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Cinco políticas socialistas que destruyeron la economía de Bolivia

Por Fabricio Antezana Durán. El artículo Cinco políticas socialistas que destruyeron la economía de Bolivia fue publicado originalmente por FEE.

La gente no suele pensar en Bolivia; es un país pequeño en el corazón de Sudamérica. Pero siempre que se menciona, aparte de montañas y llamas, la gente piensa en el socialismo y en Evo Morales. Algunos incluso llegan a calificarlo de «milagro socialista» por su estabilidad económica y monetaria en la década de 2010. Sin embargo, esta percepción dista mucho de la realidad.

El actual partido político de Bolivia, Movimiento al Socialismo, lleva más de 17 años en el poder, a excepción del gobierno temporal de Jeanine Áñez, que duró solo un año, de noviembre de 2019 a noviembre de 2020. Operar durante casi dos décadas bajo un régimen socialista ha pasado factura a la economía boliviana, y los síntomas apenas comienzan a manifestarse. Para dar una idea de los problemas, he aquí 5 políticas socialistas que han destruido la economía boliviana:

1) Nacionalización de los recursos naturales

Bolivia estaba a punto de experimentar uno de los mayores «booms económicos» y oportunidades de inversión con la industria de los hidrocarburos (gas natural), que fue construida por entidades privadas en la década de 1990 y principios de 2000. Sin embargo, la Constitución de 2009 del Movimiento al Socialismo, concretamente el artículo 311, nacionalizó esta industria y casi todos los demás recursos naturales, desde el agua y los minerales hasta la electricidad.

Cuando los precios del gas natural alcanzaron su punto máximo a nivel internacional en 2012, los ingresos, que habían pasado a formar parte de la industria pública, se dilapidaron en vanos proyectos públicos, subvenciones, salarios y, en general, en un gasto público excesivo (o «despilfarro público», como sería más preciso denominarlo).

2) Propiedad privada condicionada

En las décadas de 1980 y 1990, se realizaron esfuerzos para fortalecer los derechos de propiedad privada en Bolivia. Sin embargo, la constitución boliviana de 2009 reescribió las normas relativas a la propiedad privada, declarando en el artículo 56: «Toda persona tiene derecho a la propiedad privada individual o colectiva, siempre que cumpla una función social». Aunque el Estado no expropia deliberadamente la propiedad a los ciudadanos, el artículo 56 añade un nivel de ambigüedad a la hora de proteger este derecho fundamental.

No es inaudito que tu propiedad en el campo sea invadida y expropiada por los lugareños, que no puedas desalojar a un inquilino que lleva meses o incluso años sin pagar el alquiler, o que de repente te encuentres con gente construyendo una casa en tu propiedad (incluso dentro de la ciudad). La falta de derechos de propiedad ahuyenta a los inversores y dificulta enormemente las empresas bolivianas.

3) De 3 Ministerios a 17 Ministerios y 22 Viceministerios

Antes de que el Movimiento al Socialismo llegara al poder, el poder ejecutivo de Bolivia estaba gestionado por el Presidente, el Vicepresidente y «los tres grandes» ministerios. Esto cambió drásticamente tras su victoria en las elecciones de diciembre de 2005. Desde que asumió el poder en enero de 2006, el partido ha creado gradualmente más ministerios y oficinas públicas, cada uno más innecesario que el anterior. La creación de nuevas oficinas públicas sirve de excusa para crear más «parásitos estatales», como decía Bastiat, desviando a las personas capacitadas de la creación de valor en la sociedad. He aquí algunos ejemplos de estos ministerios para ilustrar su absurdo:

  • Ministerio de Medio Ambiente y Agua
  • Ministerio de Culturas, Descolonización y Despatriarcalización
  • Ministerio de Desarrollo Productivo y Economía Plural
  • Viceministerio de la Hoja de Coca y Desarrollo Integral
  • Viceministerio de Lucha Contra el Contrabando

De estos ministerios aprendemos dos cosas: que no agregan valor a la sociedad y que los socialistas son muy creativos a la hora de nombrar cargos.

