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Etiqueta: Anarquismo

‘Mercado hasta donde sea posible, Estado hasta donde se pueda reducir’ (II)

Siendo el caso que el mercado es el proceso a través del cual los individuos coordinan sus acciones unos con otros -satisfaciendo sus necesidades a través de la producción encaminada a la satisfacción de las necesidades de los demás, si nos preguntamos hasta dónde es él mismo posible, la respuesta necesariamente será: hasta donde alcance la mirada aguda, que mucho alcanza, de la función empresarial. En mis notas, entonces, el mercado no tiene límite.

Reviviendo a partir de este momento la afirmación de “mercado hasta donde sea posible, estado hasta donde se pueda reducir,” nos resta entonces dedicarnos a reflexionar acerca de la medida justa del estado. Y la pregunta que tenemos que críticamente hacernos es: ¿cuál es ese mínimo del estado que, en cierto afán libertario de reducirlo, se nos presenta como un muro que no podemos atravesar?

‘Mercado hasta donde sea posible, Estado hasta donde se pueda reducir’ (I)

Y, ¿qué pasa, por cierto, si lo atravesamos? Necesariamente, a partir de las conclusiones anteriores, la única forma de saber si aquello que estaba “produciendo” el estado, como bancas en los parques, o jueces en los juzgados, era realmente necesario, sería justamente que, en un libre mercado, se abriera la oportunidad a los empresarios a producirlo. O bien, la función empresarial se encarga de manera más eficiente de producir aquellas bancas o jueces, en mayor o menor medida según lo que le dicte el consumidor; o bien no lo produce, porque no habría hallado ganancia empresarial al haberlo hecho, lo que querría decir que, en últimas, aquello que producía el estado en determinada cantidad y calidad no era necesario. No hay serpientes y monstruos más allá del límite del estado.

Algo de anatomía estatal

El estado es un grupo de personas, cada una de ellas con aliento, caras y ojos. Podemos dar la mano a los individuos que compongan ese grupo. Y se trata de un grupo de personas cuyos ingresos son el resultado de la expropiación de la riqueza que previamente otros individuos han creado a través de su participación en el proceso de mercado. En otras palabras, es la única agencia dentro de la sociedad que, compuesta por la minoría, para poder crear riqueza, debe necesariamente crear pobreza en aquellos que involuntariamente pagan los impuestos.

El estado es el monopolio de la violencia. Por medio de ella, actuando como un grupo criminal de un grado relativamente alto de organización, pretende asegurar que hasta cierto punto no exista competencia en el “negocio” de la expropiación -que él mismo adelanta en un territorio determinado. Así, los principales medios de producción que asigna el estado son a la producción de la seguridad, pues le conviene mucho que sus víctimas, los pagadores netos de impuestos, no sean a su vez víctimas de otras agencias criminales.

Bandoleros

Si así lo fuera, y esto lo saben muy bien los agentes del estado, la fuente de los impuestos desaparecería, puesto que, o bien los individuos que producen la riqueza se retiran a los lugares donde nos los expropien -o los expropien en menor grado; o sencillamente encogen los hombres y dejan de producir.

¡A las cosas! ¡Qué contrato social ni qué ocho cuartos! El estado es el resultado de un proceso evolutivo en el que un grupo de brutos y burdos bandoleros se da cuenta de que hay agencia en sus víctimas y decide que le conviene organizarse en una mafia criminal un tanto más sofisticada para asegurar sus ingresos futuros. Es la única agencia en la sociedad que pretende proteger a los individuos agrediéndolos en sus vida y propiedad. Y así es que merece que lo escribamos con minúscula, apelando al reproche ético que le sigue a todas partes.

De la producción de seguridad a la de buses y trenes

Ha sido solo cuestión de tiempo para que entre los que componen el estado haya cogido vuelo la idea de que, además de seguridad, pueden encargarse de otras cosas. Ya, de entrada, han puesto a rodar el relato de que ellos, y no sus súbditos, conocen cuáles son los medios para producir seguridad; de qué calidad tienen que ser estos medios; en qué momento son necesarios; y hasta de qué color tienen que ser.

Así han concebido que la existencia de la sociedad no se rastrea a los individuos -desafiando cualquier asomo de individualismo metodológico; sino que se trata de algo que existe con independencia y autonomía de los individuos que, además, experimenta necesidades propias. Y, además de que son ellos los únicos capaces de identificar y satisfacer esas necesidades, de la misma manera no encuentran reparo alguno para ejecutar el mismo razonamiento con: la salud; la educación; las pensiones; el trabajo; los parques; el cuidado de las mascotas; la energía eléctrica; el dinero; los edificios donde vive la gente; el medio ambiente; los buses y los trenes; los taxis, etc.

El cálculo económico

A partir de lo que hemos entendido acerca del mercado, podemos decir que el estado mismo no tiene capacidad para conocer cuáles son aquellas necesidades experimentadas, ni cuáles son las cantidades y calidades de los medios de orden superior que, una vez integrados económicamente, resultarían en algo que las satisficiera.

La producción estatal de cualquier cosa niega la propiedad privada sobre factores de producción. El estado no puede calcular económicamente, puesto que, al no existir aquella propiedad sobre factores de producción, no cuenta con el sistema de precios para poder juzgar las necesidades más urgentes y, por ende, no puede asignar eficientemente recursos, lo que a su vez nos lleva necesariamente a concluir, que no puede conocer su justa medida más allá de: ninguna agencia estatal. Vamos más allá: cualquier decisión que tome, de producir no solo seguridad, sino el resto de las cosas que se le vengan a la mente en la mitad de un sueño intranquilo, solo podrá ser un desperdicio de recursos.

La imposibilidad -y la osadía- de justificar la existencia del estado

Llegar a concluir que el estado es económicamente defendible y que por ende se encarga, con su supuesto número necesario de agencias, de lo que el mercado no puede, es solo posible a partir de la negación de un pilar fundamental del libertarismo: el individuo y, por ende, de su propiedad. Más allá de todo, lo que resulta más irritante del intento de un libertario de argumentar acerca de la necesidad de un estado, es que se trata de una empresa fallida. El estado desafía cualquier intento de justificación, porque los presupuestos de toda argumentación lo impiden.

En efecto, cuando presenciamos cómo aquel libertario intenta convencernos de la necesidad de un estado pequeño, lo hacemos en el marco de un intercambio de proposiciones, de una argumentación. Estamos frente a él en un auditorio y estamos dialogando, intercambiando razones. El libertario que nos quiere hacer entender que sin estado la pasaríamos especialmente mal ofrece razones para ello. En esa argumentación, tenemos que reconocer unas condiciones a priori de la argumentación misma.

Así, tenemos que del apriori de la argumentación se deduce que todo aquello que tiene que ser presupuesto en el curso de una argumentación, como su precondición lógica y praxeológica, no puede ser a su vez disputado argumentativamente con respecto a su validez sin llegar a un enredo, a una contradicción interna (performativa). No podemos negar que argumentamos, puesto que, para hacerlo, tendríamos que presentar argumentos para convencer a nuestro interlocutor.

Reconocer el derecho del otro sobre sí mismo

Ahora, el intercambio de proposiciones en el que estamos con el libertario que afirma que el estado mínimo es necesario, no es un ejercicio de meras proposiciones flotantes. La argumentación misma en general, y de nuestro libertario confundido en particular, representa una acción concreta por parte de un individuo. La discusión entre nosotros y el libertario confundido -complaciente con el estado mínimo- implica que tanto él como nosotros reconozcamos la propiedad privada, sobre nuestros cuerpos. Esto incluye la propiedad sobre nuestros cerebros y nuestras cuerdas vocales; y del espacio que ocupamos en el transcurso de la argumentación.

Nadie, especialmente el libertario confundido, puede presentar una proposición esperando que nosotros, como su contra parte, la aceptemos como válida, o la rechacemos y propongamos una diferente, sin presuponer el derecho de propiedad tanto de él, como el de nosotros; de nuestros respectivos cuerpos y espacios ocupados. Pretendiendo validar su proposición ante nosotros, que la escuchamos con paciencia, debió el libertario que simpatiza con el estado haber asumido previamente el control exclusivo tanto de su propio cuerpo, como del de nosotros.

Defender el Estado frente al otro es negarlo

Ante esto imaginemos, entonces, que nuestro amigo libertario suma a la presentación e intercambio de proposiciones al estado, al puñado de individuos al que no tiene reparo de entregarles el monopolio de la fuerza para cobrar impuestos y así poder financiar sus pocas funciones. Tanto unos como el otro nos ofrecen razones por las cuales el estado debe ser; tanto unos como el otro nos dan cuenta de la existencia del estado; tanto los unos como el otro tratan de justificar, con el objetivo de convencernos, de que sin estado no se puede avanzar más. Pues bien, todas y cada una de las razones ofrecidas para justificar al estado, para ser ofrecidas, tienen que partir de la aceptación tácita de aquella premisa que la sola existencia del estado necesariamente niega: la propiedad privada, el pilar fundamental del libertarismo.

Justificar, entonces, al estado es imposible. El estado es injustificable, sin importar las maromas argumentativas que se puedan hacer. Y esto es así, porque para argumentar a favor de su existencia, tenemos que partir del desconocimiento de aquello que hace toda argumentación posible; aquello que es tan, pero tan caro para el libertarismo, la condición de toda argumentación y, por ende, del mercado y la sociedad: la propiedad privada. Sentamos a uno de los individuos que componen el estado y le pedimos que justifique sus acciones dentro de la organización, que nos dé cuenta de ellas, lo cual le queda imposible, porque cualquier argumento que prepare, por complejo y sofisticado que este sea, es solo posible a partir del reconocimiento previo de la condición que el estado necesariamente tiene que desconocer para existir.

Libertarismo de tercera vía

Haciendo lo imposible, y dejando a un lado la contradicción que comete el libertario cuando argumenta a favor del estado, lo curioso de la cuestión es que, al enunciar aquel libertario simpatizante del estado que este no puede reducirse más allá de cierto número de funciones y agencias, no lo está haciendo por primera vez. No solo lo acompañan voces del pasado, sino que tal posición no tiene por qué encontrar la mayor de las resistencias actualmente.

Al momento que comienza a sostener esa posición, comienzan a posarse a su lado, con bastante complacencia, aquellos socialistas de mayor o menor grado que exhortan una supuesta “tercera vía” entre capitalismo de mercado y socialismo de estado. La falta de claridad conceptual, que tiene por efecto una desafortunada confusión, lo lleva a hacer alianzas con enemigos de la libertad; se vuelve, entonces, en sí mismo un enemigo de la libertad -y todo por no estar al tanto de su propia confusión y sin tener voluntad alguna de depurarla y salir así de ella.

Se encuentra, antes de darse cuenta, compartiendo grupos de discusión con otros políticos que, al igual que él, claman por estado y, por ende, por pago de impuestos. La única diferencia entre estos y aquel termina siendo de grado, estando perfectamente de acuerdo en lo esencial. Lo que comienza como una foto que nos da fe de lo que tuvo en algún momento vocación de alianza estratégica entre ciertos libertarios y algunos que claman por algún grado de estado, termina siendo una foto de una versión más de planificación central ¡desde el libertarismo! Vemos, entonces, a los libertarios no ofreciendo resistencia al cobro de impuestos, sino al cobro de tantos impuestos.

Una alianza desafortunada

No habría razón alguna, entonces, para identificar una clara línea entre un partido libertario y partidos más tradicionales. En el caso colombiano, el rasgo de un partido libertario dispuesto a emprender esfuerzos para justificar alguna medida del estado hace que termine teniendo muchísimo más en común con partidos tradicionales que se consideran socialdemócratas. ¡Termina en la foto con partidos miembros de la internacional socialista! La diferencia entre estos y aquel no será más categórica, sino tan solo de grado, convirtiéndose en tan solo dos vulgares caras de la misma hipocresía media-tintera.

Por lo menos a nosotros, esto nos parece una muy desafortunada alianza, que no puede considerarse libertaria en grado alguno; y que, lo que es peor, llevará a la formulación de propuestas que terminan por acrecentar el papel del estado y limiten aún más la libertad -como no puede ser otro el resultado cuando no se parte de la plena claridad de un axioma autoevidente como lo es la propiedad privada.

La buena noticia para aquellos libertarios es que nunca es tarde para volver con calma a la raíz del razonamiento -lo que habla del verdadero sentido de ser radical. Nunca es tarde para volver a ella y comenzar a seguir rigurosamente y sin distracciones la argumentación que se desprende del axioma de la propiedad privada y del principio de no agresión y llevarlo hasta sus últimas conclusiones lógicas.

Viviendo en Ancapia

Este pequeño ensayo, trata de aclarar de forma resumida como una sociedad anarcocapitalista ofrecería los servicios que actualmente monopoliza el Estado.

Primero, se va a tratar de hacer una revisión rápida sobre qué es el anarcocapitalismo. El anarcocapitalismo es un sistema de organización social que se basa en la propiedad privada y el principio de no agresión. Dicha utopía no trata de evitar los problemas como el robo o la violencia, que por desgracia son algo intrínseco al ser humano, sino que busca formas de lidiar con ello en ausencia del Estado.

Como su propio nombre indica, anarcocapitalismo, es la ausencia de un Estado como ente regulador de la vida en sociedad. Al basarse en la propiedad privada, cada individuo es libre de hacer lo que quiera con su vida y con su cuerpo, siempre que dichas acciones que el individuo quiera realizar no atenten contra la propiedad privada de otros individuos.

Parece apropiado en este momento, decir que dentro de la propiedad privada se encuentra la propiedad del cuerpo de cada uno. Por lo que agredir a una persona físicamente significa agredir su propiedad, o, forzarla mediante la fuerza y la coacción a hacer algo que no desea también atenta contra su propiedad privada. Sin embargo, surge la pregunta de ¿Quién prestaría los servicios que actualmente presta el Estado?

El Estado no puede controlar la vida de las personas

Primero se realizará un inciso para explicar por qué el Estado no puede controlar la vida de las personas que viven en un territorio.

