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Echando por tierra los principales argumentos a favor de las leyes antimonopolio

Walter Block. Este artículo fue publicado originalmente en FEE.

No hace falta estar muy arriba para darse cuenta del rechazo de la administración Biden a la fusión JetBlue-Spirit Airlines. Esta última está al borde de la quiebra. Tiene una deuda de 1.100 millones de dólares. Se enfrenta a los vientos en contra de un nuevo convenio laboral que aumenta el sueldo de los pilotos en un 34% y tiene problemas con sus motores Pratt & Whitney. JetBlue ofreció a Spirit una compra de 3.800 millones de dólares. Juntas sumarían una cuota de mercado del 10,5%, la quinta del sector.

Sherman y el origen liberticida de las políticas antimonopolio

Resulta sumamente difícil ver la lógica de esta negativa antimonopolio, a menos que se trate de proteger la cuota de mercado de los “cuatro grandes”: Delta (17,7%), American (17,2%), Southwest (16,9%) y United (16,1%).

La ética de la competencia

No ha sido ésta la única injerencia reciente de la administración Biden en la libre empresa. Otra tuvo lugar con su prohibición de que el gigante de la biotecnología Illumina readquiriera Grail por 7.100 millones de dólares. Estos burócratas también han acabado con los acuerdos entre las compañías aéreas Alaska y Hawaiian, entre las cadenas de supermercados Kroger y Albertsons, y entre los gigantes de los parques de atracciones Six Flags y Cedar Fair. Han sido abejitas ocupadas arruinando la economía estadounidense.

Una consideración más importante es preguntarse por qué necesitamos la ley antimonopolio en primer lugar. Al fin y al cabo, la ética de la competencia consiste en superar a los rivales para ofrecer a los consumidores un producto mejor y más fiable a un precio más bajo. Cuanto mejor lo hagas, mayor será tu base de operaciones… y más probabilidades tendrás de infringir la legislación antimonopolio. He aquí una política pública que explícita, consciente y deliberadamente reprime el espíritu empresarial, los beneficios, las ganancias y la satisfacción del cliente, los mismos ideales del sistema de libre empresa.

Las raíces podridas de la ley antimonopolio

Las justificaciones de este conjunto de leyes son varias. Desde un punto de vista académico, se deriva de un diagrama de microeconomía que se ha machacado en la garganta de los aspirantes a estudiantes de economía durante tantas décadas. A partir de él, han surgido cuatro acusaciones contra el llamado “monopolio”.

En primer lugar, el precio cobrado por el monopolista será más alto que el exigido por la industria perfectamente competitiva. ¿Pero qué hay de malo, necesariamente, en un precio más alto? Se paga más por un Maserati que por un chicle. ¿Deberíamos penalizar legalmente a los proveedores del primero? Por supuesto que no. La eficiencia económica -y también la justicia- requiere precios de libre mercado, que reflejen la escasez y la utilidad; no debemos aspirar únicamente a minimizar los precios a toda costa.

En segundo lugar, el monopolista producirá una cantidad menor que la industria perfectamente competitiva. Pero hay muchos menos automóviles de lujo que trozos de estos palitos masticables. ¿Deberíamos enfadarnos por ello? ¿Rectificar este “problema”? No sea tonto. No hay nada malo en producir menos de algo si eso es lo que se decide hacer.

Beneficios y peso muerto

En tercer lugar, el monopolista obtendrá beneficios en equilibrio, mientras que las empresas del sector perfectamente competitivo no los obtendrán. Pero los beneficios forman parte del sistema de libre empresa. Hacen girar la economía. Indican a los empresarios que inviertan en los rincones de la economía donde más se necesitan. Los beneficios son la llamada de auxilio del mercado. Sofocarlos es como imponer un control de decibelios a los excursionistas perdidos en la naturaleza. Además, si el monopolio se vende a un precio que refleje plenamente el valor actual descontado de este futuro flujo de ingresos por beneficios, los nuevos propietarios obtendrán beneficios nulos.

En cuarto y último lugar, y el más importante en contra del monopolio, está la pérdida de peso muerto. Se afirma que el área bajo la curva de demanda, entre la cantidad suministrada por las dos formas organizativas, es mayor que la que se encuentra bajo la curva de coste marginal. La diferencia es la pérdida de peso muerto. Los consumidores valoran la cantidad adicional más de lo que cuesta a los fabricantes producirla. Esto constituye, horrores, una presunta mala asignación de recursos.

El término “monopolista”

Pero ésta es una forma totalmente falaz de ver el asunto. Comete la falacia de hacer comparaciones interpersonales de utilidad, un gran no-no en cualquier buena economía. Intenta comparar las utilidades de compradores y vendedores, y no puede tener en cuenta el excedente de los productores o de los consumidores, que son meramente psicológicos y, por tanto, no pueden medirse.

He llamado monopolista al agente económico que arruina la economía en este ejemplo. Más correctamente, no es más que el vendedor único. La palabra “monopolista” debería reservarse para las empresas que pueden utilizar la violencia contra sus competidores, como la Oficina de Correos de EE.UU. para la entrega del correo de primera clase, o el Cuerpo de Ingenieros del Ejército, que no tiene que pujar contra sus competidores por los trabajos y accede a los fondos a través de los impuestos, no de un proceso voluntario. Lo mismo ocurre con los sindicatos, que pueden despedir a sus competidores (esquiroles) mediante la violencia legal.

¿Y los precios abusivos?

Ya está bien de que los economistas engañen al público sobre estas cuestiones mediante argucias académicas. Lo que teme el ciudadano de a pie es que si estas unificaciones de aviones y otras empresas se llevan a cabo, y/o las empresas se convierten en los únicos proveedores de sus respectivos sectores, subirán los precios hasta las nubes y renegarán de promover la satisfacción del cliente que les proporcionó el éxito que las hizo crecer en primer lugar.

Esta aprensión generalizada se debe a una interpretación errónea del caso de la ley Standard Oil de Nueva Jersey de 1911. Se utiliza a John D. Rockefeller como palo con el que golpear el caso para eliminar de raíz la ley antimonopolio. No es muy diferente a sostener una cruz para ahuyentar a un vampiro. John D. tiene fama de haber reducido sus precios muy por debajo de los costes, a escala local. Podía permitírselo, ya que podía financiar estas pérdidas con los beneficios de sus explotaciones de refinerías a escala nacional.

Simplemente, era el mejor

La competencia local estaba en bancarrota. No podían competir con sus precios artificialmente bajos y no tenían fuentes externas para financiarse en esta injusta reducción de precios que él les imponía. A continuación, JDR subía los precios hasta la estratosfera y se dirigía a la siguiente víctima. Con el tiempo, se hizo dueño de casi todo el negocio de las refinerías de petróleo en el país. Gracias a Dios por la ley antimonopolio. De lo contrario, los malvados monopolistas se apoderarían de toda la economía. O al menos eso es lo que suele decirse.

No es así, dice John McGee en un brillante análisis. El verdadero origen del éxito de la Standard Oil no tuvo nada que ver con esas maquinaciones injustas, inventadas, de recorte de precios locales. Más bien, el enorme éxito fue el resultado del hecho de que Rockefeller podía refinar el petróleo de forma mucho más eficaz y barata que sus competidores. Como resultado, pudo bajar los precios y beneficiar a los consumidores.

¿No se impondría una gran empresa?

En segundo lugar, la acusación de que, sin regulación gubernamental, una gran empresa dominaría toda una industria -quizá todo un país, no sólo en el sector del petróleo, sino también en el de la comida rápida, los comestibles, los automóviles, los aviones, etc.- es una tontería. La acusación es que tales empresas aplastarían a todos los competidores más pequeños. Si no trabajas o no eres cliente de uno de estos gigantes, no trabajas y no puedes comprar nada.

No. La única forma de que las empresas tengan éxito bajo las reglas de la libre empresa es haciendo mejores ofertas, no peores, a empleados, clientes y proveedores. En el momento en que se vuelven “arrogantes”, si es que alguna vez lo hacen, y dejan de ofrecer mejores bienes y servicios a precios más bajos, son aplastadas por la lógica del sistema de libre empresa: las supuestas “víctimas” se van a otra parte; surgen nuevos empresarios.

Si la gran empresa se apoderara de toda la economía, se enfrentaría a los mismos problemas que la economía socialista. Es cierto que la primera habría llegado a su estado actual (hipotético) a través de un proceso voluntario, lo permitimos, pero sólo arguendo, mientras que la segunda se hizo con el control a través de la coerción, una gran diferencia moral. Pero económicamente serían indistinguibles. Sin mercados -y no los habría en ninguno de los dos casos-, el cálculo económico sería imposible.

Un gigante lastimoso e indefenso

Los dirigentes de ninguno de los dos sabrían, podrían saber, si construir raíles de tren de acero o de platino; esto último, estipulemos, sería preferible, pero sin precios regidos por el mercado ninguno de los dos sabría que el platino debería reservarse para tareas más importantes. Además, sin un tipo de interés de mercado, no tendrían forma de saber si construir un túnel a través de la montaña o establecer una autopista a su alrededor. Lo primero costaría más ahora, pero ahorraría dinero en el futuro. Lo segundo, todo lo contrario.

