Ir al contenido principal

Los defensores del control de armas ignoran lo que pensaban los Padres Fundadores

Por Daniel Kowalski. Este artículo se ha publicado originalmente en FEE.

En todos mis años de existencia, la Segunda Enmienda de nuestra Constitución siempre se ha considerado controvertida. Sus detractores afirman que es la causa de la violencia armada. Los defensores afirman que ayuda a garantizar la libertad y la seguridad.

Siendo necesaria una Milicia bien regulada para la seguridad de un Estado libre, no se infringirá el derecho del pueblo a poseer y portar Armas.

Segunda Enmienda a la Constitución de los Estados Unidos.

Millones de palabras sobre 27 palabras

Estas veintisiete palabras han sido objeto de mucho debate durante los siglos XX y XXI. ¿Significa que los ciudadanos sólo tienen derecho a poseer armas si el Estado cuenta con una milicia bien regulada de la que formen parte? ¿O significa que, con rotundidad, no debe infringirse el derecho a portar armas? ¿Quizás significa que sólo se pueden usar armas para cazar? ¿O que no se permite tener nada más complicado que un mosquete del siglo XVIII porque eso es lo que tenían los fundadores cuando escribieron esto?

Las dos últimas preguntas no parecen tener sentido cuando se examina la redacción de la Segunda Enmienda. Pero de alguna manera los opositores han hecho de esto un pilar de sus argumentos porque no dejan de repetirlo, e insistir en ello con el argumento de que “no sabemos qué pretendían realmente los padres fundadores cuando escribieron esto”.

Pero eso no es cierto. Sí sabemos lo que pensaban los padres fundadores, porque escribieron una serie de setenta y ocho ensayos llamados The Federalist Papers para vender la Constitución al pueblo estadounidense a finales de la década de 1780. El estudio de estos escritos puede arrojar luz sobre las opiniones de los padres fundadores y, por tanto, sobre la interpretación correcta de la Segunda Enmienda.

El Federalista nº 46

En el período previo a la Guerra de la Independencia, los estadounidenses eran el pueblo más armado del planeta en lo que respecta a la posesión de armas de fuego por parte de los ciudadanos. Esto era una necesidad de la vida en la frontera porque era necesario para protegerse de los ataques de los nativos americanos y de los animales salvajes. En las zonas más pobladas de Nueva Inglaterra y las colonias centrales, los franceses se encontraban al norte y al oeste. Ello que suponía otra amenaza para la seguridad. Esencialmente, la gente estaba sola para protegerse y necesitaba tomar cartas en el asunto.

Durante la Guerra de la Independencia, el ejército británico cometió muchas atrocidades contra los colonos que luchaban por la independencia. Estas experiencias dejaron un sabor amargo a muchos respecto a un gobierno poderoso y un gran ejército permanente. El temor era que un tirano pudiera hacerse con el poder y luego utilizar el poder del ejército para oprimir al pueblo.

Al mismo tiempo, muchos ciudadanos estadounidenses identificaban su lealtad con su estado más que con el país, prefiriendo decir soy virginiano antes que soy estadounidense. Gran parte de la resistencia a la adopción de la Constitución provenía del temor a que un gobierno nacional centralizado se impusiera sobre los estados y oprimiera a sus ciudadanos.

James Madison

El Federalist Paper n.º 46, que se cree que fue escrito por el entonces futuro presidente James Madison, abordaba estas preocupaciones.

“El número máximo que, según los mejores cálculos, puede tener un ejército permanente en cualquier país, no excede de una centésima parte del número total de habitantes, o una vigésima quinta parte del número de personas capaces de portar armas. Esta proporción no daría, en los Estados Unidos, un ejército de más de veinticinco o treinta mil hombres. A éstos se opondría una milicia de cerca de medio millón de ciudadanos con armas en sus manos, dirigida por hombres elegidos entre ellos, luchando por sus libertades comunes, y unida y dirigida por gobiernos que poseen su afecto y confianza”.

Estas cifras que utiliza Madison se basan en la población durante el siglo XVIII, pero el concepto sigue siendo el mismo. Si el ejército estadounidense se utilizara para oprimir al pueblo estadounidense, la ciudadanía le superaría ampliamente en número. Continúa escribiendo:

“Además de la ventaja de estar armados, que los estadounidenses poseen sobre el pueblo de casi todas las demás naciones, la existencia de gobiernos subordinados, a los que el pueblo está vinculado, y por los que son nombrados los oficiales de la milicia, forma una barrera contra las empresas de la ambición, más insuperable que cualquiera que pueda admitir un simple gobierno de cualquier forma.”

El concepto de que la población supere en número a los militares como garantía contra el crecimiento de la tiranía sólo es efectivo si la ciudadanía está armada hasta el punto de que pueda marcar la diferencia si alguna vez estalla una lucha.

Milicias ciudadanas armadas durante la Guerra de la Independencia

Durante la Revolución Americana había esencialmente tres fuerzas combatientes en la tierra en América del Norte. Por un lado estaba el ejército británico, mientras que por el otro estaba el ejército estadounidense complementado por las milicias locales. Tanto el ejército británico como el estadounidense tenían en poca estima a las milicias, ya que eran poco profesionales y a menudo poco fiables.

Tras cinco años de combates indecisos en el Norte, los británicos idearon una estrategia consistente en conquistar el Sur. Consistía en avanzar hacia el Norte para aplastar a las colonias centrales y, por último, conquistar una Nueva Inglaterra hostil y aislada. En el peor de los casos, con el Sur asegurado, el alto mando británico pensó que al menos podrían conservar algunas de sus colonias, si perdían la guerra.

El general Cornwallis

El ejército británico al mando del general Cornwallis contaba con pocos efectivos. Así que su idea era aplastar al ejército estadounidense y luego instalar gobiernos locales leales con milicias que mantuvieran el orden público en su ausencia mientras se desplazaban por el continente.

Ese plan finalmente no funcionó porque las milicias locales de las Carolinas lucharon en lo que eran esencialmente campañas de guerrilla para impedir que los británicos pudieran retirarse de las zonas que habían tomado. Ello causó retrasos que impidieron al general Cornwallis una ejecución oportuna de sus planes. Para cuando llegó al norte de Virginia, el Ejército de Washington le emboscó y cortó el paso.

Y así es como algunos ciudadanos armados que no pertenecían al ejército contribuyeron a la derrota del ejército más poderoso del mundo en aquel momento.

Un AR-15 frente a un F-15

Llegados a este punto, debería quedar claro que los primeros estadounidenses consideraban el derecho a las armas como un importante freno al poder del gobierno. Pero, ¿quizás el armamento moderno hace que este punto sea discutible?

Un argumento extremo de los partidarios del control de armas es que los AR-15 y armas similares serían inútiles contra el avanzado arsenal armamentístico del gobierno, compuesto por armas como los cazas F-15. El propio presidente Biden dijo: “Si tienes que preocuparte por enfrentarte al gobierno federal, necesitas algunos F-15. No necesitas un AR-15. No necesitas un AR-15”.

Es realmente difícil imaginar por qué el Presidente en ejercicio de los Estados Unidos adoptaría este argumento. No hace nada para lograr que los partidarios de la Segunda Enmienda acepten las medidas de control de armas. Al contrario, sólo parece reforzar la opinión del ex presidente James Madison de que una ciudadanía armada es esencial como igualador de un gobierno corrupto.

Ver también

Una milicia bien regulada. (José Carlos Rodríguez).

La libertad de armas como defensa de los gays en los EE.UU. (Adolfo Lozano).

McDonald contra Chicago. (José Carlos Rodríguez).

Virginia Tech y el derecho a portar armas. (Gabriel Calzada).

El absurdo de un ‘Franco protestante’

Por James M. Patterson. Este artículo fue publicado originalmente en Law & Liberty.

Joshua Abbotoy reflexionaba recientemente en First Things sobre si un Franco protestante es inevitable para Estados Unidos. Director general de New Founding y director ejecutivo del American Reformer, Abbotoy no es una figura marginal, sino una voz importante que demuestra que el nacionalismo cristiano está creciendo dentro del mundo intelectual protestante tradicional.

Un Franco protestante

Su argumento es sencillo: las condiciones republicanas en Estados Unidos están en peor forma que incluso durante los años previos a la Guerra Civil estadounidense. En estas condiciones, la fidelidad a la Constitución supone la perdición para unos creyentes rodeados de amenazas existenciales. En caso de que estas amenazas empeoren (y, como mínimo, no hay motivos para pensar que vayan a remitir), la única alternativa es un “Franco protestante” que devuelva el orden a la nación. Esta idea puede parecer extraña al lector. Para el que no esté familiarizado, un “Franco protestante” es un dictador que sirve como hombre fuerte vengador que castiga a los progresista por su injusticia y restaura un orden cristiano directamente a través de su gobierno personal.

Este argumento, por supuesto, es muy malo, pero es útil para revelar el estado de ánimo con el que los nacionalistas cristianos y otros pensadores religiosos antiliberales perciben el mundo. Aquellos que se sientan atraídos por este argumento deberían reconocer lo absurdo del concepto mismo de un “Franco protestante”, la tiranía y el fracaso del régimen histórico de Franco, y el desvarío autorradicalizado que tantos pensadores religiosos antiliberales están experimentando.

El franquismo

Como bromeé en un podcast a principios de este año, la persona que estaría más horrorizada ante la idea de un “Franco protestante” habría sido el propio Caudillo por la Gracia de Dios. El Franquismo como ideología era una combinación de integrismo católico, el carlismo (un partido monárquico que buscaba restaurar a un Borbón descendiente de la línea de Don Carlos, Conde de Molina), y una versión española del fascismo llamada falangismo. Los dos primeros elementos son expresamente católicos: el integralismo proporcionaba un modelo de cooperación de la Iglesia con el Estado y el carlismo el objetivo último de restaurar una monarquía católica. El falangismo era el medio de restauración, ya que proporcionaba la dictadura militar organizada necesaria para combatir a los enemigos del trono y del altar.

La legitimidad de Franco residía en que era Caudillo por la Gracia de Dios. Para conferirle este estatus, la jerarquía católica cautiva se debatía entre el exterminio por los republicanos y la sumisión a Franco. Algunos eran verdaderos creyentes en El Caudillo, pero no todos. Independientemente de las opiniones personales del clero, Franco contaba con la bendición de una Iglesia externa y visible y con apariciones regulares en misas católicas y otras ceremonias que enfatizaban su papel como gobernante temporal defensor de la Iglesia católica. La Iglesia tenía el monopolio de los asuntos espirituales. Esto significaba que los protestantes en España -a menos que fueran extranjeros de cierto prestigio- se exponían a un riesgo considerable al practicar su fe.

Isabel I de Inglaterra persiguió a los católicos

No está claro que la mayoría de las variedades del protestantismo pudieran aceptar este enfoque debido a la propia naturaleza de la mayoría de las creencias protestantes. El ejemplo más cercano podría encontrarse, quizás, en el largo reinado de la reina Isabel I, que utilizó su supuesta autoridad como soberana espiritual y temporal de su reino para perseguir a clérigos y laicos católicos por igual. Otro ejemplo podría ser la Kulturkampf de Otto von Bismarck. Deseaba arrancar a los católicos de sus instituciones religiosas y obligarlos a adoptar alternativas estatales.

Estos ejemplos distan mucho de la experiencia estadounidense. Durante los años coloniales, las instituciones lucharon con uñas y dientes para conservar su monopolio, pero fue una batalla perdida. El caso más fuerte fue el de los puritanos de Massachusetts, que pasaron del Pacto a medias de la década de 1660 a la disolución de su establecimiento en 1833. Gobernaron sin Ye Olde Sovereigne Chusen de Dios. En su lugar, funcionaban bajo asociaciones de miembros de la Iglesia y, finalmente, de ciudadanos de la Commonwealth.

La teología política puritana y anglicana

De hecho, la teología política puritana parecía prohibir por completo la idea de un “Franco protestante”, dado que el verdadero soberano sobre la Iglesia y el Estado era Dios mismo. La eclesiología reformada rechazaba la jerarquía episcopal en favor de una selección más “republicana”, como la de los ancianos de la iglesia. Los correligionarios puritanos que permanecieron en Inglaterra lucharían en la Guerra Civil inglesa en defensa de la supremacía parlamentaria a mediados del siglo XVII. La influencia reformada en el republicanismo inglés era aún lo bastante fuerte como para que el rey Jorge III coincidiera con su consejero, Sir William Jones, en que la Revolución Americana fue una “guerra presbiteriana.”

En cuanto a los anglicanos coloniales, dependían de la administración de ultramar, ya que carecían de obispo. Una de las principales causas (entre otras muchas) de la agitación de Nueva Inglaterra contra el gobierno británico fue el temor a que la Corona nombrara a dicho obispo. De ahí que se silenciara la experiencia de un fuerte establecimiento anglicano, aunque los evangelistas bautistas eran a menudo encarcelados por predicar en territorio anglicano. Por supuesto, los bautistas fueron la principal fuerza a favor del desestablecimiento religioso, como se desprende de la contundente argumentación de Isaac Backus. Ahí no hay terreno abonado.

