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Sobre el anarcocapitalismo (I): Rothbard como historiador de la derecha americana

Se cumplen este mes treinta años del prematuro fallecimiento de Murray Rothbard y el año próximo, el centenario de su nacimiento, por lo que entiendo que es de justicia contribuir a conocer un poco mejor su obra y entender cuáles fueron el contexto en el que se originó el moderno anarcocapitalismo. En este texto me gustaría abordar una faceta del autor que normalmente no es muy destacada: la de historiador de las ideas y movimientos políticos, frente a la más conocida de estudioso de la historia del pensamiento económico.

La tradición de la derecha estadounidense

En concreto, me gustaría comentar uno de sus libros póstumos, The betrayal of the american right, traducido al castellano por el Instituto Mises como La traición de la derecha estadounidense, fácilmente descargable desde su página de internet. La razón de escoger este libro no reside solamente en que es uno de los que mejor explica los orígenes del movimiento, sino porque ayuda a comprender también el origen de la polémica entre Hoppe y Milei. El libro es parte de una historia intelectual del movimiento libertario norteamericano y parte una autobiografía del propio Rothbard, en la que detalla desde dentro las líneas de actuación y las divisiones y traiciones dentro del mismo.

Lo primero que podemos ver es que el autor, anarcocapitalista, confeso desde su juventud, no renuncia para nada a la batalla política. Uno de los debates que dividen a los libertarios actuales es el de si participar o no en la política convencional, para intentar cambiar desde dentro el sistema. Rothbard parece pensar que sí es conveniente y buena parte del texto es un relato autobiográfico de las aventuras y desventuras del profesor Rothbard en el seno de las facciones políticas de la derecha americana, hasta su desencanto y giro a la izquierda política y su vuelta final al mundo de la derecha.

La clave está en la política exterior

Otro aspecto que cabría destacar es que Rothbard distingue entre el ámbito de la teoría, en el cual muestra una gran coherencia a lo largo de su vida, y el de la acción política, en el que se mueve más por aspectos coyunturales. Escoge en cada momento la opción política que le parece menos mala entre las existentes, pues como el lector del libro observará, ninguna le parece del todo satisfactoria.

El factor que definiría para nuestro autor es principalmente uno: la mayor o menor propensión del político a apoyar guerras de los Estados Unidos en el exterior y el mayor o menor intervencionismo en política internacional sea influyendo en organismo internacionales, aunque sea con ayudas a otros países como el plan Marshall. La cooperación, o bien con los mecanismos de guerra económica, sanciones o embargos, que la potencia norteamericana ha aplicado durante todo el siglo XX.

Aspectos como el mayor o menor intervencionismo económico o las guerras culturales, si bien no juegan un papel menor en su definición política, no son el factor principal que lo define como anarcocapitalista, sino la política exterior. Ni siquiera la mayor o menor defensa de los principios de la escuela austríaca, que Rothbard declara haber conocido una vez finalizada su tesis doctoral, entendidos como defensa de la propiedad y los mercados libres, son el eje sobre el que gira su visión del anarcocapitalismo.

La vieja derecha

Recordemos que la influencia antiestatista de Rothbard parte de las ideas de lo que él denomina como Old Right, o derecha vieja norteamericana. Los principios de esta escuela son básicamente dos, y por este orden, primero la oposición radical al imperio norteamericano, que había comenzado a fraguarse a fines del siglo XIX con la conquista de Hawái y la guerra con España en 1898 y a la intervención militar en el exterior, principalmente la orientada a influir en la política europea. El segundo es la oposición a las políticas del progresismo americano, cuya apoteosis son las medidas intervencionistas del llamado New Deal, llevadas a cabo durante la gran depresión de los años 30.

El primer punto no es en principio anarcocapitalista en su discurso, pero sí en las consecuencias de aplicar este discurso. Los líderes de la vieja derecha se alinearon alrededor de plataformas contrarias a la intervención en las guerras mundiales del siglo XX. En especial contra la primera, pero sin cuestionar en principio ni la propia existencia del estado ni el ejercicio de sus funciones consideradas nucleares, la justicia y la seguridad. Pero se opusieron a la intervención en conflictos que, según ellos entendían, no tenían nada que ver con la seguridad de los americanos.

Pero de hacer caso a algunos de sus principales exponentes como Randolph Bourne o Albert Jay Nock la intromisión por medios violentos en los asuntos de otros territorios es la principal causa de que los estados se refuercen y expandan a su alcance. No intervenir implicaría quitar a los estados la principal justificación para subir impuestos, regular la economía o regimentar a la población.

La guerra es la salud del Estado

La guerra sería la salud del estado, como se pudo comprobar después de cada una de las guerras mundiales y las que vinieron a continuación. En ellas se subieron los impuestos, se regularon precios, se dirigió la producción, creándose organismos de planificación de la economía, antes nunca vistos en la economía norteamericana. También se introdujeron sistemas de recluta obligatoria para los jóvenes en edad militar y se estableció una retórica en la cual todo, incluidas las libertades más básicas, deberían estar subordinadas al esfuerzo bélico. Cualquiera que se opusiese a estas medidas sería visto como una especie de traidor al esfuerzo colectivo.

Y, en efecto, en buena medida se consiguió. Una vez declarada la guerra, el discurso crítico con el poder del estado fue visto con sospecha, como bien intuyeron los viejos derechistas. Y pronto pasó a la casi marginación al ser expulsados quienes expresaban tales posturas de los medios de comunicación mainstream y relegados, en el mejor de los casos, a medios casi marginales.

La lucha contra las derivas estatistas retrocedió varios decenios. Y, lo que es peor, fue suplantada en el seno de la derecha por visiones más intervencionistas y mucho menos libertarias como las de los neoconservadores de Irving Kristol o las de la nueva derecha conservadora (y por lo que se afirma en el libro financiadas por los servicios de inteligencia norteamericanos) de la National Review de William F. Buckley.

Una derecha que pronto relegó también su defensa de la propiedad privada y la no intervención en economía. Esto es, si se abandonan los principios políticos de no intervención en lo que es más grave, la guerra y la intervención en los asuntos de otros países, el siguiente paso es abandonar también los principios de no intervención en la economía y los mercados.

El papel del anticomunismo

Recordemos que en la visión anarcocapitalista de Rothbard y sus primeros seguidores la economía es sólo una parte del orden social; muy importante, sí, pero no necesariamente la principal. La lucha por eliminar la intervención en ella sería sólo una parte de la lucha general contra la intromisión del estado en la vida de las personas. Y esta no se circunscribe exclusivamente a los aspectos económicos. En esto consistió la traición de la derecha para Rothbard, el abandono de los principios que la hicieron grande hasta quedar desdibujada en un ideario inconexo, consistente en una genérica defensa de los valores occidentales y un feroz anticomunismo.

Anticomunismo que acabaría justificando medidas colectivistas en nombre del combate al colectivismo. La evolución de los escritos teóricos en las principales revistas y publicaciones de la derecha lo probaría. Se llenaron de antiguos comunistas resentidos, muchos de ellos antiguos trotskistas como Irving Kristol o James Burnham, que sólo abandonaron parte sus viejos esquemas de pensamiento para dedicarse a combatir a sus viejos enemigos los estalinistas al frente de los principales estados comunistas de la época, si no que justificaban, a diferencia de sus antepasados, medidas sociales e intervencionistas en economía y educación.

Contra el intervencionismo

Conviene recordar que la otra gran pata de la lucha de la vieja derecha vieja fue la oposición a las medidas sociales primero de los progresistas y luego de Roosevelt, en especial la imposición de los sistemas de seguridad social de reparto, que acabarían con el tiempo derivando en la dependencia de millones de americanos de las prestaciones sociales que les garantizaría el estado. Bismarck acertó al decir que los sistemas de pensiones públicas harían dependientes a los ciudadanos, de tal forma que se garantizaría la existencia de una gran masa de población que estaría interesada en la conservación del estado, no sólo en sus entonces reducidas dimensiones sino en unas mucho mayores.

También se opusieron ferozmente a las regulaciones laborales o a confiscaciones como la del oro decretadas por el gobierno. Pero se oponían no porque no las considerasen eficientes o porque tuviesen consecuencias negativas no previstas en otros sectores, como enseña la escuela austríaca, sino porque reforzaban el poder del estado, algo que muchos economistas libertarios de hoy no acostumbran a tener en cuenta en sus análisis.

El legado de la nueva derecha

La nueva derecha traicionó este legado, y Rothbard no se cansó nunca de recordarlo, y al debilitar las defensas contra el estado no sólo no impidieron su crecimiento, sino que contribuyeron a transformarlo en aquello que supuestamente querían evitar. De ahí que presidentes de “derecha” como Richard Nixon puntúen entre los más intervencionistas de la historia del país en ámbitos económicos (sus controles de precios causaron consecuencias devastadoras) y haya tenido el dudoso mérito de apartar al dólar, y por consecuencia al resto de las monedas mundiales, de cualquier vinculación con el oro. Estas serían las consecuencias de abandonar los viejos principios, por otros más oportunistas y adecuados a la coyuntura. Espero que hayamos aprendido algo de la historia de la derecha americana para que sus errores no vuelvan a repetirse.

Un panorama tenebroso

A lo largo de sus mandatos encumbrado en el poder máximo en España por sucesivas carambolas, a las que se añadió la providencial (para él) epidemia del Covid-19 como ensayo de cleptocracia autocrática, diversos analistas preocupados por las consecuencias del advenimiento de un régimen tiránico, a la medida y servicio de un pícaro con pintas, atisbábamos un arquetipo de selección negativa característica de la lucha política partidista.

La circunstancia de cultivar un credo socialista, a la vez mesiánico e hipocritón, le hacía todavía más peligroso. Con un historial plagado de desmanes y corrupción, el PSOE, liderado ahora por este caudillo, báscula entre una secta religiosa y un partido de disciplinados intransigentes con una fuerte pulsión autoritaria, dispuestos a desplegar todo tipo de tretas para monopolizar el poder del Estado.

Muchos han visto en el partido actual, que le distingue del moldeado por Felipe González Márquez y Alfonso Guerra González en su largo periodo de gobierno, una impronta posmoderna insuflada por José Luis Rodríguez Zapatero, quién, asimismo, aprovechando sus contactos previos como presidente del gobierno, parece haber tejido una red de intereses y negocios compartidos con partidos de la izquierda neocomunista y populista iberoamericana – incluidos los chavistas de Venezuela, peronistas de Argentina y Podemos de España – amalgamados junto al PSOE en el llamado Grupo de Puebla.

La supremacía del PSOE

Para explicarse la supremacía de un partido que asfixia la libertad y sabotea la prosperidad económica por sus clichés ideológicos y su estatismo y, sobre todo, su permanencia en el gobierno, combinando alianzas con los extremos y una menguante, aunque relativamente alta base electoral[1], cabe indicar de que dispone, de momento, de lo que podríamos llamar dominio (más que hegemonía) político y cultural en España.

En efecto, coincido con quiénes constatan que su estudiada colonización de la sociedad y el sistemático uso de la agitación y propaganda le han permitido hasta ahora marcar el paradigma del debate político, modelar el marco mental y cimentar, en definitiva, la aquiescencia de una mayoría del pueblo español[2]. Por la mínima.

La concentración de poder

En este sentido, resulta fascinante observar cómo el mismo personaje que es abucheado y vilipendiado espontáneamente por ciudadanos asqueados de sus políticas en los puntos más diversos de la geografía española – con el colofón de la ira desatada por su presencia en Paiporta después de una calculada inacción ante las inundaciones en la provincia de Valencia – haya conseguido muñir una coalición con los nacionalistas periféricos que buscan la destrucción de la comunidad política que, digamos, dirige. Acaso por carencias de su teórica oposición, el PSOE compite y coopera con ellos, como muestra su presencia en los gobiernos autónomos vasco y catalán.

Lo destacable es que, además de no contar con leyes anuales de presupuestos, derrotas como la sufrida ayer en el Congreso de los Diputados, donde se rechazaron dos de los tres decretos leyes que el gobierno quería convalidar, no se produzcan a diario. Ciertamente, Pedro Sánchez Pérez-Castejón y sus adláteres no han inventado nada nuevo. Sus movimientos parar concentrar poder en sus manos en regímenes democráticos endebles por falta de respeto al imperio de la Ley, guardan reminiscencias con déspotas y tiranos muy diversos.

