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Algunas cuestiones disputadas del anarcocapitalismo (XCIX): comentarios sobre las fiestas navideñas

Como este artículo será publicado en plena Navidad, no me resisto a hacer algunos comentarios desde el punto de vista ancap sobre estas fiestas. Como parece obvio yo soy muy partidario de la celebración de estas fiestas, aunque entiendo bien a quien pudiera no gustarle, dado que son festejos tradicionales, de origen religioso, poco dependientes de los estados, y que aún despiertan la ilusión de los niños y contribuyen a resguardar valores familiares. De ahí los furibundos ataques que reciben desde medios progresistas, que buscan con mil y un pretextos designificarlas, dado que de momento no han podido con ella.

Hasta los regímenes comunistas, que quisieron acabar con ella declarando laborables estos días, tuvieron que dar marcha atrás. Incluso Stalin y sus sucesores tuvieron que revivir al viejo Ded Moroz, la versión rusa del santo, eso sí, sovietizándola al asociarlo a la carrera espacial y colocando una estrella roja en su gorro. Para ser justos con el Santa Claus soviético, conviene recordar que buscaba fomentar el espíritu de trabajo entre los niños comunistas, al asociar los regalos a su laboriosidad y cumplimiento de las  tareas encomendadas.

Adaptación a los tiempos modernos

Las fiestas navideñas han sido, entre las de origen cristiano, las que mejor han sabido adaptarse a los tiempos modernos, camuflándose con el consumismo imperante, que si bien desvirtúa sus principios originarios de celebración del nacimiento del Niño Jesús, por lo menos lo mantiene vivo y presente, pues es inevitable incluso para el joven más descristianizado, el preguntarse cuál es la razón de tales festejos. Al mismo tiempo, aunque cada vez más en un lugar secundario, los referentes cristianos en forma de belenes, villancicos o felicitaciones con motivos religiosos son omnipresentes y contribuyen sutilmente a la preservación de esta herencia cultural.

Las fuerzas del mercado y la publicidad ayudan con todo su potencial a mantener un espíritu, que muy probablemente decaería de no contar con tal apoyo, y aún no siendo algo buscado, mantiene  vivo el espíritu de la cristiandad. La historia del cristianismo nos muestra que siempre ha sabido incorporar los valores imperantes en cada época y liarse con ellos. Al igual que santificó en su momento los lugares de culto paganos y les dió forma cristiana colocando santos donde antes había deidades paganas, conservando en parte los ritos y los lugares de devoción, hoy bien pudiera estar haciendo lo mismo con los valores consumistas, que por desgracia, imperan en el presente.

Felices fiestas por el solsticio de invierno

Los intentos por parte de los estados modernos de cambiarles el nombre, en forma de celebraciones del solsticio (si hacer una contraparte con el otro solsticio el de San Juan o con los equinoccios), el uso impersonal de felices fiestas o belenes y adornos de Navidad posmodernos, no han triunfado y se ven cada vez más desfasados. Es además una celebración que mantiene vivo el espíritu de la cultura occidental-cristiana, pues se celebra sin excepción en todos los países de nuestro entorno cultural, siendo incluso exportado fuera de este espacio.

En el caso español, las fiestas comienzan con la lotería de Navidad, que marca el punto de salida. En una hábil apropiación del espíritu de las fechas el estado  hábilmente usa una herramienta fiscal como son las loterías de dos formas, la primera como  una inteligente forma de recaudar, pues al ser una aportación voluntaria no se percibe como un impuesto, es más parece ser incluso un instrumento de redistribución de la renta hacia los más necesitados, cuyas desgracias son publicitadas con gran apoyo mediático así como la alegría que experimentan al que solventadas de repente por la bondadosa administración de loterías estatal.

Nacionalismo

La segunda tiene  que ver con el nacionalismo banal al que ya nos hemos referido en otras ocasiones. La lotería nacional se compra y comparte en todo el territorio español, y los ritos a ella asociados en el sorteo y después, forman parte del imaginario colectivo de todos los españoles, independentistas, incluidos, que incluso usando del tradicional recargo en las participaciones. Las usan para financiar sus actividades, pero cooperando sin quererlo con el estado central. La construcción simbólica de la nacionalidad española actual no podría entenderse sin este tipo de ritos comunitarios y es muy eficaz a la hora de reforzar la legitimidad estatal. Incluso yo mismo, que soy consciente de esto, no dejo de adquirir alguna participación. Lo hago a pesar de que sé de su significado y de que matemáticamente lo invertido se pierde. Tal es la fuerza de la tradición aprendida desde niño.

La figura central de la Navidad actual es Santa Claus, figura legendaria inspirada en un santo cristiano San Nicolás, al que se le atribuye un carácter bonachón y que  en principio repartía juguetes entre los niños que se habían portado bien durante el año. El intento de apropiarse políticamente de Santa Claus, aparte de la resignificación comunista que antes relatamos, se encuentra en la obra de Frank Baum, célebre experto en marketing que ya había publicado otro cuento infantil que puede leerse en clave económica (inflacionista) El mago de Oz.

Navidad y Santa Claus

Baum describe a Santa Claus como una suerte de tibio socialdemócrata, que no reparte los juguetes de acuerdo con las buenas obras, sino de acuerdo con la renta del niño. Aplicando criterios de justicia redistributiva, el Santa de Baum dará más juguetes a los niños más pobres que a los ricos, quebrando el principio de esfuerzo en aras de una mejor distribución de los regalos. Anticipa también principios de la posmodernidad, pues las hadas que lo criaron le enseñaron a ser vegetariano. Estos principios de reparto hacen al santo más un luchador por la justicia social que el ser benéfico, independiente de programas políticos, que era antes.

La potencialidad política de esta figura ha hecho que en algunos  territorios españoles se hayan recuperado  viejos personajes del folklore popular como el Olentzero vasco  o el Apalpador gallego, para construir personajes navideños con cierto ideario político detrás, para usarlos también en forma aparentemente banal al servicio de objetivos políticos, sean de corte nacional, o de corte social. También  teóricos agoristas como Sam Konkin, con su figura del Anarco-Noel, han intentado interpretar esta figura de acuerdo con principios, en este caso anarquistas, para difundir, eso sí con poco éxito, sus idearios. 

El otro gran día de las fiestas navideñas, exceptuado el día de fin de año, que es más una fiesta civil derivada del calendario moderno,  y que las cierra, es el de los Reyes Magos. En nuestro entorno, esta festividad ha tenido que afrontar intentos, si cabe más duros, que los de la propia Navidad de cambiar su significado tradicional. En nuestro entorno cultural se encargaron tradicionalmente de repartir regalos a los niños. La figura de Papa Noel se encarga sólo de repartir regalos menores.

Navidad y Reyes Magos

La lista de los Reyes Magos o una visita previa a su llegada oficial, en algún centro comercial, forman parte del imaginario de la mayor parte de los niños españoles aún a día de hoy. Primero se intentó, por parte de algunas cadenas de distribución comercial, trasladar a la Navidad el día grande de reparto de juguetes, quizás porque estaban interesados en el adelanto de las rebajas de invierno, algo que ha fracasado en buena medida, por la fuerza de la tradición y porque las épocas de rebajas han perdido buen aparte de su fuerza, adelantándolas incluso al Black Friday. Pero además, los gobiernos han tratado de aprovechar la fuerza movilizadora de cabalgatas y belenes para adaptarlos a los valores en moda.

Fueron polémicas en su momento las cabalgatas de Madrid, donde se quiso hacer de ellas una reivindicación de la diversidad de acuerdo con los principios posmodernos en boga, o los belenes inclusivos que de vez en cuando se ven en nuestras ciudades. Fracasaron. La tradición popular, sobre todo en lo que se refiere a los valores infantiles, se ha revelado como demasiado poderosa como para desafiarla y lentamente se ha vuelto a revivir el espíritu originario,  eso si adaptados a la tecnología moderna, pues cada vez es más frecuente la presencia de espectáculos electrónicos en estas fiestas o que los reyes viajen con medios modernos como helicópteros o trenes de alta velocidad.

La epifanía de Nuestro Señor

Los reyes no sólo cuentan con una tradición mucho más desarrollada y con  una literatura más elaborada que la de Santa Claus, véase por ejemplo el ensayo de Franco Cardini, Los Reyes Magos: historia y leyenda, o la deliciosa novela de un viejo católico conservador francés, Michel Tournier, Gaspar, Melchor y Baltasar, sino que representan valores muy ejemplares en su comportamiento, no sólo por ser sabios, que es como se les conoce en otros idiomas,  ni por la elección de sus regalos, oro  y perfumes, con lo que muestran su predilección por la moneda sana y no por medios fiduciarios, sino por su entrega a una causa y por su fé, por la que están dispuestos a sacrificar su poder y abandonar sus tronos.  Creo que, como modelo para servir de ejemplo a los niños, están infravalorados y creo que merecerían algo más de atención.

Ver también

¿Saben los socialistas que están reventando el mercado de la vivienda? (II)

Veíamos en la primera parte de este análisis cómo la situación del mercado de la vivienda, en su doble vertiente de adquisición de la propiedad o su alquiler posterior, arrastraba a comienzos del año 2018 trabas acumuladas en el ámbito urbanístico y arrendaticio.

