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Que viene el lobo

Llevamos años viendo cómo, en las redes sociales, analistas e inversores famosos llevan prediciendo la “gran crisis de nuestra vida”; desde Ray Dalio a Jim Rogers pasando por Robert Kiyosaki o Harry S. Dent, entre otros. La quiebra de la china Evergrande, la adquisición de Credit Suisse por UBS, o los problemas con los bancos regionales americanos, personificada en el Silicon Valley Bank, no fueron sino “pruebas” de lo que estaba por ocurrir, pero que todavía no ha ocurrido.

La deuda

Los problemas de deuda de los gobiernos occidentales (y las tesis de Rogoff y Reinhart en Esta vez es distinto: Ocho siglos de necesidad financiera), pandemias, guerras, tensiones y amenazas geoestratégicas, los cambios de paradigma económicos, las decisiones de nuestros políticos -con apuestas por tecnologías y formas de vida antieconómicas-… Todo ha llevado a que muchos cenizos lleven/llevemos años asustados, agarrotados casi, temiendo la llegada de un “Godot” al que seguimos esperando.

Y, mientras, las principales bolsas occidentales no han hecho sino subir: de los 3.300 puntos del S&P 500 de justo antes de la pandemia (febrero de 2020), a los 5.600 de la actualidad (por no hablar de la subida de 9.700 a 17.500 del Nasdaq Composite en el mismo período -con picos de 18.600 hace sólo un par de meses-); casi nada. La subida ha sido tan “loca” que los gestores value se las ven y se las desean para batir a los índices. Y es que todo parece subir, y subir, como si no hubiese un mañana.

Los últimos sustos de agosto han vuelto a poner a mucha gente nerviosa: “ahora ya sí”, gritan, aunque parece -quizás sea un error mío de apreciación- que no con tanta convicción, quizás por miedo a volver a estar viendo visiones. Y puede sea verdad, puede que ahora “sí que sí”. Pero debemos ser prudentes.

Políticos y burócratas

No voy a entrar a analizar sesudas cuestiones de económicas, pero sí quiero poner el acento en un par de factores que no siempre se recuerdan, pero que son fundamentales:

En primer lugar, están los políticos y burócratas, con el inmenso poder que tienen, al controlar los boletines oficiales de los estados y los bancos centrales. Evidentemente, no disponen de la piedra filosofal, pero sí de unas herramientas, sobre todo las monetarias, que les permiten, si así lo consideran, estirar el chicle mucho más de lo que uno se podría esperar. Y con políticos y burócratas no podemos olvidar tampoco a los grandes jugadores del mercado, quienes a lo mejor no pueden imponer decisiones políticas y/o monetarias -al menos directamente-, pero sí pueden intervenir en el mercado con un fuerte patrimonio -suyo o gestionando el de otros-,  respaldando su actuar.

En segundo lugar, está el comportamiento de la gente, de por sí impredecible (al menos con certeza absoluta). Tendemos a considerarnos racionales. Si lo fuésemos, anticipar nuestras acciones sería pan comido. Pero la Ciencia y el sentido común nos repiten, machaconamente, que no lo somos tanto. La Economía Conductual lleva ya décadas hablándonos de los sesgos. Y no es, ya que el consumidor no sea tan racional como nos habían vendido, es que, según Daniel Kahneman (en su Pensar rápido, pensar despacio) tampoco lo es el empresario.

Daniel Khaneman, George Soros

No muchos tenemos presente, por ejemplo, el artículo con el que el citado Premio Nobel, junto con su colega Amos Tversky, destacaba sus hallazgos sobre la perspectiva del emprendedor (Teoría de la perspectiva. Un análisis de la decisión bajo riesgo). Halla este trabajo que los empresarios actúan a partir de sus “percepciones” -con los sesgos sistemáticos que correspondan-, no necesariamente a partir de la realidad. Se basan en sus propios modelos subjetivos, llenos de errores, puras creencias. Recordemos lo que decía Platón de las opiniones y creencias, que para él no eran conocimiento. Y es verdad que los autores citados nos hablan de los sesgos negativos, de los sesgos pesimistas adaptativos; pero también recuerdan los sesgos positivos, de los que sufren los amantes del juego cuando “están en racha”.

Y en tercer lugar, quiero mencionar la Teoría de la reflexividad de George Soros (en la que se centra, entre otros, en su libro La alquimia de las finanzas o en El nuevo paradigma de los mercados financieros). Los mercados no tienden necesariamente a ningún equilibrio, como nos han querido enseñar; las personas, según el autor húngaro, basan sus decisiones -como ya adelantábamos más arriba- en sus percepciones y no en la realidad; pero no sólo eso: sus propias elecciones influyen en la situación, de forma que “ideologías” basadas en premisas falsas puedan transformar la realidad. Una suerte de la “paradoja del observador” de la Física, aplicado a las ciencias sociales.

El peso de la realidad

Por todo ello es por lo que no siempre ser un inversor “contrarian” es tan rentable, por muy bien captada que se tenga la realidad. Muchas veces dedicarle más horas que nadie a ver variables o situaciones “reales” que los demás no ven, no garantiza el éxito en la inversión. El mercado es creado por las personas con sus decisiones diarias. Analizar el volumen de deuda, o la inflación real, las malas decisiones políticas o los cisnes negros que se adivinan en el horizonte, como bombas hipersónicas contra las que no parece haber escudo ni defensa posibles, abstrayéndonos del “sentir general”… no es suficiente si olvidamos lo más importante: a quienes fijan los precios con sus decisiones diarias.

La realidad es tozuda, y se acaba imponiendo, porque de donde no hay suficiente, no se puede sacar, al menos eternamente. El problema es que, si el chicle se estira más de lo esperado, pueden habernos salido canas antes de que se rompa de tanto estirar. Y el inversor tampoco es inmune al sesgo. Sólo faltaría que de tanto gritar advirtiendo que viene el lobo, sin que aparezca -aunque seguramente esté agazapado a las puertas-, nos cansemos y vayamos a dormir, inconscientes, justo antes de que venga.

Ver también

Una teoría alternativa del ciclo económico. (Álvaro Martín).

Historia de Aragón (VIII): las Cortes de Aragón

En nuestro último artículo nos quedábamos con la llegada de Jaime I. Tras ese capítulo, deberían leer Los pilares del Reino de Aragón. Aquí comenzaremos con la modernidad aragonesa, donde nos centraremos en las instituciones y la configuración política de Aragón.

La primera institución que vamos a estudiar aquí son las Cortes, estaban formadas por el rey y los llamados brazos, por lo que era una institución mixta, y la convertía en un gran contrapeso del poder real. Su función era la de legislar y votar los llamados servicios al rey. Las Cortes fueron en su origen un órgano consultivo del monarca derivado de una curia administrativa. A partir de la asamblea celebrada en Zaragoza en 1283, en la que se concede el Privilegio General, las ciudades y villas del reino pasaron a ser convocadas a Cortes con carácter definitivo.

Una de las características de las Cortes aragonesas es que tendrán cuatro brazos, y no tres como normalmente tienen otras Cortes de la península. Normalmente, disponían del brazo eclesiástico; el brazo de universidades, donde estaban representados los concejos; y el brazo de los ricos hombres, que representaría la nobleza.

Este último en Aragón se divide en dos, diferenciando la alta nobleza y la baja nobleza, que será el brazo de los caballeros e infanzones. Los privilegiados contaban con tres brazos en las Cortes, por lo que en torno al 40 o 50 % de los aragoneses no estaban representados en esta institución. El brazo eclesiástico aseguraba la asistencia de los arzobispos de Zaragoza, Barbastro o Teruel, entre otros. Aunque también podían acudir abades nombrados por el rey, representantes de monasterios y priores.

Convocatoria de Cortes

Las Cortes podían convocarse por interés del rey, aunque el reino también puede convocarlas. El reino que más convocó fue Aragón. Eran las llamadas Cortes particulares, mientras que las generales reunían también el condado de Barcelona y el Reino de Valencia. El rey convocaba las Cortes mediante las cartas de llamamiento. La asistencia del rey o del príncipe heredero era indispensable para la celebración de las Cortes. La legalidad foral se mantenía, entre otras cosas, gracias a esta institución.

Emilio Salvador, dictaminaba tres funciones básicas de las Cortes: la reparación de agravios, lo que en Valencia se conocerá como greuges. En segundo lugar, la elaboración de las leyes y el ofrecimiento del servicio al rey, en tercer lugar. Aunque podía haber una cuarta que era muy importante para los asistentes, que eran las mercedes. Servir bien al rey podía tener su recompensa, y, al contrario, su castigo. El rey era el único que podía otorgar mercedes, por lo que todo el mundo quería estar presente en las Cortes.

En teoría, los greuges son los recursos que tenían los aragoneses para pedir justicia por los agravios del rey o de sus ministros, y para pedir reparación de daños. Jesús Gascón comenta que en las Cortes del S XVI los encargados de resolver los greuges fueron seis comisarios nombrados por el rey y los brazos de las Cortes. Podemos ver los greuges como la clave del enfrentamiento entre el rey y el reino. Entre el rey y los brazos aparecerá otra institución clave como era el Justicia de Aragón, del que hablaremos más adelante.

Más de cuatrocientos vecinos

El lugar elegido para celebrar las Cortes de Aragón tenía que ser una villa o ciudad con una población superior a los cuatrocientos vecinos. Tenía que ser territorio de realengo y ser aragonés. La monarquía de los Austrias habitualmente elegía Monzón para convocar las Cortes aragonesas y las Cortes Generales. El día de la apertura de Cortes loa asistentes acompañaban al monarca desde su lugar de residencia hasta el lugar de celebración de las Cortes. Estas se celebraban habitualmente en el interior de una iglesia, en la cabecera se sentaba el monarca, y a la izquierda y la derecha se construían gradas de madera para los asistentes. Para abrir las Cortes se leía la proposición, en la cual el monarca expresaba lo que esperaba de sus súbditos.

El segundo día de Cortes era el momento en que el rey nombraba a unos representantes que se encargarían de negociar con los brazos, denominados tratadores, los cuales se colocaban en la sacristía. El monarca, normalmente, no volvía a las Cortes, por lo que era el Justicia de Aragón el que ocupaba su lugar. El Justicia va a encargar que pasen ante él todos los que se hayan sentido agraviados. Este hecho podía alargar las Cortes indefinidamente, por lo que se nombraban pequeñas comisiones para agilizar las resoluciones de greuges. En este segundo día se fijaba también el horario de las sesiones, los días de descanso y el número de miembros que iban a tener posibilidad de votar. Se elegirán unos representantes de cada brazo: diez eclesiásticos, doce nobles, veinticuatro caballeros y ocho para el caso de las universidades.

