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El año 2015

Durante los últimos tres meses de este 2014 que agoniza ya se ha jugado la suerte de lo que va a suceder durante el año que viene. Y, salvo que concurra algún tipo de cisne negro inusitado ajeno a las zonas calientes de conflicto geopolítico o económico del planeta, las cartas con las que España tiene que jugar la partida de la recuperación ya están sobre el tapiz.

Como cualquier gran crisis que el sistema económico moderno ha soportado durante los dos últimos siglos, la crisis actual ha tenido que lidiar con un problema de iliquidez sin parangón. Hasta el punto de secar el mercado interbancario y prácticamente bloquear las operaciones corporativas y la financiación durante trimestres.

España y la Unión Europea decidieron apostar al riesgo moral en 2012. Esto es, decidieron lavar los errores de descalce de una gran parte de los bancos con dinero del contribuyente. Solucionar los desajustes que estos errores habían generado en la economía productiva (y, sobre todo, en el mercado inmobiliario) pasándole la patata caliente al ciudadano. Esta arriesgada apuesta, que anula la posibilidad de aprendizaje de aquellas asociaciones que metieron la pata, nos ha llevado a la situación actual.

Y la situación actual española es la de un sistema financiero saneado gracias a los colchones que ha ido colocando la Hacienda pública, con una liquidez artificialmente infinita emanando de los bancos centrales y con una oferta inmobiliaria artificialmente reducida gracias al papel que ha jugado Sareb.

Sin embargo, una vez tomada la decisión políticamente sencilla (trasladar el coste al votante), toca ahora ejecutar la decisión compleja: el cambio de modelo productivo. Y esta decisión es la que se ha ido tomando, poco a poco, durante los últimos meses en los órganos de dirección de aquellos con facultad real de tomarla. Es decir, todos aquellos que tienen ahora la financiación necesaria para posibilitar el cambio.

Los bancos españoles, que precisamente tienen que jugar este papel, llevan en desempeñando una actitud binaria durante los últimos meses en lo que a financiación se refiere. Disfrutamos los mismos tipos en el mercado de deuda que en Alemania (hablo ahora de deuda privada) y nuestros bancos, al igual que los alemanes, no saben qué hacer con esta financiación. Y digo actitud binaria porque se topan con activos muy valiosos a los que claramente quieren prestar financiación y activos totalmente distressed a los que no se atreven a prestar. El problema es que estos valiosos activos no están acudiendo a la ventanilla bancaria (o simplemente acuden para refinanciar su deuda, alterando los términos y condiciones pero sin demandar crédito nuevo) mientras que los que sí acuden son aquellas empresas (y personas) que aún no han solucionado sus desajustes.

Ha sido el momento, por tanto, de adoptar una nueva posición estratégica en la financiación española bancaria. El modelo hipotecario, pese a la importante reducción del stock de vivienda y la recuperación esperada de volumen y precio, no es la palanca de crecimiento a futuro de las entidades financieras. Y no lo es no porque estemos ante el final del ladrillo en España. Si no porque es un modelo que no permite construir una fuente de ingresos sostenible ad aeternum. Y menos aún con el invierno demográfico que se aproxima.

Por todo, y como decíamos al principio, en los órganos de dirección de los grandes bancos se ha tomado la decisión de qué hacer con toda esa liquidez que no están logrando colocar y que tienen que colocar. Tienen que colocarla porque les penaliza tenerla en su balance de cara a Basilea III y si la quieren depositar en el BCE tienen que pagar unos tipos de interés negativos por los servicios.

¿Dónde va a dirigir la banca todo este exceso de recursos? Pues mientras siguen con su problema binomial parece que va dibujándose una tendencia a nivel operativo: la apuesta por el crédito al consumo y por la financiación a pequeñas y medianas empresas.

Por un lado, la financiación al crédito al consumo ha estado creciendo a tasas interanuales de dos dígitos durante todos los meses de 2014 (a excepción de agosto) según datos del Banco de España. Y es un dato especialmente relevante habida cuenta que no viene de una depresión anterior acuciante. Por ejemplo, la financiación de la vivienda a los hogares se ha disparado a tasas más elevadas que el crédito al consumo sin embargo venimos de una sequía.

Por contra, el mercado de crédito al consumo en España aún está por construir y diseñar. No se ha hundido porque no se ha podido hundir y la apuesta por el mismo desde los bancos es palpable (no hay más que ver los esfuerzos del Banco Santander por adquirir la financiera de El Corte Inglés, el giro estratégico de Banco Popular, las líneas de crédito a matrimonios de Bankinter o las líneas revolving de hasta 12.000€ de Bankia a menores de 30 años).

La otra pata sobre la que se construye el retorno de la financiación son los préstamos a pequeñas y medianas empresas. Volviendo a los datos del Banco de España, los préstamos de nominales inferiores a 1 M€ a PYMES han crecido a tasas superiores al 6% interanual durante 2014, cada mes. Intensificándose el crecimiento desde junio.

Parece, por tanto, que la orden que se ha ido trasladando a los comités de riesgos de los bancos españoles es la de apuntar al consumo y a las PYMES. Y, en concreto, a estas últimas con todo tipo de productos (factoring, cartas de crédito, líneas revolving de tipo RCF, pólizas, confirmings, deuda amortizable, deuda bullet, unitranche, etc.). En parte acuciados por el final del carry trade que disfrutaban por los bajos tipos del BCE frente a los altos tipos de la deuda pública de 2012 y del primer semestre de 2013 y en parte empujados por el cambio de paradigma de un modelo de bancarización español que pudo tocar su fin en 2012.

El cambio estratégico, que ha logrado que muchos bancos se construyan casi de cero una cuenta nueva de resultados, como se dice en el sector y cuyos paradigmas han sido Bankia y Banco Popular, ya ha empezado a ejecutarse. Y sólo nos queda por ver si la apuesta ha sido sensata y permitirá construir, también, una cuenta sostenible de pérdidas y ganancias a nivel macro. O si, por el contrario, volverá a generar un modelo insostenible adicto al crédito bancario. Alea iacta est.

La revolución Uber

El taxi es un servicio que tradicionalmente se ha pensado que no podía ser provisto por un mercado libre y desregulado. Los argumentos que a este respecto se han ofrecido han sido muy variados, pero se resumen en: asimetría de información (el usuario no puede saber de ninguna manera si un conductor es fiable y le va a prestar un servicio de adecuada calidad), excesivo poder de negociación por parte del conductor (si en cada viaje se renegocian los precios, el conductor tendrá una elevada capacidad para imponerle una alta tarifa al cliente, sobre todo durante los picos de demanda de taxis), aglomeración en algunos tramos del mercado (por ejemplo, en los aeropuertos no hay espacio físico para que los taxis se ubiquen libremente como deseen, sino que han de ser ordenados en colas específicas para optimizar el espacio y la utilización del servicio) y tendencia al colapso del mercado (si todo el mundo puede ser taxista, los ingresos per cápita serán tan reducidos que nadie podrá dedicarse profesionalmente a ello, de modo que todos los taxistas serán amateurs).

