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Etiqueta: Carl Menger

El concepto de capital en los ‘Principios de economía’ de Carl Menger

El punto de partida típico del análisis del concepto de capital de Carl Menger en Principios de Economía (1871) es que el concepto de capital de Menger es la combinación de bienes de capital al servicio del hombre economizador con el fin de llevar a cabo un proceso de transformación de bienes de orden superior en bienes de orden inferior. Esta concepción llevó a la conclusión de que, para Carl Menger, el capital significaba bienes físicos (Braun-Lewin-Cachanovsky 2016). Sin embargo, en 1888, en un crítico artículo sobre la teoría de Eugen von Böhm-Bawerk, Menger cambió su concepto de capital y esta vez argumentó que el capital es, ante todo, sumas de dinero dedicadas a la adquisición de ingresos (Braun 2020). En este ensayo, sostengo que esta descripción es una imagen unilateral del concepto de capital de Menger en Principios de Economía.

El punto de partida de Menger para formular su visión de lo que podría considerarse capital fue el concepto de Adam Smith. El capital es un bien económico escaso que puede utilizarse para satisfacer necesidades humanas al servicio de la persona que desea utilizarlo y que produce ingresos (1871, p. 157). Sin embargo, Menger distinguía entre la concepción del capital desde un punto de vista “técnico” y desde un punto de vista “económico”.

Bien de capital desde los puntos de vista ‘técnico’ y ‘económico’

Desde el punto de vista técnico, todos los bienes económicos que se emplean para producir ingresos pueden tratarse como capital. No obstante, según Carl Menger, hay que distinguir entre un bien, como un terreno o un edificio, que se presta o se alquila para producir una renta permanente y fija, y un bien que se utiliza en un proceso de producción para producir un nuevo bien de orden inferior. Este último caso es lo que él denomina capital desde punto de visto económico. Así, el capital, en este sentido, es la cantidad de bienes económicos que se dispone en la actualidad para unos periodos de tiempos futuros.

La productividad del uso del capital es el concepto fundamental para el punto de vista económico del capital (1871, pp. 303-05). La productividad del capital significa que el uso del capital está asociado al éxito o fracaso de los esfuerzos empresariales por descubrir la oportunidad de empleo del capital para producir un bien económico de orden inferior con la esperanza de alcanzar el valor prospectivo estimado mediante la satisfacción de las necesidades humanas (1871, pp. 157-159).

Capital en forma de dinero

Carl Menger sostuvo que el capital monetario es una forma especial y cómoda de capital que está disponible para adquirir bienes de capital dedicados. Esta forma de capital es singularmente adecuada a las situaciones de alta evolución comercial (1871, pp. 303-4). Así, desde un estricto punto de vista económico, el capital consiste en dinero o en factores de producción a disposición del capitalista-empresario, con el propósito de producir un nuevo bien económico con perspectivas de venta con ganancias en el mercado. Esta inversión también podría acarrear pérdidas.

Es importante destacar que Menger, ya en Principios de Economía, dejó claro que el concepto de capital incluye aquellas sumas de dinero que se destinan a adquirir bienes de capital dedicados necesarios a la producción de un bien en particular. Menger sostenía que los bienes de capital solo producen ingresos en combinación con otros bienes económicos, como el trabajo y la actividad empresarial. La rentabilidad del capital, en sentido económico, depende del cálculo empresarial; de las perspectivas de éxito y del precio del producto final. 

El papel de la productividad

Sin embargo, Menger se concentró en el proceso de producción para descubrir los vínculos de causa y efecto de la acción económica en el mercado. Así, al hacer especial énfasis en la producción, parece que solo los bienes de capital físico son los componentes del capital al servicio del hombre economizador y que el dinero es un factor ausente. No obstante, el concepto de productividad, que él consideraba factor clave en la diferenciación entre capital en sentido técnico y económico, ya señalaba que para Carl Menger el concepto del capital, en el sentido económico, es el valor de la riqueza expresada en dinero que debe ser invertido para obtener ganancias (véase Hayek 1935).

Como ya hemos analizado, el concepto de capital de Carl Menger también tiene un alcance más amplio si incluimos su concepto de capital en sentido técnico. En este sentido, el término capital se refiere a todos los activos que producen rentas. Menger subrayó que los bienes duraderos, como la tierra o los edificios, son aquellos activos que pueden utilizarse para generar rentas o interés.

La principal diferencia entre los elementos de riqueza alquilados para producir renta o interés y los bienes de capital en el sentido económico es que la naturaleza de los rendimientos producidos es diferente (1871, p.304). Los elementos de riqueza que se alquilan en el mercado para obtener ingresos suelen producir un rendimiento más estable en forma de renta y el interés en el caso del dinero prestado como crédito. Por otro lado, Adam Smith consideraba la renta o tipo de interés como un rendimiento algo inferior a la tasa natural de ganancia. Esta última incluye la compensación de los esfuerzos de gestión y el riesgo.

Los servicios laborales como capital

Philip Wicksteed (1906), que estudió economía en Viena y estuvo muy influido por Menger y Eugen von Böhm-Bawerk, sostenía que el nivel relativamente estable del tipo de interés es el principal punto de referencia para evaluar la rentabilidad de un negocio arriesgado de producción de bienes para un mercado incierto.

En este sentido técnico más amplio, el concepto de capital puede ampliarse para incluir las prestaciones de trabajo o servicios laborales. Menger se refirió en Principios de Economía a una lista de distinguidos economistas alemanes de su época que incluían los servicios laborales en sus conceptos de capital. El propio Menger sostenía también que la categoría de bienes económicos incluye no solo los bienes materiales, sino también los inmateriales. Entre los bienes intangibles, los servicios laborales era la categoría más importante (1871, p. 55).

Así pues, los servicios laborales pueden clasificarse como capital humano cuya prestación tiene un valor y, en consecuencia, un precio en el mercado que produce rendimientos. De hecho, Adam Smith (1776) ya trataba la destreza y la habilidad de los trabajadores como capital y la literatura económica moderna discute ampliamente la importancia del capital humano (Becker, 1964)

Carl Menger trató la actividad empresarial como una forma especial de servicio laboral (1871, p. 172). Sostuvo que la actividad empresarial es un factor de producción tan necesario como los bienes de capital o los servicios laborales (1871, p. 161).

El papel del empresario

Así, en el concepto de capital de Menger se pueden distinguir dos tipos principales de capital: capital desde el punto de vista económico y capital desde el punto de vista técnico.

  1. El capital desde el punto de vista económico consiste en los bienes de orden superior o en el dinero al servicio de un emprendedor para producir un bien económico de orden inferior. La rentabilidad del capital en sentido económico depende del cálculo empresarial, de las perspectivas de éxito y del precio del producto final.
  2. El capital desde el punto de vista técnico tiene tres subcategorías:
    • Bienes económicos, incluido el dinero, utilizados para producir un rendimiento relativamente estable en forma de renta o interés.
    • El capital humano, que incluye la destreza en el trabajo, las habilidades y la competencia que pueden adquirirse invirtiendo en las capacidades humanas mediante el aprendizaje y la adquisición de nuevas habilidades. Parte de este proceso de «inversión» es el buen desempeño laboral que crea prestigio social y conexiones en el mundo del trabajo (Tóth 2017).
    • Actividad empresarial o rasgos empresariales, que son versiones especiales del capital humano.

Una sociedad que aspire a alcanzar el máximo nivel de riqueza y que quiera garantizar la mejor satisfacción posible de las necesidades humanas debería preocuparse por disponer de todas las formas de capital, ya que la falta de cualquiera de ellas es perjudicial para el bienestar económico.

Es importante señalar que la necesidad de alcanzar un nivel adecuado de bienes de capital y de capital humano bien formado es una premisa aceptada por todos. Sin embargo, a pesar de esta opinión generalizada, la actividad empresarial es vista por muchos como una actividad sospechosa. Es esencial entender que la actividad empresarial es una forma de capital humano y que una sociedad necesita ese tipo de capital para garantizar la productividad del capital físico.

Bibliografía

Becker, Gery. 1964. Human Capital : A Theoretical and Empirical Analysis, with Special Reference to Education. The University of Chicago Press.

Braun, Eduard. 2020. “Carl Menger: Contribution to the Theory of Capital (1888).” Journal of Institutional Economics 16 (4): 557–68. https://doi.org/10.1017/S1744137420000132.

Braun, Eduard, Peter Lewin, and Nicolas Cachanosky. 2016. “Ludwig Von Mises’s Approach to Capital as a Bridge between Austrian and Institutional Economics.” SSRN Electronic Journal. https://doi.org/10.2139/ssrn.2748937.

Hayek, Friedrich A. von. 1935. “Introduction.” In Menger, Carl: Principles of Economics, 2007th ed., 11–37. Auburn (Alabama): Mises Institute.

Menger, Carl. 1871. Principles of Economics. 2007th ed. Auburn, Ala.: Ludwig von Mises Institute.

Smith, Adam. 1776. An Inquiry into the Nature and Causes of the Wealth of Nations. Elecbook Classics.

Tóth, András. 2017. “Workers as Life-Entrepreneurs.” Intersections 3 (1). https://doi.org/10.17356/ieejsp.v3i1.245.

Wicksell, Knut. 1906. “The Influence of the Rate of Interest on Prices.” Economic Journal XVII:213–20.

De nuevo, Mises no comprendió a Menger (II): tampoco Hayek

Continuando con el artículo anterior de esta serie, en primer lugar quisiera recordar la importancia política y social de este análisis. Tener una buena teoría del valor que explique los precios es crucial para minimizar las injerencias políticas que dificulten la cooperación social. Una teoría que sea difícil de demostrar o que no explique bien la realidad no será lo suficientemente contundente y dejará vía libre a que otras teorías se utilicen para justificar intervenciones dañinas y así puedan imponerse legislativamente.  

En este sentido, la teoría del valor defendida por los autores austriacos más modernos como Ludwig von Mises, Friedrich A. Hayek o Murray Rothbard, tiene muy serios problemas al sostener tajantemente que la naturaleza del valor es ordinal. Pues en la “batalla” científica creo que este enfoque es atarse las manos a la espalda y ponerse grilletes en los pies al oscurecer innecesariamente la teoría afirmando que es imposible medir el valor. Y además no explica bien la realidad al negar, por ejemplo, que podamos hacer operaciones aritméticas relativas al valor. 

Afortunadamente no todos los autores austriacos tenían una visión ordinal del valor. Es el caso clarísimo de Eugene von Böhm-Bawerk a quien Mises le reprocha defender que el valor es cardinal y medible. Y aunque en este reproche Mises no incluye expresamente a Menger, también apunta a los “fundadores de la teoría subjetiva del valor”. Y por esta razón me he tomado la libertad de volver a utilizar el provocador título de “Mises no comprendió a Menger”. 

La crítica de Mises a Böhm-Bawerk

A continuación citamos la crítica que realiza Mises a los pioneros de la teoría del valor subjetivo y más específicamente a Eugene von Böhm-Bawerk:

No es raro que aquellos auténticos pioneros que no dudaron en abrir nuevos caminos para ellos mismos y para sus seguidores, rechazando decididamente anticuadas tradiciones y modos de pensar, retrocedieran ante las implicaciones de la rígida aplicación de sus propios principios. Cuando esto ocurre, los que vienen después tienen que emprender la labor de poner las cosas en su punto. Tal es el caso que nos ocupa.

Sobre el tema de la medida del valor, así como sobre otros varios estrechamente relacionados con él, los fundadores de la teoría subjetiva del valor se abstuvieron de desarrollar coherentemente sus propias doctrinas. Esto es especialmente aplicable a Bóhm-Bawerk. Por lo menos es particularmente sorprendente en él, ya que sus argumentos, de los que vamos a ocuparnos, pertenecen a un sistema que tiene todos los elementos de otra solución del problema, en mi opinión, más acertada, con tal de que su autor hubiera sacado de él las últimas consecuencias. (Mises, 1997)

Teoría del valor de Böhm-Bawerk

Uno de los objetivos de mi crítica a Mises y sus seguidores en esta serie, es dejar claro que las ideas de Mises no son necesariamente las de sus predecesores. Percibo muy a menudo que dentro de la escuela austriaca se tiende a asumir que Mises no contradice a sus antecesores, sino que los desarrolla siguiendo su misma línea sin contradicción alguna. Y no, esto no es así.

Y dice muy bien Mises que los que vienen después tienen que emprender la labor de poner las cosas en su punto. Si Mises cree que sus maestros estaban equivocados, la honestidad intelectual le debe llevar a cuestionarlos y ofrecer otra solución alternativa. Impecable actitud por su parte. Ahora bien, siguiendo ese razonamiento es labor de los que vienen detrás de Mises cuestionarlo a él también, ya sea para retomar el camino señalado por los pioneros anteriores a Mises, o para proponer otras alternativas distintas.

Como el cardinalismo de Böhm-Bawerk ya lo expone Mises claramente, aunque sea para criticarlo, no me voy a detener ahí. Böhm-Bawerk era sin ninguna duda cardinalista, así que en esta entrega vamos a centrarnos en demostrar que también Menger utilizó un enfoque indudablemente cardinalista en su obra principal Principios de Economía Política. Otros autores como Carlos Bondone, Ivan Moscati o anteriormente J. H. McCulloch ya señalaron la cardinalidad de Menger.

J. H. McCulloch sobre Menger

Dice McCulloch:

Un pasaje muy citado en Menger a menudo se utiliza como evidencia de que él era ordinalista, pero su significado es claramente cardinalista si lo leemos en contexto. Solo los economistas de la escuela austríaca posterior, como Mises, Bilimovic y Rothbard, pueden ser considerados como defensores firmes de una posición ordinal. (Traducción libre. McCulloch, 1977)

(Traducción libre. McCulloch, 1977)

Comencemos precisamente con ese tan citado pasaje de Menger, al que el mismísimo Hayek hace referencia en la introducción a Principios de Economía Política como prueba de que Menger era ordinalista:

No es necesario insistir en que las anteriores cifras no persiguen la finalidad de expresar numéricamente la magnitud absoluta, sino sólo la relativa de las correspondientes satisfacciones de necesidades. Si, por ejemplo, designamos con las cifras 40 y 20, respectivamente, la significación de la satisfacción de dos necesidades diferentes, con ello queremos decir simplemente que la primera tiene para el sujeto económico de referencia, doble significación que la segunda.

(Énfasis nuestro, Menger 2012)

Friedrich A. Hayek

Y esta es la interpretación de Hayek de este pasaje:

Aunque algunas veces habla de que el valor es mensurable, de sus explicaciones sedesprende claramente que lo único que pretende decir es que el valor de una mercancía cualquiera puede expresarse poniendo en su lugar otra mercancía del mismo valor. A propósito de las cifras que utiliza para mostrarnos la escala de utilidad, dice expresamente que no sirven para marcar la significación absoluta, sino sólo la relativa de las necesidades (Capítulo V – 3). Los ejemplos que pone permiten ver, ya desde el primer momento, que no está pensando en números cardinales, sino en ordinales (Capítulo III – 2) (Menger 2012)

Friedrich A. Hayek. Introducción a Principios de Economía de Carl Menger.

En primer lugar, no tiene ningún sentido afirmar que Menger no mide porque sólo pretende expresar el valor de una mercancía en términos de otra, cuando medir consiste precisamente en eso: en expresar la magnitud de una cosa en términos de otra. Y en segundo lugar, que una magnitud no sea absoluta no implica que no sea cardinal. Cuando Menger se refiere a las cifras 40 y 20 no se refiere a su orden relativo, es decir, que 40 es ordinalmente más importante que 20. Lo que dice, ¡literalmente!, es que 40 es el doble que 20. Es una relación proporcional y cardinal de magnitud, no de orden.  Lo que aquí trata de aclarar Menger es que la cifra 40 en sí misma no mide nada, que su propósito es únicamente representativo para poder compararla aritméticamente con otra cifra.

Vacas y caballos

Por si el lector pensara que se trata de un lapsus o una mera informalidad aislada a la hora de expresarse por parte de Menger, el anterior no es el único pasaje donde Menger utiliza la aritmética cardinal. En el ejemplo de las vacas y los caballos también dice lo siguiente:

Para mayor claridad, daremos una expresión numérica a la anterior relación. Podremos entonces expresar la significación escalonada de la satisfacción de las necesidades antes mencionadas mediante una serie de cifras, que van descendiendo en proporción aritmética, por ejemplo, según la serie: 50, 40, 30, 20, 10, 0

[..]

En efecto, para A un caballo sigue teniendo menor valor que la posesión de una nueva vaca (10 el caballo, 30 la vaca), mientras que para B la situación es la opuesta: una vaca valdría 10, un caballo 30 (es decir, tres veces más).

(Énfasis nuestro. Menger, 2012)

Aritmética cardinal

Como muy bien reitera Mises, en lo ordinal no cabe la aritmética cardinal. No tiene sentido hablar ni de proporción aritmética, ni del triple, ni de sumar ni de multiplicar (la aritmética ordinal también existe, pero no tiene nada que ver con la cardinal). Y vemos cómo Menger si que trabaja claramente con aritmética cardinal, véase también este otro pasaje donde Menger suma los incrementos de valor que obtienen las partes al intercambiar:

Llamemos A y B a las personas de referencia y designemos por 10a la cantidad del primer bien de que dispone A y 10b a la cantidad del segundo bien, de que dispone B. Llamemos W al valor que la cantidad 1a tiene para A. El valor que tendría 1b para A, caso de que pudiera disponer de él, equivaldría a W + x; llamaremos w al valor que 1b tiene para B y designaremos por w + y al valor que tendría 1a para B. Se ve entonces claro que mediante el traspaso de 1a de la disposición de A a la de B, y a inversa, de 1b de la disposición de B a la de A, éste ganaría el valor x, en tanto que B ganaría el valor y.

(Énfasis nuestro. Menger, 2012)

Quisiera resaltar que en absoluto cabe interpretar que cuando Menger habla de valorar un bien en términos de otro bien, es decir, que un caballo vale 3 vacas, esté hablando de precios. De ninguna manera. Cuando los granjeros valoran el triple el caballo que la vaca (o viceversa), no proceden a intercambiar tres a uno, sino uno a uno. El precio al que intercambian es un caballo por una vaca, que surge de las valoraciones totalmente distintas de tres a uno. No corresponde concluir que por el simple hecho de valorar un bien en términos de otro bien, sea alguno de los bienes dinero o no, estemos hablando de precios y no de valor.

No hay magnitudes absolutas 

Que las magnitudes de valor a las que se refiere Menger en el primer pasaje que hemos citado sean relativas y no absolutas no es nada distinto, por cierto, a lo que sucede en las ciencias naturales. Si por ejemplo la primera unidad de medida que se le ocurre utilizar al ser humano para medir distancias es un codo o un pie, ¿cuál es la magnitud absoluta de un pie? Ninguna. Podríamos cuantificar el pie en pulgadas, si, pero no salimos del problema ¿cuál es la magnitud absoluta de una pulgada? De nuevo, ninguna. 

Es muy cierto que en economía no existen las magnitudes absolutas de valor, pero es que tampoco existen las magnitudes absolutas en las ciencias naturales. Todo acto de medición es relativo por definición. La medición es una relación entre dos magnitudes: La magnitud a medir y la unidad de medida, y esta última puede ser cualquiera que consideremos conveniente. Cuestión diferente es la constancia de la unidad de medida, que si bien es indudablemente muy conveniente, no es un requisito necesario para poder medir.  El problema de la inconstancia de la unidad de medida lo abordaremos detalladamente en la siguiente entrega.

Una ilustración cardinal

Menger quiere aclarar que eligió, y vuelvo a citar literalmente: “por ejemplo, según la serie: 50, 40, 30, 20, 10, 0 ”, como podía haber elegido 0, 2, 4, 6, 8 y 10.  Advierte que no pretende afirmar que existan esas cifras en las mentes de los granjeros que intercambian vacas y caballos, de la misma forma que no existe ningún número absoluto en nuestra mente que represente la magnitud absoluta de un metro, lo que manejamos en nuestras mentes son vacas, caballos o metros. Menger solo pretende ilustrar proporciones cardinales relativas. Un caballo puede valer el doble que una vaca igual que una persona puede tener una altura del doble de un metro. Ni en el caso de la altura ni en el caso del valor manejamos magnitudes absolutas, la medida es siempre relativa de una cosa respecto a otra.