Tres etapas

En cuanto a la actividad de las Cortes podemos establecer tres etapas:

  1. Hay un primer periodo entre 1515 y 1592, la denominada experiencia autonomista. La monarquía solía convocar Cortes Generales con una frecuencia alternativa a lo largo de este periodo y, habitualmente, se convocaba en la villa de Monzón. En esta etapa se crean algunas de las instituciones más importantes del reino, como la Diputación del Reino, en 1519; la Real Audiencia, en 1528; o el Cronista de Aragón, en 1585.
  • En la segunda etapa vemos una intensificación absolutista (1592-1667). En 1592 se convocan las Cortes de Tarazona, tras las llamadas Alteraciones de Aragón, y donde se limitarán muchas de las libertades del Reino de Aragón. Termina aquí la unanimidad del brazo, otorgando más poder al rey, se limita la presentación de agravios y se elimina el carácter vitalicio del Justicia.
  • En la tercera etapa vemos una reactivación del parlamentarismo aragonés (1667-1702). Se van a convocar Cortes con el fin de defender la industria aragonesa frente a la amenaza del producto francés. Las últimas Cortes privativas del Reino de Aragón se convocarán en 1702, ya presididas por los Borbones.
Serie ‘Historia de Aragón’

La represión de X en Brasil lleva a una peligrosa desconfianza institucional

Por Diogo Costa. El artículo La represión de X en Brasil lleva a una peligrosa desconfianza institucional fue publicado antes en FEE.

A medida que las democracias se enfrentan a la desinformación, el enfoque de línea dura de Brasil es visto por algunos como un modelo potencial. El país ha tomado medidas extremas para vigilar el discurso en línea: recientemente prohibió X (antes Twitter) y multó a los ciudadanos que utilizaban VPN para acceder a ella. Estas medidas ponen de relieve su audacia, pero también subrayan los peligros de facultar al Estado para tratar la desconfianza como una mera crisis de información.

La crisis de desconfianza institucional de Brasil se remonta a la operación Lavado de coches, una amplia investigación sobre corrupción que comenzó en 2014. Lavado de coches reveló profundos enredos de sobornos en las más altas esferas del gobierno durante el gobierno de Lula a principios de la década de 2000. El poder judicial, visto como el último bastión de la integridad, ganó una confianza pública sin precedentes, y jueces y fiscales se convirtieron en héroes nacionales.

Sin embargo, a medida que Lavado de coches extendió su alcance, el propio poder judicial pasó a estar bajo escrutinio. En 2019, la revista Crusoé publicó acusaciones que implicaban al juez del Tribunal Supremo Dias Toffoli en las mismas tramas de corrupción que Lavado de coches pretendía desmantelar. La respuesta de Toffoli -iniciar una investigación contra la revista por supuesta difusión de noticias falsas- marcó el inicio de una peligrosa confusión entre desinformación y disidencia.

Alexandre de Moraes, un héroe de la censura

Al frente de esta campaña fue designado Alexandre de Moraes, otro juez del Tribunal Supremo, cuyas acciones ampliarían los límites del poder judicial en Brasil. Moraes utilizó su papel para reprimir la desinformación, un término que se convirtió cada vez más en un cajón de sastre para cualquier discurso crítico con el gobierno o el poder judicial. Bajo la bandera de la defensa de la democracia, Moraes inició una serie de medidas que culminarían en la censura digital que vemos hoy.

Al principio, la prensa tachó la medida de censura. Sin embargo, a medida que aumentaba la preocupación por la desinformación y Moraes empezaba a dirigirse a los partidarios del entonces presidente Jair Bolsonaro -que se mostraban cada vez más escépticos respecto a la democracia brasileña-, la iniciativa fue ganando apoyo entre la élite de Brasil. Esto supuso un cambio crítico: El poder judicial se estaba posicionando no sólo como árbitro de la ley, sino también como árbitro de la verdad.

El enfoque de Moraes se ha definido por su voluntad de eludir el debido proceso en nombre de la lucha contra la desinformación y las opiniones antidemocráticas. La represión dirigida por los tribunales de Moraes contra las amenazas percibidas ha incluido el encarcelamiento, sin un juicio justo, de personas con motivo de sus publicaciones en redes sociales, la suspensión de cuentas en redes sociales sin explicación, la congelación de activos por conversaciones privadas consideradas antidemocráticas e incluso la suspensión de cargos de funcionarios electos. Estas acciones se llevaron a cabo a menudo con una transparencia mínima y sin vías de recurso.

Desconfianza institucional

La escalada de extralimitaciones judiciales alcanzó su punto álgido en los últimos días, cuando Moraes ordenó la prohibición de X en Brasil. En los meses anteriores, bajo la propiedad de Elon Musk, la plataforma se había negado a cumplir las demandas de prohibición de cuentas y retirada de contenidos, llegando incluso a denunciar estas órdenes de censura. Ante la amenaza de acciones legales y la detención de su personal, X despidió a sus empleados en Brasil y cesó sus operaciones, lo que llevó a Moraes a tomar medidas aún más extremas.

Congeló los activos del antiguo representante legal de Twitter y extendió esta medida a Starlink, una medida ampliamente criticada por constituir una violación del derecho de sociedades brasileño. Por último, Moraes prohibió X, aislando a más de 20 millones de ciudadanos de la plataforma. También impuso una multa diaria de 50.000 reales brasileños (unos 9.000 dólares) a cualquier ciudadano que utilizara una VPN para acceder a ella, una cantidad superior a los ingresos anuales de la mayoría de los brasileños, criminalizando de hecho los intentos de acceder a la información.

Y, sin embargo, ¿ayudó realmente la represión a resolver una crisis de desconfianza institucional? La evidencia sugiere lo contrario. Unas recientes encuestas muestran niveles alarmantemente bajos de confianza en instituciones clave, con sólo el 23% de los brasileños expresando una gran confianza en los tribunales electorales y un mero 15% en el Tribunal Supremo. Paradójicamente, figuras políticas a menudo etiquetadas como fuentes de «desinformación» por el poder judicial han ganado popularidad, y uno de esos candidatos lidera la carrera por la alcaldía de São Paulo.

La plataforma X ofrece una solución

La desconfianza no es desinformación, pero a menudo es su causa. Tratar una crisis de confianza institucional únicamente como un problema de información, pasa por alto las fracturas sociales más profundas y corre el riesgo de intensificar las mismas tensiones que pretende resolver. El control autoritario de la información erosiona las normas democráticas y disminuye aún más la confianza pública.

Irónicamente, la misma plataforma atacada en Brasil -X- ofrece un atisbo de un posible enfoque alternativo para abordar la desinformación. Su función ‘Notas de la comunidad’ permite a los usuarios colaborar en la comprobación de hechos y proporcionar contexto a contenidos polémicos, un enfoque descentralizado que también prevén otras plataformas como Ethereum.

Tanto si las tecnologías descentralizadas apuntan a un futuro prometedor como si no, el camino para restaurar la confianza en las instituciones no pasa por la censura o la extralimitación judicial, sino por la adopción de la transparencia, la rendición de cuentas y un compromiso renovado con los principios del discurso libre y abierto.

Que la experiencia de Brasil nos recuerde que la confianza no puede imponerse desde arriba. Sólo una cultura de diálogo abierto y resolución colectiva de problemas puede ayudar a las democracias a construir una esfera pública más resistente y digna de confianza, que fortalezca los cimientos de una sociedad libre en lugar de socavarlos.

Ver también

El caos supremo de Brasil. (Leonidas Zelmanovitz)

Lo que ‘Friends’ puede enseñar sobre el control de alquileres

Por Laveen Ladharam. El artículo Lo que ‘Friends’ puede enseñar sobre el control de alquileres fue publicado originalmente en CapX.

Los fanáticos de la vivienda que veían Friends (es decir, yo y otros millennials que leen CapX) probablemente recordarán que el apartamento de Mónica, y otros de la serie, están sujetos a controles de alquiler.

Ross (David Schwimmer) se entera de las desventajas de los controles de alquiler por las malas. Después de pasar por una ruptura complicada, Ross fue expulsado sin contemplaciones de su nuevo apartamento por su casi suegro casero. Aunque probablemente se trató de un desahucio culposo, Ross lucha por encontrar un lugar adecuado donde vivir.

Durante su periodo de desamparo tras la ruptura y mientras luchaba contra una serie de problemas de salud mental derivados del trauma, Ross se quedó en el sofá de sus amigos y visitó una serie de casas de mala calidad, incluida una con una «cocina-baño».

Afortunadamente, Ross encuentra el apartamento perfecto. La ubicación es ideal: cerca de su hermana y sus amigos, un edificio bonito y céntrico. Sin embargo, como en cualquier comedia de situación, hay trampas.

“Un hombre desnudo poco atractivo”

En primer lugar, el apartamento lo alquila un «hombre desnudo poco atractivo» con afición al naturismo al que los Friends espían a menudo desde el apartamento de Mónica, alias Ugly Naked Guy.

En segundo lugar, hay una gran demanda para este increíble robo de apartamento. El Desnudo-Feo no puede subir el precio, así que parece que el piso está sujeto a controles de alquiler. Para inclinar la balanza a su favor, Ross intenta sobornar a Ugly Naked Guy con una cesta de mini magdalenas. ¿Cuál es el problema? Todos los demás tienen la misma idea y le sobornan con bollos mucho más extravagantes.

Ross acaba alquilando el piso después de apelar al lado humano del Desnudo-Feo pasando una tarde con él, al natural.

Lo que me lleva a Angela Rayner. Nuestra Viceprimera Ministra ha publicado sus planes para dar más derechos a los inquilinos. Entre ellos, la prohibición de los «desahucios sin culpa» (es decir, impedir que los propietarios puedan exigir a los inquilinos que se marchen al final de su contrato), un límite a las subidas de alquiler durante el alquiler y la prohibición de que los propietarios acepten ofertas por encima del precio de venta.

Crónica de una catástrofe anunciada

He escrito en otro lugar que ya tenemos algo parecido a los efectos de los controles de alquiler en el Reino Unido. Las reformas de Rayner nos proporcionarán un control real de los alquileres, al no permitir que los propietarios suban sus precios cuando aumenten sus costes (como las hipotecas, los impuestos o los gastos de mantenimiento).

Aunque hay algunas buenas propuestas, como la prohibición general de que haya niños en las viviendas y la introducción de un defensor del pueblo que se ocupe de los conflictos, el peso global de estas propuestas puede ser catastrófico para el sector privado del alquiler. Cualquier lector de CapX sabrá que los controles de alquiler aumentan las rentas. Algunos propietarios amenazan directamente con hacerlo. Otros están vendiendo, reduciendo así la oferta.

La forma de reducir los alquileres es aumentar la oferta. Esto puede hacerse construyendo viviendas. Pero los gobiernos también pueden aumentar la oferta recortando los impuestos para que los propietarios no pierdan dinero al proporcionar a los inquilinos un lugar donde vivir.

Dos recortes fiscales que ayudarían son, en primer lugar, garantizar que los costes de los préstamos sean totalmente deducibles de impuestos para los propietarios y, en segundo lugar, dar a los propietarios incentivos fiscales para mejorar la calidad de las viviendas, en lugar de llevarlas a un estándar previo arbitrario.