Estos “fallos del mercado” han servido hasta ahora para justificar la intervención estatal en el mercado de taxis a través de la expedición de un limitado número de licencias que, además, iban asociadas a una estricta regulación pública de los precios y de las condiciones de transporte y de competencia entre taxistas. El Estado, pues, ha terminado erradicando cualquier rasgo de mercado libre y competitivo en el sector del taxi con la aquiescencia generalizada del público, quien verdaderamente se ha creído la narrativa de que no existían alternativas a semejante regulación cartelizadora.

Por fortuna, si alguna vez hubo algún motivo para regular el sector del taxi, ese tiempo ya pasó: la aparición de Uber —una sencilla App que permite conectar al conductor con el pasajero en tiempo real— supone una auténtica revolución que hace del todo innecesaria cualquier tipo de normativa estatal al respecto. Todos los presuntos fallos del mercado que asolaban al sector del taxi son perfectamente solventados gracias a esta innovación tecnológica y empresarial.

Fallo 1: asimetría de información

¿Cómo saber si un conductor es confiable y no un potencial delincuente? ¿O cómo saber que el taxista no estafará al cliente maximizando el trayecto y el tiempo del viaje? Son problemas típicos que afectan a cualquier usuario, pero especialmente a los turistas que desconocen por entero una ciudad y sus costumbres. En muchos otros mercados, la calidad del servicio se regula a través de amenazas de represalia: si un vendedor nos presta un mal servicio, no volvemos a comprar en él, por lo que necesita mantenernos permanentemente satisfechos. En el taxi, sin embargo, ni siquiera disponemos de esta opción, ya que se trata de un servicio de trato no recurrente: lo habitual es que jamás repitamos viaje con un mismo taxista, por lo que como consumidores no podemos sancionar al mal conductor, quien por tanto posee fuertes incentivos a estafarnos.

Ciertamente, las compañías de taxis tienden a solventar parcialmente este problema: con tal de proteger su imagen de marca y su reputación, implementan procesos de selección de personal y aprueban regulaciones internas para garantizar la calidad del servicio. Pero suele argüirse que la solución es insuficiente: algunas compañías podrían imitar la marca o el nombre comercial de sus rivales para “parasitar” su prestigio, ofreciendo un mal servicio; asimismo, los turistas normalmente desconocerán por entero las compañías locales, por lo que no podrán seleccionar las más prestigiosas.

Uber, sin embargo, solventa totalmente el problema de asimetría de información. Por un lado, cada conductor es evaluado por cada usuario al terminar el trayecto mediante un sencillo sistema de cinco estrellas. De este modo, cada cliente puede conocer antes de contratar un servicio de taxi la calidad media de todos los conductores disponibles en la zona. A los conductores con ratings bajos (y, atención, se considera una nota “baja” toda aquella que no llegue a 4,7 sobre 5) se les notifica que pasan a estar bajo vigilancia y si, pasadas unas pocas semanas, no logra mejorar su rating, son desactivados de la aplicación (es decir, ya no pueden prestar sus servicios a través del sistema de Uber). Por tanto, los incentivos de los conductores para ofrecer un servicio de calidad son extremadamente altos.

Por otro lado, antes de contactar con un conductor los usuarios han de introducir la ruta que desean efectuar (punto de recogida y de destino), gracias a lo cual la App de Uber le proporciona al usuario el trayecto óptimo que el taxista deberá seguir (trayecto que además puede ser monitorizado por el usuario durante el viaje), así como un fiable horquilla del coste final del trayecto. Por tanto, el pasajero puede controlar en todo momento qué ruta está siguiendo el conductor: algo que hasta muy recientemente no podía hacer, por cierto, con los taxis convencionales.

En suma, la asimetría de información deja de ser un problema con Uber: incluso el turista que desconozca absolutamente una ciudad —incluso el idioma de esa ciudad— puede contratar un servicio de transporte de viajeros a través de Uber con las garantías de que no será estafado.

A este respecto, sólo un comentario adicional: con Uber, la asimetría de información no sólo se reduce para el viajero, sino también para el conductor. Conocidos son los casos de taxistas que han sido agredidos por pasajeros violentos, lo que convierte el oficio de taxi en uno relativamente peligroso. Uber, empero, también permite que los conductores evalúen a los usuarios, de manera que los taxistas saben cuán confiable es el pasajero antes de aceptar recogerlo (es decir, Uber contribuye a reducir la “prima de riesgo” de ser taxista).

Fallo 2: poder de mercado del conductor

Imagine que se ha terminado de comer las uvas con la familia en Nochevieja y desea coger un taxi para irse a una sala de fiestas. La demanda de taxis en ese momento es tan superior a la oferta que si los precios no estuvieran regulados y fijados de antemano —esto es, tuvieran que negociarse cada vez y en cada caso entre conductor y usuario— el taxista podría exigir tarifas absolutamente desproporcionadas que muchos pasajeros, ante el riesgo de no encontrar otro taxi disponible en toda la noche, aceptarían pagar. Tal vez este caso pueda parecerle altamente atípico, pero lo cierto es que en ciertos contextos un taxi puede convertirse en una especie de monopolio local: si no hay demasiados taxis alrededor, cuando encontramos uno que necesitamos coger, el conductor pasa a poseer un elevado poder de mercado para imponernos sus condiciones. De nuevo, las compañías tradicionales de taxis suponen una solución imperfecta, ya que no tienen por qué copar todos los tramos del mercado (dejando espacio para desaprensivos conductores autónomos a la caza de usuarios en dificultades).

Pero Uber solventa de nuevo el problema. Primero porque desde la App de Uber el usuario puede consultar cuántos vehículos disponibles hay alrededor de su zona, con lo que la incertidumbre de hallarse en medio de la calle sin saber si existen otros taxis disponibles desaparece en gran medida. Segundo porque quien fija los precios no es el conductor, sino la propia Uber, por tanto el taxista carece de cualquier poder de negociación (de hecho, el conductor cobra electrónicamente a través de Uber, quien efectúa un cargo en la tarjeta de crédito del usuario). Y tercero, porque el sistema de precios de Uber es dinámico: un aspecto que acaso convenga desarrollar por cuanto es una de las mayores innovaciones de Uber y uno de los motivos por los que es más frecuentemente atacado.

Aunque Uber tiene unas tarifas base que operan en el 90% de los viajes, cuando se producen picos de demanda Uber incrementa temporalmente los precios lo suficiente como para que oferta y demanda casen: unos precios más elevados estimulan que los potenciales conductores que están descansando en sus casas salgan a ofrecer sus servicios y desincentiva a los usuarios que no necesitan intensamente un taxi a que lo soliciten. Uber, por tanto, es una App que internamente crea un mercado extremadamente competitivo: si hay conductores alrededor, el usuario siempre encuentra un taxi en tanto esté dispuesto a pagar el correspondiente múltiplo de tarifas base.

Como digo, esta fijación dinámica de los precios según el desequilibrio existente entre oferta y demanda suele constituir un recurrente blanco de críticas contra la compañía (especialmente cuando los picos de demanda son verdaderamente dramáticos). Sin embargo, fijémonos en que la alternativa a pagar precios mayores es el racionamiento de la oferta, esto es, hacer cola: si, para un precio dado, hay más demanda que oferta y los precios no pueden subir, no habrá oferta para todos. Tal vez a usted le desagraden instintivamente las subidas temporales de precios (da la impresión de que el oferente se “aprovecha” del demandante), pero pensándolo fríamente las ventajas de las alzas de precios frente a las colas son obvias en dos sentidos: primero, quien verdaderamente necesita un taxi, lo termina obteniendo (pagando precios más altos que le compensan esa urgente necesidad); segundo, la oferta de taxis aumenta con los mayores precios (no lo hace cuando se opta por racionar mediante las colas). Gracias al sistema dinámico de precios, la insuficiencia de taxis con respecto a la demanda suele desaparecer rápido (regresando automáticamente las tarifas a la normalidad) a diferencia de lo que sucede en muchas ciudades donde la administración ha contingentado artificialmente el número de licencias y, por tanto, esa insuficiencia se convierte en un mal endémico.

