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SpaceX contra la burocracia americana

Si hubiera que hacer una lista de los avances técnicos que más han marcado las últimas décadas, los cohetes que aterrizan para poder ser reutilizados estarían en las primeras posiciones. Pero hay algo menos espectacular que nos ha facilitado la vida a todos: el uso generalizado de iluminación led (light-emitting diode). La tecnología led existe desde hace mucho tiempo, pero para que pudiera ser adoptada de forma masiva se tuvo que desarrollar un led azul lo suficientemente potente como para ser combinado con el rojo y verde, con lo que se puede generar el resto de colores.

Esa proeza ingenieril se la debemos a Shūji Nakamura. Su historia se cuenta magistralmente en un vídeo del canal de Veritasium, que es una de las mayores joyas de Youtube. Nakamura no lo tuvo fácil. Como siempre que alguien quiere hacer avanzar el conocimiento de la especie humana, el camino empieza cuesta arriba y no hace más que empeorar. Mi parte favorita de su historia es donde se explica qué rutina de trabajo tuvo que realizar para encontrar la combinación perfecta de materiales para fabricar el led: trabajó de siete de mañana a siete de tarde día tras día, siete días a la semana durante un año y medio.

O dicho de otra forma, toda su vida durante esos meses estuvo dedicada única y exclusivamente a conseguir un objetivo profesional que era muy improbable de alcanzar. No respetó ni las normas laborales, ni la de su propia empresa, pero consiguió su objetivo y con ello nos enriqueció a todos de forma instantánea, incluso a los que aún están por nacer.

El caso de SpaceX

Esta filosofía forma parte del ADN de las empresas de Elon Musk. A la hora de hacer avanzar la tecnología, las únicas normas que importan son las de la física, no la de los hombres. Esto, unido al trabajo duro y algún que otro zafarrancho (periodos de trabajo aún más duro) han hecho posible una empresa de coches eléctricos que ha revolucionado un sector donde parecía que todo estaba inventando desde hacía décadas. Pero seguramente si hay una compañía que deja sin palabras hasta a sus críticos es SpaceX.

Hace veinte años una revista especializada ponía en portada a una nueva empresa aeroespacial con el titular: David and Goliath: Can Tiny SpaceX rock Boeing? La semana pasada una cápsula Dragon de la compañía de Musk llegó a la estación espacial internacional para recoger a dos astronautas que no pudieron volver en la cápsula de Boeing, así que la pregunta ha quedado respondida.

Aunque el éxito de SpaceX es tan arrollador que hace que su batalla con Boeing sea algo menor. Solo con Starlink, su sistema de conexión a internet vía satélite, SpaceX ya es una empresa omnipresente en todo el mundo. Y lo mejor está por llegar, con sus Starships, que prometen revolucionar (aún más) la capacidad de poner masa en órbita.

Pero Elon se ha encontrado con un problema que nos es bien conocido a los europeos: la regulación. Occidente lleva décadas cultivando un tipo concreto de ser humano que ha florecido en el siglo XXI. El burócrata no entiende de exploración espacial o desarrollo de nuevas tecnologías. Ellos entienden de normas, procedimientos y reglamentos. La seguridad pública, el medio ambiente, la diversidad, equidad e inclusión justifican toda intervención.

Universitarios burócratas

Por cada Elon Musk o Shūji Nakamura hay centenares de tipos con su licenciatura universitaria, su expediente impoluto y toda una vida dedicada a cumplir normas que reclaman su derecho a controlar la situación. Lo contrario, afirman, sería la ley de la selva.

En esa situación nos encontramos ahora mismo con el enfrentamiento entre SpaceX y la Federal Aviation Administration (FAA). Para que las Starships puedan empezar a operar comercialmente, se deben dar una serie de vuelos de pruebas que permitan a los ingenieros afinar todos los sistemas. Estos vuelos tienen que tener la correspondiente licencia del regulador, y es ahí donde empieza un conflicto que se ha convertido en la metáfora perfecta de qué está ocurriendo en occidente con la innovación. SpaceX es capaz de modificar sus naves espaciales (miles de toneladas de tecnología punta) en mucho menos tiempo de lo que tarda la FAA en analizar las modificaciones en los planes de vuelo.

La gente de SpaceX son personas que han decidido trabajar en la punta de lanza de su ingeniería, liderados por un tipo que no sabe qué significa irse de vacaciones. Por otro lado, la FAA, como cualquier regulador, está formada por personas que decidieron que un trabajo cómodo de oficina era lo mejor para su vida. A efectos prácticos es como si las fuerzas armadas de Estados Unidos hubieran decidido que los Navy Seal necesitan supervisión de los Boys Scout antes de realizar alguna operación.

Unión Europea, paraíso y modelo de la regulación

Este sinsentido se suma a todas las ineficiencias y malos incentivos que los organismos estatales llevan aparejados. Porque, vamos a ser honestos: SpaceX es una empresa magnífica. Una institución de la que estar orgullosos como seres humanos. Pero el contraste entre sus logros y lo que llevábamos visto en las últimas décadas en tecnología aeroespacial no se puede explicar sólo por sus virtudes. Son los deméritos de las agencias espaciales internacionales (especialmente la NASA) los que convierten en sobrenaturales los éxitos de Elon Musk. Y hablamos de algo que se lleva denunciando mucho tiempo, Richard Feynman (otro genio) ya retrató a la NASA hace casi cuarenta años y no ha cambiado nada.

Estados Unidos aún está lejos de convertirse en la Unión Europea, pero la deriva es innegable. SpaceX y Elon Musk están haciendo un servicio público (uno más) plantando batalla contra la FAA. Esperemos que tengan éxito, ya que esta vez no solo vamos a recibir como regalo sus logros tecnológicos, sino algo mucho más importante, el retorno del más puro sentido común; la innovación humana, siendo frenada únicamente por las leyes de la naturaleza. Leyes, que, a diferencia de las humanas, son duras pero justas.

Ver también

Papá, ¡quiero ser como Peter Thiel, no como J. S. Mill! (Raquél Merino).

El convoy de la libertad. (Adolfo Lozano).

Capitalistas de confianza

Por Walter Wright. El artículo Capitalistas de confianza fue publicado originalmente en Law & Liberty.

Incluso entre quienes aprueban en gran medida el sistema de libre mercado, a menudo se asume que existen algunas contrapartidas sombrías. A cambio de la eficiencia económica, permitimos la pérdida de determinadas industrias (como la manufacturera) y la pérdida de puestos de trabajo que ello conlleva. Pero, lo que quizá sea más acuciante, a muchos les preocupa la fractura de nuestro tejido social y el deterioro del capital social. Y no es difícil ver cómo se puede llegar a esta conclusión. Las sociedades de mercado implican competencia de mercado. Y, sin duda, la competencia despiadada, en la que el ganador se lo lleva todo, genera escepticismo y desconfianza en quienes participan en ella.

La competencia alimenta la codicia, lo que lleva a recortar gastos y a prácticas comerciales turbias para salir adelante. Parece natural que éste sea el resultado de un sistema basado en el afán de lucro. Cuando lo único que importa es la cuenta de resultados, la confianza se esfuma. La confianza social se desmorona bajo el peso de estos incentivos perversos. ¿No es cierto?

Pero estas suposiciones, como muchas otras que se hacen sobre el mercado, son erróneas. Y son erróneas porque malinterpretan la naturaleza de la competencia en el mercado. El factor que permite a un empresario o a una empresa ser competitivo en una economía de mercado no es la fuerza hace el bien. No se trata en primer lugar del genio solitario de innovadores excéntricos (aunque eso puede desempeñar un papel). Y aunque la eficiencia es importante, la reducción deshonesta de costes tampoco es el camino hacia el éxito en el mercado.

Perspicacia y persuasión

Lo que hace competitivo a un agente del mercado es la capacidad de identificar y satisfacer los deseos y necesidades de la sociedad mediante la persuasión. La perspicacia del empresario, según el difunto economista Don Lavoie, no es atribuible a «su separación de los demás sino, de hecho, a su mayor grado de sensibilidad hacia lo que buscan los demás». Los empresarios de éxito «están especialmente bien enchufados a la cultura». Lavoie llamó a esto la «capacidad de leer las conversaciones de la humanidad. … Lo que hace que los empresarios tengan éxito es su capacidad para unirse a los procesos conversacionales e impulsarlos en nuevas direcciones».

Una empresa compite con otras empresas diciendo a los consumidores: «Puedo servirle mejor». Una empresa compite intentando superar a sus competidores. Y si no quiere perder la confianza de los consumidores, la empresa tiene que cumplir sus promesas. Veamos la historia de un perito de seguros reconvertido en profesor. El primer día de trabajo, el Vicepresidente regional se dirigió a los nuevos empleados. Reconociendo que se podían obtener «beneficios algo mayores» vendiendo a los clientes más seguros de los que realmente necesitaban o pagando a los reclamantes un poco menos de lo que se les debía, el Vicepresidente regional afirmó: «Pero vuestro trabajo no es conseguir beneficios. Vuestro trabajo es cumplir nuestra palabra». Y cumplieron su palabra suministrando los bienes y servicios que prometieron suministrar con la calidad que prometieron. Los beneficios vendrán a través de la confianza en la marca.

Peter Drucker

Por eso el experto en gestión Peter Drucker pensaba que el «afán de lucro» era una explicación tan empobrecida de la actividad empresarial:

El beneficio no es la explicación, la causa o el fundamento del comportamiento y las decisiones empresariales, sino la prueba de su validez. Si los arcángeles, en lugar de los hombres de negocios, se sentaran en las sillas de los directores, aún tendrían que preocuparse por la rentabilidad, a pesar de su total falta de interés personal en obtener beneficios.

Así pues, el beneficio es una señal necesaria del éxito de la actividad empresarial. Pero no es el fin último de la actividad empresarial. La «única definición válida del propósito empresarial», según Drucker, es «crear un cliente». Los consumidores «exigen que las empresas partan de las necesidades, las realidades [y] los valores de los clientes» y «que las empresas definan su objetivo como la satisfacción de las necesidades de los clientes». Crear un cliente es el resultado de crear valor y participar en un intercambio mutuamente beneficioso.

O, como dice un grupo de éticos empresariales: «El negocio del negocio es el negocio». Todo el proceso de la competencia en el mercado consiste en descubrir formas de servir a la sociedad, persuadir a los demás para que confíen en que puedes prestarles un buen servicio, administrar los recursos con prudencia en nombre de ese servicio y, a continuación, ofrecer resultados satisfactorios. Ser competitivo en el mercado es ser digno de confianza. Todo el proceso es un ejercicio de creación de confianza. Y hay bastantes datos que lo demuestran.

La competencia genera confianza

Varios estudios han constatado que una mayor libertad económica está asociada a una mayor confianza. Pero, ¿qué ocurre específicamente con la competencia? Utilizando los ingresos como indicador de la integración del mercado, un estudio analizó los datos de la Encuesta Mundial de Valores entre 1997 y 2001, que abarcaba a unas 80.000 personas de 60 países. Descubrió que una mayor integración del mercado (mayores ingresos) está asociada a una mayor confianza generalizada.

