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Sobre el anarcocapitalismo (I): Rothbard como historiador de la derecha americana

Se cumplen este mes treinta años del prematuro fallecimiento de Murray Rothbard y el año próximo, el centenario de su nacimiento, por lo que entiendo que es de justicia contribuir a conocer un poco mejor su obra y entender cuáles fueron el contexto en el que se originó el moderno anarcocapitalismo. En este texto me gustaría abordar una faceta del autor que normalmente no es muy destacada: la de historiador de las ideas y movimientos políticos, frente a la más conocida de estudioso de la historia del pensamiento económico.

La tradición de la derecha estadounidense

En concreto, me gustaría comentar uno de sus libros póstumos, The betrayal of the american right, traducido al castellano por el Instituto Mises como La traición de la derecha estadounidense, fácilmente descargable desde su página de internet. La razón de escoger este libro no reside solamente en que es uno de los que mejor explica los orígenes del movimiento, sino porque ayuda a comprender también el origen de la polémica entre Hoppe y Milei. El libro es parte de una historia intelectual del movimiento libertario norteamericano y parte una autobiografía del propio Rothbard, en la que detalla desde dentro las líneas de actuación y las divisiones y traiciones dentro del mismo.

Lo primero que podemos ver es que el autor, anarcocapitalista, confeso desde su juventud, no renuncia para nada a la batalla política. Uno de los debates que dividen a los libertarios actuales es el de si participar o no en la política convencional, para intentar cambiar desde dentro el sistema. Rothbard parece pensar que sí es conveniente y buena parte del texto es un relato autobiográfico de las aventuras y desventuras del profesor Rothbard en el seno de las facciones políticas de la derecha americana, hasta su desencanto y giro a la izquierda política y su vuelta final al mundo de la derecha.

La clave está en la política exterior

Otro aspecto que cabría destacar es que Rothbard distingue entre el ámbito de la teoría, en el cual muestra una gran coherencia a lo largo de su vida, y el de la acción política, en el que se mueve más por aspectos coyunturales. Escoge en cada momento la opción política que le parece menos mala entre las existentes, pues como el lector del libro observará, ninguna le parece del todo satisfactoria.

El factor que definiría para nuestro autor es principalmente uno: la mayor o menor propensión del político a apoyar guerras de los Estados Unidos en el exterior y el mayor o menor intervencionismo en política internacional sea influyendo en organismo internacionales, aunque sea con ayudas a otros países como el plan Marshall. La cooperación, o bien con los mecanismos de guerra económica, sanciones o embargos, que la potencia norteamericana ha aplicado durante todo el siglo XX.

Aspectos como el mayor o menor intervencionismo económico o las guerras culturales, si bien no juegan un papel menor en su definición política, no son el factor principal que lo define como anarcocapitalista, sino la política exterior. Ni siquiera la mayor o menor defensa de los principios de la escuela austríaca, que Rothbard declara haber conocido una vez finalizada su tesis doctoral, entendidos como defensa de la propiedad y los mercados libres, son el eje sobre el que gira su visión del anarcocapitalismo.

La vieja derecha

Recordemos que la influencia antiestatista de Rothbard parte de las ideas de lo que él denomina como Old Right, o derecha vieja norteamericana. Los principios de esta escuela son básicamente dos, y por este orden, primero la oposición radical al imperio norteamericano, que había comenzado a fraguarse a fines del siglo XIX con la conquista de Hawái y la guerra con España en 1898 y a la intervención militar en el exterior, principalmente la orientada a influir en la política europea. El segundo es la oposición a las políticas del progresismo americano, cuya apoteosis son las medidas intervencionistas del llamado New Deal, llevadas a cabo durante la gran depresión de los años 30.

El primer punto no es en principio anarcocapitalista en su discurso, pero sí en las consecuencias de aplicar este discurso. Los líderes de la vieja derecha se alinearon alrededor de plataformas contrarias a la intervención en las guerras mundiales del siglo XX. En especial contra la primera, pero sin cuestionar en principio ni la propia existencia del estado ni el ejercicio de sus funciones consideradas nucleares, la justicia y la seguridad. Pero se opusieron a la intervención en conflictos que, según ellos entendían, no tenían nada que ver con la seguridad de los americanos.

Pero de hacer caso a algunos de sus principales exponentes como Randolph Bourne o Albert Jay Nock la intromisión por medios violentos en los asuntos de otros territorios es la principal causa de que los estados se refuercen y expandan a su alcance. No intervenir implicaría quitar a los estados la principal justificación para subir impuestos, regular la economía o regimentar a la población.

La guerra es la salud del Estado

La guerra sería la salud del estado, como se pudo comprobar después de cada una de las guerras mundiales y las que vinieron a continuación. En ellas se subieron los impuestos, se regularon precios, se dirigió la producción, creándose organismos de planificación de la economía, antes nunca vistos en la economía norteamericana. También se introdujeron sistemas de recluta obligatoria para los jóvenes en edad militar y se estableció una retórica en la cual todo, incluidas las libertades más básicas, deberían estar subordinadas al esfuerzo bélico. Cualquiera que se opusiese a estas medidas sería visto como una especie de traidor al esfuerzo colectivo.

Y, en efecto, en buena medida se consiguió. Una vez declarada la guerra, el discurso crítico con el poder del estado fue visto con sospecha, como bien intuyeron los viejos derechistas. Y pronto pasó a la casi marginación al ser expulsados quienes expresaban tales posturas de los medios de comunicación mainstream y relegados, en el mejor de los casos, a medios casi marginales.

La lucha contra las derivas estatistas retrocedió varios decenios. Y, lo que es peor, fue suplantada en el seno de la derecha por visiones más intervencionistas y mucho menos libertarias como las de los neoconservadores de Irving Kristol o las de la nueva derecha conservadora (y por lo que se afirma en el libro financiadas por los servicios de inteligencia norteamericanos) de la National Review de William F. Buckley.

Una derecha que pronto relegó también su defensa de la propiedad privada y la no intervención en economía. Esto es, si se abandonan los principios políticos de no intervención en lo que es más grave, la guerra y la intervención en los asuntos de otros países, el siguiente paso es abandonar también los principios de no intervención en la economía y los mercados.

El papel del anticomunismo

Recordemos que en la visión anarcocapitalista de Rothbard y sus primeros seguidores la economía es sólo una parte del orden social; muy importante, sí, pero no necesariamente la principal. La lucha por eliminar la intervención en ella sería sólo una parte de la lucha general contra la intromisión del estado en la vida de las personas. Y esta no se circunscribe exclusivamente a los aspectos económicos. En esto consistió la traición de la derecha para Rothbard, el abandono de los principios que la hicieron grande hasta quedar desdibujada en un ideario inconexo, consistente en una genérica defensa de los valores occidentales y un feroz anticomunismo.

Anticomunismo que acabaría justificando medidas colectivistas en nombre del combate al colectivismo. La evolución de los escritos teóricos en las principales revistas y publicaciones de la derecha lo probaría. Se llenaron de antiguos comunistas resentidos, muchos de ellos antiguos trotskistas como Irving Kristol o James Burnham, que sólo abandonaron parte sus viejos esquemas de pensamiento para dedicarse a combatir a sus viejos enemigos los estalinistas al frente de los principales estados comunistas de la época, si no que justificaban, a diferencia de sus antepasados, medidas sociales e intervencionistas en economía y educación.

Contra el intervencionismo

Conviene recordar que la otra gran pata de la lucha de la vieja derecha vieja fue la oposición a las medidas sociales primero de los progresistas y luego de Roosevelt, en especial la imposición de los sistemas de seguridad social de reparto, que acabarían con el tiempo derivando en la dependencia de millones de americanos de las prestaciones sociales que les garantizaría el estado. Bismarck acertó al decir que los sistemas de pensiones públicas harían dependientes a los ciudadanos, de tal forma que se garantizaría la existencia de una gran masa de población que estaría interesada en la conservación del estado, no sólo en sus entonces reducidas dimensiones sino en unas mucho mayores.

También se opusieron ferozmente a las regulaciones laborales o a confiscaciones como la del oro decretadas por el gobierno. Pero se oponían no porque no las considerasen eficientes o porque tuviesen consecuencias negativas no previstas en otros sectores, como enseña la escuela austríaca, sino porque reforzaban el poder del estado, algo que muchos economistas libertarios de hoy no acostumbran a tener en cuenta en sus análisis.

El legado de la nueva derecha

La nueva derecha traicionó este legado, y Rothbard no se cansó nunca de recordarlo, y al debilitar las defensas contra el estado no sólo no impidieron su crecimiento, sino que contribuyeron a transformarlo en aquello que supuestamente querían evitar. De ahí que presidentes de “derecha” como Richard Nixon puntúen entre los más intervencionistas de la historia del país en ámbitos económicos (sus controles de precios causaron consecuencias devastadoras) y haya tenido el dudoso mérito de apartar al dólar, y por consecuencia al resto de las monedas mundiales, de cualquier vinculación con el oro. Estas serían las consecuencias de abandonar los viejos principios, por otros más oportunistas y adecuados a la coyuntura. Espero que hayamos aprendido algo de la historia de la derecha americana para que sus errores no vuelvan a repetirse.

La causa última de la riqueza de las naciones: reinterpretando a Adam Smith

Eduardo Blasco, en su serie de notas sobre Substack, publicó un breve comentario sobre Smith y Menger (Carl Menger vs. Adam Smith). Afirmó que Carl Menger critica erróneamente a Adam Smith al hablar del crecimiento económico. Blasco argumentó que Smith postulaba que la causa última de la riqueza de las naciones era la división del trabajo. Menger, sin embargo, criticó erróneamente a Smith al afirmar que la extensión del conocimiento es la causa última de la riqueza de las naciones, mientras que la división del trabajo es sólo uno de los muchos factores que contribuían al progreso, pero no el último.

Blasco malinterpretó a Smith y, en consecuencia, a Menger. De hecho, como demostraré, Adam Smith, Carl Menger y Eduardo Blasco comparten la misma opinión sobre la causa última de la riqueza de las naciones.

El significado de la riqueza de las naciones

Adam Smith sostenía que una nación puede considerarse rica cuando su capital se acumula continuamente y los salarios aumentan. Para él, la verdadera medida de la riqueza de una nación es el grado de bienestar del mayor número posible de sus miembros. La gran obra económica de Adam Smith, Una investigación sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones, se dedicó a descubrir cómo alcanzar este objetivo.

Adam Smith comienza su libro afirmando que la mayor parte del progreso de la capacidad productiva del trabajo parece deberse a la división del trabajo (p. 33). Para ilustrar esta afirmación, analizó diferentes formas de fabricación de alfileres y observó que un obrero sin formación en la fabricación de alfileres apenas podría producir un alfiler al día. Sin embargo, una fábrica con diez empleados puede producir 48 000 alfileres al día, es decir, 4800 por persona. Para concluir la descripción, reiteró su afirmación inicial y declaró que

la separación de los diversos trabajos y oficios, una separación que es asimismo desarrollada con más profundidad en aquellos países que disfrutan de un grado más elevado de laboriosidad y progreso.

Smith argumentó que el gran aumento de la productividad es consecuencia de la división del trabajo, ya que la especialización propicia mejoras en cuatro ámbitos:

1) El aumento de la destreza de cada trabajador, ya que aprende a realizar mejor una tarea especializada y limitada.

2) El ahorro de tiempo que de otro modo se perdería al pasar de un tipo de trabajo a otro en la producción no especializada.

3) La invención de numerosas máquinas (p. 38).

4) La especialización permite concentrar la producción en fábricas cada vez más grandes. Cuanto mayor es el establecimiento manufacturero, más mentes se dedican a inventar la maquinaria más adecuada para cada tarea. En consecuencia, es más probable que se produzcan innovaciones (p. 136).

Muchos lectores de Adam Smith dejarán aquí su lectura, afirmando que Smith creía que la división del trabajo era la causa última de la riqueza de las naciones.

Sin embargo, Smith continuó investigando la causa última de la riqueza.  En el segundo capítulo de su libro, argumentó que la división del trabajo es una consecuencia y, por tanto, no es la causa última de la riqueza de las naciones. La división del trabajo surge del trueque y el intercambio. El intercambio es lo que permite la división del trabajo, y no al revés (p. 44).

Sin embargo, ni siquiera la capacidad humana de intercambiar y hacer trueques es la causa última de la riqueza de las naciones.

En el Libro Segundo, dedicado a la naturaleza del capital, Smith explica que la acumulación de capital debe producirse primero para permitir la especialización y la explotación de las oportunidades comerciales. La especialización y la división del trabajo solo pueden comenzar cuando un productor «posee existencias suficientes para mantenerse durante meses o años», hasta que el nuevo producto especializado genere ingresos suficientes para mantener al productor y reponer el capital.  En la naturaleza de las cosas, la acumulación del capital debe preceder a la división del trabajo.  El trabajo puede dividirse más solo en proporción a que el capital haya sido previamente acumulado (p. 356).