El principal argumento contra esto, lo da el premio Nobel de economía F.A. Hayek, con lo que se conoce como el problema de la información. Hayek, sostenía que ningún individuo o grupo de individuos posee toda la información económica necesaria para planificar centralmente un sistema económico (o potencialmente cualquier sistema social). Asumir esta pretensión de conocimientos, cometer la fatal arrogancia del constructivismo racionalista. Para funcionar de forma eficiente, los sistemas requieren de descentralización, en términos económicos, esto significa que los individuos tomen decisiones por si mimos y por su propio interés, intercambiando entre si productos y servicios para obtener un beneficio mutuo, en palabras de Adam Smith:

No es de la benevolencia del carnicero, el cervecero o el panadero de quien esperamos nuestra cena, sino porque atienden a su propio interés. Nos dirigimos, no a su humanidad, sino al amor de sí mismos, y nunca les hablamos de nuestra necesidad, sino de sus ganancias.

Y dicho intercambio da lugar a los precios de mercado, que son una de las cosas que permiten el cálculo económico.

¿Servicios propios o exclusivos del Estado?

Bien, dichos servicios serían prestados por empresas privadas o particulares. Y se contratarían mediante la firma de contratos, contratos que se tendrían que firmar de manera voluntaria en ausencia de fuerza y coacción. Pues como se ha indicado previamente, el uso de la fuerza y la coacción van en contra de la propiedad privada y el principio de no agresión.

Ahora, se procederá a mostrar algunos ejemplos de cómo el libre mercado, mediante empresarios que utilizan su función empresarial creativa, podrían sustituir al Estado en la prestación de los servicios públicos.

Los servicios por los que se piensa que el Estado es imprescindible, y que no puede ser sustituido por el mercado son los siguientes: Seguridad, defensa del país, sanidad, justicia e infraestructuras.

Seguridad…

Vamos con el servicio de seguridad, con seguridad, se hace referencia a la policía. Actualmente, este servicio lo proporciona el Estado, y lo proporciona mediante las rentas que obtiene de los impuestos. Sin embargo, la seguridad que proporciona el Estado es arbitraria y deficiente. Para demostrar esto, véase el ejemplo que da Rothbard [Extraído de los capítulos 11 y 12 de For A New Liberty]:

Parte de la respuesta se hace evidente si consideramos un mundo en el que la propiedad de la tierra y de las calles es totalmente privada. Pensemos en la zona de Times Square, en Nueva York, una zona con mucha delincuencia en la que la protección policial de las autoridades municipales es escasa. Todo neoyorquino sabe que vive y camina por las calles, y no solo por Times Square, casi en un estado de «anarquía», dependiendo de la normalidad pacífica y la buena voluntad de sus conciudadanos. La protección policial en Nueva York es mínima, un hecho dramáticamente revelado en una reciente huelga policial de una semana cuando, ¡he aquí!, la delincuencia no aumentó en absoluto con respecto a su estado normal cuando la policía está supuestamente alerta y trabajando.

… privada

Ahora veamos que solución privada nos plantea Rothbard [Extraído de los capítulos 11 y 12 de For A New Liberty]:

Los comerciantes sabrían muy bien, por supuesto, que, si la delincuencia fuera galopante en su zona, si abundaran los atracos y los asaltos, entonces sus clientes se desvanecerían y frecuentarían zonas y barrios de la competencia. Por lo tanto, a la asociación de comerciantes le interesaría económicamente ofrecer una protección policial eficaz y abundante, para que los clientes se sientan atraídos por su barrio, en lugar de ser repelidos. Los negocios privados, después de todo, siempre intentan atraer y mantener a sus clientes.

Como vemos, el propio interés de los comerciantes o de las personas que viven en una zona es que dicha zona sea segura, para así poder desarrollar su vida con normalidad. Obviamente, surge la pregunta de quién proporcionaría este servicio. La respuesta a la pregunta es simple, una empresa de seguridad privada contratada por la asociación de vendedores, en el ejemplo de Rothbard, o los habitantes de una zona en concreto.

Con esto podemos concluir el apartado dedicado al servicio de seguridad.

Defensa nacional

El siguiente servicio que monopoliza el Estado y suele pensarse que no se podría suministrar de forma privada es la defensa del país. Actualmente la defensa del país está en manos del Estado. Estos servicios los proporciona, al igual que todos, gracias a las rentas que extrae a los ciudadanos mediante los impuestos. El tema de la defensa nacional es algo que se nos plantea desde el Estado como algo fundamental. Pero como todos los servicios que proporciona el Estado puede ser sustituido y suministrado por el mercado. Además, como dice el profesor Bastos, la defensa es un bien subjetivo. Es decir, para algunos puede haber mucha provisión de defensa y para otras personas hay muy poca. Por lo que en cuanto a la cantidad no es un bien público.

Por otra parte, no es un bien público en el sentido de que no todos los ciudadanos están igual de defendidos. Esto se debe a que la defensa es un bien geográfico. Por ejemplo, una persona que viva en primera línea del frente está peor defendida que una que viva más alejada del frente. Cuando se habla de frente, se habla de las zonas fronterizas del país.

De qué vale que el Estado provea defensa si hay sujetos que no están satisfechos con la cantidad de defensa que reciben. El mercado podría suministrar este servicio mediante mercenarios, que si hay conflicto bélico con un país que no es anarcocapitalista podría servir para la defensa del territorio anarcocapitalista.

Invadir un territorio anarquista

Sin embargo, conquistar militarmente un territorio anarquista es imposible, véase el ejemplo de Polonia en el siglo XVII (Tibor Machan, “anarchism minarchism”), cuando se encontraba en anarquía. Los suecos invadieron Polonia, cuando había aquella especie de anarquía, y no tuvieron nada que conquistar, simplemente vagaban por el país, nadie se les enfrentaba.

Un ejército entero no puede ocupar un país, lo que puede hacer es derrotar una cabeza. Por ejemplo, los nazis conquistaron Francia, conquistaron la cabeza y ellos se pusieron a la cabeza y ya dominan el país. Porque los Estados tienen una estructura muy jerárquica, por lo que basta con poner la cabeza, conservar a los funcionarios. Porque los funcionarios rápidamente cambian de bando. Solo depuran la cabeza y, policía, jueces, etc. Se mantienen los mismos.

Pero qué pasó en Polonia, que no pudieron conquistarla, daban vueltas por el país porque no había nada que conquistar. Y los civiles armados en guerrillas los iba hostigando.

Cuando se trata de conquistar un territorio anarquista por parte de un Estado, éste tiene que ir uno por uno, por lo que la conquista es larga y muy agonizante, en cambio cuando un Estado conquista a otro solo tiene que quitarle la cabeza y sustituirla por una nueva, la del invasor.

Como se ha mostrado, la defensa nacional de un territorio anarquista puede ser hecha por entidades privadas, ya sea mediante el contrato de mercenarios o por medio de la organización de guerrillas. Además, se ha dejado claro, que no se puede conquistar un territorio anarquista de otra manera que no sea yendo uno por uno, pues no hay nada que conquistar, no hay ningún poder que se robar u obtener.

Sanidad

El servicio de sanidad, generalmente se encuentra monopolizado por el Estado hoy en día. Y en los casos en los que no lo está, está muy regulado y controlado por el Estado. Al igual que todos los demás servicios esté es financiado mediante impuestos. Como todos los servicios públicos, se prestan de forma desigual y arbitraria, normalmente coincidiendo con los intereses de políticos o de lobbies que ejercen presión sobre los políticos para obtener ciertos privilegios, esto es lo que se conoce como captura de rentas.

Estos servicios podrían ser prestado por entidades privadas perfectamente, es más, sería prestado de una forma más eficiente y se adaptaría a las demandas subjetivas de los individuos. En un mundo sin Estado, este servicio se obtendría mediante la contratación de seguros de salud privados, en los cuales, el individuo contratante elegiría la póliza que más se adapte a sus necesidades y valoraciones subjetiva.

¿Y quienes no pueden pagarlo?

Pero ahora es cuando surge la pregunta; ¿Y qué pasa con las personas que no pueden permitírselo?

Pues en el caso de estas personas, podrían recurrir a sociedades de ayuda mutua. Dichas sociedades obtienen financiación de sus miembros y de donantes privados. Su función es la de ayudar económicamente a todos sus miembros en caso de necesidad. Un ejemplo sería el de dar subsidios por desempleo durante un tiempo limitado hasta que el beneficiario del subsidio encontrase trabajo, otro ejemplo podría ser el de pagar una cirugía necesaria a uno de sus miembros.

Se ha dicho que esto sería más eficiente que el servicio prestado por el Estado. Esto se debe a que al ser empresas privadas buscan su propio beneficio y para obtener dicho beneficio lo que tienen que hacer es ofrecer a los clientes un buen servicio. Además, debido a la competencia que se da en el libre mercado, los precios de los seguros y de los servicios sanitarios tenderían a bajar.

Justicia

La provisión del servicio de justica es otro de los tantos monopolios que capará el Estado. Y lo hace con la excusa de que es una justicia equitativa, pero la verdad es que hay personas que obtienen tratos de favor en los juicios, por ejemplo, los políticos y grandes empresarios. En muchos países, los políticos no son juzgados por tribunales civiles, sino que son juzgados por tribunales especiales. Lo cual ya rompe la equidad que se hablaba anteriormente. La justicia en un territorio sin Estado se aplicaría de forma privada, como ya se hizo en el mal denominado salvaje oeste. Allí se establecieron policía y jueces privados. (Para más información sobre el Oeste, véase el libro “El no tan salvaje oeste” de Anderson & Hill”).

La policía privada defiende unas leyes, detienen al delincuente y le aplican el castigo o sanción pertinente. Normalmente los castigos que se ponían era la expulsión del criminal del sitio y no permitirle la entrada en ese lugar. Actualmente, nuestra sociedad se basa en dos tipos de pena, la prisión o la multa. Pero el abanico de penas de estas sociedades es mucho más amplio.

El control por parte de la sociedad

Por ejemplo, la idea de la vergüenza, todos los escritos que hay sobre el orden en sociedades tipo favela, donde las leyes del Estado no rigen, aunque se esté dentro de un Estado. Para los delincuentes emplean la vergüenza. Por ejemplo, se empluma al delincuente y se le pasea en burro por la calle, con el objetivo de que éste sea avergonzado.

La figura del juez privado existió en muchas sociedades, en el islam, por ejemplo, tenían la figura del cadí. El cadí no es un juez que tenga el monopolio territorial como ocurre hoy en día. En estas sociedades había hombres santos, basados en leyes, que, en el caso de un conflicto entre dos partes, las partes escogían al cadí. Es decir, las dos partes escogerían de común acuerdo al juez que tenga mejor reputación. Por lo que hay un incentivo al juez a ser santo o a no ser corrupto.

Obviamente el juez puede ser corrupto, pero si el juez es corrupto, pierde fama, pierde el negocio ya que no lo quieren contratar después. Básicamente, en una sociedad sin Estado el papel de un juez sería el de arbitro, y dictaría la sentencia de acuerdo con la ley. Y la sentencia es acatada por la comunidad bajo pena de exclusión del que no cumpla con esa norma.

Infraestructuras

El primer punto que hay que platear es que la planificación central del transporte, al igual que todo tipo de planificación central, se encuentra con el problema de la información descrito al principio.

Las personas directamente responsables y afectadas por los proyectos deberían ser quienes los planificarán, no una entidad burocrática vertical y distante. Los costes de adquirir toda la información local necesaria para calcular una empresa tan complicada son insuperables. Tampoco debería permitirse que quienes invierten en el desarrollo de infraestructuras obliguen a todos los habitantes de una zona geográfica arbitraria (como Estados Unidos) a subvencionar su construcción y mantenimiento. ¿Por qué tienes que pagar por una carretera que nunca verás en San Agustín, Florida? ¿Un puerto en Galveston, Texas? Las personas que desean tal desarrollo deberían asumir el coste total de sus acciones y permitir a los consumidores apoyar o no sus planes en el punto de consumo (es decir, votar con el propio dinero).

Un ejemplo de construcción y financiación de las infraestructuras como las carreteras con inversión privada son las corporaciones de peajes que hubo en Estados Unidos. Los inversores siempre estaban dispuestos a invertir en ellas, aunque no recibiesen beneficios directos, pues recibían gran cantidad de beneficios indirectos como el aumento del valor de su propiedad.

John Majewski

Véase el siguiente ejemplo del historiador John Majewski:

Los accionistas esperaban obtener recompensas por su inversión no tanto a través de los rendimientos directos (como los dividendos y la revalorización de las acciones), sino de los beneficios indirectos (el aumento del comercio y el mayor valor de la tierra)”. Lo que es crucial señalar aquí es que la teoría moderna de los bienes públicos sugiere que sólo el Estado, en su obligación de proporcionar el “bien público” (la piedra angular de la teoría de la primera república de la que se deriva la teoría económica moderna), tiene algún motivo para construir cualquier cosa que proporcione sólo “beneficios indirectos” a una comunidad. El grueso de los economistas ignora abrumadoramente los hechos de la historia, que sugieren lo contrario.

La teoría misesiana de la razón

Sin embargo, el interés propio no era el único motivador detrás de la inversión privada en corporaciones de peajes no rentables. La gente también estaba incentivada por un interés en su comunidad. Es lo que Alexis de Tocqueville denominó “interés propio correctamente entendido”. La racionalidad económica perfecta puede exigir a los inversores que eviten suscribir corporaciones no rentables (como hicieron cada vez más los gobiernos estatales y locales, independientemente del “bien público” que proporcionaban las carreteras). Pero la visión de Mises de la racionalidad explica lo que la racionalidad neoclásica no puede. Para Mises, la “racionalidad” se refería al uso de la razón —o “raciocinio”— para decidir los medios más adecuados para un fin deseado, y el “fin deseado” no tiene por qué ser el beneficio económico.

Si el propósito de la teoría es explicar los fenómenos observables, la teoría misesiana de la racionalidad parece muy superior a la que se enseña en los cursos estándar de economía. A la pregunta de “¿Por qué la gente invirtió en empresas de peajes no rentables?” podemos deducir la respuesta que daría Mises: valoraban más los beneficios personales y comunales que proporcionaban las carreteras que los dividendos de una empresa rentable.

