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Etiqueta: Carl Menger

El dinero como tecnología y el Bitcoin como mejora (y II)

“Puede que tenga sentido comprar algunos por si [Bitcoin] se hace popular. Si suficientes personas piensan igual, se convierte en una profecía autocumplida.” Satoshi Nakamoto

En el artículo anterior, definía el dinero como una tecnología que sirve para transportar valor a lo largo del tiempo y del espacio sin riesgo de contraparte mediante. En este artículo, también defendía que lo que hace que un bien sea el dinero de una economía es que sea el medio de intercambio generalmente aceptado, siendo las funciones de depósito de valor y unidad de cuenta—las otras dos funciones típicamente asignadas al dinero—la causa y la consecuencia respectivamente de que un bien sea dinero, “no una parte esencial del concepto de dinero” (Menger 2007, 280).

El dinero en una economía surge a través de un proceso descentralizado mediante el cual aquellos que seleccionan el bien que mejor transporta el valor a lo largo del tiempo mantienen este valor y los que no, lo pierden. Se da una selección natural del dinero en el mercado. Por eso, aunque el proceso fuese aleatorio, como dinero emergerá un bien con las propiedades adecuadas para operar como un buen depósito de valor, porque solo los que puedan transportar el valor restante de su producción (o valor otorgado a estos mediante otros medios) podrán continuar operando e influyendo el mercado—no puedes intercambiar algo excepto si almacena valor. No obstante, este proceso no es necesariamente aleatorio y existen agentes más perspicaces que buscan el bien más vendible o líquido—es decir, aquel con el menor diferencial entre el precio pedido y el precio ofrecido—para reducir los costes de atesoramiento y desatesoramiento (White 2002). 

Los agentes que participan en el mercado, mediante procesos descentralizados, decide qué bien será el dinero. El dinero quiere ser uno. Mi tesis es que el Bitcoin es el bien que mejor cumple con las propiedades que según Menger (2009) aumentan la liquidez de un bien. 

En primer lugar, debido a su ratio de stock-to-flow, el Bitcoin presenta una gran liquidez intertemporal. Esta ratio mide el stock existente de un bien y lo divide por la nueva producción anual. El oro tiene una ratio stock-to-flow mayor que 1, igual que cualquier bien para poder llegar a convertirse en dinero. Por eso los cigarrillos pueden ser dinero en las prisiones, porque no puedes producir más dentro de la economía fácilmente. El valor de las cosas fáciles de producir desaparece fácilmente, por eso el dinero es uno bien difícil de producir. Bitcoin es costoso y lento de producir y la cantidad minada va decreciendo con el tiempo. El código programa la dificultad de la minería—la muestra de trabajo que tiene que haber hecho el minero mediante la resolución de ejercicios matemáticos—cada 2016 bloques (aproximadamente cada dos semanas) para que un nuevo bloque sea añadido a la cadena cada 10 minutos. El minero recibe una recompensa, la cual es actualmente de 6,25 Bitcoin. Esta recompensa se divide en dos cada 210.000 bloques, aproximadamente cada cuatro años. Este sistema fue diseñado para mantener una alta ratio de stock-to-flow y que así la nueva oferta monetaria no alterase el valor de los Bitcoin de manera significativa.

Pero ser escaso no lo es todo. Por ejemplo, la tierra también es escasa, pero no cumple con uno de los requisitos de la liquidez intratemporal: no es fácil de transportar. Bitcoin además presenta un bajo coste de almacenamiento, sino el más bajo para cualquiera con un dispositivo conectado a la red y que no necesite un desembolso adicional. Además, los costes de verificación de la red son ínfimos sino únicamente equivalentes al coste de transacción. No hay costes para verificaciones presentes, sino recompensas. Cualquiera puede verificar la red y todas las transacciones que se han dado en ella. Comparado con el oro, el Bitcoin también es un activo real, por lo que sirve como liquidación final de la deuda. Pero el Bitcoin es un libro mayor de registro verificado descentralizadamente de transacciones que existe en cualquier dispositivo conectado a la red, por lo que no requiere barcos para ser transportado o pruebas para comprobar su pureza. En estos aspectos es mejor dinero que el oro.

