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Oportunidades y riesgos para los inversores tras el desplome del petróleo

La reciente caída en picado de los precios del petróleo ha forzado a los productores mundiales a realizar drásticos recortes en exploración y producción. Este año, la inversión de capital (capex) en petróleo y gas sufrirá un tijeretazo de unos 24.000 millones de USD, de los que 17.000 millones de USD corresponderán tan solo a EE.UU., aunque los presupuestos están siendo revisados casi a diario a medida que los mercados ponen a prueba la resistencia a la baja de los precios.

En términos absolutos, se trata de recortes importantes. Pero en términos relativos respecto a la inversión total del sector a escala mundial, que se calcula cercana al billón de USD en exploración y producción este año, la cantidad es pequeña. Tan pequeña, de hecho, que es poco probable que plantee un riesgo real de escasez de suministro en el futuro inmediato, por lo que un volumen de oferta mundial de 93 millones de barriles diarios debería estar garantizado. Aunque muchas empresas han anunciado recortes drásticos, las grandes petroleras internacionales y las estatales tienen comprometidos proyectos a muy largo plazo que se mantienen a pesar de la volatilidad de precios a corto plazo.

Durante el último decenio, el fuerte aumento de la inversión en exploración y producción ha transformado la dinámica del sector, que ahora se caracteriza por una oferta más abundante y diversificada y una cuota de la OPEP en descenso. La inversión en actividades upstream se ha multiplicado por tres en el periodo de diez años finalizado en 2014, y la producción crecía un 10,6%. La revolución del fracking ha sido el principal factor impulsor de la diversificación y seguridad del suministro. El fracking estadounidense supone el 17% de la inversión mundial en petróleo y gas, incluyendo exploración, perforación, desarrollo y acondicionamiento. Dicho esto, las oportunidades en las «regiones frontera» como por ejemplo África occidental —donde el crecimiento de la inversión de capital desde 2004 ha sido casi equivalente al de EE.UU.— y la creación de un marco político y legal más estable para la inversión también han convertido a otros países en más atractivos. La inversión en petróleo y gas durante los últimos diez años se ha centrado en diversificar la oferta fuera de las cuencas tradicionales y los países pertenecientes a la OPEP. Esta expansión ha propiciado el mayor crecimiento de la oferta de países “no OPEP” en dos décadas, y explica la reciente decisión de la OPEP de renunciar a su tradicional intervención y dejar caer los precios, con el fin de mantener su cuota de mercado.

Pero la naturaleza procíclica de la curva de costes también ha contribuido al aumento de la inversión en petróleo. Dicho de otro modo, conforme suben los precios del petróleo, los costes de servicio y desarrollo de los pozos tienden a aumentar, impulsados por los incrementos excesivos de la inversión. La industria petrolífera ha pasado de una situación de déficit de inversión a finales de la década de los noventa a otra de exceso, impulsada por unas expectativas de crecimiento de la demanda que han resultado ser optimistas. Muchas de las inversiones realizadas en el periodo 2004–2013 han provocado un exceso de capacidad en el sistema. Además, las mejoras de eficiencia y la transición a un modelo menos basado en la industria han roto la correlación existente entre el crecimiento del PIB real y la demanda de energía. Ahora hacemos más con menos energía: el número de barriles de petróleo consumidos por unidad adicional de PIB en EE.UU. es hoy en día inferior al de hace 30 años, mientras que la intensidad energética mundial (barriles de petróleo consumidos por 1.000 USD de PIB) ha caído en el último decenio a un ritmo del 2,4% anual.

La situación actual es la de unos precios del petróleo que, cuando la OPEP rechaza actuar como equilibrador del mercado, tienden al coste marginal de producción, y entonces los costes caen. Algunos de los componentes principales de muchos proyectos petrolíferos —equipos de perforación de sexta generación y alto rendimiento, bombas a presión, estudios sísmicos y costes de acondicionamiento– han visto disminuir sus costes entre un 20% y un 45% en el plazo de unos meses a medida que el exceso de capacidad se ponía de manifiesto y la inversión era revisada a la baja. En el breve periodo de septiembre de 2014 a enero de 2015, hemos visto reducciones de costes para los productores de entre el 15% y el 20%; esto debería llevar a una bajada de los precios de equilibrio, y por consiguiente, a someter de nuevo a examen la percepción generalizada de que el sector requiere unos precios superiores a los 65-70 dólares por barril para generar crecimientos de la producción.

En anteriores periodos de exceso de oferta, el resultado final ha sido el mismo: los costes descienden. Entre 1985 y 1986, la inversión de capital cayó en todas las grandes petroleras internacionales, y los costes operativos por barril se desplomaron de media un 30% en un solo año. Algo muy similar a los recortes que hemos observado en algunos países en los últimos meses.

En EE.UU., las reducciones anunciadas recientemente ya superan los 12.000 millones de USD , y podrían aumentar hasta los 17.000 millones de USD para el conjunto de 2015. Esto, sumado a las caídas de costes del 20%–25% declaradas por los grandes proveedores de servicios, podría hacer bajar el coste de producción medio del fracking en EE.UU. hasta los 40–45 USD/barril. ¡La autoayuda de la industria viene al rescate!

El efecto catártico de los menores precios del petróleo para las compañías internacionales de petróleo y gas ha suscitado hasta ahora una respuesta bastante contundente en forma de una reducción de la inversión para permitir al sector sobrevivir a esta fase adversa. Pero, ¿dónde está el crecimiento?

A diferencia del periodo 1986–1998 o de 2009, cuando la reducción de la inversión de capital entre las compañías petroleras internacionales fue compensado de sobra por la inversión de las empresas de propiedad pública, esta vez las inversiones están reduciéndose por parte de las compañías petroleras tanto nacionales (NOC por sus siglas en inglés) como internacionales (IOC).

Esperar que los precios suban o que aparezcan otros cuellos de botella será un obstáculo para conseguir una energía más limpia, segura y asequible. La respuesta ha de venir de la mano de la tecnología y las mejoras de eficiencia. Así pues, la industria necesita encontrar nuevas formas de financiar las inversiones para garantizar la seguridad del suministro en los próximos años, y de seguir avanzando en la senda hacia la independencia energética ya emprendida por EE.UU.

Debe darse un proceso de reestructuración y consolidación en virtud del cual los productores ineficientes o altamente endeudados sean sustituidos por otros más fuertes y eficientes, que estructuren sus negocios e inversiones de cara a conseguir una rentabilidades sólidas a unos precios de mitad de ciclo, en lugar de apostar a la carta de «precios más altos durante más tiempo».

