La hora de los monstruos
Un argumento muy recurrente entre Podemos e Izquierda Unida es que la devaluación interna no está sirviendo para ganar competitividad entre las empresas españolas, sino únicamente para cebar las cuentas debeneficios de las grandes compañías. Por ejemplo, ayer mismo, Eduardo Gutiérrez, representante económico de Podemos, sostuvo en La Sexta Noche:
El modelo de ser competitivos es simplemente que seamos más miserables, puesto que si somos más miserables vamos a cobrar menos como salarios y supuestamente las empresas van a bajar los precios. Lo que estamos viendo con las cuentas empresariales, con la contabilidad de balances del Banco de España, es que las empresas cuando bajan los salarios lo único que hacen es aumentar sus márgenes.
El relato ha calado hondo en la población, que, en efecto, piensa que la rebaja de salarios sólo está sirviendo para que "los ricos sean más ricos" a costa del impenitente sufrimiento del ciudadano medio. Acaso convenga, pues, echar un vistazo a los datos a los que nos remite el representante de Podemos, es decir, a la Central de Balances del Banco de España.
¿Es verdad que, según esta estadística oficial, las empresas están recortando masivamente en gasto de personal al tiempo que mantienen incólumes sus ingresos? No, no lo es. En el siguiente gráfico podemos encontrar la evolución de los ingresos empresariales, del valor añadido bruto (ingresos menos gastos por productos semiterminados adquiridos a proveedores) y de los gastos de personal entre 2003 y 2013 (cuadro 2.1.3).
Fuente: Central de Balances del Banco de España
Es fácil observar que el valor añadido bruto generado por las empresas españolas se halla en 2013 al nivel de 2003: en esta década únicamente ha subido el 1,5%. En cambio, los ingresos empresariales han crecido un 10% y los gastos en personal un 19%. Es decir, y como también puede apreciarse en el gráfico, la magnitud que con diferencia menos cae desde el estallido de la crisis son los gastos en personal. De ahí que la evolución de los beneficios empresariales en España, lejos de poner de manifiesto un generalizado latrocinio capitalista, exprese a la perfección el colapso económico que ha vivido España desde 2007: si desde su máximo el gasto en personal ha caído un 10%, los beneficios empresariales lo han hecho un 59%, hallándose sustancialmente por debajo del nivel alcanzado en 2003.
Fuente: Central de Balances del Banco de España
A la luz de los datos a los que nos remitía el economista de Podemos, difícil concluir que los recortes salariales se están empleando para inflar desproporcionadamente los beneficios de las empresas. Claro que, tal vez, el desinformado razonamiento populista-podemista pase a ser el tan manido: "Eso es así para las pymes, pero las grandes empresas en realidad sí están bajando salarios para forrarse".
Uno debería ser moderadamente escéptico con esa reformulación desesperada del argumento, ya que en la muestra de empresas utilizada por la Central de Balances del Banco de España están sobrerrepresentadas las empresas medianas y grandes. Mas, en cualquier caso, sí resulta necesario contrastar esta nueva hipótesis a través de la Encuesta de Población Activa. ¿Han aprovechado las grandes empresas para recortar masivamente salarios frente al numantino esfuerzo de mantenimiento salarial de las pymes? Más bien al contrario: no sólo el salario medio de las grandes empresas duplica el de las microempresas de hasta 10 trabajadores, sino que, desde 2006, las primeras lo han aumentado un 23% frente al 11% de las segundas. Es más, desde 2010 las microempresas han recortado sus salarios medios un 2,2%, mientras que las grandes empresas los han aumentado en un 5,3%.
Fuente: Encuesta de Población Activa
Por si fuera poco, y como también tuvimos ocasión de explicar, han sido las pymes, y no las grandes empresas, las que han efectuado un uso más intensivo de la reforma laboral para despedir trabajadores.
En definitiva, el argumentario de lucha de clases de Podemos no hay por dónde cogerlo. O desinformación o manipulación. Lo que ha sucedido en España es relativamente sencillo de comprender: tras años de hiperendeudamiento y de malas inversiones por doquier, la crisis económica experimentada por el conjunto de nuestra economía ha sido devastadora y ha recaído especialmente sobre el sector más débil del tejido empresarial, a saber, las pymes. Han sido, por consiguiente, las pymes las que han tenido que recurrir con mayor intensidad a rebajas salariales y despidos para tratar de sobrevivir. Sí: para tratar de sobrevivir. Desde 2007 han desaparecido más de 180.000 empresas con menos de 200 trabajadores: no porque se hayan lucrado a costa del proletariado, sino porque les ha sido imposible seguir obteniendo las más mínimas ganancias para continuar operando.
Pese a que la tentación populista es muy atrayente, deberíamos tener bien clara una idea muy sencilla: cuando el conjunto de las empresas españolas verdaderamente se estén forrando, el empleo se disparará, los salarios aumentarán y, en suma, la crisis habrá terminado. Todo lo demás es pura demagogia dirigida a capturar el poder a costa de incendiar el odio dentro de la sociedad.
Miguel Sebastián – Los retos pendientes de la economía española
El que fuera ministro de Industria del gobierno de R. Zapatero, Miguel Sebastián, propone una serie de reformas para la economía española el 14/02/2015 en el Instituto Juan de Mariana.
Entrevista a Miguel Sebastián – Los retos de la economía española
Miguel Sebastián, quien fuera Ministro de Industria del gobierno de Rodríguez Zapatero, examina una relación de catorce puntos que representan, a su juicio, los retos pendientes de la economía española el 14/02/2015.
