puesto en duda la capacidad de coordinación y ajuste que surge del mercado con respecto de la gestión de los elementos y recursos de la naturaleza (p. ej. Blumm 1992), un debate que resulta de especial interés a la hora de analizar la viabilidad de un eventual marco social post-estatal en el que el entorno natural haya trascendido su carácter reservado al dominio público para estar organizado basándose en un entramado policéntrico de contratos voluntarios regulados por la libre empresa y los incentivos de mercado.

Viejas y nuevas cuestiones

Inspirado en el artículo seminal de Edwin G. Dolan (1990), en este comentario y en la serie que le procede en forma de trilogía se bosquejan algunas cuestiones que, a juicio del autor, plantean los desafíos medioambientales contemporáneos en el contexto de un escenario de mercado totalmente libre de injerencia estatal: (I) la gestión de la inexorable incertidumbre práctica vinculada a las interacciones ecológicas, (II) la definición de los derechos de propiedad en relación con el entorno natural, y (III) el problema de los costes de transacción.

En aras de la brevedad, se obvian aquellos argumentos críticos vinculados con la situación de monopolio, la doctrina de las externalidades negativas, los bienes públicos y el problema de los free riders o el dilema de la equidad intergeneracional, en tanto que estos razonamientos ya han sido replicados in extenso en monográficos previos (en castellano por Huerta de Soto 2020b). También se pone de manifiesto cómo el enfoque adaptativo, evolutivo y dinámico inherente al sistema anarcocapitalista podría contribuir a circunvalar estos desafíos característicos de la modernidad, no por ello obviando la máxima que advierte que la gama y variedad de soluciones empresariales provistas por el orden espontáneo del mercado a estos problemas concretos no pueden ser determinadas ex ante.

La incertidumbre

En esta primera reseña se aborda la incertidumbre estructural que constituye el locus cœruleus de las dinámicas ecológicas, en absoluto paralelismo con los procesos espontáneos a los que responde el desarrollo económico, y se discute cómo la fuerza mercantil podría acometer estrategias de mejora en relación con el estado de la naturaleza, sobre todo en contraposición al actual marco institucional y burocrático dominado por el monopolio estatal.

Como en cualquier área compleja de la ciencia, la aparición de incertidumbres es un rasgo intrínseco de los sistemas ecológicos, concebidos como procesos de interacción dinámica y evolutiva de tipo no lineal cuya autoorganización depende de una miríada de circunstancias características de sus respectivas coordenadas de tiempo y lugar, un principio axiomático y con vocación universal que la ciencia ecológica ha bautizado como dependencia del contexto.

En efecto, la inferencia del tamaño poblacional de una especie, un estadístico demográfico relativamente “simple”, depende de las correspondientes estimaciones de parámetros como la natalidad, la mortalidad o las tasas de inmigración y emigración, descriptores de naturaleza estocástica cuyos cálculos están sujetos a una inerradicable incertidumbre práctica. A ello se le suma la naturaleza no aditiva (sinérgica o antagónica) de la infinidad de interacciones protagonizadas por los diferentes mecanismos de organización ecológica, cuya prevalencia y magnitud siguen plagando de incertidumbre empírica las proyecciones en su dimensión espacial y temporal.

La lluvia ácida

El perfeccionamiento de nuevas técnicas de modelización multivariante, como los modelos de ecuaciones estructurales o los análisis de comunalidad, por poner dos ejemplos de rutinario empleo en el campo de la ciencia ecológica, han permitido probar y estimar interacciones dinámicas a partir de parámetros estadísticos y suposiciones cualitativas sobre la causalidad entre variables, mejorando la cuantificación de los efectos directos, indirectos y sinérgicos entre los factores ambientales.

Desde el punto de vista técnico, el desarrollo y optimización de estas y otras herramientas de modelización serían claves para solucionar de manera efectiva las correspondientes agresiones a los derechos de propiedad sobre el entorno natural en una futura sociedad post-estatal, sobre todo a colación del debate que suscitó a finales del pasado siglo la valoración de los efectos directos e indirectos de la lluvia ácida sobre las aguas continentales y las masas boscosas en las Montañas Rocosas de los Estados Unidos.

