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Etiqueta: Cambio climático

¿Por qué cierran los parques en Madrid?

Muchos vecinos madrileños se están encontrando esta primavera y verano con un nuevo fenómeno hasta ahora desconocido, y quizá pionero a nivel mundial. Ya asomó la cabecita el verano pasado, pero parece estar normalizándose y, si no hacemos nada por evitarlo, pasará a formar parte de nuestras vidas. Me refiero al cierre de los parques públicos por causas climatológicas.

Llevo viviendo en la capital casi 40 años, y no recuerdo haberme encontrado un parque cerrado al público. Ahora pasa con la suficiente frecuencia como para que no se me olvide de una vez para la siguiente, y haya decidido escribir este artículo, con cierto tono de denuncia. Como digo, ya no es raro ver a horas no intempestivas, un grupo de personas atónitas, contemplando la puerta cerrada del parque al que han salido a pasear o a llevar a los niños a jugar. Una aproximación para inquirir por las causas de tal cierre revelará poca más información, normalmente un folio con el parco rótulo: “Cerrado por climatología adversa”.

Uno se pregunta en qué consistirá la climatología adversa que fuerza tal cierre, mientras contempla el sol radiante sin nubes y observa la perfecta quietud de los árboles ante la ausencia de una mínima brisa. El visitante frustrado no tarda en darse la vuelta y proseguir su camino hacia otros pagos, pero el más reflexivo se pregunta por las razones de tan nuevo fenómeno, que además solo afecta a los parques públicos.

Según la Asociación Vecinal Retiro Norte[1], a fecha 8 de julio se habían cerrado los parques madrileños ni más ni menos que 25 días en 2025, aproximadamente el 14% de las jornadas. Por comparar con un sitio similar no público, el Parque de Atracciones de la misma ciudad, cerró la última vez en 2023 por un corte de luz. El parque Zoológico, otro lugar comparable, no ha cerrado desde que fuera obligado en 2020 a consecuencia del COVID.

Las razones son fáciles de entender. En los dos últimos recintos, el cierre supone pérdida de ingresos para sus dueños, que es algo que normalmente un empresario no se puede permitir. Imagínense qué empresa podría sobrevivir si perdiera el 14% de sus ingresos por climatología adversa como la que he descrito más arriba. En cambio, cuando se cierra un parque municipal, no se pierden ingresos ni, de momento, votos. Lo único que se pierde son unas horas de trabajo del funcionario de turno, quien quizá sea además el que toma la decisión del cierre, por lo que es muy fácil entender cuáles van a ser sus incentivos para tal decisión.

Es evidente que el escaqueo funcionarial no puede ser la causa última, porque entonces los parques habrían dejado de estar abiertos hace años. No, por supuesto que no. La causa última es la protección del ciudadano, con quien la administración municipal prefiere no correr riesgos. La estancia en un parque, como tantas situaciones en la vida, es causa de riesgos. Si hace mucho viento, pueden caerse ramas; si llueve o nieva, te puedes resbalar; si hace calor, no sé, a lo mejor es más fácil que prenda un fuego.

En la medida en que dichos riesgos sean controlables, lo que harán los empresarios será invertir en el mantenimiento y puesta a punto de las instalaciones, para tratar de reducirlos tanto como puedan. Los empresarios saben que clientes accidentados no son buenos clientes, y que en caso de riesgo cierto siempre será mejor cerrar el parque. Pero también saben que es mejor prevenir que curar, y que el cierre les supondrá frustración a sus posibles clientes y pérdidas de ingresos. Por ello, prefieren gastarse el dinero en hacer su parque lo más seguro posible y evitar cerrarlo al mínimo contratiempo.

Pero el mismo razonamiento no aplica a las administraciones públicas, por la sencilla razón de que tal mantenimiento implica un coste sin la correspondiente expectativa de ingreso. La gestión pública, por su propia naturaleza “filantrópica” de no buscar beneficios económicos, ve cualquier inversión como puro coste, y lógicamente trata de reducirla al máximo. Si a esto unimos el arma de destrucción masiva que es el poder de imponer cosas a los ciudadanos, tarde o temprano se dan cuenta de que la mejor solución para no incurrir en costes es que la gente no use sus servicios. De aquí a buscar causas objetivas que justifiquen el cierre, en este caso de los parques en Madrid, hay solo un pequeño paso, y voila, se explican los 25 días de parques cerrados en 2025.

Pero, ¿por qué limitarse a los parques en Madrid? También empieza a ser un clamor el mal estado de las carreteras en España, que nuestro Gobierno está resolviendo mediante un expediente simple, barato y original: poner una señal avisando del mal estado del firme. Todo sea por la eficiencia de la gestión, porque seguro que así se permiten unos ahorros de fondos que tanta utilidad pueden encontrar en comprar apoyos en el País Vasco, Cataluña y segmentos sociales, como el Verano Joven.

Obvio es decir que tal ausencia de mantenimiento, por mucha señal que se ponga avisando, hará que las carreteras se deterioren más hasta el punto de hacerse peligrosas. ¿Cómo evitar que aumente la siniestralidad sin tener que gastar un Euro en mantenerlas? Prohíbase la circulación por tales tramos.

Todo esto a alguien le puede sonar exagerado y hasta histriónico. Y puede que lo sea. Pero yo no puedo evitar recordar hace 5 años cuando el COVID se extendió por el mundo y a ningún Estado se le ocurrió lo de invertir para ampliar puntualmente la capacidad del sistema sanitario (alguna honrosa excepción hubo precisamente en la Comunidad de Madrid). Todos prefirieron confinarnos en nuestros domicilios y ahorrarse dinero y riesgos: las consecuencias psicológicas y físicas nos las comimos los ciudadanos, como nos comeremos las económicas que a no mucho tardar aflorarán.

En el COVID quedó patente la resistencia de cada sociedad a las imposiciones estatales contra la libertad, y los Estados aprendieron que a veces es más fácil y barato prohibirnos cosas que solucionar problemas. El cierre arbitrario de los parques madrileños no está tan lejos como parece de aquel terrible confinamiento, ni en tiempo ni en concepto. Solo cabe esperar que ahora sí nos resistamos.


[1] https://decide.madrid.es/proposals/39216-cambio-al-protocolo-de-cierre-de-parques-en-verano

¿Red de periodismo climático, o de activismo?

En Alemania una red de periodistas activistas fundada en 2021 ha elaborado unas directrices y un código para el periodismo climático, que muchos periodistas e incluso medios de comunicación han firmado. La radiotelevisión pública está especialmente bien representada. Estas directrices tienen poco que ver con el periodismo tradicional, sino con la manipulación de la opinión y el activismo.

También ha causado revuelo un folleto del WDR sobre la elección de palabras apropiadamente alarmistas, en el que se sugiere que, en lugar de utilizar términos objetivos, se recurra a la valorización y dramatización de términos como crisis climática, calentamiento global y negacionista del clima.