Ahora bien, todos los anteriores elementos comunes a otros tiranos palidecen ante el instinto tribal que ha puesto de manifiesto los casos de corrupción hasta ahora conocidos[3].

Contra la justicia

Los desmanes cometidos han llegado tan lejos, que, con planes anteriores o sin ellos, la camarilla que detenta el poder ejecutivo en España dirige el grueso principal de su actuación a destruir las escasas, pero muy valiosas, instituciones jurídicas españolas que permiten sostener un andamiaje de contrapesos al poder irrestricto del gobierno tras años de evolución real del sistema constitucional de 1978.

De ahí la premura por anular a la oposición con el ejecutor fiscal general del Estado, censurar la libertad de expresión de los medios de comunicación, los influencers y ciudadanos en general; vaciar de contenido las reglas más elementales establecidas en la Constitución para garantizar la independencia del poder judicial y laminar la intervención de los ciudadanos en el ejercicio de la acción penal (popular) que contribuye a investigar la corrupción sistémica.

Sin lugar a dudas, en este recién estrenado año nuevo se van a librar batallas cruciales para la supervivencia de la libertad en España. De momento, si no se suman más fuerzas contra el gobierno, el panorama se vislumbra tenebroso.

Notas

[1] Nada menos que alrededor de un 30 por ciento de la población española con derecho a sufragio parece estar dispuesta a continuar votando al PSOE, según diferentes encuestas.  https://electomania.es/category/sondeos/sondeosesp/

[2] Siguiendo la tesis principal de Étienne de La Boétie en el Discurso de la servidumbre voluntaria, sostengo que la servidumbre es voluntaria y procede exclusivamente del consentimiento de aquellos sobre quienes se ejerce el poder. Ahora bien, me atrevo a decir que el consentimiento está viciado por el engaño.

[3] Con independencia del acotamiento de las responsabilidades penales de los casos de corrupción que le afectan a él y a su parentela, llama poderosamente la codicia de estos sujetos por enriquecerse por todos los medios ilegales al alcance de quién detenta un poder político casi absoluto.

Un economista francés en las pampas

Por Alejandro A. Chafuen y Leonidas Zelmanovitz

Cuando Javier Milei asumió la Presidencia de Argentina en diciembre de 2023, el país estaba en bancarrota. Llegó al cargo con el apoyo de más del 56 por ciento de los votantes, ofreciendo una visión de política económica libertaria, encarnada en la promesa de dolarizar la economía, algo que la mayoría que lo votó entendía y esperaba.

Sin embargo, la administración de Milei no eligió el camino de la dolarización, al menos no hasta ahora. En cambio, Milei nombró como ministro de Economía a Luis Caputo, un economista de la corriente ortodoxa, ex operador financiero y funcionario del banco central, que aplicó un plan económico muy conservador, centrado en una rígida austeridad fiscal y un estricto control monetario cuantitativo.

Esto sorprendió a muchos, ya que Milei es percibido como un economista influido por la Escuela Austríaca de Economía. La mayoría de los economistas austríacos actuales elegiría una política monetaria de libre competencia de divisas y una política económica liberal.

En nuestra opinión, existen tanto razones políticas como económicas (prácticas y teóricas) para determinar el camino elegido por el presidente Milei, y argumentaremos que el marco teórico que mejor ayuda a interpretar las elecciones de Milei es el enfoque económico propuesto por primera vez por el economista francés Jacques Rueff.

Un desafío abrumador

Es importante no subestimar la gravedad de los problemas que afrontaba Milei cuando asumió el cargo. La inflación anualizada estaba fuera de control, acercándose a la hiperinflación. El banco central tenía obligaciones a corto plazo a tasas de interés estratosféricas que triplicaban la base monetaria. Además, el gobierno nacional registraba un déficit de aproximadamente el 5% del PBI. El riesgo país estaba 2.500 puntos por sobre los bonos del Tesoro estadounidense, y la Argentina se encontraba de facto en situación de impago, con reservas netas negativas de divisas en el banco central. Ni siquiera las importaciones se habían pagado en los meses anteriores, lo que provocó un desabastecimiento de combustible y medicamentos.

La irracionalidad de las medidas económicas argentinas es extensa, con un mercado laboral completamente rígido y una serie de otros males: precios relativos en completo desorden debido a los controles de precios y a una moneda sobrevaluada; un sector público ineficiente que representa más del 40 por ciento del PBI, un porcentaje excepcionalmente alto para una sociedad de ingresos medios. La economía era y sigue siendo cuasi-autárquica, con aranceles a las importaciones extremadamente altos y todo tipo de protecciones a la industria nacional, controles de capital y un sistema fiscal basado en impuestos tarifarios sobre las exportaciones agrícolas y otros recursos naturales como los minerales, uno de los pocos sectores de la economía que aún pueden competir internacionalmente.

Las dificultades políticas a las que se enfrenta el gobierno de Milei son igualmente enormes. La coalición, que tuvo que hacer con un partido centrista, le permite ocupar menos de un tercio de los escaños del Congreso argentino. En el poder judicial, la última palabra la tiene un tribunal supremo compuesto por jueces designados políticamente, y amplios sectores de la burocracia y gobiernos provinciales y locales que son hostiles a cualquier intento de cambiar el statu quo. Dadas estas realidades, podemos afirmar que el plan que está implementando Milei no es el que soñaba aplicar.

Aunque la causa inmediata de la inflación es siempre monetaria, la causa real es siempre fiscal

A pesar de todo lo antedicho, lo está intentando. Las reformas propuestas que requerían aprobación legislativa están en su mayoría estancadas en el Congreso, pero el 28 de junio de 2024 se aprobó una «Ley de Bases» suavizada, que incluye algunas reformas microeconómicas bienvenidas pero insuficientes para atraer la inversión extranjera. Debemos reconocer que la inversión extranjera es difícil debido a la incertidumbre macroeconómica. Muchas de sus propuestas, que fueron objeto de un «decreto de emergencia», fueron declaradas inconstitucionales por los tribunales.

Su administración se quedó con instrumentos muy básicos y limitados para reformar la economía: los impuestos a las exportaciones, la retención del gasto discrecional por parte del gobierno nacional y la manipulación de los tipos de cambio y de interés por parte del banco central. Estas son realmente sus únicas herramientas. Como el personaje televisivo de ficción MacGyver, Milei tuvo que desarmar una bomba de tiempo nuclear con un clip.

Si Milei hubiera tenido más apoyo en el parlamento, las reformas microeconómicas centradas en la oferta y las privatizaciones, podrían haber reducido la recesión causada por la fuerte reducción del gasto discrecional. A falta de ello, las altísimas tasas de interés, medidas en dólares estadounidenses (como hace todo el mundo en la Argentina), y la escasez de pesos en la economía, redujeron drásticamente la demanda interna.

En anticipación a una posible dolarización, la primera medida práctica fue la de suspender en diciembre de 2023 el canje de dólares a la paridad oficial de 400 pesos por dólar. Desde entonces, el precio del dólar oficial es de 800 pesos por dólar más una paridad rastrera del 2% mensual, llevando el dólar oficial nueve meses después (en septiembre de 2024), a 963 pesos por dólar. Aún a este precio la demanda no ha sido saciada, ni siquiera en medio de una sequía total de pesos.

Si se liberaran los mercados de divisas – poniendo fin al «cepo» – para permitir la dolarización de la economía, la demanda de pesos se reduciría significativamente, y la hiperinflación seguiría siendo muy probable.

Muchos argentinos están preocupados por la política económica de Caputo. Desde la devaluación de diciembre, la inflación ha reducido el poder adquisitivo real del dólar. El índice Big Mac recogido por The Economist es la prueba más prosaica de ello: en enero, inmediatamente después de la devaluación, era posible comprar un Big Mac en Argentina por 3,83 dólares, mientras que en Estados Unidos el precio era de 5,69 dólares, con una subvaluación implícita del 33 por ciento. Siete meses después, en julio de 2024, el precio del Big Mac en dólares en Argentina subió a 6,55 USD, con una sobrevaluación implícita de la moneda local de alrededor del 15 por ciento.

Sin embargo, hay consenso en que la prioridad del Gobierno es reducir la inflación. El Banco Central ya no financia al Tesoro. Desde junio se ha impuesto un estricto control cuantitativo y no se emiten nuevos pesos ni siquiera para comprar divisas. Con ello, la inflación se ha desplomado del 25 por ciento mensual en diciembre de 2023 al 4 por ciento mensual desde mayo, a pesar de una recuperación significativa (aunque insuficiente) de algunos precios controlados de la economía, como la energía, las telecomunicaciones, el transporte público y similares.

La interpretación más benigna del plan de Caputo es que el Gobierno apuesta a llevar la inflación a un nivel cercano a cero en 2024 para que la paridad móvil del 2 por ciento comience a devaluar gradualmente la moneda en 2025 antes de empezar a liberar los controles de capital. Esto revitalizaría al sector exportador y a la economía a tiempo para ayudar al gobierno a obtener la mayoría en las elecciones de finales del año entrante.

Supongamos que el gobierno pueda llegar a un acuerdo con la oposición en la legislatura o conseguir apoyo financiero del FMI. En ese caso, el objetivo de inflación cero y tipo de cambio neutro podría alcanzarse sin deflación, sin reducir aún más el gasto público ni expulsar a los prestatarios privados debido a los altos tipos de interés y la represión financiera. Si eso no ocurriera, hay que tomarse el trago amargo, sin azúcar.

Muchos cuestionan la conveniencia de forzar ese trago amargo: la baja de precios reales antes de permitir la flotación cambiaria. Ludwig von Mises, en su seminario, «comparaba a menudo tal proceso con un conductor de automóvil que, habiendo atropellado a una persona, trata de remediar la situación dando marcha atrás, volviendo a pisar a la víctima.»

Un nuevo paradigma

Llegamos así al marco teórico propuesto por Jacques Rueff, que puede ayudarnos a explicar las políticas de la administración Milei. Sostenemos que, lejos de contradecir cualquier lección de la economía austríaca, las ideas de Rueff pueden entenderse como un refinamiento del pensamiento cataláctico, que tiene en cuenta elementos que normalmente quedan fuera del análisis.

Durante el periodo de entreguerras, Rueff fue un economista y funcionario muy respetado en Francia. Durante el gobierno Vichy, Rueff se refugió en una pequeña ciudad del sur de Francia. A pesar de su ascendencia judía, el gobierno del mariscal Petain, padrino de su boda, no lo molestó en absoluto.

Rueff recopiló entonces su obra magna, «El orden social», con algunos textos que había escrito sobre el equilibrio estático en los años 20 y 30, y redactó una nueva hipótesis sobre el equilibrio económico «dinámico». Su enfoque dinámico de la economía se basaba en la aplicación de los derechos de propiedad privada para explicar el valor del dinero y su función central en el mantenimiento del orden social.

Rueff considera que, en la actividad económica regular, la creación de nueva riqueza, ya sea de bienes o servicios, surge a través de la compra a un precio determinado, o sea cuando es reconocida por los demás miembros de la sociedad al comprarla. Esto es lo que «acredita» a los productores de esta riqueza con «verdaderos derechos» que les permite disponer de ellos para la venta en la sociedad.

Por el contrario, a través del proceso presupuestario, el Estado puede crear «derechos ficticios» emitiendo deuda o dinero cuando excedan su capacidad de pagar esas obligaciones con el flujo de ingresos existente. Un tipo de cambio realista (el precio del dinero nacional comparado con el precio de todos los demás dineros) y la tasa de interés (el precio pagado por tener dinero ahora dada nuestra preferencia temporal) son los dos precios más importantes de la economía.

Rueff ve una clara relación entre la disponibilidad de bienes y servicios del lado «real» de la economía y la creación de derechos «verdaderos» y «falsos» sobre esos bienes del lado «abstracto» o «financiero» de la economía. Los desequilibrios en esta relación, causados por la introducción de derechos «falsos», explican la inflación y otras instancias en las que las expectativas de que un crédito contra el gobierno sea honrado a un determinado poder adquisitivo, se ven parcial o totalmente frustradas.