Esto lo aclara perfectamente Menger en otro pasaje donde nos explica que la medida del valor, y de cualquier otra magnitud, no es algo que pertenezca a la esencia de la cosa que queremos medir. La medida es un acto humano externo a las cosas, no está en las cosas. De la misma forma que un campo de fútbol no contiene metros ni yardas, el caballo tampoco contiene una utilidad de 2 vacas, sino que nosotros estimamos que en un momento concreto tiene para nosotros un valor relativo del doble con respecto a una vaca. Que lo expresemos a meros efectos ilustrativos como 2 a 1, 40 a 20, o 100 a 50 es, eso, una manera de ilustrar esta relación cardinal.

Determinación cuantitativa

Dice así el pasaje:

Knies reconoce —al igual que muchos de sus predecesores–  que el valor es el grado de utilidad de un bien para alcanzar los fines humanos. No puedo aceptar esta opinión tal como se la plantea, porque aunque es cierto que el valor es una magnitud que puede medirse, la medida no pertenece a su esencia, como tampoco forma parte de la esencia del tiempo o del espacio la circunstancia de que se les pueda medir

(Énfasis nuestro. Menger, 2012)

Y en el siguiente pasaje Menger nos explica que la medida de la significación de la satisfacción de nuestras necesidades es la importancia de dicha significación, y que dicha importancia se determina ¡cuantitativamente!  ¿Se puede ser más cardinal que esto?

En principio, y de forma directa, la satisfacción de nuestras necesidades sólo tiene para nosotros una significación que, en cada caso concreto, encuentra su medida en la importancia que para nuestra vida o nuestro bienestar tiene la correspondiente necesidad satisfecha. En un momento posterior trasladamos esta importancia —dentro de su determinación cuantitativa— a aquellos bienes concretos de los que sabemos que dependemos inmediatamente para la satisfacción de las necesidades de referencia, es decir, a los económicos del primer orden, a tenor de los principios expuestos en la sección anterior.

(Énfasis nuestro. Menger, 2012)

Lo cardinal incluye lo ordinal

Con respecto a todo lo anterior es importante tener en cuenta que lo cardinal incluye, lógicamente, a lo ordinal. Es decir, los números cardinales son un conjunto ordenado. Es evidente que de una valoración cardinal de distintos bienes podemos deducir  automáticamente un orden. De más importante a menos importante, y esto es lo que hace Menger en su famosa tabla. Pero de ahí no procede concluir que su exposición es estrictamente ordinal. Más bien todo lo contrario: La exposición es ordinal ¡porque es cardinal!  

Nótese además, que la implicación cardinal -> ordinal es de una sola dirección. Todo lo cardinal es ordinal por definición, pero no necesariamente al revés. En el turno de la cola de la pescadería no hay relación cardinal entre los ordinales “1º” y “2º”, solo hay orden. No cabe medir la diferencia de ninguna magnitud entre estos ordinales. Ni siquiera la diferencia de tiempo de llegada de los clientes, o la distancia física entre ellos, o que la intensidad de la prisa del segundo sea superior al del primero. Esta diferencias son nociones totalmente ajenas al concepto ordinal del turno. Al pescadero le dan exactamente igual esas diferencias, simplemente atenderá antes al primero que al segundo, nada más. En lo ordinal no hay magnitud ni intensidad, y si no hay magnitud no puede haber diferencia entre las magnitudes.

Magnitud intensiva

De hecho cabe decir que incluso Mises, que aboga radicalmente por el valor ordinal, reconoce claramente que el valor sí es una magnitud. Una magnitud intensiva no cuantitativa, pero magnitud al fin y al cabo. Cuando Mises dice magnitud intensiva se refiere a que dicha magnitud es una cualidad de la cosa, no una cantidad. Pero admite sin ningún problema que puedan existir diferencias de intensidad entre las valoraciones, y que son esas diferencias las que determinan su clasificación ordinal.

Lo que Mises niega es que dicha diferencia de intensidad pueda medirse y que por tanto sólo puede manifestarse al exterior de manera ordinal (prefiero el bien A al bien B). Por tanto, incluso Mises admite cierta cardinalidad “inmedible”, cardinalidad que simplemente no existe en el caso del primer y segundo turno de la cola de la pescadería, donde de ninguna manera cabe hablar de magnitud o intensidad, ni cardinal, ni medible, ni inmedible, ni cuantitativa, ni intensiva.

Dicho en otras palabras, para Mises es totalmente válido afirmar que un bien se valora muchísimo más que otro, aunque no pueda determinarse la diferencia. Que por ejemplo la diferencia de valoración entre el oro y la plata es menor que la diferencia de valoración entre el oro y el plomo. El plomo sería “mucho más Segundo” con respecto al oro que la plata, y estas diferencias de valor son relevantes e influyen a la hora de determinar los precios.

No hay magnitud ordinal

Pero insisto en que en lo estrictamente ordinal no cabe hablar de magnitud o intensidad alguna. No importa que quien te precede en el turno de la pescadería llegue un minuto o una hora antes que tú, o que tenga una prisa más intensa que la tuya. Tu segunda posición en la cola no guarda proporción o relación con ninguna magnitud ni intensidad, una vez eres segundo, eres segundo y ya está. Sin embargo, Mises sí contempla magnitudes de distinta intensidad, por tanto fracasa en su defensa de una estricta ordinalidad del valor y es incoherente al negar tajantemente la cardinalidad, porque en el marco de lo ordinal es totalmente improcedente hablar de magnitudes. Insisto de nuevo:  No existen las “magnitudes ordinales”, ni intensivas ni cuantitativas. 

Quisiera destacar que en la segunda edición de Principios de Economía Política que Menger estuvo revisando cuidadosamente durante décadas, los anteriores pasajes que hemos citado quedan inalterados. Es decir, después de presenciar aún en vida el debate entre Bohm-Bawerk y Cuhel, no modificó ni puntualizó ninguno de todas estos pasajes claramente cardinalistas. Incluso incorpora una nueva nota para aclarar el doble significado que en casi todos los idiomas atribuimos a la palabra valor. Utilizamos este término indistintamente tanto para referirnos al valor (subjetivo) como para referirnos al precio de un bien. Esta nota, es, en mi opinión un clarísimo apoyo a la postura de Bohm-Bawerk en el debate con Franz Cuhel sobre la medición cardinal del valor de un bien en términos de otros bienes.

Teoría del valor: comparación con otros bienes

Dicha nota dice así:

No podríamos entendernos con otros tratando cuestiones económicas si no pudiéramos distinguir la importancia a la que llamamos valor según su extensión y especificar su medida de una manera comprensible para los demás. Un medio inmediato (un tipo de medida) para medir el valor presupone un alto grado de abstracción, aunque el valor sea un fenómeno muy familiar; dado su carácter subjetivo, esta medida no sería absoluta y válida para todas las manifestaciones del valor y, por lo tanto, no serviría al propósito práctico que hemos definido.

Es natural, por lo tanto, que los seres humanos hayan intentado hacer comprender a los demás la significación de la importancia que ciertos bienes tienen para ellos, no a través de unidades de medida, sino mediante el valor que otros bienes tienen para ellos. Por lo tanto, en lugar de describir a una tercera persona la magnitud de la importancia que un bien tiene para nosotros, preferimos indicar otros bienes que ellos conocen y cuyo valor es igual, para nosotros, al de los bienes mencionados. De esta manera, los demás pueden entender la magnitud de la importancia que tiene para nosotros el bien del cual se quiere establecer el valor. Decimos así que un bien determinado vale para nosotros tanto como diez fanegas de trigo o treinta táleros.

(Traducción libre. Menger, 2013)

Unos bienes comparados con otros

Menger nos explica que cuando nos referimos al valor subjetivo, no al precio, lo hacemos también en términos de otros bienes. Esta cuestión la analizaremos con detalle en la siguiente entrega. Pero es importante darse cuenta que cuando pensamos que un bien vale para nosotros treinta táleros (“vale” en un sentido de valor subjetivo) no se trataría de un precio porque a igualdad de valor no hay ganancia en el intercambio. No tiene sentido económico intercambiar y por tanto nunca se llegaría a dar ese precio. En todo caso, si yo soy el dueño de ese bien, el precio resultante que podría resultar de esa valoración sería 31 táleros o más, pero nunca 30.

Hemos demostrado que la teoría del valor de Menger es cardinalista, y que para Menger el valor es medible. Así lo expone a lo largo de su obra, y además así lo afirma explícitamente. En la siguiente entrega abordaremos el problema de la inconstancia de la unidad de medida y trataremos de demostrar que el enfoque cardinalista explica mejor la realidad y que en lugar de arrinconar la magnitud del valor como algo oscuro e incognoscible, nos aporta luz a la hora de explicar la causalidad de los precios desde un punto de vista totalmente subjetivista y siguiendo fielmente el camino iniciado por Carl Menger.

Con este enfoque podremos superar el modelo dominante de oferta y demanda basado en costes para explicar los precios y abrimos además la posibilidad de corroborar matemáticamente la teoría del valor subjetivo, corroboración que en mi opinión lleva a cabo con gran éxito Carlos Bondone en su trabajo Teoría Económica Subjetiva Solidaria.

Bibliografía
Ver también

El lenguaje económico (II): las matemáticas. (José Hernández Cabrera).

Ordinalidad, cardinalidad, e intensidad de las preferencias. (Fernando Herrera).

Serie De nuevo, Mises no comprendió a Menger

(I) Ordinal vs. cardinal

Serie Mises no comprendió a Menger

IIIIII, IV

El valor del intercambio

Las ideas más evidentes a veces se nos muestran como las más difíciles de alcanzar. Decía Aristóteles en el libro II de la Metafísica que

Lo mismo que a los ojos de los murciélagos ciega la luz del día, a la inteligencia de nuestra alma ciegan las cosas que tienen en sí mismas la más brillante evidencia.

eso es lo que sucede también con el valor del intercambio.

Manuel Polavieja —uno de los pensadores más finos sobre economía que conozco— enunciaba una frase simple pero que entraña mucha verdad: el intercambio nos hace más ricos, por lo que aquello que facilita el intercambio es valioso.

Las implicaciones de esa afirmación recorren buena parte de la historia de la economía: desde la teoría del valor subjetivo, pasando por la comprensión de la naturaleza de la empresa y el descubrimiento de los costes de transacción de Ronald Coase, la incomprensión del valor que aportan los intermediarios en las transacciones económicas y a la sobrevaloración de los productores en la economía, hasta al valor de Bitcoin.

Una vez entendida la profundidad y alcance de esa afirmación, se podrá ver la inmensa riqueza que aportará la posibilidad abrir al intercambio el territorio político.

El intercambio como generador de valor

Decía Carl Menger:

Lo anteriormente dicho nos revela también cuál es la fuente de la que extraen sus ganancias los miles de personas a través de las cuales se hace el intercambio, aunque no contribuyan de modo directo a la multiplicación física de los bienes, razón por la cual no raras veces se califica su actividad de improductiva.

El intercambio económico contribuye, como hemos visto, a la mejor satisfacción de las necesidades humanas y al aumento de las posesiones de los contratantes, tanto como pueda hacerlo el mismo aumento físico de los bienes económicos.

Por consiguiente, todas las personas por cuyo medio se llevan a cabo estos intercambios son —siempre bajo el supuesto de unas operaciones de intercambio económicas— tan productivas como los agricultores y los fabricantes, porque la meta de toda economía no es la multiplicación física de los bienes, sino la satisfacción más plena posible de las necesidades humanas y, para alcanzar esta meta, la contribución de los comerciantes no es menos importante que la de aquellas personas a las que hasta ahora se ha considerado, desde un punto de vista excesivamente unilateral, como las únicas productoras.

Carl Menger. Principios de Economía Política. Capítulo IV – 2.

El intercambio es un proceso que genera valor. Cuando dos partes realizan un intercambio voluntario, ambos obtienen un beneficio, ya que cada uno valora más lo que recibe que lo que entrega. El intercambio permite que cada uno obtenga algo que valora más, creando así valor para ambas partes.

La naturaleza de la empresa y los costes de transacción

A mi juicio, una de las mayores aportaciones de la historia de la economía es el descubrimiento de los costes de transacción por parte de Ronald Coase, presentado en su artículo La naturaleza de la empresa (1937).

¿Por qué existen las empresas en una economía de mercado si, teóricamente, el mecanismo de precios debería coordinar eficientemente la producción? La respuesta está en que acceder al mecanismo de precios que es el mercado tiene costes, y las empresas son organizaciones que reducen los costes de transacción para acceder y operar en el mercado.

Los costes de transacción, por tanto, son aquellos costes en los que se incurre al utilizar el mecanismo de mercado y que normalmente son difíciles de cuantificar. Van más allá del precio del bien o servicio e incluyen todos los recursos (tiempo, esfuerzo, dinero) necesarios para llevar a cabo una transacción. Coase los categorizó en tres tipos principales:

1/ Costes de búsqueda e información: el tiempo y recursos necesarios para encontrar el mejor proveedor o comprador.

2/ Costes de negociación: el esfuerzo requerido para llegar a un acuerdo aceptable con la otra parte.

3/ Costes de garantía: asegurar que la otra parte cumpla con los términos del contrato.

Coase argumenta que las empresas surgen como una alternativa al mecanismo de precios del mercado cuando es más eficiente organizar las transacciones internamente que a través del mercado. El intercambio, aunque beneficioso, no está exento de costes. Y el mecanismo de precios en muchas ocasiones es más costoso que una estructura jerárquica como las empresas que permiten minimizar los costes de transacción y maximizar el valor del intercambio.

El valor del intercambio de territorio político

Una vez visto cómo el intercambio genera valor, cómo el mecanismo de precios que es el mercado no es suficiente para facilitar los intercambios y que requiere de las empresas porque reducen los costes de transacción, se puede empezar a vislumbrar que hay un elemento que no se ha incorporado al mercado por los elevados costes de transacción que tiene, pero cuyo intercambio nos haría inmensamente prósperos: el territorio político.

¿Qué generaría más riqueza que la proliferación de jurisdicciones personalizadas en todo el mundo? El territorio político es muy abundante, y la demanda de libertad política y jurisdicciones a medida también. ¿Por qué el mercado no ha conseguido desarrollar la oferta para ello? Por los elevados costes de transacción.

Los costes de búsqueda y negociación con un Estado que esté dispuesto a comerciar con su territorio político son enormes. Sin embargo, Internet facilita muchísimo la búsqueda para conectar la oferta y la demanda, como veremos a continuación. Por otra parte, los costes de garantía también son enormes, porque quién es capaz de hacer a un ente soberano como un Estado cumplir lo pactado, no salir impune del incumplimiento de sus contratos.

Tres elementos

Pues bien, el primer elemento para resolver los costes de búsqueda y negociación es ser capaz de agregar la demanda de estas potenciales nuevas comunidades políticas. Para ello, el camino más lógico, es que se lleve a través de los sujetos que he denominado autoridades carismáticas, aquellas personas que son capaces de agrupar en torno a sí a un número muy significativo de personas (políticos, empresarios, deportistas de élite, influencers, etc.). Estas personas ya tienen a su alcance comunidades enormes que podrían estar interesadas en formar parte de una nueva comunidad política, incluso de financiar el proceso de búsqueda, negociación y acuerdo sobre el territorio.

Una vez agregada la demanda, será suficiente con hacer un anuncio de búsqueda de un territorio político por una cantidad lo suficientemente grande de dinero como para que a varios Estados les interese entrar en el proceso de negociación. Gracias a Internet podemos agregar la demanda y hacer una oferta personalizada para esa demanda.

El tercer paso será llegar a un acuerdo con ese Estado para regular las relaciones entre la jurisdicción personalizada y el Estado, un nuevo Contrato Social que daría paso a una comunidad política postestatal y que regularía las relaciones entre ambos. Pero, ¿qué impediría al Estado saltarse ese contrato? Es aquí donde entra en juego Bitcoin.

Bitcoin es un registro de la propiedad global, descentralizado, que otorga la posibilidad de tener una propiedad absoluta, fuera del control de los Estados. En este registro se pueden hacer smart contracts que regulen la propiedad sobre el activo subyacente. El más sencillo de todos, una multifirma, permitiría desarrollar el sistema de garantías para el cumplimiento de esos contratos entre un Estado y una nueva jurisdicción.

Un contrato inteligente

El funcionamiento es similar al de una cuenta escrow, pero en este caso los tenedores de las firmas serán los que actúen como depositarios, sin intermediarios que puedan actuar como punto único de fallo. Para el cumplimiento de este contrato social se podría generar una multifirma 2/3 donde ambas partes depositan una garantía por si hay un incumplimiento del contrato, una firma la tiene el Estado, otra el representante de la nueva comunidad política y otra se deja a una corte de arbitraje internacional (se podría añadir la complejidad que fuese necesaria). En caso de que alguna de las partes incumpla su parte del contrato, la ejecución de la garantía se puede hacer directamente por la parte afectada más el árbitro. Esta es la forma más eficaz de imponer elevados costes al incumplimiento de los Estados.

Gracias a Internet y a Bitcoin se podría incorporar el territorio político al mecanismo del mercado al reducir enormemente los costes de transacción, que como veíamos son los de búsqueda, negociación y garantía. Se restauraría así la libertad política, la posibilidad de fundar nuevas comunidades políticas. Veamos cómo podría ser en un ejemplo:

Javier Milei y Elon Musk

Imaginemos que Javier Milei y Elon Musk se reúnen de nuevo tras leer este artículo y deciden llevar a cabo una Micrópolis (que es como he denominado a estas jurisdicciones personalizadas o comunidades políticas postestatales) en Argentina. Elon Musk podría hacer una oferta publica en X (Twitter) de compra de 500km² de territorio político por cien mil millones de dólares. Al mismo tiempo, podría publicar otra oferta pública en la que las primeras 100.000 personas en donar 1 millón de dólares (podría hacerse en Bitcoin para evitar la censura) se convertirán en ciudadanos fundadores de su Micrópolis.

Alguien como Milei podría aceptar esta oferta y arreglar la situación económica de su país por el 0,02% de su territorio. Para cerrar el acuerdo sería suficiente con el desarrollo de ese Contrato Social entre ambas partes (podrían pactar tributos anuales, actuaciones ilegales por parte de ambos, salida al mar, importaciones/exportaciones, defensa, etc.; lo que consideren.) y el depósito de una garantía significativa en una multifirma por si al finalizar su mandato Milei el siguiente gobernante quisiese acabar con esa ciudad libre.

Si el intercambio nos hace más prósperos, cuando el territorio político se incorpore al mercado viviremos el mayor periodo de prosperidad de la historia, al introducir la competencia entre jurisdicciones y restaurar la libertad política.

Por lo que a nosotros concierne, estamos totalmente convencidos de que un día se establecerán asociaciones para reclamar la libertad de gobierno como han sido establecidas para reclamar la libertad de comercio

La producción de seguridad, Gustave de Molinari.

Ver también

El espacio de una comunidad anarcocapitalista. (Miguel Anxo Bastos)

Sobre la utilidad del anarcocapitalismo. (Miguel Anxo Bastos)

De nuevo, Mises no comprendió a Menger (I)

Al hilo de un artículo anterior sobre la medida del valor, hoy inicio una nueva serie sobre otra gran discrepancia entre dos de los autores más importantes de la escuela austriaca.  Esta discrepancia versa nada más y nada menos que sobre la teoría del valor.  En concreto, sobre el enfoque estrictamente ordinal por parte de Mises en contraposición a la visión cardinal por parte de Menger en lo que se refiere a la magnitud del valor y a la posibilidad de medirlo.

Quisiera resaltar, en primer lugar, el hecho evidente de que en nuestra experiencia individual del día a día no necesitamos que los economistas nos proporcionen una teoría del valor para poder valorar.  De la misma manera que los arqueros del neolítico no tuvieron que esperar a Newton para poder lanzar flechas con el ángulo y la fuerza precisa para acertar su objetivo, el consumidor, el contable o los empresarios realizan valoraciones continuamente independientemente de lo que teoricen o dejen de teorizar las distintas escuelas de pensamiento económico sobre el fenómeno del valor. 

Entonces, ¿Por qué es importante una buena teoría del valor? Si en el día a día nos las arreglamos perfectamente sin estas teorías, ¿Qué relevancia tiene si el valor son preferencias ordinales, o si es una magnitud cardinal, o si se determina subjetivamente u objetivamente según la cantidad de trabajo socialmente necesario? ¿Se trata acaso de una discusión bizantina para ratones de biblioteca sin ningún aporte práctico a nuestra vida cotidiana?