Las compañías deben empezar a planificar en previsión de una demanda que no crecerá como predijeron los viejos modelos. La demanda procedente de la OCDE tocó techo en 2007 y la demanda de países de fuera de la OCDE se ha comportado en parte como una profecía autocumplida, alimentada por la propia demanda de energía de los países productores de petróleo conforme aumentaban los precios. Los mayores ingresos por las exportaciones de petróleo impulsaron un mayor crecimiento del PIB, mayores inversiones en infraestructuras y un crecimiento sin precedentes de la demanda de energía en dichos países productores de petróleo, en algunos casos incluso muy por encima de la media de algunos países desarrollados. Este fenómeno también redujo la capacidad efectiva para la exportación. En consecuencia, es probable que, a medida que los precios del petróleo descienden, la propia demanda de petróleo de los productores también se modere, y la capacidad de exportación irá normalizándose. La demanda de países de fuera de la OCDE también puede decepcionar a medida que China complete el tránsito a un modelo económico más sostenible y la tecnología y la eficiencia ayuden a mejorar las perspectivas de crecimiento mundial con un menor consumo de energía.

El sector financiero desempeñará un papel clave para modificar el paisaje de la inversión en energía. Se requieren ampliaciones de capital para reducir la deuda entre las empresas tanto grandes como pequeñas, mientras que las fusiones serán necesarias para crear entidades más sólidas con carteras diversificadas y firmes, donde las inversiones en crecimiento no dependan de unos precios en máximos cíclicos. Al igual que los inversores colaboraron con las empresas para resolver los problemas de los productores de gas natural ante el desplome de los precios en EEUU (Henry Hub), también ayudaron a reconfigurar la posición de las compañías de energías alternativas (eólica y solar) para volver a ser rentables sin necesidad de subvenciones o precios agresivos.

Por lo tanto, el inversor en bolsa debería olvidarse de un escenario soñado de «petróleo de nuevo en 110 USD» y centrarse en cuatro aspectos principales:

  • Evitar las trampas de valor y los títulos «baratos con motivo»: existen numerosos casos en el sector del petróleo y gas, que sigue descontando un precio del petróleo de 75 USD/barril y cotiza con una notable prima respecto al mercado en términos de PER si usamos precios actuales del crudo, pero sin previsiones de crecimiento del beneficio por acción (BPA) en los dos o tres próximos años y con una cobertura del dividendo muy baja. Aunque el petróleo recuperase una parte de la caída, como esperamos, las valoraciones siguen siendo caras.
  • Invertir en compañías «únicas» y en las mejores: los conglomerados no crean valor. Buscar empresas innovadoras y competitivas. Habrá operaciones de actividad corporativa pero, como ha quedado demostrado en el pasado, afectarán a actores inesperados y con los que no contaba el consenso. Los inversores deberían tener en cuenta que, al seleccionar entre los candidatos a operaciones de fusiones y adquisiciones, los compradores buscan tamaño, unas perspectivas de crecimiento atractivas y una presencia sólida en zonas geográficas muy demandadas, así como nuevas tecnologías.
  • La deuda importa: con las grandes petroleras con un ratio medio de deuda neta sobre fondos propios de entre el 31% y el 37%, las estimaciones de dividendos optimistas y unos objetivos de crecimiento de la producción inalcanzables plantean riesgos reales. En el caso de las compañías independientes de exploración y producción (EyP), un ratio medio de inversión de capital sobre flujo de caja de 1,15 veces podría forzar a las empresas a reducir su inversión si la atención se desplaza hacia el balance y suscita un menor interés entre los accionistas. Las compañías más pequeñas de EyP presentan niveles de endeudamiento manejables pero elevados, y las menos eficientes tendrán probablemente dificultades para recuperar la valoración perdida.
  • Las empresas de servicios petroleros se enfrentan a unos años difíciles, caracterizados por menores márgenes y escasez de pedidos, y el sector no podrá revalorizarse en bolsa a menos que ambos parámetros mejoren. La consolidación, provisionar pérdidas patrimoniales de activos y la retirada de equipos anticuados forman parte del necesario proceso de saneamiento para recuperar su capacidad de fijación de precios.

La Agencia Internacional de la Energía estima que el sector del petróleo y gas deberá invertir 23 billones de USD de aquí a 2035 para conseguir el crecimiento de la producción necesario para satisfacer las necesidades energéticas mundiales. Asumiendo unos costes más bajos y una demanda más realista, es poco probable que la inversión baje de la cifra de 1 billón de USD al año, lo que debería garantizar un suministro abundante a largo plazo. El mayor error que puede cometer el sector del petróleo y gas es creer que los precios de las materias primas volverán a los niveles alcanzados en el máximo. Una vez que la tecnología y la innovación entran en escena, muchos proyectos realizados en el pasado se convierten en costes no recuperables aunque siguen produciendo, las compañías se vuelven más eficientes y las viejas estimaciones de precio de equilibrio dejan de tener vigencia. Las tecnologías disruptivas han llegado para quedarse. Los ganadores serán los más eficientes, no los que esperen a que vuelvan los «buenos tiempos pasados».

¡Es la educación, idiota!

No es la economía, es la educación lo que determina en muchos casos la forma en que vemos el mundo. No hay tabla rasa en la que los profesores construyan desde cero pero lo que aprendemos en los manuales escolares en nuestra infancia se graba a fuego por la autoridad de esa palabra escrita y la de los propios maestros que sobre la tarima trasladan su visión del mundo a los alumnos.

Cada uno debería elegir como educar a sus hijos pero el Estado se ha encargado desde sus primeros pasos en apropiarse el sector educativo arrebatándoselo a la sociedad. El Estado garantiza la educación de todo ciudadano siempre y cuando sea educado cuándo, cómo y dónde los políticos decidan. No se permite ninguna clase de educación alternativa y cuando uno se sale de los centros señalados por los gobernantes, utiliza libros fuera del canon pretendiendo seguir su propio camino es perseguido. No es un mal que afecte sólo a las escuelas públicas, los colegios privados tienen que seguir los currículos oficiales y someter a todos sus alumnos al mismo tipo de exámenes sean cuales sean sus cualidades, y a través del dinero público que reciben los colegios concertados el Estado exige a cambio intervenir directamente en su organización.