Lo que muestra Friends

En cuanto a prohibir las guerras de ofertas por la limitada oferta actual de viviendas de alquiler, es una idea tan poco realista como las promesas del Gobierno de vigilar el precio de las entradas para Oasis. Cuando demasiada gente persigue muy pocas propiedades, los resultados son frustrantes. Pero una prohibición sería difícil de controlar: ¿cuánta gente llevaría a alguien a los tribunales, incluso con un servicio de Defensor del Pueblo simplificado? ¿No empezarán los propietarios exigiendo un alquiler más alto? Y si se prohíbe a los licitadores competir en ofertas de alquiler, la contienda se producirá simplemente de forma menos transparente.

Si no se aumenta la oferta y se permite que las partes acuerden los precios, ganan los Feos Desnudos del mundo. En lugar de pagar directamente un alquiler más alto, los inquilinos competidores tendrán que ofrecer otros incentivos para aumentar sus posibilidades.

Friends muestra cómo fijar el precio del alquiler no elimina las guerras de ofertas, sino que las amplifica. Ross pasa de una cesta de mini-magdalenas a una taza de café. En el mundo real, los alquileres no negociables abren la puerta a opciones mucho más turbias: desde la discriminación tácita a los pagos por debajo de la mesa o en especie, y quizá incluso a los favores sexuales u otras exigencias explotadoras.

Sería mucho mejor y menos siniestro aumentar la oferta de vivienda.

Ver también

Alquiler: en defensa (más o menos) de los caseros. (Henry Hill).

Control de alquileres, una nefasta idea. (Ignacio Moncada).

La posibilidad en el teorema de imposibilidad de Arrow

El teorema de la imposibilidad de Kenneth Arrow sostiene que, dado un colectivo de individuos cada uno con sus preferencias sobre los posibles estados sociales (por ejemplo, la forma en que se deben repartir los recursos de la comunidad) no existe ninguna manera de obtener las preferencias de la comunidad a partir de las de los individuos que la componen.

A tal manera o mecanismo, Arrow le llama función de bienestar social. La define como el proceso o regla mediante el cual, para cada conjunto de preferencias individuales de estados sociales, se obtiene un orden colectivo de preferencias para dichos estados sociales. Arrow no limita la función de bienestar social a sistemas de votación, como parecen creer algunos analistas, entre ellos los que describen el teorema en la Wikipedia.

Es evidente que formar la decisión colectiva a votos es una opción como tantas otras que se nos puedan ocurrir. Por ejemplo, podríamos pensar en que la decisión colectiva la tome el individuo de más edad. O que no haya mecanismos explícitos para la toma de la decisión colectiva, sino que sea mediante mecanismos espontáneos como el mercado. No cabe duda de que Arrow tenía una visión similar, como se deduce de esta frase:

In the following discussion of the consistency of various value judgements as to the mode of social choice, the distinction between voting and the market mechanism will be disregarded, both being regarded as special cases of the more general category of collective social choice.

Kenneth Arrow, Social Choice and Individual Values.

Cinco condiciones

Tal y como se ha formulado el teorema al comienzo del artículo, alguien podría decir que se da de bruces con la realidad. En la realidad se observa empíricamente siempre un “estado social”, esto es, una solución al problema colectivo que forzosamente refleja de alguna forma las preferencias de los individuos que la integran, pues es a partir de ellas que se ha formado.

Así que añadamos precisión al enunciado: Arrow demuestra que no es posible la existencia de un tal mecanismo que sea capaz de cumplir cinco condiciones que a Arrow le parecen deseables y necesarias. Dichas condiciones son las siguientes[1]:

  1. Dominio sin restricciones: para cualquier conjunto posible de preferencias de los individuos, el mecanismo tiene que dar una solución para la preferencia colectiva.
  2. Ausencia de dictador: la preferencia colectiva no puede coincidir con las preferencias de uno de los individuos, el hipotético dictador.
  3. Independencia de las alternativas irrelevantes/imposibles: la preferencia colectiva no varía en función de preferencias de los individuos que sean imposibles en el contexto de la decisión.
  4. No imposición (Optimalidad de Pareto): si todos los individuos prefieren la opción A a la B, entonces la decisión colectiva también prefiere la opción A a la B.
  5. Racionalidad: para Arrow, las preferencias son racionales si cumplen dos condiciones, que él llama axiomas:
    1. Dadas dos opciones cualquiera, siempre se prefiere una a la otra, de forma que es posible crear una jerarquía de preferencias con todas las posibles opciones;
    1. Transitividad: si se prefiere la opción A a la opción B, y la opción B a la opción C, entonces se prefiere la opción A a la opción C.

En consecuencia, exigir a la función de bienestar social que sea racional supone que tiene que cumplir las condiciones a) y b).

El mercado y Kenneth Arrow

Tras páginas y páginas de expresiones algebraicas, Arrow demuestra el teorema que lleva su nombre, concluyendo que no existe ningún mecanismo que las pueda cumplir. Con esta base, se pondrá a elucubrar sobre si existen principios implícitos en la naturaleza humana que permitan hacer asunciones adicionales sobre las jerarquías individuales de preferencias y las hagan más cercanas que en el caso general, así posibilitando la existencia de mecanismos que cumplan las condiciones.

Ello le llevará a postular la vida como preferencia máxima de todos los individuos racionales y entrar en la pendiente resbaladiza de que sólo son racionales quienes opinan como él; esa Visión de los ungidos como la denomina Thomas Sowell. Nada que sorprenda viniendo de un economista con una visión estática y “cientifista” como resulta ser Arrow, por lo menos en este ensayo.

Desde una perspectiva económica austriaca, sabemos que el “óptimo” de bienestar social se consigue cuando el mercado funciona sin intervención. En este sentido, la función de bienestar social, siguiendo la terminología de Arrow, que más compatible resulta con las preferencias individuales, sería el mercado.

Transitividad

¿Por qué descarta esta solución Arrow? Porque la decisión colectiva resultante del mercado no es una decisión social racional. Así lo afirma en la página 59 de su obra.

Tratemos de entender qué significa para Arrow que el mercado no sea racional. Como función de bienestar o agregación social, el mercado es capaz de generar una jerarquía de preferencias de los posibles usos de un recurso, por ejemplo. Sin embargo, esta jerarquía será irracional, pues no se puede asegurar que cumplirá el principio de transitividad. O sea, que el proceso del mercado no garantiza que si la opción A se prefiere a la B, y la B a la C, la A se prefiera a la C. ¿Y qué más da? ¿Alguien puede decir cómo mejora la decisión comunitaria por el hecho de que se asegure la transitividad en las opciones preferidas?

Como individuo, puede tener sentido la transitividad de mis opciones, pues puedo ir satisfaciéndolas paulatinamente en el tiempo, y si de un momento a otro se pierde tal transitividad, lo único que significa es que he cambiado de preferencias. Pero, claro, a la comunidad habría que exigirle que ninguno de los individuos que la componen cambiara de preferencias en el tiempo.

Nuestra racionalidad, y la de Arrow

Por otro lado, cabe preguntarse es si es racional exigir al mecanismo de decisión colectiva que dé resultados racionales, cuando los individuos demuestran una y otra vez con sus actos que no lo son. O al menos que no lo parecen de acuerdo a un criterio externo de racionalidad, aunque seguramente a cada uno de nosotros nuestras decisiones nos parezcan perfectamente racionales en el momento de tomarlas.

Pero, claro, el problema para Arrow es que si no incluía la condición de racionalidad, el mercado aparecía como un mecanismo de agregación social que sí cumplía todas sus condiciones. La consecuencia de tal resultado hubiera sido que no hacía falta otro mecanismo de decisión colectiva, ni Estados democráticos, ni elecciones, ni mucho menos mentes preclaras que nos impusieran sus preferencias a los demás. Y eso al señor Arrow no debía de gustarle.

En resumen, que de imposibilidad nada, que lo que pasa es que al mainstream no le gusta nada la “posibilidad”, esto es, el mercado libre de intervención.

Notas

[1] Sigo aquí la “Stanford Enciclopedy of Philosophy” en vez de la obra de Arrow, porque éste resulta más complicada de entender intuitivamente, ya que está formulada algebraicamente.

Ver también

De nuevo, Mises no comprendió a Menger (III): unidad de medida

Al hilo del artículo anterior de esta serie y con el objetivo de no perder de vista la relevancia de la cuestión que estamos tratando, vuelvo a insistir en la importancia política y social de este análisis. Una buena teoría del valor es esencial para minimizar las interferencias políticas que dificulten el buen funcionamiento de un mercado libre. Por el contrario, una teoría del valor que sea difícil de demostrar o que no explique bien la realidad no podrá evitar que otras teorías se impongan y puedan utilizarse para justificar regulaciones perjudiciales para la cooperación social, como es el caso de los controles de precios de alimentos o alquileres, asuntos de rabiosa actualidad.

Habíamos dejado pendiente para hoy tratar el problema de la inconstancia de la unidad de medida. No cabe duda de que tener una unidad de medida constante y universal es extremadamente conveniente a la hora de medir. Tanto es así, que una cuestión importante en la historia de las unidades de medida ha consistido en ir convergiendo hacia estándares, desde los pasos hasta el metro pasando por el codo o el pie.

Pero históricamente y hasta que llegó esa estandarización, las unidades de medida eran de lo más variadas y variables. De hecho, hasta se utilizaban unidades de medida cuya magnitud variaba de una transacción comercial a la inmediatamente siguiente, y el mayor o menor tamaño de la unidad de medida era un factor más al negociar los términos de la transacción. En ocasiones, el motivo de la variabilidad de la unidad de medida física tenía el objetivo de mantener los precios constantes, por ejemplo para camuflar la inflación, o para ocultar el interés de un préstamo (Kula, 1986 p.103).

Medición del valor: Carl Menger y Ludwig von Mises

En España tenemos el caso de las fanegas de tierra como unidad de superficie, cuya magnitud era distinta dependiendo de la región, o más inconstante aun el ferrado en Galicia que cambiaba de municipio a municipio. Por lo tanto, que la unidad de medida no sea constante no nos impide medir. Tampoco que la medición no sea muy precisa. Muy a menudo no merece la pena el esfuerzo de medir con una gran precisión y es suficiente con llegar a una precisión razonable.

Sobre la precisión o exactitud de las mediciones, cabe contrastar el siguiente ejemplo de Ludwig von Mises con el ejemplo de los granjeros de Carl Menger:

Supongamos que A posee tres peras y B dos manzanas, y que A valora la posesión de las dos manzanas más que la de las tres peras, mientras que B valora la posesión de las tres peras más que la de las dos manzanas. Sobre la base de estas valoraciones puede surgir un intercambio en el que se den tres peras por dos manzanas. Es evidente que la determinación de la numéricamente precisa relación de cambio 2:3, tomando cada fruta como unidad, no presupone que A y B sepan exactamente en cuánto excede la satisfacción prometida por la posesión de las cantidades que se adquieren por el cambio a la satisfacción prometida por la posesión de las cantidades que se entregan.