La crucial importancia de la cuestión del valor

Pues desde un punto de vista social y político tiene una importancia absolutamente crucial. En esta primera entrega voy a tratar de justificar la vital importancia que tiene una teoría que explique lo mejor posible el fenómeno del valor. Suscribo al cien por cien a Carlos Bondone que a su vez se adhiere a las palabras de Jevons, y que a su vez suscribía las palabras de J.S. Mill:

Casi toda la especulación relativa a los intereses económicos de una sociedad así constituida implica alguna teoría del valor: el más mínimo error en este tema inocula el correspondiente error en todas nuestras conclusiones restantes, y cualquier vaguedad o nebulosidad en nuestra concepción del mismo crea confusión e incertidumbre en todo lo demás.

John Stuart Mill

Es un hecho incontestable que los políticos utilizan la ciencia como justificación para legislar en un sentido u otro. Ejemplos de actualidad tenemos muchos, como por ejemplo las regulaciones relativas al cambio climático, que supuestamente están basadas en un amplio consenso científico. Este consenso científico se utiliza como argumento para determinar políticas fiscales de extracción de recursos a determinados individuos para dedicarlos a determinadas partidas presupuestarias, y no a otras. Es decir, se toma la decisión de dedicar recursos para prevenir el cambio climático que no se dedican, por ejemplo, a combatir la primera causa de muerte en el mundo como son las enfermedades cardiovasculares. Más nos vale, por tanto, que el consenso científico esté en lo cierto y se acaben salvando muchas vidas con estas decisiones.

Manipulación política del concepto de valor

No quiero caer tampoco en la ingenuidad de que, por muy buenas teorías que tengamos, los políticos no vayan a retorcerlas igualmente en función de sus intereses, o incluso influir en el ámbito académico para manipular el “consenso” científico hacia lo que les conviene. Pero esto no es excusa para dejar de trabajar en la dirección de tener la mejor teoría posible que dificulte al máximo la manipulación política. Por poner un ejemplo extremo, ya será difícil que los políticos decreten regulaciones sobre el tráfico aéreo basadas en que la tierra es plana. Hay teorías científicas que están tan establecidas que son ya prácticamente imposibles de cuestionar.

Aun así, el político aprovechará el más mínimo resquicio para introducir sus sesgos a la hora de legislar. En este sentido, otro ejemplo muy claro y de rabiosa actualidad es el control de precios de los alquileres en las grandes ciudades, que en mi opinión se asienta en una errónea concepción del valor. La “responsabilidad” académica de este error está en la teoría más ampliamente aceptada de la oferta y la demanda, pues si bien es cierto que según esta teoría los precios altos de la vivienda no se deben a la especulación, sino a la falta de oferta, hay que reconocer humildemente que la teoría está muy lejos de ser lo suficientemente clara y contundente como para que ningún político se atreva a cuestionarla.

Diferencia entre Alfred Marshall y Carl Menger

No debemos perder de vista qué múltiples teorías pueden explicar la realidad, e incluso ser útiles para hacer predicciones razonablemente precisas. Por ejemplo, la teoría geocentrista era capaz de predecir satisfactoriamente los movimientos de los planetas recurriendo a los epiciclos.  Es decir, por la misma razón que los arqueros del neolítico lanzaban flechas con bastante precisión sin necesidad de ninguna teoría, el economista puede formular teorías débiles o ad hoc, pero que explican la realidad con muy razonable precisión. Pero no por ello hemos de concluir que esa teoría no es susceptible de mejora. Esto último es aplicable al modelo de la oferta y la demanda establecido por Alfred Marshall, que es el predominante a día de hoy en lo que se refiere a la explicación de los precios.  

Ahora bien, para que una teoría sea superada no basta con señalar sus debilidades. Hay que proporcionar otra que explique mejor la realidad, y/o que lo haga de manera más general y simple, y que sea corroborable. Volviendo a la analogía del geocentrismo, ¿Qué acogida tendría frente al geocentrismo una nueva “teoría” heliocéntrica, está fuera imposible de corroborar ni fuera capaz de predecir nada tal y como está planteada? Pues posiblemente nula porque se quedaría en mera hipótesis.

Alfred Marshall criticó el enfoque marginalista de Carl Menger, W. S. Jevons y Lèon Walras, y rescata el modelo basado en el valor objetivo de oferta y demanda de Smith y Ricardo, pero reintroduciendo el marginalismo en la curva de demanda. Muy resumidamente viene a decir que el demandante compara la utilidad marginal del bien con su precio de mercado. Es decir, para explicar los precios necesita recurrir circularmente a los precios.

La tijera de Marshall… y la tijera de Menger

Menger, sin embargo, explicaba los precios basándose exclusivamente en valores. En el famoso ejemplo de las vacas y los caballos, los granjeros intercambiaban porque otorgaban un valor mayor a lo que recibían que a lo que entregaban, y de esas distintas valoraciones surgen los precios.  

En este sentido, Carlos Bondone propone rescatar a Menger sustituyendo la tijera de Marshall por la tijera de Menger, donde lo que se enfrentan no son las curvas de oferta y demanda (cantidades de bienes), sino las curvas de valor (utilidades marginales) de los bienes a intercambiar. Fijémonos en lo peligroso de la tijera de Marshall. Cito palabras del propio Marshall en sus Principios de Economía:

Podríamos con la misma sensatez discutir acerca de si es la hoja superior o la inferior de una tijera la que corta un pedazo de papel que si el valor está controlado por la utilidad o por el coste de producción. (el énfasis es mío).

A la vista de esta cita, quiero recordar las palabras anteriormente citadas de Mill: “el más mínimo error” “cualquier vaguedad o nebulosidad”. Pues aquí lo tenemos. Por mucho que queramos hacer una interpretación generosa, o que el economista defensor de esta teoría matice y explique posteriormente, un político se aferrará a la literalidad de estas palabras como a un clavo ardiendo para justificar científicamente sus sesgos utilizando a Marshall, y argumentar que el coste puede ser determinante del valor, y, por tanto, justificar científicamente la regulación de los precios de los alquileres en función de lo que el político considere costes objetivamente razonables. 

Menger era cardinalista, Mises era ordinalista

Explicada la vital importancia política y social de la teoría del valor, en las siguientes entregas de esta serie expondré en primer lugar por qué Menger era claramente cardinalista y en segundo lugar como Eugen von Böhm-Bawerk, y de manera más precisa Bondone, demuestran que los precios se pueden explicar enteramente por valoraciones subjetivas, sin recurrir circularmente a precios de mercado o agregados como hace Marshall. Y que estas valoraciones subjetivas tienen una naturaleza cardinal y no ordinal, como afirma Ludwig von Mises. 

Determinar si la naturaleza del valor es ordinal o cardinal no es en absoluto una cuestión menor. Mises criticaba el planteamiento de oferta y demanda de Marshall, pero al desviarse de Menger y Bohm Bawerk y sostener que el valor tiene naturaleza ordinal, su planteamiento no es corroborable, no ofrece una alternativa convincente que mejore la propuesta de Marshall. Nos guste o no, y análogamente a la hipótesis heliocentrista referida anteriormente, desde fuera de la escuela austriaca, la propuesta de Mises se ve en el mejor de los casos como una prometedora hipótesis.

En definitiva, no es lo mismo defender que sólo ordenamos valores afirmando tajantemente que es imposible medirlos, siendo en consecuencia deliberadamente “vago” o “nebuloso” en lo que se refiere a la magnitud de los valores, que defender y conseguir demostrar que la magnitud del valor se puede cuantificar y medir. Tal y como hemos insistido a lo largo de este artículo, cualquier vaguedad o nebulosidad será explotada por el político para tergiversar y manipular.

Serie sobre Carl Menger y Ludwig von Mises

El proyecto intelectual de Carl Menger

Carl Menger nació el 23 de febrero de 1840 en Galicia, una remota y recién adquirida provincia del Imperio de los Habsburgos. Su padre era un abogado de la nobleza y su madre procedía de una familia de comerciantes Checos. Menger estudió derecho en Praga y Viena. Tras licenciarse, trabajó durante media década como corresponsal de bolsa para un periódico gubernamental Vienés, donde observó que la evolución de los precios no guardaba relación con los costes de producción, uno de los principales principios de la entonces escuela clásica británica de pensamiento económico.

Menger, en su libro Principios de Economía, publicado en 1871, demostró que la fuerza motriz de los movimientos de precios eran los juicios de valor subjetivos de compradores y vendedores sobre la utilidad de los productos que intercambiaban, y no el coste de producción del producto. Con su libro, Menger contribuyó a una revolución marginal de la economía, que dio lugar a una nueva base para el pensamiento económico. Por esta razón, Carl Menger sigue vivo en los libros de texto sólo como uno de los fundadores del giro marginal en la ciencia económica.

En los libros de texto, lo más que se le atribuye es la fundación de la escuela austríaca de economía. Y eso que hasta mediados de la década de 1930, la Escuela Austriaca de Economía fue una de las escuelas más importantes de economía. Pero a raíz de la revolución keynesiana quedó relegada a los márgenes de la economía y ahora es una de las escuelas de economía más orientadas al mercado.

Las principales contribuciones de Carl Menger

La obra fundamental de Carl Menger fue más que una refundación de la teoría del valor. El verdadero objetivo de Menger era desarrollar una gran teoría evolucionista orgánica conservadora del desarrollo económico, en la que la determinación del valor basada en juicios de valor subjetivos individuales, la ley de la utilidad marginal y el fenómeno de la marginalidad fueran sólo uno de los bloques intermedios de construcción. De hecho, la obra de Menger es una de las grandes teorías que iluminan el curso del desarrollo social humano.

El concepto original mengeriano de evolución orgánica conservadora ha caído en el olvido. La idea de evolución orgánica pervive en gran medida como legado de Hayek, quién pertenece a la tercera generación de la escuela austriaca de economía.

La teoría evolucionista

La gran teoría evolucionista orgánica conservadora del desarrollo económico no es lo mismo que el conservadurismo político. En particular, no es idéntica a la imaginería difundida a menudo por los adversarios políticos del conservadurismo, que identifica el conservadurismo con la representación de intereses agrarios, clericales, ni a la concepción política sostenida a menudo por quienes se consideran conservadores, que identifica el conservadurismo con el modernismo y la decadencia de las grandes ciudades, con la resistencia al dominio de clase del capital y de los socialistas.

Este distanciamiento del conservadurismo político es tanto más importante cuanto que Menger evitaba tomar posiciones políticas. Casi nunca se pronunciaba sobre cuestiones políticas. Pero sus preferencias personales también muestran que no estaba interesado en una forma de conservadurismo político reformista que “parte de valores antiguos” y busca su transformación conservadora y orgánica. Nunca utilizó el conjuntivo “von” para denotar su rango nobiliario, y no aceptó el título alto-nobiliario que se le ofreció como tutor de Rodolfo, el heredero del trono.

Un período aperturista

Las ideas de Carl Menger (repito, nació en 1840), fueron concebidas en una época en la que las revoluciones de 1848 ya habían roto el dominio del conservadurismo feudal reaccionario. Habían sucumbido los ideales antiprogresistas que pretendían preservar el viejo orden aristocrático en Austria. La juventud de Menger coincidió con la era liberal conservadora del Imperio, la adopción del modelo inglés de libre comercio, industrialización y modernización.

El cambio de modelo a partir de 1848 trajo consigo un progreso sin precedentes. Abrió oportunidades hasta entonces desconocidas para el progreso individual y la movilidad social. El progreso y un pensamiento más liberal trajeron consigo una calma de reconciliación pacífica en la vida publica, cooperación y compromiso entre fuerzas anteriormente en conflicto en el imperio, uno de cuyos elementos fue la reconciliación austro-húngara de 1867. Austria también se abrió espiritualmente después de 1848, cuando se abolió la censura. Fue entonces cuando se publicó por fin en Austria el libro de Adam Smith sobre las causas del enriquecimiento de las naciones.

El libro de Adam Smith fue el primer éxito mundial que explicó y prescribió a los pensadores y políticos de la época los beneficios del libre comercio y les ayudó a comprender cómo Gran Bretaña se convirtió en el país más avanzado, más rico y la mayor potencia del mundo. Inglaterra también proporcionó una buena guía a quienes avanzaban hacia la industrialización y los mercados libres sobre cómo evitar la explosión revolucionaria al tiempo que se garantizaba la libertad económica, y cómo preservar el papel de las élites tradicionales en la sociedad y reconciliarlas con el tercer order emergente.

El conservadurismo austríaco

El pensamiento conservador austriaco, al igual que el conservadurismo inglés, no rechazaba la vía del desarrollo burgués. Bajo la influencia inglesa, el conservadurismo moderado austriaco era más equilibrado y antropológica y epistemológicamente correcto en su pensamiento sobre la libertad, la autoridad, la tradición y la razón que los pensadores de la Ilustración francesa, que se hacían ilusiones filosóficas sobre la posibilidad de una transformación social racional.
El pensamiento público conservador austriaco también era diferente del pensamiento público alemán, donde, como reacción a la Revolución Francesa y a las conquistas Napoleónicas, se hicieron dominantes el conservadurismo reaccionario y antiprogresista, por un lado, y las ideas del poder de la razón pura y del papel cuidador del Estado, por otro.

A diferencia de la filosofía alemana, el pensamiento conservador austriaco partía de la base y construía sus teorías a partir de hechos de la realidad existente. El pensamiento filosófico austriaco también se caracterizó por su visión del mundo como conocible, siguiendo a Aristóteles, y por tanto como susceptible de interpretación y de revelar sus leyes internas, en contraste con la filosofía especulativa alemana, que pretendía explicar los grandes hilos de la historia con un espíritu colectivista.

La idea de un desarrollo orgánico

La obra de Carl Menger también puede considerarse el fundamento económico de la idea conservadora del desarrollo orgánico formulada por Edmund Burke. Menger, al igual que Burke, creía en el desarrollo orgánico, en el desarrollo institucional espontáneo, y rechazaba el concepto ilustrado de formación y transformación racional del mundo. Menger creía que las instituciones se forman y cambian gracias a millones de acciones individuales. Una vez que alguien, o algunas personas, descubren una solución más eficaz, otros pueden adoptar, también puede convertirse en un patrón, y esa forma particular de comportamiento se institucionaliza.

Un elemento clave del concepto de creación de instituciones de Menger es que las instituciones surgen porque las personas cooperan y no actúan solas en el vacío. En otras palabras, Menger no negaba las entidades colectivas, las instituciones que forman una comunidad, sino que trataba de comprender su creación y transformación.

La visión del hombre

Edmund Burke y Carl Menger también comparten una concepción común del hombre: el modelo de hombre realista, basado en la experiencia empírica. Menger intentó crear una ciencia de la economía centrada en el ser humano. Karl Menger, hijo de Carl Menger, señaló en el prólogo a la segunda edición de la obra magna de su padre que, para éste, la naturaleza humana era el punto de partida de toda investigación científica teórica.

Menger consideraba al individuo como un elemento no simple; una partícula del organismo social, que puede situarse y clasificarse en una escala. No cree que esté sujeto al funcionamiento de los mecanismos económicos y sociales, a la rueda de las vastas e inmutables fuerzas intrínsecas. Menger basó su explicación económica del mundo en el hombre real, de carne y hueso. Es decir, un ser imperfecto, pero con deseos y sed de conocimiento, capaz de innovar, tal como lo conocemos de la vida cotidiana.

Para Menger, el hombre es dueño de sí mismo. Es inteligente, tiene voluntad, sabe mejor que nadie cuáles son sus propias necesidades y es capaz y está dispuesto a actuar para satisfacerlas; quiere mejorar su propia suerte. Es capaz de conocer su entorno, de aprender, de adquirir nuevos conocimientos, de descubrir y, por tanto, de mejorar su propio rumbo transformando su entorno.

Un método para la ciencia económica

Por eso, para él, el individuo es la base, la fuente y el fin de todas las instituciones sociales. A partir de esta visión del hombre construyó la cadena causal que parte del hecho de que el hombre busca la seguridad, la satisfacción de sus deseos y, al mismo tiempo, es capaz de aumentar sus conocimientos. Y muestra cómo estas dos cualidades inherentes al ser humano conducen al desarrollo de la propiedad privada, el intercambio y las cadenas de producción cada vez más largas y cortas de productores independientes, cuyo funcionamiento está condicionado al desarrollo de un intercambio basado en la economía de mercado.

La gran teoría evolucionista orgánica de Menger no es, sin embargo, idéntica al conservadurismo pragmatista de Burke, a pesar de todas las similitudes y puntos de partida comunes. Menger creía que la economía se rige por leyes que actúan a través de relaciones causales. Para Menger, la economía es una ciencia teórica cuya tarea consiste en descubrir las leyes y las relaciones causales entre los fenómenos económicos.

Un estudio formal del comportamiento de hombres reales

Menger quiso mostrar cómo la lógica de la división del trabajo y de las complejas cadenas de producción, que se desarrolla en respuesta a los deseos y necesidades humanas de conocimiento, conduce a la economía de mercado y al surgimiento de la sociedad moderna en el contexto de un desarrollo orgánico ininterrumpido. La gran teoría del evolucionismo orgánico de Carl Menger muestra el desarrollo inevitable de la economía de mercado a partir del hombre real de carne y hueso.

La principal tarea de Menger era revelar las leyes generales. Las fuerzas motrices del desarrollo económico. Cómo se desprenden estas leyes de las cualidades inherentes al ser humano. Las leyes económicas que rigen la acción económica del hombre y que, si se tienen en cuenta, servirán mejor a la seguridad, la cooperación y el consiguiente bienestar de los hombres.

El contexto de la obra de Carl Menger

El replanteamiento de la economía centrado en el ser humano de Menger, basado en una visión realista del hombre, era oportuno e importante en la década de 1870. La visión liberal y favorable a la cooperación por medio del comercio entre las naciones estaba siendo contrarrestada cada vez más, tanto en Inglaterra como sobre todo en Alemania, por tendencias que se oponían al modelo inglés de economía de libre mercado, y a la economía clásica que lo había sustentado. Quienes argumentaban contra el libre comercio explotaban la unilateralidad de la visión racionalista del hombre de los clásicos ingleses, basada en el afán de lucro, y el defecto fundamental de su teoría del valor, según la cual en el mercado se producía un intercambio de igual valor, medido por el coste de producción de los bienes.

El libro de Menger Principios de Economía Política fue publicado en 1871 cuando tenía treinta y un años. Su intención era la de restituir los fundamentos ideológicos del libre mercado, sobre una base más sólida que la que habían ofrecido los clásicos. No planteó su libro como una crítica frontal a quienes se oponían al mercado libre, sino como una defensa más fundamentada del mismo.

El papel de Adam Smith

De hecho, a quien sí critica es a Adam Smith, porque entiende que el escocés había llevado a la teoría económica por mal camino, y le había ofrecido a los críticos con una sociedad libre los instrumentos para atacarla. El principal objetivo de Carl Menger era corregir dos de los errores más importantes de la escuela Smith-Ricardiana de economía clásica: su visión unilateral y racional del hombre y su teoría del valor, según la cual el precio de los bienes en el mercado viene determinado a largo plazo por el trabajo necesario para producirlos.

Trató de refundar la economía corrigiendo la visión unilateral del hombre y la teoría errónea del valor de los economistas clásicos ingleses. Y al hacerlo, refutó tácitamente las diversas teorías económicas que limitaban el mercado y se oponían a él. Quiso refundar la economía para hacer inatacable y lógicamente irrefutable el mensaje más importante de la escuela clásica: el mercado, como mano invisible de Dios, es el mejor medio posible para que los pueblos y las naciones se enriquezcan y vivan en paz unos con otros.

Cooperación y progreso

El libre comercio permite que la cooperación a través de la división del trabajo conecte a miles de millones de personas que viven lejos unas de otras. La cooperación sin fisuras entre las personas y las comunidades humanas es un requisito previo para que la humanidad salga de un estado de barbarie y satisfaga en la mayor medida posible la necesidad de seguridad de todos y la satisfacción de sus deseos. La clave para ello, como decía Adam Smith, es nada menos que paz, impuestos bajos y justicia tolerante por parte del Estado. Y el curso natural de las cosas se encargará del resto. Pero cuando los gobiernos interfieren en la vida económica, no sólo impiden el progreso, sino que el gobierno se convierte inevitablemente en un poder tiránico opresivo y arbitrario.