Cabe añadir una legislación medioambiental refractaria al proceso urbanizador. En cualquier caso, tras un dilatado proceso que se remonta a mediados del franquismo, se había llegado hasta la arbitraria sustracción del derecho de edificar  – que ni siquiera sustentaría una expectativa mínima garantizada por Ley como contenido inherente al derecho de propiedad –  y a unas obligaciones que convertían al propietario de terreno en rehén de las decisiones que adoptaran políticos y tecnócratas en connivencia con distintos grupos de presión interesados.

Aun con todo, los empresarios y los particulares con menos conexiones políticas podían esperar, al menos, que la propiedad de su vivienda terminada quedaba amparada por el artículo 33 CE y el Código Civil. En caso de arrendarla como primera residencia, según la LAU “tan solo” quedaban sujetos a la voluntad del inquilino de prorrogar el contrato inicial por tres años.

La responsabilidad de Mariano Rajoy

No se hizo mención, empero, al fenómeno de los alquileres turísticos por parte de particulares. A la postre, como típico trasunto de la anterior intervención en el mercado, manipuladores fementidos prosiguieron sus campañas para atribuirles por completo la escasez y carestía de viviendas residenciales[1]. Sin embargo, solamente en zonas muy reputadas de determinadas ciudades los propietarios pueden concatenar rentablemente contratos de alojamiento turístico con la ayuda de plataformas en Internet de proyección internacional.

Pues bien, fue el gobierno de Mariano Rajoy Brey, acaso inducido por su voracidad recaudatoria y las maniobras de hoteleros establecidos, quién desató el intervencionismo administrativo autonómico sobre una actividad que se entendía únicamente regulada por la libertad contractual entre propietario anfitrión y huéspedes – consagrada en el Código Civil español – cuando se realizaba sin un empleado dedicado a su gestión[2].

Con el asalto al poder de Pedro Sánchez Pérez-Castejón un aluvión de decretos leyes ya mostró que asumiría los postulados más acérrimos de la extrema izquierda para “proteger” a los inquilinos con medidas restrictivas para la actualización de rentas y aumento del periodo mínimo de prórroga forzosa a voluntad del inquilino.

Desde ese momento, la pendiente de distopía constructivista, trufada de promesas incumplidas de construcción o provisión de viviendas de alquiler a precios tasados por parte del gobierno central[3], ha desbordado todas las previsiones.

Ley “por el derecho a la vivienda”

En síntesis, aprovechando el pretexto de la pandemia del Covid 19, el gobierno ejecutó un plan, a costa de los propietarios, para proporcionar morada gratuita a poseedores de hecho en “situación de vulnerabilidad social”, suspendiendo los procedimientos de desahucio, los lanzamientos subsiguientes, e, incluso, la ejecución forzosa de  sentencias de condena por el delito de usurpación de vivienda. Torticeramente, mediante decretos leyes que, además de contrarios a las exigencias constitucionales de “urgente y extraordinaria necesidad” (Art. 86 CE) abordan toda clase de materias, el gobierno ha venido a confiscar el derecho de propiedad. Hace solo un par de días, el enésimo decreto ley[4] prorroga estas medidas hasta el 31 de diciembre de 2025, al tiempo que contempla una compensación para los propietarios, deliberadamente difícil de materializar, pero que genera unos compromisos de gasto adicionales para el Estado.

Otro enorme desafuero vino de la aprobación de la ley “por el derecho a la vivienda”, cuyos aspectos procesales abordé en un análisis anterior. En efecto, este texto articulado con título de eslogan lleva formalmente vigente desde hace más de un año, a pesar de vulnerar derechos fundamentales recogidos en la Constitución española (art. 24 y 33) y la Carta de los derechos fundamentales de la Unión Europea (Art. 17 relativo al derecho de propiedad).

Ley de Suelo y Rehabilitación Urbana

Su delirante prosa aborda puntos de especial gravedad. Por un lado, para salvar la declaración de inconstitucionalidad de una Ley del Parlamento de Cataluña auspiciada por el gobierno de Esquerra Republicana (por inmiscuirse en la competencia exclusiva estatal sobre la legislación civil) la Ley “habilita” a las CCAA y ayuntamientos a realizar declaraciones de “zonas de mercado residencial tensionado”, que comportan intervenciones administrativas para reservar más terrenos para viviendas de protección oficial y controles de rentas arrendaticias.

Por otro lado, en la línea de vaciar el derecho de propiedad sobre las viviendas, que la Ley de Suelo y Rehabilitación Urbana de 2015 había consagrado sobre los terrenos, el texto de marras proclama (art. 1.2) que “

Su objeto es la regulación del contenido básico del derecho de propiedad de la vivienda en relación con su función social, que incluye el deber de destinar la misma al uso habitacional previsto por el ordenamiento jurídico, en el marco de los instrumentos de ordenación territorial y urbanística, así como de mantener, conservar y rehabilitar la vivienda.

Ley de Suelo y Rehabilitación Urbana

En este sentido, los artículos 10 y 11 de esta ley destruyen el concepto del derecho de propiedad del Derecho Civil, cuando se refiere a una vivienda, que equipara a una concesión administrativa, supeditada a que el titular cumpla una larga lista de deberes y cargas[5].

Paralelamente, retorciendo el contenido intervencionista del Reglamento (UE) 2024/1028 del Parlamento Europeo y del Consejo, de 11 de abril de 2024, sobre la recogida y el intercambio de datos relativos a los servicios de alquiler de alojamientos de corta duración, el gobierno ha extendido su obligatoriedad a los otros arrendamientos temporales[6].

Proposición de ley para regular los contratos de alquiler temporales

Como colofón a este aciago panorama, la Proposición de Ley para la regulación de los contratos de alquiler temporales y alquiler de habitaciones, presentada por los grupos de ERC, Mixto, Bildu y Sumar – que en este momento sigue su trámite parlamentario en las Cortes Españolas – mantiene posibilidades de ser aprobada.

Con el objetivo de limitar esos contratos temporales, en primer lugar, en vez del régimen de libertad de pactos, se someterían a las disposiciones de la LAU. Asimismo, se exigiría al arrendador “justificar la necesidad de temporalidad”, especificando en el contrato las causas, las circunstancias concretas y su conexión con la duración prevista. En caso contrario, se consideraría como contrato de arrendamiento de vivienda habitual, susceptible de prórrogas forzosas a elección del inquilino. Por otro lado, en un contrato de alquiler temporal, el plazo mínimo de duración, “será libremente pactado por las partes”, pero no podrá superar los nueve meses.

En conclusión, se ha llegado a un punto de intervencionismo confiscatorio en el mercado inmobiliario que, lejos de facilitar el acceso a la vivienda a quienes más lo necesitan, agrava la escasez de oferta donde más se demanda.

La derogación de las disposiciones examinadas constituye un requisito urgente para generar la confianza en propietarios e inversores que revierta la situación de inaccesibilidad a la vivienda para grandes grupos de la población.

Notas

[1] Los movimientos de extrema izquierda que se lanzan para apoderarse de los descontentos de problemas obvios con soluciones socialistas se actualizan ad infinitum

[2] Contradiciendo las propias leyes fiscales sobre lo que constituye una actividad profesional de arrendamiento de inmuebles, alentó este intervencionismo autonómico mediante una Ley aprobada el 4 de junio de 2013, que añadió a la Ley de arrendamientos urbanos (LAU) un apartado [artículo 5 e)] para excluir de su ámbito de aplicación “la cesión temporal de uso de la totalidad de una vivienda amueblada y equipada en condiciones de uso inmediato, comercializada o promocionada en canales de oferta turística y realizada con finalidad lucrativa, cuando esté sometida a un régimen específico, derivado de su normativa sectorial.” (que únicamente puede ser autonómica).

[3] El carácter tiránico de este gobierno se constata especialmente cuando traspasa la distribución legal de competencias entre administraciones a su entero capricho, según cree que le conviene. Para saltarse la casi exclusiva competencia de las CCAA en esta materia, está tejiendo una telaraña de administraciones paralelas, formadas por empresas y entidades públicas [por ejemplo, la Entidad Pública Empresarial del Suelo (SEPES)] al modo del PSOE andaluz, el cual dominó durante casi cuatro décadas el gobierno de esa región.

[4] Art. 90 a 93 del Real Decreto-ley 9/2024, de 23 de diciembre, por el que se adoptan medidas urgentes en materia económica, tributaria, de transporte, y de Seguridad Social, y se prorrogan determinadas medidas para hacer frente a situaciones de vulnerabilidad social.

[5] Entre otros: (Art. 11)

a) Uso y disfrute de la vivienda conforme a su calificación, estado y características objetivas, de acuerdo con la legislación en materia de vivienda y la demás que resulte de aplicación, garantizando en todo caso la función social de la propiedad.

b) Mantenimiento, conservación y, en su caso, rehabilitación de la vivienda en los términos de esta ley, de la legislación de ordenación territorial, urbanística y de vivienda, y de los instrumentos aprobados a su amparo.

c) Evitar la sobreocupación o el arrendamiento para usos y actividades que incumplan los requisitos y condiciones de habitabilidad legalmente exigidos.

d) En las operaciones de venta o arrendamiento de la vivienda, cumplir las obligaciones de información establecidas en la normativa aplicable y en el título IV de esta ley.

e) En caso de que la vivienda se ubique en una zona de mercado residencial tensionado, cumplir las obligaciones de colaboración con la Administración competente y suministro de información en los términos establecidos en el título II de esta ley.

2. Corresponde a las Administraciones competentes en materia de vivienda la declaración del incumplimiento de los deberes asociados a la propiedad de la vivienda, habilitando a adoptar, de oficio o a instancia de parte y previa audiencia, en todo caso, del obligado, cuantas medidas prevea la legislación de ordenación territorial y urbanística y la de vivienda.