Que sea fácil de validar y, por tanto, difícil de falsificar son propiedades que aumentan la liquidez intratemporal de este. El Bitcoin está perfectamente estandarizado y es perfectamente divisible. Actualmente un satoshi equivale a 0.00000001 BTC, pero en caso de que se necesitase que un Bitcoin equivaliese a más satoshis, esto se podría hacer manteniendo si la mayoría de la red así lo quisiese porque en un futuro igual un Bitcoin almacena mucho valor. Además, los medios de transporte y mercados de Bitcoin son los dispositivos digitales y el Internet, los que se encuentran altamente desarrollados y solo pueden ir a más. Que las operaciones de Bitcoin se den en la red implica mayor liquidez intertemporal porque permite sobrepasar posibles restricciones al comercio de este.

El mayor problema que presenta Bitcoin como posible dinero es uno relacionado a su uso como medio de intercambio: sus costes de operación. No obstante, ya existen soluciones a este problema, principalmente la Lightning Network. Gracias a esta incorporación se pueden realizar transacciones en milisegundos sin coste, lo que aumenta significativamente la liquidez intratemporal del Bitcoin. 

A diferencia de otras criptomonedas que pueden presentar propiedades similares a las del Bitcoin, Bitcoin es única en varios aspectos. En primer lugar, fue la primera en llegar por lo que gana al resto en adopción de mercado. Si se fuese a presentar otra criptomoneda similar, se vería con la dificultad de sobrepasar a una que ya tiene mercado y cuyos usuarios han invertido trabajo en ella por lo que carecen de incentivos para moverse a otra red. Si la criptomoneda rival presenta características diferentes a Bitcoin, estas pueden ser peores o mejores. Si son peores, los agentes que apuesten por esta perderán valor con el tiempo y con cada transacción. Si aparentan ser mejores, entonces se encontrarán con otros problemas de adopción. En Bitcoin, todos los integrantes de la red son usuarios de esta, no hay administradores, sino que la red está controlada por las reglas inscritas en el código. En las otras criptomonedas sí. De hecho, estos se ven en una encrucijada: o bien los administradores las promocionan para hacerse notar entre las miles de otras criptomonedas alternativas a pesar de mostrar que son una red centralizada con gente al mando, o bien se desentienden y no consiguen compradores (Ammous 2018, 254). 

Lightning Network es solo una de las posibles mejoras que se le pueden hacer en capas secundarias a Bitcoin. En otros artículos he tratado otras opciones como las letras reales o el scrip. Esta es una de las razones por las que el Bitcoin mejora previas tecnologías de transporte de valor, es decir, anteriores dineros, por su mayor liquidez intra e intertemporal de diseño y por su capacidad para adaptarse a posibles alternativas secundarias en capas superiores. Es un bien que permite la existencia de un sistema monetario por capas, similar al oro siendo la capa principal y los billetes de banco una capa superior, solo que con mayor precisión, seguridad y opciones para los usuarios de este. 

Muchos rechazan la posibilidad de que Bitcoin llegue a ser un buen dinero por su volatilidad. Lo que no entienden es que Bitcoin todavía se encuentra en la primera de las tres fases de dinerarización—es decir, de que un bien llegue a convertirse en dinero. Primero, que el bien llegue a ser un buen depósito de valor. Segundo, que sus características le permitan funcionar como un medio de intercambio deseable. Y, tercero, que se confirme que llega a ser dinero mediante su uso como unidad de medida, es decir, que la gente fije los precios en este bien porque es el que prefieren recibir para almacenar valor.