Sin embargo, Smith aún no ha llegado a la causa última de la riqueza de las naciones.

En el capítulo 7 del libro I, encontramos la causa última de la riqueza de las naciones según Smith. En este capítulo, explica que la invención y la innovación permiten la acumulación de capital.

Así pues, la causa última de la riqueza de las naciones es la capacidad innata del ser humano para inventar nuevos productos o descubrir nuevos mercados, es decir, la innovación, que hace posible la acumulación de capital, la especialización, el comercio y la división del trabajo.

Smith ya había insinuado esta solución en el capítulo I, donde elogiaba la división del trabajo. En ese célebre capítulo sobre la fabricación de alfileres, escribió sobre un niño que construyó una máquina para aliviar su carga de trabajo y utilizó este ejemplo para destacar la importancia de la división del trabajo en la creación de riqueza. De hecho, muchos lectores de Smith han repetido esta pequeña historia para apoyar la afirmación de que la división del trabajo es la fuente última de la riqueza de las naciones, ya que fomenta la innovación incremental. No obstante, Smith aclara en las frases siguientes que los inventos y las innovaciones pueden inducir a la especialización por sí mismos y no solo pueden ser consecuencia de la división del trabajo:

No todos los avances en la maquinaria, sin embargo, han sido invenciones de aquellos que las utilizaban. Muchos han provenido del ingenio de sus fabricantes … Y otros han derivado de aquellos que son llamados filósofos o personas dedicadas a la especulación, y cuyo oficio es no hacer nada, pero observarlo todo; por eso mismo, son a menudo capaces de combinar las capacidades de objetos muy lejanos y diferentes.

Adam Smith. La riqueza de las naciones, p 40.

En el capítulo 7, Smith amplía el argumento explicando cómo la inventiva conduce a la acumulación de capital. Distingue dos tipos de tasas de beneficios: extraordinario y corriente o medio. El beneficio extraordinario surge cuando se es el primero en introducir un invento en el mercado o en descubrir un nuevo mercado. Smith pone como ejemplo un tintorero para ilustrar la importancia de la innovación. Este tintorero, que inventó la posibilidad de producir un color determinado con materiales que costaban la mitad que los habituales, pudo disfrutar del beneficio extraordinario gracias a una buena gestión (p. 103).

El innovador disfruta de beneficios extraordinarios hasta que los competidores detectan la oportunidad de obtener beneficios, lo que provoca la aparición de la competencia y reduce los beneficios a niveles habituales o medios. Una característica del beneficio extraordinario es que su magnitud no puede determinarse mediante la investigación científica, sino que depende del éxito del producto innovador. Sin embargo, Smith postuló que la tasa de beneficio corriente es una magnitud que puede determinarse mediante la investigación científica. La tasa media de beneficio corriente es similar al tipo de interés. Ambos están relacionados con la cantidad de capital invertido, pero la tasa de beneficio corriente tiende a ser superior a la tasa de interés (p. 148).

Teóricamente, era difícil determinar la magnitud exacta de la tasa de beneficio, pero sugirió que el tipo de interés podía servir como indicador de la posible tasa media de beneficio. No obstante, un beneficio razonable debería ser suficiente para compensar las pérdidas ocasionales. Basándose en los informes de los comerciantes, Smith estableció que una tasa de beneficio doble de la tasa de interés se consideraba una ganancia buena, moderada o razonable, que representaba la tasa de beneficio normal o corriente en Gran Bretaña (p. 150).

En el capítulo 8 del Libro I queda claro que el beneficio extraordinario resultante de la acción innovadora conduce a la acumulación de capital. En este capítulo, primero se explica que una economía carente de invenciones es una economía estacionaria caracterizada por el estancamiento del beneficio medio y de los salarios, y se utiliza China como ejemplo. Smith describió una economía estacionaria como miserable, regresiva y melancólica, acompañada de una pobreza generalizada (p. 129). Por el contrario, subraya que los inventos y su aplicación con éxito son los motores últimos de la acumulación de capital, la especialización, el comercio y la división del trabajo, todo lo cual fomenta nuevos inventos e innovaciones.

La acumulación de capital y los beneficios extraordinarios no podrían existir por sí solos, sino que fomentan la competencia por los trabajadores. Smith explica que, para obtener beneficios extraordinarios, el empresario debe contratar nuevos empleados. La competencia por los trabajadores aumenta los salarios y mejora sus condiciones de vida. Smith hizo especial hincapié en que la rentabilidad extraordinaria fue la causa principal del aumento de los salarios y de las mejoras en las condiciones de vida de los trabajadores. Subrayó que la acumulación de capital crea una demanda adicional de mano de obra y que es la causa del aumento de los salarios.

Al demostrar la relación entre beneficios extraordinarios y salarios más altos, Smith llegó a un circulus angelicus: la esperanza de obtener beneficios extraordinarios impulsa a las personas con actitud empresarial a convertirse en proyectistas. La realización de sus ideas induce la competencia por la mano de obra y causa a una subida de los salarios. Los beneficios extraordinarios permiten la especialización y la expansión de la empresa y fomentan la ampliación del mercado. Sin embargo, una nueva oleada de empresarios copia la idea original y reduce el beneficio extraordinario a un nivel normal. Esta caída de la rentabilidad lleva a nuevas innovaciones para restablecer el nivel de beneficio extraordinario. Esta mejora continua conduce a una mejora de las condiciones de vida de los trabajadores y a la creación de riqueza en las naciones.

Menger: la causa última del progreso de la civilización

Menger utilizó el término «progreso de la civilización» para describir lo que Smith quería decir con «riqueza de la nación». Asimismo, Menger criticó la idea de que la división del trabajo es la causa última del progreso de la civilización y, siguiendo su propia lógica, llegó a la misma conclusión que Adam Smith. Es decir, que la causa última del progreso de la civilización es la inventiva humana y la capacidad de innovar. Menger no utilizó las palabras «invenciones» e «innovaciones», pero expresó lo mismo de forma circunspecta: los seres humanos son capaces de investigar y realizar procesos causales entre los bienes para producir nuevos bienes de consumo.  El progreso de la civilización solo está limitado por el alcance del conocimiento humano de las conexiones causales entre las cosas y por el alcance del control humano sobre ellas. 

En cuanto al incentivo relacionado con la inventiva y la innovación, Menger también describió un proceso de obtención de beneficios similar al que conceptualizó Adam Smith. Al hablar del monopolio, Menger argumentó que la primera persona que introduce un nuevo servicio o producto obtiene un beneficio extraordinariamente alto, como un monopolista. Sin embargo, en el caso del mercado libre, la entrada de nuevos competidores que producen el mismo bien reduce el beneficio al nivel más bajo posible.

Por último, Menger sostenía que todos los seres humanos tienen un rasgo empresarial inherente, pero para convertirse en empresarios hay que tener dominio sobre el capital. Además, sostenía que, cuando no se dispone de capital, el crédito ofrece la oportunidad de que las personas emprendedoras se conviertan en verdaderos empresarios y tomen el control del capital para hacer realidad sus ideas:  Cuanto mayor es el crédito, mayores son las posibilidades de que las personas emprendedoras puedan hacerse con el control del capital y hacer realidad sus ideas.

Menger, al discutir el papel del comercio, argumentó que el comercio y el trueque son consecuencia del descubrimiento de cómo satisfacer mejor los deseos humanos, lo que a su vez es consecuencia de la inventiva y no un rasgo inherente al ser humano. Este argumento profundizó la observación de Smith y dejó claro que incluso el comercio y el trueque son fruto de la inventiva humana.

Blasco: la causa última del progreso del crecimiento sostenible

Eduardo utilizó el término «crecimiento sostenible» para describir lo que Smith quería decir con la expresión «riqueza de la nación», o Menger con la expresión «progreso de la civilización».

En su nota de Substack, Eduardo argumentó que lo que permite el crecimiento sostenible es la creación de capital intangible, que es el “extensión del conocimiento” en el lenguaje técnico de la economía dominante.

Conclusión: a pesar de todas las alegaciones, Smith, Menger y Blasco piensan lo mismo.

¿Cuál es la lección de esta reinterpretación basada en una cuidadosa lectura de los economistas más importantes, como Smith y Menger?

La lección más importante es que, a pesar de las lecturas erróneas ocasionales o superficiales, existe una línea principal de economía, como sostienen Michells y Boettke (2017). Los representantes de esta línea principal tienen una visión unificadora de los procesos económicos, a pesar de sus enfoques diferentes de la economía, sus diferencias, interpretaciones erróneas y términos distintos. Esta visión se centra en la firme creencia en el ingenio humano y en su capacidad para superar los retos mediante el uso del pensamiento, la inventiva y las innovaciones. La libertad es la condición clave para aprovechar el potencial del conocimiento humano.

Libertad personal para actuar y libertad de comercio. Una vez que se dan estas dos libertades, los seres humanos crean las instituciones necesarias a través de ensayos y errores, como los mercados, para promover su interés, que, como postuló Adam Smith, fomenta el interés de todos, no solo el de personas especialmente dotadas o codiciosas. La competencia de los mercados empuja a las personas con talento e inventiva empresarial a trabajar no solo en su propio interés, sino también del sociedad. Como expresó Smith: “No es la benevolencia del carnicero, el cervecero, o el panadero lo que nos procura nuestra cena, sino el cuidado que ponen ellos en su propio beneficio.”

Bibliografía

Menger, C. (1871) Principles of Economics. New York: New York University Press.

Mitchell, M.D. and Boettke, P.J. (2017) Applied mainline economics: bridging the gap between theory and public policy. Arlington, Virginia: Mercatus Center, George Mason University (Advanced studies in political economy).

Smith, A (1776) La Riqueza de las naciones. 1994. Edición. Alianza Editorial: Madrid.

Ver también

Adam Smith, los austríacos y el crecimiento económico. (José Carlos Rodríguez).

Nazis, aquéllos nuevos ilustrados

Si hay un consenso del que aún hoy podemos disfrutar es el de que el nazismo es uno de los episodios más trágicos de nuestra historia reciente. No es de extrañar, siendo así, que hayamos convertido a Hitler, desde diversos sectores del espectro político, en una pelota que poder pasarnos los unos a los otros para evitarnos la vergüenza de ser relacionados con los nazis. El problema de jugar con un balón tal es la dificultad que trae consigo analizar un movimiento sin la distancia emocional necesaria como para actuar con desafección, y ello embarra cualquier tipo de debate que, aún encima, se suele dar ya por zanjado, como si la historia del conocimiento no se construyera sobre las ruinas de consensos rotos.

Dada mi tendencia romántica a lo disruptivo, tengo la costumbre, no sé si buena, de llevar la contraria a la mayoría siempre que tengo ocasión de ello y, cuando vi que el viejo debate marginal sobre la taxonomía ideológica de los nazis aparecía en las discusiones públicas por las declaraciones de Alice Weidel, me vi seducido a entrar en el tema. Sin duda, decir que Hitler era comunista suena, más que osado, ridículo, y soy demasiado dado a la procrastinación como para molestarme en hacer piruetas mentales defendiendo tal cosa, pero algo más de interés suscita comprobar hasta qué punto se pueda decir, como todos parecen haberle reprochado a la alemana, que Hitler era de derechas.

Hitler, referencia de la izquierda

Recuerdo como si fuera ayer aquella clase de Historia Contemporánea en la que, la profesora, cuestionó horrorizada una afirmación semejante a la de Weidel con la siguiente pregunta: “¿Cómo va a ser Hitler de izquierdas si mataba gente?”. Pasando por alto el evidente sesgo, el episodio es llamativo por ejemplificar la cercanía emocional con que el grueso de la gente toca estos asuntos políticos, y no es algo exclusivo de la izquierda. En 1974, Eric Kuehnelt-Leddihn publica Leftism: from Sade and Marx to Hitler and Marcuse, obra en la que identifica la izquierda política con la esclavitud[1].

De usted, lector, espero algo más y confío en que sepa que ni el asesinato es característico de la derecha ni la esclavitud lo es de la izquierda, máxime cuando el asesinato en cuestión consiste en emplear los avances en biología, tecnología y medicina para la depuración y mejora de una raza en aras de la construcción de un nuevo mundo, con un proyecto futuro claro. Ciertamente, habrá que buscar criterios menos sesgados para llegar a una conclusión.

En la ya mencionada obra de Kuehnelt-Leddhin, el erudito hace la siguiente apreciación sobre la relación entre nazis y derecha:

In Germany after World War I, most unfortunately, the National Socialists were seated on the extreme right because to simpleminded people nationalists were rightists, if not conservatives-a grotesque idea when one remembers how antinationalistic Metternich, the monarchical families, and Europe’s ultraconservatives had been in the past. Nationalism, indeed, has been a by-product of the French Revolution (no less so than militarism).[2]

Erik Kuehnelt-Leddhin. Leftism. From Sade and Marx to Hitler and Marcuse.