Las Escrituras

La propia Escritura parece desaconsejar un “Franco protestante”. Fue tal figura la que esclavizó a los israelitas en Egipto, y fue abatido por el único y verdadero Dios. Moisés carecía de plena autoridad, pues era un líder temporal, y Aarón el sumo sacerdote. La edad de oro de Israel es aquella en la que las tribus se gobernaban a sí mismas. Y el final de esta edad de oro llega con el establecimiento de un monarca. En I Samuel 8, Dios dice: “Y Jehová dijo a Samuel: Oye la voz del pueblo en todo lo que te digan; porque no te han desechado a ti, sino a mí me han desechado para que no reine sobre ellos.” Si el pueblo de Israel quería un rey, entonces conseguiría uno bueno y duro, como Samuel profetiza:

Y Samuel contó todas las palabras de Jehová al pueblo que le pedía rey. Y dijo: Así será el rey que reinará sobre vosotros: Tomará a vuestros hijos, y los pondrá para sí, para sus carros, y para que sean su gente de a caballo; y algunos correrán delante de sus carros.

El pasaje continúa detallando largamente el destino que le aguardaba a Israel. Y la Biblia narra precisamente este desenlace hasta que finalmente el remanente del Sur es exiliado a Babilonia. No es de extrañar, pues, que el Salmo 146:1-5 implore:

No pongas tu confianza en príncipes, ni en hijo de hombre, en quien no hay ayuda.
Su aliento sale, vuelve a su tierra; en ese mismo día perecen sus pensamientos.
Dichoso el que tiene por socorro al Dios de Jacob, cuya esperanza está en Yahveh su Dios.

El fracaso de Francisco Franco

Abbotoy parece pensar que un “Franco protestante” sería reparador para los conservadores a los que no les queda otra opción. Pero Franco fue causa de una tremenda frustración incluso para quienes veían en él la posibilidad de restaurar una monarquía católica estable. Las razones del fracaso de Franco son muy oscuras.

Durante los años que pasó alineado con las Potencias del Eje, Franco entendía que sus enemigos no sólo eran los republicanos españoles que habían iniciado la crisis que condujo a la Guerra Civil española. También denunció una conspiración “judeo-masónica-comunista” que él creía que era una de las causas profundas de la crisis. España tenía una larga historia de sospecha de la influencia extranjera, que se remontaba a que la Inquisición cuestionara la autenticidad de los antiguos conversos judíos y musulmanes. Los judíos conversos experimentaron considerables prejuicios y sospechas. Pero los musulmanes conversos, o moriscos, fueron objeto de una larga purga de toda España a principios del siglo XVII. Y el temor a su presencia continuó hasta el siglo XVIII.

El temor decreciente a los moriscos se trasladó a la sospecha de la logia masónica en España, que se intensificó tras la Revolución Francesa. Los monárquicos trataron de reivindicar el ancien régime culpando a judíos y masones y, una vez que se convirtieron en una fuerza, a los comunistas. El desarrollo de estas narrativas comenzó con el abate Barruel, Félix Sardà y Salvany, Louis Veuillot, Charles Maurras y el padre Julio Meinvielle.

El Franco antisemita de Paul Preston

Franco había bebido profundamente de las narrativas católicas reaccionarias que reivindicaban el trono y el altar como víctimas inocentes traicionadas por potencias extranjeras. Y sus más allegados compartían la creencia en esas conspiraciones. Franco consideraba a sus enemigos en el Ejército Republicano Español como parte de esta conspiración y suprimiría las logias masónicas. Y, como ha demostrado recientemente Paul Preston, llevó a cabo prácticas ferozmente antisemitas, cuyo conocimiento trató de suprimir con sus esfuerzos propagandísticos de posguerra. Franco, según Preston, consideraba Los Protocolos de los Sabios de Sión como historia real.

Tras la guerra, Franco supervisó una autarquía fallida que empobreció y aisló al país del resto de Europa. Mediante los esfuerzos combinados de la propaganda y el uso generoso de la violencia de Estado, fue capaz de preservar su control. La avanzada edad de Franco aflojó su control del poder, como lo hizo el deseo de muchos españoles de integrarse en el Occidente democrático de la posguerra. Sólo en 1959, con la imposición del Plan de Estabilización, se puso fin al corporativismo falangista en favor de un comercio más libre y la apertura a la inversión. Poco después, empezó a liberalizar su régimen, delegando su autoridad en asesores y viendo horas y horas de fútbol.

Una Iglesia moribunda

Dios bendijo a Franco con una larga vida. Pero esta bendición fue una maldición para España, cuyo pueblo se resignó a esperar su muerte con la esperanza de que lo que viniera después fuera mejor. Afortunadamente, así fue. A su muerte, el 20 de noviembre de 1975, Franco fue sucedido por el Rey Juan Carlos. Inmediatamente inició la transición de España no hacia una monarquía católica centralizada, sino hacia una democracia liberal. La Iglesia católica española sigue moribunda, con sus iglesias vacías y sus cementerios llenos. Utilizando el lenguaje de sus actuales admiradores estadounidenses, uno se siente tentado a preguntar ¿qué conservó el conservadurismo de Franco?

Un examen de la retórica de Abbotoy revela una especie de autorradicalización. Abre su argumentación poniendo en evidencia una descripción recalentada del presente:

Los conservadores estadounidenses saben que las cosas van mal. Nuestra Constitución está al límite. Las elecciones disputadas, la imposibilidad de aprobar un presupuesto federal, los juicios políticos, las conversaciones para llenar el Tribunal Supremo, las incipientes luchas entre estados por la extradición, la persecución politizada de los disidentes y muchas otras tensiones similares revelan que Estados Unidos es un Estado esquizofrénico, dividido por visiones incompatibles de la justicia y la buena vida.

La tradición de saltarse la Constitución

Abbotoy parece ignorar que este tipo de disfunción es el status quo del gobierno estadounidense. La Constitución, aunque no se respete correctamente, está lejos de ser un punto de ruptura, y el incumplimiento de la Constitución no es nuevo. Ha sido, más bien, una constante desde su ratificación. Basta con echar un vistazo a los debates sobre las Leyes de Extranjería y Sedición, los ataques al Primer Banco de los Estados Unidos, el Arancel de las Abominaciones, el Traslado de los Indios, la Guerra Mexicano-Estadounidense, la Anexión de Texas, el Compromiso de 1850, Dred Scott, la Guerra de Utah de 1858, la Guerra Civil estadounidense, el primer Ku Klux Klan, el Pacto del Diablo de 1877, Jim Crow, las Guerras Indias, la Depresión económica de la década de 1880, la Revuelta Populista, Plessy contra Ferguson, el caso Robber’s Bargain de 1877, las Guerras Indias, la Depresión económica de la década de 1880, el caso Plessy contra Ferguson, el caso Robber’s Bargain de 1877

Ferguson, los Robber Barons, Buck contra Bell, toda la segunda Administración Wilson, el segundo Ku Klux Klan, la Gran Depresión, el linchamiento generalizado de afroamericanos, el internamiento de japoneses, el empaquetamiento en los tribunales de Roosevelt, Wickard contra Filburn, la revuelta Dixiecrat de 1948, el auge del Estado administrativo, y la lista sigue y sigue. Nunca hubo un periodo en la historia de Estados Unidos sin problemas morales y éticos aparentemente insuperables que amenazaran con consumir la Constitución. Sin embargo, los hemos superado manteniendo la fidelidad a la Constitución. Nunca hizo falta un “Franco protestante”.

Una renuncia a la virtud cívica

Dice Abbotoy: “La participación recíproca en el proceso republicano se ha roto, poniendo en peligro la capacidad del gobierno para garantizar bienes básicos como el orden y la seguridad. Cualquier régimen que no proporcione tales bienes básicos tiene una vida útil limitada.” La respuesta apropiada debería ser: “Debes ser nuevo aquí”. Estados Unidos experimenta crisis y tragedias nacionales con regularidad, y nuestras instituciones republicanas nos han servido lo suficientemente bien como para manejarlas. De ninguna manera son perfectas, pero son mucho mejores que las de Franco.

Estados Unidos no necesita un dictador paranoico y antisemita que lleve a los estadounidenses a la pobreza con propaganda y policía secreta. No hay nada en la España de los años 30 que pueda instruir a los estadounidenses sobre su orden constitucional. España nunca se había recuperado de la Revolución Francesa. Y su decadencia en luchas por la verdadera soberanía reflejaba un colapso total de la virtud cívica. Pedir un “Franco protestante” es pedir una renuncia a la virtud cívica en nombre de la venganza contra los enemigos. El resultado bajo Franco fue como el profetizado por Samuel: una nación despojada. Samuel advirtió: “Y clamaréis en aquel día a causa de vuestro rey que os habréis elegido; y el Señor no os oirá en aquel día.” Parece que el salmista tenía razón.

Ver también

El Plan de Estabilización de 1959. (José Carlos Rodríguez).

Las élites integristas iliberales. (James Dominic Rooney).

Un dictador, claro está. (José Carlos Rodríguez).

Un primer análisis económico del derecho desde un punto de vista Austriaco

La competencia perfecta es un concepto ampliamente enseñado en la economía, y sobre el cual se fundamentan varios -y muy populares- estudios de análisis económico del derecho. Pero, ¿cuán válido es en la vida real? Este modelo puede no ser tan útil como parece, y hay que poner en tela de juicio la decisión de tomarlo como una herramienta analítica en análisis económico del derecho. La Escuela Austriaca de Economía ofrece una perspectiva diferente.

Desmitificando la competencia perfecta

En el mundo del análisis económico del derecho, fundamentado en la noción de equilibrio perfecto, se espera que las teorías predigan eventos futuros. Puesta en funcionamiento institución jurídica x, se seguirá efecto y, dadas condiciones u. Sin embargo, desde los Austriacos, se argumenta que una teoría debe hacer que el mundo sea comprensible en términos de la acción humana y la búsqueda de metas. Aquí es donde el modelo de competencia perfecta entra en escena, y comienzan las críticas.

El modelo de competencia perfecta asume que los mercados funcionan de manera precisa, con costos y beneficios marginales coincidiendo, lo que lleva a juicios sobre el mercado. Pero cuando la realidad se desvía de este modelo, se argumenta que el mercado ha “fallado”. La Escuela Austriaca de Economía considera que esta teoría es descriptivamente falsa debido a la especificación de supuestos fundamentales, como la objetividad del valor y la información perfecta sobre las preferencias de los actores. En otras palabras, se especifican como ausentes: el valor subjetivo, la función empresarial, la incertidumbre y el paso subjetivo del tiempo.

Un modelo estático

El problema no radica en la cantidad de detalles que se excluyen en la teoría económica, ya que todas las teorías necesitan cierto grado de abstracción. De ser así, el problema sería de fácil solución. Sencillamente, se enriquecería el modelo con un mayor número de presupuestos hasta que se consiga un grado satisfactorio de realismo. Por el contrario, la crítica principal de los Austriacos es que la abstracción específica, es decir, especificar como ausentes ciertos elementos de la realidad, en vez de presentarse una ausencia de especificación de estos, en del modelo de competencia perfecta, crea una imagen estática de los mercados en equilibrio, dejando de lado la imaginación, la sorpresa y la función empresarial que son esenciales en la realidad del mercado.

En el modelo de competencia perfecta, se asume que los agentes siempre maximizan su utilidad en un mundo de equilibrio perfecto. Esto ignora la dinámica de un mercado real, donde la innovación, la competencia y el cambio son constantes. Además, se basa en la idea de que se conocen todas las oportunidades disponibles, lo cual es irreal en un mundo en constante cambio y con información limitada.

La alternativa austríaca

Desde la Escuela Austriaca, se critica la representación del mercado como un equilibrio constante, ya que la realidad del mercado es un proceso dinámico y abierto. La abstracción específica del modelo de competencia perfecta no tiene en cuenta la subjetividad del valor ni el error empresarial, lo que lo hace descriptivamente falso -y falaces las consecuencias que se generen a partir de ese razonamiento.

En últimas, el modelo de competencia perfecta, aunque ampliamente enseñado en economía, y adoptado en análisis económico del derecho, presenta desafíos significativos cuando se aplica a la realidad de los mercados. La Escuela Austriaca de Economía ofrece una perspectiva más dinámica y realista, que no es descriptivamente falsa, enfatizando la importancia de la función empresarial, la subjetividad del valor y la incertidumbre en la toma de decisiones económicas. Esta visión nos invita a repensar la forma en que entendemos y evaluamos los mercados y sus interacciones con el derecho.

Equilibrio en Economía: ¿Realidad o Construcción Mental?

En la teoría económica, el equilibrio es un concepto fundamental que se utiliza para entender cómo funcionan los mercados. En el mundo de la economía, se supone que, en un estado de equilibrio, los actores económicos han agotado todas las posibilidades de intercambio. Es decir, nadie espera mejorar su situación a través de un nuevo acto de intercambio. Esta idea es lo que la Escuela Austriaca -más específicamente Ludwig con Mises- llama “equilibrio simple”.

