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Golpe de estado contra Humala

Los capitalistas son tan malvados, tan avariciosos y tan individualistas que no les gusta que les roben. Acaso por ello resulten tan antipáticos a la progresía, siempre presta a exigir sacrificios (ajenos) en nombre de la patria, la clase obrera o la misma Gaia.

Ningún mejor termómetro del estado de ánimo de los inversores nacionales y extranjeros que la evolución del mercado bursátil; tal vez, el logro más democratizador (en su mejor sentido) de la economía que nos haya ofrecido jamás el capitalismo. Al cabo, con apenas cuatro chavos, uno puede comprar acciones y convertirse en propietario de una parte de alguna de las miles de empresas de un país, o venderlas y desentenderse del proyecto empresarial. Una libertad que, para nuestra desgracia y la de los peruanos, jamás nos ofrecerá un sistema político estatal: quien no ha votado a Humala no sólo se ve forzado a padecer sus previsibles dislates y abusos de poder, sino que, más importante, no puede mandarlo a freír espárragos tan pronto como se haya cansado de él.

Será por eso, por combinar en dosis perfectas democracia y libertad, por lo que la izquierda detesta la bolsa; ya se sabe, ese casino de especuladores donde se practica el golpismo económico contra el muy soberano pueblo. Ahí está, véanlo si no, la intolerable afrenta de la bolsa limeño contra el Estado de Derecho peruano: el mercado de valores ha recibido al presidente Humala con una caída del 8% antes de que fuera cerrado. Prueba irrefutable de que existe una conspiración internacional, encabezada muy probablemente por la CIA, el Mossad o una joint venture de ambos, para destronar el filonazi bolivariano.

Nada que ver, claro, con que Humala haya prometido nacionalizar las llamadas "actividades estratégicas" del país. Cajón de sastre de la discrecionalidad presidencial para robar a los ahorradores peruanos y foráneos tanto como le plazca. O nada que ver con su ideología marcadamente chavista y liberticida que no parece la más adecuada para generar un marco institucional estable y favorable a la acumulación privada de riqueza. Incomprensible, pues, que los inversores no quieran permanecer en semejante tierra de la abundancia, en ese sueño americano redivivo.

Mas, he ahí la gran ventaja del capitalismo popular. Si usted confía en Humala, en su programa económico y en su perfil reformista, lo tiene fácil para combatir tamaño golpismo bursátil: compre, compre acciones peruanas; incluso apalánquese para acaparar tantas como pueda. Ahora mismo se las están regalando: hay tantos orates que quieren vender que han tenido que cerrar el mercado. ¿Qué mejor ocasión para ir de rebajas? ¿Qué mejor ocasión para darle un voto de confianza al presidente electo y, de paso, obtener suculentas ganancias?

Puede que quienes de momento tenemos pensado mantener nuestros ahorros fuera del Perú nos estemos equivocando y resulte que este aprendiz de Chávez termine convirtiéndose en un Lula cualquiera de la vida. Pero en tal caso, el Perú ganará y quienes inviertan ahora ganarán. De momento, empero, me temo que con estos comicios el Perú ha perdido y que los capitalistas que huyen en desbandada del país sólo están tratando de minimizar los destrozos. Pérfido capitalismo que les da una cierta salida en lugar de mantenerlos encerrados a cal y canto en la prisión gubernamental. Así no hay quien robe a gusto.

Un dictador, claro está

Público ha suscitado una agria polémica por la entrada dedicada al general Franco en el Diccionario Biográfico Español. Primero dijo, para suscitar la indignación de sus ya cabreados lectores, que el BDE dijo de Franco que era “general, valeroso y católico”. No está claro qué fibra puede herir definir a Francisco Franco como general, pues alcanzó, y muy tempranamente, ese escalafón militar. Debe de ser de los apelativos más neutros y verdaderos que se le puedan asignar al personaje. Que era “valeroso” no cabe duda para quien conozca más que someramente su vida. Es un calificativo que no se lo hurta ni Paul Preston ni Andrée Bachoud, por poner dos ejemplos de autores poco simpáticos con Franco. Y, en fin, está por aparecer el primer tonto que diga que Franco no era católico. Una palabra que, sumida en un titular de Público, choca ver colocada como un elogio, aunque se lo atribuya a la Real Academia de la Historia.