4) Más de 60 empresas estatales

El modelo económico del gobierno se llama Modelo Económico Social Comunitario Productivo. Este «modelo» es ambiguo, tiene un carácter social, y esencialmente pone al Estado en el centro del progreso y desarrollo económico, declarándolo su deber. Por esta razón, el gobierno ha creado más de 60 empresas, todas ellas deficitarias y arbitrarias para la economía.

Por ejemplo, Quipus, la empresa estatal de electrónica destinada a «promover el uso de la tecnología en Bolivia y las escuelas públicas», incurrió en pérdidas de alrededor de 5,5 millones de dólares en el lapso de cinco años desde su creación (y sigue funcionando). Estas empresas se mantienen a flote por avaricia y arrogancia, tal como sugiere El engaño fatal de Hayek.

5) Altos impuestos y un sistema fiscal burocrático

Bolivia tiene uno de los peores sistemas fiscales del mundo, en el puesto 186 de 190 países según el informe Doing Business del Banco Mundial.
Esto se debe a una mezcla de burocracia y «presión fiscal» excesivamente alta sobre sus ciudadanos. Según Doing Business, los bolivianos dedican 1.025 horas al año a pagar correctamente sus impuestos (¡más de 42 días!) y se arriesgan a pagar una tasa del 83,7% de sus beneficios si no los declaran correctamente.

Un estudio del analista económico Diego Sánchez de la Cruz calificó a Bolivia como el «infierno fiscal» de América Latina, situándola como la peor en presión fiscal y esfuerzo tributario. Sánchez de la Cruz realizó su estudio comparando el PIB y los tipos impositivos, explicando: «No es lo mismo recaudar el 30% del PIB en un país rico que en uno pobre». La situación fiscal en Bolivia ha llevado a que el 80 por ciento de la economía sea informal, o no esté registrada oficialmente en la economía.

Los frutos del socialismo

Bolivia está lejos de ser un «milagro socialista». Ha sufrido una serie de políticas socialistas que han lastrado fuertemente su economía, impidiendo su crecimiento y desarrollo. Puede que no hayamos visto estos daños en las décadas de 2000 y 2010, pero ahora que las reservas de gas natural se han agotado, seremos testigos de las consecuencias del socialismo más pronto que tarde. Los efectos económicos suelen verse a largo plazo, y Bolivia no es una excepción. El Movimiento al Socialismo cosechó los beneficios de las reformas económicas pro-mercado de los años 80 y 90, pero ahora Bolivia está empezando a recoger los frutos de casi dos décadas de socialismo: crisis, miseria y decadencia.

Ver también

El camino autoritario de Bolivia. (Mateo Rosales).

Bolivia: la construcción de un proyecto político. (Mateo Rosales).

¿Por qué a la extrema izquierda le entusiasma Bolivia pero aborrece Chile? (Juan Ramón Rallo).

Bolivia: no fue un golpe, fue un fraude

No es una novedad que la democracia boliviana viva episodios como el del miércoles 26 de junio con la intentona burda de golpe de Estado protagonizada por el exgeneral de las Fuerzas Armadas, Juan José Zúñiga, que duró apenas unas horas. Este hecho provocado por el propio entorno del presidente Luis Arce demuestra el grave estado de la democracia en Bolivia y su sistema institucional, y pone en seria evidencia la situación de las Fuerzas Armadas, una de las instituciones más importantes del Estado sobre las que se soporta su seguridad y defensa: éstas carecen de cohesión de cuerpo, están profundamente divididas y no tienen un liderazgo claro.

Este, sin duda, es un efecto del autoritarismo que experimenta Bolivia desde el 2006, cuando Evo Morales asumió la primera magistratura del Estado. Desde entonces el Ejecutivo liderado por el Movimiento al Socialismo (MAS) ha intentado por todos los medios hacerse con la totalidad de las instituciones públicas, interrumpiendo los mecanismos de pesos y contrapesos, comprando voluntades y reduciendo a una relación prebendal las instituciones del Estado.

Después de manifestar que su pretensión era “restablecer la democracia”, denostando a la clase política y a la élite boliviana, para “liberar a todos los presos políticos”, Juan José Zúñiga confesó que todo fue una tramoya montada por el presidente Luis Arce y su entorno. Más allá de si estas declaraciones se asimilan como una ‘verdad a medias’, lo cierto es que el presidente pretendía aprovechar este movimiento para elevar su popularidad en medio de la crisis de dólares, de precios y de desabastecimiento de combustible que experimenta Bolivia desde hace varios meses.