Y es que la acidificación de las precipitaciones (derivada de la contaminación atmosférica por óxidos de nitrógeno y azufre) intervino como un agente impactante no lineal cuyos efectos sobre la biota se manifestaron sinérgicamente (aunque en función del contexto particular de los condicionantes ambientales característicos de cada lugar) en combinación con el ozono troposférico de las zonas periurbanas (fenómeno conocido comúnmente como smog fotoquímico) y los iones metálicos retenidos en la matriz arcillosa del suelo.

El papel de la regulación

La expeditiva respuesta política a la problemática causada por el fenómeno de la lluvia ácida al otro lado del Atlántico vino acompañada de un severo esfuerzo regulatorio que cristalizó con la aprobación de los New Perfomance Standards de la Clean Air Act (Ley del Aire Limpio) de 1977, cuyo sobrecoste anual se ha estimado en casi 80 millones de dólares al año desde la era Bush (datos extraídos del Programa Nacional de Evaluación de las Precipitaciones Ácidas), en parte por la estricta aplicación de las normas de la mejor tecnología disponible que, en lugar de fijar niveles de emisión específicos mediante la autorización de carbón más limpio y de bajo contenido en compuestos sulfurosos, obligó a los propietarios de las instalaciones térmicas a implementar sistemas de filtrado de gases más caros, menos eficientes y de muy complicada manipulación.

A todo ello se le sumó el esfuerzo de la administración federal por conseguir una drástica reducción en los niveles de emisión de los precursores químicos de la lluvia ácida sin tener en cuenta las incertidumbres inherentes en los modelos de compartimentos ambientales, obviando el desacoplamiento temporal entre la reducción de las emisiones gaseosas y la merma de las sedimentaciones ácidas en el suelo y la biota, un enfoque que infringe de facto las bases de la teoría ecológica de metasistemas al perseguir soluciones estáticas a problemas dinámicos y multidimensionales.

El papel de la libre empresa

En contraposición a la intervención sistemática y regulatoria de la administración pública, fundamentada en forzar a terceros la internalización de los efectos ambientales so pretexto de los mecanismos disciplinarios y de control político exigidos por omniscientes, benevolentes y laureados burócratas y expertos (entiéndase la ironía), las mejoras en las recetas concretas y específicas de tipo técnico e institucional legítimamente confiables a la libre empresa y al entramado de procesos espontáneos que distinguen al modelo anarcocapitalista de cualquier otra forma de organización social, conllevarían la adopción de soluciones innovadoras y descentralizadas articuladas a través de los intereses particulares e incentivos de mercado; por ejemplo, a través de la asunción de responsabilidad de los daños causados por una acción contaminante, dando lugar a un proceso negociador entre el acusado y los receptores de la contaminación (demandantes).

En efecto, bajo el paraguas del marco teórico que ofrece la ecología de mercado, una vez identificada(s) la(s) fuente(s) contaminante(s) se obligaría a los primeros a pagar por los daños causados sobre la propiedad ajena a través de indemnizaciones o interdictos según los principios y normas establecidos por los pertinentes estándares jurídicos libertarios. Este enfoque adaptativo, consustancial a la teoría general del capitalismo libertario, y que reconoce explícitamente las incertidumbres inherentes a los fenómenos naturales, resultaría compatible con los principios fundamentales que vertebran la ciencia ecológica moderna, garantizando en términos dinámicos e intertemporales la solución a los problemas medioambientales contemporáneos a través de acciones ingeniosas e imaginativas surgidas evolutiva y empresarialmente en Libertad.

Innovación

En futuras reseñas que serán publicadas en este foro de forma regular se examinarán los potenciales beneficios de la custodia privada de los recursos naturales y la biodiversidad, en especial en comparación con los modelos de gestión pública vía regulaciones administrativas, haciendo énfasis en las innovaciones técnicas necesarias para minimizar los daños generados sobre la propiedad en relación con el entorno natural, así como el surgimiento de la falacia de los costes de transacción como consecuencia inapelable de la actual deficiencia en materia de definición y defensa de los derechos de propiedad, en contraste con el diseño institucional que cabría concebir en un mercado libre de coerción estatal.

Se ruega a los amables lectores que compartan con el autor cualesquiera críticas o apreciaciones sobre este manuscrito a través de la siguiente vía de contacto institucional: jogarg@unileon.es

Bibliografía

Anderson, T. L. y Leal, D. R. (1993). Ecología de Mercado. Unión Editorial, Madrid: España.

