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La economía a través del tiempo (XXII): Adam Smith y la riqueza del maestro griego

En los textos de Adam Smith se puede apreciar otra reflexión interesante sobre los maestros griegos. Hasta el momento, hemos visto la importancia que ha tenido la Antigua Grecia para varios autores de la historia del pensamiento económico. Sin embargo, Smith (1805, p 157) plantea que es posible que exista un legado que no haya llegado hasta nuestros tiempos y que los casos de Platón, Aristóteles y el resto de pensadores conocidos tenían unas características concretas que han provocado que sus ideas se hayan ido transmitiendo. Estas características no son otras que fama y financiación.

En ese sentido, Smith (1805) asegura que el impacto y la influencia de estos pensadores son “superiores a todos los Maestros modernos” (p. 157). Ante esta afirmación, el autor escocés desarrolla una nota a pie de página en la que específica lo que considera que fue la verdadera realidad de los profesores griegos:

Estas circunstancias más parecen efecto de la novedad de la enseñanza que emprendieron los primeros filósofos, y de la ignorancia que en el vulgo reinaba sobre los ramos de aquella literatura, que del impertinente carácter de enseñar con salarios fijos, o con estipendios contingentes, pues esta frívola circunstancia no podía producir toda aquella superioridad ponderada de sus opiniones: o hubiera subsistido el predominio de su doctrina (…) aunque hubieran sido pagados por salarios del Público (pp. 157-158).

Los maestros griegos

En ese sentido, el economista afirma que la influencia se debe al estado primitivo de la enseñanza y no tanto a otras variables, pero hace hincapié, posteriormente, al estado concreto de aquellos autores que fueron capaces de sobresalir:

Fuera de ello, aquellos Maestros Griegos de cuyas riquezas adquiridas por su enseñanza se hace mención por los historiadores antiguos fueron muy raros, como un Gorgias, un Hippias, un Platón, un Carneades; pero los Maestros comunes que serían muy numerosos acaso vivirían en más miseria que los nuestros: y si en tiempos presentes hubiera un Platón o un Aristóteles, a lo menos un filósofo que tuviese la fama que ellos tuvieron en la Antiguedad, no dudo que aunque no tuviese salarios públicos adquiriría riquezas inmensas del contingente de sus escolares (p. 158).

Ciudadanos y filósofos

Por tanto, Smith sostiene que la brillantez de estos autores, sumada a las riquezas de las cuales no podían disfrutar la mayoría de sus homólogos coetáneos, es la que ha provocado su trascendencia. No obstante, fue imperativo ser popular para destacar y, por tanto, para sobrevivir con tal dedicación:

Además de esto, hasta que en Grecia se hizo moda entre los poderosos ciudadanos, el estudio de la filosofía y la retórica, ningún maestro pudo subsistir aún en Atenas. Ningún rico republicano merecía el aprecio de su nación, no estando adornado de aquellas preciosas cualidades: siendo prueba incontestable de la riqueza de los discípulos (p. 158).

Así, muy diferente a lo que sostienen algunas creencias populares, el desarrollo de la filosofía griega no aparece en el momento en el que los maestros pueden vivir de rentas y, por tanto, dedicarse a pensar, sino cuando la clase poderosa o adinerada se interesa por tales artes. Es decir, de la misma manera que en la actualidad existen productos y bienes relacionados con clases elevadas, los maestros griegos y sus enseñanzas se convirtieron, según Smith, en una moda entre ricos y, por ello, fueron capaces de trascender e influir, tanto en su tiempo como en los venideros.

Esta visión smithiana puede llegar a transmitir una sensación de inseguridad, puesto que la historia del pensamiento humano, que tanto se sostiene sobre Grecia, no sería más que el producto de unas apetencias arbitrarias de una clase social particular de una época concreta. Otros, sin embargo, pueden decir que el proceso era inevitable o, incluso, que Smith se equivoca en este análisis. Con todo, es importante tener en cuenta la posible disparidad de escuelas que podrían existir en la Antigüedad, una diversidad cuya magnitud no es imaginable al no haber podido sobrepasar los límites de su tiempo.

Bibliografía

Smith, A. (1805) Investigación de la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones (Vol. 4). Valladolid: en la Oficina de la viuda e hijos de Santander.

Serie La economía a través del tiempo

Los políticos no quieren resolver el problema de la vivienda

Los políticos no quieren resolver el problema de la vivienda. Basta con analizar las soluciones que proponen, y las que se niegan a aplicar, para comprender que no hay intención real de arreglarlo.

Es evidente que existe un grave problema: el acceso a la vivienda, una de las necesidades más básicas de las personas, se ha vuelto muy difícil en las grandes urbes, donde los precios de compra y alquiler se han vuelto prohibitivos y no dan señales de dar un respiro. 

La causa del problema no tiene misterio: la demanda crece imparable, impulsada por el progresivo abandono de la España rural, por la creciente inmigración y la fragmentación de los hogares; mientras, la oferta, absolutamente restringida, es incapaz de adaptarse. 

Si en una ciudad se limita la construcción a un millón de viviendas y dos millones de familias quieren vivir en ellas, inevitablemente un millón de familias no van a poder acceder a una vivienda. Cuando se impide que la oferta se adapte, el precio subirá hasta que la demanda sea la que se adapte a la constreñida oferta.  

Y esto es lo que ocurre: nuestros gobernantes han decidido restringir la oferta de vivienda. Incrementar la densidad en zonas con alta demanda es hoy políticamente impensable. Donde todavía se puede construir, el Estado ha creado una gigantesca tela de araña de restricciones, permisos y aprobaciones administrativas que atrapa durante años a quien se atreva a iniciar una nueva construcción, sumiéndolos en la incertidumbre. No contentos con ello, a quien luego ose poner esa vivienda en alquiler, se le añaden adicionales dosis de intervencionismo y regulaciones arbitrarias que desincentivan el alquiler.

Controles de precios

El Gobierno parece desear que la situación empeore: su medida estrella en materia de vivienda es imponer controles de precios al alquiler. Es una de las políticas que más consenso genera entre los economistas… en su contra: causa desabastecimiento crónico, dispara los costes de búsqueda, impone una mala asignación de la oferta, provoca pérdidas permanentes de eficiencia y, a largo plazo, induce una progresiva caída de la cantidad y calidad de los inmuebles. El economista sueco Assar Lindbeck lo resumió afirmando que «el control de alquileres es una de las técnicas más eficientes hasta ahora conocidas para destruir una ciudad… salvo tal vez el bombardeo».

Pero el presidente del Gobierno se ha sacado un nuevo conejo de la chistera: propone crear una gran empresa pública de vivienda. Pero, ¿cómo esto resuelve la causa del problema? El sector privado no amplía la oferta, no porque no quiera, sino porque no le dejan. Las restricciones urbanísticas y la gran telaraña administrativa están ahí, con independencia de que exista o no esta nueva entidad estatal.

¿Qué hará esta empresa pública? Si opera bajo las mismas limitaciones que el sector privado, sin privilegios, la oferta permanecerá impasible y el problema, sin resolver. Sin embargo, si cuenta con privilegios crearía una nueva e inmensa fuente de problemas: impondría el desplazamiento progresivo del sector privado en favor del Estado en materia de vivienda; sustituiría el eficaz sistema de precios, que coordina al sector privado mediante uso eficiente de la información dispersa y adecuados incentivos, por el criterio arbitrario y descoordinador del decreto político. La población se convertiría en rehén del Estado, también, en materia de vivienda. 

Corrupción

Pero a estos problemas clásicos de la planificación centralizada se sumaría otro aún peor: la corrupción política generalizada. Los políticos asumirían un control absoluto sobre la construcción y gestión de viviendas. Pasarían a tener el poder para asignar contratos multimillonarios a promotores, constructoras o propietarios de suelo, y el de asignar viviendas según su maleable criterio. No hace falta explicar por qué la corrupción generalizada sería el resultado inevitable. 

