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De derechos a privilegios, de clase a casta

Buenos Aires es posiblemente la ciudad del mundo que más se parece a Madrid. Quien viva en la capital española se encontrará inmediatamente a gusto al llegar a Buenos Aires, como si hubiera seguido paseando por la Castellana y se hubiera encontrado un obelisco. Eso sí, habrá una cosa diferencial que le llamará la atención respecto a Madrid: la cantidad de gente que hay durmiendo en la calle.

A uno no le extraña esto en ciudades con aspecto de pobreza, pero Buenos Aires no transmite esa sensación, por lo que el contraste es mayor. Y uno se pregunta cómo es que en el paraíso de los derechos, resulta que tantísima gente no tiene literalmente dónde caerse muerta, al mismo tiempo que los porteños parecen vivir como los madrileños.

Las promesas de los políticos

La explicación hay que encontrarla en esos “derechos” que fueron dando los políticos a los ciudadanos para granjearse su afección. Y es que este es el gran afán de la mayoría de los políticos: garantizar derechos a los ciudadanos. Solo hay que oír sus discursos, especialmente de los políticos de izquierdas, para darse cuenta de que esto es lo que a ellos les parece progreso. Más derechos es mejor para nosotros, y la amenaza más temible es que si gobierna otro partido político se puedan reducir dichos derechos.

Sin embargo, como cualquier economista sabe, y como cualquier persona que lo piense deducirá, conceder derechos no es algo gratis. Todo lo contrario: tiene costes, muchas veces escondidos, y en muchos casos elevados. Aunque suene a broma, el típico ejemplo es el derecho a tener novi@. Es evidente que la concesión de ese derecho llevaría aparejada la obligación de alguien de ejercer tal papel al respecto de quien no lo haya conseguido por sus medios y, sin embargo, lo desee.

Mi derecho, tu coste

Los derechos siempre implican obligaciones. El derecho a la educación gratuita conlleva que los maestros no puedan cobrar por sus servicios, lo que exige una nueva intervención, obligando a todo el mundo a pagar impuestos para que se pueda remunerar a los profesores.

Cuando el fenómeno se observa dinámicamente, el efecto es aún más demoledor. Dado que la concesión de derechos es insostenible económicamente, el número de beneficiarios de los mismos tiende a reducirse con el tiempo.

Por ejemplo, si se reduce regulatoriamente la jornada laboral, o se incrementa el salario mínimo, aquellos ciudadanos que tienen un contrato de trabajo quedan en mejor posición respecto a la situación previa. Pero, ¿qué ocurre con los ciudadanos que no tienen trabajo? Ese derecho incrementa las dificultades para que lo consigan, puesto que los empresarios ya sí tendrán en cuenta el nuevo coste a la hora de contratarlos. En suma, la mera concesión del derecho ha elevado las barreras entre dos “clases”: la clase de los trabajadores y la de los parados.

El punto de vista dinámico

Este es solo el efecto estático. El efecto dinámico se produce porque los empresarios que están haciéndose cargo de los derechos pasan a estar en peor situación competitiva, y, por tanto, es más fácil que su empresa quiebre ante cambios de entorno o errores de gestión. Ello hará que el número de parados tienda a incrementarse, y el número de empleados a contraerse, sin que por ello haya disminuido la barrera que ha creado el derecho entre las dos “clases”.

La tendencia es indiscutible: el número de beneficiados por los derechos se reduce cada vez de forma más acelerada, hasta el punto de que, si bien formalmente se puede hablar de “derechos”, en la práctica lo que empiezan a existir son privilegios de un número decreciente de personas, a costa del resto de la sociedad, a muchos de los cuales les empieza a tocar vivir en la calle.

La casta privilegiada, y el resto

Recapitulemos: los políticos para obtener votos otorgan derechos a los ciudadanos. Estos derechos tienen unos costes, por lo que se vuelven insostenibles, creando dos clases de ciudadanos: los que se pueden beneficiar de los derechos (los propios políticos, los funcionarios, trabajadores…) y los que no lo pueden hacer. Dinámicamente, la creación de los derechos supone la destrucción de riqueza, por lo que los medios para satisfacerlos se reducen, lo que supone un estrechamiento de la capa de población que disfruta de los derechos, en la que siempre están, eso sí, los políticos que los otorgaron.

Podemos observar entonces cómo esa clase beneficiaria de derechos poco a poco se va transformando en un grupo de selectos privilegiados, al que resulta muy difícil acceder desde el exterior. O sea, se pasa casi inevitablemente de clase con derechos, a casta con privilegios. Y, lógicamente, la casta de privilegiados hará lo imposible para mantener el status quo a costa de toda la población, en cierta forma sometida gracias a los derechos que se le han otorgado.

Nada nuevo que no haya ocurrido ya en todos los países comunistas usando la fuerza. Lo novedoso del sistema de derechos es que consigue el mismo resultado haciendo creer al ciudadano que los derechos mejoran su vida. El camino es claro: hay que abolir los derechos que nos conceden los políticos para que terminen sus privilegios, y dejen de ser una casta por encima de los demás ciudadanos.

Ver también

Derechos vs. derechos. (Carlos Rodríguez Braun).

La entelequia de los derechos colectivos. (Irune Ariño).

Agricultores, intermediarios y Mercadona

Desde hace un tiempo es habitual en España ensañarse con las empresas nacionales de éxito. Si hay que hacer una crítica a un determinado sector se suele focalizar la crítica en una empresa o empresario de éxito nacional, como Amancio Ortega de Inditex, o Juan Roig de Mercadona.

Se me escapan un poco estas cosas, pero intuyo que el motivo de este ensañamiento con el empresario patrio tiene que ver con una transmisión del mensaje más eficaz. Se identifica un culpable con cara, nombre y apellidos y que además es cercano, no un magnate de algún país extranjero sobre el que resultaría mucho menos creíble poder presionar mediáticamente o políticamente, o incluso materialmente por la vía fiscal o regulatoria.

El lógico enfado de los consumidores por pagar precios altos, o de los agricultores por recibir precios muy bajos, nos lleva a que resurja la letanía sobre la gran diferencia entre los precios que obtienen los agricultores al vender sus productos con respecto a los precios de venta en los lineales de los supermercados, calculando diferencias de hasta el 800%.

Que el chivo expiatorio del enfado por los precios sean los comerciantes no es en absoluto ninguna novedad, es más viejo que la tos. Sin embargo, caemos una y otra vez en el mismo error de culpar al termómetro por el calor sofocante. Porque los precios de los comerciantes son eso, un síntoma del problema y no su causa.

La advertencia de Carl Menger

Carl Menger describió esta situación exactamente en los mismos términos que está sucediendo estos días en España en pleno siglo XXI. No me resisto a citarlo tal cual, pues vale mucho la pena darnos cuenta el análisis tan preciso escrito hace 150 años:

Pero no es fácil que encontremos en la realidad un caso en el que una operación de intercambio no exija ningún tipo de sacrificio, aunque no sea más que el empleo de un determinado tiempo. Los fletes, las primas, los derechos de aduanas, las averías, los costes de correspondencia, los seguros, provisiones y derechos de comisión, los corretajes, los certificados, los gastos de embalaje y almacenaje, la manutención de los comerciantes y de sus auxiliares, los costes financieros y otras cosas similares [como por ejemplo el marketing] no son sino algunos de los sacrificios económicos exigidos por las operaciones de intercambio, que absorben una parte de los beneficios económicos que resultan de la realización concreta de las ocasiones que se presentan. A veces, estos sacrificios pueden ser tan elevados que hacen imposible un intercambio que, por otra parte, sería perfectamente posible de no existir estos gastos, en el sentido que tiene esta palabra en economía política.

Contribución al valor sin transformación física

El desarrollo de esta última economía muestra tendencia a disminuir tales sacrificios económicos, de modo que pueda procederse a intercambios económicos entre países más distantes, con los que hasta ahora no eran posibles tales operaciones.

Lo anteriormente dicho nos revela también cuál es la fuente de la que extraen sus ganancias los miles de personas a través de las cuales se hace el intercambio, aunque no contribuyan de modo directo a la multiplicación física de los bienes, razón por la cual no raras veces se califica su actividad de improductiva.

El intercambio económico contribuye, como hemos visto, a la mejor satisfacción de las necesidades humanas y al aumento de las posesiones de los contratantes, tanto como pueda hacerlo el mismo aumento físico de los bienes económicos. Por consiguiente, todas las personas por cuyo medio se llevan a cabo estos intercambios son —siempre bajo el supuesto de unas operaciones de intercambio económicas— tan productivas como los agricultores y los fabricantes, porque la meta de toda economía no es la multiplicación física de los bienes, sino la satisfacción más plena posible de las necesidades humanas y, para alcanzar esta meta, la contribución de los comerciantes no es menos importante que la de aquellas personas a las que hasta ahora se ha considerado, desde un punto de vista excesivamente unilateral, como las únicas productoras.

Son bienes económicos distintos

La siguiente frase es la que subyace en las críticas actuales a Mercadona: “razón por la cual no raras veces se califica su actividad de improductiva”. Quizá no se considera a Mercadona como totalmente improductiva, pero desde luego sus críticos sí que consideran que el beneficio que obtiene es desproporcionado con respecto al valor que ellos creen que aporta en la cadena de producción. 

Los críticos emplean el argumento de que el agricultor obtiene sólo 0,20 euros por un kilo de limones cuando Mercadona los vende por 2,50. Es un argumento efectivo en principio porque ciertamente se están comparando los mismos limones físicos, y si son la misma cosa ¿Cómo es posible que su precio sea tan distinto? 

