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Dilbert, última víctima de los mass media

Uno de los lugares comunes en las conversaciones sobre la mala calidad de los contenidos de televisión en España es hacer referencia al programa La clave. Es curioso que un programa que, en su segunda versión, dejó de emitirse hace treinta años todavía sea el ejemplo de televisión que se recuerda mayoritariamente.

Somos muchos los que ya peinamos canas y sólo recordamos La clave por los cortes que hemos podido ver a través de internet. Y es que precisamente en nuestra juventud internet nos vino a rescatar de la dependencia de recibir a través de las ondas contenidos de calidad.

Televisión y motores de combustión

Pero internet no ha sustituido a los tradicionales medios de comunicación totalmente. No existió, por fortuna, una prohibición de la radiodifusión una vez que internet llegó a un porcentaje considerable de la población. A diferencia de con el motor de combustión, no existe ningún interés político en acelerar artificialmente el proceso (más bien al contrario), y llevamos veinticinco años de una lenta transición que está teniendo un impacto en nuestras sociedades.

La televisión se ha convertido en un medio especializado en la tercera edad y en la franja de la población que aspira a que la entretengan con el menor esfuerzo mental posible. La radio aspira a algo parecido, pero sin dejar de cumplir su tradicional misión de colar la agenda política que toque.

Esto no quiere decir que los que no consumimos televisión o radio seamos más cultos o inteligentes. Simplemente hacemos un esfuerzo ligeramente mayor por buscar contenidos en otras partes, que pueden ser igual de banales, pero sí requieren hacer algo más que encender un receptor.

Más variedad, menos cohesión

El problema con los contenidos de internet radica en su mayor fortaleza: la infinita variedad. Puedes consumir horas de contenidos sin que estos coincidan con los que consume tu vecino, tu compañero de trabajo o tu peluquero. Y el sentido de pertenencia a un grupo se resiente cuando la mitad de las conversaciones banales sobre lo que otros ven te son ajenas.

Así que los medios de comunicación de masas van perdiendo calidad al mismo tiempo que mantienen su papel de cohesionador de la sociedad. Una muy mala combinación.

Dilbert

Uno de los contenidos de calidad que algunos hemos podido consumir gracias a internet son las viñetas humorísticas de Scott Adams. Dilbert y sus peripecias en un entorno corporativo nos hacen gracia a todos los que hemos estado expuestos a dicho entorno. Empecé a seguir a Scott en Twitter justo antes de que Trump ganará las elecciones en 2016. Me llamó la atención que pese a no morderse la lengua sobre lo que se estaba viviendo en su país en esos meses, sus viñetas permanecieran al margen.

Eso le ha hecho sobrevivir todos estos años a la cada vez más habitual cancelación, pero hace una semana todo cambió; en una larga charla de dos horas en un canal de YouTube sobre la comunidad negra en Estados Unidos expresó una idea que es tabú. Solo hizo falta un video viral donde se extrae sus palabras del contexto y la amplificación brutal de los medios de comunicación de masa para que años de humor inteligente no político sean borrados del mapa.

¿Racismo?

Los razonamientos de Scott Adams durante las dos horas de conversación pueden ser más o menos acertados, pero cualquier persona inteligente puede ver que no existe racismo detrás de ellos. Aunque para eso hay que dedicar varios minutos a escuchar y algo de esfuerzo en entender. Justo lo que el público de los medios tradicionales no va a hacer nunca.

Y como son esos medios los que dictan el pensamiento comunitario, nadie se va a arriesgar a ponerse del lado de alguien al que se han declarado racista. Por lo tanto, la cancelación está asegurada.

Y sí, lo políticamente correcto y las Big tech californianas juegan un papel en todo esto. Pero a veces nos gusta más centrarnos en las nuevas amenazas y no miramos a la que hemos tenido siempre cerca.

Elon Musk

Con el tiempo el papel que juegan ahora mismo los grandes medios como cohesionadores de opinión pasará a los canales de internet que consigan tener más éxito. Esa es la lucha que se está librando ahora con un Elon Musk que ha cambiado levemente lo que estaba siendo un paseo militar de un lado del tablero. Pero con toda la atención en esta batalla es posible que estemos subestimando el papel que aún tienen que jugar los grandes medios tradicionales.

De momento estos ya se han cobrado otra víctima más. La clave pasará por saber si pasarán a la historia con trofeos menores como Scott Adams, o si los historiadores del futuro tendrán que centrar el análisis de las grandes crisis sociales de mitad de este siglo en su negativa a dejar de existir sin llevarse a la sociedad que los aupó con ellos.

Tolerancia en los Estados Unidos

Richard Salmuelson. Este artículo ha sido publicado originalmente en Law & Liberty.

¿Qué es la tolerancia? Dos noticias recientes ponen de relieve esta cuestión y revelan que los estadounidenses están divididos sobre la tolerancia en sí misma. Una es de la Liga Nacional de Hockey: “El defensa de los Philadelphia Flyers Ivan Provorov se negó el martes a llevar un jersey arco iris durante los calentamientos de la Noche del Orgullo del equipo por la inclusión LGBTQ, alegando sus creencias religiosas”. Mientras tanto, en Colorado, continúa la cruzada del Estado contra el propietario de la pastelería Masterpiece, Jack Phillips. Recientemente perdió su última apelación en un tribunal estatal, y el Estado está preparado para obligarle a hacer una tarta que celebre una “transición de género”.

No es odio, sino la expresión de una opinión

En la NHL Network, un analista sugirió que Provorov volviera a Rusia si esa es su actitud hacia el Orgullo Gay. Mientras tanto, aunque Phillips ha ganado varios casos en apelación, sigue siendo demandado. Es probable que vuelva a apelar ante el Tribunal Supremo de EE.UU., donde ya ha ganado antes. Y, en cuanto a Provorov, parece que sus camisetas están volando de las estanterías.

Nótese que ni Phillips ni Provorov están predicando el odio o la violencia contra los homosexuales o los transexuales. Simplemente piden que no se les exija afirmar un determinado punto de vista. Esa negativa es, según nuestra ideología oficial de aplicación de los derechos civiles, en sí misma una forma de fanatismo y discriminación. Pero esa no es la única forma de verlo.

Cómo dar cabida a la diversidad

Hay, por supuesto, auténticos fanáticos en Estados Unidos. Y muchos quieren hacer de eso el problema porque simplifica las cosas. Pero hay una cuestión más profunda. ¿Cómo puede Estados Unidos dar cabida a la diversidad de opiniones morales que tenemos actualmente? A la luz de esa pregunta, vemos que tenemos dos visiones enfrentadas del respeto a la diversidad y de la tolerancia. La primera cuenta con el apoyo de la burocracia encargada de hacer cumplir la ley, como en los casos de Jack Phillips, y se refleja en las críticas a Provorov. Este punto de vista sostiene que ser tolerante es dar apoyo explícito a determinados puntos de vista.

Provorov no criticó explícitamente el orgullo gay. Al contrario, su afirmación fue que es cristiano ortodoxo y, como tal, no puede en conciencia apoyar activamente la homosexualidad porque su religión enseña que es pecado. No pretende mantener a los jugadores homosexuales fuera de la NHL ni, que yo sepa, se ha propuesto predicar sus creencias a los demás. Simplemente pide que no se le exija alabar algo con lo que no está de acuerdo. Lo mismo puede decirse de Jack Phillips. Hace pasteles especiales. Está dispuesto a hacer una tarta para cualquiera. Pero se niega a hacer una tarta especial con un mensaje concreto que celebre algo contrario a sus creencias.

La tolerancia como práctica

En otras palabras, Phillips y Provorov, y sus partidarios, están adoptando una concepción rival de la tolerancia, a saber, que se trata de una práctica, no de una creencia concreta. Ser tolerante refleja la idea clásica de magnanimidad, abrazando lo que solía llamarse “liberalidad”, y aceptando la noción de que hay diferentes formas de vivir bien, y que una sociedad libre debe dar espacio a las personas para que vivan realmente como les dicte su conciencia. Esa liberalidad exige que la sociedad civil dé espacio para que las personas vivan separadas en algún aspecto, incluso en un negocio privado.

En épocas pasadas, ese tipo de tolerancia se aplicaba especialmente a las diversas sectas religiosas de Estados Unidos. En un mundo en el que muchos protestantes consideraban al Papa el Anticristo, la libertad religiosa significaba permitir a las numerosas comunidades religiosas de Estados Unidos el espacio que necesitaban para vivir libremente, aunque se odiaran entre sí.

Tolerancia y convivencia

No exigía, como había exigido el rey británico, que uno afirmara la doctrina anglicana para ser ciudadano de pleno derecho. Ni exigía, como había exigido el rey de Francia, que uno fuera católico. En su lugar, Estados Unidos se limitaba a exigir que un ciudadano respetara las leyes de la comunidad, leyes que nos daban espacio para discrepar sobre algunas cosas muy fundamentales. Eso nos permitió dejar atrás las guerras de la Reforma. En resumen, la libertad religiosa y la diversidad religiosa permitieron a América practicar sectas seguras.

Sin duda, un país, incluso una república federal grande y diversa, sólo puede permitir cierta diversidad en cuestiones morales y seguir funcionando como país. Pero, durante la mayor parte de nuestra historia, los Estados Unidos han permitido lo que otros países considerarían una cantidad excesiva de desacuerdos religiosos y morales.

La religión como ignorancia e intolerancia

Sin embargo, desde el principio, en Estados Unidos también ha habido quienes consideran que el punto de vista “ilustrado” o lo que vendría a llamarse el punto de vista “progresista” es el oficial: La religión, según este punto de vista, es el camino de un pasado ignorante, mientras América avanza hacia un futuro más racional. La tolerancia significa que hay que apoyar activamente las opiniones que representan el progreso. Afirma ciertas doctrinas y grupos que se presentan en oposición a las viejas costumbres.

De ahí que los cristianos, y también los judíos y musulmanes tradicionales, tengan creencias morales que son en sí mismas “intolerantes” según nuestras instituciones gobernantes. La tolerancia implica avanzar hacia una América en la que esos grupos se desprendan de tales creencias, y lo hagan en nombre de la tolerancia.

La herencia progresista de Jim Crow

En los últimos sesenta años aproximadamente, esta visión progresista ha ganado un grado de poder federal del que antes carecía. Antes de 1964, la mayoría de las empresas, salvo las monopolísticas y algunas otras clases limitadas de empresas, eran libres de decidir a quién servían y a quién rechazaban como clientes y a quién contrataban. El problema era que Jim Crow, un régimen jurídico fundamentalmente antiliberal que no sólo permitía sino que obligaba a las empresas a discriminar, había fomentado una cultura de discriminación racial generalizada. Para combatirla, el gobierno convirtió casi todas las empresas privadas en semipúblicas, que perdieron su privacidad al no poder elegir con quién asociarse y en qué condiciones.