Desorden, improvisación, desesperación

Para los bolivianos esta maniobra demuestra la falta de estrategia de un presidente que ha perdido la brújula y el sentido de gobernanza cara a las elecciones presidenciales de 2025, incapaz de transmitir credibilidad y certidumbre. Su desesperación le ha llevado a tomar una decisión que ha puesto a Bolivia a los ojos de la comunidad internacional sólo para ratificar la incompetencia y los límites tan elementales de un gobierno autoritario que viene arrastrando visibles falencias, como la desinstitucionalización generalizada que arrastra graves riesgos de acabar definitivamente con la democracia.

Desorden, improvisación y desesperación son los calificativos con los que se puede definir esta intentona errática en medio de una disputa electoral entre dos caudillos del mismo corte. Evo Morales fue uno de los primeros en expresar sus sospechas por los movimientos militares previos al falso golpe, pretendiendo victimizarse ante la duda de si el presidente Luis Arce decide impulsar más acciones en su contra o arrestarlo a su pesar para fracturar aún más el país.

El origen de fondo de la tramoya es incierto. El presidente Arce ha conseguido por breves instantes saborear el respaldo internacional en favor de la virtud de la democracia que le ha puesto a él sobre el sillón presidencial, pero las motivaciones pérfidas y mal planificadas acaban en otra cosa. La lucha interna que vive el MAS le provoca a tomar decisiones desatinadas y con graves consecuencias, la pérdida cada vez más notoria de poder lo pone en evidencia y su incapacidad para proveer de soluciones a los bolivianos le ha introducido en un aprieto insalvable que lo desprestigia, incluso, entre sus propias bases.

División entre evistas y arcistas

Las acusaciones y descalificativos entre los dos bandos, evistas y arcistas, no ha cesado y se intensificará conforme se vaya acercando la fecha electoral (septiembre 2025), arrastrando a toda la sociedad boliviana a un juego maniqueo entre dos caudillos que, por ambición o interés de supervivencia, pretenden preservar el poder para continuar con su lógica rupturista del Estado de derecho.

Evo Morales ha precisado su convencimiento de que Arce y Zúñiga tramaron algo parecido a un “autogolpe” a través de confidencias de “militares patriotas” y de las quejas que llegan desde el calabozo donde está detenido el excomandante de las Fuerzas Armadas.

Por su parte, el gobierno argentino emitió un comunicado repudiando la “falsa denuncia de golpe de Estado realizada por el gobierno de Bolivia y confirmada como fraudulenta”, alineando el mensaje oficial respecto a lo que el escenario social interno en Bolivia demostraba.

La oposición democrática

La oposición boliviana no ha entrado en esta pugna fratricida, lo cual estratégicamente se entiende, no vaya a ser que salga salpicada de los golpes entre unos y otros. Después del autogolpe, con una crisis económica que se agudiza y con Evo Morales inhabilitado para las elecciones de 2025, la oposición democrática puede estar más cerca de arrebatarle el poder al masismo, si consigue asimilar un proyecto de unidad basándose en propuestas atractivas para esa parte de la sociedad (votante del MAS) que tiene serias dudas de apostar por la continuidad de un gobierno infructuoso, decadente y autoritario, pero que tampoco se siente identificada por la alternativa.

En los videos que el 26 de junio pasado se compartieron por las redes tras la noticia, se escuchaban gritos de fondo de ciudadanos indignados frente al hecho bajo el vituperio de ‘¡golpista!’, lo cual, inevitablemente, retrotrae a los hechos acaecidos en 2019. Son los mismos masistas que se acusan, esta vez entre unos y otros, de golpismo. Mientras, otros miramos de fondo con sorpresa reconociendo, por segunda vez, el fraude del MAS.

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Bolivia: la construcción de un proyecto político. (Mateo Rosales).

El camino autoritario de Bolivia. (Mateo Rosales).

En Bolivia no hubo un golpe de Estado (2019). (Mateo Rosales).