Fantástico: Uber se comporta internamente como un mercado cuasi-perfectamente competitivo, pero ¿y externamente? ¿Acaso Uber no podría aprovechar su posición de mercado para ir subiendo las tarifas base que cobra a sus clientes? Muy improbable: el modelo de negocio de Uber es fácilmente reproducible en un mercado de taxis liberalizado (sólo es necesaria una App que coordine en tiempo real a conductores y usuarios). La única barrera de entrada verdaderamente existente es la imagen de marca y la reputación de Uber: ¿sería sensato que Uber dilapidara esa imagen de marca encareciendo la prestación de sus servicios? No lo espere.

Fallo 3: aglomeraciones en algunos tramos

Existen ciertas zonas neurálgicas dentro de una ciudad —aeropuertos o estaciones de tren, por ejemplo— donde el taxista solo tiene que aparcar y esperar a que vayan llegando clientes en masa: justamente por ello, esos espacios son muy cotizados por casi todos los conductores y tienen a ser un foco caótico. ¿Cómo asignar los escasos huecos disponibles alrededor de esos centros neurálgicos? Una opción sería que el que llega primero, se lo queda: es decir, aquellos taxistas que ocupen antes una plaza delante del aeropuerto se quedan con la misma hasta que sean contratados por el usuario. La solución, empero, no es ideal: parece claro que el espacio ante un aeropuerto puede optimizarse mediante una planificación central (por ejemplo, una fila de taxis), evitando así el desorden propio de toda aglomeración y garantizando un mejor servicio para el usuario. Por tanto, parece haber un cierto margen para la regulación de esos espacios.

Es cierto que Uber no proporciona una solución definitiva al problema de la falta de espacio en ciertos tramos del mercado (de momento, no ha sido capaz de vencer a las leyes físicas), pero fijémonos en que la solución a ese problema no ha de venir de Uber, sino de la autoridad encargada de gestionar el aeropuerto o la estación de ferrocarril: es esa autoridad (que no necesariamente tiene por qué ser el ayuntamiento o el Ministerio de Fomento: podría ser una entidad pública independiente o, también, una entidad privada propietaria de la infraestructura) la que tiene que regular internamente cómo ordenar el uso de su espacio. Sostener que esto constituye un fallo del mercado de taxi que hace indispensable la expedición de licencias sería tanto como decir que para evitar que el parking de un centro comercial privado se convierta en un circuito de autos de choque se hace necesario regular el número de vehículos que pueden venderse o que tienen derecho a acudir a los centros comerciales (es cada centro comercial quien proporciona tales normativas necesarias sobre el uso de sus parkings). Es decir, el problema de las aglomeraciones espaciales no es un problema del mercado de taxis, sino de la regulación (pública o privada) de ciertos espacios con alta densidad de vehículos.

Aun así, Uber sí proporciona buena parte de la solución a este problema, dado que el usuario y el conductor pueden pactar el punto de recogida desde la propia App. De este modo, incluso cuando Uber carezca de licencia para circular por dentro de un aeropuerto (aunque, evidentemente, sí puede recoger y dejar pasajeros en aquellas zonas habilitadas para particulares), el cliente dispuesto a caminar unos metros puede pactar su recogida en cualquier punto alejado de la zona congestionada. Uber no puede vencer las leyes físicas, pero sí las económicas al multiplicar el espacio útil para recogidas alrededor de un punto neurálgico.

Fallo 4: saturación y colapso del mercado

El último tradicional fallo del mercado atribuido al sector del taxi es que se hace necesario controlar cuánta gente se dedica a ofrecer servicios: dado que en el sector del taxi apenas existen barreras de entrada (casi todo el mundo posee coche propio), dedicarse ocasionalmente al oficio de taxista es muy sencillo, lo que implica que el mercado podría terminar fragmentándose en exceso, cayendo en manos de chóferes amateurs y no comprometidos con su profesión. Sólo garantizando unas rentas mínimas a los taxistas (cerrándoles el libre acceso a este mercado a los potenciales competidores), conseguiríamos un servicio no intermitente y de calidad.

Afortunadamente, existe una alternativa que es justo la que Uber proporciona: contar con un ejército de conductores profesionales a tiempo parcial que, además, sean muy sensibles a las variaciones de precios ante picos de demanda. No hay ninguna necesidad de que todos los taxistas se dediquen a ello en exclusiva y a tiempo completo: la oferta de taxis puede estar igualmente garantizada con un mayor número de conductores trabajando a tiempo parcial que flexiblemente acceden al mercado cuando hay carestía de taxis y que además están muy incentivados (y disciplinados) a prestar un buen servicio.

Pero no se preocupe: si cree que sólo los taxistas especializados y a tiempo completo son capaces de proporcionar a largo plazo un buen servicio, Uber también ofrece un remedio para ello. En la medida en que cada conductor puede diferenciarse de sus rivales a través de la valoración de los usuarios, si usted predice que sólo los taxistas a tiempo completo son capaces de ofrecer un servicio óptimo, el propio mercado terminará barriendo a los conductores amateurs a tiempo parcial merced al rating de Uber.

Conclusión

Tras la revolucionaria aparición de Uber, las licencias de taxis se han convertido en un injustificado privilegio oligopolístico dirigido, sí, a garantizarles unas rentas mínimas a los propietarios de las licencias (en muchas ocasiones ni siquiera al propio conductor del taxi) sin que exista ningún buen motivo para ello.

La revolución de Uber está aquí para quedarse. Los distintos gobiernos y tribunales podrán tratar de reprimirla para proteger los intereses gremiales del lobby del taxi —intereses que actualmente no coinciden en absoluto con los intereses de los consumidores—, pero a medio plazo no podrán continuar justificando lo injustificable. En este sentido, más les valdría a los actuales taxistas, protegidos tras el frágil espejismo de las licencias, ir adaptándose a los inexorables cambios en lugar de seguir cabildeando en defensa de un sistema de castas obsoleto e insostenible. A diferencia de en muchos otros campos, en éste no tengo ninguna duda de que la libertad prevalecerá. 

El rescate autonómico es un robo

El lenguaje que se usa, habitualmente, en el ámbito de la información económica está lleno de conceptos equívocos y maniqueos que sirven para adornar, manipular o tergiversar la realidad de los hechos con el fin de vender a la opinión pública una acción que, en el fondo, es injusta e ilegítima. Uno de esos términos es "rescate". A lo largo de la crisis, los estados de medio mundo han salido al "rescate" de bancos, empresas, particulares e instituciones de toda índole y condición, evitando o, al menos, posponiendo su quiebra durante algún tiempo. En España, el Gobierno de turno, primero en manos del PSOE y ahora del PP, también salió al "rescate", inyectando una gran cantidad de dinero público en las cajas de ahorros y en la Administración territorial para impedir su caída. Pero, aunque esta palabra tiene, sin duda, una acepción positiva, se trata, en realidad, de un gran robo y una profunda inmoralidad.