Luego Público optó por destacar que el artículo decía que el régimen de Franco era “autoritario, no totalitario”. ¡Qué ganas con hacer que el régimen de Franco se acerque a otros regímenes, largamente adorados por la izquierda patria y que sí eran, y son, totalitarios! No lo era porque en España no ocurrió como en Italia o Alemania, donde el partido copó el Estado, sino que el Estado redujo los partidos a uno y lo sometió a sus intereses. Y, sobre todo, porque no se fijó el objetivo de someter toda la sociedad para alcanzar un modelo preciso de sociedad. No es que Franco no tuviese una idea, aunque general, de cómo debía ser una sociedad buena. Pero permitió una autonomía a la sociedad que, en algunos aspectos, echamos de menos. Totalitaria es la Ley Pajín de la igualdad. El régimen de Franco, en contra de los deseos de no pocos de sus partidarios, sólo fue autoritario, aunque no poco.

La polémica se ha llevado, también, a la ausencia de la palabra “dictador”. Su autor, Luis Suárez, ha considerado más precisos los términos “Jefe del Estado” y “Generalísimo”. Bien está. Suárez, amén de ser uno de los mejores medievalistas vivos del mundo, es también el primer, o uno de los primeros autores, en Franco y su época. El sincero, desenvuelto y fácil desprecio que han mostrado muchos por un historiador de su talla no podía ser más comprensible. Desprecian la historia ¡no iban a hacer lo mismo con sus mejores obreros! Pero Franco era, además de lo apuntado por Luis Suárez, un dictador. Es algo tan obvio que hurtar la palabra en el breve artículo del DBE tampoco va a desvirtuar el retrato que ha hecho del de Ferrol. Pues, ¿no se trataba de escribir un retrato veraz y suficiente del personaje? Con todo, en este propósito parece haber fallado Suárez, por no hacer mención de la represión, un elemento sin el que su régimen no puede entenderse plenamente. Pero quien quiera saber más de él, que acuda a las mejores de entre las muchas biografías que ya tiene. Claro, que esa es materia para los interesados en la historia, no en el uso político de la “memoria”.

El día que Merkel se transformó en ZP

La mujer de hierro alemana se ha vuelto de un maleable que asusta a sus colegas europeos. Y es que en materia energética, Angela Merkel parece ser más zapaterista que el propio Zapatero. El día que la canciller anunció el cierre de todas sus plantas nucleares para 2022, los países que forman la UE descubrieron con estupor que la posibilidad de una política energética común era una utopía más grande si cabe que la de una Europa unida, próspera y en paz.

Podría entenderse en un país que viviera bajo la amenaza constante de un terremoto de horribles consecuencias como el que asoló Japón. Podría entenderse en un país donde las reservas de petróleo, carbón o gas natural fueran tan abundantes que no se necesitara otro recurso energético. Pero Alemania no es ni lo uno ni lo otro. Tiene un riesgo sísmico bajo o moderado (en especial, en el sur, con niveles similares a los de Granada o Murcia) y depende como casi todos los países europeos en mayor o menor medida de fuentes de energía foráneas, fuentes de energía que desgraciadamente no constituyen ningún mercado libre, sino que están en manos de los estados, sus gobiernos u organizaciones como la OPEP.

Cuando Merkel accedió al poder lo hizo como una canciller inteligente, audaz, dura, capaz de luchar y sacar de la crisis a una Alemania sumida en el desastre que habían provocado varios años de políticas socialdemócratas. Mientras la política interna le ha ido bien, mientras sus actuaciones fueron acertadas o al menos no demasiado perjudiciales para sus ciudadanos, Merkel incrementó su fama, su mito. Pero es en los malos momentos cuando los líderes demuestran su capacidad, su aptitud, su coherencia, que es a la larga lo que más aprecian los votantes. Es aquí donde Merkel desbarra y lo hace espectacularmente.

La política de Merkel en materia nuclear ha sido errática. Alemania es un país con una tradición ecologista muy fuerte y, precisamente por la crisis y por las medidas que se han tenido que tomar, la imagen de la política no está en su mejor momento. Las últimas elecciones regionales han permitido a la izquierda recuperar parte del poder. Por lo tanto, hay que entender en clave interna esta decisión que tiene tan soliviantados a los ministros de energía de la UE. Merkel ha debido entender que si opta por medidas ecologistas, los votos de la izquierda van a volver a su asiento en la contabilidad electoral. Sin embargo, no se ha dado cuenta de que la coherencia es un atributo que también contemplan sus propios electores y sería posible que lo que gane por un lado lo pierda por otro, o incluso que ese balance sea negativo. Una vez más, los ciudadanos se deben adaptar a las políticas públicas y no al revés.