Bengtsson, J. (2010) “Applied (meta)community ecology: diversity and ecosystem services at the intersection of local and regional processes”, en Verhoef, H. A. y Morin, P. J. (eds.) Community Ecology: Processes, Models and Applications (pp. 115-130), Oxford University Press, Oxford: Reino Unido.

Block, W. E. (1990). “Environmental Problems, Private Property Right Solutions”, en Block, W. E. (ed.) Economics and the Environment: A Reconciliation (pp. 281-332), The Fraiser Institute, Vancouver: Canadá.

Blumm, M. C. (1992). The Fallacies of the Free Market Environmentalism. Harvard Journal of Law and Public Policy, 15: 371-389.

Catford, J. A., Wilson, J. R. U., Pyšek, P., Hulme, P. E. y Duncan. (2022). Addressing context dependency in ecology. Trends in Ecology and Evolution, 37(2): 158-170.

Dolan, E. G. (1990). “Controlling Acid Rain”, en Block, W. E. (ed.) Economics and the Environment: A Reconciliation (pp. 215-232), The Fraiser Institute, Vancouver: Canadá.

Hoppe, H.-H. (2004). Monarquía, Democracia y Orden Natural. Unión Editorial, Madrid: España.

Huerta de Soto, J. (2007). Liberalismo versus Anarcocapitalismo. Procesos de Mercado: Revista Europea de Economía Política, 4(2): 13-32.

Huerta de Soto, J. (2020a). “Ecología de Mercado” en Estudios de Economía Política (pp. 217-228). Tercera Edición. Unión Editorial, Madrid: España.

Huerta de Soto, J. (2020b). “Derechos de Propiedad y Gestión Privada de los Recursos de la Naturaleza” en Estudios de Economía Política (pp. 229-249). Tercera Edición. Unión Editorial, Madrid: España.

Rothbard, M. N. (1990). “Law, Property Rights, and Air Pollution”, en Block, W. E. (ed.) Economics and the Environment: A Reconciliation (pp. 233-279), The Fraiser Institute, Vancouver: Canadá.

Urban, P., Sabo, P. y Plesník, J. (2021). How to define ecology on the basis of its current understanding? Folia Oecologica, 48(1): 1-8.

Ver también

Calentamiento cada mil quinientos años. (Antonio Gimeno).

Teoría fiscal del nivel de precios (IV): regímenes fiscales y evidencia empírica

En los tres episodios anteriores de esta serie sobre la Teoría Fiscal del Nivel de Precios (TFNP), describimos lo que considero que son los elementos esenciales de esta teoría macroeconómica. Por ello, en este artículo abordaré la prueba que toda teoría en una ciencia social debe superar: la contrastación empírica. Aunque la interpretación de dicha evidencia se incardina en un marco interpretativo determinado, sí que podemos determinar si, a priori, la TFNP guarda una mínima correspondencia con la realidad. 

Podría suceder, empero, que la evidencia empírica mostrara una presentación sesgada de la realidad económica, en solo aquellos casos donde la teoría no es falsable. En ese caso, a pesar de que en ese caso concreto existiera una correspondencia entre la TFNP y la evidencia, no podríamos afirmar que esta es una teoría adecuada y completa sobre el valor de la moneda fiat. Pero, si hay casos en los que se demuestra que la posición fiscal del gobierno guarda relación con el valor del dinero fiat, ¿no debería conformar esto una ley económica irrevocable? Lo cierto es que, para comprobar la TFNP empíricamente, deberemos articular una teoría que demuestre que esta es válida en todos los regímenes fiscales que pueden existir bajo un patrón fiat. 

Regímenes fiscales ricardianos y no ricardianos

En las teorías macroeconómicas convencionales, solemos distinguir entre regímenes fiscales ricardianos, bajo el que el gobierno otorga a una determinada cantidad de moneda fiat la capacidad de anular obligaciones tributarias nominales; y el no ricardiano, en el que las obligaciones tributarias se referencian a un porcentaje determinado de la producción de un agente económico. Si describiéramos el valor de la moneda fiat de forma algebraica, y asumiendo que la única fuente de la demanda monetaria son las obligaciones tributarias, en Rallo (2017) obtenemos:

A black text on a white background

Description automatically generated

En este modelo simplificado obtenemos conclusiones similares a las que llegamos con el modelo intertemporal de la TFNP, a saber, que la oferta de unidades de moneda fiat  (M) es igual al valor descontado por el factor estocástico m de las obligaciones tributarias reales –el producto del tipo efectivo T, el vector de mercancías Q producidas en t+j y el nivel de precios P de ese período. En los regímenes ricardianos, los tipos efectivos se incrementan proporcionalmente con la inflación. Y, dado que la producción nominal de mercancías (P*Q) y el factor estocástico de descuento se encuentran exógenamente dados en este modelo, entonces el nivel de precios se encontrará determinado por la política fiscal (T) y monetaria (M) del Estado (Ibidem). 