La ficción del Estado se enseña como verdad ineludible en los centros donde tienen que educarse obligatoriamente los más pequeños. Se educa en el pensamiento crítico siempre y cuando no se pongan en duda los cimientos ideológicos y empíricos del Estado. De ahí asignaturas como Educación para la ciudadanía que ya promovía el ideólogo del Leviatán Thomas Hobbes escribiendo que "es necesario que se establezcan períodos determinados de instrucción, en los que el pueblo pueda reunirse y (…) escuchen a quienes les digan cuáles son sus deberes y cuáles son las leyes positivas que les conciernen a todos, leyéndoselas y explicándoselas, y recordándoles quién es la autoridad que ha hecho esas leyes".

Más efectivo que este burdo adoctrinamiento es el lento martilleo de las ideas estatistas que lo impregnan todo y que se trasladan en todos los campos de conocimiento sin necesidad de hacerlo explícito. No nos damos cuenta porque asumimos esas ideas como ciertas e incuestionables, están en el ambiente y de locos sería pensar como si el Estado no fuera una realidad tangible. De hecho, como locos se trata a aquellos que osan desafiar la idea de Estado.

El sector educativo es uno de los más corruptos y endogámicos. No es de extrañar, los funcionarios que trabajan en colegios y universidades no son solo profesores, son propagandistas del Estado. Se trata de un sector estratégico para el Estado, en España el gasto público en educación sehaincrementadodeformasostenidadesdeelaño 1994 -frenándose únicamente en esta última crisis- impulsado por la LOGSE mientras que el número de alumnos caían de forma sostenida casi en la misma proporción. Tenemos menos alumnos y gastamos más dinero público en ellos pero su educación no ha mejorado en la misma proporción -basta consultar los informes PISA- aunque sí terminan el proceso educativo con el cerebro lavado para analizar el mundo y las relaciones humanas únicamente dentro del marco estatal.

Es prioritario liberalizar el sector educativo y terminar con el adoctrinamiento que sufrimos desde temprana edad. Por eso cuanto más socialista es un partido más pretende alargar el tiempo en el que tenemos que ir a centros estatalizados para ser educados, ya sea por la parte la parte de abajo (cuando los niños no han cumplido ni si quiera un año) o por arriba, alargando la educación obligatoria. Como han hecho siempre los políticos, envuelven el adoctrinamiento como el caramelo de una mejor educación o simplemente la alfabetización de la sociedad. Desde luego se trata de un objetivo noble pero como toda acción política esconde tras de sí otro propósito que trasciende al de un solo partido: adoctrinar en la fe del Estado.

No es casual que el gran enemigo del Estado haya sido el cristianismo y la iglesia en particular. Construido a su imagen y semejanza, el monopolio estatal está por encima de las ideologías, es una fe que ambiciona la hegemonía total. Admitir otra fuente de legitimidad sería demostrar la ilusión del Estado como realidad y por tanto con el devenir de los siglos ha procurado sustituir la fe en Dios en la fe en el Estado imitando la estructura de la iglesia e incluso contaminándola con su positivismo y confianza ciega en la razón como arché o principio de todas las cosas.

La forma en que percibimos el mundo queda enmarcada por todo cuando aprendemos, es imposible que las ideas liberales calen en una sociedad adoctrinada en el estatismo porque la libertad individual supone pensar más allá del Estado. Recuerdo que mi profesor de filosofía de Bachillerato decía que la filosofía era como una piscina en la que los pensadores se topaban siempre a Dios al nadar, poco a poco se consiguió sacar a la ballena de la piscina. Lo que nunca nos explicó es que el lugar de la ballena fue ocupado por el Estado y lejos de liberarnos de las cadenas como nos proponía Rousseau nadamos ahora en peor compañía, la del Leviatán.

Capitalismo, tráfico y ciudad (I)

Hace unas semanas Libre Mercado publicó una entrevista que me realizó Manuel Llamas con motivo del alarmismo generado en las últimas semanas en Madrid por la polución. En ella expuse que los datos no avalaban el alarmismo que se está vendiendo en los últimos días al respecto, pues las partículas contaminantes de la capital de España están dentro de la normalidad. De hecho, si comparamos Madrid con otras ciudades menos contaminadas, veremos que las diferencias son insignificantes. Además, comenté que la polución lleva décadas bajando, tal y como muestran algunos estudios, como, por ejemplo, "It’s Getting Better All the Time: 100 Greatest Trends of the Last 100 Years" de Julian Simon y Stephen Moore.

Página 187 de “It’s Getting Better All the Time: 100 Greatest Trends of the Last 100 Years" de Julian Simon y Stephen Moore.

Estos datos no fueron recibidos con entusiasmo por los que intentan vender Madrid casi como una catástrofe ambiental. Sin embargo, según los comentarios que he podido leer sobre la entrevista, lo que más ha molestado a algunos es que dijera que nuestras ciudades están cada vez menos contaminadas gracias al capitalismo y que la figura del empresario, la construcción de más parkings, la propiedad privada, la liberalización del planeamiento urbano y los servicios públicos eran clave para mejorar el tráfico en nuestras urbes y seguir reduciendo la contaminación.

Por ello, me gustaría explicar un poco más, las aseveraciones que hice en la entrevista. 

En este primer comentario quiero exponer por qué las ciudades son más limpias gracias al capitalismo y en mi próximo artículo presentaré las soluciones que considero prioritarias si queremos realmente solucionar la ineficiencia del tráfico en las mismas. 

El capitalismo no es otra cosa que lo que surge cuando se deja a los seres humanos en libertad, pues cooperan entre ellos intercambiando bienes y servicios y, además, a través del ahorro y la creatividad empresarial, son capaces de ir creando riqueza. Si esto no existiera y sólo nos dedicáramos a consumir, como algunos pretenden, seguiríamos en las cavernas.

La ciudad como tal surge gracias al libre mercado y al capitalismo. Los individuos descubren que, para cooperar unos con otros, es mucho más económico para vivir agrupados en urbes que dispersos a lo largo del globo. Pero es que, además, nuestras ciudades son un claro ejemplo de ahorro y creación de riqueza. Hemos pasado de unas ciudades con viviendas que hoy serían consideradas como chabolas, con calles estrechas y empedradas y sin ningún tipo de alcantarillado o alumbrado público a otras que ya tienen viviendas robotizadas y están perfectamente climatizadas, con calles espectaculares asfaltadas y con avenidas ajardinadas para pasear y, por supuesto, poseen alumbrado público y un buen saneamiento.