Sin embargo, la crítica Austriaca se centra en que esta construcción mental del equilibrio no es adecuada para comprender el surgimiento y funcionamiento del mercado en la vida real. Esto se debe a que el equilibrio simple se basa en la eliminación hipotética del cambio, la información y el movimiento irregular del mercado. En el mundo real, existen la función empresarial, el error y la sorpresa, lo que hace que la noción de equilibrio simple sea irreal.

A pesar de esta crítica, desde la Escuela Austriaca no descarta el uso del modelo de competencia perfecta, en el que se basa el equilibrio simple. En cambio, lo considera una herramienta valiosa para comprender el cambio en el proceso de mercado. Este modelo se utiliza para estudiar cómo se comportan los mercados en un entorno de interacción constante y competencia.

Una visión limitada

El problema real radica en la visión instrumentalista de la teoría económica, especialmente en el contexto del análisis económico del derecho neoclásico. En lugar de concebir el mercado como un proceso en constante cambio, este enfoque utiliza una representación estática del mercado, lo que lleva a una visión limitada de cómo funcionan las interacciones económicas -y a diseñar instituciones jurídicas que, buscando corregir fallos del mercado, terminen distorsionándolo.

El mercado no se encuentra en un estado de equilibrio constante, como sugiere el modelo de competencia perfecta. En cambio, es un proceso en constante evolución, donde las preferencias individuales cambian, y las acciones de los agentes económicos responden a estas fluctuaciones. Este proceso es dinámico y no tiende a un equilibrio final alcanzado, ya que constantemente se descubren nuevas oportunidades. La función del derecho, entonces, no es la de forzar la asignación de recursos a un estado donde no se identifiquen fallas del mercado, sino a facilitar el proceso de coordinación que tiende siempre hacia el equilibrio (el proceso de equilibrio).

El cambio constante

La Escuela Austriaca de Economía aboga por una visión más realista y dinámica del mercado, que tenga en cuenta el proceso de mercado en constante cambio. No hace nada mal explorar ese paradigma económico y tomarlo como marco teórico para adelantar análisis económico del derecho. En lugar de centrarse en el equilibrio simple, se enfoca en el proceso de equilibrio, que implica una búsqueda constante de mejores oportunidades y un constante descubrimiento de nuevas formas de interacción -sin llegar nunca a un conocimiento perfecto de ellas.

En resumen, el concepto de equilibrio en economía es más que una imagen estática. Desde la Escuela Austriaca de Economía, se aboga por una comprensión más dinámica de cómo funcionan los mercados, que refleje la realidad de la competencia, el cambio y la innovación constantes. Este enfoque nos ayuda a apreciar la complejidad de las interacciones económicas y a comprender mejor cómo se relacionan con el derecho y las instituciones, tomando en consideración el papel que juegan facilitando el proceso de equilibrio o entorpeciéndolo.

Ver también

Monopolio desde Hayek y Schumpeter (Martín Sánchez).

El destino socialista de la competencia perfecta. (Juan Ramón Rallo).

Sobre la competencia. (José Ignacio del Castillo).

Sobre procesos de mercado. (Fernando González San Francisco).

Fallos de mercado. (José Hernández Cabrera).

La economía a través del tiempo (VIII): Urukagina, el primer Juan de Mariana

Puede que la afirmación del título sea algo exagerada. No obstante, cuando hablamos del Código de Urukagina, escrito alrededor del 2.370 a.C. en Lagash, Sumeria, hablamos de un caso similar al de Juan de Mariana (2018). Cuando el teólogo habla sobre las limitaciones del rey, lo hace aludiendo a la obligatoriedad de fundamentar el poder sobre la divinidad.

Esto no quiere decir que el gobernante pueda hacer lo quiera porque tiene el designio divino que le permite hacerlo, sino, más bien, que el que manda debe de ser consciente de que hay normas que están por encima de sus decisiones, que tiene frenos, que él sólo es uno más dentro de las criaturas, aunque cuente con autoridad. De ahí que Mariana, siguiendo a Santo Tomás y a otros, defienda el tiranicidio. Si el rey se sobrepasa y se extralimita, el pueblo está legitimado para acabar con su vida. Es decir, la norma es universal y nosotros la recogemos. Si el encargado de recogerla lo hace mal, otro debe ocupar su lugar, nadie es más que el derecho.

Urukagina

Urukagina es un ejemplo precoz de esto. Lo interesante, y lo que hace que se sitúe en una sección dedicada al pensamiento económico, es que este rey sumerio establece un código, una ley, que regula y limita la propiedad de la autoridad. Es decir, la norma escrita en estas tablillas trata de evitar que alguien se aproveche de su posición para acumular bienes a costa de otros. Hoy en día podríamos equiparar este caso con los monopolios y las empresas que utilizan sus contactos dentro de la política para ganar terreno y privilegios dentro de los mercados.

Así lo explica Molina (1995):

El texto de Las «Reformas» de UruKAgina cuenta con cuatro partes. La primera es una introducción con una dedicatoria al dios Ningirsu y una breve descripción de las actividades del rey como constructor. La segunda contiene una lista de antiguas prácticas que se consideran «abusos de poder» cometidos en su mayoría por la familia real o por sus funcionarios sobre la población o los sacerdotes. La tercera parte describe las soluciones a estos «abusos» propuestas por UruKAgina una vez que éste ha sido elegido como rey. El texto concluye con una cuarta sección donde el monarca anuncia la liberación de ciudadanos encarcelados y la protección de viudas y huérfanos, y describe a continuación la construcción de un canal (pp. 51-52).

Abusos de las autoridades

Entre las irregularidades de las autoridades se encuentran las “cometidas por supervisores del transporte en barca”, “por el supervisor de los silos sobre las contribuciones de cebada”, “por el inspector de tasas pagadas por el ganado”, por la “utilización indebida de las propiedades de los templos por parte de la familia real”, “por el inspector de las contribuciones entregadas por los administradores del templo”, por la “costumbre que permite a los administradores-GAR del templo apropiarse de productos de los huertos de los amauku”, por excesos “en el pago por ritos funerarios”, “por los artesanos”, “por parejas de obreros”… (pp. 51-52). Es más, el código elimina a los inspectores reales.

Los abusos de los inspectores de aquel tiempo quedan reflejados en el texto original:

Desde los lejanos días, desde el surgimiento de la semilla, en aquellos días, el «hombre de la barca» se apropiaba de las barcas; de los asnos, el administrador de los rebaños se apropiaba; de las ovejas, el administrador de los rebaños se apropiaba; de (…) el supervisor de la pesca se apropiaba; los sacerdotes-gudug las contribuciones de cebada en Ambar medían (p. 68).

Quitar poder a los reyes

Pero, lo importante de esto, es que lo que denuncia la ley es el uso ilegítimo y excesivo que las autoridades hacen de la propiedad. Ésta, en realidad, pertenecería a la divinidad, algo que le resulta familiar a aquel familiarizado con los escritos de los teólogos que denuncian los abusos:

De todas estas «reformas», la más conocida es, sin duda, aquella que concede a los dioses las propiedades que antes estaban bajo el control de la familia real. Este pasaje ha sido interpretado en el sentido de que las unidades económicas y campos en cuestión habían pertenecido anteriormente a los dioses; dichas propiedades fueron después usurpadas por el rey y su familia, y ahora, gracias a UruKAgina, se devolvían a sus dueños originales (p. 55).

Código de Urakagina

Por último, el código establece de una forma primitiva algo que puede resultar hilarante para alguien de nuestra época: no se puede agredir a otra persona si no conseguimos llegar a un acuerdo comercial. Así lo refleja la tablilla:

Cuando la propiedad de un ‘hombre grande’ con la propiedad de un SUB-lugal límite y ese ‘hombre grande’ “quiero comprártelo” le diga, “si la quieres comprar el precio que satisfaga a mi corazón, págame. Mi casa es un gran recipiente-pisan, llénamelo de cebada!” (si el SUB-lugal) “le responde, (o) si no se lo quiere vender, el ‘hombre grande’ al SUB-lugal coléricamente no le golpeará” (pp. 75-76).

Es natural que tengamos dificultades a la hora de seguir este texto. El traductor expone (pp. 49-51) la enorme dificultad de enlazar unas líneas con otras por diferentes circunstancias y las características propias de aquel tipo de escritura. Sin embargo, queda claro que el Código de Urukagina es una muestra antigua de la defensa de la limitación del poder.

Bibliografía

Mariana, J. (2018) Del rey y de la institución real. Deusto

Molina, M. (1995) Las ‘Reformas’ de UruKAgina. Universidad de Murcia

Serie La economía a través del tiempo

(I) El estudio de la historia del pensamiento

(II) Individuo y colectivo, comunidad y sociedad

(III) El Estado y las formas de intervención

(IV) La primera disciplina fue la economía

(V) La educación y el trabajo para los sumerios

(VI) Los impuestos para los sumerios

(VII) La riqueza para los asirios

Bolivia: la construcción de un proyecto político

La democracia es el sistema a través del cual diversas posiciones ideologías y visiones del mundo se someten a un ejercicio de diálogo para construir una sociedad, donde las mayorías y minorías sean emplazas a coexistir en el marco del respeto y la convivencia entre distintos. Este ejercicio democrático se practica por medio de los partidos políticos y sus representantes, que son los que tienen la obligación de hacer valer las ideas e intereses de sus representados, votantes o afiliados que confían en su opción política, entendida como su propuesta material y alternativa que contiene una respuesta clara sobre cómo considera que deben hacerse las cosas para conseguir el objetivo que se proponen.

Normalmente, en un Estado democrático, este objetivo no es otro que mejorar la calidad de vida de los ciudadanos, que es la finalidad de la política en sí misma: otorgar al ciudadano una solución a lo que este conjunto de representantes considera que es un problema.

Los partidos políticos como empresas

Un partido político es algo similar a una empresa que actúa en un mercado complejo. Ofrece un producto que debe resultar atractivo para que tenga éxito y esto se consigue con un análisis de mercado exhaustivo: encontrar una respuesta fehaciente a una necesidad latente. Por su parte, la clientela querrá probar el producto, conocerlo, familiarizarse con él y, si se puede, incorporar la oferta en su día a día. A partir de ahí, esta misma clientela tenderá a la fidelidad, pero he aquí el riesgo: si una persona se siente traicionada, reaccionará desde su instinto más sentimental.

Solo los grandes partidos han podido sobrevivir en el tiempo. Sin perder su esencia, han sido capaces de adaptarse a los tiempos que corren y seguir siendo una alternativa de poder viable en un entorno volátil de cambio constante y donde las relaciones entre las personas y, por lo tanto, de estas con las organizaciones conlleva un esfuerzo adicional. La construcción de la identidad entre las personas y los partidos es el desafío más importante de estos últimos a la hora de asumirse como alternativa política y perdurar en el tiempo, incluso más allá de su periodo de mandato.

Pero es algo más

En un mundo sometido cada vez más a las transformaciones, la conservación de la identidad es todavía más difícil y es uno de los rasgos que más caracteriza el vínculo emocional que se construye entre las personas y las organizaciones. Es aquí donde se constata la diferencia esencial: un partido político es algo más que una empresa y tiene una función más profunda y trascendental para la democracia. Un ciudadano puede perdonar o ignorar un problema que a la luz de las dificultades puede adquirir diferentes motivos y soluciones, pero una pérdida de la identidad puede significar el fracaso absoluto.

Más allá de la crisis de partidos que existe en Bolivia –que es fácilmente extrapolable a otro caso en la región– desde hace mucho tiempo y todo lo que conlleva su reforma y la del sistema electoral (sobre esto se puede debatir cuestiones como la democracia interna, la participación, los límites o exigencias para condicionar la perduración de una organización, etc.), el componente político y social de los partidos permanece, a pesar de las dificultades del contexto. Es decir, tanto el liderazgo y como el proyecto son independientes de la coyuntura hostil que pueda atravesar un país y su sistema democrático en un determinado momento, como es el caso de Bolivia.

Movimiento al Socialismo

Liderazgo y proyecto son dos elementos fundamentales de cara a la construcción de una alternativa y un vínculo ciudadano-organización. El primero hace referencia a la confianza que el representante o candidato es capaz de transmitir a “su” representado, que se traduce en seducción y convencimiento. El segundo supone que el partido debe ser capaz de interpretar correctamente la realidad y establecer una línea de acción coherente con lo que está proponiendo a la ciudadanía.

En momentos en los que las circunstancias son complejas y adversas, es cuando la toma de decisiones adquiere un peso más trascendental. El Movimiento al Socialismo (MAS) es un claro ejemplo de un partido en quiebre que no tiene un proyecto político consecuente a los desafíos que demanda el contexto nacional y global actual. Carece de legitimidad para la mayoría de los bolivianos y los últimos años ha experimentado una pérdida de identidad que puede ocasionar el fin definitivo del proyecto político de 2006.

Si lo que se pretende es ofrecer una alternativa política al MAS es necesario construir un proyecto de cara al ciudadano sobre la base de la legalidad, pero no quedarse ahí. Sin un proyecto atractivo de país, sin la ilusión de una meta que nos permita avanzar como comunidad, un partido político y, por lo tanto, su liderazgo, estará incumpliendo su primera y fundamental obligación.