[6] Real Decreto 1312/2024, de 23 de diciembre, por el que se regula el procedimiento de Registro Único de Arrendamientos y se crea la Ventanilla Única Digital de Arrendamientos para la recogida y el intercambio de datos relativos a los servicios de alquiler de alojamientos de corta duración https://www.boe.es/diario_boe/txt.php?id=BOE-A-2024-26931

Ver también

¿Saben los socialistas que están reventando el mercado de la vivienda? (José Antonio Baonza).

Make América Spain again

Se cumplen ahora dos años de la prisión preventiva contra el comunista Pedro Castillo por su intento de golpe de Estado. El 7 de diciembre de 2022, este ilustre personaje de sobrero pomposo que no sabe apenas leer (y es maestro) intentó disolver el Congreso por las bravas y autoproclamarse dictador (gobernando por decreto) con unas infundadas acusaciones de golpismo.

No era tema baladí. La Constitución peruana, la de 1993 y redactada por Fujimori, ordenaba que, tras la elección presidencial, el presidente debía presentar un candidato a primer ministro ante el Congreso (Perú es un sistema unicameral). En caso de no conseguir la mayoría, el presidente podría disolver la Cámara y convocar elecciones anticipadas. Ahora bien, esto únicamente podría hacerlo una vez en todo su mandato (cinco años). El primer candidato fue Guido Bellido, reconocido homófobo. Como la votación no salió adelante, la segunda candidata fue Mirtha Vásquez, que había sido presidente del Congreso y del ala más moderada del partido marxista-leninista.

Cuatro meses después, Vásquez dimitió alegando diferencias con el presidente. El siguiente fue Héctor Valer, con un meteórico mandato del 1 al 8 de febrero, del que tuvo que renunciar acusado de tener la mano muy larga con la mujer y la hija. Fue sustituido por Aníbal Torres, el cual duró hasta el 25 de noviembre, todo un récord comparado con sus predecesores. Hasta el 7 de diciembre, día del intento de golpe de Estado, el cargo estuvo vacante. Pedro Castillo intentó nombrar de nuevo a Torres tras disolver la Cámara, pero la rápida reacción del Congreso, destituyéndolo por incapacidad moral, dieron al traste con sus planes. En total, Castillo nombró a 78 ministros en 495 días de gobierno, un ejemplo de la inestabilidad política del país.

Fernando

El azar quiso que esta efeméride haya coincidido con la batalla de Ayacucho, la última del proceso independentista americano, el 9 de diciembre de 1824. Por aquellas fechas, los pocos realistas, o leales a la Corona absolutista de Fernando VII, repuesto en el trono de tal forma tras la invasión de la Península por los Cien Mil Hijos de San Luis, apenas pudieron resistir la falta del envío de tropas, capitulando ante una República que se había proclamado ya tres años antes, pero que no contaba con el control efectivo de todo el territorio.

En un primer momento, la reciente independencia de las repúblicas hispanoamericanas, aunque había un Imperio Mexicano al principio, fue tremendamente próspera. Por ejemplo, los quince primeros años de la naciente nación mexicana la convirtieron en la más próspera del mundo. Esto no se terminará de decir lo suficiente: el lugar más rico de este planeta a comienzos del s.XIX era la reciente América independizada. Esto se acaba, por ejemplo, en México con el Tratado de Guadalupe Hidalgo (1848), en el que México perdía más de la mitad de su territorio en favor de unos boyantes Estados Unidos.

Pero lo más conocido de Castillo a este lado del Atlántico fue por sus insultos a España, al rey o a cualquier cosa que recordara a los peruanos que una vez fueron ricos durante su toma de posesión. No es cuestión ahora de recordar todas las imprecisiones históricas que Pedro Castillo cometió, con el consiguiente disgusto al darse cuenta de su apellido, sino en cómo se puso la venda antes de la herida: la culpa de su infame e inestable gobierno la tuvo un tipo que, aliado con otros indios, derrocó el poder político dominante para establecer un sistema de mestizaje.

Vicente

Sin embargo, Pedro Castillo no inauguró este hecho. Andrés Manuel López Obrador, AMLO para los amigos, nieto de un inmigrante cántabro, hizo lo propio durante todo su mandato. Para la posteridad queda cuando exigió al rey Felipe VI pedir perdón por la conquista que los antepasados de López Obrador llevaron a cabo hace cinco siglos. Esta es otra cuestión que tampoco se repetirá lo suficiente: la conquista de América fue llevada a cabo en su mayor parte por indígenas aliados con los españoles. Esa imagen de barcos españoles descargando soldados frente a unos desvalidos indígenas para imponer el neoliberalismo salvaje está totalmente alejada de la realidad.

No, los problemas de Hispanoamérica son de ahora. Más concretamente, de una clase política corrupta a más no poder, de una guerra contra las drogas absolutamente inútil (Colombia es el paradigma) y de una falta de acumulación de capital como consecuencia de diversos factores, desde la cultura hasta el sistema fiscal.

No obstante, los dirigentes americanos han encontrado la forma de exculpar sus gestiones ya desde el día de sus tomas de posesión: echar la culpa a quien llegó a esas playas hace cinco siglos y de los que descienden, les guste o no. Algo que Castro ya empezó explotando, sólo que contra Estados Unidos, que está más cerca y que existe desde hace menos tiempo. Pero, como la canción ya suena demasiado, ahora había que buscar a alguien que, desde la imposibilidad de defensa por la distancia temporal, no pudiera defenderse de tales ataques. Pizarro, Colón o Cortés son buenos candidatos.

Ver también

El retorno del populismo en América Latina. (Mateo Rosales).

El agotamiento de la nueva ola populista. (Mateo Rosales).

La final del mundial. (Cristóbal Matarán).

Soluciones Rothbardianas al problema de la natalidad

Los subsidios o incentivos económicos no contrarrestan la caída de la natalidad; las políticas públicas y los discursos políticos en favor de tener más hijos no suelen tener un efecto significativo o sostenido sobre el aumento de la natalidad. Además, los países menos ricos y en desarrollo pueden presentar una natalidad más alta que los países ricos o desarrollados. Estos hechos parecen indicar que el problema de la natalidad no es un problema económico, sino cultural, subjetivo y cognitivo (creencias).

Las asociaciones más comunes que encuentro en las personas cuando hablo del problema de la natalidad son: bajo poder adquisitivo y, a nivel cognitivo, hedonismo, miedo al compromiso, individualismo y corto plazo en los adultos jóvenes. Es decir, la mayoría de las personas me dice que cree que estamos teniendo pocos niños porque los jóvenes no tienen suficientes recursos y, aunque los tuvieran, temen al compromiso de pareja, priorizan su carrera, viajar, tener el nuevo iPhone, etc.

Si partimos de que se pueden tener hijos con bajo poder adquisitivo, porque así lo demuestra la historia de la humanidad, queda claro que el factor cognitivo es determinante. ¿Por qué, cuando se compara tener hijos con otras alternativas, tener hijos pierde? Ahora bien, esto no implica que no podamos analizar cómo el factor económico y político puede moldear el elemento cognitivo y cultural en favor de la natalidad.

La política pública en detrimento de la natalidad

En Poder y Mercado, Rothbard nos enseña que el escenario de libre mercado es un contrafactual muy difícil de estimar. No sabemos qué sería de la educación, la sanidad o la seguridad si fuesen privadas; las pequeñas ofertas privadas de esos servicios dentro de un sistema público no nos sirven para hacer esas estimaciones. Por ello, preguntarnos: ¿Qué sería de la natalidad sin tanto intervencionismo? Es algo que solo podemos especular. Sin embargo, Rothbard nos enseña a usar la praxeología para describir de forma lógica cursos de acción en escenarios de mayor libertad, es decir, estimar dicho contrafactual a partir de entender las distorsiones que generan las políticas públicas sobre la economía.

El Estado de bienestar y las pensiones públicas

Rothbard nos explica cómo la intervención se caracteriza por la apropiación y redistribución de recursos ajenos, lo que lleva a conflictos entre grupos sociales. En el caso de la natalidad, es particularmente relevante el conflicto intergeneracional a corto plazo: el Estado redistribuye recursos desde la población productiva hacia la improductiva. Esta última puede incluir parásitos sociales, niños o ancianos. Por lo tanto, los sistemas públicos de pensiones y el estado de bienestar en general ponen en competencia a estos grupos por los escasos recursos extraídos de la población productiva.

Dado que los niños no votan, es evidente que los ancianos y los grupos o personas parasitarias (quienes toman más de lo que aportan al sistema) van ganando esta competencia.

Las fronteras abiertas y la flexibilidad laboral en favor de la natalidad

Las políticas migratorias y las regulaciones sobre contrataciones y despidos de los trabajadores, nacionales o internacionales, forman parte de lo que Rothbard denomina intervenciones triangulares, ya que “el invasor puede obligar o prohibir un intercambio entre un par de sujetos (…) se crea una relación hegemónica entre el invasor y un par de intercambiantes o futuros intercambiantes”. Este tipo de intervenciones restringe la asignación efectiva del capital humano, es decir, que las personas puedan ir a trabajar allí donde son más necesarias. Además, estas regulaciones, al igual que los impuestos al salario, incentivan el “hágalo usted mismo”.