Y es aquí donde está la trampa argumental, que los limones en manos del agricultor y en manos de Mercadona sean la misma cosa física, nada tiene que ver con que sean el mismo bien económico.  ¡Son bienes económicos distintos!

Un bien económico lo es en tanto en cuanto satisface una necesidad humana. Es decir, un bien económico no es una cosa, sino una relación entre una cosa y una persona. Las toneladas de limones en manos del agricultor no tienen ningún valor de consumo para él. Es incapaz de consumir tantísimos limones antes de que se pudran.  Es más, si atendemos únicamente a su valor de consumo, no sólo no son un bien, sino que son una carga, pues tiene que almacenarlos, vigilarlos y poner el cuidado necesario para que se conserven en buenas condiciones. Esto es, todos esos limones solo le supondrían costes y ningún beneficio porque no puede consumir semejante cantidad de limones.

Limones en el árbol, limones en Mercadona

Sin embargo, esos mismos limones en un lineal de Mercadona en una gran ciudad sí que pueden tener valor de uso para los habitantes de la ciudad, pero para ello necesitan pasar por una transformación económica, independientemente de que físicamente sean los mismos limones. Para que el limón pueda tener valor de consumo para los habitantes de la ciudad tiene que estar disponible en algún lugar durante un gran número de horas al día.  Un consumidor de Pontevedra no otorga ningún valor de consumo a un kilo de limones almacenado en una nave de Castellón, pero sí está dispuesto a pagar por un kilo de limones en el supermercado de su barrio. 

Una vez que partimos de la premisa de que el consumidor de la ciudad valora esos limones en el supermercado, es cuando tiene sentido para los comerciantes correr el riesgo de incurrir en los costes para que esos limones estén disponibles casi en cualquier momento para el consumidor. Para ello necesitará pagar un local, empleados que atiendan a los consumidores, electricidad, seguros, marketing, personal administrativo, licencias, impuestos, etc.

En definitiva, el limón en la ciudad es otro bien económico porque lo valoran otras personas distintas, y su distinta ubicación y disponibilidad implica unos costes asociados distintos, que pueden llegar a ser infinitamente mayores a los costes de producción del agricultor. El idéntico aspecto físico del limón habilita la trampa argumental y esconde la gran diferencia económica entre un limón en el campo y otro listo para el consumo en la ciudad. Pero desde un punto de vista económico, la diferencia entre ambos limones no es distinta en esencia a la diferencia entre dos kilos de uva y una botella de Vega Sicilia.

Ver también

Señores agricultores: no culpen a los intermediarios. (Juan Ramón Rallo).

En defensa de las grandes superficies. (Juan Morillo).

Los intermediarios y los agricultores (otra vez). (Juan Morillo).

La destrucción de la economía alemana

Alemania ha sido históricamente una de las economías de mayor crecimiento en la Unión Europea y el núcleo de la columna vertebral de la Eurozona en sus peores momentos. En épocas de boom Alemania siempre destacaba por su robustez, y en momentos de recesión, era de las pocas economías de la Eurozona que aguantaba el tipo o de las que antes sacaba la cabeza. Hasta ahora.

Alemania en recesión

Hace poco conocimos los datos de crecimiento del Q4 2023 de Alemania y, con ello, el dato de crecimiento para el conjunto del año 2023, que en el caso del país bávaro se situó en un -0,3%, un retroceso pocas veces visto en Alemania en momentos de no-recesión. De hecho, según muchas estimaciones, esta contracción probablemente no vaya a ser un factor exclusivo de 2023, ya que algunas previsiones como la del Instituto de Economía Alemana o Deutsche Bank sitúan la tasa de crecimiento de Alemania para 2024 en un -0,5% y -0,2%, respectivamente. Si bien es cierto que la estimación del gobierno alemán es mucho más positiva, proyectando un crecimiento del 1,3% para el año 2024, ni siquiera instituciones como la Comisión Europea ni el Fondo Monetario Internacional pronostican cifras tan elevadas, situando sus previsiones en el 0,8% y 0,9%.

A pesar de las discrepancias entre las diferentes estimaciones, si algo hay claro es que Alemania ha entrado en recesión técnica y que, cara a 2024, como poco, observaremos una notable desaceleración del crecimiento económico alemán y, en el peor de los casos, una confirmación y prolongación de su recesión.

A la hora de buscar motivos de peso que logren explicar la actual situación alemana y, sobre todo, su transición desde ser el motor de Europa a hallarse en el presente escenario, son muchos los que nos vienen a la cabeza. Sin embargo, la política energética alemana de las últimas décadas y sus efectos sobre la industria priman por encima del resto.

La política energética alemana

La política energética alemana, como la mayoría de los lectores de esta columna conocerán, fue -hasta la invasión de Ucrania- enormemente dependiente de la energía rusa por su menor coste. Durante el mandato de Merkel, Alemania se convirtió en un país estrictamente dependiente del gas ruso a través del gasoducto Nordstream, lo que contribuyó a abaratar los costes energéticos alemanes durante bastantes años, pero que, finalmente, generó una situación de inestabilidad e inseguridad de suministro y terminó por degradar la industria germana.

Tras la explosión de la guerra en Ucrania, se trató de cubrir la falta de suministro ruso con un mayor peso de las energías renovables, ya que el gobierno bávaro se negó a dar marcha atrás en el medio plazo al cierre de sus centrales nucleares y de carbón, con el llamado “apagón nuclear” en 2023. De hecho, en 2023, el 50% del mix energético alemán proviene de fuentes renovables. Claramente, esto ha tenido graves efectos sobre la industria alemana, pero, para comprenderlos, primero hemos de hacernos una idea del tamaño y relevancia de dicho sector.

En perspectiva europea, en Alemania el sector industrial mantiene un peso muy relevante, representando el 24% de su PIB, muy por encima de la media de la eurozona en 2023. Además, el 10% del total de las empresas manufactureras europeas son de Alemania y representan un 30% del total del valor añadido bruto del conjunto de la UE. A pesar de esta foto estática, Alemania lleva algunos años perdiendo su posición como cabeza de la construcción e industria europea, sumando a ello las dificultades que atraviesan importantes firmas alemanas, con expectativas nada halagüeñas para 2024, ya que se espera una aceleración del proceso de desindustrialización alemán.

Una situación política crítica

Los elevados costes energéticos que hemos comentado con anterioridad es la principal causa de la rápida contracción del tejido industrial alemán desde el estallido de la invasión de Ucrania, arrastrando al gobierno del canciller Scholz a unas cotas de impopularidad inimaginables en un país como Alemania, al menos en las décadas previas.

Además, esta situación ha hecho que el gobierno alemán, siendo realmente responsable, pusiera sobre la mesa un programa de recortes de gasto en el cual se incluyera el gasto social como, por ejemplo, una disminución de las ayudas sociales al desempleo si previamente se hubiera rechazado un determinado número de ofertas de empleo. Aunque desde el punto de la sostenibilidad fiscal y económica dicho programa pueda tener sentido y ser responsable, la sociedad alemana no se lo ha tomado demasiado bien y esto está llevando a una gran inestabilidad política que puede redundar en innegables efectos económicos.

Apostar por una energía escasa y cara

A pesar de todos estos problemas, si observamos la situación en el largo plazo, veremos que la industria alemana solo ha sufrido realmente en los últimos 2-3 años, ya que mientras en 2008 Alemania concentraba el 40% de la actividad industrial total de la Eurozona, hoy en día esa cifra ha descendido solamente hasta el 36%, habiéndose producido además esta contracción principalmente desde 2020. En cambio, si analizamos los datos por industria y en un periodo de tiempo más reciente y corto, la imagen se torna algo más grave.

En concreto, la industria del automóvil se contrajo un 3,5% en 2023 con respecto al año anterior, a pesar de un muy buen primer trimestre de crecimiento. Por otro lado, el sector de la construcción se contrajo cerca de un 3% en 2023 en comparación al ejercicio previo, lo que se explica principalmente por la fuerte desinversión de las principales constructoras alemanas en el país, que están comenzando a focalizarse en territorios con menores costes.

En definitiva, podemos ver como el motor bávaro se encuentra gravemente gripado a causa principalmente de décadas de una política energética equivocada. Durante muchos años el gobierno alemán dio la espalda de manera irracional a la energía nuclear (y forzó el cierre de sus centrales) mientras potenciaba la dependencia energética con una de las principales oligarquías del mundo, conscientes del riesgo sistémico que esto entrañaba, sobre todo en un país con un peso tan elevado del sector industrial.  

Ver también

El ‘plan verde’ de Merkel. Una oportunidad para corregir errores. (Daniel Lacalle).

Algo está pasando en Alemania. (Luis Ignacio Gómez).

Contra el altruismo

Escribo contra el altruismo y desarrollo esta idea en torno al pensamiento de Rand. Más específicamente, alrededor de La Rebelión de Atlas, cuya lectura mantengo fresca y me ha impactado de manera muy positiva. Me ha facilitado la estructuración de mi modelo de pensamiento de base.

Ayn Rand, la influyente filósofa y novelista del siglo XX, construyó su crítica al altruismo en la obra colosal La Rebelión de Atlas. A través de esta novela, Rand presenta una visión radicalmente individualista y egoísta, desafiando las convenciones éticas y morales tradicionales. En este ensayo exploraremos cómo la crítica de Rand al altruismo se desenvuelve en la narrativa de La Rebelión de Atlas, y desentraña las complejidades éticas y filosóficas que subyacen a esta perspectiva objetivista.

