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¿Libertad frente a prosperidad?

Hay quienes contraponen, como hace ver el título de este artículo, libertad y prosperidad. O, dicho de otro modo, se preocupan por si el liberalismo debe defenderse desde posturas más éticas, esto es, defendiendo la libertad como valor supremo, o desde otras más crematísticas, como la prosperidad.

No nos compliquemos demasiado con esta disyuntiva, pues no son sino dos caras de la misma moneda. La secuencia vendría a ser ésta: libertad – variedad (desigualdad) – prosperidad. No es algo novedoso lo que aquí escribo, desde luego, sino fruto de autores que han indagado sobre esta materia.

Pero antes de entrar en faena, voy a permitirme una breve reflexión sobre la variedad como desigualdad. Debería extrañarnos, si bien ya nada lo hace, que los defensores del igualitarismo también lo sean de la variedad. Y ya no hablamos de igualdad de resultados, en cuyo caso es más que evidente que poca variedad cabe si todos acabamos expulsados de la ciudad para ser forzados a trabajar el campo perfectamente uniformados, como en la Camboya de Pol Pot, sino de la igualdad de oportunidades.

Hay una extraña querencia en los entornos más conservadores (o socialistas más light) de considerar esta forma de igualitarismo como un ideal. Pensemos, por poner ejemplos extremos, en dos "familias", una, tradicional y tradicionalista, y otra, hippy que vive en una comuna. Como seres que defendemos la libertad y la variedad, no pondríamos mayor objeción a que, siempre cada uno en sus dominios, tuviera a bien resolver su vida como le apeteciera. Qué puede esperarse de esto: ¿igualdad de oportunidades en los hijos de cada familia o comuna? Tampoco, sinceramente, creo que sea un fin buscado a priori por ninguno de los grupos. Entiendo que buscan otra meta: congregarse con quienes se sienten más cómodos e identificados. No es cuestión de entrar en cuestiones como nación, región, localidad (que todo constriñe en según qué circunstancias), pero todas estas categorías administrativas no hacen sino limitar esa posibilidad de explorar formas nuevas de asociación, como parece obvio.

Otro ejemplo sería el de padres de ciencias (con mentes muy analíticas y estructuradas) frente a padres de letras o a padres deportistas. Thomas Sowell, que no sólo ha escrito de economía, en uno de sus libros trata el autismo a raíz de que un hijo suyo padecía alguna de sus formas. Sacó la conclusión (no sé si avalada por análisis más empíricos) de que padres matemáticos (o de ramas analíticas) tendían a tener más hijos con esta anomalía que otros. Pero tampoco quería llegar a este extremo de analizar la influencia genética (que también es determinante).

Mi punto es que la influencia de estos entornos diferentes (variedad), en estos casos, contribuiría a que los hijos (los que queremos que gocen de esa igualdad de oportunidades) tuvieran acceso a experiencias, información y formación completamente distintas. Y esto no es nada malo; al contrario, como veremos más adelante. Su mente, su cuerpo, sus bienes y todo ese arsenal de experiencias y conocimiento es lo que poseen para lanzarse al mundo. Esto nos lleva a que, para alcanzar la manida igualdad de oportunidades, mucho alarde de ingeniería social tendríamos que hacer para manipular, someter y perturbar a esas familias hippies, tradicionales, de ciencias, de letras o de deportistas… Creo que contravendría bastante el ideal de libertad en el que descansa el liberalismo, y que otras formas políticas de corte socialista también se jactan de defender, no sin sermonearnos antes con formas de vida alternativas. En realidad, para ellos, la libertad es una excusa para colgarse el papel de víctimas, de minorías, pues en el fondo quieren convertir estos estilos de vida en obligatorios y universales en pos de su ideal uniformador. Así todos gozaremos de mismas oportunidades…, o, más bien, de ninguna.

Y vayamos al último punto: la prosperidad. Si la libertad permite la variedad, qué puede traer de bueno ésta al orden social, extenso y complejo en el que vivimos. Un autor del XIX próximo al anarquismo liberal, Auberon Herbert (citado por el propio Rothbard), puede servirnos de ilustración.

Este recurre a Herbert Spencer, de quien es fiel seguidor, para hacer ver la importancia de la diferencia en un ensayo sobre la educación. Con el objetivo de criticar la uniformidad en los contenidos educativos en Gran Bretaña, nos dice:

(…) Let him remember that canon of Mr. Herbert Spencer, so pregnant with meaning, that progress is difference. Therefore, if you desire progress, you must not make it difficult for men to think and act differently; you must not dull their senses with routine or stamp their imagination with the official pattern of some great department. If you desire progress, you must remove all obstacles that impede for each man the exercise of his reasoning and imaginative faculties in this own way; and you must do nothing to lessen the rewards which he expects in return for his exertions. (…)

"State Education: A Help or Hindrance?". Fortnightly Review, Julio 1880.

En el campo de la sociología, Spencer desarrolla una postura evolucionista (lamarckista). Contrapone, como en la bilogía, la simpleza de lo homogéneo frente a la complejidad de lo heterogéneo. Para él, la sociedad es un organismo social que evoluciona desde una forma más básica y simple a otra más compleja gracias a la ley de la evolución (de forma bastante parecida a lo que posteriormente desarrollaría Hayek). De ahí que este tipo de autor tienda a tener una visión bastante optimista de la población creciente (a diferencia de enfoques maltusianos). Más personas implican más oportunidades y más probabilidad de heterogeneidad. Lo igual no produce nada nuevo, no produce evolución, no produce nuevo conocimiento, no produce nuevos medios, ni siquiera nuevos fines. El respeto a la libertad del individuo es ético per se, pero además posibilita que éste busque su felicidad a partir del descubrimiento de sus propios fines y medios. Sólo así, dejando que los individuos actúen guiados por sus pasiones y que se agrupen con otros por intereses, ideología, edad, trabajo, equipo de fútbol o Dios sabe (hoy día no solemos pertenecer a un único grupo cerrado, sino a muchos), se podrán poner sobre la mesa múltiples propuestas de valor (si así lo que queremos llamar) en el mercado.

Desde el ingeniero hasta el músico; desde el tenista hasta el científico; desde el inversor hasta el religioso; desde el inventor hasta el empresario; desde el matemático hasta el poeta… Y miles de ejemplos más. Sólo generándose propuestas de valor desde múltiples ramas de la sociedad se podrá crear nuevo conocimiento y nuevos bienes y servicios que satisfagan crecientemente a las variopintas personas.