Como abiertamente conservador, Kuehnelt-Leddihn escribe desde el genuino complejo de ser relacionado con aquellas ideas que lo desagradan, pero hay una lógica nada desdeñable detrás de sus palabras. Hoy en día, el nacionalismo parece ser dominio de lo que entendemos por derecha política, pero no hay que olvidar cuál fue su origen. Realmente, no es difícil entender cómo pudo surgir el nacionalismo de la Revolución Francesa.

La nación, como sujeto político puro es una mera abstracción. Por lo pronto, la nación será mucho más que un cuerpo electoral, que un conjunto de individuos que hacen plebiscitos, aunque sean cotidianos. Los plebiscitos cotidianos, entre otras cosas, solo podrán ser llevados a cabo cuando el pueblo tenga un lenguaje común, y, por tanto, una historia propia, con costumbres, ceremoniales y artes característicos.[3]

Gustavo Bueno. El mito de la cultura.

Democracia y nación

Siendo de tal forma, está claro que la creación de una identidad nacional fue una aspiración lógica para quienes tratasen de instaurar nuevos regímenes democráticos alejados de las viejas costumbres e instituciones tradicionales. No fue diferente en el caso alemán, aunque ya antes del auge del nacionalsocialismo hubo una apr opiación de la causa nacional por parte de la derecha.

Si hubo gente reacia a la unificación alemana, fueron los junkers y conservadores, pero algo sucedió durante la Gran Guerra que cambió la orientación política en torno a la nación. Así cuenta Peter Fritzsche, en “De Alemanes a Nazis”, como antes de la Gran Guerra las celebraciones oficiales se basaban más en los logros de los Hohenzollern y en escenificar la fidelidad de los príncipes alemanes que en cualquier tipo de expresión nacional. Es más, para el tercer día de las manifestaciones patrióticas por la guerra, el propio emperador, molesto, exhortó a la multitud a dispersarse[4].

Pero si fue el inicio de la guerra lo que convirtió el sentimiento nacional alemán en una realidad para todo un país dividido por viejas lealtades y religiones, fue el final de la misma el que terminó por convertir el nacionalismo en una causa para los conservadores. Hubo, tras la abdicación de Guillermo II “una convicción generalizada entre los ciudadanos liberales e incluso conservadores de que no tenía sentido volver atrás[5] y el martes 12 de noviembre, el periódico conservador Kruez-Zeitung cambió de sus portadas el “Adelante con Dios, por el Rey y la Patria” por “Por el Pueblo Alemán”.

Contra las religiones tradicionales

Está claro que, para la aparición de Hitler en la escena pública, el nacionalismo ya era un rasgo común en los partidos de la derecha alemana y no sorprende, por tanto, que lo asociasen con ella. Más allá del nacionalismo, autores como Isaiah Berlin, vieron cierta filiación entre los fascistas y los primeros conservadores como Maistre, pero tanto él, como Bonald y otros conservadores clásicos, se centraban en el problema de la legitimidad, siendo que, de no ser un anacronismo, se podrían considerar, incluso, antifascistas[6]. El conservadurismo siempre trató sobre la diferencia entre el autoritarismo legitimista y la tiranía totalitaria, que se distinguen por el origen de las instituciones en que se concentra la autoridad.

Cuando tratamos de ver la relación que había entre los nazis y los viejos valores e instituciones, lo primero de lo que nos daremos cuenta es de la tremenda heterogeneidad dentro del movimiento. Es verdad, los nazis repudiaban la falta de valores en la que había caído la sociedad en que les tocó vivir, pero no es menos cierto que los valores a los que aspiraban tenían poco de históricos, apelando más a una suerte de abstracción mitológica que a las instituciones tradicionales de Alemania -Iglesia o monarquía, por ejemplo-.

Es más, Hitler se preocupó bastante por deslegitimar las religiones tradicionales, tal como se desprende, por ejemplo, de un discurso dado en Nuremberg en 1938:

Nosotros no necesitamos lugares de retiro religioso, sino estadios y canchas de deportes, y el rasgo que caracteriza a nuestros lugares de reunión no es la penumbra mística de una catedral, sino el brillo y la luz de una habitación o de una sala donde la belleza se combine con la buena forma física con un propósito[7].

Una nueva religión

De esta actitud se podría incluso sacar el mismo ánimo con el que los revolucionarios franceses trataron de sacralizar la política para sustituir los viejos cultos por una nueva religión articulada en torno al estado y con la nación como nuevo numen. Así, Anthony Stevens, vio como el nazismo logró imitar todos los aspectos de una religión:

Así, el nazismo tenía su Mesías (Hitler), su libro sagrado (Mein Kampf), su cruz (la esvástica), sus procesiones (las concentraciones de Núremberg), su ritual (el desfile conmemorativo del golpe de Estado del Beer Hall), su elite ungida (las SS), sus himnos (el «Horst Wessel Lied»), su excomunión de los herejes (los campos de concentración), sus demonios (los judíos), su promesa milenarista (el Reich de los mil años) y su tierra prometida (oriente)[8].

Así que, si bien es cierto que el nacionalismo extremo ya era, para la época de la República de Weimar, un rasgo típicamente conservador para la población alemana, este tampoco es un principio fundamental de la derecha y el poco apego de los nazis por las viejas instituciones complica mucho cualquier tipo de aproximación taxonómica con la derecha. Claro que los nazis iban más allá de la simple afinidad por unos valores políticos u otros y muchos gustan de categorizarlo en función de su política económica.

Muchas veces se recurre al fácil argumento de señalar la palabra “socialista” de “nacionalsocialista”, pero seria demasiado ingenuo quedarse tan solo con la nomenclatura. No hay que olvidar que muchos regímenes gustan de usar palabras como “popular” o “democrático” sin que ellas atiendan a una realidad, pero ello tampoco lo hace cuestión trivial. “debemos […] conceder a los mitos su justa importancia, menos por la verdad que encierran que por la fuerza que poseen”[9] escribió Lord Acton.

El socialismo más allá de Karl Marx

Aquí surge un problema: hay más socialismo más allá de Karl Marx. El socialismo es un constructo político, una idea en la cabeza de muchas personas a lo largo de la historia y establecer una definición concreta es menos sencillo de lo que muchos parecen creer. Desde Saint Simon, que jamás se opuso a la propiedad privada, hasta Fourier, individualista y religioso, los socialistas han sido tantos y tan heterogéneos que, como señaló Gregory Claeys, “contraponer individualismo, o laissez faire, a socialismo o cualquier tipo de intervención liderada por el estado como tal induce a error”[10]. Así que, si bien es cierto que, como mucha gente reprocha, los nazis no llegaron a abolir la propiedad ni siguieron a rajatabla el ideario marxista, no se puede decir que aquellos a los que dentro de la academia se consideran socialistas hayan propuesto lo propio a lo largo de la historia.

De esa forma, volviendo a la obra de Frietzsche, vemos cómo la cooperación económica, las redes de solidaridad dentro del partido y su discurso a favor de planes de economía social fueron grandes atractivos del movimiento nazi para el grueso de votantes[11]. Sin embargo, así como sería ciego negar el carácter socialista de un movimiento por no adherirse a políticas específicas, también sería ingenuo quedarse tan solo con unas ideas concretas sin analizar el fondo teórico del que estas salen. Así como socialismos hay muchos, también hay movimientos no socialistas que han defendido más o menos intervención estatal.

Contra el capitalismo

Lo que es evidente es que la política nazi distó mucho de ser favorable al mercado, como ya en su momento observó Lionel Robbins pocos años después de la Gran Depresión:

En realidad, se puede decir que el poder político de los partidos socialistas en muchas partes del mundo está en descenso. Pero sus contrincantes, dictadores y reaccionarios, se inspiran en las mismas ideas. Es un completo error suponer que la victoria de los nazis y los fascistas supone la derrota de las fuerzas que tratan de destruir lo que viene llamándose capitalismo[12].

Pese a ello, no parece que dichas ideas anticapitalistas sean tanto un elemento central y esencial de una ideología nazi bien vertebrada, como fruto de un arbitrario pragmatismo del fhurer a la hora de escoger qué política le sirve mejor para su objetivo último. Así lo vio Schumpeter al escribir que

no hay que olvidar que el credo del nacionalsocialismo no era primaria ni esencialmente económico, por lo que era compatible no sólo con todos los tipos de economía técnica, sino también con la defensa de políticas muy discrepantes.[13]

Sé que hasta ahora no he podido darle muchas respuestas, pero es que el asunto, como ya fui advirtiendo, no es simple, nunca lo es en lo que a las disciplinas de la acción humana se refiere, pero no se preocupe que, después de exponer aquellas razones que no considero lo suficientemente concluyentes como para categorizar el nazismo, toca entrar en aquella que, a mi parecer, es la que más satisfactoriamente me ha servido para salir de dudas.

El final de la historia

Si bien es cierto que el proceso lógico de “medidas intervencionistas>ideología socialista>izquierda” no debería aplicarse al nazismo, no hay que negar el ánimo revolucionario con que dichas medidas se propusieron. Fritsche expone muy bien cómo los partidos tradicionales de izquierda en la República de Weimar fueron tomando actitudes más corporativistas y de “casta” que poca simpatía causaban en el votante obrero al que se suponía que debían representar. Hitler, más que un conservador reaccionario, fue un profeta político que llegó con la idea de regenerar la política alemana y sustituir a los viejos partidos que ya llevaban tiempo en declive[14].

En “Modernismo y Fascismo”, Griffin desarrolla con brillantez cómo tras el nacionalsocialismo había una intención clara de iniciar un nuevo momento histórico, la culminación de un acto demiúrgico de creación de un “nuevo hombre” destinado a liderar un “nuevo mundo” y que las referencias a un pasado mítico hay que tomarlas como un proceso de  “reconexión hacia delante”[15].

Así como los ilustrados abogaban por una autosuperación del individuo a través de una ideología progresiva en donde la historia culmina en la emancipación del hombre, también los nazis buscaban alcanzar el final de la historia a través de la raza, y para ello se valieron de los mismos métodos de sacralización política y las mismas herramientas de legitimidad para construir un estado völkisch.

La Ilustración

De momento, y dado lo azaroso que es el campo de la política por su dinamismo histórico, creo que esa conciencia revolucionaria es la principal prueba de que jamás hubo en Hitler una intención de salvaguardar un “viejo orden” o unas “tradiciones” concretas, sino que el objetivo del nacionalismo siempre fue la construcción de un nuevo futuro, rasgo, este sí, intrínsecamente ligado a la izquierda.

Retrocedamos un poco a 1784, cuando Friedrich Zöllner publica un artículo titulado “Was ist Aufklärung?”, ¿Qué es la Ilustración? Nada más plantear la pregunta, algunos de los más notables filósofos alemanes fueron dando sus propias respuestas. De todas ellas, la más universalizada sería la de Kant “La ilustración es la salida del hombre de su autoculpable minoría de edad”. Lo que aquí defiendo es que el sentido con que el régimen nacionalsocialista llevó a cabo su ideario fue precisamente con el de emancipar las razas originarias, en plural, porque aunque el discurso aplicado del nazismo fuese nacional, el proyecto era internacionalista en tanto que es a través de todas aquellas razas que presenten “originalidad” que la humanidad ejercerá el papel al que está destinada.[16]

Notas

[1] KUEHNELT-LEDDIHN, Erik. Leftism: from Sade and Marx to Hitler and Marcuse. Arlington House, 1974. p 43

[2] Ibid., p. 37

[3] BUENO, Gustavo. El Mito de la Cultura. 10 Ed. Oviedo: Pentalfa, 2016. p. 211

[4] FRIEZTSCHE, Peter. De Alemanes a Nazis. Titivillus, 2015. p. 25

[5] Ibid., p. 79

[6] WILSON, Bee. “ El Pensamiento Contrarrevolucionario” en STEDMAN JONES, Gareth. CLAEYS, Gregory (EDS.). Historia del Pensamiento Político del Siglo XIX. Madrid: Ediciones Akal. 2021. p. 25

[7] citado en GRIFFIN, Roger. Modernismo y Fascismo la sensación de comienzo bajo Musolini y Hitler. Madrid: Ediciones Akal. 2010. p. 363

[8] citado en Ibid., p. 383

[9] ACTON, John. Ensayos Sobre la Libertad y el Poder. 2 Ed. Madrid: Unión Editorial. 2016. p. 267

[10] CLAEYS, Gregory. “ El Socialismo no Marxista” en STEDMAN JONES, Gareth. CLAEYS, Gregory (EDS.). Historia del Pensamiento Político del Siglo XIX. Madrid: Ediciones Akal. 2021. p. 543

[11] FRIEZTSCHE op. cit., pp 97-146

[12] ROBBINS, Lionel. La Gran Depresión del Siglo XX. Madrid: Ediciones Aosta. 2018. p. 285

[13] SCHUMPETER, Joseph Alois. Historia del Análisis Económico. 2 Ed. Barcelona: Ariel Economía. 2019. p. 1252

[14] FRIEZSCHE op. cit., pp. 97-146

[15] GRIFFIN op. cit., pp. 358-359

[16] BREA GARCÍA, Sergio. “Volksgemeinschaft dürch volkwerdung. Ingeniería social nacionalsocialista para una sociedad sin clases”. Ekasia Revista de Filosofía. (Enero 2015). pp. 323-360. p. 327.