La distopía del altruismo

En el universo distópico de La Rebelión de Atlas, Ayn Rand esculpe una sociedad donde el altruismo y el sacrificio personal son los pilares morales imperantes. La figura central, John Galt, emerge como un símbolo de resistencia a la demanda constante de sacrificio en nombre de los demás. La narrativa revela cómo el altruismo ha llevado al agotamiento de los individuos más productivos. Les obliga a soportar una carga desproporcionada en nombre de un bien común mal definido.

A través de los personajes y sus experiencias, Rand pinta un retrato de los estragos del sacrificio constante en la vitalidad y motivación individuales. Galt, como representante del individuo creativo y productivo, se convierte en un crítico feroz del altruismo. La novela enfatiza cómo el sacrificio perpetuo erosiona el potencial humano. Ese sacrificio le lleva a la renuncia de valores y metas personales en beneficio de un colectivo difuso.

La trama de La Rebelión de Atlas también destaca la falacia de la obligación moral hacia los demás. Los personajes enfrentan la imposición de deberes altruistas que limitan su capacidad para buscar la autoafirmación y perseguir sus propios intereses. La novela ilustra cómo esta obligación moral colectivista conduce a una ética basada en la coacción y la pérdida de autonomía individual.

Dagny Taggart, una ejecutiva ferroviaria, personifica este conflicto moral. Se ve atrapada entre sus ambiciones personales y las demandas de un sistema altruista que busca sacrificar sus logros en beneficio de los demás. Su lucha refleja el dilema ético entre las aspiraciones individuales y la moralidad altruista que busca restringir esas aspiraciones en aras de un bien colectivo.

La huelga

La novela resalta la importancia de la autonomía y la autoafirmación, presentando personajes que buscan liberarse de las ataduras del altruismo. La “huelga de los cerebros”, liderada por John Galt, simboliza la necesidad de los individuos de afirmarse y buscar su propia felicidad, en lugar de someterse a las demandas altruistas de la sociedad.

La protagonista, Dagny Taggart, encarna la búsqueda de la autoafirmación en un contexto donde el altruismo colectivista es la norma. La narrativa subraya cómo la autonomía y la autoafirmación son esenciales para una vida plena y significativa. Rand utiliza esta parte de la historia para enfatizar cómo el rechazo del altruismo es fundamental para liberar el potencial humano y permitir la consecución de metas personales.

Ética objetivista

La ética objetivista de Rand, basada en el egoísmo racional, se convierte en una fuerza motriz en La Rebelión de Atlas. A través de los personajes y sus elecciones, la novela explora cómo la búsqueda de la felicidad personal y la autoafirmación son fundamentales para una existencia plena. Rand defiende que el individuo tiene el derecho moral de perseguir su propia felicidad sin restricciones altruistas.

La filosofía objetivista, como se expone en la obra, sostiene que la cooperación y el intercambio voluntario son la esencia de las relaciones humanas saludables. La novela presenta comunidades voluntarias, fuera del alcance de la intervención gubernamental y del altruismo forzado. En ellas, los individuos pueden contribuir y colaborar sin renunciar a su autonomía.

Otro aspecto crucial de la crítica de Rand al altruismo es su desmantelamiento de la noción del “bien común” impuesto desde arriba. La Rebelión de Atlas muestra cómo la búsqueda del bienestar colectivo, cuando se logra a expensas de la libertad individual, lleva a la decadencia y al colapso. Rand argumenta que la verdadera prosperidad surge de la libertad individual y la autoafirmación, no de sacrificar el bienestar de unos para el beneficio aparente de otros.

Conclusión

En conclusión, Ayn Rand teje su crítica al altruismo a través de la intrincada narrativa de La Rebelión de Atlas. Desde el sacrificio personal hasta la obligación moral hacia los demás y la necesidad de autonomía, la novela destila las complejidades de la ética objetivista. El rechazo del altruismo, según Rand, se presenta como un camino hacia la liberación del potencial humano. Ese camino permite la autoafirmación y la búsqueda de la felicidad personal.

Al cerrar las páginas de La Rebelión de Atlas, el lector se enfrenta no solo a una crítica aguda al altruismo, sino también a una llamada a la acción para cuestionar las normas éticas convencionales y explorar nuevas perspectivas sobre la moralidad individual. La obra invita a considerar si el altruismo obligatorio es realmente el camino hacia una sociedad justa y próspera. O si la verdadera justicia y prosperidad emanan de la autonomía y la autoafirmación.

En última instancia, La Rebelión de Atlas se postula como un testamento a la capacidad humana de superar las limitaciones impuestas por las expectativas colectivistas. Rand nos desafía a repensar nuestras creencias éticas, a cuestionar la supuesta virtud del sacrificio constante y a explorar la posibilidad de una ética egoísta basada en la razón y la libertad individual.

Ver también

Por qué se debe rechazar el altruismo. (Antonio Ceballos).

El egoísmo es un derecho, no una virtud. (Alejandro Salas).

El altruismo (I). (Francisco Capella).

El altruismo (y II). (Francisco Capella).

La nueva edad dorada del crimen organizado

El 29 de noviembre del año pasado The Objective publicó en la red social X un vídeo que me causó una gran conmoción. En él se puede ver a una lancha rápida (también conocidas como narco lanchas) arrojando a inmigrantes al agua, como si de fardos de droga se tratase. Según se informaba en el mismo post, cuatro de estos inmigrantes acabaron ahogándose. Número que podría haber sido superior sin la intervención de los ciudadanos que se encontraban allí y que acudieron a socorrer a los supervivientes.

Pero al drama humano de la escena se sumó algo mucho peor: la noticia pasó sin pena ni gloria entre la sociedad española. A nuestros medios de comunicación, a nuestros intelectuales y a nuestros líderes de opinión, que una embarcación sin identificar arroje por la borda a seres humanos no les parece digno de mención. Curioso en un país donde el desahucio de una persona que no paga el alquiler pudiendo hacerlo ocupa docenas de horas de televisión.

Narcolanchas

No es un caso aislado. Las narcolanchas llevan meses protagonizando escenas espectaculares que solo se reseñan en medios especializados y redes sociales. Llama especialmente la atención que el Reino de España, con sus 66 mil policías nacionales y 77 mil guardias civiles no puedan controlar el tráfico de drogas, no ya en nuestras costas, sino en un río como el Guadalquivir, que no es precisamente el Amazonas. De hecho, según las imágenes que se filtran en las redes, nuestras fuerzas de seguridad no pueden ni evitar que los traficantes fondeen en los puertos del Estado cuando hay temporal marítimo.

Aunque, repito, lo peor no es la situación en sí, sino el silencio sobre ella. Tenemos imágenes que avergüenzan a nuestras fuerzas de seguridad, a asociaciones policiales denunciando situaciones de alto riesgo y personas muriendo. Pero no parece importar.

El control de nuestras aguas territoriales no está en su mejor momento, pero seguramente será la punta del iceberg de la negligencia estatal sobre su presunta lucha contra el narcotráfico. Solo hay que echar un vistazo a las distintas operaciones que se realizan en los puertos españoles para sospechar que la entrada de toneladas de droga debe ser algo habitual. En el puerto de Málaga los escáneres son gestionados directamente por el narco, que sufragan generosamente su coste y mantenimiento. Son una especie de Amancio Ortega, pero sin su espíritu benefactor ni, curiosamente, su mala prensa.

Inoperancia o complicidad

A la vista de estas evidencias, la situación del narcotráfico en España solo tiene dos lecturas posibles: o el Estado es claramente impotente para impedir el crecimiento de la actividad, o directamente partes cada vez más extensas de sus estructuras participan activamente en el negocio. Seguramente la realidad engloba ambas posibilidades.

En México ya hay investigaciones sólidas que apuntan a lo evidente: su presidente fue financiado por el narco. Pero no hace falta cruzar el atlántico para preocuparse. En Suecia y Holanda ya son habituales los artefactos explosivos para ajustar cuentas entre bandas criminales. Mientras que en Grecia o Italia los peces gordos del crimen circulan con fusiles automáticos y coches blindados. Y en la propia España los capos de la droga consiguen algo que solo estaba al alcance de Elvis Presley: fingir su muerte.

La situación es grave y compleja. Cada vez que se dan estos dos factores se cae en el mismo error: plantear soluciones fáciles. Así que no hace falta ser adivino para saber que en cuanto el problema no pueda ser barrido debajo de la alfombra surgirá un movimiento que pedirá lo de siempre: más Estado. Así que aprovechemos que todavía no hemos llegado a este punto para analizar la situación desde otro punto de vista.

“Soy miembro de los Talibán”

Nos situamos ahora en el 3 de julio de 2022. Unos jóvenes británicos se dirigen en avión a España para pasar sus vacaciones. Uno de ellos, de origen indio, decide hacer una broma en un grupo privado de Snapchat donde solo están sus amigos de viaje. Junto a una foto suya entrando en el avión escribe el siguiente texto: De camino a estallar el avión. Soy miembro de los Talibán. No es la broma más original del mundo, pero a su edad seguro que divirtió a sus amigos.

Lo que no sabían en ese momento es que se iba a hacer realidad un famoso meme de la época de Obama, donde en la conversación telefónica entre dos personas siempre estaba el presidente escuchando. En este caso fueron los servicios de inteligencia de Reino Unido los que, de forma desconocida, consiguieron interceptar la comunicación privada de este grupo de amigos, no entendieron la broma y terminaron provocando que el gobierno español movilizase un avión de combate para escoltar al vuelo comercial donde viajaban los chavales.