En definitiva, aunque la causa inmediata de la inflación es siempre monetaria, la causa última es fiscal. El gobierno infla los medios de circulación para crear «falsos» derechos sobre los bienes y servicios existentes, que se utilizarán con fines políticos, ya sea para hacer la guerra, pagar a los jubilados, a los funcionarios o a cualquier otro beneficiario de la generosidad gubernamental.

Milei utiliza el término «señoreaje» para describir los ingresos obtenidos por el gobierno nacional a través de los abusos de sus prerrogativas monetarias. Sin embargo, la transferencia al gobierno de bienes reales mediante la manipulación de la oferta monetaria es lo mismo que los «falsos derechos» de Rueff. Darse cuenta de esa verdad fundamental llevó a Milei y Caputo a confiar en la austeridad fiscal para restaurar el orden en Argentina.

Ese marco ayuda a explicar la insensatez de intentar «dolarizar» la economía a un tipo de cambio que no sea el tipo de cambio de «indiferencia» (entre tener pesos o dólares). También ayuda a explicar por qué, muy probablemente, alcanzar un tipo de cambio de indiferencia desencadenaría un proceso hiperinflacionario.

Como en cualquier otro mercado, existe un precio de «equilibrio» para el tipo de cambio. Dado que los bienes que se intercambian en este mercado son dinero, si el mercado funciona a un tipo de cambio distinto del tipo de indiferencia, observamos un desequilibrio monetario. Permitir que el mercado encuentre el tipo de equilibrio provocaría un cambio significativo en los precios relativos; el gobierno perdería ingresos a corto plazo, y los gastos aumentarían significativamente. Es dudoso que el gobierno nacional pueda hacer frente a sus obligaciones sin imprimir dinero. Además, es dudoso que la inercia inflacionista pueda eliminarse sin un plan como el Plan Real brasileño de 1994.

Por supuesto, consideramos que la «dolarización» es «competencia en dinero» y que el gobierno argentino no dejaría de emitir pesos. Argentina sólo podría adoptar una «dolarización» con la eliminación del peso, si tuviera los dólares para comprar todo el M1, si no más, cosa que no tiene. En Hong Kong, por ejemplo, la junta monetaria tiene reservas de más de cinco veces el dinero en circulación.

Por último, aunque la hiperinflación se pueda evitar mediante una combinación de tipos de interés elevados, apoyo del FMI y represión financiera, sin equilibrio fiscal sería sólo cuestión de tiempo hasta que el país vuelva a quebrar, como a finales de los noventa, y la camisa de fuerza monetaria sería abandonada en desgracia.

Rueff vio con sus propios ojos, basándose en su aguda comprensión de los fenómenos fiscales y monetarios, cómo los nazis fueron capaces de recaudar, directa e indirectamente, a través de sus regímenes títere como Vichy, recursos reales de Francia y otros países ocupados para alimentar su maquinaria de guerra. Esto provenía de una población – podemos suponer – que no estaba ávida de pagarles impuestos.

Como por lo general no podía contar con la colaboración de la población de los países que invadía, la Alemania nazi, se vio obligada a emitir «falsos» reclamos sobre los bienes existentes para arrancárselos a quienes los producían.

No estamos insinuando que el nivel de ilegitimidad de un régimen meramente «peronista» sea comparable con la Alemania nazi. El punto es simplemente que Rueff, en Vichy, Francia, fue capaz de ver la mecánica de la extracción de riqueza real de la población por medios monetarios en su forma más cruda. La teoría que desarrolló en este contexto ayuda a explicar por qué, con las limitadas opciones a su disposición, Milei ha empezado a reconstruir una economía liberal en Argentina sobre una base de austeridad fiscal.

Supongamos que consigue llevar la inflación a cero manteniendo un presupuesto equilibrado sin financiación monetaria. En ese caso, podría alcanzarse un tipo de cambio neutro sin desencadenar la hiperinflación y permitiendo la competencia monetaria.

Sin embargo, como muchos, dudamos de la sensatez de la actual política «deflacionista» de represión financiera mediante un tipo de cambio fijo y controles de capital. En eso, Milei y Caputo divergen de la lección más famosa del «conservador monetario» Jacques Rueff. Un tipo de cambio realista (el precio del dinero nacional comparado con el precio de todos los demás dineros) y el tipo de interés (el precio pagado por tener dinero ahora dada nuestra preferencia temporal) son los dos precios más importantes de la economía.

Cuando el gobierno manipula el tipo de cambio y la tasa de interés, se producen distorsiones aún mayores. Véanse los diferentes resultados obtenidos por Francia en 1926, que volvió al patrón oro tras una devaluación del 80%, y los obtenidos por el Reino Unido, que volvió al patrón oro en 1925 a la misma paridad que antes de la Primera Guerra Mundial a pesar de la inflación del 100% durante la guerra.

Al igual que los franceses, Milei puede verse obligado a una segunda ronda de devaluación antes de alcanzar un precio de indiferencia para el tipo de cambio y permitir la dolarización «endógena» poniendo fin a los controles de capital. Puede ser que haya un camino estrecho por delante para justificar todo el dolor económico impuesto a los argentinos sin desperdiciar los resultados positivos ya conseguidos.

¿Es eso lo que Milei quería hacer cuando llegó al poder? Lo dudamos. Sin embargo, como se entiende desde la época de los romanos, «Sator Arepo Tenet Opera Rotas» (el agricultor Arepo necesita arar con el arado que tiene). En una economía cerrada como la argentina, la restricción de recursos es real, y este problema se manifiesta en desequilibrios fiscales que son la verdadera causa de la irracionalidad monetaria. Si las dificultades actuales abren el camino a un reconocimiento más amplio de que los desequilibrios fiscales son la causa fundamental de la inflación, pueden ser una herramienta providencial para ayudarle a salir adelante.

Ver también

Moral, cultura e instituciones en la cooperación y la competencia

En un artículo anterior propuse que estudiar interdisciplinariamente los procesos de cooperación y competencia como estrategias sociobiológicas universales—combinando la teoría de la evolución biológica y cultural, la psicología y la praxeología—nos puede dotar de herramientas efectivas para analizar los procesos políticos, económicos y sociales en distintos ambientes, culturas y épocas.

El caso de la moral

La relación entre moralidad y cooperación se ha estudiado ampliamente. La premisa fundamental es que la moralidad no es un mero constructo cultural arbitrario, sino que ha evolucionado porque favorece la cooperación dentro de los grupos humanos. Las normas morales ayudan a coordinar acciones y generar confianza, lo que permite una mayor cohesión social y beneficios mutuos.

Esto no significa que la moralidad se reduzca únicamente a sanciones para minimizar conflictos o evitar parasitismos. Nociones más abstractas como la justicia, la equidad o los derechos pueden servir para gestionar conflictos de interés y promover la estabilidad social. Los tabúes y las normas sobre lo que es bien visto o mal visto funcionan como instrumentos morales tanto para fomentar la cooperación y la filiación a través de la reputación y el prestigio, como para competir y generar división social (amigo-enemigo, endogrupo-exogrupo).

¿Cómo podemos evaluar instituciones y culturas?

La noción de selección biológica y cultural no es intrínsecamente teleológica, es decir, no implica que las instituciones evolucionen con un propósito o fin determinado. Sin embargo, sí contradice la idea de que son meros procesos arbitrarios o simples subproductos de las dinámicas de poder (oprimido-opresor). Las instituciones emergen y se transforman en respuesta a las presiones del entorno, lo que significa que pueden volverse circunstancialmente inadaptativas. Por ello, es posible hablar de “mejores” o “peores” culturas e instituciones según su capacidad de adaptación

Si bien la calidad de una institución o cultura depende de las características de la especie y el entorno, algunas instituciones solo pueden surgir y sostenerse en condiciones extraordinarias, como el aislamiento social o una dictadura. En términos generales, las instituciones deben facilitar la cooperación, evitar la autodestrucción, reducir conflictos, generar confianza y reputación, y sostener la tensión del sistema entre fuerzas opuestas: disrupción y estabilidad, orden y caos, apertura y fronteras, entre otras. Cuando estas fuerzas se desequilibran, la adaptabilidad del sistema se ve comprometida, poniendo en riesgo la funcionalidad de las instituciones.

¿Cómo sabemos qué prácticas culturales eliminar o conservar si algunas pueden tener un valor oculto?

Es posible que existan instituciones o prácticas culturales cuya función no sea evidente a simple vista y que estemos cometiendo un error al intentar modificarlas o eliminarlas. Un ejemplo de esto es el cortejo tradicional, una práctica cultural que suele requerir ambientes sociales y formas de interacción únicas que permiten a los pretendientes conocerse, evaluarse y construir confianza. Si concluimos que “el cortejo tradicional es machista, opresor y misógino” y decidimos atacarlo y eliminarlo, podríamos encontrarnos con el indeseado escenario de que las personas enfrenten dificultades para formar pareja porque el marco cultural que rodeaba el cortejo se ha destruido.

En este tipo de casos, hablamos de cómo la evolución cultural da lugar a prácticas funcionales a partir de un conocimiento social acumulado que no siempre es fácil de descifrar a simple vista. Otro ejemplo de esto es la higiene personal, como el hábito de lavarse las manos, que los humanos practicaban mucho antes de conocer la existencia de virus, bacterias o parásitos.

Otras prácticas sociales, como los matrimonios arreglados, pudieron haber sido soluciones relativamente efectivas en ciertos contextos pasados, ya sea para garantizar la supervivencia, forjar alianzas estratégicas o incluso proteger a las mujeres de las vulnerabilidades de la soltería (como la exclusión o el abuso). Sin embargo, es evidente que esta institución sería contraproducente en la mayoría de los entornos actuales. Cuando una institución que restringe las libertades individuales deja de ser necesaria, las presiones adaptativas de libertad y los principios morales de equidad, libertad y justicia incentivan a los individuos a deshacerla.

El caso de la desatención cultural a las familias jóvenes

En el entorno actual de abundancia material, independencia y seguridad, una práctica cultural tan rígida y liberticida (como los matrimonios arreglados/forzados) resulta ineficiente. No obstante, desatender culturalmente el cortejo y la formación de parejas y familias también es un error. Por ejemplo, la mayoría de los hombres y mujeres sin hijos que habrían querido tenerlos no los tuvieron debido a dificultades para encontrar y mantener una pareja adecuada durante sus años fértiles. Este grupo —las personas sin hijos— es el que más ha contribuido a la drástica caída reciente de la natalidad, ya que el fenómeno no se explica porque las parejas con hijos tengan menos hijos, sino por la creciente cantidad de personas que no llegan a tenerlos.

En mi opinión, es evidente que las generaciones mayores desatendieron culturalmente los asuntos relacionados con la formación temprana de parejas, incentivando en sus hijos una focalización en su vida profesional. Esto rompió el equilibrio cultural entre orden, control y represión, por un lado, y libertad, disrupción y creatividad, por otro. El desafío radica en que la caída de la natalidad no tiene consecuencias inmediatas, lo que limita el mecanismo de corrección dentro del proceso de evolución cultural.        

¿Hay algún patrón que tengan las mejores instituciones políticas, económicas y culturales?

Idealmente, las instituciones que conforman un sistema social deben compartir ciertas cualidades fundamentales. Su forma puede variar, pero, por convergencia, su funcionalidad tiende a ser similar.

  • Maximización de la libertad: Es común que un sistema acumule progresivamente restricciones a la libertad (ya sea por miedo, sometimiento o moral igualitarista). Por ello, las instituciones que la protegen son esenciales. La libertad permite a cada agente incorporar, crear y transmitir la información que considera útil, aumentando la posibilidad de que haya más información valiosa en el sistema en beneficio de todos.
  • Cooperación y competencia voluntaria: La voluntariedad en ambos procesos es esencial. Si se obliga a un agente a cooperar (ejemplo: bienes públicos) o a competir (ejemplo: Estado de bienestar), las estrategias en cuestión pierden parte de su capacidad para generar riqueza y conocimiento.
  • Reducción de conflictos: Cuando se restringen las libertades y se fuerza a los agentes a cooperar o competir en situaciones que no habrían elegido voluntariamente, se generan conflictos innecesarios. Además, provocar conflictos (ejemplo: okupación) o dificultar su resolución (ejemplo: sistemas judiciales lentos) deteriora la capacidad del sistema para adaptarse y mejorar.
  • No totalitarias: el sistema debe contar con instituciones que protejan ciertas burbujas, de modo que no sean absorbidas por el modelo mayoritario. Ejemplos de estas burbujas son los homeschoolers, las escuelas privadas extranjeras con menor regulación, comunidades como los Amish o grupos aborígenes. Estos espacios permiten la conservación o la innovación cultural, funcionando en paralelo con el resto del sistema.
  • Cambios progresivos, emergencia y espontaneidad: La red de instituciones, en su conjunto, debe permitir que los cambios ocurran cuando sean necesarios, de manera espontánea y sin generar caos.