Ver también

Por qué Hitler adoraba la justicia social. (Jon Miltimore).

Hitler, ¿un revolucionario anticapitalista? (Stephan Beig).

Nacional socialistas de ayer y hoy. (José Carlos Rodríguez).

Moral, cultura e instituciones en la cooperación y la competencia

En un artículo anterior propuse que estudiar interdisciplinariamente los procesos de cooperación y competencia como estrategias sociobiológicas universales—combinando la teoría de la evolución biológica y cultural, la psicología y la praxeología—nos puede dotar de herramientas efectivas para analizar los procesos políticos, económicos y sociales en distintos ambientes, culturas y épocas.

El caso de la moral

La relación entre moralidad y cooperación se ha estudiado ampliamente. La premisa fundamental es que la moralidad no es un mero constructo cultural arbitrario, sino que ha evolucionado porque favorece la cooperación dentro de los grupos humanos. Las normas morales ayudan a coordinar acciones y generar confianza, lo que permite una mayor cohesión social y beneficios mutuos.

Esto no significa que la moralidad se reduzca únicamente a sanciones para minimizar conflictos o evitar parasitismos. Nociones más abstractas como la justicia, la equidad o los derechos pueden servir para gestionar conflictos de interés y promover la estabilidad social. Los tabúes y las normas sobre lo que es bien visto o mal visto funcionan como instrumentos morales tanto para fomentar la cooperación y la filiación a través de la reputación y el prestigio, como para competir y generar división social (amigo-enemigo, endogrupo-exogrupo).

¿Cómo podemos evaluar instituciones y culturas?

La noción de selección biológica y cultural no es intrínsecamente teleológica, es decir, no implica que las instituciones evolucionen con un propósito o fin determinado. Sin embargo, sí contradice la idea de que son meros procesos arbitrarios o simples subproductos de las dinámicas de poder (oprimido-opresor). Las instituciones emergen y se transforman en respuesta a las presiones del entorno, lo que significa que pueden volverse circunstancialmente inadaptativas. Por ello, es posible hablar de “mejores” o “peores” culturas e instituciones según su capacidad de adaptación

Si bien la calidad de una institución o cultura depende de las características de la especie y el entorno, algunas instituciones solo pueden surgir y sostenerse en condiciones extraordinarias, como el aislamiento social o una dictadura. En términos generales, las instituciones deben facilitar la cooperación, evitar la autodestrucción, reducir conflictos, generar confianza y reputación, y sostener la tensión del sistema entre fuerzas opuestas: disrupción y estabilidad, orden y caos, apertura y fronteras, entre otras. Cuando estas fuerzas se desequilibran, la adaptabilidad del sistema se ve comprometida, poniendo en riesgo la funcionalidad de las instituciones.

¿Cómo sabemos qué prácticas culturales eliminar o conservar si algunas pueden tener un valor oculto?

Es posible que existan instituciones o prácticas culturales cuya función no sea evidente a simple vista y que estemos cometiendo un error al intentar modificarlas o eliminarlas. Un ejemplo de esto es el cortejo tradicional, una práctica cultural que suele requerir ambientes sociales y formas de interacción únicas que permiten a los pretendientes conocerse, evaluarse y construir confianza. Si concluimos que “el cortejo tradicional es machista, opresor y misógino” y decidimos atacarlo y eliminarlo, podríamos encontrarnos con el indeseado escenario de que las personas enfrenten dificultades para formar pareja porque el marco cultural que rodeaba el cortejo se ha destruido.

En este tipo de casos, hablamos de cómo la evolución cultural da lugar a prácticas funcionales a partir de un conocimiento social acumulado que no siempre es fácil de descifrar a simple vista. Otro ejemplo de esto es la higiene personal, como el hábito de lavarse las manos, que los humanos practicaban mucho antes de conocer la existencia de virus, bacterias o parásitos.

Otras prácticas sociales, como los matrimonios arreglados, pudieron haber sido soluciones relativamente efectivas en ciertos contextos pasados, ya sea para garantizar la supervivencia, forjar alianzas estratégicas o incluso proteger a las mujeres de las vulnerabilidades de la soltería (como la exclusión o el abuso). Sin embargo, es evidente que esta institución sería contraproducente en la mayoría de los entornos actuales. Cuando una institución que restringe las libertades individuales deja de ser necesaria, las presiones adaptativas de libertad y los principios morales de equidad, libertad y justicia incentivan a los individuos a deshacerla.

El caso de la desatención cultural a las familias jóvenes

En el entorno actual de abundancia material, independencia y seguridad, una práctica cultural tan rígida y liberticida (como los matrimonios arreglados/forzados) resulta ineficiente. No obstante, desatender culturalmente el cortejo y la formación de parejas y familias también es un error. Por ejemplo, la mayoría de los hombres y mujeres sin hijos que habrían querido tenerlos no los tuvieron debido a dificultades para encontrar y mantener una pareja adecuada durante sus años fértiles. Este grupo —las personas sin hijos— es el que más ha contribuido a la drástica caída reciente de la natalidad, ya que el fenómeno no se explica porque las parejas con hijos tengan menos hijos, sino por la creciente cantidad de personas que no llegan a tenerlos.

En mi opinión, es evidente que las generaciones mayores desatendieron culturalmente los asuntos relacionados con la formación temprana de parejas, incentivando en sus hijos una focalización en su vida profesional. Esto rompió el equilibrio cultural entre orden, control y represión, por un lado, y libertad, disrupción y creatividad, por otro. El desafío radica en que la caída de la natalidad no tiene consecuencias inmediatas, lo que limita el mecanismo de corrección dentro del proceso de evolución cultural.        

¿Hay algún patrón que tengan las mejores instituciones políticas, económicas y culturales?

Idealmente, las instituciones que conforman un sistema social deben compartir ciertas cualidades fundamentales. Su forma puede variar, pero, por convergencia, su funcionalidad tiende a ser similar.

  • Maximización de la libertad: Es común que un sistema acumule progresivamente restricciones a la libertad (ya sea por miedo, sometimiento o moral igualitarista). Por ello, las instituciones que la protegen son esenciales. La libertad permite a cada agente incorporar, crear y transmitir la información que considera útil, aumentando la posibilidad de que haya más información valiosa en el sistema en beneficio de todos.
  • Cooperación y competencia voluntaria: La voluntariedad en ambos procesos es esencial. Si se obliga a un agente a cooperar (ejemplo: bienes públicos) o a competir (ejemplo: Estado de bienestar), las estrategias en cuestión pierden parte de su capacidad para generar riqueza y conocimiento.
  • Reducción de conflictos: Cuando se restringen las libertades y se fuerza a los agentes a cooperar o competir en situaciones que no habrían elegido voluntariamente, se generan conflictos innecesarios. Además, provocar conflictos (ejemplo: okupación) o dificultar su resolución (ejemplo: sistemas judiciales lentos) deteriora la capacidad del sistema para adaptarse y mejorar.
  • No totalitarias: el sistema debe contar con instituciones que protejan ciertas burbujas, de modo que no sean absorbidas por el modelo mayoritario. Ejemplos de estas burbujas son los homeschoolers, las escuelas privadas extranjeras con menor regulación, comunidades como los Amish o grupos aborígenes. Estos espacios permiten la conservación o la innovación cultural, funcionando en paralelo con el resto del sistema.
  • Cambios progresivos, emergencia y espontaneidad: La red de instituciones, en su conjunto, debe permitir que los cambios ocurran cuando sean necesarios, de manera espontánea y sin generar caos.

Concepto de convergencia

El concepto de convergencia evolutiva se refiere al proceso por el cual organismos que no están estrechamente relacionados evolutivamente desarrollan características similares debido a la adaptación a entornos o presiones selectivas similares. Esto ocurre porque ciertas formas o funciones resultan óptimas para un determinado nicho ecológico, lo que lleva a que diferentes linajes evolucionen estructuras análogas de manera independiente.

Un ejemplo clásico es el de los tiburones y los delfines. A pesar de que los tiburones son peces cartilaginosos y los delfines son mamíferos, ambos han desarrollado cuerpos hidrodinámicos, aletas dorsales y colas similares, ya que estas características mejoran la eficiencia de nadar en el medio acuático. Sin embargo, cada uno mantiene rasgos heredados de sus respectivos linajes: los tiburones tienen branquias, mientras que los delfines poseen pulmones y deben salir a la superficie para respirar.

De manera análoga, la convergencia evolutiva en la evolución cultural ocurre cuando sociedades distintas desarrollan soluciones similares ante problemas similares. Así como en la biología, la selección natural favorece ciertas formas y comportamientos en organismos no relacionados, en la cultura, la lógica adaptativa y la selección social pueden llevar a la aparición de instituciones, tecnologías o costumbres similares en civilizaciones separadas. No obstante, las sociedades, al igual que los organismos, arrastran aspectos heredados de sus formas culturales previas.

Más que liberalismo, buscamos instituciones liberales

En consecuencia, el éxito radica en alcanzar instituciones que, en esencia, cumplan con los principios mencionados, sin importar si se trata de microestados monárquicos, democracias liberales o comunidades tradicionales, siempre y cuando permitan que la información útil—obtenida a través de la libre experimentación y adaptación—sea creada y transmitida dentro del sistema.

La evolución nos muestra que, partiendo de orígenes distintos, es posible converger hacia soluciones similares. Tiburones y delfines, al igual que murciélagos y aves, han logrado sobrevivir en entornos similares porque han desarrollado respuestas funcionalmente equivalentes que son objetivamente eficaces. Del mismo modo, cualquier país puede encontrar su propio camino hacia un sistema de instituciones liberales sin necesidad de romper completamente con sus aspectos culturales heredado.

Ver también

Estudio interdisciplinario de la cooperación y la competencia. (Miguél Solís).

A Rothbard le agradezco: la imaginación

¿Qué podría escribir sobre Murray N. Rothbard? Falleció el 7 de enero de 1995, antes de cumplir 70 años, en un momento de mi vida en el que aún estaba en el colegio y desconocía completamente su existencia. Sólo lo conozco de manera indirecta, a través de anécdotas escuchadas en conferencias de otros autores. Uno de ellos, Hans-Hermann Hoppe, quien merece mi mayor respeto y puede considerarse uno de sus estudiantes más rigurosos en continuar su legado, describe cómo Rothbard llevó una existencia “marginal” en el ámbito académico. Esta circunstancia es testimonio de su grandeza intelectual.

En gran medida, Rothbard fue relegado al ostracismo por las instituciones académicas tradicionales en los Estados Unidos, lo que lo llevó a ganarse la vida durante una etapa significativa como empleado a medio tiempo en instituciones de menor renombre, como el Instituto Politécnico de Brooklyn. Allí no existía un departamento de economía; lo más cercano era un departamento de ciencias sociales, que Rothbard calificó como predominantemente marxista.

Sin embargo, aprovechó el tiempo libre que esta situación le ofrecía para trabajar en su obra, logrando, a través de sus escritos, atraer a un amplio número de estudiantes y seguidores. Así, se convirtió en el creador y uno de los principales impulsores del movimiento libertario contemporáneo. Desde 1986 hasta su fallecimiento, Rothbard mantuvo un puesto en la Universidad de Nevada, Las Vegas (UNLV), donde continuó dejando su huella intelectual.

Insaciable curiosidad

Como evidencia adicional de su carácter, recuerdo un evento en el Instituto Ludwig von Mises donde un conferencista relató al auditorio cómo Rothbard, en conferencias sobre los avances más recientes de la Escuela Austriaca de Economía o sobre política libertaria, no podía contener su entusiasmo y se movía casi incontrolablemente en su silla, emocionado por las ideas que tanto lo apasionaban. Allí, entre semejantes, disfrutaba discutiendo las ideas que más lo hacían feliz.

También recuerdo otra anécdota, compartida por un expositor, que describía cómo Rothbard seguía con interés los últimos marcadores de los torneos de baloncesto, mostrando un lado mundano y afable. Además, se mencionó que tenía la costumbre de asistir a conferencias sobre temas y disciplinas ajenas a la economía o la teoría política, algo que no representaba un obstáculo para él. Solía escuchar un par de ponencias, tomar todos los textos que se estuvieran discutiendo y llevarlos a casa para leerlos con detenimiento. Este comportamiento refleja su insaciable curiosidad y su constante búsqueda de conocimiento, características que definieron tanto su personalidad como su legado intelectual.

Tomando cerveza

Todo esto nos revela el carácter de Rothbard: un hombre con gustos mundanos, posiblemente similares a los nuestros, dispuesto a compartirlos entre risas y chistes, tomándose con nosotros una cerveza, relatando anécdotas llenas de espontaneidad y calidez. Sin embargo, también era capaz de transformarse en un combativo pugilista intelectual, dispuesto a desplegar argumentos de la más alta fineza y rigor, sin reservas, para erradicar, como si usara un lanzallamas, cualquier confusión o error conceptual. Rothbard encarnaba al profesor ideal, el mentor que habría querido tener, pero que el destino no me permitió conocer.