Cuadro de Madrid a mitad del siglo XVIII de Antonio Joli .

Madrid en el siglo XXI.

Por añadidura, la ciudad como tal es el mejor invento capitalista —poder intercambiar, ahorrar y crear riqueza— que conocemos, pues gracias a las facilidades de intercambio que dan es más fácil que se produzca el importante fenómeno de división del trabajo que es fundamental para el desarrollo y la creación de riqueza y, por lo tanto, alcanzar un mayor bienestar social. En el pasado, en nuestras ciudades, que se parecerían más a los pueblos de hoy pero indudablemente con más actividad, no existían hospitales y los médicos eran generalistas, sin embargo, en las ciudades desarrolladas tenemos importantes hospitales y en ellos los médicos están cada vez más especializados. Algo así no podría existir sin la división del trabajo y el conocimiento y el ahorro y la capitalización del mismo. Es más, no podríamos hablar de sociedades desarrolladas sin nuestras ciudades y, tal y como explica magistralmente en su libro Edward Glaeser, las ciudades son nuestro mejor invento y nos hacen más ricos, inteligentes, verdes, sanos y felices. 

Algunos podrán pensar que esto es un error, que a simple vista se ve, que claramente la ciudad es el peor invento del hombre y el más contaminante y, por ello, necesita estar fuertemente regulada y planificada centralmente para que los despiadados y contaminantes hombres no hagan de las suyas destrozando el planeta.

Más bien, es absolutamente lo contrario. Se imaginan un mundo donde viviéramos separados unos de otros a kilómetros de distancia y sin carreteras, es decir, habitando en cabañas en medio de la nada o el bosque. O donde las ciudades están formadas por calles y grandes espacios verdes poco edificadas al más puro estilo de Broadacre City de Frank Lloyd Wright. Sin duda, seríamos pobres, eso lo primero, pero es que además, estaría infinitamente más contaminado, puesto que aparte de no disponer de sistemas de transporte eficientes, tendríamos que destinar infinidad de recursos para llevar la electricidad a cada una de las casas, plagando la tierra de cables y con los desechos acumulados en cada una de nuestras casas entre otra importante cantidad de problemas que surgirían.

Imagen de Broadacre City de Frank Lloyd Wright.

Sin embargo, las ciudades nos permiten todo lo contrario y, además, gracias al capitalismo son cada vez más limpias y eficientes. El ahorro, la inversión y la creatividad empresarial, claves en el proceso de creación de riqueza y fundamentos básicos del capitalismo, han permitido que el principal recurso de las ciudades sea el capital humano y no el físico.

Como apunté en la entrevista, muchas personas socialistas siguen pensando que lo que genera riqueza es poner a mucha gente trabajando en una fábrica haciendo láminas de acero. Empero, esto no es así. Con el paso del tiempo la industria y los trabajos derivados de la misma han ido perdiendo protagonismo y cada vez es más importante el capital humano para la creación de riqueza. 

Además, como también comenté, la tendencia del capitalismo es la desindustrialización de las ciudades y, gracias a ello, cada vez son más limpias, debido a que los propios ciudadanos quieren lugares confortables donde vivir y, merced al transporte, la industria puede situarse a las afueras de la ciudad. No obstante, también habría que apuntar que, gracias al capitalismo y no a los protocolos de Kioto, la industria contamina cada vez menos, pues la maquinaria es cada vez mejor, más eficiente y menos contaminante.

Imagen de la Ría de Bilbao en 1961.

Imagen de la Ría de Bilbao en 2013.

Por otro lado, las ciudades en el pasado carecían de saneamiento y los desechos se vertían en la vía pública, no existían automóviles y las calles estaban repletas de excrementos de animales. Gracias a todos los avances y al ahorro y la creación de riqueza, esto ya no es así. Además, cuando se produjo la revolución industrial no existían automóviles y las ciudades se llenaron de fábricas que contaminaban enormemente, pues los trabajadores tenían que vivir donde estuvieran las fábricas. Pero aunque algunos podrían ver la revolución industrial como un mal del capitalismo que ensució nuestras ciudades, la realidad es más bien la contraria, pues debido a este fenómeno que se produjo gracias al capitalismo, fuimos capaces de crear mucha más riqueza y emplearla en asfaltar calles, incluir el saneamiento, crear ese invento maravilloso llamado automóvil y, por tanto, conseguir mejorar la contaminación de nuestras ciudades en otros aspectos mucho más preocupantes que los de hoy. 

En este aspecto, algunos podrían decir que la mejora de salubridad de nuestras urbes se produjo gracias a importantes planes urbanísticos, pero, sin negar que tuvieron unos efectos concretos y medibles, estos planes no se podrían haber realizado nunca sin el incremento de la riqueza que se produjo gracias al avance tecnológico y a la creatividad empresarial.

Esa misma creatividad, pieza clave en el fenómeno de creación de riqueza y que sólo se puede dar en el capitalismo, ha sido fundamental también para lograr que nuestros coches sean cada vez más limpios. Y estoy convencido que si el capitalismo no se coarta, los automóviles en el futuro serán aún más económicos y menos contaminantes.

Syriza, Podemos o Venezuela: el populismo y la hipocresía de la izquierda

Con la victoria de Syriza copando todos los titulares en Europa y la consiguiente -y esperada- caída de la Bolsa griega como reacción a la nueva realidad política, uno no puede dejar de pensar en qué pasará en España cuando lleguen las próximas elecciones. Son muchas las similitudes ideológicas entre Syriza y Podemos, que se confirman al leer sus respectivos programas electorales. Pero si hay algo que une a ambas formaciones políticas es su naturaleza populista. Y es precisamente esta circunstancia la que más debería de preocupar al ciudadano medio en España. ¿Por qué? Porque el populismo es como un virus, cuya propagación acaba afectando a todas las formaciones políticas y cuyas recetas simplistas, contraproducentes y utópicas se acaban instalando en la mente de los votantes. Y es que Podemos es populista y demagógico hasta en el nombre. No, no podemos impagar la deuda, subir impuestos, aumentar el gasto público, aumentar la regulación, implantar una renta básica universal, nacionalizar media economía, gobernar con un sistema asambleario, adelantar la edad de jubilación o subir el salario mínimo. No podemos hacerlo si lo que buscamos es prosperidad. Podemos hacerlo (más bien, decir que lo haremos) si lo que buscamos es ganar unas elecciones. Populismo 2.0.