Estas consecuencias desincentivan la natalidad porque la crianza de los humanos es cooperativa y se puede facilitar incorporando a más personas en la labor. La política más popular suele ser ampliar las bajas por maternidad/paternidad, pero eso solo ayuda a los padres en los primeros meses. Por el contrario, poder contratar niñeras o ayudantes del hogar, a bajos precios, de forma flexible, sean extranjeras o locales, constituye una ayuda constante durante todo el proceso de crianza.

La liberalización del suelo en favor de la natalidad

Rothbard desarrolló en detalle los mecanismos libres para la asignación de la propiedad sobre el suelo. Según él, la propiedad podría adquirirse por apropiación originaria o por transferencia legítima a través del mercado. Además, defendía que el Estado debía vender las tierras que tenía en su control o que los individuos podían apropiarse legítimamente de ellas para vivir.

Sin lugar a duda, la dominación del territorio por parte del Estado responde únicamente a su naturaleza mafiosa y confiscatoria. El Estado acapara el suelo y regula su uso, limitando artificialmente la oferta de vivienda.

La liberalización del mercado de vivienda tiene tantas consecuencias positivas que Bryan Caplan ha dedicado su último libro, “Build, Baby, Build: The Science and Ethics of Housing Regulation”, a exponer por qué esta sería una medida clave para generar una cadena de resultados positivos para la economía norteamericana. Un menor gasto en vivienda permite iniciar el proyecto familiar de forma temprana y libera una gran parte del presupuesto familiar, que puede destinarse a tener más hijos.

Además, de la combinación entre libertad de construcción, educación y contratación, podrían surgir urbanizaciones privadas con servicios de bajo costo adaptados a las familias con hijos. Estas familias, en caso de no contar con el apoyo directo de la familia extendida, necesitan recurrir diariamente a servicios como guarderías, cuidados en el hogar, transporte privado, entre otros.

Libre mercado y natalidad

Por un hecho, diría yo, de pura aversión intuitiva y deseabilidad social, hablar de la transferencia libre y voluntaria de derechos sobre la tutela de los niños es un tema excesivamente controversial, porque ya existe la transferencia pública de tutelas. Rothbard aclara que el mercado posee un humanismo elevado, lo cual se evidencia en la forma en que la mayoría de los individuos cuidan de la propiedad que han adquirido pacífica y voluntariamente.

En su famoso capítulo sobre la adopción en La ética de la libertad, Rothbard plantea que la demanda por tutelas de niños supera por mucho a la oferta. Esto es algo cierto, especialmente en el caso de niños a edad temprana y con buena calidad genética. La heterogeneidad humana es una fuente de riqueza, y algunas mujeres tienen capacidades extraordinarias para dar a luz niños sanos sin complicaciones, mientras otras enfrentan enormes dificultades. El mercado podría aprovechar las ventajas relativas de estas mujeres, permitiéndoles recibir ingresos o una compensación adecuada por sus talentos y esfuerzos, al tiempo que contribuiría a ayudar a aquellas familias con dificultades, cubriendo así la demanda excesiva existente.

Lamentablemente, debido a la controversia, los intercambios de tutela seguirán siendo monopolio estatal y solo serán sustituidos por soluciones de mercado que incorporen tecnología en el desarrollo de embriones y bebés sanos. El monopolio estatal y la imposibilidad del mercado de atender el asunto de la adopción posiblemente dejarán a los niños adoptados del futuro en una mayor vulnerabilidad.       

El egoísmo altruista en favor de la natalidad

Finalmente, creo que existe una parte de la batalla cultural que hemos perdido y que está teniendo efectos negativos sobre la natalidad. El estatismo promueve una ética fundamentada en el altruismo forzado, y para sostenerla construye la asociación: “virtuoso = todo aquello que hacemos por los demás o el bien común” y “no virtuoso = todo aquello que hacemos priorizándonos a nosotros mismos”. Es cierto que aquellos que toman en consideración a los demás pueden ser mejores agentes cooperadores, pero la ética del libre mercado nos muestra que existen muchas externalidades positivas que surgen de motivos egoístas. Una de ellas es la natalidad.

Ser padres se considera actualmente un sacrificio en toda regla, un acto de dar sin esperar nada a cambio. Las redes sociales bombardean a los padres con lecciones sobre todo aquello que deben hacer en la crianza para evitar tener un impacto negativo sobre sus hijos. Esto solo hace que la idea de tener hijos se presente como excesivamente abrumadora, costosa y poco gratificante. Es por ello que la virtud del egoísmo debe resurgir: ser padres debe basarse en motivos egoístas acerca del estatus, el placer o la trascendencia que nos da ser padres, y no en lo sacrificado que es. Las acciones egoístas se incentivan de manera más fácil y sostenida que las acciones altruistas, las cuales suelen depender de la expectativa inespecífica de retribuciones sociales.

Conclusión

En conclusión, las aportaciones de Murray Rothbard nos dotan de las herramientas para determinar el tipo de regulaciones e intervenciones que tienen un mayor impacto negativo sobre la natalidad. Sin embargo, el juego real consiste en cambiar las condiciones económicas y políticas para impactar sobre las creencias o factores culturales que impactan la decisión de tener hijos. Para hacer esta decisión más atractiva, hay que promover que sea una decisión abiertamente egoísta e incentivar que tener muchos hijos vuelva a ser un señalizador de estatus, riqueza y buena vida; donde, en el cine, la publicidad y las redes sociales, resurja la imagen de hombres y mujeres que se esfuerzan por construir familias numerosas a su alrededor para ser más felices y vivir con mayor plenitud.

Ver también

Natalidad, alternativas y economía: la milonga de las guarderías. (Domingo Soriano).

De la apología de la natalidad y la libertad a la guerra cultural y la política pop. (María José Calderón).

‘Feria’ de Ana Iris Simón, y la baja natalidad. (Fernando Parrilla).

Invierno demográfico en Europa. (Francisco Moreno).

Una gran luz se ha apagado

El gran teórico español Dalmacio Negro Pavón ha dejado este mundo para disfrutar de la eternidad. Su vida y obra son imperecederas, pues han sido muchos los estudiantes e intelectuales que disfrutaron de su amistad y compañía, y que disfrutarán de las enseñanzas que sus textos esconden. Una gran luz se ha apagado. Don Dalmacio era conocedor y muy consciente del valor del pensamiento occidental. Sus estudios han sido de gran valía para todos aquellos que como estudiantes de Ciencia Política deseamos en algún momento de nuestra vida sumergirnos en los textos de los gigantes del pensamiento político universal.

Conocí a Dalmacio Negro Pavón en el año 2022 con motivo de la entrega del Premio Juan de Mariana a toda una vida en defensa de la libertad. Y es que don Dalmacio fue ante todo un liberal. Una persona comprometida con la defensa de la libertad. Un ser humano siempre en alerta, sabedor de los peligros que la estatización de la vida social podía conllevar para la estructura de Derechos y Libertades de las personas. Esto fue lo que intentó explicar, siempre de manera brillante, mediante su trabajo en el campo de la Historia del Pensamiento Político a lo largo de su vida.

Dalmacio Negro: las raíces del pensamiento

Dalmacio Negro fue siempre consciente de que las ideas no surgen de la nada. Debemos estudiar y sumergirnos en las raíces civilizatorias que nos hacen ser como somos. Y por ello, además de un gran teórico, Dalmacio fue cristiano correcto y persona buena. Son muchos los trabajos de don Dalmacio que deberíamos destacar. Sin embargo, y en lo personal, tengo cinco de gran valía en mi mente. Como buen académico, Dalmacio trabajó el artículo de investigación y por supuesto la producción ensayística.

En relación con los primeros, debo señalar dos que son de gran estima para mí. Tengo que reconocer que mi acercamiento al pensamiento de Jean-Jacques Rousseau y también a Edmund Burke han sido gracias a dos magníficos trabajos firmados por don Dalmacio y publicados en la prestigiosa Revista de Estudios Políticos.

Pero quizás lo más interesante, lo que más agradezco de este magnífico profesor e investigador, son sus libros. Sobremanera, los que tienen que ver con el Estado como forma política y con la civilización cristiana como sustento cultural y moral de la sociedad libre. En relación con el primero, destaca Historia de las formas del Estado. En este trabajo, el brillante profesor Negro Pavón describía la evolución del Estado, siendo consciente del éxito que dicha forma política ha tenido a lo largo de la Historia. La clave se encuentra en la capacidad de mutar y adaptarse al espíritu de los tiempos. Primero, una forma político patrimonial; después, una máquina resultado de las revoluciones liberales y posteriormente, un proyecto totalitario y liberticida.

El Estado

En la actualidad, don Dalmacio pensaba que el Estado:

(…) no es más que una gran maquinaria técnica que, abandonada a sus propios impulsos, pugna por someter la política y el Derecho, la religión, la moral, la cultura, la misma vida, causa y raíz de todo lo demás, a sus exigencias técnicas desarrollistas.

En definitiva, y a pesar de habernos librado de los totalitarismos comunista y nazi, un aparato que pretende engullir a la sociedad, que desea someterla y hacerla dependiente. Una maquinaria que anula a la persona, reduciéndola estrictamente a ser productiva al servicio de la misma.

Por todo lo anterior, Dalmacio era un gran defensor del cristianismo. Un defensor a ultranza de la civilización que nos ha hecho ser lo que somos. En su trabajo Lo que Europa debe al cristianismo, el profesor se hacía una pregunta que entronca con lo analizado por pensadoras como Dreidre McCloskey:

¿Pueden la libertad, la igualdad, la democracia, la ciencia o la economía seguir siendo ideas básicas de nuestro entorno cultural sin las creencias sustantivas de origen cristiano sobre las que descansan y se edificaron?