Gritar “fuego” en un teatro lleno

Seguramente no nos habríamos enterado de todo esto, si no fuera porque la burocracia estatal española fue incapaz de entender que lo mejor era dejarlo correr una vez se vio que era una falsa alarma. En vez de eso, la fiscalía y abogacía del Estado tuvieron la genial idea de acusar al pobre bromista de desórdenes públicos, basándose en el siguiente artículo de nuestro código penal:

Quien afirme falsamente o simule una situación de peligro para la comunidad o la producción de un siniestro a consecuencia del cual es necesario prestar auxilio a otro, y con ello provoque la movilización de los servicios de policía, asistencia o salvamento, será castigado con la pena de prisión de tres meses y un día a un año o multa de tres a dieciocho meses.

Hay que ser muy majadero para acusar a alguien de movilizar a los servicios de emergencias por escribir una broma en un grupo privado donde esos servicios de emergencias no deberían tener acceso, reconociendo en el proceso que estos servicios tuvieron acceso a una comunicación privada, que es el único delito que se cometió ese día. Por suerte, el tribunal que juzgó el caso mantuvo la cordura y terminó absolviendo al joven británico, mientras se dejaba en el aire la duda de cómo llegó a las autoridades la broma.

Espionaje y control de la “desinformación”

Dejando a un lado la incompetencia funcionarial española, el caso nos ha hecho un servicio al resto de ciudadanos: conocer que el gobierno británico es capaz de acceder a conversaciones cifradas de extremo a extremo de una popular red social (algo que en teoría debería ser imposible).

Ante este hecho, las palabras de Ursula von der Leyen en el Foro de Davos pidiendo colaboración entre entidades públicas y privadas para poner freno a la desinformación cobran más importancia. ¿Saltarse el cifrado en las comunicaciones privadas de los ciudadanos europeos va a formar parte de esa colaboración?

Pero no vayamos al futuro, el presente ya viene con amenazas de sobra a nuestra privacidad. Hacienda va a obligar a las entidades de pago a informar de todas nuestras transacciones. En paralelo, los medios que escasean en nuestras costas y puertos se dirigen a abastecer al Tesoro nacional con nuestro dinero. Para este fin se utiliza el software más puntero. El Estado escrutará hasta las personas que se hayan refugiado en los cripto activos para castigar cualquier omisión con el fisco si no han tenido la preocupación de ser anónimos en sus operaciones.

A esto hay que sumar la nueva cruzada de nuestro presidente del gobierno: la pornografía. En unos meses, si la incapacidad estatal para echar a andar estas cosas no lo retrasa, todos tendremos que identificarnos para acceder a contenido para adultos. La pantalla de nuestros dispositivos se va a convertir en las televisiones del Gran Hermano de Orwell. Mientras nosotros vemos un contenido delicado, la pantalla nos ve a nosotros, toma nota y deja esa información disponible para aquellos que tengan acceso a ella. Que, dada la seguridad informática de los ministerios, podrá ser cualquiera.

Crimen organizado a ambos lados de la ley

Por último, la madre de todos los peligros para nuestros derechos: las CBDCs. Como ya adelantó Christine Lagarde, este nuevo dinero no va a poder garantizar nuestra privacidad, precisamente, porque hay que ponerle coto al blanqueo de capitales del crimen organizado y la financiación del terrorismo. Curioso, siendo dos sectores que, como hemos visto, crecen al mismo ritmo que la intervención del Estado en nuestras vidas.

Y es que todo apunta a que vamos a ver converger dos hechos aparentemente contradictorios: un Estado con un control social enorme junto con un crimen organizado más poderoso que nunca.

Pero no hay tal contradicción. El propio negocio de la droga lo pone en evidencia. Su ilegalización, o, dicho de otra forma, el empeño estatal en controlar lo que consumen los ciudadanos, ha sido el responsable de regalar un negocio multimillonario a personajes sin escrúpulos. El caudal de dinero es ya tan grande, que las propias estructuras del Estado terminan infiltradas. Y todo con el control de una única mercancía: la droga. ¿Qué poder alcanzaría el crimen organizado si el Estado va dirigiendo a la población al mercado negro en más y más productos y servicios?

Todo apunta a que lo vamos a averiguar en los próximos años.

Ver también

10 razones para legalizar las drogas. (Adolfo D. Lozano).

La droga es lo de menos. (Manuel Llamas).

Taylor Swift nos muestra por qué necesitamos sacudirnos la propiedad intelectual

Por Benjamin Seevers. Este artículo fue publicado originalmente por FEE.

Taking on Taylor Swift, un reciente documental de la CNN, cuenta la historia de Sean Hall y Nathan Butler, una pareja de compositores del grupo de hip-hop de principios de la década de 2000 3LW. Hall y Butler demandaron a Taylor Swift en 2021 por el éxito de Swift Shake It Off por supuesta violación de sus derechos de autor de la canción de 3LW Playas Gon’ Play. Hall y Butler alegan que las frases haters gonna hate y playas gonna play de la canción de Swift están copiadas directamente de la canción de 3LW.

Esta acusación es sencillamente deshonesta. La frase haters gonna hate es anterior a ambas canciones y parece haber surgido espontáneamente en lugar de haber sido acuñada por una persona o un grupo en particular. Lo mismo podría decirse de playas gonna play. Suponiendo que los derechos de autor, una forma de propiedad intelectual (PI), sean una forma legítima de propiedad, está claro que Swift no “robó” estas frases porque ya eran frases comunes en el momento de la composición de ambas canciones.

El “robo” de Taylor Swift

Sin embargo, asumiendo la posición (correcta) de que la propiedad intelectual (PI) no es una forma legítima de propiedad, Hall y Butler claramente no tienen motivos legítimos para demandar a Taylor Swift. Estas frases, las haya “robado” Swift o no, son un juego limpio. Cualquiera puede utilizarlas de la forma que desee. Pueden utilizarse en una canción o en cualquier otro medio de comunicación. Hall y Butler no tienen el monopolio de estas frases.

La propiedad intelectual no es una propiedad legítima porque no se pueden reclamar ideas generales. El uso por parte de una persona de una determinada idea (o en este caso una frase) no impone legítimamente restricciones al uso de la idea por parte de otra persona. Independientemente de que Hall y Butler hayan acuñado o no esas frases, lo cierto es que tienen derecho a pronunciarlas a su antojo. Pero eso no les da derecho a impedir que otros lo hagan. Estas frases se producen reorganizando el mundo físico para producir letras sonoras o escritas. Si alguien posee los recursos físicos necesarios, debería ser libre de reproducir esas letras en forma verbal o escrita y sacar de ellas todo el provecho que quiera. Los copiadores no utilizan necesariamente nada que ya poseyeran.

Esto hace aún más ridículo el uso que hace el documental del término “apropiación cultural”. Ahora sabemos que las frases no pueden ser objeto de apropiación, pero decir que una cultura específica tiene un derecho exclusivo sobre las frases es absurdo. Suponiendo que la propiedad de las frases sea legítima, el derecho debe ser atribuible a una persona concreta que pronunció o escribió las frases en primer lugar.

El derecho a prohibir que otros utilicen una frase

Este derecho no puede ser adquirido por una clase de individuos: una cultura. Un individuo debe componer primero la frase, y ese individuo tendría presumiblemente derecho a permitir que otros utilicen la frase.

¿Puede el compositor permitir que toda una clase de personas, como los miembros de una cultura, utilicen la frase? Si la propiedad intelectual ha de ser coherente, entonces sí, pero la parte clave de esto es que debe demostrarse que la persona que utilizó por primera vez esa frase concedió a esa clase de personas el derecho a utilizar la frase. Si eso no se puede demostrar, uno no puede simplemente gritar “apropiación cultural” cada vez que oye o ve algo que no le gusta.

Lo único que hizo Taylor Swift fue utilizar una frase común que tenía todo el derecho a usar. De hecho, la utilizó de manera más eficaz que otros antes que ella. En este momento, la canción de Swift de 2014 Shake It Off tiene casi 1.300 millones de escuchas totales en Spotify más 66 millones de escuchas adicionales de la reedición de la canción, mientras que la canción que escribieron Hall y Butler, playas gonna play, tiene actualmente 12 millones de escuchas totales en la misma plataforma a pesar de ser 14 años más antigua. Por supuesto, hay otros métodos de escuchar canciones, pero estas estadísticas afirman el hecho de que Swift tiene un inmenso impacto en los oyentes de música actual.

Utilizar al Gobierno para aprovecharse de quien tiene éxito

Esto nos lleva a la función económica de un compositor y cantante. Se encargan de reorganizar las palabras en frases pegadizas y auditivamente agradables, quizá con letras que hagan pensar a la gente. Hay muchas razones por las que un artista puede tener éxito, pero en la raíz de su éxito está que complazca a suficientes consumidores como para obtener beneficios. Aunque la canción de 3LW tuvo éxito entre su público, la canción de Swift supera a la de 3LW. Está claro que Swift sabe cómo fabricar un producto que satisfaga a los consumidores, y nadie tiene derecho a infringir su capacidad de hacerlo a menos que viole los derechos de otra persona. Y en lo que respecta a esta polémica, Swift no hizo absolutamente nada malo.

Otra lección que puede extraerse de esta controversia es cómo la gente utiliza al gobierno para aprovecharse de las personas de éxito. Aunque Hall y Butler no consiguieron saquear a Swift, otros innovadores no tienen tanta suerte. En el mundo de las patentes, existen los llamados “trolls de patentes”, que poseen patentes de productos vagos sin haber inventado nada en realidad. ¿Por qué? Conservan estas patentes durante años para poder demandar a los innovadores que inevitablemente inventan algo similar. Por supuesto, estos trolls reciben una compensación y se ahoga la innovación.