El problema de la vivienda es un problema creado políticamente. Las restricciones a la construcción, la regulación excesiva y las intervenciones estatales han generado un sector inmobiliario disfuncional, incapaz de casar oferta con demanda si no es mediante precios desorbitados.

No es casualidad que los políticos eviten abordar la causa del problema y promuevan medidas que lo agravan. La vivienda se ha convertido en una inmensa fuente de ingresos para el Estado y para muchos políticos particulares. Medidas como el control de precios o una gran empresa pública no sirven para resolver el problema, sino para aumentar los ingresos y el poder político, a costa del resto de la población.

Nuestros gobernantes nunca se cansan de demostrar la mucha razón que tenía Ronald Reagan cuando decía que las palabras más aterradoras que podían pronunciarse son: «Soy del Gobierno y estoy aquí para ayudar».

‘El Pingüino’ y Pedro Sánchez: el populismo y el resentimiento social, en Gotham y en España

La miniserie El Pingüino, concebida como un spin off de la última entrega cinematográfica de la saga Batman, se ha ganado el aplauso del público y de la crítica. La producción de Warner Brothers para su plataforma de streaming HBO ha sido uno de los estrenos más populares del otoño y se ha ganado tres nominaciones en los próximos Globos de Oro.

Como ya es tradición en sus distintas encarnaciones, esta nueva versión de El Pingüino nos presenta a Oswald Cobblepot como un personaje clave en los bajos fondos de Gotham City. Al mismo tiempo, la ficción nos dibuja al protagonista como alguien que siempre se queda fuera de los círculos de poder, en los que se valora su destreza para el crimen pero se percibe asimismo un profundo desprecio y una innegable desconfianza hacia su figura. Todo esto ha llevado al Pingüino a desarrollar un profundo resentimiento social, que de hecho es una de las bases narrativas en las que se apoya la trama de la serie.

Es interesante anteponer la figura del Pingüino a la de Bruce Wayne. Ausente en la miniserie, Batman no deja de ser un tipo acaudalado que, en vez de dejar en pie el agotado sistema de gobernanza de Gotham City, se anima a intervenir en el mismo para evitar que la capital caiga víctima de una clase política corrupta que se apoya en una compleja red de alianzas criminales. El papel del hombre murciélago como un filántropo privado también sería prueba de su búsqueda de un modelo diferente, alejado de las malas prácticas que exhiben sus antagonistas.

En El Pingüino vemos como el protagonista, interpretado por un magistral e irreconocible Colin Farrell, soborna a la policía local y llega a acuerdos con sucios políticos municipales carentes de escrúpulos. Su ciudad está indudablemente arruinada, pero lo que mueve a Oswald Cobblepot no es mejorar las condiciones de vida de sus habitantes. Al fin y al cabo, nuestro hombre es un criminal sin escrúpulos que no duda en acabar con la vida de socios, amigos o familiares si ello le ayuda a avanzar su posición.

Resulta especialmente perturbador que El Pingüino ensalce una y otra vez la figura de Rex Calabrese, un viejo mafioso local al que trató de niño. Sabe que las familias tradicionales que manejan el crimen en la ciudad solamente aceptan su participación en sus negocios de forma limitada, de modo que su hambre de poder es coherente con sus circunstancias. El problema, claro está, es que en el mundo del crimen, al contrario que en el mercado, no abundan las situaciones de ganancia mutua, sino que el avance de unos se suele dar a costa de otros. Por tanto, sus avances traen innecesariamente más violencia y decadencia para una ciudad que no pretende mejorar, sino simplemente poner bajo su control.

Por descontado, en la cima de la corrupta ciudad de Gotham se sientan círculos corruptos que son merecedores del más absoluto rechazo desde el punto de vista moral. Con todo, nuestro protagonista solamente busca colmar su sed de venganza y, en vez de reformar el sistema, simplemente aspira a conquistarlo desde las sombras, apoyándose en todo tipo de tretas y maniobras en las que se muestra tan hábil como desleal y tan contundente como cruel.

En España, el auge de la extrema izquierda ha coincidido con el liderazgo político de Pedro Sánchez en las filas del PSOE. Desde que el político madrileño llegó a la cabeza de su formación, Ferraz no solamente no ha combatido el auge de formaciones comunistas como Podemos y Sumar, sino que ha gobernado con ellas en el plano local, regional y nacional.

El discurso económico del sanchismo parte de esa legitimación de la extrema izquierda que le permite aferrarse al poder aún perdiendo elecciones. Por eso, se apoya sin disimulo en el resentimiento social y el odio de clases, como puso de manifiesto el propio presidente cuando defendió que nuestro país necesita “más transporte público y menos Lamborghinis”.

Tristemente, cultivar ese tipo de discurso demagógico, simplista y tramposo puede resultar útil desde el punto de vista electoral: el 64% de los españoles cree que los ricos “no son personas decentes” y nuestro país destaca en los rankings de envidia social, así como en los estudios que miden las actitudes proclives al intervencionismo y reacias a la libertad individual y el mercado.

Estas tensiones se ven exacerbadas por los discursos del gobierno y de sus socios, pero también por el hecho de que la economía española esté estancada en términos de renta y cada vez se aleje más de los niveles de ingresos observados en Europa o en Estados Unidos. No obstante, un liderazgo constructivo y transformador como el que ejerce Javier Milei en Argentina podría ayudar a abandonar las peligrosas tendencias populistas que cultiva el gobierno español.

No es esa la intención de Sánchez, que sigue volcado en machacar a los ricos, culparles de todos nuestros males y socavar el libre mercado bajo decenas de subidas impositivas y miles de páginas de nuevas regulaciones. Su liderazgo, pues, se asemeja al de El Pingüino. Y el problema es que, en vez de una obra de ficción, este peligroso experimento se desarrolla en la vida real.

El paralelismo entre El Pingüino y Pedro Sánchez radica en cómo ambos encarnan una visión del poder que no busca mejorar las condiciones generales, sino consolidar su propia influencia a expensas de corromper la gobernanza sobre las que se apoya su poder. En Gotham, El Pingüino se aprovecha del resentimiento social para alimentar su ascenso en el mundo criminal, pero su dominio no trae progreso, sino más violencia y decadencia. En España, Sánchez y su gobierno han instrumentalizado el odio de clases y la envidia social para dividir a la población y fortalecer los tentáculos de un Estado mastodóntico que cada vez se arroga más poder.

El liderazgo de Sánchez sigue una senda más cercana a la del Pingüino: utilizar las emociones más destructivas, como el resentimiento y la envidia, para erosionar las bases de un sistema de gobernanza ya debilitado. En lugar de fomentar un entorno donde el crecimiento económico y las oportunidades sean accesibles para todos, nuestros gobernantes priorizan la redistribución forzada y el señalamiento de culpables como herramienta de control político.

El problema es que este modelo, tanto en Gotham como en España, resulta insostenible. En una economía global cada vez más competitiva, el ataque constante al mercado y la penalización de los motores del crecimiento no sólo generan descontento social, sino que perpetúan la mediocridad económica. Al igual que Gotham cae en una espiral de decadencia bajo el control del Pingüino, España corre el riesgo de ahondar en su estancamiento si no se corrigen las tendencias populistas que dominan y dan forma al liderazgo político en la Era Sánchez.

El libre mercado, por sí solo, no es suficiente

No nos engañemos. La grandeza de las naciones ya no se apoyará, como en otro tiempo, en el esplendor de sus triunfos, en el espíritu marcial de sus hijos, en la extensión de sus límites, ni en el crédito de su gloria, de su probidad o de su sabiduría. Estas dotes bastaron a levantar grandes imperios cuando los hombres estaban poseídos de otras ideas, de otras máximas, de otras virtudes y de otros vicios. Todo es ya diferente en el actual sistema de la Europa. El comercio, la industria y la opulencia que nace de entrambos son, y probablemente serán por largo tiempo, los únicos apoyos de la preponderancia de un Estado, y es preciso volver a estos objetos nuestras miras o condenarnos a una eterna y vergonzosa dependencia, mientras que nuestros vecinos libran su prosperidad sobre nuestro descuido.