Concepto de convergencia

El concepto de convergencia evolutiva se refiere al proceso por el cual organismos que no están estrechamente relacionados evolutivamente desarrollan características similares debido a la adaptación a entornos o presiones selectivas similares. Esto ocurre porque ciertas formas o funciones resultan óptimas para un determinado nicho ecológico, lo que lleva a que diferentes linajes evolucionen estructuras análogas de manera independiente.

Un ejemplo clásico es el de los tiburones y los delfines. A pesar de que los tiburones son peces cartilaginosos y los delfines son mamíferos, ambos han desarrollado cuerpos hidrodinámicos, aletas dorsales y colas similares, ya que estas características mejoran la eficiencia de nadar en el medio acuático. Sin embargo, cada uno mantiene rasgos heredados de sus respectivos linajes: los tiburones tienen branquias, mientras que los delfines poseen pulmones y deben salir a la superficie para respirar.

De manera análoga, la convergencia evolutiva en la evolución cultural ocurre cuando sociedades distintas desarrollan soluciones similares ante problemas similares. Así como en la biología, la selección natural favorece ciertas formas y comportamientos en organismos no relacionados, en la cultura, la lógica adaptativa y la selección social pueden llevar a la aparición de instituciones, tecnologías o costumbres similares en civilizaciones separadas. No obstante, las sociedades, al igual que los organismos, arrastran aspectos heredados de sus formas culturales previas.

Más que liberalismo, buscamos instituciones liberales

En consecuencia, el éxito radica en alcanzar instituciones que, en esencia, cumplan con los principios mencionados, sin importar si se trata de microestados monárquicos, democracias liberales o comunidades tradicionales, siempre y cuando permitan que la información útil—obtenida a través de la libre experimentación y adaptación—sea creada y transmitida dentro del sistema.

La evolución nos muestra que, partiendo de orígenes distintos, es posible converger hacia soluciones similares. Tiburones y delfines, al igual que murciélagos y aves, han logrado sobrevivir en entornos similares porque han desarrollado respuestas funcionalmente equivalentes que son objetivamente eficaces. Del mismo modo, cualquier país puede encontrar su propio camino hacia un sistema de instituciones liberales sin necesidad de romper completamente con sus aspectos culturales heredado.

Ver también

Estudio interdisciplinario de la cooperación y la competencia. (Miguél Solís).

Robert Kennedy, un lunático dirigiendo el manicomio

Por Harrison Griffiths. El artículo Robert Kennedy, un lunático dirigiendo el manicomio fue publicado originalmente en CapX.

Donald Trump ha vuelto. Dependiendo de su disposición, esa frase puede llenarle de sentimientos de pavor o de triunfo. Las implicaciones del regreso de Trump sobre la inmigración, la economía, la guerra en Ucrania y una miríada de otras cuestiones son altamente impredecibles debido al temperamento variable del presidente y a su posicionamiento político. Pero una cosa está clara: la reelección de Trump estableció inequívocamente la falacia naturalista como una de las principales influencias en la formulación de políticas estadounidenses.

La falacia naturalista (similar pero distinta de la famosa distinción «Es-debería» de David Hume) es un amplio conjunto de ideas que tienen en común la creencia de que los productos naturales son inherentemente superiores a los producidos por el diseño humano. Las manifestaciones pueden ir desde la relativamente inofensiva elección personal de consumir verduras orgánicas en lugar de las cultivadas con pesticidas, hasta cruzadas mucho más dañinas como el intento del Unabomber de aterrorizar a la sociedad para que se desindustrialice.

Robert Kennedy

Esta visión del mundo se califica de falacia porque es empíricamente falsa. La agricultura industrial y la producción de alimentos, por ejemplo, han ayudado a sacar de la subsistencia a miles de millones de personas, algo que nunca podrían conseguir las huertas y huertos comunales. El mundo está ganando poco a poco la guerra contra el cáncer gracias a productos farmacéuticos revolucionarios con nombres químicos aterradores, no gracias a las infusiones. Criticar la falacia naturalista no es una cruzada contra los productos naturales ni un apoyo a la planificación «racional» de la sociedad humana con métodos «científicos». Simplemente pone de relieve que los productos naturales no son intrínsecamente superiores por ser naturales, ni los productos artificiales son intrínsecamente inferiores por no serlo.

Sin embargo, el nombramiento por parte de Trump de Robert Kennedy Jr. como Secretario de Salud y Servicios Humanos es una confirmación de que una visión errónea del mundo se ha abierto camino en las más altas esferas de la administración estadounidense entrante y de la derecha estadounidense en general.

Robert Kennedy, que se presentó a las elecciones presidenciales como demócrata e independiente antes de apoyar a Trump, ha difundido algunas de las informaciones erróneas más escandalosas sobre las vacunas. Entre otras cosas, ha afirmado que el Gobierno y los medios de comunicación estadounidenses conspiran para ocultar la verdad en torno a las afirmaciones pseudocientíficas de una relación entre las vacunas y el autismo, y ha defendido la idea de que las vacunas Covid-19 fueron «selectivas desde el punto de vista étnico» para proteger a los chinos y a los judíos asquenazíes de sus supuestos efectos nocivos, aunque afirma que estos comentarios se sacaron de contexto.

Antivacunas

La postura antivacunas de RFK forma parte de una filosofía más amplia que considera que la tecnología avanzada es intrínsecamente peligrosa, mientras que promueve las alternativas naturales como intrínsecamente superiores. Kennedy, un ecologista rabioso, afirma que la energía nuclear es peligrosa a pesar de las claras pruebas de que es uno de los medios más seguros y potentes de generación de energía de que disponemos. En su lugar, argumenta, como hace con las vacunas, que la defensa de la energía nuclear forma parte de una gran conspiración iniciada por grupos de presión nefastos y sin rostro.

De hecho, su ferviente ecologismo es una de las cosas que deberían hacer que encaje incómodamente con la administración Trump y los votantes republicanos. Durante toda su carrera, Robert Kennedy ha defendido causas tradicionalmente asociadas a la izquierda estadounidense, como el ecologismo, la lucha contra la desigualdad de la riqueza mediante la redistribución gubernamental y el apoyo a los candidatos del Partido Demócrata. En 2016, describió a Trump y al movimiento MAGA como «una amenaza para la democracia» y los comparó con Hitler y los nazis. Durante toda su vida ha sido demócrata, al igual que sus familiares más consumados.

Lo único que RFK tiene en común con el movimiento MAGA es su mentalidad conspiranoica. Además de las vacunas y la energía nuclear, las conspiraciones impregnan sus opiniones sobre la invasión rusa de Ucrania.

La falacia naturalista

Abrazar la falacia naturalista es parte de esa visión conspirativa del mundo. Cuando tu creencia previa de que los productos fabricados por el hombre son intrínsecamente peligrosos se enfrenta a la evidencia científica y económica, debes recurrir a las teorías conspirativas para explicar por qué tantos de estos productos se utilizan ampliamente, con resultados aparentemente positivos.

La teoría de la conspiración y la falacia naturalista no son exclusivas de ningún grupo político en particular. Antes de Trump, las conspiraciones sobre el poder nuclear, las guerras extranjeras y las vacunas se asociaban tradicionalmente con la extrema izquierda estadounidense. Muchos de los alineados con algunas de las ideas radicales de Kennedy en el Reino Unido son centristas, con buena educación, en lugar de maniáticos de izquierda o derecha. Las afirmaciones de Kennedy sobre la comida son los ejemplos más claros.

Cuando se trata de alimentos, vemos una clara síntesis de las visiones naturalista y conspirativa del mundo de Kennedy. Afirma que los «alimentos ultraprocesados» (UPF) -un término muy nebuloso que abarca desde el chocolate y los dulces hasta el pan integral y el hummus- están «envenenando» a los niños estadounidenses. Señala con razón que el elevado consumo de jarabe de maíz rico en fructosa, sal y grasas saturadas hace que los estadounidenses sean menos sanos. Pero entre sus otros objetivos están los aceites de semillas y los colorantes alimentarios, que relaciona con el cáncer, las cardiopatías y una serie de enfermedades crónicas.

Semillas y colorantes

Contrariamente a las afirmaciones de Robert Kennedy, la mayoría de la literatura empírica no encuentra nada malo en los aceites de semillas como parte de una dieta equilibrada. Tienen un alto contenido en grasas insaturadas, que son mejores para la salud del corazón que las grasas saturadas. Una revisión sistemática descubrió que el consumo de los denostados ácidos grasos Omega-3 y Omega-6 que suelen encontrarse en los aceites de semillas no está asociado a una inflamación elevada que pueda desencadenar enfermedades crónicas.

El desdén de Kennedy por ciertos colorantes alimentarios sintéticos se basa en la afirmación de que causan cáncer y problemas de comportamiento en los niños. El popular cereal para el desayuno Froot Loops es un objetivo frecuente de su ira, a causa de su alto contenido de colorantes. Gran parte de la cruzada contra Froot Loops se basa en un estudio de la Universidad de Southampton de 2007 que afirmó demostrar un vínculo entre ciertos colorantes alimentarios (incluidos los colores ‘Amarillo 5’, ‘Amarillo 6’ y ‘Rojo 40’ presentes en Froot Loops) y la hiperactividad en niños. Sin embargo, este estudio tenía innumerables fallos, incluyendo un tamaño de muestra pequeño, la incapacidad de separar adecuadamente los diferentes ingredientes probados y depender de evaluaciones subjetivas de la ‘hiperactividad’.

Conspiranoia y naturalismo

A pesar de estos fallos, el estudio de Southampton y otras investigaciones similares han influido en las regulaciones del Reino Unido, la Unión Europea y Australia, que prohíben o restringen en gran medida el uso de estos colorantes. En contraste, los reguladores estadounidenses generalmente insisten en evidencias mucho más sólidas sobre los daños a la salud de los aditivos alimentarios antes de prohibirlos y restringir las opciones para los consumidores. Es posible, e incluso probable, que algunos sean más riesgosos de lo que sugieren las pruebas actuales. Pero la carga de la prueba debería recaer en aquellos que quieren restringir la elección del consumidor; investigaciones inconclusas y sesgos naturalistas no cumplen con esa carga.

La conspiranoia y el naturalismo, ya se propague por charlatanes en línea o por expertos en salud pública, son inofensivos por sí mismos. Pero cuando existe una posibilidad real de que se traduzcan en políticas, los costos los paga toda la sociedad a través de precios más altos, menos opciones y una menor innovación. Es ciertamente cierto que algunos productos fabricados por el hombre que consumimos conllevan riesgos para la salud.

En el poder

Robert Kennedy ha ascendido a una posición peligrosamente poderosa porque su visión del mundo, arraigada en teorías conspirativas y la falacia naturalista encaja perfectamente con la base política de Donald Trump. Afortunadamente, el Reino Unido no tiene un movimiento similarmente influyente. Pero eso ciertamente no nos hace inmunes. Los intentos de extender impuestos y restricciones sobre los ‘alimentos ultraprocesados’, el pánico por las importaciones de pollo clorado post-Brexit y las regulaciones excepcionalmente gravosas del Reino Unido sobre la construcción de nueva capacidad nuclear son solo algunos ejemplos.

Las personas de todo el espectro ideológico deben estar alerta para garantizar que estas malas ideas no infecten nuestra política como lo han hecho al otro lado del Atlántico.

Ver también

Trump 2.0: la incertidumbre contraataca. (Andrés Ureña).

Maduro: gobierno de facto / juicios de facto

Así como Nicolás Maduro mantiene un gobierno de facto, luego del írrito y fraudulento acto mediante el cual simuló juramentarse el pasado 10 de enero de 2025, habiendo perdido penosamente las elecciones presidenciales del 28 de julio de 2024, de la misma forma, el sistema de justicia venezolano ya no realiza procesos judiciales orientados por los derechos a la tutela judicial efectiva y al debido proceso (artículos 26 y 49 de la Constitución, respectivamente), con el objeto de aplicar el Derecho; sino que, todos los integrantes de dicho sistema (jueces, fiscales, defensores públicos, funcionarios policiales), ahora realizan -simple y llanamente- juicios de facto.