Cuando en 2010 Merkel accedió a que las centrales nucleares de su país no se cerraran antes de 2036, lo hizo para que los alemanes no tuvieran que afrontar el gasto financiero que suponía un cambio en el modelo energético. Ahora parece que ese cambio es pertinente, pero supone una serie de problemas de complicada solución. Si Alemania quiere cumplir con otra exigencia ecologista –la reducción de la emisión de gases de efecto invernadero– debería sustituir la energía nuclear sólo por renovable, pero dados los costes que conlleva y que no es una energía que pueda cubrir una demanda continua, la sustitución es cuando menos cara y técnicamente dudosa, si no imposible.

La mayoría de las centrales nucleares se encuentra en el sur del país, la zona también más industrial, y la mayoría de las centrales renovables están en el norte del país. La planificación no es el fuerte de la política. Además de centrales de cualquier tipo, se necesitan líneas que transporten la energía y unas y otras también despiertan el rechazo de los vecinos que no las quieren por su patio trasero. Así pues, es de esperar que se puedan producir nuevas protestas y retrasos que a medio plazo generarían déficits energéticos locales, posiblemente apagones que afectarían la competitividad, la productividad y la recuperación alemanas.

No contenta con ello, a la canciller le ha dado un ataque de exotismo. Merkel y algunas empresas energéticas y financieras alemanas apoyan el proyecto Desertec que pretende crear en el norte de África una red de plantas solares que deberían cubrir el 15% de las necesidades energéticas europeas, incluidas las alemanas, en un plazo de 40 años. Parece que los problemas que atraviesan los países de la zona no son un inconveniente. Otros proyectos pretenden hacer algo parecido pero con energía eólica "mar adentro" en el Mar Báltico y el Mar del Norte. Y todavía hay gente que a esto le llama mercado y neoliberalismo.

No menos importante es a quién va a beneficiar esta situación en detrimento de los alemanes. De entrada, Francia con sus centrales nucleares puede exportar energía a Alemania mientras ésta se "normaliza". Por otra parte, dependerá mucho más de las fuentes externas de combustibles fósiles como el gas natural que viene de Rusia y el Mar del Norte o del carbón, que puede venir de Polonia y Sudáfrica. Qué decir que esto suele ir acompañado de un incremento de los precios, sobre todo si es la gran locomotora europea la que tiene que pagar. Es posible por tanto que la geoestrategia europea y su estabilidad política se vean alteradas por los intereses partidistas de una canciller que brilló en su momento, pero que ahora se muestra tan gris, al menos energéticamente hablando, como nuestro Zapatero.

Democracia y Estado de Bienestar

La democracia es incompatible con la unificación del poder económico. La redistribución patrimonial, así como la interferencia pública en los negocios privados que representa el Estado de Bienestar, provocan la descomposición del régimen democrático. No es casualidad que los países más socialistas acaben siendo gobernados de forma totalitaria (Mises).

La democracia no sólo exige representatividad y participación en la formación de los órganos de gobierno de una nación, sino que, además, se define por garantizar principios como el respeto de la libertad individual, el imperio de la ley frente al gobierno arbitrario, y la alternancia pacífica en el ejercicio del poder político (Acton). La gobernabilidad exige que tanto las diferentes potestades como la estructura del poder y su administración sean consideradas elementos pre-constituidos en unos términos que resulten inalterables por quien ejerce de manera contingente dicha autoridad.

La representatividad no equivale al gobierno asambleario. La extensión del orden político hace imposible que la mayoría de las decisiones sean adoptadas con el apoyo o la desaprobación directos provenientes de los ciudadanos. La representación se vuelve inevitable. También, a medida que el orden se hace más extenso, la representación se desliga del mandato imperativo, e incluso de la proporcionalidad estricta en relación con el apoyo explícito concitado. Los sistemas democráticos amplios aspiran a un tipo de gobernabilidad que impide aplicar mecanismos que son propios del concejo abierto. No obstante, la acción política queda sometida a la presión de la opinión pública (Weber, Mises, Hayek).

El Estado de Bienestar representa la última forma histórica conocida de esa expresión moderna de asociación de dominación que es el Estado (D. Negro). La socialdemocracia ha hecho suyo el artefacto, venciendo en la contienda disputada entre totalitarismos durante gran parte del siglo XX (Jouvenel). El Estado de Bienestar no se limita a excluir del legítimo uso de la violencia a otro tipo de organizaciones o individuos existentes dentro o fuera del territorio que aspira a dominar (Bastiat). Personifica además la clase de fuerza social que ha logrado extirpar del orden espontáneo instituciones primordiales como son el Derecho y el Dinero (Hayek).