Jovellanos, Informe a la Junta General de Comercio y Moneda sobre la libertad de las artes, 1785.

En Occidente estamos relativamente tranquilos, conscientes de que nuestro sistema económico es el más eficiente, el mejor satisfaciendo las necesidades de sus ciudadanos, lo que parece hacernos invulnerables. Y es cierto que es a través de la libertad como mejor se logra ese objetivo. Pero eso no nos garantiza el triunfo ni la subsistencia frente a otras sociedades con una organización política, social y económica distinta.

El libre mercado y la adaptación a un mundo incierto, cambiante y en continua evolución

No es casual que en los manuales de Economía al uso se defina esta simplemente como la ciencia social que estudia la asignación de los recursos escasos, entre usos alternativos, para satisfacer unas necesidades humanas que son limitadas, o, como la definía Lionel Robbins, en 1932.

Economics is the science which studies human behaviour as a relationship between ends and scarce means which have alternative uses[1].

Lionel Robbins

Así, dicha definición, propia de la Escuela Neoclásica de Economía hoy mayoritaria, concibe el problema económico como un simple problema de asignación de recursos “dados”, suponiendo, por tanto, un conocimiento de los fines -también “dados”- y de los medios, en los que el problema económico queda reducido a un problema técnico de mera asignación, maximización u optimización, sometido a unas restricciones que se suponen también conocidas. Pero ni los recursos vienen dados (se pueden encontrar nuevos recursos antes desconocidos, o nuevos usos para recursos ya conocidos), ni lo son los fines que persigue el hombre (basta para comprobarlo, fijarnos en nosotros mismos).

La figura del empresario

De ahí que sea a través del mercado (partiendo de la libertad humana) como mejor se puedan descubrir esos fines y medios cambiantes para satisfacer esas necesidades de la manera más eficiente posible. Y es que la acción humana -entendida como conducta consciente, o voluntad movilizada que pretende alcanzar fines y objetivos concretos- es siempre el intento deliberado de pasar de una situación menos satisfactoria a otra que lo es más, tratando de adecuar –faliblemente- medios escasos a una escala valorativa siempre cambiante, en un proceso dinámico en el que el futuro es siempre incierto y abierto a todas las posibilidades creativas del hombre, lo que demuestra la estrechez del concepto de Ciencia Económica al que nos referíamos más arriba.

Y es en ese contexto donde cobra virtualidad la figura del empresario y de los precios libremente fijados en el mercado como mecanismos para poder conocer cuáles son esas necesidades de los individuos y qué procedimientos para satisfacerlas son los más eficientes, con un claro incentivo -el ánimo de lucro- que permite una búsqueda continua e incesante.

En efecto, se entiende por empresario al sujeto que actúa para modificar las circunstancias del presente y conseguir sus propios y personales objetivos o fines, a través de los medios escasos que subjetivamente considera más adecuados, de acuerdo con un plan y desarrollando su acción en el tiempo, con el fin último de enriquecerse satisfaciendo las necesidades de los demás.

La cuestión del conocimiento

Pero para entender la naturaleza de dicha función empresarial es imprescindible tener presente el papel esencial que juega la información o conocimiento que posee el actor; una información que le sirve, en primer lugar, para percibir o darse cuenta de nuevos fines y medios, y que, por otra parte, modifica los esquemas mentales o de conocimiento que posee el propio sujeto.

De esta forma, si, como señala Hayek, el problema económico de la sociedad se concreta, principalmente, en la pronta adaptación a los cambios según las circunstancias particulares de tiempo y lugar -para poder alcanzar, cada vez, situaciones menos insatisfactorias para el individuo, de acuerdo con la evolución de sus fines y la distinta utilidad subjetiva que se les reconoce a los medios escasos disponibles-, las decisiones empresariales tendrán, en principio, más éxito si son ejecutadas por quienes están familiarizados con estas circunstancias, es decir, por quienes conocen de primera mano los cambios pertinentes y los recursos disponibles de inmediato para satisfacerlos[2].

Frente al paradigma neoclásico

Vemos, por tanto, que se hace imprescindible un conocimiento subjetivo y práctico, centrado en las circunstancias subjetivas particulares de tiempo y espacio, y que verse, como decíamos, tanto sobre los fines que pretende el actor y que él cree que persiguen el resto de los actores, como sobre los medios que el actor cree tener a su alcance para lograr los citados fines. Un conocimiento, por tanto, que no es teórico, sino práctico, y que, en consecuencia, es de carácter privativo y disperso, que no es algo “dado” que se encuentre disponible para todo el mundo, sino que se encuentra “diseminado” en la mente de todos y cada uno de los hombres y mujeres que actúan y que constituyen la humanidad[3].

Se trata, por tanto, de un planteamiento radicalmente distinto al neoclásico con el que comenzábamos el presente trabajo. Ello no obstante, tal y como señala Hayek, es difícil que haya algo de lo que ocurre en el mundo que no influya en la decisión que debe tomar el empresario; aun así, para llevar a cabo acciones empresariales no se necesita conocer todas las circunstancias y acontecimientos, ni tampoco todos sus efectos[4].

El sistema de precios es precisamente una de esas informaciones que el hombre ha aprendido a usar y que ha hecho posible un uso coordinado de los recursos basado en un conocimiento dividido. Un sistema sin el que no podríamos preservar una sociedad basada en una división del trabajo tan amplia como la nuestra.

Mercado: intercambio y precios

En efecto, el hombre es incapaz de satisfacer por sí mismo todas sus necesidades, debiendo recurrir a otros hombres para obtener las cosas o servicios que les faltan, a cambio de otras cosas o servicios que pueden ofrecer[5]. Así, la reiteración de actos de intercambio individuales va generando, poco a poco, el mercado, a medida que progresa la división del trabajo dentro de una sociedad basada en la propiedad privada, de forma que el intercambio sólo se llevará a cabo si cada uno de los contratantes valora en más lo que recibe que lo que entrega[6].

Con la aparición del intercambio indirecto, y la ampliación del mismo gracias al uso del dinero, en todo intercambio se pueden distinguir dos operaciones: una compra y una venta, y se precisan los tipos o razones de intercambio, que todo el mundo expresa mediante los precios monetarios, que, en definitiva, no hacen sino fijar, entre márgenes muy estrechos, las valoraciones del comprador marginal, y las del ofertante marginal que se abstiene de vender, y, de otro, las valoraciones del vendedor marginal y las del potencial comprador marginal que se abstiene de comprar[7]. De ahí la trascendencia de los precios en las economías capitalistas y de mercado, ya que los mismos facilitan una información esencial para ordenar la producción, de forma que se atiendan de la mejor manera posible los deseos de los consumidores que concurren al mismo.

Sobre el teorema de la imposibilidad económica del socialismo

A partir de las ideas expuestas en su artículo “El cálculo económico en la comunidad socialista”, y, posteriormente, en su libro “El Socialismo[8]”, Ludwig von Mises explicó con detalle por qué, a su juicio, el cálculo económico sólo es posible en un sistema económico en el que los precios de mercado faciliten una información que refleje, como hemos explicado más arriba, las distintas valoraciones subjetivas individuales. De esa forma, concluye, en sociedades organizadas con métodos burocráticos y centralizados, en los que, por definición, no hay un libre sistema de precios, la asignación de los recursos tiende a ser irracional e ineficiente -no se dispone de la información oportuna para poder tomar decisiones correctas sobre qué producir y con qué medios- al no ser posible en ella el cálculo económico.

Pero esa irracional asignación de recursos no implica que la economía, en un entorno sin libre mercado, sea imposible[9]. Y lo cierto es que economías como la de la URSS se mantuvieron vivas, aunque frágiles, exánimes, casi agónicas, durante décadas; y otros sistemas igualmente socialistas aún hoy perviven, de una manera u otra, tras ajustes de mayor o menor calado, ayudados, en algunos casos, por los propios sistemas capitalistas.