Entrevista a Miguel Sebastián – Los retos pendientes de la economía española
Miguel Sebastián visita la sede del IJM el 14-02-2015 para examinar una relación de catorce puntos que representan, a su juicio, los retos pendientes de la economía española.
El progresismo como terapia
El progresismo es una de esas ideas que son más fáciles de entender intuitivamente que de definir. El motivo seguramente es que es como el éter: está en todas partes. También se parece al éter en otro sentido: es falso. Pero sin pretender ser exhaustivos, podemos acercarnos a lo que es el progresismo de un modo muy aproximado, si tenemos en cuenta unos pocos elementos.
Uno de los más importantes es el darwinismo. Pero no en el sentido que se le suele dar a este término; no es la lucha individual por la supervivencia. Sino la idea de que las condiciones naturales determinan el éxito o el fracaso de las especies. Y que la especie humana es única en el sentido de que tiene la inteligencia suficiente para cambiar las condiciones. Y si las cambia, puede condicionar la evolución, conducirla, y llevarla a los efectos deseados.
Otro es el pragmatismo. Es esa ideología tan característica de los Estados Unidos, desarrollada en las tres últimas décadas del XIX, se plantea que no se puede llegar a conocer la verdad, sino sólo los efectos de las ideas que tenemos de ella. No hay verdad, en el sentido de que no hay una correspondencia entre las ideas y la realidad. Si no hay verdades, tampoco hay límites para la acción, como por ejemplo el valor supremo de los derechos individuales. Más, cuando la acción y sus efectos es lo que nos permite resolver los problemas. La acción, potenciada por el aparato del Estado, y liberada de las viejas ataduras, nos permite albergar nuevas reformas.
Un tercer elemento es la democracia. Ésta ha sufrido una transformación histórica desde un poder moderador de la Corona, a un depósito de la soberanía única. Y, por medio de las ideas de Rousseau, la mayoría se identifica con la “voluntad general”, y ésta con la verdad. Rousseau y el pragmatismo unidos erigieron a la democracia como fuente de verdad y agente del cambio social, sin oposición.
El progresismo no hubiera surgido sin el capitalismo. Durante milenios, la humanidad han vivido de formas que han cambiado de forma inapreciable para la vida de un hombre, y que sólo la mirada por encima de los siglos permite ver su evolución. El capitalismo rompió con esa idea de que las cosas son así, y no pueden ser de otra manera. Y trajo una aceleración del cambio histórico, que despertó la imaginación de muchos. Ahora todo parecía posible.
Es más, cambiar la realidad, instituir aquí y ahora la justicia, era un mandato divino para muchos estadounidenses. Richard Hofstadter, en su seminal obra The age of reform, dice que “la mente progresista (…) era eminentemente una mente protestante; e incluso aunque mucha de su fuerza estaba en las ciudades, heredó las tradiciones morales del protestantismo evangélico rural”, que aún bebía de las aguas, turbias ya, del “evangelio social”. Es esa concepción post milenarista de que es deber de todo creyente hacer todo lo que esté en su mano para salvar al prójimo, porque sólo eso le permitirá salvarse a sí mismo. El “evangelio social”, que llamaba a la acción individual, acabó encontrando el el Estado el instrumento ideal para prohibir o moderar el comportamiento pecaminoso al que estamos condenados. Por eso el movimiento por la Templanza, que comenzó cuando tuvo lugar el Segundo Despertar, en los años 20′ del siglo XIX, se convirtió en parte importante del progresismo estadounidense.
Si el progreso está a la vista de cualquiera. Si la tecnología hace posible cumplir nuestros sueños. Si no hay verdades que nos limiten en nuestros propósitos. Si sólo tenemos que cambiar las condiciones para modelar la sociedad a nuestro gusto. Y si la democracia es el valor político supremo, si se dan todas esas circunstancias, hay realidades sociales inaceptables. Son inaceptables porque tenemos los medios morales, ideológicos y políticos para cambiarlas. Si la pobreza es un hecho natural inmutable, puede causar dolor, pero no ansiedad. Y lo que caracteriza al progresismo es la ansiedad, la indignación, la rabia por que no se haya impuesto el Cielo en la Tierra y siga habiendo carencias o “injusticias”.
El progresista es una persona que mantiene una relación ansiosa con la realidad. Lo que le caracteriza es ese sentimiento; no tanto el análisis racional de la realidad. James Ostrowsky, en un libro dedicado al progresismo, llega a la conclusión de que éste no es sólo la respuesta ideológica a la realidad de muchos estadounidenses. Es, también, un instrumento de terapia, de autoayuda, para acallar ese desasosiego, esa angustia ante la realidad que lleva a la indignación. Simplemente, se confía en que el gobierno solucionará los problemas. Es una fe, que ni exige un conocimiento de la economía o de la política, ni permite que éste se interponga en el camino. Así las cosas, someter el programa progresista al tamiz de la razón lleva al fracaso.
Merecemos esta recompensa
Decía Marx que la historia se repite dos veces, la primera como tragedia y la segunda como farsa. En esas está el PSOE y, más concretamente, su federación madrileña, que es el epítome del desastre pesoístico que no tiene paliativo desde que hace ya tres años y pico Zeta y sus cuatachas tuvieron que salir de la Moncloa por la puerta de servicio. El poder desgasta sí, pero solo cuando se está lejos de él. Para un partido adicto al presupuesto como el PSOE el síndrome de abstinencia es tan brutal que puede terminar fundiéndolo por dentro.