En efecto, los derechos y garantías constitucionales que guardan relación con los procesos judiciales -en especial, los procesos penales seguidos por motivos políticos- son una pura ilusión. Partiendo de tipos abiertos como los previstos en la Ley Contra el Crimen Organizado y Financiamiento al Terrorismo, la Ley Contra el Odio, o Ley contra el Fascismo, prácticamente cualquier conducta que a juicio del régimen madurista sea contraria a sus intereses, resulta que es terrorista, fascista o fomenta el odio. Dichas leyes, por cierto, aparte de ser abiertamente inconstitucionales y contrarias a los tratados internacionales en materia de derechos humanos, son un desvío de la aplicación del Código Penal y el Código Orgánico Procesal Penal, normas más transparentes, con tipos más claros, y con un procedimiento -en líneas gruesas- más garantista.

Secuestros y torturas

Y luego, por supuesto, viene la aplicación como tal de estos “monumentos legales”. En la Venezuela de Maduro, se puede secuestrar a una persona en la calle (sin flagrancia, sin orden de captura), por funcionarios vistiendo capuchas. Luego “ruletean” (i.e. -en la jerga venezolana- llevan de un lugar a otro) al detenido, sin conocimiento de sus familiares y/o allegados. El plazo constitucional de 48 horas para detenciones preventivas no se aplica y, llegado el caso, lo que tienen lugar son audiencias judiciales express, muchas veces ante tribunales incompetentes en zonas distantes, que, luego, terminan declinando la competencia en otro tribunal (todo con el propósito de “cumplir” con la presentación judicial del detenido). Dichas audiencias suelen celebrarse a altas horas de la noche, o fines de semana incluso, sin testigos, sin posibilidad de designar abogado de la confianza del reo. Puros y simples paredones judiciales.

Para finalmente llegar a los centros de reclusión: antros inseguros e insalubres, donde mezclan a presos políticos con presos comunes. Donde no hay comida, ni derecho a recibir visitas. Y- lo más destacado de la Era Maduro- donde se practican distintos y sofisticados métodos de tortura, siempre con un “comodín” o vía (supuestamente) escapatoria: grabar un video donde el detenido se autoinculpe.

Extorsión

Un vídeo en el que exprese que algún líder opositor le conminó a generar todo el mal en la Tierra. No olvidemos lo siguiente: mientras dura la privación de libertad, se extorsiona a presos y familiares permanentemente. Puede ser para cuestiones rutinarias como que “no les molesten” durante su reclusión, sea para lograr una excarcelación (los funcionarios del régimen tampoco son muy proclives a mantener sus promesas y hay todo incentivo posible para la corrupción y el fraude).

Grosso modo, es el juicio de facto que aplica el gobierno de facto.

Las democracias del mundo tienen el doble imperativo de ayudar a los venezolanos a detener esta pesadilla, así como de no incurrir jamás en estas prácticas abyectas en sus propios países, para no convertir su justicia también en una justicia de facto.

Ver también

La represión en la Venezuela socialista no tiene límites. (Sairam Rivas).

Crisis en Venezuela. (Miguel Anxo Bastos).

Trump y el narcoterrorismo en México

Faltan unos cuantos días para que Donald Trump asuma por segunda ocasión la Presidencia de los Estados Unidos, y así comience a cumplir su amenaza de declarar a los carteles mexicanos como “Terroristas” y además, aplicar un arancel del 25% a las exportaciones mexicanas y canadienses, de no concentrarse sus gobiernos en disminuir la llegada de inmigrantes indocumentados a EEUU.

Declarar a los carteles de drogas como terroristas o como Foreign Terrorist Organization o abreviando, FTO, tiene su sustento en la Antiterrorism and Effective Death Penalty Act de 1996, emitida por William Clinton., que se complementa con el apartado 219 de Immigration and Nationality Act, y con el decreto ejecutivo de George W. Bush, del 23 de septiembre de 2001, que permite al Secretario del Tesoro de aquel país el designar como tales a entidades o personas que apoyan a las FTO.

En síntesis, la denominación conlleva la prohibición al gobierno, ciudadanos y corporaciones estadounidenses de dar apoyo a las FTO, declara los miembros de éstas como inadmisibles en EEUU, y susceptibles de deportación, y obliga finalmente, a sus instituciones financieras y bancarias nacionales a retener los fondos de dichas organizaciones y reportarlos al Departamento del Tesoro.

Muchos mexicanos, comenzado por el expresidente López Obrador y ahora hasta los mismos legisladores del partido MORENA en el poder, han sobreactuado y agitado las aguas, señalando que eso implicaría una posible invasión a México por el Ejército estadounidense, en la línea de lo que han señalado el propio Trump y varios senadores republicanos, que han venido exigiendo en los últimos años, una actitud más dura contra los carteles mexicanos del crimen organizado. 

Narcoterrorismo

En respuesta, en un documento que circuló a fines de 2024 entre los legisladores de MORENA, supuestamente elaborado por el propio López Obrador, se advierte de revueltas o alzamientos armados (previsiblemente en México por parte de ciudadanos mexicanos) en caso de que EEUU haga la declaratoria de “narcoterrorismo”.

Esto ha obligado al gobierno mexicano, aún contra sus propios intereses, a sobrerreaccionar y pedir a Trump no hacer tal declaratoria. Tras esto, creo que para sectores en México y EEUU queda la impresión de que tal actitud del gobierno de Claudia Sheinbaum, tiene por objeto defender no la soberanía nacional, sino a los carteles y sus presuntas alianzas con López Obrador, hoy por hoy, factótum último entre bambalinas de la política mexicana.

Ha sido una sobrereacción inapropiada y sin bases. La declaratoria, de hacerse, sólo permitirá al gobierno de Estados Unidos, el negar visas, congelar cuentas, decomisar activos y amenazar con acusaciones de asociación delictuosa a personas dentro de Estados Unidos, que no necesariamente podrían ser acusados sin este procedimiento. No mucho más, ta vez en ese “mucho más”, pueda obstaculizarse con revisiones y trámites el dinámico intercambio comercial entre nuestros países.

Pero no autoriza ni la intervención militar en otro país, la cual requeriría un procedimiento diferente, ni tampoco operaciones extraterritoriales de ajusticiamiento de los cabecillas del crimen organizado mexicano. Pero para hacer esto, el gobierno estadounidense en realidad no la necesita tal declaratoria para proceder como desee, no necesita siquiera el permiso o visto bueno del gobierno mexicano, tal como vimos en el reciente secuestro del jefe narco “El Mayo” Zambada por el FBI, y mucho antes, en 1990, en el de Humberto Álvarez Machaín, por la DEA.

López Obrador

La supuesta postura de López Obrador y de MORENA y sus sectores duros y más ligados al bolivarianismo latinoamericano, obedecería más bien a buscar jugar a “las vencidas” con el gobierno Trump. Les funcionó en 2019, cuando William Barr, el procurador nombrado entonces por Trump, tuvo que guardarse una declaratoria similar. Creen que hacer alharaca y azuzar la indignación nacional, igual les funcionará hoy. Tal vez, pero en el ínter, van dejando en actores políticos clave de EEUU, la impresión de que ejercen una defensa corporativa del narco mexicano, lo que sin duda jugará en contra del país, durante la renegociación del TMEC en 2026. 

Según López Obrador, en el documento señalado, la oposición alienta la intervención militar estadounidense en México. Esa afirmación, aún como hipótesis, es claramente falaz y una mentira deliberada. Reconocer que México está gobernado hoy por un régimen cuasi-criminal y coincidir con Trump en ello, no convierte a los críticos u opositores en traidores a la patria ni significa apoyar una invasión extranjera. Esta percepción alienta al régimen mexicano con ánimo de rentabilidad política.

Aunque la oposición mexicana hoy es casi inexistente y un cero a la izquierda, mi percepción es que el gobierno Sheinbaum es consciente de las progresivas dificultades de la economía mexicana, hoy prácticamente en recesión. Así que desprestigiando aún más a la oposición y culpando a Trump y a los “gringos” de las dificultades del país, está sentando la narrativa para no sufrir un castigo electoral severo en las elecciones legislativas intermedias de 2027, ante el agravamiento de una posible crisis económica en México.

Es más fácil morir asesinado

En realidad, ante el agravamiento de la situación de violencia en México, que alguien haga algo contra los cárteles del narcotráfico se vería como una buena promoción de mexicanos. Al respecto, el pasado gobierno dejó una pesada herencia a Sheinbaum: 200 mil homicidios en los seis años de ese gobierno y más de 100 mil personas desaparecidas. Y en el gobierno de Sheinbaum esta trágica situación no tiene trazas de solucionarse: hoy el homicidio es ya la principal causa de muerte en varones mexicanos de entre 15 y 44 años de edad.

En México es más fácil que te asesinen a que te dé un infarto o mueras por un accidente. Frente a la incompetencia de Sheinbaum y un régimen militarizado fallido que lleva casi siete años diciendo que combate al narcotráfico, sin ningún resultado aparente, excepto el crecimiento exponencial de los homicidios violentos y las masacres reiteradas: en los primeros 100 días del gobierno de Sheinbaum, más de 7 mil familias mexicanas han perdido a un ser querido por homicidio doloso.

Frente a tal desastre y la ineptitud estatal, no es de extrañar que muchos mexicanos vean en las amenazas de Trump, un clavo ardiente al cual aferrarse. Estamos a días de ver si tales amenazas son creíbles y qué significan, pero sea cual sea el resultado: El régimen de izquierda mexicano solo podrá acusarse a sí mismo. 

Los incendios de Los Ángeles: la historia de un fracaso político

Por Mathew Kilkoyne. El artículo Los incendios de Los Ángeles: la historia de un fracaso político fue publicado originalmente en CapX.

Mientras Los Ángeles arde, con diez muertos y más de 10.000 viviendas destruidas, surge una historia más profunda sobre cómo la burocracia bienintencionada ha convertido un desastre natural en una catástrofe normativa. Los incendios que asolan Pacific Palisades y otras zonas no sólo revelan la vulnerabilidad física de las comunidades de las laderas de California, sino que ponen de manifiesto la debilidad fundamental de intentar sustituir el control político por mecanismos de mercado en la gestión del riesgo.

Las raíces de esta crisis se remontan a 1988, cuando los votantes californianos aprobaron la Proposición 103, una medida electoral superficialmente atractiva que obligaba a las aseguradoras a solicitar la aprobación, mediante audiencias públicas, de cualquier subida de tarifas. Parecía una medida clásica de protección del consumidor: ¿por qué no obligar a las aseguradoras a justificar sus precios? Pero, como nos enseñó Friedrich Hayek, los precios no son sólo números: son señales de información que coordinan comportamientos humanos complejos. Cuando se impide que los precios se ajusten a la realidad, no sólo se modifica el coste de algo, sino que se distorsiona todo el sistema de incentivos e información que ayuda a la sociedad a gestionar el riesgo.

Si los precios no se ajustan a la realidad, la realidad se ajusta a los precios

Esto es exactamente lo que ha ocurrido en California. No sólo se impidió a las compañías de seguros subir los precios, sino que se les impidió utilizar modelos modernos de riesgos catastróficos para evaluar los peligros futuros. En un mundo de riesgos climáticos cambiantes, las aseguradoras se vieron obligadas a navegar mirando por el retrovisor, utilizando datos históricos que se volvían cada vez más irrelevantes con cada año que pasaba.

¿El resultado previsible? Siete de las doce mayores aseguradoras de California simplemente dejaron de suscribir nuevas pólizas. No se puede obligar a las empresas privadas a perder dinero indefinidamente, y si no pueden cobrar precios que reflejen los riesgos reales, abandonarán el mercado por completo. No se trata de codicia, sino de supervivencia económica.

La naturaleza aborrece el vacío, y la política también. Ante la huida de las aseguradoras privadas, California amplió su «aseguradora de último recurso», el Plan FAIR. Las cifras son asombrosas: 458.000 millones de dólares de exposición respaldados por sólo 385 millones en fondos no reservados y 2.500 millones en reaseguro. No se trata tanto de un seguro como de un pensamiento mágico, que pretende que los mandatos políticos pueden sustituir de algún modo a la capacidad financiera real.