No, la Gran Empresa Única sería un “gigante lastimoso e indefenso” sometido a la competencia abrumadora de un montón de liliputienses. Este proceso se produciría mucho antes de que una empresa fuera demasiado grande para sus pantalones, obviando todo este escenario. (Para más información sobre este punto, véase la discusión de Murray Rothbard “Vertical Integration and the Size of the Firm” de Man, Economy, and State).

Es hora de poner fin a la era antimonopolio

En conclusión: hay que permitir por todos los medios que se lleven a cabo todas estas fusiones. Si aportan un producto mejor, más fiable y a menor precio, todo irá bien. Si no, estas empresas perderán beneficios y se declararán en quiebra.

Pero vayamos más allá de estos casos concretos y reformemos el sistema que permite a los burócratas de la planificación central determinar qué fusiones reciben el visto bueno y cuáles no.

La economía a través del tiempo (XIII): jóvenes y estabilidad política para los egipcios

Las instrucciones de Merykara que hemos mencionado anteriormente muestran también la existencia de una correlación entre la estabilidad económica de los jóvenes y la estabilidad política de un país en términos generales. Así, aunque pudiera parecer algo intuitivo, los egipcios describen una serie de conclusiones que coinciden con alguna parte de la academia moderna.

Seguimos las traducciones de Sánchez (2020) que se vienen utilizando para conocer la literatura sapiencial del Antiguo Egipto. Según ellas, uno de los principios que un dirigente debe de tener claro es la necesidad de crear un contexto en el que los jóvenes puedan desarrollarse para que no surjan insurrecciones:

Ensalza a tus jóvenes y la corte te amará. Incrementa tus partidarios con milicias. Mira, tus conciudadanos quedarán complacidos teniendo nuevas adquisiciones. A los 20 años estos jóvenes se habrán sentido bien siguiendo su deseo y los hombres justos saldrán de nuevo. El padre de familia se presentará para ti del mismo modo que los muchachos quienes fueron reclutados en las levas. Fueron los antiguos quienes pudieron combatir por nosotros después de haberlos reclutado en mi coronación (p.72).

Jóvenes en una red clientelar

Es más, el consejo se centra en la importancia de dar a los más fieles. En recompensar a los que se han mantenido cerca del dirigente. Es decir, el manual egipcio redunda en la necesidad que tiene el rey de crear incentivos que fomenten la lealtad hacia su persona. Algo que en la actualidad podría estar relacionado con las conocidas como redes clientelares propias de algunos políticos o sistemas cuestionados y polémicos:

Magnifica a tus grandes y promueve a tus combatientes. Da en abundancia a los jóvenes de tus seguidores, suministra(los) con grandes cantidades, dóta(los) con campos y recompénsa(los) con rebaños.

Abstrayéndolo, la academia ha encontrado ejemplos mucho más modernos de la correlación existente entre la (in)estabilidad económica de la juventud y la (des)afección política. Así, García y Fernández (2014) concluyen en un estudio realizado tras la crisis de 2008 en España que los jóvenes tienden hacia la búsqueda de alternativas políticas separadas de lo convencional al encontrarse en una situación económica insegura. Es decir, existe una “inclinación de los jóvenes españoles por la utilización de mecanismos no convencionales como forma de mediación de su voluntad política ante una situación de crisis” (pp. 123-124).

Salirse por la tangente: más allá del bipartidismo

De hecho, aunque el estudio se realizó en España, el resultado es similar en otros países:

(…)a partir de la lectura de los resultados, lo que los jóvenes abandonarían son las soluciones institucionalizadas y la democracia de mayorías como espacio en el que dirimir la política, desplazándose en consecuencia hacia (…) el aumento del interés y atención de la juventud hacia nuevos actores, lo que llevaría el voto joven hacia partidos políticos emergentes. (…)

Dada la apertura de los jóvenes a nuevos enfoques políticos, constituyen el segmento de población más receptivo a la aparición de terceros partidos adicionales al bipartidismo, (…) cuestión que ha sido registrada ya en múltiples países occidentales como Reino Unido, Canadá, Irlanda o Noruega (p. 124).

García, F. J. F., & Fernández, O. A. S. Crisis política y juventud en España: el declive del bipartidismo electoral.

Desafección e insurrección

Es decir, sin un estudio similar al anterior que lo respaldase, la lectura sapiencial egipcia acaba llegando a la misma conclusión. Es posible que la desafección de la juventud desemboque en una insurrección. Esto puede parecer razonable, pues el joven se encuentra en un momento de su vida en el que posee la energía y las aspiraciones necesarias que resultarán en una estabilidad en el momento futuro en el que no pueda permitirse demasiados esfuerzos. El propio ímpetu natural de la persona de corta edad es resolver retos cuya dificultad vaya aumentando mientras se escala social y económicamente. Sobre todo en comparación con su posición en el mundo durante la infancia y la adolescencia.

Coartar este proceso puede producir frustraciones. Algo que a gran escala puede terminar en problemas sociales o la búsqueda de redirigir la desafección hacia el sistema político al que se le responsabiliza del contexto que les ha impedido la realización personal. En este sentido, y dado que las instrucciones de Merykara no buscan más que servir como guía política para el dirigente con un ligero toque maquiavélico (o juandemariano para Felipe II), es lógico que uno de los consejos vaya encaminado a buscar la estabilidad económica de los jóvenes, no tanto por su bienestar sino, más bien, por el bienestar del propio dirigente.

Sin distinciones

Además, la escritura egipcia insiste también en la necesidad de una idea similar a lo que hoy conocemos como igualdad de oportunidades. A saber, que todos reciban el mismo trato desde pequeños, independientemente de su origen (Sánchez, 2020):

No distingas más al hijo de un hombre (bien-nacido) que al de un plebeyo. Recurre a un hombre por sus acciones para que se realicen todos los trabajos artesanales […] para un señor de brazo poderoso (p. 73).

En definitiva, la juventud, su economía y el desarrollo de su trabajo se encontraba en el centro del pensamiento del Antiguo Egipto, siendo considerado como pilar fundamental de la estabilidad de la sociedad en su conjunto y, desde luego, como forma de asegurar la posición del rey y disminuir los riesgos de rebelión.

Bibliografía

García, F. J. F., & Fernández, O. A. S. (2014). Crisis política y juventud en España: el declive del bipartidismo electoral. SocietàMutamentoPolitica, 5(10), 107-128.

Sánchez, A. (2020) La literatura sapiencial egipcia. (Vol. I).

Serie La economía a través del tiempo

Liberalismo, tradición e identidad personal

Muchas veces se siente rechazo hacia el liberalismo por el hecho de no ser tradicionalista. Dicho más claro: un conservador siente que el liberalismo acabaría con todo tipo de tradición instaurada en una determinada región. O si no con toda, no estaría dispuesto a continuar en ella sólo por el hecho de ser tradición.

La distinción entre hombre y persona

Se debería comenzar analizando conceptos desde un punto de vista filosófico, resaltando la diferencia entre el “hombre” y la “persona”. El primero se refiere a aquella definición genérica de la humanidad como elemento de la naturaleza. Representa lo que todos compartimos en común, y que nos hace iguales entre nosotros. Lo que hace que un gato sea idéntico a cualquier otro de su especie.

La persona, sin embargo, se refiere al “yo”. Aquello que te hace diferente a otra persona. Ese autoconocimiento que te hace un ser consciente de aquello que haces. Bajo esta perspectiva, cada acción que realizas es irremplazable. Nadie puede hacer algo de igual forma que otro, porque entonces pasaría a ser parte de aquello que nos hace comunes. El simple hecho de ser, tener consciencia sobre ello y del “yo”, hace tus acciones únicas. Eres irremplazable precisamente por aquello que realizas.

Tradición a través de la lente de la individualidad

Teniendo en cuenta esto, nada que hagamos y que forme parte de una tradición tendría sentido catalogarlo como tal. Si es hecho por un “yo”, es algo irremplazable y, por tanto, no puede considerarse como una tradición. Si, por el contrario, esa tradición equivale o se explica bajo un factor externo, entonces no tiene nada de “persona”. Y por ello parecería algo carente de sentido o atractivo para continuar entre generaciones. Lejos de lo que puedan hacernos entender hoy día, realmente existe poco tejido autoritario tras las tradiciones españolas. Son una elección en la mayoría de las personas, más que actividades de carácter impuesto.

Podemos tomar la tradición desde la perspectiva que adoptó Aristóteles sobre la amistad. El filósofo dedicó un espacio significativo a explorar el concepto de amistad en su filosofía y le otorgó una alta importancia. La consideró una de las mayores virtudes, basada en el bien mutuo y en el reconocimiento del otro. Según Aristóteles, la amistad no implica renunciar al ‘yo’ en favor del otro, sino más bien reconocer y valorar a la otra persona, manteniendo la integridad de uno mismo.

Ética a Nicómaco

En su obra Ética a Nicómaco, Aristóteles distingue entre diferentes tipos de amistad: aquellas basadas en el placer, en la utilidad y en la virtud. Y se podría relacionar con el papel de la tradición en el tejido humano bajo estas definiciones.

A continuación correspondería hacer una exposición sobre la amistad puesto que es una virtud o le acompaña la virtud, y, además, es cosa muy necesaria para la vida, pues sin amigos nadie desearía vivir, aunque poseyera todos los demás bienes. ¿De qué sirve esta abundancia de bienes sin la oportunidad de hacer el bien, que es la más ejercitada y la más laudable hacia los amigos?