La tesis que considera incompatible cualquier tipo de organización democrática del poder político con la existencia del Estado de Bienestar se explica en Burocracia, de L. von Mises. La centralización de las decisiones y su inclusión en un sistema de mandatos específicos convierten al individuo en una pieza determinada dentro del engranaje del Estado. Asimismo, la complejidad de las decisiones que debe afrontar el gobernante requiere de la formación de una estructura burocrática que acabará convirtiendo a los representantes políticos en simples "asambleas de hombres-sí". La pretendida omnisciencia del Estado hace que una tropa de funcionarios tenga reconocida la facultad de influir directa y meticulosamente en la vida y expectativas de los ciudadanos. A través del Derecho administrativo se pretende constreñir la arbitrariedad de estos pequeños tiranos, suplantando progresivamente al Derecho civil en ámbitos que habían sido tradicionalmente privados. Los funcionarios (fijos y políticos), a pesar de las limitaciones predispuestas, son quienes impulsan la necesidad presupuestaria, el grado de persecución del infractor, el contenido específico del mandato… A medida que crece la necesidad de burocratizar el Estado, éste se aleja más y más de la democracia efectiva.

Sin embargo, no sólo la burocracia representa un obstáculo que cercena los principios de libertad individual, gobernabilidad y representatividad, que constituyen el fundamento de la democracia. El político, a través de su ejercicio de adhesión organizativa e ideológica, degenera en un tipo de agente profesionalizado que deja de vivir para la política, para empezar a vivir de ella (Weber). Los partidos quedan integrados dentro del Estado de Bienestar como una pieza básica de su engranaje, reproduciendo dentro de su propia estructura la necesidad burocrática que tiene la administración pública. Los políticos profesionales admiten, e incluso abrazan, su divorcio del resto del cuerpo social, formando así una élite gobernante (Pareto). Desde ahí, pasan a convertirse en funcionarios del Estado, pero no en su sentido convencional (tampoco de manera directa y permanente), ya que adoptan con facilidad la categoría de activos reclamados por la empresa privada en orden de incorporarse dentro de sus cuadros directivos. El objetivo de aquellas es lograr unas relaciones satisfactorias con los órganos de intervención y las autoridades que más perturben su ámbito de actividad empresarial. Existe incluso el "político" que permanece siempre afecto a esta situación, sin ejercer nunca cargo o magistratura formalmente interna del Estado.

El Estado de Bienestar genera burocracia, destruye con sutileza el sistema democrático, y junto a él, los principios de libertad y participación que se le presuponen. Al mismo tiempo, el Estado de Bienestar genera una élite de agentes que ejercen sus funciones también en el sector privado a modo de conexión entre mercado, partidos políticos, sindicatos y administración pública. La estructura de dominación representada por este tipo de Estado hace inevitables tanto el retroceso de las libertades como la impracticabilidad democrática.

Es ilógico y contradictorio considerar que el Estado de Bienestar resulta compatible con el régimen democrático. El uso de la palabra democracia dentro de un programa político que aspire a incrementar la intervención del Estado será, en el mejor de los casos, un gravísimo error intelectual. Desgraciadamente, la historia nos proporciona ejemplos de cómo la bandera democrática ha servido de coartada para ocultar la ferocidad del discurso totalitario.

Nuestro deterioro en pocas palabras

A medida que el capitalismo avanzaba, y por tanto también aumentaba el bienestar del individuo, los dirigentes se dieron cuenta de que podían ampliar ese concepto de seguridad. Trasladaron la seguridad a la economía. Crearon derechos sociales, leyes de empleo digno y de protección. La capacidad productiva del mercado pudo aguantar tal apropiación de recursos que se tomó el Estado. Eso dio lugar a más reclamaciones sociales. La gente no vio, ni sigue viendo, que los derechos sociales tienen un origen criminal: el robo, el saqueo, el latrocinio y la extorsión al ciudadano. El Estado se empezó a meter en la vida de las personas diciéndoles cómo pensar, tomando la educación, cómo teníamos que vivir, cuánto teníamos que ahorrar y gastar con la creación de bancos centrales. También decidió qué "vicios" eran malos prohibiendo algunas drogas y dejando otras de al margen. Y tal absurda pérdida de libertad individual nos ha convertido en simple ganado de los políticos y lobbies, que nos dicen hasta cómo hemos de hablar, prohibiéndonos incluso los piropos y hacer según qué chistes. El Estado ya no es el monopolio de la fuerza propiamente dicho, sino del pensamiento y la actuación humana.

Todo esto tenía que pasar factura. El Estado es muy mal ingeniero social. Después de doscientos años de monopolio estatal sobre nuestras vidas, nos tendríamos que reformular la pregunta. ¿Cuál es la función del Estado? La respuesta es la misma: proteger a la gente. Sin embargo, sus representantes se han convertido en el tercer problema de los españoles según el CIS.