La diplomacia remunerada

En algo han medrado algunos de los regímenes más brutales de nuestra época. Y todavía lo son, más allá de su natural pretensión de perpetuarse en el poder a costa del atropello de los derechos humanos de los ciudadanos y la persecución constante contra la disidencia. Un éxito obtenido a partir del despliegue de una estrategia de propaganda y de diplomacia en beneficio propio.

Estamos en un contexto de polarización que se experimenta en el mundo occidental de forma generalizada. El camino hacia las elecciones presidenciales en Estados Unidos es un caso paradigmático actual. En ese terreno se debaten, todavía, cuestiones que hace algunos años se habían pensado superadas. Es el caso de la conservación de la democracia o el reconocimiento de su institucionalidad. Este es un principio sine qua non para la convivencia. Así, emergen motivaciones, objetivos comunes y personas que exponen una de las fuerzas naturales de la condición humana: el afán de supervivencia.

El expresidente de España, José Luis Rodríguez Zapatero, visitó Bolivia unos días atrás. El acto se encuadra en el marco del seminario internacional ‘Nueva arquitectura financiera regional, desafíos para una mejor integración en un mundo de cambios’. El seminario reunió a varios representantes del Grupo de Puebla, en su calidad de portavoces del socialismo del Siglo XXI. Fueron Luis Arce, presidente de Bolivia, Alberto Fernández, expresidente de Argentina o Delcy Rodríguez, ideóloga y mano derecha de Nicolás Maduro.

La diplomacia remunerada

En una de las varias entrevistas que sostuvo el expresidente español, manifestó su interés en mediar en la construcción de una alternativa viable para la unidad del Movimiento al Socialismo – MAS (partido de Evo y Luis Arce, ahora divididos). Sería una muestra de inevitable consenso entre ambos bandos, hoy en confrontación directa.

No es la primera vez que en tiempos de crisis asoma la oscura sombra del Grupo de Puebla o de portavoces como Rodríguez Zapatero para influir en el desenlace visible de un proyecto que se cae a pedazos y tratar de evitarlo. Hablamos de la separación del MAS y su inestabilidad interna. Puede convertirse en uno de los motivos de su posible derrota electoral en 2025.

La ‘diplomacia remunerada’ ha sido parte de un plan perfectamente diseñado y eficiente para el despliegue de la estrategia propagandística de los regímenes socialistas actuales. Lo vislumbró el mundo el siglo pasado cuando el régimen comunista ruso hacía uso de todo un aparato de inteligencia para generar un contra-discurso que seduzca a una parte del mundo occidental democrático hacia ese drama siniestro que fue el estalinismo. No obstante, ya se había diseñado parte de este apartado y estrategia antes de morir Lenin.

Rodríguez Zapatero obvia los atropellos a los Derechos Humanos

Estos representantes que forman parte de la diplomacia oportunista entran en franca contradicción cuando de análisis de la realidad se trata. Son conscientes, eso sí, de que la ‘revolución’ (llámese bolivariana, socialista, progresista) requiere algo más que ganarse a las masas. Esta revolución necesita de periodistas, clase media, artistas, etc. En síntesis: creadores de opinión. El expresidente español habló de los desafíos de Bolivia. De su economía, de su política y de su sociedad, omitiendo mención alguna de los más de 200 presos políticos y los más de 2000 exiliados como consecuencia de la persecución política impulsada por Evo primero y Arce después.

Tampoco hizo ninguna referencia al arresto ilegal del gobernador de Santa Cruz, Luis Fernando Camacho. Ni habló sobre la serie de irregularidades denunciadas a la comunidad internacional de los procesos judiciales contra la expresidenta de Bolivia, Jeanine Áñez. Áñez cumple tres años de ilegal reclusión tras una sentencia a diez años de privación de libertad por el régimen del MAS.

Una forma envilecida de reciclaje

En otro sentido, habla de consenso e integración regional; de democracia y de diálogo. Mientras, en España se dedica a defenestrar y acusar a los partidos de oposición desde el estrado del Partido Socialista, hoy empapado de casos de corrupción en las más altas esferas del poder ejecutivo.