A continuación, se introdujo en la mezcla una medida de la competencia: la relación entre el precio de inversión nacional ajustado y el índice de precios total. En lugar de reducir la confianza, la competencia parece reforzar el mecanismo de producción de confianza para quienes están bien integrados en el mercado. En otras palabras, los que participan y ganan dinero en el mercado confían más en la competencia. Para los menos integrados (ingresos más bajos), sin embargo, la competencia no tiene ningún impacto real en sus niveles de confianza (lo que, hay que señalar, es muy diferente de que tenga un impacto negativo).

La competencia mejora la confianza

Del mismo modo, la investigación ha demostrado que la competencia en el mercado de productos aumenta tanto la productividad como la confianza de los empleados en los directivos. Los autores argumentan que esto se debe probablemente a que las presiones de la competencia obligan a las empresas a ser más productivas, lo que a su vez requiere que la dirección confíe en los conocimientos y habilidades de los empleados. Para aprovechar el potencial de productividad de sus empleados, los directivos tienen que ganarse su confianza. Esto pasa por que los directivos sean más dignos de confianza y honestos y se ganen una buena reputación entre los empleados. Y todo esto tiene sentido. Las empresas competitivas y de alta calidad suelen tener directivos competitivos y de alta calidad. La gestión es importante para el rendimiento de la empresa y gestionar bien incluye la confianza.

Sin embargo, una de las críticas a la literatura sobre la confianza -uno de los «pecados capitales»- es que los datos de las encuestas y el comportamiento en el mundo real no siempre coinciden. Contrariamente a lo que podríamos sospechar, las personas tienden a ser más confiadas y dignas de confianza en los experimentos de lo que dejan entrever en sus respuestas a las encuestas. Esto sugiere que los datos experimentales pueden ser una forma más precisa de medir la influencia de la competencia en la confianza.

Un experimento

Un experimento de laboratorio colocó a los participantes en dos redes diferentes: redes de socios -en las que se construye una relación de confianza a través de transacciones repetidas- y redes de extraños -transacciones puntuales basadas en terceros-. Como era de esperar, los compradores discriminaban mucho en función de la reputación del vendedor. Se necesitaba una diferencia de precio significativa para convencer a los compradores de que se decantaran por un vendedor con menos reputación. Los experimentadores añadieron competencia a la mezcla, ya fuera mediante precios competitivos o permitiendo que los compradores se emparejaran con los vendedores en función de su reputación.

La introducción de cualquiera de las dos formas de competencia en las redes de desconocidos aumentó las ganancias del comercio al fomentar la confianza y la fiabilidad. La competencia acabó borrando las ventajas de las redes de socios sobre las de extraños. Ha leído bien: la competencia borró la brecha de confianza entre comerciantes conocidos y desconocidos; entre conocidos y extraños. Los experimentadores concluyeron «que la competencia es una poderosa herramienta para fomentar la confianza y la fiabilidad en entornos de desconocidos. … Con competencia, el rendimiento de las redes de desconocidos comunes a los mercados de Internet es similar al de las redes de socios más frecuentes en los mercados de ladrillo y mortero».

Los efectos de la desregulación bancaria

Un experimento de laboratorio similar descubrió que tanto la competencia como la información sobre la reputación son importantes para la confianza y la fiabilidad. Cuando los fideicomisarios carecían tanto de información sobre la reputación como de opciones competitivas, la confianza, la fiabilidad y la eficacia dentro del experimento eran bajas. Después de introducir la competencia y la información privada sobre la reputación de los fideicomisarios, los investigadores descubrieron que los índices de confianza y fiabilidad se triplicaban con creces y la eficiencia se multiplicaba por diez. La mitad de los efectos se atribuyeron a la información privada sobre la reputación de los administradores, mientras que la otra mitad se atribuyó a la competencia. Cuando tienes que competir por los clientes, mantener tu reputación intacta es importante. Y una buena reputación mejora la confianza.

Los datos transversales de empresas de Estados Unidos muestran una relación positiva entre la competitividad del sector y la confianza generalizada entre los empleados. Sin embargo, para establecer mejor una relación causal, un grupo de investigadores analizó los efectos de la desregulación bancaria. Como cabía esperar, la desregulación aumentó la competitividad de las empresas. Quizás menos esperado, los niveles de confianza estatal empezaron a subir tras la desregulación, incluso después de controlar una serie de variables.

Alemania

Basándose en el Panel Socioeconómico Alemán, los investigadores hicieron un seguimiento de la confianza generalizada de los individuos que cambiaban de sector. Resultó que los que trabajaban en sectores más competitivos tenían niveles de confianza más elevados. Pero lo más importante es que las personas que cambiaron a sectores más competitivos tenían más probabilidades de aumentar sus niveles de confianza. En lugar de perder la fe en la humanidad en medio de la alta competencia, estos individuos la ganaron.

Estos mismos investigadores también llevaron a cabo una serie de experimentos de laboratorio utilizando un juego de bienes públicos en el que los jugadores contribuían a un fondo público que luego se repartía entre los participantes. Los juegos se jugaron en condiciones competitivas y no competitivas. En los juegos en los que había competición, la cantidad que un participante recibía del fondo público se basaba no sólo en las contribuciones combinadas personales y de su pareja, sino también en la contribución conjunta de un grupo asignado al azar. «Si, y sólo si, su contribución conjunta igualaba o superaba la de su grupo de comparación, recibían su parte de la cuenta colectiva».

La competencia no sólo aumentaba las contribuciones, sino que también incrementaba la confianza generalizada declarada: quienes se enfrentaban a altos niveles de contribuciones de socios y competidores (mayor competencia) tenían más probabilidades de responder afirmativamente a las preguntas de confianza generalizada.

Incluso la competencia global genera confianza

Algunas investigaciones sugieren que la competencia global tiene una relación complicada con la confianza generalizada. En un estudio de la socióloga Simone Polillo, el comercio internacional por sí solo no tuvo un efecto estadísticamente significativo en la confianza. Pero a medida que más países producen los mismos bienes, el comercio internacional aumenta la competitividad de los productores. Por consiguiente, Polillo descubrió que este tipo de competencia (lo que él denomina «competencia por equivalencia de funciones») disminuye la confianza.

Sin embargo, también descubrió un factor interesante que contribuye a la confianza: la ciencia. Resulta que cuanto más contribuye un país al conocimiento científico mundial, mayor es la confianza. Polillo planteó la hipótesis de que esto se debía a que «la ciencia encarna una visión cultural del progreso social». Y así es, pero la cuestión es la siguiente: no hay ciencia sin un mercado de ideas. Es bastante difícil contribuir al conocimiento científico global sin el intercambio de ideas o el apoyo institucional.

Comercio y confianza

Como ha escrito Johan Norberg, del Cato Institute, «el intercambio de conocimientos y bienes… dio lugar a la ciencia, que se basa en el intercambio, la crítica, la comparación y la acumulación de conocimientos, y a la tecnología, que es la aplicación de la ciencia para resolver problemas prácticos». La libre circulación de ideas a través de una serie de redes sociales permitió la difusión de lo que el economista Joel Mokyr ha denominado «conocimiento útil», lo que condujo a un crecimiento económico sin precedentes y a la transformación de la economía mundial. ¿Quieres ciencia? Necesitas mercados.

Pero hay más. Un estudio de 2023 sobre la globalización analizó la confianza social de los inmigrantes de primera y segunda generación en más de 30 países europeos. Para descartar la causalidad inversa de países con un alto nivel de confianza que influyen en los niveles de confianza de los inmigrantes, los economistas Niclas Berggren y Christian Bjornskov analizaron en su lugar los niveles de globalización de los países de origen de los inmigrantes. Descubrieron que las características favorables al libre mercado, como las escasas barreras comerciales y la apertura financiera, tienen una relación positiva con la confianza social. Resulta que ninguna medida de globalización -económica, social o política- influyó negativamente en la confianza. Así que quizá la competencia global no nos esté destrozando como muchos afirman.

Competencia real que mata la confianza

Irónicamente, las sociedades colectivistas generan una cultura mucho más escéptica y desconfiada en la que los individuos compiten constantemente en lo que perciben como un juego de suma cero. Y no sólo con los de fuera. La comparación social dentro del grupo y la jerarquía son increíblemente intensas en las sociedades colectivistas. En estas sociedades, los individuos son más propensos a ocultar información a los demás para obtener una ventaja sobre sus competidores. Ocultar información es más estratégico que mentir directamente, porque permite una negación plausible con los mismos resultados. También existe una competencia encubierta y una preocupación constante por los «enemigos»: amigos o familiares que quieren perjudicarte o socavarte (algo que en las culturas individualistas se considera paranoia). La escalada y las puñaladas por la espalda parecen ser la norma en las sociedades más colectivistas.

Un ejemplo extremo puede verse en Corea del Norte, donde las sesiones de autocrítica son obligatorias para los ciudadanos. Las sesiones implican confesiones ante los compañeros de supuestas culpas personales, así como acusaciones públicas a los colegas por supuestas infracciones contra el Gran Líder. Es «la versión comunista del confesionario católico», salvo que es forzado y exige una vigilancia constante del prójimo. «A nadie se le perdonaba la timidez», escribió una desertora sobre su experiencia. «A nadie se le permitía ser irreprochable».

Colectivismo

Se podría pensar que esto se debe a la corrupción o a la pobreza que producen las instituciones colectivistas. Aunque no cabe duda de que estas cosas agravan el problema, las diferencias regionales en corrupción y riqueza dentro de los países colectivistas demuestran que el propio colectivismo es el culpable de las actitudes desconfiadas. Esto contradice la visión romántica de las sociedades colectivistas que crean comunidades unidas e igualitarias a través de recursos y tradiciones compartidos (léase nacionalizados). Por el contrario, se parece más a estar solo en una habitación abarrotada, mirando constantemente por encima del hombro. Si quieres confianza, la colectivización no es el camino.

Ya en la década de 1980, el senador Bernie Sanders definió el socialismo como «una visión de la sociedad en la que la pobreza es absolutamente innecesaria» y «en la que las relaciones internacionales no se basan en la codicia… sino en la cooperación». Aunque la pobreza pueda ser «innecesaria» en las sociedades socialistas, lo cierto es que prevalece. Y en parte se debe a que la cooperación se ve socavada por la falta de competencia en el mercado.

Una mayor competencia en el mercado indica que un mayor número de empresas buscan formas de proporcionar bienes y servicios a la sociedad. Se mantienen más conversaciones (en palabras de Lavoie) y hay más reputaciones en juego. Cada vez son más las que se dan cuenta de que tienen que cumplir sus promesas. Cuando hay más competencia, las empresas tienen que aprender a servir mejor a la gente. Y esto implica ganarse la confianza del público mediante acciones dignas de confianza.

Ver también

Marcas, reputación y fraude. (Albert Esplugas).

Confianza que genera desconfianza. (Juan Ramón Rallo).

Reputación corporativa en el ámbito del marco instituciona. (Ángel Fernández).

No, Maduro no se hizo capitalista cuando se convirtió en dictador

Por Marcos Falcone. El artículo No, Maduro no se hizo capitalista cuando se convirtió en dictador fue publicado originalmente en FEE.