La URSS como ejemplo

Precisamente si cogemos el ejemplo de la URSS vemos como, tras la Revolución de Octubre, el país fue capaz de sobreponerse al atraso que sufría en comparación con el resto de las economías occidentales, y llevar a cabo una industrialización, no exenta de terribles y dramáticos sufrimientos de su población (el genocidio soviético en Ucrania durante los años treinta -conocido como Holodomor[10]– es un claro ejemplo).

Es cierto que dicha industrialización, centrada en la industria pesada[11], no consiguió reducir la brecha con los países capitalistas, hasta que el sistema, al menos en la URSS y sus satélites, colapsó. Pero el sistema se mantuvo durante muchas décadas (y aún persiste, como decíamos, con adaptaciones, en varios países), y es indiferente, a nuestros efectos, que lo hiciese porque podía aprender de Occidente, robarnos tecnología, o vendernos sus riquezas naturales. La cuestión es que aguantó y que la falta de un correcto cálculo económico no impidió su andadura durante décadas.

Hoy no se puede encender la televisión o abrir un periódico sin ver cómo la amenaza de la Guerra Fría ha reaparecido, resucitada de sus cenizas. Se critica el régimen chino, o la Rusia de Putin, y se nos explica con todo lujo de detalles por qué son regímenes liberticidas y totalitarios. Pero son regímenes que subsisten, que se mantienen de pie y suponen una amenaza, se nos dice también, contra nuestra forma de vida. Saber que si no hay libertad de mercado sus economías son ineficientes e irracionales al asignar recursos a lo mejor tranquiliza a alguno, pero no sé si a todos, ya que sus misiles están ahí.

El futuro no está garantizado

Y es que, por mucho que nuestro sistema social, político y económico sea el más eficiente satisfaciendo necesidades humanas, el simple cuidado de ese sistema -cuidado ya de por sí, lleno de dificultades- no garantiza nuestra supervivencia. En efecto, como hemos visto, un sistema centralizado, burocratizado y totalitario como el soviético no sólo fue capaz de sobrevivir durante décadas, sino que mantuvo en jaque a Occidente.

Como hemos dicho antes, el libre mercado es la institución que mejor permite satisfacer las necesidades humanas; pero esas necesidades no vienen dadas, son variables y cambiantes, caprichosas… vivimos en una sociedad hedonista, entregada a los placeres y que tiende a no querer problemas. Y el mercado no hace sino satisfacer las necesidades manifestadas por las personas que viven en dicha sociedad.

Mirar hacia el futuro con seriedad

Mientras, hay otros países en los que seguramente el libre mercado no tenga tanta vitalidad; en los que las decisiones económicas se adopten por los jerarcas -políticos y burócratas-; en los que la asignación de recursos sea irracional e ineficiente; en los que las poblaciones sufren innecesariamente y asumen sacrificios impuestos que lleven incluso a la muerte a cientos de miles de personas. Pero sus bombas, sus misiles y sus cohetes están ahí. Y da igual que sean peores que los occidentales, si es que lo son, o menores en número.

Basta con saber que si en una confrontación a vida o muerte son capaces de lanzarlos, Occidente no sobrevivirá (que ellos tampoco lo fuesen a hacer no es un consuelo), precisamente porque los primeros en morir seremos los que vivimos en dichos países. De ahí que tengamos que tomarnos en serio la situación y saber que hay que buscar soluciones -a lo mejor con grandes inversiones económicas que nos obliguen a renunciar a muchas de las facilidades que tenemos, pero que ayuden a nuestra supervivencia en caso de confrontación-, sin renunciar a nuestra libertad, pero sí con la responsabilidad del que quiere ser libre.

Notas

[1] Robbins, Lionel, An Essay on the nature and significance of Economic Science, Macmillan & Co Limited, London, 1932, p. 15.

[2] Hayek, F.A. El Uso del Conocimiento en la sociedad, American Economic Review, XXXV, Nº 4 (septiembre 1945).

[3] Huerta de Soto, Socialismo, Cálculo Económico y Función Empresarial, Madrid, 1992.

[4] Hayek, F.A., El uso del conocimiento en la sociedad.

[5] Ballvé, Faustino, Los Fundamentos de la Ciencia Económica, Madrid, 2012.

[6] Como señala L. Mises en su Socialismo, Cálculo Económico y Función Empresarial, Madrid, 1992, pág. 121, “sólo se puede contar por medio de unidades, pero no puede existir unidad para medir el valor subjetivo de uso de los bienes (…) el juicio de valor no mide, sino diferencia, establece una gradación”.

[7] Mises, L, Acción Humana, Madrid, 2001.

[8] Mises, Socialismo, Cálculo Económico y Función Empresarial, Madrid, 1992

[9] De hecho, algunos anarcocapitalistas, como Bryan Caplan (“Why I am not an Austrian Economist”),  viene a afirmar que la historia económica, así como la teoría económica pura, no logran establecer que el problema del cálculo económico fuera un desafío severo al socialismo.

[10] Applebaum, Anne, Hambruna roja: La guerra de Stalin contra Ucrania, Madrid, 2021

[11] Precisamente, en el Manual de economía política de la Academia de Ciencias de la URSS, Barcelona, 1975, se señala que:

Para garantizar el continuo crecimiento de la producción con las técnicas más avanzadas, el crecimiento de los medios de producción debe ser más rápido que el de los bienes de consumo. El desarrollo de la industria pesada es un prerrequisito para dotar con bienes de equipo a todas las ramas de la economía nacional, incluyendo las industrias alimenticias y ligeras dedicadas a fabricar bienes de consumo.

Historia económica (I): Historiografía y consideraciones previas

La historia económica es una rama de conocimiento que se ha ido perdiendo a lo largo de los años. Una disciplina dedicada al estudio de los eventos económicos más relevantes a lo largo de la historia de la humanidad, disciplina olvidada, pero que tiene una riqueza e importancia sin igual. En esta serie de artículos repasaremos algunos de los aspectos económicos más importantes de la Edad Moderna, con autores y tesis de referencia.

Carlo M. Cipolla describe la historia económica como los hechos y vicisitudes económicas a gran escala, la historia de las teorías económicas es la historia de las doctrinas. Cualquier definición se tiene que hacer en un sentido amplio, debemos incluir la historia de los hombres, pero también de las instituciones. Aunque hay una protohistoriografía económica en el siglo XVII, no fue hasta mediados del siglo XIX y principios del siglo XX cuando aparece la historiografía económica con reconocimiento académico.

Su mayor desarrollo fue entre 1930 y 1970, organizándose de distintos modos y formas. En EE.UU., los historiadores económicos estaban vinculados a departamentos de economía más que de historia, por lo que la teoría y la estadística fueron fundamentales.  En Francia, los historiadores de la economía estaban vinculados a departamentos de historia, y su interés consistía más en la recopilación de datos. A su vez, en Inglaterra, los historiadores de la economía no se vincularon a ningún departamento, sino que crearon sus propios departamentos, aunque primaban los miembros provenientes de departamentos de historia. Y en España, hay que decir que en un primer momento la historia económica quedó en mano de historiadores como Fernández Clemente, Luis Germán, Fontana…

Una economía de subsistencia

Estamos hablando de una disciplina humanística por su carácter histórico, pero con determinados matices. La historia económica no puede apartarse completamente de la teoría económica, ambos bloques están condenados a entenderse. Otro aspecto fundamental en la historia económica es la formulación del problema, posiblemente esto venga derivado de la historia, en la formulación de un buen problema, de una buena cuestión, está la clave de una correcta investigación.

Las características principales del periodo en el que vamos a trabajar son las siguientes. En primer lugar, nos encontramos en una economía de subsistencia o preindustrial, donde 9 de cada 10 europeos vivían en zonas rurales y ciudades pequeñas, donde la mayoría de ellos se dedicaba a la agricultura. Tanto la nobleza como la Iglesia eran los grupos dominantes de la sociedad. Los niveles de productividad eran extraordinariamente bajos y las comunicaciones y transporte estaban muy poco desarrollados. Todo ello no significa que la economía del antiguo régimen no se viese sujeta a innovaciones y cambios.