Aristóteles. Ética a Nicómaco.

La tradición, al igual que la amistad para Aristóteles, es una forma de trascender el “yo” y conectar con los demás, compartiendo una esencia común que va más allá de nuestra individualidad, aunque partiendo de ella. Así como en la amistad virtuosa ambos amigos se desean el bien el uno al otro por el mero hecho de ser quienes son, en la tradición encontramos un paralelo en el aprecio y la perpetuación de prácticas y valores no por beneficio personal inmediato, sino porque representan lo bueno y lo bello de nuestra cultura y sociedad.

Si bien la amistad podemos considerarla como algo relacionado con la vida íntima de una persona (en el concepto que la filosofía le da a esto), también se podría pensar que lo es la tradición y la forma de expresión que tiene en el ser humano.

Liberalismo y la elección de la tradición basado en la libertad

Por otro lado, cabría destacar también el papel de la filosofía en la definición de la libertad. La libertad es considerada activa, nunca pasiva. De existir una libertad que no se elige, que viene autoimpuesta, dejaría de atribuirse al “yo”, para hacerse algo común al “hombre”. Es por ello por lo que se considera la libertad como algo activo. Si nosotros elegimos la tradición bajo la libertad como individuos, entonces cabe pensar que existe un “yo” tras esa tradición que es común a muchos de nosotros. Visto que la tradición es algo intrínseco a la libertad, habría que pensar qué ocurriría con un sistema instaurado de liberalismo. Si nos centramos entonces en un sistema liberal, podemos considerar cuáles son aquellas de sus medidas que podrían confrontar con la tradición.

En primer lugar, liberales como Hayek reprochan que los conservadores pretenden frenar lo mejor que tiene el hombre, que es su aptitud para la aventura y para el progreso (*1). Continúa Hayek mencionando que “Los instintos éticos que hemos heredado solo responden parcialmente a las exigencias de una Sociedad Abierta (…). Esta Sociedad Abierta es incompatible con los códigos de comportamiento adquiridos en el pasado”. Sin embargo, líneas atrás, así como también lo hace Hayek, hemos afirmado que el orden o el comportamiento se genera a partir de comportamientos individuales. Esto se puede llevar a un punto de vista de comportamiento en sociedad, la formación de leyes, y por supuesto también a la tradición.

El liberalismo en práctica: la apertura de fronteras y la evolución de las tradiciones

Una de las medidas últimas que tiene el liberalismo es la apertura de fronteras y el libre flujo de personas. Digo último, porque puede haber consenso a la hora de decir que, de querer llevar a cabo un sistema libertario fructífero, la primera medida no debería de ser la de abrir fronteras en una hipotética primera legislatura y bajo condiciones que favorezcan el efecto-llamada.

Una vez se puede dar ese último paso, y una vez existe un punto en el que exista un flujo libre de personas, es ahí (y no en otro punto) donde nos deberíamos preguntar si realmente un sistema de estas características podría hacer degenerar las tradiciones de un determinado lugar. Desde luego el único problema vendría dado de las antiguas tradiciones, y no de las nuevas, ya que estas habrían emergido en función de los intereses de los nuevos (o no) habitantes de una determinada región.

Tradición y libertad: herencia y elección

No me gustaría pasar por este punto sin citar a Manuel Pimentel, que dice, románticamente, que las tradiciones y formas de ser de una zona dependen de la región, y no de la cultura. Apuntaba que en época del Al-Ándalus el sur de la península tenía una forma de ser más abierta que la gente del norte. Que de la misma manera ocurrió con sus predecesores, los visigodos, y los romanos. Y que se mantuvo más tarde en la época cristiana.

El alma de una ciudad ni se pesa, ni se mide, ni, mucho menos, se fotografía. Sólo se percibe, sólo se siente, por aquellas personas sensibles que se acercan a ella con humildad, no para pedir, ni tampoco a dar, sino simplemente a comulgar con su esencia inasible.

La clave está en reconocer que, en última instancia, las tradiciones son vividas y llevadas adelante por individuos, cuyas decisiones personales dan forma al tejido colectivo de nuestra cultura.

Entonces, si bien podría existir un momento en el que antiguas tradiciones se enfrenten a las nuevas, estas no dejarían de existir simplemente por existir una forma de organización distinta. Pues la libertad de cada persona, a priori máximo exponente en el nuevo régimen, no debería de ceder tales gustos de no continuar con una tradición que no sólo se elige activa y libremente, sino que se considera esencial, al nivel de la amistad, para la coexistencia de las “personas” más allá de los “hombres”.

(*1) Álvaro Delgado Gal, Conservadurismo y revolución

Ver también

De bruces con el orden espontáneo. (Vicente Moreno Casas).

¿La globalización destruye las culturas locales? (Juan Morillo).

Cómo entienden la cultura la izquierda y la derecha. (Miguél Solís).

A vueltas con el positivismo jurídico (IX): La fundamentación del liberalismo desde el derecho natural

En la entrega anterior concluíamos con una cita de Kukathas de la que se deducía que existen diversas formas de defender los puntos comunes que tienen entre sí los liberales. Y es que ni todos los liberales defienden exactamente los mismos principios, ni todos fundamentan esa defensa de la misma manera. Existe, eso sí, creemos, un núcleo con una serie de principios que defienden casi todos los liberales: libertad, propiedad, paz y la mejora en la condición humana. Pero las bases de su defensa, y la forma en la que dichos principios se articulan entre sí, varía.

En este artículo pretendemos presentar, por contraposición con las posturas liberales clásicas vinculadas con las teorías del “estado de naturaleza”. Un enfoque del liberalismo muy distinto. El cual, recuperando la ética aristotélica, pretende dar un nuevo fundamento al liberalismo, con el que salir, además, al paso de las críticas que este ha venido recibiendo en las últimas décadas desde diversas posturas.

Críticas de Rasmussen y Den Uyl

En efecto, si bien en la anterior entrega vinculamos las posturas inicialmente liberales -en referencia a Hobbes y Locke- con las teorías del estado de naturaleza, es lo cierto que no todos los liberales se suman a dicha vinculación. Algunos, como Rasmussen y Den Uyl, -en cuya fundamentación del liberalismo nos centraremos hoy-, la impugnan. Consideran que son pocos los beneficios heurísticos que de dicha supuesta base teórica pueden obtenerse, en comparación con los problemas que crea.

El motivo es que deja flancos importantes por los que los críticos pueden atacar. Entiende que vincula al liberalismo, como consecuencia de la relación anterior, con posturas relativistas, emotivistas, escépticas, atomistas, materialistas, universalistas, o minimalistas. Además, resaltan las consecuencias indeseables, para la sociedad, que se deriva de un liberalismo así fundamentado. Se pierden la comunidad o la virtud. Y tiene problemas de incoherencia, y un carácter autodestructivo de los propios principios liberales así entendidos.

En efecto, como señalan Rasmussen y Den Uyl, “el escenario mismo del estado de naturaleza es atomístico, relativista y no comunal[1]”. Y en él, los individuos no están sujetos a un bien independiente de los deseos de los actores principales de este estado de naturaleza. Así, difícilmente puede hablarse de un patrón o fundamento de la moralidad que pueda servir para valorar los citados deseos. Un mundo, en definitiva, en el que distinguir entre lo político y lo moral se hace muy difícil.

Minimalismo moral

Así, el liberalismo clásico, que centró sus esfuerzos en defender el valor de la libertad individual, tendió hacia un minimalismo moral como el mejor remedio para propiciar y defender la diversidad de los individuos. Y ello cuando no cayó en un individualismo excesivo, o incluso en el subjetivismo o en el escepticismo. Subjetivismo desde el momento en el que el individuo aparece como el único determinante del valor. Y escepticismo porque no parece posible decir qué es lo bueno para todos o el bien común.

Frente a esta postura surgió un “nuevo liberalismo”[2] que, convencido de que con dicho minimalismo moral se permitían todo tipo de abusos, trató de recuperar la ética, atribuyendo a la justicia un papel más amplio e importante, de forma que ésta -la justicia- sustituyese a la prudencia como la suprema virtud cardinal[3].

¿Bien o derecho?

Pero esa tendencia a reducir la ética a la justicia mantiene el problema de la inclinación hacia la minimización moral:

Si, en otras palabras, tienden a definirse las obligaciones morales centrales de una persona en términos de lo que debe a los demás, y si también se le debe dejar libertad para perseguir sus intereses personales de la forma que le parezca oportuna y hasta el máximo grado posible, entonces, conciliar estos extremos parece exigir un número mínimo de deberes interpersonales restrictivos[4].

Douglas E. Rasmussen,. Douglas J. Den Uyl. Las normas de la Libertad: Una base perfeccionista para una política no perfeccionista.

Además de que, como ponen de manifiesto los comunitaristas[5], el problema básico de ética liberal, tras ese proceso, acaba siendo, casi exclusivamente, el justificar y especificar derechos básicos.