Bitcoin todavía está afianzándose como depósito de valor. Por ahora es más bien una inversión que no mantiene bien su valor, aunque a favor de aquellos que apuestan por ella ya que presenta una clara tendencia alcista. Si, por ejemplo, la capitalización de mercado de Bitcoin alcanzase la del oro—es decir, se convirtiese en el activo refugio preferido por el mercado sustituyendo al actual—, el precio de un Bitcoin en dólares sería de 500.000 dólares según la oferta esperada de 2025. Para eso todavía queda, pero no creo que el momento sea tan improbable ni lejano. Cuando esto haya sucedido, si gracias a la mayor facilidad de intercambio que presenta el Bitcoin frente al oro y dificultad de confiscación más gente decide utilizarlo para transacciones, este empezará a convertirse además en el medio de intercambio comúnmente aceptado y entraremos en un patrón Bitcoin.

Referencias:

Ammous, Saifedean. 2018. Bitcoin Standard: The Decentralized Alternative to Central Banking. Hoboken, Estados Unidos: Wiley.

Menger, Carl. 2007 [1871]. Principles of Economics. Auburn, Estados Unidos: Ludwig von Mises Institute.

Menger, Carl. 2009 [1892]. On The Origins of Money. Auburn, Estados Unidos: Ludwig von Mises Institute.

White, Lawrence H. 2002. “Does a Superior Monetary Standard Spontaneously Emerge?” Journal Des Économistes et Des Études Humaines 12 (2).

Cinco etapas en la historia de la Escuela Austríaca

La Escuela Austriaca de Economía parece estar ganando espacio en la opinión pública. Esta nota ofrece un repaso histórico para conocer sus etapas, identificar a los personajes más importantes de su historia, y conocer algunas de sus contribuciones al pensamiento económico. Cierre con una reflexión sobre el presente de esta tradición.

Primera etapa: La fundación (1871-1911)

La Escuela Austriaca se funda en 1871 con los Principios de Economía de Carl Menger, quien tuvo un importante debate con los historicistas alemanes pidiendo abandonar la búsqueda de regularidades y más bien buscando desarrollar leyes económicas de aplicación universal. También Menger fue crítico de la teoría del valor trabajo en la que se fundaba el pensamiento clásico, siendo parte de la revolución marginal.

Eugen Böhm Bawerk, por su parte, fue un estudioso de los aportes de Menger, pero llevó sus investigaciones más lejos, las que se pueden ver en su libro en tres tomos Capital e interés. Böhm Bawerk comprendió rápidamente que estas ideas podían utilizarse para mostrar las contradicciones del marxismo.

Segunda etapa: La consolidación (1912-1945)

En 1912 la Escuela Austriaca ingresa en su segunda etapa, la de consolidación. Allí aparecen los aportes de Ludwig von Mises, primero con su Teoría del dinero y del crédito, y luego con la conformación de un seminario privado donde forma importantes alumnos. En 1922 Mises publica Socialismo, un libro que anticipa el fracaso de este sistema alternativo.

Su más brillante discípulo, Friedrich Hayek es quien extiende las investigaciones de Mises. Sobre el socialismo, Hayek desarrolla su teoría del conocimiento; en la macroeconomía, agrega a la teoría austriaca del ciclo económico, una mayor profundización de la teoría del capital. Estas ideas resultan centrales en el debate de aquellos años sobre el cálculo económico frente a socialistas como Taylor y Lange, mientras que en el área macro, Hayek viaja a Londres para debatir con John Maynard Keynes y la Escuela de Cambridge.

Tercera etapa: El aislamiento (1945-1973)

Una sucesión de hechos rompe con el predominio de la Escuela Austriaca. 1. Los nazis atacan Viena y los miembros de la Escuela Austriaca deben dispersarse. Mises se establece aislado en Ginebra, mientras que Hayek lo hace en Londres. Poco tiempo después Mises tiene que abandonar Europa y toma un barco a Nueva York. Hayek poco tiempo después se establece en la Escuela de Chicago. 2. La economía se vuelve anglo-parlante en un momento en que todas las publicaciones austriacas estaban escritas en alemán. Mises y Hayek recién entonces empiezan a publicar sus contribuciones en inglés. 3. La economía también abandona la lógica verbal para fundarse en modelos matemáticos y de equilibrio que estaban muy lejos de la metodología austriaca. Destacados economistas mencionan lo difícil que era modelizar las ideas austriacas. 4. La revolución keynesiana genera un cambio ideológico que choca con ciertas ideas liberales austriacas.