Desde el periodo comprendido entre el año 2002 y 2009 los gastos en el hogar han aumentado el doble que los salarios. No solo ha sido una cuestión de la expansión crediticia provocada por los bancos centrales. España es el segundo país de la OCDE donde más han subido los impuestos. Está entre los países de Europa con mayor esfuerzo fiscal. Más que Suecia y Alemania por ejemplo.

La situación parece agravarse ahora. No solo por el desempleo, el pobre tejido productivo del país, o la cultura del hedonismo y las subvenciones. Por primera vez en un año, el saldo de los depósitos está cayendo. Las explicaciones pueden ser muchas, pero la más plausible es el deterioro del nivel de vida. Aunque ahora se ha moderado la inflación, ha tenido un rápido recorrido alcista y seguirá subiendo junto al coste de financiación como el de las hipotecas.

Esto nos lleva otro triste dato, y es que si en 2009 los españoles desempleados se vieron forzados a retirar casi 220 millones de euros de sus planes de pensiones, en 2010 aumentó a 320 millones de euros más. Las rentas desaparecen y el ciudadano se ve obligado a quemar su capital ahorrado para sobrevivir.

A todo esto, el Gobierno hace recortes que afectan a nuestro bienestar, pero sin bajar impuestos. Más bien al revés. Los impuestos van a seguir subiendo, no hay otra. Vivimos y trabajamos para los visionarios políticos.

¿Y cuál es la función del Estado? La contraria a lo que hace. El Estado es un instrumento, no un fin. Somos dependientes de las promesas electorales. No sabemos qué significa vivir en libertad (y la tememos) porque queremos que todo nos lo haga el Estado. Incluso le pedimos que haga magia como arreglar el planeta, construir un mundo mejor o que cree recursos que no es capaz de generar; no porque no sea posible, sino porque eso es función de la sociedad civil. No puede crearlo un político ni órgano central por medio de la ley y prohibiciones.

Esta crisis nos tendría que hacer ver que el Estado no solo es incapaz de crear la seguridad económica que pregona, sino que es su mayor negación. Solo tendremos un futuro mejor, no con tijeretazos, más subvenciones, burdas privatizaciones o parches en el mercado de trabajo (que ni eso), sino con menos Estado. No hay soluciones mágicas. Hay que arremangarse y ponerse a trabajar. Trabajar de espaldas al Estado. Que pague él el monstruo que ha creado.

100 horas cargadas de adrenalina

A partir de hoy y a lo largo de cuatro jornadas, el Instituto Juan de Mariana comienza la celebración de una serie de eventos que reflejan de manera concentrada tanto la misión como la evolución de este proyecto en defensa de la libertad individual desde que fue creado, hace ya seis años. Hemos metido en una píldora de casi 100 horas de largo un congreso de economía, una tesis doctoral, una feria de libros, una gala en reconocimiento a uno de nuestros grandes héroes del liberalismo y una excursión. Quien sea capaz de engullir esta pastilla estará curado contra la depresión intervencionista durante al menos los próximos 12 meses.

El IV Congreso de Economía Austriaca ha dado comienzo esta misma mañana y contará con la participación de ponentes de siete países. El nivel y la originalidad de muchas de las ponencias suponen una nueva cota en el intento del Instituto por atraer las aportaciones más novedosas en el debate de las ideas de esta escuela de economía y de sus críticos. La jornada de hoy miércoles se cerrará con la defensa de una tesis doctoral a partir de las 19:00. Mientras, la clausura de la segunda y última jornada del Congreso llegará con la presentación de un paper a cargo de Alejandro Chafuén sobre "Fe Cristiana y Economía Austriaca".

LIBERacción, la feria de libros liberales, desplegará a los amantes de la libertad nada menos que 18 presentaciones de las obras liberales publicadas en el último año. El público podrá conocer personalmente a sus autores favoritos o discutir ideas con otros lectores entre las 10:00 y 14:30 del viernes, 3 de junio. Un año más, el IJM hace un esfuerzo por acercar al público a unos autores que han puesto la libertad y la responsabilidad de los individuos en el centro de sus pensamientos.

La noche del viernes celebraremos la quinta edición de la Cena de la Libertad. Este año entregaremos el premio Juan de Mariana a Giancarlo Ibargüen, uno de los mayores campeones mundiales en la defensa y la difusión de las ideas liberales. La cena de este año supone un reto logístico para una organización como la nuestra. Más de 200 personas se darán cita en el Casino de Madrid para celebrar los logros de Giancarlo y de personas que, como él, inspiran a miles de individuos en todo el mundo con sus ideas y sus acciones.