Los problemas aquí son dos: hemos aplicado la lección que aprendimos en la lucha contra Jim Crow a cuestiones de sexo y sexualidad -cuestiones que, que yo sepa, todas las religiones abordan creando normas, costumbres, tabúes y/u otras cosas parecidas. Desde una perspectiva aristotélica, eso podría sugerir que son cuestiones religiosas por naturaleza. Es probable que la concatenación de ideas que llamamos “woke” se pareciera mucho menos a una religión (como algunos la llaman, no sin razón) si sólo tratara de la raza y no también del sexo y la sexualidad. Por otro lado, históricamente hablando, términos como “raza”, “nación”, “pueblo” y “tribu” son difíciles de separar. “Raza” como construcción biológica es históricamente inusual y, en nuestro discurso, ya no parece ser la idea dominante.

Nuevas guerras de religión

Al mismo tiempo, intentamos tratar las cuestiones de sexualidad como si fueran cuestiones de raza, no eximimos ni siquiera a las pequeñas empresas, como la pequeña pastelería de Phillips, del régimen antidiscriminatorio. El resultado es que corremos el peligro de adoptar una norma de asociación, expresión y actuación forzadas, las mismas cosas que nos remiten a las guerras de la Reforma. Desde la perspectiva de nuestra ideología oficial de derechos civiles, no debería haber escapatoria para las minorías insulares mediante la creación de pequeñas empresas o instituciones educativas. El problema es que las acciones forzadas, como el discurso forzado, son tiránicas.

Conviene recordar aquí que nuestros términos “economía” y “economía” tienen su raíz en la palabra griega que designa la economía doméstica y la gestión de la propiedad privada. A medida que la economía doméstica y la gestión de la propiedad privada crecen hacia el exterior, interviene la regulación gubernamental. En otras palabras, es un error considerar la actividad económica como fundamentalmente pública. Tal vez para el propietario de una plantación en el Sur, la libertad era fundamentalmente no-económica en cuanto a lo que uno hacía a partir del trabajo de otros para proporcionar alimentos, vivienda y otras necesidades. Pero en el Norte, trabajar para proporcionar esos bienes era una parte esencial de la libertad. Por lo tanto, implicaba la libertad de decidir con quién trabajar o a quién servir en la gran mayoría de los casos.

Normas sexuales

Jim Crow era un conjunto de leyes que impedían eso. Obligaba a los estadounidenses a discriminar por motivos de raza en sus negocios privados y en el gobierno. Como reacción a eso, nuestra ley obligó a los estadounidenses a no discriminar por motivos de raza en nuestra vida empresarial. Eso es bueno. ¿Podemos aplicar lo mismo a las normas sexuales? Si y sólo si olvidamos que la ley antidiscriminación también se aplica a la religión. A menos que las antiguas enseñanzas sobre el sexo y la sexualidad en el judaísmo, el cristianismo y el islam, entre otros, pronto vayan a ser mantenidas sólo por una pequeña parte insular de estas religiones (pensemos en los amish), aplicar los métodos que nuestros gobiernos federales, estatales y locales emplearon contra Jim Crow a lo que es, fundamentalmente, una lucha religiosa sobre lo que significa ser humano es una receta para la guerra religiosa.

‘Lockdown files’: no volvamos a dejar que el Gobierno nos dé un susto de muerte

Laura Dodsworth. Este artículo ha sido publicado originalmente en CapX.

Sanobar y su hijo vivían en una habitación individual. El niño de nueve años estaba tan aterrorizado por el coronavirus que no quiso ir a la escuela durante el encierro, a pesar de tener derecho a ello como niño vulnerable. De hecho, no salió de la “frontera de las cuatro paredes” durante semanas y apenas abandonó la cama en la que dormía, comía y hacía los deberes. A los nueve años tomó una sobredosis para escapar del miedo.

Jane me contó que cuando empezó el encierro sintió que un “manto de ansiedad” se posaba sobre sus hombros. Veía las sesiones informativas de Downing Street y leía las noticias todos los días. Como ella misma dijo, “los titulares truculentos se sucedían con rapidez”. Todos los días se despertaba temblando de pies a cabeza, con ataques de ansiedad. Llegó a necesitar medicación para hacer frente a la ansiedad inducida por el alarmismo.

Susan, de 15 años, empezó a autolesionarse. Rosie, de 13 años, sufrió ataques de pánico. La madre de Jimmy lo encontró después de que atentara contra su vida. Los hombres me hablaron de TOC, ansiedad, agorafobia y TEPT. El aumento de muertes relacionadas con el alcohol, las recaídas en las drogas y el síndrome de ansiedad Covid están bien documentados.

Lockdown files

Estos son sólo algunos ejemplos de las víctimas ocultas de la pandemia que encontré mientras investigaba mi libro Un estado de miedo. Sus historias revelan el coste humano del uso por parte del Gobierno de la propaganda, la psicología conductual y la militarización del miedo durante la pandemia, expuestas de forma concluyente en los Lockdown Files de The Telegraph. Sin embargo, todavía hay quien decide no verlo.

A nadie le gusta creer que puede ser manipulado, y mucho menos que ha sido manipulado. Es más fácil creer que eran necesarias medidas no demostradas (y a veces inútiles) como llevar máscaras, pararse sobre puntos espaciados y quedarse en casa durante meses, que admitir haber sido estafado por unos niveles de miedo desproporcionados.

La disonancia cognitiva se produce cuando nos encontramos con información que contradice nuestra percepción del mundo y no encaja con nuestra idea de la realidad”, explica el psicólogo Patrick Fagan. Las investigaciones demuestran que la actividad cerebral se dispara cuando se nos presenta algo que no tiene sentido y no encaja con nuestras expectativas. Modificar la idea de la realidad es doloroso y difícil. La mente sólo te deja ver lo que cree que puedes soportar. Es muy traumático darse cuenta de que te mintieron personas en las que confiabas e hicieron cosas perjudiciales. Así que adoptas mecanismos psicológicos de defensa, como la negación, la minimización, la racionalización y la proyección”.

“Proyecto miedo”

Desde que se publicaron los mensajes de WhatsApp de Matt Hancock la semana pasada, hemos visto cómo se han puesto en marcha algunos de estos mecanismos de defensa. Algunas personas niegan rotundamente la autenticidad de los mensajes, otras afirman que han sido “seleccionados” para crear una narrativa parcial. La gente racionaliza que la gravedad de la situación justifica la intención de Hancock de “asustarnos”.

Creen que el “Proyecto Miedo” formaba parte de una noble mentira por el bien común. (Aunque eso ignora lo que los mensajes también revelaron sobre la comprensión temprana de la estratificación del riesgo por edad y comorbilidad. Nunca tuvimos todos el mismo riesgo). Los periodistas se han vuelto contra Isabel Oakeshott y han hecho de ella la historia, en lugar de interrogar el contenido de los mensajes de WhatsApp – hace más fácil ignorar su fracaso a la hora de hacer las preguntas correctas en su momento.

Esta disonancia cognitiva fue, irónicamente, en parte una consecuencia ex post facto del propio encierro. Un estudio descubrió que la gente juzgaba el riesgo de Covid basándose en el hecho de que el Gobierno impusiera restricciones; en otras palabras, pensaban que debía ser realmente malo que el Gobierno hiciera algo tan drástico.

La pandemia como herramienta del poder

Lo que significa que ahora la gente simplemente no puede creer las pruebas que tiene delante de sus propios ojos. Me han preguntado muchas veces, ‘¿pero por qué iba el gobierno a asustarnos deliberadamente?’. La respuesta es sencilla: nos asustaron para obligarnos a cumplir el encierro. Todo empezó con las infames actas del SPI-B, en las que se afirmaba que “es necesario aumentar el nivel percibido de amenaza personal entre quienes son complacientes utilizando mensajes emocionales contundentes”. Esa fue la prueba A en la hipótesis de Un Estado de Miedo, que estableció una batería de armas desde estadísticas distorsionadas, multas exorbitantes, “codazos” y anuncios engañosos en la televisión nacional para controlar a la población durante la pandemia.

Las acusaciones más contundentes no provenían de mí, sino de personas con información privilegiada que rompieron su tapadera para compartir sus profundos recelos. Un científico del SPI-B advirtió del creciente autoritarismo en el gobierno: “la gente utiliza la pandemia para hacerse con el poder y llevar a cabo cosas que de otro modo no ocurrirían… Tenemos que tener mucho cuidado con el autoritarismo que se está introduciendo”.

Otro científico del SPI-B admitió su preocupación por el hecho de que “hemos permitido que nos gobiernen de esta manera… Está en el nombre de la unidad en la que estoy, es un comportamiento. Se podría llamar a la psicología ‘control mental’. Eso es lo que hacemos… Está claro que intentamos hacerlo de forma positiva, pero en el pasado se ha utilizado de forma nefasta. La psicología se ha utilizado con fines perversos. No quiero entrar demasiado en esto porque es distópico y es lo que me despierta a las 3 de la mañana”.

Una campaña para asustar al público

Otro describió la psicología como un “arma”. Sin una vacuna, la psicología es tu principal arma… La psicología ha tenido una epidemia realmente buena”. Cuando los psicólogos que asesoran al Gobierno describen lo que están haciendo como “totalitario” y “distópico”, deberías prestar atención.

En un artículo de mea culpa publicado en UnHerd, el fundador de Nudge Unit, Simon Ruda, también lamentó el uso del miedo, e incluso Rishi Sunak declaró a The Spectator que lamenta el “mensaje del miedo”.

Y ahora, gracias a The Telegraph lo tenemos en las propias palabras de Matt Hancock: quería “asustar a todo el mundo” con la “nueva variante” que quería “desplegar”. En aquel momento, a algunos de nosotros no se nos pasó por alto que las variantes podían utilizarse para volver a infundir miedo. En mi libro advertí sobre las “variantes”. El profesor Hugh Pennington, de la Universidad de Aberdeen, acusó al Gobierno, en un artículo publicado en el Express en enero de 2021, de llevar a cabo una “campaña de propaganda” para asustar al público lo suficiente como para que siguiera las medidas de confinamiento. Es muy frustrante. En el fondo de mi corazón creo que hay una campaña de propaganda para asustar al público”.

Estado policial

Varios científicos pidieron calma, reiteraron que los virus mutan y que aún no había pruebas de que esta variante en particular fuera más transmisible o mortal. Sin embargo, el Gobierno dio un giro de 180 grados el 16 de diciembre de 2020 y cambió las reglas. La variante Kent parece haber proporcionado una justificación psicológica para las acciones que el Gobierno quería tomar de todos modos. Las variantes del virus suelen ser más infecciosas y menos peligrosas. Fue engañoso en extremo utilizar nuevas “variantes” para hacer que la gente se atrincherara más en casa.