Ludwig von Mises (1997), p 13.

Aunque Mises describe primero las valoraciones, en realidad está partiendo del precio de intercambio y de ahí infiere que A valora más las manzanas que las peras, y viceversa en el caso de B. Menger, por el contrario, determina cuantitativamente en primer lugar las valoraciones de los granjeros, y en todos los intercambios el precio es una vaca por un caballo cuando las valoraciones de un bien duplican o triplican las del otro. Es decir, Menger determina cuantitativamente cuánto más vale un bien que el otro.

“Exactamente”

Pero me quiero centrar en la palabra “exactamente” en esta afirmación de Mises: “no presupone que A y B sepan exactamente en cuánto excede la satisfacción prometida”. Ninguna medición ni comparación es exacta, tampoco en las ciencias naturales tal y como explica Menger en su libro El Método de las Ciencias Sociales:

Pretender someter la teoría económica pura a la prueba de la experiencia en su plena realidad es un procedimiento análogo al del matemático que quisiera legitimar los principios de la geometría mediante la medición de objetos reales, sin tener en cuenta que estos últimos no se identifican sin más con las magnitudes que supone la geometría pura, y que toda medición contiene necesariamente elementos de imprecisión.

Carl Menger (2006), p 45.

Siendo la ciencia económica mucho más compleja no tiene ningún sentido exigirle aquello que ni siquiera las ciencias naturales pueden cumplir. Pero sobre todo, no solo se trata de que ninguna medición  pueda ser exacta, es que muchas veces ni siquiera es necesario que lo sea. De hecho, no podemos negar que a menudo puede ser suficiente con determinar una preferencia sin molestarnos en cuantificar la diferencia, si cuantificarla no nos aportase nada. Como bien explicó Bohm-Bawerk, también economizamos el proceso de valoración y apuramos al nivel de precisión suficiente, pues no tendría sentido económico que el coste de ser precisos sea mayor que lo que se pueda ganar gracias a esa precisión.

En otras palabras, cuando hablamos de que un bien vale el doble o triple que otro no es  necesario que se trate de una proporción exacta. Como tampoco es exacta, por ejemplo, la cuantificación cardinal de horas de un viaje en coche y aun así nos puede servir perfectamente para planificar un viaje para llegar al destino antes de la hora de comer o antes de que anochezca.

Unidad de medida o de referencia

En lo que respecta a los requisitos generalmente aceptados que en la actualidad debe cumplir una unidad de medida, es que sea constante en el tiempo y que sea neutral. Según lo anterior una unidad de medida inconstante no sería tal, pero eso no impide que, sin llamarla unidad de medida, podamos usar una unidad de referencia para cuantificar cardinalmente la magnitud del objeto a medir mientras esta unidad de referencia no cambie durante el acto de medición. Lo que sí es un requisito indispensable es que la unidad de medida sea neutral, es decir, que el objeto que usamos para medir no altere la magnitud del objeto que estamos midiendo. 

Un ejemplo sencillo de esta falta de neutralidad es utilizar la variación del volumen del mercurio para medir la temperatura del agua. Si la cantidad de mercurio es significativa con respecto al agua, la temperatura del mercurio podría influir en la del agua y alterar la medición. De nuevo, esta falta de neutralidad sólo es relevante si la alteración es significativa a efectos prácticos.

Expuesto lo anterior, en la medición del valor nos enfrentamos a la situación de que cada acto de valoración es distinto según cambian nuestras circunstancias, necesidades y previsiones, que de hecho cambian constantemente. Pues bien, en el marco de la teoría del valor subjetivo la vía más natural de darle consistencia teórica a la unidad de referencia para cuantificar el valor es utilizar la unidad marginal, que si bien no es constante de un acto de medición a otro, si que es neutral.

Vacas y caballos

Volviendo al ejemplo de las vacas y los caballos de Menger, la unidad de referencia sería el último caballo o vaca útil de los granjeros. En el primer intercambio, la unidad marginal de los bienes que poseen los granjeros es la quinta, que Menger representa con un valor de 10. Después de entregar las unidades sexta y quinta de valor “0” y “10” respectivamente, en el tercer intercambio la unidad marginal ya vale “20”. En esta secuencia que expone Menger podemos ir viendo que el valor de la unidad marginal es concreta y determinada en cada intercambio, pero varía después de cada intercambio, pues la escasez de vacas o caballos para cada granjero varía al intercambiar. 

Pero antes de continuar, ¿Qué magnitud implica “20” referido al valor de un caballo?  Pues no lo sabemos y es totalmente irrelevante de la misma forma que ni sabemos ni es relevante cual es la magnitud absoluta de un metro.  Lo relevante es la proporción de valor entre la unidad marginal del caballo en relación a las otras unidades de caballos, o en relación a la unidad marginal de las vacas.

Utilizar la unidad marginal como unidad de referencia es exactamente lo que hace Menger cuando dice que una vaca vale el doble o el triple que un caballo, expresando el valor de la unidad marginal de las vacas en términos de la unidad marginal de caballos desde la perspectiva subjetiva de uno de los granjeros. 

Carlos Bondone

Tal y como propone Carlos Bondone, para ni siquiera dar pie a que alguien pueda interpretar que “20” es una magnitud real de valor, es mucho más claro representar siempre el valor de la unidad marginal con un “1” (Bondone 2024 p. 62), y en cada acto de valoración ya sean las unidades del mismo bien o las unidades de otro bien las representaremos en proporción a ese 1, que es lo que hace Menger cuando habla de doble o triple.  Así, diremos que el cuarto caballo vale 2 con respecto al quinto (el doble que el quinto), o que la tercera vaca vale 3 con respecto al quinto caballo (el triple que el quinto caballo).

En su libro La Acción Humana, Mises niega tajantemente la posibilidad de hacer este tipo de operaciones aritméticas. La siguiente referencia parece un reproche velado a las proporciones aritméticas de valor que utiliza Menger en su ejemplo de las vacas y caballos:

En la esfera del valor y las valoraciones no hay operaciones aritméticas; en el terreno de los valores no existe el cálculo ni nada que se le asemeje. El aprecio de las existencias totales de dos cosas puede diferir de la valoración de algunas de sus porciones. Un hombre aislado que posea siete vacas y siete caballos puede valorar en más un caballo que una vaca; es decir, que, puesto a optar, preferirá entregar una vaca antes que un caballo. Sin embargo, ese mismo individuo, ante la alternativa de elegir entre todos sus caballos y todas sus vacas, puede preferir quedarse con las vacas y prescindir de los caballos.

Ludwig von Mises (2011), p 146.

Curvas de utilidad discretas (pero cardinales)

Creo que cualquiera de nosotros puede refutar a Mises por simple introspección, realizando el sencillo ejercicio de calcular cuánto más valen dos monedas de oro con respecto a una. Todos podríamos calcular de inmediato que dos monedas de oro tienen un valor del doble que una moneda de oro a efectos prácticos, bajo la premisa de que la utilidad marginal del oro decae muy lentamente y lo natural es pensar en dos y no en un enrevesado e inútil decimal muy próximo a dos. Se excede sobremanera Mises al negar de manera tan tajante que el ser humano no realiza operaciones aritméticas para calcular valores.

Sobre el dilema de preferir todas las vacas a todos los caballos, esto se explica de manera muy sencilla con matemáticas. Si el área que encierra la curva de utilidad marginal de las siete vacas (la utilidad total) es mayor a la de los caballos, es lógico que el granjero prefiera todas las vacas. Pero esto no entra en contradicción con que el séptimo caballo sea más valioso que la séptima vaca, ya que la utilidad marginal de las vacas puede decaer más rápido que la de los caballos.

Cabe señalar que en línea con lo explicado anteriormente sobre la exactitud, las curvas de utilidad no tienen porqué ser continuas. Pueden ser continuas desde un punto de vista ilustrativo y aportar una mayor claridad teórica, pero podemos asumir que en la práctica estas curvas son discretas. Es decir, que aun siguiendo el modelo continuo, en la práctica sólo existirían en la curva los valores que son económicamente significativos para el sujeto que valora. Seguiríamos dentro del contexto de lo cardinal. Discreto, pero cardinal.

Las matemáticas

Visto todo lo anterior, el andamiaje teórico que nos legó Menger no tiene por qué implicar renunciar a la aritmética cardinal ni a un modelo matemático simplificado de curvas de utilidad marginal que representen las valoraciones. Ahora bien, cabe preguntarse si  semejante modelo es útil teóricamente, porque suavizando un poco la posición de Mises podríamos admitir que el valor es una magnitud cardinal, pero que es suficiente con el orden.

Un mero orden de preferencias puede explicar intercambios de poca importancia donde no vale la pena cuantificar la diferencia entre las preferencias. Pero una buena teoría debe ser capaz de explicar la generalidad de los intercambios y sus precios, y una mera  preferencia que no da cuenta de la diferencia en la intensidad de valor no explica los precios. Diferencias de intensidad que Mises reconoce que existen. Crusoe puede necesitar más un litro de agua que un kilo de pescado, y necesitar mucho más un kilo de pescado que un kilo de resina. Pero el mero orden de necesidades no explica por qué la diferencia de valor entre el pescado y la resina es mucho mayor que entre el agua y el pescado, en términos del esfuerzo que Crusoe está dispuesto a entregar a cambio (precio). 

La realidad es que Crusoe es perfectamente consciente de estas diferencias, pues él  mismo las ha determinado. Y si estas diferencias son importantes para él, las puede cuantificar cardinalmente con mayor o menor precisión para planificar cuanto tiempo está dispuesto a entregar a cambio de obtener cada uno de esos bienes.

El ejemplo de McCulloch

Una posible forma de explicar estas diferencias en el ámbito de lo ordinal es la que analiza McCulloch modelando cambios incrementales que ilustraré de la siguiente manera (McCulloch 1977, p. 275): 

Crusoe prefiere un litro (o kilo) de agua a un kilo de pescado, y también prefiere un kilo de agua a 1,1 kilos de pescado. Sin embargo prefiere 1,2 kilos de pescado a 1 kilo de agua. Esto implica que para Crusoe el valor de un kilo de agua se encuentra entre 1,1 y 1,2 kilos de pescado.

Pero McCulloch concluye que este modelo no corrobora la ordinalidad. Todo lo contrario, el modelo demostraría que las preferencias son realmente cardinales e incluso cuantificables con bastante precisión, pues somos capaces de determinar una proporción aritmética bastante exacta entre el valor del agua y del pescado. Y a la conclusión de McCulloch yo añado que como el acto de medición es siempre relativo de una cosa con respecto a otra, el caso de los bienes poco divisibles como un automóvil no es un problema porque su valor siempre puede expresarse en términos de bienes divisibles.