Pierre Goubert habla de varias rupturas, la primera de ellas es la aceleración de los transportes, tanto marítimos, imprescindibles para la conquista de nuevos territorios, como fluviales, esenciales para el comercio y la industria textil. Otra de las grandes rupturas de la modernidad será la creación del Estado moderno tal y como lo conocemos. También tendremos la reforma protestante, que dará para muchísimo debate a nivel económico, sobre todo a raíz del libro de Max Weber, La ética protestante y el espíritu del capitalismo. Veremos un gran crecimiento demográfico gracias al crecimiento económico, y un crecimiento del ateísmo en la sociedad, derivado del surgimiento del movimiento ilustrado.

Mercosur ha fracasado. Es hora de acabar con él

Por Marcos Falcone. El artículo Mercosur ha fracasado. Es hora de acabar con él fue publicado originalmente en FEE.

En 1991, la idea de que los países sudamericanos pudieran crear un acuerdo de libre comercio era revolucionaria. El siglo XX había estado marcado por el proteccionismo y el fracaso de las políticas económicas en toda la región. Pero en un contexto mundial de liberalización, Brasil, Argentina, Paraguay y Uruguay crearon el Mercosur (abreviatura de Mercado común del sur) con el objetivo de establecer una zona sin aranceles cuyos miembros se integraran juntos gradualmente en la economía mundial. Todo el mundo tenía grandes esperanzas. Sin embargo, más de treinta años después, muchos están decepcionados.

¿Qué ha fallado en Mercosur? En pocas palabras, no ha conseguido integrar a sus miembros en el comercio mundial. De hecho, en lugar de ayudar a sus miembros a abrir sus economías, el bloque ha seguido siendo una unión aduanera bastante cerrada. Tras décadas de existencia, la tasa media del Arancel Exterior Común del Mercosur sigue siendo relativamente alta, del 11,5%, con aranceles que pueden llegar al 35%. De media, los aranceles del Mercosur duplican los de Chile y multiplican hasta por cuatro a los de los Estados Unidos y la Unión Europea.

El fracaso del Mercosur en su marcha hacia el libre comercio mundial es la razón por la que el gobierno de Uruguay amenazó con abandonarlo el año pasado, y por la que ahora Argentina también está considerando su salida. A menos que los miembros puedan firmar acuerdos de libre comercio con otros países sin restricciones, dicen, a sus países les conviene más irse que quedarse. La semana pasada, el presidente argentino Javier Milei declaró que Mercosur «ha terminado convirtiéndose en una cárcel» para sus miembros.

Fernando

Brasil es el país que más perdería en caso de fractura del Mercosur. Junto con una combinación de libre comercio intrazona y aranceles comunes, el gran tamaño de la economía brasileña ha hecho que su industria manufacturera goce de privilegios artificiales dentro del Mercosur en comparación con el resto del mundo. El resultado es que los no brasileños tienen que importar coches brasileños relativamente caros, por ejemplo, cuando podrían comprar vehículos más baratos en cualquier otra parte del mundo. Lo que se vendió como un paso hacia un comercio más libre en la superficie ha resultado ser más bien un comercio restringido.

Mercosur intentó ampliar el tamaño de su bloque de libre comercio, pero también ha fracasado en eso, y no está claro si hacerlo beneficiaría a sus consumidores. En sus 33 años de existencia, Mercosur sólo incorporó a Bolivia y Venezuela, pero esta última está actualmente suspendida. Tras 25 años de negociaciones, los sudamericanos llegaron por fin a un acuerdo con la Unión Europea para establecer el libre comercio entre ambas zonas. Pero actores clave como Francia e Italia han expresado su oposición al acuerdo, lo que arroja serias dudas sobre su ratificación. E incluso si todos los parlamentos de los países del Mercosur y de la UE ratifican el acuerdo, el periodo de aplicación tardaría más de una década.

Vicente

Como institución, el Mercosur no ha sido capaz de emular a la UE, ni para bien ni para mal. No se ha adoptado una moneda única común, pese a los planes de Brasil y Argentina de hacerlo. Esto, a la luz de la experiencia europea, es probablemente positivo, ya que su existencia haría aún más evidente e intolerable la hegemonía brasileña. Pero Mercosur tampoco ha logrado establecerse como una zona de libre circulación de personas, ya que los controles fronterizos siguen estando presentes. A lo largo de las décadas, se han firmado numerosos acuerdos con el objetivo de facilitar la circulación de personas dentro del Mercosur que están pendientes de aplicación o ratificación.

Mientras que los miembros de Mercosur se quejan de que el bloque se ha convertido en un corsé, el vecino Chile ha firmado más de 30 acuerdos de libre comercio en los últimos 30 años. La relación comercio/PIB de Chile, superior al 75%, que ha contribuido decisivamente al avance económico del país en las últimas décadas, no se puede igualar por ninguna de las economías del Mercosur, especialmente las más grandes. El comercio como porcentaje del PIB es inferior al 40% tanto en Brasil como en Argentina.

Fernando

Entretanto, Mercosur también mantiene extrañas estructuras burocráticas como el Parlasur, un parlamento que no promulga leyes sino sólo recomendaciones. Los miembros del Parlasur se eligen por los votantes en todos los países y son legalmente equivalentes a los representantes federales, con el correspondiente coste de elegirlos y mantenerlos. Pero debido a la opacidad con la que funciona, muchos políticos han «huido» de sus países al Parlasur, donde pueden disfrutar de los beneficios de estar en el Congreso sin ser miembros reales de uno. La creciente presión pública ha obligado a países como Argentina a suspender todos los pagos a los «legisladores» del Parlasur, pero la cuestión de fondo sigue presente: Para algunos, parece que el Mercosur es un fin en sí mismo.

Los sudamericanos que buscan crecimiento y prosperidad deberían reconocer que el Mercosur ha fracasado y no traerá el libre comercio a la región. A las economías abiertas les va mucho mejor que a las cerradas en términos de PIB, pero a los ciudadanos del Mercosur se les está privando de la mejora del nivel de vida que ello conlleva. Más comercio es siempre, en un momento dado, mejor.

Puede que haya llegado el momento de que países como Argentina y Uruguay sigan el consejo de Milton Friedman de «pasar al libre comercio unilateralmente» en el contexto de unas negociaciones fallidas de reducción de aranceles, aunque otros países se opongan o no correspondan. Se suponía que Mercosur iba a eliminar la jaula en la que se encontraban sus miembros, pero en lugar de eso, sólo hizo la jaula un poco más grande. Mercosur no ha funcionado. Es hora de ponerle fin.

La represión de la Venezuela socialista no conoce límites

Por Sairam Rivas. El artículo La represión de la Venezuela socialista no conoce límites fue publicado originalmente en CapX.

Esa llamada me produjo escalofríos. Aunque sabíamos qué podía ocurrir, no es fácil levantar el teléfono y oír que tu compañero —en la vida y en la búsqueda de la democracia en Venezuela— ha sido detenido.

El 10 de diciembre, hombres encapuchados se llevaron por la fuerza a Jesús Armas de una cafetería de Caracas en una camioneta sin matrícula en plena noche. Irónicamente, han detenido a Jesús, un ingeniero de 35 años que desde sus días como dirigente estudiantil dedicó su vida a intentar restaurar la democracia y proteger los derechos de las víctimas de abusos en nuestro país, el Día de los Derechos Humanos.

Hemos visitado oficina tras oficina, centro de detención tras centro de detención, sólo para que nos digan que no está allí. Según el derecho internacional, esto constituye una desaparición forzada. Más de un día después, un alto funcionario confirmó en televisión que estaba detenido por el régimen de Nicolás Maduro, pero las autoridades no han permitido que su familia o su abogado lo vean.

El régimen ha acusado a Jesús de participar en actividades violentas contra el gobierno. ¿La supuesta fuente? Un «patriota cooperante» anónimo, un concepto inventado por el régimen de Maduro para fabricar expedientes penales contra opositores en un país donde el poder judicial, que es un apéndice del poder ejecutivo, se utiliza para procesar y detener injustamente a opositores.