Hubo un tiempo en el que el PSOE de Madrid era hegemónico, chuleaba los principales ayuntamientos y hasta la propia autonomía que, en cierto modo, fue una hechura de sus líderes allá en los albores de los felices ochenta. Felices para ellos, se entiende. “Los ochenta son nuestros” se titulaba un drama generacional de Ana Diosdado que hizo furor entonces. Y tanto que lo fueron. Un partidillo marginal durante el franquismo sin más militantes que cuatro sindicalistas vizcaínos se apoderó del país entero. Y todo en un lapso de tiempo extraordinariamente corto. Una vez arriba le dieron al Estado la forma de su propio partido que es, en definitiva, la forma que España tiene ahora. Capturaron el zeitgeist como nadie lo había hecho desde que, en los primeros cuarenta, la Falange unificada vistió de azul a todo quisqui y puso cara al sol con el brazo derecho en alto a nuestros abuelos. Nos guste o no, el nuestro es un país hecho a imagen y semejanza del PSOE. No es casualidad que a los que nacimos en los años setenta los sociólogos nos llamasen “hijos de Felipe” de la misma manera que a los nacidos en los noventa ahora se les denomina “hijos de Zapatero”.
Claro, que de esto los más jóvenes ni se acuerdan, los socialistas madrileños llevan tanto tiempo alejados de la poltrona que el respetable ya les ve como los eternos segundones, un papel que las sucesivas ejecutivas del PSM se habían acostumbrado a interpretar con gusto e indescriptible entrega. Porque, digan lo que digan, en la oposición se puede llegar a vivir estupendamente. Los diputados regionales están bien pagados –demasiado bien pagados a mi juicio–, hay mucho botín para repartir, el sistema, nuestro sistema, es generoso con el que se clasifica en segundo lugar. Así que con un puñado de ayuntamientos para colocar afines más las comisiones de la asamblea, la difuntaCajamadrid, las empresas públicas y unos pellizcos aquí y allá la pena de no mandar es menos pena.
Y en estas andaban cuando aparecieron los jóvenes bolivarianos de Podemos y lo fastidiaron todo. Los jerarcas de Ferraz asumían sin grandes dramas eso de pasarse la vida en la oposición con la promesa de alguna vez llegar al Gobierno previo pacto y cambalache con IU. Lo que ya no les parece tan gracioso es verse relegados a la tercera plaza o incluso a la cuarta si los de la tercera vía tipo UPyD o Ciudadanos siguen en ascenso. La política está para vivir de ella. Lo digo por si usted aún no se había enterado y es de los que piensa que alguna vez hubo políticos que creyesen que lo suyo servía para algo más que depredar legalmente rentas ajenas vía los presupuestos. Si los políticos se preocupasen por la gente lo primero que harían es disolverse pacíficamente y regresar a la vida civil. Siento decírselo con tanta crudeza pero los políticos no son necesarios. Las personas normales, los que vivimos de nuestro trabajo sirviendo a los demás y no a costa de estafar a los demás, nos bastamos y nos sobramos para vivir en paz sin su concurso.
Pedro Sánchez no es muy listo, pero tampoco es tonto del todo. Quiere seguir viviendo de esto el resto de su vida. Por la edad que tiene y lo alto que ha llegado a volar o lo hace con la marca PSOE o se tendrá que dedicar a algún empleo honrado. No es funcionario como Rajoy y sus sorayos, no dispone de fortuna familiar ni se le conoce más habilidad que la del politiqueo. O mantiene el tipo o se acabó lo que se daba, y es mucho lo que se daba, mucho más de lo que cualquier español de su generación –que es la mía– ha tenido y tendrá jamás. Cepillarse a Tomás Gómez era una cuestión de pura supervivencia. Lo ha hecho, además, al más puro estilo de la Cosa Nostra: rápido y sin avisar. En estos detalles es donde se ve a las claras que la política y la mafia son la misma cosa, que en lo único que difieren es en la formas, y a veces ni eso. Lo lamento. No hay nobleza, no hay sublimes ideas, no hay nada de nada, solo interés en vivir del cuento.
Así que no se me alarme, esto ha sido un simple ajuste de cuentas entre malhechores, golfantes de lo público que no quieren soltar la teta. No oculto que lo he gozado al máximo, especialmente con lo del cambio de cerradura en la sede y la psicotrópica manifa que la banda derrotada montó en el cuartel general de la ganadora horas después del tiroteo. Cuando ellos sufren nuestro deber de individuos libres es alegrarnos. Mañana seguiremos deslomándonos a pagar impuestos y a trabajar para ellos. De vez en cuando, aunque siempre sea menos de lo que nos gustaría, merecemos esta recompensa. El espacio que han dejado lo ocuparán otros que, a su debido tiempo, se acuchillarán inmisericordemente. Mientras eso llega deleitémonos contemplando el espectáculo. Es lo único gratis que nos van a dar.
Grecia sí es sistémica para el euro
El sistema bancario europeo está hoy plenamente inmunizado frente a un posible impago de la deuda pública griega: desde 2010, los bancos europeos han ido liquidando con pérdidas parte de sus tenencias de deuda pública a largo plazo, los vencimientos de su deuda pública a corto plazo han sido amortizados por la refinanciación que le proporcionaron a Grecia el FMI y los gobiernos europeos y, por último, en 2012 Grecia declaró un default del 75% sobre su deuda en manos inversores privados, lo que terminó de laminar casi por entero su cartera de bonos griegos. Actualmente, menos del 15% de la deuda pública helena se halla en manos del sistema financiero extranjero.
No existe, por tanto, ningún riesgo sistémico por una eventual bancarrota griega. Quienes más sufrirían la quita serían, de hecho, los gobiernos europeos por sus préstamos directos otorgados bajo el paraguas del primer plan de rescate y por su exposición al protagonista del segundo rescate: el Fondo Europeo de Estabilidad Financiera (EFSF).