Conclusión

En resumen, el anarcocapitalismo propone una sociedad sin un Estado centralizado, donde la propiedad privada y el principio de no agresión son fundamentales. En esta sociedad, los servicios actualmente provistos por el Estado, como seguridad, defensa nacional, sanidad, justicia e infraestructuras, serían proporcionados por entidades privadas de manera voluntaria y competitiva en el libre mercado.

La seguridad se gestionaría mediante empresas privadas contratadas por asociaciones de individuos o comunidades. La defensa nacional podría realizarse a través de mercenarios o la organización de guerrillas, siendo más difícil conquistar un territorio anarquista. La sanidad se basaría en seguros de salud privados y sociedades de ayuda mutua para aquellos que no puedan pagarlos. La justicia sería administrada por jueces privados y las infraestructuras serían planificadas y financiadas por quienes se benefician de ellas, evitando la imposición de costos a quienes no las utilizan. En una sociedad anarcocapitalista, se buscaría la eficiencia y la adaptación a las necesidades individuales a través de la libre competencia y la cooperación voluntaria, sin la intervención coercitiva del Estado.

Ver también

Anarcocapitalismo y anarcocomunismo, las diferencias fundamentales. (Juan Navarrete).

Anarcocapitalismo, minarquismo y evolucionismo. (Francisco Capella).

Más problemas del anarcocapitalismo. (Francisco Capella).

El anarcocapitalismo de Miguel Anxo Bastos. (José Augusto Domínguez).

El anarcocapitalismo pragmático: por qué Rallo y Capella tampoco tienen razón. (Eladio García).

Algunas cuestiones disputadas del anarcocapitalismo (XC): Milei y la prefiguración

El debate de la prefiguración es un debate recurrente en el interior del mundo anarquista. Simplemente, se refiere a cómo debería primero diseñarse y luego establecerse una hipotética sociedad sin estado. Esto es, en el primer caso, si se puede o no saber de antemano como debería ser una sociedad anarquista y después si se puede establecer algún tipo de plan o estrategia para llegar a ella desde la situación actual. El segundo caso se refiere no sólo a si es lícito o no usar medios estatales para construir una sociedad anarquista sino también a determinar si es posible hacerlo. Esto es, si las personas que componen los estados no sólo van a tolerar que se le eliminen los privilegios de los que hasta ahora disfrutan, sino que van a colaborar activamente en su desaparición.

Los debates sobre la prefiguración, si bien presentes en el anarquismo desde sus comienzos, se han reabierto con la victoria electoral de Javier Milei en la Argentina, conseguida en buena parte con el uso de la etiqueta anarcocapitalista en su programa. Se plantea en nuestros círculos si Milei podrá conseguir acercarse un poco más al ideal  de una sociedad ancap usando medios políticos para su consecución.

Prefiguración: ¿A la anarquía por el Estado?

El primer debate que hay que plantear sería entonces el de si se puede o no usar de la coerción para imponer un nuevo modelo de sociedad, en este caso sin estado. En principio no debería existir problema alguno en que un estado reduzca poco a poco sus funciones hasta extinguirse, preferentemente a través de medios democráticos.

Tampoco sería incoherente con un programa libertario que redujese o eliminase privilegios de a determinados grupos, aunque los obtuvieran por medios legales. A pesar de que esos medios distorsionarían el funcionamiento de los mercados o impondrían normas de conducta que violan la propiedad o la libertad de la ciudadanía. Es este un debate muy interesante, pues muchas veces en nombre de la llamada seguridad jurídica se quieren mantener monopolios o concesiones que, si bien en el momento de establecerse siguieron los cauces legales habituales en un estado intervencionista, no por ello son menos dañinos.

En el marco legal actual deberían dar derecho a indemnización. Pero en el marco de una sociedad libertaria no es algo que esté tan claro. Cabe discutir si las inversiones o mejoras llevadas a cabo en ese marco se pueden compensar. Es un viejo debate libertario sobre el que no me quiero posicionar en este breve texto, aunque entiendo que si un gobernante libertario quisiese acabar con el estado usando medios políticos tendría por fuerza que que quebrar acuerdos y principios llevados a cabo “legalmente” y, por tanto, este estado tendría que suspender los principios legales sobre los que se funda su propia legitimidad.

La Administración Pública de la privatización

Si no lo hace habría que continuar durante mucho tiempo con el viejo esquema y si lo hace pondría en duda la base legal sobre la que lleva a cabo su política. Y aquí radica uno de los principales problemas de una estrategia libertaria fundada en procedimientos democráticos.

Siguiendo con la cuestión de la prefiguración, un gobernante que elabore leyes o decretos con el fin de acabar con el estado necesita primero el apoyo de buena parte de la clase política para aprobarlos o sancionarlos. Pero precisa también de un aparato estatal (burocracias, policías, ejércitos…) que los haga cumplir. Esto es, puede privatizar empresas o organismos públicos, pero precisa de un aparato de hacienda, contables y administradores encargados de tasar esas propiedades y redactar los contratos con este fin.

Expertos en presupuestos deberán recaudar ese dinero para decidir en que forma devolvérselo a la ciudadanía o amortizar deuda pública. Las policías deberán mantener el orden en ese intervalo de tiempo para evitar que los críticos con las reformas se opongan a ellas de forma violenta, al tiempo que jueces y magistrados velen por la integridad y legalidad de esos contratos, frente a posibles impugnaciones. Es decir, para decretar medidas para desmantelar el estado seguirá haciendo falta un aparato político, como el congreso de la nación, judicial y administrativo.

Prefiguración: la cuestión de la rebelión del poder constituído

La cuestión es que estos actores, al ver como el gobierno rompe con sus compromisos muy probablemente teman que a ellos le acontezca lo mismo y sus propios contratos se verán rescindidos. Está por ver entonces si se sienten a su vez obligados a acatarlos y simplemente no los obedecen. Esto es, el gobernante libertario que quisiese hacer uso del aparato del estado para la prefiguración de una sociedad libre, se encontraría de repente sin los colaboradores necesarios para ejecutar sus medidas. De querer seguir contando con su colaboración tendría que seguir manteniéndolos en sus puestos, pero esto implicaría que la estructura básica del estado seguiría estando operativa.

De hecho, los ejemplos que conocemos de extinción de estados (algunos narrados en Final de partida, el último libro de Peter Turchin) acostumbran a ser resultado de guerras civiles, a intervenciones militares extranjeras o a ambas. El estado se desbanda por temor a algún enemigo. Queda un intervalo de tiempo en el que no existe estado alguno hasta que lo sustituye un nuevo poder. El caso de Cuba con Batista, que se rinde sin lucha y Fidel Castro ocupa una capital ya desprovista de su clase dirigente, o el análogo de Vietnam podrían ser buenos ejemplos.

No conozco ningún caso en que se haya debido a la voluntad explícita de sus gobernantes, por lo menos en los últimos decenios. Si bien no es lógicamente imposible que sea electo un candidato antiestatista, si que es mucho más difícil que este consiga que el resto del aparato estatal se preste sin resistencia a sus designios y decida disolverse.

El problema de la prefiguración

Lo que si puede hacer un candidato de este tipo son reformas significativas en algunos ámbitos de la vida económica y social, mejoras que mejoren sustancialmente el nivel de vida o la seguridad de la población, pero sin reducir sustancilamente el alcance del poder estatal. En el mejor de los casos podrá llevar a cabo una redistribución interna de las relaciones de poder dentro del estado, por ejemplo  liberalizando la economía pero reforzando el aparato policial o militar.  Esto si es factible e intuyo que será la estrategia del nuevo presidente argentino. El poder global del estado no disminuirá pero si se reducirá la intervención en algunos ámbitos, lo que ya sería para estar contentos.

Pero otro factor por el que es muy difícil que se pueda llegar a una sociedad sin estado desde el control del mismo es como apuntábamos más arriba el de la prefiguración. Para llegar a una sociedad anárquica es necesario primero definir con cierta precisión en que consistiría y segundo desarrollar algún tipo de plan para llegar desde la actual situación a esa sociedad ideal. Ambos supuestos son imposibles, al menos si partimos de lo que nos enseña tanto la teoría austrolibertaria del estado como la teoría austríaca de la planificación económica. No se puede saber a priori como se va a concretar una sociedad anárquica. Lo más probable es que se den muchas variedades de la misma, y desde luego no consistirá en una suerte de España, o Francia o Argentina sin estado.

Una nueva configuración del mercado

La escala de asociación humana será mucho más reducida, y aunque sigan perteneciendo a un espacio cultural o linguistico de tipo nacional, la escala de prestación de servicios de todo tipo se verá muy alterada. Es decir, no habría servicios como la defensa, la seguridad, el transporte o la sanidad diseñados a escala estatal sino que seguirían lógicas de tipo local o marcadas por la dimensiones de las empresas o entidades de tipo social que se encarguen de estas actividades. Algunas actividades podrán proveerse a escala mayor que las de un estado. Es el caso de las telecomunicaciones, y otros a escala inferior como ocurriría muy probablemente con la atención a los más desfavorecidos.

Se pueden tomar ejemplos del pasado o de otras localizaciones geográficas como inspiración para la prefiguración de una sociedad anarquista, pero no es posible desde circunscripciones como las estatales diseñar el futuro de entidades sociales de escala y lógica de funcionamiento distintas de si mismas. Se daría una suerte de proceso de descubrimiento empresarial, por usar un concepto austríaco, para implantar soluciones a los problemas que hoy atienden los entes estatales. Los estados tienen lógica política no económica por lo que es de prever que muchas cosas cambiarían desde la situación actual y de  estos rasgos del futuros no se pueden hacer predicciones a día de hoy.

El ejemplo socialista

Pero aunque por un casual se pudiese prefigurar la sociedad del mañana, se abriría el problema de qué medidas habría que tomar para alcanzarla. Esto implicaría algún tipo de plan sistemático de políticas por parte del gobierno, suponiendo, claro está, que fuese capaz de determinarlas y medir sus consecuencias.

Sabemos desde hace años de la imposibilidad de planificar a gran escala por el fracaso en la construcción de una sociedad socialista que pudiese, no ya superar, sino igualar el desempeño de una sociedad capitalista desprovista de planes y mandatos. El problema de la imposibilidad del cálculo o el problema de los incentivos en una sociedad de este tipo se reveló

Insuperable para todos los planificadores socialistas, muchos de ellos muy competentes técnicamente y a veces dotados de computadores muy poderosos (el libro de Francis Spufford, Abundancia Roja lo ilustra muy bien). Pues lo mismo acontecería en el caso de querer planificar una sociedad capitalista desde un órgano centralizado de coerción.

¿Planificar la anarquía?

No existió en el pasado ningún planificador que hubiese predicho cual iba a ser la forma actual de las sociedades capitalistas. Nadie previó las instituciones o los avances técnicos que configuran nuestro presente aquí, o en los países más avanzados dentro de este sistema, porque no son fruto del diseño de un legislador sino de millones de decisiones de miríadas de personas que a lo largo del tiempo ha contribuido a desarrollarlas.

De la misma forma, una sociedad anarcocapitalista no podrá resultar sino de las decisiones que tomen las sociedades desde abajo con este fin, siempre y cuando puedan contar con al menos un pequeño espacio para poder desarrollarlas. La creación de algún espacio autónomo, término muy querido por los anarquistas, en el que se puedan experimentar estos principios y luego si funcionan ser imitados en otras partes, exactamente igual que aconteció con el desarrollo del capitalismo, es quizá a día de hoy la mejor forma conocida de implantar en el futuro una sociedad de este tipo. Desde el estado se podrán, de hacer buenas políticas, hacer algunas cosas que mejoren la libertad, pero es muy improbable que una sociedad libertaria sea una de ellas.

Ver también

Algunos problemas con el anarcocapitalismo de Hans Hermann Hoppe. (Francisco Capella).

Más problemas del anarcocapitalismo. (Francisco Capella).

Aragón en la Guerra Civil española. ¿Una verdadera experiencia anarquista? (III): el Consejo de Aragón

En los anteriores capítulos de esta serie (Aragón en la Guerra Civil española. ¿Una verdadera experiencia anarquista?) de artículos repasamos dos aspectos fundamentales del anarquismo en Aragón durante la Guerra Civil española. En primer lugar, hablamos de las colectividades como las formas de organización social y económica que surgen tras el colapso del Estado republicano. En segundo lugar, explicamos como se estructuraba el anarquismo a nivel militar a través de las columnas y las milicias.

En este último capítulo hablaremos del Consejo de Aragón, si algo caracteriza este periodo revolucionario en Aragón es la propia institucionalización de la revolución. Esa institucionalización se realizaría a través del Consejo de Aragón. El momento en el que se comenzó a debatir sobre su constitución fue el Pleno de Bujaraloz del 6 de octubre de 1936. Entre las filas libertarias había discrepancias sobre su constitución, los sectores más radicalizados, representados por personajes como Ortiz, Jover o Aldabaldetrecu pensaban que la creación del Consejo entorpecería la lucha contra el fascismo. Por el contrario, muchos pueblos pensaban que eran necesario dotar a las zonas conquistadas de una estabilidad institucional[1].

CNT en Alcañiz

Finalmente, su composición y configuración fue establecida en una reunión del Comité Regional de la CNT en Alcañiz. Se establecieron seis departamentos, dirigidos todos ellos por anarquistas:

  • Justicia y Orden Público: Adolfo Ballano Bueno.
  • Agricultura: José Mavilla Villa.
  • Información y Propaganda: Miguel Jiménez Herrero.
  • Transportes y Comercio: Francisco Ponzán Vidal.
  • Instrucción Pública: José Alberola.
  • Economía y Abastos: Adolfo Arnal.
  • Trabajo: Miguel Chueca Cuartero.