Jesús Armas

La detención de Jesús está recibiendo una amplia condena internacional, dado sus múltiples vínculos con el extranjero, entre ellos haber estudiado en la Universidad de Bristol con una beca Chevening. Pero su caso dista mucho de ser excepcional. Es uno de los más de 1.900 presos políticos que hay actualmente en Venezuela. Mientras se pone a algunos en libertad, a veces condicional y aún sujetos a enjuiciamiento, otros permanecen detenidos. Ello contribuye a una puerta giratoria que lleva años girando.

Desde que la oposición ganó las elecciones presidenciales del 28 de julio de 2024, a pesar de que no fueron libres ni justas, la represión se ha intensificado. Las autoridades han acorralado a críticos y opositores, han detenido a personas en la calle para registrar sus teléfonos móviles y comprobar si tienen chats de WhatsApp en los que apoyan a la líder opositora María Corina Machado, y han anulado pasaportes para prohibir a los críticos salir del país. Se somete a los detenidos a terribles condiciones y brutales abusos.

No nos rendiremos

Aunque la represión se ha intensificado en los últimos meses —y probablemente empeorará en vísperas del 10 de enero de 2025, cuando Edmundo González, el presidente electo, debe tomar posesión—, nada de esto es nuevo. De hecho, forma parte de un patrón sistemático de violaciones de derechos humanos que ha llevado a expertos independientes de la ONU a concluir que existen pruebas de que en Venezuela se están cometiendo crímenes de lesa humanidad y al fiscal de la Corte Penal Internacional a abrir la primera investigación sobre tales crímenes en América Latina. De hecho, en 2014, durante el primer pico de la represión bajo Maduro, estuve detenido 132 días por haber liderado protestas estudiantiles contra el gobierno. Sé perfectamente lo difíciles y brutales que son estas detenciones, y por lo que está pasando Jesús.

A pesar de los crecientes riesgos a los que nos enfrentamos quienes luchamos contra la dictadura de Maduro, no nos rendiremos. Los venezolanos nos movilizamos para votar por el cambio en julio, y merecemos ver a nuestro gobierno electo tomar posesión en enero, sin presos políticos en las cárceles venezolanas.

Estamos haciendo nuestra parte. Pero para que Jesús y todos los demás detenidos injustamente sean liberados, y para que Venezuela vuelva a la transición democrática, necesitamos que la comunidad internacional esté con nosotros. Esto significa ir más allá de las expresiones de preocupación y elevar el costo para el régimen de continuar por este camino brutalmente represivo – que sólo beneficia a un puñado de personas en el poder que hoy pueden sentir que tienen un cheque en blanco para consolidar una estructura criminal que ha contribuido a la mayor crisis migratoria en las Américas.

Ver también

Crisis en Venezuela. (Miguel Anxo Bastos).

México debe enfrentarse a los dictadores socialistas, no a EE.UU. ni a Trump

La reciente escaramuza entre Donald Trump y el gobierno mexicano (por ahora en una inquietante pausa), amenazando a éste con imponer aranceles a todo producto mexicano exportado a EE.UU., una vez que ocupe la Casa Blanca, si el gobierno de Claudia Sheinbaum no resuelva la migración ilegal que llega a EE.UU. desde México, así como el tráfico de fentanilo, que es responsable de dos tercios de las más de 100 mil muertes de estadounidenses por sobredosis de drogas, solo en 2023. 

Para muchos estadounidenses, México es el epicentro de la crisis de muertes por sobredosis y de la “invasión” de indocumentados a EE.UU.: según estadísticas gubernamentales, durante la administración Biden han cruzado a EE.UU. más de 8 millones de indocumentados. Y el número de detenciones solo crece: En 2022, las autoridades norteamericanas realizaron 2,7 millones de detenciones de inmigrantes indocumentados, de los cuales 823.057 fueron migrantes de origen mexicano, 238 mil guatemaltecos, 225 mil cubanos, 215 mil hondureños, 164 mil nicaragüenses, 131 mil colombianos, y 97 mil salvadoreños.

Deportaciones masivas

El presidente electo Donald Trump ha amenazado con “deportaciones masivas” de inmigrantes indocumentados, a través del programa de “expulsión acelerada”, junto con redadas en vecindarios y lugares de trabajo, llegando a sugerir que lo haría con apoyo militar. La deportación acelerada permite deportar rápidamente a personas sin el debido proceso si se determina que entraron a EE.UU. sin documentos de inmigración y han estado en el país por menos de dos años. Los deportados bajo expulsión acelerada pueden ser detenidos y deportados sin necesidad de comparecer antes frente a un juez de inmigración.

Vistos con objetividad, ambos temas escapan a la solución de las autoridades mexicanas y de EE.UU.: ni EE.UU. con el enorme aparato gubernamental y militar, y sus incontables recursos, ha logrado detener ambos fenómenos. Son en realidad problemas sin solución en las circunstancias actuales y en las condiciones exigidas por Trump.

La migración ilegal y el tráfico de drogas tienen razones y causas muy profundas, que no se resuelven con prohibiciones ni con nuevas guerras. Basta ver los trágicos resultados de la Guerra contra las Drogas, iniciada por el gobierno norteamericano en 1971 y la irrefrenable marea humana de los últimos veinte años, en donde los intentos por moldearla y contenerla sólo han acrecentado las penalidades, las muertes y la explotación de los migrantes indocumentados, acelerados por nuevos fenómenos como el crimen organizado, sin realmente hacer mella en el fenómeno.

Fentanilo

El fentanilo es hijo directo del prohibicionismo, buscando los carteles criminales alternativas más productivas y fáciles de transportar frente a la prohibición y persecución de drogas como la heroína o la cocaína, y de la Guerra contra las drogas. En tal sentido, prohibirlo constitucionalmente, como ingenuamente hicieron recientemente las autoridades mexicanas para satisfacer a Trump, solo significa esconder la cabeza y crear las condiciones para que en el mercado haya drogas más fuertes y redituables en el futuro. Tal como apunta la reciente nota de cómo los carteles mexicanos ya están trabajando para no depender del suministro chino de precursores del fentanilo.

La migración ilegal a EE.UU. tampoco podrá resolverse solo colocando un muro decorativo en la frontera entre México y Guatemala, aunque pareciera que tal sería una “solución” muy bien vista por Trump. Las invivibles condiciones de vida que han generado los regímenes del Socialismo de siglo XXI y el capitalismo de amigos en prácticamente toda América Latina, no permiten suponer que una simple prohibición, un muro o solo actividades de patrullaje y detención, solucionarán esto. En gran medida, los regímenes fallidos de Venezuela, Cuba y Nicaragua (y ahora México también, después de que se redujo fuertemente la migración mexicana a EE.UU.) empujan una nueva ola de inmigración en todo el hemisferio.

La advertencia de Thomas Sowell

Es bueno siempre recordar a Thomas Sowell, quien escribió:

El hecho de que tantos políticos sinvergüenzas y mentirosos sean exitosos no es sólo una reflexión para ellos, sino también para nosotros. Cuando la gente quiere lo imposible, solamente los mentirosos pueden «satisfacernos».

Y ciertamente, los temas de migración y fentanilo abordados desde la óptica de Trump son irresolubles. Así que mejor trabajar para avanzar en su abordaje conjunto hasta donde sea políticamente posible.

Trump tiene la obligación de dar buenos resultados sobre ambos temas a su electorado. Porque así lo ofreció una y otra vez. Y en tal sentido, el gobierno mexicano debiera comprender que ayudar a dar una imagen de victoria a Trump, destensaría muchos problemas, en lugar de ponerse a discutir públicamente con él o enviarle ridículas cartas, que son básicamente para consumo de la ya convencida feligresía chaira mexicana. Ambos temas son realidades ineludibles y lacerantes, que obligan al gobierno de Sheinbaum a un mayor activismo y a hacerse cargo de ellos, en lugar de barrerlos bajo la alfombra, como hasta ahora. 