TFNP: ¿limitada a regímenes no ricardianos?

Una de las objeciones más comunes a la Teoría Fiscal del Nivel de Precios es que solo es capaz de explicar el nivel de precios en regímenes no ricardianos. Cuando los tipos impositivos no varían proporcionalmente junto al nivel de precios, entonces se podrían dar infinitas combinaciones de T*P*Q –a la postre, la obligación tributaria nominal. A priori, podríamos pensar que existiría una indeterminación del nivel de precios con respecto a la política fiscal del Estado. Con todo, hemos de tener en cuenta que toda obligación tributaria nominal contiene una sanción en el caso de que la obligación tributaria no se cumpla. Por tanto, no diríamos que el nivel de precios viene determinado por {M, m, T*Q}, sino por {M, m, s} (Ibidem), siendo s la sanción real por obligación tributaria impagada. De ahí que, en cualquier tipo de régimen fiscal, la política fiscal, junto a la política monetaria, sí determina el nivel de precios. 

Más en concreto, lo que nos estamos planteando aquí es si la validez del modelo intertemporal que construimos en la segunda entrega de esta serie recae enteramente sobre el tipo de régimen fiscal de una economía:

Diagrama, Esquemático

Descripción generada automáticamente

Como sucede con la formación del precio de cualquier activo financiero, la capacidad de repago del emisor siempre va a jugar un papel esencial. De ahí que esta identidad se cumpla en cualquier economía donde la unidad de cuenta la constituya una moneda fiat, siendo esta una deuda más del Estado. En suma, tal y como muestra la ecuación cuantitativa del dinero, el nivel de precios puede venir determinado por factores relacionados con la demanda de dinero (k), la oferta monetaria (M) o la producción de mercancías (Q) en una economía. Si consideramos que los factores reales son total o parcialmente exógenos, entonces solo nos queda pensar que {M, k} determinarán el nivel de precios. Y, como vimos en el artículo anterior de esta serie, las variaciones en estas variables surgen de las interacciones entre la política fiscal y monetaria:

A mathematical equation with symbols

Description automatically generated with medium confidence

El peso que tendrá cada uno de estos dos ámbitos a la hora de determinar el nivel de precios dependerá, en su mayor parte, de las políticas que escoja el gobierno en cada caso –por evitar complejidades innecesarias, supondremos que la política monetaria la emprende un banco central independiente, mientras que la fiscal la establece el Tesoro. Si este último decide llevar a cabo una política fiscal pasiva –en la que los superávits primarios reaccionan en proporción 1:1 con la inflación–, entonces la política monetaria determinará el nivel de precios: decidirá cuál de todas las combinaciones de M y P acabará prevaleciendo. Lo contrario sucederá si el banco central instaura los tipos de interés de acorde a la tasa de inflación interanual: la política fiscal acabará determinando el nivel de precios por la lógica establecida previamente. Lo anterior no significa, empero, que la política monetaria en el primer caso y la fiscal en el segundo no influencien el nivel de precios. Cuando afirmamos que una de las dos determina el nivel de precios nos referimos a que, cuando una de las dos reacciona pasivamente al nivel de precios, es la otra la que lo estipula.

Mientras que la realidad es infinitamente más compleja que el experimento mental anterior, resulta ciertamente útil para entender que, pese a la correlación de fuerzas entre la política fiscal y monetaria, ambas influyen en el nivel de precios y que, por consiguiente, el Tesoro tiene un papel esencial en este proceso, aunque no en todos los casos determina el nivel de precios si se decide perseguir una política fiscal pasiva. 