El Estado no rescata a nadie, sino que roba a todos (familias y empresas) para favorecer a algunos. Al escuchar ese dichoso concepto, se viene a la cabeza la imagen de un barco tirando un salvavidas a un náufrago en el medio del mar, cuando, en el fondo, debería asociarse a una comunidad de vecinos en la que los morosos contratan a un grupo de matones para que, arma en mano, extorsionen al resto de propietarios con el objetivo de sufragar los gastos del edificio, sus facturas de agua, luz y calefacción e incluso el pago del alquiler. Es evidente que si usted fuera uno de los damnificados, el "rescate" de esos vecinos morosos no sería, precisamente, plato de buen gusto, sino un puro y simple delito que habría que denunciar de inmediato ante los juzgados. Pues lo mismo sucede con las cajas, las comunidades autónomas y los ayuntamientos rescatados, solo que, en este caso, al tratarse de un robo institucionalizado a través de los impuestos, las víctimas del atropello (contribuyentes) perciben la agresión de forma más atenuada y difusa, lo cual no significa que no se produzca. Ya saben: mal de muchos, consuelo de tontos.

¿Y a cuánto asciende aquí la cantidad sustraída? Por el momento, unos 155.000 millones de euros entre 2012 y 2014, divididos de la siguiente forma: 62.800 millones a través del Fondo de Liquidez Autonómica (FLA), 42.000 millones mediante el mecanismo de pago a proveedores y otros 50.000 millones inyectados a las cajas. La cifra total equivale a casi 9.000 euros por hogar. Fíjense que el coste del "rescate" autonómico (FLA) y municipal (proveedores) duplica al de las cajas de ahorros, y que, en ambos casos, además, se trata de instituciones públicas, no privadas.

Siendo esto grave, lo peor es que los políticos españoles pretenden, incluso, acentuar aún más este brutal latrocinio, ya que, por un lado, el pérfido ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro, condonará el pago de intereses a las autonomías acogidas al FLA y mutualizará a partir de 2015 la deuda regional a través del Tesoro Público, de modo que todos los españoles pagarán de su bolsillo los despilfarros y excesos de las comunidades más díscolas e irresponsables, mientras que, por otro lado, la izquierda, en general, y Podemos, en particular, pretenden recuperar las ruinosas cajas de ahorros, impidiendo su privatización y creando una nueva estructura de banca pública cuyo coste sufragaríamos todos, previa extorsión estatal (impuestos). Es decir, de mal en peor.

Este tipo de estafas y tropelías nada tiene que ver con el capitalismo, sino con el socialismo de toda la vida. En el capitalismo se privatizan tanto las pérdidas como las ganancias, mientras que el socialismo socializa ambas mediante impuestos, transferencias y "rescates" públicos. La solución, por tanto, no radica en que el Estado inyecte ingentes cantidades de dinero en entidades o administraciones insolventes para evitar su quiebra, sino hacer uso de los mecanismos de mercado para corregir cuanto antes los errores cometidos de forma justa y legítima. En el caso de las cajas, posibilitando el denominado bail-in, que consiste en convertir deuda en acciones para que los acreedores sean los nuevos propietarios, asumiendo así su responsabilidad, sin necesidad de que el contribuyente aporte un solo euro; y en el caso de las comunidades autónomas y ayuntamientos, procediendo al habitual concurso de acreedores, en donde bancos y proveedores renegociarían con los políticos las deudas pendientes y, en última instancia, las administraciones tendrían que liquidar sus numerosos organismos inútiles, vender parte de sus activos y reducir su excesivo gasto para equilibrar sus cuentas y poder hacer frente a los servicios públicos esenciales.

Por desgracia, ninguna de estas dos opciones ha sido tenida en cuenta. Muy al contrario, el PP ha optado por socializar las pérdidas de las cajas y los dispendios de los políticos locales y autonómicos entre todos los españoles, diluyendo la responsabilidad de unos pocos sobre el conjunto de los contribuyentes. En definitiva, un robo y una inmoralidad.

Premios frente a chantajes

El binomio Mas-Junqueras, a lo suyo. Ambos se han auto-ungido de la función mesiánica consistente en conducir a Cataluña a la tierra prometida, una suerte de paraíso terrenal donde abundará la paz, la prosperidad y la ausencia de cadenas impuestas por los cerriles españoles.

En pleno siglo XXI, el nacionalismo separador sigue creyendo en utopías y apostando por ellas no sólo de manera retórica sino económica también. Mientras tanto, los problemas de la ciudadanía catalana, los mismos que tiene la española, no se resuelven, sino que aumentan.

La gravedad del asunto no debe pasar por alto las manipulaciones que del sistema democrático ha hecho este mesianismo de barretina. La más importante, la chapuza del 9 de noviembre, una mezcla entre lo absurdo y lo despótico. El rauxa borró de un plumazo el seny, nada nuevo por otro lado, pues las pataletas del nacionalismo catalán cada vez son más frecuentes en nuestro paisaje político.

De cara al corto y medio plazo, los escenarios y previsiones no son halagüeños. ¿Hacia unas elecciones (a las que se pondrán calificativos del tipo "plebiscitarias")? Es probable. Las terceras en cinco años, todo un récord que muestra a las claras el nulo respeto que el nacionalismo (en todas partes) tiene por la democracia: si sale en las urnas lo que exige, perfecto; en caso contrario, se hace una nueva llamada hasta que se obtenga el resultado deseado.

Se trata ésta, como decimos, de una característica distintiva de cualquier partido secesionista. A modo de ejemplo, en Escocia el Scottish National Party (SNP) perdió el referendo in-out del pasado 18 de septiembre, pese a lo cual, reivindica vías alternativas para la consecución de la independencia, al mismo tiempo que contradictoriamente habla de influir en Westminster tras las próximas elecciones de mayo. Paradójico, como sinónimo de surrealista, que una formación que perseguía la implosión de Reino Unido ahora se postule como su salvador.

En efecto, al nacionalismo le gusta decir de sí mismo que representa la centralidad, concepto tan polisémico como vacuo. Durante la década de los noventa, CIU también afirmaba simbolizar la centralidad gracias a la cual era el mejor representante de los intereses de Cataluña y la única fuerza capacitada para modernizar España. De nuevo el mesianismo en estado puro.

Mientras todo esto ocurre, la sociedad catalana contraria a la asfixia nacionalista se ha ido articulando, con pocos recursos pero con abundante imaginación y capacidad de movilización. Plataformas como Sociedad Civil Catalana es un buen ejemplo pero en el resto de España han surgido algunas otras, de corte igualmente transversal, como Libres e Iguales.

Ambas, asimismo, comparten un rasgo común y es que no gozan de la cobertura que merecerían, lo cual les resta opciones para ganar el combate de las ideas frente a aquellas otras, como la Asamblea Nacional de Cataluña o el Omnium Cultural, que hacen proselitismo de la causa de la independencia y que gracias al empleo de mantras como "el derecho a decidir" han logrado la simpatía de sectores excesivamente buenistas en el resto de España.