Ahora bien, lo anterior no significa que no existan otros y más graves riesgos sistémicos derivados de una posible quiebra unilateral de Grecia. A la postre, si Syriza repudiara la deuda griega sin un acuerdo con sus acreedores, su sistema bancario rápidamente perdería cualquier acceso a la financiación del Eurosistema, por lo que también se vería abocado a la suspensión de pagos. En medio de ese corralito generalizado, el escenario más probable es que Syriza optara por salir del euro regresando a la dracma. Y salir del euro sí tendría consecuencias sistemáticas sobre la Eurozona.
La moneda fiat es una moneda política
Todo papel moneda inconvertible es una moneda política: la moneda fiat es el pasivo de un Estado y como tal es evaluado por el mercado. El dólar es la divisa del entramado estatal estadounidense, la libra es la divisa del entramado estatal británico y el yen es la divisa del entramado estatal japonés. Todos los gobiernos de estos países son propietarios de sus bancos centrales y reconocen la moneda que éstos imprimen como un ticket eficaz para saldar las deudas tributarias que esos gobiernos les imponen a sus ciudadanos. No se produce ninguna inquietud, por tanto, acerca de la desintegración del dólar, de la libra o del yen: en ausencia de un repudio deliberado de la moneda por parte de sus gobiernos, el dólar, la libra o el yen sólo desaparecerán si caen los respectivos Estados que los emiten y reconocen como propios.
El caso de la Eurozona, sin embargo, es distinto a los anteriores: ni existe un entramado estatal de la Eurozona —si bien, por desgracia, se halla “en fase de construcción”— ni el Banco Central Europeo es propiedad de un inexistente gobierno de la Eurozona: el euro es más bien la divisa de una cooperativa de entramados estatales variopintos. Y tratándose de una cooperativa dedicada a emitir pasivos monetarios que cualquier gobierno miembro de la Eurozona reconoce como propios (son aceptados para saldar las obligaciones tributarias), devendrá necesario coordinar las condiciones de emisión de ese pasivo para que ningún gobierno nacional se financie emitiendo moneda a costa de los demás (incluyendo la emisión indirecta: es decir, presionando a los bancos privados de su país a que compren deuda pública y utilizando esta como vía de financiación bancaria ante el BCE). De ahí, por ejemplo, las relativamente estrictas restricciones contra la monetización de deuda pública por parte del BCE y de ahí, sobre todo, el Pacto de Estabilidad y Crecimiento que limita el riesgo moral de cada gobierno a la hora de sobreendeudarse ante la expectativa de que sus pares lo rescatarán monetizando su deuda en el banco central.
Pero precisamente por la necesidad de coordinar la creación de una moneda política entre cooperativistas politizados con intereses divergentes, el euro sí puede desaparecer si las cautelas anteriores son desdeñadas por algún Ejecutivo díscolo. Es decir, un país puede abandonar la cooperativa política de la Eurozona si desea recuperar la “soberanía monetaria” (a saber, la capacidad para crear papel moneda inconvertible como herramienta de financiación del Estado). Ese es el brete en el que se encuentra ahora mismo Grecia: el resto de sus socios comunitarios —con razón— no quieren prestarle más sin condiciones y la hiperendeudada Grecia aspira a que se le preste, bien directamente (préstamos intergubernamentales) o indirectamente (monetización de deuda pública griega en el BCE). Y si la hiperendeudada Grecia no consigue que se le preste —ya sea porque ella cede a las condiciones de sus acreedores o porque éstos ceden a sus peticiones—, Grecia podría salir del euro.
El euro es irreversible
Como decíamos, nadie se preocupa de que el dólar o el yen desaparezcan: o al menos nadie se preocupa más de ello de lo que se preocupa por que desaparezca el Estado estadounidense o japonés. No así con el euro: un Estado miembro de la Eurozona sí puede abandonar el euro en caso de que el resto no quieran proporcionarle toda la financiación que él exige para mantenerse dentro.
Hasta la actual crisis no había temores fundados de que se pudiera llegar a esa situación extrema: el crédito barato de la banca privada llegaba fácilmente a cualquier lugar de la Eurozona ante la nula perspectiva de pérdidas futuras. Con la actual crisis, sin embargo, el escenario mutó: conforme las deudas privadas y públicas fueron impagándose, la norma dejó de ser la concesión imprudente y alocada de crédito y pasó a serlo su restricción. No todos los gobiernos, por tanto, podían obtener toda la financiación deseada, por lo que se abría la posibilidad de que alguno abandonara la Eurozona. Los inversores lo sabían y en consecuencia actuaron: hasta 2012, sacaron sus ahorros de aquellos países con mayores probabilidades de abandonar el euro debido a su débil posición financiera y a sus fuertes necesidades de financiación, lo que contribuía a estrangularles todavía más.
Fue entonces cuando Mario Draghi salió a la palestra para templar los ánimos de los inversores y evitar la destrucción endógena de la Eurozona: “haré todo lo necesario para salvar al euro”, dijo; léase, “proporcionaré la financiación que necesitan todos los gobiernos nacionales para evitar que salgan del euro”. La idea que pretendió —y consiguió— transmitir Draghi con tal declaración de intenciones es que el euro era irreversible a cualquier coste: despejados los temores de fragmentación monetaria, los flujos de capital volvieron a esparcirse por toda la Eurozona rebajando los costes de financiación en aquellas zonas que los habían visto incrementar por la fuga de capitales.