Asimismo, aparecerán muchos más "errores", pero también muchos más "aciertos". Sin variedad, con homogeneidad, el error es pequeño, pero la creación casi nula. Con variedad, ¿cuántas empresas de informática han perecido desde los 80 gracias a que surgió esta rama de la economía? No lo sé. Muchas, muchas más que las que han creado valor de manera continua en el mercado. Pero cuánto valor o riqueza han creado las que han tenido éxito: a lo Taleb, abrumadoramente más que lo perdido por los fracasos empresariales.

¿Debemos impedir la destrucción creativa de Schumpeter porque haya error –destrucción-? Ni hablar. Cuánta riqueza y bienestar se han creado por las oportunidades que nos brinda el hecho de que las personas sean tan dispares. Cuántas nuevas ramas de la economía, cuántas innovaciones en campos ya explorados y yermos. Qué es eso de la igualdad de oportunidades. No, hombre, todo lo contrario. Haya desigualdad de éstas. Que la gente pueda alimentar su espíritu y, con ello, crear nuevas ideas, mercados y servicios, y, ojo, crecientes oportunidades para los demás. Esto nos traerá el progreso, la libertad y la felicidad (entendida como búsqueda de propias metas).

Que el de fuera nos pague los platos rotos

Carlos Rodríguez Braun escribió hace unos años que en democracias con un Estado "social y de derecho" como la nuestra la redistribución no se hacía de ricos a pobres, sino de grupos desorganizados a grupos organizados. Tenerlo en cuenta es clave para entender la inmensa mayoría de las decisiones que adopta este Gobierno y todos los anteriores. Medidas que atentan contra el sentido común, contra su supuesta ideología, contra sus votantes. Da igual. La presión organizada puede con casi todo.

En ese contexto es fácil de entender el anuncio que ha hecho el ministro Wert sobre el impuesto revolucionario que se va a cobrar a Google para subvencionarnos a los medios. El mecanismo es el siguiente. Los agregadores de noticias, un concepto cuya definición legal resulta, cuando menos, complicada, pagarán a CEDRO, y esta SGAE de las fotocopias repartirá como buenamente considere esos ingresos entre los editores. Si Libertad Digital quiere renunciar a esos ingresos nos dará lo mismo; Google pagará de todos modos por reproducir el contenido de este periódico, la ley nos impedirá negarnos a que lo haga y nuestra parte se la quedará CEDRO o la repartirá entre los demás editores.

Google News, el agregador de noticias contra el que apunta la norma, no hace nada que no haga Google en su buscador. También exhibe el titular, un fragmento y en ocasiones una fotografía muy pequeña de las noticias de los medios, y cuando pinchas se va a la página del periódico. La única diferencia es que tiene una portada que, de forma automática, sin criterio editorial, ordena las noticias de forma que a los editores se les hace similar a una portada de un diario digital. Pero no puedes leer ninguna noticia en Google News salvo que sea de agencia y ésta haya llegado a un acuerdo con el gigante de internet para publicarlas ahí y cobrar por ello. Se leen en los medios y éstos son los que se llevan los ingresos.

Pese al parecido entre Google y Google News, la ley está construida para que afecte exclusivamente a ésta última y a servicios que, para su desgracia, se le parezcan y la redacción de la ley no haya excluido de alguna manera. No se sabe, por ejemplo, si Menéame y las demás web que emplean un mecanismo similar estarán afectadas. Pero Google News no hace nada distinto de Google. Y las web indexadas en el buscador, que somos todas, podrían por la misma lógica exigirle compensación por usar esos mismos pequeños fragmentos de información en los resultados de las búsquedas. Es la misma información y los mismos derechos de autor. ¿Por qué no? Porque los editores son un grupo de presión organizado y quienes producimos contenido en internet, que somos casi todos los internautas españoles, no.

La ideíca de Wert, en definitiva, no tiene ninguna lógica detrás ni está justificada de ningún modo. Es resultado de que Google es una empresa extranjera sin demasiada influencia aquí y los grandes editores de prensa españoles, en cambio, sí tienen oídos atentos en el Gobierno. Querían que alguien les pagara para seguir manteniendo una industria obsoleta y lo han conseguido; una batalla en la que se destacó especialmente el defenestrado Pedro Jota, a quien posiblemente El Gobierno no quiso dar el gusto mientras seguía al frente de El Mundo.

Pero esta estúpida ley tendrá consecuencias, aunque quizá no las veamos. Por de pronto, Google podría decidir cerrar el servicio en España si no le compensa esta multa que se le quiere imponer por hacer su trabajo. Si no lo hace, procurará aumentar sus ingresos para compensarlo, por ejemplo, aumentando el porcentaje que recibe de los anuncios que aparecen en otras web, convirtiendo la internet española en un sistema en el que quienes no sean periódicos pagarán una mordida a los editores, con Google y CEDRO de intermediarios.

Pero aunque Google no hiciera ninguna de estas cosas, lo que está claro es que cualquier emprendedor español a quien se le pueda ocurrir una idea genial que la ley considere equivalente a Google News no podrá llevarla a cabo. Así que abandonará el proyecto o si se empeña tendrá que emigrar, no sé, a Silicon Valley, Tel Aviv o cualquier otro lugar donde no te prohíben inventar cosas nuevas. País.

Nación, Estado y Economía

Se acerca el centenario de la que se ha llamado La guerra del 14, en referencia al año del siglo XX en el que estalló. Quedan aún unos meses para la efeméride, pero las librerías de todo el mundo recogen nuevos y viejos textos sobre la conflagración mundial. Hay uno que tuvo cierta repercusión en su momento, pero cuya impronta se ha ido apagando con los años, y hace ya 95 que se publicó. Se trata de Nación, Estado y Economía, escrito por Ludwig von Mises. El autor venía de haber participado, con grave riesgo para su vida, en el frente. Nación, Estado y Economía, no obstante, no es una colección de recuerdos sino un intento de explicar las fuerzas intelectuales que llevaron a Alemania a desatar una guerra a gran escala.

Más allá de la responsabilidad histórica de Alemania, ya que seguramente fue la que más contribuyó al estallido de la guerra, pero no la única, el problema que se plantea Mises es pertinente. ¿De dónde vienen el imperialismo, el militarismo, el estatismo de Alemania que empujaron a tan desastroso final?