Las consecuencias son ahora brutalmente evidentes. El San Francisco Chronicle informa de que sólo la exposición del Plan FAIR en los códigos postales de la zona de incendios de Los Ángeles podría alcanzar los 24.000 millones de dólares, casi diez veces sus recursos totales. Esto no es sólo una brecha; es un abismo. Y es uno que cada californiano en última instancia tendrá que ayudar a llenar.

¿No querías seguros caros? Toma dos tazas (o más)

Consumer Watchdog -irónicamente, la misma organización que defendió la normativa de 1988- calcula ahora que cubrir las pérdidas del Plan FAIR podría requerir recargos de entre 1.000 y 3.700 dólares en cada póliza de seguro de California. El intento de proteger a los consumidores del encarecimiento de los seguros acabará obligándoles a pagar mucho más de lo que habrían pagado en un sistema de mercado. Kim-Mai Cutler tiene un hilo fantástico sobre cómo su ley ha creado un sistema que les beneficia a ellos, mientras que genera pérdidas para el resto de Estados Unidos.

Pero las distorsiones van más allá de los precios de los seguros. Al suprimir las señales de precios sobre el riesgo, el régimen regulador de California fomentó el desarrollo en zonas propensas a los incendios, reduciendo al mismo tiempo los incentivos para la prevención de incendios. Cuando se puede obtener un seguro subvencionado independientemente del riesgo, ¿para qué gastar dinero extra en materiales resistentes al fuego o en desbrozar? Cuando los propietarios no asumen el coste total de sus decisiones de ubicación, naturalmente asumen más riesgos de los que asumirían en un mercado libre.

La reconstrucción que se avecina revelará otro nivel de fracaso de la normativa. La incapacidad de valorar el riesgo adecuadamente significa que muchos propietarios descubrirán que su cobertura del Plan FAIR es inadecuada para la reconstrucción. Es posible que los bancos se muestren reacios a conceder préstamos en zonas donde es difícil obtener un seguro. Es probable que el valor de las propiedades disminuya, reduciendo la base impositiva precisamente cuando más se necesitan los recursos públicos. Así es como se agravan los fallos regulatorios: cada intervención crea nuevos problemas que parecen requerir aún más intervención.

Volver al mercado

Hay aquí una profunda lección sobre los límites del control político sobre la realidad económica. El puesto de comisionado de seguros de California se ha convertido en lo que los observadores políticos llaman un «cementerio», porque es imposible conciliar la demanda política de tarifas de seguros bajas con la realidad económica del creciente riesgo de incendios. Esto es lo que ocurre cuando se intenta regular hechos económicos básicos: la realidad siempre acaba ganando, pero el coste del retraso hace que el ajuste de cuentas final sea mucho peor de lo necesario. Uno sospecha, eso sí, que la próxima elección para este cargo bien podría ser caliente.

La solución no es complicada, pero requiere coraje político: California debe restablecer mecanismos de mercado que puedan fijar precios y gestionar riesgos adecuadamente. No va a ser fácil tras un incendio que ha arrasado hogares y vidas, pero es lo que hay que hacer. Significará permitir que las aseguradoras utilicen herramientas modernas de evaluación de riesgos, permitir la fijación de precios basada en el mercado y desarrollar ayudas específicas para las poblaciones verdaderamente vulnerables en lugar de intentar contener los precios para todos.

A medida que las cenizas se asientan, la sombría alternativa ya está quedando clara: un sistema en el que muchos californianos se encontrarán sin seguro, sin cobertura en absoluto o con costes muy superiores a los que habrían pagado en un sistema basado en el mercado, incluyendo la sombría perspectiva de hogares quemados y la dependencia de la buena voluntad y la amabilidad de extraños para recoger los pedazos de sus vidas. Esta es la cruel ironía de las políticas intervencionistas: al intentar proteger a los consumidores de los precios del mercado, acaban exponiéndolos a riesgos y costes mucho mayores.

Los riesgos de anular al mercado

A medida que Los Ángeles inicia su recuperación, el Estado se enfrenta a una disyuntiva: continuar por la senda de la supresión del mercado y ver cómo su sistema de seguros se derrumba por completo, o adoptar reformas que permitan a los mercados fijar el precio del riesgo adecuadamente. Los incendios han dejado devastadoramente claro el coste de elegir mal.

Esto es más que una simple historia de California: es una advertencia sobre los peligros de permitir que los imperativos políticos anulen los mecanismos del mercado. Cuando impedimos que los precios digan la verdad sobre el riesgo y la escasez, no eliminamos la realidad subyacente. Sólo nos aseguramos de que, cuando finalmente irrumpa, las consecuencias serán mucho peores de lo que tenían que ser.

Sin embargo, la crisis de los seguros no es más que la manifestación más visible de una esclerosis normativa más profunda que ha dejado a una de las regiones más ricas del mundo sorprendentemente vulnerable a amenazas totalmente previsibles. El PIB de California la convertiría en la quinta economía mundial si fuera una nación independiente, alberga las principales empresas tecnológicas del mundo y se asienta junto al mayor océano de la Tierra. Sin embargo, no puede suministrar agua a presión a las bocas de incendios ni desplegar tecnología moderna para combatirlos. ¿Cómo hemos llegado a esta absurda situación?

California, rendida ante el ecologismo

Pensemos en las infraestructuras hídricas. California no ha construido un gran embalse nuevo desde 1992, a pesar de haber sumado 10 millones de habitantes. Las normativas medioambientales, sobre todo las que protegen a las poblaciones de eperlano del Delta, han reducido activamente la disponibilidad de agua para el sur de California. El Estado ha dado prioridad a la conservación frente a la ampliación de la capacidad, forzando de hecho un juego de suma cero en el que cada nuevo residente reduce la seguridad hídrica de los ya existentes. Mientras tanto, los proyectos de desalinización se enfrentan a años de revisiones medioambientales y desafíos normativos: la planta de Carlsbad tardó 14 años en aprobarse y construirse, a pesar de utilizar tecnología probada (y eso es una interpretación liberal, el esquema desde la concepción de la idea tardó 24 años en completarse).

Esta parálisis de las infraestructuras sería en cierto modo comprensible si California careciera de recursos. Pero este es un estado que alberga empresas a la vanguardia de la inteligencia artificial, la robótica y los sistemas autónomos. Sin embargo, mientras Silicon Valley desarrolla coches autónomos y robots capaces de realizar operaciones quirúrgicas, los bomberos siguen dependiendo principalmente de helicópteros y aviones pilotados por humanos para suministrar agua a los incendios forestales, igual que hace cincuenta años. ¿Dónde están los enjambres de drones autónomos que podrían suministrar agua de forma continua y precisa? ¿Por qué no utilizamos sistemas basados en inteligencia artificial para optimizar la respuesta a los incendios y predecir su propagación en tiempo real?

La carga de la regulación

La respuesta está en lo que el historiador económico Joel Mokyr denomina «la carga del conocimiento», salvo que en el caso de California no es la carga de adquirir nuevos conocimientos lo que les frena, sino la carga de unos marcos reguladores que hacen casi imposible desplegar nuevos conocimientos. La misma mentalidad reguladora que ha paralizado el mercado de los seguros también ha congelado la innovación en seguridad pública e infraestructuras.

Pensemos en lo que costaría desplegar una red de drones autónomos de extinción de incendios en el condado de Los Ángeles. Probablemente, se necesitarían aprobaciones de la FAA, las autoridades estatales y locales, evaluaciones de impacto ambiental, casi con toda seguridad, audiencias públicas sobre el ruido y la privacidad, estudios sobre el impacto en la fauna y un sinfín de obstáculos normativos. Eso, antes de que necesiten su propio seguro de flota, licencias y tengan que conseguir financiación para financiar la iniciativa. Cada agencia tendría poder de veto efectivo, y ninguna tendría un gran incentivo para decir que sí. Mientras tanto, los incendios no esperan a que concluyan los procesos burocráticos. La gente de ideas empezaría un proyecto y seguiría adelante. Las soluciones se pierden, como lágrimas en la lluvia.

Freno al avance tecnológico

Esto apunta a una idea crucial sobre la relación entre regulación e innovación: el coste de los seguros no es independiente de nuestra capacidad para prevenir y combatir los incendios con eficacia. Si los sistemas autónomos pudieran responder a los incendios con mayor rapidez y eficacia que los equipos humanos, si las infraestructuras inteligentes pudieran mantener la presión del agua precisamente donde se necesita, si la IA pudiera optimizar las rutas de evacuación en tiempo real… entonces las primas de los seguros podrían seguir siendo asequibles aunque aumentaran los riesgos climáticos. Pero para lograrlo hay que permitir que la innovación en seguridad pública avance a la velocidad de la tecnología, no de la burocracia.

En cambio, California ha creado un entorno normativo que impide simultáneamente a las compañías de seguros cobrar las tarifas del mercado e impide el despliegue de tecnologías que podrían reducir los riesgos que impulsan esas tarifas. Este doble vínculo garantiza que el sistema se vuelva más frágil con el tiempo, a medida que aumentan los riesgos, mientras nuestra capacidad para gestionarlos permanece congelada en ámbar.

La trágica ironía es que el régimen regulador de California, aparentemente diseñado para proteger el interés público, en realidad ha impedido el desarrollo de protecciones públicas más eficaces. El mismo estado que es pionero en la circulación de vehículos autónomos por sus carreteras no puede aprobar sistemas autónomos para luchar contra los incendios. La misma región que lidera el mundo en el desarrollo de la IA sigue luchando contra los incendios, principalmente con herramientas y técnicas que serían familiares para los bomberos de hace cincuenta años.

Regulación e innovación

Esto apunta a una verdad más amplia sobre la regulación y la innovación: no basta con generar nuevas tecnologías, se necesita un entorno regulador que permita que esas tecnologías se desplieguen de manera que resuelvan problemas reales. California ha creado un sistema que destaca en lo primero, al tiempo que impide activamente lo segundo.

El camino a seguir requiere no sólo reformar la normativa sobre seguros, sino replantearse fundamentalmente cómo regulamos la innovación en seguridad pública e infraestructuras. Deben existir marcos que permitan evaluar y aprobar rápidamente las nuevas tecnologías sin dejar de garantizar la seguridad, algo más parecido a cómo regulamos el software que a cómo regulamos los puentes. Cada nuevo enfoque debe dejar de verse como una amenaza que hay que contener y la innovación debe considerarse esencial para la seguridad pública.

Porque, en última instancia, la elección no está entre la regulación y el caos, sino entre las normativas que fomentan la innovación y las que la impiden. La crisis actual de California demuestra el coste de elegir mal. Un enfoque verdaderamente progresista de la seguridad pública aprovecharía las extraordinarias capacidades tecnológicas del estado para proteger a sus ciudadanos, en lugar de permitir que la esclerosis normativa mantenga esas capacidades encerradas en los laboratorios de investigación y en la imaginación de la gente mientras Los Ángeles arde.

Ver también

California en la oscuridad. (José Ignacio del Castillo).

La distancia que hay del Camp Nou a California. (Domingo Soriano).

Ocupen su localidad. (José Carlos Rodríguez).

Administración Trump/Elon. ¿El inicio del ‘effective accelerationism’?

En unos días comienza la presidencia de Trump y podemos predecir que no va a seguir unos patrones normales. A Donald le acompañará esta

vez un vicepresidente que tiene un ideario muy claro y poco convencional en el partido republicano. Pero también se ha rodeado de una serie de personajes exitosos del mundo de la tecnología, cuyo mayor exponente es Elon Musk.

Desde que Elon compró Twitter, su influencia en la política de EE.UU. y, por extensión, de todo occidente, no ha hecho más que crecer. Pero es muy fácil quedarse en los memes y los atracones de post que lanza cada vez que se interesa por un tema, y pasar por alto lo importante: todo lo que hace tiene un propósito que se fundamenta en su visión del mundo.

Una forma de aproximarse a esta visión es analizando el manifiesto publicado a finales de 2023 por Marc Andreessen, fundador de Netscape Communications y gran inversor, que ha decidido, como muchos otros, subirse al carro de Trump después de años de apoyar al partido Demócrata.