En los últimos meses, Venezuela ha estado en el punto de mira mundial, lamentablemente por malas razones. A pesar de la presión internacional, el dictador Nicolás Maduro se negó a rendirse, incluso después de que quedara claro que había perdido las elecciones presidenciales del 29 de julio por un margen de más de 30 puntos. Llegó incluso a obligar supuestamente a su rival, Edmundo González Urrutia, a firmar una carta concediendo la victoria a Maduro como condición para su huida al exilio en España.

El rechazo de Maduro en las urnas ha desconcertado a socialistas y otros partidarios del régimen, ya que el país había sido aclamado en repetidas ocasiones como un modelo para el resto del mundo. En ese contexto, algunos en la izquierda estadounidense han sugerido que la razón detrás del fracaso de Maduro no son sus políticas socialistas, sino más bien el hecho de que de alguna manera «se volvió capitalista» en los últimos años. Spoiler alert: no lo hizo.

Justo antes de las elecciones, Alternativa Socialista afirmó que las «relaciones capitalistas» estaban intactas en Venezuela, lo que supuestamente explicaría la grave situación económica del país. La idea se generalizó en la izquierda. De hecho, en un artículo aparecido en el New York Times justo después de las elecciones se leía:

En los últimos años, el modelo socialista ha dado paso a un capitalismo brutal, dicen los economistas, con una pequeña minoría conectada con el Estado que controla gran parte de la riqueza de la nación.

Nicolás Maduro, socialista de amiguetes

¿Qué podría hacer pensar a alguien que Maduro, que es el líder del Partido Socialista de Venezuela y defiende públicamente el socialismo para que el mundo lo vea, ha abrazado el capitalismo de libre mercado? Esta confusión tiene su origen en dos elementos: el auge del capitalismo de amiguetes, intrínsecamente ligado a las políticas socialistas, y la dolarización parcial, que el régimen de Maduro ha sido lo suficientemente inteligente como para permitir con el fin de contrarrestar las desastrosas consecuencias de su propia administración.

El socialismo implica inevitablemente la planificación central. Sin embargo, como explicaron tanto Ludwig von Mises como Friedrich A. Hayek a principios del siglo XX, las economías planificadas centralmente están condenadas al fracaso. ¿Por qué? Abrazar plenamente el socialismo significa que el Estado debe asumir la propiedad de todo lo que se quiera poseer, pero al hacerlo se elimina la propiedad privada y, por tanto, los mercados.

El problema es que, como los mercados transmiten información a la gente a través de los precios, ya nadie sabe lo que es abundante o escaso. Si no se puede comerciar con nada y todo es propiedad del Estado, ¿cómo podemos estar seguros de que construir un puente de hormigón será más barato que utilizar oro? La única forma de mantener a flote una economía así es buscar en otros contextos en los que todavía existen precios orientativos, como los mercados negros.

Dolarización

En Venezuela, tanto el capitalismo de amiguetes como la dolarización han mitigado lo que habría sido un colapso total de la economía si el gobierno se hubiera limitado a confiscar toda la propiedad privada. Los capitalistas amiguetes han surgido porque la élite gubernamental quiere mantener su lujoso estilo de vida y el resto de la gente sigue necesitando alimentarse, así que alguien tiene que encargarse de ello. Y como las normas impuestas por el gobierno hacen que sea imposible dirigir con éxito un negocio legalmente, el régimen se limita a mirar hacia otro lado mientras ayuda a sus amigos a enriquecerse y a otros a sobrevivir a duras penas. Como aprendió el régimen cubano, tolerar los mercados negros puede salvar a un régimen autoritario del colapso total.

Del mismo modo, la dolarización es el método a través del cual los venezolanos de a pie evitan la tiranía del bolívar, la moneda impresa por el gobierno incluso después de la hiperinflación que provocó entre 2016 y 2021. En Venezuela es ilegal comerciar en dólares, pero los supermercados y muchos otros negocios en todo el país lo hacen de todos modos. Si no lo hicieran, y si se vieran obligados a utilizar una moneda que pierde valor constantemente, no comerciarían en absoluto. En este caso, el gobierno también mira para otro lado.

Eterno desprecio hacia el libre mercado

Pero ni la existencia del capitalismo de amiguetes ni el limitado proceso de dolarización significan que Venezuela haya liberalizado su economía. Al contrario, el país sigue cerrado a los negocios tanto dentro de sus fronteras como en el extranjero. Venezuela ocupa el puesto 165 en el Índice de Libertad Económica del Mundo del Instituto Fraser, el más bajo de todos los países medidos. La libre competencia que caracteriza al capitalismo de libre mercado sigue sin aparecer en la economía venezolana, y la propiedad privada sigue existiendo sólo de nombre. En este contexto, la muerte de la democracia venezolana no es sorprendente. Todo el poder reside en el régimen de Maduro, y nadie puede contrarrestarlo.

Al mirar hacia otro lado después de destruir la economía de Venezuela, lo único que ha conseguido el régimen de Maduro es detener el colapso que provocó. El gobierno es lo suficientemente inteligente como para entender que las consecuencias lógicas de sus políticas le habrían hecho perder los pocos votantes que aún conserva. Pero ni Maduro ni su régimen se han vuelto capitalistas. Desprecian el libre mercado tanto como siempre.

Ver también

Venezuela: la pandemia del siglo XXI. (Venezolano anónimo).

Venezuela: ¿hasta dónde se puede retroceder? (Venezolano anónimo).

José Antonio Labordeta y el himno oficioso de Aragón

El pasado 19 de septiembre celebramos el aniversario, catorce años ya, de la muerte de José Antonio Labordeta. Un día de tristeza, por su muerte, pero también de alegría, porque, pese a que hayan pasado unos cuantos años, su legado sigue vivo. Este es el segundo año que el 19 de septiembre es todavía más triste, ya que llevamos dos años sin Emilio Lacambra y sin su Casa Emilio, donde, aunque faltara Labordeta, siempre estaba presente el espíritu del «abuelo».

Emilio Lacambra y Josemari Tomás ya no reciben a Labordeta, Joaquín Carbonel o Eloy Fernández Clemente en la esquina de la Avenida de Madrid con el Paseo de María Agustín de Zaragoza. Sin embargo, esa esquina sigue siendo el rincón del recuerdo, de las anécdotas, de las jotas tras alguna copa de más en la cena y, sobre todo, de las largas despedidas frente al Palacio de la Aljafería.

El Labordeta político

Ese mismo palacio, sede de las Cortes de Aragón, que acogió el inicio en la política profesional de José Antonio Labordeta después de haber escrito más de quince libros y otros tantos discos.

Un inico en la política profesional con 64 años, lo que le aportaba dos ventajas competitivas respecto a cualquier otro parlamentario. Por un lado, poder aportar su experiencia y sabiduría. Por otro lado, dada su edad, no necesitaba la política para vivir, lo que le ofrecía una independencia con la que no cuentan aquellos que dependen de la disciplina de partido.

Un momento especialmente admirable y emotivo en su carrera fue durante la precampaña de las elecciones de 2004 a las Cortes Generales, cuando una cena recaudó aportaciones voluntarias, y una subasta ayudó a financiar parte de la campaña electoral de Chunta Aragonesista. Una forma de financiación lejos de  Una muestra más de que Labordeta nunca entró en política para aprovecharse del esfuerzo ajeno.

Cuentos de San Cayetano

Eso de ayudar a los demás en lugar de aprovecharse del esfuerzo ajeno le viene de familia. Hablaba de los recuerdos en Casa Emilio, pero no menos entrañables son los recuerdos de la plaza de San Cayetano, también en Zaragoza y que propiciaron el libro «Cuentos de San Cayetano», al lado de donde nació Labordeta y de donde se ubicaba el Colegio Santo Tomás de Aquino, fundado y dirigido por su padre, Miguel Labordeta Palacios, al que sucedieron en la dirección sus hermanos, Miguel y Donato Labordeta.

Miguel Labordeta Palacios, como recoge Santiago Sancho Vallestín en «Grabado en la mente», “fue un enamorado de la cultura: estaba convencido de que solamente a través de ella podrían los más humildes alcanzar un cierto bienestar que les permitiera vivir con dignidad”. Este amor al conocimiento y ayudar a los más humildes a través del conocimiento es lo que le llevó a crear un colegio privado.

El colegio, fundado en 1929 durante la dictadura de Primo de Rivera, pudo sobrevivir de manera independiente a regímenes como el de Primo de Rivera, Dámaso Berenguer, la Segunda República, la Guerra Civil y el franquismo, gracias a su carácter privado. Siendo presidente de Aragón, Marcelino Iglesias y consejera de educación, Eva Almunia, tuvo que cerrar en 2006. Gracias a su carácter privado, permitió que muchos profesores brillantes, que en la educación pública no habrían disfrutado de tanta libertad, desarrollaran su labor docente, como el propio Eloy Fernández Clemente, José Sanchis Sinisterra o José Antonio Rey del Corral.

Un somarda

Labordeta era aragonés y, por lo tanto, un somarda. O un somarda y, por lo tanto, aragonés. Somarda es una de esas palabras imposibles de definir. Se es o no se es, pero no se puede intentar ser somarda. Y, cuando estás ante un somarda, sientes que estás ante un somarda. Pero es imposible definir somarda. Que en los últimos años hayan dirigido dos aragoneses (Pedro Laín Entralgo y Fernando Lázaro Carreter) la RAE y siga sin recoger su diccionario, pese a recoger más de 750 aragonesismos, este término es una muestra de su complejidad.

Lo más parecido que he encontrado a una definición de somarda es una frase que recoge la «Breve antología universal del humor aragonés» de José Luis Cano, que dice que “el somarda es quien descoloca al interlocutor. O quien lo coloca en su sitio, que viene a ser lo mismo” o, la definición que hace Guillermo Fatás afirmando que un somarda es alguien “quien luce espíritu socarrón y con retranca, o sea, intención oculta, a menudo para mofarse de alguien y hacer ver algo, pero como sin querer”.

«Mu flojico, abuelo, mu flojico»

La clave, como indica Fatás está en el “pero como sin querer”. Luis Alegre ilustra la somardía cuando narra:

La anécdota me la contó, hace muchos años, José Antonio Labordeta. La estrella de la historia era Luis Buñuel. Acababa de estrenar una de sus obras maestras y el mundo se había rendido a su inmenso talento. Un día vino a Zaragoza a ver a su madre. Vivía en el Paseo de la Independencia 29, en el mismo edificio del Heraldo. Entonces, al lado de esa casa, Buñuel se encontró con un antiguo compañero de los jesuitas, al que hacía siglos que no veía. Su amigo le saludó, eufórico: “¡Hombre Luis, qué alegría verte! ¿Pero qué haces por aquí? Oye, que me he enterado de lo de tu película. Ya la he visto: mu flojica ¿eh?”.

Al contarla resultaba imprescindible emplear, con la entonación precisa, la expresión “mu flojica”, tan castiza: si en lugar de “mu flojica” se decía “muy floja”, la historia perdía buena parte de su encanto.

[…]

La anécdota se jaleó mucho en algunos restringidos ambientes. Pero José Luis Borau me reveló que la figura de ese episodio no era Luis Buñuel sino José María Forqué, el director zaragozano responsable, entre otras muchas películas, del clásico Atraco a las tres. En una cena, Forqué le dijo a José Luis: “Vuelvo poco a Zaragoza y no sé para qué. El otro día que fui me paró un amigo por la calle para decirme que mi última película era muy mala”.