El principio de la democracia encontró en Alemania, como en otros países, un apoyo notable. Pero tras la revolución de 1848, la regla de la mayoría se convirtió en una amenaza potencial para las comunidades alemanas en regiones o potencias como Ucrania, Polonia o Hungría, ya que allí se constituían en minoría.

La solución que le dio Alemania fue la de una política mundial, una weltpolitik, que era la aplicación del nacionalismo militarista fuera de las fronteras. Era, en definitiva, imperialismo. E Imperialismus, en alemán, fue el primer título que le puso Mises a esta obra. Ese imperialismo es la solución que arbitró Alemania para hacer una política que respondiese, a un tiempo, a varios problemas que tenía la comunidad alemana. Por un lado, la situación de las minorías alemanas en otras regiones. Por otro, la asimilación de esas minorías por la cultura anglosajona, cuando los alemanes crean comunidades en colonias o ex colonias británicas. La solución pasaba entonces por conquistar las colonias dependientes de la monarquía inglesa, lo que en parte está detrás de la decisión de Alemania de iniciar una carrera por el rearme de la Armada.

El imperialismo, con todo, no es una característica exclusiva de la política alemana. Afectó a otras grandes potencias, y se reforzó mutuamente, señala Mises, porque “presiona a que se armen las manos de todos los que no quieren quedar sojuzgados. Para luchar contra el imperialismo, los pacifistas han de emplear todos los medios a su alcance”. Al final, los pacifistas “han sido conquistados por los métodos y el modo de pensar” de los imperialistas. Otra contradicción del imperialismo es que ahora actúa con los frutos del feraz capitalismo del cambio de siglo, lo que lo hace mucho más peligroso. La solución otorgada por la Liga de las Naciones y por Woodrow Wilson tampoco es satisfactoria, pues la apuesta incondicional por la democracia no solventaba el problema de las minorías: “En los territorios políglotas, la aplicación del principio de la mayoría no lleva en absoluto a la libertad para todos, sino al gobierno de la mayoría sobre la minoría”. El camino para lograr la paz es otro: La lucha de los Estados por controlar a los pueblos sólo remitirá “en la medida en que las funciones del Estado no se restrinjan, y se extienda la libertad”.

Otra de las tendencias que identifica Ludwig von Mises es el del socialismo de guerra. No afectó sólo a Alemania, como demuestra el caso de los Estados Unidos, pero es el de la nación europea el que ocupa a nuestro autor. Ese socialismo se basa en la necesidad de ajustar, tan rápido como sea posible, la estructura económica: De una economía orientada hacia el consumo, a otra encaminada al esfuerzo de la guerra. Pero Mises considera que para lograr ese objetivo, el socialismo no es necesario. Por cierto, que en el libro no hace mención de su famosa crítica al socialismo, que aparecería en un artículo publicado ese mismo 1919. El autor explica cómo ese socialismo llevará a la destrucción de la economía, tanto directamente como por medio de la inflación.

Ese nacionalismo totalizante y estatalista contrasta con la visión que muestra Mises de lo que es una nación. A su parecer, consiste en una comunidad lingüística. Pero, por supuesto, una persona puede tomar la decisión personal de dejar de formar parte de una nación, así definida, y formar parte de otra. De modo que la nación sería una condición voluntaria, asumida y sancionada por la costumbre. De este modo, “nadie y ningún sector de la población será obligado a formar parte de una asociación nacional que no desee”. Esta posición tiene evidentes consecuencias políticas: “Déjese a las fuerzas de atracción de la propia cultura, en una libre competición con otros pueblos. Sólo eso se merece una nación orgullosa”, dice el economista.

Mises, como John M. Keynes, quien escribió otro libro sobre esta cuestión también en 1919, fue muy crítico con el Tratado de Versalles, y advirtió de que podría conducir a Alemania por el camino de la venganza. Finalmente, fue exactamente eso lo que acabó ocurriendo.

Bitcoin: una saludable amenaza para los Estados

Rusia acaba de prohibir Bitcoin, China lo hizo hace unos meses y los gobiernos occidentales se lo están planteando seriamente. Todos apelan a la necesidad de combatir el contrabando, pero ninguno dice la verdad. A la postre, extraña tanta unanimidad en este asunto cuando todos estos países ni siquiera se ponen de acuerdo a la hora de definir, y respetar, un mínimo de derechos humanos.

Sucede que no son los derechos de sus súbditos los que Bitcoin pone en jaque, sino su propia autoridad. No en vano, uno de los monopolios esenciales para todo gobierno con pretensiones absolutistas es el de la moneda: controlando la moneda pueden controlar el gasto agregado y controlando el gasto agregado pueden controlar la estructura de producción, a saber, qué bienes y servicios se producen o se dejan de producir.

Ha tenido que ser un ex empleado de la Reserva Federal, Mark Williams, quien haya tenido que reconocer finalmente la verdad (o parte de ella) en el Financial Times: "Los gobiernos deberían ser cautos a la hora de permitir la existencia de divisas virtuales mientras no sean capaces de garantizar que los bancos centrales serán capaces de conservar su poder". El contrabando, acarreando ciertos riesgos, es un problema muy secundario para Williams. Por supuesto, el articulista tampoco se sincera hasta el extremo de ligar su apasionada defensa del monopolio de la banca central con la necesidad de que los Estados mantengan sus autocráticos poderes: la suya es una argumentación más pretendidamente tecnocrática; una donde la legitimidad de las relaciones de poder es irrelevante y donde solo entran en consideración cuestiones eminentemente técnicas.

Así, según este exempleado de la Fed, Bitcoin es peligrosa porque "demuestra que podemos organizarnos sin un dinero emitido por el Estado", cuando semejante pretensión no pasa de ilusoria en la medida en que los gobiernos —y en concreto sus brazos armados, los bancos centrales– deben ocuparse de manejar la oferta monetaria y los tipos de interés para garantizar cierta calma macroeconómica en forma de estabilidad de precios, pleno empleo y crecimiento. En este sentido, la política monetaria óptima de una economía requiere de una amplia plantilla de trabajadores dentro de cada banco central que se dediquen específicamente a la complejísima labor de modelizar, comprender y responder al fluctuante comportamiento y las expectativas de los agentes económicos. En opinión de Williams, todo este proceso de análisis previo no es automatizable mediante el algoritmo contenido en ninguna divisa virtual existente o que pueda llegar a existir. Es verdad que, según él mismo reconoce, los bancos centrales fueron incapaces de prevenir la crisis que estalló en 2008, pero a su juicio ahora estaríamos sumergidos en una devastadora depresión de no ser por su decidida actuación desde entonces. En suma, que la adopción de Bitcoin nos llevaría al caos.