La pugna es desigual en cuanto a herramientas (y dinero procedente de las subvenciones). A pesar de todo ello, están empezando a recoger réditos, como por ejemplo el premio Ciudadano Europeo concedido (y no suficientemente ponderado/valorado) por el Parlamento Europeo a Sociedad Civil Catalana. Sin duda, un dato que alienta a la esperanza al mismo tiempo que pone de manifiesto que la UE no está por la ruptura de los Estados Nación que la integran.

Este último fenómeno tampoco debe subestimarse porque el nacionalismo reitera que la secesión no será obstáculo para que Cataluña siga formando de la UE. Una independencia a la carta. Lo dicho, la utopía llevada hasta sus extremos o hasta el delirio.

El ‘boost’ del petróleo: un sano estímulo para la economía estadounidense

Decía The Economist que si hacemos caso al objetivo oficial de la OPEP, “la estabilización de los precios en los mercados internacionales de petróleo”, podemos decir que no están haciendo muy buen trabajo. Si en Junio el barril cotizaba a $115, en cuestión de pocos meses se ha desplomado hasta el entorno de los $60. Una recorte de casi el 50%.

La caída del precio del crudo es resultado de dos causas principales. En primer lugar, un frenazo de la demanda internacional de petróleo respecto a lo que el mercado esperaba. En segundo lugar, un incremento aún más relevante en la oferta, sobre todo por la combinación de la revolución del shale oil en Estados Unidos y el aumento en la producción de algunos miembros de la propia OPEP, principalmente Arabia Saudí.

La OPEP se enfrenta permanentemente a los dos grandes problemas con los que se encuentra cualquier cártel que, en ausencia de privilegios legales, pretende subir precios mediante recortes concertados de la producción. Y más cuando su cuota de mercado apenas supera el 40% de la producción mundial.

 

Por un lado la presión de la competencia de empresas externas, capaces de aumentar su producción y hacerse con crecientes cuotas de mercado a costa de los miembros del cártel. Es el caso, por ejemplo, del terreno avanzado por Estados Unidos y su producción por fracking. A día de hoy Estados Unidos es el mayor productor de crudo del mundo.

Por otro lado, siempre existe la tentación de miembros del cártel de incumplir con las cuotas pactadas, incrementar unilateralmente la producción y aumentar beneficios en perjuicio de los demás miembros del cártel. La decisión de Arabia Saudí de aumentar la producción incluso pese a la actual caída del precio del barril es una buena muestra de ello.

Este nuevo escenario, por supuesto, se está cobrando sus víctimas. Rusia, Irán o Venezuela, países con una enorme dependencia de las exportaciones de petróleo, ya están sufriendo serios problemas económicos, que podrían agravarse si el precio del petróleo permanece mucho tiempo a estos niveles.

Además, muchas empresas estadounidenses de shale oil, las auténticas protagonistas del sector durante los últimos años, a los precios actuales dejan de ser rentables. Algunas entrarán en pérdidas e incluso tendrán que declarar la bancarrota. Otras aún podrán obtener beneficios, pero verán una seria caída de su rentabilidad. Lo que desde luego se va a producir, de estabilizarse el mercado en estos niveles, es una importante caída de la inversión nueva en este sector en Estados Unidos.

Esta realidad ha llevado a muchos analistas a alertar de que la recuperación económica en el país norteamericano podría sufrir un frenazo, por dos motivos. Primero, por el parón en la inversión y la caída de la rentabilidad en el sector petrolero. Y segundo, por el pánico a la deflación. 

Mi opinión es, sin embargo, que dichos miedos son infundados y la caída del precio del petróleo puede suponer, de mantenerse en el tiempo, un importante y sano estímulo para la economía estadounidense. Estados Unidos es, con diferencia, el mayor consumidor de petróleo del mundo. El petróleo es uno de los más importantes factores productivos en una economía como la americana, crucial para la competitividad de la industria, esencial para el transporte de personas y mercancías, e incluso también relevante para la generación eléctrica. 

Una caída tan abrupta del precio del barril supone un enorme recorte de costes a lo largo de toda la economía estadounidense, capaz de disparar la competitividad de la industria. Además, supone una inyección directa de dinero en el bolsillo del americano de a pie. 

Calculaba The Economist que esto supone para el americano promedio una nada desdeñable inyección de unos $800 anuales. Pablo Martínez Bernal informaba recientemente de que a nivel global la inyección para los consumidores sería de en torno a los 1,3 billones de dólares

Se produce lo que se denomina ‘efecto renta’: las caídas de precios de este tipo provocan aumentos en la renta real de los ciudadanos. Esta nueva renta se podrá utilizar bien para consumo adicional o para inversión, en ambos casos dinamizando la actividad económica.

The Wall Street Journal informaba de que si el precio del petróleo se mantiene en 2015 en torno a los $60 por barril, el PIB podría crecer un 2,7% y el desempleo caer hasta el 5,5% con una inflación de sólo el 0,2%. Pero las estimaciones serían aún mejores en un hipotético escenario con precios a $40 por barril, con un crecimiento del PIB del 3,1%, un desempleo del 5,2% y todo ello con caídas de precios de hasta el 0,7%.

Un estímulo económico de esta naturaleza es enormemente saludable. Las caídas de precios por un aumento de la oferta, por una mayor y más eficiente producción de bienes y servicios, no tienen nada que ver con las temibles deflaciones “malas” debidas a liquidaciones bancarias masivas o a problemas de endeudamiento insostenible. Esto no es nada raro: por ejemplo, una de las épocas de mayor crecimiento y desarrollo de Estados Unidos, entre la Guerra Civil y principios del siglo XX, se produjo con “sanas” caídas seculares de precios, debidas a la creciente productividad de la economía. 

En resumen, el desplome del precio del petróleo, aunque pueda causar problemas a ciertas empresas en el sector del shale oil, supondrá para Estados Unidos un muy saludable estímulo económico. Implicará tanto una mejora en la competitividad de las empresas como en la renta disponible de las familias. Bienvenida sea.

@ignaciomoncada para Estrategias de inversión

Ignacio Moncada es analista financiero de inversiones en Nueva York. Es miembro del Instituto Juan de Mariana y del Ludwig von Mises Institute.

Respuestas de un economista austriaco a preguntas que nada tienen que ver con la economía

Hace un par de semanas, Francisco Capella (en adelante, el preguntante), conocido miembro de este instituto, dedicó un comentario a formular preguntas a economistas austriacos, supongo que con la "intención" de que se le respondiera. Hasta el momento de escribir estas líneas, nadie ha picado en ese cebo, así que como modestamente me considero economista austriaco, trataré de responder a aquellas de sus cuestiones que me parecen relevantes desde el punto de vista de teoría económica.

Porque una de las primeras cosas que hay que plantearse, y que quizá explique la ausencia de respuesta por parte de economistas austriacos a los interrogantes planteados, es hasta qué punto son relevantes las cuestiones para un economista. De hecho, creo que tal listado de preguntas se puede plantear por igual a un astrofísico, a un ingeniero de Minas o a un músico profesional.