La pregunta sigue vigente en los tiempos que corren, pues creo que son muchos los que tienen presentes, que vivimos en tiempos de incertidumbre e inseguridad. Necesitamos asideros que motiven una recuperación de lo nuestro. Volver al pasado con objeto de recordar aquello que hizo de Occidente la cuna de la libertad.

La tradición liberal y el Estado

Y en este sentido, es importante regresar a La tradición liberal y el Estado. Para don Dalmacio:

El objetivo de la política para el liberal consiste en hacer posible que pueda realizar cada uno su fin personal, buscar la felicidad (…) El objeto de la política liberal son, pues, los medios, y la política de los medios es un arte que, al presuponer la libertad, deja vivir a la gente naturalmente.

En pocas palabras, vive y deja vivir. No te entrometas en el modo de vida de las personas si el mismo no afecta a la vida, la libertad y la propiedad de las mismas. Lo contrario es el diktat, el deber ser, la imposición de un criterio moral y con ello la restricción de la libertad.

Hoy nos ha dejado uno de los grandes. Una persona que ha contribuido a defender lo que somos, un ser humano que amaba la libertad. Descanse en paz, don Dalmacio. Siempre en nuestra memoria.

En memoria de Dalmacio Negro

El Instituto Juan de Mariana lamenta profundamente el fallecimiento de Dalmacio Negro.

Nacido en 1931, fue uno de los grandes teóricos contemporáneos de la filosofía política, reconocido por su defensa de la libertad frente a las amenazas que la acechan en la modernidad. 

Licenciado en Derecho y Filosofía y doctor en Ciencias Políticas, logró la cátedra de Ciencia Política y de Historia de las Ideas en la Universidad Complutense de Madrid y fue Catedrático Emérito de la Universidad CEU San Pablo, donde fundó el Grado de Ciencia Política y dirigió el Seminario de Estudios Políticos ‘Luis Díez del Corral’. 

Su obra combinó erudición y pensamiento original, con una visión del liberalismo no como ideología, sino como categoría nacida de la tradición política europea. 

Autor de ensayos influyentes como La tradición liberal y el Estado, El mito del hombre nuevo o La tradición de la libertad, exploró el papel del Estado, las ideologías y las tensiones entre tradición cristiana y racionalismo. 

En 2022 recibió el Premio Juan de Mariana. 

Maestro de generaciones y crítico de las pretensiones absolutistas del poder moderno, Dalmacio Negro fue un referente indispensable para comprender la historia y la política desde una perspectiva liberal.

Felicitemos la Navidad, no las fiestas

¿Por qué felicito la Navidad? Porque soy creyente. Podría responder y cerrar este artículo con esa sola razón. Sin embargo, la pregunta más interesante es por qué, más allá de mis convicciones personales, considero que es mejor vivir en una sociedad donde se diga “Feliz Navidad.” Hoy voy a compartir cuatro razones.

Porque es mejor llamar las cosas por su nombre

Nuestra relación con la realidad mejora a medida que la conocemos y la definimos. Llamar a las cosas por su nombre no es solo una cuestión de precisión lingüística, sino de respeto por su esencia. Cuando nombramos la Navidad como lo que es, afirmamos nuestra relación con una tradición profunda y significativa. El lenguaje refleja la relación específica que tienen sus hablantes con la realidad, incluidas las cosas que más valoran.

Porque la verdadera tolerancia no exige borrar lo propio

La Navidad tiene un significado enraizado en nuestra cultura y en su origen cristiano. Incluso para quienes no comparten su lectura religiosa, la Navidad sigue siendo un momento especial: descanso, familia, reflexión y agradecimiento. Reducirla simplemente a “las fiestas” es neutralizarla, vaciarla de su valor.

Felicitar la Navidad no excluye otras celebraciones. Al contrario, es un acto de afirmación cultural. Así como otras tradiciones tienen derecho a manifestarse con sus nombres específicos —Hanukkah, Eid, Diwali—, también nosotros debemos reconocer y celebrar la Navidad con autenticidad.

Porque no debemos disfrazar el odio ni la ignorancia bajo la apariencia de tolerancia.

En el peor de los casos, es un intento de derrocar nuestras tradiciones para imponernos una nueva agenda. En el mejor, llamar a todo “las fiestas” es una forma de no querer ofender, pero en el fondo implica no comprender ni valorar nuestras propias raíces culturales. La verdadera pluralidad no se logra neutralizando identidades, sino respetándolas en su especificidad.

Nos venden como tolerancia lo que, en realidad, es ignorancia. Diluir las tradiciones bajo un nombre genérico las vacía de contenido. Cuando todo se reduce a “fiestas”, perdemos la riqueza de comprender quiénes somos y qué valor tienen nuestras tradiciones.

Porque reconocer la diversidad implica aceptar lo específico

Cambiar el color de piel de un protagonista en una película no es inclusión; es una forma superficial de tratar la diversidad. El verdadero respeto hacia otras culturas y tradiciones nace de estudiarlas profundamente, comprender sus mitos, valores e historias. El pluralismo nunca va a nacer de negar nuestra cultura. El pluralismo real crearía obras de cine dedicadas a comprender los valores de otras culturas con el acercamiento sincero y honesto a sus mitos y formas de comprender el mundo. Del mismo modo, la Navidad merece ser celebrada por lo que es: una festividad con un sentido propio y profundo. Aceptar la diversidad significa reconocer lo particular. Todas las tradiciones tienen derecho a manifestarse sin diluirse en expresiones amorfas y neutras.

La Navidad puede ser un tiempo de calma y de familia, o el momento en el que se celebra la llegada al mundo del Creador. Como escribió Chesterton, se celebra el hecho de que en un momento particular de nuestra historia, “las manos que habían hecho el sol y las estrellas eran demasiado pequeñas para alcanzar a tocar las enormes cabezas de los animales del pesebre.” Ese contraste entre lo grandioso y lo humilde, lo divino y lo humano, es lo que hace tan especial la Navidad.

No sé si habré logrado convencerte de la importancia de que llamemos las cosas por su nombre. Pero si para ti la Navidad significa solamente tranquilidad, reflexión y tiempo con tus seres queridos, genial. Si es el momento en que celebras el nacimiento del niño Jesús, también me parece estupendo. Al final, la Navidad nos une, ya sea como un momento de fe, tradición o familia. Por eso, digámoslo con orgullo y sin complejos: ¡Feliz Navidad!

“Contra la sopa mínima vital”: liberalismo en el humor gráfico de José María Nieto

Desde el Instituto Juan de Mariana queremos rendir homenaje a José María Nieto, viñetista y dibujante de ABC, cuya sección Fe de ratas se
ha convertido en un clásico imprescindible de la prensa escrita española.


Con la publicación de “Contra la sopa mínima vital”, ofrecemos una antología de algunas de sus mejores creaciones, publicadas entre
2013 y 2024. El documento incluye asimismo un texto de Juan Fernández-Miranda, periodista y adjunto al director de ABC.


Día tras día, el trabajo de Nieto se asoma a la página 5 del citado periódico y nos ofrece una mirada aguda, crítica y profundamente ingeniosa sobre los sinsentidos de nuestra realidad política, económica y social. Crítica inteligente, con una sonrisa.


En un país donde no dejan de imponernos nuevas normas, trabas y absurdos, el humor de Nieto se alza como una herramienta formidable para desnudar las contradicciones del poder y devolvernos la capacidad de reírnos de las dificultades que enfrentamos como ciudadanos.


Su lápiz se mueve con precisión quirúrgica, combinando la ironía y el sarcasmo con una sensibilidad que solo los grandes caricaturistas poseen. En Fe de ratas, los temas más complejos de la economía, la política o incluso la vida cotidiana cobran una dimensión inesperada, acercándonos a ellos desde una perspectiva fresca y reveladora.


Nieto no solo dibuja una sonrisa en nuestros rostros, sino que nos invita a reflexionar. Su humor ácido, pero siempre bien planteado, nos recuerda que la crítica no tiene por qué ser amarga para ser efectiva.

En un escenario donde los retos impuestos por los políticos a menudo parecen insuperables, su obra nos inspira a mirar más allá de la desesperanza, utilizando la inteligencia y la creatividad como armas fundamentales.


Desde estas líneas, agradecemos a José María Nieto por recordarnos cada día que, incluso en los momentos más complicados, el buen humor es una forma esencial de libertad. Porque reírnos de nuestros opresores con inteligencia y estilo es también una manera de derrotarlos.


HAGA CLICK AQUÍ PARA DESCARGAR “CONTRA LA SOPA MÍNIMA VITAL”, LA ANTOLOGÍA DE VIÑETAS DE JOSÉ MARÍA NIETO PUBLICADAS POR ABC ENTRE 2013 Y 2024.

CapX recoge los mejores libros de 2024

El artículo CapX recoge los mejores libros de 2024 fue publicado originalmente en CapX. ¿Cómo ha sido 2024 libro a libro para quienes escriben en CapX? El think tank ha pedido a sus colaboradores que compartan con los lectores los mejores libros de este año.

Marc Sidwell

Por puro frikismo económico, me he descargado recientemente un pdf gratuito de The socialist calculation debate, de Peter Boettke y otros, que a pesar de lo árido del título es una apasionante pieza de historia intelectual y de gran relevancia hoy en día, cuando políticos equivocados vuelven a la economía como herramienta de ingeniería social.