Un poco de lectura nos permite confirmar que esto no sale de la nada, sino que es el resultado de una acción concertada de periodistas activistas del clima. Ya en julio de 2021, estos periodistas se reunieron para formar una red de periodismo climático con el fin de idear y poner en práctica conjuntamente este tipo de cosas.

Carta de la Red de Periodismo Climático

Desde el verano de 2022, existe una “Carta de la Red de Periodismo Climático” para informar sobre el clima de forma adecuadamente alarmista. En total, 302 periodistas de Alemania han firmado abiertamente. También han firmado unos 150 de Austria. Hay un número desconocido de firmas no públicas.

Según estos profesionales del periodismo, es tarea del periodismo climático:

  • aclarar la amplitud de la crisis, siempre, no sólo ligada a la actualidad y más allá de las fronteras departamentales,
  • guiarse por el “estado de la ciencia” y evitar el “falso equilibrio”, es decir, no permitir que aparezcan posiciones minoritarias,
  • reconocer como un hecho que el colonialismo y el paradigma del crecimiento son causas de la crisis climática,
  • predecir una “catástrofe irreversible” si los responsables no actúan con decisión en los próximos años,
  • declarar que la crisis climática es una amenaza para la democracia y los derechos fundamentales,
  • tomar el Acuerdo Climático de París de 2015 y la “sentencia climática” del Tribunal Constitucional Federal Alemán de 2021 como (incuestionables) directrices y guías,
  • y garantizar así la preservación de las bases de la vida para “todos los seres vivos de este planeta”.

¿Periodismo o activismo?

En otras palabras: debido a la importancia de la cuestión, cualquier medio está justificado para agitar y ejercer presión, incluso cualquier exageración. No importa que es casi seguro que seguirá habiendo muchos seres vivos en este planeta, aunque se haya vuelto demasiado caliente para los humanos. Este modelo del lenguaje dramatizado es perfectamente reconocible tanto en el folleto de la WDR como en la “Guía para los medios de comunicación” del WWA (World Weather Attribution).

La transición al activismo climático es fluida. Por eso, uno de los cofundadores de la Red de Periodismo Climático, Raphael Thelen, se retiró del periodismo hace unos meses y ahora se dedica a “trabajar” en las calles en nombre de la Última Generación. Los firmantes de la Carta a menudo no mencionan a sus empleadores. Frecuentemente, son free-lancer que trabajan para distintos medios. En aquellos casos en que han nombrado instituciones, surge un claro enfoque que apunta a los medios públicos. Se mencionan 13 veces la institución ARD, tres veces HR (Radiodifusión de Hesse), tres veces Deutsche Welle, dos veces ZDF y una vez Deutschlandradio. Además, el colectivo de investigación y “fact-checking” Correctiv está representado cuatro veces, el Tagesspiegel tres veces, y ntv y t-online dos veces cada uno.

Los medios de comunicación austriacos van aún más lejos

La rama austriaca de la red va un paso más allá y, además de la carta para periodistas individuales, ha elaborado unas “directrices para el tratamiento editorial de la crisis climática“. Las publicaciones deben comprometerse a respetar este código. Entre otras, ha firmado la APA – Austria Presse Agentur, la mayor agencia de noticias de Austria, propiedad de diarios austriacos y de la cadena pública ORF. En la presentación del Código, APA estuvo representada en el podio por su redactor jefe, y ORF por su responsable de sostenibilidad. La influencia de las agencias de prensa dominantes, cuyas contribuciones son adoptadas por muchos medios de comunicación, es enorme.

La APA y los periódicos y revistas firmantes se comprometen a tratar la crisis climática junto con la extinción de especies como la crisis más urgente de este siglo y a darle mayor prioridad que a todos los demás temas, dar a la información sobre el clima amplio espacio y recursos en todos los temas y departamentos, destacar las consecuencias del calentamiento global y las posibles vías de actuación, hacer justicia al alcance y las consecuencias de la crisis climática con ilustraciones y elección de palabras, no restar importancia a los acontecimientos (por dudosos que estos sean en su atribución) que puedan atribuirse al calentamiento global provocado por el hombre.

Visión unívoca del mundo

Estos códigos para periodistas se basan en una visión del mundo en la que la modelización común del complejísimo fenómeno del clima ya no es un “hecho” cuestionable. Por eso ellos no necesitan dar explicaciones: “El periodismo climático no es activismo”. La red alemana ofrece, entre otras cosas, un “Manual de Periodismo Climático” cuyos “hechos climáticos” se supone que ayudarán a los periodistas y a otras personas en su supuesta tarea de “hablar del clima de forma que la gente se sienta motivada para actuar”.

La red también ofrece una lista de expertos universitarios adecuados de los que se garantiza obtener declaraciones en el sentido de las directrices. Organiza grupos de trabajo y conferencias de expertos para periodistas. A partir de septiembre, por ejemplo, hay una “sesión informativa sobre el clima 5vor12“. El divulgador de los puntos de inflexión climáticos supuestamente irreversibles, Stefan Rahmstorf, dio el pistoletazo de salida con una charla sobre cómo clasificarlos.

Rehuyen el debate

Se reconoce a primera vista y en todas partes: los miembros de la Red de Periodismo Climático están 100% seguros de su (buena) causa. Sólo dudan y cuestionan los argumentos y posiciones del supuesto o real bando contrario. No hay ningún interés en el intercambio abierto con los escépticos más o menos moderados de la teoría climática pura, y posiblemente ni siquiera en aprender de ellos.

En todos estos textos se explica con detalle por qué es tan importante seguir diciendo a la gente que la ciencia está de acuerdo y en consenso, recurriendo a los descubrimientos de la psicología (de masas). En resumen, el argumento es: la ciencia ha establecido que la gente creerá cualquier cosa si se le dice con suficiente frecuencia que la ciencia lo ha establecido.

Periodismo o propaganda

Una vez más, me gustaría subrayar que no tengo una opinión firme sobre las cuestiones planteadas aquí, principalmente porque es muy difícil encontrar informes imparciales sobre la polémica en torno a si el cambio climático es una crisis catastrófica para el planeta o únicamente un serio problema en ciertas regiones que se ven más afectadas. Lo que está claro, sin embargo, es que lo que propaga la red de medios en general ya no es periodismo, sino propaganda. Los miembros y firmantes de las diferentes “cartas de periodismo climático” que ven acercarse el fin del mundo o de la humanidad lo consideran necesario. Puede que tengan razón. Pero que lo sigan llamando periodismo es engañoso. Deberían ser honestos y rebautizarse como “Red de propaganda climática”, por ejemplo.