Menger quería demostrar que la aparición del mercado y la producción de bienes para el mercado es una consecuencia lógica del deseo humano de conocimiento y seguridad. El libre mercado es el mejor medio posible para satisfacer los deseos de cada individuo de la forma más eficiente posible. El desarrollo del mercado es una ley general que, a través de vínculos causales, se generaliza inevitablemente, siempre que el Estado no obstruya la lógica del mercado imponiendo instituciones pragmáticas. Pues, según Menger, la intervención del Estado para restringir el mercado conduce al monopolio.

El monopolio impuesto por el Estado reduce el desarrollo económico y limita la posibilidad de que cada individuo satisfaga sus necesidades lo más plenamente posible. Se produce un deterioro del bienestar general. Un reducido grupo de empresarios que se benefician del Estado sólo prosperan a costa de todos los demás.

Conclusión

El libro de Menger forma parte de una serie de grandes exposiciones del mundo del siglo XIX que trataban de desentrañar cómo y por qué surgieron la sociedad de mercado y la sociedad industrial modernas, y de responder cuál era la mejor manera de dirigir esta sociedad insólita, nueva, en constante cambio y, por tanto, a menudo aterradora.

Menger también quería demostrar que una sociedad comercial basada en el intercambio mercantil, cuando el mercado funciona correctamente, no crea un mecanismo que conduzca al empobrecimiento de muchos y al inmenso enriquecimiento de unos pocos. Al contrario. El funcionamiento del mercado garantiza que no puedan crearse monopolios artificiales para proteger la riqueza de unos pocos e impedir el ascenso de muchos. Por esta razón, sostiene Menger, no existen contradicciones internas en la sociedad de mercado que hagan inevitable su colapso.

El mercado proporciona la forma más flexible de cooperación que puede garantizar la necesidad humana de seguridad y novedad en un mundo incierto, difícil de controlar por los individuos. En el mundo mengeriano, la fuerza motriz del desarrollo humano es la cooperación entre las personas y las comunidades humanas, no el conflicto, la lucha de clases antagónicas, como en Marx.

Ver también

¿Metodología? Hablemos de Menger. (Vicente Moreno).

La teoría de Carl Menger sobre la ganancia del empresario. (Andras Toth).

La ambivalencia de Menger sobre el ‘homo oeconomicus’. (Andras Toth).

Cómo considerar el trabajo como una categoría ficticia: el punto de vista de Carl Menger sobre Karl Polanyi

La gran transformación de Karl Polanyi (1944) es unas de las narrativas más influyentes y citadas en el campo de las Ciencias Sociales que explica el desarrollo de la civilización. La tesis principal de Polanyi es que el capitalismo liberal contiene un fallo interno fatal. La gran transformación hacia el Estado planificador y abolición de la propiedad privada es la consecuencia y corrección de este fallo. Es un esquema similar al del marxismo. La diferencia es que, para Polanyi, la causa de la crisis fatal del capitalismo liberal es diferente a Marx.

Según Marx, el fallo fatal del capitalismo es la explotación de los trabajadores. La lucha de clases antagónicas que surge de esta explotación conduce a la revolución socialista, a la abolición del orden capitalista y al establecimiento del Estado socialista.

Karl Polanyi

Según Polanyi, la explotación no puede ser la causa de la crisis fatal del capitalismo liberal debido a que el nivel de vida aumentaba, los trabajadores de las fábricas tienen por término medio un nivel de vida sustancialmente mejor que antes, y desde el punto de vista de las rentas en dinero exclusivamente, se podría comprobar que la condición de las clases populares había mejorado (ibid 1944, p. 145), y, en general, el mercado autorregulador produjo un bienestar material hasta entonces nunca soñado (ibid 1944, p.27).

Polanyi teorizó que el fatal fallo del capitalismo de libre mercado es que los mercados no regulados convierten el trabajo, el dinero y la tierra en mercancías, siguiendo una idea de Marx (ibid 1944, p. 58). Pero Polanyi subraya que el trabajo, la tierra y el dinero no son mercancías, ya que no se producen para la venta. Por lo tanto, según él, son mercancías ficticias. Su tratamiento como mercancías, cuando no lo son, es el núcleo del fallo fatal del capitalismo (ibid. 1944, cap.6). 

Polanyi: el problema del trabajador

Así, para Polanyi la problemática relación del trabajador en la sociedad solo surge tras la instauración del libre mercado, cuando los trabajadores pasaron a estar sometidos a las ciegas fuerzas de la oferta y la demanda. Polanyi trata más extensamente el tema del trabajo dada su importancia, por lo que este artículo también investiga si el trabajo es mercancía y en qué condiciones es ficticio – desde de la vista Mengeriana.

La posición teórica de Menger (1871) era también que el trabajo no es una mercancía. Su argumento era el mismo que el de Polanyi: la capacidad de trabajar es una facultad inherente al hombre y, por tanto, no se produce para la venta.

Menger, sin embargo, va más allá. La capacidad de trabajar es un bien, una acción humana útil. La utilidad del trabajo es su capacidad de producir bienes útiles para satisfacer las necesidades humanas. Los seres humanos pueden utilizar su capacidad de trabajo para producir para su propio hogar con el fin de garantizar su bienestar personal u ofrecer el servicio del trabajo para otros a cambio de algún tipo de compensación para poder adquirir indirectamente los bienes que consideran necesarios para sus comodidades.

Menger: el trabajo como bien

Un bien siempre es propiedad de alguien. Dado que la capacidad de trabajar es una cualidad inherente al ser humano, la capacidad de trabajar es propiedad personal inherente de la persona que realiza el trabajo. Por consiguiente, la capacidad de trabajar es el capital humano del individuo, inseparable de su cuerpo. Fue Adam Smith (1776, p.217) quien incluyó por primera vez la capacidad humana de trabajo entre los tipos de capital y reconoció que un individuo puede cultivar y explotar su propia capacidad de trabajo como capital trabajando con destreza y adquiriendo habilidades y conocimientos.

Si adoptamos la teoría de Menger de que el trabajo es un bien, la naturaleza ficticia del trabajo adquiere una nueva interpretación, diferente que Polanyi ha empleado.

El trabajo es ficticio cuando los trabajadores no tienen propiedad sobre sus cuerpos y/o sobre sus facultades de trabajar. Esta era la situación durante la época de las civilizaciones jerárquicas de la era precapitalista basadas en la esclavitud o la servidumbre de los productores y trabajadores. Los productores y trabajadores habían perdido la propiedad sobre sus cuerpos y sus esfuerzos laborales porque las decisiones eran tomadas por sus señores total o parcialmente dependiendo del grado de servidumbre y fueron explotados.

Karl Polanyi, servidumbre, esclavitud y explotación

Polanyi no problematiza ni la cuestión de la servidumbre, ni la explotación en las sociedades precapitalistas. El punto de partida de Polanyi es que el largo periodo precapitalista es una larga fase histórica unificada. Él ignoraba deliberadamente la distinción entre pequeñas comunidades homogéneas de tribus cazadoras y colectores y sociedades estructuradas jerárquicamente, entre comunidades basadas en la igualdad y sociedades divididas en señores y productores (trabajadores) en servidumbre, restando la importancia a la explotación. La causa para que Polanyi incluya estas sociedades tan diferentes en un mismo rango es que los mercados y la actividad económica están bajo control social/habitual/comunal/religioso o estatal. El papel de los mercados es mínimo y limitado en la vida de las personas.

Sin embargo, Polanyi tuvo que resolver un problema. El problema de servidumbre y explotación en sociedades precapitalistas. Por esta razón, Polanyi hizo un esfuerzo considerable para disminuir la importancia de la explotación de los productores por sus señores en las sociedades jerárquicas precapitalistas. Ni siquiera menciona la esclavitud durante la Antigüedad.

Explotación y quid pro quo

En su discusión sobre los grandes imperios de la Antigüedad solo menciona la redistribución, que configuró un papel importante por igual la vida de los constructores de pirámides y la vida en Roma (ibid. 1994, p.98. y 103). En cuanto a las sociedades feudales, admite la existencia de cierta explotación (ibid 1944, p. 98). Pero su énfasis estaba en que los gobernantes que explotaban a los productores proporcionaban una contrapartida compensatoria.

Como tal, Polanyi sugiere que había un quid pro quo, que beneficiaba a los explotados y contrarrestaba así la explotación. Por ejemplo, se refiere a los pastores nómadas de África que dominan a los agricultores y esperaban más de ellos que lo que ellos le dan a cambio. En este caso, para él lo importante era que esta relación desigual beneficiaba a ambos grupos gracias a la mejor división del trabajo (ibid. 1944, p.98). Incluso en la versión europea, que él considera como resultado de unas circunstancias excepcionales, en la que los dones se transformaron en tributos feudales, la explotación se equilibra con la protección, surgida de la necesidad del vasallo (ibid. 1944, p.99).

Sociedades jerarquizadas y sociedades igualitarias

Tras disminuir la importancia de la explotación en las sociedades jerárquicas precapitalistas y retratar estas sociedades como redistributivas, en las que se intercambian beneficios, Polanyi construye el puente que le permite tratar como una sola entidad a las tribus no jerárquicas, comunitarias y homogéneas y a los estados estratificados y jerárquicos divididos entre dirigentes y dirigidos, amos y esclavos o trabajadores en servidumbre.

Afirma que ha ignorado deliberadamente la distinción esencial entre estas sociedades muy diferentes, dado que ambos tipos se basan en la reciprocidad, la redistribución, la autosuficiencia y los mercados limitados. Así, considera que es legítimo ignorar las diferencias entre sociedades no jerarquizadas e igualitarias, y sociedades jerárquicas con explotación entre señores y siervos (ibid. 1944, p.99).

Costumbre y religión

Tras restar importancia a la explotación y servidumbre, Polanyi dio una aprobación moral a las sociedades precapitalistas porque, según él, la fuerza motriz de la actividad económica no es la búsqueda individual de beneficios, sino el comportamiento económico determinado por la costumbre, la religión y el derecho (ibid. 1944, p.102).

Lo realmente importante para él era que en estas sociedades la producción se regulaba en función de las necesidades de los productores (ibid. 1944, p.117). La posición de los productores era segura, ya que estaban integrados en la comunidad y la sociedad y “el interés económico del individuo triunfa raramente, pues la comunidad evita a todos sus miembros morir de hambre, salvo si la catástrofe cae sobre ella, en cuyo caso los intereses que se ven amenazados son una vez más de orden colectivo y no de carácter individual.” (ibid 1944, p.90).

Jerarquía y explotación

Polanyi deja claro que la vulnerabilidad clave e importante es la vulnerabilidad debida a la volatilidad del mercado que pone en peligro la seguridad de la posición establecida de los productores. Esto es lo que mueve su pluma cuando admira las sociedades precapitalistas, y este es el motivo moral que para él triunfa sobre los problemas morales relacionados con la servidumbre y la explotación, de tal manera que simplemente los pasa por alto.

Para él, la restricción realmente brutal de la libertad es la aparición del paro y la miseria en la era del capitalismo liberal (ibid. 1944, p.404) – aunque en esta frase Polanyi contradice a sus previas afirmaciones, como hemos visto antes, sobre el bienestar material hasta entonces nunca soñado en el capitalismo liberal (ibid 1944, p.27), y este bienestar nunca soñado es su argumentó para descartar la teoría de explotación de Marx

Aunque Polanyi restó importancia a la explotación y las diversas formas de servidumbre de las masas trabajadoras en las sociedades de los Estados jerárquicos precapitalistas, ambos servían para asegurar el bienestar y el consumo suntuario de las élites gobernantes. En otras palabras, también eran sociedades movidas por el deseo de ganancia individual, contrariamente a lo que afirmaba Polanyi.

Explotación y redistribución

La naturaleza jerárquica significaba, sin embargo, que solo una estrecha casta o estamento como la élite gobernante era capaz de actuar en interés de su propio enriquecimiento individual, mientras que la servidumbre de los trabajadores y de los productores les impedía utilizar sus capitales más importantes, sus capacidades de pensar y sus energías para trabajar para sus propios intereses. Los productores y trabajadores precapitalistas no eran más, que propietarios ficticios de sus propios capitales humanos y así, apenas sacaban más de lo que les bastaba para su mera supervivencia. El verdadero poder de disposición estaba en manos de sus amos.

La existencia de la explotación también significa que, aunque había una redistribución, su dirección era contraria a lo que Polanyi pensaba de estas sociedades jerárquicas. El objetivo de la redistribución era quitar recursos a productores y los trabajadores para enriquecer a la élite gobernante a expensas de los trabajadores sometidos a diversas formas de servidumbre (Oppenheimer 1908, Scott 2017).

El punto de vista de Carl Menger

El punto de vista Mengeriano arroja una luz completamente nueva sobre el giro liberal de los siglos XVIII y XIX. Al abolir diversas formas de esclavitud y servidumbre, se eliminó la situación en la que los trabajadores solo podían ser propietarios ficticios de su propio capital humano. A los productores y trabajadores se les concedió ahora la plena propiedad sobre sus propios cuerpos, ideas y capacidad de trabajo, lo que, hasta entonces, había sido privilegio de la élite gobernante.

No es casualidad que casi todos los inventores clave y los primeros industriales de la Revolución Industrial fueran artesanos, trabajadores cualificados y vástagos de familias trabajadoras o artesanos. Liberar a los individuos de la servidumbre les permitió utilizar su propio capital humano para buscar por fin lo mejor para sí mismos y, entre otras cosas, contribuir a la “riqueza de la nación” con sus inventos e innovaciones. Al mismo tiempo, estas innovaciones fueron la verdadera causa del aumento del nivel de vida de los trabajadores. No es de extrañar, pues, que el giro liberal de la época fuera acompañado del hasta entonces nunca visto aumento del bienestar material de los trabajadores, como el propio Polanyi subrayó en varias ocasiones.

Resumen

En resumen, la esencia de la transformación liberal fue la extensión de la libertad individual a los trabajadores y productores, dándoles plena propiedad sobre sus posesiones más importantes, sobre su propio capital humano, sobre su capacidad de pensar y trabajar. Así, contrariamente a la idea principal de Polanyi, la transición liberal acabó con la naturaleza ficticia del trabajo, y no la creó.

Basándonos en el concepto Mengeriano, se puede deducir que la idea de Polanyi sobre la naturaleza ficticia de la mercancía del trabajo era una idea dudosa y unilateral, que había sido creada para sustentar la marcha inevitable hacia la planificación estatal y el socialismo, después de Polanyi descartado la insostenible teoría de Marx sobre la explotación. 

Bibliografía

Menger, C. (1871) Principios De Economía Política. Available at: https://www.hacer.org/pdf/Menger00.pdf

Oppenheimer, F. (1908) El Estado. https://www.solidaridadobrera.org/ateneo_nacho/libros/Franz%20Oppenheimer%20-%20El%20Estado.pdf

Polanyi, K. (1944) La Gran Transformación Critica del liberalismo económico. 2007th edn. www.quipueditorial.com.ar: Quipu editorial. https://traficantes.net/sites/default/files/Polanyi,_Karl_-_La_gran_transformacion.pdf

Scott, J.C. (2017) Contra el estado. https://www.casadellibro.com/ebook-contra-el-estado-ebook/9788413641126/13530597

Smith, A. (1776) La riqueza de las naciones https://web.seducoahuila.gob.mx/biblioweb/upload/1%20La%20riqueza%20de%20las%20Adam%20Smith.pdf

Ver también

Karl Polanyi entre los posliberales. (James Rogers).

El sistema de pérdidas y ganancias y su impacto en el sistema político. (Andras Toth).

La teoría de Menger sobre la ganancia del empresario. (Andras Toth).

Mercancías y dinero como bienes de capital

En la obra de Carl Menger podemos observar como el tiempo está presente como cuestión esencial en todos sus desarrollos teóricos. Ya desde el mismo prólogo de Principios de Economía Política define a la misma como “las condiciones bajo las cuales desarrollan los hombres su actividad previsora en orden a la satisfacción de sus necesidades”. Como es habitual en el lenguaje de Menger, el término “actividad previsora” es sencillo y tremendamente explicativo. El hombre economiza en el tiempo, mirando hacia el futuro.

De este modo, para que un bien pueda considerarse como tal tiene que satisfacer una necesidad humana, que puede ser inmediata o no.  Aunque yo creo que en la primera edición de Principios de Economía Política esto es bastante obvio, en la segunda edición Menger matizó su definición de bien para que quedara, más claro aún si cabe, este componente temporal añadiendo la palabra anticipación a la primera condición para que una cosa se pueda considerar un bien, quedando redactada de a la siguiente manera: “La percepción, o, la anticipación de una necesidad humana”.

El mero acto de almacenar o atesorar cosas ya implica que estamos anticipando una necesidad futura, pues si la necesidad fuera presente o inmediata, no almacenaríamos la cosa y la consumiríamos inmediatamente, o la utilizaríamos solo ahora para desecharla posteriormente. En este sentido la utilidad técnica de la cosa es irrelevante desde un punto de vista económico, lo relevante es que satisfaga efectivamente una necesidad. 

Si inventamos un extintor, no tendría ningún sentido afirmar que no es tal hasta que de manera efectiva satisfaga la necesidad de apagar un incendio (no un fuego de prueba controlado), o afirmar que realmente nunca fue un extintor si, afortunadamente, nunca padecemos un incendio o si cuando llega el momento de usarlo no es eficaz porque el fuego tuvo origen eléctrico, y a la hora de inventar el extintor erramos al no tener en cuenta esa posibilidad. Insisto que el carácter de bien del extintor no reside en la apreciación de las propiedades objetivas para apagar un fuego (utilidad técnica), sino en la conexión causal de que la cosa será apta para satisfacer la necesidad futura de apagar un eventual incendio.

La utilidad del extintor no es distinta mientras transcurra el tiempo hasta que satisfaga esa necesidad. La utilidad es siempre esperada, incluso hasta en los bienes de consumo más inmediato. Una nuez nos puede parecer útil hoy para satisfacer nuestro hambre en el futuro cercano, y cuando la abramos mañana encontrarnos con la desagradable sorpresa de que está podrida y es incomible. La utilidad de un bien es siempre esperada y conlleva un menor o mayor grado de incertidumbre.

En el capitulo 2.1 sobre La Necesidad Humana, donde Menger en su análisis comienza a poner en relación las cantidades de bienes con las necesidades humanas, el factor tiempo cobra un protagonismo total, explicando con detalle como las cantidades necesarias de un bien dependen totalmente de nuestra previsión futura de la necesidad de dicho bien a lo largo del tiempo.

Aquí comienza a dibujarse ya el concepto de utilidad marginal de Menger, donde la relación entre la cantidad de un bien y el tiempo es esencial.  Las unidades de un bien que necesitamos de manera inmediata son más necesarias que las unidades de un bien que prevemos necesitar en un futuro lejano.  Valga el clásico ejemplo de los vasos de agua, el vaso de agua n es más valioso que el vaso de agua n+1, porque el vaso n es el que utilizamos antes en el tiempo para satisfacer nuestra sed.

Las mercancías son bienes destinados a un eventual intercambio. En una economía moderna altamente especializada es muy habitual que los bienes y servicios que producimos no tengan ningún valor de uso para nosotros, y por tanto tenemos una enorme necesidad de intercambiar. Las mercancías son los bienes que posibilitan el intercambio en primera instancia, el primer eslabón en esa cadena. Las producimos por su valor de cambio y la utilidad de la mercancía es poder intercambiarla obteniendo el mayor valor posible.

De la misma forma que el extintor, la posibilidad de que una mercancía finalmente satisfaga la necesidad esperada, en este caso la de intercambiar, es incierta y se producirá en un futuro más o menos mediato, pero futuro en todo caso.  Y la incertidumbre no solo existe en el sentido del mayor o menor valor que consigamos obtener de dicho intercambio, incluso existe la posibilidad de no obtener ningún valor en absoluto.  Esto es muy habitual en aquellas mercancías que se producen en exceso, o las mercancías de nueva invención.