Y es que el problema que tradicionalmente ha tenido el liberalismo, tal y como nuestros autores destacan, ha sido el de conciliar “el bien” (perteneciente a la esfera individual, entendido como interés propio o lo que uno considera adecuado para uno, y por tanto parcial, interesado y, por tanto, amoral) con “el derecho” (como perteneciente a la esfera universal y con el que se capta la moral, al ser desinteresado e imparcial). De esta forma, los teóricos morales liberales han tendido a gravitar hacia el derecho, en una tendencia a despreciar la naturaleza moral del bien y realzar aquél[6]. Las teorías del contrato social están. como puede entenderse, más impulsadas por el derecho que por el bien.

Condiciones para un comportamiento moral

Pues bien, nuestros autores de hoy -Rasmussen y Den Uyl-, ahondando en el problema de conciliación entre el bien y el derecho, articulan el fundamento del liberalismo reaccionando frente a las críticas que este liberalismo ha recibido desde uno y otro flanco. Por un lado, desde aquéllos que lo critican por tener los mismos fallos de la Ilustración, de la que supuestamente se deriva. Por otro lado, por quienes lo hacen desde posturas “comunitaristas”, que lo consideran como inadecuado para formar comunidades (o directamente como un cáncer que las va minando). Y, por otro, hasta llegar a ciertos conservadores, algunos de los cuales son teóricos del derecho natural.

Así, nuestros autores parten de que, como diría Spinoza, el ámbito de la moralidad es más amplio y profundo que el de la política y de que la política no es apropiada para la producción de la virtud. Acaban afirmando que el liberalismo no es una “filosofía política normativa”, sino, más bien, una filosofía política de “meta-normas”. No trata de guiar la conducta individual dentro de la actividad moral, sino de regular la conducta, de forma que puedan obtenerse condiciones en las que sea posible que tenga lugar la acción moral. Así, como expresamente señalan:

Un principio meta-normativo debe ser aplicable tanto a lo particular como a lo general, de la misma forma y en relación con el mismo aspecto, o retrocederemos a una promoción a priori de algunas formas de florecimiento humano en detrimento de otras[7].

Douglas E. Rasmussen,. Douglas J. Den Uyl. Las normas de la Libertad: Una base perfeccionista para una política no perfeccionista.

Principios meta normativos

Para estos autores, por tanto, la necesidad de los principios meta-normativos a los que arriba nos referíamos se basan en un rasgo de su ética, que, partiendo de los planteamientos aristotélicos, ellos denominan “perfeccionamiento individualista” (perfeccionismo en ética, pero no en política). Consiste en que cada persona desarrolle las capacidades, hábitos, juicios y virtudes a través de sus propios esfuerzos, sin que pueda ser resultado de factores que se encuentren fuera de su control.

Por tanto el citado florecimiento humano “es algo real, pero, al mismo tiempo, altamente individualizado, relativo al agente, inclusivo, autodirigido y profundamente social[8]”. Otros teóricos del derecho natural no están de acuerdo con esos rasgos. Esa autodirección es una característica singular cuya protección por parte del orden político–legal es congruente con las diversas formas de florecimiento. Un florecimiento humano que se fundamenta en dos postulados básicos: (1) supone que la naturaleza humana es teleológica (los seres humanos poseen un fin natural, “aquello para lo que algo existe”, sea o no un propósito consciente) y (2) supone que esa función natural tiene relevancia moral[9].

De esta forma es la naturaleza humana la que proporciona el marco y los parámetros generales del florecimiento humano. Ello no significa que el patrón para ponderar los bienes y/o las virtudes sea exclusivamente la naturaleza humana, pero sí que existen muchos bienes objetivos valiosos por sí mismos. No tiene que haber entre ellos incompatibilidad entre ellos. Se debe resolver la cuestión de su compatibilidad a la luz del nexo de cada individuo, por lo que no puede decidirse a priori.

Normas para vivir, normas para convivir

Por todo ello nuestros autores distinguen dos tipos de “normas”: aquéllas que nos dicen cómo vivir, y las que definen los escenarios de dichas interacciones:

Las normas y obligaciones que especifican cómo vivir, tanto con respecto a conseguir los propios objetivos, como a vivir entre los demás, son una cosa; las normas que definen los escenarios de estas interacciones y obligaciones son otra completamente distinta.

Las obligaciones que el individuo tiene para con todos los demás en este último caso, se deben a una necesidad compartida de actuar en un contexto socio–político pacífico y ordenado, o sea, son metanormas. Las obligaciones que el individuo tiene en el primer caso son una función de lo que es necesario para vivir bien y no resultan aparte de las acciones específicas, del contexto, cultura, tradiciones, intenciones y prácticas a la luz de las cuales o con base en las cuales actúa.

Esas acciones y contextos piden normas evaluativas a través de las cuales el éxito, la adecuación y mérito puedan medirse y juzgarse en los casos particulares. Los derechos individuales son metanormas pero no vienen exigidos por el progreso de una cultura o individuo, sino que ese progreso depende de ellos. Como tales, los derechos individuales son políticamente primarios[10].

Douglas E. Rasmussen,. Douglas J. Den Uyl. Las normas de la Libertad: Una base perfeccionista para una política no perfeccionista.

El papel de los derechos individuales

Unos derechos individuales que reconocen como “herencia histórica del liberalismo”, y que “no quieren abandonar[11]”. Pero que deben ser concebidos como principios meta-normativos. Por lo que no se remiten a preocupaciones estándar de la ética normativa, sino más bien al problema de cómo encontrar una base ética para la estructura político-legal de la sociedad. Por ello los derechos individuales, continúan nuestros autores, no son normas en el sentido de que nos guíen hacia la consecución de la excelencia moral o del florecimiento humano. Y, al contrario de lo que podría parecer, tampoco son principios normativos interpersonales comunes, sino

Un tipo de principio moral que debe prevalecer si queremos conciliar nuestra sociabilidad natural con las diversas formas de florecimiento. En otras palabras, necesitamos una vida social sólida, pero también tener éxito en cuanto individuos volcados hacia una forma particular de florecimiento[12].

Douglas E. Rasmussen,. Douglas J. Den Uyl. Las normas de la Libertad: Una base perfeccionista para una política no perfeccionista.

Recordemos que para los teóricos clásicos de las corrientes de derecho natural lo que preexiste, o debe preexistir, al derecho positivo no es la justicia, sino el derecho natural. Presuponen la virtud de la justicia el derecho. El acto primero el acto primero -el que instituye el derecho- es no un acto de virtud, sino de dominio. Es un acto de poder a partir del cual, una vez constituido, opera la justicia, dando a cada uno lo suyo. A partir de estos presupuestos, se ve que la fundamentación iusnaturalista que del liberalismo hacen nuestros autores es, cuando menos, particular. Y a su crítica desde posturas clásicas tanto de derecho natural, como positivistas, dedicaremos próximos artículos, para contraponerla con otras fundamentaciones iusnaturalistas del liberalismo como la de Rothbard.

Una ética del fin natural

No queremos acabar, sin embargo, sin antes citar la forma en que ellos mismos confrontan su iusnaturalismo con el de otros autores:

Nuestra teoría del individualismo perfeccionista es una teoría del derecho natural, si se entiende por este término una teoría ética para la que la naturaleza de los seres humanos es crucial para una comprensión, tanto de la bondad humana, como de las obligaciones morales.

Además, nuestra teoría es una ética del fin natural, porque consideramos la perfección o realización de la naturaleza humana como el telos de la conducta humana. Como hemos señalado en el capítulo 6, respaldamos una teleología natural cuando se trata de comprender la naturaleza de los seres vivos; sin embargo, no creemos que sea necesario extender la teleología ni a todos los seres ni al universo como un todo.

Además, no vemos que un compromiso con la teleología exija una dimensión supernatural. Y mientras que nuestra visión de la teleología pueda diferenciarnos de algunos teóricos del derecho natural cuando se trate de la metaética, es nuestra visión del florecimiento humano lo que nos diferencia de la mayor parte de estos. La diferencia fundamental en la ética normativa entre nosotros y la mayor parte de los seguidores de la ética del derecho natural es nuestra afirmación de que el florecimiento humano es esencialmente una actividad individualizada, relativa al agente y autodirigida (o elegida)[13].

Douglas E. Rasmussen,. Douglas J. Den Uyl. Las normas de la Libertad: Una base perfeccionista para una política no perfeccionista.

Notas

[1] Rasmussen, Douglas E.; Den Uyl, Douglas J.. Las normas de la Libertad: Una base perfeccionista para una política no perfeccionista Unión Editorial, S.A., Madrid, 2017, pág. 46

[2] Ibid, pág. 54

[3] Den Uyl, Douglas J, “The Virtue of Prudence”, Peter Lang, Nueva York, 1991.

[4] Rasmussen, Douglas E.; Den Uyl, Douglas J.. Las normas de la Libertad: Una base perfeccionista para una política no perfeccionista Unión Editorial, S.A., Madrid, 2017, pág. 59

[5] En este grupo incluyen Rasmussen y Den Uyl no sólo a autores como John Gray, Charles Taylor y Alasdair MacIntyre, que critican al liberalismo como una consecuencia de la Ilustración a la que le atribuyen los mismos fallos o problemas que a ésta, sino también otros como Michael Sandel y Roberto Unger. Se trata de un conjunto de pensadores que atacan la orientación del liberalismo que se basa en los derechos individuales en favor de los procedimientos comunitarios, de ahí la denominación de comunitaristas.