Creo que es muy honroso que la gente defienda algo que es importante para ellos por responsabilidad social general. Pero también creo que, si lo hacen como periodistas, deben atenerse a los principios del periodismo en un sistema plural y democrático. Estos incluyen informar de la forma más completa y objetiva posible y separar la opinión de la información de la forma más clara posible para que los receptores tengan la oportunidad de formarse su opinión libremente sin ser manipulados. Por el contrario, lo que propaga la Red de Periodismo Climático germana es la manipulación mediante el uso selectivo de trucos psicológicos, el abuso del lenguaje apocalíptico y la selección de temas sobre los que informar.

Ver también

Greta Thumberg y su club de fans necesitan ser realistas sobre el cambio climático. (Eliot Wilson)

Amigos de la ciencia y la libertad (análisis del periodismo basura). (Francisco Capella).

La ciencia del cambio climático y otras religiones. (José Carlos Rodríguez)

Greta Thunberg y su club de fans necesitan ser realistas sobre el desafío climático

Por Eliot Wilson. Este artículo ha sido publicado originalmente en CapX.

El Festival Internacional del Libro de Edimburgo celebra este año su 40 aniversario. Por desgracia, este año no todo ha ido como la seda. A principios de mes, Greta Thunberg anunció que renunciaba a participar en un acto titulado “No es demasiado tarde para cambiar el mundo”. ¿Por qué? Porque el festival está patrocinado por la venerable gestora de inversiones Baillie Gifford, que, según Greta Thunberg, “invierte fuertemente en la industria de los combustibles fósiles”. Su apoyo al festival era, por tanto, poco más que “lavado verde”, justo el tipo de manipulación que la profetisa del clima considera inaceptable.

La Juana de Arco del calentamiento global, no llegó donde está hoy sin saber cuándo sus tropas caerán detrás de ella. Por eso, la semana pasada, más de 50 autores y presidentes de mesas redondas, entre ellos Zadie Smith, Gary Younge y Ali Smith, escribieron a los organizadores del festival en apoyo de Greta Thunberg, exigiendo que Baillie Gifford se deshaga de cualquier inversión en combustibles fósiles o sea sustituida como patrocinadora de la edición de 2024. De no ser así, advierten seriamente, boicotearán el evento del año que viene.

Thunberg, un éxito que no se basa en el debate

Dejando a un lado el tedio rutinario de este tipo de señalización de virtudes de bajo riesgo, el juicio de Thunberg sobre Baillie Gifford es en gran medida una cuestión de perspectiva. La inversión que califica de “pesada” asciende a alrededor del 2% de los activos gestionados por la empresa, en un sector en el que la inversión media en productores de combustibles fósiles es del 11%. Y de las inversiones que componen ese 2%, muchas son en empresas que ya están reduciendo su participación en los combustibles fósiles, mientras que otras se dedican activamente al desarrollo de energías limpias.

Pero la preeminencia de Thunberg en el movimiento climático mundial no se ha basado en la discusión, el debate o el intercambio de ideas. Más bien se ha basado en la pureza de sus creencias y la luz interior de su conciencia. Es una prerrogativa suya, por supuesto. Tiene todo el derecho a adoptar una línea intachable que no tolere ningún tipo de compromiso con los combustibles fósiles.

Baillie Gifford promueve la descarbonización

Los que se han unido a ella adoptan un enfoque igualmente absolutista. Según éste, el más mínimo rastro de contacto con la confusión de estas cuestiones se considera fuera de lugar. El punto de vista absurdamente maniqueo de este movimiento fue tipificado por la joven activista climática Mikaela Halls. Dijo dramáticamente a los asistentes al festival: “Vosotros no quemaríais libros, así que ¿por qué quemáis el planeta? Dejad a Baillie Gifford”.

La ironía, sin duda perdida por los fanáticos del clima, es que Baillie Gifford es una empresa con mucho que recomendar. Dejando a un lado la magnitud de su éxito y su modelo de propiedad no jerárquico, la empresa está tratando de utilizar su peso e influencia en los servicios financieros para fomentar la innovación y la descarbonización a través del progreso, en lugar de la insípida vergüenza del carbono. También se puede observar que lleva dos décadas patrocinando el Festival del Libro de Edimburgo, en un momento en que el patrocinio empresarial no siempre puede darse por sentado.

¿Cuáles son las soluciones de Thunberg?

Encontrar soluciones a los retos climáticos no es fácil. Pero, como señaló hace poco John Ashmore, editor saliente de CapX, las maniobras publicitarias para acaparar titulares anteponen el brillo de las credenciales climáticas de los propios activistas a la necesidad urgente de tomar medidas serias. No hay que olvidar tampoco que el Gobierno, a pesar de sus recientes ataques a los ecologistas, está firmemente comprometido con la reconversión de la economía británica hacia una energía y un transporte con bajas emisiones de carbono.

La condena y la intolerancia son fáciles hoy en día, y la doncella de Estocolmo las ha convertido en su especialidad. Lo que está mucho menos claro, sin embargo, es cuáles son realmente las soluciones de Greta Thunberg. O qué quiere que hagan los políticos, más allá de un grito bastante vago de “¡actúen!”. Quizá le convendría leer las famosas palabras de Teddy Roosevelt:

El mérito es del hombre que está en la arena, cuyo rostro está marcado por el polvo, el sudor y la sangre; que se esfuerza valientemente; que se equivoca, que se queda corto una y otra vez, porque no hay esfuerzo sin error ni carencia.

Teddy Roosevelt.

Ver también

El ecologismo como iglesia de la Gretología (Daniel Rodríguez Herrera).

Menos Greta, más Nordhaus. (Álvaro Martín).

La ‘performance’ verde. (Alberto Illán Oviedo).

El activismo emocional no es el camino. (Pablo Castells).

Por qué la energía es cada vez menos fiable -y menos asequible- en todo el mundo

Jared Wall. Este artículo fue publicado originalmente en FEE.

En el libro Green Tyranny -una fantástica historia del movimiento alarmista ecologista-, el autor Rupert Darwall atribuye la responsabilidad del inicio de este movimiento a los alemanes y los suecos.

En 1967, un científico sueco publicó la primera “teoría” sobre la lluvia ácida. Cuatro años más tarde, Bert Bolin, un sueco que llegaría a presidir el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) de la ONU, redactó el primer informe gubernamental de la historia sobre la lluvia ácida.

Era el típico informe gubernamental. Con noventa páginas, comienza con una certeza: “La emisión de azufre a la atmósfera (…) ha demostrado ser un grave problema medioambiental”. Cincuenta páginas más adelante, sin embargo, Bolin admite algunas dudas cuando dice: “Es muy difícil demostrar que el daño (…) se ha producido de hecho”. No obstante, el informe gubernamental concluye con rotundidad: “Es necesaria una reducción de las emisiones totales tanto en Suecia como en los países adyacentes” (el subrayado es mío).