El manifiesto tecno optimista es un documento con una fuerza excepcional. En él se van desgranando las bases del effective accelerationism. Una filosofía que promueve el desarrollo tecnológico como forma de resolver los problemas a los que se enfrenta la humanidad. Puede parecer simple optimismo, pero hay mucho más.

Manifiesto de Andreessen

Si algo ha marcado la década de 2010 ha sido el cinismo. Me imagino que por eso Andreessen empieza su manifiesto con esta cita de Walker Percy:

You live in a deranged age — more deranged than usual, because despite great scientific and technological advances, man has not the faintest idea of who he is or what he is doing.

Todo el progreso económico y tecnológico no vale nada si la sociedad no percibe un propósito detrás de él. Y la desconexión entre estos avances y lo que las personas perciben como importante es un problema enorme.

Para corregirlo empieza por explicar las dos herramientas más poderosas que tiene el ser humano a su disposición: la tecnología y el mercado.

La tecnología es la que nos permite crecer. Sin ella la población se habría quedado estancada en unas docenas de millones de personas.  Y sin ella no habríamos podido acceder al 90% de los recursos de nuestro planeta.

El mercado es el sistema que permite que el ser humano se organice. Se cita a David Friedman para explicar que las personas actuamos por tres razones: amor, dinero y fuerza. El amor no escala, y la fuerza ha fracasado a la hora de crear sociedades ricas y funcionales. Solo nos queda avanzar en el camino del dinero. Es la única forma que ha demostrado ser exitosa para conseguir que las personas se preocupen por otras personas a las que no conocen.

La máquina tecno-capital

Una vez introducidas las dos herramientas, nos habla de cómo trabajan juntas: the Techno-Capital Machine.

The techno-capital machine makes natural selection work for us in the realm of ideas. The best and most productive ideas win, and are combined and generate even better ideas. Those ideas materialize in the real world as technologically enabled goods and services that never would have emerged de novo.

Su tesis central es dejar a esta máquina trabajar liberándola de todas las ataduras que tiene actualmente. Tenemos a nuestro alcance acceder a una fuente enorme de inteligencia, por medio del desarrollo de la IA, y para ello podemos hacer uso de una fuente de energía que dominamos, pero que no se ha podido desarrollar en todo su potencial: la fisión nuclear.

El desarrollo de ambas podría llevar a una época de abundancia, que sería la base de nuevos desarrollos tecnológicos que eclipsaran a los que disponemos ahora.

Como puede parecer demasiado utópico, aclara lo siguiente:

However, we are not Utopians.

We are adherents to what Thomas Sowell calls the Constrained Vision.

We believe the Constrained Vision – contra the Unconstrained Vision of Utopia, Communism, and Expertise – means taking people as they are, testing ideas empirically, and liberating people to make their own choices.

Esto es de vital importancia. La máquina tecno capitalista no es un ente central y ajeno a la sociedad. Es la sociedad trabajando de forma libre. Nada que no sirva a las personas puede sobrevivir sin coacción central.

Tecno optimismo

Y como todo representante de la libertad, tiene sus mismos enemigos. En el manifiesto aparecen listados, pero podemos reducirlos tal como hizo Ayn Rand: aquellos que no producen nada, pero que aspiran a dirigir la vida de los que sí lo hacen.

Como hemos visto, el tecno optimismo es una forma de liberalismo enfocada en el potencial de la humanidad para alcanzar nuevas cumbres si progresa con libertad y un propósito claro.

Se podría argumentar que la libertad es un fin, no un medio para otro propósito. Pero lo cierto es que los individuos trabajan mejor juntos si tienen un propósito común. Que este sea el avance tecnológico de nuestra especie dentro de un sistema que respete la libertad de cada individuo parece un buen equilibro. Por otro lado, el liberalismo siempre va a ir de la mano del progreso económico. Si la tarta deja de crecer, la sociedad pasa a jugar un juego de suma cero, y ahí los colectivistas siempre van a llevarse el gato al agua.

En fin, veremos cuánto de esta filosofía está presente en la nueva administración estadounidense. Pero siendo un observador europeo, uno no puede más que sentir una sana envidia. Esperemos que con el ejemplo de Estado Unidos las cosas empiecen a cambiar por aquí y podamos unirnos a ellos en un futuro.

Como dice Andreessen, es tiempo de ser optimistas. Es tiempo de construir.

Ver también

La importancia (liberal) de crear valor para los demás. (Ignacio Moncada).

Papá, ¡quiero ser como Peter Thiel, no como Stuart Mill! (Raquél Merino Jara).

En defensa de la desigualdad. (Pablo Martínez Bernal).

El conservadurismo de Scruton reconsiderado

Por Daniel J. Mahoney. El artículo El conservadurismo de Scruton reconsiderado fue publicado originalmente en Law & Liberty.

Sir Roger Scruton falleció poco antes de cumplir 76 años, el 12 de enero de 2020, tras una corta, pero valiente lucha contra el cáncer. Para muchos de nosotros, fue un modelo de integridad personal e intelectual, un pensador y escritor valiente cuyo rotundo «¡No!» a la cultura del repudio, como él fue el primero en llamarla acertadamente hace cincuenta años o más, iba siempre acompañado de una afirmación humana y generosa de todo lo que merecía ser elegido en la herencia civilizada que nos legaron nuestros antepasados.

A medida que se acerca el quinto aniversario de su muerte, es oportuno prestar renovada atención al elevado (y elevador) conservadurismo de Scruton, a su elocuente defensa de la belleza y la alta cultura, así como a su feroz oposición al cientificismo, al totalitarismo y a todo esfuerzo ideológico por negar la persona humana dotada de alma.

El significado del conservadurismo

Sin embargo, el conservadurismo de Scruton fue mucho más que una oposición, y nunca fue meramente estético, aunque diera un lugar de honor a la defensa de las cosas bellas que nunca están simplemente en el ojo del espectador. Su conservadurismo informaba su concepción profundamente contracultural del patriotismo y de la lealtad nacional humana, mientras que, al mismo tiempo, su patriotismo informaba su conservadurismo y le confería una notable amplitud y profundidad.

El hecho de que Scruton escribiera tan bien, como un fino dibujante del alma humana y de las insinuaciones de trascendencia, le ayudó enormemente en su tarea de transmitir toda la gama de la experiencia humana ocluida por las ideologías de moda, ya sean utópicas o cínicas y nihilistas, que no tienen lugar para lo más importante: el sujeto humano o la persona responsable ante sí misma, ante la sociedad y ante una ley moral que no es obra suya.

Scruton se convirtió en un conservador de pleno derecho en la década de 1970, y su primer esfuerzo por ofrecer una articulación exhaustiva de esa filosofía fue su obra de 1980 The Meaning of Conservatism (El significado del conservadurismo). Esa obra estaba influida por el no historicista Hegel (autor de La filosofía del derecho), que enraizaba la libertad y la vida ética en una concepción de la «pertenencia» equidistante del «polvo y el polvo» de la individualidad pura (como la llamaba Edmund Burke) y de todo esfuerzo colectivista por suprimir la libertad tal y como se había vislumbrado en el mundo moderno.

Una invitación a una gran tradición

Esa obra está llena de joyas, aunque carezca de toda la claridad y finura de sus escritos posteriores. En esta primera encarnación, Scruton era más rotundamente antiprogresista, rechazando todo el edificio de la filosofía política progresista moderna con un filo polémico ausente en gran medida de sus escritos de madurez.

El enfoque que Scruton da al conservadurismo en su último libro sobre el tema, Conservatism: An Invitation to the Great Tradition, publicado en 2018, es más dialéctico, más dispuesto a subrayar ciertas afinidades entre el conservadurismo y el liberalismo que pretende moderar y corregir. En páginas maravillosamente lúcidas, Scruton revela la dependencia del orden liberal de ciertas realidades no liberales y señala que el deseo del liberalismo filosófico de liberar al individuo de restricciones indebidas acaba desembocando en el nihilismo y el desorden moral si olvida las venerables costumbres e instituciones que permiten que florezca un régimen de libertad en primer lugar.

El conservadurismo, como Scruton llegó a comprender, ofrece un «sí, pero…» a las pretensiones del liberalismo clásico. En el mejor de los casos y políticamente más responsable, el conservadurismo pretende salvar al liberalismo de sí mismo. Al mismo tiempo, sólo puede llevar a cabo esa saludable tarea si no es cómplice de los presupuestos liberales autodestructivos. Se trata de una operación delicada.

Salvar al liberalismo de sí mismo

El conservadurismo de tipo scrutoniano debe apreciar los logros reales de la teoría y la práctica liberales tal y como han surgido en el mundo moderno y tardomoderno. El Estado de derecho, la paz cívica, la tolerancia religiosa y la prosperidad y abundancia que ha hecho posible la economía de mercado son bienes preciosos que han sido fomentados y sostenidos por el orden liberal moderno. La justicia exige que sean reconocidos y defendidos. Pero ese orden también se ve acechado por patologías y tentaciones como una fe desmesurada en el progreso y una valoración insuficiente de la imperfección humana innata. No se trata de «bichos» pasajeros, sino de patologías coextensivas con la Ilustración. Hay algo de Sísifo en la tarea del conservadurismo.

Así, frente a las insistentes llamadas a la innovación radical y al fetichismo por el «progreso» que las acompaña, el conservadurismo, tal y como lo entiende Scruton, defiende la continuidad y, en contraste con el «énfasis único en la libertad y la igualdad», toma nota de las cruciales condiciones morales y culturales premodernas de la libertad ordenada. Coincide con el liberalismo clásico al oponerse a los mezquinos dictados de un Estado gerencial y a los monstruosos totalitarismos del siglo XX, pero lo hace con argumentos y recursos filosófica y espiritualmente más profundos.

Sin la crítica parcial que proporciona el conservadurismo, el liberalismo tiende a consumirse a sí mismo, a seguir la lógica de la liberación y la emancipación hasta conclusiones contraproducentes. En la interpretación de Scruton, el conservadurismo es propiamente ambivalente respecto a la Ilustración: ni se opone rotundamente a ella ni respalda todas sus premisas y conclusiones. Se esfuerza por salvar la libertad moderna de sí misma, al tiempo que resiste la tentación de socavar el Bien, identificándolo unilateralmente con un pasado cuyos logros están irremediablemente idealizados. El Bien, aunque esquivo, es más sustancial.

Las raíces del conservadurismo

Scruton también es admirablemente sensible a las raíces «clásicas» del conservadurismo moderno. Más que una defensa de la tradición (que sin duda lo es), el conservadurismo es un enfoque de la vida y la política que aprecia las verdades perdurables sobre la naturaleza humana. El conservadurismo bien entendido «recurre a aspectos de la condición humana que pueden observarse en todas las civilizaciones y en todos los periodos de la historia». La defensa que Scruton hace de la moderación, el constitucionalismo y las virtudes cardinales (valor, prudencia, justicia y templanza) debe mucho a Aristóteles, por ejemplo. El conservadurismo de Scruton también es ampliamente aristotélico en su reconocimiento de que los seres humanos son animales sociales y políticos «que viven naturalmente en comunidades, unidos por la confianza».

Por lo tanto, Scruton se opone a la opinión de que «el orden político se basa en un contrato». El estado de naturaleza es una quimera, una invención de los filósofos políticos modernos que habían olvidado la realidad primigenia de la deuda y la gratitud hacia nuestros predecesores, y esas innumerables obligaciones que no son exigidas, pero que siguen siendo vinculantes para los seres humanos moralmente serios. Esta ficción, tan central en el liberalismo filosófico, oculta el hecho de que la pertenencia a una comunidad, con sus deberes y obligaciones, es una condición previa para una libertad significativa. No existe la «libertad absoluta»; de hecho, tal malentendido de la libertad atenta contra el orden civilizado y el saludable autocontrol, que son las condiciones y el complemento de la libertad.

Membresía frente a contrato

Para Scruton, la nación es la forma política que garantiza la pertenencia y el autogobierno en el mundo moderno, una forma de lealtad y apego a lo propio que deja atrás las estrechas e indebidamente exclusivas formas de identificación familiar, tribal y sectaria. Pero estar apegado al propio hogar en la forma de lo que él llamó «democracia territorial» no es hacer de la nación un ídolo. Aunque la nación es, en efecto, una forma de jurisdicción secular, encuentra fácilmente un lugar para el amor cristiano al prójimo, en lugar del humanitarismo abstracto que socava las obligaciones concretas del ciudadano y del creyente.