Mientras tanto, en CapX hemos tenido un año excepcional en lo que se refiere a las aportaciones de los autores de nuevos libros de gran interés. Si busca una lectura política que le haga reflexionar durante las vacaciones, puede empezar con Madsen Pirie sobre el significado del conservadurismo, David Laws sobre la historia de las relaciones entre liberales y laboristas y Musa al-Gharbi sobre el no tan despierto mundo de la élite de los «capitalistas simbólicos». O si busca inspiración económica, pruebe con Daniel Waldenström sobre lo que Thomas Piketty entendió mal, Jon Moynihan sobre cómo hacer que Gran Bretaña vuelva a crecer, o este fascinante extracto de «Boom», publicado por Stripe Press, sobre cómo una burbuja de inversión alimentó la revolución del fracking.

Con un nuevo bebé en casa, no he tenido mucho tiempo libre para leer este año, aparte de incursiones ocasionales en busca de inspiración y escapadas a la ciencia ficción visionaria de Iain M Banks, cuya serie Culture sigue siendo el mejor relato optimista del futuro lejano de las posibilidades humanas. (Elon Musk, famoso por estar de acuerdo, ha bautizado su flota de naves teledirigidas SpaceX en homenaje a la serie de Banks). También me está gustando el Manifiesto tecnohumanista de Jason Crawford, que se está publicando en línea capítulo a capítulo y ofrece una visión más filosófica del tema del progreso.

Joseph Dinnage

Ha sido un año de grandes libros. En cuanto a política, hay uno que ha dominado la agenda: Las memorias de Boris Johnson Unleashed. Lo ames o lo detestes (muy pocos se encuentran en medio), escribe un libro increíble. Desde la campaña electoral para la alcaldía de Londres en 2008 hasta la hercúlea tarea de «hacer realidad el Brexit», es un tesoro de ideas políticas. Sin embargo, como ocurre con muchas de las cosas que dice el ex Primer Ministro, hay que leerlo con cautela.

En el terreno de la ficción, la mejor novela que leí fue Disgrace, de JM Coetzee, un relato conmovedor y a veces desgarrador de la Sudáfrica posterior al apartheid de los años noventa. El profesor David Lurie, el protagonista, es un personaje complejo. Tras una serie de arriesgados encuentros sexuales con sus alumnas -quizá inspirados por su amor a Lord Byron-, es expulsado de su universidad, tras lo cual se traslada a una granja con su hija. Lo que sigue es un retrato brutal de un país en violento cambio.

En un viaje a Estados Unidos a principios de año, compré en una librería de Pittsburgh Right Reason, una colección de artículos de William F. Buckley Jr. Ha sido un placer leerlo. Con una arrogancia transatlántica suprema, la fluidez de la escritura de Buckley sobre todo, desde Reaganomics a la mantequilla de cacahuete, irrita y deleita a la vez. Nunca rehuyó la polémica y fue uno de los pensadores más agudos del siglo pasado.

David Goodhart

Me puse al día con Act of oblivion, el thriller histórico de 2022 de Robert Harris sobre la caza de dos de los regicidas -Edward Whalley y William Goffe- que firmaron la sentencia de muerte de Carlos I. Como en muchas de las mejores novelas de Harris, se aprende mucho de historia. En este caso descubrí lo poco que sabía sobre la guerra civil inglesa, a la vez que disfrutaba de una novela trepidante.

No soy el mayor admirador de Rory Stewart, el conservador favorito de la izquierda, pero ha hecho un gran servicio a la vida pública con sus memorias Politics on the Edge. Su relato de un diputado capaz y ambicioso que lucha contra la ignorancia, la inercia burocrática y el partidismo ciego de la vida en Westminster es a menudo espeluznante, pero está lleno de sabiduría y escrito con una humildad que no suele asociarse a su breve carrera política.

Escuché a Geoff Norcott leer sus memorias Where Did I Go Right: How the Left Lost Me sobre su viaje desde la clase trabajadora del sur de Londres, hijo de un funcionario sindical, hasta convertirse en el único cómico de la corriente dominante con opiniones conservadoras. Es, por supuesto, divertido, pero también conmovedor, y sus dolorosas observaciones sobre la clase social deberían hacer que el libro estuviera en la lista de lectura de cualquier licenciatura en sociología.

Bruce Anderson

Simon Mayall es general retirado y ex alto asesor del Gobierno para Oriente Próximo. También es un historiador de gran destreza y fina prosa. Su primer libro, Soldier in the sand, le consagró como comentarista de primera fila. Su último libro, The house of war, ha confirmado su reputación. Al tratar de la lucha de 1.300 años entre la Cristiandad y el Califato, hay una conclusión inexorable. El conflicto aún no ha terminado. El libro de Sir Simon es una lectura de primera clase.

Más Simonía: otro caballero del reino, también ha producido un libro excelente. La Short history of British architecture de Simon Jenkins es otra lectura excelente. Es particularmente bueno cuando critica a los llamados arquitectos, discípulos de Corbusier, que han infligido tanta fealdad al tiempo que han creado tantos problemas sociales.

El libro de Mayall te hará reflexionar: el de Jenkins inspira ira. Ambos te anclarán a tu sillón, evadiéndote de las obligaciones estacionales.

Sam Bidwell

El libro de Lee Kuan Yew From third world to first es indispensable para cualquier joven radical de la derecha británica. Es un relato inspirador de lo que podemos conseguir con suficiente voluntad, ambición y capacidad, algo muy necesario en el clima político actual.

The origins of English individualism, de Alan MacFarlane, es otra lectura obligada, pues ofrece un relato antropológico de las peculiares costumbres políticas, sociales y económicas de Inglaterra. Dado el éxito de nuestras ideas y normas en los últimos siglos, puede resultar fácil olvidar lo que nos hace únicos, ya sea nuestra inusual estructura familiar, nuestro espíritu mercantil o nuestro peculiar modelo constitucional.

Por último, Just in time, de John Hoskyns, ha experimentado recientemente un cierto renacimiento en los círculos conservadores británicos, gracias en gran medida a los esfuerzos proselitistas de James Price. Es un relato forense de cómo nació realmente la Revolución Thatcher de los años ochenta, con todas sus verrugas. Entonces, como ahora, la necesidad de recablear el Estado británico era un reto de enormes proporciones, pero el trabajo forense de Hoskyns y otros hizo posible el cambio que Gran Bretaña tanto necesitaba. Para reflexionar.

Alys Denby

Grow where they fall es una hermosa y divertida novela de madurez de Michael Donkor. La narración oscila entre dos puntos de inflexión recientes de la historia británica, 1997 y 2015, en los que nos encontramos con Kwame como escolar cuya identidad acaba de emerger y como adulto que enseña inglés en el sur de Londres. Donkor es un escritor muy hábil, que se enfrenta a la raza, la clase social, la homosexualidad y la britanidad con ingenio y ligereza.

El año de no ficción estuvo dominado por Boris Johnson, con sus propias memorias, Unleashed, The Plot, de Nadine Dorries, y Out, de Tim Shipman, todos con relatos totalmente opuestos sobre su mandato en Downing Street. Dependiendo de a quién creas, Johnson es un héroe que cometió algunos errores, una víctima de una conspiración al estilo James Bond, o un terrible primer ministro que hizo algunas cosas bien. Y leas a quien leas, te quedas con la duda de si es una historia que realmente ha terminado. Para un relato más edificante de las ideas conservadoras, prueba Blue Jerusalem, de Kit Kowol, que corrige el mito de que la Segunda Guerra Mundial fue un triunfo del colectivismo. Un libro brillante.

William Atkinson

Como siempre, el trabajo, la incompetencia y las tergiversaciones conservadoras me han impedido leer tantos libros este año como me hubiera gustado. Pero al igual que la antigua experta en Martin Amis de CapX me puso en el camino de disfrutar de sus obras el año pasado, también este año me aconsejó que me centrara en leer libros de menos de 200 páginas, asumiendo que podría leer más.

Dos de ellos – Novela de ajedrez, de Stefan Zweig, y A month in the country, de J. L. Carr- son amenos estudios de la vida en el periodo de entreguerras. El primero aborda la difícil situación de los monárquicos austriacos en la Austria post-Anchsluss a través de rondas del juego titular, mientras que el segundo es un agridulce romance de Yorkshire. La preparación perfecta para un fin de semana de copas en el condado de Dios con un par de compañeros de CapX.

La política, por desgracia, se las arregló para asomar su fea cabeza en mis hábitos de lectura. The unknown prime minister, la biografía seminal de Robert Blake sobre Andrew Bonar Law, encabezó la pila, proporcionando un estudio sin igual de la naturaleza de la alta política que estableció el marcador por el que varios habitantes de Peterhouse y el joven Tim Shipman deben ser juzgados, cuyas nuevas obras también recomiendo, pero son obligatorias.

A los entusiastas del críquet también les urge encontrar en sus medias un ejemplar de Richie Benaud’s Blue Suede Shoes, del historiador David Kynaston y el poeta y crítico Henry Ricketts. En este libro, que detalla los contrastes entre la Inglaterra de Peter May y la Australia de Benaud durante el verano de las cenizas de 1961, se disfruta mejor después de un par de pintas cuando Inglaterra va 200-3 en Trent Bridge.