Las ideas, incluidas las frases, deben poder utilizarse libremente. Si existen restricciones en forma de leyes de propiedad intelectual, los malos actores tienen el poder de extraer el pago de los verdaderos innovadores. Como resultado, los consumidores se ven privados de nuevas tecnologías, productos farmacéuticos y, como demuestra esta polémica, buena música.

Ver también

Plagie este artículo, por favor. (Eduardo Blasco).

La propiedad intelectual como ‘derecho social’. (Albert Esplugas).

Cuatro siglos de propiedad intelectual. (Antonio José Chinchetru).

Spock contra los guerreros de la justicia social

Por Rachel Ferguson. Este artículo fue publicado originalmente en Law & Liberty.

La reputación actual de Thomas Sowell como el economista cascarrabias y crítico cultural favorito de muchos conservadores puede subestimar su brillantez. Su obra Economía básica debería ser de lectura obligatoria en todos los cursos de economía. Y muchos consideran que su trabajo sociológico sobre la raza en Estados Unidos es uno de los mejores de esa disciplina (aunque la sociología es la disciplina académica más a la izquierda y, por tanto, la ignora).

El truco para leer a Thomas Sowell es apreciar su vocación como el tipo que no nos deja salirnos con la nuestra con explicaciones chapuceras y monocausales de datos sociales complejos. Esto es realmente importante para generar las mejores soluciones. Lo que rara vez obtendremos de Sowell es algo que seguimos necesitando: una forma de afrontar los fríos y duros hechos de la política sin pasar por alto la gravedad de las injusticias del pasado. Aunque Sowell tiene razón al señalar que la injusticia es demasiado común en Social Justice Fallacies, yo diría que debemos equilibrar una contextualización histórica adecuada de la injusticia con el correspondiente lamento apropiado.

Un cuidadoso uso de los datos

Aunque no falta la habitual obsesión de Sowell por los datos que conducen a conclusiones contraintuitivas, también utiliza esos datos para adoptar una postura firme contra los racistas de derechas obsesionados con la genética. Si los datos nos ayudan a recordar que la falta de florecimiento en nuestras comunidades más desestabilizadas tiene muchas causas, esa lección golpea tanto contra el coeficiente intelectual (CI) como explicación monomaníaca como contra el racismo como explicación monomaníaca.

También subraya que hay que rechazar las falacias de las reivindicaciones de justicia social captadas ideológicamente, tanto porque son falsas como porque son increíblemente perjudiciales para los mismos grupos a los que pretenden ayudar. Sowell tiene una merecida reputación de impaciencia con sus enemigos ideológicos de élite. El hecho de que hablen tanto de justicia social no significa que sean especialmente cuidadosos con sus preocupaciones.

De la última obra de Thomas Sowell se desprende claramente que se preocupa de verdad por la gente que es acribillada por políticas y actitudes culturales quizá bienintencionadas pero en última instancia destructivas. Quiere dejar de hacer cosas que empeoran sus vidas, y el hecho de que un determinado planteamiento político brille por su empatía no significa que sea oro. Es más, los grupos minoritarios con un historial de exclusión pueden dar pasos de gigante si adoptáramos algunas ideas sencillas.

“Justicia social”

“Justicia social” es un término notoriamente vago. A principios del siglo XVIII, el filósofo jesuita Luigi Tapparelli utilizó el término para referirse simplemente a un orden social justo reflejado en una constitución bien elaborada. Pero Sowell utiliza el término tal y como se entiende más a menudo hoy en día, refiriéndose a “la suposición de que, debido a que las disparidades económicas y de otro tipo entre los seres humanos superan con creces cualquier diferencia en sus capacidades innatas, estas disparidades son evidencia o prueba de los efectos de vicios humanos como la discriminación y la explotación”.

Sowell es consciente de que estos vicios han desempeñado un papel, pero también sabe que no pueden ser la explicación completa, ya que muchos grupos minoritarios oprimidos han prosperado económicamente, a veces mucho más que los miembros de la cultura mayoritaria. Teniendo en cuenta que Sowell ofreció un respaldo a la exploración de Charles Murray de la ciencia genética y la inteligencia, uno podría pensar que se uniría al reciente resurgimiento de la derecha de las explicaciones genéticas. Pero no.

Aislamiento e inteligencia

Al igual que Thomas Sowell utiliza su habilidad como científico social para hacer agujeros en la visión kendiana de que todas las disparidades son resultado del racismo, utiliza su investigación sobre el CI para desacreditar también esa explicación de las disparidades de grupo. ¿Listos para los clásicos datos sowellianos que llevan a conclusiones contraintuitivas?

Me sorprendió saber que los primogénitos tienden a tener coeficientes intelectuales significativamente más altos que sus hermanos, presumiblemente debido a la atención de los padres. Tal vez no sepa que los CI, en general, han cambiado drásticamente en el último siglo, a medida que han mejorado la nutrición y la atención médica. Lo más interesante (y relevante para la cuestión de las disparidades entre grupos) es que todos los pueblos de montaña tienden a tener un CI más bajo que los demás, especialmente los habitantes de las ciudades. Sí, han leído bien. Sowell afirma que esto tiene que ver con el aislamiento social de la vida en la montaña y, por tanto, podría explicar también los coeficientes intelectuales medios más bajos de los grupos que siguen experimentando formas más artificiales de aislamiento social. Los teóricos del apego en psicología resonarán bien con esta explicación.

Black Liberation through the Markerplace

Es una pena que Sowell no se detuviera aquí para reconocer parte de la historia que mi coautor y yo analizamos en Black Liberation Through the Marketplace. Los negros estadounidenses no sólo fueron aislados por Jim Crow, sino también por la sobrecriminalización y el arrendamiento de convictos, el desempleo a través del salario mínimo (eugenista), la renovación urbana, la construcción de autopistas, la exclusión sindical y el socavamiento de la estructura familiar por parte del Estado del bienestar. Si hay una imagen clara con la que nos quedamos después de investigar para nuestro libro, es que los barrios desestabilizados con alta pobreza, alta delincuencia y una educación terrible son el resultado de una serie de políticas federales salvajemente irresponsables e injustas que literalmente convirtieron en guetos a los ciudadanos negros pobres (y sí, los blancos pobres a menudo se vieron afectados por algunas de las mismas políticas).

Estos barrios son muy aislantes. A menudo se dividen en zonas de cuatro a seis manzanas en las que las bandas protegen a los suyos pero atacan a los forasteros, de modo que uno ni siquiera puede sentirse seguro paseando por un barrio cercano. Para llegar a un trabajo a pocos kilómetros de distancia hay que viajar dos horas en autobús (lo que supone otras dos horas de vuelta). ¿Es de extrañar que veamos puntuaciones de CI más bajas entre nuestros conciudadanos cuando sus alimentos proceden de la tienda de ultramarinos (cuando pueden conseguir alguno); pueden tener familiares adictos o encarcelados; a menudo son testigos de sucesos traumáticos y delictivos; y sus escuelas son mental y físicamente peligrosas?

La inteligencia es una realidad plástica

Por supuesto, hay un elemento genético en la inteligencia. Como suele decir Thomas Sowell en broma: “La mitad de la gente tiene una inteligencia inferior a la media”. No todo el mundo es mágicamente igual por naturaleza. Pero la idea de que debamos encontrar interesantes las teorías raciales de la inteligencia genética cuando el CI es tan increíblemente plástico y las circunstancias siguen variando tanto es francamente absurda. Me ha encantado que Sowell lo haya denunciado, “sobre todo después de que el último libro de Murray ofrezca una descripción inquietantemente determinista de la inteligencia de los negros”.

John McWhorter -un erudito heterodoxo negro que hace todo lo posible para dar a los argumentos de Murray un trato justo- todavía condena a Murray por pensar que “tenemos que aceptar una América en la que los negros rara vez se encuentran en trabajos que requieran una inteligencia seria”. Una cosa es defender que los científicos recojan y presenten datos, y otra muy distinta que nos dicten un futuro infundadamente desesperanzador. La cuidadosa sugerencia de Sowell de causas alternativas para las disparidades actuales inspira una visión mucho más brillante de lo que podría lograrse en la próxima generación.

Sowell es ¡tan racionalista!

Mi única queja sobre Sowell siempre ha sido que es un tipo muy racionalista. A veces parece decir que si todo el mundo pudiera ser más como él, y se limitara a adoptar un desapego similar al de Spock y seguir los datos, no tomaríamos decisiones tan estúpidas. Por ejemplo, es muy importante que todos los estadounidenses, incluidos los negros, sepan que la esclavitud es una institución muy extendida, que se trajeron diez veces más esclavos a Brasil que a (lo que se convertiría en) Estados Unidos, y que algunas formas de esclavitud eran tan duras que los esclavos simplemente morían. Sí, esta es una perspectiva increíblemente importante. Pero debe equilibrarse con el tipo de simpatía Adam Smithiana hacia aquellos con los que estamos más cerca; es decir, nuestros propios compatriotas.

Nunca olvidaré ir al Museo Smithsoniano de Historia y Cultura Afroamericanas, situarme detrás de una madre negra con sus hijos, oír a uno de sus hijos señalar la burbuja de población de la trata transatlántica de esclavos a Brasil, y escucharla decir: “Eso no está bien; no puede estar bien”. Hemos cometido el error de exagerar la singularidad de la experiencia esclavista estadounidense (aunque la racialización de la esclavitud y los 100 años de supremacía blanca que la siguieron son realmente únicos). Muy bien dicho.