Vencer a Evo

Para ganar es ineludible ir más allá de la denuncia política y de la defensa de la democracia. Si la oposición no es capaz de entender que para alcanzar el objetivo es necesario que Evo y Arce no sean el único horizonte del debate, no sólo se estará perdiendo una oportunidad de cara al 2025, además se estará trasmitiendo al conjunto del país que el partido/oposición/líder no es capaz de avanzar con un proyecto propio, que es carente de un proyecto ilusionante para Bolivia acorde con los nuevos tiempos.

Un partido es una comunión coherente entre el liderazgo y el proyecto, su éxito dependerá de quienes lo nutran e impulsen para alcanzar el poder. El partido se fortalece con la gente, los ciudadanos, los votantes, en un contexto donde la oferta y la demanda (también políticas) no se detienen y continúan avanzando.

Ver también

El camino autoritario de Bolivia. (Mateo Rosales).

A vueltas con el positivismo jurídico (VI): cómo convertir el liberticidio en libertad

Tal y como apuntamos, de mantera telegráfica, en la entrega anterior, los positivistas, encabezados por Hans Kelsen, retuercen el significado de la palabra libertad para no renunciar a ella y poder colocarla en la base de su sistema, aunque con un sentido muy distinto al supuestamente originario y que Kelsen, de alguna manera, y aunque pasado por su tamiz particular, reconoce[1]:

Originariamente, la idea de libertad tiene una significación puramente negativa. Significa la ausencia de toda sujeción, de toda autoridad capaz de imponer obligaciones.

Hans Kelsen. Teoría general del Derecho y del Estado.

Algunos pueden creer que esa significación originaria de la libertad, tal y como la define el propio Hans Kelsen, es parecida a la idea “negativa” -en el sentido de “ausencia de interferencia en la esfera de actuación personal”- que puedan tener otros autores, como Isaiah Berlin, para quien la libertad política es, sencillamente, “el área dentro de la cual una persona puede actuar sin ser obstaculizada por otros” (donde “libertad” parece casi un sinónimo de “oportunidad”), o similar a la idea de Friedrich A. Hayek, quien la entiende como “ausencia de coacción” (aunque habría que ver qué se entiende exactamente por “coacción”).

Libertad como ausencia de autoridad

Lo cierto es, sin embargo, que existen una serie de matices que la hacen muy distinta. Y es que, como se deduce de las palabras de Kelsen, no estamos hablando ya de no estar coaccionado para que uno no haga lo que quiere hacer, sino que su libertad “originaria” es una ausencia de sujeción a una autoridad capaz de imponer obligaciones, es decir, no estar bajo una autoridad que sí pueda imponer lo que debe uno hacer, que es, precisamente, lo que parece que quiere Hans Kelsen (poder obligarnos a cambiar… supongo que por nuestro bien).

Y claro, visto así, y dadas sus intenciones, para poder seguir hablando de libertad tiene que darle la vuelta a la definición como si fuese un calcetín, ya que parece que no quiere renunciar a la posibilidad de utilizar ese término -libertad- con connotaciones psicológicas positivas, aunque para ello tenga que pervertirlo (debe ser que no quería que su sistema se relacionase con la “esclavitud”)[2];

Llamar libertad a la identificación con los propósitos del Estado

¿por qué será?, que diría la canción:

Un súbdito es políticamente libre en la medida en que su voluntad individual se encuentra en armonía con la “colectiva” (o “general”) expresada en el orden social. Esa armonía entre la voluntad “colectiva” y la individual solamente queda garantizada cuando el orden social es creado por los individuos sujetos al propio orden. El orden social significa la determinación de la voluntad del individuo. La libertad política, esto es, bajo un orden social, es autodeterminación del individuo por participación en la creación del orden social. La libertad implícita en lo que llamamos libertad política es, en el fondo, autonomía”.

Hans Kelsen. Teoría general del Derecho y del Estado.

Vemos, pues, el que el sentido “negativo originario” se altera para darle un supuesto contenido positivo -activo-, aparentemente no limitado, pero restringido y condicionado, de hecho y de manera fundamental.

Ostracismo como libertad individual

Y es que el propio Kelsen reconoce esa “metamorfosis” del término, necesaria para que la palabra encaje en su planteamiento:

El Estado es un orden social en que los individuos se encuentran obligados a observar determinado comportamiento. En el sentido originario de la palabra libertad, sólo es libre, por consiguiente, el individuo que vive fuera de la sociedad y del Estado. Libertad, en el sentido originario del término, es algo que sólo se puede encontrar en ese “estado de naturaleza” que la teoría del derecho natural dominante en el siglo XVIII oponía “al estado social”. Tal libertad es anarquía.

De aquí que, para ofrecer el criterio de acuerdo con el cual se distinguen los diferentes tipos de Estados, la idea de libertad tenga que asumir una connotación distinta de la originaria, que es puramente negativa. La libertad natural se convierte así en libertad política. Esta metamorfosis de la idea de libertad tiene la mayor importancia para nuestro pensamiento político.

Hans Kelsen. Teoría general del Derecho y del Estado.

El derecho como “técnica social”

Es decir, como la libertad, en el sentido “originario” de Kelsen, no es predicable de los “súbditos” en el tipo de sociedad que nuestro autor quiere (para él sólo funcionaría en sociedades “anárquicas”), alterna el significado de la palabra. Le añade la coletilla “política”. Y así podemos seguir utilizándola sin ningún rubor en la sociedad liberticida que pretende. En ella, desde el poder (de “la mayoría”, como después veremos), se nos dice cómo tenemos que ser y comportarnos. Y en a su vez en ella se utiliza el derecho como la herramienta de la que deben valerse quienes mandan para conseguir que la gente se comporte como al organizador social le dé la gana.

El propio Hans Kelsen reconoce su concepción del derecho como un orden coactivo externo con una finalidad de poder y control:

Si el derecho -desde una perspectiva puramente positivista- es un orden coactivo externo, habrá que entenderlo como una técnica social específica (…). La finalidad del ordenamiento es, por tanto, motivar a los individuos, a través de la representación mental que estos puedan hacerse del mal que les amenaza en caso de que se conduzcan de cierta manera, a comportarse justo de la manera contraria.[3]

Hans Kelsen. Teoría pura del Derecho.

Eso sí, aunque arriba veíamos que Kelsen hablaba de la “autodeterminación del individuo por participación en la creación del orden social”, es consciente de que ese ideal de autodeterminación requeriría que el orden social fuera creado por la decisión “unánime” de todos los “súbditos”. Y sólo podría ser, por tanto, modificado, con la aprobación de todos. Pero eso a Hans Kelsen no le encaja en su planteamiento. Él parece querer el cambio por el cambio y a través de la confrontación, hasta el punto de considerar dicha situación de unanimidad, no ya “utópica”, sino “anárquica” (sic).

Restringir la autodeterminación del individuo

Y ante su mera posibilidad no tiene ningún empacho en volver a realizar otro ejercicio de contorsionismo dialéctico -con su maestría habitual-, haciendo, de nuevo, de la necesidad, virtud:

La diferencia entre un Estado anárquico en el que ningún orden social tiene validez y un orden social cuya validez se basa en el consentimiento permanente de todos los sometidos a él, sólo existe en la esfera de las ideas. En la realidad social, el más alto grado de autodeterminación política, esto es, una situación en la que no es posible ningún conflicto entre el orden social y el individuo, difícilmente puede distinguirse de un estado de anarquía.

El orden normativo que regula la conducta recíproca de los individuos resulta completamente superfluo si todo conflicto entre dicho orden y los súbditos queda excluido a priori. Sólo cuando tal conflicto es posible y el orden permanece válido incluso en relación con un individuo que lo “viola” con su conducta, puede tal individuo ser considerado como “sujeto” al propio orden. Un orden social genuino es incompatible con el grado más alto de autodeterminación.

Si el principio de la autodeterminación ha de convertirse en base de la organización social, será necesario restringirlo en alguna forma. Surge así el problema de cómo limitar la autodeterminación del individuo en la medida necesaria para hacer posible la sociedad en general y el Estado en particular.

Hans Kelsen. Teoría general del Derecho y del Estado.

La mayoría decide

Y para solucionar el problema del conflicto necesario en una sociedad que queremos cambiante, la solución es, sorpréndanse: hacer lo que diga la mayoría (no sé si para ese viaje hacían falta tantas alforjas):

De esta manera, el problema puede reducirse a la cuestión que estriba en determinar en qué forma puede ser cambiado un orden ya existente. El mayor grado posible de libertad individual, es decir, la mayor aproximación posible al ideal de autodeterminación compatible con la existencia de un orden social, encuéntrase garantizado por el principio de que un cambio[4] del orden social requiere del consentimiento de la mayoría simple de los individuos a él sujetos.

Hans Kelsen. Teoría general del Derecho y del Estado.

¿Y qué ocurre con las minorías?, preguntarán Uds. ¿Hay que respetarlas? Por supuesto, y no sólo eso, es que, según el ínclito Kelsen, las minorías tienen “derecho de existencia” (sic), “aun cuando la exclusión fuese decidida por una mayoría”, ya que “la minoría conserva siempre la posibilidad de influir en la voluntad mayoritaria”. Menos mal.

Un compromiso

Pero si Uds. creen que hemos acabado con la gimnasia, se equivocan, todavía queda un movimiento contorsionista más, el definitivo:

La discusión libre entre mayoría y minoría es esencial a la democracia, porque constituye la forma idónea para crear una atmósfera favorable a un compromiso entre mayoría y minoría; pues el compromiso forma parte de la naturaleza misma de la democracia. Por compromiso se entiende la solución de un conflicto por una norma que no coincide enteramente con los intereses de una de las partes, ni se opone enteramente a los de otra (…) Precisamente en virtud de esta tendencia hacia el compromiso, es la democracia una aproximación al ideal de la autodeterminación completa.

Hans Kelsen. Teoría general del Derecho y del Estado.

Debate, e incluso discusión

No me queda claro si por “compromiso”[5] debemos entender la “imposición a la minoría por la mayoría”. O si se refiere Kelsen a un acuerdo en el que, dejándose todos “pelos en la gatera”, se llegue a la unanimidad “anárquica” por él denostada. Salvo que entendamos que la minoría presta su consentimiento por principio y ex ante (la obligación “formal” kantiana de la que hablamos en pasadas entregas). En ese caso no habría nunca “imposición” o “esclavitud”, pero tampoco habría, en puridad, “unanimidad”, al menos respecto de la decisión concreta. Pero habría, debe haber, diálogo; mucho diálogo. E incluso algo de “discusión”. ¿No les suena? ¡Este Kelsen es un genio, igual que sus discípulos!

Es cierto que no es fácil definir la libertad, y menos si se pretende, defendiendo tal idea, justificar la vida social, dada la inevitable “coacción” que, si entendemos el término en sentido laxo, en mayor o menor grado siempre existe por la propia naturaleza de la vida en común. Pero qué quieren que les diga, el planteamiento de Hans Kelsen, según lo que hemos visto, me parece un claro artificio, burdo y manipulador, en el que altera los conceptos a su gusto con la simple finalidad de justificar una forma de actuar -a través de la ingeniería social- haciéndola “aceptable” e incluso aparentemente “atrayente”, y en la que el derecho es pieza fundamental, la palanca imprescindible para llevar a cabo el cambio.

Cómo evitar que los ciudadanos se conviertan en súbditos

Cierto es que para realizar su cambio Kelsen exige contar con la “mayoría”; pero en una sociedad en la que quienes mandan tienen interés (incentivos… e información; siempre es una cuestión de información e incentivos) y posibilidad de ir fagocitando cada vez más la educación y los medios de comunicación.

Cierto es que Kelsen reconoce que:

Una democracia sin opinión pública es una contradicción en los términos. En la medida en que la opinión pública sólo puede formarse allí donde se encuentran garantizadas las libertades individuales, la libertad de palabra, de prensa y de religión, la democracia coincide con el liberalismo político, aun cuando no coincida necesariamente en lo económico.

Hans Kelsen. Teoría general del Derecho y del Estado.

Pero sin unos criterios objetivos, externos, que digan dónde están los límites… En fin, qué quieren que les diga: brindis al sol que nos calienta -y porque nos interesa que caliente, que si no, lo “metamorfoseamos”.

En las próximas entregas continuaremos ahondando en la idea de libertad -y en la forma de conjugarla con la vida en sociedad-, y volveremos a hablar sobre la necesidad -o conveniencia, si quieren- de criterios exógenos y objetivos para garantizar que los individuos no se conviertan en “súbditos”- criterios que en el positivismo jurídico brillan por su ausencia


Notas

[1] Salvo que se diga otra cosa, todos los entrecomillados se van a sacar de: Kelsen, Hans: “Teoría general del Derecho y del Estado”, Universidad Autónoma de México, 1995.