El euro no es irreversible
En este contexto, la salida del euro de Grecia tendría un efecto sistémico en tanto en cuanto quebraría el consenso post-draghiniano de que el euro es irreversible. Pondría de manifiesto que el presidente del BCE había ido en gran medida de farol y que, en determinados contextos, no estaba dispuesto a hacer todo lo necesario para salvar el euro. Y, a partir de ahí, la pregunta obvia pasaría a ser: si Grecia ha terminado saliendo del euro, ¿qué otros miembros de la Eurozona podrían terminar abandonándola? Por ejemplo: si Podemos ganara las elecciones en España y siguiera una política análoga a la de Syriza, ¿acaso no podría ser España la siguiente?
Mas si la victoria de una de las principales fuerzas políticas en algunos países de la Eurozona implica la ruptura de la moneda única europea, es obvio que sus expectativas de supervivencia caerán por los suelos. En estas condiciones, difícilmente un ahorrador alemán u holandés se planteará invertir a largo plazo en una economía periférica susceptible de abandonar el euro por motivos tan triviales como la victoria electoral del principal partido de la oposición. La magia de la irreversibilidad monetaria se esfumará para siempre, cargando los sobrecostes de semejante ruptura sobre los eslabones más débiles y menos creíbles de la Eurozona.
La quiebra de Grecia y su consiguiente salida del euro sí es, pues, un riego sistémico: el sistema de moneda fiat en la Eurozona, tal como lo conocemos, se vendría abajo, restableciéndose muchas de las tendencias de fragmentación de financiera que se produjeron dentro de la misma hasta que Draghi pronunció sus mágicas palabras a mediados de 2012.
Conclusión
El euro, como toda moneda fiat, es una moneda política. Pero, a diferencia de otras monedas fiat, no es la moneda de un único Estado soberano, sino de una cooperativa de ellos. Es esta circunstancia la que convierte al euro en un marco monetario potencialmente inestable: algunos Estados miembros tendrán la tentación de parasitar a sus socios monetarios y éstos tratarán legítimamente de evitarlo. Mas, claro está, el último recurso para evitar el parasitismo es la ruptura del euro.
Acaso por ello, por las enormes repercusiones negativas a medio plazo sobre los distintos socios de la unidad monetaria, la sangre no termine llegando al río griego. Sin embargo, y más allá de cómo se resuelva la controversia particular planteada por Syriza, lo cierto es que a largo plazo la moneda única sólo podrá sobrevivir sin un Estado europeo único si todos los miembros de la Eurozona se comportan con la suficiente responsabilidad y lealtad fiscal como para no requerir de transferencias de renta permanentes del resto de sus socios: es decir, el euro sólo sobrevivirá si sus miembros renuncian a usar la política monetaria como subrogado de la política fiscal y si, por tanto, avanzamos hacia un escenario de endeudamiento público moderado y de déficits públicos equilibrados.
En ausencia de tales condiciones, las alternativas a la descomposición del euro serán justo las que hemos experimentado hasta la fecha: o parasitismo o servidumbre. O transferencia de rentas permanentes del Norte al Sur o centralización política creciente que someta al Sur ante el Norte. Tal vez sea hora de darnos cuenta de que la unidad monetaria es maravillosa, pero que una unidad estable no puede construirse sobre una moneda politizada y que, en consecuencia, necesitamos regresar a un dinero neutral, imparcial y apolítico como el oro.
Errores intelectuales en el populismo (I)
El catedrático Carlos Rodríguez Braun ha comentado dos errores económicos que observa en una carta del Papa Francisco I al director general de la FAO (Organización de Naciones Unidas para la Alimentación), debido a que parece mostrar una incomprensión sobre el funcionamiento de los sistemas de producción y de consumo en las sociedades abiertas y sobre el mecanismo de formación de los precios en el orden de mercado, que son alterados por la intervención del orden político.
Existen estudios académicos, como el Doing Business y el Index of Economic Freedom que, anualmente, analizan y demuestran la relación directa entre el crecimiento sociocultural y económico que alcanzan los países y la evolución de su marco institucional hacia altos niveles de libertad empresarial, comercial y fiscal, la disminución del tamaño y las competencias del Estado, la calidad del dinero, la captación de inversiones y financiación, la flexibilización del mercado laboral, la protección de los derechos de propiedad y, también, los bajos niveles de corrupción política.
Por dicho motivo, sorprenden los discursos populistas del Papa Francisco I porque caen con excesiva reiteración en errores intelectuales al tratar los asuntos económicos y al intentar explicar el orden de mercado y el comercio internacional entre sociedades abiertas, que es el único instrumento terrenal que permite erradicar la pobreza.
Quizás el Papa Francisco I trata de denunciar el socialismo de mercado o el capitalismo de Estado que se distinguen por el intervencionismo político, que merma los procesos de creatividad y coordinación empresarial y, por tanto, impide un mayor crecimiento sociocultural y económico en los países, tal y como muestran los mapas de la libertad económica.
Por ello, sería muy recomendable que ajustase bien sus discursos y se dejase asesorar por intelectuales de la talla de Juan Velarde, Pedro Schwartz, Carlos Rodríguez Braun, Jesús Huerta de Soto… para intentar realizar una aproximación más académica a la eficiencia dinámica en economía; evitando manifestaciones públicas populistas, que sólo favorecen el apuntalamiento de los líderes políticos intervencionistas y el impulso de los movimientos revolucionarios en los países que afrontan crisis económicas y financieras.