Eliot Wilson

Otro año en el que las compras han superado al consumo y mi pila de lecturas pendientes ha crecido cada vez más. Mientras Vladimir Putin ha elevado repetidamente las apuestas de su guerra en Ucrania, el libro de la veterana periodista Annie Jacobsen Nuclear war: a scenario ofrece un examen meticuloso, detallado y espeluznante de cómo se desarrollaría el armagedón minuto a minuto, y del poco control que tendrían incluso los líderes mundiales más poderosos una vez que los acontecimientos se pusieran en marcha. Espeluznante y convincente.

Más prosaico, el libro de Sam Freedman Failed State: why nothing works and how we fix it, de Sam Freeman, explica por qué los gobiernos tienen ahora tantas dificultades para llevar a cabo sus políticas declaradas, y expone los graves y repetidos errores cometidos en Whitehall. No es una causa perdida, pero queda mucho por reconstruir y reformar.

La cuarta novela de Sally Rooney, Intermezzo, fue el acontecimiento de ficción del año y deslumbró: una meditación rica, profunda y compleja sobre las relaciones humanas y los lazos de amor y afecto. Su adopción de una corriente de conciencia joyceana para uno de los personajes principales desplegó una narración en picado y sin aliento de aguda simpatía y perspicacia, y su retrato de los espacios en blanco, las palabras que quedan sin decir, entre hombres y mujeres sigue siendo a veces insoportablemente conmovedor. Rooney sigue siendo una escritora excepcional y brillante.

Tom Jones

El año pasado, «con el auge del suicidio médicamente asistido», elegí Love among the ruins, de Evelyn Waugh, un relato distópico escrito en los albores del Estado del bienestar, donde la eutanasia es el servicio gubernamental más demandado. Si no lo leíste entonces, deberías leerlo ahora.

De repente, todo el mundo en política parece estar hablando del Blob; por eso he estado recomendando generosamente Ruling the void de Peter Mair. Mair sostiene que el declive de la política de partidos ha roto el vínculo entre gobernantes y gobernados, lo que significa que las élites se distancian cada vez más del público y redefinen la democracia para restar importancia a la soberanía popular. En este vacío, intervienen los «expertos» -especialistas tecnocráticos supuestamente imparciales-, que operan dentro de instituciones estatales o semiestatales ostensiblemente responsables. Esto crea deliberadamente una «esfera protegida en la que la elaboración de políticas puede eludir las limitaciones impuestas por la democracia representativa». 14 años de tories entregando dinero y poder a sus oponentes políticos de repente tuvo un poco más de sentido después de haber leído esto.

Por último, la guerra de Keir contra los agricultores a través de los detestables aumentos del IHT me hizo releer English pastoral de James Rebanks. La historia de tres generaciones de Rebanks que mantienen su agreste granja de ovejas en las tierras altas me recordó lo mucho que el campo que amo aquí en North Yorkshire depende de su cuidadosa y paciente administración, y lo rápido que podría perderse.

Maxwell Marlow

No hay nada más festivo que los colores rojo y verde, así que, con ese espíritu, Public Net Worth: accounting, government, democracy encabeza mis recomendaciones para todos los elfos cerebritos. Este libro explica que la capacidad para gestionar el capital, considerar el valor real de los activos en los libros y utilizar incluso los detalles financieros más sencillos parece estar fuera del alcance de los gobiernos, y explica por qué y cómo solucionarlo. Puede que sea tan seco como el jerez de Navidad, pero es una lectura fascinante.

Para quienes busquen algo más de dinamismo y dinamismo, Unleashed, de Boris Johnson, es una lectura excelente. Aunque quizá Throne of glass hubiera sido un título más adecuado… Al igual que su estilo de gobierno, va saltando de un tema a otro con brío y brillantes segmentos. Su estilo de escritura es tan impresionante como su estilo oratorio: abundan los símiles y las metáforas, con fascinantes reflexiones sobre su larga y variada carrera. Realmente está a la altura de las circunstancias.

Para los jugadores de centro-derecha de estas navidades, recomiendo sumergirse en Helldivers 2, un galardonado shooter indie cooperativo de Arrowhead Games. Juega con tus colegas mientras difundes la democracia, la libertad y la libertad contra los enemigos de la humanidad. Es un juego absorbente, trepidante y de alta intensidad, que recomiendo totalmente.

Andrew Tettenborn

Para la ficción, una vuelta al siglo XIX. Sir Walter Scott es un autor muy denostado, lo cual es una lástima. Su mejor novela, Guy Mannering, leída de nuevo después de un largo intervalo, es tan buena como cualquier otra de la época: no sólo se ve el Dandie Dinmont original, sino que se ve una Escocia desaparecida de robusta decencia y sentido común que haría cambiar de opinión a los que ahora administran esa nación en decadencia.

Este año, The War on the Past (La guerra contra el pasado), de Frank Furedi, una polémica excelentemente escrita contra los neofílicos que menosprecian nuestra cultura y pretenden borrarla, es un buen libro político. Una buena lectura periodística fue el libro del año pasado Dead in the Water (Muertos en el agua), en el que un par de periodistas estadounidenses desvelan las trampas marítimas que surgen del turbio mundo de los hundimientos, los fraudes a las aseguradoras y el crimen internacional. Muy entretenido, aunque a veces demasiado sensacionalista.

Philip Patrick

Un cambio de trabajo y un viaje al trabajo considerablemente prolongado, en trenes japoneses casi diseñados para la lectura, me han permitido abordar este año unos cuantos tomos extensos, ninguno más impresionante que los dos primeros volúmenes de la biografía de Stalin, sin duda definitiva, del profesor Stephen Kotkin. Kotkin rechaza el perezoso estereotipo de Stalin como oportunista psicópata, o psicópata oportunista, y sostiene que el líder soviético estaba demasiado cuerdo, y que todo lo que hizo, por grotesco y contraproducentemente cruel que pareciera, tenía una razón de ser marxista-leninista. El verdadero mal de la Unión Soviética es la propia ideología. 1000 páginas, pero hay un paralelismo moderno en casi cada página.

Hablando de opresión ideológica, el libro autobiográfico de Graham Linehan Tough Crowd esboza rápidamente su descenso de escritor de comedia más importante de la nación a un paria virtual, excitado por sus cobardes «compañeros» cómicos y prácticamente desempleado, todo por la herejía moderna de argumentar a favor del sexo biológico y en defensa de espacios para mujeres biológicas. Es una prueba del talento de Linehan que pueda relatar su vergonzoso trato y aún así hacerte reír a carcajadas.

Si puedo añadir uno más, el meticuloso detalle de Miranda Devine sobre el escándalo del portátil de Hunter Biden, Laptop from Hell, una historia de codicia, sordidez y corrupción a la antigua usanza, es un recordatorio de cómo es el periodismo real, y no el de régimen.

Ver también

Lecturas para el verano de 2024. (Miguel Anxo Bastos).

Tomándonos en serio al marxismo cultural

Por Tara Isabella Burton. El artículo Tomándonos en serio al marxismo cultural fue publicado originalmente en Law & Liberty.

Los humanos somos seres caídos; incapaces de percibir la verdad. Algo extrínseco a nuestro propósito humano innato, ha deformado nuestra cognición, así como nuestros deseos, y no podemos reconocer lo que es bello o bueno, incluso cuando lo tenemos justo delante. Por mucho que intentemos ser mejores o más sabios, las fuerzas del mal están tan profundamente arraigadas en el mundo que nos rodea que ni la bondad ni la razón pueden abrirse paso.

Esta es, más o menos, una doctrina cristiana ortodoxa común del pecado. Es lo que encontramos, entre otros, en los escritos del obispo del siglo IV San Agustín. Escribiendo contra otro teólogo cristiano, el bretón Pelagio, cuyo énfasis en la libertad de la voluntad humana significaba que los seres humanos eran responsables de su propia degradación, Agustín desarrolló su propia comprensión del pecado original. El pecado, tal como él lo entendía, era algo tanto individual como colectivo; era tanto personal como hereditario. El pecado no consistía sólo en hacer cosas malas, ya fuera por desconocimiento de que eran malas o por falta de voluntad para dejar de hacerlas. Era una corrupción endémica de nuestra propia naturaleza.

La depravación humana

Hoy en día, este relato de la depravación humana se encuentra a menudo en una forma diferente, ostensiblemente secular. Y la mayoría de los que nos topamos con este lenguaje, especialmente fuera de los círculos religiosos tradicionales, lo encontraremos articulado en el vocabulario de lo que hasta hace poco se llamaba justicia social, y que ahora puede rebautizarse, sobre todo en publicaciones conservadoras, como «marxismo cultural» o «teoría crítica de la raza».

Esos fenómenos son la corriente descendente de un entramado de pensamiento marxista y postmarxista del siglo XX que pretendía transformar la filosofía contemplativa y desinteresada en teoría revolucionaria, con el poder no sólo de examinar, sino también de cambiar las injusticias del statu quo. Desde hace más de una década, el lenguaje de «revisar nuestros privilegios», «validar la experiencia vivida» o «aplastar el patriarcado» se ha vuelto tan omnipresente que a veces parece banal.

Es fácil, y tal vez grosero, comparar la justicia social con una religión. Las personas que lo hacen a menudo pretenden burlarse del fanatismo de sus seguidores, muchos de los cuales sienten aversión por la religión organizada como tal. Pero también es cierto que la imagen del mundo que dibujan aquellos a los que los conservadores tacharían de «marxistas culturales» consiste, de hecho, en un intento sistemático de responder a una de las preguntas humanas más fundamentales y existenciales, una pregunta con la que la religión ha estado luchando durante siglos: no sólo por qué hay mal en el mundo, sino por qué hay mal en nosotros. Es una pregunta que puede, y debe, trascender las guerras culturales.