Además de las variantes, es obvio que el Gobierno quería utilizar toda la fuerza de la ley y de la policía para asustar a la gente y hacerla obedecer. Los Lockdown Files han revelado que Hancock dijo a otros ministros que “se pusieran duros” con la policía. En lugar de oponerse a esta aparente interferencia operativa, la policía parece haberla tomado esto y le dio curso. Las protestas por los confinamientos fueron vigiladas con bastante brutalidad. Me amenazaron con detenerme cuando cubría una protesta, y un agente demasiado entusiasta y agresivo me quitó el carné de prensa y me pidió mi “contraseña” para la Asociación de la Prensa. Se imponían multas por sentarse en los bancos de un parque o dar un paseo con un amigo, que podían ascender a 10.000 libras. Era una locura autoritaria que dañará aún más la confianza en la policía de este país.

Las mascarillas como uniforme del miedo

Las comunicaciones privadas también confirman lo que ya he revelado: las mascarillas pretendían ser una señal, un signo visible de peligro. Los expertos nos dijeron desde el principio que no necesitábamos máscaras. Luego se impusieron las mascarillas a pesar de que no había nuevas pruebas. La revisión Cochrane de referencia, que concluyó que “el uso de mascarillas en la comunidad probablemente apenas influye en el resultado de las enfermedades similares a la gripe”, es el último clavo en el ataúd.

Nunca fue proporcionado ni ético asustar a la gente para obligarla a seguir las normas. He pedido muchas veces que el Gobierno investigue su propio uso de la psicología conductual y que se consulte al público. No existe ningún consentimiento público para la manipulación subliminal.

Sobre todo, no creo que nada de esto fuera ni de lejos necesario. La gente modificó su comportamiento por su cuenta antes de los cierres porque, de todos modos, las pandemias dan miedo. Las infecciones disminuyeron antes de los confinamientos. El primer consejo, que Covid no era una amenaza para la mayoría, debería haberse mantenido en lugar de exagerar el riesgo.

Esta semana me preguntan si me siento reivindicado por los Lockdown Files. No hay satisfacción en tener razón. Estos políticos y funcionarios se rieron de encerrar a la gente en cajas de zapatos en cuarentena. Decidieron despreocupadamente no reabrir las escuelas. Querían que la policía “se pusiera pesada”. No podían ver los inconvenientes de pedir a los alumnos que llevaran máscaras en las escuelas. Engañaron deliberadamente al país sobre los peligros de las variantes. Se creían con el derecho divino de asustar, avergonzar y culpabilizar a la gente para que hiciera lo que ellos querían. Y no tenían ni idea de lo que habían hecho a Sanobar, Jane, Susan, Rosie, Jimmy y todos los demás.

Sobre el sesgo de la BBC y el zeitgeist anticapitalista

Kristian Niemietz. Este artículo fue publicado originalmente en el IEA.

Cuando tenía unos 18 años, ocasionalmente escribía artículos para la revista del colegio. Recuerdo una reunión editorial en la que dije que estaba trabajando en un artículo, pero que necesitaba una información que no podía encontrar. Uno de los miembros del equipo, que era un friki de la informática, me sugirió que buscara en Internet. Recuerdo que le contesté: “¿Internet… qué?”.

A finales de los 90, todavía era posible desconocer la existencia de internet. En el Reino Unido (yo vivía entonces en Alemania, pero las cifras son más o menos las mismas), sólo uno de cada ocho hogares tenía acceso a Internet en 1998. A partir de entonces, sin embargo, el número de usuarios se disparó. Aumentaron a uno de cada cinco en 1999, uno de cada cuatro en 2000, uno de cada tres en 2001, uno de cada dos en 2002 y dos de cada tres en 2003. En 2016, sin embargo, parecen haber tocado techo, acercándose a la marca del 95%, pero sin llegar a superarla.

Exclusión digital

En este contexto, la BBC publicó recientemente un artículo sobre lo que denomina “exclusión digital”, que describe la difícil situación de las familias sin acceso regular a Internet. Aunque casi con toda seguridad no fue su intención, el artículo, y las respuestas al mismo, son una buena ilustración de cómo funciona el sesgo de la BBC, y de cómo nuestro zeitgeist anticapitalista se perpetúa a sí mismo.

No es que no esté de acuerdo con el artículo. No quiero restar importancia al problema de la exclusión digital, ni dar a entender que es un problema inventado, sólo porque sea un fenómeno relativamente reciente. Hay un mundo de diferencia entre no tener acceso a Internet en 1998 y no tenerlo en 2023. Mi yo de 18 años no estaba limitado de ninguna manera significativa por el hecho de no tener acceso a Internet, porque vivía en una sociedad en la que el acceso a Internet era un extra opcional agradable de tener, no un requisito.

¿Pobreza?

Casi todo lo que se podía hacer online en 1998 también se podía hacer offline, aunque de forma más lenta e incómoda. Pero desde entonces, muchas actividades sociales y económicas han pasado a realizarse totalmente en línea, o surgieron en línea en primer lugar. Esas actividades no tienen un equivalente directo fuera de línea. Si no se pueden realizar en línea, no se pueden realizar en absoluto.

Es un ejemplo de cómo los bienes de lujo pueden convertirse con el tiempo en bienes esenciales, un fenómeno que describí en mi libro de 2011 A new understanding of poverty:

La pobreza es específica del contexto […] porque la definición de necesidades es específica del contexto. No hay nada inherente a un teléfono o un frigorífico que haga de estos bienes ‘necesidades’ o ‘lujos’. Son necesidades en algunos lugares, pero no en otros, dependiendo de […] las convenciones sociales imperantes en una época y un lugar determinados. Estos bienes no eran necesarios en los años veinte, pero lo son hoy. A medida que las sociedades se vuelven más ricas, las normas y expectativas sociales se vuelven más exigentes y la participación social se vuelve más costosa.

A new understanding of poverty

Así que estoy de acuerdo en que en 2023 el acceso a Internet constituye una necesidad, y su carencia involuntaria una forma de pobreza, aunque hubiera sido ridículo sugerir lo mismo en 1998.

Exclusión o privilegio, una cuestión de perspectiva

Y sin embargo, en lugar de centrarse exclusivamente en los aspectos negativos, ¿le habría hecho daño a la BBC incluir también un párrafo en el que se reconocieran los fenomenales y rápidos avances que se han producido en el campo de las tecnologías de la información y la comunicación? ¿No es increíble que ahora consideremos “básico” algo que yo ni siquiera sabía que existía cuando tenía 18 años? Que a lo largo de mi vida adulta hayamos pasado de “¿El inter-qué?” a “¿Cómo podemos aumentar la cobertura de Internet del 95% al 100%?”.

No se trata simplemente de una cuestión de equilibrio. Es una parte esencial del fenómeno que la BBC intenta describir. Si hoy pensamos que el acceso a Internet es una necesidad, sólo lo hacemos porque el acceso se ha extendido muy rápidamente. Si hubiéramos seguido en la senda de crecimiento anterior a 1998, nadie hablaría hoy de “exclusión digital”. Es mucho más probable que describiéramos a los internautas como beneficiarios de un “privilegio digital”.

“Banda ancha popular”

¿Pretendía el autor del reportaje de la BBC fomentar el resentimiento anticapitalista? En absoluto. La palabra “capitalismo” ni siquiera aparece ahí. Se limita a describir un problema y a citar a varias personas entendidas en la materia. Pero, por supuesto, casi todos los que compartieron la historia en Twitter la interpretaron como una tardía reivindicación del corbynismo, haciendo referencia a las propuestas de Corbyn sobre la “banda ancha popular” de las últimas elecciones generales.

Eso no es culpa de la BBC. El usuario medio de Twitter lo ve todo como una reivindicación del corbynismo, y no hay nada que la BBC, ni nadie, pueda hacer para impedirlo. Pero, como mínimo, es mucho más fácil darle un giro “corbynista” a la historia que interpretarla como yo lo he hecho. La historia no es, en sí misma, anticapitalista o corbynista.

¿Es el anticapitalismo una creación del capitalismo?

Pero, en consonancia con el espíritu de la época, da por sentados los logros del capitalismo, tratándolos como algo obvio y no como algo que necesita explicación. Luego se centra implacablemente en los defectos. Es el equivalente de la crítica gruñona de TripAdvisor, que da por sentada una comida excelente, una gran selección de vinos y unos precios razonables, para luego quejarse de los inconvenientes difíciles de evitar, como la lentitud del servicio en horas punta.

Los anticapitalistas afirman que el zeitgeist anticapitalista no es más que una respuesta lógica a los fallos objetivos del capitalismo. Si el capitalismo funcionara, afirman, nadie estaría en su contra.

Sentencia de muerte en el bolsillo

Nada más lejos de la realidad. El capitalismo no puede ganar si nos negamos a reconocer ninguno de sus logros, pretendiendo que el progreso simplemente cae del cielo, pero luego nos obsesionamos implacablemente con sus defectos. Fue Joseph Schumpeter quien dijo hace 80 años que “el capitalismo se somete a juicio ante jueces que tienen la sentencia de muerte en el bolsillo.

Van a dictarla, sea cual sea la defensa que escuchen”. Schumpeter no habría entendido la palabra “digital” (salvo quizá en el sentido de “algo relacionado con los dígitos”), y mucho menos “exclusión digital”. Pero ni el anticapitalismo blando e implícito de la BBC ni el anticapitalismo duro y explícito de Twitter le habrían sorprendido lo más mínimo.

¿Existen antinomias entre el Capitalismo y el Amor?

La cuestión de la defensa del Capitalismo se ha abordado desde muchas perspectivas. Pero la que aquí propongo es una enfocada al ámbito cultural, y por extensión, al farragoso tema del amor. El objetivo es dar una vuelta de tuerca a lo que los antagonistas del modelo productivo le atribuyen: atomismo social, egoísmo, interés, lucro, etc.

El matrimonio antes del capitalismo…

Se le atribuye al Capitalismo hacer despertar en las personas el egoísmo más atroz que pueda uno imaginarse. De ahí se deduce que acabe repercutiendo negativamente en las relaciones de pareja. Por una suerte de maldad intrínseca al sistema, tanto hombres como mujeres buscan el interés personal, por encima del altruismo que algunos idealistas creen connatural a eso que llamamos “amor”.

Esto es de lo más paradójico que pueden plantear los detractores del sistema. Leyendo a Lipovetsky, uno se da cuenta de que, hasta bien entrado el s.XIX, todos los matrimonios eran por conveniencia o, dicho de otra forma, representaban la norma general en cualquier parte del globo. Normalmente, se desarrollaba bajo la tutela de los padres y, ni el consentimiento, ni mucho menos el amor, tenían cabida. Huelga decir que el mundo interior de los amantes, la atracción física o la belleza, tampoco eran relevantes. Según Lipovetsky, bajo el Antiguo Régimen, la mayoría era de la cuerda de Montaigne “que un buen matrimonio, si es que existe, rechaza la compañía y las condiciones del amor” (Lipovetsky, 2020, pág. 59).