Esperamos desarrollar toda esta actividad con enorme eficiencia energética para que el sábado todavía nos queden fuerzas para llevar al premiado y a quienes vienen de lejos a conocer la Universidad de Alcalá de Henares, cuna de la escolástica tardía junto a la Universidad de Salamanca.

Este despliegue de eventos en defensa de la libertad no sería posible sin el entusiasmo y el apoyo económico que nuestros 300 miembros nos transmiten cada día. Esperamos que lo disfruten.

Insaumible

No así los cinco millones de parados al que este anacrónico sistema, directo heredero del corporativismo propio del fascismo, nos ha terminado abocando. Porque sí, la responsabilidad es suya, por mucho empleo que creáramos durante la primera mitad de la pasada década. Al cabo, las bondades de una regulación no deberían medirse en tiempos de burbuja, sino en tiempos de depresión: generar empleo en medio de un auge artificial, cuando incluso los ladrillos de Seseña valen un Potosí, carece de mérito; crearlo durante una crisis, cuando casi todos los factores tienen que recolocarse para minimizar los quebrantos, sí supone la auténtica prueba del algodón.

Y, en este sentido, el mercado laboral español sólo ha avanzado a golpe de manguerazo crediticio. Si la borrachera del endeudamiento superaba las innúmeras rigideces que engrilletan a los empresarios y trabajadores españoles, entonces el paro caía; si, por el contrario, nos cerraban el grifo, el paro se disparaba. Así hace 20 años, así ahora. Mas ni entonces ni ahora nuestros patrios sindicatos mostraron la más mínima preocupación; a la postre, este sistema es su sistema, del que viven y maman rapiñando la riqueza que nuestros millones de parados podrían haber creado en caso de que se les hubiera permitido.

De lo que se trata en estos momentos, digámoslo con claridad, es de desmantelar la negociación colectiva para que los salarios y las condiciones laborales de los millones de parados españoles se adapten a la realidad actual, que no es la del pelotazo inmobiliario (tan del agrado de la progresía que gusta de vivir por encima de sus posibilidades), sino la de la resaca de los excesos previos. Sin ajuste no habrá oportunidades de negocio, sin oportunidades de negocio no habrá empleo, sin empleo no habrá crecimiento y sin crecimiento no habrá margen para devolver nuestra cienmilmillonaria deuda.

Así las cosas, podemos desmantelar la negociación colectiva sin medias tintas o erosionándola desde dentro: eliminando la ultraactividad de los convenios, dotando de preponderancia a los convenios de empresa frente a los sectoriales y dejando fuera de su camisa de fuerza a las pymes. En roman paladino: se trata de que Méndez, Toxo y Rosell dejen de redactar el contrato laboral que yo puedo –o no puedo– suscribir. No más, pero tampoco menos.

Por ello, el puñetazo sobre la mesa de los sindicatos, su enfado, su indignación, pues, es esperanza de recuperación. Tenue, pero esperanza. No en vano, los sindicatos jamás habrían firmado un acuerdo que supusiera su suicidio; la voladura casi total de sus privilegios, de los que viven ellos y su clientela. Llevan en su naturaleza sobrevivir como lo que son: la reinvención del sindicato vertical. Ahora, perdido un precioso año, la pelota vuelve a estar allí de donde nunca debió escapar hace ya un año: sobre el tejado del Gobierno o, más bien, sobre el tejado de nuestra acreedora Merkel. ¿Volverá a dejar que Zapatero le tome el pelo, como hizo con la reforma laboral del año pasado, o levantará, por fin, el acta de defunción de esa bacanal de prebendas sindicales cuyo desproporcionado coste nos está conduciendo a la bancarrota? Desconfíen, así la decepción será menor.

A los jóvenes nadie les debe nada

Decía el gran Mark Twain: "No ande por ahí diciendo que el mundo le debe su sustento. El mundo no le debe nada. Estaba aquí antes".

Los tiempos cambian y actualmente la gente no sólo cree que el mundo le debe su sustento sino que además añaden a la factura el piso, el trabajo y la pensión. Eso al menos es lo que parece que pide el nuevo movimiento de extrema izquierda, colaborador en la preparación del 15M y la famosa "acampada" de Sol, que trata de sacar provecho al descontento de la juventud por la situación actual (40% de paro en este colectivo) para el fin de siempre: más socialismo.