Rodríguez Zapatero hoy no ocupa ningún cargo de relevancia en su país, ni institucional ni orgánico. Pero ha decidido ser el portavoz de las dictaduras latinoamericanas y uno de los principales cabecillas de la banda del Grupo de Puebla. En el fondo no defiende una ideología ni una idea política. Ni siquiera una amistad o cierta empatía política que pudiese existir. Se trata, sencillamente, de una forma envilecida de reciclaje a la que optan quienes no tienen otra forma de mantener cierta vigencia y subsistencia.

En el caos se puede crear y defender una mentira, pero la consecuencia más cara siempre será creérsela. En el caso del expresidente, esto último es posible que no ocurra. Vivir de la mentira no es lo mismo que perseguir un ideal, por más infame que este resulte.

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El agotamiento de la nueva ola populista. (Mateo Rosales).

La diplomacia de la vergüenza. (Mateo Rosales).

Bolivia: la construcción de un proyecto político

La democracia es el sistema a través del cual diversas posiciones ideologías y visiones del mundo se someten a un ejercicio de diálogo para construir una sociedad, donde las mayorías y minorías sean emplazas a coexistir en el marco del respeto y la convivencia entre distintos. Este ejercicio democrático se practica por medio de los partidos políticos y sus representantes, que son los que tienen la obligación de hacer valer las ideas e intereses de sus representados, votantes o afiliados que confían en su opción política, entendida como su propuesta material y alternativa que contiene una respuesta clara sobre cómo considera que deben hacerse las cosas para conseguir el objetivo que se proponen.

Normalmente, en un Estado democrático, este objetivo no es otro que mejorar la calidad de vida de los ciudadanos, que es la finalidad de la política en sí misma: otorgar al ciudadano una solución a lo que este conjunto de representantes considera que es un problema.

Los partidos políticos como empresas

Un partido político es algo similar a una empresa que actúa en un mercado complejo. Ofrece un producto que debe resultar atractivo para que tenga éxito y esto se consigue con un análisis de mercado exhaustivo: encontrar una respuesta fehaciente a una necesidad latente. Por su parte, la clientela querrá probar el producto, conocerlo, familiarizarse con él y, si se puede, incorporar la oferta en su día a día. A partir de ahí, esta misma clientela tenderá a la fidelidad, pero he aquí el riesgo: si una persona se siente traicionada, reaccionará desde su instinto más sentimental.

Solo los grandes partidos han podido sobrevivir en el tiempo. Sin perder su esencia, han sido capaces de adaptarse a los tiempos que corren y seguir siendo una alternativa de poder viable en un entorno volátil de cambio constante y donde las relaciones entre las personas y, por lo tanto, de estas con las organizaciones conlleva un esfuerzo adicional. La construcción de la identidad entre las personas y los partidos es el desafío más importante de estos últimos a la hora de asumirse como alternativa política y perdurar en el tiempo, incluso más allá de su periodo de mandato.

Pero es algo más

En un mundo sometido cada vez más a las transformaciones, la conservación de la identidad es todavía más difícil y es uno de los rasgos que más caracteriza el vínculo emocional que se construye entre las personas y las organizaciones. Es aquí donde se constata la diferencia esencial: un partido político es algo más que una empresa y tiene una función más profunda y trascendental para la democracia. Un ciudadano puede perdonar o ignorar un problema que a la luz de las dificultades puede adquirir diferentes motivos y soluciones, pero una pérdida de la identidad puede significar el fracaso absoluto.

Más allá de la crisis de partidos que existe en Bolivia –que es fácilmente extrapolable a otro caso en la región– desde hace mucho tiempo y todo lo que conlleva su reforma y la del sistema electoral (sobre esto se puede debatir cuestiones como la democracia interna, la participación, los límites o exigencias para condicionar la perduración de una organización, etc.), el componente político y social de los partidos permanece, a pesar de las dificultades del contexto. Es decir, tanto el liderazgo y como el proyecto son independientes de la coyuntura hostil que pueda atravesar un país y su sistema democrático en un determinado momento, como es el caso de Bolivia.