Para comprobar que las recetas populistas no funcionan no tenemos más que observar a dos países: Grecia y Venezuela. Empezando por Grecia, el discurso que ha aupado a Syriza al poder ha sido una fortísima oposición a unas supuestas políticas de austeridad y un rechazo de los ajustes exigidos por la Troika. Y digo supuestas por que el déficit público griego no ha parado de subir. Esta es la primera demagogia de la izquierda europea: vender una austeridad pública que brilla por su ausencia. Pero ya saben, repitan una mentira mil veces y se convertirá en verdad. La segunda es que parte de la situación griega sea por culpa de una desalmada Troika, que habría impuesto a Grecia unas medidas de ajuste imposibles de cumplir. Otra mentira tan grande como la que el Gobierno griego ocultó sobre la realidad de sus finanzas públicas al entrar en el euro. Gracias a la Troika, Grecia ha podido pagar los últimos años las pensiones y el resto del gasto social, ha logrado que no se le cierren los mercados de deuda internacionales (pese a hacer una quita de su deuda en 2012 del 73%, ahorrándose 100.000 millones) y ha podido financiarse en 2013 con tipos de interés más bajos que los de Alemania. Cuando uno compara la realidad con el discurso de Syriza se da cuenta del abismo que hay entre uno y otro. Ese abismo tiene un nombre: populismo. Lo peor del populismo es que siempre va acompañado de hipocresía. En el caso griego, la hipocresía es que un partido político que dice ser de izquierdas tarde apenas 24 horas en olvidarse de sus votantes y planee una alianza con ANEL, un partido de derechas griego que, en palabras de Juan Ramón Rallo es “nacionalista, mercantilista, antiliberal, antiausteridad, proteccionista y antiinmigración.”

Lo mismo que sucede en Grecia, lleva tristemente cerca de quince años sucediendo en Venezuela. Hugo Chávez, máximo responsable de la tragedia que hoy están viviendo los venezolanos, tenía la misma ideología que Podemos, por más que estos últimos lo quieran ocultar. Fue el populismo y la demagogia lo que aupó a Hugo Chávez al poder. Fueron unas promesas imposibles de cumplir y fue la ocultación de sus verdaderas intenciones las que lograron que millones de venezolanos confiaran su voto en el militar golpista. Muchos de esos venezolanos están arrepentidos de haber confiado en un discurso muy seductor, que prometía milagros y que tan sólo ha conseguido alcanzar unos niveles de miseria inaceptables. El régimen bolivariano estaba condenado desde el primer día, como cualquier otro sistema socialista, al más absoluto fracaso. Los que se sorprenden de que Venezuela haya aguantado tanto tiempo un sistema económico que consigue una pauperización generalizada deben de observar una variable que está copando titulares hoy en día: el precio del petróleo. El Gobierno de Chávez llegó al poder con el precio en $20 por barril y ha llegado a verlo a más de $150. Ahora que esos ingresos extraordinarios y ficticios desaparecen, la realidad se impone y observamos las consecuencias del intervencionismo económico de todos estos años: escasez y desabastecimiento generalizado, hambrunas, cortes de luz, inflación desbocada, déficit públicos gigantescos y un default más que probable (que ya roza una probabilidad del 100%). Con la abrumadora realidad que asola al país, el régimen de Maduro sigue siendo tremendamente populista, demagogo y mentiroso. La hipocresía del régimen venezolano es obvia. ¿Acaso creen que los principales dirigentes del país hacen colas para comprar productos básicos en los supermercados? ¿Creen que tienen las mismas dificultades para acceder a divisas internacionales a los mismos tipos de cambio que el resto de la población?

Y aquí es donde entra en escena Podemos. A todos los que les comparan y relacionan con el chavismo y Venezuela les acusan de manipuladores y demagogos. Afortunadamente, la hemeroteca y la documentación es tan abrumadoramente extensa que no hay duda de la relación profesional e ideológica entre unos y otros. Negar la relación es una simple estrategia electoral: que el electorado español sepa la verdad en este asunto tendría un coste que no se puede asumir. Mucho se ha escrito sobre la relación de Iglesias, Monedero y Errejón con el chavismo. Sabemos, por ejemplo, que han recibido varios millones de euros por (supuestamente) asesorar al gobierno venezolano. Mi opinión personal es que los asesorados han sido ellos. Hasta la idea del nombre de Podemos viene de Venezuela. El aluvión de millones recibido de Venezuela ha permitido (con La Tuerka primero y Podemos después) desembarcar en España el monstruo de chavismo. Los niveles de populismo a los que Podemos está degradando el discurso político son peligrosamente altos. Y como comentaba anteriormente, el problema del populismo es que se extiende. ¿Conclusión? Tenemos populismo para rato.

Una de las características del populismo es la manipulación de la verdad con fines electorales. Lo importante es llegar al poder y todo lo que se haga con tal de alcanzarlo es legítimo. Al igual que hemos visto que sucedía en Grecia y Venezuela, el populismo de Podemos es por encima de todo hipócrita. Ya sabemos (tras la buena labor de investigación de la prensa y no por la transparencia de sus líderes) que Iglesias y Monedero forman parte del top 1% de los ciudadanos por sus rentas. Los portavoces del 99% son curiosamente miembros del famoso top 1%. ¿Cabe mayor hipocresía? ¿No era imposible hacerse rico si no era mediante la explotación del obrero? ¿Qué sentido tiene que Monedero hable de los ricos como si él no fuese uno de ellos? Pierde bastante legitimidad una persona que dice que los ricos se van sin pagar cuando él lo es y se ha demostrado que intenta pagar los menores impuestos posibles.

No hay mejor ejercicio contra la ignorancia que el saber. Aprendamos de las catastróficas consecuencias que el socialismo ha provocado en Venezuela. Miremos con lupa el desastre económico que el nuevo gobierno de Syriza muy probablemente genere sobre sus ciudadanos. No caigamos en la trampa del populismo, con sus cantos de sirena y burda manipulación de la realidad, con sus promesas utópicas y sus liberticidas intenciones. No caigan en la trampa de Podemos. En la dramática situación en la que se encuentra España no nos lo podemos permitir. No, we can´t.

Libertad de expresión y estado de derecho

¿Puede un liberal escribir: Je ne suis pas Charlie?