Una tarde, en una charla, coincidí con Borau y Labordeta. Borau le aclaró al Abuelo que el rey de la anécdota era Forqué. Labordeta se echó a reír: “Ya lo sé, José Luis. Pero es que con Buñuel tiene mucha más gracia”.

El himno de Aragón

Con Buñuel tiene mucha más gracia. Igual que con Labordeta. Algo parecido pasa con el himno de Aragón. El Boletín Oficial de Aragón publica la Ley 3/1989 de 21 de abril, en el que se recoge el himno de Aragón. Un himno con música de Antón García Abril (autor, entre otras muchísimas canciones, de la banda sonora de Los santos inocentes y El hombre y la tierra, de Félix Rodríguez de la Fuente) y letra de Ildefonso Manuel Gil, Ángel Guinda, Rosendo Tello y Manuel Vilas. Ahí es nada.

Ese himno lo es porque lo que dice una ley, pero nadie lo utiliza. En cualquier reunión de amigos, en cualquier fiesta de cualquier pueblo o ciudad de Aragón o de su zona de influencia, el himno que se entona es el Canto a la Libertad. Una canción que se ha convertido en el himno de forma espontánea, por aclamación popular y no porque lo diga una ley.

Todos los años, cuando el alcalde (o alcaldesa) de Zaragoza sale al balcón antes del pregón de las fiestas del Pilar, siempre recibe un abucheo generalizado tanto de los que le han votado como de los que no. Una especie de memento mori que rememora lo que en el imaginario popular fue el antiguo juramento de los reyes de Aragón. Que sea cierto, o no, (hay trabajos que lo niegan), el juramento de los reyes de Aragón, recoge la esencia de las monarquías hispánicas: el poder lo ostentan los individuos y lo ceden al rey y no al revés:

Nos, que somos y valemos tanto como vos, pero juntos más que vos, os hacemos Principal, Rey y Señor entre los iguales, con tal que guardéis nuestros fueros y libertades; y si no, no.

Con Labordeta tiene más gracia

Entre todos los pregones y abucheos que he presenciado, el más notable fue el de 2017, pocos días después del golpe de Estado, que contó con el apoyo, entre otros, del entonces alcalde de Zaragoza. Desde un planteamiento simplista, el abucheo podría plantearse como un acto de “fango” de la derecha españolista. Sin embargo, desde ese mismo planteamiento, se podría decir que esa misma derecha españolista serían también opuestos a Labordeta. Pero, cuando empezó a sonar el Canto a la Libertad, se acabaron los abucheos. Y empezaron las Fiestas del Pilar.

Parafraseando a Gabriel Sopeña cuando habla de Mauricio Aznar en Al este del Moncayo,

Labordeta no es de los de izquierdas, ni de los de derechas, ni de los españolistas, ni de los no españolistas. Labordeta es un artista aragonés universal que pertenece a todos. Y lo que definió su espíritu fue colaborar con todo el mundo, siempre, sistemáticamente, con todo aquel que tuviera talento. Además de su insolencia, que era una virtud que lo definía muchísimo.

Por eso, un himno de Antón García Abril puede estar bien. Pero un himno es algo más que lo que diga una ley. Un himno debe ser una institución espontánea. De forma espontánea suena en nuestras cabezas Antón García Abril cuando vemos un águila con una cabra. Pero, también de forma espontánea, cuando pensamos en el himno de Aragón, suena Labordeta.

Porque, con Labordeta, tiene mucha más gracia.

Ver también

De himnos, pitos y prohibiciones. (Gonzalo Melián).

Rothbard: Anatomía del Estado

El Estado no para de crecer. Tenemos una Unión Europea que cada vez quiere centralizar más, cuya finalidad es crear un Estado federal europeo a través de una élite de burócratas criados en colegios con valores europeístas que, como Janusz Korwin-Mikke afirma, son contrarios a los verdaderos valores europeos cristianos. Si bien Murray Rothbard escribió su obra La Anatomía del Estado en Estados Unidos, en el contexto del New Deal, es perfectamente aplicable al contexto europeo.

Lo que fue una unión arancelaria, beneficiosa para los ideales del libre mercado, se convirtió en Maastricht en 1992 en una unión política. No contentos con ello, en 2004 buscaron crear una Constitución, pero fue vetada por los burócratas franceses y holandeses. Aun así, en 2007 firmaron el Acuerdo de Lisboa, que creó el Consejo, fortaleció la Comisión y actuó de facto como una Constitución, ya que puso por encima la justicia europea a las nacionales. Por eso, la obra de Rothbard puede ser útil para esta batalla ideológica entre libertad y burocracia en la Unión Europea.

¿Qué es el Estado?

Rothbard empieza explicando que casi todos consideran al Estado como un medio necesario para lograr los objetivos de la humanidad. No solo eso, sino que con el ideal democrático en Occidente se ha identificado el Estado con la sociedad. “El Estado somos todos” es una frase que para Rothbard viola casi todos los principios de la razón y el sentido común. Si esto fuese cierto, cualquier mal que aplicase el Estado sería algo voluntario y aceptado por los afectados. 

Como “nos gobernamos nosotros mismos” las revueltas fiscales están prácticamente olvidadas, al contrario que durante la etapa monárquica. Hans-Hermann Hoppe afirma que en democracia “la distinción entre gobernantes y gobernados, así como la conciencia de clase de los gobernados, se vuelven borrosas”. Un gobierno de propiedad privada hace que se sepa quién está extrayendo rentas a los ciudadanos, siendo una persona con nombre y apellidos. Como dice J.R.R. Tolkien: “Si pudiésemos volver a los nombres personales, haría mucho bien”. Otra cuestión que ha perdido legitimidad es el tiranicidio, tratado por autores como el jesuita Juan de Mariana, que es impensable porque el público considera injusto castigar a la “voz de la nación” que se ha elegido mediante un proceso democrático.

Rothbard afirma que el Estado no somos todos, sino que es la organización que tiene el monopolio del uso de la fuerza en un determinado territorio. Franz Oppenheimer distingue entre dos maneras excluyentes de adquirir riqueza: los medios económicos y los políticos. La diferencia entre ellos es que los primeros refieren a la producción y al intercambio y los segundos a la fuerza y a la violencia. El Estado es, por tanto, la organización de los medios políticos y, en palabras de Rothbard, proporciona un canal legal, ordenado y sistemático para la depredación de la propiedad privada.

¿Cómo se justifica el Estado?

Nunca ha existido un contrato social. El Estado ha nacido siempre en virtud de la conquista. Para perpetuarse, ha necesitado tanto de intereses económicos como de un trasfondo ideológico. Los intereses económicos son la burocracia permanente, que creó los monarcas absolutos y que actualmente se traduce tanto en el funcionariado como en la alianza Estado-grandes firmas.

Para garantizar la aceptación activa o resignada de la mayoría de los súbditos por medio de la ideología, el Estado ha usado a los “intelectuales”. Son “moldeadores de opinión” a los que la burocracia de este ofrece un puesto seguro y permanente, que no estaría tan asegurado en un mercado libre. Sería correcto añadir que dentro de este grupo no solo están los científicos sociales y los historiadores, sino también los periodistas y los científicos naturales.

Durante la pandemia se ha visto una de las justificaciones del Estado que Rothbard expone, aunque es una de las más impopulares a largo plazo. Es la grandeza y sabiduría de los que gobiernan. Por algún motivo, los gobernantes y los “expertos científicos” que ellos designan pueden lidiar con una pandemia, mientras que los ciudadanos en libertad no. Su apoyo principal son los periodistas que, en vez de ser un contrapeso al gobierno, justifican medidas liberticidas claramente contradictorias entre ellas. Lo hacen porque, verdaderamente, están financiados desde el poder político. A partir de ahí construyen un relato en el que el ciudadano desobediente es culpable de los males que ocurran. 

El miedo

La otra justificación es que el poder del gobierno es necesario para evitar los males que resultarían de su caída. Para ello, el Estado inculca miedo a los gobernantes de otros Estados, como cuando en Europa escuchamos hablar de Vladimir Putin cuando quienes verdaderamente nos están perjudicando ahora en España son Pedro Sánchez y Ursula von der Leyen. Rothbard explica que la premisa básica del Estado es identificarse con el territorio que gobierna. Por eso, un contrapeso interesante de la monarquía que explica Erik von Kuehnelt-Leddihn es que “los monarcas, al contrario que los líderes democráticos, son étnicamente mixtos. Suelen tener un origen extranjero. Sus familiares son extranjeros.”

La importancia de esto radica en las guerras modernas. Las guerras son verdaderamente conflictos entre diferentes castas gobernantes. El Estado y los intelectuales, al hablar de que un Estado está siendo atacado por otro, buscan justificar que el ataque va dirigido hacia toda la población. Por tanto, lo que antiguamente eran conflictos entre monarcas, que tenían que pagar a sus propios mercenarios y cedían o conquistaban territorios en batallas a campo abierto, pero sin influir en los civiles inocentes en los núcleos urbanos; se han convertido en guerras de destrucción masiva, con conscripción obligatoria y en las que las infraestructuras civiles quedan fuertemente dañadas y miles mueren, llamándose a aquello daños colaterales. Ni siquiera los límites internacionales que se pusieron, como el “derecho de neutralidad”, se cumplen y, a no ser que se tenga las armas necesarias, es difícil hacer valer la neutralidad.

¿Cómo se expande el Estado?

Según Rothbard, los hombres han intentado crear siempre métodos para limitar el poder del Estado. Las declaraciones de derechos, la separación de poderes o los límites constitucionales son ejemplos que en un primer momento han podido funcionar, pero el Estado y sus intelectuales los han convertido en sellos de legitimidad. Charles Black explica que una sentencia de inconstitucionalidad puede ser un poderoso límite frente al Estado, pero una sentencia de constitucionalidad un arma poderosa. Los tribunales no son independientes del poder político e históricamente se han dedicado a validarlo. Un ejemplo fue la ampliación del Tribunal Supremo de EEUU para validar el New Deal, es decir, los poderes del Congreso para controlar la economía nacional.

Hay que tener en cuenta la teoría de Charles Tilly que explica que el Estado fue diferenciando entre violencia legítima e ilegítima, y así, los funcionarios acabaron aplicando la violencia con mayor eficacia y con mayor consentimiento de los ciudadanos. Esto tiene relación con la tesis del profesor Joseph Nye respecto del poder blando. Mientras los Estados menos sofisticados se basan en el poder duro, que es la coacción militar y económica; los más sofisticados se basan en el poder blando, que es su incidencia en los individuos a través de la cultura o de la diplomacia. El control de los burócratas de la vida cotidiana a través de las regulaciones y los permisos o el final del efectivo serían ejemplos de este poder blando, que puede llegar a ser mucho más peligroso que el duro.

¿Qué teme el Estado?

El Estado teme perder legitimidad. Por eso sus intelectuales rechazan y condenan toda “teoría de la conspiración” y todo revisionismo histórico. Las teorías de la conspiración pueden hacer que el público dude de la propaganda ideológica del Estado. El término fue acuñado por la CIA para desacreditar las teorías sobre el asesinato de Kennedy. Como dice Noam Chomsky: “¿Qué significa decir que es una “teoría de la conspiración” decir que los principales planificadores estadounidenses desarrollaron planes que se pueden ver en el registro documental y los llevaron a cabo, que se puede ver en el registro histórico? No es una teoría de la conspiración.”