Lo primero que debería entender el preguntante es hasta dónde llega el ámbito de la teoría económica. Los teóricos economistas nos conformamos con entender y explicar los fenómenos económicos: valor, precio, salario, tipo de interés… No es nuestra ambición explicar las conductas de los seres humanos, ni lo que les mueve a hacer una cosa u otra. Por ello, que la acción sea intencional es irrelevante para el economista, y corresponde al preguntante explicar de qué forma quedaría alterada la teoría económica si la acción fuera no intencional en vez de intencional. El preguntante asume que los economistas austriacos asumen que la acción humana es intencional, cuando tal asunción no es necesaria; así que es su asunción la errónea.

No me resisto a referirme a la preocupación del preguntante por los animales: hasta donde alcanzo, la evidencia empírica es abrumadora al respecto de la ausencia de fenómenos económicos visibles en el ámbito animal. Así que no sé muy bien que tendría que explicar la teoría económica al respecto.

En todo caso, hay una serie de preguntas que sí me parecen relevantes para la teoría económica, y a las que trataré de dar respuesta.

¿Los hechos de las ciencias sociales son exclusivamente lo que la gente cree o piensa? ¿Las ciencias sociales sólo tratan con el interior de la mente humana y no con hechos externos objetivos?

Como se ha dicho, la teoría económica trata de explicar los fenómenos económicos. Ello parte necesariamente de la observación de la realidad. El economista observa la existencia de precios o de salarios, o la quiebra de una empresa, y trata de explicarlos, para lo que utiliza y desarrolla la teoría económica. Por tanto, las ciencias sociales no tratan solo de lo que la gente cree o piensa, sino principalmente de hechos objetivos.

¿Cómo sabes que en el ámbito de la acción humana no hay constancias? ¿Es algo a priori o ex ante? ¿Es una afirmación apodíctica o hipotética? ¿Lo has observado o tal vez medido de algún modo? (…)

Como es sabido, la razón por la que no se puede aplicar el método científico en las ciencias sociales, en particular en la teoría económica, es que no se puede asumir la constancia en el tiempo de las relaciones entre las variables independientes y las explicativas. Por tanto, lo relevante no es si hay o no constancias en el ámbito de la acción humana; lo relevante es preguntarse si se puede asumir tal constancia.

El economista no discute la existencia o no de constancias, ni se lo plantea. Ahora bien, dado que el individuo es la causa única de los fenómenos económicos, y que las preferencias del individuo varían en el tiempo (como también afirma el preguntante en otra parte del cuestionario), no se puede asumir la constancia en las relaciones ni en las variables. Esto es todo lo que se necesita saber para descartar el método científico. El que dichas constancias puedan existir en algún caso específico, no habilita la viabilidad del método científico para el desarrollo de la teoría económica.

¿El conocimiento científico en economía no sirve para predecir nada en absoluto con ningún nivel de precisión y seguridad? ¿Y si los individuos son impredecibles individualmente pero predecibles estadísticamente? ¿Es lo mismo afirmar la no existencia de regularidades que reconocer que puede ser muy difícil conocer esas regularidades? ¿Hay constancias en otras ciencias humanas como la medicina? Si ciertas industrias, como la del seguro, utilizan de forma fiable estadísticas sobre cosas que a la gente le pasan, ¿no será posible emplear también datos estadísticos sobre lo que la gente hace? Cuanto más conozcamos de un individuo y sus circunstancias, ¿no podremos predecir y controlar mejor su conducta?

En primer lugar, el preguntante no debería confundir ciencias sociales con ciencias "humanas" o lo que considere que es la medicina. La medicina es una disciplina sujeta al método científico, en que se pueden asumir la constancia en las relaciones, aun admitiendo que éstas puedan ser complejas. La causa de la medicina no es la acción humana, sino más bien el cuerpo humano, que es esencialmente inanimado y cuyo funcionamiento responde a leyes físicas, químicas y biológicas, no económicas. Es por ello que las estadísticas constituyen una herramienta útil para esta disciplina, lo mismo que para la actividad del seguro. No creo que al preguntante haya que explicarle la diferencia entre sucesos de clase y sucesos singulares.

En todo caso, hay que insistir en que la explicación (y eventual predicción) del comportamiento del individuo no es el objeto de la teoría económica, cuyo ámbito es mucho más modesto y reducido: explicar los fenómenos económicos.

¿Puede predecir algo la teoría económica? Sí, pero con una asunción muy fuerte y que no se va a cumplir: que nada más cambie. Por eso, los teoremas económicos añaden la coletilla "que al contrario" o "ceteris paribus". Ni siquiera una reducción de precios asegura un incremento de la demanda, como bien saben y sufren muchos empresarios.

¿Eres consciente de que quizás en tu teoría praxeológica faltan las nociones de intensidad y relevancia? ¿Qué pasa si lo que dices es verdadero pero impreciso? ¿Y si se trata de verdades irrelevantes?

La crítica de la intensidad y la irrelevancia se puede extender a cualquier disciplina científica imaginable. Al respecto de la irrelevancia, es un concepto subjetivo: las nociones que son relevantes para una persona pueden ser completamente irrelevantes para otra. Este artículo y el cuestionario del preguntante son una prueba obvia de tal subjetividad. La mayor parte de las cuestiones que parecen relevantes al preguntante en el ámbito de la teoría económica, son irrelevantes desde mi punto de vista.

Las eternas discusiones teóricas sobre la viabilidad y legalidad de la banca de reserva fraccionaria en un mercado libre, que tan relevantes parecen a muchos miembros del IJM, resultan irrelevantes para la mayor parte de la sociedad, pero no por ello dejan de tener interés para el científico económico. No creo que a Newton le preocupará mucho el número de manzanas que iban a caer en el mundo cuando decidió investigar la razón por la que caía al suelo.

Así pues, el papel del teórico económico no consiste en preguntarse si sus teorías son relevantes o no, o con qué intensidad aplican en un momento dado. Lo único que pretende es, una vez más, explicar un fenómeno económico observado. Es más bien el historiador el que, a la hora de buscar las causas de algún suceso, deba analizar cuáles de las teorías económicas disponibles son relevantes para dicho suceso, y con qué intensidad le afectan.

Algo parecido ocurre con la investigación básica y la investigación aplicada, con las que asumo familiarizado al preguntante. La investigación básica busca respuestas verdaderas con independencia de que la cuestión sea relevante o no en otros ámbitos. Lógicamente, el científico que sistemáticamente se pregunte por aspectos irrelevantes para el resto de la sociedad, debería terminar sin trabajo (o, alternativamente, con una subvención de algún organismo público).

Y aquí lo voy a dejar. Confieso que las preguntas de mi querido Paco Capella, el preguntante, ni me han incomodado ni, desgraciadamente, me han sacado de mi zona de confort. Cuando empecé la lectura de su cuestionario, esperaba cuestiones verdaderamente incisivas, pero sobre todo relacionadas con el ámbito que interesa al economista austriaco. No he encontrado muchas, y la mayoría de ellas ya estaban resueltas.

Ahora bien, sigo sin saber "si las partículas fundamentales entienden a otras partículas fundamentales porque son partículas fundamentales", aunque también desconozco por qué Paco le pregunta esto a los economistas austriacos.

¡Felices Navidades y próspero año 2015 a todos!

¿Qué hacer si me toca el Gordo?

Todos los años, millones de españoles siguen con atención el Sorteo Extraordinario de Lotería de Navidad que se celebra cada 22 de diciembre. La probabilidad de que nos toque algún premio es de apenas el 5,3%, incluyendo las pedreas.