Desde luego, si respetamos el principio de la libertad de expresión tendríamos que admitir esta postura, bastante minoritaria, en medio de la marea de lápices y de adhesiones al Semanario (y de ventas millonarias). Voy a tratar de razonar con ustedes, dialogando con varios compañeros anteriores de sección, por qué me parece un asunto no tan sencillo de resolver y con varios matices para tener en cuenta.

Sin entrar en precisiones jurídicas, ámbito que apenas conozco, pienso que la libertad de expresión es un derecho fundamental, pero con limitaciones y exigencias de responsabilidad. Me parece que el respeto a la verdad debería estar por encima de la libertad de expresión (¿está justificado mentir o decir impunemente cualquier cosa?). Por supuesto, el derecho a la vida es un bien mayor, de manera que no cabe ninguna justificación para esos terribles asesinatos, sea o no sea razonable la opinión de los redactores de Charlie. Ahora bien, creo que es posible -desde posturas liberales- plantear una frontera a la libertad de expresión: la que marca el estado de derecho y el respeto a los demás. A veces se pone como excusa la "autocensura": es que si no digo todo lo que pienso estoy violentando mi propia libertad… No es tan sencillo: claro que existen límites al ejercicio de mi libertad, como por ejemplo los derechos de mi vecino. Aquí tendríamos que considerar hasta qué punto es más libre la persona que hace exactamente lo que le apetece, o la persona que actúa bajo un principio de responsabilidad. Yo me apunto al segundo caso.

Por eso, no me parece justificable ampararse en la libertad de expresión para insultar, denigrar o simplemente difundir conductas poco ejemplares de otras personas. Pero claro, los límites entre lo correcto y lo abusivo no son fáciles de discernir: para ello tenemos un sistema jurídico que, con todos los errores que queramos, debería tratar de defender los derechos individuales, la fama, el honor, el buen nombre, etc. En España, la presión terrorista y una enfermiza obsesión por lo políticamente correcto nos ha llevado a emplear de forma bastante cansina ese término del "supuesto delincuente": aunque todo el mundo haya visto cómo disparaba su arma, será un supuesto asesino hasta que se le juzgue… Pero sensu contrario, parece que cualquier ciudadano anónimo tiene que aguantarse que le mancillen su honorabilidad so capa de la libertad de expresión. O también los políticos, que ya no son anónimos, tendrían que soportar en la entrada de sus viviendas esos agresivos escraches por la misma razón.

Claro que hay límites a la libertad de expresión, y la justicia debería velar por su respeto (me parece que con más cuidado). Otro derecho fundamental es la libertad religiosa: no es correcto insultar (o discriminar) a las personas por sus creencias, del mismo modo que por su color de piel, cultura o estrato social. Sin embargo, la única herramienta para defender estos principios es exigir el cumplimiento de la Ley: si alguien se siente agredido, que vaya a los tribunales. Es en este sentido en el que me ha parecido, también, poco afortunada la expresión del papa Francisco: no se puede dar un puñetazo al que te insulta… Hay que denunciarle ante el juez: por eso, mi consejo a esos musulmanes moderados que ahora todo el mundo cita, es que denuncien al Semanario si se sienten ofendidos. Y lo mismo le pediría al Sr. Arzobispo de París si la portada de esa revista se mofa de la religión católica (como parece que acaba de hacer): por favor, vaya a los tribunales. ¿Resulta que la justicia es una basura y nadie nos defiende?: pues a protestar, razonar y presionar para que se cambie.

La ironía de todo esto, como bien escribe Antonio J. Chinchetru, es que da la sensación de que "el Papa ha enviado un peligroso mensaje a los integristas, unos totalitarios que amenazan la vida y la libertad de millones de seres humanos. Les ha dicho que la máxima autoridad de la principal confesión cristiana, a la que ellos identifican de forma automática con el conjunto de Occidente, no está dispuesta a defender los valores de esa misma civilización occidental y hasta les ofrece cierta cobertura moral" (aunque yo matizaría lo de calificar como fundamentalistas cristianos a los que defienden la divinidad de Jesucristo).

En un sentido más conceptualista, F. Capella explicaba que "Defender el derecho a expresar cualquier idea no es equivalente a defender o estar de acuerdo con esas mismas ideas ni implica tener que participar en su difusión: es posible defender el derecho a expresar cosas que se califican como estupideces, o ideas erróneas o nocivas". Como liberal, yo aceptaría este derecho a expresar cualquier idea, siempre que existan los mecanismos legales para defenderse en caso de agresión, injusticia o falta a la verdad. Porque me parece peligrosa la situación que plantea enseguida el mismo Capella: "Libertad total de expresión puede significar que mediante el lenguaje se mienta, se acuse falsamente de delitos, se defiendan las violaciones de la libertad, la violencia o la incitación a la misma, se coordinen agresiones, o se produzcan humillaciones y vejaciones contra individuos o colectivos oprimidos o estigmatizados": ¿qué podemos hacer en estos casos?

Una respuesta interesante es la que propone Francisco J. Contreras, llamando a una reflexión consecuente sobre lo que consideramos "valores europeos". Y también me ha gustado lo que escribía Gabriel Zanotti jugando con esa expresión: "yo soy el respeto", "yo soy la libertad religiosa", "yo soy el Rule of Law". Es en estos sentidos en los que me parece adecuado protestar: Je ne suis pas Charlie!

Syriza gana en Grecia, ¿y ahora qué?

Tal y como se preveía, la coalición radical de izquierdas, Syriza, ha ganado las elecciones generales celebradas este domingo en Grecia. Aunque el partido liderado por Alexis Tsipras ha conseguido una victoria muy holgada, mayor incluso de lo que muchos esperaban, se ha quedado a las puertas de alcanzar la mayoría absoluta en el Parlamento heleno, con 149 escaños frente a los 151 necesarios para gobernar en solitario -el Congreso cuenta con un total de 300 asientos-.

La formación Nueva Democracia, del hasta ahora primer ministro, Antonis Samaras, ha logrado la segunda posición, pero con casi la mitad de diputados que Syriza, mientras que los nazis de Amanecer Dorado se han aupado con el tercer puesto.

1. Gobierno de coalición

Así pues, Tsipras se ha visto obligado a alcanzar algún tipo de acuerdo para poder gobernar. Contaba con tres días para negociar con los distintos partidos algún tipo de alianza, pero el pacto ha sido posible en la primera ronda de conversaciones. Syriza ha llegado a un principio de acuerdo con los Griegos Independientes (Anel), la derecha nacionalista, que ha conseguido 13 escaños.