… y después de su llegada

A saber, antes de la consolidación del Capitalismo[1] con la I Revolución Industrial (circa mitad del s.XVIII), el matrimonio se basaba en el cálculo económico, el interés financiero, la preservación del patrimonio y de la posición social. Quienes culpan al modelo productivo deberían mirar hacia países en los que no existen sistemas de mercado, en donde la revolución que supuso el liberalismo político del s.XVII y s.XVIII nunca llegó a desarrollarse.

Siguiendo los datos de Jeni Klugman y su equipo [2], es fácil darse cuenta de que, precisamente, allí donde imperan regímenes contrarios a los principios fundamentales que han vertebrado a Occidente y en los que, evidentemente, no existe tal cosa como “economía de mercado” es donde hay una prevalencia mayor (abismal) de matrimonios forzosos con niñas (véase Figura 1), por poner un ejemplo.

Capitalismo y tolerancia

Así, en las zonas en las que no rige el principio de libertad de elección es donde se dan los peores casos de abusos que uno puede llegarse a imaginar. En estos países (y en Occidente hace dos siglos), al obligarse a tomar como esposa a quien imponía la familia, comunidad, reino o dinastía, la belleza pasaba a ser superflua, se eliminaba la libertad de escoger y se permitía una repartición igualitaria del matrimonio.

Literalmente, hubo restricciones a la competencia entre individuos, a la libre cooperación, al interés personal (supeditado a los designios de terceros), a lo que Lipovetsky llama “la regulación social de la belleza”. Esto producía una equivalencia entre hombres y mujeres que garantizaba la igualdad de resultados. En el fondo se trataba de combatir la belleza desigual, la lotería genética es caprichosa, así como las tendencias en los cánones de belleza; lo que hoy puede parecernos poco agraciado, antaño, quizás, era sinónimo de lindeza, y viceversa.

Literalmente, hubo restricciones a la competencia entre individuos, a la libre cooperación, al interés personal (supeditado a los designios de terceros), a lo que Lipovetsky llama “la regulación social de la belleza”. Esto producía una equivalencia entre hombres y mujeres que garantizaba la igualdad de resultados. En el fondo se trataba de combatir la belleza desigual, la lotería genética es caprichosa, así como las tendencias en los cánones de belleza; lo que hoy puede parecernos poco agraciado, antaño, quizás, era sinónimo de lindeza, y viceversa.

En cierto sentido, la domesticación de la belleza por medio de la alianza objetiva permitía a los menos agraciados evitar vivir sin pareja sexual (requisito sine qua non para la reproducción). Aun así, siempre ha habido todo tipo de rituales para mejorar la atracción sexual (cosa que parece contradictoria al limitar la oferta y la competencia entre individuos). Esta libertad se extrapola incluso hacia los diferentes tipos de matrimonios que se dan entre personas del mismo sexo, sorprendentemente (nótese el tono irónico), allí donde el Capitalismo triunfó es donde ha nacido la tolerancia respecto a la diversidad sexual.

Capitalismo y emancipación

Es lugar común escuchar que el modelo perpetúa una suerte de patriarcado que oprime sistemáticamente a las mujeres, esto daría para un artículo, libro o tesis doctoral aparte, pero de soslayo hay que señalarles a quienes sostienen dicha premisa que, precisamente, donde ha surgido la economía de mercado es donde han aparecido los movimientos emancipadores que, en origen, buscaban la isonomía entre sexos, es decir, la igualdad ante la ley. Otrora del advenimiento de la sociedad de mercado, a las mujeres se les confiscaba el poder de rechazar la relación sexual. Esta decisión venía decidida por individuos ajenos a las mismas.

Las primeras voces críticas con el matrimonio basado en el interés familiar o grupal datan de la segunda mitad del s.XVIII y se fundamentaban en el rechazo a la libre elección de los cónyuges. Fue precisamente la sociedad burguesa, esto es, la élite social, la que elogió a lo largo del s.XIX el matrimonio por inclinación, en contraposición al matrimonio por conveniencia.

La privatización del matrimonio

Este largo proceso histórico culmina con la Gran Guerra, en la cual, los matrimonios por mero interés de terceros empezaron a considerarse vergonzantes y tenderían, ulteriormente, a esconder su naturaleza. Tanto es así que lo que se empezó a considerar como relevante era encontrar, por uno mismo, sin intervención de un deus ex machina, a tu cónyuge. Este contexto es relativamente nuevo: la unión de dos personas por atracción genuina. Curiosamente, también se ha dado en los lugares donde se ha consolidado la economía de mercado. Correlación no implica causalidad, pero tampoco casualidad.

Por ende, la unión solía ser una cuestión de grupo-social, a partir de la consolidación de la libertad de elección, pasó a ser un asunto privado. La seducción se convirtió en un imperativo subjetivo para unirse, no así la objetividad (y el economicismo) que caracterizaban a todo lo precedente. La regulación exterior empezó a estar mal vista. De ahí que, el matrimonio forzado, a ojos de un occidental, sea sinónimo de barbarie. Representa una antinomia que no puede aceptarse en una sociedad individualista y humanista.

Banalización

No obstante, no debe deducirse que todo lo que envuelve a los cambios en materia sexual sean positivos en su conjunto y que no existan externalidades negativas que bien merecen ser atendidas con la debida diligencia. Por ejemplo, en los últimos 20 años, con la consolidación de Internet en la mayoría de los hogares del mundo, se ha producido una sobreestimulación y banalización del sexo. En un solo clic, un hombre y una mujer pueden tener acceso visual a millones de cuerpos desnudos, pornografía y en algunas aplicaciones, incluso conocer a potenciales partners sexuales. No hay precedente alguno a esto y pensar que no tendrá consecuencias es un planteamiento naive. Todo ello ha facilitado algo que durante milenios tenía un aura de privacidad, que estaba altamente regulado por el colectivo y que incorporaba toda una serie de rituales de apareamiento.

En la actualidad, todo está abierto, casi nada está prohibido[3], se puede dar rienda suelta a cualquier tipo de fetichismos sin demasiado estigma social. Esto es fruto de la desregularización en este ámbito. Por un lado, es encomiable que hoy las parejas elijan libremente a sus potenciales compañeros de vida, haciéndose cargo del peso de esa libertad, que, siempre, en todo lugar y en todo momento, va asociada a la responsabilidad individual. Desde luego que, viendo la tasa de divorcios en España (7/10 matrimonios acaban en ruptura[4]) y en la mayoría de los países occidentales, es fácil darse cuenta de que el paradigma implica riesgos y la asunción de costes considerables, pero, como decía Hayek, hay que ser dogmáticos en la defensa del valor supremo que debe regir la vida de los individuos: la libertad. Y esto lo afirmo con una congoja superlativa viendo cómo están las cosas.

¿Cuál es la alternativa?

Sea como fuere, las contradicciones culturales del Capitalismo, planteadas de forma brillante por Daniel Bell, se muestran más fieras que nunca, vivimos en la modernidad líquida, en el arquetipo del amor de usar y tirar[5], hipertrófico y banalizado. Pero, por más problemas que le veamos a las externalidades del modelo económico en materia de amor, vivimos en el mejor momento de la Historia humana. La época del flirteo, fenómeno datado en el s.XIX en los países anglosajones, es indisociable de la libertad de palabra, de la libertad de apariencia, movimiento, gesto y relación.

Si bien es cierto que todos estos fenómenos modifican la moral tradicional, otorgan una libertad que, ninguna mente, por muy anticapitalista que sea, es capaz de repudiar, ¿cuál es la alternativa?, ¿que el Politburó decida con quién vas a pasar el resto de tu vida?, ¿que tu familia decida quién es el mejor candidato para formalizar un matrimonio?, ¿o que tu religión te encadene a alguien per saecula saeculorum?, ni los más liberticidas gozarían, a día de hoy, oponerse a la libertad de elección. Entonces, presuponiendo que hay alguna moraleja en el artículo, esta sería que: si bien el sistema económico determina cómo nos relacionamos, el egoísmo y la hipergamia no es fruto de este, sino que ha sido un axioma indisociable da che mondo è mondo.

Bibliografía

Lipovetsky, G. (2020). Gustar y emocionar. Ensayo sobre la sociedad de seducción. Barcelona: Anagrama.

[1] Siempre es problemático establecer una fecha para su nacimiento.

[2] https://www.worldbank.org/en/topic/gender/publication/voice-and-agency-empowering-women-and-girls-for-shared-prosperity.

[3] Estoy pensando en la pedofilia, que afortunadamente conlleva repercusiones legales nada desdeñables, aunque algunos intelectuales del “Mayo francés” la vieran como una opción sexual más.

[4] El panorama no es muy halagüeño, consultando la serie de datos que el INE pone a nuestra disposición desde el 2009, el peor año fue 2012 con un total de 110.764 divorcios, nulidades y separaciones; https://www.ine.es/dyngs/INEbase/es/operacion.htm?c=estadistica_C&cid=1254736176798&menu=ultiDatos&idp=1254735573206.

[5] Ver: https://diario16.com/amor-de-usar-y-tirar-2/.

El lenguaje económico (XXV): Publicidad (I)

Publicidad es el conjunto planificado y organizado de acciones comunicativas cuya finalidad es influir en la percepción y la conducta del público objetivo. Un primer propósito de la publicidad es proyectar una imagen positiva o favorable. Corporaciones públicas y privadas, e incluso individuos, dedican recursos a la publicidad corporativa.

Los gobiernos, en particular, gastan enormes sumas en publicidad «institucional» (propaganda) para justificar su existencia: «Soy del Gobierno y aquí estoy para ayudar», decía irónicamente Ronald Reagan. Un segundo propósito es comercial: aumentar las ventas de productos y servicios; y aquí es donde observamos injustas acusaciones a través de eslóganes y lemas. La publicidad es persuasiva: se dirige a las emociones, afectos e intereses; pero también apela al intelecto cuando presenta información objetiva: características, ventajas, precios, etc.

La publicidad crea necesidades

Un primer error consiste en pensar que los anuncios pueden crear necesidades ex novo: desear algo que antes no deseábamos. Todo producto o servicio novedoso siempre satisface necesidades preexistentes, sólo que de forma más atractiva o útil para el consumidor. Por ejemplo, el «entretenimiento» es una necesidad (o deseo)[1] humana que podemos satisfacer leyendo un libro, haciendo un crucigrama, escuchando música o navegando distraídamente por Internet. La «comunicación» es otra necesidad humana que puede satisfacerse con diferentes tecnologías: correo postal, teléfono, fax, correo electrónico, Whatsapp, redes sociales, etc.

La publicidad fomenta el consumismo

Según la (R.A.E.) consumismo es la «tendencia inmoderada a adquirir, gastar o consumir bienes, no siempre necesarios». Aquí, cabría preguntarse: ¿cómo diferenciar entre consumo moderado e inmoderado? y ¿cómo diferenciar entre bien necesario e innecesario? Estamos ante cuestiones psicológicas, cuya respuesta está en la insondable mente de cada individuo.