El presidente sería Joaquín Ascaso Budría, merece la pena que nos centremos un momento en esta figura. Ascaso nació a principios del siglo XX en el barrio de Torrero de Zaragoza. Ya en su juventud fue conocida su militancia política, lo que le llevó a entrar en prisión en la dictadura de Primo de Rivera y posteriormente tomar la vía del exilio a Francia. Con la llegada de la República, Ascaso regresó a España y se convirtió en el líder del sindicato de la construcción de la CNT en Zaragoza. Dos años después, llegaría a convertirse en el líder nacional de la CNT, en este periodo también pasaría alguna temporada en prisión.

Joaquín Ascaso

El golpe de Estado le cogió por sorpresa en Barcelona, donde se enroló primero en la Columna Durruti y posteriormente en la Columna Ortiz. Participaría como delegado en el Pleno de Bujaraloz antes mencionado, donde sería elegido presidente del Consejo de Aragón. Tal como relata en sus memorias, Ascaso fue un gran organizador y negociador, pero la vida del Consejo fue muy efímera.

Tras la disolución del Consejo el 10 de agosto de 1937, Ascaso se dirigió a Valencia, donde fue arrestado por un robo de joyas. Unos meses más tarde sería puesto en libertad y se enrolaría de nuevo en la Columna Ortiz, tras la caída del frente aragonés se vio obligado a exiliarse de nuevo a Francia. Tras el final de la Segunda Guerra Mundial conseguiría trasladarse a América. Primero estaría en Caracas con sus dos hijas, sobreviviendo con trabajos tremendamente precarios. Tras pasar una temporada en Chile, volvería a Caracas, donde moriría sin apenas recursos a los 70 años el 12 de marzo de 1977[2].

La composición exclusivamente anarquista del Consejo provocó las críticas de los distintos sectores de la izquierda, socialistas, anarquistas y republicanos veían en el Consejo una dictadura anarquista. Por ello, se comenzaron a enviar delegaciones para negociar con los máximos dirigentes del bando republicano. En primer lugar, Ascaso se trasladaría a Barcelona para conversar con el presidente de la Generalitat, Companys, y con el presidente de la República, Manuel Azaña.

El papel de Largo Caballero

Ambas figuras tenían discrepancias con el anarquismo cenetista, aunque Ascaso lo intentaría maquillar en sus memorias: “Antes de salir para Madrid —agregó— nos hemos entrevistado con Azaña y Companys, los cuales acogieron complacientes la idea de creación del Consejo de Defensa de Aragón”[3]. Otra muestra de las discrepancias que tendrá el Consejo con la Generalitat la veremos en la reunión del 3 de noviembre de 1936 con Josep Tarradellas, quien afirmaba “que el territorio on pretén actuar és zona de guerra i per tant no hi pot a ver més autoritat que la militar, i per altra part té cura de la población civil la Generalitat”[4].

Como bien relata, posteriormente tomaría el camino de Madrid para entrevistarse con Largo Caballero, presidente del Consejo de Ministros. La delegación dirigida por Joaquín Ascaso entregó un documento donde aparecía escrita la justificación de la creación del Consejo. Los motivos eran que las milicias habían tomado el poder sin ningún tipo de control, por lo que había que supervisarlos, además era necesario un órgano rector de las actividades económicas, sociales y económicas. Al gobierno republicano no le entusiasmaba demasiado la idea por lo que creo una comisión para que estudiara el caso[5].

“Estrechez revolucionaria”

En palabras del propio Ascaso:

Es indudable que el Gobierno de Largo Caballero, en esta oportunidad, pecó de blandura ante los anhelos populares. Fue poco valedor de las ansias aragonesas. Quizá un deseo de no alarmar al otro lado de las fronteras. El hecho es que su política de estrechez revolucionaria nos trajo meses más tarde consecuencias nefastas[6].

En definitiva, la constitución del Consejo de Aragón no fue tarea fácil, las luchas internas de poder entre el Gobierno republicano, la Generalitat y el Consejo eran evidentes y ninguno quería perder influencia. Finalmente, el reconocimiento oficial del Consejo se anunciaría el 25 de diciembre de 1936 en el artículo 11 del decreto de la Gaceta de la República: “En Aragón se creará el Consejo de Aragón, que abarcará con iguales atribuciones que las que se indican en este Decreto para los Consejos provinciales a todo el territorio aragonés reconquistado y aquel que reconquiste el Ejército Popular”[7]. Esto fue posible, en gran medida, a la actuación de Joan Peiró, ministro de Industria desde el 4 de noviembre, que, junto a Juan López, Juan García Oliver y Federica Montseny, conformaban el grupo de anarquistas que constituían el gobierno de Largo Caballero.

Primera reunión del Consejo

Tras esto se recompuso los departamentos del Consejo, se ampliaron de siete a trece departamentos y se incluyó a individuos de otras fuerzas políticas del Frente Popular: dos miembros de Izquierda Republicana, dos ugetistas, dos del Partido Comunista y un miembro del Partido Sindicalista. El 12 de enero de 1937 se celebró la primera reunión del Consejo. Se establecieron tres preceptos básicos[8]:

  • Establecer un nuevo orden estructurado en la libertad y la justicia social.
  • La organización de la economía aragonesa en torno a una estructura colectivista, respetando al pequeño propietario siempre y cuando no perjudicara al interés general.
  • Terminar con las requisas y excesos en el frente cometidos por las milicias.

Como ya hemos explicado, tras el golpe de Estado fueron los comités locales y posteriormente los consejos municipales los que ocuparon el vacío de poder. Pese a los preceptos del Consejo, los militantes de la CNT que configuraban estos consejos municipales no querían perder su posición de dominio, bajo el Consejo había 375 consejos municipales. Se repartían de la siguiente manera, la mayoría de ellos estaban integrados por militantes de la CNT, un total de 175 localidades. La UGT estaba presente en 91 pueblos, Izquierda Republicana en 22, el Frente Popular en 26, y finalmente 23 localidades compartían el poder entre la UGT y la CNT. Como vemos, pese a que hay una mayoría anarquista, no tenía el completo dominio del poder, el panorama era mucho más heterogéneo y complejo[9].

Primeras medidas

El Consejo de Aragón solicitó a los consejos municipales que realizaran un inventario con todos los bienes inmuebles que habían requisado tras los primeros días de conflicto, aunque finalmente la medida no resultó ser demasiado eficaz. Otra de las medidas del Consejo fue el Decreto de municipalización de las viviendas, autorizaba a intervenir aquellas propiedades que habían sido “abandonadas” por sus propietarios, esta medida tampoco tuvo demasiada influencia por su tardía aplicación. Estas medidas muestran la voluntad del Consejo por legislar, pero abandonaba el principio anarquista de autonomía y autogobierno a nivel local, un debate doctrinal que acompañará toda la existencia del Consejo.

En el verano de 1937 volverían a surgir dificultades para el Consejo, el día uno de agosto el PCE convocaría un pleno en Barbastro con la iniciativa de disolver el Consejo, que se veía como una “amenaza para la unidad antifascista”. Un ferviente comunista aragonés, Antonio Rosel, lo relataba así:

De una dictadura anarquista pasamos a otra comunista. Simplemente, porque era hostil a la CNT, se daba aliento y apoyo a gente que siempre había sido, y seguirá siéndolo, enemiga de la clase obrera, porque sus intereses se hallaban fundamentalmente opuestos[10].

Decreto de disolución

Pese a la defensa del Consejo por parte de la CNT en un pleno en Valencia, la República organizó a la 11 División, comandada por Enrique Líster, que se trasladara a Aragón. No tardaría en llegar la noticia, el 11 de agosto se anunciaba en la Gaceta de la República el decreto de disolución:

Decreto disolviendo el Consejo de Aragón y disponiendo cesen los que integran el citado organismo, así como el Delegado del Gobierno en el mismo don Joaquín Ascaso Budría, y disponiendo que el territorio de las provincias aragonesas afecto a la autoridad de la República quede bajo la jurisdicción de un Gobernador general nombrado por el Gobierno”[11].

Aquel gobernador sería el republicano José Ignacio Mantecón.

Los retos del Consejo de Aragón

Los planes del Consejo de Aragón estuvieron determinados por el contexto en el que surgieron. Podríamos establecer cuatro dificultades a las que tuvo que sobreponerse la institución. En primer lugar, las duras condiciones del conflicto bélico que se estaba viviendo en España. Por supuesto, la oposición por parte de los distintos organismos de poder del bando republicano, tanto del gobierno central como de la Generalitat.

También mencionar el breve periodo de tiempo que tuvo de actividad el Consejo, desde octubre de 1936 hasta agosto de 1937, apenas un año en el que el rango de actuación era muy limitado. Por último, señalar los enemigos internos del Consejo, en las propias filas anarquistas había voces discordantes que consideraban las actuaciones del Consejo demasiado intervencionistas.

Aquí termina nuestro breve recorrido por el anarcosindicalismo en Aragón, me he limitado a exponer las características y pilares fundamentales de este movimiento tan intenso como efímero. El siguiente paso sería discernir si verdaderamente fue una experiencia anarquista, eso es una tarea que dejo al juicio del lector y de futuros investigadores.

Notas

[1] Julián, Casanova, Anarquismo y revolución en la sociedad rural aragonesa (1936-1938). Barcelona, Editorial Crítica, 2006, pp. 133-134.

[2]Alejandro R., Díez Torre, “Joaquín Ascaso, primer presidente aragonés del siglo XX y gobernador libertario de Aragón”, en Angela Cenarro (ed.), Contrarrevolución y revolución: dos proyectos políticos y sociales enfrentados, Barcelona, Diputación Provincial de Zaragoza-El periódico de Aragón, 2006, col. “La Guerra Civil en Aragón”, pp. 88-89.

[3] Joaquín, Ascaso, Memorias (1936-1938) …, op. cit., p. 56.

[4] Julián, Casanova, De la calle al frente. El anarcosindicalismo en España. Barcelona, Crítica, 2010, p. 194.

[5] Julián, Casanova, Anarquismo y revolución…, op. cit., p. 136.

[6] Joaquín, Ascaso, Memorias (1936-1938) …, op. cit., p. 97.

[7] Gaceta de la República, 25 de diciembre de 1936.

[8] Julián, Casanova, Anarquismo y revolución…, op. cit., p. 143.

[9] Ibidem, pp. 155-156.

[10] Ronald, Fraser, Recuérdalo tú y recuérdalo a otros. Historia oral de la guerra civil española. Barcelona, Crítica, 1979, p. 125.

[11] Gaceta de la República del 11 de agosto de 1937.

Serie Aragón en la Guerra Civil española. ¿Una verdadera experiencia anarquista?

(I) Las colectividades

(II) Las columnas libertarias

Aragón en la Guerra Civil española. ¿Una verdadera experiencia anarquista? (II): Las columnas libertarias

En el primer artículo de esta serie analizamos las colectividades anarquistas en la Guerra Civil. Cómo se llevaron a cabo, su recorrido e importancia en el conflicto, y atendiendo al título del artículo, nos preguntamos si fueron una verdadera experiencia anarquista. En este segundo artículo hablaremos del segundo de los pilares que conforman mi estudio del anarquismo en Aragón: las columnas militares.

Milicias Antifascistas

Si en una guerra la economía es importante, el aspecto militar lo es aún más. El control armado es imprescindible para estructurar cualquier revolución. Tras el golpe de Estado de julio de 1936, había aparecido un vacío de poder que habían ocupado las milicias armadas. El Estado republicano fue incapaz de controlar militarmente la situación. Las milicias, organizadas muchas veces a través de los sindicatos y partidos, acabaron haciéndose con el control de la calle.

El día 21 de julio se creó el Comité Central de Milicias Antifascistas y comenzaron a organizarse las columnas militares desde Valencia y Cataluña para liberar a Zaragoza de la “bestia fascista”. Se trataba de un organismo compuesto por las fuerzas y sindicatos leales a la república, controlado por la CNT, que se encargaría de dirigir el proceso bélico y revolucionario. Algunas de las figuras más relevantes que formaron parte del comité fueron García Oliver o Abad de Santillán.

Comité de Guerra del Frente de Aragón

Más tarde se constituiría el Comité de Guerra del Frente de Aragón, su composición era muy heterogénea. Tenía tres cenetistas (Buenaventura Durruti, Antonio Ortiz y Cristóbal Aldabaldetrecu), un ugetista (José del Barrio), un representante del POUM (Jordi Arquer) y seis asesores militares: Franco Quinza, el coronel Villalba, el teniente coronel Joaquín Blanco, el comandante Reyes y los capitanes Medrano y Menéndez[1]. Se ha hablado mucho en torno a las cifras de los hombres que conformaron las columnas. Las fuentes anarquistas oscilan entre los 20.000 y los 30.000, lo que es una cifra del todo exagerada. El historiador Martínez Bande habla de 15.000, una cifra que puede estar más cercana a la realidad.

Entre los días 21 y 23 de julio las milicias penetraron en el territorio aragonés para intentar tomar las tres capitales de provincia, Zaragoza, Huesca y Teruel. Las tropas de la V División y miembros de la guardia civil controlaron las principales localidades de Aragón, a excepción de Barbastro. Desde mediados de agosto Aragón quedó dividido en dos zonas bien diferenciadas, el oeste, zona de mayor implantación ugetista, controlado por el bando sublevado. El este, zona mayoritariamente cenetista, controlado por las milicias y las columnas.

La miliciana

Las milicias impusieron su autoridad más fácilmente en aquellas localidades donde no había sindicatos antes de la sublevación[2]. Los milicianos realizaron una dura represión contra comerciantes, propietarios, conservadores y miembros del clero. Se quemaron iglesias y conventos a la vez que se destruían imágenes y objetos de culto religioso delante de las puertas de los centros religiosos. En Aragón fueron asesinados 549 miembros de la Iglesia, de ellos casi 400 en Huesca, con el caso especial de Barbastro, donde se asesinó al 88% de la diócesis[3].