Sobre la conexión causal de los bienes, Menger acaba concluyendo lo siguiente:

Por consiguiente, lo primordial no está en los números ordinales de los bienes de que hemos venido hablando en esta sección y de los que se hablará en la siguiente, a propósito de las leyes que rigen estos bienes, aunque no es menos cierto que tales números constituyen, a condición de ser bien entendidos, un medio auxiliar provechoso para la exposición de un tema tan difícil como importante. Lo primordial, a nuestro entender, es la comprensión de la conexión causal entre los bienes y la satisfacción de las necesidades humanas y de la relación causal más o menos directa de los primeros respecto de las segundas.

Carl Menger. Capítulo 1.2 de los Principios de Economía Política)

Dado que la mercancía es un medio para obtener otros bienes, cabe la posibilidad de plantear que sea un bien de orden superior, pues no satisface nuestras necesidades finales de forma inmediata, sino de manera mediata o indirecta.  De la misma manera que vamos con trigo a un molino para obtener harina a cambio, se podría decir que el carácter de mercancía de un bien cumple la misma función que el molino si producimos trigo para intercambiarlo interpersonalmente por harina.  La mercancía, el trigo, en este caso actúa de intermediario que sirve para intercambiar nuestro tiempo y esfuerzo por harina. Puede ser trigo o cualquier cosa de valor suficiente para obtener la harina que necesitamos.

Considerando que en todo intercambio se crea nuevo valor, pues ambas partes valoran más lo que reciben que lo que entregan, todo lo anterior nos permite plantear, a su vez, y al igual que para cualquier bien de capital, que el valor de la mercancía proviene del valor añadido proporcionado por los intercambios que la mercancía se espera que facilite. Así que, por ejemplo, cuanto más duradera sea la mercancía más intercambios puede facilitar pasando de mano en mano, y mayor será su valor como medio para el intercambio.

Las mercancías que no abandonan nunca su carácter de mercancía son aquellas que el mercado reputa como más valiosas para el fin de intercambiar, y serían bienes de capital permanentes.  Este es el caso de la moneda, el bien de capital permanente más importante de una economía tal y como expone aquí Carlos Alberto Bondone.

Polavieja no comprendió a Mises; tampoco a Menger (y V)

Réplica (4 de 4) al artículo “Bitcoin es una mercancía”[1]

Las tomas falsas de este debate

Algunos de los argumentos empleados por Polavieja en este debate los considero como tomas falsas. En el mundo del cine o de la televisión, las tomas falsas son aquellas tomas descartadas para su emisión o emitidas posteriormente, por ejemplo, por ser divertidas. En este caso, considero tales argumentos como errores o manipulaciones demasiado evidentes como para ser tomados en serio (es decir, los considero una toma falsa, una toma que debe ser descartada). Por ese motivo, apenas los analizaré. Simplemente, mostraré aquí esas “tomas falsas” para que no se lleve a engaño el autor y crea que sus argumentos han pasado por buenos.

Primera toma falsa

Para que se pueda entender a lo que me voy a referir con esta primera toma falsa, comenzaré por repetir de forma abreviada algunos de los argumentos que empleaba en mi réplica a Polavieja, en los que planteaba una duda que podía surgir a partir de ciertas palabras de Menger. La duda era si Menger consideraba necesario que una mercancía (un bien destinado al intercambio) tuviera usos distintos a ser medio de cambio. En primer lugar, citaba unas palabras de Menger referidas al dinero (la mercancía por antonomasia, según su definición) en las que parece entenderse que considera necesario el valor de uso:

La fuerza de la costumbre es tal que asegura al dinero su capacidad de intercambio, incluso cuando ya no se tiene inmediatamente en cuenta su carácter de metal útil. Esta observación es del todo correcta. Pero no es menos claro que desaparecería rápidamente la capacidad de intercambio del dinero, a una con la costumbre sobre la que se fundamenta, si, por la razón que fuere, el dinero perdiera su característica de metal útil.[3]

Manuel Polavieja

A continuación explicaba que “este párrafo se refiere a una observación de Oppenheim en Die Natur des Geldes (1855)” y decía que, se compartiera o no la última afirmación de Menger, tal vez Polavieja no estaba muy acertado “cuando interpreta que según Menger no sería necesario que una mercancía tuviera otros usos distintos a ser medio de cambio”.

La respuesta de Polavieja a mis argumentos fue la siguiente:

…al contrario de lo que parece insinuar Serrano, Menger no afirma que la amplia demanda de una mercancía tenga que venir porque además tenga valor de uso, e incluso si así fuera (que no lo es), tampoco afirma que sea una característica obligatoria.

Manuel Polavieja

Por supuesto, yo nunca insinué nada en ese sentido, simplemente plantee una duda y esperaba que Polavieja pudiera ofrecer alguna explicación, cosa que no hizo. Pero lo mejor viene a continuación. Dice Polavieja:

Con respecto al texto de Menger en el que se refiere a Oppenheimer, la conozco muy bien y la traducción al castellano omite la palabra “cantidades”. Este texto termina de la siguiente manera en el escrito original: “wenn der Charakter der Geldstücke, als Quantitäten von Nutzmetall, verloren ginge.” Que en la versión en inglés está traducido con mayor fidelidad que en castellano: “if the character of coins as quantities of industrial raw materials were lost. Menger se está refiriendo a que la cantidad de metal (oro o plata) desaparezca, es decir, al envilecimiento de la moneda.

Manuel Polavieja

El texto de Menger citado al comienzo y al que se refiere Polavieja en esta cita corresponde a una nota del primer apartado (“Naturaleza y origen del dinero”) del capítulo VIII (Teoría del dinero) del libro de Menger Principios de Economía Política. Cuando introduce esa nota a pie de página (larguísima nota), Menger está hablando de la gran importancia de la costumbre en el origen del dinero. La nota al completo (casi dos mil palabras) trata sobre las diferentes teorías del origen del dinero defendidas por los economistas a lo largo de la historia (desde Aristóteles, Jenofonte y Plinio, pasando por Law, Genovesi y Turgot, hasta llegar a Rau, Roscher y, finalmente, Oppenheim, entre muchos otros).

¿Por qué incluyo este asunto en la categoría de “tomas falsas”? Porque este texto no tiene absolutamente nada que ver con el envilecimiento de la moneda, ni en español, ni en inglés ni en alemán. Bajo ningún concepto se puede afirmar lo que dice Polavieja.[4] Les pido a aquellos que se creyeran la réplica políglota de Polavieja que la comprueben (don´t trust, verify). Aquí no cabe una mala interpretación. Polavieja se “saca de la manga” el sentido de las palabras de Menger para no dar explicaciones de la duda que se le estaba planteando y que ponía en un brete sus tesis.

Segunda toma falsa

Siguiendo con el tema anterior, en la réplica le mostraba a Polavieja otro texto en el que de nuevo se podía interpretar que Menger consideraba necesario que las mercancías tuvieran siempre un uso distinto al de estar destinadas al intercambio:

Por doquier vemos que las mercancías que, por condiciones históricas y geográficas, son más negociables, además de ser empleadas para fines útiles, asumen al mismo tiempo la función de medios de cambio de uso general.[5]

Menger, Carl (1892): El dinero. Madrid: Unión Editorial, 2013, p. 90

En mi opinión, Menger da por hecho que las mercancías usadas como dinero se emplean siempre para fines útiles. No dice a veces asumen, dice asumen al mismo tiempo… De hecho, se podría cambiar el orden de la frase sin alterar el significado. Las mercancías más negociables, además de ser usadas para el intercambio, se emplean al mismo tiempo para fines útiles. Sin embargo, Polavieja me saca del error con una lección magistral (nótese la ironía):

También trae Serrano otra cita donde Menger se refiere a mercancías donde dice: “además de ser empleadas para fines útiles”. En primer lugar, el adverbio “además” ya denota un carácter accesorio o accidental (no esencial).

Manuel Polavieja

Decir que el adverbio “además” denota un carácter accesorio o accidental (no esencial) es simplemente ridículo. El adverbio “además” se usa para introducir información que se añade a la ya presentada (RAE), pero ese uso no denota nada. La locución preposicional “además de” se usa para añadir información a algo que se indica expresamente (RAE) y, de nuevo, este uso no denota nada. El diccionario María Moliner dice que el adverbio “además” expresa que la acción del verbo a que afecta ocurre añadida a otra ya expresada. Y pone como ejemplo la frase tiene mucho dinero, además de fincas, que como se podrá entender no denota ningún “carácter accesorio o accidental (no esencial)” de las fincas, simplemente añade información.

Por los motivos expresados, este pequeño pasaje de Polavieja también se ha ganado el derecho a aparecer en la categoría de “tomas falsas”.

Tercera toma falsa

Dice Polavieja, en referencia al origen del dinero que

una cosa es que individualmente sea históricamente muy improbable, más bien virtualmente imposible, inventar algo tan abstracto como el dinero de forma individual, y otra muy distinta que una vez descubierto espontáneamente y sobre el soporte de los bienes con valor de uso, cualquiera pueda intentar lanzar, de manera expresa y exclusiva, un bien cuya finalidad sea únicamente servir como medio de intercambio.

Manuel Polavieja

Por supuesto, nada impide que cualquiera pueda lanzar un bien con la única intención de servir como medio de intercambio o cuya finalidad sea, desde su punto de vista, únicamente esa. Pero, por un lado, la intención del creador de ese bien no es relevante a la hora de que ese bien sea adoptado finalmente en sociedad como medio de intercambio y, por otro, el hecho de que el creador de un bien solo encuentre en ese bien una determinada finalidad no impide que otras personas encuentren finalidades distintas (la creatividad del ser humano es sorprendente e inagotable).

Y, relacionado con lo que dice Polavieja en ese párrafo, uno de los errores más habituales es pensar que la teoría del origen del valor del dinero de Mises (una teoría apriorístico-deductiva compatible con la teoría histórico-evolutiva del surgimiento del dinero de Menger) es solo aplicable al primer dinero, pero que cuando hay otros dineros en funcionamiento y es conocido el concepto de dinero las circunstancias son diferentes. En realidad, las circunstancias son, en última instancia, exactamente las mismas. Es posible inventar un bien con la intención de que se convierta en dinero, y ese bien puede efectivamente llegar a ser dinero, pero no es posible demandar algo como dinero/MoE si no se ha establecido antes un precio de ese bien en el mercado. Y precisamente de este asunto del primer precio es de lo que quería hablar ahora. En referencia a la hipotética invención de un bien con la intención de ser dinero, dice Polavieja:

Que dicha invención no tenga ningún valor de uso no monetario que genere un primer precio, o que dicha invención acabe por fracasar, en absoluto impide que el promotor la lance y que uno o más individuos consideren que puede funcionar como medio de cambio adquiriendo las primeras unidades al precio que voluntariamente acuerden las partes y generando así un primer valor de cambio basado única y exclusivamente en la expectativa de utilidad monetaria.[6]

Manuel Polavieja

Ya he analizado en profundidad el asunto de las expectativas, las esperanzas, etc., en la tercera parte de este trabajo,[7] y ese análisis las ha mostrado como valor de uso, así que no voy a repetirme. Lo único que voy a hacer aquí es mostrar un ejemplo similar al de Polavieja, el de Lawrence H. White en el año 2014 y su rectificación en el año 2015.

En 2014, poco después del 100 aniversario de la obra de Mises La Teoría del Dinero y del Crédito, Lawrence H. White organizó un debate en “Liberty Matters”.[8] Los participantes (Lawrence H. White, Jörg Guido Hülsmann, Jeffrey Rogers Hummel, y George A. Selgin) analizaron la importancia de La Teoría del Dinero y del Crédito de Mises como un paso más en la aplicación de los avances de los economistas austriacos a la teoría monetaria y discutieron la solidez de la teoría de Mises una vez que, supuestamente, había sido puesta a prueba por la aparición de Bitcoin. En ese debate Lawrence H. White consideraba un desafío dar cuenta de Bitcoin utilizando el teorema de la regresión de Mises y utilizaba muchos de los argumentos que hoy emplea Polavieja. Incluso llega a cuestionar el propio teorema. Pero al igual que le sucede a Polavieja, el cuestionamiento del teorema por parte de White estaba basado en asunciones manifiestamente erróneas acerca de los inicios de Bitcoin. No obstante, a diferencia de Polavieja, White corrigió algunos de esos errores en 2015:

Anteriormente (White 2014a) rechacé demasiado apresuradamente este argumento como explicación de cómo Bitcoin logró por primera vez un precio de mercado positivo, sobre la base de que «no ofrece lo que requiere el argumento, es decir, una descripción de cómo Bitcoin inicialmente alcanzó un valor independiente de su uso real o futuro como medio de intercambio. El valor en cada punto de este escenario deriva enteramente del uso o uso prospectivo como medio de intercambio…» Me equivoqué al pensar que el argumento requiere tal cosa. Una valoración de afinidad positiva de una criptomoneda bien puede estar referida a la posibilidad de que despegue como dinero no estatal, pero eso no implica el problema del huevo o la gallina. La demanda de afinidad y, por lo tanto, el valor de mercado pueden ser positivos antes de que comience el uso real del medio de intercambio.[9]

Lawrence H. White, The Market for Cryptocurrencies.

Polavieja sigue repitiendo hasta la saciedad que Bitcoin no tuvo nunca ningún valor de uso no monetario y que cualquier valor que se le apreciara y que condujera al primer precio de mercado fue debido únicamente a su utilidad monetaria esperada. Ese empeño absurdo de Polavieja, que como hemos visto White no tardó en abandonar, le hace merecedor de esta nueva “toma falsa”.

Cuarta toma falsa

Antes de comenzar, conviene recordar dos cosas: la primera, que tanto la utilidad como el valor son siempre subjetivos, y la segunda, que no se debe confundir la eficiencia de una máquina (utilidad técnica) con la utilidad que cada uno pueda encontrar en ella (utilidad praxeológica). Digo esto, porque Polavieja utiliza muy a menudo el ejemplo de los coches o los teléfonos para compararlos con Bitcoin. Según su opinión, son todos mercancías y no hay diferencias esenciales entre ellos. Pero las diferencias existen y son insuperables.

La utilidad técnica de un coche es innegable, al igual que la de un teléfono. Digamos que no es necesaria una red de personas para reconocer la utilidad técnica de un teléfono (la puede comprobar el inventor por sí mismo, poniéndose un auricular en el oído izquierdo y otro auricular en el derecho). Y el hecho de que se venda o no el teléfono es indiferente, la utilidad técnica existiría igualmente aunque no se vendiera un solo teléfono y se dejara de fabricar.

En el caso de Bitcoin (como en el caso del coche o del teléfono) también hay un funcionamiento técnico evidente (bueno… al principio no era tan evidente, Satoshi Nakamoto y “Hal” Finney pasaron algunos apuros corrigiendo los problemas que iban surgiendo, pero hace mucho tiempo que no hay ninguna duda al respecto). No obstante, a pesar de un funcionamiento técnico impecable, el sistema Bitcoin no produce medios de intercambio. Un congelador produce cubitos de hielo, y el sistema Bitcoin “produce” bitcoins, pero este sistema no produce medios de intercambio. El hielo se puede utilizar para enfriar bebidas, independientemente de que los usuarios finalmente decidan no enfriar sus bebidas.

Sin embargo, la utilidad monetaria de Bitcoin no es independiente de que los usuarios decidan utilizar los bitcoins como medio de intercambio indirecto, porque los medios de intercambio surgen precisamente como consecuencia de las acciones de los agentes económicos (no como consecuencia del funcionamiento técnico de un sistema). Es decir, los bitcoins solo se convierten en medios de intercambio si los usuarios los utilizan para tal fin. Mientras los usuarios no utilizaban los bitcoins para el intercambio indirecto, los bitcoins no eran medios de intercambio (a pesar de que el sistema desde el primer momento y sin descanso “producía” nuevos bitcoins cada diez minutos).

Pretender que la utilidad monetaria de Bitcoin es equivalente a la utilidad técnica de los coches, de los teléfonos o de la máquina de hielo es absurdo; es desconocer completamente las leyes que rigen el intercambio indirecto. Por ello, esta idea de Polavieja merece ser considerada como una nueva “toma falsa”.

Quinta toma falsa

Respecto a ciertos asuntos que no vienen al caso, dice Polavieja lo siguiente:

Esto ni siquiera lo disputa Mises en la cita que expuse en el IV artículo de mi serie, donde afirma que los servicios monetarios son capaces de generar valor, que Serrano parece que no leyó, pues la aporta como novedad en su crítica.

Manuel Polavieja

Antes de nada, decir que yo no aporto ese párrafo de Mises como novedad, sino que lo aporto en apoyo de mis argumentos. El hecho de que también lo citara Polavieja en su artículo es irrelevante, pues no tiene la exclusiva de las ideas de Mises. Además, seguramente las interpretemos de forma muy diferente. No obstante, lo que quiero decir sobre este asunto no tiene del todo que ver con la respuesta de Polavieja a mi crítica, sino más bien con esa alusión directa.

El caso es que hace un tiempo Polavieja publicó en Twitter el siguiente mensaje:

Incluso Ludwig V. Mises, a pesar de su desafortunado teorema de la regresión, finalmente reconoció que la función monetaria es en sí misma capaz de crear valor.[10] [Traducción propia]

Manuel Polavieja

Añadiendo una foto de un párrafo de Mises, que es precisamente el párrafo del que estamos hablando ahora:

Todos los que negaron la capacidad de los servicios del dinero para determinar su valor de cambio no supieron reconocer que el único elemento decisivo es la demanda. El hecho de que exista una demanda de dinero —el bien más comerciable (más vendible), por el cual los propietarios de otros bienes están dispuestos a intercambiar— significa que la función monetaria es capaz de crear valor.[11] [Traducción propia]

Mises, Ludwig von. Money, Method, and the Market Process : essays by Ludwig von Mises. Selected by Margit von Mises. United States of America: Kluwer Academic Publishers, 1990, p. 59

Esto que dice Mises en ese libro de 1990 (que la función monetaria es capaz de crear valor) coincide al cien por cien con lo que defiende Polavieja. Por ello, Polavieja interpretó esas palabras de Mises a su favor y dijo eso de “a pesar de su desafortunado Teorema de la Regresión, Mises finalmente reconoció que la función monetaria en sí misma era capaz de crear valor” [las cursivas son mías]. Como yo conocía la fecha en que Mises escribió tales palabras, le pregunté a Polavieja lo siguiente:

¿Qué quieres decir con eso de “finalmente reconoció”? Escribió eso en 1932, 17 años antes de escribir La Acción Humana y en este trabajo no necesitó cambiar nada esencial sobre su teorema de la regresión de 1912…[12] [Traducción propia]

Tras esto, Polavieja me responde: “Esa cita es de Money, Method, and the Market Process, publicado en 1990 por su esposa. No sabía que lo escribió en 1932, ¿estás seguro de esa fecha?”[13] [Traducción propia]. Una vez que le envié los datos de publicación,[14] Polavieja no tuvo inconveniente en reconocer su error:

Entonces me equivoqué usando la palabra “finalmente”.[15] [Traducción propia]

Manuel Polavieja

Pero aquí la cuestión verdaderamente importante no es reconocer el error de usar la palabra “finalmente”, sino lo que esto significaba. Polavieja daba a entender que Mises había planteado su teorema de la regresión en 1912 (en La Teoría del Dinero y del Crédito), lo había ratificado en 1949 (en La Acción Humana) y, sin embargo, en 1990 se daba cuenta por fin de su error y rectificaba. Es decir, Polavieja se había inventado una interpretación favorable a las tesis que defiende a partir de un dato erróneo y que no había comprobado antes de hacer su interpretación. A esto se le llama sesgo de confirmación. Ignacio Moncada lo explicaba muy bien en este mismo medio (el IJM):

Las personas tenemos una enorme tendencia a intentar confirmar nuestras ideas preconcebidas. Para ello, inconscientemente, buscamos y seleccionamos la información que nos interesa, la interpretamos como nos viene bien y le damos una importancia desproporcionada. Sin embargo, tendemos a evitar la información que pone en duda nuestras ideas, la reinterpretamos para no tener que modificarlas y le damos una importancia mucho menor que a la información que nos interesa.[16]

Ignacio Moncada

Polavieja aceptó su error al usar la palabra “finalmente”, pero la inclinación a hacer interpretaciones que favorecen los argumentos propios únicamente le condujo a cambiar de interpretación. Si primero decía que Mises, “a pesar de su desafortunado teorema de regresión, finalmente reconoció…” Ahora dice: “estoy totalmente de acuerdo con lo que dice Mises en esa cita, y añado que ahí contradice de pleno su propio teorema de regresión”. En lugar de pensar que Mises difícilmente caería en tal contradicción y buscar una explicación plausible, eligió el camino fácil.