El análisis de Williams podrá parecer convincente a fuer de desideologizado, pero lo cierto es que incurre en una serie de errores básicos. El fundamental —del que emanan los demás— es el de confundir dinero y deuda: aunque a día de hoy se suele considerar que los euros o los dólares son el “dinero base” de una economía —y que ese dinero base es creado por el banco central en régimen de monopolio—, lo cierto es que los euros o los dólares son pasivos del banco central. Por dinero en sentido estricto sólo deberíamos entender aquel activo monetario que no es pasivo de nadie más: el oro en su momento y acaso Bitcoin en el futuro. En este sentido, pues, el banco central no ocupa el negocio de la producción y gestión del dinero, sino de la gestión de una parte de la deuda mediante la que coordina una sociedad.

El matiz es importante porque justamente ataca el núcleo de la crítica de Williams: que la estabilidad macroeconómica requiere de una “gestión científica” de la cantidad de dinero. No es así: mientras la cantidad de dinero no sufra de bruscas fluctuaciones, la estabilidad macroeconómica puede lograrse mediante una correcta administración cuantitativa y cualitativa de la oferta de crédito. De hecho, ni la mejor gestión posible de los bancos centrales hubiese podido batir los resultados que se obtuvieron con el patrón oro. Pero, y he ahí el principal error intelectual de los bancos centrales, esa administración del crédito ni puede ni debe ser una administración centralizada, ya que cualquier agente económico disfruta de la capacidad de otorgar crédito a sus pares (siempre que diferimos el momento del pago, estamos otorgando crédito). Al contrario, la administración por necesidad será descentralizada y, por tanto, lo que resulta necesario es que esa administración descentralizada esté sometida a sanos incentivos y contrapesos que eviten una gestión abusiva del crédito.

El principal de esos sanos incentivos y contrapesos es que los acreedores puedan controlar a los deudores: si se instituye un sistema monetario donde se anula la capacidad de fiscalización de los acreedores, por necesidad los deudores tenderán a multiplicarse hasta extremos marcadamente imprudentes e insostenibles. Y, justamente, el mayor mecanismo con el que cuentan los acreedores para controlar a los deudores es poderles denegar el crédito (ya sea exigiendo el pago de las deudas vencidas o no extendiendo nuevo crédito), para lo cual ha de existir alguna forma de “dinero base” que no esté basada en la deuda. Como decíamos, el oro o Bitcoin pueden aspirar a desempeñar ese papel, pues son activos que no son, simultáneamente, el pasivo de nadie más. Pero el euro o el dólar no, porque son deuda del banco central que éste puede crear sin otro límite que el repudio por parte de sus tenedores (tampoco serviría, por cierto, una moneda estatal que no fuera deuda, pero cuya cantidad la decidiera discrecionalmente el Estado en cualquier momento): si el banco central goza de la potestad de refinanciar ilimitadamente a los deudores, es obvio que el poder de los acreedores termina siendo aniquilado y que no hay ninguna manera, salvo la torpe regulación estatal, de restringir el crecimiento explosivo de la deuda.

Por eso las críticas de Williams son falaces: porque el problema no es que la Fed no fuera capaz de evitar la crisis de 2008, sino que fue su autora o, al menos, una de sus principales cooperadoras necesarias. Sin la Fed (y otros bancos centrales), la acumulación de deuda jamás habría alcanzado los niveles que alcanzó y, por tanto, el riesgo de colapso deflacionista —en cuya resolución Williams basa gran parte de su defensa del monopolio de la banca central— ni siquiera hubiera existido. Es verdad que incluso con libertad monetaria y bancaria puede haber pánicos bancarios —incluso pánicos bancarios importantes—, pero son pánicos perfectamente solventables por la propia industria bancaria.

En suma, un triunfo de Bitcoin (o un restablecimiento del patrón oro) no eliminaría la necesidad de una correcta gestión del crédito (que es, en el fondo, en lo que Williams está pensando): únicamente permitiría descentralizarla mucho más y, sobre todo, someterla a los contrapesos necesarios para que pueda tratarse de una gestión verdaderamente racional. Irónicamente, la defensa que hace el exempleado de la Fed de su empleador es el motivo principal por el que habría que cerrarlo: porque la Fed —en tanto deudora de primera instancia— no está sometida al control disperso de sus acreedores (en tanto no pueden forzar el pago de esos pasivos al no ser convertibles en dinero), de modo que no sólo tiene capacidad para seguir cebando extraordinariamente la oferta de crédito (a costa de sus acreedores), sino que incluso carece de bases contables para conocer cuándo está concediendo demasiado crédito y cuándo demasiado poco. Sin someter la deuda al dinero, la política del banco central no es ciencia, sino nigromancia: una nigromancia dirigida a apuntalar el poder del Estado.

En defensa de Celia Villalobos

El voto de Celia Villalobos contra el criterio de su partido en la reforma de la Ley del Aborto es algo que todo el mundo daba por descontado. Lo sorprendente es que se hubiera equivocado de botón y hubiera votado a favor, pero veinticuatro años de servicios a estepaís desde su escaño en el Congreso de los Diputados propician el desarrollo de ciertas habilidades táctiles que evitan este tipo de confusiones. Celia es progre y como tal actúa; poco más cabe añadir.

Cabría reprochar a Villalobos cierta incoherencia en su decisión sobre el aborto, puesto que la reforma legal propuesta por su grupo parlamentario responde, en esencia, al recurso de inconstitucionalidad presentado por el PP contra la ley de Zapatero, que convertía el aborto nada menos que en un derecho. Su puesto de vicepresidenta primera del Parlamento debería quizás suponerle una servidumbre añadida a la hora de dar ejemplo, pero en un Congreso cuya Comisión Constitucional está presidida por el político que decretó la defunción de Montesquieu y la de Exteriores por un separatista que pone precio a la unidad de España la actitud de Villalobos no desentona en absoluto con el resto de la tropa de aforados.