Es la historia de los Estados Unidos

Pero ninguno de esos puntos anula el hecho de que somos estadounidenses. Este es nuestro país y nuestra historia. Jim Crow afectó a nuestros padres y abuelos, a nuestros vecinos. Y nosotros somos los que vivimos con las consecuencias hasta el día de hoy, como he descrito anteriormente. El hecho de que los seres humanos se inflijan dolor unos a otros en todas las sociedades no hace que sea menos doloroso cuando te ocurre a ti. El hecho de que la esclavitud haya sido una práctica común, e incluso el hecho de que el fin de la esclavitud sea un hecho atípico, no cambia la necesidad de ajuste de cuentas y reconciliación, sobre todo teniendo en cuenta todo lo que vino después.

Piénsalo de esta manera (y siento mucho la metáfora tan burda; todas las metáforas acaban fallando, pero espero que esto ayude). Si estoy casada con un hombre que abusó de mí hace años y luego dejó de hacerlo, es posible que podamos empezar a reconstruir una relación entre nosotros. Pero si yo quisiera, digamos, ir a terapia para hablar de nuestra historia de maltrato, ¿tendría algún sentido que él me dijera: “Pero, ¿por qué? ¿No sabes que el maltrato doméstico es bastante común en todo el mundo?”. Sí, sí, lo sé. Pero tú me maltrataste y necesito que lo superes conmigo si queremos funcionar bien. Así que no, necesitaré algo más que el distanciamiento de Spock.

Los grandes éxitos de Thomas Sowell

El resto del libro es lo que yo llamaría los grandes éxitos de Sowell: el fracaso de los planes de redistribución como el salario mínimo, el uso y abuso de las estadísticas (como dijo Mark Twain, “hay mentiras, malditas mentiras y estadísticas”) y, por supuesto, su crítica a la arrogancia intelectual general de todos los planificadores centrales. Si has leído a Sowell, ya conoces este material, pero siempre hay nuevos ejemplos. Si no lo has leído, ésta es una introducción breve y amena a esas ideas. Son absolutamente esenciales para formular una política social cuyos resultados coincidan con sus objetivos. Estas ideas son lo bastante contraintuitivas como para que sea buena idea repetirlas una y otra vez hasta que acaben calando.

Y realmente aprecié que se pudiera ver un poco del corazón de Thomas Sowell, su sentido de la injusticia de que las élites puedan repetir los mismos errores destructivos sin cesar y nunca tengan que responder por ello. Hay algo bueno en ese tipo de ira justa, porque nos mueve a la acción. Sólo espero que sus lectores conservadores sientan el amor que hay detrás de la justicia.

Una crítica de la justicia social contemporánea es absolutamente necesaria, pero no para hacer mates, o puntos, o tazas llenas de lágrimas lib. Tenemos que hacerlo para amar bien a los pobres, porque los estamos amando tanto con la mente como con el corazón. Sowell considera que su trabajo es señalar los errores de la izquierda de la justicia social (y, al parecer, también de la derecha obsesionada con la genética). Consideremos que nuestro trabajo consiste en complementar su labor con la retórica de la atención, para que las personas con menos distanciamiento que Spock puedan ver nuestros corazones.

Ver también

Thomas Sowell, políticamente incorrecto. (José Augusto Domínguez).

Thomas Sowell y las mascarillas. (Fernando Parrilla).

Adiós a Thomas Sowell. (Daniel Rodrguez Herrera).

El lenguaje económico (XXXVI): Los colores

Economistas, políticos, periodistas y activistas variados se dedican a poner colores a la economía, cada cual, según su particular «enfoque». Este curioso hecho no se observa en ningún otro campo del saber: no oiremos hablar de una física «amarilla», una química «azul» o unas matemáticas «verdes». Esta adjetivación tiene una doble explicación: la primera, denomina metafóricamente ciertos sectores productivos; por ejemplo, la economía «azul» es aquella relacionada con el medio marino; análogamente, podríamos acuñar una economía «blanca» relacionada con las industrias lácteas. La segunda, es contraria a la ciencia económica, pues no describe leyes, sino que pretende una normatividad —política, jurídica, filosófica— proveniente de diversas ideologías: marxismo, ecologismo, igualitarismo, teoría de género, etc. Estas dos causas pueden solaparse.

Amarillo. Actividades productivas relacionadas con la ciencia y la tecnología. O sea, el capitalismo de toda la vida. ¿Y por qué este color? Según la psicología, el amarillo fomenta el pensamiento crítico, la creatividad y la inspiración (luego veremos que la creatividad artística es «naranja»). La economía amarilla hay que practicarla, pero poquito, no vaya a ser que cause desempleo. Algunos todavía no han entendido que una mayor tasa de capitalización hace subir los salarios reales y el nivel de vida de la población. Si el capitalismo es bueno, cuanto más mejor.

Azul. Aquí encontramos dos acepciones. La primera es la metáfora marina. La segunda, es ideológica y se atribuye al economista y emprendedor belga Gunter Pauli, que publicó, en 2010, su libro La Economía Azul: 10 años, 100 innovaciones, 100 millones de empleos. Pauli explora un enfoque sostenible para la resolución de problemas globales, inspirándose en los ecosistemas naturales, para encontrar soluciones eficientes y sostenibles. Sin embargo, la ciencia económica no nos dice como «debería» ser el mundo, sino cómo es realmente. El Sr. Pauli bien podría crear una empresa «azul» y demostrar que su teoría funciona en la práctica.

Blanco. Actividades o dinero legales. «Lavar» o «blanquear» el dinero negro es el proceso para que su origen parezca legal; por ejemplo, comprar secretamente un décimo de lotería premiado y luego cobrarlo.[1]

Gris. Actividades lícitas que incumplen la normativa legal y/o cuyos rendimientos no son declarados al fisco (i.e. facturar sin IVA). La economía informal o sumergida es fruto de la coacción estatal y crece con ella.

Naranja. Abarca sectores como la música, el cine, la moda, el diseño, los videojuegos, la publicidad, la literatura, la artesanía y otras formas de creaciones culturales y artísticas.

Negro. Cualquier actividad que el gobierno ha criminalizado mediante la legislación: producción y comercio de ciertas drogas y armas de fuego, contrabando de productos (tabaco), transporte fronterizo de personas, etc.

Rojo. Consumismo. Los defensores del planeta afirman que no deberíamos consumir aquello que no necesitamos porque merma la naturaleza, genera residuos y causa desigualdad social y económica. ¿Y qué es consumismo?: la subjetiva y arbitraria apreciación de que alguien consume más de lo debido. ¿Y cuánto es lo debido? Nadie puede saberlo. Por ejemplo, poseer más de un reloj de pulsera o más de 10 pares de zapatos podría ser «consumismo»; pero también hacer «demasiado» turismo, beber «demasiada» cerveza o comprar «demasiados» libros.

Rosa. La economía rosa reconoce que las personas LGBTQ+ (lesbianas, gais, bisexuales, transgénero y resto de identidades) son consumidores con preferencias y comportamientos económicos específicos. Esta etiqueta resulta innecesaria, pues el marketing, desde hace mucho tiempo, segmenta psicográficamente a los consumidores ofreciéndoles bienes acordes a su estilo de vida. Los empresarios, buscando el lucro, ofrecen todo aquello que los consumidores demandan sin importarles demasiado su vida personal. En el artículo (marzo, 2023) dedicado a la publicidad (I) vimos el peligro de pretender ganar clientes alineándose con la ideología de género.

Verde. Ecologismo. La economía verde ha sido reconocida por instituciones, gobiernos y «expertos» como una herramienta para lograr un desarrollo sostenible, social, económico y ambiental. Por ejemplo, la Comisión Europea presentó el «Pacto Verde», en diciembre de 2019, con el objetivo de transformar la UE en la primera región climáticamente neutra para el año 2050.

Conclusión. La economía de colores es un amasijo de ocurrencias ajeno a la ciencia económica. En el mejor de los casos, se trata de simples metáforas inventadas por diletantes y noveleros que buscan enfoques «originales». En el peor, se usa el lenguaje con intenciones normativas —políticas, jurídicas y éticas— cuyo último fin es la imposición espurias ideologías al conjunto de la sociedad.


[1] El ex-senador de Coalición Canaria, Miguel Zerolo, era un hombre muy «afortunado» en el juego: tuvo 145 papeletas de lotería premiadas.

Serie ‘El lenguaje económico’

Rallo contra Marx: la demolición definitiva del edificio marxista

En el debate de las ideas, cada vez es más rara la honestidad intelectual. Lo habitual es lo contrario: la falacia, la manipulación y la trampa; la deformación deshonesta de las ideas del oponente para criticarlas con el mínimo esfuerzo intelectual. Pero, de vez en cuando, aparecen notables excepciones. Es el caso del último libro de Juan Ramón Rallo: Anti-Marx: Crítica a la economía política marxista (Deusto).

Como indica su título, esta obra desarrolla una crítica sistemática de la doctrina de uno de los pensadores más influyentes y perniciosos de la historia de la humanidad: Karl Marx. Una figura que solo rivaliza en influencia y veneración con líderes de grandes religiones, y cuya obra ha adquirido, para muchos, estatus de libro sagrado.

Para tamaña empresa, Anti-Marx no toma atajos ni recurre a hombres de paja. A lo largo de sus casi 1.800 páginas, Rallo realiza un meticuloso trabajo de reconstrucción del edificio marxista, piedra a piedra, para luego demolerlo con la misma precisión, pero sin piedad ni concesiones.