En realidad, en este caso a Polavieja no parece importarle demasiado qué versión dar, lo que parece interesarle más es confirmar sus ideas preconcebidas. Esto es una reinterpretación en el sentido que señalaba Ignacio Moncada cuando explicaba el sesgo de confirmación. En castellano antiguo esta actitud se describía como “sostenella e no enmendalla”. Y creo que merece ser incluida en la categoría de “tomas falsas”.

Evidentemente, el sesgo de confirmación es muy poco recomendable en la investigación, sobre todo si como dice Polavieja él solo busca “avanzar en conocimiento”. De hecho, el sesgo de confirmación es más propio de propagandistas que de investigadores. No quiero decir con esto que Polavieja actúe como un propagandista, si lo pensara lo diría. Ahora bien, ese peligro siempre está ahí, ¿a cuántas personas conocen que después de llevar mucho tiempo defendiendo una misma posición se dan cuenta de su error y rectifican? Eso es más fácil hacerlo cuando uno lleva poco tiempo, pero cuando lleva mucho…

En mi caso particular, siendo Jesús Huerta de Soto presidente del tribunal que me examinaba, defendí los errores del teorema de la regresión en un trabajo de investigación sobre Bitcoin. Pero, una vez que profundicé en esa investigación (en el doctorado que estoy realizando en la actualidad) y entendí el teorema en toda su profundidad, me di cuenta de que el error era mío, no de Mises ni del teorema. Y no tengo problema ninguno en admitirlo.

Por supuesto, cuando cometí ese error llevaba poco tiempo de investigación y, por lo tanto, era más fácil admitirlo que si hubiera llevado muchos años defendiendo la misma posición. Como simple curiosidad, quiero añadir que el hecho de que cualquier aprendiz de economista o cualquiera que empiece a profundizar en teoría monetaria encuentre (o crea encontrar) fallos en las teorías de Mises al parecer es algo muy habitual. Se lo he leído a Joseph T. Salerno e incluso también a Rallo:

… cuando releo a Mises intentando encontrar sus fallas me doy cuenta, la mayoría de las veces, de que cuando yo he ido, él ya ha vuelto. Es cierto que sigo manteniendo ciertas diferencias irreconciliables con él, en asuntos en los que estoy seguro de que se equivoca, pero en muchas otras ocasiones sólo me queda concluir que las objeciones que había desarrollado contra sus argumentos ya las había tenido él en cuenta, analizado enteramente y refutado en unas pocas líneas. Y es en esos momentos en los que me rindo ante la elegancia del austriaco y comprendo que una sola lectura de La acción humana no es suficiente: la riqueza intelectual que contiene cada uno de sus párrafos es demasiado grande como para apreciarla y comprenderla en toda su magnitud… [17]

Juan Ramón Rallo. El libro que me convirtió en economista

Me quedo con estas últimas palabras de Rallo y doy por terminada mi respuesta al artículo de Polavieja. A continuación añadiré un apartado final con unas breves reflexiones (simples pensamientos puestos por escrito).

Addenda

Unas breves reflexiones. Vaya por delante que estas reflexiones no son las conclusiones del análisis realizado (eso ya queda visto para sentencia de los lectores), sino solo unas reflexiones personales expuestas con luz y taquígrafos. Esta expresión, popularizada en su día por Antonio Maura en el Congreso de los Diputados quiere decir “claridad en los planteamientos y que quede por escrito para que conste”. Pues esa es precisamente mi intención con estas reflexiones.

Como ya he comentado anteriormente, Polavieja dice que prefiere hablar de mercancía para referirse al estatus inicial de Bitcoin, renunciando a hablar de medio de intercambio. Pero, en mi opinión, si pretende hablar de utilidad monetaria, no queda otro remedio que hablar de medios de intercambio. Según alega, el motivo de su renuncia es despejar el debate. Sin embargo, cuando Polavieja dice esto, parece que lo único que pretende es enredar los argumentos, no aclararlos. Comienza con las mercancías, que transforma en medios de cambio, luego cambia el significado del concepto valor de cambio de forma que pueda enlazar con los anteriores… Con estos tejemanejes presenta como verosímil lo que en realidad es una imposibilidad lógica (la existencia de una mercancía con valor de cambio sin haber tenido antes valor de uso) y, finalmente, mediante una interpretación ad hoc de Bitcoin, acaba sosteniendo que este novedoso fenómeno monetario refuta el teorema de la regresión de Mises.

En mi opinión, el verdadero interés de Polavieja es arrumbar el teorema de la regresión. Polavieja defiende una teoría monetaria muy difusa. Dado que esta teoría no cuenta con unos sólidos fundamentos y es puesta en evidencia desde su misma base por el teorema de Mises, Polavieja se afana en tratar de desprestigiarlo. Como curiosidad, decir que mientras escribía estas palabras me llegó un mensaje informándome de un nuevo artículo de Polavieja en el Instituto Juan de Mariana, adivinen sobre qué trataba… Efectivamente, sobre el teorema de Mises. El artículo se titulaba “Refutación del teorema de regresión de Mises”. La casualidad hizo que llegara esta supuesta “refutación” justo cuando trataba de explicar el porqué de la obsesión de Polavieja por dicho teorema.

En línea con lo ya apuntado, el intento de Polavieja de enfrentar a Mises y a Menger[18] se podría explicar por dos motivos, en primer lugar, por la imperiosa necesidad de refutar el teorema de Mises (los defensores de esa teoría monetaria tienen que aparentar haber refutado la teoría de Mises antes de poder seguir adelante con sus planteamientos). Y, en segundo lugar, porque al romper con Mises los defensores de esa teoría monetaria necesitan imperiosamente mantener un enlace con la Escuela Austriaca de Economía. De lo contrario, se quedarían huérfanos, espantando a todos aquellos que solo llegan a ellos atraídos por el prestigio de esta escuela económica (principalmente liberales, anarcocapitalistas y, en los últimos años, también bitcoiners). En el caso de Polavieja, el enlace con la escuela lo busca a través de la defensa de algunas teorías muy específicas de Menger y, en lo relacionado con Bitcoin, ese enlace lo busca principalmente a través de la teoría de la mercancía del mismo autor.

Desconozco si Polavieja se considera seguidor de la Escuela Austriaca de Economía o simplemente seguidor de Menger. Tal vez ninguna de las anteriores y, en realidad, solo se sirva de Menger de forma utilitarista para conseguir los objetivos citados. En todo caso, mi opinión es que en la actualidad desarrolla una estrategia que solo está enfocada hacia la defensa de su teoría monetaria (considero que esto es así incluso cuando habla de Bitcoin). Esa teoría monetaria que defiende supone un claro retroceso en el ámbito de la teoría económica y es un peligro para el entorno de Bitcoin (es un peligro siempre que esta teoría monetaria sea tomada en serio, por supuesto). A este respecto, resulta curioso (y triste) observar las contradicciones de aquellos que a lo largo de los años han convencido a muchos bitcoiners de que la teoría monetaria de Mises era rechazable porque implicaba la imposibilidad del surgimiento de Bitcoin como dinero/MoE (en una errónea interpretación del teorema de la regresión y del surgimiento de Bitcoin) y ahora tratan de convencerlos de que Bitcoin no puede llegar a ser dinero (por su volatilidad, falta de estabilidad, imposibilidad de adaptar la oferta a la demanda, etc.) Ver para creer.

En referencia a esto, últimamente veo asomar un peligro en el horizonte, no para Bitcoin, sino para el interés particular de aquellos bitcoiners que han aceptado la teoría monetaria defendida por Polavieja como si fuera una verdad absoluta e incuestionable. Este potencial peligro es que los defensores de dicha teoría traten de lanzar una nueva moneda digital que “solucione” los problemas de Bitcoin (por supuesto, una moneda que estaría basada en su defectuosa teoría monetaria). Hace mucho tiempo que sigo con interés las publicaciones de Polavieja referentes a Bitcoin y tengo que decir que me inquieta su actual deriva. Solo en los últimos días, he visto a Polavieja decir lo siguiente:

Esta fue claramente la intención de los cypherpunks desde la década de los 80 del siglo pasado, que Friedman veía venir con toda claridad, también es clara la intención de Satoshi viendo el título de su whitepaper, o la intención de todo aquel que esté trabajando hoy en diseñar una moneda totalmente independiente trust minimized sin vinculación a ningún activo que por ejemplo sea más estable que Bitcoin por la vía de adaptar algorítmicamente la oferta a la demanda.[19]

Manuel Polavieja. Bitcoin es una mercancía II

No parece que esta última idea le produzca a Polavieja ningún rechazo, toda vez que coincide con su teoría monetaria. Lo dice aún más claro en el siguiente mensaje:

Totalmente spot on. Una moneda estable e igual de trust-minimized que Bitcoin sería la muerte de las monedas fiat. Posiblemente, dejaría a Bitcoin agonizando, no lo sé. Pero si esa nueva moneda liquida las monedas estatales, yo firmo ya mismo.[20]

Manuel Polavieja. Una moneda estable e igual de trust-minimized que Bitcoin

Estos mensajes me resultan muy extraños. En primer lugar, porque Polavieja es uno de los mayores defensores del dólar que yo conozca. Pero dejando esto a un lado, qué lejano queda aquello de que Bitcoin era un berserker, la anti fragilidad, la resiliencia… cuando ahora los defensores de esta teoría monetaria sostienen que Bitcoin no sirve para aquello que fue creado (no sirve como dinero). Lamentablemente, algunos bitcoiners de perfil técnico aceptan con poco espíritu crítico las conclusiones que se deducen de dicha teoría monetaria, mientras asumen ingenuamente que tales conclusiones están basadas en hechos y no en teorías.[21]

Probablemente, cada vez está más cerca el momento de ver aparecer una nueva moneda patrocinada por los defensores de esa teoría monetaria (una stableshitcoin diseñada para “solucionar” los problemas de Bitcoin). Mientras llega ese momento, espero que muchos de los bitcoiners influidos por dicha teoría monetaria empiecen a darse cuenta de que los problemas no se sitúan en Bitcoin, sino en la teoría monetaria desde la que se interpreta. De no ser así, seguramente serán ellos los que soporten voluntariamente el coste de lanzar esa nueva moneda(por supuesto, a costa de sus bitcoins, como lo fue en su día para otros bitcoiners pensar que la solución de los problemas se encontraba en Bitcoin Cash o en Bitcoin Satoshi Vision). Incluso Fernando Nieto tiene esto muy claro, al menos cuando es capaz de abandonar el punto de vista de esa defectuosa teoría monetaria que defiende y lo analiza desde el punto de vista de un bitcoiner experimentado:

Complexity implies risk, and risks have a cost. Bitcoin excels as the simplest digital trust-minimized wealth. Trying to add complexity in the pursue of something that may be impossible or not provide enough utility to offset its cost puts you in the path for creating an altcoin.[22]

Para terminar quiero decir que mi interés está centrado desde hace ya tiempo en el análisis de Bitcoin desde los postulados de la Escuela Austriaca de Economía. Esta tarea autoimpuesta me obliga (y me obligará) a tratar de mostrar los errores que encuentro en las diferentes interpretaciones de Bitcoin (acertada o equivocadamente). Soy plenamente consciente de que la crítica no suele ser bien recibida, pero al menos los defensores del espíritu crítico, del don´t trust, verify y de la profundización en el conocimiento de Bitcoin no podrán achacarme que no sea perseverante y que no hable claro. Por supuesto, estas reflexiones en voz alta no son más que una opinión personal. Reflejan mi actual interpretación de la situación. Tal vez, dentro de un tiempo esa interpretación cambie. El tiempo lo dirá.

Notas

[1] El presente artículo es una réplica al artículo de Manuel Polavieja “Bitcoin es una mercancía II”, que a su vez es una contrarréplica a mi artículo “Polavieja no comprendió a Mises, tampoco a Menger”, que asimismo es una réplica a la serie de artículos de Manuel Polavieja titulados “Mises no comprendió a Menger” (véase “Mises no comprendió a Menger”,Mises no comprendió a Menger II”, “Mises no comprendió a Menger III” y “Mises no comprendió a Menger IV”)

[3] Menger, Carl (1871) Principios de Economía Política. Madrid:Unión Editorial, 2019, p. 326 (nota al pie). Esta nota de la edición en español aparece en la versión en inglés en el “Appendix J: History of Theories of the Origin of Money”: Menger, Carl (1871), Principles of Economics. Auburn, Alabama:Ludwig von Mises Institute, 2007, p. 320

[4] De hecho, ese tema del envilecimiento de la moneda solo es abordado por Menger, y muy tangencialmente, en las tres últimas páginas del libro (pp. 347-349) y en la nota 21 (p. 347).

[5] Menger, Carl (1892): El dinero. Madrid: Unión Editorial, 2013, p. 90

[6] Véase “Bitcoin es una mercancía II

[7] Véase “Polavieja no comprendió a Mises, tampoco a Menger (III)

[8] Véase Lawrence-white-mises-theory-of-money-credit

[9] Este es el texto original: “I previously (White 2014a) too hastily rejected this argument as an explanation of how Bitcoin first achieved a positive market price, on the grounds that it «does not deliver what the argument requires, namely, an account of how Bitcoins initially had a positive value apart from their actual or prospective use as medium of exchange. The value at every point in this scenario derives entirely from use or prospective use as a medium of exchange …» I was mistaken to think that the argument has such a requirement. A positive affinity valuation of a cryptocurrency may well require the possibility of its taking off as a nonstate money, but that does not imply a chicken-or-egg problem. Affinity demand and hence market value can be positive before actual medium-of-exchange use begins.” White L. H., (2015), The Market for Cryptocurrencies

[10] Véase Even Ludwig V. Mises

[11] Mises, Ludwig von. Money, Method, and the Market Process : essays by Ludwig von Mises. Selected by Margit von Mises. United States of America: Kluwer Academic Publishers, 1990, p. 59

[12] Véase ¿Qué quieres decir con eso de “finalmente reconoció”?

[13] Véase ¿Estás seguro de esa fecha?

[14] Originally published in Die Wirtschaftstheorie der Gegenwart vol. 2, Hans Mayer, Frank A. Fetter, and Richard Reisch, eds. (Vienna: Julius Springer, 1932). Translated for this volume by Albert H. Zlabinger—Ed

[15] Véase Entonces me equivoqué…

[16] Véase Behavioral investing una cura de humildad

[17] Véase El libro que me convirtió en economista

[18] Recuerden sus cuatro artículos titulados “Mises no comprendió a Menger” I, II, III y IV

[19] Escrito el 12 de enero de 2023 en el artículo “Bitcoin es una mercancía II

[20] Escrito el 2 de febrero de 2023: Una moneda estable e igual de trust-minimized que Bitcoin

[21] Por ejemplo, Miguel Vidal, un bitcoiner al que tengo por una persona muy coherente, me sorprendió hace unos días con varios mensajes de apoyo al enésimo intento de refutación del teorema de la regresión de Mises, esta vez por parte de Polavieja. Decía, entre otras cosas, lo siguiente: “Yo creo que la mera existencia de Bitcoin falsa (y por tanto refuta) dicho teorema. … Es decepcionante que tantos académicos tengan más apego a la teoría que a los hechos”. Miguel Vidal no parece darse cuenta de que en las ciencias sociales las teorías se desarrollan para poder entender o explicar la realidad, es decir, la realidad solo se puede entender o explicar a partir de esas teorías. Usaré un ejemplo para mostrar lo que quiero decir (creo que este ejemplo o uno muy parecido se lo leí alguna vez a Rothbard o a Huerta de Soto, no estoy muy seguro). Si un extraterrestre observa a una persona acercarse a un cajero automático y sacar 200 euros en billetes de 50, de 20 y de 10. Lo único que capta es que un terrícola se acerca a lo que parece una máquina y después de manipularla salen de ella unos papeles de diferentes tamaños y colores, los recoge y se va. Esto es así, salvo que el extraterrestre parta de una teoría de los medios de intercambio y del dinero y que esta teoría, junto a su experiencia vital y su conocimiento histórico, le permita comprender lo que en realidad estaba haciendo el terrícola. En el mismo sentido de este ejemplo, se puede decir que no es posible interpretar el fenómeno monetario Bitcoin sin partir de una teoría de los medios de intercambio y del dinero o de la teoría del intercambio indirecto (como se prefiera denominar). Por supuesto, sobra decir que todo esto no tiene nada que ver con la utilidad técnica del sistema Bitcoin. Por otra parte, Miguel Vidal no cae en la cuenta de que Polavieja también extrae sus conclusiones acerca de Bitcoin a partir de la teoría (no puede ser de otra manera). En su caso, a partir de la teoría monetaria que defiende y de la teoría de la mercancía de Menger (que yo creo que malinterpreta, pero eso es cuestión aparte). Espero que estas palabras sirvan al menos para hacer reflexionar a Miguel…

[22] Véase The path for creating an altcoin

El debate sobre las mercancías

Joel Serrano

La liquidez frente al teorema de la liquidez del dinero: una crítica a J. R. Rallo

Manuel Polavieja

Mises no comprendió a Menger (I)

Mises no comprendió a Menger (II)

Mises no comprendió a Menger (III)

Bitcoin, dinero y mercancías

Bitcoin es una mercancía (I)

Mises no comprendió a Menger (IV)

Joel Serrano

Manuel Polavieja no comprendió a Mises; tampoco a Menger (I)

Manuel Polavieja

Bitcoin es una mercancía (II)

Refutación del teorema regresivo de Mises

Joel Serrano

Manuel Polavieja no comprendió a Mises; tampoco a Menger (II)

Manuel Polavieja

Mercancías y economía de mercado

Joel Serrano

Manuel Polavieja no entendió a Mises; tampoco a Menger (III)

Manuel Polavieja no entendió a Mises; tampoco a Menger (IV)

La ambivalencia de Menger respecto del ‘homo oeconomicus’

Las investigaciones de Carl Menger se limitaron estrictamente a las acciones económicas en Principios de Economía Política. En su obra, el actor humano de Menger es un homo oeconomicus, quien actúa cuando piensa que su bienestar en un momento dado depende de la satisfacción de sus necesidades con bienes económicos.

Perspectiva reduccionista

Su bienestar solo está asegurado si piensa que tiene a su disposición los bienes necesarios para la satisfacción directa de estas necesidades (Menger 1871, p.56). Así pues, la investigación de Menger excluye los impulsos no económicos, como el amor, la solidaridad, el honor o el ansia de poder. Esto no es así porque Menger no fuera consciente de que la acción humana no solo está impulsada por factores económicos. Menger también ha notado que los seres humanos no sólo están motivados por las recompensas económicas, sino que también buscan la satisfacción y otras necesidades humanas en sus actuaciones económicas (ibid, p.171). Sin embargo, él eligió una perspectiva reduccionista, porque su objetivo era descubrir las leyes exactas de la acción económica. Su meta era elevar el pensamiento económico a la categoría de una ciencia exacta, similar a las ciencias naturales.

El punto de partida de Menger fue que es posible descubrir condiciones y conexiones causales que ejercen una influencia como leyes exactas. Esto es así porque bajo ciertas condiciones, los seres humanos con libre voluntad se ven obligados a actuar como si estuvieran desprovistos de libre voluntad. Por eso, en su libro el homo oeconomicus economizador recibió un papel importante.

Preferencias preexistentes y estables

Muchos de sus ejemplos prácticos indican claramente que su homo oeconomicus economizador actúa sobre la base de preferencias preexistentes y estables. Y su plan de comercio se basan en patrones bien establecidos. El propietario que lleva a sus vacas al mercado tiene preferencias claras de que su objetivo es cambiar sus vacas por caballos. Y viceversa para el propietario de caballos (ibid, pp.181-2). El agricultor de trigo también tiene preferencias claras y bien establecidas sobre cómo utilizar el trigo cosechado (ibid, p.129). Visto desde este punto de vista, no es en absoluto sorprendente que George Stigler (1937, p.235) observara que Menger fue uno de los primeros economistas “en introducir la indispensable herramienta económica de los supuestos ‘estáticos’ en los análisis económicos”.

Pero su “homo oeconomicus” humano es de doble carácter, como el dios Jano de la mitología romana representando en las iconografías con dos caras. El propio Menger no exploró explícitamente el carácter ambivalente de su actor humano. Sin embargo, la razón de que sea posible construir un actor humano con dos caras es que Menger enfatizó diferentes facetas del comportamiento económico en las dos partes clave de Principios de Economía Política.