Movimiento al Socialismo

Liderazgo y proyecto son dos elementos fundamentales de cara a la construcción de una alternativa y un vínculo ciudadano-organización. El primero hace referencia a la confianza que el representante o candidato es capaz de transmitir a “su” representado, que se traduce en seducción y convencimiento. El segundo supone que el partido debe ser capaz de interpretar correctamente la realidad y establecer una línea de acción coherente con lo que está proponiendo a la ciudadanía.

En momentos en los que las circunstancias son complejas y adversas, es cuando la toma de decisiones adquiere un peso más trascendental. El Movimiento al Socialismo (MAS) es un claro ejemplo de un partido en quiebre que no tiene un proyecto político consecuente a los desafíos que demanda el contexto nacional y global actual. Carece de legitimidad para la mayoría de los bolivianos y los últimos años ha experimentado una pérdida de identidad que puede ocasionar el fin definitivo del proyecto político de 2006.

Si lo que se pretende es ofrecer una alternativa política al MAS es necesario construir un proyecto de cara al ciudadano sobre la base de la legalidad, pero no quedarse ahí. Sin un proyecto atractivo de país, sin la ilusión de una meta que nos permita avanzar como comunidad, un partido político y, por lo tanto, su liderazgo, estará incumpliendo su primera y fundamental obligación.

Vencer a Evo

Para ganar es ineludible ir más allá de la denuncia política y de la defensa de la democracia. Si la oposición no es capaz de entender que para alcanzar el objetivo es necesario que Evo y Arce no sean el único horizonte del debate, no sólo se estará perdiendo una oportunidad de cara al 2025, además se estará trasmitiendo al conjunto del país que el partido/oposición/líder no es capaz de avanzar con un proyecto propio, que es carente de un proyecto ilusionante para Bolivia acorde con los nuevos tiempos.

Un partido es una comunión coherente entre el liderazgo y el proyecto, su éxito dependerá de quienes lo nutran e impulsen para alcanzar el poder. El partido se fortalece con la gente, los ciudadanos, los votantes, en un contexto donde la oferta y la demanda (también políticas) no se detienen y continúan avanzando.

Ver también

El camino autoritario de Bolivia. (Mateo Rosales).

El camino autoritario de Bolivia

Unas semanas atrás participé como ponente en un ciclo de conferencias (aquí) que organiza la universidad UCEMA de Buenos Aires. Fui como representante de la organización Libres en Movimiento. Nos convocaron los desafíos de la democracia, los avances y retrocesos experimentados al respecto en la región. También el análisis sobre el papel de las instituciones públicas a la hora de plantear respuestas en este contexto de constante cambio y volatilidad en Latinoamérica.

La conferencia giró en torno a la situación política en Bolivia en un momento clave. Hay proceso de desgaste interno que atraviesa el Movimiento al Socialismo (MAS). Se agudizan las prácticas autoritarias del régimen de Luis Arce. La oposición política actúa en un contexto de persecución, de carencia de propuestas estructurales alternativas. Y ello bajo un evidente intervencionismo del Gobierno en todas las instituciones públicas. Esto dificulta enormemente la construcción de un proyecto de oposición que prospere en el largo plazo.

Degradación institucional

Desde el año 2006, Bolivia ha sido testigo de la degradación institucional permanente y progresiva que ha ejecutado el MAS. Se agravaron las carencias que quedaron pendientes antes de la llegada del régimen al poder y que era necesario corregir, respecto de elementos que no se habían superado entonces. Desde el retorno a la democracia el año 82’, el sistema de justicia o la corrupción como enfermedad incrustada en las instituciones pública ha creado un sistema totalmente sometido al poder central. Tenemos una economía al borde de la crisis y una sociedad tan dividida y polarizada como en los peores momentos de la historia nacional, pero con un ingrediente adicional que caracteriza a este tipo de autoritarismos de corte populista: la fragmentación a través del odio.

En las próximas elecciones nacionales, en caso de noticia de última hora, se habrán cumplido casi veinte años desde la conquista del poder –atendiendo a los términos que ellos suelen batir en sus arengas: la permanencia en el poder pasa por el asalto y la lucha irreconciliable entre unos y otros– de Evo Morales y el MAS.