Habrá notado el lector que he evitado utilizar el término “unidad de medida” para referirme a la unidad marginal, por el hecho de no ser constante. Ahora bien, si dispusieramos de un bien cuyo valor fuera razonablemente estable a efectos prácticos, entonces sí podríamos utilizarlo como unidad de medida del valor en el sentido de lo que hoy día entendemos por unidad de medida (constante y neutral). El candidato obvio para esta función sería el dinero, pero esto ya sería una cuestión para otro artículo.

Medición relativa, no absoluta

En conclusión, hemos podido ver como constreñir la teoría del valor a un modelo estrictamente ordinal no permite explicar la variabilidad de los precios. Y admitir que el valor es una magnitud intensiva, una cualidad del bien, para luego afirmar tajantemente que dicha magnitud no puede cuantificarse no ayuda en nada para salir de este marco tan restrictivo. No debemos perder de vista que el fenómeno del valor es de una importancia crucial en la ciencia económica. Tanto es así que podemos decir que el objeto de la ciencia económica es el estudio del valor (Bondone 2024, p.16), esto es, de los recursos escasos. La teoría estrictamente ordinal del valor se sabotea innecesariamente a sí misma al renunciar a cuantificar el valor y arrinconarlo en la oscuridad como una magnitud inescrutable.

Hemos explicado también que todo proceso de medición es siempre relativo. No existen las magnitudes absolutas. Y que para el proceso de medición si bien es indudablemente muy conveniente disponer de un patrón objetivo o unidad de medida constante, no es en absoluto un elemento imprescindible para poder medir. También hemos explicado que ningún proceso de medición es exacto y que a menudo nos basta con una precisión razonable. Tanto la falta de un patrón objetivo como la imprecisión no son problemas exclusivos de la ciencia económica. Se pueden dar igualmente, y se dan o se han dado, en el ámbito de las ciencias naturales, y en ninguno de los dos casos son argumentos que permitan concluir que una magnitud no es cardinal.  

Bibliografía
Serie De nuevo, Mises no comprendió a Menger

(I) Ordinal vs. cardinal

(II) Tampoco Hayek

Serie Mises no comprendió a Menger

IIIIIIIV

El enfriamiento de la economía americana

El enfriamiento o desaceleración de la economía estadounidense parecía avisado desde hacía tiempo debido a la política monetaria relativamente más restrictiva desplegada por la Fed. Aunque, si bien es cierto, esta ralentización parece estar siendo menor y llegando más tarde de lo esperado, esto no da lugar a negar que esté ocurriendo. No cabe tampoco lamentarse en exceso por ello, ya que la caída de los niveles de inflación y la contracción del crecimiento salarial (ambas buscadas por la Fed para reducir la presión sobre el nivel de precios) son signos evidentes de que la economía americana se está enfriando.

Empleo y consumo

Comenzando por el mercado laboral, aunque en EE.UU. se sigue manteniendo robusto, la situación ha cambiado mucho desde hace tan solo dos años a hoy en día. Concretamente en 2022 la ratio de vacantes por desempleado era de 2:1, lo que hacía casi imposible un incremento de la tasa de desempleo. Sin embargo, en el tercer cuarto de 2024 la situación ha cambiado considerablemente porque, aunque el desempleo siga en niveles históricamente bajos (aun así, más alto que en 2022), la ratio de vacantes por desempleado ha disminuido notablemente. Una de las causas de ello -que es, además, la principal para la disminución del crecimiento salarial- es el gran influjo de trabajadores que ha registrado el mercado laboral norteamericano en el último año.

Una consecuencia directa del enfriamiento del mercado laboral será una contracción de la demanda agregada y, en concreto, del consumo. Si algo ha quedado claro en el último año en EE.UU. es que los ahorros generados durante los años de pandemia se han agotado plenamente. Se registró el pasado mes de julio una tasa de ahorro media en EE.UU. del 3%, que es menos de la mitad de la registrada no ya durante el Covid, sino en 2019. Además, atendiendo a los datos de depósitos bancarios proporcionados por la Fed, en los dos menores deciles de renta, el volumen de dinero en depósitos se encuentra en mínimos desde 2010, con la diferencia de la mucho mejor situación económica que vive la economía americana de hoy en día.

Sector inmobiliario

Otro segmento de la economía al que merece la pena prestar atención es al mercado inmobiliario. Un ejemplo del enfriamiento de este mercado es el índice de confianza de las constructoras y promotoras americanas, que registró su mínimo anual en agosto. De hecho, el número de viviendas en construcción es un 8% menor que al comienzo de año. Sin embargo, la situación no se puede comparar directamente con otros valles pasados del ciclo inmobiliario. De momento, el empleo en el sector no se ha visto resentido, algo que, sin embargo, no cabe descartar para un futuro cercano en caso de que la desaceleración de la construcción norteamericana prosiga su curso.

Además, no se limita únicamente al segmento residencial, ya que las oficinas y locales comerciales están sufriendo todavía más. En EE.UU. se ha registrado recientemente la tasa más baja de presencialidad oficinas de la historia y se espera que la tendencia continúa ante una mayor penetración del teletrabajo. Como consecuencia lógica de ello, la tasa de impago de constructoras y promotoras especializadas, oficinas y locales comerciales se está incrementando considerablemente, afectando sobremanera a los bancos más pequeños y focalizados en regiones con elevado volumen de esta tipología de inmuebles.

La industria

Por otro lado, el sector manufacturero tampoco desmerece nuestra atención, ya que su actividad ha sufrido varios frenazos recientes y podría afectar al conjunto de la economía norteamericana de continuar así. Muestra de ello es el hecho de que muchos componentes del ISM manufacturero registraron hace menos de un mes sus niveles mínimos desde mediados del año 2023. La realidad es que el sector venía perdiendo fuelle durante los últimos años, pero había recibido respiración asistida de multitud de subsidios públicos implantados a través de los conocidos Chips Act e Inflation Reduction Act (IRA). Ahora, ante una desaceleración mayor, la política de subsidios no ha sido suficiente para tapar la tendencia del sector manufacturero norteamericano.

Llegados a este punto cabe pensar en que puede producirse en los próximos meses en la economía de EE.UU. y, sobre todo, en como actuará la Fed en este contexto. Las principales estimaciones de analistas predicen actualmente un recorte de 2 puntos porcentuales de los tipos de interés durante el próximo año y una caída del yield de los bonos a 10 años no demasiado amplia desde el nivel en el que se encuentran ahora, a no ser que la Fed se meta en bajadas de tipos agresivas, lo cual no se espera excepto que la desaceleración se consolide como mayor de lo previsto.

La Fed

Además, incluso si la Reserva Federal baja los tipos más de lo esperado, sus efectos solo se observarían hasta 6 meses después del movimiento descrito, a causa de los famosos lags inherentes a la política monetaria.

Por lo tanto, en medio de una desaceleración de la economía norteamericana por el momento contenida, se prevé que la Fed actúe con la senda de reducción de tipos que dejó entrever parcialmente antes de verano. Frente a eso, si la economía no empeora notablemente (sobre todo en lo relativo a los sectores inmobiliario y manufacturero) se espera que los mercados vuelvan a remontar durante los meses siguientes.

Ver también

La destrucción de la economía alemana. (Álvaro Martín).

¿Un nuevo consenso de Washington? (Álvaro Martín).

Baldomero Espartero, pacificador y general del pueblo

La Navidad de 1836 sería trascendental en la biografía de Espartero (1793-1879). Justo entonces nació su leyenda, al ganar por vez primera una popularidad que ya le acompañaría siempre. Luego, en el siglo XX, su nombre pasó de la adoración al olvido. Espartero, como casi todo el siglo XIX español, ha sido extirpado de la memoria histórica española. La Navidad de 1836 fue también inolvidable para Espartero, en lo personal, pues sufrió tremendos dolores por cálculos renales. Seguramente fue un cólico nefrítico, que le mantuvo en cama hasta el anochecer del 24 de diciembre, la Nochebuena de 1836.

Luchana

La Batalla de Luchana se conoce a grandes rasgos, está contada por Benito Pérez Galdós. El 24 de diciembre de 1836, las tropas del Ejército del Norte atacaron para romper el segundo asedio carlista de Bilbao. Al caer la noche, preocupado por el incierto curso de la batalla, contra el consejo de sus médicos y oficiales y pese a sus fuertes dolores, Espartero dejó el lecho, vistió su uniforme y marchó a primera línea en medio de una ventisca de nieve. Su llegada a la línea de fuego infundió a las tropas ánimos y rompieron de madrugada las líneas carlistas para entrar en Bilbao en las primeras horas del día de Navidad, el 25 de diciembre de 1836. La noticia de la liberación de Bilbao recorrió toda España.

Las Cortes Constituyentes, que preparaban la Constitución de 1837, declararon héroes a los defensores de Bilbao. La Reina Regente incorporó al escudo bilbaíno la rúbrica de “Villa Invicta” y Espartero fue Conde de Luchana. En Madrid, el Ayuntamiento acordó darle el nombre de Bilbao a una plaza en construcción y el de Luchana a una calle que partía de ella: las actuales Glorieta de Bilbao y calle Luchana de la capital. El dramaturgo logroñés Manuel Bretón de los Herreros (1796-1873) compuso un drama que tuvo mucho éxito. La liberación de Bilbao era una gran victoria táctica y, sobre todo estratégica. Pues, tras Luchana el carlismo ya no pudo tomar a iniciativa, aunque aún tardaría tres años en ser vencido. El nombre de Espartero se hizo famoso en toda España.

Mas ¿quién era ese general, desconocido fuera del entorno militar, que había obtenido tan importante victoria?

De Granátula a Cádiz

Espartero fue el hijo menor de un modesto carretero de Granátula de Calatrava -actualmente en Ciudad Real-. Cursó sus primeros estudios en la entonces Universidad de Almagro, donde obtuvo el título de Bachiller en Artes y Filosofía. En 1808, fue uno más de los muchos que se presentaron como voluntarios nacionales surgidos por toda España para combatir a los franceses. Participó en varios hechos de armas y fue herido en la Batalla de Ocaña (1809), una de las más sangrientas derrotas del Ejército Español en aquella guerra. Recuperado, y en atención a sus estudios y a su valor en combate, se incorporó en 1810, a la Academia Militar creada en Cádiz para formar oficiales del ejército nacional.

En Cádiz frecuentó los debates constitucionales y fue uno de los muchos que, el 19 de marzo de 1812, vitorearon la proclamación de la Constitución gaditana, a la que siempre se sintió vinculado. A finales de 1813 recibió sus despachos de oficial, con la Guerra de la Independencia a punto de concluir. Preocupado por su recién iniciada carrera militar, se alistó voluntario, en el pequeño ejército de 10.000 hombres enviado por Fernando VII, al mando del General Morillo, para vencer al independentismo de los virreinatos americanos embarcando el 1 de febrero de 1815, hacia América.