Contra la energía nuclear

Fue en Alemania donde los ecologistas y los activistas antinucleares contrajeron santo matrimonio. Reducir la energía nuclear, dificultar la vida a los propietarios de centrales de combustibles fósiles y subvencionar parques solares y eólicos poco fiables e ineficaces ha sido la política constante de Alemania en las décadas posteriores. El resultado ha sido una subida vertiginosa de los precios de la energía y una red eléctrica cada vez menos fiable. Históricamente, los ingenieros alemanes nunca habían tenido problemas con su red eléctrica. Sin embargo, en 2012, el país sufrió un millar de caídas de tensión. En 2013, esa cifra ascendió a dos mil quinientos, y desde entonces no ha dejado de empeorar. Como resultado, la base industrial de Alemania, siempre líder mundial, ha ido decayendo tristemente a medida que las empresas optan por abandonar el país en busca de pastos eléctricos más fiables.

En 1988, se creó el IPCC durante una reunión en Ginebra, presidida por muchos de los mismos personajes que habían liderado los movimientos ecologistas de Suecia y Alemania durante las décadas anteriores.

Los informes del IPCC

Una de las principales tareas asignadas al IPCC es la publicación periódica de “informes de evaluación” sobre el estado del cambio climático global. Estos informes constan de cientos de páginas y pueden ser extremadamente técnicos. Para los políticos y periodistas con déficit de atención, estos informes van acompañados de un resumen. De forma rutinaria, este resumen tergiversa la sustancia e incluso las conclusiones del informe real. También suele ser objeto de intromisiones políticas; por ejemplo, cuando el IPCC publicó su quinto informe de evaluación en 2014, el delegado alemán ante el IPCC insistió en que se eliminara el lenguaje relacionado con una pausa o hiato en el aumento de la temperatura global porque “confundiría a los votantes alemanes”.

Además, los líderes del movimiento ecologista se han equivocado históricamente en casi todo. Es para reírse:

  1. 1989 – la ONU predijo que naciones enteras serían “borradas de la faz de la Tierra” por el aumento del nivel del mar para el año 2000.
  2. 2006 – Al Gore dijo que los humanos podrían tener solo diez años para salvar al planeta de “convertirse en una sartén total.”
  3. 2018 – Alexandria Ocasio-Cortez declaró que el “mundo se va a acabar en doce años si no abordamos el cambio climático.”

A pesar de todo esto, el tirón emocional de la propaganda de “salvar el mundo” sigue siendo poderoso, y la agenda ecologista marcha.

Un mar de baterías para cinco minutos de consumo

Uno de los principales objetivos de esta agenda ha sido sacarnos de la electricidad generada con combustibles fósiles y llevarnos a la electricidad generada con energía eólica y solar. Hay que reconocer que los ecologistas han tenido mucho éxito instalando un gran número de turbinas eólicas y paneles solares. Sin embargo, han fracasado estrepitosamente en la consecución de su objetivo principal de “sacarnos” de los combustibles fósiles.

A pesar del crecimiento masivo de la capacidad de generación de los parques eólicos y solares, las centrales eléctricas alimentadas con combustibles fósiles siguen siendo un componente insustituible de las redes eléctricas fiables. La tecnología actual de la energía eólica y solar no puede sustituir adecuadamente a la de los combustibles fósiles. Las turbinas eólicas no funcionan cuando no hace viento, y los paneles solares no funcionan cuando no brilla el sol.

Algunos han sugerido que podríamos construir grandes instalaciones de almacenamiento de baterías que, en días soleados o ventosos, podrían utilizarse para almacenar el exceso de electricidad para su uso posterior y superar así este problema. Hace poco, Elon Musk llegó a plantear la idea de construir una instalación de almacenamiento de baterías a gran escala alimentada por parques eólicos y solares. Iba a costar 5.000 millones de dólares, necesitaría más baterías de litio de las que existen actualmente en el mundo y sería capaz de almacenar unos cinco minutos de la demanda de electricidad de Estados Unidos. El almacenamiento en baterías a gran escala no es viable todavía. Otro dato curioso sobre la energía eólica y solar y el almacenamiento en baterías es que almacenar electricidad en baterías es diez mil veces más caro que almacenar petróleo en tanques o carbón en pilas.

Unas fuentes poco fiables

Está claro que los parques eólicos y solares no han añadido nada de valor. Pero es peor que eso: trabajan activamente en nuestro detrimento. Para que una red eléctrica funcione con fiabilidad, la oferta de electricidad debe equilibrarse constantemente con la demanda. Si las centrales generan más electricidad de la que demandan los consumidores, la red eléctrica puede sobrecargarse y las infraestructuras críticas sufrir daños catastróficos.

Por otro lado, si la oferta es incapaz de satisfacer la demanda, el resultado son apagones y caídas de tensión. Para hacer frente a esta limitación física, las centrales eléctricas se han diseñado históricamente para servir a dos propósitos complementarios: generación de carga base y generación de carga variable. Dado que una cierta cantidad de demanda eléctrica puede considerarse constante, los generadores de base se diseñan para funcionar de forma fiable y barata para satisfacer esa demanda. Los picos de demanda se gestionan con generadores variables.

La energía eólica y la solar no son ni lo uno ni lo otro. A diferencia de los generadores de carga base o de carga variable, los parques eólicos y solares son generadores de electricidad aleatorios y poco fiables.

Posibles sobrecargas

Es cierto que en días soleados o ventosos pueden producir cantidades ingentes de electricidad. El problema es que esto hace que aumente la oferta independientemente de la demanda, de modo que cuando la demanda no es lo suficientemente alta como para tener en cuenta la generación de energía de los parques eólicos y solares, las centrales de carga variable e incluso las de carga base deben reducir su generación de energía para proteger la infraestructura de la red contra la sobrecarga.

Para las centrales de carga base, que no fueron diseñadas para funcionar así, los efectos negativos sobre el mantenimiento y la vida útil de los equipos son significativos. En tiempo real, estamos viendo cómo la parte fiable de nuestra red eléctrica se desgasta antes de lo que lo haría en otras circunstancias.

El ejemplo de Tejas

El estado de Texas lo demuestra. Texas ostenta el título de primer estado eólico de Estados Unidos. Durante años, las autoridades han invertido miles de millones de dólares en la instalación de miles de molinos de viento en todo el estado. Para conectar estos parques eólicos a la red se necesitaron mil seiscientos kilómetros de líneas de transmisión. Sólo el coste de esas líneas de transmisión superó los 6.500 millones de dólares. La parte fiable de la red eléctrica de Texas se quedó sin fondos para pagar esta mala asignación política de recursos.

Como resultado, el mantenimiento rutinario se ha ido ignorando cada vez más, y el mantenimiento de emergencia se ha hecho cada vez más rutinario. Cuando Texas fue azotada por una tormenta invernal en el invierno de 2021, provocó un aumento inesperado de la demanda eléctrica invernal. Por desgracia, en ese momento, varias centrales eléctricas críticas estaban paradas por mantenimiento de emergencia, la red fue incapaz de mantener el ritmo, y cientos de personas murieron trágicamente.