Siempre es preferible que los líderes religiosos cristianos concentren sus esfuerzos en el fortalecimiento espiritual del cristianismo con la práctica de la eucaristía, la comunión con el cuerpo y la sangre de Jesucristo, y los valores morales tradicionales, fijos y absolutos, que transcienden el hecho religioso porque constituyen las instituciones morales de la sociedad civilizada como el respeto por los derechos individuales a la vida, la familia, la libertad, la propiedad, la igualdad de trato ante la ley, la función empresarial, el dinero de calidad, el comercio internacional…
El premio Nobel de 1974, Friedrich A. Hayek, señalaba en su obra La fatal Arrogancia, Los errores del socialismo (2010) [1997] que el cristianismo era guardián de la tradición porque permitía que arraigasen instituciones morales o patrones de comportamiento adquirido que generaban (y eran generados) por la sociedad civilizada.
Su maestro, Ludwig von Mises, argumentaba en la obra Teoría e Historia: una interpretación de la evolución social y económica (2003) [1957] que:
Nada hay en ninguna doctrina moral ni en las enseñanzas de ninguno de los credos que se basan en los Diez mandamientos que pueda justificar la condena de un sistema económico que ha multiplicado la población y que proporciona a las masas de los países capitalistas el más alto nivel de vida jamás alcanzado en la historia. Desde el punto de vista religioso la disminución del índice de mortalidad infantil, la prolongación de la vida, el éxito en la lucha contra plagas y enfermedades, la desaparición del hambre, del analfabetismo y de la superstición hablan en favor del capitalismo. Está bien que las iglesias deploren la pobreza de las masas en los países atrasados. Pero están muy equivocadas cuando dan por sentado que cualquier sistema puede terminar con la pobreza de estas infortunadas gentes … muchos de ellos creen que la ignorancia de la economía no constituye obstáculo para ocuparse de cuestiones económicas. (Mises, 2003: p. 347).
Ambos economistas austriacos, tanto Ludwig von Mises [1] como Friedrich A. Hayek [2], señalaban que es importante cuidar el lenguaje y los mensajes implícitos en el uso del mismo por las consecuencias no queridas que tienen las ideas erróneas, cuando arraigan entre la población y las autoridades y, por tanto, cuando determinan el devenir político y económico de los países hacia el socialismo y el intervencionismo que generan la pobreza y el hambre y, en muchos casos, los encarcelamientos y las muertes de cientos de miles de ciudadanos.
Auschwitz fue el Estado
Hace pocos días se conmemoró el 70 aniversario de la liberación —por llamarlo de alguna manera, pues el Ejército Rojo acabó enviando al gulag a la mayor parte de los 7.500 supervivientes que encontró— del campo de exterminio de Auschwitz.
Pocas veces habrá estado el hombre tan cerca de haber trasladado el infierno a la tierra como en aquel complejo nacionalsocialista de alambre de espino, barracones y cámaras de gas próximo a la localidad polaca de Oswiecim, en la Alta Silesia, en la confluencia del Vístula con el Sola. Del millón largo de prisioneros, el 92% judíos, que entre mayo de 1940 y enero de 1945 fueron trasladados a ese horror —en cuyo frontispicio figuraba el escalofriante Arbeit macht frei— apenas salieron con vida unos pocos millares.
Y todo se hizo, tal y como ha sucedido con los peores crímenes de la historia, en nombre del Estado. Los responsables no fueron las perversas multinacionales, el despiadado capitalismo o la desregulación de los mercados. Fue el Estado, en este caso el alemán. Y es que cuando le retiramos al Estado el falso ropaje de la provisión de servicios sociales contemplamos a las claras su verdadero rostro: coacción, violencia y, en los casos más extremos, Auschwitz.
Seamos conscientes de que el Holocausto no fue la obra de unas docenas de descerebrados de las SS, sino la de toda una administración del Estado puesta al servicio de la destrucción de personas. Incluso el propio Reich se beneficiaba económicamente de los bienes incautados a los judíos, que pasaban sistemáticamente a manos del pueblo alemán, sin apenas casos de corrupción.
¿Cómo se pudo llegar tan lejos? A fin de cuentas el Estado no es más que una entelequia: solo existen las personas de carne y hueso, los líderes políticos, los burócratas, los funcionarios. ¿Cómo entender semejante barbarie en la nación más culta y avanzada de Europa? La única explicación pasa por interiorizar la naturaleza del dios de la democracia, ese mecanismo legitimador de cualquier atrocidad, que no se detiene ante nada ni ante nadie. El Estado solo es posible por el apoyo o la complicidad de la población, sin ese respaldo explícito o implícito se desvanecería.
En la actualidad, una frase del poeta y ensayista George Santayana figura en la entrada del bloque número 4 de Auschwitz: “Quien olvida su historia está condenado a repetirla”. Pues bien, no olvidemos que la democracia es Hitler, es Montoro, es Podemos. Nada bueno puede salir de ella.
Artículo publicado orignalmente en neupic.com.
Igualdad y desigualdad
Los seres humanos son iguales en algunos aspectos genéricos pero diferentes en detalles concretos: tienen distintas capacidades, preferencias, oportunidades y circunstancias. Igualdad o desigualdad son características relativas resultado de comparar diversos atributos de individuos: riqueza, renta, belleza, inteligencia, simpatía, reputación, poder, fuerza física, capacidad de persuasión. Algunos atributos son objetivos y medibles, otros son subjetivos o difícilmente cuantificables.
Igualdad y desigualdad
A los individuos les preocupa su estatus, su posición social, lo que los demás piensen de ellos, cómo los valoren. El valor no es un atributo intrínseco y objetivo de las personas: los individuos valoran subjetivamente a otros (y a sí mismos según su autoestima) y son valorados subjetivamente por otros. Estas valoraciones pueden ser muy diferentes desde ambos puntos de vista (evaluador y evaluado): algunos individuos tienen mucho éxito social y otros muy poco; los favoritos de unos son odiados por otros. Son comunes las afirmaciones de que todo el mundo es valioso, o incluso que todo el mundo es igualmente valioso. Los que las realizan pueden no entender la realidad, o quizás quieren caer bien a los demás con discursos populistas, bien intencionados y políticamente correctos.