[2] Si nos atenemos a lo que dice la Real Academia de la Lengua, la definición que da Kelsen de la libertad originaria no es otra que la ausencia de esclavitud; así, para la RAE, esclavitud es la “sujeción excesiva por la cual se ve sometida una persona a otra, o a un trabajo u obligación”; de hecho, como vemos, Kelsen utiliza los mismos términos: “sujeción” y “obligaciones”, aunque es cierto que la RAE se protege utilizando el término “excesivo”, ciertamente indeterminado, y que sirve de puerta de atrás por la que se podría escapar cualquiera, de estar arrinconado.

[3] Kelsen, Hans, “Teoría pura del Derecho”, Editorial Trotta, Madrid, 2011.

[4] Por “cambio”, si somos coherentes con todo el planteamiento, estamos significando la posibilidad de “imponer obligaciones”; si no, para qué cambiar la definición “originaria negativa” de libertad.

[5] Cabe la posibilidad de que el término “compromiso” no sea el original utilizado por Kelsen y todo obedezca a un fallo de traducción. En cualquier caso, el sentido del párrafo es claro, sea cual fuere el término concreto utilizado, y va en la misma línea de manejar los conceptos como plastilina que venimos denunciando.

Serie ‘A vueltas con el positivismo jurídico

(I) Las inconsistencias del iuspositivismo

(II) La idea clásica de la justicia, y su relación con el Derecho

(III) Sus antecedentes filosóficos en Kant

(IV) Los antecedentes en Comte y Kelsen

(V) Similitudes con algunas posturas liberales

La política ateniense (II): Los órganos de gobierno

En el primer artículo de esta serie explicamos el concepto de deliberación, entendida como la exposición y el debate de argumentos en dos órganos de gobierno fundamentales. Pero antes de desarrollar estos dos órganos, es necesario hablar de la división de la población en Atenas. En torno al 594 a.C, llegará al poder uno de los personajes más relevantes de la historia de Atenas, Solón. Solón implantó un sistema censitario basado en el poder económico de los ciudadanos, dejando de lado el antiguo sistema, basado en el linaje.

De esta manera se crearon cuatro clases, basada en el volumen de producción agraria que poseía (medimnos o medidas). La primera clase eran los pentacosiomedimnos, que tenían un mínimo de 500 medidas, por debajo de ellos teníamos a los hippeis o caballeros, con alrededor de 300 medidas. Después, tendríamos a los zeugitas, que disponían de alrededor de 200 medidas. La última clase eran los thetes, con unos ingresos inferiores a las 200 medidas.

El consejo democrático

Una vez explicado esto, vayamos a los órganos de gobierno. En primer lugar, tenemos el consejo democrático o Boulé, establecido también por Solón, estaba compuesto por 400 ciudadanos, 100 de cada una de las clases censitarias. Alrededor del 510 – 508 a.C se realiza una reforma del consejo, llevada a cabo por otro importante político, Clístenes.

Amplió el número de participantes a 500. Era necesario tener más de treinta años y posiblemente estar dentro de las tres primeras clases censitarias. Para elegir a los miembros, las tribus clisténicas (agrupaciones de personas según relaciones familiares) tenían que reunirse una vez al año y elegir 50 candidatos. Había cuatro asambleas del consejo cada mes, por lo que se reunía como mínimo cuarenta veces al año. Un ciudadano sólo podía ser consejero mediante sorteo dentro de su tribu y dos veces como máximo a lo largo de su vida; muchos eran los que no repetían función debido a la dedicación que la tarea exigía.

Las 10 tribus clisténicas

Los datos que se conocen permiten concluir que los buleutas -seleccionados anualmente por demos, tritias y tribus- pertenecen a los estratos sociales más acomodados del demos. Dadas las condiciones de su renovación, se ha calculado que eran necesarios entre 7.250 y 12.500 ciudadanos para cubrir 500 puestos anuales durante una generación, 25 años, lo que supone un altísimo nivel de disponibilidad política para las proporciones de la población.

El Consejo de los 500 estaba dividido en pritanías de 50 hombres basándose en las 10 tribus clisténicas. Cada pritanía se convierte en una especie de comisión permanente del gobierno de Atenas durante uno de los diez meses oficiales en que quedó dividido el calendario ateniense. Durante el siglo V, uno de los prítanos es el que preside la asamblea en el caso de que haya que celebrar sesión. Pero en el siglo IV a.C, son diez en total, a razón de uno sorteado en cada pritanía justo antes de que se celebre la asamblea. Mediante este procedimiento se pretende evitar al máximo el soborno del comité que preside la asamblea.

Ekklesía

El Consejo debate obligatoriamente con antelación a la reunión de la Ekklesía o asamblea de ciudadanos, arrebatándole esa función al antiguo consejo aristocrático ateniense (areópago). Tiene la función de deliberar los decretos o votaciones que se realizarán previamente en la asamblea de ciudadanos, aunque también tiene importantes atribuciones judiciales que dejaremos para un artículo posterior.

Al segundo órgano deliberativo se le considera “el gobierno de Atenas”. Se denomina Ekklesía en griego y fue instaurada en el 594 a.C por Solón. Las decisiones últimas en materia legal y política las tomaba la asamblea, aunque las hubiera preparado previamente por el Consejo. Se llevaba a cabo la elección de los arcontes, elegidos entre las tribus, también se hacía cargo de la elección de los magistrados. Por otro lado, tenía la última palabra en las declaraciones de guerra y paz, en la capacidad para ratificar leyes, y la euthyne, es decir, la capacidad de rendir cuentas a los magistrados.

Pséphisma

Toda decisión de la asamblea es denominada pséphisma, si bien las votaciones más frecuentes no eran secretas (psephós, piedrecilla que se deposita en una urna) sino que se hacían a mano alzada (cheirotonía). Las decisiones podían ser de índole diversa: las hay de carácter circunstancial o concreto; otras prescriben una norma de actuación, son una ley (nomos).

La asamblea era la institución que más se prestaba a la manifestación de la influencia de hombres carismáticos o ambiciosos. Diversos mecanismos fueron implantándose para evitar que el pueblo fuera “engañado” por los oradores. En primer lugar, la ya mencionada obligación de predeliberar y preparar la agenda en el Consejo. En segundo lugar, quizás el mecanismo más importante de control de los poderosos, la graphé paranómon, creada tal vez en la segunda mitad del siglo V a.C, pero en la práctica atestiguada mucho mejor en el IV a.C. Consiste en una denuncia pública por escrito contra una propuesta ilegal, bien sea a causa de la forma o del contenido de esta.

Isegoría

El funcionamiento de la asamblea es reflejo de la concepción ateniense de la democracia. Los temas llegan a ella elaborados por el Consejo, pero en la asamblea no se procede a una simple aceptación o rechazo de las propuestas, sino que se vuelve a debatir, y todo ciudadano presente puede tomar la palabra por turno.

Este principio de isegoría, quizás activo inicialmente en el Consejo, es el ideal democrático por antonomasia. Significa el igual derecho a tomar la palabra en la escena pública, y está ideado para evitar la excesiva influencia de los poderosos. No debe confundirse la isegoría con el concepto moderno de libertad de expresión (y mucho menos de opinión), sino que responde a la teórica apertura a todos los ciudadanos del tradicionalmente estrecho círculo de autorizados a tener y manifestar su opinión política.

Por lo que respecta al funcionamiento habitual de la asamblea, después de que se han escuchado suficientes opiniones relativas al tema que se debate, se procede a la votación, con la expectativa de lograr una unanimidad. No se cuentan los votos, y la minoría no es tenida nunca en cuenta. Este sistema de suma cero genera el problema más extendido en la polis griega del periodo clásico: la stásis. El sistema favorece que se silencie y excluya la minoría. Ello conduce a que se recurra a modos violentos para expulsar a sus rivales del gobierno.

Procedencia mayoritariamente urbana

En relación con la asistencia, se ha planteado que el número de 6.000 votos eran los requeridos en el siglo V a.C para un ostracismo. Ello coincide con el número total de jueces, se corresponde con el mínimo de ciudadanos que haría que ciertas asambleas fueran consideradas suficientes o plenas. Respecto a la composición, posiblemente hubiera una mayor cantidad de ciudadanos urbanos que rurales, por cuestiones puramente geográficas. El hecho de tener que asistir a la asamblea supone un desplazamiento y obliga a relegar otras actividades en las que estuvieran ocupados.

Lo que los autores clásicos, que muchas veces no son afines a la democracia, critican especialmente, es que en las asambleas democráticas pueda opinar cualquiera y que los votos de todos tengan igual valor, pero lo cierto es que en los mismos textos se argumenta que el mayor peligro para el buen funcionamiento del sistema lo constituyen los líderes populares por su capacidad de arrastrar a las masas. Muchos emplean su carisma y preparación técnica con fines individualistas y otros, aunque tengan por objetivo procurar el bien de la comunidad, pueden carecer de la fuerza de persuasión que arrastra el voto popular.

Los oradores y políticos

La figura del líder u orador no se corresponde a un órgano oficial del sistema institucional ateniense. Sin embargo, los oradores/políticos se convirtieron en una pieza clave de éste. Sólo los más ricos podían entregarse a la preparación en retórica necesaria para hablar a las masas, y sólo ellos pueden afrontar una vida política competitiva para ganarse el apoyo de las mayorías.

Como vemos, las críticas que actualmente se hacen al sistema democrático las hacían los griegos hace 2.500 años, no hay ninguna novedad en criticar a la democracia. Estos son los órganos de gobierno más representativos de la democracia clásica ateniense. En el próximo artículo desarrollaremos el sistema de los magistrados, sus funciones y método de elección.

Serie La política ateniense

(I) La deliberación

Tener a Hitler para cenar

Por Helen Dale. Este artículo fue publicado originalmente en Law & Liberty.

Si nadie se lo dijera antes de su visita, y no tuviera internet, no sabría que la Kehlsteinhaus, en el sureste de Alemania, fue en su día la casa de Hitler. No hay nada que evoque los mitos de la guerra.

Sin embargo, se daría cuenta de que es muy extraño. Se llega a través de un largo y atmosférico túnel al que sigue el ascenso en un ascensor chillón, dorado y parecido al de Trump. La arquitectura y el diseño interior son extraños, no se parecen a ningún estilo conocido. La chimenea, hecha de un extraordinario mármol rojo, parece haber sido atacada por buscadores ambulantes decididos a arrancar algunas gemas, por lo desconchada y mellada que está. La pared trasera de la chimenea está decorada con lo que mi padre solía llamar “bajorrelieve nazi”, algo ahora poco común, pero lo bastante identificable como para que la mayoría de la gente lo distinga del socialismo-realismo soviético, el futurismo italiano y el Art Déco. La fecha del centro también ayuda: 1938.

El Nido del Águila

Conocido fuera de Alemania como el Nido del Águila, el Kehlsteinhaus sólo acogió a Hitler en 14 ocasiones, debido a su odio a las alturas, al aire enrarecido de la montaña y al ascensor. Su supervivencia tras la guerra fue una excepción: Todos los demás edificios nazis del Obersalzberg han sido destruidos. El famoso escuadrón nº 617 de la RAF (“Los Dambusters”) comenzó el trabajo el 25 de abril de 1945. Lo que ellos no terminaron, lo hizo el Estado Libre de Baviera durante la década de 1950. (Por supuesto, no es que los Dambusters no quisieran arrasar el Kehlsteinhaus junto con todo lo demás. Simplemente no lo hicieron. En una época anterior a las municiones guiadas, incluso los Dambusters fallaron).

Los gobiernos alemanes de posguerra de todos los colores estaban desesperados por asegurarse de que la montaña no se convirtiera en una especie de extraño santuario nazi. En los años inmediatamente posteriores a 1945, buscadores de recuerdos y carroñeros rebuscaron entre las ruinas bombardeadas, con la esperanza de encontrar cosas como insignias de baja numeración de miembros del Partido Nazi, uniformes militares desechados y objetos de arte. Estos objetos, junto con los que las tropas aliadas habían saqueado durante y inmediatamente después de la rendición incondicional de Alemania, pronto aparecieron en los mercados negros dedicados a las antigüedades robadas.

Un restaurante y varios guías

Sin embargo, ni siquiera la voladura de los restos del Berghof (que Hitler adoraba y utilizaba mucho, probablemente porque no estaba a dos mil metros de altura) y de su chalet cercano favorito detuvo a los turistas y buscadores. Trozos de mármol rojo de la chimenea de la Kehlsteinhaus, arrancados a martillazos por las tropas americanas en 1945, aparecieron por todo el mundo, como pedazos de la Única Cruz Verdadera en la Europa anterior a la Reforma. El gobierno de Baviera se había quedado bloqueado.

Se produjo un cambio de enfoque. El Nido del Águila no sólo se protegió -las tropas estadounidenses que fueron sorprendidas dañando la chimenea acabaron con una carga-, sino que se dejó intacto, tal y como Martin Bormann y Gerdy Troost lo diseñaron y pretendían. Ahora es un restaurante, con espectaculares vistas a las montañas y una población residente de chovas alpinas: pequeños y audaces córvidos con picos de color amarillo mirlo y un amplio repertorio de expertas acrobacias aéreas (actúan para merendar). Por supuesto, guías externos dirigen visitas no oficiales (discretas) dedicadas a su pasado nazi, y una serie de discretas imágenes de época en la pared de la terraza esbozan su historia.