De Villalobos dicen con una sonrisa en el PP que es un "verso suelto". Nada más lejos de la realidad. Doña Celia es una estrofa necesaria, sin la cual el soneto pepero pierde su esencia centro-reformisma. El ecumenismo del PP en busca de los votos centristas exige estos alardes progres por parte de sus dirigentes segundones, sobre todo cuando se ventilan cuestiones ideológicas que la izquierda ya ha sentenciado. El voto de la señora de Arriola, además, apoya la tesis central de su marido, según la cual el centro es la clave para ganar las elecciones, que es en última instancia de lo que se trata.

La existencia de listas cerradas y bloqueadas en nuestro sistema electoral permite estos agravios, contra los que el votante poco puede hacer para manifestar su asco hacia algún dirigente concreto. De eso se aprovecha Villalobos para seguir en el Congreso trabajando contra sus electores sin que le alcance la más mínima reprensión. Pero no sólo ella. También el PP es beneficiario de una supuesta traición interna que, en realidad, no es más que la reafirmación utilitarista de un partido progre vergonzante dispuesto a cualquier felonía antes que intentar ganar la batalla de las ideas. Si es que en Génova hay alguna, que es algo todavía por ver.

Medidas pragmáticas que produzcan liberales

Siempre ha habido bastante debate sobre qué partido político se puede considerar liberal, qué medidas pueden ser apoyadas por los liberales y qué debería hacer un liberal ante unas elecciones a cualquier cargo público.

Hay opiniones para todos los gustos y yo mismo he sostenido y abandonado algunas de ellas según he ido meditando sobre el tema. Actualmente tengo una opinión bastante crítica con las posturas pragmáticas, que por norma suelen apoyar con mucho ahínco a cualquier político que se distinga por una postura menos intervencionista de lo normal, o medidas que limiten ligeramente el expolio fiscal al que estamos sometidos.

Pese a esto tampoco me siento cómodo aceptando solo medidas maximalistas que a día de hoy el 95% de la sociedad no aceptaría, o esperando el colapso del sistema para hundirme con él sabiendo que tenía razón…

En cambio pienso que lo más sensato dadas las circunstancias actuales es apoyar únicamente aquellas medidas cuya aplicación favorezcan el progreso de las ideas liberales entre la sociedad.

Por ejemplo, un tipo único para el IRPF no favorece en nada las ideas liberales, favorece que paguemos menos (o más) impuestos, favorece que se simplifique la burocracia del gobierno, y favorece que el Estado termine recaudando más dinero con la riqueza extra que se generaría al liberar esos recursos de sus garras. Todo ello podría estar muy bien a corto plazo y nos podría facilitar la vida, pero de liberal tiene poco y a la larga traería más Estado que encima sería relacionado por el ciudadano común al capitalismo/neoliberalismo más feroz.

En cambio algo tan simple como que la seguridad social sea pagada por el empleado en su totalidad, en vez de por el empleador, supondría a largo plazo la tumba del sistema de pensiones o, al menos, convencería a mucha gente que ahorrar de forma privada sería mejor opción que ver cómo desaparecen miles de euros de sus nóminas cada vez a cambio de la promesa de una pensión menguante a una edad avanzada e indeterminada.

Lo mismo ocurre con otras muchas medidas. Aunque, claro está, no todo es blanco o negro. También hay medidas que pueden estar a caballo entre propiciar el liberalismo y ser una amenaza al mismo. Una de ellas sería la desgravación en nuestros impuestos del seguro de sanidad privada. Por un lado fomenta que el ciudadano común conozca que existe una sanidad asequible a su bolsillo fuera del Estado, pero puede fomentar que corporaciones de seguros, junto al Estado, terminen manipulando el mercado con consecuencias negativas que harían que la visión del ciudadano común sobre la sanidad privada termine siendo mala.

Por ello siempre hay que tener claro que no hay que confundir los medios con los fines. Una medida, por buena que sea, no sustituye el fin que se persigue. Y si ese fin es la libertad, la amenaza de que cualquier medida para fomentarla termine siendo usada para cercenarla es aún mayor. Supongo que de ahí vendrá lo poco pragmático que somos los liberales, y lo mucho que molestamos a los amigos de frente común ante el mal mayor…, y de paso conseguir el poder.

La decisión de los suizos

Suiza es un país extraño. Con el tamaño que tiene, en medio de varias naciones grandes, siempre ha destacado por ir a lo suyo sin sentir esa imperiosa necesidad que tenemos los españoles de reivindicar lo que somos, por puro complejo. Mientras nosotros habríamos hecho lo que fuera para obtener el ‘carnet’ de Europeos de Pura Cepa, a ellos no les quita el sueño. Mientras que nuestros gobiernos están dispuestos a vender nuestras libertades a cambio de un sitio en el G20, el Gobierno suizo se piensa mucho todo aquello que afecte a los suyos. Y, así, a pesar de las presiones, y de momento, tienen una política particular respecto al secreto bancario (que no defiende a los bancos sino a los usuarios de los bancos) y también mantienen una costumbre que les ha hecho famosos, de decidir muchas más cosas que nosotros mediante referéndum.

El país de las consultas

En realidad deciden casi todo. Porque cada año se realizan unos diez referendos agrupados en tres o cuatro ocasiones al año en las que se realizan varias preguntas. La participación es bastante modesta, supongo que en función del interés que despierte el tema. Porque, no solamente son las autoridades las que pueden decidir someter al juicio de la población las cuestiones que consideren. Los ciudadanos también pueden reunir firmas para proponer lo que estimen oportuno. Dependiendo de la relevancia de la consulta, se exige un tipo de mayoría u otra, tanto en número de habitantes como en número de cantones que aprueban la consulta.

Este fin de semana pasado los suizos decidieron que no quieren recibir inmigrantes en masa. Y esa decisión ha levantado ampollas en las autoridades europeas y ha reabierto el eterno debate acerca de la inmigración.

Pero no solamente votaron sobre ese particular. Debían responder a tres preguntas: la primera se refería a si el aborto es una cuestión privada y no debe financiarse con cargo al Estado, la segunda preguntaba si se debía crear un fondo de financiación de la red ferroviaria y la tercera, la que ha causado tanto revuelo, era la referente a la aceptación de entrada de nuevas oleadas de inmigrantes.

En el primer caso, la participación fue de un 55% y ganó el no por un 69,8% frente a un 30,2%, por lo que el aborto seguirá siendo financiado con dinero público.