La desigualdad implica que unos tienen (o reciben) más y otros menos de algo, unos son mejores y otros peores, unos están más arriba y otros más abajo. La mayor disponibilidad de recursos económicos o la posesión de características que otros valoran es útil para los individuos, ya que les facilita la supervivencia y el desarrollo al disponer de más poder y medios de acción.
Las posiciones relativas entre dos individuos pueden ser resultado de su propia acción aislada, de interacciones entre ambos o de relaciones con más individuos. Es posible triunfar o fracasar de forma independiente, cooperar con otros, competir contra otros, ayudar a los necesitados, robar para uno mismo o robar para otros. La igualdad y la desigualdad pueden suceder o conseguirse de forma pacífica o violenta, y de forma espontánea o mediante intervención externa: unos nacen más atractivos que otros; unos se entrenan, preparan o esfuerzan más; unos tienen más éxito en su profesión, en el comercio, en los negocios; unos reciben mayores herencias (genéticas o de riqueza) o mejor educación (capital intelectual individual) o contactos (capital social) de sus progenitores. Algunas desigualdades sociales se consiguen de forma violenta: los poderosos oprimen, esclavizan o parasitan a los débiles. Algunas igualdades sociales se consiguen de forma violenta: vagos, incompetentes o improductivos parasitan a los más productivos y eficientes.
La desigualdad es muy común en la naturaleza: dentro de una misma especie existe diversidad, y en los grupos sociales animales existen castas especializadas (insectos sociales) o jerarquías y diferencias de rango o estatus entre individuos (escalas de poder, relaciones de dominación y sumisión o subordinación). La competencia por el estatus social es un fenómeno omnipresente, ya que un estatus más alto implica mejor alimentación y más fácil acceso a oportunidades de reproducción: en algunos casos son posibles alianzas entre individuos para dominar a otros o para evitar ser dominados por otros. La naturaleza presenta un espectro de situaciones de desigualdad dentro de los grupos sociales: desde el macho alfa de los gorilas (único macho adulto con acceso a un harén de hembras) hasta el colectivismo promiscuo de los bonobos. Pero siempre existe el estatus, que suele estar asociado con demostraciones de poder físico y relaciones familiares.
Conforme crece la desigualdad dentro de un grupo los miembros de estatus más bajo pueden perder interés por el mantenimiento del mismo, pero quizás permanecen en él y no lo abandonan porque las alternativas son aún peores: la vida solitaria es muy difícil y en otros grupos podrían no ser admitidos o su estatus no mejoraría. El fomento de la igualdad dentro de un colectivo puede producirse para evitar la opresión por individuos muy dominantes (jerarquías de dominación inversa), o para conseguir que más individuos se involucren y participen activamente en las tareas necesarias para la supervivencia del grupo, especialmente en la lucha de ataque y defensa contra otros grupos.
La dinámica de las relaciones de desigualdad es compleja. La igualdad puede conseguirse si el peor mejora o si el mejor empeora; la desigualdad puede conseguirse si el mejor mejora o el peor empeora. Si se trata de un recurso transferible, como el dinero o diversas formas de riqueza, es posible quitar a uno para dárselo a otro. Sin embargo si se quita riqueza a los productivos se desincentivan la productividad y la generación de esa riqueza; y si se entrega riqueza a los improductivos se incentivan la improductividad y las relaciones de parasitismo y dependencia. En la medida en que se trate a todo el mundo igual independientemente de los resultados, y la obtención de estos resultados implique algún coste o esfuerzo, siendo todo lo demás constante los agentes racionales evitarán esforzarse para obtener mejores logros.
La desigualdad en un grupo puede intentar evitarse redistribuyendo de los ricos a los pobres, pero también es posible fomentar que los pobres dejen de serlo por sí mismos si disponen de suficientes oportunidades de formación y trabajo. Algunos grupos podrían conseguir igualdad expulsando a los pobres, obligándoles a esforzarse para dejar de serlo, o no permitiendo su acceso al colectivo (leyes de inmigración discriminatorias, leyes de salario mínimo).
La redistribución de recursos para fomentar la igualdad suele ser más aceptable cuando el grupo es más pequeño y homogéneo y los individuos lo sienten como una familia extendida (igualdad genética, étnica o cultural). La redistribución puede provocar odios o resentimientos si se percibe como ilegítima, si unos se aprovechan de forma tramposa de otros.
Un individuo puede querer ser más igual a otros en aquellas cosas en las que es peor que ellos, pero también puede querer ser menos igual si es o puede ser mejor que ellos. Cuanto más capaces sean los otros más probable es que puedan ser mejores cooperadores, pero también es posible que sean mejores competidores.
Una mejora puede implicar un incremento de la desigualdad si los que la adoptan no eran inicialmente los más desfavorecidos. La desigualdad podría crecer de forma indefinida si el hecho de ser mejor facilita además la capacidad de mejorar (rendimientos marginales crecientes): esto no es un fenómeno exclusivamente individual sino que tiene una fuerte componente social, incrementándose si existen efectos de red mediante los cuales los individuos quieren e intentan relacionarse con quienes tienen más éxito (afinidades o emparejamientos selectivos, quien más tiene más recibe). La desigualdad puede mitigarse o decrecer si al ser mejor es más difícil mejorar (rendimientos marginales decrecientes).