[6] Rasmussen, Douglas E.; Den Uyl, Douglas J.. Las normas de la Libertad: Una base perfeccionista para una política no perfeccionista Unión Editorial, S.A., Madrid, 2017, pág. 47

[7] Ibid, pág. 116

[8] Ibid, pág. 16

[9] Ibid, pág. 154

[10] Ibid, pág. 125

[11] Ibid, pág. 23

[12] Ibid, pág. 124

[13] Ibid, pág. 231-232

Serie ‘A vueltas con el positivismo jurídico

Historia de Aragón (II): Los orígenes del Reino de Aragón

En el primer artículo de esta serie, explicamos cuáles eran los pilares fundamentales del Reino de Aragón. Pero Aragón no siempre fue reino. Comencemos por el origen. Aragón se ha constituido a lo largo de su historia mediante guerras de conquista. Los reinos medievales se construyeron a partir de criterios muy diversos. Eran construcciones muy complejas en las que intervenían multitud de factores a lo largo del tiempo.

Aragón tiene una forma desde el punto de vista territorial totalmente aleatoria. Los accidentes geográficos en la época medieval condicionaban tremendamente el espacio. Pero Aragón no tiene ningún elemento geográfico que delimite el territorio. Durante mucho tiempo, los Pirineos no fueron una barrera geográfica tan decisiva como el río Ebro, algo que se verá cuando Carlomagno establezca su Marca Hispánica.

No había una unidad política antes del condado de Aragón. Hasta la época romana, el valle del Ebro y las montañas ibéricas junto a los Pirineos formaban parte de ese conglomerado de pueblos ibéricos a los que los romanos dieron nombre (no sabemos cómo se llamaban así mismos). Cuando el Imperio Romano desaparece en el siglo V, ese vacío de poder fue rápidamente ocupado. Se empezaron a perder infraestructuras que se habían mantenido gracias al Imperio Romano como los anfiteatros o teatros. De hecho, la población local comenzó a aprovechar esos materiales para construir sus casas.

Dos ciudades

En Aragón se instalaron poblaciones visigodas que habían recorrido el Imperio Romano hasta instalarse en el sur de Francia y la Península Ibérica. Los visigodos, instalados en Toledo desde el siglo VI, intentaron reconstruir el territorio a partir de lo que había sido el Imperio. Aplicaron criterios romanos, pero con instituciones jurídicas de carácter godo y con el cristianismo como factor importantísimo para la cohesión política tras el III Concilio de Toledo con Recaredo. Utilizaron las diócesis tardorromanas para vertebrar el territorio y los obispos pasaron a ocupar un papel muy importante en el mapa político.

En lo que hoy es Aragón sólo quedaban dos grandes ciudades romanas a la llegada de los visigodos. Tarazona, que había tenido obispos desde el siglo V, y Zaragoza, que tenía obispos documentados también desde el siglo V. Reconstruyeron el mapa político y religioso a partir de estos centros con una vida urbana más o menos activa. El resto era territorio rural, donde la explotación del medio hasta el siglo IV se había basado en grandes villas con campesinos dependientes y siervos, como la Villa Fortunatus. Esas grandes villas se empiezan a abandonar a partir del siglo IV, cuando la crisis es más importante.

Un centro cultural

La ciudad de Zaragoza va tomando cada vez más relevancia. Las fuentes escritas para el Aragón visigodo son escuetas y de carácter religioso. En Zaragoza había un importante episcopado y hubo un obispo en el siglo VII, Braulio, que dejó escritas varias cartas que enviaba a otros obispos como Isidoro de Sevilla, el gran referente cultural de la época. Braulio iba dando noticias de que Zaragoza tenía un gran centro cultural, pero no sabemos dónde se ubicaba.

Por analogías se ha dicho que debería estar donde se encuentra la actual Catedral de La Seo. Pero han aparecido muy pocos restos y ninguno concluyente. También hay dudas de si la mezquita sucedió a la catedral visigoda, porque debajo de la mezquita se han encontrado restos del templo romano.

Recapitulando, nos encontramos con un territorio con unas fronteras geográficas poco definidas, una ruralización de la población tras la caída del imperio romano, y muy pocos centros urbanos. Destaca la ciudad de Zaragoza. En el próximo capítulo hablaremos sobre el pasado musulmán de Aragón y la Marca Hispánica.

Serie ‘Historia de Aragón’

(I) Los pilares del Reino de Aragón

Los orígenes socialistas del Día Internacional de la Mujer

Por Reem Ibrahim. Este artículo fue publicado originalmente en el IEA.

El lema del Día Internacional de la Mujer de este año fue #InspirarInclusión, una de esas frases tópicas que no hacen más que señalar la adhesión a la ortodoxia progresista woke de nuestro tiempo. El feminismo, un movimiento que en sus orígenes era fácilmente compatible con el liberalismo clásico, ha sido asumido desde hace tiempo por la izquierda progresista, que a menudo achaca incorrectamente “problemas” como la brecha salarial entre hombres y mujeres a la discriminación sexista. Pero, ¿alguna vez fue así? ¿Es el Día Internacional de la Mujer un día de celebración, de protesta… o una hábil estratagema de marketing?

Día Internacional de la Mujer

El Día Internacional de la Mujer nació en 1909, después de que Theresa Malkiel, refugiada rusa y organizadora sindical, liderara una huelga en Manhattan (Nueva York). Malkiel formaba parte del comité de mujeres del Partido Socialista de Estados Unidos e intentaba animar a más mujeres a participar activamente en el movimiento socialista. El 28 de febrero de 1909, tras una declaración del Partido Socialista de América, miles de mujeres se manifestaron en Nueva York. La fecha fue elegida para conmemorar el aniversario de la huelga de la industria de la confección liderada el año anterior por el Sindicato Internacional de Trabajadoras de la Confección. Tres años después, la activista socialista Meta L. Stern reflexionó sobre la reunión:

La primera observación de nuestro Día de la Mujer nacional tuvo tanto éxito que el Día de la Mujer pasó a ser generalmente aceptado como una fiesta socialista anual.

Propaganda de los regímenes comunistas

La celebración del Día Internacional de la Mujer se convirtió más tarde en una oportunidad para que los regímenes comunistas del siglo XX lanzaran propaganda estatal centrada en la mujer. Por ejemplo, en la República Socialista Popular de Albania y en la República Socialista Soviética de Letonia se regalaban flores a las mujeres para celebrar su emancipación laboral. Pero, según Monika Vrzgula, de la Academia Eslovaca de Ciencias, se trataba de una falsa representación populista de su verdadera posición:

Se alababa a las mujeres como emancipadas, capaces de ser excelentes en el trabajo y en el hogar. Esto era falso y estaba muy alejado de la vida real de las mujeres y de su posición real en la sociedad.

En lo que sólo puede describirse como un trágico periodo histórico para esos países, en el que millones de personas perdieron la vida a manos de una ideología peligrosa, el Día Internacional de la Mujer fue la oportunidad perfecta de marketing populista dirigido a las ciudadanas.

“Conmemoración lenta”

Es probable que la mayoría de los que celebran hoy el Día Internacional de la Mujer desconozcan los orígenes socialistas de la festividad y, obviamente, no hay nada inherentemente “socialista” en ella. Pero el Día Internacional de la Mujer sigue estando fuertemente “codificado por la izquierda”. Podría decirse que no se ha alejado tanto de sus orígenes.

Es cierto que no he conocido la historia del DIM hasta este año. La confusión en torno a su origen es, en muchos sentidos, lo que lo convierte en la estratagema de marketing moderna perfecta: permite que un amplio abanico de empresas y activistas por igual hablen de lo que deseen. El Día Internacional de la Mujer es lo que la profesora Sarah Jones describe como “conmemoración lenta”. Es una fecha de nuestro calendario que parece celebrar algo concreto, pero su significado es “escurridizo”, es decir, se vincula a múltiples historias y múltiples significados. El DIM puede contener contenidos “para persuadirte de que luches por algo, votes por algo o simplemente compres algo”.

La libertad económica

Sin duda es una fecha para la que se preparan las feministas de todo el espectro político, aprovechando la oportunidad (como suelen hacer) para debatir cuestiones específicas de la mujer. Por desgracia, la mayor parte del debate actual sobre la igualdad de género opera a través del prisma de las ideologías de izquierda, que sostienen que el capitalismo oprime a las mujeres y que la solución a muchos de los problemas a los que se enfrentan las mujeres es más gobierno. Los izquierdistas han dominado el feminismo durante demasiado tiempo, perpetuando peligrosas narrativas victimistas que enseñan a las mujeres que no podemos competir con nuestros homólogos masculinos y que, en su lugar, debemos depender de medidas de discriminación positiva genuinamente discriminatorias.

Esto no podría estar más lejos de la realidad. La libertad económica ha permitido a las mujeres poseer sus propios bienes y ganar su propio dinero. Los esfuerzos capitalistas, desde el lavavajillas hasta la píldora anticonceptiva, dieron a las mujeres la autonomía y la libertad de perseguir su propio destino, en lugar de que se lo dictaran los hombres.

Todavía hay muchas mujeres en el mundo que no gozan de estas libertades. En Irán, las mujeres deben obtener permiso de los hombres para estudiar, trabajar o viajar, y las niñas pueden ser obligadas a casarse a los diez años. En Yemen, una mujer se considera media persona en el ámbito jurídico, lo que significa que su testimonio vale la mitad que el de un hombre. Y en todo el mundo se sigue obligando a las mujeres a contraer matrimonios infantiles, y muchas pierden la vida a causa de crímenes de honor.