Los intelectuales se han encargado de acusar a los “conspiranoicos” de diferentes trastornos como paranoia, apofenia o falta de empatía. Sin duda, la patologización del adversario es una buena táctica. El revisionismo tampoco es bien recibido. Pone en duda el dogma democrático-liberal del “fin de la historia” de Francis Fukuyama. Harry Elmer Barnes escribió:

Desde la Edad Media no ha habido tantas fuerzas poderosas organizadas y alertas contra la afirmación y aceptación de la verdad histórica como las que están activas hoy en día.

Harry Elmer Barnes

Finalmente, Rothbard explica qué delitos son más graves en el léxico del Estado: traición, deserción, subversión, conspiración, magnicidio o regicidio. Solo hay que ver cómo se ha tratado en la “opinión pública” a Julian Assange por revelar secretos de Estado o a Ross Ulbricht por crear un mercado totalmente desregulado. Es sin duda contradictorio que la institución que su razón de ser es supuestamente defender al público se encargue primero de defenderse del público.

Conclusión

Rothbard define correctamente qué es el Estado, cómo se justifica, cómo se expande y qué teme. Entiende el Estado como una organización que monopoliza la violencia en un determinado territorio. Así, llega a su análisis sobre las guerras como conflictos entre castas gobernantes, y que se debe aplicar en el análisis geopolítico. Si queremos desguazar el Estado debemos hacer uso de las teorías de la conspiración y del revisionismo histórico, que son las mejores maneras posibles de contraargumentar a los intelectuales que legitiman el Estado. Para terminar, dice Lysander Spooner:

Los derechos naturales de un hombre son suyos, frente al mundo entero. Y cualquier violación de ellos es igualmente un crimen, ya sea cometida por un solo hombre o por millones; ya sea cometida por un hombre que se hace llamar ladrón (o por cualquier otro nombre que indique su verdadero carácter), o por millones que se hacen llamar gobierno.

Lysander Spooner
Ver también

Polémicas sobre Rothbard: Historia, epistemología, órdenes espontáneos, dinero, ética y sectarismo. (Adrián Ravier).

10 mitos sobre Murray N. Rothbard. (Adolfo Lozano).

Una defensa rothbardiana de las Instituciones. (Manuel Llamas).

Tres principios libertarios en tiempo de guerra. (Patrick Carroll).

La guerra y la salud del Estado. (José Carlos Rodríguez).

La visión austríaca de los sistemas complejos y el estatismo económico global

En la ciencia, las escuelas son medios temporales que dan cabida a planteamientos alternativos para que puedan crecer y probar su efectividad antes de ser incorporados al mundo real.

Karen I. Vaughn (2001). The Rebirth of Austrian Economics: 1974–99. Economic Affairs

La complejidad del actual escenario geoeconómico global, el cual se ha caracterizado por una multipolaridad de actores económicos, políticos y culturales, han puesto en entredicho los paradigmas tradicionales de análisis tanto económicos como políticos, a la hora de abordar la compresión, de los mercados globales en la actualidad.

Frente a este teatro de complejidad global, han surgido en las últimas décadas una serie de nuevos paradigmas que han tratado de abordar el estudio de la dinámica económica y política global desde una perspectiva más sistémica, y menos linean y determinística en términos cuánticos principalmente, como cualitativos.

Para los efectos del objetivo del presente artículo, haremos referencia a los principales postulados de dos paradigmas y perspectivas de análisis tanto económicas como políticos-institucionales, que han tratado de dar respuesta a la compleja dinámica del actual contexto geoeconómico y político global.  Siendo la primera de ellas, el paradigma de la economía de la complejidad, y la segunda, será con especial referencia, la perspectiva de la Escuela Austriaca de economía. Trataremos sobre lo que está define como sistemas complejos, y su posible extrapolación al actual escenario geoeconómico global para entender la creciente intervención estatal en la dinámica económica del mismo, y sus incidencias sobre los mercados.

La economía de la complejidad

Los orígenes del paradigma de la economía de la complejidad se remontan a un conclave científico interdisciplinario en el Instituto Santa Fe en los Estados Unidos, en el año 1987. En él se discutió un marco conceptual que incorpore un análisis cuántico más adecuado al estudio de los fenómenos económicos complejos a escala global, haciendo énfasis a múltiples variables, de índole cuantitativa como cualitativa, la no linealidad de eventos, la información incompleta, la multiplicidad de actores, y a los procesos dinámicos. Como resultado de esta reunión, los físicos y economistas David Pines, Philip W. Anderson, y Kenneth Arrow, respectivamente y presentarían su obra seminal La economía como un sistema complejo en evolución (1988).

Seis son las características de los sistemas complejos que han demostrado incógnitas significativas a la economía tradicional a escala global. Estas características fueron presentadas sistemáticamente por los siguientes autores: W. Brian Arthur, Steven N. Durlauf y David A. Lane, del Santa Fe Institute en el libro The Economy as an Evolving Complex System II. Santa Fe Institute Series, CRC Press. p. 600.

Características de los sistemas complejos

1. Interacción Dispersa. Lo que sucede en una economía está determinado por una interacción muy dispersa, posiblemente heterogénea, entre agentes que actúan en paralelo. La acción de un determinado agente depende de las acciones anticipadas de un número limitado de otros agentes.

2. Ausencia de Controlador Global. Ninguna entidad global controla las interacciones. En su lugar, los controles se proveen mediante mecanismos de competición y coordinación entre agentes. Las acciones económicas son tuteladas por instituciones legales, roles asignados y otras asociaciones. No existe tampoco un competidor universal, es decir, un solo agente que puede explotar todas las oportunidades en una economía.

3. Organización Jerárquica Cruzada. La economía tiene muchos niveles de organización e interacción. Las unidades en niveles como comportamientos, acciones, estrategias, o productos típicamente sirven como “bloques de construcción” para construir unidades en el siguiente nivel superior. La organización en general es más que jerárquica, con muchas interacciones cruzadas (asociaciones, canales de comunicación) a través de distintos niveles.

4. Adaptación Continua. Los comportamientos, acciones, estrategias y productos son revisados continuamente a medida que los agentes individuales acumulan experiencia. Es decir, el sistema se adapta constantemente.

5. Nichos Perpetuos de Novedad. Estos se crean constantemente por mercados nuevos, nuevas tecnologías, nuevos comportamientos y nuevas instituciones. El mismo acto de llenar un nicho puede crear nuevos nichos. El resultado es una innovación perpetua y constante.

6. Dinámicas Fuera de Equilibrio. Puesto que los nuevos nichos, potenciales y posibilidades, se crean continuamente, la economía opera lejos de un punto óptimo de equilibrio.

Los sistemas complejos entendidos desde la Escuela Austríaca

Este enfoque con la caracterización e identificación de las conductas más características de los sistemas económicos complejos según los autores antes identificados, ven a los mismos como sistemas adaptativos abiertos con una evolución endógena. De igual forma es importante señalar que en los sistemas económicos complejos la relación causa-efecto son multifactoriales tanto en términos cuantitativos como cualitativos, no lineales, e inestables, difíciles de medir con exactitud en cada escenario.

Valdría la pena destacar el ensayo publicado por Jaime Adrián Mayorga García titulado La perspectiva de los sistemas complejos en el pensamiento de la Escuela Austríaca, publicado por  CEDICE  30/07/2022. Ensayo este que hace una gran aportación tanto expositiva como analítica de la perspectiva que tiene la citada escuela de economía sobre los sistemas complejos en orden a entender el funcionamiento de los mismos.

En contraposición a la noción de sistemas complejos arriba expuestas, el paradigma de la economía de la complejidad posee un enfoque más globalista. La Escuela Austriaca plantea el tema en cuestión desde la perspectiva de un orden espontaneo de los mercados y el efecto de la intervención estatal en los mismos.

Socialismo y complejidad

Siguiendo con el orden de ideas, la concepción de los sistemas complejos de la Escuela Austriaca fue el producto principalmente del debate alrededor de la posibilidad del cálculo económico en un régimen socialista. El debate fue iniciado por el artículo de Von Mises titulado El cálculo económico en el sistema socialista (1920). En él, Mises planteó la incapacidad de un sistema socialista para asignar de manera eficiente los factores de producción de una economía. Aunque no debemos menospreciar la contribución que Menger hizo en su libro Investigaciones sobre el método de las ciencias sociales, a la comprensión de los sistemas complejos.  

Jaime Adrián Mayorga considera en su ya citado ensayo que ambos eventos fueron relevantes en el desarrollo del pensamiento austríaco. Particularmente, el debate en torno al cálculo económico del socialismo, sirvió para que Mises y Hayek entendieran que sus planteamientos describían una concepción dinámica de los fenómenos económicos, a diferencia de los economistas socialistas los cuales partían de una visión estática, sustentadas en las nociones de equilibrio y simetría de la información (Mancera, 2000).

Mayorga sostiene que a Hayek, el referido debate lo estimuló a indagar la naturaleza dispersa del conocimiento en la sociedad, lo que lo llevó  integrar  y estructurar estas nociones para estudiar y definir a los sistemas complejos.

Los Sistemas complejos según Hayek

 Los sistemas complejos según Hayek están conformados por una extendida red de componentes que no se desenvuelve bajo ningún control central, sino a través, de reglas simples que: estimulan conductas colectivas complicadas, optimizan la capacidad para procesar información, permitiendo así la acomodación del sistema, a través, de un proceso evolutivo o por la vía del aprendizaje. Derivándose así tres particularidades características de esta noción de sistemas complejos, las conductas complicadas, el procesamiento de información y la capacidad de adaptación.

Dentro de esta concepción Hayek destacó la inconveniencia de las intervenciones estatales sustentadas en lo que él llamó el cálculo económico del socialismo, debido a la imposibilidad de controlar o gestionar a una economía a partir de una entidad central, debido a la imposibilidad de que una sola persona o entidad cuenten con la capacidad para manejar todo el conocimiento que se encuentra disperso en una sociedad de manera eficiente.

El estatismo económico global

Tanto el paradigma de las economías complejas, como el de los sistemas complejos de la Escuela Austriaca visto desde una perspectiva metodológica, responden mejor a los desafíos que representan entender y evaluar la actual dinámica del sistema económico global, altamente interdependiente con nudos de complejidad crecientes de toda índole, en especial los de carácter geopolítico y geoeconómico. Donde uno de los elementos más connotados ha sido la creciente intervención global de las principales potencias económicas del mundo, con capacidad económica para alterar las reglas del juego de los mercados mundiales de bienes y servicios que se formaron bajo el Orden Liberal Internacional.

Ante este escenario valdría la pena hacer una extrapolación desde el punto de vista metodológico para evaluar los posibles impactos   negativos que han comenzado a tener esta dinámica iterativa, de medidas y contramedidas entre los ejes económicos de occidentales y China principalmente,  con la imposición de crecientes restricciones de carácter comercial principalmente, de diferentes índoles, que han dado al traste con el libre desempeño de los mercados globales,  entre los cuales se puede destacar: la guerra de los chips, la imposición de aranceles a los vehículos eléctricos, entre otras medidas restrictivas  que han venido minando el libre desempeño de los mercados internacionales de bienes principalmente.