Carl Trueman

El escritor Carl Trueman es, afortunadamente, un teólogo -no un guerrero de la cultura- y su historia intelectual del pensamiento marxista y postmarxista (marxismo cultural), To Change All Worlds: Critical Theory from Marx to Marcuse, es tanto mejor por ello. Trueman es, sin pudor, un conservador (o un «conservador liberal», como dirían sus memorias), y su libro está explícitamente dirigido a un público conservador: uno, quizás, acostumbrado a pensar en el «marxismo cultural» como mera procedencia de Zoomers poco serios y de pelo azul que adoptan nombres de animales como pronombres.

Change All Worlds no es una apología de la teoría crítica. Pero sí es una llamada intelectualmente generosa a examinar la historia intelectual seria del marxismo cultural, y los relatos posmarxistas de la economía, el sexo y la cultura, en sus propios términos y en su propio contexto. Para sus presuntos lectores de derechas -Trueman asume, por ejemplo, que la mayoría de sus lectores serán unánimes en su enfoque de las cuestiones transgénero- es una invitación a considerar la ideología «enemiga» como un intento legítimo, aunque (según él) equivocado, de entender las injusticias del mundo. Es, al igual que su anterior The Rise and Triumph of the Modern Self, un manual útil y directo sobre lo que la teoría crítica, a menudo tan abstrusa, dice en realidad.

Y es, incluso para este lector «liberal conservador», un examen imparcial de dónde y cómo la teoría crítica puede quedarse corta, al menos desde un punto de vista teológico. Una vez que hemos desmantelado las partes de nosotros mismos que nos imponen las relaciones sociales, ya sean de clase, raza o género, ¿qué queda de nosotros, si es que queda algo?

Hegel y el marxismo cultural

Trueman comienza su exposición con Hegel. Según Trueman, la filosofía de la historia de Hegel fue pionera en la idea de que las mentalidades históricas están situadas en un tiempo y un lugar concretos: lo que se considera cierto en la China imperial, por ejemplo, no lo es en la Francia posterior a la Ilustración. Cada época tiene su propia ideología, una ideología determinada, al menos en parte, por las relaciones de poder.

Además, nos entendemos y reconocemos a nosotros mismos de forma contingente: en relación con los demás, y por y a través de las relaciones de poder, dependencia y obligación que nos unen. Hegel lo demuestra en su famosa parábola del «amo y el esclavo». Lo que Hegel introduce, según Trueman, es el sentido de que la realidad es siempre contingente. Si la «verdad» no es más que una función de las relaciones de poder -si, en otras palabras, no existe la verdad objetiva- entonces la función tradicional de la filosofía, conocer la verdad, es obsoleta.

Marx retoma y amplía el argumento de Hegel. Al considerar que los procesos ideológicos históricos están enraizados a su vez en problemas económicos y materiales específicos, y en las relaciones de poder que sostienen las estructuras sociales explotadoras, Marx trata la ideología no sólo como contingente, sino como contrarrevolucionaria. La religión puede ser, notoriamente, el «opio de las masas», pero cualquier explicación filosófica de la vida humana existe, para Marx, principalmente para ocultar al proletariado la injusticia de su situación.

Adorno y Horkheimer

Y, sin embargo, el pensamiento marxista no consiguió llevar a cabo la revolución con la que soñaba Marx. Su fracaso, según Trueman, provocó una nueva ola de crítica cultural de influencia marxista, ya que los miembros del Instituto de Investigación Social de la Universidad Goethe de Fráncfort, entre ellos Theodor Adorno y Max Horkheimer, ampliaron las teorías de Marx y las llevaron a la esfera de la vida cultural cotidiana. La ideología, después de todo, no sólo había llevado a la supresión del proletariado.

También había creado unas condiciones en las que el proletariado parecía totalmente inconsciente de su propia situación y totalmente desinteresado en solucionarla. Los miembros de la Escuela de Fráncfort no sólo desconfiaban de la religión. Incluso la propia razón -concebida como el falso dios de la Ilustración- fue atacada: simplemente otra ideología instrumental con la que la floreciente burguesía podía reclamar el control de la imaginación social.

Trueman simpatiza con los fundamentos de sus argumentos. Nos recuerda repetidamente que la Escuela de Fráncfort estaba compuesta en gran parte por teóricos judíos, que pensaban y trabajaban con el fantasma creciente del nacionalsocialismo como telón de fondo. La cuestión de cómo se podía convencer a una sociedad de que pensara no sólo en cosas problemáticas, sino en cosas directamente nocivas y violentas -pensamientos que muy pronto se pondrían en práctica- no era meramente académica. Para la Escuela de Fráncfort, la «marginación» era un asunto de vida o muerte. (Y, ciertamente, los términos científicos en los que los nazis enmarcaron su proyecto de limpieza étnica son un escalofriante ejemplo de «razón» utilizada con brutales fines sociales).

Si la verdad es poder, al poder siempre le acompaña la verdad

Sin embargo, según Trueman, la reducción de la verdad a un mero sistema de relaciones de poder históricamente contingentes no sólo hace imposible la filosofía. También hace imposible el tipo de bienes que persigue la filosofía: una visión de lo que debería ser la vida, de lo que son realmente los seres humanos y para qué estamos hechos. Una vez que hemos desmantelado las partes de nosotros mismos que nos imponen las relaciones sociales, ya sean de clase, raza o género, ¿qué queda de nosotros, si es que queda algo? Y, cuando se trata de justicia, ¿cómo concebimos ese resto como parte de una comunidad política? ¿Cómo llegar a alguna parte si no podemos concebir un nosotros más allá de la contingencia?

Una respuesta -que Trueman, creo que con razón, rechaza- es la respuesta postfreudiana: la que considera nuestros deseos sexuales como parte de nosotros como lo más cerca que podemos estar de la autenticidad. (De hecho, el argumento «marxista cultural», cuando se trata de los deseos manufacturados que nos impone la cultura de masas capitalista, es especialmente útil para iluminar hasta qué punto nuestros deseos están realmente construidos).

Otra respuesta -cada vez más común entre lo que en otro lugar he denominado la derecha ataviada- es abogar por el retorno de las relaciones sociales identarias, particularmente en sus iteraciones jerárquicas o etnonacionalistas: reafirmar que lo que realmente somos no viene de fuera de la sociedad, o de un yo «auténtico» individualmente propuesto, sino más bien de las órdenes que se nos imponen con razón.

La tradición cristiana

Pero hay una tercera respuesta, diferente, que puede encontrarse bajo el paraguas de la tradición cristiana ortodoxa: las explicaciones del alma, y las formas en que puede ser deformada tanto por fuerzas externas como internas, pueden ayudarnos a pensar de forma más productiva sobre la relación entre el yo y la sociedad, y en particular sobre cómo nuestros deseos -ya sean innatos o fabricados- pueden ser manipulados por otros -el diablo o el sistema capitalista- para fines que nos alejan de lo que es bueno, deseable o verdadero.

A excepción de unas pocas páginas hacia el final del libro, Trueman se muestra curiosamente reticente a la hora de proponer la tradición intelectual cristiana como fuente de, si no necesariamente respuestas, al menos diálogo: qué podrían decirse Agustín y Marx sobre el modo en que nuestro afán de poder y nuestro deseo de situarnos narrativamente, sino materialmente, en una posición que podamos soportar, distorsiona nuestra comprensión de nosotros mismos y de los demás.

Sin embargo, un aspecto en el que la tradición intelectual cristiana -y, de hecho, muchas otras escuelas filosóficas y religiosas- puede ser de ayuda es en la distinción entre lo que podemos saber y lo que es, de hecho, real o verdadero. El hecho de que seamos incapaces de captar la verdad en su plenitud, de que la realidad trascienda nuestra capacidad de conocerla, ya sea a causa del pecado, de la estupidez o del nexo espiritual de ambos, no implica que la verdad no exista.

Hermenéutica de la sospecha

Podemos aplicar la hermenéutica de la sospecha a nuestros engaños humanos -recordándonos a nosotros mismos lo egoístas que deben ser inevitablemente nuestras historias sobre nosotros mismos y sobre los demás- sin plantear que no existe verdad alguna. (Y, de hecho, la tradición apofática del misticismo cristiano, o la esperanza que se encuentra en el existencialismo cristiano de Kierkegaard, ofrecen vías potenciales para hablar de las limitaciones morales del conocimiento humano y las respuestas anti-nihilistas a ellas).

Trueman comienza su relato con una cita cargada del Mefistófeles de Fausto, que le dice al doctor: «Soy el espíritu que siempre niega, y con razón, ya que todo lo que empieza a existir sólo sirve para dejar de existir y sería mejor que nada empezara nunca». Y tiene razón al afirmar que la popularización de la teoría crítica, al menos en su versión más banal en los medios sociales, tiende a abordar la cultura con este mismo sentido de la negación.

Pero si la teoría crítica en su iteración actual es nihilista, esto no se debe a una ausencia de respuestas, sino más bien a una ausencia del sentido de que tales respuestas, independientemente de la limitación humana, puedan existir. Tal relación asintótica de la verdad con la posibilidad de su descubrimiento es, por su naturaleza, trágica (al menos, fuera de las concepciones cristianas de la gracia). Pero preserva, tanto a través de la cultura como de su crítica, la dignidad del intento.