También en América se puso el sol (1814-1824)

En la poco conocida gesta de los últimos defensores de España en las guerras de independencia americanas (1810-1824), Espartero merecería un capítulo especial. Llegado al Perú, desplegó sus dotes estratégicas y su valor personal, consiguiendo ascenso tras ascenso, de teniente a brigadier. Sería inacabable reseñar las muchas acciones en las que participó. En 1821, ya en el Trienio Liberal (1820-1823), las tropas leales del Perú depusieron al Virrey Pezuela, sustituido por el General la Serna, por acuerdo entre los jefes del ejército. A los rebeldes independentistas, les beneficiaron mucho los conflictos entre los españoles, en 1820 y en 1823.

En 1823, tras conocerse la reposición de Fernando VII como rey absoluto, el Virrey acordó enviar a España a un oficial para explicar la difícil situación del Perú y conseguir refuerzos. Misión de riesgo, pues el emisario podría ser ejecutado, ya que los mandos del Virreinato tuvieron el apoyo de los gobiernos del Trienio Liberal. El enviado fue Espartero, que partió para España en abril de 1824. Llegó a Madrid el 12 de octubre y le recibió Fernando VII. El rey le atendió con cordialidad y le confirmó sus ascensos y la confianza de la Corona en el Virrey la Serna. Pero no logró los refuerzos que tanto necesitaban los últimos defensores del Imperio en América.

Solo y sin refuerzos, reembarcó en Burdeos para América el 9 de mayo de 1824. Llegado a Quilca (Arequipa) el 5 de diciembre, fue detenido de inmediato por orden de Bolívar. Cuatro días después de su llegada, el 9 de diciembre de 1824, en la Batalla de Ayacucho, los españoles conocieron la derrota por última y definitiva vez. Se confirmó la independencia de los países nacientes de los cuatro virreinatos. Durante su prisión estuvo cerca de ser fusilado en más de una ocasión por instigación de Bolívar. Pero gracias a varias mediaciones sería al fin liberado y pudo regresar a España con un numeroso grupo de compañeros de armas y cautiverio.

Una buena boda

Una vez en España, Espartero fue destinado a Pamplona como comandante militar. En un viaje a la capital navarra de Jacinta Martínez de Sicilia, en 1826, Espartero la conoció y se enamoró. El noviazgo fue más breve que largo y culminó en boda el 13 de septiembre de 1827. Espartero tenía ya 34 años y su esposa era la heredera de una importante hacienda. El viaje de novios les llevó a París cuatro meses, retornando a Logroño en enero de 1828.  Espartero llegó a ser el vecino más famoso de la capital riojana, ciudad en la que tuvo casa hasta su muerte en 1879.

Su dama, Dª. Jacinta, poseía sin duda encanto. Lo constató en 1843 el embajador USA en Madrid, el escritor romántico Washington Irving (autor de Cuentos de la Alhambra), que intentó seducirla sin éxito. Hubo que advertirle de que tuviese cuidado, pues el general era muy diestro con la pistola y con la espada.

Defensa de la causa liberal (1836-1839)

La muerte de Fernando VII, el 29 de septiembre de 1833 provocó una crisis dinástica que lo fue también de régimen. En sus últimos años, el rey atenuó el despotismo, dando amnistías e indultos a exiliados liberales. En torno a D. Carlos, el hermano del rey, se fueron agrupando los absolutistas, esperando que D. Carlos accediese al trono, dada la mala salud del rey. El nacimiento de Isabel II, en 1830, agudizó las tensiones políticas en torno a la sucesión de Fernando. La crisis sucesoria sería así más pretexto que motivo para proseguir la lucha entre el antiguo régimen y la revolución. La Revolución Española, iniciada en 1808-1812, retomada en el Trienio Liberal (1820-1823), alcanzaría su apogeo entre 1833 y 1843, con la victoria en la Primera Guerra Carlista. Un decenio que llevaría a Espartero a ser sucesivamente Jefe del Ejército, Primer Ministro y hasta Jefe del Estado, como Regente.

1836, año de la Batalla de Luchana, fue prolijo en acontecimientos. Se aplicó la Desamortización de Mendizábal, quien sería cesado por la Reina Regente el 15 de mayo. Ésta ordenó a Istúriz formar un nuevo gobierno. Pero será derrocado el 12 de agosto, por el Motín de los Sargentos de La Granja. El 13 de agosto, la Regente destituyó a Istúriz y nombró Primer Ministro al progresista Calatrava, quien contó en su gobierno con Mendizábal, hombre fuerte del gabinete y Ministro de Hacienda. Y restableció la Constitución de 1812, derogando el Estatuto Real de 1834, con convocatoria de Cortes Constituyentes, que elaboraron la Constitución de 1837.

Espartero recibió en septiembre de 1836 el mando del Ejército del Norte y se centró en la guerra. Con su promoción al mando empezó a cambiar el signo de la contienda, como lo demostró la liberación de Bilbao de su segundo asedio. Al año siguiente, sin dejar el mando, fue jefe de gobierno por primera vez, entre el 18 de agosto y el 18 de octubre de 1837. Invitado a entrar en la política por los moderados y por los progresistas, se decantó finalmente por estos últimos. El final de la guerra carlista en 1839, con el Abrazo de Vergara, elevó su prestigio, se le empezó a denominar “El Pacificador”, y se convertía en uno de los principales líderes del progresismo.

Jefe del liberalismo progresista (1839- 1841)

General en Jefe del Ejército y comandante de la Milicia Nacional, se decidió a intervenir en política. Con él, como dijo Romanones, comenzó en España la actuación en política de militares que habían ganado su fama en los campos de batalla: los espadones del militarismo hispano. Consciente de su poder y opuesto al conservadurismo de María Cristina, tras las revueltas de la milicia nacional de 1840, fue el candidato a Primer Ministro. Pero dimitió ante el insuficiente apoyo en las Cortes. De nuevo Primer Ministro del 16 de septiembre de 1840, al 20 de mayo de 1841, Espartero se convirtió en el jefe político del liberalismo progresista.

La pugna con la Regente se resolvió con la renuncia de Dª. María Cristina, el 12 de octubre de 1840. Para sustituirla, las Cortes nombraron a Espartero. La posición del general era muy sólida: lideraba el liberalismo progresista y tenía dos potentes resortes de poder: el ejército y la milicia nacional. No era un progresista radical al modo de Olózaga, Mendizábal u otros, ni un doctrinario, ni tampoco un revolucionario, pero fue el progresismo el que le respaldó frente a sus rivales en el Ejército, como el general Narváez. Y fue también el liberalismo radical quien le llevó al poder y lo mantuvo, entre 1839 y 1843.

Regente (mayo de 1841-julio de 1843)

La Regencia de Espartero resultó tormentosa. Su alianza con los progresistas era demasiado convencional. Una cosa era ganar la guerra, pero gobernar era algo distinto a dirigir las tropas. La gestión de Espartero hizo surgir pronto el descontento, incluso en el Ejército. En seguida comenzaron las conspiraciones En 1841, se produjeron varios pronunciamientos (Pamplona, Bilbao, Vitoria, Zaragoza, Madrid…). En la capital, se sublevó Diego de León, general de gran prestigio conocido como “la primera lanza de España”, pero las tropas de Espartero los derrotaron y las represalias fueron muy duras. Diego de León fue fusilado el 15 de octubre de 1841, sin que el regente hiciera uso del indulto.

Espartero se fue quedando sólo en el poder, sin más apoyo que el círculo de sus oficiales más leales, los llamados “ayacuchos”. A la pérdida de apoyo del Ejército se unió la rebeldía en Cataluña por las medidas librecambistas. Con Mendizábal, su Ministro de Hacienda, Espartero se alineó con Inglaterra en el librecambismo. La revuelta de Barcelona, en 1842, se sofocó bombardeando la ciudad. En 1843, en Reus, se sublevaron Prim y Milans del Bosch. En Andalucía, comenzó la revuelta en 1842, y fue allí donde los enemigos de Espartero lograron más fuerza. Era la segunda vez en las revoluciones hispanas del siglo XIX, que la liberal Andalucía tomaba la iniciativa, como en 1820, en un movimiento armado contra el gobierno. No fue la última.

Las elecciones de febrero de 1843 pusieron de manifiesto las discrepancias entre el Regente y los progresistas. Los modos autoritarios y castrenses de Espartero, le enajenaron su apoyo y, así, inaugurada la legislatura, su poder se desmoronó. El pueblo, que creó al ídolo, pasó de la idolatría al entusiasmo, del entusiasmo a la adhesión, de la adhesión al respeto, del respeto a la indiferencia, de la indiferencia al aborrecimiento, y de éste a la rebelión para expulsarlo del gobierno, de la regencia y de España.

Exilio y retorno al poder (1843- 1854)

A mediados de 1843, la regencia esparterista vivió sus últimos días. Moderados y progresistas se unieron en su contra y, con el respaldo armado de Narváez, Serrano, O’Donnell y Prim, derrocaron al Regente, que logró escapar a Inglaterra. Espartero fue despojado de títulos, grados, empleos, honores y condecoraciones, aunque le serían reintegrados en 1846. En 1849, Espartero pudo regresar a su casa de Logroño.

Tras once años de gobierno conservador, la llamada Década Moderada, con Narváez como brazo armado del poder, las alternativas revolucionarias en Francia y Europa de 1848 repercutieron en España con la Revolución de 1854, en que se coaligaron progresistas y muchos moderados, incluso Narváez, para imponer un cambio. Los progresistas crearon como siempre Juntas Revolucionarias. Espartero, que vivía en Logroño, se unió a la de Zaragoza. El triunfo de “La Vicalvarada”, en julio de 1854, cuyo manifiesto revolucionario redactó un jovencísimo Cánovas, derribó al gobierno del Conde de San Luis, que sólo tenía el apoyo de la Reina y de su camarilla.

O’Donnell había iniciado una rebelión moderada para acabar con el gobierno del Conde de San Luis, que acabó siendo La Revolución de Julio, de 1854, dirigida por los progresistas radicales con Espartero a la cabeza, con el cambio constitucional en su programa. Y entonces renació el mito de Espartero: el 29 de julio de 1854, Madrid le recibió en triunfo, aclamado como líder de la democracia y árbitro de la política nacional.  

Fuera del poder (1856)

El gobierno Espartero-O’Donnell, resultado de la revolución, no podía perdurar por la dificultad de aunar a liberales radicales y moderados en algo más que en derribar al anterior gobierno. Pronto vio Espartero que estaba siendo utilizado para sosegar los ánimos de los progresistas. Una posición incómoda y difícil, entre el radicalismo de la Milicia Nacional y el moderantismo de O’Donnell, preponderante en el bienio. En julio de 1856, Isabel II propuso a Espartero y a O’Donnell que ambos dimitiesen. Sólo dimitió Espartero y O’Donnell siguió con el apoyo de la reina. Tras tan chusco episodio de “borboneo” se produjeron violencias y enfrentamientos de las tropas de O’Donnell contra la Milicia Nacional y las Cortes.