Tal vez deberían ser el centro de atención del Día Internacional de la Mujer.

Ver también

La Suecia ‘laissez faire’ tuvo la menor mortalidad de Europa de 2020 a 2022

Por John Miltimore. Este artículo fue publicado originalmente en FEE.

Gore Vidal dijo una vez que “os lo dije” son las cuatro palabras más bellas de la lengua inglesa. Quizá por eso es difícil resistirse a compartir nuevos datos que demuestran que la tan denostada respuesta sueca a la pandemia fue acertada después de todo.

El miedo a la libertad

Para aquellos que lo hayan olvidado, Suecia fue criticada por los medios de comunicación corporativos y los políticos estadounidenses por su estrategia Covid-19, más liberal. Muchos se mostraron francamente hostiles con los suecos por negarse a cerrar escuelas, clausurar empresas y reforzar la policía para hacer cumplir los mandatos.

He aquí una muestra de titulares:

  • Why the Swedish Model for Fighting COVID-19 Is a Disaster” (Time, octubre de 2020).
  • The Inside Story of How Sweden Botched Its Coronavirus Response” (Foreign Policy, diciembre de 2020).
  • “Sweden Stayed Open And More People Died Of Covid-19, But The Real Reason May Be Something Darker” (Forbes, 2020).
  • “Sweden Has Become the World’s Cautionary Tale” (New York Times, julio de 2020).
  • “Acabo de llegar a Suecia. I’m Horrified by the Coronavirus Response Here” (Slate, abril de 2020).

Esto es sólo una muestra de las reacciones contra Suecia en 2020. Al optar por permitir que sus 10 millones de ciudadanos siguieran viviendo vidas relativamente normales, Suecia estaba, en palabras de The Guardian, llevando no solo a los suecos, sino al mundo entero “a la catástrofe.”

Incluso el entonces presidente Trump entró en la acción de abofetear a Suecia. “Suecia está pagando muy cara su decisión de no bloquear”, advirtió el presidente en Twitter.

Laissez-faire

A pesar de la retórica premonitoria, las peores predicciones para Suecia nunca se materializaron. De hecho, ni siquiera se acercaron. En marzo de 2021, era evidente que Suecia tenía una tasa de mortalidad más baja que la mayoría de las naciones europeas. Al año siguiente, Suecia ostentaba una de las tasas de mortalidad más bajas de Europa.

En marzo de 2023, Suecia tenía la tasa de mortalidad excesiva más baja de toda Europa, según algunos conjuntos de datos. Y aunque algunos no estaban dispuestos a admitir que Suecia tenía el menor exceso de mortalidad de toda Europa, incluso el New York Times, que se había burlado de la estrategia sueca contra la pandemia, admitió que el enfoque de laissez-faire del país no era el desastre que muchos habían predicho.

Más recientemente, el economista danés Bjørn Lomborg compartió un análisis estadístico basado en datos gubernamentales de todos los países europeos desde enero de 2020 hasta agosto de 2022. El estudio demostró que Suecia tuvo la tasa de mortalidad acumulada estandarizada por edad más baja de toda Europa en ese período.

“En toda Europa, Suecia fue el país con menos muertes totales durante y después de Covid”, afirmó Lomborg en X (antes Twitter).

Una falacia económica para gobernarlos a todos

Algunos dirán: “¿Cómo íbamos a saberlo?”. La cruda verdad es que algunos sí lo sabíamos. En marzo de 2020, advertí de que las “curas” gubernamentales para el Covid-19 probablemente serían peores que la propia enfermedad. Al mes siguiente, sostuve que la política sueca de laissez-faire era probablemente más eficaz que el enfoque de línea dura favorecido por otras naciones.

Escribí estas cosas no porque sea un profeta, sino porque he leído un poco de historia y entiendo de economía básica. La historia demuestra que las respuestas colectivas durante los pánicos no suelen acabar bien, y el economista Antony Davies y el politólogo James Harrigan explicaron por qué cerca del comienzo de la pandemia. “En tiempos de crisis, la gente quiere que alguien haga algo y no quiere oír hablar de compromisos”, señalaron los autores. “Éste es el caldo de cultivo de las grandes políticas impulsadas por el mantra ‘si con ello se salva una sola vida'”.

La cuestión es que las compensaciones son reales. De hecho, la economía es en gran medida un estudio de ellas. Cuando elegimos una cosa, renunciamos a otra, y evaluamos los resultados en función de lo que obtenemos frente a lo que dejamos. A esto lo llamamos coste de oportunidad. Sin embargo, durante la mayor parte de la pandemia, hubo quienes no quisieron prestar ninguna atención a los costes de oportunidad o a las consecuencias imprevistas de los bloqueos gubernamentales, y fueron legión. Esta es la gran falacia económica de la que Henry Hazlitt advirtió hace décadas.

La advertencia de Henry Hazlitt

Hazlitt, autor de La economía en una lección, afirmaba que pasar por alto las consecuencias secundarias de las políticas suponía “nueve décimas partes” de las falacias económicas del mundo.

Hay una tendencia persistente de los hombres a ver sólo los efectos inmediatos de una determinada política y a descuidar la indagación de cuáles serán los efectos a largo plazo de esa política.

Este fue el defecto fatal -bastante literal- del Estado de Covid. Sus ingenieros no se daban cuenta de que no estaban salvando vidas, sino comerciando con ellas (tomando prestada una frase de Harrigan y Davies).

Los bloqueos no eran científicos y resultaron ineficaces para frenar la propagación del Covid, pero incluso si hubieran funcionado, trajeron consigo graves daños colaterales: cayeron en picado las pruebas de detección del cáncer, se disparó el consumo de drogas, se perdió el aprendizaje y estalló la pobreza mundial. La depresión y el desempleo se dispararon, las empresas quebraron y llegó la alta inflación. A los bebés se les negó la cirugía cardíaca debido a las restricciones de viaje, aumentaron los suicidios juveniles… la lista es interminable.

La oscura verdad es que los encierros no se basaban en la ciencia y tuvieron un efecto secundario bastante desafortunado: mataron a gente.

Un gigantesco experimento

Las consecuencias secundarias de los encierros y otras intervenciones no farmacológicas (NPI) causaron daños irreparables a los seres humanos que se experimentarán durante décadas. En palabras de la New York Review, los encierros fueron “un gigantesco experimento” que fracasó. El principal experto sueco en enfermedades infecciosas, Anders Tegnell, fue una de las pocas personas que comprendió que los encierros probablemente no funcionarían. Y aunque Tegnell no es economista profesional, parecía entender la lección de las consecuencias secundarias mejor que muchos economistas.

“Los efectos de las diferentes estrategias, cierres y otras medidas, son mucho más complejos de lo que entendemos hoy”, dijo a Reuters en 2020, cuando su estrategia estaba en el punto de mira. Al comprender este principio económico básico y tener el valor de mantenerse firme en sus convicciones, Tegnell pudo evitar los efectos perniciosos de los bloqueos, una política que sedujo a tantos planificadores centrales. Hoy, muchas más personas viven en Suecia gracias a él. Y Anders Tegnell no debería tener reparos en decir: “Os lo dije”.

Ver también

¡Quién sufriera una dictadura de Javier Milei!

El recientemente elegido presidente de Argentina, Javier Milei, quería liberalizar la economía de su país a marchas forzadas para posibilitar el crecimiento de la riqueza desde el primer momento. Que eliminar regulación facilita la creación de riqueza por los emprendedores, creo que necesita poca argumentación. Y, en todo caso, yo tampoco podría mejorar la que dio el presidente argentino en la alocución con que presentó sus medidas, a la que remito al lector. Consecuentemente, Milei planeaba derogar un montón de normas que regulaban aspectos diversos de la actividad empresarial en su país, algunas de ridiculez apabullante.

La sorpresa viene cuando vemos que dichas normas liberalizadoras, que no hacen más que devolver la libertad a los individuos al eliminar restricciones administrativas para su actividad, sufren obstáculos en el Congreso argentino causados por los representantes de los mismos individuos a los que se va a dar más libertad. Obstáculos que llevaron al presidente a retirar su ley del debate parlamentario hasta nueva orden.

La cuestión que se suscita es a mi entender peliaguda: ¿pueden los representantes del pueblo oponerse a que se le devuelva al pueblo la libertad? Y es peliaguda porque, en el fondo, la discusión va de democracia y libertad, algo que amplias capas de la sociedad ven como idénticos.

¿Permiso para restituir la libertad?

El sentido común te dice que, si vas a poner obligaciones a alguien, le tendrías que pedir permiso y, posiblemente, explicar por qué dichas obligaciones, limitaciones de su libertad, son buenas para él. En cambio, si le vas a quitar las obligaciones que le estaban coartando, ¿necesitas su permiso? Es absurdo: se las podrás quitar y, si él quiere seguir teniéndolas, que se sujete a ellas voluntariamente.