Evidencia empírica

Inicialmente, la teoría expuesta en los últimos artículos podría hacernos llegar a pensar que debería existir una correlación entre los superávits –o déficits– públicos y el nivel general de precios. No obstante, una vez observamos los datos de los últimos cuarenta años en Estados Unidos, no observamos dicha correlación entre las variables:

A graph of a graph showing the growth of the company's stock market

Description automatically generated with medium confidence

Mientras que se aprecian episodios de estímulo fiscal que vienen seguidos de episodios inflacionarios –como sucedió en 2020–, esta relación no se cumple en la mayoría de la serie temporal. Al fin y al cabo, ya explicamos con el modelo intertemporal que la valoración de los pasivos estatales no varía junto a cambios puntuales en los superávits primarios, sino junto a cambios estructurales de las expectativas de los agentes económicos respecto al flujo de superávits esperados en el período de tiempo relevante en la acción.

Historias fiscales: la inflación de los 70

En su artículo Fiscal Histories (2022), John H. Cochrane nos propone un marco interpretativo para analizar estas series temporales en base a la TFNP. Sobre la inflación de los años 70, Cochrane desafía el relato convencional, en base al cual fue la política monetaria la que terminó con esta. Sin mayor análisis, los datos secundarían esta tesis: cuando el tipo de interés del banco central supera a la tasa interanual de inflación –dicho de otro modo, cuando los tipos de interés reales aumentan–, entonces la tasa de inflación se acaba controlando. Esta es la lección que extraemos de la célebre regla de Taylor (1993).

Los teóricos de la Teoría Fiscal del Nivel de Precios no niegan el papel que tiene la política monetaria en el control de la inflación, sino que enfatizan que el déficit primario en 1975, alcanzando máximos históricos desde la Segunda Guerra Mundial, junto a una desconfianza hacia la solvencia de Estados Unidos tras la ruptura del sistema de Bretton Woods (Cochrane, 2022), agravó la inflación durante ese proceso. Del mismo modo, la inflación de los setenta no concluyó exclusivamente gracias a la política monetaria de la Reserva Federal, sino gracias a una concatenación de reformas monetaria, fiscal y microeconómica (Ibidem). En el ámbito monetario, ya hemos explicado el papel de la regla de Taylor; en el fiscal, la economía norteamericana recuperó los superávits primarios, compensando la pérdida de confianza por parte de los tenedores de deuda gubernamental; y, finalmente, en el aspecto microeconómico, la política desregulatoria de Carter seguida por Reagan provocó un crecimiento económico que alivió la situación fiscal del gobierno y también impulsó la demanda de dólares.

La pregunta que nos debemos hacer en todos estos episodios es si la política fiscal fue una condición necesaria para reducir la inflación. En este caso, podemos atender a la evidencia que presenta Christopher A. Sims (2011) en su artículo Stepping on a rake:  the role of fiscal policy in the inflation of 1970s. Para Sims, y de acuerdo con la TFNP, una subida de los tipos de interés reduce la inflación a corto plazo, pero la incrementa de forma persistente debido a los mayores gastos en intereses. Para evitar que esto se traduzca en superávits primarios menores en el futuro, será necesario, como mínimo, mejorar la posición fiscal del gobierno. Y esto es, según Sims, la razón por la que tal y como ocurrió en este episodio inflacionario, “la política fiscal puede ser una fuente primaria de cambios en la tasa de inflación” (Ibidem). 

Estímulos fiscales e inflación pospandémica

Un caso distinto al de la inflación de los años setenta es el de la inflación pospandémica, en el que las tasas interanuales de inflación alcanzaron máximos en décadas. Este caso es especialmente ilustrativo porque, al contrario que en el caso anterior –que podríamos calificar de un problema de expectativas–, en este nos encontramos ante un estímulo fiscal evidente, es decir, un shock fiscal que provoca un episodio inflacionario en el muy corto plazo. 

Para la TFNP, los estímulos fiscales no son necesariamente inflacionarios:  si los agentes económicos esperan que la deuda emitida en el estímulo fiscal va a ser amortizada mediante superávits primarios futuros, entonces este estímulo no generaría inflación. Utilizando el modelo intertemporal (Cochrane, 2023):

A mathematical equation with numbers and symbols

Description automatically generated

Nótese que, tal y como estábamos exponiendo, el cambio en la inflación no esperada sucede siempre y cuando tenga lugar un cambio estructural en las expectativas de superávits primarios por parte de los agentes. Esto tiene una clara explicación desde la liquidez de los pasivos estatales: si las expectativas sobre la solvencia estatal se deterioran tras el estímulo fiscal, la liquidez de la deuda pública con la que se ha financiado el estímulo –y contra la que se ha emitido moneda fiat– se deteriora, generando inflación a través del “efecto riqueza”: los agentes que han intercambiado un activo marginalmente menos líquido –deuda pública– por uno más líquido –moneda fiat– ven incrementada su capacidad de gasto, aumentando el nivel de precios.