Desigualdad y pobreza son problemas distintos: es posible ser todos muy iguales y muy pobres y ser todos muy desiguales sin que nadie sea pobre (al menos en términos absolutos). Para resolver la pobreza basta con garantizar algunos mínimos sólo a los auténticamente pobres sin necesidad de realizar redistribuciones masivas de riqueza que afecten a toda la sociedad.
La observación empírica demuestra que en ocasiones los individuos prefieren situaciones peores en valor absoluto para ellos pero mejores en comparación con otros: es posible elegir ser cabeza de ratón antes que cola de león. La insistencia de algunos economistas para que los individuos se fijen solamente en su bienestar absoluto o en su mejora personal en el tiempo y no hagan comparaciones relativas con otras personas es problemática: la economía es una ciencia positiva que describe, explica y predice, y no una actividad moralizante que les dice a las personas lo que deben valorar o no; el que los agentes económicos valoren sus posiciones relativas es un hecho empírico que debe tenerse en cuenta y a ser posible explicarse en una buena teoría económica y psicológica.
El deseo de cierta igualdad o la envidia pueden ser rasgos adaptativos, emociones morales funcionales resultado de la evolución psíquica: la aptitud para la supervivencia y reproducción es un atributo contextual y tanto absoluto como relativo, ya que las diferencias son importantes en la competencia por la vida. Al individuo le importa lo bien que lo está haciendo en múltiples ámbitos (éxito en trabajo, amor, salud, relaciones familiares y sociales), pero esa bondad tiene una importante componente relativa (en comparación con otros), y tal vez el mejor punto de referencia válido para conocerla es el rendimiento o éxito de los otros: uno se compara con los demás para saber qué tal lo está haciendo. Además la felicidad o satisfacción es un sentimiento que se recalibra constantemente ante nuevas situaciones para que el individuo actúe más y mejor: estar mejor que en el pasado no implica necesariamente una mayor sensación de satisfacción que en el pasado.
Los igualitaristas, normalmente colectivistas intervencionistas mal llamados progresistas, insisten en que la igualdad, o al menos más igualdad, es necesariamente mejor y más justa: no expresan que ellos la prefieren a título particular, sino que aseguran que se trata de un hecho objetivo. Para ellos justicia (social o distributiva) es equivalente a igualdad: no ante la ley, sino mediante la ley; promueven la desigualdad ante la ley para fomentar la igualdad de oportunidades, o de resultados, rentas o riqueza. Para esconder su carácter coactivo y liberticida utilizan el término libertad como sinónimo de poder o riqueza y no como ausencia de agresión y respeto al derecho de propiedad. Desprecian la igualdad formal ante la ley y reclaman igualdad material, que todos tengan y puedan lo mismo independientemente de lo que hagan. Algunos pretenden que la ética exige sacrificar algo de eficiencia económica para garantizar más igualdad; otros aseguran que la mayor igualdad obtenida mediante la redistribución inteligente de la renta y la riqueza puede conseguir más eficiencia económica.
El igualitarismo colectivista y estatista puede ser la estrategia política de los peores para hacerse las víctimas, competir violentamente contra los mejores y beneficiarse a su costa. Algunos pensadores defienden políticas redistributivas para garantizar la paz social y el mantenimiento de la democracia: esto parece un eufemismo para recomendar ceder al chantaje de algunos individuos o grupos que amenazan con violencia y desorden, y pagarles a cambio de que no ataquen, roben o maten y acepten el orden establecido; también parece implicar una acusación contra algunos individuos insatisfechos con el sistema, especialmente los más pobres o desfavorecidos, los cuales se convertirán en alborotadores, delincuentes o criminales.
Los igualitaristas protestan porque les parecen injustas las diferencias de partida en la vida, que unos tengan más y mejores oportunidades que otros sin ser responsables por ello: parecen no entender que la vida de las personas no parte de la nada sino que hay una continuidad de padres a hijos. Los responsables del punto de partida no son los hijos sino los progenitores, y quizás sea a ellos a quienes se deba reclamar en lugar de a toda la sociedad. Pretender igualar las oportunidades implica decir a padres y madres que su esfuerzo por sus propios vástagos no sirve para gran cosa.
Con la crisis económica se ha difundido la falacia de que la desigualdad es su causa fundamental. La razón real de los ciclos de auge y depresión es la expansión insostenible del crédito, y esto va a suceder independientemente de por qué se expanda el crédito de forma intervencionista por el Estado, si es para favorecer presuntamente a los pobres, a los ricos o a nadie en particular. Fomentar que los pobres se endeuden para mantener o incrementar su nivel de vida, su renta y su consumo equivale a montar una peligrosa trampa. El crédito en el mercado libre se concede si el prestamista acreedor cree que el prestatario deudor es solvente, que puede devolver el préstamo o pagar lo que debe, y esto depende de su renta futura y de las garantías que pueda proporcionar. Si un individuo tiene pocos ingresos ahora y no va a tener más en el futuro, endeudarse es mala idea. Forzar la concesión de crédito a agentes económicos que no lo merecen (porque no quieren o no pueden devolverlo) tendrá como consecuencia quiebras y bancarrotas que provocan daños económicos importantes a acreedores y a deudores: pérdida de valor de los activos (préstamos de los bancos), pérdida de la propiedad de las garantías de los préstamos (viviendas), asunción de pesadas cargas financieras por largos periodos de tiempo (si las garantías son personales). Además el crédito excesivamente fácil y barato no suele estar sólo al alcance de los desfavorecidos sino que puede extenderse a toda la sociedad: las crisis pueden ser más graves o llamativas para los más pobres, pero los daños que provocan son generalizados.