Desde la óptica de los sistemas complejos de la Escuela Austriaca, estamos frente a una importantes y múltiples intervenciones de carácter estatales de alcance global, que han venido minando el desempeño eficiente en cuanto a asignación de recursos, precios y riquezas económicas se refiere de los mercados internacionales.

Fernando

 La complejidad de los nudos geopolíticos y geoeconómicos tal vez podría ser mejor entendida desde el paradigma de las economías complejas, aunque ambos paradigmas tienen puntos comunes, el de la Escuela Austriaca hace una gran aportación al demostrar como la intervención estatal en una economía compleja termina distorsionando el desenvolvimiento normal y eficientemente, como auto-adaptativo, de lo que sería sin la intervención de la misma.

Siguiendo con este mismo orden de ideas, a título demostrativo, podríamos mencionar como lo señala Vicente Moreno en su artículo titulado, Complejidad económica y escuela austriaca.

“Cualquiera que haya leído los trabajos de F.A. Hayek o la gran obra de Huerta de Soto (1992), podrá identificar que, el fundamento de la teoría sobre la complejidad económica que hoy día emplean los investigadores del CID de la Universidad de Harvard, es el mismo que desarrollan los austriacos arriba mencionados. Concretamente, Huerta de Soto (1992) pone en el centro de su teoría sobre la creatividad empresarial y la imposibilidad del cálculo económico en el socialismo, la cuestión del conocimiento tácito, disperso y no articulable. La creatividad empresarial genera y se coordina por conocimiento tácito, know-how”. Vicente Moreno, (junio 23, 2020), Complejidad económica y escuela austriaca. Instituto Juan de Mariana.

Las crecientes intervenciones estatales por los grandes polos de desarrollo económico y tecnológico del mundo, en el ámbito de la creación y acumulación del conocimiento tal como lo establece Vicente Moreno, en la cita de su mencionado artículo, son un ejemplo desde la perspectiva austriaca de cómo estas intervenciones gubernamentales  están alterando  la coordinación de conocimientos a escala global, producto de  esa creatividad empresarial coordinada por la acumulación del conocimiento tácito, Know-how dentro de los sistemas complejos descritos por la Escuela Austriaca.

Conclusiones

La complejidad creciente del nuevo escenario global, con nudos geopolíticos y geoeconómicos disruptivos, ha venido minando paulatinamente los cimientos del Orden Liberal Internacional. Se abordan sus incidencias sobre la dinámica de los mercados globales de forma más eficientemente por los paradigmas de la economía de la complejidad y de los sistemas complejos de la Escuela Austriaca de economía arriba expuestos.

Ambos paradigmas teóricos hacen grandes contribuciones de aproximación metodológica para el entendimiento de la dinámica global de los mercados dentro del actual escenario internacional, pero en especial el de la Escuela Austriaca, por la simple razón, de que esta realiza una aportación directa sobre las secuelas negativas que la intervención estatal sea de alcance nacional o internacional tiene en el libre desenvolvimiento de la complejidad económica global de los mercados y por ende en la eficiencia de los mismos.  

Bibliografía

Jaime Adrián Mayorga García. La perspectiva de los sistemas complejos en el pensamiento de la Escuela Austríaca, publicado por CEDICE  30/07/2022

Vicente Moreno, (junio 23, 2020), Complejidad económica y escuela austriaca. Instituto Juan de Mariana.

W. Brian Arthur, Steven N. Durlauf  y David A. Lane, del Santa Fe Institute en el libro The Economy as an Evolving Complex System II. (1a edición). Santa Fe Institute Series, CRC Press. p. 600.

Ver también

La economía austríaca puede ser mainstream gracias a la complejidad. (Vicente Moreno Casas).

Complejidad económica y escuela austríaca. (Vicente Moreno Casas).

De nuevo, complejidad económica y escuela austríaca. (Vicente Moreno Casas).

Eric Beinhocker y la economía de la complejidad. (Francisco Capella).

Causalidad y complejidad: limitaciones del análisis empírico en la economía. (Ángel Martín Oro).

Riqueza y complejidad. (José Carlos Rodríguez).

“Quiero mi Cuba Libre”: el nuevo proyecto del IJM para promover la libertad en Cuba

El Instituto Juan de Mariana lanza Quiero mi Cuba Libre, una nueva iniciativa dedicada a luchar por la libertad y la prosperidad en Cuba. A lo largo de los próximos meses, el centro pondrá en marcha un proyecto de investigación y divulgación que tiene como objetivo analizar el devastador impacto del comunismo en la isla y proponer un camino claro hacia un futuro de libertad política, económica e individual.

“Con este proyecto, queremos contribuir a la causa de la oposición democrática cubana y apoyar a todos aquellos que sueñan con una Cuba libre y próspera”, ha explicado Manuel Llamas, director del IJM. En la misma línea se manifiesta Diego Sánchez de la Cruz, coordinador de estudios de la organización, quien asegura que este nuevo proyecto ofrecerá “un análisis en profundidad sobre los principales temas que han definido la tragedia cubana bajo el régimen comunista, pero también una mirada fresca al futuro de la isla, con el objetivo último de promover la apertura y la libertad en Cuba”.

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Primer artículo
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El lenguaje económico (XLIV): Sobre la calidad

La calidad se define como «propiedad o conjunto de propiedades inherentes a algo, que permiten juzgar su valor».[1] Existe concomitancia entre calidad y precio: los bienes de mayor calidad suelen ser más caros que los de menor calidad. Esto no significa, en modo alguno, que los primeros sean preferidos o mejores que los segundos. Si bien la calidad se basa en hechos y atributos objetivos (marca, prestaciones, materiales, durabilidad, acabado, garantías, etc.) de los bienes, es considerada junto con otros factores: precio, capacidad adquisitiva, necesidades y preferencias del consumidor, etc. La calidad influye en la atribución de valor a los bienes, pero no altera la naturaleza subjetiva de las elecciones del consumidor.

Buena y mala calidad

Los hablantes se refieren habitualmente a la calidad en términos maniqueos: buena o mala; sin embargo, la calidad es un continuo y establecer fronteras o categorías siempre es problemático. Es más apropiado hablar de calidades (en plural): muy alta, alta, media, baja y muy baja. Por ejemplo, no decimos que hay hoteles buenos y malos, sino que existen diferentes categorías identificadas entre 1 y 5 estrellas. En el mercado no hay calidad «mala». Todas las calidades —altas y bajas— son bienvenidas porque cumplen una triple función económica: cada una encaja con específicas necesidades, preferencias individuales y capacidad económica de los consumidores.

Una seña del capitalismo, inducida por el público, es la existencia de calidades medias y bajas a precios reducidos, algo que en marketing se llama una proposición de valor de «menos por menos». Además, el progreso tecnológico vuelve obsoletos ciertos productos que funcionan perfectamente (TV, teléfonos, ordenadores) por lo que construir productos que duren «toda una vida» es antieconómico.

Lo barato sale caro

Este lema (tan popular como engañoso) nos dice que, ante una alternativa de calidades (y precios), siempre es preferible optar por la superior. La compra de algo muy barato puede acarrearnos problemas y, a la larga, unos costes superiores a los que hubiéramos tenido de haber comprando algo mejor (y más caro). Sin embargo, es un error demonizar lo barato.  Idéntica decepción tenemos al comprar lo caro y luego descubrir que algo más barato hubiera sido suficiente. Por ejemplo, tan antieconómico es la compra de herramientas baratas para uso profesional como la compra de herramientas caras para uso doméstico. En definitiva: tanto lo barato como lo caro puede ser conveniente o no, dependiendo del acierto del comprador.

Evaluar la calidad

Los consumidores no poseen información precisa para valorar la calidad de muchos bienes, especialmente sin son servicios. Por ejemplo, los pacientes no tienen la más remota idea sobre la calidad de ciertos insumos hospitalarios (sangre y hemoderivados, prótesis, material quirúrgico, etc.), pero, aún en el supuesto de que tuvieran toda la información técnica precisa, su interpretación y valoración requeriría un esfuerzo cognitivo que la mayoría no está dispuesta a realizar. No por ello los consumidores compran a ciegas: se ayudan de la fama o reputación —marca, nombre, historial— de los proveedores, piden referencias, hacen averiguaciones, compran inicialmente cantidades pequeñas, etc. Muchas empresas exhiben sellos de calidad (ISO, TQM, EFQM) para transmitir confianza a sus clientes y proveedores.

La calidad como exigencia

Con frecuencia, la calidad es una reclamación. Por ejemplo, los sindicalistas piden «empleo de calidad», las asociaciones de consumidores exigen «calidad alimentaria», las mareas blancas demandan «sanidad de calidad», otros exigen «turismo de calidad», etc. Estas demandas, en abstracto, son confusas, falaces y suelen ser utilizadas con fines intervencionistas. Por ejemplo, se pone como excusa la «insuficiente» calidad del servicio para prohibir o interferir determinados negocios —alquileres, Uber, BlaBlaCar, gasolineras automáticas— que proporcionan notables ventajas para los consumidores.

Turismo de calidad

La idea subyacente es atraer visitantes con elevado poder adquisitivo y disuadir a otros que no gastan lo «suficiente»: turistas de sol y playa, cruceristas, senderistas, campistas, etc. Los predicadores de la calidad quieren convertir su ciudad en otra Montecarlo y prohíben la construcción de alojamientos «baratos», a la vez que subvencionan los «caros». Sin embargo, es ilusorio manipular la oferta turística esperando alterar la demanda. El Cabildo de Tenerife, por ejemplo, es dueño de tres casinos de juego cuya finalidad es «mejorar la oferta turística complementaria de la Isla y atraer un perfil de visitante con mayor capacidad adquisitiva».[2]

Esta tan absurda como perversa pretensión de organizar la sociedad de manera hegemónica y coercitiva ya fue analizada por Hayek (1988) en su libro póstumo La fatal arrogancia: los errores del socialismo. Otras veces, la «calidad» ha sido la excusa para proponer (sin éxito), el establecimiento forzoso de plantillas mínimas en los hoteles o la genial ocurrencia catalana de  exigir la presencia de butifarra en el desayuno.[3] Toda planificación gubernamental del turismo es un caso particular del sistema socialista y, por tanto, está abocada al fracaso (Mises, 1920).

Bibliografía

Hayek, F. (1988). La fatal arrogancia: los errores del socialismo. Madrid: Unión Editorial.

Mises, L. (1920). «El Cálculo Económico en el Sistema Socialista». Recuperado de http://www.hacer.org/pdf/rev10_vonmises.pdf

Notas

[1] R.A.E.

[2] casinostenerife.com

[3] Decreto 75/2020, de 4 de agosto, de turismo de Cataluña. Anexos 1 y 2.

Serie ‘El lenguaje económico’

El puritanismo laborista no debería sorprender a nadie

Por Harry Phibbs. El artículo El puritanismo laborista no debería sorprender a nadie fue publicado originalmente en CapX.