Decoración nazi

Una de las fotos muestra al Führer en una tumbona, con el mismo aspecto que los turistas alemanes de los famosos anuncios de cerveza británicos. Es aquí donde uno se entera de que Hitler odiaba el ascensor dorado -es tan luminoso que resulta difícil fotografiarlo- porque lo consideraba peligroso. Decía a todo el mundo que el mecanismo de la parte superior era vulnerable a la caída de un rayo. En esto tenía razón: Bormann ocultó dos impactos directos que tuvieron lugar durante la construcción.

Mientras que el ascensor de Hitler puede parecer una Tardis brillante -en consonancia con el tropo de que los dictadores no se escatiman, aunque hoy en día prefieran los lavabos dorados-, el resto del Nido de Águila es de buen gusto, aunque un tanto peculiar, precisamente porque su estilo y sus motivos no tienen herederos. En algún universo alternativo, los Aliados unieron sus fuerzas con la Alemania de Hitler contra la URSS y los estudiantes de diseño de todo el mundo bromean sobre la “decoración nazi” en lugar de las “monstruosidades soviéticas”.

Y aun así, los turistas vienen, la mayoría de ellos no por las vistas. Aunque no es un santuario nazi, el Nido del Águila sigue siendo una pieza del oscuro patrimonio a la vez desagradable y difícil de manejar.

Generaciones dañadas

Las dificultades del gobierno bávaro para gestionar su pasado son, en mi opinión, ilustrativas de algo más amplio. Es difícil recordar bien la Segunda Guerra Mundial. La guerra rara vez es pura y nunca es sencilla. La Segunda Guerra Mundial no fue una excepción. La torpe y tacaña respuesta alemana en la hora de necesidad de Ucrania tiene sus raíces en una culpa nacional paralizante y en un fallo de la memoria histórica.

Aquí resuena la afirmación del arqueólogo e historiador Neil Oliver de que somos hijos y nietos de “generaciones dañadas”. Nadie ha “superado” los años 1914 a 1945. En algunos aspectos, ese periodo demente y sanguinario fue una segunda Guerra de los Treinta Años. “Pensar que hemos superado esos años, esas consecuencias, es un error”, sugiere Oliver, y le preocupa -porque los últimos veteranos del primer conflicto del siglo XX ya no están y los del segundo están en peligro- que “ahora y siempre el Somme y Passchendaele sean mitos como las Termópilas, o Cartago”.

Mientras tanto, si eres británico, australiano, estadounidense o canadiense, la Segunda Guerra Mundial puede parecer lo que mi padre solía llamar (con gran ironía) “la guerra buena”. Mi padre era veterano de la Royal Navy. Proteger los barcos mercantes destinados al Reino Unido en su travesía por el Atlántico -como él hacía- era un bien sin paliativos.

Menciono Canadá porque un fallo de memoria es también lo que llevó al Presidente de su Cámara de los Comunes -probablemente con el conocimiento del Primer Ministro Justin Trudeau, a pesar de sus repetidos desmentidos- a invitar a un veterano de las Waffen-SS a la Cámara y a aclamarlo como un héroe de guerra.

Yaroslav Hunka, el héroe nazi

Dicho así, parece imposible, una locura. Cuando me lo dijeron por primera vez, no les creí. Ningún gobierno es tan tonto como para hacer eso, pensé, y menos el de la Canadá woke. Aclamado como alguien que “luchó contra Rusia”, Yaroslav Hunka, de 98 años, recibió una ovación bipartidista y los elogios del Presidente ucraniano Zelenskyy. Hunka es un veterano ucraniano de la 14ª División “gallega” de las Waffen-SS. Compuesta casi en su totalidad por voluntarios ucranianos, estaba al mando de una minoría étnica conocida como Volksdeutsche, hombres de ascendencia mixta ucraniana y alemana que hablaban ambos idiomas.

Todos nos hemos familiarizado con la idea de que Ucrania no es “parte de Rusia” desde el 24 de febrero del año pasado. Sin embargo, esa situación existe desde hace al menos décadas y probablemente siglos. En la (aproximadamente) mitad del país al oeste del río Dnipro, el nacionalismo ucraniano ha sido históricamente fervoroso. En cambio, la mitad (más o menos) al este del Dnipro siempre ha estado más cerca de Rusia cultural y lingüísticamente. Cuando (en la década de 1990) investigué y escribí The hand that signed the paper -con su escenario de “Ucrania occidental durante el Holodomor/Segunda Guerra Mundial”- admito que veía partición en el futuro del país.

Fin de la etnogénesis de Ucrania

La mala administración y la incompetencia de Putin en los trozos de Ucrania que Rusia conquistó en 2014, junto con las atrocidades más recientes, han acercado la mitad oriental del país a la mitad occidental, de tal manera que creo que es seguro decir que la etnogénesis de Ucrania ya se ha completado. Esto significa que goza del derecho a la autodeterminación tal y como lo concebían los liberales clásicos del siglo XIX.

Dicho esto, ¿cómo se explica lo de Yaroslav Hunka y otros como él? Después de la metedura de pata de Canadá, el mundo buscó en Google al de Galizia del 14, pero basta con escarbar un poco para descubrir todo tipo de colaboración ucraniana en algunos de los peores planes genocidas de Hitler. Busque “Trawniki Men” u “Operación Reinhard” si se atreve, y no diga que no se lo advertí.

Dicho esto, la razón principal de la colaboración ucraniana con la Alemania nazi -como el propio Hunka ha admitido en varios artículos escritos para su asociación de veteranos [en ucraniano]- era matar rusos. Y, en consonancia con las (entonces) divisiones lingüísticas y culturales del país, la mayoría de los colaboradores procedían de la Ucrania occidental, que se distinguía religiosa y lingüísticamente. Los ucranianos al este del Dnipro (y, por supuesto, todos los judíos ucranianos, incluida la familia de Zelenskyy) lucharon por la URSS. Varios líderes nazis también se quejaron de esto.

La alianza del Diablo

Pensaban que todo el país sería como la mitad occidental y se quejaban de la “pasividad” de ciudades orientales como Donetsk y Kharkiv. La opinión que me formé cuando escribí mi primera novela era que había buenas razones para que los ucranianos lucharan contra el imperialismo ruso y comunista (y más en general contra el marxismo, que es un dislate tóxico y genocida). El problema, por supuesto, era cómo esas razones llevaban a los nacionalistas ucranianos a una colaboración nazi generalizada y destructiva. El nazismo era un disparate tóxico y genocida similar.

El error de Canadá, por tanto, tiene sus raíces en las complejidades y exigencias de la guerra: los aliados occidentales tuvieron que hacer causa común con la URSS, un gran imperio con un gobierno tan asesino y trastornado como el de Berlín.

Rusia y varias “naciones cautivas” (incluida Ucrania) fueron gobernadas por una tiranía salvaje que mató a más ciudadanos durante la década de 1930 de los que logró la Alemania nazi al amparo de la guerra. Mientras tanto, Stalin se repartió Polonia con Hitler en 1939, un acuerdo que el historiador Roger Moorhouse llamó La alianza del Diablo en su libro sobre el Pacto Molotov-Ribbentrop. Si eras polaco y luchabas contra los rusos en 1939-1940, probablemente eras un héroe de guerra.

Holodomor

Los nazis también engatusaron a los ucranianos, prometiendo a los dirigentes del país que Alemania apoyaría la independencia de Ucrania. Hitler, por supuesto, no hizo tal cosa: veía a los ucranianos como eslavos racialmente inferiores, aptos sólo para la servidumbre. Alemania ni siquiera puso fin a la monstruosa colectivización forzada de Stalin (que contribuyó significativamente al Holodomor de Ucrania en 1931-1933). Sólo cuando los subordinados de Himmler lo persuadieron de que los ucranianos occidentales eran arios, la política nazi hacia Ucrania comenzó a cambiar, y sólo en formas que facilitaron a Alemania el uso de reclutas ucranianos como carne de cañón y de civiles ucranianos como mano de obra esclava.

Más tarde, mientras los ejércitos de Stalin violaban y asesinaban a lo largo de Europa del Este en 1944-1945, las tropas soviéticas eran seguidas por todas partes por batallones de policías secretos dispuestos a fusilar a los disidentes locales, por no hablar de los aterrorizados muchachos campesinos que huían del frente.

Una espada ceremonial para Stalin

Si la guerra fue una cruzada contra la barbarie -una “buena guerra”- es difícil explicar que el Reino Unido forjara una espada larga ceremonial cubierta de joyas como regalo de guerra para José Stalin, o la observación de Churchill de que, “si Hitler invadiera el Infierno, yo haría al menos una referencia favorable al Diablo en la Cámara de los Comunes”. La alianza soviética sólo es inteligible y defendible en el contexto de una guerra tanto por la supervivencia nacional como por el interés nacional. Es menos aceptable si concebimos el conflicto como una gran batalla del bien contra el mal.

Por desgracia, la reconfiguración de nuestra memoria colectiva de la Segunda Guerra Mundial -es decir, la reconfiguración de los acontecimientos de la guerra para contar una simple historia de victoria sobre el fascismo en nombre del liberalismo y los derechos humanos- está ahora tan extendida que cualquiera que haya luchado contra la tiranía por cualquier motivo puede ser considerado un héroe. Y creo que eso es lo que explica la ovación que recibió Yaroslav Hunka en Ottawa.

No hay guerras buenas

Los acontecimientos históricos de la magnitud de la Segunda Guerra Mundial no son unívocos. No dicen una sola cosa. Baviera sigue luchando contra esta realidad, mientras que el bochorno de Canadá se debe a una memoria popular ahistórica y politizada de ese gran conflicto. Esto, por supuesto, se une a la creencia de que la causa de Ucrania en su actual guerra de necesidad contra Rusia es siempre y en todas partes “una buena guerra”. A la Wokery, de la que Canadá está particularmente aquejada, también le gusta hacer juegos de moralidad del pasado. El pasado -en la persona de Yaroslav Hunka- se negó a cooperar.

“Espera, ¿la casa de Hitler es un lugar turístico?”, me preguntó un asombrado interlocutor en Twitter después de que compartiera fotos del llamativo ascensor del Nido del Águila, a lo que la única respuesta razonable fue “más o menos”. Baviera lleva lidiando con la incómoda realidad de albergar la casa de Hitler desde 1945, mostrando una incoherencia comprensible. Canadá fue el país que más cerca estuvo (en 2023) de invitar a Hitler a cenar a casa.

He escrito dos veces para Law & Liberty sobre por qué creo que Ucrania está del lado del bien en este conflicto. Sin embargo, lo correcto y lo bueno no son lo mismo. Es posible hacer cosas malas por una buena causa. Es posible hacer cosas buenas por una causa mala. Es posible resistir a la tiranía por malas razones y por una mala causa.

Y no hay “guerras buenas”, sino guerras malas y menos malas.

Ver también

¿Por qué Hitler invadió la URSS? (Fernando Díaz Villanueva).

El debate sobre el cálculo socialista, entonces y ahora

Por Kristian Niemieth. Este artículo ha sido publicado originalmente en el IEA.

Voy a hablar del llamado debate sobre el cálculo socialista, que fue uno de los principales debates dentro de la economía del siglo XX. Un debate sobre la viabilidad de las economías planificadas.

Pero antes de nada, me gustaría decir unas palabras sobre por qué esto importa hoy, porque algunos de ustedes probablemente estén pensando: “¿Por qué debería importarme lo que un puñado de blancos muertos discutían hace 100 años?”.

Cuando ‘murió’ la historia

Si es así, hace diez años, habrían tenido razón. Tras la caída del Muro de Berlín, y durante aproximadamente un cuarto de siglo, la opinión generalizada era que el debate entre capitalismo y socialismo estaba prácticamente zanjado. Cuando Francis Fukuyama hablaba del “fin de la historia”, no quería decir que ya no iba a ocurrir nada interesante. Se refería a que las grandes batallas ideológicas que habían definido los siglos XIX y XX habían terminado.

Durante un tiempo, eso pareció cierto. En las décadas de 1990 y 2000, casi todo el espectro político -incluida la izquierda política dominante- aceptaba que las economías planificadas habían fracasado en la práctica y que una economía de éxito tendría que basarse predominantemente en el mercado. El Partido Laborista británico, por ejemplo, degradó su propia ala socialista y, bajo Tony Blair, se rebautizó como un partido que se sentía cómodo con la economía de mercado.

Por supuesto, siempre hubo grandes desacuerdos sobre política económica: sobre el tamaño y el alcance adecuados del Estado, sobre los límites de los mercados, sobre cómo deben regularse los mercados, sobre qué modelo de capitalismo es el mejor. Nadie ha dicho que eso esté resuelto, ni siquiera que pueda estarlo. Pero estos son debates dentro del capitalismo, no debates sobre si deberíamos tener una economía capitalista.

“Demasiado a la izquierda”

El marxismo nunca desapareció, pero se retiró de la primera línea de los debates de política económica y se convirtió en un tema más académico. Siempre ha habido movimientos anticapitalistas importantes, pero en los años noventa, 2000 y principios de 2010, eran sobre todo eso: antimovimientos, no movimientos por una alternativa específica.