Una lectura del manifiesto (firmado por profesores y otros profesionales de vivir de lo público que no creo que estén muy afectados por la crisis) deja bastante claro que en realidad lo que quieren estos revolucionarios es que todo se quede exactamente igual que está ahora. A saber, la educación debe quedarse tal como está porque son la generación mejor preparada de la historia, las condiciones laborales ni tocarlas que gracias a los sindicatos y a la negociación colectiva los trabajadores tienen derechos, y por supuesto que los pisos no los vendan los malvados especuladores y que se encargue el Estado de repartirlos socialmente.

Dicen que señalan a los culpables de la crisis, pero aparte de la socorrida alusión al capitalismo no se ve por ninguna parte a quiénes acusan. Se nota que no hay un chivo expiatorio claro y, puestos a movilizar a las masas, cuanto menos tengan que pensar, mejor.

Aunque entre todo este maremágnum revolucionario/conservador hay algo que sí moviliza a la juventud: la idea de que la sociedad les debe bastante y no está cumpliendo con su obligación. Pues bien, es una demanda que merece una respuesta muy clara por parte de la sociedad y voy a intentar darla en su nombre:

Cuando las personas nacemos, no servimos para mucho: comemos, dormimos y lloramos cuando no podemos hacer alguna de estas dos cosas. Nuestros padres u otras personas se encargan de nosotros durante esta etapa y nos cuidan hasta que nos desarrollamos y aprendemos a valernos por nosotros mismos. En otra especie ese aprendizaje constaría en saber cazar, recolectar frutos y huir de los depredadores. En cambio, como somos seres humanos que viven en un entorno social, para poder sobrevivir necesitamos aprender algo mucho más complicado y productivo: servir a otros miembros de la sociedad. 

A nadie le gustar servir a otros. Todo sería mucho mejor si cada persona se pudiera dedicar a lo que quisiera y recibiera lo necesario para vivir por ello. Pero, mira por dónde, vivimos en el mundo real, un mundo donde los recursos son limitados y para hacerte con una porción de ellos tienes dos opciones: robar o intercambiar tus servicios por ellos. Y para poder intercambiar tus servicios por algo tan valioso como una casa o un salario no te queda más remedio que adecuar éstos a algo que la sociedad valore lo suficiente.

Por lo tanto, antes de afirmar que la sociedad te debe algo, pregúntate qué has dado para merecer ese pago. Si la respuesta es nada, es que estás intentado quitarle a la sociedad algo por lo que no has pagado. En otras palabras: la estás intentado robar. Y la sociedad no son sólo los banqueros o las multinacionales; la sociedad son tus tíos, el vecino de enfrente, el padre de tu mejor amigo y el panadero que se levanta a las 4 de la madrugada para hacer el pan que tanto te gusta.

¿Esto quiere decir que la juventud no tiene derecho a protestar? Todo lo contrario, porque de la misma manera que la sociedad no les debe nada, ellos tampoco deben nada a la sociedad. Por lo tanto, no tienen por qué pagar las pensiones de gente que contribuyó a un sistema piramidal, ni tolerar leyes que privilegian a los trabajadores en activo por encima de los que se incorporan al mercado laboral, ni que se les hipoteque para sostener a cajas y promotoras que no quieren vender sus activos (pisos) a precio de mercado.

En definitiva, en vez de intentar robar a la sociedad, deberían intentar que cierta parte de la sociedad deje de robarles a ellos. Aunque, claro, para eso que no cuenten con los abajo firmantes habituales, es lo que tiene ser un revolucionario financiado por el Estado.

Sexo y poder

Gracias al paulatino derribo de barreras comerciales y lingüísticas y el uso masivo y disperso de Internet, vivimos tiempos de globalización real. Asistimos en nuestros días a un proceso en el que los mercados, las noticias, las modas y las costumbres locales se interrelacionan y entrecruzan para conformar los de la humanidad entera a una velocidad de vértigo. Tal vez como en ninguna época anterior porque nunca como hasta ahora los canales de comunicación entre personas se habían multiplicado tanto. Mucho más que cuando que el gran medio de comunicación de la segunda mitad del siglo XX, la televisión, mantenía gigantescas audiencias. De ahí que tantos gobiernos y sus encargados estuvieran obsesionados –y siguen estándolo– con controlar y utilizar ese medio de comunicación para difundir sus mensajes y propaganda.

Un tiempo también en el que se propagan como la pólvora las noticias sobre las muchas contradicciones entre las ideologías mesiánicas, tantas veces presentadas como liberadoras, la pluralidad de concepciones sobre la aplicación de la Ley y el Derecho y realidades tan antiguas como el abuso de poder para cometer delitos y conseguir todo tipo de beneficios mediante la coacción y la prevalencia en un puesto que conlleve mando.