Capitalismo de amiguetes

Por si todo esto fuera poco, también está el aspecto de corrupción y capitalismo de amiguetes de la energía eólica y solar. Cuando los parques eólicos y solares aumentan su oferta, el precio mayorista de la electricidad baja de forma natural. Esto hace que los propietarios de las centrales de carbón y gas natural ganen muy poco dinero o incluso pierdan dinero en los días de viento y sol.

Por otro lado, como los políticos quieren obligar a la energía eólica y solar a funcionar independientemente de las realidades del mercado, los propietarios de parques eólicos y solares ganan una tarifa subvencionada por la electricidad que generan independientemente de la tarifa mayorista. Por tanto, los propietarios de parques eólicos y solares están aislados de las consecuencias que su producción arbitraria y políticamente incentivada de electricidad tiene en el mercado.

Para terminar, en los lugares donde la energía solar y eólica están muy extendidas, tanto la calidad de la red eléctrica como el coste de la electricidad son peores que en los lugares donde la energía solar y eólica escasean. Alemania ha multiplicado por trece su capacidad de generación eólica y solar entre 1999 y 2012; también han anunciado recientemente el cierre de su última central nuclear, y su coste por kilovatio-hora ha subido a casi cincuenta céntimos.

En las Carolinas, pagamos entre seis y diez céntimos por kilovatio-hora de electricidad. Sin duda, los hogares y las empresas se verían muy afectados si sus facturas de electricidad se multiplicaran por cinco u ocho. Por desgracia, esa parece ser la dirección que estamos tomando. En Carolina del Norte pagamos un 18% más por la electricidad que nuestros vecinos de Carolina del Sur, simplemente porque los políticos de Carolina del Norte insisten en aumentar la producción solar, mientras que Carolina del Sur sigue dependiendo principalmente de los combustibles fósiles y la energía nuclear.

Un futuro fósil

Ciertamente, hay problemas muy reales relacionados con el estado actual de las cosas. Sin embargo, el problema no es que nos enfrentemos a un cambio climático inducido por los combustibles fósiles tan grave que sea necesario tomar medidas drásticas para “salvar el planeta”. Más bien, el problema al que nos enfrentamos es la reacción a este alarmismo, que está llevando a la degradación de la red eléctrica de la que dependemos para nuestro estilo de vida moderno.

Un camino prometedor para encontrar una solución a este problema se encuentra en el gran libro de Alex Epstein, Un futuro fósil.

La tesis general de su libro es que nuestra estrategia debería consistir en un cambio de retórica. Para ello, debemos enmarcar nuestros argumentos sobre esta cuestión desde el punto de vista de lo que es mejor para el florecimiento humano.

En este sentido, expone tres hechos:

  1. Los combustibles fósiles son una fuente de energía rentable.
  2. La energía rentable es esencial para la prosperidad humana.
  3. Innumerables personas sufren y mueren por falta de acceso a una energía rentable.

Por lo tanto, en lugar de insistir en reducir nuestro consumo de combustibles fósiles, deberíamos tratar activamente de aumentarlo, especialmente en las zonas más pobres del mundo.

Contra el alarmismo

Más allá de esta brillante tesis, el libro de Epstein es una fantástica refutación científica e histórica de todo el alarmismo ecologista. Quizá el mejor ejemplo de ello sea su demolición de la infame curva del “palo de hockey” de Al Gore. En primer lugar, demuestra claramente que el gráfico de Gore, que muestra que la temperatura de la Tierra se ha mantenido constante durante siglos para aumentar desde la Revolución Industrial de la década de 1850, es falso. En segundo lugar, demuestra que hay una curva del palo de hockey que es cierta y que debería dejar estupefacta a la gente: el gráfico del florecimiento humano a lo largo del tiempo.

Durante siglos, el florecimiento humano ha sido plano en términos de esperanza de vida, nivel de vida, acceso a la electricidad e ingesta calórica. Todo esto sólo ha cambiado desde la década de 1850, cuando la humanidad empezó a quemar combustibles fósiles. Desde entonces, hemos visto cómo el florecimiento humano -sea cual sea la medida que se elija- ha aumentado exactamente de la misma forma que el “palo de hockey”.

En conclusión, la economía de mercado lleva a los empresarios a realizar inversiones informadas y calculadas en cosas como la tecnología de iluminación LED con el fin de aumentar también su cuenta de resultados. La economía de mercado también conducirá al desarrollo de una red eléctrica robusta y fiable. La economía política, por el contrario, conduce a la corrupción, el amiguismo, una red eléctrica al borde del fracaso, mayores costes de la energía y una “solución” desde arriba a una falsa crisis que está provocando una disminución del florecimiento humano.

Como en todo lo demás, tanto en el caso de la eficiencia energética como en el de la producción de energía, lo mejor es confiar en el mercado.

Preocupémonos por los negacionistas de las costosas contrapartidas

Kristian Niemietz. Este artículo ha sido publicado originalmente en el IEA.

Harry Lime, el villano de la película clásica El tercer hombre, es un ejemplo temprano del tipo de villano de película inteligente que no es simplemente malo al azar, sino que racionaliza sus acciones de manera que, a su retorcida manera, tienen algún sentido. Lime declara que no hay nada malo en causar sufrimiento a gran escala, porque:

[E]n Italia, […] tuvieron guerras, terror, asesinatos y derramamiento de sangre, pero produjeron a Miguel Ángel, Leonardo da Vinci y el Renacimiento. En Suiza, […] tuvieron 500 años de democracia y paz. ¿Y qué produjeron? El reloj de cuco.

Es una frase memorable, que casi convierte a Lime en una protoversión de un villano de Bond. Sin embargo, es errónea desde el punto de vista económico. Suiza ha producido mucho más que relojes de cuco. Esto ya era cierto en la época en que se rodó la película, y lo es aún más hoy.

El verdadero motivo del éxito de Suiza

Suiza es casi dos tercios más rica que Italia, en términos per cápita. Su población es también es un 50% más rica que la del Reino Unido, un tercio más rica que Alemania, un cuarto más rica que Austria y una décima más rica que la de Estados Unidos y la rica Noruega. Con una población menor que la del Gran Londres, representan aproximadamente la misma proporción de las exportaciones mundiales que México o India, o que Brasil e Indonesia juntos. Para eso hace falta algo más que relojes de cuco.

La razón por la que se subestima fácilmente el peso económico de Suiza es que vende muchas cosas que, como consumidores finales, no vemos directamente; como bienes de capital de gama alta, productos químicos industriales y servicios de gama alta que se prestan entre bastidores. Si la economía mundial fuera un concierto, Suiza suministraría el sistema de sonido y organizaría la logística en torno a él, pero no estaría en el escenario cantando.