Para nosotros «consumismo» es la arbitraria y moralizante acusación de que alguien consume algo en demasía. ¿Y cuánto es demasiado? No hay forma objetiva de saberlo. Consumismo podría ser: poseer más de 1 vehículo, más de 20 pares de zapatos, viajar más de 3 veces al año, fumar más de 20 cigarrillos al día, etc. Todas estas afirmaciones, al igual que las tocantes al «subconsumo» son juicios de valor carentes de interés para la ciencia económica. La respuesta del economista es: cada persona determina en cada momento el dinero dedicado a gasto, ahorro o inversión, y cualquier proporción elegida es aquella que le proporciona una mayor utilidad.

Paternalismo

Los enemigos del consumismo ven al consumidor como un ser indefenso, un alma cándida en manos de hábiles manipuladores. Las prohibiciones y restricciones legales a la publicidad —tabaco, alcohol, fármacos, apuestas— obedecen al afán paternalista de los políticos y son aplaudidas habitualmente por las masas. Ningún bien escapa a esta caza de brujas, por ejemplo, se restringe la publicidad de productos azucarados: bollería industrial, galletas, helados, zumos, etc. El ministro Garzón, refiriéndose a los menores, justifica la regulación así: «Es esencial para protegerlos del bombardeo de productos no saludables».

Recordemos aquí la lamentable afirmación de la ministra Isabel Celaá: «No podemos pensar de ninguna de las maneras que los hijos pertenecen a los padres». «Es falso que la propaganda comercial somete a los consumidores a la voluntad de los anunciantes» (Mises, 2011: 389). La publicidad solo compensa «si la calidad del artículo es tal que no induce al adquirente a dejar de comprarlo en cuanto lo prueba» (Mises, 2011: 388). El consumidor ex ante tiene abundante información (i.e. reseñas en Internet) para tomar una decisión, y lo más importante: ex post puede comprobar por sí mismo la veracidad de un anuncio.

Publicidad ideológica

Tras la acusación de consumismo, con frecuencia, subyacen aviesas ideologías: ecologismo, igualitarismo, anticapitalismo, etc. Tal es su fuerza que encontramos publicidad para consumir menos. La empresa Levi Strauss & Co. mantiene la campaña «Compra mejor, úsalo más» cuya finalidad es reducir el consumo de ropa y contribuir a la sostenibilidad del planeta. Por supuesto, Levi´s no pretende reducir sus ventas, sino atraer a nuevos clientes preocupados por el cambio climático para que elijan sus prendas más duraderas.

Pero la publicidad ideológica es sumamente arriesgada. Gillette, en 2019, lanzó un polémico anuncio de 100 segundos donde aparecían hombres malos y buenos. Los primeros representaban la «masculinidad tóxica»: matones de patio de colegio, acosadores sexuales, etc. El eslogan del anuncio «El mejor hombre que podría ser» refleja bien su cariz moralizante: los hombres «deberían» comportarse mejor y ser menos machistas. Todo un despropósito que ocasionó el boicot de la marca. El intento de ganar clientes alineándose con el feminismo —movimiento #MeToo— supuso a Gillette, solo en el segundo trimestre de 2019, pérdidas de 5.240 millones de dólares.

«Si el producto es gratis, el producto eres tú».

Otra acusación frecuente es que la publicidad cosifica a la persona. La crítica al producto «gratis», sin embargo, no va dirigida a determinados negocios —TV en abierto, radio— que proporcionan contenidos gratuitos y se financian con anuncios. La ira se dirige a empresas tecnológicas —Google, Facebook, Twitter, YouTube— que utilizan datos de los usuarios para fines comerciales.

Se dice, por ejemplo: «En internet pagas con algo mucho mas valioso que tu dinero, tu privacidad». La preferencia revelada por los consumidores nos indica lo contrario: la mayoría valora más el dinero (no pagado) que los posibles inconvenientes derivados del uso de sus datos. En cualquier caso, quienes deseen preservar su intimidad siempre pueden abstenerse de utilizar los servicios gratuitos que ofrece la Red. Paradójicamente, quienes ven oscuras intenciones en las empresas que ofrecen bienes gratuitos, aplauden el «todo gratis» del confiscatorio e inmoral sector público.

Bibliografía

Ley 34/1988, de 11 de noviembre, General de Publicidad.

Mises, L. (2011). La acción humana. Madrid: Unión Editorial.


[1] La distinción entre necesidad y deseo no es nítida y para nuestros fines no es relevante.

Serie ‘El lenguaje económico’

(XXIV) El juego

(XXIII) Los fenómenos naturales

(XXII) El turismo

(XXI) Sobre el consumo local

(XX) Sobre el poder

(XIX) El principio de Peter

(XVIII) Economía doméstica

(XVII) Producción

(XVI) Inflación

(XV) Empleo y desempleo

(XIV) Nacionalismo

(XIII) Política

(XII) Riqueza y pobreza

(XI) El comercio

(X) Capitalismo

(IX) Fiscalidad

(VIII) Sobre lo público

(VII) La falacia de la inversión pública

(VI) La sanidad

(V) La biología

(IV) La física

(III) La retórica bélica

(II) Las matemáticas

La formación del “pilar obrero” y la creación de la clase obrera

Durante el periodo del capitalismo del “lassaize faire” hubo dos procesos sociales originalmente distintos en lo que respecta a los trabajadores: la formación del “pilar obrero” y la creación de la clase obrera.

No es nueva la idea que distingue la formación de instituciones obreras orgánicas y de la clase obrera como dos procesos distintos. Ya en 1943 (p. 153-154) Joseph Schumpeter observó que los sindicatos con prácticas burguesas son una consecuencia evolutiva natural del capitalismo. Y eran los intelectuales quienes suministraron las teorías de la guerra de clases, y al hacerlo cambiaron el significado del movimiento obrero impartiéndole un sesgo revolucionario.

La (falsa) idea del antagonismo de clases

Mucho antes que Schumpeter, Lenin opinaba que los trabajadores no eran, ni podían ser, conscientes del antagonismo irreconciliable de sus intereses con el sistema capitalista y que, por su propio esfuerzo, sólo podían desarrollar la conciencia sindical. Por eso, la doctrina teórica de la socialdemocracia (socialismo- AT) surgió de forma totalmente independiente de los movimientos obreros orgánicos.

La idea de lucha de clase surgió como resultado del desarrollo del pensamiento entre las intelectuales de clase media y alta (1902, 17-18). Marx también era consciente del hecho de que los trabajadores no forman automáticamente una clase por sí mismos (Marx y Engels 1848, 493, Marx 1867. Cap. 25). Marx era plenamente consciente de la necesidad de movimientos políticos socialistas y de propaganda para crear y aumentar la conciencia de clase de los trabajadores, unirlos y prepararlos para la revolución.

Formación del pilar obrero

Esta nueva serie de artículos argumenta que primero se formó un “pilar obrero” orgánico durante los siglos XVIII-XIX en los países europeos. Este pilar se formó y constituyó principalmente de trabajadores cualificados y sus familias en las grandes ciudades industriales. El pilar obrero se consolidó mediante el desarrollo de una red orgánica de instituciones entrelazadas y por la estabilización de las tradiciones culturales obreras. A este desarrollo orgánico de la institucionalización lo denomino “formación del pilar obrero“.

Tomo prestado el término “pilar” de su uso en los Países Bajos, donde, en su contexto original “formación del pilar” describía cómo la sociedad holandesa fue capaz de garantizar una coexistencia pacífica entre dos comunidades religiosas diferentes: los católicos y los protestantes. En un sentido más amplio, hizo posible un orden social y un Estado pluralista. De este modo, los holandeses pudieron evitar el resurgimiento de guerras santas interreligiosas o, en todo caso, situaciones similares a una guerra civil.

El primer éxito del marxismo

 Postulo que la “pilarización” fue la formación institucional original y orgánica de los obreros. Esta formación se interrelacionó y entrelazó con el proceso de “creación de la clase obrera” durante la segunda mitad del siglo XIX como resultado de la difusión del marxismo entre los activistas clave del pilar obrero. Los activistas marxistas transformaron el pilar obrero de una clase trabajadora.

De hecho, la razón del éxito del marxismo fue que el pilar obrero proporcionó una base sólida sobre la que se construyó el proyecto marxista de formación de la clase obrera. Así pues, el primer éxito del marxismo, y probablemente el más impactante, fue el establecimiento del control político sobre el pilar obrero.

Esta transición primero ocurrió en Alemania, donde el partido socialdemócrata marxista estableció un control casi total sobre los sindicatos en el último cuarto del siglo XIX (Katznelson, 1986). 

A pesar de entrelazarse, ambos procesos tuvieron repercusiones sociales y políticas opuestas, que se analizarán en esta serie de artículos.

1. Las diferencias entre el pilar societal y el concepto marxista de clase

1.1 Pilarización

La segmentación por pilares surgió y se desarrolló en la sociedad neerlandesa (Slomp 2011). El origen de la pilarización es que la división protestante-católica no había sido abordada por la descentralización o el federalismo, como en Alemania o Suiza. En el siglo XIX, la minoría católica de los Países Bajos empezó a construir su propia red de organización para conseguir una mayor voz en los asuntos nacionales en un país dominantemente calvinista (Orlow 2009, 26).

El punto de partida de la pilarización en los Países Bajos se produjo en el ámbito de la educación. La cuestión educativa se convirtió en un conflicto importante y salpicó a la política nacional. Este proceso inició el marco para una amplia gama de compromisos sobre cómo proporcionar servicios sociales sobre una base comunitaria. Legitimó una preferencia por las coaliciones de base amplia, basadas en las comunidades religiosas, por la proporcionalidad y la autonomía relativa en la política y la sociedad neerlandesas. Esto condujo a la formación de pilares sociales.

Este proceso de pilarización significó que grandes segmentos de la sociedad neerlandesa habían creado para sí redes institucionales paralelas que les asistían en la vida desde la cuna hasta la tumba. Cada pilar religioso tenía fuertes vínculos personales, organizativos e ideológicos. Así, la sociedad neerlandesa se pilarizó, dividiéndose en subculturas con su propia red integrada de organizaciones pilarizadas (Otjes y Rasmussen 2017).

Las subvenciones estatales apoyaron aún más este proceso de segmentación y compromiso en torno al Estado neerlandés, que se convirtió en la fuerza unificadora y reguladora de la sociedad al disminuir el antagonismo fraccional por la vía de la integración y, al mismo tiempo, asegurar la supervivencia del orden institucional comunitario. Se crearon mecanismos de consulta periódica entre los pilares con la ayuda de organismos estatales. Este proceso se vio reforzado por el periodo de depresión de entreguerras, que desencadenó mecanismos corporativistas de cooperación entre las asociaciones patronales, los sindicatos y el Estado.