Resulta significativo que quien se encontraba al frente de una de esas instituciones que nacieron de los acuerdos de Bretton-Woods (el Fondo Monetario Internacional) y que se había proclamado como puntal de una suerte de gobierno mundial en materia de finanzas en las recientes cumbres de Washington y Londres, dotado de fondos especiales para financiar el rescate de estados insolventes –es decir, alguien a quien se le habían atribuido más poderes– se haya visto involucrado en un suceso, cuya gravedad –de confirmarse– no cabe minimizar.

El caso del director gerente Dominique Strauss-Kahn, quien obtendrá una jugosa pensión vitalicia después de dimitir de su cargo, con independencia del resultado del procedimiento penal que se sigue contra él, no resulta aislado en la escena política de sociedades occidentales como la francesa.

Obviamente, las imputaciones que pesan sobre el ya ex director del Fondo Monetario Internacional de haber intentado violar a la camarera de un hotel deben probarse. Parece que el caso presenta un nuevo ingrediente que puede distraer la atención sobre lo fundamental, dado el origen guineano de la empleada. Pero tampoco puede despacharse el asunto con la frivolidad y parcialidad de sus amiguetes socialistas franceses. Según éstos, se trataría bien de una conspiración norteamericana contra el pobre DSK o bien, como ha dicho un redomado cínico llamado Jack Lang, de un incidente en el que "en realidad, nadie murió en la habitación de aquel hotel".

En cualquier caso, parece que su brillante abogado norteamericano no va a anunciar la culpabilidad de su cliente y cabe esperar, después de que un juez decidiera ponerlo bajo arresto domiciliario e imponerle la prestación de una fianza de un millón de dólares, además de otras garantías para asegurar su presencia en un futuro juicio, que tendrá amplias posibilidades de repreguntar a la denunciante sobre los hechos y las circunstancias del caso.

Lo asombroso de Francia no es que su reciente historia esté salpicada, a derecha e izquierda, de sórdidos casos de derechos de pernada en la política que tratan de taparse con apelaciones a la intimidad y a la libertad de las personas implicadas (¡!), sino que se imponga la ley del silencio sobre ellos.

¿Y en España? Me permitirán lanzar la hipótesis de que, aunque pesa mucho el modelo francés, con una similar predisposición de la casta política a correr un tupido velo sobre esas relaciones que engendran tantos peligros, la cual siguen tan fielmente sus medios de comunicación títeres, la aplicación de dobles raseros campa con sorprendente impunidad.

Hace años saltó a la palestra un caso de acoso sexual de un alcalde de Ponferrada a una chica a la que, en un tiempo mejor para ella, había aupado hasta conseguir la concejalía de Hacienda de su Ayuntamiento sin otro mérito que el ser su amante. Agriada la relación, la chica lo denunció por acosarla sexualmente. El caso tenía las suficientes aristas como para que tanto los miembros del partido de ese alcalde (el PP) como la oposición de entonces (PSOE e IU) hubieran mostrado una extraordinaria prudencia, al tiempo que reclamaban un total esclarecimiento de los hechos por un juez independiente. Lejos de ello, el caso fue particularmente revelador del entendimiento sectario que existe de la política en su sistema partitocrático. Si los correligionarios del alcalde no criticaron siquiera sus peculiares métodos de selección en el seno de su sección local, los partidos de izquierda y sus medios de comunicación "independientes" organizaron una campaña de odio contra los políticos de la derecha (recuérdese que ese alcalde se presentaba como la quintaesencia de un político de ese partido).

Compárese con las reacciones a las denuncias también por acoso sexual contra un diputado de Izquierda Unida en la Asamblea regional de Madrid por parte de una compañera de su partido.

No hace falta ser abogado defensor para darse cuenta de que la realidad puede ser extraordinariamente poliédrica y que la búsqueda de la verdad no constituye una empresa fácil. Pero, al menos, cabría esperar una mínima simetría en las reacciones ante denuncias análogas. Obviamente en España los grupos de comunicación públicos y semiprivados se han configurado en los últimos años siguiendo los deseos del actual gobierno y sus aliados. Es por esto por lo que la difusión de noticias y opiniones en Internet se revela tan importante para escapar de la uniformidad reinante.

En conclusión, las relaciones de los poderosos con la sexualidad (cualquiera que sea ésta) permiten abandonar el bostezo en el momento que cometen crímenes para satisfacerlas. De ahí que, al contrario de lo que ocurre en Gran Bretaña y Norteamérica, sea tan sospechoso el silencio de los medios de comunicación sobre ese particular cuando las probabilidades de que los políticos de ambos sexos abusen también en ese ámbito y se presten a la corrupción son muy evidentes.