En ese trance, más prudente que cansado o desengañado, Espartero llamó a los suyos a cesar la lucha para evitar una contienda civil y prefirió retirarse a Logroño, de donde ya no saldría en los años que le quedaban de vida.

Logroño, capital oficiosa de España

Su retiro logroñés fue bastante apacible. En la capital riojana vivió rodeado del aprecio general de sus convecinos. Alejado para siempre de la política activa, la fama y el prestigio de Espartero se agigantarían en su retiro hasta alcanzar las cimas de la leyenda: referente de todo el liberalismo español. Presidió la Sociedad Filantrópica de Milicianos Nacionales Veteranos, creada por su impulso en 1839 y que aún existe, y en Logroño recibió las más ilustres visitas y comunicaciones. La lista de visitantes egregios y emisarios alcanzaría su máximo nivel tras la Revolución de 1868.

Y así, los cambios del Sexenio Revolucionario, desde el pronunciamiento de septiembre de 1868, se le comunicaron a Espartero en Logroño por sus protagonistas o por enviados expresamente para ello. Como se le comunicó la constitución de 1869, o su candidatura a la corona en 1870 -que rehusó-, y la elección como rey de Amadeo de Saboya en 1871, que nombró a Espartero Príncipe de Vergara y lo visitó en Logroño. Y también la proclamación de la I República en 1873, los cambios de Presidentes republicanos y la promoción al trono de Alfonso XII, en 1874, le fueron puntualmente consultados y comunicados. Especial relevancia tuvo la visita a Logroño de Alfonso XII, para cumplimentarle, en 1875.      

El recuerdo de Espartero

En 1878 falleció Dª. Jacinta. Él lo haría seis meses después, ya en 1879, sumido en la inmensa melancolía que le sobrevino tras la muerte de su esposa. Los restos de ambos reposan en Logroño, en la Iglesia Concatedral de Santa María la Redonda, en un bello Panteón. Está situado en el pasillo que bordea la nave central de la iglesia, a la derecha, según se mira desde el altar mayor, del que está muy cerca.

Ha quedado en los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós, que dedicó a Espartero, no como protagonista, pero sí como personaje, un total de cinco: cuatro de la Tercera Serie, el cuarto, el séptimo, el octavo y el noveno, titulados Luchana, Vergara, Montes de Oca y Los Ayacuchos, y el cuarto de la Cuarta Serie, La Revolución de Julio. Es uno de los personajes más citados por Pérez Galdós en sus Episodios, más que O’Donnell, Prim o que su gran rival, Narváez. Entre sus biógrafos destaca el Conde de Romanones, autor de una de las mejores biografías sobre él, Espartero, el general del pueblo, publicada en 1942.

Y permanecen también las espléndidas estatuas de Espartero de Madrid, en la calle Alcalá, a la altura del nº 97, frente al Retiro, desde 1886, y de Logroño, en el Paseo del Espolón, desde 1895. En la de Madrid, como en su panteón, se le titula “El Pacificador”. Ambas se erigieron por medio de sendas suscriciones públicas. Y ambas las fundió el escultor barcelonés Gibert, autor también de la estatua de Sagasta que adorna la zona del Espolón de la capital riojana.

Españoles eminentes

Sagasta, el liberalismo de la restauración

Emilio Castelar y Ripoll: el tribuno de la democracia

Juan Álvarez y Méndez (Mendizábal).

Liberalismo y romanticismo: Donoso Cortés.

José Larraz y el concepto de Escuela de Salamanca.

Drogas: malas justificaciones del prohibicionismo

Todas las drogas deberían estar legalizadas. Siempre que no dañemos la propiedad de los demás, deberíamos de ser libres de hacer con la nuestra lo que deseásemos, sobre todo de nuestra piel hacia dentro donde, como le gustaba decir a Antonio Escohotado, empieza nuestra exclusiva jurisdicción. La historia del prohibicionismo es una historia reciente que en su brevedad ha causado demasiado sufrimiento y muertes.

Una de las consecuencias de la prohibición es que las drogas pierden pureza, que el consumidor, al tener que recurrir al mercado negro tiene menos y peores medios para comprobar lo que está comprando, que los vendedores tienen incentivos a vender sustancias más adictivas o a sintetizar las suyas para hacerlas más adictivas, que los ingresos del narcotráfico ayudan a financiar a grupos criminales y que la gente equipara el consumo de drogas como algo necesariamente negativo, estigmatizándolo y haciendo que los consumidores se aparten de la sociedad y no fomentando una buena educación sobre estas sustancias.

Sin buenas razones

No obstante, podríamos decir que, a pesar de las consecuencias negativas del consumo, las drogas deberían estar ilegalizadas por ciertos motivos suficientes para ello. El problema es que no hay buenas razones para prohibirlas. En primer lugar, prohibirte usar tu propiedad privada como desees, en este caso consumiendo las sustancias que estimes, es de primeras injusto. Requiere ejercer violencia contra alguien para impedirle actuar de una manera que en principio no daña a nadie. Por lo tanto, la prohibición de las drogas es prima facie injusta porque viola el derecho general contra la coerción dañina, atenta contra tu derecho a controlar tu propio cuerpo.

Si crees que tienes derechos propios, el derecho sobre tu cuerpo es el más obvio, y consumir drogas para el caso más claro de un ejemplo de ejercer el derecho de control sobre tu cuerpo. Si dañas el derecho de otro durante el consumo, entonces ahí sí que hay pena, pero no antes, no se debe castigar antes de cometer el daño, si no, se podría castigar todo tipo de conductas.

Por lo tanto, cualquier argumento a favor de la prohibición tendrá que demostrar más allá de cualquier duda razonable que esta agresión sobre la propiedad de cada ciudadano está justificada. Aunque la prohibición al consumo y compraventa delas drogas siempre será injusta, todavía podríamos aceptar que tuviese lugar en ciertos contextos siempre que pudiésemos encontrar una justificación lo suficientemente buena. Pero las razones para la prohibición no superan los derechos de los usuarios a su propiedad, por lo que carecen de cualquier justificación legal.

Justicia ante la ley

Podemos dividir las justificaciones del prohibicionismo, siguiendo el esquema de Michael Huemer en Justice Before the Law, en tres tipos: los que justifican la prohibición porque dañan al usuario, porque generan externalidades positivas o porque dañan a terceros.

En primer lugar, podemos defender el prohibicionismo porque el consumo de sustancias estupefacientes genera efectos nocivos muy importantes a los usuarios de estas. Las drogas pueden volverte adicto a ellas hasta el punto de que te puede dar una sobredosis o puedes volverte violento para conseguirlas, hacerte tan perezoso que hasta pierdas el trabajo, arruinar tus relaciones con tu familia, amigos y conocidos. Estos argumentos se basan en el paternalismo, en el principio según el cual está permitido ejercer violencia—al final es necesaria para imponer la prohibición, en forma última de encerrarte en una jaula—por tu propio bien. Si Fulanito fuma tabaco, bebe alcohol y come comida basura, no lo ilegalizamos, aunque más gente muera por los efectos de estas sustancias que por las ilegales.

Los usuarios supuestamente protegidos por el prohibicionismo se hacen daño únicamente por acciones voluntarias e imprudentes. Pero estos mismos no quieren los beneficios supuestos de la prohibición.  Imagina que en un hospital entra una persona con un riñón dañado por su mal uso de éxtasis, cocaína y metanfetamina. Esta persona las tomó conociendo los riesgos y de manera voluntaria. No quiere que en el hospital le curen haciéndole un trasplante de riñón. Los médicos le atan a la cama y le fuerzan a recibir un riñón nuevo contra su voluntad, dañándole en el proceso y gastando recursos que estarían mejor dedicados en otra actividad. Eso es lo que pasa cuando proteges a los usuarios prohibiéndoles el consumo. El remedio es peor que la enfermedad.

Paternalismo criminal

Los prohibicionistas paternalistas pretenden imponerse por la fuerza por nuestro propio bien. Pero envían a los consumidores de drogas a la cárcel, el peor sitio en el que vive parte de nuestra sociedad. Las cárceles son los sitios donde podemos encontrar el peor segmento de ciudadanos y más criminales por metro cuadrado (después del Congreso de los Diputados). Ir a la cárcel es mucho peor para el usuario que consumir felizmente en su casa.

El estado obliga al que viola la ley a pasarse meses o años en celdas rodeados de criminales, arruinándoles la vida al ser luego más difícil que se reinserten. Todos aquellos que han acabado en la cárcel porque los políticos buscaban lo mejor para ellos, están ahora mucho peor que si esos políticos no hubieran hecho nada. Es una coerción prolongada en el tiempo y muy dañina. Y para más INRI, tampoco esto les impide consumir drogas durante su tiempo en la cárcel. Así que el argumento paternalista no justifica la existencia de leyes contra el consumo, intercambio o producción.

Los argumentos paternalistas se basan en que se el usuario se hace daño a sí mismo y en que se genera adicción. Pero, como decía, estos motivos no sirven para justificar la prohibición de las drogas. A nivel mundial, el tabaco y el alcohol son las dos drogas que más muertes causan, de lejos (indirectamente como factor de riesgo para el desarrollo de otras enfermedades y también directamente). Y aun así el alcohol y el tabaco son legales. La droga que más muerte causa en EEUU, el fentanilo, por ejemplo, también es legal. Por lo que, siguiendo su coherencia interna, si de verdad se quisiese evitar el daño, estas dos sustancias estarían prohibidas.

Adicción

Tampoco se puede justificar la prohibición en que las drogas son muy adictivas. El tabaco y el alcohol son mucho más adictivos que la marihuana y el MDMA y aun así estos últimos sí que están prohibidos.

Para ver aún más claro por qué este tipo de argumentos no funciona, voy a presentar una analogía. Fulanito tiene un portátil y hace muy mal uso de él. Come encima del teclado, toca la pantalla con los dedos llenos de doritos, se le cae el Sprite encima del teclado, se le ha caído varias veces al suelo, se descarga programas que añaden barras al buscador ralentizando el portátil. Un buen día, el ordenador dejó de funcionar.

¿Cómo podemos impedir que Fulanito no vuelva a hacer mal uso de su portátil? Podríamos llamar a la policía para que le lleven a la cárcel, impidiendo así que maltrate su portátil y enviando una señal a Menganito para que no le imite.  Su comportamiento no ha violado ninguna ley, quizá la rabia de que el portátil no funciona le lleve a hacerlo, pero el maltrato del portátil no es ningún crimen. La pregunta es si debería serlo.

Responderemos que no porque el daño lo ha infligido a su propio ordenador. Si hubiese dañado el ordenador de otro o a alguien con su ordenador tirándoselo, por ejemplo, entonces sí. Pero como el daño se lo ha causado él a sí mismo, pensamos que no se le debe penar por ello. Por este mismo motivo, porque dañar presuntamente tu cuerpo no genera daños a otros, las drogas no deberían ser ilegales. Si hacerse daño a uno mismo no es ilegal, ¿por qué lo es usar sustancias que pueden generarte ese daño?