En la situación inicial de las milicias, la mujer cobró un protagonismo que hasta ahora no había conseguido. La figura de la miliciana aparecería como algo mítico, empuñando un fusil y vistiendo un mono azul como cualquier otro hombre. Pero este sueño fue muy efímero, desde septiembre de 1936, con la llegada de Largo Caballero a la presidencia del gobierno, la mujer fue apartada del frente. Ni siquiera la asociación de Mujeres Libres pudo hacer oposición a esta situación, la mujer se vio relegada una vez más a labores de retaguardia e intendencia.

Homenaje a Cataluña

En cuanto a la organización de las columnas, durante los primeros meses fue bastante similar. El primer paso era el reclutamiento de combatientes, cada sindicato o partido político anunciaba por los distintos medios de comunicación el llamamiento a filas con una dirección a la que acudían los voluntarios. En el momento en el que se alistaba se les pagaba diez pesetas diarias y comenzaba su proceso de instrucción. El material militar que recibían los milicianos era de pésima calidad, en ocasiones incluso inservible. Orwell lo relató muy bien en su obra Homenaje a Cataluña, muchos de los fusiles y granadas que utilizaban eran del S.XIX y prácticamente no había ametralladoras y morteros.

Posteriormente veremos como dependiendo de la afinidad ideológica de cada columna se organizaban de una manera diferente. Centrándonos en el caso que nos ocupa, las milicias de la CNT-FAI se organizaban de una manera revolucionaria, evitando jerarquías típicas del ámbito castrense. La unidad básica era la centuria, divididas en grupos de 25 hombres. Cinco centurias componían una agrupación.

“Microcosmos de una sociedad sin clases”

En cuanto a la elección de delegado se hacía de manera asamblearia, cada grupo elegía a su delegado, y todos ellos, al delegado superior de la centuria. Los delegados de la centuria elegían a su vez al delegado de la agrupación que integraban el Comité de Agrupación, organismo supremo de una columna anarcosindicalista. A estos delegados se le sumaba un asesor militar, normalmente un oficial del ejército, pero que no contaba con voto. No había una vestimenta o un armamento reglado, cada miliciano tenía libertad para vestir como quería, además tanto delegados como soldados se trataban de la misma manera. En palabras de Orwell: “Las milicias españolas, mientras duraron, constituyeron una especie de microcosmos de una sociedad sin clases”[4].

Hubo gran cantidad de columnas, pero sin duda las más relevantes fueron las que partieron desde Barcelona: La Columna Lenin (organizada por el POUM), Ascaso, Carlos Marx, Ortiz, Durruti y Macià-Companys. La Columna Ortiz fue una de las primeras en estructurarse en Barcelona, alrededor de 800 combatientes salieron de Barcelona hasta llegara Caspe. Allí absorbió a gran parte de las milicias que estaban combatiendo desde los primeros días de la guerra, llegando a acumular alrededor de 2.000 hombres.

Las columnas

La Columna Ortiz era una de las más efectivas a nivel militar y logístico, fue el contingente que más se adentró en el territorio aragonés, aunque tuvo que replegarse. Antonio Ortiz fijaría su cuartel general en Caspe y, posteriormente, en Híjar. La Columna Ascaso saldría de Barcelona un día más tarde, el 25 de julio, y tomaría su nombre del recién fallecido anarquista, Francisco Ascaso. Estaba compuesta por alrededor de 1500 hombres y establecieron el cuartel general en la localidad de Vicién, protagonizaría enfrentamientos en las inmediaciones de Huesca[5].

Cabe destacar también la acción de la Columna Pirenaica, compuesta por milicianos aragoneses y catalanes comandados por Mariano Bueno, que tomaron la posición más septentrional del frente. La única columna compuesta en su totalidad por combatientes aragoneses fue la denominada Milicias de Barbastro, estaba comandada por el coronel Villalba. Recordemos que Barbastro fue la única gran localidad de Aragón donde no triunfó el golpe de Estado en primera instancia.

El PSUC y la UGT también tuvieron su propia columna, más tarde se denominaría Carlos Marx, estaba compuesta por alrededor de 3.000 milicianos. Su aportación militar más relevante fue la toma de Almudévar. El POUM también contaba con su propia columna, la Columna Lenin, integrada por 1.500 hombres dirigidos por Jordi Arquer y Manuel Grossi, procedente de Asturias.

El frente aragonés

Tras el fracaso de la toma de la isla de Mallorca, parte de las tropas destinadas a las Islas Baleares fueron enviadas al frente aragonés, creándose la columna Roja y Negra. También se constituyó en el mes de agosto la columna de ERC, Maciá-Companys, cuya área de actuación fundamental será Montalbán. Las columnas procedentes de Valencia tardaron unos días más en organizarse, hasta agosto no salieron las dos grandes columnas valencianas. La Torres-Benito, compuesta por milicianos de distintos sindicatos y partidos políticos, y la Columna de Hierro, con un claro carácter revolucionario. Ya en septiembre tendremos la columna valenciana con mayor influencia comunista, la Eixea-Uribe, comandada por Juan Antonio Uribe, diputado del PCE.

A principios de octubre se organizará la que seguramente fue la columna valenciana con mayor eficacia en el campo de combate, la Columna Peire, compuesta por militares entrenados y con buen material[6]. Los enfrentamientos entre las columnas y los militares sublevados se dieron a lo largo y ancho de todo el frente. La falta de preparación, experiencia y material de las columnas hizo que partieran con una gran desventaja. 

Largo Caballero llega al poder

Con la llegada de Largo Caballero al poder y sobre todo tras los sucesos de mayo de 1937 en Barcelona, se produjo un proceso de militarización de las columnas. Como indica Julián Casanova, no seriamos honestos si dijéramos que no hubo un debate interno dentro de las filas del anarquismo en torno a la militarización. Son necesarias nuevas investigaciones que estudien las posibles contradicciones entre el ideario anarquista y las actuaciones que llevaron a cabo, no sólo a nivel militar, sino también a nivel político.

Entre enero y febrero de 1937, prácticamente todas las columnas de milicianos fueron integradas en el nuevo Ejército Popular de la República (EPR), encuadrando a los soldados en una tradicional jerarquización militar. Únicamente quedaron excluidas de la militarización dos columnas, la Macia-Companys y la Pirenaica, que se quedaron como dos brigadas autónomas, la 131 y la 130 respectivamente.

La Columna Ortiz quedó integrada en la División 25, compuesta por las brigadas 116, 117 y 118. La Columna Durruti pasará a ser la División 26, compuestas por las brigadas 119, 120 y 121. Su jefe será Ricardo Sanz, recordemos que Buenaventura Durruti había fallecido el 20 de noviembre. El comunista Antonio Trueba será el encargado de dirigir las brigadas 122, 123 y 124, que componían la División 28, antigua Columna Ascaso. Finalmente, la Columna Lenin quedará restituida como la División 29, con únicamente dos brigadas, la 128 y la 129.

CNT y FAI no aceptan la militarización

Esta sería la estructura militar básica hasta la caída del frente de Aragón en marzo de 1938[7]. Aunque había sectores anarquistas que no apoyaban esta militarización, había grandes personalidades como Joaquín Ascaso que sí que la vieron con buenos ojos. En una entrevista de Lucien Hausard decía lo siguiente: “En las presentes circunstancias, la militarización es absolutamente precisa, indispensable […] Es evidente que, de acuerdo con ello, la CNT y la FAI no pueden aceptar la militarización y el mando único más que bajo el control de las organizaciones revolucionarias”[8].

A pesar de la innovación y el furor revolucionario de las milicias, a nivel estrictamente militar podemos decir que fue un fracaso. Su objetivo principal era tomar las tres capitales de provincia de la región aragonesa, especialmente Zaragoza. Pese a que tuvieron sitiadas a Huesca y Teruel, no pudieron conseguirlo. Paola Lo Cascio explica este fracaso por varios factores, en primer lugar, la falta de organización y coordinación. La improvisación de los propios milicianos hizo que no se estableciera ningún plan concreto a nivel estratégico, además del continuo debate sobre si hacer primero la revolución y después la guerra o al contrario[9].

Una corta experiencia anarquista

Por otro lado, la gran cantidad de sindicatos y partidos políticos que organizaron las milicias provocó una gran atomización del poder. La falta de un organismo central hizo que cada columna hiciera la guerra por su cuenta, sin conformar un plan operacional y táctico entre las distintas milicias. Por último, un tema tremendamente relevante en un conflicto bélico, el material militar. La mala calidad y antigüedad del armamento que utilizaban las milicias era enorme, sin contar con la falta de municiones, armamento pesado y artillería.

De nuevo, al igual que con las colectividades, nos encontramos con una experiencia anarquista muy corta. El conflicto interno dentro de las filas anarquistas entre el ideario anarcosindicalista y su actuación dentro del campo de batalla era evidente. Con esta información podríamos entrar en un largo debate sobre la defensa y la seguridad descentralizada. ¿Es realmente efectivo un ejército sin una autoridad jerárquica y central? ¿Fueron las milicias anarquistas un fracaso a nivel militar por no estar sujetas a una estructura castrense?


[1] Julián, Casanova, De la calle al frente…, op. cit., p. 166.

[2] Ibidem, pp. 170-171.

[3] Ibidem, p. 174.

[4] George, Orwell, Homenaje a Cataluña…, op. cit., p. 133.

[5] Paola, Lo Cascio, “las columnas hacia el frente de Aragón”, en José Luís Ledesma (ed.), El estallido de la guerra. La sublevación militar y la llegada de las milicias, Barcelona, Diputación Provincial de Zaragoza-El periódico de Aragón, 2006, col. “La Guerra Civil en Aragón”, pp. 70-80.

[6] Ibidem, pp. 81-90.

[7] Julián, Casanova, Anarquismo y revolución…, op. cit., p. 114.

[8] Joaquín, Ascaso, Memorias (1936-1938) Hacia un nuevo Aragón. Zaragoza, Prensas Universitarias de Zaragoza, 2006, p. 138.

[9] Paola, Lo Cascio, “las columnas…”, op. cit., p. 90.

Serie Aragón en la Guerra Civil española. ¿Una verdadera experiencia anarquista?

(I) Las colectividades

Aragón en la Guerra Civil, ¿una verdadera experiencia anarquista? (I): las colectividades

Vamos a analizar, en varios artículos, las características principales de la experiencia anarcosindicalista en la Guerra Civil en Aragón. Estudiaremos si en algún momento entró en conflicto el ideario político anarquista con las actuaciones de los propios militantes. Por supuesto, intentaremos responder a la pregunta de cómo fue posible que surgiera en Aragón una experiencia anarquista y se pusiera en práctica en un contexto bélico. También nos plantearemos si realmente podemos hablar de verdadero anarquismo o simplemente fue la antesala a una verdadera revolución. Para ello, centraremos nuestro análisis en tres pilares fundamentales: las colectividades, las columnas militares, y el Consejo de Aragón.

La estructura de la tierra

Antes de comenzar a hablar sobre el colectivismo en Aragón, es necesario detallar una serie de puntos indispensables para nuestro análisis. La primera observación está relacionada con la estructura de la propiedad de la tierra. Hemos de tener en cuenta que, pese a lo que se ha solido exponer, el campo aragonés no vivía una situación prerrevolucionaria antes del golpe de Estado.

El sindicalismo en Aragón estaba en un proceso de restructuración y la conflictividad social distaba mucho de una situación revolucionaria. Otro factor relevante es que en Aragón predominaba la pequeña y la mediana propiedad, por lo que hubo muy poca incidencia del Instituto de Reforma Agraria.

“Comuna libertaria”

En segundo lugar, el golpe de Estado de julio provocó un colapso en la administración de gran parte de las localidades aragonesas. Los ayuntamientos, regentados en su mayoría por socialistas, fueron controlados por la Guardia Civil, apoyada por caciques y propietarios locales. Todo ello provocó la paralización de la industria, el transporte y el comercio al por mayor. Un aspecto importante es si las colectivizaciones tuvieron un carácter voluntario o forzoso. El conflicto entre colectivistas y propietarios irá de la mano del poder militar y político en todo Aragón[1].

El último aspecto por señalar es terminológico, Julián Casanova expone que el término colectivismo puede llegar a ser demasiado amplio y abstracto. Por ello, defiende que es mejor referirnos al término “comuna libertaria”. Es una organización social que se caracteriza por ser un ideal económico basado en el autogobierno de las comunidades, el federalismo y, en definitiva, la supresión de la autoridad.

Destitución del “poder económico”

Tras la derrota de las tropas insurgentes, se formaron en los municipios comités de defensa o revolucionarios. El origen de estas colectividades estará estrechamente relacionado con estos comités, aunque sigue habiendo muchas dudas a su alrededor. La historiografía anarquista ha tratado de dar respuesta al origen de las colectividades. Dentro del anarquismo hay distintas perspectivas en torno a este debate. Una de las figuras más relevantes es Souchy Bauer, delegado de la AIT, en 1938 se refería a las colectividades aragonesas de la siguiente manera:

La colectivización fue una consecuencia directa de la conquista del poder político y social por la clase obrera, después del aniquilamiento de la sublevación militar. Los obreros vencedores quisieron destruir también el poder económico de aquellos que se habían aliado en la traición: los terratenientes y su séquito en las ciudades.[2]

La espontaneidad de la revolución

Defendía que Aragón era el origen de las colectivizaciones en toda España y donde la justicia social se ponía en práctica por primera vez. Solucionaba por primera vez el problema de la distribución de las tierras y campos de pasto entre los diferentes municipios[3]. En la misma línea estará el anarcosindicalista francés Gaston Leval, para él, la revolución se había dado “espontánea y naturalmente”, ya que existía una vanguardia con un ideal que continuaba a través de la historia[4].

Por otro lado, tenemos la visión del Comité Nacional de la CNT, para ellos las colectividades no fueron algo espontáneo que emergió gracias a un contexto determinado. Para el historiador y militante anarcosindicalista, las colectividades fueron un “proceso de maduración revolucionario” y que gracias a la nueva coyuntura que aparece tras el golpe de Estado tuvo la capacidad de conformarse[5].