El test de Touring ideológico

El primer tomo de Anti-Marx consiste en una reconstrucción objetiva y ordenada de la teoría económica de Marx. Hasta tal punto es una exposición honesta, que superaría con suficiencia lo que el economista Bryan Caplan denominó el «test de Touring ideológico»: pasaría por ser una explicación del marxismo escrita por un marxista convencido.

Superar el test de Touring ideológico, según Caplan, es siempre «un síntoma genuino de objetividad y sabiduría». Pero este caso tiene aún más mérito. Primero, porque sintetiza una teoría extensa, dispersa en medio centenar de libros, artículos y cartas, que evolucionó y se fue corrigiendo a sí misma durante cuatro décadas. Y segundo, porque incluso cuando Marx se contradice o se vuelve incoherente, Rallo rescata de entre sus seguidores la versión que mejor encaja con el resto del sistema marxista.

La reconstrucción del marxismo

Así, iniciamos la reconstrucción de la teoría económica marxista, partiendo del poco controvertido hecho de que el ser humano necesita consumir determinados bienes para vivir y, para ello, mezcla su trabajo con los frutos de la naturaleza.

Antiguamente, trabajábamos para nosotros mismos, pero en el capitalismo lo hacemos bajo la división del trabajo: trabajamos para producir mercancías, productos que otros desean usar, para luego intercambiarlas por aquello que necesitamos consumir. Marx afirma que las mercancías tienden a intercambiarse a un ratio determinado: a aquel al que se igualan las horas de trabajo incorporadas en las mercancías intercambiadas. Con independencia del valor de uso final de cada mercancía, su valor en el mercado se determinará solo por el tiempo de trabajo que incorporen.

Pero Marx encuentra una única, pero gigantesca excepción a esta igualación de valor-trabajo en el intercambio: la propia contratación de trabajadores. Los capitalistas, la clase que se ha apoderado de todos los medios de producción, pueden contratar trabajadores pagándoles solo una fracción de sus horas de trabajo, apropiándose injustamente de la diferencia al vender las mercancías que producen.

La necesaria muerte del capitalismo

Así, los capitalistas se hacen cada vez más ricos, reinvirtiendo la plusvalía expropiada al trabajador para adquirir más medios de producción; mientras, mantienen a los trabajadores en la subsistencia, pagándoles lo mínimo imprescindible para que puedan sobrevivir y seguir acudiendo al puesto de trabajo.

Pero, para Marx, esta rueda no puede girar eternamente. Como cada vez hay que remunerar más medios de producción con la misma plusvalía extraída al trabajador, la tasa de ganancia del capital está condenada a descender hasta llegar al colapso final del capitalismo, que morirá, inexorablemente, víctima de sus propias contradicciones.

Entonces emergerá inevitable el comunismo, que comenzará con una revolución proletaria que expropiará los medios de producción de las sucias manos de la clase capitalista, los colectivizará e instaurará un sistema sin clases en el que el hombre ya no vivirá alienado, trabajando para los demás en aquello que no desea, sino que podrá alcanzar sus más profundos anhelos en el paraíso de la abundancia material y la libertad colectiva.

O eso, al menos, es lo que asegura Marx.

La demolición del marxismo

Tal vez al lector no marxista, terminado el primer tomo de Anti-Marx, le asalten las dudas y el desasosiego. ¿Tendrá razón Marx? ¿He estado todo este tiempo equivocado? Por eso es importante empezar rápido con el segundo tomo. Pues el mismo autor que ha reconstruido el marxismo ante nuestros ojos, pasa a analizar con precisión de relojero, pieza a pieza, engranaje a engranaje, todo el mecanismo marxista. Y pronto comprobamos, aliviados, como todo es un mecanismo fallido montado con piezas defectuosas.

Las mercancías no tienden a intercambiarse según el trabajo incorporado, sino en función de la subjetiva utilidad marginal de dichas mercancías (demanda), y de las que podrían producirse con los mismos factores productivos (oferta).

Esto aplica a todo intercambio de bienes y servicios, incluido el de fuerza de trabajo. Los capitalistas pujan por los trabajadores según su productividad marginal, fijando salarios que no tienen por qué ser de subsistencia, como aseguraba Marx. De hecho, desde que Marx comenzó a escribir El capital hasta nuestros días, los salarios reales han vivido un espectacular aumento, el mayor de la historia, sobre todo en los países capitalistas. Merced a este salario creciente, una inmensa masa de trabajadores ha ido ahorrando e invirtiendo en diversos activos, incluidas las propias empresas del sistema capitalista, complementando sus salarios con rentas del capital.

La tasa de ganancia

A su vez, los capitalistas no tienen su rentabilidad garantizada: se la tienen que ganar día a día, sacrificando la preferencia temporal, asumiendo riesgos y acertando con planes de negocio que sirvan de la forma más eficiente posible las demandas de los consumidores. Estos son los valiosos servicios que generan la plusvalía, y no una expropiación injusta de fantasmagóricas horas de trabajo no remuneradas de sus empleados.

Esta dinámica es perfectamente sostenible en el tiempo. La tasa de ganancia no está condenada a caer. Dependerá de cómo evolucionen los salarios reales, el progreso técnico o la preferencia temporal y aversión al riesgo de los capitalistas. La tasa de ganancia podría caer, mantenerse o incluso aumentar, sin que ninguna inevitabilidad la condene al colapso.

El comunismo, en ruinas

Por último, Rallo demuestra en detalle cómo la llegada del comunismo no solo no es inevitable; también es indeseable. El comunismo no pone fin a la escasez, como predicaba Marx, sino que la promueve. No acaba con la explotación, sino que la consagra, arrebatando al trabajador el fruto de su trabajo («de cada cual según sus capacidades») y repartiéndolo al dictado de la comuna («a cada cual según sus necesidades»). No acaba con las clases sociales, sino que divide la sociedad entre una nueva clase gobernante y una masa de gobernados. Ni acaba con la alienación, sino que la exacerba, subyugando al individuo y su proyecto de vida a la voluntad de la comuna. Y no libera al ser humano, sino que lo esclaviza: el comunismo necesita suprimir de raíz, a cualquier coste, la libertad individual. Así se ha demostrado siempre que se ha puesto en práctica.

En definitiva, Rallo desarrolla punto por punto, sin dejar cabos sueltos, una crítica sistemática y exhaustiva al pensamiento de Marx, hasta dejarlo en ruinas. El largo viaje que propone Anti-Marx queda más que recompensado al brindar el inmenso placer intelectual de contemplar esta demolición definitiva del edificio marxista.

Ver también

Marx y el fin del capitalismo. (Raquél Merino).

Marx fue un precursor del antisemitismo nazi. (Antonio José Chinchetru).

Marx y el dinero (I). (Eduardo Blasco).

Marx y el dinero (II). (Eduardo Blasco).

Serie de Andras Toth sobre Marx

El negocio del software libre (VI): La generalización de las hackatones

Cuando hablé de los hackers frente a los académicos, comenté que desarrollaría más dos actividades del mundo hacker que han desbordado el campo de la tecnología:

El primero son los hackatones. Muchos grandes proyectos de Software Libre como Bootstrap o React, nacen de reuniones de hackers. Como los hackathones han demostrado su funcionalidad, en otros ámbitos se ha copiado este modelo de solucionar necesidades.

Origen de las hackatones

El término “hackathon”, o el término españolizado “hackatón”, tiene sus raíces en la comunidad hacker y se refería a un evento colaborativo en el cual programadores, analistas, administradores de sistemas y otras personas aficionadas a le tecnología para trabajar intensivamente en proyectos de software. Estos eventos tienen una duración limitada, que puede variar desde unas pocas horas hasta varios días. La palabra “hackatón” combina “hack” (en el sentido de programar de manera ingeniosa) y “maratón”, lo que sugiere la idea de un esfuerzo prolongado e intenso en el desarrollo de software.

El origen del hackatón se atribuye a OpenBSD, un sistema operativo de tipo Unix, cuyos desarrolladores comenzaron a organizar eventos de codificación intensiva en 1999. Estos eventos tenían como objetivo mejorar y auditar el código fuente del sistema operativo. A lo largo del tiempo, el concepto se expandió y se adoptó en diferentes comunidades y sectores.

Un entorno de colaboración

Los hackatones proporcionan un entorno propicio para la colaboración, la resolución de problemas y la innovación. Durante el evento, los participantes forman equipos, eligen proyectos y trabajan juntos para desarrollar soluciones. Al final del hackatón, los proyectos se presentan y, en algunos casos, se premian.

He dicho que «se refería» en pasado porque este término, aunque siga manteniendo el «hack» en su nombre, ha desbordado el ámbito de la tecnología. A lo largo de los años, se han adaptado a diferentes disciplinas, como diseño, negocios, salud y más. Los eventos pueden centrarse en diversos temas, desde el desarrollo de software hasta la creación de prototipos de hardware, la resolución de desafíos empresariales o la exploración de nuevas ideas.

El formato de hackatón ha demostrado ser una forma efectiva de fomentar la colaboración, estimular la creatividad y acelerar el desarrollo de proyectos. Estos eventos son populares en la industria tecnológica, pero su impacto y popularidad se han extendido a otros campos y sectores.