Trazos del sistema masista en Bolivia

El panorama que se vislumbra no es halagüeño. A lo largo de este periodo se ha reproducido una práctica política que será difícil superar. Ha exacerbado las falencias del sistema político bolivariano, como una base social construida desde el propio ideario autoritario. El sometimiento de todos los poderes públicos. La corrupción y el narcotráfico impulsados desde las instituciones públicas de representación, como el Gobierno. El prebendalismo y el corporativismo a costa de la distribución equitativa de los recursos del Estado. La inexistencia de un principio de imparcialidad a la hora de impartir Justicia. Y la desinstitucionalización de todo el sistema político. Todo ello para que, en medio del caos, sea más sencillo imponer el rodillo totalitario y someter a la ciudadanía.

El MAS representa lo opuesto a una alternativa democrática. Los componentes de este partido son diversos en cuanto a la base y la representación social. Pero se distinguen por su método de interacción con la sociedad y la administración pública. También por la concepción que tienen del espacio público en lo que respecta al quehacer institucional y a la práctica política democrática en sí misma.

Luis Arce

Ese es uno de los motivos por los cuales la lógica autoritaria del MAS no se diferencia en uno y otro momento desde el 2006. Y ello teniendo en cuenta el periodo transitorio entre el 2019 y el 2020, que significó un recambio en la representación del partido y en la presidencia del Estado. Habiendo ganado las elecciones nacionales en 2020, Luis Arce continúa poniendo a disposición de sus propias bases la síntesis de los trece años de gobierno de Morales. Esto supone un autoritarismo desempeñado desde el poder central que busca capturar el debate en torno a la sociedad, la igualdad, la conciencia ciudadana y la justicia social. Hilvana una lógica hegemónica de ruptura con el orden constitucional ya seriamente debilitado en ese momento.

Incluso, la lógica autoritaria de Luis Arce se agudiza porque carece de tres factores claves que, en parte, explican este proceso. Son la base social y política, la bonanza económica y la imagen internacional. Además, que su propio proyecto político está en juego y el tablero no se inclina en particular frente a un adversario de oposición, sino a un enemigo interno que le impone la radicalidad de su juego.

MAS es el problema

Por tanto, el problema no es del caudillo de turno, sino del partido político en sí mismo. Se agotan aquellos que piensan que con el MAS es posible llegar a acuerdos de Estado. Y que los hechos de violencia y de interrupción del orden constitucional son circunstanciales. Para que ello ocurra, el partido tendría que experimentar un revulsivo que haga reflexionar a las bases que lo componen y renovar los liderazgos que se vislumbran en su interior. Cuestión improbable observando su naturaleza de origen: organizaciones hiper-verticalistas y personalistas, que entienden el proceso democrático como un puente entre lo deseado y lo obtenido a costa de la legalidad.

La democracia es una conversación pública de voces plurales. Es el proceso mediante el cual convergen posiciones distintas, pero que tienen la predisposición de llegar a un acuerdo que construya la idea de habitabilidad entre todos. La política es el vehículo para ello.

En Bolivia es necesario y urgente cambiar esa concepción de la política. Fortalecer la idea que se ha concebido a la hora de defender la democracia y asegurar su instalación en el sistema público, como forma de convivencia entre todos los bolivianos. No caben medias tintas a la hora de denunciar los hechos que ponen en evidencia el totalitarismo perpetrado por el MAS. Es el momento de trasladar a la ciudadanía, con contundencia, la esperanza en un proyecto político alternativo. Éste ha de ser capaz de atraer la convicción de la gente en hacia una propuesta para de su vida, más allá de la falsa política que ha experimentado el país en las últimas décadas.

La diplomacia de la vergüenza

Estamos acostumbrados a las patéticas puestas de escena que el Movimiento al Socialismo (MAS) en Bolivia (parte del eje Cuba-Venezuela-Nicaragua) promueve desde los focos de circos mediáticos sometidos a su disposición. Son solo unos pocos los que creen las mentiras y derroches que profesan el actual presidente Luis Arce y sus beatos seguidores: los que viven del tesoro público y los que no tienen otra circunstancia, idea o ideología a la que aferrarse porque, sencilla y llanamente, carecen de la conciencia suficiente para tenerla, entonces vemos cómo unos allegados al Gobierno boliviano hablan de ‘refundación del Estado’, de ‘vivir bien’, de la ‘lucha por la soberanía de los pueblos’ y de conquistas varias que nadie conoce porque, simplemente, no existen y son objeto de inventivas trabajadas desde el odio y el populismo que impulsaron una vez sujetos como Álvaro García Linera (exvicepresidente e ideólogo del Socialismo del SXII), entre otros.