El programa de Caspe

El primer documento de la CNT sobre las colectividades del que tenemos constancia es el informe del primer Pleno de Sindicatos de la CNT, celebrado en Caspe el 29 de agosto de 1936.  Se establecían cuatro puntos esenciales en torno a las colectividades[6]:

  • “Abolición de la propiedad privada de los medios de producción y del trabajo asalariado.”
  • “Aceptación libre de la colectividad (se excluía a los considerados facciosos, a quienes se les incautaba las tierras) por los campesinos.”
  • “Reconocimiento de la opción “individualista”, a los que únicamente se les privaría de la producción si las necesidades de la guerra así lo dictasen.”
  • “Libertad para todos los pueblos aragoneses de intercambiar o vender sus productos con las demás regiones.”

Hemos de añadir que parte de las colectivizaciones se pudieron realizar gracias a las expropiaciones de tierras pertenecientes a elementos considerados como facciosos. Es por ello por lo que la excepcionalidad de la situación bélica es esencial para entender el proceso. La CNT fue la gran impulsora de estas colectividades, gracias al amparo de las columnas de milicianos. Aunque es cierto que la UGT también constituyó sus propias colectividades: “En algunos pueblos de la comarca existen también colectividades de la UGT; pero éstas se han adherido igualmente a la Federación Comarcal de la CNT”[7].

Individualistas vs. colectivistas

Tenemos que señalar la problemática entre los individualistas y los colectivistas. Tanto el Consejo de Aragón como la CNT, al menos en teoría, respetaban la pequeña propiedad y las soluciones individuales. En agosto de 1937, la federación comarcal de Binefar-Monzón, celebró una asamblea en la que se ratificó el derecho de los campesinos que estaban insertos en las colectividades a volver a su propiedad individual, devolviéndole su parte correspondiente.

Si acudimos a la prensa de la época podemos verlo claramente, concretamente en el diario Cultura y Acción: “El individuo que trate a los individualistas de forma despectiva y violenta y quiera imponer el colectivismo de forma que no sea la libre determinación, debe correr la misma suerte”[8]. El individuo que estaba en contra de los individualistas era considerado como faccioso. Los anarquistas en Aragón no fueron partidarios de la colectivización completa debido al fuerte arraigo de la pequeña propiedad en la región.

El papel de la CNT

Por lo tanto, de este estudio preliminar podríamos destacar dos características principales del origen de las colectividades en Aragón. En primer lugar, la CNT fue el principal impulsor del surgimiento de las colectividades en la región aragonesa, aunque no tenemos que olvidar que muchas otras colectividades fueron constituidas en lugares donde ni la CNT ni ninguna otra fuerza del Frente Popular tenía presencia. Por ejemplo, Graham Kelsey relata como en la localidad oscense de Alcampel, los vecinos del pueblo se reunieron en la plaza y organizaron la colectividad.

En segundo lugar, tenemos que señalar y a la vez desmentir, que en Aragón no se implantó el comunismo libertario, podríamos hablar, como indican los propios dirigentes cenetistas, de un paso previo, que sería la colectivización[9]. Julián Floristán defendía lo siguiente: “Lo que sí sé es que, en todo el Bajo y Alto Aragón, por propia voluntad, por deseo unánime, se organiza la vida en comunidad y dentro de la mayor libertad posible. Y ello sin hablar para nada del comunismo libertario”[10].

Pese a todo, las colectividades se encontraron con gran cantidad de dificultades. Frank Mintz señala cinco principalmente. En primer lugar, el surgimiento de una especie de “neocapitalismo” en el que algunos individuos comenzaron a repartirse los beneficios de las colectividades, olvidándose de la situación bélica. Otra traba fue la falta de personal cualificado, sobre todo de contabilidad, ya que la mayoría de ellos habían marchado al frente. Mintz también señala el abandono de la autogestión por parte de la dirección de la CNT-FAI y la falta de ayuda institucional por parte del gobierno de la República y la Generalitat. Por último, el ataque y represión final a las colectividades tras mayo de 1937.

Autogestión

Como conclusión, podríamos establecer varios aspectos. A nivel económico podríamos señalar que teniendo en cuenta la difícil situación bélica en la que se encontraba España mantener la producción anterior fue un éxito. Debemos señalar también que, pese al relato militante, no se implantó el comunismo libertario o la revolución, es posible que el objetivo fuera ese, pero únicamente se llegó al paso previo[11].

Las colectividades han sido uno de los mayores ejemplos de autogestión en la historia, uno de los pocos ejemplos donde se ha puesto en práctica el anarcosindicalismo. Si bien es cierto, tuvieron una vida muy corta por lo que no podemos hacer un balance general en condiciones. Si hubieran continuado tras la guerra seguramente se hubieran encontrado con infinidad de problemas a nivel burocrático y administrativo. Por no mencionar los problemas de autoridad y poder, siempre presentes en cualquier comunidad humana. En definitiva, un suceso histórico breve pero intenso que todavía tiene mucho por ofrecernos.


[1] Julián, Casanova, Anarquismo y revolución en la sociedad rural aragonesa (1936-1938). Barcelona, Editorial Crítica, 2006, pp. 116-117.

[2] Ibidem, pp. 121.

[3] Agustín, Souchy Bauer, Entre los campesinos de Aragón. El comunismo libertario en las comarcas liberadas. Barcelona, Tusquets Editor, 1977, p. 73.

[4] Gaston, Leval, Colectividades libertarias en España, Madrid, Aguilera, 1977, pp. 90 y 106-107.

[5] Frank, Mintz, La autogestión de la España revolucionaria. Madrid, las Ediciones de la Piqueta, 1977, p. 115.

[6] Julián, Casanova, Anarquismo y revolución…, op. cit., pp. 123.

[7] Agustín, Souchy Bauer, Entre los campesinos de Aragón…, op. cit., p. 77.

[8] Raimundo, Soriano, “¿Socialismo federal o autoritarismo constitucional?, Cultura y Acción, (Alcañiz, 6/VIII/1937), p. 2.

[9] Julián, Casanova, Anarquismo y revolución…, op. cit., p. 217.

[10] Víctor, Lucea Ayala, “El Aragón republicano: guerra y revolución”, en Angela Cenarro (ed.), Contrarrevolución y revolución: dos proyectos políticos y sociales enfrentados, Barcelona, Diputación Provincial de Zaragoza-El periódico de Aragón, 2006, col. “La Guerra Civil en Aragón”, p. 69.

[11] Pablo, García Colmenares, “Las colectividades libertarias en la Guerra Civil (1936-1939), la necesidad de recuperar su memoria”. Académico Numérico. 89, (2018), pp. 115-128.

Anarcocapitalismo y anarco-comunismo, las diferencias fundamentales

El anarquismo, como filosofía política, es un movimiento que se remonta a la antigüedad. Las reflexiones más antiguas se pueden remontar al filósofo chino Lao Tsé. Por supuesto, esa filosofía apareció en la Antigua Grecia con pensadores como Hipias de Elis o Alcidamas de Elea. En todos los periodos históricos el anarquismo ha tenido su presencia en los círculos intelectuales y filosóficos. Pero es en la segunda mitad del S.XIX cuando podemos marcar el origen del anarquismo moderno.

Durante la celebración de la Primera Internacional Obrera en 1864 se produjo un distanciamiento entre los defensores de las tesis de Bakunin y los partidarios de Marx, las discrepancias se basaban en la concepción del Estado: la visión marxista del estatismo autoritario, de la dictadura del proletariado, frente a la inmediata destrucción del Estado que defendía Bakunin. Esto llevó a estos dos movimientos por sendas diferentes.

La mayoría de la población ve en el anarquismo un movimiento homogéneo, vinculado a manifestaciones antisistema; un pensamiento que defiende que volvamos a la “ley de la selva” y al “caos”. La primera imagen que se le pasa por la cabeza a cualquier persona cuando le mencionas la palabra anarquismo son disturbios en manifestaciones o incluso atentados. Pero nada más lejos de la realidad; el anarquismo, como filosofía política, es un movimiento con un gran recorrido histórico, distintas visiones, autores, definiciones y concepciones.

Anarcosindicalismo

Seguramente, en nuestro país, la deriva anarquista que más repercusión tuvo fue el anarcosindicalismo durante la Revolución social española de 1936, uno de los pocos momentos y lugares en la Historia donde el anarquismo fue llevado a la práctica. Aunque tenemos diversas corrientes como el anarquismo individualista de Max Stirner, el mutualismo de Pierre-Joseph Proudhon, o nuevos movimientos como el anarquismo ecologista o el anarcofeminismo, hoy nos centraremos en lo que seguramente son las dos concepciones más diferentes entre sí, se trata del anarco-comunismo y la anarquía de propiedad privada o anarcocapitalismo.

Comencemos primero por las similitudes, ambos movimientos establecen una crítica similar al Estado, están en contra de la imposición estatal porque lo consideran como un ente ilegítimo que oprime al individuo. Realmente esta es la única similitud total entre ambos movimientos, su visión del Estado, porque posteriormente tendríamos “similitudes parciales”.

Anarcocapitalismo

Es bien sabido que el anarcocapitalismo defiende el derecho del individuo por encima del colectivo, pero repasando la literatura anarcocomunista también vemos como hablan de manera continuada del derecho individual de las personas, aunque posteriormente en la práctica el individuo sea subyugado por el colectivo. Es decir, sobre el papel sería una similitud, en la práctica una diferencia radical.

Ahora vayamos con las diferencias, en primer lugar, tenemos que decir que, como es evidente, el anarcocomunismo es anticapitalista, ya que considera que el capitalismo es un elemento más del sistema que explota al individuo, creen que el Estado, el capitalismo y la autoridad de la Iglesia son los elementos centrales que oprimen al ser humano. Por supuesto, opta por la abolición de la propiedad de los medios de producción, y la colectivización de recursos y sectores estratégicos, respetando únicamente el concepto de uso, al igual que el marxismo. Por el contrario, el anarcocapitalismo ve en el libre mercado y la asociación voluntaria la solución a todos los problemas, problemas creados por la intervención estatal.

Anarcocomunismo

El anarcocomunismo no es marxista en sí, ya que rechaza el elemento principal de la teoría de Carl Marx, que es la teoría del valor trabajo. Pero ello no les lleva a abrazar la teoría subjetivista del valor, sino que tienen una tercera vía: No aceptan ningún valor numerario del precio o el salario, por lo que rechazan utilización del dinero. En España, durante la guerra civil, el dinero llegó a ser eliminado, siendo reemplazado por vales sellados por los respectivos comités.

Otro elemento fundamental es que el anarcocomunismo no es que rechace cualquier tipo de Estado, sino que rechaza, y esta es la clave de su fracaso, cualquier tipo de autoridad o jerarquía. Es por ello por lo que el matiz anticlerical es esencial, ya que ve en la Iglesia una autoridad ilegítima: “Ni Dios ni amo”, aunque ha habido ejemplos de anarquistas cristianos como Leon Tolstoi, llegando incluso a crear su propia doctrina: el movimiento tolstoiano.

Es tal el fanatismo antijerárquico del anarcocomunismo que incluso llega a defender la destrucción de la familia como sistema de autoridad. A mi juicio, esto es ir en contra ya no sólo de la naturaleza, sino de la realidad, pues las jerarquías son inevitables dentro de las relaciones humanas, y no necesariamente tienen que ser negativas si son libres y voluntarias, por no hablar de la autoridad, como explicó ya Max Weber, la autoridad puede ser de distintos tipos: tradicional, racional-legal y carismática, algunas de ellas no sólo inevitables sino, a mi parecer, deseables.

Anarquismo no revolucionario

El anarquismo individualista o de propiedad privada nunca fue, al contrario que el anarcocomunismo o el anarcosindicalismo, un movimiento de masas. Se redujo a un cómputo de ideas filosóficas y literarias encuadradas en círculos académicos muy concretos y minoritarios. Además, ambos movimientos tienen una concepción de la toma del poder, el anarcocomunismo opta por la revolución, en un sentido amplio, tomar por la fuerza el poder y destruir el Estado para eliminar la propiedad privada y todo tipo de autoridad y jerarquía preexistente, tabula rasa, cómo vemos no parece muy coherente con la idea de libertad individual.

En cambio, el anarcocapitalismo, no es revolucionario, respeta el derecho de no agresión y la propiedad privada, en palabras de Miguel Anxo Bastos: “El anarcocapitalismo llegará cuando la gente pida anarcocapitalismo”, esta concepción es pacífica y, si me permiten la expresión, casi mesiánica, pero por lo menos es coherente con las ideas que defiende.

Por lo tanto, tenemos dos movimientos anarquistas con pequeñas similitudes y enormes diferencias, uno con una larga historia detrás y otro como un movimiento relativamente reciente al que le queda mucho por explorar y teorizar. Lo realmente necesario es que se siga estudiando el anarquismo en un sentido amplio, que la población sepa de la heterogeneidad del movimiento y se deje de prejuicios y estigmatizaciones.

Correspondencia entre Miguel Anxo Bastos y Álvaro D. María

El texto reproducido a continuación es fruto de una serie de correos enviados entre los dos entre el 24 y el 27 de agosto de 2018, editado para su mejor comprensión.

Álvaro D. María: La pregunta que le planteé era que cómo conjugaba sus creencias católicas, en concreto el dogma de la Trinidad, con su nominalismo ontológico. El origen de esta pregunta está en la condena por triteísmo a Juan Roscelino de Compiègne, considerado el padre del nominalismo, puesto que si sólo existe lo individual no se puede decir que Dios es uno y trino, sino que estaríamos ante tres dioses. Cuestión, la del dogma de la Trinidad, que también llevó a la confusión a los moros cuando se referían a los católicos como los politeístas.

Pues bien, lo que quería “denunciar” con esta pregunta es un supuesto error a la hora de hablar de la inexistencia “ontológica” del Estado. Esta afirmación sostiene, implícitamente, un error principal a mi juicio, que sería dar el salto del individualismo metodológico al individualismo ontológico. Un error similar a considerar que la duda cartesiana era una duda ontológica, cuando Descartes en ningún momento duda de la existencia, por ejemplo, del mundo que percibe, simplemente hace una ficción metodológica.