Imponer una forma de vida

Además, si crees que es legítimo darle al legislador el poder de usar la fuerza estatal para impedir a la gente consumir ciertas sustancias por ser nocivas para ellos, le concedes a la mayoría (o quien sea que dirija al legislador) el poder de imponer su modo de vida a la minoría. No se va a detener en las prohibiciones a la heroína, sino que también llegará hasta el alcohol, la nicotina, la cafeína o la carne. El mismo argumento que es válido para la cocaína puede serlo para la cafeína y hasta para los alimentos que podemos consumir y no.

Contra este argumento reside mi principal defensa a favor de las drogas. Siempre que las drogas se hayan conseguido legítimamente y sean nuestras, deberíamos poder hacer con ellas y con nuestro cuerpo lo que quisiéramos, y en esto incluye consumir estas sustancias. Se debe respetar la propiedad privada siempre y cuando su uso no inicie agresión contra un tercero. Tomar drogas es un acto que como mucho perjudica al usuario, es un delito sin víctimas. Por lo que se debe dejar que cada ciudadano decida dentro de su responsabilidad cómo actuar.

Otro tipo de argumentos dice que lo importante es que ilegalizar las drogas genera beneficios a terceros, es decir, genera externalidades positivas. Al ilegalizar las drogas, los usuarios se comportarán mejor en sociedad y además se disuadirá a muchos ciudadanos a consumir, generando así externalidades positivas.

La disuasión

Esto a primera vista no parece justificar la agresión a gente inocente. ¿Hasta qué punto podemos hacer daño a un individuo para beneficiar a los otros? Aceptando que al castigar a unos por consumir se genera una externalidad positiva al desincentivar que otros consuman, no podemos obviar que los castigados tienen un derecho de propiedad sobre su propio cuerpo y sobre las drogas adquiridas legitimante que nadie debería poder violar, ni por el beneficio de una persona ni de cincuenta. Por otro lado, la disuasión puede ser hasta contraproducente. Puede que haya gente, especialmente joven, que el motivo que los lleva a consumir es que es ilegal y buscan un acto de rebeldía. Si no lo fuese y viesen a sus padres consumir, puede que muchos no lo hiciesen al perder parte de ese encanto por estar prohibido.

Tampoco se justifica el hecho de que los usuarios vayan a ser miembros más integrados en la sociedad. Si una persona trabajase de funcionario, pasase sus horas libres tirada en el sofá, viendo la sexta y comiendo dulces, por muy malo para su salud física y mental que esto fuese y por poco que aportase a la sociedad, no lo ilegalizamos. Una manera de ver que este argumento no funciona es viendo que en otros casos con el mismo resultado—dejar de ser una persona productiva para la sociedad—, pero sin consumir drogas no estarían ilegalizados. Fulanito puede dejar su trabajo, abandonar a su familia y desentenderse de la sociedad volviéndose un ermitaño que mientras sea sin consumo de por medio no es ilegal.

Daños a terceros

Es decir, la generación de externalidades positivas en otros no es suficiente excusa. La disuasión, por un lado, no está garantizada. Y no ser un miembro productivo de la sociedad no supone un problema en ningún otro caso o, al menos, no se utiliza como justificación para prohibir, salvo al hablar de drogas. Por lo que estas justificaciones también son invalidas para defender el prohibicionismo.

En último lugar tenemos los motivos de daños a terceros. Estos supuestos daños no son causados por el uso de violencia, por lo que no deberían ser ilegales. Los llamamos daños coloquialmente, pero no son agresiones, son parecidos al daño que puedo ejercerte alguien al construir un edificio muy feo al lado de tu casa y te daña porque reduce el valor de tu propiedad o al montarse una empresa que te hace la competencia.

Hacer un daño figurado a alguien no es un crimen, debería seguir no siéndolo, y tampoco debería ser un motivante para ilegalizar las drogas. Nosotros solo tenemos derecho a no ser dañados cuando este daño sea causado por la violencia o el fraude, no por un comportamiento de otro que genere externalidades negativas o competencia en el mercado.

Prohibir las agresiones

Lo que debería ser ilegal es, por ejemplo, lesionar a alguien. Pero eso ya lo es. No hace falta lo que en derecho llamamos una ley del caballo, una regulación específica para la compraventa de caballos, como tampoco hace falta una regulación para las lesiones bajo los efectos de las drogas. Se deben prohibir las agresiones, no las actividades que creamos que suelen llevar a la comisión de crímenes. Igual que de normal no ilegalizamos grupos porque pensemos que son más propensos a cometer ciertos crímenes. Se castiga el crimen. Pero ahora mismo se castiga a los que quieren consumir drogas porque al hacerlo eres supuestamente más probable a cometer un crimen, más allá del crimen de consumir la droga.

De hecho, este motivo resulta contraproducente porque la prohibición genera más crímenes de otro tipo al ser las drogas ilegales una fuente de ingresos para los criminales, si no la principal. Veremos después exactamente como, pero por ahora basta decir que no tiene sentido prohibir algo con la excusa de que esto puede generar más crímenes cuando su prohibición causa aún más crímenes.

Los motivos para prohibir el consumo y la compraventa drogas fallan. No son suficientes para justificar la agresión a la propiedad privada los individuos que la regulación asociada a estos supone. Reclamemos la libertad en uno de los muchos campos en los que la hemos perdido estos últimos años.

Ver también

Diez razones para prohibir las drogas. (Adolfo Lozano).

Sócrates y la cocaína. (José Carlos Rodríguez).

Legalización del cannabis: liberalismo de Nozick contra el moralismo legal de Devlin. (Juan Morillo).

La droga es lo de menos. (Manuel Llamas).

¿Deberíamos prohibir las drogas si la prohibición es eficaz? (José María Escorihuela).

La batalla por Telegram y X es importante

Cuando el mes pasado se publicó mi artículo sobre las ventajas de tener tu propio nodo en casa para evitar la censura, no sabía que íbamos a tener un mes tan movido. Thierry Breton amenazó a Elon Musk por entrevistar al expresidente Donald Trump en su plataforma, el CEO de Telegram fue detenido en Francia por los crímenes que terceros realizan usando su plataforma y, finalmente, X fue prohibido en Brasil por no plegarse a la censura que el gobierno actual impone al resto de medios y redes sociales.

Hemos tenido tres tipos de reacciones a estas noticias:

  • Los que les parece bien el acoso a X y Telegram porque perciben que sus dueños favorecen discursos de derecha.
  • Los que ven con preocupación la situación, pero no tienen claro qué límite debe tener la libertad de expresión y qué papel debería jugar las plataformas en su control.
  • Los que consideran que la libertad de expresión es un derecho fundamental que no puede limitarse con la excusa de la desinformación o los discursos de odio.

Sobre el primer tipo de reacción hay poco que comentar. Es la mezcla habitual de autoritarismo y creencia de que los de tu lado siempre van a tener la sartén por el mango.

Para analizar el segundo tipo de reacción hay que mirar hacia atrás durante unos minutos.

Las élites contra internet

Cuando internet empezó a hacerse popular a finales de los años 90, era fiel a la tecnología en la que se basaba: una red descentralizada de ordenadores. Por medio de un módem y el cable de cobre de tu línea telefónica, unías a tu computadora a esa red, y todo el mundo entendía que eras libre de decidir con qué otro nodo te comunicabas. Si cometías un delito por medio de esas comunicaciones, se te aplicaba la ley local de la misma forma que se te hubiera aplicado si el delito lo hubieras cometido usando el correo postal. Era un mundo sencillo.

Fueron pasando los años e internet cada vez iba siendo más popular. Fuera de dictaduras como la China, no producía mucha preocupación. Ya sea porque arrastrábamos unos valores más fuertes sobre la defensa de la libertad de expresión o porque los medios tradicionales seguían marcando la tendencia política de los países, las redes sociales centralizadas se hicieron con una gran cuota del tráfico de internet sin que la censura estuviera sobre la mesa.

Pero llegó el año 2016. El Brexit y la victoria de Donald Trump lo cambiaron todo. Las élites de occidente entendieron que las redes sociales eran una amenaza y aprovecharon que estaban concentradas en pocas empresas situadas en California para proceder a su control.

Sofocracia

Un post de Elon Musk sobre la sustitución del emoticón de la pistola en las diferentes redes sociales resume sorprendentemente bien la evolución de la penetración de la censura. Por desgracia, tenemos muy poca memoria como sociedad. Ya casi nadie recuerda que el Twitter de 2015 era muy similar al actual Telegram. Existía la centralización del servicio, pero gracias a cierta desidia del departamento de moderación era la red social más libre de la época. Todo eso acabó en apenas cuatro años, con la pandemia como periodo negro en el que tu cuenta dejaba de tener visibilidad si el FBI así lo decidía.

Podemos tener un debate honesto sobre los límites de la libertad de expresión. Lo que no podemos tener es límites a la libertad de expresión que comienzan cuando una postura política que se silenciaba por los medios tradicionales pasa a ser popular gracias a las redes sociales. De insistir en esta postura, lo honesto sería reconocer que se aspira a vivir en una sofocracia.

En el tercer tipo de reacción hay dos grupos que andan discutiendo estos días: los que creemos que en la defensa de la libertad de expresión cada trinchera cuenta, y los que quieren replegarse a la que consideran que es la defensa definitiva: la descentralización de las redes sociales.

Musk y Dúrov, X y Telegram

Como hemos comentado en otros artículos, Nostr es un protocolo de red descentralizada que funciona con el espíritu del internet original, con la potencia de la tecnología que ha hecho tan resistente a Bitcoin. Los ataques de los gobiernos van dirigidos a las plataformas porque estas centralizan la información y, por tanto, son la clave a la hora del control. En cambio, en una red descentralizada es tremendamente complicado realizar lo mismo.

Soy el primer convencido de que un protocolo así es el futuro de la comunicación. Por comodidad, hemos sacrificado la soberanía individual (no confundir con la estatal) sobre tus datos. Pero se va a poder recuperar gracias al avance de la tecnología. Pero todavía no estamos ahí. De hecho, seguimos con polémicas de sueldos millonarios para programas de TV en pleno 2024, una tecnología que lleva lustros obsoleta. Pretender que las redes sociales centralizadas ya no importan y apostarlo todo al éxito de Nostr es pegarse un tiro en el pie.

Elon Musk y Pável Dúrov están defendiendo la libertad de expresión de todos. A su manera, con sus intereses y todas las miserias que vienen de serie con los seres humanos, pero su causa es una trinchera en la que creo que es importar estar.

Ver también

Nodos domésticos: tecnología antifrágil para nuestra libertad. (Fernando Parrilla).

El caso Twitter. (Fernando Herrera).

Telegram y la propiedad intelectual. (Fernando Vicente).