Siendo que solo lo conozco indirectamente, mal hacía dedicándole este breve texto a su carácter. Le dejaré eso a quienes tuvieron el privilegio de haberlo conocido directamente como amigo, colega o profesor. Me resta, entonces, dedicarle este esfuerzo a su obra y, concretamente, a lo que ha significado para mí.

Reflexión malagradecida

La obra de Rothbard, compuesta por cientos de artículos y más de 20 libros sobre teoría política, economía e historia, es difícil de resumir brevemente debido a su magnitud y profundidad. Personalmente, gran parte de su producción ha sido de una relevancia excepcional para mí. Con Man, Economy, and State, avancé y profundicé mis conocimientos adquiridos al leer Acción Humana de Ludwig von Mises, un libro que releo constantemente. Power and Market es una referencia clave que utilizo como guía en mi curso de Derecho Económico. Por medio de The Ethics of Liberty, descubrí una ética basada en principios libertarios y en el derecho natural, lo que me llevó a adoptar el libertarismo y, en particular, el anarco-capitalismo.

Con What Has Government Done to Our Money?, entendí la naturaleza maliciosa de la expansión artificial y fraudulenta de la oferta monetaria promovida por los bancos centrales. Finalmente, gracias a An Austrian Perspective on the History of Economic Thought, me encontré con el mejor recuento histórico del pensamiento económico que jamás haya leído. Esta obra moldeó mi interpretación de la ciencia económica como una lucha entre dos escuelas de pensamiento opuestas: la Escuela Austriaca de Economía y el resto.

Un profundo agradecimiento

Al hacer este recuento de su obra y mencionar brevemente la influencia que ha tenido en mí, surge en primer lugar el impulso de reflexionar sobre algunas discusiones que Rothbard pudo haber avanzado, pero que, al no darles prioridad, privó al mundo —y a todos nosotros, sus hijos intelectuales— de contar con su perspectiva sobre ciertos temas. Si me permitiera entretener esta idea, caprichosa y quizá injusta, podría señalar el retraso que representó su limitada atención a una teoría de la firma esencialmente austriaca, habiéndose enfocado únicamente en discutir los límites de las empresas como un problema derivado del cálculo económico. Del mismo modo, ese impulso me llevaría a reprocharle su reticencia a desarrollar una teoría robusta de eficiencia dentro del marco austriaco.

Pero no haré nada de esto en esta ocasión. En cambio, haré algo que nunca he hecho antes: expresar mi más profundo agradecimiento. Las enseñanzas que podemos extraer de la obra que nos legó Rothbard, junto con los testimonios sobre su carácter —que nos hacen lamentar no haber tenido el privilegio de conocerlo personalmente—, deben ser vistas como un gran beneficio externo, una verdadera externalidad positiva.

Gracias por la imaginación, profesor

No los tomamos como fallos del mercado —porque estos no existen—, sino como obsequios que Rothbard dejó a la humanidad, trabajando incansablemente, muchas veces en el silencio de la noche, en su búsqueda de la verdad en cada página que escribió. En particular, aprovecho esta oportunidad para agradecerle por algo en lo que he caído en cuenta recientemente —y estoy seguro de que no soy el único. A Murray N. Rothbard le agradezco profundamente por la constante exhortación, presente en toda su obra, a imaginar un mundo libre.

Como estudiante de Derecho, pronto me di cuenta de la constante intervención del Estado y todas sus agencias en la sociedad. Se me enseñaba que fuera de los límites del Estado solo existían monstruos furiosos, dispuestos a destruir la vida en todas sus formas y, especialmente, la civilización humana. Dentro del Estado todo, fuera de él nada, excepto oscuridad y ridiculización.

El decubrimiento de Murray N. Rothbard

A medida que avanzaba en la carrera, los profesores que encontraba reforzaban la idea de que la única fuente de orden y prosperidad era el Estado. Y ridiculizaban cualquier alternativa al estatismo. En ese momento, no tenía las herramientas teóricas ni el marco conceptual para sostener mi intuición de que algo no estaba bien. Sin embargo, tras leer The Ethics of Liberty, me encontré con su otro libro, For a New Liberty, donde Rothbard expone de manera clara y sencilla los principios del libertarismo y propone una alternativa radical al Estado y sus políticas coercitivas.

Lejos de conceder un ápice a posiciones conservadoras o estatistas, Rothbard aprovechó la única oportunidad de su vida para ofrecernos el paquete completo del libertarismo en su máxima expresión. Con esta obra, nos presenta no la reducción del Estado, ni la eliminación parcial de algunas de sus agencias, sino su eliminación total y desde la raíz. No nos propone un enfoque de asignación de derechos de propiedad con fines de eficiencia, sino la devolución al mercado libre de toda la producción, incluida la de los servicios de defensa de la propiedad. Y no aboga por reducir el Estado de bienestar, sino por su total eliminación. Con For a New Liberty, y con toda su obra en general, Rothbard no nos ofrece soluciones transicionales ni medidas intermedias, sino que nos presenta una visión de lo que podría ser la libertad, mostrando cómo se vería un mundo verdaderamente libre.

La justicia

Una de las grandes obsesiones de mi vida ha sido la producción privada del servicio de justicia. Y, en este ámbito, Rothbard ofrece una descripción fascinante de un sistema judicial en una sociedad libertaria. En su visión, las cortes son entidades privadas y competitivas, libres del monopolio estatal. Bajo este modelo, las disputas se resuelven de manera voluntaria, con las partes en conflicto eligiendo de mutuo acuerdo una corte o un árbitro para decidir el caso, fundamentándose en el consentimiento y evitando cualquier forma de coerción. Estas cortes aplican normas y principios jurídicos aceptados por la comunidad, alineados con los derechos de propiedad y la libertad individual, centrándose principalmente en la restitución a la víctima en lugar de imponer castigos estatales.

La competencia entre múltiples cortes no sólo fomenta la eficiencia y la calidad en la prestación de servicios judiciales, sino que también elimina los incentivos para el abuso de poder y promueve la innovación en la resolución de conflictos. Permite a los individuos elegir y cambiar de proveedor si consideran que una corte no es imparcial o adecuada. Este enfoque, profundamente arraigado en los principios libertarios, ofrece una alternativa revolucionaria a los sistemas tradicionales de justicia estatal.

Una visión de un mundo libre

Rothbard, a partir de su profunda y clara comprensión de los principios del libertarismo, solo puede ofrecernos una imagen de lo que podría ser el resultado del concierto de acciones libres de los individuos. Esto se debe a que nadie puede predecir con precisión cómo funcionaría el mercado libre en la producción de cualquier bien o servicio, ya sea pan, decisiones judiciales o el uso legítimo de la fuerza. Esa labor corresponde al empresario, quien, guiado por la información transmitida por el sistema de precios, ejerce su juicio, asume riesgos y enfrenta la posibilidad de pérdidas o ganancias.

Aunque eso es lo único que Rothbard puede hacer, al igual que cualquiera de nosotros, su logro radica en brindarnos una visión de un mundo libre a través de lo que imaginó sería dicho mundo. Esa imaginación, aunque sólidamente fundamentada en primeros principios y en un sistema de intercambios voluntarios, no deja de ser una proyección idealista que nos entrega a través de su obra, invitándonos a reflexionar sobre el potencial de la libertad.

Ciencia, no ficción, sobre una realidad posible

La ciencia ficción se distingue por ofrecernos imágenes de posibilidades que, aunque científicas y prácticamente plausibles, aún no se han materializado debido a la ausencia de las condiciones necesarias. De manera similar, lo que imaginó Julio Verne en De la Tierra a la Luna se convirtió en una idea que la mente humana utilizó para moldear el mundo, transformando lo imaginado en los viajes espaciales que hoy conocemos, como los proyectos de Elon Musk. Del mismo modo, aunque el trabajo de Rothbard está lejos de ser ciencia ficción, sus visiones podrían llegar a ser la base sobre la cual la humanidad, utilizando la razón y la acción libre, transforme lo dado en lo que sería un mundo verdaderamente libre.

Por esta razón, estoy profundamente agradecido con Rothbard: por haber sembrado en mi mente la imagen de un mundo libre y haber encendido en mí el afán de construir y proponer continuamente ideas para dar forma a esa visión. Él no solo nos dejó un conjunto de principios y argumentos sólidos, sino también una invitación constante a imaginar lo que la humanidad puede alcanzar cuando se guía por la libertad. Estas propuestas, aunque sujetas a las preferencias y decisiones de los hombres libres en el futuro, tienen el poder de transformar el mundo tal como lo conocemos.

Rothbard no solo fue un pensador, sino un soñador que, con su obra, nos legó una hoja de ruta para explorar los vastos horizontes de la libertad. Al terminar estas reflexiones, solo puedo agradecerle por recordarnos que la verdadera transformación comienza con la imaginación de lo posible, y que cada uno de nosotros tiene el poder de contribuir a esa visión, paso a paso, en la construcción de un mundo realmente libre.

Ver también

Polémicas sobre Rothbard: historia, epistemología, órdenes espontáneos, dinero, ética y sectarismo. (Adrián Ravier).

10 mitos sobre Murray Rothbard. (Adolfo Lozano).

Rothbard: anatomía del Estado. (Daniel Monena Vitón).

Anarcocapitalismo y los desafíos ecológicos contemporáneos (I): la gestión de la incertidumbre

La ecología de mercado (free-market environmentalism), expresión que corresponde al título original del libro de Terry L. Anderson y Donald R. Leal (1993) que es referencia obligada en este campo, ha dotado a los teóricos de la ciencia social, muy particularmente de la economía, de una más profunda y sutil comprensión de la organización y los mecanismos de autorregulación de los sistemas ecológicos, en tanto que interacción dinámica entre los grupos humanos con el medio físico y biótico.

Más allá del absoluto paralelismo en cuanto a la concepción espontánea y evolutiva de los procesos de mercado y la ciencia ecológica (véase, por ejemplo, Huerta de Soto 2020a), no son pocos los autores que han puesto en duda la capacidad de coordinación y ajuste que surge del mercado con respecto de la gestión de los elementos y recursos de la naturaleza (p. ej. Blumm 1992), un debate que resulta de especial interés a la hora de analizar la viabilidad de un eventual marco social post-estatal en el que el entorno natural haya trascendido su carácter reservado al dominio público para estar organizado basándose en un entramado policéntrico de contratos voluntarios regulados por la libre empresa y los incentivos de mercado.

Viejas y nuevas cuestiones

Inspirado en el artículo seminal de Edwin G. Dolan (1990), en este comentario y en la serie que le procede en forma de trilogía se bosquejan algunas cuestiones que, a juicio del autor, plantean los desafíos medioambientales contemporáneos en el contexto de un escenario de mercado totalmente libre de injerencia estatal: (I) la gestión de la inexorable incertidumbre práctica vinculada a las interacciones ecológicas, (II) la definición de los derechos de propiedad en relación con el entorno natural, y (III) el problema de los costes de transacción.

En aras de la brevedad, se obvian aquellos argumentos críticos vinculados con la situación de monopolio, la doctrina de las externalidades negativas, los bienes públicos y el problema de los free riders o el dilema de la equidad intergeneracional, en tanto que estos razonamientos ya han sido replicados in extenso en monográficos previos (en castellano por Huerta de Soto 2020b). También se pone de manifiesto cómo el enfoque adaptativo, evolutivo y dinámico inherente al sistema anarcocapitalista podría contribuir a circunvalar estos desafíos característicos de la modernidad, no por ello obviando la máxima que advierte que la gama y variedad de soluciones empresariales provistas por el orden espontáneo del mercado a estos problemas concretos no pueden ser determinadas ex ante.

La incertidumbre

En esta primera reseña se aborda la incertidumbre estructural que constituye el locus cœruleus de las dinámicas ecológicas, en absoluto paralelismo con los procesos espontáneos a los que responde el desarrollo económico, y se discute cómo la fuerza mercantil podría acometer estrategias de mejora en relación con el estado de la naturaleza, sobre todo en contraposición al actual marco institucional y burocrático dominado por el monopolio estatal.

Como en cualquier área compleja de la ciencia, la aparición de incertidumbres es un rasgo intrínseco de los sistemas ecológicos, concebidos como procesos de interacción dinámica y evolutiva de tipo no lineal cuya autoorganización depende de una miríada de circunstancias características de sus respectivas coordenadas de tiempo y lugar, un principio axiomático y con vocación universal que la ciencia ecológica ha bautizado como dependencia del contexto.