Dos facetas

La primera faceta domina el primer capítulo de su libro en el que analiza la teoría de los bienes y las causas del progreso de la civilización. La segunda faceta es la descripción del comportamiento económico que lleva a cabo a partir del tercer capítulo, en que Menger analiza las leyes del intercambio y de la formación de los precios. Estos dos grandes bloques se basan en dos facetas muy diferentes del comportamiento humano: una innovadora y emprendedora, y otra economizadora. Una “irracional” y otra “racional”.

Los términos irracional y racional no fueron utilizados por el propio Menger, pero los he tomado prestados de Schumpeter (1934, 326-331) y los utilizaré para caracterizar las dos caras diferentes del humano de Menger. La caracterización de Schumpeter me parece muy acertada porque aclara lo que Menger dejó implícito; al fin y al cabo, Schumpeter vivió la tradición mengeriana en la Universidad de Vienna, y fue alumno de Wieser y Böhm-Bawerk, los inmediatos seguidores claves de Menger.

Economizador

Economizar es actuar y calcular racionalmente. Esta es una de las caras a las que me referiré como un lado de la ambivalencia de Menger con respecto del actor humano. A partir del tercer capítulo, Menger analiza el “homo oeconomicus” economizador. Considera que economizar significa administrar cuidadosamente los bienes escasos que ya están a disposición de la persona que actúa.

Economizar significa (1) mantener en pie cada unidad de un bien, 2) conservar sus propiedades útiles, 3) hacer una elección entre sus necesidades más importantes, que serán satisfechas con la cantidad disponible del bien en cuestión (4) obtener el mayor resultado posible con una cantidad dada del bien o un resultado dado con la menor cantidad posible (ibid, pp.95-6).

El actor humano economizador llega al mercado con bienes ya producidos y preferencias estables. Un dueño de vacas quiere cambiarlas por caballos, mientras que el dueño de caballos quiere cambiarlos por vacas.  Ambos son actores racionales: están economizando con sus recursos y quieren conseguir una mejor asignación de recursos en el mercado. El resultado de su negociación se encuentra dentro de un margen de cálculo racional por ambas partes condicionado por la oferta y la demanda.

Razón, pero también capricho

Conociendo el conjunto de condiciones que configuran su regateo, sus acciones pueden analizarse como acciones de actores independientes de la libre voluntad, aunque actúan con su plena capacidad de voluntad en la medida en que desean el intercambio y quieren asegurar el cumplimiento de sus preferencias. No obstante, las condiciones son tales, que llegarán, siguiendo un cálculo racional, a un resultado que será el mejor resultado posible.

Menger señala incluso que el capricho humano tiene cierto grado de influencia. Pero es igualmente cierto que los esfuerzos opuestos de los negociadores por obtener la mayor ganancia posible de la transacción se equilibrarán en la mayoría de los casos. Por tanto, los precios tenderán a establecerse en la media de los límites extremos posibles (ibid. pp.196-7). Así pues, el agente economizador de Menger es el “homo oeconomicus” racional que administra cuidadosamente los recursos disponibles para garantizar la mejor satisfacción posible de sus necesidades.

Innovación

El descubrimiento y la ampliación del conocimiento es la segunda cara del “homo oeconomicus” mengeriano. Esta cara domina el primer capítulo de Principios de economía Política en que Menger teoriza sobre la valoración subjetiva y el progreso de la civilización. Menger esboza claramente que el progreso de la civilización se debe a la capacidad humana para descubrir nuevas conexiones causales entre dos fenómenos desconocidos hasta entonces y ampliar así sus conocimientos y su capacidad para poner en práctica sus ideas y aplicar los nuevos descubrimientos. Esta faceta, como argumentó más tarde Schumpeter, es “irracional”.

La invención y la innovación son brotes de una idea nueva que rompe con la realidad calaculable. El empresario innovador actúa sobre la base de la estimación de las posibles ganancias en lugar del cálculo racional.[1] Schumpeter (1934, 226-231) opinó que la innovación irracional y el cálculo racional son etapas de un proceso: la primera fase es la innovación “irracional”, basada en la estimación, y la segunda, el “cálculo racional” que entra en juego en la acción empresarial cuando el empresario pone en producción la idea, e intenta hacer la producción lo más racional y efectiva posible.

Descubrimiento

El descubrimiento, la ampliación del conocimiento, la invención y la innovación empresarial, como ya he comentado en un artículo anterior, provocan una inseguridad incalculable en lo que respecta al futuro para los demás participantes de la vida económica. La invención y la innovación perturban los planes economizadores racionales de todos los demás agentes económicos del mismo nicho de mercado porque su planificación se concibió en el contexto de lo ya dado y aceptado por la realidad anterior a la innovación, por las tradiciones, las costumbres y la práctica bien engrasada. Como argumentó Huerta de Soto (2010, p. 22) “El futuro es siempre incierto, en el sentido de que está por construir… el futuro está abierto a todas las posibilidades creativas del hombre y, por ello, cada actor lo afronta con permanente incertidumbre“.

Así, el humano con la “doble cara de Jano” mengeriano es un híbrido de cálculo “racional” con condiciones dadas y preferencias establecidas, y un inventor e innovador “irracional” que crea un mundo nuevo descubriendo nuevas conexiones, rompiendo con las costumbres, preferencias y prácticas comprobadas.

Leyes exactas

Esta ambivalencia del actor humano es un tema tenue e implícito en el libro de Menger. La razón es que el objetivo manifiesto de Menger era establecer un sistema teórico que mostrara cómo la economía se guía por leyes exactas. En consecuencia, Menger analizó más la faceta “racionalmente” calculadora y economizadora del “homo oeconomicus” que sigue las costumbres, las prácticas establecidas y las preferencias. No obstante, era consciente de que el ser humano presenta más de una faceta en su actuación económica.

Pero esta faceta creativa y emprendedora sólo tiene presencia en la primera parte de su libro porque, según mi punto de vista, su teoría del desarrollo sobre la causa del progreso de la civilización está simplemente esbozada en el libro en comparación con el esfuerzo aplicado por demostrar la existencia de leyes exactas predecibles. Pero…, está ahí. Irónicamente, la moderna escuela austriaca se centra en la faceta creativa empresarial del actor humano mengeriano, mientras que las modernas escuelas económicas walrasianas dominantes se centran más bien en la faceta homo oeconomicus.

Planificación

El actor innovador y empresarial plantea una objeción a la planificación de la vida económica distinta de la de Hayek. Hayek (1945) argumentaba que los planificadores centrales nunca son capaces de recopilar toda la información relevante debido a la naturaleza del conocimiento descentralizado, tácito y disperso de los actores locales. Contrario a Hayek, el elemento esencial de la crítica basada en el actor con cara de “irracional”, es que los planificadores son incapaces de estimar el impacto de los descubrimientos futuros y el poder creativo de la imaginación humana. Esto es así porque cualquier plan basado en el cálculo racional y en la continuidad de un equilibrio preexistente, es incapaz de abordar el dinamismo del mercado debido a las invenciones e innovaciones empresariales. Como teorizó Huerta de Soto (2010, p. 276), un mercado dinámico no puede conciliarse fácilmente con una planificación basada en modelos matemáticos.

Bibliografía

Arnaert, B. (2022) Los dos Ludwigs: Mises, Lachmann, and the ongoing Methodenstreit in the Austrian School of Economics, tesis doctoral. Mimeo.

Hayek, F. (1945) “The Use of Knowledge in Society”, American Economic Review, XXXV(4), pp. 519-530.

Huerta de Soto, J. (2010) Socialismo, cálculo económico y espíritu empresarial. Edward Elgar.

Menger, C. (1871) Principios de economía. 2007a edn. Auburn, Ala: Instituto Ludwig von Mises.

Schumpeter, J. (1934) Teoría del desarrollo económico. 2008a edn. New Brunswick, Nueva Jersey: Transaction Publishers.

Stigler, G. (1937) “The Economics of Carl Menger”, Journal of Political Economy, 45, pp. 229-250.


[1] Estoy en deuda con Brecht Arnaert, que me aclaró la diferencia entre estimación y cálculo. Huerta de Soto (2010, p.26) también utilizó el término “estimación” para caracterizar la toma de decisiones empresariales y escribió que un empresario estima el efecto futuro de sus acciones, cuando decide qué acciones llevará a cabo.

Polavieja no comprendió a Mises; tampoco a Menger (IV)

Sobre la idea de bien en Menger

En mi réplica al artículo de Polavieja decía que, de acuerdo a las condiciones que establecía Menger para poder considerar que una cosa era un bien, Bitcoin se podía considerar un bien desde el momento de su “nacimiento”. Y citaba un caso particular para demostrarlo, como era que al surgir el genesis block Satoshi Nakamoto daba satisfacción a esa necesidad intelectual que le llevó a trabajar en un proyecto tan complejo. Sólo por ese motivo, ya era posible considerar a Bitcoin como un bien.

Según Menger, para que una cosa sea considerada un bien, debe darse, en primer lugar, la existencia (o anticipación) de una necesidad humana; en segundo lugar, que la cosa tenga cualidades que la capaciten para mantener una relación causal con la satisfacción de dicha necesidad; en tercer lugar, que se conozca esta última posibilidad; y, en cuarto lugar, que el ser humano tenga poder de disposición sobre la cosa y la pueda utilizar para satisfacer su necesidad.[1]

No obstante, no se trataba de decidir si Bitcoin era un bien, sino de decidir si era un bien monetario (si tenía utilidad monetaria en el momento de su “nacimiento”). Y, en ese sentido, en mi réplica a Polavieja decía que se incumplía la segunda parte de la cuarta condición de Menger. Es decir, que aun teniendo poder de disposición sobre sus bitcoins, Satoshi no los podía utilizar para satisfacer sus necesidades mediante el intercambio indirecto. Por tanto, concluía que “en ese momento inicial, Bitcoin no se ajustaba a todas las exigencias de Menger para que pudiera ser considerado un bien de tipo monetario (un medio de intercambio)”.[2] En referencia a esto, dice Polavieja:

Es curioso que Serrano parece utilizar el texto de la segunda edición de Principios de Economía Política donde Menger añade la palabra “anticipación” en la primera condición, pero no parece utilizar esta segunda edición para citar la cuarta condición donde Menger añade: “aunque sea una necesidad futura y solo con la ayuda de otros bienes”.[3]

Anticiparte a las necesidades futuras

En su respuesta, Polavieja desvía la atención hacia la palabra anticipación. Pero la necesidad que detectaba Satoshi Nakamoto estaba bien presente, no necesitaba anticiparla. Y, precisamente, Satoshi trató de satisfacerla mediante la creación de Bitcoin. Por tanto, dado que la necesidad estaba ya presente en él, la palabra anticipación no aporta nada. De hecho, cuando cité las condiciones que establece Menger para que una cosa sea considerada un bien, añadí la palabra anticipación (de la segunda edición de Principios de Economía Política) precisamente para tratar de evitar que Polavieja recurriera a ese ardid, algo que hace habitualmente y que, en realidad, es irrelevante para la discusión.

Sin embargo, esto no ha sido suficiente para lograr que Polavieja abandonara ese asunto. Como se ha podido comprobar, decidió añadir la frase de Menger: “aunque sea una necesidad futura y solo con la ayuda de otros bienes”, y lo hizo señalando en negrita la palabra futura como si aportara algo novedoso. Pero es obvio que referirse a una necesidad futura es volver a insistir en la anticipación de una necesidad, que como he dicho es irrelevante en la discusión.

Posteriormente, Polavieja todavía vuelve a insistir en que “la necesidad puede ser futura, no tiene que ser presente”.[4] Dado que esto yo no lo he negado, no es más que un intento continuado de desviar la atención del asunto principal. Enseguida hablaremos sobre lo que quiere decir realmente Menger cuando se refiere a anticipar una necesidad o, también, cuando se refiere a “una necesidad futura y solo con la ayuda de otros bienes”, pero ya adelanto que nada tiene que ver con lo que da a entender Polavieja.

Crusoe naufraga y llega a una isla desierta

Lo dicho hasta ahora se podrá entender mejor a través de unos ejemplos. Imaginemos a Robinson Crusoe tras el naufragio de su barco. Completamente solo en una isla. La desgraciada circunstancia que vive le lleva a agudizar el ingenio para tratar de satisfacer de la mejor forma posible sus necesidades más básicas. Con esa intención, fabrica un sortricultor, utensilio que le facilita mucho la vida.

Evidentemente, Crusoe considera ese utensilio como un bien desde el mismo momento de su fabricación. Menger estaría de acuerdo con él, pues cumple todas las condiciones para que un objeto pueda ser considerado un bien: Crusoe tiene una necesidad; el utensilio tiene cualidades para satisfacer su necesidad; conoce esas cualidades; tiene poder de disposición sobre el utensilio que ha creado, y puede utilizarlo para satisfacer su necesidad. Es decir, el sortricultor sería un bien para Crusoe, y no importaría si nadie más en el mundo apreciara su utilidad, seguiría siendo un bien para Crusoe. Vemos que en este caso no hace falta que Crusoe anticipara la necesidad, pues la necesidad estaba ya presente. Es esa necesidad la que motivó que Crusoe fabricara el utensilio.

Imaginemos ahora que unos monos con muy mala intención se llevan el sortricultor y lo cuelgan en el árbol más alto de la isla, de forma que es inalcanzable para Crusoe. En esta situación dejaría de ser un bien para Crusoe (en el sentido de Menger), pues ya no tendría poder de disposición sobre el utensilio.[5] Vemos que en tal caso sería irrelevante cualquier referencia a la anticipación de la necesidad o a una necesidad futura de Crusoe.

Conchas, plata y dinero

Pasado el tiempo, Crusoe se encuentra ya en unas circunstancias muy diferentes. Tiene cubiertas las necesidades más básicas y su imaginación se dirige hacia otro tipo de cosas. Añora su país natal y piensa en el porqué de que se utilizara la plata como dinero. Se acuerda de la libra esterlina y, al mismo tiempo, recuerda haber leído que a lo largo de la historia muchos bienes habían sido utilizados como dinero antes de que se empezaran a utilizar las monedas metálicas. De repente, se pone a recoger conchas marinas, convencido de que algún día se convertirían en el dinero de su isla. Tras unos días de intensa recolección, Crusoe da por terminada esa actividad y guarda celosamente su colección de conchas marinas en una cueva. Está muy satisfecho. Las conchas son, sin duda, su tesoro más preciado.

En esa situación, ¿se podría considerar que las conchas marinas eran un bien para Crusoe? Según los criterios de Menger, Crusoe tiene una necesidad; las conchas marinas tienen cualidades para satisfacer su necesidad; conoce esas cualidades; tiene poder de disposición sobre las conchas marinas, y puede utilizarlas para satisfacer su necesidad. Por tanto, es evidente que las conchas marinas son un bien para Crusoe.

Pero, ¿cuál es la necesidad que puede satisfacer Crusoe con sus conchas marinas? Esa necesidad es meramente psicológica, en su difícil situación seguramente necesitaba alguna esperanza que le proporcionara ánimo para seguir adelante. Y en su mente delirante, las conchas marinas le llevaban a imaginar que poseía el equivalente a muchas libras esterlinas de buena plata y le permitían soñar que era inmensamente rico.

No hay dinero sin intercambio

Ahora bien, la cruda realidad nos dice que las conchas de Crusoe no eran dinero, tampoco eran un medio de intercambio, ni siquiera había gente en la isla con la que pudiera utilizarlas en el intercambio. Así las cosas, ¿se podría considerar que las conchas marinas eran un bien de tipo monetario para Crusoe? Según los criterios de Menger, Crusoe tiene una necesidad monetaria; las conchas marinas tienen cualidades para satisfacer esa necesidad (ya lo han hecho en otros períodos de la historia); conoce esas cualidades; y tiene poder de disposición sobre las conchas marinas, pero ¿puede utilizarlas para satisfacer su supuesta necesidad monetaria?

Como ya he dicho, en tales circunstancias las conchas no son dinero. ¿Podrían llegar a serlo? Sí, pero no lo son. Tampoco son medios de intercambio. ¿Podrían llegar a serlo? Sí, pero no lo son. En la isla no hay habitantes que puedan intercambiar las conchas. ¿Podrían llegar nuevos habitantes a la isla? Sin duda, pero de momento no han llegado. Y, además, ¿qué garantías existen de que esos nuevos habitantes acepten las conchas como medio de intercambio? Evidentemente, ninguna. Por tanto, ¿se puede decir que las conchas marinas tenían utilidad como medio de intercambio indirecto para Crusoe? De ningún modo. Las conchas marinas no eran un bien de tipo monetario para Crusoe y, de nuevo, sería totalmente irrelevante cualquier referencia a la anticipación de una necesidad o a una necesidad futura.

Martes, Miércoles, Jueves y Viernes

Tiempo después llega Viernes a la isla. Crusoe piensa inmediatamente en su tesoro más preciado, piensa en utilizar sus conchas marinas como medio de intercambio indirecto con su nuevo vecino. Pero Viernes enseguida le devuelve a la realidad. Siendo solo dos personas, no tiene demasiado sentido usar medios de intercambio. El cambio puede ser directo. Viernes le dice a Crusoe que para utilizar las conchas marinas como medio de intercambio sería preferible que hubiera más habitantes en la isla. Ante semejante golpe de realidad, Crusoe cae en depresión.

Meses más tarde llegan a la isla Martes, Miércoles y Jueves. Esto anima mucho a Crusoe. De hecho, está eufórico, piensa que por fin podrá usar su preciado tesoro. Enseguida entabla relación con ellos y trata de comprarles unos relucientes cuchillos que llevaban colgados del cinturón. Les ofrece a cambio un buen número de conchas marinas. Pero una vez más se lleva una decepción. Martes, Miércoles y Jueves rechazan las conchas. Crusoe les explica que no son unas meras conchas, sino un medio de intercambio indirecto muy valioso. Pero los tres personajes, entre risas, le contestan que si las conchas son tan valiosas se las puede quedar todas. Crusoe cae de nuevo en la depresión.

Pan y cuchillos

Un buen día, la lucidez hizo aparición en la mente de Crusoe. Había encontrado una forma de satisfacer la imperiosa necesidad que sentía de poseer aquellos relucientes cuchillos. Decidió hacer pan. El olor a pan recién hecho se extendió inmediatamente por toda la isla y llegó al resto de habitantes, que acudieron como las moscas a la miel. Finalmente, tras una intensa negociación, Crusoe consiguió sus deseados cuchillos a cambio de un buen número de panes.

Se podría pensar que Crusoe logró satisfacer sus necesidades mediante un simple trueque y en parte es cierto, pero esto se puede ver también desde otro punto de vista. ¿Cómo logró realmente Crusoe sus cuchillos? En primer lugar, anticipando una necesidad. La que sentirían los habitantes de la isla al oler sus panes. Es decir, intuyendo que, en algún momento de su vida, todos ellos habrían comido pan recién hecho y lo apreciarían mucho, máxime en la situación de penuria en la que se encontraban en la isla. Y, en segundo lugar, anticipando que esa necesidad futura se podía satisfacer con la ayuda de otros bienes, en este caso, con las plantas de maíz y la harina de maíz que previamente hubo de procurarse Crusoe.

La planta crecía por sí sola en una parte remota de la isla y la harina la obtuvo Crusoe moliendo con piedras los granos de maíz maduros que había dejado secar. De ese modo, el maíz, que hasta ese momento no era un bien para Crusoe, pues desconocía su existencia en la isla, se convirtió en un bien de producción o bien de orden superior (esto es así, independientemente de que el pan fuera para consumo propio o para destinar a la venta).

Conclusiones obtenidas a partir de los ejemplos

Menger reconoce dos formas indirectas de satisfacer las necesidades. La primera de ellas es a través del valor de cambio de los bienes (aquellos bienes que son apreciados por muchas personas pueden tener valor de cambio para su poseedor). La principal consecuencia histórica del hecho de que mucha gente reconociera valor de cambio en un bien y de que aumentara mucho la negociabilidad de ese bien fue el descubrimiento del intercambio indirecto. En la actualidad, sigue sucediendo algo similar. Determinados bienes muy comercializables se convierten en medios de intercambio. Y algunos llegan a convertirse en dinero (medios de intercambio común o generalmente aceptados).