Es por ello que los reyes de Castilla convocaban las Cortes cuando querían fijar un impuesto, pero no hay registros de que las convocaran para quitarlo. Nadie necesita permiso para quitar un impuesto, pero sí es necesario dicho permiso para ponerlo. De la misma forma, los Estados Generales que convoca Luis XVI, sin saber que supondrán su perdición, no eran para levantar los impuestos a los ciudadanos, sino para imponerles unos nuevos.

Con este análisis, es claro que Milei no debería necesitar ningún permiso para derogar aquellas normas que en la actualidad suponen mermas a la libertad de los argentinos. Lo podría hacer mediante lo que solemos llamar “decretazo”, sin tener en cuenta los organismos establecidos democráticamente.

Evidentemente, si hiciera esto, se le calificaría de tirano y antidemócrata. Pero, ¿cómo puede ser que un tirano reduzca voluntariamente su poder devolviendo la libertad a los oprimidos? Hay una clara contradicción in terminis. ¿Sería un tirano Milei por no aprobar sus decretos de liberalización mediante un procedimiento democrático? ¿No lo es, en cambio, quien aprueba medidas contrarias a la libertad, eso sí, por cauces democráticos (como, por cierto, hacen las instituciones europeas)? ¿Qué es más importante, vivir en libertad o vivir en democracia?

Libertad-democracia

Esa es la pregunta que tenemos que responder para determinar si Milei es un tirano o no. Desde un punto de vista económico, la respuesta no ofrece dudas: la libertad, el mercado libre, es el motor que permite el crecimiento de la riqueza y la mejor satisfacción de las necesidades de los individuos. Desde el punto de vista moral, para muchos tampoco ofrece dudas que la libertad es el valor superior, pero aquí ya no se puede soportar la respuesta científicamente. Empíricamente, todos recordamos o conocemos países “democráticos” de los que la gente huía o huiría si pudiera, empezando por la antigua República Democrática de Alemania, y alcanzando la República Popular Democrática de Corea (la del Norte).

A mí no me cabe duda de que tener libertad es mucho mejor que tener una democracia, y que la libertad es compatible con regímenes dictatoriales (entendidos como aquellos en que el pueblo no elige al jefe de Gobierno). En todo caso, lo que se observa en Argentina, y padece Milei, es que la democracia puede ser un obstáculo para la libertad, por extraño e increíble que suene.

Ánimo, Milei

¿En qué condiciones ocurre esta oposición libertad-democracia? Una de las razones evidentes tiene que ser la existencia de los privilegios a que hacía referencia en el artículo anterior: solo los privilegiados que están beneficiándose de la ausencia de libertad de la sociedad se pueden oponer a que ésta recupere aquella. De ello se deduce que la abolición de derechos-privilegios y la recuperación de la libertad son situaciones equiparables, la una va con la otra.

Solo queda animar a Milei a que siga por el camino que ha emprendido, de eliminar privilegios y devolver libertades a los argentinos, aunque ello le suponga la calificación de dictador (que no tirano) y antidemócrata. No tardarán en verse los resultados, y todos desearemos “sufrir” una dictadura como la de Milei. Tanto la deseamos que le acabamos de otorgar el premio 2024 del Instituto Juan de Mariana.

Ver también

Los desiguales efectos de la inflación

Siempre me ha parecido muy interesante estudiar los efectos de ciertos fenómenos o políticas económicas sobre la desigualdad, con el afán de analizar cómo, en multitud de ocasiones, algunas políticas públicas logran un efecto inverso al inicialmente planeado. De hecho, mi TFG, titulado A double-edged sword? The impact of quantitative easing on inequality in the Eurozone trataba precisamente de analizar los efectos que la política monetaria del BCE había tenido sobre la desigualdad en la Eurozona.

En esta línea, durante los últimos dos años aproximadamente, debido a los elevados niveles de inflación que se han vivido en gran parte del mundo, muchos economistas nos hemos preguntado sobre cómo la inflación afectaría de manera heterogénea a las distintas capas de la población. En este caso, recurrir a la literatura académica al respecto y especialmente a la teórica ha servido para plantear al menos un marco analítico que nos sirva para estudiar este fenómeno en detalle. Para ello, cabe plantear al menos tres canales a través de los cuales la inflación tiene efectos redistributivos sobre la riqueza: el canal de ingresos, el canal de riqueza o canal de Fisher y, por último, el canal de consumo real o inflación personal.

El canal de los ingresos

El primer canal suele ser el más comentado en medios de comunicación y prensa generalista cuando se estudian los efectos de la inflación, ya que es el más “tangible” y observable en el día a día por el efecto de la inflación sobre las principales fuentes de ingresos del grueso de la población: salarios y pensiones. La inflación, entendida como el aumento de precios de bienes y servicio y calculada a través de una cesta de consumo de bienes representativa de un hogar medio (IPC), devalúa los salarios reales siempre que el precio de dichos bienes y servicios crezca a un ritmo mayor que los salarios nominales. Esto, a su vez, disminuye nuestra capacidad de ahorro e inversión, ya que si debemos destinar una mayor parte de nuestro salario a bienes y servicios básicos, el monto restante para ahorro e inversión se verá disminuido.

El canal de la riqueza

El segundo canal, el canal de riqueza, procede de las teorías de Irving Fisher. La idea general se basa en que la inflación redistribuye riqueza de ahorradores a deudores a través de activos nominales, es decir, activos cuyo valor no se actualiza con la inflación, como un depósito bancario. Es decir, las deudas, en términos reales, se reducen con la inflación, incrementando la riqueza neta de los deudores, mientras el ahorro se devalúa con la inflación (pensemos en dinero metido en un depósito bancario), reduciendo la riqueza neta del ahorrador ceteris paribus (sin contemplar el efecto sobre activos bursátiles, valores de vivienda, etc.).

En este marco -quizás simplista, pero útil para una primera aproximación-, al aumentar la inflación y disminuir el valor de un activo nominal, la inflación reduce el valor de lo ahorrado, ya que el ahorro mantiene su valor expresado en una unidad monetaria, mientras el precio de los bienes y servicios aumenta, a la par que se reduce el valor nominal de las ya mencionadas deudas. Cabe destacar que este canal tiene efectos en ambas direcciones, empobreciendo y enriqueciendo a unos y otros dependiendo de nuestra posición ahorradora/deudora en activos nominales.

El canal del consumo

El tercer canal, de consumo personal, se basa en el hecho de que, aunque exista una cesta promedio de consumo basándose en la cual se calcula el IPC, la realidad es que cada uno de nosotros tiene una cesta de consumo distinta. Esto hace que, al no ser la tasa de inflación la misma sobre todos los productos, dependiendo de qué consumamos y en qué proporciones, la inflación nos afectará de manera heterogénea. Por lo tanto, cada consumidor experimentaremos una tasa de inflación personal distinta.

Si la diferencia entre la tasa de inflación general y nuestra tasa de inflación personal es positiva (la inflación general es mayor que la inflación personal), nuestra capacidad de ahorro incrementará en términos reales, ya que nuestro gasto será menor que el de la media de la población en proporción sobre ingresos, y lo contrario ocurrirá si nuestra inflación personal es mayor que la inflación general.

Estudio del Banco de España

Al analizar estos tres canales en conjunto surge la duda de cuál sería el efecto total de la inflación al combinarlos en un solo análisis, quedando claro que todo ello dependerá de la posición ahorradora/deudora, la evolución de los ingresos y su diferencial con la tasa de inflación y la cesta de consumo personal. Aunque todo ello es muy difícil de cuantificar y puede incluso resultar algo inexacto, pero un paper reciente, el Banco de España (2024) ha realizado una estimación bastante buena a partir de microdatos bancarios de los clientes de BBVA, a pesar de lo pequeño de la muestra. El trabajo se centra exclusivamente  en el año 2021 y combina información de activos y pasivos, ingresos y consumo desagregado con frecuencia mensual.

Los resultados del estudio muestran que las personas de entre 36 y 45 años, de media, no se vieron muy afectadas por la inflación, y algunas con elevadas deudas llegaron incluso a beneficiarse en neto de la inflación. La razón para esto es que, de media, este rango poblacional suele hallarse muy endeudada, especialmente con deudas nominales constituidas como hipotecas. Por lo tanto, aunque estos pierdan capacidad adquisitiva por el canal de ingresos (inflación mayor al crecimiento de los salarios nominales), estas perdidas se ven compensadas por el canal de riqueza al aumentar el patrimonio neto por la disminución del valor real de la deuda por la erosión generada por la inflación.

Los jubilados, los más perjudicados

Por otro lado, los jubilados, considerados estos como la capa poblacional de personas mayores de 65 años resultan ser los más perjudicados por la inflación, ya que la mayor parte de los ahorros de esta capa poblacional suelen hallarse en activos nominales como depósitos y cuentas corrientes. Sufren severas devaluaciones a causa de la inflación. Dentro de este grupo, además, el cuartil de ingresos menor fue el que más sufrió, con pérdidas reales de ingresos de más del 10%. Lo que sorprende, además, es que el cuartil menor de renta solo fue el que más sufrió en el caso de los rangos poblacionales de 56-65 años y más de 65, mientras en los demás rangos de edad aquellos cuartiles de mayores ingresos registraron una mayor pérdida de ingresos reales.