En esta etapa de aislamiento, sin embargo, la Escuela Austriaca logra reconstruirse, de nuevo, sobre la base de los esfuerzos de Mises y Hayek. Mises publica en 1949 La Acción Humana, su Tratado de Economía, además de formar un nuevo seminario privado en la Universidad de Nueva York donde forma nuevos alumnos.

Cuarta etapa: El resurgimiento (1974-2000)

Con la estanflación de los años 1970, y siendo evidente el desenlace de la revolución keynesiana, la Escuela Austriaca logra su resurgimiento en paralelo con la contrarrevolución monetarista. La Academia Sueca advierte que Hayek había anticipado en los años 1930 los problemas de las políticas keynesianas y le otorga el Premio Nobel en 1974 por sus aportes a la teoría del capital y los ciclos económicos, y también por ofrecer un estudio multidisciplinar que enriquece los estudios económicos.

Un año antes, en 1973, el Institute for Human Studies organiza un seminario con la presencia de tres destacados autores austriacos: 1. Israel Kirzner, quien se doctoró bajo la tutela de Mises en Nueva York y desarrolló contribuciones a la empresarialidad; 2. Murray Rothbard, quien desarrolló un nuevo tratado de economía, una moderna explicación de lo ocurrido en la crisis del treinta y sus contribuciones a la ética de la libertad; 3. Ludwig Lachmann, quien amplió el estudio macro de Hayek conectando la teoría del capital con las expectativas subjetivas y nuevos aportes a los ciclos económicos.

Quinta etapa: Las oportunidades de la especialización (2000-hoy)

En el año 2000 la Escuela Austriaca entra en su quinta etapa, con oportunidades para la especialización. Fritz Machlup, o en Argentina Gabriel Zanotti ofrecen contribuciones con una nueva metodología para la economía política; Peter Klein y Nicolai Foss ofrecen aportes a la microeconomía que extienden los aportes de Kirzner sobre el proceso de mercado y desarrollan una nueva teoría austriaca de la empresa. Juan Sebastián Landoni es en Argentina el especialista en la materia; Peter Lewin amplía los aportes de Hayek sobre la teoría austriaca del capital, ofreciendo sus aportes a una teoría del capital en desequilibrio. El economista argentino Nicolás Cachanosky ha escrito trabajos en coautoría con Lewin en esta materia. Steven Horwitz ofrece contribuciones a los microfundamentos de la macroeconomía. Roger Garrison desarrolló aportes a la macroeconomía basada en el capital, la que se enfrenta a los modelos keynesianos, monetaristas e incluso a la nueva macroeconomía clásica. Aun en el área de pobreza y desigualdad, pueden verse los trabajos de William Easterly, consistentes con la línea austriaca, colocando a Hayek como un experto. Lo cierto es que cualquiera sea el área en la que los austriacos se introducen sus aportes parecen ser novedosos y reciben espacio en las revistas especializadas.

La Escuela Austriaca, sus compañeros de camino, y el ‘mainline economics’

La Escuela Austriaca, sin embargo, parece haber muerto, al menos en la forma en que existía décadas atrás. Ya no existe como un movimiento independiente en el que han contribuido Mises y Hayek y se enfrenta al resto de la profesión. Más bien, a partir del aporte de Peter Boettke, profesor en la George Mason University, los austriacos modernos comprendieron que pueden dialogar con otros teóricos de la economía y presentar un todo coherente para enfrentar a la economía neoclásica y sus modelos de estáticos de equilibrio.

¿Quiénes serían entonces estos compañeros de camino? Varios premios Nobel que por sus aportes multidisciplinares consistentes con la línea Hayek han ampliado los conocimientos de la nueva economía. Nos referimos a James M. Buchanan y la Escuela de la Elección Pública, quien junto a Gorgon Tullock y Jeffrey Brennan, entre otros, estudian la conexión entre la economía y la política; Ronald Coase y el análisis económico del derecho; Douglass North y la Nueva Economía Institucional; Elinor Ostrom y la Escuela de Bloomington; Vernon Smith y la economía experimental, que integra la economía con la psicología.