En el caso del Gordo, premiado en la actualidad con 400.000 euros, la probabilidad es de 1 entre 100.000, es decir, un 0,00001%. Por muy escasas que sean las probabilidades, lo cierto es que aquellas personas que sí resultan agraciadas tienen un importante reto ante sí: administrar el premio.

Pasos a seguir

Antes de cobrar el premio, es importante tener en cuenta los impuestos. Si vamos a compartir el premio con más personas -familiares o amigos-, lo más conveniente es dejar constancia de ello antes de cobrarlo.

La razón es, simplemente, evitar hacer una donación y tener que tributar por ello en el Impuesto de Sucesiones y Donaciones. Para evitar posibles malentendidos, lo mejor es que las personas que compartan un décimo hagan una fotocopia del mismo. Es conveniente que cada cual firme e incluya su DNI, además de señalar el porcentaje que le corresponde.

Pese a nuestra astucia para evitar pagar una donación, de lo que no nos libraremos es de pagar en la siguiente declaración de la renta. El premio tributa por un 20%, estando los 2.500 primeros euros exentos. Así, si tenemos la suerte de ganar los 400.000 euros del Gordo, deberemos abonar en nuestra liquidación del IRPF 79.500 euros -Montoro siempre gana, muy a nuestro pesar-.

Cobrar el premio

Una vez hecho esto, lo siguiente es cobrar cuanto antes el premio. Los billetes premiados de Lotería se pueden cobrar durante tres meses después del sorteo, pero por razones de seguridad (robo o deterioro del billete) los expertos recomiendan cobrarlo cuanto antes.

Hasta premios por valor de 5.000 euros podemos acudir a cualquier administración de Lotería. La novedad de este año es que se podrán cobrar los premios desde las 18:00 horas del mismo día y no tendrán que esperar al día siguiente.

Para premios por un importe superior tendremos que cobrarlo o bien en cualquier delegación comercial de Loterías y Apuestas del Estado dentro de nuestra Comunidad Autónoma (se pueden informar en la web de LAE o en el 902112313 al respecto) o bien en cualquiera de las entidades bancarias concertadas con Loterías y Apuestas del Estado: BBVA, Banco Santander, La Caixa y CECA.

Buscar asesoramiento

Lo mejor que pueden hacer los agraciados con su premio para que dure su abundancia financiera es buscar asesoramiento profesional e independiente. En España, lo mejor es acudir a una EAFI o Empresa de Asesoramiento Financiero Independiente. Un buen asesoramiento nos ayudará a realizar una adecuada planificación financiera y nos guiará por todo el proceso de inversión del mismo.

Inversión en Bolsa

Como un premio de 400.000 no nos da para dejar de trabajar, es importante que gestionemos e invirtamos con acierto. La Bolsa, en contra de lo que la mayoría de la población cree, es el activo más seguro y rentable a muy largo plazo.

Por ello, es recomendable que invirtamos en Bolsa todo aquel dinero que no vayamos a necesitar a 5-7 años vista, como mínimo. Dada su volatilidad a corto plazo, invertir durante periodos más cortos en Bolsa sí puede suponer minusvalías.

Y lo mejor para los poco avezados en esta materia es invertir en Bolsa a través de los fondos de inversión-existen numerosas opciones nacionales e internacionales-. Existen numerosos fondos que son excelentes opciones para invertir una parte del premio y estar tranquilos de que a largo plazo (10 años vista) tengamos un capital significativamente superior.

Renta Fija

La renta fija es el producto estrella del inversor español medio. No obstante, debemos tener en cuenta que, en la actualidad, este tipo de activo sufre una importante burbuja en lo que a su valoración se refiere y es muy probable que en los próximos años no ofrezca buenas rentabilidades.

Que España se esté financiando a diez años en los mercados financieros de deuda a unos tipos de interés prácticamente idénticos otros países del norte de Europa con máximo rating crediticio es una anomalía histórica que más pronto que tarde será corregida. No obstante, todo nuestro patrimonio que necesitemos a menos de cinco años vista puede ser invertido en este tipo de activo financiero y el abanico es muy amplio.

Los fondos de inversión con el ranking de cinco estrellas de Morningstar son una garantía de tranquilidad. El M&G Optimal Income es uno de los fondos más populares en España. El Renta 4 Pegasus y el Templeton Global también tienen buena fama entre la comunidad inversora.

Vivienda

El ciclo inmobiliario parece que remonta por primera vez desde el inicio de la crisis. Las buenas perspectivas del euribor a corto plazo y los precios razonables de la vivienda en España, tras una caída media del 40%, apuntan que es un buen momento para invertir. Además, la banca está volviendo a abrir el grifo de las hipotecas, así que comprar una nueva vivienda puede ser interesante, además de posible.

Formarnos e informarnos

Cuanto más rico es un individuo más importante es que sepa administrar de manera eficaz su patrimonio. Convertirnos en millonarios de la noche a la mañana es un cambio radical y una manera de enfrentarnos a esa nueva situación es aumentar nuestros conocimientos sobre finanzas personales e inversión.

La lectura de libros como Padre Rico, Padre Pobre de Robert Kiyosaki oAlicia en Wall Street de Luis Allué es un excelente comienzo. Hay webs que pueden resultar de interés, como el comprador financiero iAhorro, que permite hacer un barrido de un vistazo de distintos productos financieros como cuentas, tarjetas o hipotecas.

También hay apps como Toshl Finanzas, que nos permiten llevar un seguimiento de nuestros gastos en el día a día. Fintonic nos permite hacer eso mismo, pero de manera automática, ya que nuestros gastos quedan anotados sin necesitar de que nosotros los introduzcamos. Los expertos en finanzas personales insisten en que una de las claves para ahorrar y gestionar nuestro dinero de manera eficaz es llevar un seguimiento de nuestros gastos.

Lo que no hay que hacer

El socio de Warren Buffett, Charlie Munger, adora invertir los problemas para resolverlos. En vez de preguntarnos qué hacer si nos toca la lotería, puede ser mucho más interesante invertir la pregunta y evitar todo aquello que salga en esa lista.

Y es que las estadísticas son bastante deprimentes en lo que a la suerte financiera de los premiados de Lotería se refiere. Cerca del 80% de los premiados en sorteos de lotería se ha gastado íntegramente el premio en menos de ocho años desde el sorteo. Son muchos los agraciados que acaban con problemas de deudas, drogas e incluso aquellos que acaban muertos bajo extrañas circunstancias o que cometen suicidio.

No hay nada más didáctico que observar qué hacen este tipo de "afortunados" y evitar por encima de todo seguir sus pasos. Lo que caracteriza a estos dilapidadores natos son los siguientes puntos:

  • Hacer pública nuestra recién estrenada fortuna.
  • Realizar compras impulsivas.
  • Nula planificación financiera.
  • Rodearse de personas interesadas.
  • Dejar el trabajo sin plantearse siquiera si se lo pueden permitir.
  • Abuso de drogas.
  • Emprender en negocios sin experiencia previa.
  • Dejarse asesorar por personas de dudosa reputación.