En efecto, la inferencia del tamaño poblacional de una especie, un estadístico demográfico relativamente “simple”, depende de las correspondientes estimaciones de parámetros como la natalidad, la mortalidad o las tasas de inmigración y emigración, descriptores de naturaleza estocástica cuyos cálculos están sujetos a una inerradicable incertidumbre práctica. A ello se le suma la naturaleza no aditiva (sinérgica o antagónica) de la infinidad de interacciones protagonizadas por los diferentes mecanismos de organización ecológica, cuya prevalencia y magnitud siguen plagando de incertidumbre empírica las proyecciones en su dimensión espacial y temporal.

La lluvia ácida

El perfeccionamiento de nuevas técnicas de modelización multivariante, como los modelos de ecuaciones estructurales o los análisis de comunalidad, por poner dos ejemplos de rutinario empleo en el campo de la ciencia ecológica, han permitido probar y estimar interacciones dinámicas a partir de parámetros estadísticos y suposiciones cualitativas sobre la causalidad entre variables, mejorando la cuantificación de los efectos directos, indirectos y sinérgicos entre los factores ambientales.

Desde el punto de vista técnico, el desarrollo y optimización de estas y otras herramientas de modelización serían claves para solucionar de manera efectiva las correspondientes agresiones a los derechos de propiedad sobre el entorno natural en una futura sociedad post-estatal, sobre todo a colación del debate que suscitó a finales del pasado siglo la valoración de los efectos directos e indirectos de la lluvia ácida sobre las aguas continentales y las masas boscosas en las Montañas Rocosas de los Estados Unidos.

Y es que la acidificación de las precipitaciones (derivada de la contaminación atmosférica por óxidos de nitrógeno y azufre) intervino como un agente impactante no lineal cuyos efectos sobre la biota se manifestaron sinérgicamente (aunque en función del contexto particular de los condicionantes ambientales característicos de cada lugar) en combinación con el ozono troposférico de las zonas periurbanas (fenómeno conocido comúnmente como smog fotoquímico) y los iones metálicos retenidos en la matriz arcillosa del suelo.

El papel de la regulación

La expeditiva respuesta política a la problemática causada por el fenómeno de la lluvia ácida al otro lado del Atlántico vino acompañada de un severo esfuerzo regulatorio que cristalizó con la aprobación de los New Perfomance Standards de la Clean Air Act (Ley del Aire Limpio) de 1977, cuyo sobrecoste anual se ha estimado en casi 80 millones de dólares al año desde la era Bush (datos extraídos del Programa Nacional de Evaluación de las Precipitaciones Ácidas), en parte por la estricta aplicación de las normas de la mejor tecnología disponible que, en lugar de fijar niveles de emisión específicos mediante la autorización de carbón más limpio y de bajo contenido en compuestos sulfurosos, obligó a los propietarios de las instalaciones térmicas a implementar sistemas de filtrado de gases más caros, menos eficientes y de muy complicada manipulación.

A todo ello se le sumó el esfuerzo de la administración federal por conseguir una drástica reducción en los niveles de emisión de los precursores químicos de la lluvia ácida sin tener en cuenta las incertidumbres inherentes en los modelos de compartimentos ambientales, obviando el desacoplamiento temporal entre la reducción de las emisiones gaseosas y la merma de las sedimentaciones ácidas en el suelo y la biota, un enfoque que infringe de facto las bases de la teoría ecológica de metasistemas al perseguir soluciones estáticas a problemas dinámicos y multidimensionales.

El papel de la libre empresa

En contraposición a la intervención sistemática y regulatoria de la administración pública, fundamentada en forzar a terceros la internalización de los efectos ambientales so pretexto de los mecanismos disciplinarios y de control político exigidos por omniscientes, benevolentes y laureados burócratas y expertos (entiéndase la ironía), las mejoras en las recetas concretas y específicas de tipo técnico e institucional legítimamente confiables a la libre empresa y al entramado de procesos espontáneos que distinguen al modelo anarcocapitalista de cualquier otra forma de organización social, conllevarían la adopción de soluciones innovadoras y descentralizadas articuladas a través de los intereses particulares e incentivos de mercado; por ejemplo, a través de la asunción de responsabilidad de los daños causados por una acción contaminante, dando lugar a un proceso negociador entre el acusado y los receptores de la contaminación (demandantes).

En efecto, bajo el paraguas del marco teórico que ofrece la ecología de mercado, una vez identificada(s) la(s) fuente(s) contaminante(s) se obligaría a los primeros a pagar por los daños causados sobre la propiedad ajena a través de indemnizaciones o interdictos según los principios y normas establecidos por los pertinentes estándares jurídicos libertarios. Este enfoque adaptativo, consustancial a la teoría general del capitalismo libertario, y que reconoce explícitamente las incertidumbres inherentes a los fenómenos naturales, resultaría compatible con los principios fundamentales que vertebran la ciencia ecológica moderna, garantizando en términos dinámicos e intertemporales la solución a los problemas medioambientales contemporáneos a través de acciones ingeniosas e imaginativas surgidas evolutiva y empresarialmente en Libertad.

Innovación

En futuras reseñas que serán publicadas en este foro de forma regular se examinarán los potenciales beneficios de la custodia privada de los recursos naturales y la biodiversidad, en especial en comparación con los modelos de gestión pública vía regulaciones administrativas, haciendo énfasis en las innovaciones técnicas necesarias para minimizar los daños generados sobre la propiedad en relación con el entorno natural, así como el surgimiento de la falacia de los costes de transacción como consecuencia inapelable de la actual deficiencia en materia de definición y defensa de los derechos de propiedad, en contraste con el diseño institucional que cabría concebir en un mercado libre de coerción estatal.

Se ruega a los amables lectores que compartan con el autor cualesquiera críticas o apreciaciones sobre este manuscrito a través de la siguiente vía de contacto institucional: jogarg@unileon.es

Bibliografía

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Bengtsson, J. (2010) “Applied (meta)community ecology: diversity and ecosystem services at the intersection of local and regional processes”, en Verhoef, H. A. y Morin, P. J. (eds.) Community Ecology: Processes, Models and Applications (pp. 115-130), Oxford University Press, Oxford: Reino Unido.

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Urban, P., Sabo, P. y Plesník, J. (2021). How to define ecology on the basis of its current understanding? Folia Oecologica, 48(1): 1-8.

Ver también

Calentamiento cada mil quinientos años. (Antonio Gimeno).

De nuevo, Mises no comprendió a Menger IV: la escala de Mohs

Hoy retomo esta serie en primer lugar para analizar si las escalas numéricas que utiliza Menger podrían interpretarse como escalas ordinales, de manera análoga a la escala de Mohs de dureza de los minerales. Y en segundo lugar haré una reflexión sobre la imposibilidad de explicar plenamente la planificación económica por parte de la teoría ordinal del valor.

La escala de Mohs es muy sencilla, ordena la dureza de los minerales de 1 a 10 de manera que el menos duro, el talco, tiene un valor uno y el más duro, el diamante, tiene un valor de 10.  La lógica de la escala de Mohs es que los minerales de mayor dureza pueden rayar a los de menor dureza, pero no al revés.  Esta escala no mide proporciones de dureza, es decir, la dureza no tiene por qué variar en la misma intensidad entre el mineral 1 y el 2, que entre el mineral 4 y 5.  No cabría, por tanto, hablar de proporciones.  Simplemente, un mineral es más duro que otro, nada más. Esta escala no nos dice cuánto más duro es uno que otro. Tampoco tendría sentido realizar operaciones de suma o resta aritmética con estos números.

La escala de Mohs

¿Podríamos interpretar las escalas de valores de Menger como ordinales aplicando la misma lógica que la escala de Mohs?  En mi opinión, rotundamente no.  Como ya hemos expuesto en las entregas anteriores de esta serie, Menger alude constantemente a expresiones como “la medida del valor”, “determinación cuantitativa de la importancia de una necesidad”, “el valor es una magnitud que puede medirse”, “diferencia del valor de los bienes y la medida de los mismos”, “la diferencia de la magnitud del valor”, “Diferencias de la magnitud de la significación de cada una de las satisfacciones de necesidades”, etc. No continúo enumerando expresiones de este tipo para no aburrir al lector. 

Aparte de las anteriores expresiones de carácter teórico, también hay otros pasajes donde Menger se pone manos a la obra con ejemplos prácticos realizando cálculos aritméticos sobre el valor como proporciones, sumas o restas. Ya comenté en entregas anteriores el ejemplo de las valoraciones cardinales de vacas y caballos por parte de los granjeros, y hoy traigo este otro pasaje donde Menger realiza cálculos sobre el valor de los bienes de orden superior:

Supongamos, para dar una expresión numérica a lo que venimos diciendo, que el valor previsible del producto disponible al cabo de un año equivale a 100 y que el valor de la disposición sobre la cantidad de los correspondientes bienes económicos de orden superior dentro del año (el valor de la utilización del capital) equivale a 10. Es claro entonces que en el momento actual el valor de la totalidad de las cantidades suplementarias de bienes de orden superior requeridas para la producción del mencionado producto, excluida la  utilización del capital correspondiente, no equivale para un sujeto económico a 100, sino sólo a 90. Si el valor de la utilización del capital fuera 15, entonces el otro valor sólo sería 85.

El valor que para cada uno de los individuos económicos concretos tienen los bienes es, como ya hemos dicho varias veces, la base principal de la formación del precio

Carl Menger. Principios de economía política, p 219.

No son magnitudes absolutas

Queda meridianamente claro que Menger habla de valores y no de precios, pues subraya que el valor de los bienes de orden superior que está calculando es la base para la formación del precio.

No debemos caer en el error de pensar que por esas expresiones numéricas de 100, 85 o 90 Menger se está refiriendo a magnitudes absolutas. Como en el ejemplo de las vacas y los caballos, las valoraciones las hacemos en términos de unos bienes con respecto a otros. Igual que la distancia la cuantificamos de una cosa, la distancia a medir, con respecto a otra que utilizamos para cuantificarla (pasos, pies, metros, etc).

Para medir, solemos utilizar como referencia el valor marginal que, en un momento concreto, para nosotros tiene el dinero. Y de nuevo, medir el valor en términos de dinero en absoluto implica que estemos hablando de precios.  Si yo voy a un mercadillo y tengo en mente que la camisa que quiero comprar vale 100 unidades monetarias para mi, solo estaré dispuesto a comprarla por 99 unidades o menos.  Es decir, para mí el valor es 100, y el precio será el más bajo posible, inferior a 99.  Podría ser 80, 20 o incluso 5, el precio más bajo posible que consiga negociar con el vendedor.

¿Era Menger cardinalista?

Para concluir con el artículo de hoy, quisiera hacer una reflexión al margen de la discusión de si Menger es cardinalista o no. Y es que no resulta concebible que podamos planificar nuestra actividad previsora sin tener, como afirma Mises, la menor noción de la diferencia de la magnitud de valor que otorgamos a cada uno de nuestros fines o necesidades.

En este sentido, también me gustaría hacer referencia al argumento de Carlos Bondone, que es quien ha inspirado todos mis artículos sobre la medida del valor. Hasta donde yo llego a entender, Bondone sostiene que sólo es medible el valor que se refleja en los bienes, pero no sería medible el valor de satisfacer necesidades. Humildemente, creo que el mismo argumento podría servir para medir la importancia de la satisfacción de necesidades, pues estamos hablando en todo caso de la misma magnitud. Tal y como explica Menger, el valor es la importancia que asignamos a nuestras necesidades que luego proyectamos en los bienes.

Si Crusoe tiene más de una necesidad, ¿cómo consigue distribuir los recursos y esfuerzo que dedica a satisfacer unas necesidades u otras? En un primer momento, e independientemente de que posteriormente pueda reajustar o no, Crusoe planifica. Sabemos que no actúa como un Ñu, que simplemente satisface la necesidad que más le urge instintivamente y, una vez satisfecha, pasa a la siguiente. No, Crusoe planifica de cara al futuro y esto sin duda lo deja muy claro el propio Mises. Planifica su necesidad de escapar de la isla, su necesidad de comer, de beber, intenta procurarse de remedios para eventuales heridas o enfermedades que pudieran surgir, etc.

Precisión y cardinalidad

Según Mises, Crusoe no podría determinar mayores cantidades concretas de recursos y esfuerzo a una necesidad que a otra porque es imposible que pueda calcular diferencias en la importancia de estas necesidades.  Cualquier plan que haga se limitaría a dedicar algo más de recursos a una necesidad que a otra por orden de importancia, pero la argumentación de Mises conduce irremediablemente a que ese “algo más” sólo podría ser arbitrario o especulativo aunque él no lo afirme expresamente, y es más que evidente que esto no es así.

Que si Crusoe dedica aproximadamente 5 veces más esfuerzo a buscar comida que a buscar agua, pues con toda seguridad será porque para él el valor de la comida es más o menos 5 veces superior al del agua en función de su estimación cuantitativa, más o menos precisa o acertada, de las cantidades necesitadas y disponibles de agua y comida.