El ‘mainline economics’ es entonces la nueva economía de la que participa la Escuela Austriaca y que se propone hoy como un nuevo paradigma para dar respuestas a los problemas de siempre.

Es en este marco que la Argentina parece estar siguiendo un patrón a nivel mundial en defensa de la propiedad privada, la libertad individual, la economía de libre mercado y el gobierno limitado. Esta nueva manera de ver la economía enfrentará en lo que viene a las distintas formas de la economía dirigida, tanto socialista como intervencionista y populista.

Sobre la medida del valor

Hasta el siglo XVII el consenso científico venía a sostener que el sonido era algo que no se podía medir. Era efímero, era irregular pues se observaban timbres y tonos distintos, eco o sonido reflejado, también era intangible, no se podía guardar para compararlo con otro sonido posteriormente. Sus características como la intensidad, tono y timbre cambian según se mide a más o menos distancia del origen, etc. Aristóteles llegó a apuntar alguna idea como que los sonidos agudos debían viajar más rápido que los graves, pero durante dos mil años apenas hubo ningún experimento, incluso los pocos que intentaban experimentar temían mostrar sus resultados por el riesgo de ser repudiados, ridiculizados o relegados al ostracismo. 

Y sin embargo, en la práctica, los músicos sí que eran capaces de afinar sus instrumentos en el mismo tono, o graduar con razonable precisión la intensidad de su música para provocar emociones en su público. También los guerreros más sigilosos sabían medir cual era el ruido máximo que no debían sobrepasar para poder atacar por sorpresa, o los guanches canarios eran capaces de graduar y modular los silbidos para comunicarse a largas distancias. La teoría, como siempre, estaba muy retrasada a la hora de explicar la realidad.

¿Y por qué a partir del S. XVIII se comienza a contemplar la posibilidad de medir el sonido? ¿Qué es lo que cambia? Pues el gran avance en las matemáticas que supuso el descubrimiento del cálculo infinitesimal a finales del s. XVII (Newton, Leibniz). De repente había fórmulas para densidad, elasticidad, desplazamientos de cuerdas, superposición y propagación, etc. Curiosamente se disponía de un arsenal de ecuaciones pero apenas había resultados empíricos que contrastar. Poco a poco llegaron instrumentos que permitieron experimentar y contrastar hasta llegar al día de hoy donde ya disponemos de unidades de medida para las distintas magnitudes como los decibelios o los hertzios. Existen incluso medidas para la sonoridad (psicoacústica) que tienen en cuenta la subjetividad del oído humano

Las matemáticas ayudaron a demostrar con rigor que el sonido era medible, acabando con todo prejuicio histórico que existía al respecto de la medición del sonido. No es que yo sea un gran fan de las matemáticas para explicar los fundamentos teóricos de la economía, pero no me cabe ninguna duda que si se aplican bien, son una herramienta de corroboración de la teoría extremadamente potente. Por ejemplo, la teoría de Einstein no es lo mismo con o sin fórmulas. Las fórmulas sirven para avanzar desde el estadio de mera hipótesis hacia la corroboración de la teoría, como sucede al aplicarlas a la órbita de Mercurio. 


La cuestión de las matemáticas en teoría económica es relevante porque creo que tenemos una situación similar a la que he expuesto con el sonido. En el caso de la economía, la realidad, el cálculo económico en la práctica, sin duda va también muy por delante de la teoría. La teoría de la que disponemos parece haber establecido ya unos fundamentos sólidos para explicar el fenómeno del valor, cuyo desarrollo más riguroso es el de Carl Menger, pero al que hasta el momento no se le había aplicado con éxito las matemáticas. Jevons lo intentó pero fracasó. El mainstream austriaco actual ni lo pretende pues reniega totalmente de ello, y el resto de desarrollos neoclásicos dan por resuelta teóricamente la cuestión del valor y trabajan directamente con los precios, como las curvas de oferta y demanda de Marshall. Por cierto, sobre la relación de Carl Menger con las matemáticas María Blanco hace unas reflexiones interesantísimas.