Pablo Iglesias, en el top 1%

El top 1% de una sociedad, es decir el 1% con mayor renta o mayor riqueza, se ha terminado convirtiendo en sinónimo de casta. En EEUU, por ejemplo, el movimiento Somos el 99% se dedicaba a reivindicar los intereses de la mayoría de la población frente a los del 1% supuestamente opresor de las mayorías. En España, según Eurostat, uno pasa a formar parte del top 1% a partir de una renta de 52.846 euros anuales: es decir, Pablo Iglesias, cuando ingresó casi 70.000 euros en 2013, integró ese top 1% (si únicamente contáramos a los asalariados, y no al conjunto de españoles mayores de edad, se hallaría aproximadamente en el top 2%, según el INE).

Mi propósito al constatar tales datos no es hacer demagogia con la situación financiera del líder de Podemos (al contrario, me alegro de cómo le va), sino más bien evitar que otros hagan demagogia con la situación financiera del top 1%. Al cabo, tras varios años de demonización del top 1%, parecería que semejante estamento privilegiado sólo podía estar formado por plutócratas que han medrado a costa de empobrecer al pueblo: y, sin embargo, vemos que en ese nutrido grupo de casi 400.000 españoles también aparecen héroes del pueblo por actividades tan inocentes como haber impartido clases o participado en tertulias televisivas.

Acaso sea que no existe una conexión estructural entre el top 1% y la maldad humana; acaso sea que la campaña de acoso y derribo contra el 1% únicamente exude populismo y revanchismo social. Claro que quienes simultanean la defensa de Pablo Iglesias con la crítica al top 1% suelen guardarse varios contraargumentos debajo de la manga para diferenciar al líder de Podemos de sus colegas del top 1%.

Así, una primera línea de defensa pasa por afirmar que Pablo Iglesias ha obtenido tales ingresos merced a su trabajo y no merced a rentas del capital injustamente arrebatadas a los obreros. El argumento, sin embargo, es tramposo: no ya porque la gestión del capital dirigida a maximizar su valor y evitar malas inversiones también constituya una esencial ocupación generadora de bienestar para todos, sino porque, de acuerdo con el propio Thomas Piketty, la principal fuente de ingresos del top 1% en la actualidad son básicamente las rentas del trabajo por cuenta ajena o por cuenta propia (las rentas del capital únicamente devienen dominantes para el top 0,01%). Por tanto, no es nada excepcional que el top 1% obtenga sus ingresos del trabajo: si eso vale para eximir a Pablo Iglesias, también debería valer para eximir al 99% de los que se encuentran en él.

La segunda posible línea de defensa es que Pablo Iglesias no formó parte del top 1% con anterioridad a 2013, por lo que resulta injusto meterlo en un persistente estamento aristocrático como es el top 1%. Sin embargo, la acusación de que el top 1% es una casta inmóvil de aristócratas no está fundamentada en datos: por ejemplo, en EEUU sólo el 61% de las personas que integraban el top 1% sigue formando parte de este grupo al cabo de un año, y sólo un 25% permanece en él durante cinco años consecutivos. Tampoco parece que el movimiento Somos el 99% y sus sosias españoles de Podemos fueran especialmente comprensivos con el top 1% por este motivo.

Un tercer argumento podría ser que Pablo Iglesias dona buena parte de sus rentas a su partido político y a sus programas de televisión (al menos eso se ha comprometido a hacer en 2014; desconozco si lo mismo sucedió en 2013). Pero tal razonamiento es defectuoso por dos motivos: el primero es que el líder de Podemos tuvo la libertad de escoger qué disposición hacer de su dinero, cuando eso –que dispongan libremente de su dinero– es justamente lo que suele reprochársele al top 1%; y, segundo, el top 1% de contribuyentes estadounidenses dedicó en 2008 alrededor de 50.000 dólares per cápita a la filantropía, detalle que suele obviarse en las habituales críticas contra el top 1%.

Y cuarto, acaso podría argüirse que el problema no es tanto el top 1% cuanto aquellas personas que poseen una extraordinaria influencia sobre el proceso legislativo: es decir, el problema no es el top 1% sino "la casta". Pero, en tal caso, sería bueno que dejara de equipararse demagógicamente casta con top 1%: ni todo el top 1% forma parte de la casta ni toda la casta forma parte del top 1%. El problema, en suma, no son "los ricos" per se sino aquellas personas capaces de instrumentar el monopolio de la coacción de las administraciones públicas en su privativo beneficio, sean ricos o no lo sean. Mas si avanzamos por esa dirección tal vez terminemos descubriendo algo elementalmente liberal, a saber: que la casta es el Estado y que deberíamos dedicarnos a reducir el intervencionismo estatal.

Adiós, elefantes

Leí en La Razón este alarmante titular: "Los elefantes desaparecerán en un siglo por la caza furtiva". Aparte del asombro que provoca que alguien pueda realmente saber lo que va a pasar dentro de cien años con los elefantes, o con cualquier cosa, lo interesante es la combinación de análisis y moral.

El problema analítico queda resumido en una palabra: furtiva. En efecto, los datos sobre la disminución del número de elefantes se presentan junto a la caza furtiva, y no se establece relación alguna entre ambos hechos. Parece probable, sin embargo, que los elefantes desaparecen porque su caza es furtiva. Como es sabido, los cazadores furtivos no tienen interés en proteger la especie que cazan, porque, al estar prohibida su caza, no se obtiene ventaja alguna en hacerlo.

La corrección política jamás contempla la posibilidad de proteger las especies en peligro de extinción alineando los intereses de los cazadores con la preservación de lo que cazan. Eso es lo que ha permitido desde hace siglos que las especies cazadas no desaparezcan: porque si la caza está permitida, los propios cazadores estarán interesados en que no se liquide por completo aquello que cazan, y los criadores estarán interesados en mantener y acrecentar un negocio legal y rentable. Pero el ecologismo supuestamente bondadoso nunca se pregunta por qué se acaban los elefantes mientras que no lo hacen los ciervos ni las perdices.

La moral es también ingrediente relevante en toda esta confusión. Así, en el reportaje de Alfredo Reinoso Kuklinski se puede leer: "Cerca de 35.000 elefantes se asesinan al año por su marfil". La palabra clave, por supuesto, es "asesinan". Es decir, identificar al animal con el ser humano, para predisponer, lógicamente, en contra de su caza. En esta misma línea dice Javier Moreno, cofundador de Igualdad Animal (por cierto, nombre notable que equipara animales y personas):

La caza es un crimen legalizado. El interés de los cazadores en cazar no puede estar por encima del interés en vivir de los animales.

La solución del buenismo animalista siempre pasa por la coacción:

Una legislación que priorice el bienestar y la vida de los animales sobre los intereses de los cazadores (…) perseguir el mercado negro del marfil (…) avanzar hacia la prohibición la caza (…) que no se compre marfil.

Pero la prohibición de cazar elefantes, a pesar de que la consideren un avance, no extinguirá la demanda de caza ni la demanda de marfil; en cambio, puede extinguir precisamente lo que los prohibicionistas dicen proteger: los propios elefantes.

Entrevista a Juan Ramón Rallo – Liberalismo, socialdemocracia y republicanismo. El concepto de libertad y Estado en Jasay, Rawls y Pettit

Juan Ramón Rallo expone en la entrevista del 20/12/2014 qué concepto de libertad poseen estas tres corrientes de pensamiento y defenderá la visión liberal de Jasay (complementada por las aportaciones de Nozick, Hayek y Huemer) frente a la socialdemócrata (o socioliberal) de Rawls y a la republicana de Pettit.