En el segundo caso, la participación fue del 55% y ganó el sí por un 62% frente a un 38%. Debe crearse un fondo indefinido para financiar el aumento y mantenimiento de la red ferroviaria.

Y en el caso de la inmigración, la participación fue del 55,8% y ganó el sí al freno a la inmigración por un 50,3% frente al 49,7% que defendían la libre entrada de inmigrantes.

El debate sobre la inmigración

Quienes creemos en la apertura general de fronteras solemos coincidir en abogar, además, por un sistema de justicia sano, de manera que las leyes se apliquen a todos, las penas se cumplan íntegras y se deporte a quien no sabe comportarse de acuerdo con las normas del país al que se llega. Yo no tengo problemas en que un puesto de trabajo que va a redundar en productos nacionales mejores y más competitivos sea ocupado por una persona de otro país. Por lo mismo que me gustaría que los españoles fuéramos contratados sin problema allí donde nuestro esfuerzo se vea mejor reconocido y remunerado.

Los suizos han decidido que el Gobierno debe ser capaz de gestionar la inmigración porque, con el sistema legal de migraciones actual, cada año llega a Suiza una cantidad equivalente a la ciudad de Lucerna y cada dos años una población equivalente al cantón de Neuchâtel. Miles de personas que necesitan casa, servicios, etc. y que pagan impuestos mientras que conserven un trabajo oficial. Y ahí es donde hacen hincapié los defensores de la iniciativa: debe recibirse el número de inmigrantes que la administración pueda controlar. Y el que no tenga trabajo, que se vaya. Además, todos los supuestos que anteriormente tenían un trato especial (como el asilo político) pasarán a ser gestionados por Inmigración también.

Terrible, ¿no? Pero así lo han decidido quienes se han preocupado por votar. Y que lo diga yo, abstencionista convencida y militante, tiene todo el sentido. Porque yo me abstengo de jugar a qué decidimos. En el caso de los suizos, el sistema es diferente: si tu idea es buena, convence a tus vecinos, debate, aporta argumentos. Si entusiasmas a la gente, se acercarán a votar y tal vez te apoyen, y si no, o si no les convences, tu iniciativa se vendrá abajo.

Dicen que cada cual en su casa hace lo que quiera. Pues los suizos también. Veremos hasta qué punto los mismos que han presionado para que los bancos suizos traicionen a sus clientes intentarán de nuevo inmiscuirse en las decisiones de un país soberano.

Uno de cada tres

El Frente Nacional es el partido preferido de los franceses. O, por ser más precisos, es el que concita más apoyos, frente a los demás. Según una última encuesta, conducida por TNS Sofres, el 34 por ciento de los franceses, uno de cada tres, señala al partido de Marine Le Pen como su opción favorita. O, por utilizar el titular del diario Le Monde: el 34 por ciento de los franceses “se adhieren a las ideas del Frente Nacional”. Pues en realidad eso es lo que dice la encuesta.

Se ha realizado con 1.021 encuestas personales, con una metodología de cuotas. Si ese es el resultado, con preguntas cara a cara, y teniendo en cuenta que es un partido demonizado por la prensa, no son malos resultados para Le Pen. Aunque la “demonización”, dice Le Monde, beneficia al Frente Nacional. Lo dice también el vespertino. Eso es muy interesante. La prensa ha perdido eficacia. Ha perdido credibilidad. Una porción creciente de los votantes cree que los mensajes que se señalan desde los medios como verdaderos e importantes, son falsos.

De ahí las respuestas: ¿Se siente en Francia como en casa? La “correcta” es “sí”, pero muchos responden “no”. ¿Se identifica con los valores tradicionales? Un país que se identificado con una revolución, la revolución, que fue una hoguera de las tradiciones; de un catolicismo que pactaba con los turcos contra otros católicos, responde“sí”. ¿Cree que hay que controlar la inmigración? Respuesta con características suizas. Si vienen, que sea a trabajar y aportar. Y así todo.

A mí no me miren, que yo disolvería el Estado como un azucarillo, entiendo que la libertad de migrar es la de comprar un billete de tren o de avión, y me siento cómodo en una vecindad cosmopolita, si la diferencia de origen no implica diferencias en el cumplimiento de las leyes. No se trata de mi, sino de un francés de cada tres.

¿Cómo es posible? Lo es, porque hay una pulsión natural en todos nosotros, que es la de formar parte de una comunidad, identificable y amable. Lo es, porque aunque la democracia es muy poco democrática, todavía premia señalar la realidad con el dedo, aunque esa realidad no encaje en según qué bosquejos ideológicos. Quienes se quejan del auge de la llamada ultra derecha no deberían haberle dado el privilegio de decir lo que la gente ve y la intelligentsia no se atreve a pronunciar. 

Rehenes de nuestras ideas

La persona a la que más temes contradecir es a ti mismo.
Nassim N. Taleb

El 23 de agosto de 1973, tras un intento de robo frustrado, Jan Erik Olsson y Clark Olofsson se hicieron fuertes en una sucursal del Banco de Crédito de Estocolmo tomando a cuatro empleados como rehenes. El caso fue motivo de estudio porque durante los seis días en los que duró el secuestro, los rehenes desarrollaron un especial vínculo emocional y afectivo hacia sus captores. Defendieron a los secuestradores cuando la policía intentó rescatarlos y se negaron a testificar cuando por fin éstos se entregaron. El psiquiatra Nils Bejerot, tras analizar el caso, bautizó esta reacción psicológica como "Síndrome de Estocolmo". Según el FBI, alrededor del 27% de las víctimas de secuestros desarrollan este especial afecto hacia sus secuestradores. Pero esto no es algo exclusivo de los secuestros. Algo similar ocurre, aunque pueda parecernos extraño, cuando nos encariñamos de nuestras propias ideas.

En general nuestras ideas suelen ser correctas. Casi nadie piensa que hay que beber ácido sulfúrico en lugar de agua. Si alguien insistiera en pensar eso probablemente no duraría vivo mucho tiempo. Al igual que esa persona duraría poco, la mayoría de las ideas y hábitos que nos provocan un daño directo o que no nos son útiles tienden a extinguirse rápido. Aunque en un principio creamos que el ácido se bebe, lo más seguro es que tras el primer sorbo terminemos descartando la idea. El biólogo británico Richard Dawkins acuñó el término meme para referirse a las ideas y los hábitos cuando se estudian como reproductores. De forma similar a los genes, las ideas se reproducen de una persona a otra cuando nos transmitimos información o nos copiamos conductas. A largo plazo tienden a sobrevivir las ideas que son más exitosas a la hora de reproducirse, y uno de los factores más importantes para que esto suceda es que sean útiles. La idea de beber ácido no sólo es difícil que persista en nuestra mente. También es difícil que alguien nos la copie.