Este sentimiento del fin de la historia todavía era notable después de las elecciones generales de 2015, cuando muchos comentaristas de los medios de comunicación -incluidos comentaristas simpatizantes de Ed Miliband- argumentaron que Miliband había perdido, porque era, con razón o sin ella, visto como “demasiado de izquierdas”. No había conseguido desprenderse de su imagen de “Red Ed”.

Dos años después, esa idea fue ampliamente refutada. Si Miliband había perdido porque era “demasiado de izquierdas”, entonces, lógicamente, su sucesor Jeremy Corbyn, un autodenominado socialista que estaba muy a la izquierda de Miliband, debería haber perdido por un margen aún mayor.

Pero ocurrió exactamente lo contrario. Corbyn ganó diez puntos porcentuales en comparación con Ed Miliband, y algo así como veinte puntos porcentuales entre los votantes más jóvenes. No ganó del todo, pero es evidente que contó con el apoyo entusiasta de millones de personas.

Corbymanía

La “Corbynmanía” llevó a las empresas de sondeos a preguntar a la gente más explícitamente cuál era su posición en el debate socialismo contra capitalismo, ese debate que supuestamente se había “zanjado” con la caída del Muro de Berlín. Resultó que no se había “zanjado” en absoluto. La idea de que “ahora todos somos capitalistas” es completamente errónea. Millones de personas no lo son. Entre los jóvenes y las personas de mediana edad, al menos una mayoría relativa -y quizá incluso absoluta- prefiere el socialismo al capitalismo. Si 1990 fue “el fin de la historia”, entonces la historia debe haberse reiniciado en algún momento de la última década.

Esta es, en pocas palabras, la razón por la que el debate sobre el cálculo socialista vuelve a ser importante. No es sólo una cuestión de los años veinte, sino también de los años veinte. Por eso tiene sentido conocerlo un poco, y esto es así independientemente del lado del debate socialismo vs. capitalismo en el que te encuentres.

¿Qué es el debate sobre el cálculo socialista?

El socialismo ha tenido sus críticos desde que existe como teoría. Sin embargo, antes de 1920, esas críticas se referían más a la naturaleza humana que, estrictamente hablando, a la economía. Los críticos afirmaban que el socialismo sería inviable, porque se basa en la voluntad de las personas de trabajar por el bien común y no para sí mismas, y la mayoría de la gente sería demasiado egoísta para eso.

Pero el debate sobre el cálculo socialista no trata de eso en absoluto.

En 1920, el economista austriaco Ludwig von Mises publicó un artículo titulado Die Wirtschaftsrechnung im sozialistischen Gemeinwesen -El cálculo económico en la mancomunidad socialista- en el que criticaba el socialismo desde un ángulo completamente distinto. Estaba de acuerdo con los socialistas y se limitaba a asumir la cuestión de la naturaleza humana:

Aún si concedemos […] que cada individuo en una sociedad socialista se esforzará con el mismo celo que lo hace hoy […], sigue existiendo el problema de medir el resultado de la actividad económica en una mancomunidad socialista que no permite ningún cálculo económico.

Ludwig von Mises. Economic calculation in a socialist economy.

Para ver lo que quería decir con eso, tenemos que dar un paso atrás.

Sin intercambio, no hay precios

Cuando decimos que una unidad de un bien, X, vale cinco veces más que una unidad de otro bien, Y, ¿qué queremos decir con eso? ¿Cómo lo sabemos? ¿Cómo sabemos que vale cinco veces más que trece veces o tres mil veces? La respuesta es: porque ésa es la proporción en la que la gente suele estar dispuesta a intercambiar X e Y entre sí. Si a unas personas les das X y a otras Y, y les dejas que intercambien entre sí, convergerán en esa relación de intercambio de 5:1. Pero para eso, necesitas intercambiar. Pero para eso se necesita el intercambio. Si nadie intercambia nunca X e Y, no tenemos ni idea de cuál es la proporción “correcta”.

Von Mises suponía que, incluso en una economía socialista, seguiría habiendo algo así como “precios de mercado” para los bienes de consumo. Ello se debe a que suponía que existirían amplios mercados secundarios informales. Supongamos que el Estado asume que X vale tres veces más que Y, y reparte raciones de X e Y sobre esa base.

Pero es una proporción errónea, porque los consumidores valoran X cinco veces más que Y, no tres. La gente empezaría entonces a comerciar entre sí, y la proporción 5:1 sería observable en el mercado secundario. El Estado podría reaccionar y corregir la asignación primaria.

Sencillamente, imposible

Que yo sepa, eso nunca ha ocurrido. Hubo amplios mercados negros bajo el socialismo, pero no tengo constancia de que los planificadores socialistas observaran los precios de mercado en esos mercados negros y respondieran a ellos. Pero fue la suposición optimista de von Mises que una economía socialista podría, de esta manera indirecta, todavía generar algo parecido a los precios de mercado para los bienes de consumo.

Pero lo que no podría haber son precios de mercado para los bienes utilizados en la producción: factores de producción y bienes de capital. No habría precios de mercado para los distintos tipos de maquinaria, los distintos tipos de edificios industriales, los distintos tipos de materias primas, los distintos tipos de productos semiacabados, etcétera.

Si no tenemos precios de mercado para esos bienes, no podemos hacer cálculos económicos, en el sentido convencional. No podemos determinar si un método de producción es más eficaz que otro. Nos enfrentaríamos a miles de alternativas diferentes, pero no tendríamos ningún método racional para determinar cuáles son mejores y cuáles peores. La “planificación socialista” no sólo sería una mala idea. Sería literalmente imposible.

Nuevas reglas del juego

La afirmación de Von Mises sobre la imposibilidad del cálculo económico en el socialismo cambió las reglas del juego en varios sentidos.

En primer lugar, fue una inversión completa de lo que era una opinión muy extendida en la época: que el capitalismo era caótico (Marx y Engels habían hablado de “anarquía en la producción”), mientras que una economía socialista estaría racionalmente planificada. Au contraire, decía von Mises. Una economía capitalista puede parecer “caótica”, porque nadie la dirige en su conjunto. Pero es el único tipo de economía que nos permite comparar racionalmente los costes y los beneficios de diferentes cursos de acción. Es precisamente la economía “planificada” la que es caótica, porque hace imposible una auténtica planificación:

Tenemos el espectáculo de un orden económico socialista flotando en el océano de combinaciones económicas posibles y concebibles sin la brújula del cálculo económico. Así, en la mancomunidad socialista, cada cambio económico se convierte en una empresa cuyo éxito no puede evaluarse de antemano ni determinarse más tarde retrospectivamente. Sólo hay tanteos en la oscuridad. El socialismo es la abolición de la economía racional.

Ludwig von Mises. Economic calculation in a socialist economy.

Una estatua para Ludwig von Mises

En segundo lugar, obligó a los economistas socialistas a reflexionar más detenidamente sobre cómo debía ser, en la práctica, la “planificación económica”. Algunos socialistas trataron de rebatir los argumentos de von Mises – eso es lo que convirtió el Debate sobre el Cálculo Socialista en un debate. Oskar Lange, un economista que más tarde se convertiría en una figura importante de la República Popular Polaca, escribió en 1936, casi con toda seguridad ligeramente irónico:

Los socialistas tienen ciertamente buenas razones para estar agradecidos al profesor Mises, el gran advocatus diabol de su causa. Porque fue su poderoso desafío el que obligó a los socialistas a reconocer la importancia de un sistema adecuado de contabilidad económica para guiar la asignación de recursos en una economía socialista. […]

El mérito de haber llevado a los socialistas a abordar sistemáticamente este problema pertenece enteramente al profesor Mises. […] Una estatua del profesor Mises debería ocupar un lugar honorable en la gran sala del Ministerio de Socialización o de la Junta Central de Planificación del Estado socialista.

Simplemente, cambiamos de gestor

Lange creía que von Mises estaba equivocado en última instancia, y que el Estado podía fijar los precios tan bien como el mercado:

En una economía socialista […] el proceso de determinación de precios es bastante análogo al de un mercado competitivo. La Junta Central de Planificación desempeña las funciones del mercado. […] Una sustitución de las funciones del mercado por la planificación es bastante posible y viable.

Oskar Lange

Lenin: trabajadores armados

Esto puede sonar extraño, pero hasta ese momento, los socialistas nunca habían pensado realmente en cómo funcionaría, en la práctica, una economía socialista. Marx y Engels nunca se habían preocupado de ello. Incluso Lenin sólo tenía esto que decir:

Todos los ciudadanos se transforman en empleados contratados por el Estado, que consiste en los trabajadores armados. Todos los ciudadanos se convierten en empleados y obreros de un “sindicato” estatal único en todo el país. Todo lo que se exige es que trabajen por igual, realicen la parte de trabajo que les corresponde y reciban el mismo salario; la contabilidad y el control necesarios para ello han sido simplificados al máximo por el capitalismo y reducidos a las operaciones extraordinariamente sencillas -que cualquier persona alfabetizada puede realizar- de supervisar y registrar, conocer las cuatro reglas de la aritmética y emitir los recibos correspondientes.

Friedrich A. Hayek

Eso es todo. Así de fácil. Sólo un poco de contabilidad y emisión de recibos, y trabajo hecho. Después de la Revolución Rusa, él -o mejor dicho, la gente lo suficientemente desafortunada como para ser sometida a ese experimento- aprendió por las malas que la economía es algo más que emitir recibos. De todos modos, esa fue la primera ronda del debate sobre el cálculo socialista. Uno de los alumnos de von Mises, el futuro Premio Nobel Friedrich August von Hayek, refinó más tarde los argumentos.

Hayek dejó más claro qué tienen los precios de mercado que los convierten en una herramienta tan vital, y por qué los precios fijados por el Estado no eran un sustituto adecuado. La idea básica es la siguiente: En una economía avanzada y compleja, dependemos de la especialización y de la división del trabajo. Nadie sabe hacerlo todo. No hay neurocirujanos que también sean grandes fontaneros, electricistas, poetas, traductores y expertos en política exterior. Pero todo el mundo sabe hacer algo. Así que todos hacemos cosas diferentes, y luego hacemos que esas diferentes piezas encajen.

División del conocimiento

Del mismo modo, las economías avanzadas y complejas se basan en una división del conocimiento. Nadie lo sabe todo sobre la economía. Nadie sabe más que una pequeña parte. Pero todos sabemos algo. Todos tenemos algún conocimiento económicamente relevante: tal vez sobre la industria en la que trabajamos, la región en la que vivimos o, si no hay nada más, todos conocemos nuestras propias preferencias mejor que nadie.

Todos aportamos conocimientos al mercado. El mercado agrega todos esos conocimientos y los difunde. Un ejemplo que Hayek utilizó fue el de una caída repentina de la oferta de estaño en algún lugar del mundo; o alternativamente, se descubre un nuevo uso industrial del estaño, lo que provoca un aumento de la demanda.

La mayoría de nosotros no tenemos ni idea de ese sector de la economía. No sabemos nada de la minería del estaño, y no tenemos ni idea de que esto haya ocurrido. Pero no necesitamos saberlo. Todo lo que tenemos que hacer es observar que los precios del estaño, y los precios de los productos que contienen estaño, han subido, y reaccionar a ello de alguna manera.

Precios y orden

Las empresas que utilizan estaño para fabricar, por ejemplo, muebles, pueden buscar algún sustituto. Los consumidores pueden cambiar a un producto alternativo que utilice menos estaño o, si eso no es posible, simplemente reducir su consumo de productos que contengan estaño. Al mismo tiempo, alguien, en algún lugar, detectará la oportunidad de obtener beneficios e intentará introducir en el mercado nuevos suministros de estaño o sustitutos cercanos.

Todos lo hacemos varias veces al día: reaccionamos a los cambios de precios, a veces de forma casi automática, normalmente sin saber qué los ha provocado. Y no necesitamos saberlo. Alguien, en algún lugar, sí lo sabe, y su conocimiento está contenido en los precios. Las condiciones económicas cambian todo el tiempo, de maneras que la mayoría de las veces ignoramos, y a través del sistema de precios, las partes relevantes de ese conocimiento se difunden por toda la economía.

Las economías planificadas no disponen de este mecanismo. Dependen de una junta de planificación para cotejar y evaluar toda la información pertinente. Hayek no fue tan lejos como von Mises: no dijo que una economía socialista fuera literalmente imposible. Sólo dijo que era una forma muy inferior de organizar una economía.

¿Es una cuestión de computación?

Hasta aquí, podría pensarse: ¿no es todo esto un problema de insuficiente capacidad de procesamiento de datos? Si es así, ¿no significa esto que el debate sobre el cálculo socialista está ya desfasado? Claro, planificar una economía requiere cantidades colosales de datos. Puede que en el antiguo bloque del Este no fuera posible recopilar, procesar y evaluar semejante volumen de datos. Pero, ¿seguiría siendo un problema hoy en día? ¿Acaso Amazon y Google no disponen ya de más información sobre sus clientes que la que jamás haya tenido cualquier consejo de planificación socialista?