La mayoría de la gente no es capaz de nombrar muchas marcas suizas de memoria. Pero si la economía suiza se paralizara mañana, lo notaríamos.

Lo que se ve y lo que no se ve

Un sesgo similar se da cuando grupos ecologistas anticapitalistas como Just Stop Oil, Extinction Rebellion y (a falta de un nombre mejor) el “movimiento Greta” describen el papel de los combustibles fósiles en la economía.

En un minuto explicaré lo que quiero decir con esto, pero antes de nada, una pequeña recapitulación de dónde estamos con la política medioambiental. Oímos hablar mucho de los “negacionistas del cambio climático”, pero hace años que no me he encontrado a ninguno de ellos, y creo que su influencia es exagerada. El difunto Nigel Lawson, por ejemplo, que era una figura odiada por los ecologistas, no era en absoluto un “negacionista del cambio climático”. Lawson no creía que el impacto del cambio climático fuera a ser catastrófico, pero no discutía la existencia del efecto invernadero, ni nuestra contribución al mismo, ni los diversos problemas que causaría en algunas zonas. Incluso aceptó los argumentos a favor de un impuesto sobre el carbono.

Reducciones significativas

Todo aquel cuya voz sea remotamente relevante en este debate acepta que el cambio climático provocado por el hombre es real y que debemos hacer algo al respecto. Como resultado, estamos haciendo algo al respecto. Mucho. Desde finales de la década de 1980, hemos promulgado una serie de ambiciosas medidas políticas contra el cambio climático, que nos han supuesto un gran coste.

Y ha surtido efecto. Desde 1990, las emisiones de CO2 del Reino Unido se han reducido a la mitad, hasta 5,2 toneladas per cápita, el nivel más bajo desde 1860. Sí, parte de ello se ha conseguido externalizando la producción intensiva en carbono. Pero incluso en términos de consumo, las emisiones se han reducido en un tercio desde 1990, hasta algo menos de 7t per cápita. Algunos países son incluso más “verdes”, pero actualmente no hay ninguna economía desarrollada en el mundo en la que las emisiones de CO2 basadas en el consumo estén muy por debajo de las 5t per cápita. A escala mundial, existe una clara correlación positiva entre el nivel de vida y las emisiones de CO2 basadas en el consumo, y 5t parece ser el nivel más bajo al que podemos llegar actualmente si queremos seguir liderando los niveles de vida del primer mundo. La descarbonización es deseable, pero, como muchas cosas buenas, también es cara. Tiene un coste económico real.

¿Qué implicaciones tiene esto en la practica?

Si crees que debemos reducir las emisiones más y más rápido, tienes que ser honesto con la gente y hablarles de ese coste. No se puede pretender que vivimos en un mundo donde las caras contrapartidas no existen, en el que se pueden reducir drásticamente las emisiones de carbono sin que nadie se dé cuenta.

Pero eso es precisamente lo que hacen los movimientos ecologistas anticapitalistas. La rama sueca de Extinction Rebellion resumió recientemente esa mentalidad cuando publicó:

Nuestro planeta no se está muriendo porque la gente normal no se haga vegana o sólo se duche con agua fría. Se está muriendo porque un puñado de corporaciones y multimillonarios se benefician de bombear cantidades astronómicas de contaminación en el aire y el agua.

Extinction rebellion

En otras palabras: no te preocupes, Pepe, nadie quiere hacerte más pobre. El cambio climático no tiene nada que ver contigo. Se trata de un puñado de empresas y multimillonarios. No hay contrapartidas ni costes. Sólo hay que acabar con unos pocos malos y el clima se salvará sin coste para nadie más.

Economía del reloj de cuco

Es una variante del tópico “100 empresas son responsables del 71% de las emisiones mundiales de carbono“.

Todo esto es economía de reloj de cuco. Por supuesto, usted, como consumidor final, no consume directamente combustibles fósiles. Por supuesto que no va al supermercado a comprar un barril de petróleo crudo, que luego quema para divertirse en su jardín. Por supuesto que no excava pozos de petróleo con sus propias manos. Pero esto se debe simplemente a que vivimos en economías más complejas, en las que hay múltiples etapas de producción, algunas de las cuales están un poco más alejadas -y no son directamente visibles- para el consumidor final.

Sin embargo, si crees que por eso no tienen nada que ver contigo, o que no notarías la diferencia si las cerraran, debes ser o un niño de 5 años, o un miembro de Just Stop Oil.

Algunas cuestiones disputadas del anarcocapitalismo (LXXVI): Problemas de coordinación de la transición energética (I)

En el artículo anterior expusimos los problemas derivados de la planificación energética y las consecuencias de establecer un plazo temporal definido. Una de estas consecuencias, que no analizamos en el escrito anterior, son las derivadas de los problemas de coordinación, sea en la transición en general, sea en su concreción en lo que se refiere a la movilidad eléctrica.

En este artículo queremos incidir en este tema señalando los factores descoordinadores del estado y como sólo la anarquía de los mercados es capaz de coordinar cambios tan sustanciales como los requeridos para un proceso de las dimensiones de este. Lo que estamos apuntando parece en principio contra intuitivo, pues estamos entrenados a ver al estado como un factor de orden y de organización y sin ellos no se podría pretender que los procesos sociales tuviesen un correcto desempeño. Nada más equivocado, pues como bien sabemos los austríacos, los mercados son los únicos capaces de coordinar con precisión los procesos de producción y consumo, mientras que los estados en su pretensión de racionalizar la vida social la hunden en el caos, como demuestra la experiencia de las supuestamente racionales economías socialistas.

Cualquiera que haya leído el texto Yo el lápiz de Leonard Read sabe a qué nos estamos refiriendo. El proceso de construir un lápiz de principio a fin requiere de centenares de millones de personas y de miles de procesos productivos y, sin embargo, y sin que nadie lo planifique, por la modesta suma de cincuenta céntimos, tenemos al lado de nuestra casa un lápiz de excelente calidad. Por otro lado, en la guerra de Ucrania, el paradigma de lo que es el orden estatal, un ejército al estilo del ruso, vemos cómo no es capaz de mantener una logística adecuada y falla estrepitosamente en conseguir sus objetivos precisamente por pretender ser tan ordenado. Un curioso libro, Elogio del desorden de Eric Abrahamson, nos ilustra sobre muchas de estas paradojas de la complejidad, el orden y el desorden.