Quizá no debería sorprendernos demasiado. El socialismo ha tenido durante mucho tiempo una vena puritana, combinada con la insufrible hipocresía de los socialistas que adoptan un enfoque más indulgente con sus propios actos. Al igual que Keir Starmer ha hecho con Lord Alli, Karl Marx recibió un generoso apoyo financiero, durante su estancia en Londres, del dueño del molino Friedrich Engels. Marx tenía problemas para ajustarse al presupuesto y escribía pidiendo más dinero:

El chico del piano, al que se le paga a plazos por el piano, debería haber recibido ya 6 libras a finales de junio, y es un bruto de lo más maleducado… Las miserables tasas escolares -unas 10 libras- afortunadamente he podido pagarlas, pues hago todo lo posible por evitar a los niños la humillación directa.

La correspondencia se animaba con algún insulto racista y antisemita para evitar que fueran puras cartas de mendicidad. Había que pagar esas batas de algún modo. Sin tener que ganarse la vida, Marx podía seguir esbozando su prospecto de un sombrío futuro igualitario impuesto por un brutal totalitarismo.

Tony Blair, mojigato amigo de Berlusconi

Incluso los socialistas democráticos han mostrado tendencias aguafiestas. El gobierno laborista de Tony Blair prohibió la caza del zorro. Desde el punto de vista del bienestar animal, era absurdo, ya que el control de la población de zorros seguía estando permitido y, desde el punto de vista del zorro, ser atrapado, envenenado o abatido supondría una muerte más lenta y dolorosa que ser despedazado por los sabuesos en cuestión de segundos. Pero nunca se trató del zorro. Se trataba de gente que se disfrazaba y se divertía en una actividad tradicional. Blair podía ser bastante mojigato, aunque se alegraba de pedirle a Silvio Berlusconi unas vacaciones gratis.

Sin embargo, al menos Blair y sus cortesanos tenían un sentido más agudo de lo que podían hacer y sabían cómo ofrecer un mensaje optimista y evitar contradicciones flagrantes. No ha pasado desapercibida la desfachatez de Keir Starmer y sus colegas de gabinete a la hora de agenciarse cualquier gratuidad de lujo, mientras imponían la miseria al resto de nosotros.

Cuando Starmer llegó a Downing Street en julio, anunció que en el futuro el Gobierno “trataría con más cuidado vuestras vidas”. Pero en su discurso de esta semana ante la Conferencia del Partido Laborista, afirmó: “Los mercados no te dan el control, ese es casi literalmente su objetivo”. “Así que si queréis un país con más control”, continuó, entonces (necesitas) un “Gobierno más decisivo”. Intentaba adaptar el eslogan del Brexit “recuperar el control”. Ofrecer a la gente “más control en sus vidas”.

Yo te controlo para que tú recuperes el control

Esa contorsión del lenguaje da el significado opuesto al que normalmente se entiende. Recuperar el control significaría, sin duda, que la gente tiene más control sobre sus vidas en lugar de en sus vidas. Que tengan control sobre las decisiones que toman y sobre cómo gastan su dinero, en lugar de que el Estado les quite el control. Cuando Starmer dice que los mercados “no dan el control”, ¿a qué se refiere? ¿Al Estado o al individuo? Debe referirse al control colectivo a través del gobierno. Eso significa que cada persona tiene menos control sobre sus decisiones en la vida. Puede estar a favor de más control gubernamental. O que el gobierno “pise más ligeramente en sus vidas”. Es difícil ver cómo se pueden tener ambas cosas.

Los laboristas pueden suponer que su afán autoritario capta el espíritu de la época. El bloqueo tuvo un enorme apoyo popular, según las encuestas de opinión de la época. Los laboristas siempre pedían que durara más y que fuera más severo. Una parte de la medida consistía en cerrar los bares alegando que era “innecesario” ir a ellos. Los bares ya estaban en dificultades y han seguido así desde entonces. Unos 50 cierran cada mes.

Este es el contexto en el que el Gobierno está deseando entrar en guerra contra los bares. Se dice que Rachel Reeves, la Ministra de Hacienda, está considerando aumentar el impuesto sobre el alcohol en el Presupuesto. El Gobierno está consultando sobre la prohibición de fumar en los jardines de los bares. Se prevé un impuesto sobre las botellas de cerveza como parte de la campaña “Cero neto”.

A Andew Gwynne no le gusta que vayas al bar

Esta semana, el ministro de Sanidad, Andrew Gwynne, ha sugerido en la Conferencia del Trabajo que se reduzcan las horas de apertura de los bares. “Se trata de debates que tenemos que mantener, aunque sólo sea para reducir algunos horarios de apertura, sobre todo si existe la preocupación de que la gente beba demasiado”, afirmó.

Desde entonces, el Gobierno se ha distanciado de esta propuesta concreta. Pero las intenciones hostiles están claras. Gwynne no cree en la elección del estilo de vida. No cree que seamos dueños de nuestro cuerpo, sino unidades humanas en una gigantesca máquina colectiva. Desterrar el pub es una forma de mejorar las estadísticas del capital humano para un bien mayor.

Resulta especialmente irónico por parte de un gobierno laborista, dado el papel central que el pub ha desempeñado tradicionalmente en la cultura de la clase trabajadora. Dudo que Blair sea un gran aficionado a los pubs; probablemente los considere anticuados y mugrientos. Pero incluso con su celo por una nueva Gran Bretaña, no se propuso destruirlos. Su Gobierno liberalizó las leyes de concesión de licencias.

Sucede que, si se nos deja tomar nuestras propias decisiones, tendemos a preocuparnos por nuestra salud. A medida que las sociedades se enriquecen, la dieta se vuelve más sana, al igual que las condiciones de trabajo. En nuestro país, la obesidad es más frecuente entre los pobres que entre los ricos. La contaminación atmosférica disminuye desde hace décadas, ya que los coches modernos han sustituido a los viejos cacharros. Así pues, el crecimiento económico, más que las campañas de control y la interferencia reguladora, es la forma más eficaz de mejorar la salud pública.

¿Y la salud mental? ¿No comprende Gwynne la contribución de los bares al espíritu de comunidad y a la lucha contra la soledad? Estos argumentos prácticos son importantes. Pero también lo es la cuestión de principio: Mi cuerpo, mi elección. Si quiero ir al bar, el comisario Gwynne no debería impedírmelo.

Ver también

Puritanismo censor progresista. (Antonio José Chinchetru del Río).

Comunismo al alza

Por Rachel Lu. El artículo Comunismo en alza fue publicado originalmente en Law & Liberty.

Hace un cuarto de siglo, la mayoría de los occidentales daban por muerto al comunismo. Algunos rezagados (sobre todo China) seguían aferrados a la etiqueta, pero se les consideraba los últimos rezagados, ya en proceso de desprenderse de sus métodos represivos. Las sociedades libres y democráticas eran la nueva norma. El sentimiento predominante de la época se expresó de forma memorable en el libro de Joshua Muravchik de 2002 Heaven on Earth: The Rise and Fall of Socialism, de Joshua Muravchik. «Después de tanta lucha y tantas vidas sacrificadas en todo el mundo», escribió Muravchik, »el epitafio del socialismo resultó ser: Si lo construyes, se irán».

Ojalá hubiera tenido razón. Con China redoblando su apuesta por el partido único, profundizando sus alianzas con Rusia, Corea del Norte e Irán, y acumulando suficiente riqueza y poderío militar como para representar una gran amenaza mundial, el elogio de Muravchik parece ahora prematuro.

¿Por qué vuelve el comunismo?

Sin embargo, tenía razón en algunas cosas. Los regímenes autocráticos con economías de planificación centralizada no persisten porque a la gente le guste vivir en ellos. Siempre son profundamente impopulares. Karl Marx afirmaba que el capitalismo dejaría a la clase trabajadora en la miseria y la marginación, pero en realidad fue el comunismo el que trajo a su paso niveles inimaginables de derramamiento de sangre, represión brutal y hambruna masiva, incluso cuando la «tesis de la inmiseración» de Marx fue rotundamente refutada una y otra vez en un caleidoscopio de culturas. El veredicto es claro: la libertad es claramente mejor. Entonces, ¿por qué vuelve el comunismo?

Esta pregunta enmarca el impresionante nuevo libro de Sean McMeekin, To Overthrow the World: The Rise and Fall and Rise of Communism. Es una lectura maravillosa de un escritor atractivo con un profundo conocimiento de la historia relevante. Las 462 páginas pasan volando. Sin embargo, los lectores pueden sentir cierta insatisfacción al final, al reflexionar que entienden el primer ascenso del comunismo considerablemente mejor que el segundo. Es comprensible; como todo el mundo, McMeekin puede estar todavía un poco aturdido por los giros geopolíticos de las dos últimas décadas. ¿Quién entiende esto con confianza? Lo que McMeekin puede ofrecer es un reexamen de la historia del comunismo, con la mirada puesta en espiar esos elementos genéticos que le han dado una longevidad tan inesperada. Algo es algo.

El ascenso

El atractivo superficial del comunismo no es tan difícil de explicar. El mundo moderno ha experimentado un espectacular aumento de la prosperidad, junto con un descenso de los niveles de cohesión social. Hoy es más fácil conseguir comida y cobijo, pero la gente anhela solidaridad y una mayor sensación de seguridad. El comunismo promete ambas cosas.

El libro de Muravchik explora el socialismo desde este ángulo, presentándolo esencialmente como una religión política construida sobre falsas promesas. En su relato histórico, el socialismo se parece un poco a un virus que se vuelve menos letal con el tiempo a medida que muta y se propaga. Comenzando con el leninismo y el estalinismo industrial, el comunismo causó al principio una destrucción espantosa, pero con el tiempo naufragó contra la roca de la realidad. Las soluciones menos radicales (sindicatos, bienestar) a sus problemas motivadores socavaron su atractivo, y para el cambio de milenio, se había agotado en su mayor parte, pasando el manto suavemente a socialdemócratas como Tony Blair, que agradecía de buen grado las bendiciones del capitalismo.

94 millones de vidas

Hoy esa narrativa parece decididamente incompleta. El historial del comunismo no ha mejorado; se cobró 94 millones de vidas en el siglo XX, y los horribles crímenes de Stalin, Mao y los Jemeres Rojos (entre muchos otros) están ahora bien asentados en los registros históricos. Estas terribles cifras no se compensan con ningún éxito digno de mención. La planificación económica centralizada no funciona; el régimen de partido único da lugar a la opresión política. No obstante, existe una tradición política reconocible (y maligna) que va desde Marx hasta Mao, Deng y Xi Jinping, pasando por los bolcheviques y Stalin. Tanto si lo llamamos «comunismo» como si acuñamos un nuevo término, está claro que hay una continuidad en esta historia que merece atención.

Al tratar de seguir ese hilo, McMeekin cambia de enfoque. Para derrocar al mundo no es un cuento moral sobre las consecuencias malignas de unas ideas seductoras pero malas. En su lugar, McMeekin explora otra característica recurrente del comunismo global: la fuerza bruta. Señala que el comunismo nunca se gana realmente a poblaciones enteras mediante la persuasión. Los comunistas no ganan elecciones libres y justas. En su lugar, sus líderes cortejan a grupos pequeños, desafectos e idealmente bien armados, convirtiéndolos en las tropas de choque necesarias para imponer el control totalitario a una población mayor. Ese control se mantiene mediante el miedo, la mentira y el amiguismo. Aunque la ideología hace hincapié en la solidaridad con el hombre común, la realidad del comunismo implica inevitablemente la represión de arriba abajo de la mayoría por unos pocos privilegiados.