Su líder, Panos Kammenos, afirmó este lunes, tras reunirse con el Alexis Tsipras, que "a partir de este momento hay gobierno" en Grecia. "Los Griegos Independientes ofrecerán su voto de confianza al Gobierno", dijo Kammenos. "Hoy Alexis Tsipras visitará al presidente y anunciará el Gobierno", indicó. Ahora, el Parlamento tendrá que ratificarlo mediante un voto de confianza en los quince días posteriores a la constitución del nuevo gabinete.

Aunque, a priori, ambas formaciones están muy alejadas ideológicamente, han colaborado juntos en su labor de oposición al Ejecutivo de Samaras, ya que bloquearon la elección del nuevo presidente de la República, provocando con ello el adelanto electoral. Además, están de acuerdo en la necesidad de reestructurar la deuda pública, así como en rechazar la senda de austeridad y reformas impuesto por la troika -Comisión Europea, Banco Central Europeo y Fondo Monetario Internacional-.

Su alianza, por tanto, dibuja un gobierno firme y sólido (sumarían 162 escaños) frente a la troika, avanzando así con escenario de duras negociaciones internacionales sobre el memorando de rescate. Nada más anunciarse la victoria en las urnas, Tsipras declaró que la austeridad había llegado a su fin en Grecia. De hecho, el responsable del programa económico de Syriza, Yannis Miliós, afirmó el domingo que el programa acordado entre Andoni Samarás y el eurogrupo "está muerto". Pese a ello, Syriza y Anel no coinciden en otros puntos, como la política de migración, por lo que tendrán que llegar a puntos de acuerdo para garantizar la estabilidad política durante toda la legislatura.

2. Negociación con la troika

Siendo la renegociación del rescate la principal reivindicación de Syriza, se abre ahora un nuevo escenario de incertidumbre, en el que Atenas tendrá que sentarse con la troika con el fin de alcanzar un nuevo acuerdo sobre las condiciones del rescate y la posible reestructuración de la deuda helena.

Sin embargo, el tiempo y el dinero apremian. La extensión del rescate actual expira a finales del próximo mes de febrero y, en ausencia de acuerdo, el BCE ya ha advertido que cortará el grifo de la financiación a los bancos helenos, desatando con ello el temido corralito financiero y la posible salida del euro.

La primera prolongación de la parte europea del rescate expira el 28 de febrero a medianoche, de manera que el 1 de marzo ya no habrá ninguna red de seguridad para Grecia, salvo la del FMI, cuya ayuda todavía continuará hasta finales del primer trimestre de 2016, aunque actualmente está congelada, al igual que el último tramo europeo de 1.800 millones de euros.

La troika suspendió a finales de diciembre las conversaciones con Atenas hasta que se formase un nuevo Gobierno. Una precondición para una nueva extensión de la ayuda es que Atenas lo solicite formalmente y para ello la petición debe llegar a través de un interlocutor "legitimado", según las fuentes comunitarias, informa Efe.

Además, Grecia deberá afrontar pagos de 5.000 millones de euros en vencimientos de créditos y bonos el próximo marzo, y el BCE no comprará deuda helena, como mínimo, hasta julio. Atenas tampoco puede emitir deuda por su cuenta sin la autorización previa de la troika. Una de las opciones que baraja el Eurogrupo (ministros de Economía y Finanzas de la zona del euro), que se reúne este lunes para analizar la situación de Grecia, es la posibilidad de prolongar el segundo rescate griego hasta seis meses con el objetivo de garantizar la estabilidad financiera del país para poder negociar.

3. Nuevas condiciones de rescate

El peso de la deuda helena alcanza hoy el 175% del PIB. La mayor parte, casi el 80%, está en manos de la troika y, en concreto, el 60% corresponde a los estados de la zona euro, ya sea a través de préstamos bilaterales o las aportaciones al Fondo de rescate europeo.

Hasta el momento, las posturas de unos y otros son claras. Europa, por un lado, no está dispuesta a aceptar una nueva quita, aunque abre la puerta a suavizar aún más las condiciones financieras del rescate a través de una nueva reducción de los tipos de interés y una prolongación de los vencimientos. Además, una quita requeriría la aceptación unánime de todos los socios de la zona euro, y Finlandia, Alemania y Holanda ya se han posicionado en contra.

Tampoco se contempla una nueva quita sobre los títulos que aún posee el sector privado, tal y como aconteció en el segundo rescate, ya que, por un lado, esos bonos están emitidos bajo la legislación inglesa, lo cual dificulta su aplicación y, por otro, dañaría, sobre todo, a los bancos griegos.

Syriza, por su parte, más allá de suavizar las condiciones financieras, pretende vincular el pago de la deuda a determinados objetivos de crecimiento. Es decir, Atenas pagará, pero solo si el PIB de Grecia crece a un determinado ritmo anual (promedio del 7% nominal, según destacados miembros del partido de Tsipras).

Ambos tendrán que ceder de algún modo para llegar a un acuerdo: la troika, aliviando el peso de la deuda y rebajando algunas condiciones fiscales y económicas; y Syriza, manteniendo más o menos la senda trazada desde Bruselas y Berlín para ganar competitividad y cerrar el agujero del déficit. Las amenazas y órdagos de unos y otros quedarían, por tanto, en un mero amago.

4. ¿Salida del euro?

La apertura de negociaciones y la posibilidad de llegar a acuerdos alejaría, por tanto, el riesgo de que Grecia salga del euro. Pese a ello, conviene tener presente que la posición del bloque comunitario ha cambiado respecto a 2012, cuando también se barajó esta opción. La zona euro está menos preocupada que entonces, ya que el impacto de esta salida sería menor gracias a los nuevos mecanismos puestos en marcha, como la unión bancaria, los fondos de rescate europeos o la compra masiva de deuda por parte del BCE. Bruselas piensa que el riesgo de contagio a otros países es menor y más manejable en caso de que Atenas, finalmente, abandone la Unión Monetaria.

Aún así, la mayoría de analistas coincide en que este escenario es poco probable. Por un lado, más del 70% de los griegos quiere permanecer en el euro, y, por otro, a ningún socio le interesa que se produzca dicha salida, puesto que rompería un mito, hasta ahora, muy asentado, el de que, una vez dentro del euro, no hay marcha atrás… Todo dependerá del curso de las negociaciones entre Atenas y la troika.