A su vez, cuando se emite moneda fiat contra un activo de mala calidad, tal y como sucede con una deuda cuyo repago es cuestionado por sus inversores, la moneda fiat se depreciará: su valor fundamental –derivado de su colateral–, provocando que los inversores le apliquen una tasa de descuento superior (m en la primera ecuación de este artículo).

Cabe otro escenario, distinto al que propone la TFNP, bajo el cual un estímulo fiscal no causará inflación, a saber, si la demanda monetaria aumenta. Este caso es especialmente relevante si tenemos en cuenta que las situaciones donde se suelen aplicar estos estímulos suelen ser episodios de recesión económica, donde aumenta la demanda de dinero. Los súbitos cambios en su velocidad (la inversa de la demanda) en las zonas sombreadas de este gráfico, esto es, cuando Estados Unidos se encontraba en recesión, ilustran esta observación:

A graph showing the growth of the stock market

Description automatically generated

Atendiendo a la evidencia empírica sobre la inflación pospandémica, la realidad valida el diagnóstico de la TFNP. En primer lugar, la inflación tuvo raíces predominantes en el incremento de la demanda agregada tanto en Estados Unidos como en la Unión Europea (Giannone and Primiceri, 2024). En segundo lugar, la fuente de esta mayor demanda agregada fue, fundamentalmente, los estímulos fiscales que ejecutaron los gobiernos de Occidente durante la pandemia (Cochrane, 2023).

Concretamente, en un working paper para el National Bureau of Economic Research (NBER), Robert Barro (2024) expone, con la muestra de 37 países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), que se verifica la tesis de la Teoría Fiscal del Nivel de Precios sobre el estímulo fiscal: déficits sin un flujo suficiente de superávits esperados conducen a inflación. En tercer y último lugar, toda esta nueva oferta monetaria no se vio contrarrestada por una demanda proporcional de atesoramiento de dinero, a pesar de que, tal y como muestra la gráfica anterior, creció considerablemente tras los primeros meses de 2020.

Conclusiones

La TFNP no debe relegarse a una exposición teórica de la relación entre los superávits o déficits primarios y la inflación, sino que debe contrastarse con la realidad económica. En este intento de respaldar empíricamente la teoría, podríamos caer en el error de relegarnos a economías con regímenes fiscales que, restringidamente, la Teoría Fiscal del Nivel de Precios podría explicar. Con todo, tal y como hemos visto, esta teoría del nivel de precios no requiere de un régimen fiscal específico: la variable P nunca cae en una indeterminación con respecto a la política fiscal y monetaria del Estado. Por ello, toda la evidencia empírica que se muestre no es más que una ilustración de una teoría del nivel de precios que demuestra tener la entidad suficiente como para poder comprobarse en los últimos episodios inflacionarios –a pesar de contener ciertas inexactitudes o errores que cabrá abordar en un futuro artículo.

Bibliografía

Barro, R. J., & Bianchi, F. (2023). Fiscal influences on inflation in OECD countries (NBER Working Paper No. 31838). National Bureau of Economic Research.

Cochrane, J. H. (2022). Fiscal Histories. The Journal of Economic Perspectives, 36(4), 125–146. ç

Cochrane, J.H. (2023). The Fiscal Theory of the Price Level. Princeton University Press.

Giannone, D., & Primiceri, G. (2024). The drivers of post-pandemic inflation (Working Paper No. 32859). National Bureau of Economic Research.

Rallo, J.R. (2017). Contra la Teoría Monetaria Moderna: Por qué imprimir dinero sí que genera inflación y por qué la deuda pública sí la pagan los ciudadanos. Ediciones Deusto.

Sims, C. A. (2011). Stepping on a rake: The role of fiscal policy in the inflation of the 1970s. European Economic Review, 55(1), 48–56.

Taylor, J. B. (1993). Discretion versus policy rules in practice. Carnegie-Rochester Conference Series on Public Policy, 39(1), 195–214.