Vladimir Lenin

Muy pocos trabajadores del mundo desean unirse en torno a ese objetivo. La estrategia de «vanguardia» de Vladimir Lenin compensaba esto permitiendo que unos pocos elegidos marcaran el comienzo de una nueva y gloriosa era comunista, permitiendo que la población en general se lo agradeciera más tarde. Combinó esto con una estrategia de «derrotismo revolucionario», en la que se animaba a los reclutas comunistas a socavar sus gobiernos o (especialmente) sus ejércitos nacionales con la esperanza de que el desorden y la derrota aplastante abrieran un espacio en el que el comunismo pudiera echar raíces. Aquí vemos ya dos de las características más importantes y definitorias del comunismo. Es inmensamente atractivo para los genios despiadados y ávidos de poder. Y se alimenta del caos y la miseria humana.

El propio Lenin ofreció una clase magistral de derrotismo revolucionario en 1917, al cortejar la ayuda alemana para poder regresar a Rusia y sabotear su campaña en la Primera Guerra Mundial. De vuelta en la (futura) URSS, Lenin encendió las imprentas subvencionadas por Alemania y comenzó a bombardear a las tropas rusas con propaganda comunista, persuadiéndolas para que se volvieran contra sus líderes. Con la implosión de su ejército, Rusia se vio obligada a retirarse de la guerra, lo que abrió el camino para que los bolcheviques tomaran el poder.

Oportunismo criminal

Este giro de los acontecimientos fue especialmente sorprendente porque, como nos recuerda McMeekin, la fase inicial de la Revolución Rusa tuvo muy poco que ver con los bolcheviques. Lenin estaba en Suiza cuando las tensiones entre el zar y otras facciones internas llegaron a su punto álgido, y hasta ese momento, Rusia había sido vista en gran medida por los marxistas como un país atrasado, reaccionario y poco prometedor. Lenin nunca estuvo como tal decidido a llevar el honor proletario a sus propios compatriotas. Simplemente vio que se avecinaba una crisis y se abalanzó sobre ella.

Pagó el precio de su cínico oportunismo en 1918, cuando la nueva Rusia comunista se vio obligada a firmar el humillante tratado de Brest-Litovsk, renunciando al control de Ucrania, Polonia, Bielorrusia, Lituania, Letonia, Estonia y el Cáucaso. Aun así, los comunistas tenían su país y, por suerte para ellos, se acercaba rápidamente otra guerra catastrófica que permitiría al sucesor de Lenin lanzar más de treinta millones de hombres a los dientes de Hitler, reclamando el dominio de la devastación que siguió a este choque de totalitarios.

Una vez más, el patrón se repite. El comunismo atrae a hombres despiadados, depravados y altamente innovadores. Al igual que Lenin aprovechó la Primera Guerra Mundial para sus fines, Stalin fue capaz de aprovechar la Segunda, posicionándose favorablemente para consolidar el poder, recuperar el territorio que su predecesor había perdido e incluso erigirse en héroe mundial por haber derrotado al otro tirano despiadado de mediados del siglo XX.

La caída

Los primeros días de los bolcheviques en el poder fueron duros. Los banqueros se negaron rotundamente a cooperar con la Revolución, por lo que los comunistas recién establecidos se vieron obligados a dedicarse inmediatamente a romper huelgas. Los rusos morían por millones de hambre y frío, hasta el punto de que Lenin permitió la intervención de la American Relief Administration de Herbert Hoover en 1921 (lo que sin duda salvó un gran número de vidas). Rápidamente se hizo evidente que una economía planificada centralmente significaba disfunción, hambre y escasez de más o menos todo. Un occidental de mente sobria que visitara Rusia a principios de la década de 1920 probablemente se hubiera asombrado al saber que el descabellado experimento de Lenin se extendería a lo largo de varias décadas, llegando a albergar a 1.500 millones de personas, una quinta parte de la población mundial, en el Bloque del Este.

Pero sucedió. La supervivencia del comunismo se debió en parte al genio diabólico de líderes como Stalin y Mao, y en parte a los disturbios civiles, la desesperación y la debilidad social que explotaron con tanta eficacia. En ocasiones, fueron positivamente emprendedores. Stalin tuvo muchos admiradores en todo el mundo después de la Segunda Guerra Mundial, pero cuando las simpatías occidentales se enfriaron, especialmente tras la brutal represión soviética de la Revolución Húngara en 1956, los comunistas miraron más lejos. Encontraron nuevos talentos en Cuba, Tanzania y Chile.

Stalin y Mao

Al empujar a Chiang Kai-shek a un conflicto directo con los japoneses, Stalin ayudó a allanar el camino para que Mao se hiciera cargo de una China devastada por la guerra. A su vez, el comunismo chino precipitó los horrores de la Revolución Cultural de 1966, y desembocó en los asombrosos crímenes de los Jemeres Rojos (fundamentalistas comunistas que asesinaron aproximadamente a una cuarta parte de toda la población de Camboya). Se puede decir lo que se quiera de Pol Pot, pero es evidente que estaba dispuesto a pensar con originalidad.

Una lógica retorcida parece enhebrar la narrativa de McMeekin: los reveses comunistas causan estragos, lo que a su vez abre oportunidades para nuevos líderes con estrategias nuevas y horribles para mantener a millones de personas bajo estricto control. El «derrotismo revolucionario» de Lenin no murió con él. Está inscrito en el ADN político del comunismo, dándole una capacidad zombi para seguir saliendo de la tumba. A mitad del libro, se me ocurrió preguntarme también si los comunistas no se benefician perversamente del hecho de que, bajo sus regímenes, los políticos poco hábiles tienden a ser asesinados por sus rivales antes de tener la oportunidad de tomar las riendas. Los que lo consiguen tienen una cierta astucia despiadada que los líderes democráticos a menudo tienen dificultades para contrarrestar.

No todos los días en la vida de una sociedad comunista pueden ser tan terribles como el 4 de noviembre de 1956 en Budapest o el 17 de abril de 1975 en Phnom Penh. No quedaría nadie vivo. Aun así, probablemente deberíamos haber sido más escépticos ante una narrativa que presentaba al comunismo como una fuerza en declive gradual pero definitivo.

Comunismo frío y guerra fría

A lo largo del siglo XX, pareció ascender en múltiples ocasiones. En todas las etapas encontró simpatizantes occidentales. A menudo tuvo mucho éxito en la consecución de objetivos específicos: superar a Hitler, construir bombas, ganar medallas de oro. Los planes quinquenales son terribles, pero a veces tienen éxito al menos en algunas mediciones, porque ciertos objetivos se alcanzan más fácilmente si uno es totalmente indiferente al coste humano.

Tal como McMeekin cuenta la historia, el comunismo es una especie de depredador político, que busca debilidades y se aprovecha de ellas para afirmarse más plenamente. Por desgracia, en un mundo caído, siempre habrá sufrimiento y debilidad que los depredadores puedan explotar.

La URSS acabó cayendo, aunque, en un extraño sentido, la píldora venenosa fue la disfunción unida a una relativa paz y prosperidad. Los soviéticos se excedieron, especialmente en Afganistán. Una vieja generación de dirigentes dio paso a una nueva que carecía de la crueldad a sangre fría de sus predecesores comunistas.

McMeekin señala que la perestroika de Mijaíl Gorbachov no se concibió inicialmente como una puerta a la liberalización, sino más bien como una estrategia dirigida a facilitar sus ambiciones militares. Aun así, está claro que Gorbachov carecía de la férrea depravación de un Lenin, un Stalin o un Mao. Las debilidades soviéticas proliferaron incluso cuando los avances en tecnología y comunicaciones hicieron que la gente corriente fuera más consciente de lo mucho mejor que podía ser la vida. El Muro de Berlín se derrumbó, al igual que el imperio comunista original.

El segundo ascenso

Las diez últimas páginas de Para derrocar al mundo son las menos interesantes. Analizando específicamente las políticas represivas de la era Covid en Occidente, McMeekin sugiere que los chinos están promoviendo el comunismo de una forma nueva, utilizando su influencia virtual para difundir un tipo de totalitarismo más suave. Parece una exageración. El Covid fue una aberración, y los paralelismos trazados en estas páginas finales van en contra de todo el resto del libro, que ilustra vívidamente el enorme abismo entre las deficiencias de la gobernanza occidental y los horribles crímenes del comunismo.

¿Abusaron los funcionarios del Estado de su poder en su esfuerzo por sofocar los debates en línea sobre los orígenes de Covid? Lo hicieron. ¿Pertenecen estos abusos a la misma categoría que el Gulag y la Revolución Cultural? No. Incluso si la teoría tiene algo de verdad, es un final extraño y poco desarrollado para un libro que, por lo demás, está cohesionado.

Esta falta de sentido final es especialmente curiosa porque no es necesaria en modo alguno para justificar el llamativo subtítulo de McMeekin. El comunismo está resurgiendo de una forma mucho más «convencional». Los chinos fueron los principales responsables de la epidemia de Covid, y han cometido graves abusos contra los derechos humanos en su país, al tiempo que apoyaban la invasión rusa de Ucrania.

Todo eso es propio del comunismo. Pero lejos de convertirse en un paria global, los chinos están construyendo una red más profunda de alianzas. Miran a Taiwán, y flexionan sus músculos en Europa del Este, el Pacífico y América Latina. Los estadounidenses en general están mucho más preocupados por la política de identidad que por la geopolítica. Pero un número creciente de expertos han advertido: si Estados Unidos se ve arrastrado a una guerra con China (lo cual es posible), no está claro que ganáramos.

El libro de Sean McMeekin

Parece que el Bloque del Este ha vuelto, y el libro de McMeekin ofrece un contexto histórico útil para dar sentido a ese problema mayor. Es posible que los lectores salgan más temerosos, porque el libro les recuerda lo ingeniosos y estratégicamente brillantes que pueden ser los líderes comunistas. Al mismo tiempo, también hay motivos para la confianza y la esperanza.

Los chinos, como los soviéticos antes que ellos, han sorprendido al mundo con algunos de sus logros: un asombroso crecimiento manufacturero, una marina increíble y grandes avances tecnológicos. Como los soviéticos, están obsesionados con las medallas olímpicas. Pero la represión política tiene un alto coste, al igual que el control estatal invasivo de la economía. Por lo general, las sociedades libres tienen ventaja, siempre que puedan superar una de sus debilidades características: una inclinación a la duda paralizante sobre sí mismas, que a su vez puede inspirar una admiración ingenua por los tiranos despiadados.

Lo vemos ahora en Estados Unidos, y eso nos divide y debilita nuestra determinación. Cualquiera que sienta la tentación de admirar a Putin, Xi o (¿de verdad tenemos que decir esto?) Adolf Hitler, debería leer Para derrocar al mundo y recordar por qué la libertad es mejor. Nadie aprecia esto con tanta intensidad como las desafortunadas personas que experimentaron la alternativa.

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En la muerte de Robert Conquest

Comunismo e historia: el fin de la inocencia