La segunda forma indirecta de satisfacer las necesidades es la que se va a analizar en estos momentos. Antes de comenzar con las peripecias de Crusoe en la isla, dejé pendiente de explicar qué quería decir realmente Menger cuando se refería a la anticipación de necesidades o, específicamente, a “una necesidad futura y solo con la ayuda de otros bienes”. Pues bien, el ejemplo del maíz indica claramente a qué se refería. Menger tenía en mente los bienes de producción.

Los bienes de un orden superior piden y afirman su cualidad de bienes no con referencia a necesidades del presente inmediato, sino únicamente respecto a necesidades que, a tenor de las expectativas humanas, sólo aparecerán en unos momentos en los que ya habrá llegado a su fin el proceso de producción…[6]

Menger, Carl (1871) Principios de Economía Política. Madrid:Unión Editorial, 2019, p. 121.

Bienes de orden superior

Por ese motivo, las condiciones que establecía Menger para que una cosa se pudiera considerar un bien debían incluir las especificidades de estos bienes de orden superior. Y eso es precisamente lo que hace cuando se refiere a la anticipación de una necesidad, cuando habla de necesidades futuras y cuando añade solo con la ayuda de otros bienes.

Los bienes de producción se emplean para dar satisfacción a necesidades en el futuro, puesto que estos bienes se transforman en bienes de consumo tras un periodo más o menos largo de producción (i. e., son usados para producir bienes de consumo en un proceso que conlleva tiempo). Por tanto, esas necesidades deben ser anticipadas necesariamente.

Estos bienes de producción son apreciados como bienes porque, como diría Menger, tienen cualidades que los capacitan para mantener una relación causal con la satisfacción de una necesidad (la harina es indispensable para ese bien de consumo que es el pan, las ruedas son indispensables para ese bien de consumo que es un coche). En líneas generales, esto es de lo que habla Menger y, como se ve, nada tiene que ver con lo que da a entender Polavieja cuando cita sus palabras.

Una utilidad desconocida

Algunos lectores podrán pensar que, al igual que Crusoe anticipó la necesidad de pan que sentirían los habitantes de la isla, Satoshi Nakamoto también podría haber anticipado la necesidad futura de bitcoins (como medio de intercambio) por parte de otras personas. Y, a partir de esta idea, estos lectores tal vez deducen que los bitcoins serían un bien monetario desde su “nacimiento”, como el sortricultor era un bien desde el momento en que lo creó Crusoe, o el pan desde el momento en que estaba listo para comerse, o la harina desde el momento en que podía ser utilizada para hacer pan. Evidentemente, esto es un error. Veamos el porqué y las diferencias entre estos casos.

En primer lugar, nadie en el mundo sabe qué es ni para qué sirve un sortricultor, por tanto, solo podía ser un bien para Crusoe. Y lo mismo pudo suceder en el caso del primer pan de la historia. En ese momento, ese pan solo era un bien para aquel que lo cocinó. Esta persona era la única que conocía de qué estaba hecho el pan, es decir, era la única que sabía que era un alimento. Esto no era conocido por el resto del mundo, el resto del mundo necesitó conocerlo y probarlo, antes de considerarlo como un bien.

Valor de cambio

El caso de Bitcoin tiene algunas similitudes con el primer pan de la historia, al igual que ese pan Bitcoin también era un bien para su creador desde el momento de su “nacimiento” (ya se ha hablado de los valores de uso que se podían otorgar a Bitcoin en los momentos iniciales). Sin embargo, si se considera desde el punto de vista de un bien monetario, tiene algunas diferencias insalvables.

Ni siquiera su creador (que conocía perfectamente el sistema Bitcoin) podía considerarlo como un bien monetario desde sus inicios, pues un bien monetario depende de otras personas, es una institución social (Viernes enseguida se dio cuenta de eso y se lo hizo ver a Crusoe, lo que le produjo una gran depresión).

El hecho de que Satoshi especulara con la posibilidad de que en el futuro Bitcoin fuera aceptado y usado como medio de intercambio era un valor de uso[7] similar al que Crusoe otorgaba a sus conchas marinas (el valor de uso otorgado por ambos personajes existe y es completamente independiente de la verosimilitud que cualquiera de nosotros podamos otorgar a la idea de Satoshi o a la de Crusoe).

En todo caso, en aquellos momentos iniciales ni Satoshi ni Crusoe podían otorgar valor de cambio[8] a sus bienes. Antes de poder hacerlo, era necesario que se estableciera un precio de esos bienes en el mercado como consecuencia de la utilidad apreciada en ellos (del tipo que fuera).

Hal Finney

Eso tal vez es lo que intentaba provocar “Hal” Finney tan solo ocho días después del genesis block. El 11 de enero de 2009, Finney imagina a Bitcoin convertido en el sistema de pagos dominante en el mundo, y calcula que en ese caso su valor sería aproximadamente de 10 millones de dólares por bitcoin. A continuación dice lo siguiente: “Entonces, la posibilidad de generar monedas hoy con unos pocos centavos de tiempo de cómputo puede ser una buena apuesta, ¡con una rentabilidad de algo así como 100 millones a 1!”[9] Es decir, Finney incitaba a que se apreciara una utilidad especulativa en Bitcoin, buscando sin duda hash rate, pero también buscando un primer precio.

En el caso de Bitcoin, la aparición de un precio de mercado se demoró más de lo que es habitual en cualquier bien novedoso que aparece en el mercado. Esto fue debido a que Bitcoin no era un bien al uso, un bien del que se pudiera valorar fácilmente su utilidad. Era necesario un trabajo de “investigación” previo. Transcurridos varios meses, casi un año, surgió ya un precio de Bitcoin en el mercado. A partir de la existencia de ese precio, podía darse el caso de que Bitcoin alcanzara una buena comerciabilidad (como le puede suceder a cualquier otro bien) y a partir de esa situación era igualmente susceptible de convertirse en medio de intercambio (i. e., la gente podía decidir usarlo como intermediario de los intercambios).

Bitcoin, medio de intercambio

Bitcoin se convirtió en medio de intercambio muy rápidamente, solo fue necesario el transcurso de varios años, todo un hito histórico. Evidentemente, puede haber personas que anticiparan esta circunstancia, de hecho, la propia hipótesis de trabajo de Satoshi Nakamoto pasaba necesariamente por anticipar que Bitcoin se convertiría en medio de intercambio. Lo contrario no tendría sentido.

Sin embargo, esa anticipación intelectual e hipotética, esa anticipación esperanzada, expectante y especulativa de Satoshi Nakamoto no se debe confundir con la anticipación de Menger, que se refiere al empleo de un bien de producción. Por definición, un bien de producción sirve para dar satisfacción a una necesidad futura. Esta necesidad debe ser necesariamente anticipada por aquel que use un bien de producción para tratar de satisfacerla.

Menger sobre los bienes

Veamos cómo se aplicarían las condiciones establecidas por Menger a la harina de Crusoe. Para que la harina pueda ser considerada un bien, debe darse, en primer lugar, la existencia (o anticipación) de una necesidad humana (Crusoe anticipa que en el futuro los habitantes de la isla tendrán hambre, es decir, anticipa una necesidad futura sobre la base de una necesidad presente y constante en el ser humano). En segundo lugar, que la harina tenga cualidades que la capaciten para mantener una relación causal con la satisfacción de dicha necesidad (con la harina se puede hacer pan y el pan sacia el hambre).

En tercer lugar, que se conozca esta última posibilidad (Crusoe sabe que con la harina se puede hacer pan y que el pan sacia el hambre). Y, en cuarto lugar, que el ser humano tenga poder de disposición sobre la harina (Crusoe tiene ese poder de disposición sobre la harina que ha elaborado) y la pueda utilizar para satisfacer su necesidad (no hay duda de que Crusoe puede saciar el hambre con el pan hecho con harina).

Por tanto, la harina es un bien. Pero la harina es un bien, no porque permita satisfacer directamente las necesidades alimenticias, sino porque se puede emplear para hacer pan. Es decir, se anticipa que usando la harina en el presente como bien de producción se podrá satisfacer una necesidad futura cuando el pan esté listo para el consumo (bien de consumo). Ese y no otro es el sentido de la anticipación de Menger.

Los primeros bitcoin

¿Sucede lo mismo en el caso de los primeros bitcoins? El hecho de que Bitcoin pudiera ser considerado un bien está fuera de toda duda, lo que nos interesa aquí es si los bitcoins surgidos en el primer bloque efectivo[10] podían ser considerados desde un inicio bienes de tipo monetario. Veamos. A este respecto, tendríamos que, según Menger, para que los bitcoins surgidos en el primer bloque efectivo puedan ser considerados un bien de tipo monetario, debe darse, en primer lugar, la existencia (o anticipación) de una necesidad humana (Satoshi sentía la necesidad de una moneda digital que se pudiera intercambiar sin necesitar terceros de confianza y, además, podía anticipar que otras personas sentirían esa misma necesidad).

En segundo lugar, que los bitcoins surgidos en el primer bloque efectivo tengan cualidades que los capaciten para mantener una relación causal con la satisfacción de dicha necesidad (no hay duda de que los bitcoins tenían esas cualidades). Tres: que se conozca esta última posibilidad (nadie más indicado que Satoshi Nakamoto para conocerlo). Y, en cuarto lugar, que Satoshi tenga poder de disposición sobre los bitcoins surgidos en el primer bloque efectivo (aceptemos que desde el primer momento Satoshi tenía ya ese poder de disposición sobre sus bitcoins)[11] y que pueda utilizar esos bitcoins para satisfacer su necesidad (aquí es donde se incumplen las condiciones de Menger, pues en aquel momento los bitcoins no se podían utilizar para tal fin).

Por tanto, aquellos bitcoins eran un bien, pero no eran un bien monetario (pues no era posible usar ese bien como dinero o como medio de intercambio cuando todavía no existía un precio de mercado de ese bien). Y, además, nadie podía saber si algún día llegarían a ser un bien monetario.

Producción y premonición

Ciertamente, es posible inventar algo y que ese algo en el futuro se convierta en dinero/MoE, e incluso es posible inventarlo específicamente con esa intención (aunque la intención no sea relevante a la hora de que se logre el objetivo), pero no es posible utilizarlo como medio de intercambio sin la referencia de precios de intercambio pasados[12] y tampoco es posible adivinar si un bien se convertirá en medio de intercambio en el futuro.

Desde el punto de vista de Menger, se puede anticipar razonablemente una necesidad futura (e. g., el hambre), pero no es posible adivinar el futuro (en el caso del surgimiento de Bitcoin, no era posible adivinar lo que le depararía el futuro). Este tipo de anticipación premonitoria no es, de ninguna manera, el tipo de anticipación que contemplaba Menger a la hora de aceptar que un objeto pudiera ser considerado un bien.

Una vez más, Polavieja juega con el significado de las palabras para forzar las conclusiones en el sentido que le conviene, pero lo que dice es completamente ajeno a Menger. Pensar que un bien es un bien monetario (i. e., que tiene utilidad monetaria) antes de que sea posible utilizar ese bien para satisfacer las necesidades a través del intercambio indirecto es autoengañarse. Polavieja afirma:

Si Bitcoin no cumpliera la segunda parte de la cuarta condición de Menger por razón de no poder ser utilizada en el presente de forma inmediata a voluntad de su propietario, entonces ninguna otra mercancía sería un bien económico.[13]

Manuel Polavieja. Bitcoin es una mercancía II.

Pero, cuando dice esto, Polavieja está tergiversando los argumentos, pues nadie ha puesto en duda que Bitcoin se pudiera considerar un bien económico. Lo que se afirma es que, en sus inicios, no se podía considerar un bien monetario. Pretender tal cosa es como pretender que las conchas marinas de Crusoe tenían utilidad monetaria debido a algún tipo de anticipación trascendental de este personaje.

Contingentes, especulativos, inciertos

En el mismo párrafo que acabo de citar, afirma Polavieja que “tanto el valor de uso como el valor de cambio, son contingentes, especulativos y más o menos inciertos”.[14] Evidentemente, hace esta afirmación con la intención de reforzar sus argumentos. Pero no estoy de acuerdo con él en absoluto. De hecho, voy a rechazar los tres atributos que Polavieja adjudica al valor de uso y al valor de cambio.

En primer lugar, estos valores no son contingentes (lo que es contingente es el resultado perseguido por la acción, pero no el valor que le otorgamos al llevarla a cabo). Ese valor que le otorgamos subjetivamente es lo contrario de contingente, es cierto y seguro, pues los valores se manifiestan a través de la acción y si hemos actuado en cierto sentido esto demuestra la existencia de determinada valoración en el momento de nuestra actuación.

En segundo lugar, el valor de uso y el valor de cambio no son especulativos en ningún sentido. El hecho de que, en un momento dado, otorguemos a un bien determinado valor de uso o de cambio solo quiere decir que en nuestra escala de valoración lo situamos en determinada posición en relación con otros bienes y que actuamos en consecuencia para satisfacer de la mejor manera posible nuestras necesidades. En relación con estos valores, no existe especulación ninguna, puesto que la acción es la demostración de nuestra valoración en un momento determinado, es decir, solo atañe al presente, no al futuro (en el futuro podemos cambiar de valoración y actuar de un modo distinto).

Y en tercer lugar, el valor de uso y el valor de cambio tampoco son inciertos. Se aplica aquí lo mismo que se ha dicho en el primer caso, lo único incierto son los resultados perseguidos con la acción, pero no el valor que le otorgamos al llevarla a cabo.

Diez razones

Esto es, los ejemplos utilizados con Robinson Crusoe, así como el resto de cuestiones que he relacionado con estos ejemplos, sirven para mostrar lo siguiente.

En primer lugar, que el sortricultor es un bien para Crusoe, pero no es un bien para nadie más, porque nadie sabe qué es un sortricultor ni para qué sirve. En segundo lugar, que el pan es un bien para Crusoe. También lo es para cualquier otra persona (al menos en potencia), quien lo niegue que se quede un mes a pan y agua y veremos si lo considera o no un bien. En tercer lugar, que la harina de maíz es un bien de producción que permite obtener pan (un bien de consumo). Por tanto, de forma indirecta, se aplica igualmente el dilema del mes a pan y agua.

En cuarto lugar, que las conchas marinas eran consideradas un bien por Crusoe y también podrían ser consideradas un bien por otros habitantes de la isla (e. g., para hacer adornos, sonajeros, carrillones de viento, etc.) En quinto lugar, que los primeros bitcoins eran considerados un bien por Satoshi Nakamoto. También podían ser vistos como un bien por todos aquellos que en el momento de su surgimiento ya se hubieran formado una idea de qué era Bitcoin (acertada o equivocada, no importa) y consideraran que para ellos cierta cantidad de bitcoins tenía valor de uso (del tipo que fuera).

Utilidad monetaria

En sexto lugar, que el sortricultor de Crusoe no tenía utilidad monetaria, ni podía tenerla en las circunstancias descritas. Siete: que los panes de Crusoe no tenían utilidad monetaria, pero no era posible descartar que se pudieran convertir en un medio de intercambio en la isla (a pesar de que, siendo perecederos, difícilmente serían un buen medio de intercambio). En octavo lugar, que la harina de maíz de Crusoe no tenía utilidad monetaria, pero no era posible descartar que se pudiera convertir en un medio de intercambio en la isla (a pesar de que, siendo perecedera, difícilmente sería un buen medio de intercambio).

En noveno lugar, que las conchas marinas no tenían utilidad monetaria, pero no era posible descartar que se pudieran convertir en medio de intercambio en la isla (a pesar de que, siendo tan abundantes y fáciles de conseguir, difícilmente serían un buen medio de intercambio). Y, en décimo lugar, que los primeros bitcoins no tenían utilidad monetaria, pero no era posible descartar que se pudieran convertir en un medio de intercambio utilizado en todo el mundo. Para ello deberían alcanzar previamente un precio de mercado (sin precio de mercado no podrían convertirse en medio de intercambio); luego deberían alcanzar una gran comerciabilidad, pues solo así podrían competir con las alternativas existentes (esta gran comerciabilidad, en caso de alcanzarse, implica que se aprecian sus características); y, por fin, la gente debería empezar a utilizarlos en el intercambio indirecto.

Como conclusión, es evidente que Polavieja no puede alegar la anticipación de una necesidad futura para defender que el sortricultor de Crusoe, sus panes, la harina de maíz, las conchas marinas o los bitcoins en sus inicios tuvieran utilidad monetaria. Sin embargo, a todos estos bienes se les apreciaba una utilidad de otro tipo (no monetaria), por tanto, antes de que cualquiera de ellos pudiera convertirse, hipotéticamente, en medio de intercambio (como así ha sucedido en el caso de Bitcoin) ya eran valorados previamente por otros usos, tal y como establece el teorema de la regresión de Mises.[15]


Notas

[1] Véase “Polavieja no comprendió a Mises, tampoco a Menger

[2] Ídem

[3] Véase “Bitcoin es una mercancía II

[4] Ídem

[5] “Un bien pierde esta su cualidad [cualidad de bien] cuando el hombre carece del poder de disposición sobre ella, de modo que o no puede utilizarla para la satisfacción inmediata de sus necesidades o no dispone de los medios necesarios para volver a ponerla bajo su dominio”. Menger, Carl (1871) Principios de Economía Política. Madrid:Unión Editorial, 2019, p. 105 Vemos que esta idea de Menger, además de aplicarse al ejemplo citado, también se aplica perfectamente a lo que sucede cuando un bitcoiner pierde la semilla que da acceso a sus bitcoins.

[6] Menger, Carl (1871) Principios de Economía Política. Madrid:Unión Editorial, 2019, p. 121

[7] Se ha explicado ese valor de uso en “Polavieja no comprendió a Mises, tampoco a Menger (III)”

[8] Se ha explicado ese valor de cambio en “Polavieja no comprendió a Mises, tampoco a Menger (III)”.

[9] Véase https://www.mail-archive.com/cryptography@metzdowd.com/msg10152.html

[10] Recordemos que los bitcoins surgidos en el genesis block (3 de enero de 2009) no se pueden gastar y que el primer bloque efectivo tuvo lugar seis días después, el 9 de enero de 2009.

[11] En realidad, la primera transferencia de bitcoins no tuvo lugar hasta tres días más tarde y a modo de prueba. Se produjo el día 12 de enero de 2009 entre Satoshi Nakamoto y “Hal” Finney, un desarrollador y activista de la criptografía que recibió 10 bitcoins. Finney había publicado en 1993 dos estudios, uno acerca del doble gasto “Detecting Double Spend” y otro sobre el dinero digital y la privacidad “Digital Cash and privacy”, y apoyó el proyecto Bitcoin desde un inicio. Esta transferencia de bitcoins recibida por Finney fue solo una prueba de funcionamiento del sistema. https://bitcointalk.org/index.php?topic=155054.0 En palabras de Finney: “I mined block 70-something, and I was the recipient of the first bitcoin transaction, when Satoshi sent ten coins to me as a test. I carried on an email conversation with Satoshi over the next few days, mostly me reporting bugs and him fixing them.”

[12] En el caso de Bitcoin, como en el de cualquier otro bien, la existencia de precios de intercambio anteriores es un requisito necesario para poder convertirse en medio de intercambio. Ahora bien, no es suficiente, como lo demuestra el hecho de que una vez que existieron precios de intercambio de Bitcoin en el mercado, todavía tardó algunos años en convertirse de hecho en medio de intercambio.

[13] Véase “Bitcoin es una mercancía II

[14] Ídem

[15] Aprovecho para decir que en esta serie de artículos no daré respuesta a lo alegado por Polavieja en referencia al teorema de la regresión de Mises. Ello es debido a que Polavieja suscribe la refutación de Bondone y Rallo del teorema de la regresión y ya he expuesto mi posición en el artículo “La liquidez frente al teorema de la regresión del dinero: una crítica a J. R. Rallo”. Revista Procesos de Mercado, vol. 19, no. 1, Aug. 2022, pp. 63-96.  Los argumentos utilizados por Rallo contra el teorema de la regresión son igualmente rebatidos aquí:

Bagus & Serrano (2023): “Anexo: Por qué el teorema regresivo del dinero no es lógicamente defectuoso”, en Bagus, Philipp (2023): Anti-Rallo: Una crítica a la teoría monetaria de Juan Ramón Rallo. Madrid: Unión Editorial, pp. 155-179. https://www.unioneditorial.net/libro/anti-rallo/ 

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