Sin embargo muchas veces tenemos la sensación de que la gente se equivoca de manera sistemática. Nos parece que se dicen demasiadas tonterías, que la mayoría opina cosas absurdas y que persisten en el error. ¿Cómo es posible? Empecemos por darnos cuenta de que esto no sucede en general, sino sólo en algunos ámbitos en concreto. Cuando nuestras ideas nos dan una información que nos afecta de manera directa y visible, que nos beneficia si es correcta y nos perjudica si es errónea, es improbable que haya grandes debates al respecto. Los incentivos nos conducen hacia la verdad. Las discrepancias llegan cuando el hecho de que la idea sea falsa no nos perjudica directamente. Por ejemplo, si estuviéramos convencidos de que la tierra es plana o de que Zeus existe nuestra vida seguiría siendo la misma, siempre y cuando lo mantuviésemos en secreto para evitar el escarnio público. La verdad deja de ser importante cuando no nos beneficiamos de que algo sea cierto o falso. Por ello el campo está abonado para el error persistente, el disparate, la discrepancia y los debates interminables en ámbitos como la política, la filosofía, la religión, la moralidad o la ciencia economía.

Hay que decir que el hecho de que una idea equivocada no nos perjudique directamente no significa que no sea perjudicial de manera indirecta. Precisamente éste es el argumento del economista Bryan Caplan en su famoso libro The Myth of the Rational Voter, sobre por qué las democracias tienden a seleccionar malas políticas. ¿Qué pasa con las democracias? Cuando nos queremos comprar una casa estudiamos muy bien todos los datos y valoramos de manera concienzuda los pros y los contras de nuestra decisión. La casa que decidamos es la que vamos a tener. Sin embargo en una democracia la importancia de nuestro voto individual es básicamente cero. Podríamos hacer el mismo esfuerzo que hacemos para comprar una casa o un coche para elegir una determinada política, pero no va a servir para nada porque tendremos lo que voten los demás. Como demuestra Caplan, esto no significa que la gente se vuelva ignorante sobre estos temas, cosa que sería más o menos inocua, sino que se vuelve irracional. Las mayorías tienen sesgos sistemáticos como el sesgo antimercado o antiextranjero, y tienden a defender políticas que nos terminan perjudicando a todos.

En su artículo Why People Are Irrational about Politics, el filósofo americano Michael Huemer se pregunta por qué en estos grandes temas la gente tiende a sostener ideas equivocadas. ¿Por qué tenemos estos sesgos? La respuesta es que algunas de nuestras ideas pueden sernos muy útiles siendo falsas. Cuando la falsedad de una idea no es un problema directo podemos creer en algo simplemente porque nos da buena imagen, porque queremos que los demás nos vean como alguien solidario o comprometido. Podemos creer en cosas, como supersticiones, porque nos consuelan. Nos suele interesar creer lo mismo que creen los que nos rodean, los que queremos que nos acepten, y al mismo tiempo diferenciarnos de aquellos que no nos interesan. También puede ser que hayamos obtenido un cierto prestigio social o académico por difundir una determinada idea y que luego seamos absolutamente incapaces de aceptar que estamos equivocados. Por poner un ejemplo, es impensable que alguien como Paul Krugman manifieste públicamente que se ha dado cuenta de que aumentar el gasto público tiende a deprimir una economía, que lo dicho hasta ahora era un error. Es lógico porque su reconocimiento académico se disolvería en cuestión de segundos. Francisco Capella escribió, refiriéndose a científicos de prestigio, que "a menudo no tienen ideas sino que las ideas son memes atrincherados que los tienen a ellos".

La teoría de los memes de Dawkins nos dice que algunas de las ideas más persistentes son aquellas que crean sus propios mecanismos de defensa. El más claro es que establecemos vínculos emocionales con ciertas ideas. Muchas nos importan y no vamos a renunciar a ellas. Es algo así como el Síndrome de Estocolmo aplicado a unidades de información que se nos meten en la cabeza. Estas ideas nos toman como rehenes y nos causan sesgos sistemáticos. Rechazamos evidencias que van en contra de nuestros modelos mentales para no tener que replantearlos, aceptamos con facilidad lo que nos conviene y leemos aquello con lo que ya sabemos que estamos de acuerdo para reforzar nuestras convicciones.

Es relativamente sencillo convencer a casi cualquier persona de que el resto de la gente está equivocada. Pero, obviamente, no es eso lo que quiero decir. A lo que me refiero es que a usted que lee este artículo y a mi que lo escribo nos pasa lo mismo que a los demás. También tenemos atrincherados memes falsos. Michael Huemer nos da algunas pistas para ayudarnos a identificar si estamos siendo irracionales sobre algún asunto. ¿Alguna vez está debatiendo con alguien sobre algún tema controvertido, sea política, economía o religión, y a medida que el otro va desarrollando su argumento usted empieza a sentirse irritado? ¿Le molesta lo que el otro piensa? ¿Procura leer o escuchar ideas con las que ya está de acuerdo y prefiere no replanteárselas a menos que sea imprescindible? ¿Sus ideas cambian poco? ¿Llega a una conclusión después de pensar bien los argumentos y obtener los datos, o llega primero a la conclusión y después lo va encajando todo para que cuadre? ¿Le daría pena si descubriera que algunas de sus ideas están equivocadas? ¿Piensa que quienes creen algo distinto son peores personas o tienen mala idea? Si a veces nos suceden cosas de estas puede que el problema sea que estamos equivocados.

Dice Nassim Taleb que el conocimiento se alcanza básicamente eliminando basura de la cabeza de la gente. Lo que pasa es que el primero que tiene sesgos, supersticiones y otras ideas equivocadas suele ser uno mismo. Somos rehenes de algunas ideas que se resisten a desaparecer y desarrollamos lazos afectivos con ellas. Para combatirlas, Huemer sugiere entender el problema, identificar los ámbitos en lo que podamos tener sesgos, procurar ser escépticos y rigurosos, señalar los errores de los demás y discutir de una manera constructiva y honesta. Si nos acostumbramos a reconocer errores seguramente acabemos cometiendo menos que los demás. Pero aun así lo más probable es que no logremos librarnos de los memes de los que somos rehenes. Nos importan demasiado. 