Por otra parte, Scruton no nos deja con una falsa elección entre la pertenencia nacional y los vínculos y lealtades locales. Ambos son cruciales para nuestro sentido del hogar, y ambos son elementos integrales del autogobierno correctamente entendido. Juntos, se resisten al atractivo de lo «global», una abstracción que sustituye las lealtades concretas por efusiones sentimentales de humanitarismo y por la dominación burocrática de arriba abajo en la práctica.

A menudo comparado con Edmund Burke, Scruton no es exactamente un burkeano en el sentido de que sus premisas filosóficas deben más a Aristóteles, Kant y Hegel. Sin embargo, admira profundamente al gran estadista y filósofo político angloirlandés. Su Burke opera en la intersección del liberalismo y el conservadurismo y no es en absoluto reaccionario. Es partidario de la moderación y la prudencia y el mayor crítico moderno del pensamiento ideológico. En sus Reflexiones sobre la Revolución en Francia (1790), Burke vio «el corazón de las cosas» y anticipó el Terror revolucionario antes de que se hubiera revelado por completo. Aunque apoyó la Revolución estadounidense, vio a través de la «cábala literaria» que impuso el fanatismo al pueblo francés.

Cómo se hizo conservador

Para Burke, reforma y conservación formaban un díptico indispensable: no podía haber una sin la otra. Puede que Burke exagerara las perspectivas de reforma del antiguo régimen en Francia, pero veía el nihilismo en el corazón de la política de la tabula rasa: el deseo de empezar todo de nuevo en algún «Año Cero» ideológico.

En contra de la idea liberal del contrato social, Burke pensaba que la sociedad implicaba una «tutela» que conectaba a los vivos, los muertos y los que aún no habían nacido. Defensor de los «pequeños pelotones» que conforman los afectos de los ciudadanos, Burke era también partidario de la nación orgullosa e independiente que era Gran Bretaña. Intentó mantener el equilibrio entre el individuo libre y una comunidad ordenada que respetara la herencia moral que es la civilización occidental y cristiana.

Burke sigue siendo importante para el conservadurismo porque, como dice Scruton en su incomparable capítulo «Cómo me hice conservador» de sus memorias de 2005, Gentle Regrets, vio más allá de los fatuos «gritos de liberación» modernos y rechazó cualquier noción de «progreso» que no tuviera lugar para los muertos y los que aún no han nacido y para las obligaciones morales que definen al hombre como hombre.

En palabras de Scruton, Burke renovó la llamada platónica a una política que fuera también una forma de «crianza» y «tutela»: el «cuidado del alma» que es también necesariamente «cuidado de las generaciones ausentes». Burke no era simplemente un tradicionalista ni un viejo whig, sino un prudente y sabio proveedor de viejas y duraderas verdades a un mundo en proceso de dramáticas transformaciones.

La lealtad nacional humana y el caso estadounidense

Scruton entendía la lealtad nacional humana en contradicción tanto con el nacionalismo autoafirmativo como con el cosmopolitismo fácil y antipolítico. No hay nada estrecho, mezquino o xenófobo en la defensa que Scruton hace de Inglaterra y en su comprensión de lo que requiere una auténtica pertenencia política y social. Scruton se sentía como en casa en Francia (admiraba al patriota conservador De Gaulle -que también era un hombre de letras- aunque rechazaba rotundamente a los revolucionarios soixante-huitards que denunciaban al gran estadista francés como «el viejo fascista»), amaba al pueblo checo (al que ayudó durante el periodo de cautiverio comunista y cuyas pruebas bajo el totalitarismo ideológico relató en su cautivadora novela de 2015 Notes From Underground) y era un verdadero amigo de Estados Unidos. Este patriota británico y «buen europeo» conocía bien las cosas americanas.

Pero, ¿no se fundó Estados Unidos sobre la idea del contrato social y, por tanto, sobre la ilusión modernista de que la política es puro artificio y, por tanto, está lejos de estar arraigada en las fuentes más profundas de la naturaleza humana? Sí, y no. Como escribió Scruton tan luminosamente en su capítulo sobre «El contrato social» de su libro The West and the Rest (2003), la decisión estadounidense de «adoptar una constitución y hacer una jurisdicción ab initio» en 1787 todavía presuponía un pueblo preexistente («Nosotros, el pueblo») conformado por la herencia occidental, la religión cristiana, las tradiciones de libertad republicana antiguas y modernas, «los descubrimientos modernos en ciencia política» y la experiencia colonial de autogobierno.

Las místicas cuerdas de la memoria

Los lazos de pertenencia estadounidenses presuponen toda la «red de obligaciones no contractuales» a la que se adhieren todos los pueblos civilizados, así como un pueblo y una nación cuyas deudas, obligaciones y lealtades perduran en el tiempo. Basta con leer a Lincoln hablar de «las místicas cuerdas de la memoria» en su primer Discurso Inaugural para apreciar esta profunda verdad de que el contrato sólo puede vincular cuando da expresión a la «pertenencia» existente y a los recuerdos y obligaciones que la informan.

Los lazos de pertenencia y los recuerdos y lealtades de un pueblo autónomo trascienden lo que se elige en un momento dado o lo que se establece en un contrato original. Con ello vienen los deberes a los que uno está obligado por honor, y no sólo los derechos a hacer lo que uno quiera. Sin duda, Scruton valoraba los derechos dentro de su esfera legítima.

El imperio de la ley, no el legalismo desalmado, era un principio sacrosanto para él, y estaba en el corazón de la libertad inglesa que amaba. Pero él sólo veía una disminución brutal de la vida moral y política bajo la nueva «ideología de los derechos humanos», como él la llamaba, una comprensión disminuida de la «autonomía» que está despojada del deber moral y cívico y, por tanto, de la responsabilidad mutua que define a las personas que viven en comunidades políticas libres y legales.

La tarea del conservadurismo hoy

Al final de Conservatism: An Invitation to the Great Tradition, Scruton recapitula la trayectoria que tan sugestivamente trazó en sus páginas: «El conservadurismo moderno comenzó como una defensa de la tradición contra los llamamientos a la soberanía popular; se convirtió en un llamamiento en nombre de la religión y la alta cultura contra la doctrina materialista del progreso, antes de unir sus fuerzas a las de los liberales clásicos en la lucha contra el socialismo». Esta es una recapitulación perfecta del argumento hasta donde llega. Scruton procede entonces a argumentar que el conservadurismo hoy se ve mejor como un campeón de la civilización occidental contra sus despreciadores cultos, los defensores de la «corrección política» que ven a Occidente como el único culpable entre todos los pueblos y civilizaciones, y contra el «extremismo religioso», especialmente en forma de islamismo militante.

La última formulación sugiere una ambigüedad en la autopresentación de Scruton. Unas veces se presenta como defensor de la herencia cristiana, otras como defensor del Estado laico frente a las formas religiosas de pertenencia. Por supuesto, ambas afirmaciones no son necesariamente incompatibles. Sin embargo, de vez en cuando y sólo de vez en cuando, parece sugerir que el islam revela algo esencial sobre la naturaleza de la religión como tal. (Mucho más a menudo se identifica con la llamada cristiana al arrepentimiento y al perdón, a «volver la espada hacia dentro» en lugar de seguir el camino del fanatismo y el imperio religioso). Uno se siente tentado a decir que la legítima repulsión de Scruton contra el fanatismo islamista le llevó a acentuar su énfasis en el secularismo como ingrediente crucial de la libertad moderna.

Su libro más político

Pero, como siempre, el enfoque de Scruton resulta ser dialéctico, en el sentido rico-no-marxista del término. Como lo expresó en su libro de 2017, Where We Are: The State of Britain Now, en el plano político se conformaba con los «hábitos cotidianos de vecindad» que persisten en una democracia territorial no indebidamente distorsionada por efusiones ideológicas y fanatismos políticos. «Pertenecer», sugería, es el hecho político básico, y tendría que bastar, sobre todo porque el pueblo británico “carece esencialmente de creencias religiosas, aunque conserva un núcleo de sentimiento cristiano”. Orwell había argumentado de forma convincente más o menos lo mismo en su gran ensayo de 1940 El león y el unicornio. Scruton sólo pudo añadir que la desacralización de la vida británica había avanzado a buen ritmo durante los ochenta años transcurridos desde que Orwell escribiera su poderoso relato y defensa de la «inglesidad».

Apertura a la luz del alma

Pero como filósofo y ser humano, Scruton no podía conformarse con una pertenencia política despojada incluso de un respeto residual por el anhelo de lo trascendente, lo sagrado y lo eterno que define al hombre como hombre y que es tan crucial para su dignidad y su realización. Los lectores de Gentle Regrets saben que Scruton hacía tiempo que había dejado atrás su autodenominado «aprendizaje ateo», digan lo que digan los insistentes (e inenseñables) críticos contemporáneos.

Scruton había llegado a ver en fenómenos tan dispares como la cultura del repudio, la pornografía degradante y el asalto totalitario a los cuerpos y las almas de los seres humanos, actos de «profanación», asaltos nihilistas al rostro de Dios porque asaltos al alma humana que lleva en sí la chispa de lo divino (sobre estos temas, véase su libro de 2012 The Face of God: The Gifford Lectures). Escribiendo en la intersección de la filosofía política, la teología y la antropología filosófica, siempre con impresionante cuidado, elegancia y lucidez, Scruton se embarcó en un gran acto de recuperación antropológica, un acto de recuperación difundido a través de su obra posterior.

Llegó a creer que los seres humanos libres y responsables no pueden escapar a «su conciencia de conciencia», «su conciencia de la luz que brilla en el centro de su ser». «La responsabilidad mutua de las personas» -del “yo” al “yo”- apunta a una relación más fundamental entre las personas con alma y “el yo de Dios, en el que todos somos juzgados y del que fluyen el amor y la libertad”, por citar un texto de 2008 sobre “El retorno de la religión” de The Roger Scruton Reader editado por Mark Dooley.

Intuiciones del infinito

En este retorno a la fe racional, la filosofía sólo podía llevarnos hasta cierto punto. Pero podría permanecer abierta al encuentro del alma con lo sagrado, y a esos misteriosos puntos de encuentro entre lo sagrado y lo profano, iluminados en el arte, la literatura, la música y los textos sagrados, donde el tiempo se encuentra con la eternidad y el alma encuentra lo Verdadero, lo Bueno y lo Bello de formas que sólo pueden verse «como a través de un cristal oscuro».

Como filósofo sensible a lo que él llamaba «Intuiciones del Infinito», Scruton hizo todo lo que estuvo en su mano para demostrar que el cientificismo, al igual que el totalitarismo, privaba a los seres humanos de aquellas experiencias que fluyen del reconocimiento inicial de la luz de la autoconciencia dentro del alma. Toda la «mantequilla de nada» del mundo, los diversos reduccionismos que tan dogmáticamente explican lo alto a la luz de lo bajo (como reducir la mente al funcionamiento del cerebro), sólo sirven para despojar a los seres humanos de nuestra dignidad como personas moralmente responsables.

El lugar de la religión

Si la religión ha de recuperar el lugar que le corresponde en la vida humana, entonces la luz del centro del alma (una luz que apunta fuera y por encima de sí misma) debe volver a informar al «Nosotros» de la vida social y política, un «Nosotros» constituido por personas libres y mutuamente responsables, y no juguetes de diversas fuerzas deterministas postuladas por las ideologías de moda.

Al redescubrir esta luz y llamar la atención sobre ella, Roger Scruton contribuyó en gran medida a recuperar los fundamentos metafísicos del conservadurismo. A su manera inimitable, recuperó la conexión perenne entre la ciudad y el alma, el «cuidado del alma» en el corazón de cualquier polis auténtica. Agradecidos al modelo de su vida, debemos continuar la labor de recuperación filosófica y antropológica que Scruton inició de forma tan impresionante.

Ver también

Roger Scruton, el conservador convencido. (José Ruiz Vicioso).

El escándalo Scruton. (José Carlos Rodríguez).

¿Qué pensaría Roger Scruton de las ciudades de 15 minutos? (Samuel Hughes).