En ambos problemas, el próximo gobierno de Trump y la administración de Sheinbaum están obligados a cooperar con la mejor buena fe, sin recriminaciones ni mezquindades. Eso iría en beneficio de sus gobiernos y de sus nacionales, mientras que las represalias y los reclamos vengativos solo acrecentarán esos problemas hasta pudrirlos e impedir su abordaje conjunto.

Poner a los mexicanos en el centro de la acción política

En cierta medida importante, la agenda de dificultades con el nuevo gobierno de EE.UU. es un asunto de percepción: la creencia de Trump y de muchísimos actores norteamericanos de que México no hace lo suficiente o peor aún, que sabotea conscientemente el TMEC y la amistad con EE.UU. Cambiar dicha percepción debiera estar en el primerísimo lugar de tareas pendientes de Sheinbaum y de su administración. 

En tal sentido, nuevo gobierno mexicano debiera identificar el real objetivo del país: un mejor bienestar para los mexicanos, mediante el fortalecimiento del tratado comercial con EE.UU. y Canadá, en lugar de dinamitarlo, y fortalecer la cercanía con nuestros socios reales, empezando por los estadounidenses, no con los regímenes criminales de Cuba o Venezuela, ni mucho menos con Rusia y China. Es decir: va en beneficio del país y de su propio gobierno, que Sheinbaum busque alinear más estrechamente la postura mexicana con las políticas estadounidenses hacia Cuba, Nicaragua y Venezuela, y también a China y Rusia. 

Claro: eso significa pedir a Sheinbaum y a sus colaboradores, altura de miras y dejar a un lado los anteojos ideológicos de la izquierda más rupestre, vindicativa y mafiosa a la cual se afilian, y archivar en el fondo del escritorio el discurso vacío de la “soberanía” o el “perdón histórico”, que dan buenos dividendos electorales, pero no resuelven problemas.

Su objetivo es destruir

Probablemente, no sean capaces de tanto. Pero podrían hacerlo si quisiera, sin representarle muchos costos políticos, más allá de su propio partido, y a cambio demostraría a Trump que Estados Unidos tiene en México un socio confiable para resolver conflictos, no un rompecabezas, y que no es necesario echar mano de medidas punitivas unilaterales para alcanzar sus objetivos. Mas recordemos que es muy difícil conseguir que alguien entienda algo, cuando su trabajo es justamente no entenderlo. Sheinbaum y sus lacayos están allí precisamente para destruir el bienestar de los mexicanos y ayudar en la destrucción de EE.UU.

La oportunidad de reencarrilar la relación con EE.UU. e iniciar con el pie derecho con Trump, estas en la cancha de Sheinbaum. La nominación de Christophe Landau, ex embajador de Trump en México, como subsecretario de Estado, puede ser una magnífica oportunidad para lograr el puente confiable y cercano que en meses el gobierno mexicano no ha logrado establecer.

Pero esa oportunidad se agotará el próximo 20 de enero, con un costo muy alto para la economía mexicana y millones de trabajadores mexicanos ilegales en EE.UU. A las sanciones ya anunciadas por Trump, podrían venir otras y más duras a lo largo de los próximos cuatro años: realmente ningún otro socio cercano de EE.UU. tiene tanto que perder con la estrategia vindicativa de Donald Trump como México, y ninguno está tan poco preparado y desguarnecido como para lidiar con el desafío que representa. 

Ver también

Sheinbaum, terrorista. (Víctor H. Becerra).

Por qué México va por el camino de servidumbre. (Sergio Martínez).

Las dádivas hacia la miseria

Al lado de Santiago de Cuba se encuentra la colina de la Gran Piedra. La cima, aparte de destacar por la formación que le da nombre, estaba otrora cubierta de cafetales que explotaban los franceses emigrados, más bien huidos, de Haití. La mayoría de dichos cafetales están ahora en ruinas, con algunos restos de las haciendas aflorando aquí y allá entre la exuberante vegetación.

Uno de dichos cafetales se transformó en un jardín botánico, y supone, o supuso, una atracción turística para los visitantes de Santiago. Al lado de la entrada al citado jardín existe, o al menos existía cuando yo tuve oportunidad de visitar el área, un diminuto puesto de frutas en que una paisana despachaba el género a los escasísimos visitantes que por allí andábamos. Y es que para alcanzar la cima, donde ruinas de cafetales y Gran Piedra aguardan, hay que recorrer 13,5 kilómetros de empinada y curvada carretera, cuyos baches revelan que conoció tiempos mejores; mucho mejores. Que a nadie engañen los 20 minutos que Google Maps promete a quien trate de hacer la subida con su vehículo.

En el puestito de frutas se podían adquirir bananas y limas, quizá mandarinas también, no mucho más. Habida cuenta de la afluencia de público, que limitaba enormemente las expectativas de ingresos de la afanosa dueña, optamos por adquirir unas cuantas limas dulces, y en la mejor tradición de los escritores viajeros, trabar conversación con la señora. Del diálogo se desprendió que emanaba felicidad, era un gran día para ella, y lo era por dos razones.

Alborozo por la energía turca

En primer lugar, porque hoy había vendido algo de fruta, las limas dulces que degustábamos en ese momento. Y, en segundo lugar, porque había noticias bastante solventes sobre que próximamente el gobierno iba a arreglar la carretera que subía a la Gran Piedra, lo que, esperaba ella, redundaría positivamente en su negocio.

Esta querida paisana vivía con la ilusión de que el gobierno cubano iba a resolverle prontamente sus problemas, y la alegría que le daba tal ilusión solo era equiparable a la que le producía habernos vendido media docena de limas.

Unos días después, ya milagrosamente en La Habana, asistimos a un episodio parecido, que confirmó las sensaciones que nos dio la vendedora de la Gran Piedra. Estábamos visitando el castillo de la Real Fuerza cuando de repente se escuchó a nuestro alrededor un estallido de vítores. Los cubanos aclamaban y aplaudían. A toda velocidad subimos a la azotea del castillo y pudimos contemplar la causa de tanto alborozo. Por el canal de Entrada navegaba una colosal central termoeléctrica flotante de bandera turca. Su destino debía de ser, imagino, el puerto de La Habana, y la alegría se correspondía con la ilusión de los cubanos de que por fin el gobierno iba a acabar con sus problemas de abastecimiento de energía eléctrica.

La impotencia de la sociedad

Dicen que de ilusión también se vive, y quien haya asistido a ambos episodios, se dará cuenta de que los cubanos poco más tienen para vivir. Pero al mismo tiempo que ilusión e ingenuidad, son episodios que revelan la impotencia de una sociedad sometida desde hace muchos años a las dádivas del gobierno comunista, que ha desactivado casi completamente la capacidad de cada individuo para controlar su destino. Su felicidad depende siempre y casi exclusivamente de lo que haga o crean que va a hacer el gobierno.

Me vienen estos episodios a la memoria cuando contemplo algunas de las iniciativas recientes del gobierno español, cuyo corte ideológico es mucho más cercano al del gobierno cubano de lo que me gustaría.

Observo que en octubre se dio una paguita de 150 euros a los funcionarios del Estado; que se van a repartir no sé cuántos miles de millones de euros en subvenciones, o que se pretende acortar la semana laboral a 4 días sin bajar el sueldo. Se les dan gratis a los jóvenes los viajes en tren y a los ancianos los viajes a la playa. Dádivas de todo tipo que da nuestro Gobierno a propios y extraños con las expectativas, supongo, de conseguir su voto.

Un espíritu cubano

Y yo me alegro con todos los receptores de tanta generosidad. Pero al mismo tiempo, espero que dichas dádivas, que en algunos casos no pasan de ridículas limosnas, no hagan cambiar a nadie su voto (se entiende, a favor del partido en que forma el gobierno que se las da).

Si de verdad 150 euros en la nómina de octubre consiguen que algún funcionario dé su voto a este Gobierno, entonces nuestra proximidad a ese mundo de la ilusión, la ingenuidad y la impotencia que representa Cuba, está peligrosamente cerca. Esos que cambian el voto serán los mismos que se alegren dentro de unos años cuando el Gobierno les racione una barra de pan y mortadela para comer y les deje encender la televisión y la calefacción (o el aire acondicionado) 4 horas al día: le estarán agradecidos por toda la miseria que les ha traído.