Quiero subrayar que “5 veces superior” no tiene por qué ser una cuantificación exacta.  La inexactitud en absoluto niega la cardinalidad. Por poner un ejemplo, cuantificar una distancia en pasos es una cuantificación cardinal, incluso aunque se cuantifique de un vistazo sin ni siquiera molestarse en recorrer la distancia contando los pasos.  Recordemos que el argumento de Mises no es que no se pueda cuantificar por un problema de inexactitud o imprecisión.

La posición de Mises

No, Mises niega de manera tajante y rotunda cualquier posibilidad de cuantificación proporcional o aritmética del valor o la realización de cualquier cálculo, y lo hace en numerosas ocasiones a lo largo de su obra. A continuación cito uno de sus pasajes más claros y contundentes en ese sentido:

En la esfera del valor y las valoraciones no hay operaciones aritméticas; en el terreno de los valores no existe el cálculo ni nada que se le asemeje.

Ludwig von Mises. La acción humana. p 146.

En definitiva, una teoría que no es capaz de explicar bien la realidad, no es una buena teoría. Y la teoría ordinal del valor de Mises es incapaz de explicar por qué Crusoe decide asignar y distribuir cantidades específicas de recursos o esfuerzo a cada necesidad en proporción a su importancia.

Bibliografía
Serie De nuevo, Mises no comprendió a Menger

(I) Ordinal vs. cardinal

(II) Tampoco Hayek

(III) Unidad de medida

Serie Mises no comprendió a Menger

IIIIIIIV

¿Es moralmente correcto permitir el sufrimiento ajeno?

La mente del hombre es su herramienta básica de supervivencia. La vida se le da, la supervivencia no. Su cuerpo se le da, el sustento de éste no. Para permanecer vivo ha de actuar, y antes de poder actuar tiene que conocer la naturaleza y el propósito de su acción. No puede obtener su alimento sin un conocimiento de lo que es alimento y de la manera de obtenerlo. Para permanecer vivo, tiene que pensar.

Todo lo que es apropiado para la vida de un ser racional es lo bueno; todo lo que la destruye es lo malo.

Fragmento del Discurso de Galt en La Rebelión de Atlas

La moralidad objetivista

Para el objetivismo, la moralidad comienza con la vida como el estándar último de valor. El propósito moral del hombre es actual racionalmente para preservar su propia vida y lograr la felicidad, ya que cada hombre es un fin en sí mismo y existe para sí mismo.

Ayn Rand escribió:

El hombre debe vivir para su propio beneficio, sin sacrificarse a sí mismo por otros, ni sacrificar a otros para sí mismo

Ayn Rand. La virtud del egoísmo

Esto no significa ignorar a los demás ni causar sufrimiento, pero sí implica que nadie tiene el derecho de exigir sacrificios por parte de otros. 

La moralidad objetivista es un código de valores basado en la razón, cuyo propósito es permitir que el individuo viva y prospere. No implica subordinar la vida de uno al bienestar de los demás, sino actuar en interés propio de manera racional, respetando los derechos y libertades de los demás.

Rand critica duramente el altruismo, entendido como la idea de que el sacrificio por los demás es la esencia de la moralidad. El altruismo niega el valor intrínseco del individuo, convirtiendo a las personas en medios para los fines de otros y como dijo Rand, no puede haber nada más inmoral que eso: “No puede haber algo más inmoral que pedir a un hombre que se sacrifique por otro” (La Virtud del Egoísmo).

La moral altruista

Los sistemas colectivistas (de moral altruista) utilizan el sufrimiento como justificación para intervenir coercitivamente en la vida de los individuos. El altruismo obligatorio lleva al uso de la fuerza y a la violación de los derechos, lo que destruye tanto la libertad como la prosperidad. Esto puede verse en países con sistemas de bienestar coercitivo.

Por ejemplo, en algunos estados europeos, los altos impuestos redistributivos han desincentivado la productividad, ya que los más talentosos o trabajadores se ven obligados a sostener a quienes no contribuyen, reduciendo así la motivación para innovar y trabajar más y haciendo que muchos emprendedores y empresas innovadoras decidan instalarse en países que no les penalicen tanto, lo que ha generado una masiva fuga de talentos y de capital de países europeos a países con más libertad como Estados Unidos.

Esto conecta directamente con los gobiernos socialdemócratas, que son mayoría hoy en el mundo, los cuales justifican las políticas de redistribución de riqueza como un medio para reducir el sufrimiento. Sin embargo, al obligar a unos a sacrificar los frutos de su trabajo para beneficio de otros, se viola el principio de intercambio voluntario y el derecho a la propiedad privada.

Robarle el fruto de su trabajo a quien se lo ha ganado para dárselo a quien no se lo ha ganado, en lugar de aliviar el sufrimiento generan nuevos problemas como resentimiento y falta de seguridad jurídica de una parte y falta de incentivos y dependencia de la otra parte. Esto desemboca en una disminución del bienestar general. Esto puede observarse en países como Argentina, donde los subsidios sociales han generado generaciones dependientes del Estado en lugar de fomentar la autosuficiencia. Lo que demuestra que intentar aliviar el sufrimiento mediante coerción no solo es inmoral, sino que a menudo empeora la situación para todos.

Cuando se fuerza al hombre a actuar sin recompensa, se lo convierte en un esclavo; y cuando se recompensa a alguien sin esfuerzo, se lo convierte en un parásito.

Ayn Rand. La virtud del egoísmo

¿Debemos permitir el sufrimiento?

Como han concluido muchos filósofos en la historia, la vida es sufrimiento. El sufrimiento, en mayor o menor medida, es intrínseco a la vida humana y, por tanto, sólo podemos esperar no volver a sufrir nunca más cuando estemos muertos. 

Aceptar que las personas a nuestro alrededor van a sufrir es reconocer una realidad objetiva. Teniendo esto en cuenta, es irracional pensar que vamos a poder eliminar el sufrimiento humano del mundo. Como dice Ayn Rand en La Rebelión de Atlas: “El hombre no puede escapar de la realidad; puede ignorarla, pero no puede ignorar las consecuencias de ignorarla.” Esta cita subraya que es irracional esperar que el sufrimiento desaparezca por completo, ya que forma parte de la existencia humana.

Los intentos de eliminar el sufrimiento de la sociedad sólo nos pueden conducir a sistemas colectivistas de “altruismo coercitivo” donde los derechos individuales son sacrificados en nombre del “bien común”. 

En estas sociedades la libertad es sustituida por la fuerza con el objetivo de eliminar el sufrimiento; pero como este es un objetivo irracional e imposible el resultado termina siendo una sociedad sin derechos individuales, sin libertad y en la que paradójicamente habrá más sufrimiento que antes; ya que al sufrimiento intrínseco a la vida humana habrá que sumar ahora el causado por la pérdida de libertades y derechos. 

Paternalismo

Un ejemplo reciente de este fenómeno es la expansión de políticas paternalistas por algunos gobiernos que prohíben actividades supuestamente “dañinas” como consumir alimentos azucarados, fumar en lugares privados o se limita fuertemente la libertad de expresión en redes sociales. Aunque justificadas como medidas para proteger a la población, estas restricciones eliminan la autonomía personal y crean resentimiento, demostrando que la “protección” puede convertirse en una forma de opresión.

Cuando esto sucede, los gobernantes (apoyados por la masa irracional) lejos de darse cuenta de su error y recapacitar, redoblan sus esfuerzos. Argumentando que se necesita más de la misma medicina para poder ayudar a los necesitados. Eliminan más derechos individuales y libertades para supuestamente ayudar a los que están sufriendo. Esto genera una espiral descendente en la que cada vez hay más cosas prohibidas y se pierden más derechos, mientras que el sufrimiento de “los necesitados” nunca se reduce.

Y es que no es posible que deje de haber necesitados; en cualquier sociedad que imaginemos siempre habrá gente que sean considerados “los necesitados” porque estas valoraciones se dan por comparación con el resto de la sociedad.  De este modo hay necesitados en países pobres como Sudán o Burundi, pero también los hay en los países más ricos de la tierra como Noruega o Suiza. Obviamente, los pobres de Suiza viven no ya mucho mejor que los pobres de Sudán, sino mucho mejor que las clases altas de Sudán. Del mismo modo que una persona de clase baja hoy en España tiene un nivel de vida muy superior al de los reyes de hace 200 años.

Conclusión

El objetivismo no niega la posibilidad de ayudar a otros, pero insiste en que la ayuda debe ser un acto voluntario. Permitir el sufrimiento ajeno no es inmoral si se respeta el derecho de cada individuo a ser responsable de su propia vida. Intentar eliminar el sufrimiento de manera coercitiva, en cambio, sí que es inmoral, ya que implica el uso de la fuerza y convierte a unas personas en medios para los fines de otros.

La virtud no consiste en sacrificarse por los demás, sino en vivir de manera racional y productiva para el beneficio propio.

Ayn Rand. La virtud del egoísmo
Ver también

El sufrimiento como coartada. (José Antonio Baonza Díaz).

Casuística ética y liberalismo. (Francisco Capella).

¿Hablaron los austriacos de economía ambiental?

Si hay una crítica que ha calado fuerte entre los economistas austriacos a lo largo de los últimos años, ha sido la relacionada con que no exista una teoría austriaca homogénea sobre la economía ambiental. Cabe resaltar, llegados a este punto, como ya he hecho en otras ocasiones, que no me considero un economista austriaco, aunque comparta ciertas visiones de la economía con esta escuela.

Lo que sí considero es el hecho de que, aunque comparta con la crítica que no existe una teoría austriaca homogénea de la economía ambiental, sí disponemos de suficientes elementos teóricos en la literatura austriaca para describir lo que sería una visión austriaca de la economía ambiental, sobre todo en lo relacionado con teorías de las externalidades, como es la contaminación ambiental. Para ello es necesario explicar la economía ambiental, en primer lugar, para después analizar cómo encajan algunas premisas y teorías de la escuela austriaca con las principales cuestiones de que trata esta rama de la economía.

La economía ambiental surge dentro de la economía neoclásica a partir de las teorías de la eficiencia y las teorías pigouvianas de la economía del bienestar, sobre todo en lo referente a las externalidades y sus costes. En muchas ocasiones hemos escuchado y leído críticas de la escuela austriaca a ciertos elementos de estas teorías, sobre todo en lo referente a las políticas públicas que se proponían a partir de ellas.

Externalidades y medio ambiente

Tal y como hemos comentado, la economía ambiental se desarrolla a partir de las teorías de las externalidades, poniendo el foco en la maximización de la eficiencia de la utilización de recursos ambientales, cuyo grado máximo se alcanzaría, hipotéticamente, por la asignación de recursos obtenida a través del punto de equilibrio general en un mercado competitivo en el que la totalidad de los costes sean internalizados. Las ineficiencias ocurrirían cuando los costes sociales asociados a los efectos externos de ciertas actividades de consumo o producción fueran plenamente incorporados al coste o precio de la producción o consumo de dicho bien, respectivamente, como podría ser el caso de la contaminación del agua o del aire.

Por lo tanto, partiendo de esta hipótesis, el valor total de la producción para la sociedad puede verse incrementado estabilizando el nivel de producción y consumo de los bienes contaminantes al nivel en el que se hallaría si el coste de las externalidades se viera plenamente reflejado en el precio (por ejemplo, aplicando un impuesto extraordinario a los carburantes contaminantes equivalente al coste de la contaminación generada por estos). En este escenario, por lo tanto, la reasignación de recursos se tornaría eficiente, de tal manera que se produciría o consumiría una menor cantidad de bienes contaminantes y más de los que no lo son, debido a su menor coste proporcional.

La Escuela Austríaca

Sin embargo, la Escuela Austriaca no comparte esta manera de verlo, ni mucho menos las recomendaciones de políticas públicas que surgen de ella por varios motivos. En primer lugar, la Escuela austriaca considera que la eficiencia es praxeológica, es decir, es un objetivo individual y no un problema de maximización, como tradicionalmente se ha tratado en economía. (No comparto la visión de los austriacos aquí, ya que nos cambiaría absolutamente todo lo que sabemos sobre productividad, pero eso es otro tema). Para los austriacos, por lo tanto, desde el punto de vista de las políticas públicas, la eficiencia social se debe entender como el nivel al que las instituciones legales y políticas facilitan la consistencia y cohesión entre los objetivos que los actores individuales persiguen y los medios que consideran óptimos para lograrlos.

Por otro lado, vuelve la sempiterna discusión sobre costes sociales y valor. Para los austriacos, como bien sabemos, los costes y el valor son puramente subjetivos, por lo que los costes sociales y el valor social de algo no se puede calcular de manera agregada. En cambio, en la economía neoclásica, el enfoque tradicional se basa en identificar situaciones donde el beneficio marginal privado de una actividad es superior a su coste marginal social y viceversa, para potenciar un tipo de situaciones y desincentivar las otras. Claramente, este enfoque neoclásico requiere de comparaciones de utilidad interpersonales y agregación de preferencias o juicios valorativos individuales, lo cual los austriacos consideran metodológicamente incorrecto y, por lo tanto, inductor de conclusiones y recomendaciones inválidas.