Puesto que considero que la afirmación en origen está basada en los planteamientos de Mises, creo que él mismo deja esa cuestión clara en La acción humana, Primera parte, Capítulo II, Epígrafe 4. El principio del individualismo metodológico:

“No menos infundada, por lo que respecta a nuestro tema, es la oposición entre el realismo y el nominalismo, según el significado que a tales vocablos dio la escolástica medieval. Nadie pone en duda que las entidades y agrupaciones sociales que aparecen en el mundo de la acción humana tengan existencia real. Nadie niega que las naciones, los estados, los municipios, los partidos y las comunidades religiosas constituyan realidades de indudable influjo en la evolución humana. El individualismo metodológico, lejos de cuestionar la importancia de tales entes colectivos, entiende que le compete describir y analizar la formación y disolución de los mismos, las mutaciones que experimentan y su mecánica, en fin. Por ello, porque aspira a resolver tales cuestiones de un método satisfactorio, recurre al único método realmente idóneo”. (von Mises, L., La acción humana, tratado de economía, Undécima edición, Unión Editorial, p. 51)

Pues bien, lo que pretendo señalar es que hay una ontología subyacente en su afirmación, que estaría por explicitar, puesto que decir que el Estado no tiene existencia ontológica depende de qué coordenadas ontológicas se den. Por ejemplo, en el materialismo filosófico de Gustavo Bueno no se pondría en cuestión tal existencia ontológica puesto que se consideran tres géneros de materialidad. Y esta ontología subyacente resultaría incompatible con los dogmas católicos, y, además, considero que va contra los principios filosóficos de la Escuela Austríaca por hacer de lo que sólo es un método una ontología.

Aprovechando que me pongo en contacto con usted para aclarar este tema, quisiera plantearle otra cuestión —que me consta que está también en debate por sus tierras— que es el hablar del Estado como lo político. Siguiendo corrientes de “derecha dura”, como Dalmacio Negro, o el tradicionalismo hispano —o incluso Carl Schmitt—, el Estado no es lo político, sino una de las formas de lo político. Si se es antiestatista —como es mi caso— habrá que señalar por qué se está en contra de esa forma política, y no multiplicar los Estados sin necesidad, aunque sea en muchos pequeñitos.

Muchas gracias de antemano por su atención.

Reciba un cordial saludo,

Álvaro D. María

Miguel Anxo Bastos: Estimado Alvaro: en primer muchas gracias por tomarse la molestia de discutir estos puntos. Es así como avanza el conocimiento. No soy filósofo y lo agradezco doblemente pues así me obliga a tener en cuenta estos aspectos. Probablemente mi manejo de los conceptos filosóficos sea muy primitivo y no haya matizado bien los distintos conceptos de ontología. Creo que Mises se contradice pues es también en la acción humana donde dice aquello de que no es el estado el que ejecuta, sino el verdugo, etc. La idea de estado sí que influye en la vida y la evolución humana, pero no es más que una idea al servicio de personas concretas, que son las que tienen existencia, intereses y voluntad. Pero influye a unas personas y no a otras (por ejemplo, a los pigmeos, pueblo sin estado, no), por lo tanto, no deja de ser a mi entender una idea, eso sí muy sofisticada, compartido por muchas personas. Para estas personas es un ente ontológicamente real y como tal opera, pero eso no quiere decir que usted me lo pueda presentar e irnos a cenar con él. Pero el estado no es más que un ente imaginario y si rastrea bien se puede descubrir quienes expresaron y racionalizaron tal contexto. Le adjunto un libro que me ha influido mucho y que igual es de su interés. [Imagining The State, Mark Neocleous]

En cuanto a lo de la Santísima Trinidad, entenderá que es cuestión de fe, y ahí está la gracia del asunto. Si fuese racional sería una evidencia y no tendría mérito, de ahí lo de creo porque es absurdo de Tertuliano.

En cuanto a su afirmación occaniana de no multiplicar los estados sin necesidad supongo que me refería a que la escala de esa organización política importa. Entiendo que la capacidad de hacer daño de una organización de ese tipo es menor cuanto más pequeña (p.e las Alemania del tiempo de Goethe y la de Bismarck no fueron exactamente las mismas en sus consecuencias). Y es cierto que el estado no es la única fuente de violencia.

Espero tener el honor de conocerlo en persona pronto.

Álvaro D. María: Estimado Miguel:

Muchas gracias por su amable respuesta y por el libro que me recomienda.

A mi juicio el Estado no es solamente una idea, también es una forma de organización política. Tampoco le puedo presentar a un campo electromagnético para irnos a cenar con él (no son ni corpóreos), lo que no implica que no existan.

Asimismo, no me parece que Mises se contradiga. Efectivamente, es el verdugo el que ejecuta, y no el Estado. De igual forma, son los futbolistas individuales los que marcan goles, pero reducir los clubs de fútbol a éstos, o negar la existencia de los clubs precisamente como organizaciones, es el salto que considero erróneo, justamente por considerar que se parte de una ontología nominalista que niega la existencia de las relaciones, pues sólo considera como realmente existente lo individual (lo que le comentaba en el anterior correo de un salto de la metodología a la ontología). Así, desde su punto de vista, habría que cargar contra las “sociedades” de responsabilidad limitada, puesto que serían una coartada por parte de los empresarios individuales para evadir ciertas responsabilidades.

Pero es que las morfologías también son operatorias, por supuesto, vinculadas a elementos físicos. Un paraguas sólo cumple su función con una determinada forma, si la manera de componer sus elementos dejase espacios entre las partes dejaría de cumplir su función y, por tanto, de ser un paraguas. Es más, la forma está tan presente a la hora de actuar que al hablar de individuos no decimos que el individuo es meramente una idea que carece de existencia real porque sólo existen órganos y tejidos conectados, y a su vez que éstos son ficciones porque sólo existen células, que a su vez sólo son ficciones… así hasta qué se yo. Precisamente, es por la incapacidad de dar cuenta de las funciones que cumplen los individuos a partir de los elementos que la componen por lo que se consideran como existentes.

Respecto a la cuestión del tamaño en las organizaciones políticas creo que parte usted directamente de considerar que son organizaciones para “hacer daño”. Yo prefiero a los EEUU antes que a Venezuela, y el tamaño ahí no es el problema. Es más, sabiendo que el poder está en el fusil, despedazar una potencia militar como EEUU en fragmentos chiquititos dejaría vía libre a otras potencias. Que sea capitalista y respete las tradiciones/instituciones (jurídicas, culturales, etc.) reducirá más la violencia que el tamaño, pienso yo. Pero tampoco considero que la violencia sea mala en todo caso, precisamente porque puede ser la salvaguarda de ambas (sin ser necesariamente estatal).

Muchas gracias de nuevo por su atención y un placer hablar con usted.

Espero poder ir a las Xuntanzas y conocerle, el honor sería mío.

Un abrazo

Miguel Anxo Bastos: Muy interesante debate señor D. María. Razona usted muy bien.

No niego la importancia de las relaciones, sólo digo que estas tienen que ser interiorizadas (por experiencia, educación aprendizaje…) por los individuos. Un pigmeo no entendería el significado del fútbol, como nosotros el de sus ritos ni le daría la misma importancia. Claro que estamos aculturados y compartimos valores. Uno de ellos es el de la pertenencia a un estado, pero si dejamos de creer en él desparece. Igual que antes existía el oráculo de Delfos, o el culto a Moloch (con sus cuerpos sacerdotales). Dejamos de creer en ellos y se desintegraron. Las personas que componen el estado también creen en él, pero se coordinan por valores, ritos o por intereses monetarios. En cuanto aparece una organización nueva en la que creer la vieja desaparece. Desaparecieron muchos estados en Europa e incluso hubo históricamente procesos de reversión del estado a la anarquía, y por siglos.

Es interesante lo de las sociedades limitadas (Neocleous les dedica un capítulo en el libro que le di). El estado se configuró históricamente como una corporación, para pretender ser inmortal y diferenciarse, al menos como ficción jurídica, de las personas que lo componen. Y después intentó moldear parte de la sociedad civil a su imagen y semejanza. Las sociedades anónimas o limitadas son creaciones jurídicas del estado, y cuando aparecieron fueron resistidas, hasta que se impusieron.

Estaría por ver si es más fácil derrotar a los estados unidos o fragmentados en partes. Keeley en War before Civilization explica que los pueblos anárquicos son más difíciles de conquistar que los árquicos, como probaría el caso de incas y aztecas (conquistados en semanas) o los apaches que no sólo no fueron conquistados por los españoles sino que llegaron a ganar terreno. ¿Si Hernán Cortés en vez de luchar con un imperio luchase contra 400 miniestados, ¿le sería más fácil o más difícil, que cree usted?

Ya tengo ganas de conocerlo. A ver si puede venir. Un abrazo y gracias

Álvaro D. María: Estimado Miguel:

Tengo que empezar dándole la razón, las relaciones tienen que ser “interiorizadas”. Sin embargo, es precisamente eso lo que hace que no sean meramente subjetivas, y si es necesario se “interiorizan” a base de porrazos. Si desaparecen las formas políticas no es porque se deje de creer (al modo en que se podría dejar de creer en un dios antiguo) en ellas, sino porque son destruidas o transformadas (insisto en limitar el término Estado a una forma de lo político concreta). ¿Acaso a fuerza de dejar de creer los venezolanos en el Estado desaparecerá éste? ¿Es el Estado una ilusión o son las relaciones que lo componen tan objetivas como pueden serlo las relaciones materno-filiales?

En cuanto a la cuestión militar, plantea usted, como posible tesis, que “los pueblos anárquicos son más difíciles de conquistar que los árquicos”, cuestión sobre la que carezco de conocimientos históricos y militares como para poder emitir un juicio. No obstante, lo que yo planteaba no era qué clase de pueblos son más difíciles de conquistar, sino que son los imperios los que imponen su orden y conquistan, y que renunciar a ser uno supone, ya de partida, adoptar una posición sobre “cómo es mejor defenderse”: “Imperium, quod inane est, nec datur umquam” (pretender el mando, que no es nada, sin conseguirlo nunca) Lucrecio, De rerum natura, III, 998). Si el comunismo ha sido desterrado, prácticamente, del mapa político no ha sido gracias a Luxemburgo o Liechtenstein, o a dejar de creer en él. Ha sido el imperialismo de EEUU el que lo ha puesto contra las cuerdas.

Estado e Imperio son categorías políticas, a mi juicio, distintas. El Imperio español carecía de Estado porque no había decisiones soberanas, jurídico-políticas, (la idea de soberanía es ajena a la hispanidad, como decía el propio Gaspar de Añastro Isunza al traducir Los seis libros de la República de Bodino) por parte de la monarquía, entre otras cosas. El propio Dalmacio Negro, en su Historia de las formas del Estado contrapone a las formas estatales la Monarquía Hispánica, los Gobiernos de Rule of Law y La República Federal Norteamericana. Si mal no recuerdo, d’Ors tiene un artículo, o algo parecido, sobre el no-estatismo de Roma. Sobre la idea de Imperio el mismo Dalmacio y Gustavo Bueno tienen aportaciones interesantes.

Interesantísimo debate. Espero que nos veamos en octubre y continuemos estos debates con una buena mesa.

Un abrazo,

Álvaro

‘Los Límites de la Libertad’ y los límites de la propiedad

Los Limites de la Libertad” es el título de un provocador ensayo del economista premio Nobel James M. Buchanan. En él, se plantea una teoría descriptiva sobre la aparición del Estado, utilizando en algunos momentos herramientas familiares a los economistas neoclásicos.

Según Buchanan, partiendo de una situación que él califica de anárquica, es en beneficio de los individuos dotarse de normas consensuadas, de forma que puedan tener una mayor certidumbre en el ejercicio de sus libertades/derechos. El análisis que hace es de equilibrio, considerando la existencia de unos costes de defensa de esas libertades que se verían muy reducidos en caso de haberse acordado una norma constitucional. Así pues, es beneficioso para un creciente número de individuos formar parte de esa comunidad constitucional, que dará lugar a lo que más adelante Buchanan llama “anarquía ordenada”.

Buchanan asume que tiene que haber un Estado que haga cumplir las normas constitucionales acordadas. No solo eso, como también asume la existencia de bienes públicos, precisa de un Estado productor que los genere, cuyas normas también habrán de acordarse en el acuerdo constitucional. Y a partir de aquí se embarca en un análisis que no resultará nada sorprendente a los conocedores de la teoría de la Regulación de Mises, ya que, a base de incorporar “imperfecciones” al modelo, llega a la conclusión de que ese Estado va a cercenar las libertades de los individuos, a transformarse en el temido y previsible Leviathan de Hobbes, y a devolvernos a esa situación de anarquía caótica de la que habíamos pretendido salir con el acuerdo constitucional. La diferencia con la anarquía caótica original es que ahora la incertidumbre en nuestras relaciones la causa el creciente poder del Estado.

En todo caso, como digo, nada de este último análisis resulta sorprendente al economista austriaco ni al anarcocapitalista. Sí puede resultar más chocante la exigencia de que se tenga que llegar a un acuerdo, el constitucional, para el respeto a los derechos de propiedad. ¿No existen, por tanto, los derechos de propiedad absoluta, que parece preconizar Rothbard en su “For a new Liberty[1]?

La idea de Rothbard es ciertamente atractiva, sobre todo desde el punto de vista de eficiencia económica. Sin embargo, cuando se lleva al terreno práctico, hay que preguntarse qué significa eso de los derechos absolutos, y aquí es donde Buchanan expone sus dudas. Claro, mientras no haya contacto con otros individuos (quizá mejor hablar de tribus, para describir un escenario históricamente más realista) nadie va a discutir el derecho absoluto a la propiedad que uno tiene.

Los problemas ocurren cuando se entra en contacto con otro individuo/tribu que no reconoce tal derecho, ni tiene por qué hacerlo. A bote pronto, se abren dos posibilidades básicas para defender el derecho: el recurso a la violencia para su protección, o el debate tratando de convencer al interlocutor de que reconozca el derecho de propiedad (usando los argumentos éticos propuestos por Rothbard, por ejemplo).