 Una vez establecido esto podemos pasar al análisis de los problemas que derivan de querer planear una transición energética con el objetivo declarado de reducir la emisión de gases de efecto invernadero con la pretensión de frenar el calentamiento climático global. En este trabajo no se pretende cuestionar las conclusiones de las instituciones como el IPCC (panel internacional sobre el cambio climático) sobre la evolución del clima, a pesar de que sabemos que existen críticas bien elaboradas por científicos que, cunado menos, cuentan con credenciales similares a las de los que defienden la postura oficial. Simplemente entendiendo que no estoy capacitado técnicamente para dilucidar cuál de las posturas en debate está más fundamentada y, por lo tanto, a la hora de establecer el debate, parto de que la postura oficial es la correcta, y que, en consecuencia, es necesario afrontar de una forma u otra el problema. Mi análisis se centrará entonces en el análisis económico y político de las medidas llevadas a cabo para afrontar el problema, área en la que si me siento calificado para opinar con cierto fundamento. Pero me gustaría señalar que es curioso que muchos científicos naturales niegan la calificación a los profanos para opinar en asuntos técnicos, mientras que ellos no dudan en proponer propuestas de política pública para las que se puede percibir fácilmente que ni entienden en su complejidad ni cuentan con una comprensión económica o política para opinar más allá de lugares comunes.

Antes de analizar las políticas emprendidas me gustaría señalar que casi nunca se proponen soluciones de mercado para afrontar el problema del clima y que esta cuando menos deberían ser discutidas. Entiendo que una sociedad sin intervención estatal podría afrontar los problemas del cambio climático no sólo igual, sino mejor que una en la que se regulen las conductas mediante planes o políticas públicas de obligado cumplimiento. Sólo sería necesaria una cosa: que los ciudadanos sean perfectamente conscientes del problema y estén decididos a afrontarlo bien para salvar su propia existencia o la de sus hijos. De ser la población, o cuando menos una parte sustancial de la misma, consciente, los mecanismos de mercado comenzarían a operar a través de la demanda de medios de producción de energía o de transporte, con menos emisión de gas invernadero, al tiempo que se desecharían aquellos más contaminantes. Basta con que la gente esté dispuesta a reducir su consumo o a buscar alternativas limpias y lo esté en serio, esto es, poniendo su dinero allí donde dicen que debe hacerse, para que el ingenio capitalista comience a desarrollar a medio plazo todo tipo de soluciones imaginativas para afrontar tal problemática.

Se nos podrá decir que la gente no estaría dispuesta a actuar de tal manera y que dada su irresponsabilidad o falta de conocimiento no se podría delegar en ella tal tipo de decisiones. Pero esta actitud sólo mostraría que la gente dice estar convencida de la necesidad de la transición, pero que en realidad no le preocupa en exceso. Esto es, la gente no estaría aún convencida del todo de la gravedad del asunto y que en su escala de preocupaciones este problema sería secundario a respecto de otros problemas, incluso aparentemente menores, y que no estaría dispuesta a pagar para afrontarlos. Por ejemplo, se dice que una subida de los carburantes fósiles como la gasolina o el gasoil no sería popular en este momento de inflación y que, por tanto, los gobiernos, que en otros sitios proponen ambiciosas transiciones, deciden subvencionarlos o reducir sus tributos. Pero lo único que reconocen es que piensan que la gente aún no está lo suficientemente concienciada y que no entenderían la medida, por lo que indirectamente están diciendo que no existe ningún consenso social real al respecto, a pesar de que en sus discursos lo presumen.

En cualquier caso, vamos a presuponer que esto es un fallo de comunicación de los gobiernos y vamos a suponer (sólo a efectos de argumentación, claro está) que se establece como necesaria la intervención y se procede a llevarla a cabo. Nuestro argumento será, en la línea de la teoría austríaca del intervencionismo, que sea o no necesaria una intervención estatal de estas características no sólo no podrá llevarse a cabo, sino que será contraproducente. Y todo ello por problemas de coordinación y cálculo económico.

 En primer lugar, una intervención de este tipo requerirá de coordinación de políticas energéticas y medioambientales a nivel global para alcanzar un mínimo de eficacia en la consecución de estos fines. Los fenómenos climáticos son globales y requieren de una coordinación a nivel mundial, o cuando menos de los principales emisores, para poder establecer unos umbrales mínimos. Dado que el orden internacional es anárquico y no existe ninguna entidad mundial con capacidad de obligar a su cumplimiento, este acuerdo sólo podrá darse de mutuo acuerdo y con la exclusión de la comunidad internacional, sea en el ámbito político, sea en el económico, de la nación incumplidora. Esto es, sólo se pueden usar las formas de sanción típicas de una sociedad anarquista.

Existen acuerdos internacionales en el que se reparten las cuotas de emisión y los objetivos a cumplir, pero el problema reside que en los muy frecuentes casos en que no se respeta lo pactado, como ocurre con China u otras potencias, nadie ejecuta las exclusiones o sanciones comerciales debidas. Por lo tanto, también podemos decir que no sólo se ignora por algunos países la sanción, sino que esta actitud es práctica general ente todas las naciones, y de ser así que la importancia real que estas potencias otorgan a la cuestión climática, más allá dela retórica, es muy poca. Casi nadie está dispuesta a perder mercados contantes y sonantes en nombre del clima, más allá de declaraciones retóricas y catastrofistas. Este comportamiento egoísta de las potencias involucradas mostraría para algunos autores la necesidad de una suerte de gobierno mundial dirigido por la ONU para garantizar el cumplimiento de estos acuerdos. Raro es el tratado sobre gobernanza global que no ponga al calentamiento global, junto con las pandemias, como algunos de los problemas sociales que justifican la necesidad de tal forma de gobierno. Pero de momento, y esperemos que por mucho tiempo, tal gobierno global aún no existe y la implementación de las medidas encaminadas a mitigar el calentamiento global aún quedan al albur de los gobiernos estatales.

Pero esta fragmentación a la hora de poner en marcha medidas de transición energética contra el calentamiento global da lugar no sólo a una descoordinación espacial en las mismas, sino también a una temporal. Cada país cuenta con un mix energético propio, derivado de sus condiciones físicas o de su situación geográfica. Existen países como Islandia con gran capacidad geotérmica derivada del calor de sus volcanes, otros como Noruega con gran capacidad de generación hidráulica, otros ricos en viento o sol y otros ricos en petróleo o gas natural que cuentan con una gran capacidad de generación eléctrica derivada de estos hidrocarburos. Otros, como Francia, optaron en su momento por energías derivadas de la fisión del átomo y emiten, por consiguiente, muchos menos gases de efecto invernadero que sus vecinos.

Todo eso implica que la receptividad a las políticas de descarbonización va a ser muy diferente entre los distintos pueblos que habitan la tierra. Algunos estarán encantados de las políticas de transición, pues no sólo ya cumplen con los objetivos, sino que cuentan con energía “limpia” que exportar y con desarrollos tecnológicos adecuados a tal fin. Otros, en cambio, tendrán que optar de querer llevar a cabo la descarbonización por energías no sólo más caras, sino de las que no disponen en este momento. Todo ello sin contar que tendrían que prescindir de las plantas generadoras de electricidad de que disponen en este momento y sustituirlas por otras más “verdes” pero mucho más caras de instalar y alimentar de combustible. Para muchos implica también renunciar a combustibles como el carbón, el petróleo del que disponen en abundancia y a un precio razonable para sustituirlo por energías no sólo intermitentes sino caras e insuficientes.