Contra la economía neoclásica

En tercer lugar, otro debate en el que los austriacos siempre están enfrentados a la economía neoclásica y que se halla en el núcleo de la economía ambiental es el de la eficiencia de Pareto, que deriva de la posibilidad, en la economía neoclásica, de que exista un equilibrio general competitivo, pero que para los austriacos es simplemente una construcción teórica sin respaldo e irrelevante como baremo de análisis para fenómenos reales.

Tal y como conocemos a través de los escritos de Mises, la acción humana se prolonga en el tiempo, con acumulación de conocimiento y generando oferta y demanda constantes y permanentemente cambiantes, por lo que el equilibrio de Pareto en un instante determinado del tiempo resultaría irrelevante. Por ello, manteniéndose fieles a la teoría del valor y coste subjetivos, los austriacos rechazan de frente emplear el equilibrio-eficiencia de Pareto en cualquier análisis, torpedeando la base de flotación teórica de gran parte de la economía ambiental moderna.

Por lo tanto, aunque está claro que no existe una teoría unificada y homogénea de la economía ambiental por parte de la escuela austriaca, sí que existen unos principios, sobre todo metodológicos, que consolidan su oposición a la visión al respecto de la economía neoclásica y, por lo tanto, a la mayoría del policy making actual sobre la cuestión.

Ver también

La deshumanización del medio ambiente. (Adriá Pérez Martí).

Sólo el libre mercado protegerá al medio ambiente. (Daniel Lacalle).

Propiedad privada y medio ambiente. (Juan José Mora Villalón)

Clara Campoamor

La trayectoria de Clara Campoamor (1888-1972), la “sufragista española”, simboliza como pocas esa primavera de la esperanza, pronto mutada en invierno de la desesperación, que fue la IIª República española (1931-1936). Ella misma, uno de los personajes menos y peor tratados por la historiografía política del siglo XX, resulta inclasificable en ese experimento de ilusiones defraudadas que terminó siendo la IIª República española. Más liberal que izquierdista para las izquierdas y demasiado republicana para las derechas, la figura de Clara Campoamor, se alza solitaria, casi aislada, como era inevitable que le sucediese, en el complejo siglo XX español, a quien fue demócrata y liberal consecuente a lo largo de su vida.

Como recoge Luis Español en la semblanza hecha en su introducción a La Revolución Española vista por una republicana, Clara Campoamor tuvo que afrontar una niñez y adolescencia difíciles. En 1898 murió su padre y tuvo que ayudar a su madre a sostener las cargas familiares, desempeñando desde los trece años varios oficios.

Posteriormente, desde 1909, se abrió camino a través del funcionariado, primero del Cuerpo de Correos y Telégrafos del Ministerio de la Gobernación (en San Sebastián) y, en 1914, retornó a Madrid como profesora especial de taquigrafía y mecanografía en las Escuelas de Adultos. Trabajó, además, como auxiliar mecanógrafa en el Servicio de Construcciones Civiles del Ministerio de Instrucción y fue secretaria de Salvador Cánovas, director del conservador La Tribuna, iniciando sus colaboraciones en la prensa, como en el Nuevo Heraldo, El Sol y El Tiempo.

El Ateneo

De vuelta a Madrid, se abrió ante sus ojos un mundo nuevo. El funcionariado le daba una posición económica modesta, pero segura, en el tiempo en el que Europa se debatía en la Primera Guerra Mundial y, en España, se asistía a la progresiva descomposición de la Restauración. En 1916 comenzó a asistir al Ateneo de Madrid. Fueron para ella años de gran actividad, participando en la vida ateneísta en una época paulatinamente convulsa, tanto en la Docta Casa, como en España.

En el Ateneo tomó contacto con otras feministas, como Carmen de Burgos y, entre 1921 y 1924, formó parte de la mesa de la Sección de Pedagogía. En el Ateneo, descubriría además su interés por la literatura, las artes y las ciencias… Y en el Ateneo llegó a ser la primera mujer en ocupar un puesto en su Junta de Gobierno, al ser elegida en la candidatura encabezada por Gregorio Marañón, en marzo de 1930.

En 1921 se matriculó en bachillerato, título que obtuvo en 1922. A continuación, se matriculó en la Facultad de Derecho, licenciatura que concluyó en 1924. En 1925 ingresó en el Ilustre Colegio de Abogados de Madrid y fue la primera mujer que defendió una causa ante el Tribunal Supremo. En ese mismo año ingresó también en la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación.

Para Clara Campoamor, el advenimiento de la República, en 1931, significó la posibilidad no solo de formular sueños y promesas, sino de alcanzar también realidades. A su juicio, y al de muchos españoles, la república había abierto las ventanas de la nación al porvenir. Veía la República como una gran oportunidad histórica para España y la apoyó con entusiasmo sincero, al igual que otros muchos.

Ciudadana antes que mujer

En junio de 1931, se celebraron las elecciones a Cortes Constituyentes de la República, que redactarían la Constitución republicana. Un buen número de directivos del Ateneo fueron elegidos diputados, como Manuel Azaña. Clara Campoamor también había sido elegida, pero no como candidata del partido de Azaña, del que había formado parte desde sus inicios, sino por el Partido Radical, ya que Azaña no quiso que fuese candidata por su partido. La exclusión de Clara Campoamor por Azaña en junio de 1930, en la candidatura que le hizo presidente ateneista, volvía a producirse en junio de 1931, pero esta vez en las candidaturas a Cortes Constituyentes.

En España, ella fue y sigue siendo la más célebre defensora de los derechos de la mujer desde planteamientos liberales. Durante la IIª República Española se afilió al Partido Radical (Alejandro Lerroux) y fue diputada en las Cortes Constituyentes de 1931. Allí desempeñó un papel trascendental para la aprobación del sufragio femenino, con su presentación y defensa. Su propuesta, muy debatida, topó con la oposición de otros partidos, incluido el suyo, aunque ninguno de los conservadores. Argumentó que la igualdad era un principio liberal básico y que el sufragio femenino era crucial para garantizar la igualdad de derechos y oportunidades para las mujeres. Su defensa apasionada del sufragio femenino -“Señores diputados: yo, antes que mujer soy ciudadano”- resulto imprescindible para su aprobación en la legislación española.

El voto para las mujeres

La defensa del voto de la mujer en el proyecto de Constitución de la IIª República española, constituyó su mayor éxito, personal y político a la vez: había alcanzado fama nacional y se había ganado la simpatía de la opinión pública. También fue protagonista de la Ley de Divorcio (1932) y la abogada de divorcios muy sonados, como el de Valle Inclán. Mientras mantenía su actividad política, se unió a la masonería en 1932, en la Logia Reivindicación de Madrid (logia femenina). Se desconoce la fecha de su iniciación, pero constan testimonios documentales en el expediente abierto durante el franquismo en el Tribunal de Represión del Comunismo y la Masonería, que la impidió regresar de su exilio.

Su actuación política no se limitó a la consecución del voto de la mujer. También tuvo ocasión de participar en la acción de los gobiernos republicanos, entre 1933 y 1935, como directora general de Beneficencia (Ministerio del Interior). Y fue, además, autora de una ingente obra periodística, como articulista de prensa, luego recogida en diferentes volúmenes, así como de una amplia obra ensayística de muy variada temática. En todos estos escritos se muestra Clara Campoamor como se definió a sí misma siempre: humanista, liberal y feminista.

¿Encasillar a Clara Campoamor?

La fama y el éxito le dieron popularidad, pero también enemigos. En las elecciones de 1933 no fue reelegida. No obstante, el republicano histórico Alejandro Lerroux, que dominaba entonces la política española, la nombró directora general de Beneficencia (Ministerio del Interior). Pese a la dedicación con la que se ocupó de esos cometidos, dimitiría en noviembre de 1934, por la represión de la Revolución de Asturias. La campaña propagandística desarrollada por las izquierdas sobre las represiones causó una conmoción a la que no fue ajena. Su dimisión la completó con la baja en el Partido Radical, en 1935. Ese mismo año, con la mediación de Santiago Casares Quiroga, intentó unirse a Izquierda Republicana, nuevo partido de Azaña. Se denegó su admisión. Azaña, en 1935, volvió a excluir a Clara Campoamor, esta vez de Izquierda Republicana.

¿Cuál fue el pensamiento político de Clara Campoamor? Si se repara en las fuerzas políticas que más la reivindican hoy, parecería que su ideología estaría muy próxima al socialismo y, en todo caso, no hay duda de que, entre el gran público, se tiende a considerarla izquierdista. Así, quien consiguió el voto femenino en España ha terminado alcanzando un pedestal construido por la izquierda socialista.

Algo posible sólo por el escaso conocimiento y desinterés general sobre sus obras y sobre su trayectoria. Por eso es pertinente preguntarse si su adscripción izquierdista es real, o si su reciente reivindicación por la izquierda es una falsificación (una más), casi un secuestro de su figura, al calificarla de persona izquierdista o próxima al socialismo. Como se ha dicho, ni las izquierdas por liberal, ni las derechas por republicana, tuvieron nunca mucha estima por Clara Campoamor.

Democracia, ley y libertad

Fue en el liberal Ateneo fue donde surgió y se desarrolló su conciencia política, participando activamente en la vida ateneísta y ocupando posiciones preminentes en la Docta Casa, como integrante de la Mesa de la Sección de Pedagogía (1920) y, en marzo de 1930, como primera mujer elegida para la Junta de Gobierno del Ateneo. Ella misma se definió liberal y acabó representando y defendiendo las aportaciones y valores del liberalismo, las instituciones democráticas y el respeto a la ley, así como la educación e instrucción pública para la promoción social por el mérito, manteniendo siempre sus convicciones republicanas.

Su intransigente defensa del derecho al voto de la mujer, pese a la oposición de la izquierda y hasta de muchos de su propio partido, logró implantar en España el sufragio universal, para hombres y mujeres, a partir de 1931. A cambio, pagó un elevado precio por ello, como su progresivo aislamiento y soledad en la IIª República. En 1933, las izquierdas la culparon de su derrota electoral: era la primera vez que las españolas votaban a Cortes y habían ganado las derechas.

Era una acusación insostenible, pero la siguieron culpando de la derrota de 1933. Incluso, cuando en las elecciones de febrero de 1936, votaron de nuevo las mujeres, y los resultados, pese a los fraudes denunciados (y recientemente acreditados), dieron una mayoría inicial al Frente Popular, lo que desmentía totalmente que el voto femenino fuese derechista y clerical. Había suscitado la inquina de muchos izquierdistas que la miraban con rencor.

El Partido Radical

A partir de 1935, año en el que abandonó el partido Radical y se le denegó el ingreso en la recién creada Izquierda Republicana de Azaña, Campoamor se convirtió en una republicana sin partido. Su citado El voto femenino y yo: mi pecado mortal, lo escribió como defensa y reivindicación de su actuación y de su lucha en las Cortes Constituyentes de 1931, en favor de los derechos de la mujer. Pero también constituye un desolador retrato de la soledad política en la que había quedado. Soledad que ya no la abandonaría nunca, pues proseguiría durante la guerra civil, primero, y durante su posterior exilio en Argentina y Suiza, después.

La secuencia revolucionaria iniciada por el Frente Popular tras las elecciones del 16 de febrero de 1936, y su creciente aislamiento político, terminaron de desengañarla de la República que tantas esperanzas le suscitó en 1931. La primavera de 1936 la sorprendió en Madrid, donde asistió como testigo más que cualificada y progresivamente alarmada, a los prolegómenos y las primeras manifestaciones sangrientas de la violencia de lo que ella denominó “la Revolución Española. En el verano de 1936, mientras se organizaban los frentes de batalla, en la retaguardia de la zona del Frente Popular se producían toda clase violencias y crímenes izquierdistas contra cualquier posible adversario, real o imaginario, lo que relató con detalle en su citada obra La Revolución Española vista por una republicana.

Huyendo del Madrid republicano

El estallido de la guerra civil española, en julio de 1936, y el ambiente revolucionario de Madrid, donde sabía que contaba con enemigos izquierdistas poderosos, como los socialistas Indalecio Prieto y Margarita Nelken, la llevaron a escapar de la capital para evitar represalias del Frente Popular. Consiguió hacerlo, logrando llegar hasta Lausana (Suiza), tras un azaroso viaje en el que estuvo a punto de ser asesinada. En Lausana, apartada de los grupos de exiliados españoles y sus disputas, mantuvo una vida de expatriada hasta su muerte, en 1972.

Clara Campoamor huyó de Madrid, en septiembre de 1936, a Suiza, como se ha dicho. El exilio de la guerra civil española (1936-1939) no sucedió en 1939, al final de la contienda. El exilio español comenzó en 1936, y seguiría en 1937 y 1938, en constante goteo. A finales de 1936, ya había una larga lista de intelectuales españoles exiliados en el extranjero, huidos del terror del Frente Popular. Un exilio que se incrementaría en 1939.

Españoles eminentes

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