Supongo que históricamente se habrán usado ambas posibilidades, en numerosísimas ocasiones la primera. Lo que Buchanan añade es que esta opción, la de la violencia, nos sitúa en un escenario de incertidumbre permanente en que los costes de defender los derechos de propiedad son muy grandes. Por ello, superados ciertos umbrales, puede ser más eficiente para ambas partes respetarse mutuamente los derechos adquiridos. O, mejor dicho, negociar las condiciones para que se produzca este mutuo respeto, sin dar por asumido el status quo inicial, que puede quedar alterado como consecuencia de la negociación.

Solo después de esta negociación constituyente, que seguramente tenga que ser expresa, se puede hablar ya de normas de convivencia (entre los individuos/tribus que la acuerdan), en particular, de derechos de propiedad, y ya entraríamos a jugar con todo el análisis económico.

Los derechos de propiedad que dimanan de tal constitución podrán, o no, ser absolutos en el sentido de Rothbard. Es bastante posible que alguna o las dos tribus constituyentes hayan tenido que hacer cesiones para llegar al acuerdo de respetarse. A lo mejor han tenido que ceder parte de los bienes que consideraban suyos en el tiempo preconstitucional; o a lo mejor han tenido que aceptar una reducción en lo que pueden hacer con sus bienes, como coste a pagar a cambio de obtener el beneficio de la certidumbre. Es fácil imaginar casos: si una tribu ha adquirido pre-constitucionalmente todo el territorio con manantiales de agua, será muy difícil que las otras tribus le reconozcan esa propiedad en términos absolutos: les tendrá que dar algún tipo de derecho de uso. La alternativa será seguir en el ámbito anárquico caótico, con el coste que ello puede tener. Si las otras tribus abusan de sus exigencias, el balance coste-beneficio puede cambiar, y a lo mejor se prefiere mantenerse en la anarquía caótica (sin normas).

Así pues, es claro que los derechos de propiedad, como cualquier otra norma de convivencia, quedan sometidos a un proceso espontáneo hayekiano de descubrimiento. Su definición dependerá en cada momento de las necesidades que tenga la sociedad, y pueden variar con sus preferencias, creencias, tecnología, entorno natural… Y ningún derecho de propiedad así creado se puede considerar moral o éticamente superior a otro, pues está informado por la moral y ética que tenga cada sociedad[2]. Si las tribus primigenias tenían todo en común, o si un grupo en la actualidad decide que constituirse en comuna, ¿es ética o moralmente inferior al anarco-capitalismo[3]?

No creo que se pueda responder que sí, aunque Rothbard parece hacerlo. En todo caso, si se deja la ética aparte, aún tenemos el análisis económico para analizar cuál solución de derechos de propiedad es más eficiente a la hora de resolver las necesidades de los seres humanos. Y aquí sí parece claro que la definición precisa de los derechos de propiedad para evitar externalidades, por un lado, y la ausencia de límites sobre el uso de la propiedad al propietario, por otro, incrementan la eficiencia del mercado, la generación de recursos, la riqueza, las posibilidades de supervivencia y, seguramente, la felicidad de la sociedad que se haya constituido con este tipo de derechos.

En resumen, y tratando de conciliar a Buchanan con Rothbard:

  1. Los límites a la libertad/derechos de propiedad son necesarios para que una sociedad pueda funcionar y convivir. Los derechos absolutos de propiedad solo tienen sentido en la autarquía; en cuanto convivimos con terceros, necesitamos que se reconozcan tales derechos para no estar en conflicto constante.
  2. En la medida en que los derechos de propiedad que se otorgue la sociedad sean más próximos al ideal absoluto rothbardiano, mejores serán las perspectivas de supervivencia y bienestar de dicha sociedad, sin que ello implique que sea moral o éticamente superiores.
  3. En ningún caso cabe aceptar el positivismo en la definición de dichos derechos de propiedad. O bien irían contra la eficiencia económica sin tener sustrato moral; o bien, si se imponen derechos absolutos de propiedad cuando la sociedad ha optado por no otogárselos, atacarían la moral de la sociedad a cambio de una mayor eficiencia.

[1] Ver página 39: “Absolute right to private property of every man: first, in his own body (right of self-ownership), and second, in the previously unused natural resources which he first transforms by his labor (right to “homestead”).

[2] Ojo, no se puede decir lo mismo si introducimos normas positivas que no derivan de un proceso espontáneo, sino de su promulgación por terceros.

[3] Sobre la superioridad moral de una sociedad a otra conviene leer “The righteous Mind”, de Jonathan Haidt.

Algunas cuestiones disputadas del anarcocapitalismo LXIV: Sobre la defensa del Estado (I)

Leí en está página con mucha atención la defensa heterodoxa del Estado que ha elaborado D. Ramón Audet. Me gustan las críticas que defensas que parten desde postulados próximos a los nuestros porque obligan a reflexionar y a cuestionar las propias posturas. Nuestro mundo no debe ser una suerte de secta dogmática en la que nos regodeemos en  nuestros propios argumentos y no atendamos ni escuchemos las atinadas críticas que nos puedan hacer. El texto que se nos ofrece toca varios puntos y me gustaría comentarlos, pero siempre partiendo del respeto que me merecen sus posturas y lo elaborado de las mismas.  La verdad es que abre muchas e interesantes discusiones. Comenzaré por el final, pues me parece que la custión que allí plantea es la que requiere una explicación más detallada, e intentaré luego explicar cuál es mi postura en el resto de los puntos que merecen aclaración desde una perspectiva anarcocapitalista. Necesitaré dos artículos para hacerlo pero lo haré con mucho gusto dado la ambilidad que ha tenido al enviármelo.

Como bien sabrá Ramón Audet, comprender los fenómenos históricos implica entender todos los factores y variables que ha influido en su discurrir. En efecto, el Estado (en sentido amplio) ha formado parte de nuestra historia desde hace dos o tres mil años y es lógico que no podamos entender nuestra actual forma de vida sin este. Lo que hay que determinar y discutir es si dicha situación ha sido afectada positiva o negativamente por la existencia de dicha institución. El hecho de que vivamos relativamente bien hoy es posterior a la existencia del Estado pero para no caer en la vieja falacia del  post hoc ergo procter hoc hay que estudiar si su influencia fue positiva o negativa.

De hecho otros eventos precedieron a nuestra actual forma de vida. Por ejemplo, la esclavitud, el infanticidio o las numerosas guerras y epidemias que azotaron a nuestros antepasados podrían ser vistas también desde un lado positivo si aplicamos el análisis de Audet. Gracias a la esclavitud se favoreció la democracia al facilitar que los amos se reuniesen a deliberar en Atenas. También sería funcional según este análisis para poblar nuevas tierras o roturar y minar tierras antes improductivas. Además, según los defensores de la peculiar institución, los esclavos disfrutarían de alimento y salud garantizados (sobre la ideología proesclavista puede verse el libro de Genovese: The slaveholders’ dilemma)

Las guerras también tendrían su lado bueno al favorecer la innovación, y el infanticidio al limitar la población, diría un hipotético defensor de sus virtudes, al estilo de Teddy Roosevelt. Las epidemias, como la peste negra del siglo XIV, subieron los salarios y libertaron a los siervos en muchas zonas de Europa (en otras volvieron a la esclavitud). Siguiendo el razonamiento podríamos decir que todas estos fenómenos son los causantes del actual bienestar. No es mi intención aquí comparar a los Estados con esos fenómenos, sino resaltar que de una forma u otra han influido en el mundo actual.

El problema es que, al igual que con los Estados, muchos pueblos de la tierra han experimentado estos y otros fenómenos sin que hayan disfrutado de un desarrollo o un bienestar palpable. Si los Estados causasen desarrollo todos los pueblos con dicha institución serían prósperos y por lo que se ve no parece ser así. Es más, parece darse una relación inversa, por lo menos en las primeras etapas de desarrollo económico. Pues, como es normal, los grupos de personas que dirigen los Estados están interesados en conservar el statu quo y por lógica desconocían tanto los principios que rigen el capitalismo como sus posibles consecuencias en el futuro. Pueden y deben existir otros factores más relevantes que lo expliquen. Yo creo que el capitalismo es uno de ellos; casi con seguridad el más relevante. Pero como antes apunté, habría que estudiarlo y discutirlo.

Y de ahí la relevancia de la Edad Media. Desde luego, no parece una era ideal vista desde nuestros parámetros y son ciertos los datos que apunta. Pero creo que debería apuntarse cuáles eran las condiciones de vida en tiempos del absolutismo y si estas mejoraron a respecto de tan tenebrosos y oscuros tiempos. A lo mejor la vuelta del comercio del esclavos o las guerras que azotaron Europa a gran escala, sobre todo en Alemania, y con muertes y destrucciones por esta causa nunca vista desde los tiempos del Imperio Romano, son ejemplos de esa mejora. Curioso que coincidan con el inicio del Estado moderno. Pero deben ser casualidades históricas. Los Estados no podrían haber hecho eso pues están ahí para defender la paz, la propiedad y los derechos humanos. Deben ser otros los culpables, eso sí me gustaría saber cuales son.

La Edad Media no nos gusta por sus condiciones de vida o por sus logros artísticos y culturales, que fueron muchos, sino porque sienta las bases de lo que va ser la moderna civilización industrial, e impide que sus enemigos puedan impedirla. Me explicaré. En tan tenebrosa época, la mayoría de lo que hoy conocemos como bienes públicos se prestaba de forma privada y de no haberlo impedido los absolutistas se habrían desarrollado de una forma muy distinta a la actual. Jacques Heers, en su libro sobre la Edad Media, nos relata cómo, por ejemplo, puentes y carreteras eran suministrados de forma privada, a traves de peajes y pontazgos. Y al ser un negocio privado, estaban bien conservados y eran relativamente seguros por la cuenta que les traía a sus propietarios.

Heers afirma que los Estados absolutos se hacen cargo de ellos y suprimen los peajes pero a cambio suben los impuestos. La consecuencia fue que el monto de los impuestos a pagar superaba el coste de las antiguas tarifas, y además la calidad de las infraestructuras y la seguridad de las mismas descendió apreciablemente. La causa es que los modernos reyes se desentendieron de ellas, y destinaron los fondos a otros fines más interesantes para ellos.

No se puede hacer historia ficción, pero es de presumir que muchas de las prestaciones que hoy ofrecen los Estados podrían haber evolucionado de otra forma y ser suministradas sin tener que recurrir a impuestos o inflación (son más o menos lo mismo) para financiarlas. Ese desarrollo fue truncado con el tiempo por la propia consolidación de los Estados que se apropiaron de elementos como la educación o la atención a los necesitados, que eran prestados por las órdenes religiosas o por las guildas, retrasando mucho su evolución y desarrollo. Pueden comprobarlo quienes no se fíen de mi aquí.

Pero hay otro aspecto de la Edad Media que no es tan estudiado y al que me gustaría hacer mención. El espacio político medieval estaba fragmentado, muy fragmentado, con cientos de unidades políticas en sus mejores tiempos como nos recuerda Charles Tilly en su magistral Capital, coerción y los Estados europeos. Esta fragmentación tuvo resultados muy positivos, porque paradojicamente la fragmentación une y la centralización disgrega. En la Edad Media la moneda, por ejemplo, era universal. Oro y plata, en el sentido de que se usaban distintas monedas y de distintas calidades, cambiándose de acuerdo con su peso y su ley pero aceptadas en todas partes. Los principios de derecho romano imperaban en buan parte del espacio europeo y existía en occidente una única lengua de cultura, el latín, que permitía al estudioso leer y ser leido por toda la comunidad académica occidental, pues no es casual que sea en esta época cunado nacen las universidades. Cierto es que existían guerras pero a una escala mucho menor que las del siglo pasado dadas las escasas dimensiones de los combatientes.

Pero aparte de todo esto, la fragmentación tiene otra consecuencia muy positiva. Si existe algún tipo de innovación, social o económica, esta es muy difícil de impedir en un entorno tan fragmentado. Se cuenta la leyenda de que un inventor ofreció un novedoso tipo de cristal irrompible al emperador Tiberio, y que éste, al ver sus potencialidades, mandó ejecutarlo para no destruir el empleo de los cristaleros romanos. Probablemente la leyenda no sea cierta, pero ilustra el hecho de que un emperador podía sin gran problema impedir un invento o una industria y sus órdenes acatadas en todo el imperio.

Algo semejante acontecía en China cuyos emperadores en una época se cerraron sobre si mismos e impidieron las incipientes exploraciones comerciales chinas. También ahí era posible, pero no en Europa. Un príncipe o rey que hiciese algo semejante sólo podía dificultar la innovación en un pequeño territorio, sin poder impedir que la innovación se ensayase en algún otro. Leonardo da Vinci, por ejemplo, fue perseguido en muchos principados pero siempre tuvo algún sitio a donde ir y ensayar sus innovaciones.

Esto dificultó mucho también la censura política o religiosa en el espacio europeo. También, por consiguiente, las libertades económicas se beneficiaron de dicha situación y lentamente se comenzaron a poner las bases de la revolución industrial y del capitalismo. Se podía dificultar en algún sitio pero no impedir que el reino vecino las adoptase situándose entonces en situación ventajosa y obligando al reticente a adoptarla, tarde o temprano. Las pequeñas ciudades medievales italianas o las de la hansa alemana son buenas pruebas del florecimiento de este espíritu mercantil, que con el tiempo devendría en el capitalismo industrial, a pesar de las dificultades a que lo sometieron los modernos Estados absolutos (como el español o el francés) que lograron retrasarlo en su países.

Al no existir un Estado unificado europeo, (que supongo será el sueño de muchos estatistas pues elimina la anarquía política) no se pudo ahogar de todo el espíritu de libertad y de ahí que afirmemos que el capitalismo nace a pesar de las trabas del Estado, no gracias a él como dicen Karl Polanyi y otros defensores del intervencionismo. Quien quiera estudiar el tema puede leer el magnífico Escape from Rome  del historiador Walter Scheidel. Una magnífica lectura de navidad.

Bo Natal a todos.