Por lo tanto, tal y como se puede observar, la inflación afecta a los individuos a través de varios y canales y de formas muy diferentes. Al contrario de lo que se piensa de manera generalizada entre la población, los efectos de la misma no son homogéneos, sino dependientes de la distribución de la riqueza, los activos en tenencia, la revalorización de los ingresos y las preferencias de consumo individuales.

Hemos tratado de dar una visión general de los efectos de la inflación por capas poblacionales para el caso de España combinando los tres canales. Pero dicho análisis aún encuentra muchas limitaciones y falta de matices. Haría falta una mayor granularidad de datos que el informe del Banco de España (2024) no presenta, a pesar de sus importantes aportaciones. Independientemente de ello, si algo queda claro es que los efectos de la inflación son heterogéneos sobre la población y sobre ello debemos centrar el análisis para mitigarla.

Referencias

Cardoso, M., Ferreira, C., Leiva, J. M., Nuño, G., Ortiz, Á., Rodrigo, T., & Vazquez, S. (2022). The heterogeneous impact of inflation on households balance sheets. Red Nacional de Investigadores en Economıa Working Paper, 176.

Nuño, G. (2024). Perdedores ¿y ganadores? de la inflación. Nada Es Gratis.

Ver también

El impacto de la inflación en las familias españolas. (Informe del Instituto Juan de Mariana).

El lenguaje económico (XVI): inflación. (José Hernández Cabrera).

Étienne de la Boétie y la tiranía

Étienne de la Boétie (1530-1563), magistrado, fue un escritor, poeta y teórico político francés, amigo de Michel de Montaigne (1533-1592). Su Discurso sobre la Servidumbre Voluntaria (1549), escrito muy tempranamente, puede que sólo con 18 años, sería publicado póstumamente por los hugonotes (protestantes calvinistas franceses), en 1576. El Discurso se considera un texto precursor de las tesis de la “desobediencia civil” y del “antiestatismo”.

El problema de la tiranía

La idea de poner límites al poder del Estado y el reconocimiento del derecho de rebelión contra el gobernante que abusaba de su poder y se convertía en tirano, abundaron en el Renacimiento, ante los avances del absolutismo en casi toda Europa, especialmente en la Europa protestante, y nunca se olvidaron. No fueron los clásicos españoles de la Escuela de Salamanca los únicos que estudiaron el poder y sus límites, aunque sí serían los más destacados. No puede dejar de apuntarse que La Boétie, al igual que Montaigne, representó en Francia la reacción crítica al maquiavelismo político y, al igual que los autores españoles, sostuvo que la política debía estar subordinada a la ética, por lo que fue también contrario al realismo político de Maquiavelo.

Bajo la influencia de las renovadas tendencias humanistas de la filosofía política renacentista, muchos de los pensadores de la época profundizaron en el estudio de la tiranía desde distintos puntos de vista, dejando al descubierto sus raíces y sus bases. La Boétie fue uno de los que más sobresalieron. Escribió su ensayo en el contexto de las contiendas religiosas en Francia, que asolaron el país durante el siglo XVI, especialmente en su segunda mitad. La obra de La Boétie desempeñó un papel importante en la resistencia frente al absolutismo en Francia. Luego fue olvidado, pero el hecho de que se renovase el interés por su obra en la época de la Gran Revolución (1789) y después, acredita su trascendencia.

Religión y violencia

Indiferente a las luchas entre protestantes (hugonotes) y católicos que padeció Francia durante el siglo XVI, con prolongaciones en los siglos XVII y XVIII, postuló un republicanismo decidido. Para él, no eran problema las disputas teológicas, sino las guerras civiles religiosas en la Francia del siglo XVI. Entre 1547 y 1598, Francia se vio desgarrada por las luchas religiosas. Desde el inicio de la Reforma Protestante, hacia 1530, se sucedieron violencias en las zonas donde los hugonotes tenían más fuerza. En 1547 iniciaron ataques a monasterios, abadías y propiedades, por toda Francia, con el pretexto de destruir las imágenes religiosas que, para ellos, eran signos de idolatría. Las violencias se incrementaron y condujeron a la guerra abierta sostenida entre 1562 y 1598, con algunas treguas. Se suelen contabilizar ocho (¡8!) guerras civiles consecutivas.

El Discurso sobre la Servidumbre Voluntaria es una reivindicación de la libertad natural, derivada de la igualdad de condición natural de los hombres, contra la tiranía. La servidumbre designa al gobierno tiránico que tiende a satisfacer sólo los deseos de la persona o grupo gobernante, los tiranos. Y si existe, se debe sobre todo a la abdicación voluntaria de aquellos que la padecen, pues sólo depende de ellos mismos que acabe la tiranía, si se oponen a ella desobedeciendo al tirano y mediante modos de resistencia pasiva.   

Espíritu de subordinación

Su obra es un análisis crítico del absolutismo, sorprendentemente profundo, que plantea la cuestión de la legitimidad de cualquier autoridad sobre una población, y que intenta descubrir las razones del sometimiento. Para él, el gran misterio de la política era la obediencia a los gobernantes, pese a ser despóticos: ¿por qué la gente acepta ser saqueada y oprimida por los gobernantes? No es sólo por el miedo, explicará La Boetie en su Discurso, pues el gobierno del tirano necesita del consentimiento de sus súbditos. Su tesis principal es que toda servidumbre es voluntaria y deriva exclusivamente del consentimiento de los que la padecen.

La Boétie descubrió con demoledora claridad que la tiranía se sustenta menos en un poder brutal, que en el sentimiento profundamente arraigado de subordinación de los hombres, en su miedo a la libertad. Los hombres, dice, dan sus fuerzas y poderes a un fantoche, en principio vacío. Luego, deslumbrados por el poder que le han dado, se le someten ciegamente. Este espíritu de “servidumbre voluntaria” es el baluarte más fuerte e inexpugnable de toda tiranía que debe derribarse, pues, si los hombres reconocieran lo que se esconde detrás de la tiranía y negaran obediencia al ídolo creado por ellos mismos, la tiranía colapsaría impotente.

Razones para someterse a un tirano

Las razones por las que los hombres se someten a un tirano, para La Boétie, se reducen sobre todo a tres:

– La primera: hay quienes nunca han conocido la libertad y están “acostumbrados a la sujeción”.

– La segunda: bajo los tiranos la gente se vuelve “cobarde y débil”. Los sumisos no tienen ni ardor ni combatividad para la lucha. Los tiranos intentan estimular esta pusilanimidad y mantener a los hombres estúpidos y mansos, dándoles “pan y circo”.

– La última y más importante razón, pues revela la fuente y el secreto de la dominación y “el sustento y fundamento de toda tiranía”, es que el tirano cuenta con el apoyo de unos pocos leales que le ayudan a someter todo el país. Y estos fieles tienen, a su vez, hombres que les obedecen y a quienes se entrega el gobierno de las provincias o “el manejo de los fondos”. Se mantienen bajo su sombra, pues sólo pueden eximirse de leyes y penas por su protección.

Son los propios pueblos los que se dejan oprimir, es el pueblo el que se somete, y quien, pudiendo elegir entre ser siervo o libre, rechaza su libertad y se unce al yugo, lo acepta y casi parece que lo busca. Lo que, apoyado luego en la costumbre, consigue hacer tragar a todos, sin repugnancia, el amargo veneno de la servidumbre.

Como se ha dicho, La Boétie aportó una innovación que ha hecho perdurar su pensamiento hasta hoy. Propuso que, para liberarse de la tiranía, no era necesario ni imprescindible utilizar la fuerza contra el tirano. A su juicio, el tirano caerá en cuanto el país se canse de él.

Dejad de actuar como esclavos

Los súbditos esclavizados no tienen que sublevarse o matar al tirano, como propusieron los maestros españoles de la Escuela de Salamanca. Para ser libre, sólo se requiere la voluntad de sacudirse el yugo: ¡Resolvéos firmemente a no ser más esclavos y seréis libres! Si se niega todo apoyo al tirano, este se derrumbará y se hará pedazos como un coloso al que le quitan el pedestal.

Pocos han sido los pensadores que, como La Boétie, se han atrevido a indagar en las raíces ocultas del poder. El camino hacia las concepciones libertarias discurrió por distintas fases del concepto de derechos naturales. Sus partidarios siempre se esforzaron por oponer al poder ilimitado del gobernante, “los derechos naturales e inalienables del pueblo”, esperando lograr así un equilibrio social favorable al desarrollo tranquilo de las condiciones de vida social. Esfuerzos que luego llevaron a las conocidas exigencias del liberalismo que, no satisfecho con la limitación del poder personal del gobernante, se esforzó por limitar el poder del Estado, en general, por considerar que la tutela continua del Estado era tan perjudicial para el desarrollo de las fuerzas creativas de la sociedad, como lo fue la tutela de las iglesias en siglos anteriores.

La posteridad ha enjuiciado a La Boétie de modo diverso. Se le ha considerado precursor de la desobediencia civil, de la no violencia y de la resistencia pasiva. Y también, un inspirador de los modernos idearios libertarios, tanto del socialismo anarquista, como del libertarianismo liberal o anarco-liberalismo. Pero, en cualquier caso, no hay duda de que ha sido uno de los más trascendentes analistas críticos de la tiranía.

Ver también

La enseñanza sin Estado. (Félix Moreno).

La mentira como arma política. (Juan Ramón Rallo).

Las formas del Estado. (León Gómez Rivas).