Cada pilar cubría las necesidades sociales de sus miembros con una serie de instituciones como sindicatos, sociedades de ayuda mutua, cooperativas de consumo, clubes deportivos y de ocio, a veces sus propias instituciones educativas, agencias de asistencia sanitaria, medios de comunicación impresos y redes de televisión, y otras organizaciones. Esto condujo a una coexistencia más o menos pacífica entre los grupos segmentados a través de pilares sociales apoyados por el Estado (Slomp 2011, p.278).

1.2 La formación de clases marxista

En el esquema marxista, la historia de todas las sociedades existentes es la historia de la lucha de clases. La causa de la lucha de clases es que las clases dominantes han explotado a las clases trabajadoras a lo largo de la historia de las civilizaciones humanas. La revolución burguesa no ha abolido los privilegios de las clases dominantes ni ha puesto fin a la explotación de las masas.

Al contrario, decía Marx, la opulencia de la burguesía se basa en la explotación de la clase obrera. Lo que es único en el capitalismo es que la explotación de los trabajadores por el capital está oculta y es inobservable frente al feudalismo o la sociedad esclavista. Marx pensaba que su mayor logro era el descubrimiento de este mecanismo de explotación oculto del sistema de producción capitalista. Marx con su teoría de la explotación quería demostrar que la explotación no surgía de situaciones individuales de forma ocasional y accidental, sino que resultaba de la propia lógica del sistema capitalista, inevitable e independientemente de cualquier intención individual (Schumpeter 1943, 26). 

En el Manifiesto Comunista, Marx y Engels preveían que, con el progreso del capitalismo, el trabajador se hundía cada vez más y se convertía en un pobre miserable. Opinaban que la miseria masiva, la opresión, la esclavitud asalariada, la degradación y la explotación conducirán a una revolución inevitable, que destruirá el sistema capitalista y liberará a la humanidad de la explotación y la opresión del capital.

Con este mensaje profético, Marx pretendía enfrentar a los trabajadores al capitalismo y al Estado burgués para poder llevar a cabo la revolución socialista, en lugar de impulsar su integración en el tejido social del capitalismo industrial. Así pues, el marxismo en su esencia era un programa revolucionario y profético. De hecho, aunque muchos afirman que el héroe nominal de Marx fue Prometeo (Kolakowski 1978, vol. I. 412-413), en nuestra opinión su verdadero héroe bien podría haber sido Moisés, que trajo la libertad y la redención a su pueblo elegido. De hecho, Schumpeter (1943) también caracterizó a Marx como profeta.

El propio Marx participó activamente en la I. Internacional para persuadir a otros líderes de movimientos obreras de que siguieran la línea teórica revolucionario marxista y se organizaran en partidos políticos para poder alcanzar el poder (Przeworski 1985,8., Musto 2018, 426-7). Karl Kautsky (1899, 26), el principal marxista ortodoxo alemán opinaba que “la tarea del partido obrero socialista es moldear la lucha de clases del proletariado en la forma más adecuada, e inculcarle la comprensión más clara posible de sus objetivos“.

Así, el concepto marxista no se limita a esperar el curso inevitable de los acontecimientos, sino que asigna el papel de agente a la formación de la clase obrera. El líder profético ilumina a las masas en cuanto a su verdadero interés propio, y cuando están iluminadas son capaces de organizarse y escapar de la libertad hipócrita, que en realidad es esclavitud, a la que habían estado sometidas (Engels 1844, 379, Marx 1867, 747). Marx y Engels trabajaron incansablemente para hacer de este concepto el programa político de todos los partidos y organizaciones obreras, incluidos los sindicatos, y para no buscar ningún consenso con el orden burgués, sino dirigir una lucha de clases consciente contra el capitalismo y el orden burgués.

1.3 La diferencia entre la pilarización y la formación de la clase obrera

Resumiendo, las diferencias entre la pilarización y la formación de la clase obrera, mi argumento es que la formación del pilar obrero, basada en el modelo holandés de pilarización, facilitó la integración de los obreros industriales urbanos cualificados y sus familias en la emergente sociedad capitalista y el orden político a través de la lucha sindical, los compromisos y la negociación.

La formación del pilar obrero se basó en parte en la cultura, los rituales y las prácticas de la sociedad tradicional del anterior orden feudal, y en parte desarrolló nuevas instituciones, como los sindicatos, adaptadas a las condiciones de las economías de mercado industrializadas para garantizar una estabilidad y un bienestar considerados justos por los obreros mismos. La creación de instituciones también facilitó la consolidación de una cultura y una comunidad diferenciadas que englobaban a los trabajadores cualificados y a sus familias en un “pilar”. 

El proyecto político marxista de construcción de clase, por el contrario, pretendía bloquear la integración de los trabajadores en el sistema capitalista mediante la inoculación de la conciencia de clase y un programa revolucionario. Marx vinculó su crítica teórica del sistema capitalista y de los mecanismos de explotación con un programa político que debían adoptar los partidos revolucionarios marxistas. La formación de la clase obrera en este sentido es un proceso político, durante el cual los trabajadores adquieren conciencia de clase, se unen y aprenden a actuar juntos.

El concepto marxista de clase es una categoría sociológica más amplia de lo que era el pilar obrero inicial. El concepto marxista incluía a todos los trabajadores, especialmente a los proletarios, que no están cualificados, son pobres y realizan un trabajo repetitivo como apéndice de las máquinas. Mientras que el pilar obrero, especialmente al principio de su formación, estaba compuesto por trabajadores cualificados altamente formados, casi artesanos, cuya autopercepción estaba moldeada por las tradiciones gremiales y su posición relativamente segura y acomodada dentro de la sociedad urbana.

El proceso de formación de pilares obreros precedió a la formación de la clase obrera. Sin embargo, ambos procesos se interrelacionaron fuertemente a medida que las ideas marxistas conquistaron el pilar obrero, proceso que se describirá y analizará en el próximo artículo.

(Escrito con la colaboración de Joseph B. Juhász)

Literatura

Engels, F. (1844) ‘The Condition of the Working-Class in England. From Personal Observation and Authentic Sources’, in Marx and Engels Collected Works vol. 4. 2010th edn. Electric Book: Lawrence & Wishart, pp. 295–583.

Katznelson, Ira. (1986). Working Class Formation: Constructing Cases and Comparisons. In. Katznelson and Zolberg (Eds.), Working Class Formation: Nineteenth-Century Patterns in Western Europe and United States (pp. 3-44.).

Kautsky, K. (1899) The Class Struggle. New York: Labor News Company.

Kolakowski, L. (1978) Main Currents of Marxism: Its Rise, Growth, and Dissolution. New York: Oxford University Press.

Lenin, V.I. (1902) What is to be Done? Marxists Internet Archive. https://www.marxists.org/archive/lenin/works/download/what-itd.pdf

Marx, K. (1867) ‘Capital. Vol.I.’, in Marx-Engels Collected Works. Vol. 35. 2010th edn. Electric Book: Lawrence & Wishart.

Marx, K. and Engels, F. (1848) ‘Manifesto of the Communist Party’, in Marx Engels Collected Works. Vol. 6. 2010th edn, pp. 477–519.

Musto, M. (2018) Another Marx. London and New York: Bloomsbury Academic.

Orlow, D. (2009). The lure of fascism in western Europe: German Nazis, Dutch and French fascists, 1933–1939. Basingstoke: Palgrave Macmillan.

Otjes, S. and Rasmussen, A. (2017). The Legacy of Pillarization. Trade Union Confederations and Political Parties in the Netherlands. In. Allern and Bale (Eds.), Left-of-Centre Parties and Trade Unions in the Twenty-First Century (pp. 186-205). Oxford: Oxford University Press.

Przeworski, A. (1985) Capitalism and social democracy. Cambridge: Cambridge University Press.

Schumpeter, Joseph (1943) ‘Capitalism in the postwar world’’, in Postwar Economic Problems. S.E. Harris (ed.). New York and London: McGraw-Hill Book Company.

Slomp, H. (2011). Europe. A Political Profile, An American Companion to European Politics. Vol. 1. Santa Barbara: ABC-CLIO.

Serie sobre el pilar obrero

I La formación del ‘pilar obrero’ y la creación de la clase obrera

II Integración del pilar obrero en el nuevo mundo del capitalismo industrial

La huelga de secretarios judiciales ¿rebelión de los privilegiados?

Entreverada con la ristra de demoliciones de los valladares más básicos del Estado de Derecho y otros escándalos garantizados por el gobierno actual, está quedando en un plano secundario la huelga indefinida que convocaron tres asociaciones de secretarios judiciales[1], la cual, con un ensayo previo de dos días en diciembre, se prolonga desde el pasado 24 de enero.

A pesar de las graves consecuencias que su inactividad acarrea al funcionamiento normal de los juzgados[2], no parece que este asunto despierte un gran interés. Se trata, por lo demás, de un conflicto colectivo en el ámbito de Administración de Justicia, protagonizado por un pequeño grupo de funcionarios cualificados[3] que, en principio, no granjea la simpatía de los sindicatos y los medios de comunicación dominantes al servicio de los partidos del gobierno de coalición.

La función de los secretarios judiciales

Conviene añadir que estos funcionarios estatales – dependientes orgánica y funcionalmente del Ministerio de Justicia – tradicionalmente desempeñaban la función de fedatarios públicos al servicio de los tribunales, diferentes de los jueces y otros ayudantes de la Administración de Justicia. Por resumir, la validez de la mayoría de los actos procesales requerían su presencia, lo cual les convertía en certificadores de su autenticidad y de las copias de los documentos incorporados a las actuaciones judiciales[4]. Otra de sus tareas típicas consistía en la custodia de los caudales puestos a disposición del juzgado o tribunal al que servían, si bien la gestión bancaria de las cuentas de consignación les ha ido convirtiendo en meros supervisores y encargados de ordenar pagos a los interesados.

Como un vector de las reformas legislativas en esta materia, desde la LOPJ de 1985, se les fueron atribuyendo funciones adicionales, como el “impulso procesal” y  la dirección de los ayudantes y auxiliares de los juzgados[5]. Posteriores reformas – como las aprobadas a instancia del gobierno de Aznar[6] y, más aún, la Ley Orgánica 13/2009, de 3 de noviembre, de reforma de la legislación procesal para la implantación de la nueva Oficina judicial, promovida por el gobierno de Rodríguez Zapatero – se dirigieron a interpretar en contra de la Constitución el concepto de “ejercicio de la potestad jurisdiccional” y arrinconar a los jueces y magistrados como meros productores de sentencias en los procedimientos sometidos a su conocimiento.

Independencia

En vez de crear, por ejemplo, la figura de jueces adjuntos para descargar de trabajo a los titulares y con el pretexto de agilizar el funcionamiento de los juzgados y tribunales, se fue atribuyendo a los secretarios las funciones de dirección del proceso y la ejecución de las resoluciones judiciales, a pesar de que no cuentan con un estatuto de independencia equiparable al de jueces y magistrados[7]. Otro flanco, pues, desde el que una consistente política legislativa de gobiernos de PSOE y PP ha cercenado la independencia e imparcialidad de los jueces y magistrados.