Lo sorprendente es ver cómo personas que deberían ocupar un cargo institucional de prestigio por la labor que han desempeñado o tener una cierta mediación para promover los valores que en su país de origen dicen defender, bajo el sentido común que debería imperar en la política –aquella virtud perdida en nuestro tiempo– se sometan a las líneas defensivas de los caudillismos más abyectos que ha conocido la región latinoamericana en las últimas décadas.

José Luis Rodríguez Zapatero, visitó Bolivia una vez más para enarbolar las banderas del socialismo del Siglo XXI junto a uno de sus más emblemáticos representantes, Evo Morales. Pero antes había hecho escala en Bogotá para laurear al candidato chavista de cara a las próximas elecciones generales en Colombia.

En su intervención junto al caudillo, con la elocuencia que lo caracteriza y los gestos que muestran su notable capacidad para disfrazar o empañar intenciones profundas como pocos hombres los hay que un día defienden el Estado de Derecho y las leyes en los sitios donde no se está permitido corromperse, y en otros espacios no tienen la vergüenza suficiente para empatizar con los acusados de destruir las instituciones públicas y perseguir a ciudadanos libres, el expresidente español manifestó: “la historia escribirá las mejores páginas para el cambio, el progreso, la justicia, la igualdad y la dignidad en Bolivia (…) esas páginas las van a escribir con el nombre de Evo Morales (…) ¿qué era Bolivia hace 20 años? Un país abandonado, oprimido, donde había millones de personas que no eran ciudadanos, que no existían, invisibles, sin derechos y en menos de una década estáis aquí firmen sabiendo que este país es vuestro, y que todos los hijos de la gente humilde tiene los mismos derechos que los hijos de los poderosos”.

No se trata solo de ignorancia, porque nadie ignora los hechos ciertos ocurridos los últimos años en Bolivia. El problema de explotar el victimismo táctico y las mentiras constantes en favor de alguien delatado hasta la saciedad por sus actos oscuros y puesto en evidencia por la Comunidad Internacional democrática es que efectivamente la gente te considere una víctima…pero de tu propia incompetencia.

Zapatero evitó hablar de la persecución y el encarcelamiento arbitrario de la expresidenta –como él– Jeanine Añez. No se pronunció respecto a la dependencia del sistema de Justicia a la política autoritaria del poder Ejecutivo. No dijo nada respecto a la corrupción que invade a las instituciones públicas por culpa del intervencionismo exacerbado que ejerce el partido de su anfitrión y olvidó por completo los antecedentes que imputan a Evo sus responsabilidades en la transición política de 2019, reconocidos por la OEA y la Unión Europea.

El expresidente español hoy no ocupa ningún cargo de relevancia, ni institucional ni orgánico, y ha decidido ser el portavoz de las dictaduras latinoamericanas y uno de los principales cabecillas de la banda del Grupo de Puebla. No se sabe a qué coste o bajo qué intercambio es capaz de proferir semejantes declaraciones, pero lo que sí sabemos es el resultado de sus defendidos y el calibre de su ignorancia y su interés egoísta.

Es una cara visible que solo sale a la superficie para defender lo que él considera que es correcto, lo contrario, precisamente, a lo que dice y hace al otro lado del charco, aunque en España se lo considere parte de un pasado que es mejor olvidar, como están intentando hacer los bolivianos con uno de los presidentes que más se ha enriquecido a costa de los ciudadanos y que más ha corrompido las instituciones públicas.

Rodríguez Zapatero y Evo Morales representan el fracaso de una sociedad sin rumbo claro y de una política vilipendiada por la corrupción y el autoritarismo sin escrúpulos. Ambos son el símbolo vetusto de la decadencia moral e ideológica en la que hoy estamos inmersos. Son el reflejo del poder grotesco, de política envilecida y de la derrota de la razón.