Bote a los políticos

La crisis del sistema socialdemócrata parece estar afectando seriamente al casi perfecto bipartidismo que hemos sufrido desde que el tándem PSOE-PP se alterna en la poltrona presidencial. Según la última encuesta del CIS, los populares aventajarían a los socialistas en 5,5 puntos, pero mientras que los primeros siguen descendiendo y sólo obtendrían el 32,1% de los votos, los segundos han alcanzado su mínimo absoluto, el 26,6% de los votos, e incluso algunos análisis de los datos concluyen que para ambos la intención directa de voto ha marcado su mínimo histórico. Por supuesto, el PSOE, el gran perjudicado de la encuesta, ha acusado al CIS de manipulación. ¡Alfredo! La cocina es la cocina y algunas veces el cocinero hace comidas indigestas, pero después de cómo cocinaste las tuyas, qué menos que un poco de manga ancha con las ajenas.

Por otra parte, los comunistas de IU aparecen anclados en el 11,3%, quizá lo máximo que pueden rascar de los socialistas mientras sigan apoyando y optando por la violencia y la algarada que tanto gusta a la extrema izquierda, y UPyD, el partido que dirige y presenta Rosa Díez, que sube hasta el 9,2%, convirtiéndose en una seria competencia tanto para populares como para socialistas ya que, aunque debería tender a dañar a los últimos, socialdemócratas hay en los dos partidos mayoritarios, y para algunos esta Rosa parece ser más interesante que el capullo socialista o la gaviota pepera. Los nacionalistas de todas las naciones se mantienen en su línea, unos suben y otros bajan, y esperan con interés, bien la independencia, bien el trinque habitual en forma de cuotas de poder… De poder meterse en la cartera de los ciudadanos de todo rango y condición, me refiero.

En esta encuesta no se ha contabilizado el efecto que podrían tener tres nuevas formaciones; por una parte, una iniciativa de izquierdas que apadrina Pablo Iglesias, "Podemos" (vaya nombrecito), que podría tocar los mayores de Cayo Lara si es que no se alían al final. Por otra, Ciudadanos, que tendría un lugar similar al que ocupa UPyD y que mide sus fuerzas a nivel nacional por primera vez en las elecciones al Parlamento Europeo de este año. Y por último, Vox, que si hace algo es tocar al PP por la derecha más que por el centro gallardonil, pero que sobre todo va dirigido a los votantes/militantes cabreados con Rajoy y su política aparentemente antiterrorista, el aborto y algunos otros temas peliagudos.

Lejos y sin muchas posibilidades estaría el P-Lib. Queridos liberales-políticos, si queréis que se os vea deberíais buscaros un enemigo poderoso, tocadle donde más le duele, sí, ahí, donde todos hemos pensado, que os nombre un día sí y otro también, y no esperéis sacar muchos votos con el programa, por muy racional y coherente que sea, que en España se vota más contra alguien que a favor de, buscad esos votos y, ¡por Dios!, no hagáis vídeos defensivos diciendo quién es o no liberal, como si se os conociera en todo el suelo patrio. La indiferencia es lo contrario del amor/odio y sois indiferentes a ojos del poder y de casi todos los medios de comunicación mayoritarios y, por tanto, del votante.

Así que todo apunta a que, posiblemente, las próximas generales darán un Congreso y Senado de lo más atomizado. Dicho esto, surge la pregunta: ¿es todo esto bueno para la convivencia democrática y la viabilidad de la economía española y, en general, para los bolsillos de los ciudadanos? Pues no sé, pero se me antoja que poco, aunque la esperanza es lo último que se pierde. Se pueden hacer coaliciones de todos los colores, incluso combinarlos en mezclas que harían las delicias de un pintor impresionista hasta arriba de LSD, pero desgraciadamente, ninguno de ellos está por reducir el tamaño del Estado, desregular la economía, no endeudarnos más, devolver poder a los ciudadanos, no inmiscuirse en la vida de éstos en forma de educación y cultura politizada, dejar de adoctrinar a los hijos ni pretender dejar de crear la moral de lo políticamente correcto, y algunos incluso se apuntan a una nueva subida fiscal y a la nacionalización de todo lo relevante.

Por el contrario, están más preocupados en dejar claro qué competencia tiene ésta o aquella administración, en peleas políticas que poco tienen que ver con el interés del ciudadano, en todo caso con su bolsillo, en mover todo para que todo se quede como está. Están muy preocupados por la corrupción de los demás y nada por la propia, si no es para decir que son inocentes, y en el fondo da lo mismo porque ésta se origina por la propia naturaleza del sistema y, lo que es más preocupante, por la moral subyacente en la sociedad española.

Los políticos no son una raza aparte, forman parte de la sociedad y tienden a comportarse como lo suele hacer la mayoría. Puede ser que el poder y el dinero muevan más canallas hacia ciertos círculos, eso ocurre en todos los países, pero el resto, los que no son canallas, suelen estar más vigilantes y no se les va la fuerza en algaradas, sino que actúan y denuncian, y las consecuencias de estos actos son muy duras. En España, desgraciadamente, las movilizaciones se suelen realizar para cambiar al ocupante de la poltrona, no la naturaleza del sistema y el poder judicial es un subproducto de la partitocracia. Los nuevos partidos no han dicho nada nuevo, nada "evolucionario", que no revolucionario, sólo se han quejado y tengo la sensación de que traerán más de lo mismo sin solucionar lo que ya hay. Aquí nadie parte la baraja, por el contrario, juegan y mucho, con dinero ajeno.

Algunos amigos me preguntan que por qué no voto, por qué incluso no voy al colegio electoral y voto en blanco si no me gusta ninguna de las opciones. Mi respuesta es para qué. Qué soluciono con introducir uno o dos papeles en una urna. Si me decido por algo fuera del sistema, no se presenta, si se presenta pero no obtiene representación, no sirve de nada, si obtiene representación, pero no es mayoritario, es una boca que alimentar a costa del dinero público que nada puede hacer contra los grandes partidos que terminan controlando casi cualquier coalición y si es uno de los grandes partidos, entonces no estaría escribiendo esto porque estaría a favor del sistema. No vote políticos, bote políticos, es más sano.