No en vano, los ayudantes en quiénes delegan tareas no responden ante el propio juez o los órganos del poder judicial, sino ante cargos políticos. La autoridad que podría ejercer el juez en el caso de desempeñar la jefatura de la oficina judicial para amparar a ayudantes independientes e imparciales queda laminada. Estructuralmente su labor queda comprometida porque deben contar con colaboradores que orgánicamente dependen del gobierno central (secretarios) o de las CC.AA (oficiales y auxiliares o gestores procesales y administrativos – al servicio de los juzgados ).

Súmese a esto que la provisión de medios materiales constituye una competencia directa del Ministerio de Justicia (para aquellos tribunales con jurisdicción en toda España) o de las consejerías de justicia de las CCAA para hacerse una idea del grado de precariedad con el que funcionaría el Poder Judicial, incluso teniendo un órgano de gobierno (el CGPJ) que no dominaran los políticos.

El contagio de la política

Durante estos años de consistentes pasos para mediatizar al máximo la independencia judicial, los conspicuos ideólogos socialistas han tendido señuelos hacia corporaciones como los secretarios judiciales. No en vano se trataba de favorecer el tránsito hacia un modelo de control del poder judicial por parte del ejecutivo sin que se notara el cuidado ante el gran público. No bastaban los halagos a los miembros de la corporación.

La sustancial ampliación de competencias que les atribuyeron las sucesivas reformas de la Ley Orgánica del Poder Judicial debía acompañarse de un paralelo incremento de las retribuciones por el desempeño de nuevas responsabilidades. De ahí que una recóndita Disposición adicional 157ª (¡!) de la Ley 11/2020, de 30 de diciembre, de Presupuestos Generales del Estado para el año 2021, negociada con sus representantes, previera una “adecuación salarial del Cuerpo de Letrados de la Administración de Justicia en relación con las nuevas funciones asumidas por este Cuerpo en las últimas reformas procesales y organizativas”.

El funcionamiento del sistema judicial

Más aun. El año pasado en desarrollo de ese compromiso, el gobierno aprobó el Real Decreto 285/2022, de 19 de abril, [8] que estableció unos aumentos progresivos por esos conceptos para los secretarios, salvaguardándolos de la inflación.

El comité de huelga emitió el pasado día 21 una nota para denunciar que la Ministra de Justicia, Pilar Llop Cuenca, se niega a mantener una reunión antes del 1 de marzo “por problemas de agenda”. De manera que el fin de la huelga se aleja más, según los convocantes.

Sin necesidad de tomar partido por las posturas funcionariales, queda la impresión de que el gobierno, inmerso en una vorágine de desmantelamiento institucional, no tiene ningún interés en que la Administración de Justicia funcione por sus cauces normales.


[1] El Colegio Nacional (CNLAJ), la Unión Progresista (UPSJ) y la Asociación Independiente (Ainlaj). Oficialmente, desde la Ley Orgánica 7/2015, de 21 de julio, de reforma de la LOPJ    (  https://www.boe.es/diario_boe/txt.php?id=BOE-A-2015-8167 ) promovida por el gobierno de Mariano Rajoy Brey, se denominan “Letrados de la Administración de Justicia”.

[2] A pesar de la aprobación de una resolución ministerial que fijó los servicios mínimos, versiones difíciles de contrastar avanzan en el último mes la suspensión de hasta 160.000 juicios y vistas en toda España, la práctica paralización del reparto de asuntos en los juzgados y tribunales y de notificación de actuaciones procesales, así como el libramiento de pagos.  

[3] Según los datos del CGPJ, en la actualidad hay unos 4.068 Letrados de la Administración de Justicia.

[4] Asimismo, cuando se usan medios técnicos de grabación o reproducción, el letrado de la administración de justicia garantiza la autenticidad de lo grabado o reproducido (Art. 146 Ley Enjuiciamiento Civil

[5] No así el régimen disciplinario administrativo de última instancia, que depende de las respectivas Consejerías de Justicia de las CC.AA

[6] Fruto, entre otros, del denominado “Pacto por la reforma de la Justicia” firmado por PP y PSOE en 2001 fue la Ley Orgánica 19/2003 de 23 de diciembre ( https://www.boe.es/buscar/doc.php?id=BOE-A-2003-23644 )

[7] La LOPJ y el Reglamento Orgánico del Cuerpo de Secretarios configuran un cuerpo de funcionarios bajo una estructura jerárquica dependiente del Ministro de Justicia. Con todos los procesos reglados para la selección y funcionamiento de la carrera que se quieran, pero el Ministro de Justicia del gobierno de turno retiene las potestades disciplinaria y decisora de la retribución de los secretarios judiciales. https://www.boe.es/buscar/act.php?id=BOE-A-2006-839

[8] https://www.boe.es/eli/es/rd/2022/04/19/285  El Real Decreto 285/2022, de 19 de abril, por el que se modifica el Real Decreto 1130/2003, de 5 de septiembre, por el que se regula el régimen retributivo del Cuerpo de Secretarios Judiciales, de acuerdo a esa Disposición 157 ª de la Ley General de Presupuestos

La guerra cultural se está convirtiendo en el Vietnam de los conservadores

Tom Jones. Este artículo fue originalmente publicado por CapX.

Siempre he pensado que la guerra cultural es el Vietnam de la derecha. Con los conservadores en el poder, se suponía que los conservadores tenían una potencia de fuego decididamente superior; sin embargo, desde que comenzó el great awokening en 2011, la guerra más que progresar, se ha estancado. Y tiene cada vez menos de lo que enorgullecerse.

De hecho, a pesar de una interminable guerra aérea de ministros de Cultura, varios columnistas del Telegraph y Mike Graham prometiendo librar “una guerra contra el woke”, cada vez está más claro que los progresistas no solo están resistiendo, sino que están ganando este conflicto de desgaste.

¿Por qué han fracasado los conservadores? El error Westmoreland

Lo que me hizo darme cuenta de esto fue una reciente visita a la Galería de Arte de Manchester, una institución ahora totalmente invadida por la ideología progresista. Salí de su lluvia de palabras de moda progresistas y obras de arte criticando a Priti Patel (y la aplicación ocasional de las fronteras británicas). Me preguntaba cómo, desde 2010, los sucesivos gobiernos conservadores han fracasado tan rotundamente a la hora de evitar una toma de control de la vida pública por parte de la izquierda.

La respuesta es que, al igual que William Westmoreland, el general que perdió Vietnam, los conservadores han estado “luchando en un conflicto para el que [están] no sólo intelectualmente mal preparados, sino que por experiencia no están preparados”. Westmoreland fracasó porque no entendía la guerra que estaba librando. Su liderazgo nunca cambió la situación allí donde importaba; en las aldeas y pueblos de Vietnam del Sur, donde la infraestructura encubierta del Viet Cong quedó libre para ejercer el control mediante la coerción y el terror.

El campo de batalla son las instituciones

El campo de batalla de la guerra cultural no son las aldeas ni los pueblos, sino las instituciones. La Galería de Arte de Manchester no es un caso aislado. Como escribe Matt Goodwin, “las instituciones políticas, culturales y de los medios de comunicación han sido tomadas por una minoría de graduados de élite que tienden a compartir los mismos antecedentes, fueron a las mismas escuelas, a las mismas universidades, comparten los mismos valores”. Esos valores son, en gran medida, progresistas y de izquierdas.

Este punto de vista está muy arraigado dentro de las poderosas instituciones que dominan las artes y la cultura; de hecho, es difícil pensar en una sola institución en Gran Bretaña que no haya pivotado hacia una ideología progresista de un tipo u otro. Muchas eran antes políticamente neutrales, pero ahora se han convertido en armas para promover una agenda “liberal” concreta”.

El gran éxodo

Esto ha provocado un gran éxodo de conservadores de la vida pública. Enfrentados a un entorno hostil, la mayoría opta por trabajar en sectores más rentables. Los conservadores están demasiado interesados en el dinero”, como escribe Janan Ganesh, “para ganar la guerra cultural”. Incluso los que sirven no duran mucho; Sir Roger Scruton, Katharine Birbalsingh y Toby Young son sólo algunos ejemplos de conservadores de alto perfil que se han visto obligados a retirarse de los nombramientos públicos.

Sorprendentemente, los ministros conservadores han vuelto contra sí mismos una de las armas más eficaces de su arsenal. Una gran parte de las instituciones que luchan contra las fuerzas conservadoras están, de hecho, financiadas por el Gobierno.

Por ejemplo, la Galería de Arte de Manchester -junto con The Whitworth y el Museo de Manchester- se embolsará la friolera de 4.881.168 libras en los próximos tres años por cortesía del Arts Council England. Es decir, un Secretario de Cultura conservador que permite que el dinero de los contribuyentes se utilice en arte criticando a un Ministro del Interior conservador.

Financiando los movimientos progresistas

Pero eso palidece en comparación con la ambición del propio Consejo de las Artes, con diferencia el mayor receptor de fondos para las artes en el Reino Unido. El 80% de los 1.340 millones de libras en subvenciones que tiene previsto conceder de aquí a 2026 procede de los contribuyentes, y sin embargo también ha sido “capturado y degradado por activistas”, cuyas prioridades son políticas y no artísticas.

Al margen de las artes, el gobierno financia a Stonewall, la organización en el centro del debate trans, con más de un millón de libras al año. El UKRI ha gastado 27 millones de libras en proyectos “despilfarradores”, entre los que se incluyen “una investigación que pretende descolonizar colecciones de música y esculturas y un proyecto que explorará la representación del género y de las personas LGBTQI+ en las historias de los castillos”. El NHS gasta más de 8 millones de libras al año en trabajos de diversidad e inclusión; Whitehall gasta 12 millones. Eso por no hablar del millón de días laborables al año que pierde la administración pública en formación sobre igualdad y diversidad que no funciona.

7.000 millones de libras al año

El informe del Partido Conservador Defunding Politically Motivated Campaigns (Desfinanciación de las campañas de motivación política) calculó que el gasto total de todo el gobierno en actividades de motivación política ascendía a la asombrosa cifra de 7.000 millones de libras al año. Que un gobierno conservador financie cada día con casi 20 millones de libras a todo un sector armado contra los valores conservadores no es sólo una mala táctica, es una fragilidad.

Cualquier futuro gobierno conservador que esté realmente interesado en arrebatar el control de la esfera pública a los progresistas va a tener que aprender de los errores de Westmoreland y luchar donde importa. Eso significa desafiar el consenso político que ha permitido que el “artivismo” prospere con fondos gubernamentales.

Desde que llegaron al poder, los conservadores se han ceñido rígidamente a la estrategia del Nuevo Laborismo que Peter Burnham denomina “la política de la despolitización”. La describe como “el proceso de alejar el carácter político de la toma de decisiones”, en el que “los gestores estatales conservan el control de los procesos económicos y sociales cruciales, al tiempo que se benefician de los efectos distanciadores de la despolitización”. Pero con organizaciones como el Consejo de las Artes en manos de los opositores, ésta ya no es una estrategia viable. Los conservadores van a tener que hacer lo que Westmoreland no pudo: adaptarse.