5. Influencia sobre otros países

Sin embargo, lo que ocurra en Grecia también afectará, de una u otra forma, a otros países del euro. Si Syriza se sale más o menos con la suya, logrando un acuerdo ventajoso para sus intereses políticos, tras rebajar las condiciones del rescate con la troika, otros partidos de corte populista se verán también beneficiados a nivel electoral. Es el caso de Podemos en España, el Movimiento 5 Estrellas en Italia y el Frente Nacional en Francia. Pero también ayudaría a impulsar a las formaciones euroescépticas que han surgido en el norte de Europa, contrarias a los rescates de los países del sur.

Y al revés. Si la troika no cede y Grecia abandona el euro, serviría de ejemplo a otros estados tentados a dejar de lado las reformas y ajustes para cumplir los principios que estipula Maastricht. Sea como fuere, Grecia vuelve a marcar, una vez más, la agenda de todo el bloque del euro.

Justicia fiscal

 Un reciente informe de Oxfam presentaba este título notable: "Justicia fiscal para reducir la desigualdad en Latinoamérica y el Caribe", y empezaba así:

La recaudación tributaria en Latinoamérica y el Caribe es baja en relación con su potencial y no se corresponde con las inmensas necesidades sociales de la región.

De entrada este lenguaje es equívoco e inquietante. El apellidar a la justicia, llamándola "fiscal", es característico del pensamiento único y sólo puede invitar a la coacción: en efecto, justicia fiscal jamás quiere decir bajar los impuestos, lo que es una curiosa identificación de la justicia con el quebrantamiento de los derechos de los ciudadanos a conservar lo que es suyo. Para arribar a esta inquietante conclusión es necesario pasar por el truco de que lo desigual es injusto y de que lo justo no es ya la igualdad ante la ley sino al revés: lograr que la ley nos haga iguales a la fuerza. En otras palabras, se define lo injusto como justo.

A partir de ahí llega el despropósito de creer que se puede determinar cuál es el "potencial" de una comunidad para ser saqueada por sus autoridades, y a pretender justificar la usurpación en términos de "las inmensas necesidades sociales". Por supuesto, entre esas gigantescas necesidades jamás se toma en consideración la circunstancia de que igual las personas necesitan que el poder no viole sus derechos. Al contrario, se define la "necesidad social" como algo que inevitablemente requiere dicha violación.

Hay excursiones hacia los habituales paraísos de la corrección política: "promover la diversificación económica y el desarrollo de actividades ecológicamente responsables y generadoras de empleos de calidad", como si eso fuera algo que las autoridades son capaces de lograr recortando las libertades de sus súbditos. Y que tal recorte es el objetivo fundamental resulta indudable. Oxfam habla de "un sistema fiscal justo y equitativo" ligándolo a "la función redistributiva del Estado", cuya naturaleza coercitiva debe ser potenciada:

Los sistemas tributarios deben equilibrarse hacia modelos más progresivos, en los que se grave más la riqueza y la propiedad y no solamente el consumo y el salario.

No hay ninguna forma de concluir de todo esto que el poder deba respetar los derechos del pueblo. Igual que del anhelo de lograr una "participación ciudadana efectiva que represente los intereses de los grupos históricamente desfavorecidos" no hay manera de concluir que Oxfam incluye a los contribuyentes entre los "históricamente desfavorecidos".

Syriza: hazlo todo y hazlo ya

Grecia ya no es rehén ni de los mercados, ni de la Troika, ni de su casta partitocrática ni de su oligarquía empresarial. Tampoco hay necesidad de que lo siga siendo del euro o de su deuda cienmilmillonaria. Con el poder absoluto en manos de Syriza, Grecia recupera su soberanía. Ya no hay excusas: el programa de la izquierda de casta, del socialismo pata negra, puede aplicarse sin templar gaitas en el primero de esos países rescatados por Bruselas que jamás debieron ser rescatados de su propia irresponsabilidad.

Toca, según se ha prometido, multiplicar el gasto público para enterrar cualquier atisbo de austeridad presupuestaria, crear 200.000 empleos estatales, relanzar la obra pública para estimular olímpicamente la actividad, subir los impuestos estableciendo un tipo marginal máximo del 75% sobre la renta, nacionalizar "sectores estratégicos" como la banca y, sobre todo, decretar una nueva quita del 50% sobre la deuda pública.

Ciertamente, lo lamentaré por los ciudadanos griegos, tanto por aquellos que votaron a Syriza seducidos por las falacias del populismo como, sobre todo, por aquellos que no lo hicieron, conocedores del desastre que supondría aplicar semejante programa. Pero, por desgracia, cuando la mayor parte de los ciudadanos de un país ha interiorizado valores e ideas absolutamente disfuncionales para la convivencia cívica y para el progreso compartido, el desastre deviene inexorable de un modo u otro: mientras el arribismo y el revanchismo prevalezcan sobre el respeto mutuo, la armonía social permanecerá quebrada.

Llegados a este punto, sólo cabe esperar que Syriza cumpla la totalidad de su programa lo antes posible. Que lo cumpla, además, sin interferencias externas de ningún género: ni para penalizarles ni para privilegiarles; es decir, ni bloqueos comerciales ni tampoco inyecciones de liquidez por parte del BCE que contravengan sus propios estatutos. Reglas iguales para todos y que cada cual, dentro de esas reglas, actúe como mejor considere, asumiendo responsablemente las consecuencias de sus actos.

En ocasiones resulta imprescindible que unos pocos se equivoquen para que todos los demás no lo hagan. De los visibles errores ajenos puede aprenderse mucho más que de los ignotos aciertos propios; por eso, por ejemplo, las quiebras empresariales son tan importantes: porque ponen de manifiesto para todos el camino que no debe seguirse. Es verdad que, pese a la elocuencia de ciertos fracasos, no existen garantías de que el ser humano no opte por tropezar dos, tres o veinte veces en la misma piedra. Pero, desde luego, las probabilidades de no repetir en nuestras propias carnes los fiascos ajenos se maximizan cuando el fiasco ajeno deja de ser un simple hipotético y pasa a convertirse en una realidad palpable.

Por eso Syriza debería conciliar el mayor apoyo internacional posible para que ejecute con la mayor premura la totalidad de su programa: sus votantes y simpatizantes deberían exigírselo por elemental coherencia; el resto de europeos no simpatizantes, por simple supervivencia. Es hora de pasar de las palabras a los hechos y de los hechos a la responsabilidad.