Motivaciones para participar

Cada persona tiene sus motivaciones subjetivas es imposible clasificarlas, sin embargo, por mi experiencia y por lo que he hablado en hackatones con otros participantes, algunas de las motivaciones comunes para participar en una hackatón serían:

Aprendizaje: Muchos participantes ven en los hackatones grandes oportunidades para aprender nuevas habilidades, explorar tecnologías emergentes y mejorar sus capacidades de programación, ya que desarrolladores novatos se juntan con otros más experimentados de los que pueden aprender.

Enseñanza: También los experimentados pueden obtener una gran recompensa al enseñar a otros programadores principiantes, con los que pueden empatizar muy fácilmente, ya que años atrás estuvieron en la misma situación. Si a estas motivaciones personales, le añadimos la naturaleza intensiva del evento, el resultado es un aprendizaje rápido y práctico en proyectos reales, que es donde la formación más reglada no suele llegar.

Experiencia práctica: Los hackatones ofrecen un marco de trabajo para aplicar conocimientos teóricos en situaciones prácticas del mundo real. La experiencia adquirida en un hackatón puede ser muy valiosa para el desarrollo profesional por complementar los conocimientos teóricos adquiridos en centros formativos.

Innovación y creatividad: La posibilidad de trabajar en proyectos innovadores atrae a personas que buscan desarrollar soluciones creativas y resolver problemas interesantes. Los hackatones fomentan la libertad para experimentar y pensar fuera de lo convencional, por lo que, en general, los hackatones que mejor funcionan son los que los retos son abstractos y complejos.

Ayuda, contactos, diversión

Ayudar a los demás: Si, además de la abstracción y la complejidad, se le añade que ofrezca una solución para mucha gente, es otro factor que también atrae a muchos participantes, ya que sentirse útil a la sociedad es una gran motivación para participar en un evento.

Redes de contactos: La interacción con otros profesionales del campo y la posibilidad de formar parte de un equipo colaborativo son aspectos valiosos de los hackatones, ya que estos eventos ofrecen oportunidades para establecer contactos, conocer a personas con ideas afines y ampliar la red profesional.

Solución de problemas: Algunos participantes se unen a hackatones con la intención específica de abordar un problema o desafío particular. La competencia y la urgencia temporal suelen ser buena motivación para encontrar soluciones efectivas y rápidas.

Búsqueda de soluciones o colaboradores: Otras veces, los participantes no van a resolver retos ajenos, sino a proponer sus propios retos o soluciones a problemas en los que están atascados. O a explicar a otros participantes en los proyectos en los que están trabajando para buscar colaboradores.

Diversión: La combinación de trabajo intenso, el ambiente colaborativo y la emoción de enfrentarse a desafíos puede convertir los hackatones en experiencias divertidas para los hackers, ya que son gente inquieta que disfruta resolviendo retos.

Competición y reconocimiento: La oportunidad de competir y recibir reconocimiento por parte de otros hackers por el trabajo bien hecho motiva a muchos participantes mucho más que los premios, ya sean en efectivo, becas u oportunidades laborales.

El premio económico

Nótese que en las motivaciones para participar en hackatones no he nombrado más que de pasada los premios económicos, que pueden estar bien como complemento pero, y repito, esto es por mi propia experiencia y por conversaciones con otros participantes de este tipo de enventos, pocos hackers participarán con la motivación de obtener el premio en metálico y aquellos que lo hagan con esta intención, difícilmente serán los ganadores.

Los hackatones son eventos multifacéticos que atraen a personas con diversas motivaciones, desde el deseo de aprender y colaborar hasta la búsqueda de soluciones innovadoras y la oportunidad de competir y ser reconocido. Estas motivaciones convergen para crear un ambiente dinámico y productivo durante el evento. Aquellos que participan con estas motivaciones entienden que para logarlo tienen que aportar a los demás. Es la esencia misma del mercado: gana más el que más sirve al prójimo.

Sin embargo, aquel que va con la motivación de ganar un premio económico, y busque únicamente su interés particular, aunque gane el premio económico, este siempre es menor, incluso en términos económicos, que todo aquello que obtiene (aprendizaje, descubrimiento de nuevas metodologías, contactos…) aquel que que colabora con la comunidad.

Si a esto, le añadimos que se celebran hackatones de forma contínua, la inversión en unos hackatones generan mayores beneficios en los siguientes, por lo que se convierten en una forma de aprendizaje continuado y un crecimiento constante en su carrera como desarrollador.

Motivaciones para patrocinar

Aunque los premios en metálico no sean lo más importante para participar en una hackatón, sí que son de agradecer otro tipo de premios o de aportaciones en la hackatón, como hosting, VPS, libros, cursos, ordenadores o periféricos… y, sobre todo, costear los gastos de desplazamiento, alojamiento y comida. Costes mínimos para los beneficios que puede obtener una empresa patrocinadora, ya que los hackatones ofrecen un terreno fértil para la innovación. Patrocinar un hackatón permite a las empresas acceder a nuevas ideas y soluciones creativas desarrolladas por participantes de una hackatón.

Pero hay que tener en cuenta, igual que hablábamos con los participantes, que en el mercado triunfan los más generosos y aquellas empresas que lo que pretenden en una hackatón es que le hagan un trabajo gratis, acaba siendo un fracaso. Por eso, una de las claves para que una hackatón sea un éxito es que el software que se desarrolle sea libre, para que se beneficie de ese trabajo la comunidad y no sólo los patrocinadores. Y, además, que tenga una serie de pequeños regalos que motiven a la participación.

Muchos proyectos que han surgido de hackatones han llevado a productos exitosos que mejoran la oferta de las empresas patrocinadoras.  Y no sólo en sus productos, sino en su reconocimiento de marca. ¿Cuánto le hubiera costado a Twitter una campaña que le hubiera dado el prestigio que le ha proporcionado Bootstrap? ¿Y a Facebook el reconocimiento que le da React? Impagable ni para empresas de este volumen.

Competencia; es decir, colaboración

¿Y por qué han conseguido tal volumen de usuarios tanto Bootstrap como React? Porque son libres.  ¿Y por qué han conseguido tal volumen de usuarios y, por lo tanto, tanto valor, Twitter y Facebook? Tal como expliqué en mi artículo «Sólo crecen las redes sociales que liberan código», porque desarrollan Software Libre. Y eso les da una gran ventaja competitiva, ya que las redes sociales se basan en comunidades de personas que compiten y colaboran. Y no hay mayor ecosistema de colaboración y competencia en el ámbito tecnológico que la comunidad del Software Libre.

Aquellos desarrolladores que entienden la comunidad como un marco de cooperación social basado en la colaboración y la competencia, tienen mayores posibilidades de desarrollar productos que triunfen en otro gran marco de cooperación social basado en la colaboración y la competencia, que es el mercado. Además, ser un patrocinador de un hackatón brinda una visibilidad de marca ante un público muy bien segmentado que suele tener un poder adquisitivo más bien alto y en un segmento, como es el tecnológico, en el que las empresas invierten grandes cantidades de dinero. La presencia de la marca en materiales promocionales, sitios web del evento y comunicados de prensa contribuye a aumentar el reconocimiento de la empresa en la comunidad tecnológica.

Redes de colaboración

Los hackatones son excelentes lugares para establecer relaciones de colaboración con otras empresas y startups. Patrocinar un hackatón brinda la oportunidad de interactuar con otros patrocinadores, participantes y organizadores, lo que puede resultar en asociaciones estratégicas beneficiosas para ambas partes.

Participar como patrocinador permite a las empresas estar al tanto de las últimas tendencias y necesidades del mercado. Al observar los proyectos y soluciones presentados, las empresas pueden obtener ideas valiosas sobre cómo adaptar o mejorar sus productos y servicios según la dirección en la que se está moviendo la industria.

Y un factor muy importante, que es la atracción de talento, ya que los hackatones son puntos de encuentro para hackers apasionados por la tecnología. Patrocinar estos eventos permite a las empresas destacar sus valores, proyectos interesantes y cultura laboral, lo que puede atraer a posibles empleados. Además, participar en hackatones proporciona a los patrocinadores la oportunidad de identificar y conocer a potenciales nuevas incorporaciones a la empresa. ¿Puede haber un mejor fichaje para una empresa que un estudiante que sacrifica un fin de semana por ir a un evento a programar, máxime si ese evento es tan intensivo que come y duerme con otros participantes?

Generosidad y cooperación

Aquel veinteañero que sacrifica estar de juerga con sus amigos para encerrarse en un espacio para teclear una línea de código detrás de otra, o bien es porque disfruta más programando que yéndose de cervezas, lo cual le convierte en un fichaje ideal o bien es tan disciplinado que sacrifica algo que valora mucho, como es la fiesta por invertir ese tiempo en algo que le puede dar mayores beneficios a largo plazo. Lo cual le convierte en un fichaje todavía más ideal.

Y, como sabe que es un fichaje ideal, y que su cotización en el mercado sube en cada hackatón que participa, elegirá muy bien la empresa por la que fichar. Que, seguramente, sea una que haya mostrado previamente, un compromiso con la comunidad hacker y el Software Libre, patrocinando hackatones de forma continuada.

De nuevo vemos que la generosidad y la cooperación son la forma más sencilla de obtener los mejores resultados. O, como diría el Profesor Huerta de Soto, la mejor opción moral suele acabar siendo la más rentable económicamente.

Copyleft Fernando Vicente. Puede copiar este texto. Escrito originalmente en Markdown con vi sobre Ubuntu GNU/Linux, usando sólo software libre.

Serie ‘El negocio del software libre’

(I) Las instituciones

(II) El caso de Wikipedia

(III) Sólo crecen las redes sociales que liberan código

(IV) Hackers frente a académicos

(V) Evan You, un hacker empresario no emprendedor