El señuelo de la cultura

El artista Alexander Adams, entre otros, ha recomendado simplemente abolir el Consejo de las Artes, conservando la financiación central para “instituciones y prácticas culturales heredadas en las que las donaciones benéficas, el patrocinio y los ingresos no sean suficientes o lo bastante consistentes para su mantenimiento”. Estos Fondos del Patrimonio Nacional servirían para proteger y apoyar los cimientos de la tradición cultural británica, sin que la financiación se utilizara también para impulsar agendas políticas.

Este planteamiento tiene mucho de encomiable. La preservación de las instituciones culturales tradicionales y heredadas debería ser importante para cualquier conservador, pero eso no es excusa para un programa de propaganda política patrocinado por el gobierno: los conservadores no pueden permitir que se les obligue a pagar por una cosa para proteger la otra. Hay que separar la infraestructura encubierta de las aldeas y pueblos; de lo contrario, como Westmoreland, habremos entregado el único campo de batalla que importa. Y antes de que nos demos cuenta, estaremos cogiendo el último helicóptero que salga de Saigón.

Cuando Ratzinger y Hayek se conocieron

Kai Weiss. Este artículo fue originalmente publicado por Law & Liberty.

Desde la muerte del Papa Benedicto XVI en Nochevieja, se ha escrito mucho sobre su legado. Sin duda se escribirá mucho más sobre él en las próximas décadas y siglos. Porque él, Joseph Ratzinger, fue verdaderamente un profeta de nuestro tiempo, una voz magisterial y una de las mentes más grandes de los últimos siglos.

Lo que es menos conocido de él es un encuentro que tuvo con otra gran mente del siglo XX, el Premio Nobel de 1974 Friedrich August von Hayek, en un debate poco conocido. Fue en el Salzburger Humanismusgespräche (los Debates de Humanidades de Salzburgo), en diciembre de 1976. A primera vista, parece inconcebible que Ratzinger y Hayek tuvieran mucho que decirse. Sin embargo, aquí en los debates de Salzburgo -graciosamente señalados por un querido amigo de Viena- estos dos hombres, el entonces de 77 años Hayek y el entonces joven de 49 años Ratzinger, se encontraron y debatieron. Y, de hecho, parecían llevarse bastante bien.

El papel de los intelectuales

El tema del debate era el papel y la comprensión del intelectual en nuestro mundo. ¿Están los intelectuales demasiado confiados en su capacidad para concebir nuevas ideas de supuesto progreso? ¿Ha llegado el momento de decir adiós a las ideas utópicas? Como era de esperar, teniendo en cuenta sus feroces ataques a la pretensión de conocimiento de intelectuales y científicos en los años anteriores, Hayek, que hizo los comentarios introductorios al debate, no se privó de atacar a la clase intelectual de su tiempo.

De hecho, comenzó sus comentarios de forma sombría equiparando al intelectual nada menos que con un ahorcado: “En la casa del ahorcado no se menciona la soga. Así que no se debería hablar de intelectuales en el estudio de radiodifusión. Pero son simplemente una fuerza conspicua”.

El utopismo

Para Hayek, los intelectuales no son eruditos como tales. En su lugar, son “comerciantes de ideas de segunda mano”. Suelen tener una voz desmesurada en el discurso público porque están bien considerados por otras razones distintas de las que pretenden conocer. Son capaces de divulgar conocimientos, pero suelen hacerlo con una agenda determinada o, como mínimo, sin entender lo que realmente dicen. No conocen “la ciencia” del asunto independientemente de si se trata de economía, política exterior, cuestiones sociales o quizás, cabría añadir hoy en día, salud pública. Pero se considera que merece la pena escucharles por diversas razones de prestigio.

Para Hayek, el hecho de que nuestra sociedad escuche a estos intelectuales es “un problema muy grave”. El motivo es que todo nuestro discurso público se basa en las opiniones y perspectivas de hombres que no saben de lo que hablan. Precisamente porque no lo saben, proponen visiones del mundo poco convencionales. “Se ha vuelto tan amenazador porque es [en el discurso intelectual] donde emergen las ambiciones atroces de lo que el hombre puede hacer caprichosamente de la sociedad”. Es aquí, no entre los expertos reales, donde surgen las ideas utópicas, argumenta Hayek: “la idea de que todo se puede hacer es, por supuesto, la forma moderna de utopía que persiguen sobre todo los intelectuales”.

Amenaza a la democracia

No se trata sólo de un problema de perjuicio para el discurso público; es, dice Hayek, una amenaza para la propia democracia. Porque en una democracia sin restricciones, explica, los intelectuales podrán hacer oír su voz y serán más capaces de poner en práctica sus desastrosas ideas. En una democracia sin restricciones, el gobierno y los funcionarios dependerán constantemente del apoyo de los grupos de interés dirigidos por esos mismos intelectuales que sueñan con el mundo perfecto. Y así, “el socialismo utiliza la democracia sin restricciones para sus fines”.

Esta situación, continúa Hayek, “me preocupa terriblemente, ya que desacredita tanto a la democracia, que es la única forma de gobierno que protege nuestra libertad individual, que un número cada vez mayor de hombres serios a los que atesoro se vuelven extremadamente escépticos respecto a la democracia”. Y así, Hayek exige una forma de democracia más restringida. Una democracia que esté mejor controlada por otros elementos de gobierno para limitar el poder de los grupos de interés y de la élite intelectual. De lo contrario, estaba convencido, “la democracia se destruirá a sí misma”.

La necedad

Habiendo empezado sombrío y habiendo terminado aún más sombrío, Hayek dejó la palabra a sus tres interlocutores. Huelga decir que los otros dos panelistas quedaron bastante sorprendidos por el feroz ataque de Hayek a la clase intelectual. Uno de ellos se negó abiertamente a hablar en absoluto de los comentarios de Hayek, tachándolos de meras “bromas”.

El otro vio en toda la discusión un “lloriqueo y agresividad encubiertos”, de hecho, una “denuncia” injusta. Para él, Hayek se limitaba a seguir a los marxistas en su definición del intelectual como amenaza. E incurre en un “romanticismo” al elevar a la clase obrera como ideal por encima del intelectual. Se pregunta, ¿por qué el propio Hayek no ha renunciado a su cátedra académica? ¿Por qué no, en su lugar, se ha ido a la fábrica con su amada gente corriente?

Joseph Ratzinger

Aquí es donde el prometedor Ratzinger, futuro Papa, entró en escena y defendió a Hayek, casi treinta años mayor. Argumentó que el origen de la palabra “intelectual” se ha entendido históricamente como hombres que se han ganado una reputación en un campo o actividad y ahora utilizan esta reputación en un campo -o asuntos generales- en el que saben mucho menos. Y concluyó que “me parece que el Sr. Hayek no es tan absurdo en su definición como [nuestros colegas interlocutores] lo han retratado”. Y sin embargo, aunque Ratzinger está de acuerdo con la naturaleza del intelectual, “después de todo, quiere valorar esto de forma diferente a como lo ha hecho el Sr. Hayek”.

Para Ratzinger, los peligros del intelectualismo no son razón suficiente para retirarse de él por completo. Una especialización cada vez mayor y un gobierno de los expertos, cada uno en su campo, tampoco pueden ser la solución, argumenta. Si eso ocurre, la discusión sobre la vida humana en general desaparece y se hace imposible, ya que todo se subjetiviza. Lo que el mundo necesita de nuevo con urgencia son debates sobre la objetividad del hombre, sobre la bondad objetiva de la vida humana, que debería discutirse una vez más sobre la base de la razón humana.

Intelectuales desaforados

En lugar de limitarse a aceptar las premisas de su campo, incluso los académicos tienen que estar dispuestos de nuevo a ir más allá de su campo específico y discutir los grandes temas de la verdad de la vida humana; de hecho, tienen que convertirse en intelectuales hayekianos. El teólogo puede estancarse tanto en su campo como el economista en el suyo. Y ninguno de los dos debería, desde luego, tomar los supuestos básicos de su disciplina y universalizarlos.

Por ejemplo, si la premisa del economista es la teoría del subjetivismo, el economista no debería considerar subjetiva también toda la vida humana. Todo el mundo, en cambio, está llamado -siendo valiente en la humildad de los propios límites, un rasgo con el que Hayek ciertamente podría estar de acuerdo- a discutir los temas generales de la vida humana y el fin, propósito y metas más elevados del hombre.

La actualidad de la advertencia de Hayek

Mucho podría decirse sobre este breve pero valioso diálogo entre estos dos grandes pensadores. Sin embargo, dejémoslo en unas breves notas: las observaciones de Hayek sin duda calan de manera especial en nuestra época. El economista austriaco era un gran defensor de los regímenes políticos liberales entendidos en sentido clásico. Pero vio cómo los intelectuales socialistas utilizaban esos mismos regímenes para manipularlos y derribarlos mediante grupos de presión de intereses. Hoy siguen siendo a menudo socialistas económicos, pero también han encontrado sus nuevos caprichos en el wokismo.

Ante esta situación, muchos de los aliados políticos de Hayek, dice, dieron la espalda por completo a las perspectivas de regímenes políticos libres. Se sintieron tan alienados por el sistema que perdieron toda esperanza en él. ¿Le suena familiar?

La advertencia de Ratzinger

Y, sin embargo, Ratzinger nos recuerda -y debería recordárselo a los hayekianos y a todos los que pertenecen a la tradición liberal clásica- que quizá el verdadero problema es que en Occidente hemos descuidado los debates sobre los bienes más elevados, sobre lo que constituye una vida humana (objetivamente) buena (y que hay múltiples formas objetivamente malas de vivir una vida humana).

Esta fue una de las grandes lecciones de la obra de Ratzinger: que incluso cuando intentamos encontrar formas buenas y sostenibles de alcanzar la prosperidad, nunca podemos perder de vista la propia “ecología humana”. Nunca podemos olvidar que “también el hombre tiene una naturaleza que debe respetar y que no puede manipular a su antojo” (aunque no haga daño a nadie manipulándola). Ratzinger advierte, podríamos deducir de sus comentarios: para defender un régimen político libre, hay que hablar de lo que hace al ser humano capaz de ser libre, de lo que hace que la vida humana sea verdaderamente bella y excelente. Descuidar esto podría conducir precisamente al colapso que observa Hayek.

Tenemos aquí, pues, poco menos que los debates que mantienen hoy conservadores y liberales clásicos, y por tanto también una oportunidad de aprender de estas grandes mentes, ambas por derecho propio. De hecho, al tener en cuenta tanto las profundas ideas del realismo de Hayek sobre lo que la política puede hacer (o, quizá más a menudo, lo que no puede hacer) con las magníficas consideraciones de Ratzinger sobre la vida humana, podríamos obtener una perspectiva totalmente nueva de nuestro mundo actual.