Pero olvidemos los malos agüeros que nos trae la teoría económica: que pasen una feliz Navidad y empiecen tan bien como sea posible el 2025.

Ver también

Experimentando la teoría del control de precios en Cuba. (Fernando Herrera).

La utilidad, asesina del valor (y II)

El hombre se ha enfrentado desde siempre al dificilísimo reto de trasladar valor en el tiempo. El transcurso del tiempo no es otra cosa que el cambio, y el cambio nos genera incertidumbre. Por otro lado, toda decisión implica alguna renuncia o sacrificio. Como suele afirmar el gran Thomas Sowell, no existen las soluciones, solo existen los compromisos.

Pongamos que, por ejemplo, en primavera y verano decidimos emplear nuestro tiempo y recursos en cultivar y aprovisionarnos de trigo para el siguiente invierno, no solo para consumirlo, sino también para intercambiarlo por otros bienes. Pero a costa de lo anterior, descuidamos la preparación de nuestra casa para resistir bajas temperaturas. Si resulta que el invierno llega especialmente helador, podríamos acabar muriendo de frío con la despensa a rebosar de harina. 

El futuro es irremediablemente incierto, y lo que para nosotros fue subjetivamente más valioso de cara al invierno, el trigo, resultó no ser lo que finalmente acabó siendo más valioso. Es más, si la cosecha de trigo fue muy buena, tendría muy poco valor de cambio con nuestros vecinos, que al igual que nosotros estaríamos otorgando mucho más valor relativo a la necesidad de calentarse y, por tanto, a los bienes que pudieran servir para mitigar el frío.  

En una sociedad donde existen buenas posibilidades de intercambio, necesitamos asegurar que el valor que hemos generado en el presente siga disponible para nosotros en el futuro, y para ello necesitamos bienes que consideremos con alta probabilidad tendrán valor de cambio en el futuro. ¿Y qué condición se tiene que cumplir para que sean valiosos en el futuro?: Que sean escasos. 

Bienes raros o irreproducibles

Como había prometido en mi comentario del mes pasado, paso a enlazar con el valor potencial de los objetos “raros”, es decir, aquellos cuya cantidad total es muy limitada y que son muy fácilmente distinguibles de los demás. Los objetos raros no tienen por qué necesitarse para satisfacer ninguna necesidad, y si esto es así, no serán escasos, sino económicamente abundantes por muy pequeña que sea su cantidad.

Ahora bien, las probabilidades de que estos objetos de cantidad limitada acaben por ser escasos son más altas que aquellos otros bienes cuya cantidad es mayor, incluso aunque estos últimos tengan utilidades industriales o de consumo y los primeros no. ¿Por qué? Porque pueden servir para el mero intercambio.  Y si sirven para el intercambio, entonces tienen valor, y si tienen valor, son automáticamente útiles, como consecuencia de ser escasos, que a su vez es consecuencia de ser raros. Y son “útiles” en el sentido de que satisfacen la necesidad de intercambiar. Incluso la necesidad de intercambiar a medio y largo plazo, que es a lo que llamaríamos transferir valor en el tiempo.

Esta idea está presente en el concepto de “collectible” de Nick Szabo. Aunque el término “collectible” es muy descriptivo de lo que a él se refiere, es una palabra que ha llevado y puede llevar a mucha confusión, y quisiera aclarar que Szabo no se refiere a objetos a los que tengamos un apego emocional, que nos dé satisfacción poseer o que demandemos por mero capricho.  Se refiere a lo que serían los antecesores del dinero. Tuve la oportunidad de que me lo aclarara él personalmente cuando aún estaba activo en Twitter.

Protodinero

Después de que yo le reprochara a otro usuario que, en mi opinión, no estaba entendiendo bien el término “collectibles” al asimilarlo a baratijas, ya que lo que Szabo quiere decir es más bien “proto-dinero”, Szabo contestó lo siguiente:

Efectivamente, collectibles (también llamados objetos de valor o dinero primitivo) eran depósitos de valor y medios para transferir riqueza que las sociedades antiguas se tomaban muy en serio, casi tanto o más como nosotros nos tomamos en serio el dinero hoy en día. 

Lo anterior podría parecer que entra en contradicción con una serie de afirmaciones que hace Szabo en Shelling Out, en el sentido de que coleccionar objetos raros por mero placer es un instinto universal en las distintas culturas. Esto no es necesariamente incompatible con su explicación de Twitter, pues a lo largo de miles años el reconocimiento de los objetos raros y con cualidades para funcionar como protodinero podría haberse incorporado causalmente como un instinto genético.  Es decir, que ese placer por coleccionar no sería causa, sino consecuencia evolutiva de la apreciación de las cualidades monetarias de estos objetos.

Pero aunque lo anterior no sea incompatible con la idea de protodinero, difiero humildemente de Szabo, pues creo que una explicación mucho más simple del deseo por este tipo de objetos es el oportunismo. Es decir, es bastante racional atesorar objetos raros aunque no tengas ni la menor idea de para qué pueden servir, porque la probabilidad de que sean escasos es muy alta si alguien los demanda y eso implica que puedes obtener algo a cambio.

Bitgold

Como corroboración de lo anterior, no es casual que los objetos raros en bruto (sin estar tallados ni trabajados de ninguna manera), fueran casi siempre de tamaño reducido. Como pueden ser conchas o dientes de animales, ya que recopilarlos y atesorarlos tiene muy poco coste, y así, esta demanda oportunista, que no placentera, tiene más probabilidades de resultar beneficiosa.

Cuando un objeto se demanda única y exclusivamente por y para el intercambio, nos resulta muy contraintuitivo incluso aunque nosotros mismos lo hagamos. En nuestra mente tendemos a justificar el valor de las cosas buscando utilidades no monetarias, pero si en nuestros actos conseguimos beneficio, no nos importa tanto la explicación.

La cantidad limitada y su fácil distinguibilidad y verificabilidad son las razones, en mi opinión, por las que Bitcoin se empezó a atesorar, mientras que su más cercano predecesor, Bitgold, no lo llegó a atesorar ni su propio creador. Aparte de otros problemas, la cantidad total de Bitgold no se diseñó para ser limitada, por lo que sus probabilidades de llegar a ser escaso eran bajas.  Las otras cualidades como el hecho de ser portable (digital), divisible, difícil de falsificar, fácil de verificar, etc. son sin duda interesantes pero no suficientes sin la escasez. Tampoco son cualidades necesarias, pues hay objetos raros que, sin tener esas mismas cualidades, también se demandan para el intercambio, como las obras de arte o las monedas raras como los centavos de cobre de 1943.

La escasez

En definitiva, y según define Carl Menger el concepto de necesidad en función de la cantidad de bienes necesitados y disponibles, y que es la primera condición para que un bien sea tal, el sujeto valora aquellos objetos cuando estima que la cantidad necesitada es superior a la disponible.

La preocupación de los hombres por satisfacer sus necesidades se convierte, pues, en previsión para cubrir sus necesidades de bienes en los tiempos por venir. En consecuencia, llamamos necesidad de un hombre la cantidad de bienes que le son necesarios para satisfacer sus necesidades dentro del período de tiempo a que se extiende su previsión. Para que esta previsión alcance la meta apetecida, se requiere un doble conocimiento. Debemos, efectivamente, tener ideas claras:

  1. sobre nuestra necesidad, es decir, sobre la cantidad de bienes que necesitaremos para satisfacer nuestras necesidades durante el período de tiempo previsto;
  2. sobre las cantidades de bienes de que disponemos para el mencionado objetivo.
Carl Menger, Principios de Economía Política. Capítulo II

Es decir, escasos, pudiendo ser la mera previsión de escasez una utilidad en sí misma, previsión que puede tener su causa en la mera cantidad limitada.

Ver también

La utilidad, asesina del valor. (Manuel Polavieja).