Por si no fuera poco, adoptar estas nuevas energías les haría perder competitividad en los mercados mundiales y pondría en grave riesgo tanto a su industria como a las personas que en ella están empleadas.  Como es obvio, estos países no están dispuestos a llevar a cabo esta transición, o cuando menos a retrasarla ad calendas grecas, y así lo han manifestado los dirigentes de China, Indonesia, India o Pakistán, que se cuentan entre los mayores emisores del mundo. La consecuencia es que si los mayores emisores globales (no per cápita, sino de forma global) no colaboran todos los esfuerzos, que en los países más concienciados, que suelen ser los occidentales, no valen literalmente de nada, dado que como antes apuntamos lo que cuenta son las emisiones globales no las regionales y aquellas no han dejado de aumentar, eso si a un ritmo más lento, en los últimos años. También llama la atención que estos países menos colaboradores sean aquellos que según los informes científicos más se van a ver afectados por los cambios en el clima. Por algún motivo misterioso parece no preocuparles lo mismo que a los más desarrollados, el bienestar del planeta. El hecho es que o hay coordinación temporal entre las distintas naciones o la lucha por el clima no servirá de gran cosa, salvo para satisfacer la conciencia de los más preocupados a coste de arruinar la competitividad de su industria.

Aún quedan otros problemas de coordinación por anlizar pero quedarán para el año que viene.

Feliz Navidad a todos.

El negacionismo escéptico

Los liberales consideran fácil rebatir racionalmente el catastrofismo ecologista propio de los popes del cambio climático; otra cosa es que el auditorio -con sus prejuicios, propios de todo ser humano – quiera o pueda asimilar el mensaje: El Estado, allá donde ha tenido más poder, ha demostrado sus miserias (los desastres de Chernóbil o el mar de Aral, son sólo algunos ejemplos). Y es que, como sabemos, los sesgos de políticos y burócratas, en lo que a información e incentivos se refiere, se magnifican cuando ostentan todo -o la mayor parte- del poder; mientras, en los sistemas en los que las decisiones se toman a través del mercado -del libre intercambio de los conocimientos y las necesidades de millones de personas distintas, con derechos de propiedad cada vez mejor definidos-, se produce una mayor coordinación social, más flexibilidad y una sana competencia que ayuda a que se descubran y apliquen cada vez mejores soluciones, huyendo -a la larga- de respuestas simplistas y siendo más fácil que se tengan en consideración los miles de variables que afectan y condicionan la realidad en la que vivimos, como si los sesgos de unos y de otros -que, repetimos, todos tenemos- se compensasen y anulasen entre sí.

Quizás, por ello, para rebatir esta nueva religión, seguros de la fácil victoria, se utilizan muchas veces a “expertos” que parten de las premisas del adversario (“el cambio climático ocasionado por el hombre es un problema que de alguna forma hay que atajar”), como el activista Shellenberger, el Premio Nobel Nordhaus o el ecologista escéptico Lomborg, quienes, de una u otra forma, reconocen que “el cambio climático es un problema real”, aunque exagerado (Lomborg),  que hay que integrar en el análisis macroeconómico a largo plazo (Nordhaus), y que puede solucionarse a través de la tecnología (Schellenberger), siendo mucho menores, por ejemplo, los efectos negativos de los combustibles fósiles comparados con los beneficios socioeconómicos que reportan (Alex Epstein).

En mi opinión, en esta batalla no se le pueda dar ni media concesión al adversario, aunque exija mayor esfuerzo y análisis. Y es que, creo, aceptar como principio del debate -aunque sea a efectos dialécticos- la supuesta existencia del “cambio climático” (que cacarean, sin prueba científica contrastada, cientos de potentados desde su avión privado “CO₂ free”) es un gravísimo error, ya que el supuesto cambio es sólo el banderín de enganche, la excusa a través de la cual pretenden infectarnos de un virus mucho más letal: un neomaltusianismo ramplón y terrible que justifica una “revolución permanente” more comunista (“siempre se puede hacer más por el planeta”), en la que cada individuo se convierte en un lobo para el resto, que lleva a un paulatino empobrecimiento general, no muy igualitario (se destinarán más recursos de los necesarios: el mercado es mejor que el Estado, pero no infalible), que justifica cualquier medida política -con nuestros impuestos- o social tendente a reducir la población y evitar la natalidad (eutanasia, aborto, anticoncepción, matrimonios poco prolíficos o incluso “childfree”), y que llevará -está llevando- a muchos -de buena y mala fe- a acudir a los de siempre, como nuevos sacerdotes sumos, bajo cuya experta dirección someternos voluntariamente no ya Dios -ni siquiera al hombre-, sino a esa supuestamente nueva -aunque sea antigua- deidad, poliforma y difusa, que unos llaman Gaia, otros madre-tierra, algunos pachamama… en cuyo altar debemos hacer, sin descanso, sacrificios cruentos, como se hacían en otras épocas históricas a las que los ecologistas radicales parecen querernos devolver.

Ya está bien de que partamos siempre de la presunción de que somos semidioses con poderes infinitos… y que esa idea sirva para manipularnos y atentar contra el orden natural de la creación (es el hombre quien debe dominar la creación, no al revés) y contra nosotros mismos (van a venir estos popes, con piel de cordero, a sojuzgarnos para protegernos de nosotros mismos, ¡venga, hombre!).

Son infinitas las incógnitas de base: desde un punto estrictamente material, nuestro planeta, y más el hombre, es mucho menos que una pulga en medio del universo: la más mínima circunstancia en el sol puede, por ejemplo, afectarnos mucho más que todas las emisiones provocadas por el hombre durante siglos; la climatología es una ciencia nueva, todavía en pañales, y con datos preciosos sólo del pasado más “ultra-reciente”; el clima ha variado muchísimo a lo largo de los siglos sin necesidad de nuestras emisiones de carbono; el CO₂ que contiene nuestra atmósfera procede, en su mayor parte, al parecer, de las emisiones volcánicas masivas de hace millones de años, a cuyo lado nuestros coches, fábricas y calefacciones -incluso si añadimos el mortífero excremento de las vacas- son cagaditas microscópicas de mosca. La temperatura media anual de la España peninsular hace sesenta años fue, al parecer, idéntica a la de 2021, idéntica (según el IEMET) a pesar del crecimiento de la población y del mayor uso de energía por habitante… Y aun así cedemos en los puntos de partida del debate, aunque no estén contrastados, y aunque con ello un sesgo tenebroso y criminal infecte la cosmovisión desde la que la mayoría percibe la realidad. ¡A mí que me lo expliquen!