Hayek no vivió para ver la era de Internet, y mucho menos el auge de la Inteligencia Artificial. Sin embargo, si viviera hoy, sospecho que no se sentiría obligado a modificar mucho sus argumentos. El Debate Socialista sobre el Cálculo nunca versó principalmente sobre el procesamiento de datos en el sentido técnico.

Conocimiento tácito y no articulable

Hayek también argumentaba que gran parte del conocimiento económicamente relevante es de naturaleza tácita. El conocimiento tácito es el que poseemos, pero nos costaría articular. Para la mayoría de la gente, la gramática de su lengua materna es un conocimiento tácito. Todos podemos hablar un inglés perfecto, pero si un hablante no nativo nos preguntara “¿Por qué usaste este tiempo en vez de aquel?”, o “¿Por qué usaste esta palabra en vez de aquella?”, la mayoría de las veces, nuestra respuesta sería “No lo sé; simplemente suena bien, y la otra suena rara”.

Hay que reconocer que este es un mal ejemplo, porque si quieres puedes estudiar las reglas gramaticales de tu lengua materna. En este caso, puedes convertir el conocimiento tácito en formal.

El escritor que no sabe explicar cómo escribir

Pero a menudo no es así. La mayoría de los trabajos contienen conocimientos tácitos que se han adquirido a lo largo de los años, pero que costaría mucho articular y, por tanto, transmitir a un sucesor o a un colega. Nunca olvidaré mi decepción cuando leí el libro On Writing de Stephen King, el autor de novelas de terror. Lo leí porque pensé que podría aprender algunos trucos del maestro. No fue así. Es evidente que King es un gran escritor, pero explica fatal cómo lo hace. No sabe cómo lo hace. Es un conocimiento tácito. No puede articularlo. Pero si él no puede hacerlo, ¿quién puede?

Incluso las preferencias de los consumidores suelen ser tácitas y, por diversas razones, nuestro comportamiento de compra real suele desviarse de nuestras preferencias declaradas. El conocimiento empresarial también suele contener una gran parte tácita. Cuando se les pregunta por sus ideas de negocio, los empresarios de éxito suelen decir que tuvieron “una corazonada”, “un presentimiento” o “una intuición”.

Para ese tipo de conocimiento, no sirve de nada tener ordenadores más rápidos que puedan manejar más datos.

Prueba y error

Yendo un poco más allá del debate sobre el cálculo socialista en sentido estricto, Hayek también hizo hincapié en el papel de los procesos de ensayo y error en la vida económica. En economía, aprendemos la mayoría de las cosas a través de la experimentación y no de grandes planes. Esto es aún más evidente hoy que en la época de Hayek. Para casi todos los productos que usamos hoy en día, se pueden encontrar citas de expertos de la industria de la época de su lanzamiento, prediciendo con seguridad que el producto nunca despegaría. Las compras en línea nunca existirán. Internet nunca existirá. La televisión nunca existirá. El coche nunca existirá. Los Beatles nunca existirán. Arnold Schwarzenegger nunca triunfará como actor. Walt Disney nunca encontrará público para su excéntrica idea de un pato parlante en traje de marinero y un ratón parlante en bañador.

En retrospectiva, sería tentador burlarse de las personas que hicieron esas predicciones que envejecieron tan terriblemente, pero eso sería errar el tiro. Esas personas no eran estúpidas ni ignorantes. Es que así es la vida económica. Sabemos muy poco. Es muy poco lo que podemos planificar conscientemente. Tenemos que probar cosas, ver qué pasa y aprender haciendo.

No en una economía socialista

¿Podría una economía socialista permitir también ese tipo de experimentación? No veo cómo. Se necesita un sistema en el que la gente pueda probar ideas que, para la mayoría de los observadores, parecen inverosímiles y descabelladas. Las burocracias (o los comités democráticos) no funcionan así, ni deberían hacerlo. Un sistema en el que las personas tienen libertad para asumir riesgos debe ser un sistema en el que asuman la responsabilidad de las consecuencias. Para ello es necesaria la propiedad privada.

Yo diría que está claro, tanto desde el punto de vista teórico como histórico, qué bando ha ganado el debate sobre el cálculo socialista: el bando austriaco, el bando antisocialista. Pero yo no soy un observador neutral. Estoy firmemente en el “Equipo Austria”.

Pero también diría que, incluso si te encuentras en el bando socialista, deberías tomarte en serio el Debate sobre el Cálculo Socialista y comprometerte con la crítica austriaca. Las generaciones anteriores de socialistas ciertamente lo hicieron.

Recuerde lo que dijo Oskar Lange:

Una estatua del profesor Mises debería ocupar un lugar honorable en el gran salón del Ministerio de Socialización o de la Junta Central de Planificación del Estado socialista.

Oskar Lange

Me gustaría ver algo de ese espíritu en los socialistas de hoy. Me gustaría ver a un socialista actual intentar dar una respuesta meditada a los argumentos de Mises-Hayek. Me gustaría verles intentar presentar una versión del socialismo que evite esos problemas de cálculo socialista.

Los socialistas actuales no lo hacen. Se limitan a desestimar las objeciones al socialismo como “deleznables”. Disfrutan de una gran ventaja de reputación sobre sus oponentes, a saber, el hecho de que el socialismo se considera moderno y de moda, y por lo tanto, simplemente capitalizan esa ventaja, en lugar de preocuparse por los aspectos prácticos.

Convencer a los socialistas de que el socialismo es posible

Hasta cierto punto, les funciona. Sin embargo, al menos un socialista está de acuerdo conmigo en que la gente de su bando debería esforzarse un poco más. Sam Gindin, un marxista canadiense, escribe en la popular revista socialista Jacobin:

De las dos tareas centrales que exige la construcción del socialismo -convencer a una población escéptica de que una sociedad basada en la propiedad pública de los medios de producción, distribución y comunicación podría de hecho funcionar, y actuar para acabar con el dominio capitalista- la atención abrumadora […] se ha centrado en la batalla política para derrotar al capitalismo. El aspecto que podría tener la sociedad al final del arco iris […] sólo ha recibido una atención retórica o superficial.

Pero […] la afirmación arrogante de la viabilidad del socialismo ya no es suficiente. Ganar a la gente para una lucha compleja y prolongada para introducir formas profundamente nuevas de producir, vivir y relacionarse exige un compromiso mucho más profundo con la posibilidad real del socialismo. […] No basta con centrarse en llegar. Ahora es al menos igual de importante convencer a los futuros socialistas de que realmente hay un ‘ahí’ al que llegar.

Sam Gindin

Así es.

Ver también

Una llamada a la acción: el resurgimiento del debate sobre el cálculo económico. (Vicente Moreno).

Evaluando los argumentos de Friedrich Hayek en el debate del cálculo económico. (Eduardo Blasco).

¿Equipaje de mano gratis? Ni en broma

Saludan con alborozo los medios la inminente decisión por la que la Comisión Europea va a impedir a las compañías aéreas el cobro de un precio adicional por el equipaje de mano. Tal alegría es inquietante, pues revela la completa ignorancia económica de la mayoría de los periodistas, esos ojos que nos permiten ver más allá de nuestro entorno próximo, cuyo desconocimiento conduce a constantes engaños ópticos.

En este caso, además de ignorancia económica, revela una profunda ignorancia histórica, pues la evidencia empírica está allí y la conoce todo el mundo. Los vuelos empezaron a bajar de precios precisamente con la entrada de esas compañías que llamamos “low cost”, cuya principal característica era que ofrecían el vuelo por separado, para luego intentar cobrarnos por todo lo que tradicionalmente venía incluido en el billete, como el equipaje, la comida o la elección de asiento. Es indiscutible que la entrada de compañías con estos esquemas comerciales abarató el precio de un servicio que hasta ese momento casi se consideraba de lujo.

La prohibición encarecerá los vuelos

Por tanto, a priori, un movimiento en la misma dirección, separar del pago del vuelo el de un servicio auxiliar como es el equipaje de mano, tenderá a hacer que baje el precio del billete del vuelo, de la misma forma que ocurrió antes cuando se desempaquetaron de dicho precio el equipaje de bodega o la comida.

Pues no: hay periodistas que nos quieren hacer creer que así los viajes serán más baratos, e incluso llegan a calificar la práctica de pretender cobrar por el equipaje de mano como “abusiva”. La realidad es que ocurrirá todo lo contrario: esta prohibición hará que los viajes en avión sean más caros. Es más, es esta prohibición la que será abusiva, ya que obligará a las compañías a cobrar a todo el mundo por el equipaje de mano, lo quiera o no. Y es que, en el fondo, la prohibición de la CE tiene claros beneficiarios: las compañías aéreas.

Para entender por qué, empecemos por lo básico. En un mercado no intervenido, los bienes producidos tienden a satisfacer de la mejor manera posible las necesidades de los individuos. Las empresas que lo hagan mal, perderán rentabilidad y eventualmente desaparecerán del mercado.

Oportunidad de beneficio

Aceptemos que, en un momento concreto, los clientes de vuelos están pagando billetes que incorporan todas las facilidades: equipaje de mano, equipaje en cabina, elección de asiento y comida. En este escenario, puede haber una compañía que se dé cuenta que muchos pasajeros no facturan equipaje, y que puede haber una oportunidad de negocio en ofrecer billetes de menor precio sin derecho a equipaje facturado, y cobrar un extra al cliente que quiera facturar.

A priori, no se puede saber lo que dirá el mercado. Ahora ya sabemos qué tal oferta fue un éxito, y de hecho son poquísimas las compañías que en la actualidad no han separado del precio del vuelo el equipaje de bodega. Así se consiguieron vuelos más baratos para todo el mundo, a costa de que aquellos pasajeros que quieran facturar equipaje seguramente paguen más que cuando compraban el billete completo. Como resulta que una mayoría de pasajeros prefiere pagar menos y no facturar equipaje, el esquema comercial es viable y el bienestar agregado de todos los consumidores mejora.

Separar los servicios y ponerles un precio

Esta práctica de “desempaquetamiento” de productos permite dar mayor transparencia a las necesidades de los individuos y así ajustar mejor los precios a los servicios que cada uno requiere. En el fondo, impide que unos clientes, los de uso menos intensivo, subvencionen las necesidades de los otros. Si todos pagamos como si fuéramos a facturar equipaje, es claro que a los que finalmente facturan les va a salir más barato a costa de todos los que no hemos facturado y, sin embargo, hemos pagado como si fuéramos a hacerlo.

Es por ello también que la Comisión Europea, que ahora obliga a las aerolíneas a “empaquetar” el vuelo con el equipaje de mano, considera el “empaquetamiento de productos” como algo abusivo y a vigilar cuando lo hacen compañías dominantes en sus mercados.

Haciendo un análisis muy similar al descrito, si sustituimos equipaje en bodega por equipaje de mano, es claro que la tendencia de los precios del vuelo sin más sería a bajar. Con este “desempaquetamiento”, solo pagarán por llevar equipaje de mano aquellos que realmente lo lleven, y no todos los demás pasajeros que no lo llevamos, o que hemos optado por facturarlo en bodega pagando un plus. Así pues, ¿equipaje de mano gratis? Ni en broma.

Los intereses detrás de la regulación

Pero, una vez más, nos queda el lado más oscuro de esta propuesta. Si ya hemos visto que los pasajeros no se benefician, ¿quién puede querer esta norma? Está claro que el sospechoso más cercano está en el otro lado de mercado, las compañías aéreas. Esto es así porque reducen sus posibilidades de competir, de hacerse pupa. Si recordamos el esquema inicial, el del vuelo con todas las facilidades empaquetadas, es fácil entender que era una situación muy cómoda para las aerolíneas, que cobraban por todo, lo demandara o no el cliente.

Esta situación solo se pudo romper por unos competidores que querían ganar cuota de mercado, y sacrificaron el margen que daba el empaquetamiento a cambio de conseguir clientes, y complicar la vida a los agentes existentes. En el fondo, ahora ocurre lo mismo: si tiene éxito lo de cobrar por el equipaje de mano, los billetes bajarán y las demás compañías tenderán a imitar la práctica del primero en hacerlo. Al final del ciclo, los clientes estarán mejor servidos y las aerolíneas relativamente peor.

Colusión

¿Cómo pueden las compañías evitar este ciclo? Poniéndose todas de acuerdo en no separar el cobro del equipaje de mano del vuelo. Pero como ese acuerdo sería colusorio y posiblemente punible por las autoridades de competencia, entre ellas la propia Comisión Europea, acuden a ésta para que se ponga el gorro de regulador y haga una norma que obligue a un acuerdo que su otra mano perseguiría.

Ya solo queda que la Comisión Europea venda la mercancía como algo que hace en el interés de los usuarios, y que los terminales mediáticos ignorantes y acríticos se hagan eco diciendo que se abaratarán nuestros viajes en avión.

Así pues, lo repito: ¿Equipaje de mano gratis? Ni en broma.

Ver también

Mitos sobre la regulación para la competencia. (Fernando Herrera).

Integración vertical y evolución de la industria. (Adrià Pérez Martí)