Dejando aparte la postura sobre este tema de la corriente mayoritaria actual de la escuela austriaca, en la historia de esta escuela de pensamiento hay diversidad de opiniones sobre la posibilidad de medir el valor. Hasta donde yo llego, el autor que con más ahínco defendió esta posibilidad fue Eugene Bohm Bawerk, en contraposición a un radical desacuerdo posterior por parte de sus alumnos Cuhel y Ludwig Von Mises. El debate que tuvo con varios autores que criticaban su postura de que el valor es medible, y en especial el que mantuvo con su alumno Cuhel, que llevando la contraria a su maestro defendió que el valor se determina ordinalmente, dio lugar a que, afortunadamente para nosotros, Bohm Bawerk diera explicaciones muy detalladas sobre esta cuestión. 

Para dar respuesta a aquellas críticas incorporó un nuevo capítulo “Consideraciones psicológicas suplementarias sobre la teoría del valor” en la tercera edición de Teoría Positiva del Capital. En el apartado II de este nuevo capítulo hace numerosas reflexiones sobre este asunto. No pretendo aquí utilizar a B. Bawerk para incurrir en la falacia de la autoridad, sino destacar un argumento suyo que me parece definitivo y que puede ser corroborado por cada uno de nosotros por mera observación introspectiva. Se trata de la posibilidad de realizar operaciones aritméticas cardinales sobre el valor, aunque sean estimativas y por supuesto sujetas a error como cualquier otra cuantificación.   

Continuando el ejemplo de los caballos de Menger, si por ejemplo alguien nos ofrece adquirir uno de nuestros caballos sin todavía precisar a cambio de qué, nosotros pensaríamos en un valor X con la idea de pedirle al comprador algo más valioso que X a cambio del caballo. Si el comprador antes de ofrecer ningún bien concreto a cambio, y antes de que nosotros digamos nada reformula su oferta y muestra interés por comprar dos caballos, automáticamente pensaríamos en pedir una cantidad mayor que X. La utilidad marginal nos dice que no tiene por qué ser el doble, pues dependerá de la pendiente de la curva de utilidad marginal de nuestros caballos. Los ordinalistas sostendrían que pensaríamos directamente en la significación que representan los dos últimos caballos en bloque, pero para mi es totalmente evidente que podemos hacer el ejercicio mental de sumar el valor de los dos caballos. 

Menger llega a decir que la situación económica es más ventajosa después de que los agentes intercambien e incorporen un bien “cuyo valor es de 40”. Con “más” ventajosa yo interpreto mayor cantidad de valor (riqueza), sea cual sea el valor representado por la cifra “40” en ese momento para cada sujeto, y por tanto cabe la posibilidad de interpretar que está sumando valores cardinalmente.

La posibilidad de sumar es crucial, porque en el ámbito de lo ordinal no existe la suma aritmética cardinal. Ni exacta ni tampoco aproximada, sencillamente no existe.  Existe la unión de conjuntos ordenados, que aunque se pueda llamar “suma” no tiene nada que ver con la suma cardinal. Yo sostengo que podemos hacer una suma cardinal del valor de los caballos, sin importar que sea más o menos exacta. 

Tampoco tiene sentido la “divisibilidad ordinal”. Si tenemos dos elementos de un conjunto ordenado “primero y segundo” y añadimos un elemento más cuyo orden esté entre el primer elemento y el segundo, no sería el elemento “primero y medio”. Lo que haremos en todo caso es reordenar y tendremos “primero, segundo y tercero”. Tampoco cabe hallar diferencias (restar) entre un número de elementos muy pequeños de distintos conjuntos o subconjuntos. Primero porque al calcular diferencias en el número de elementos de distintos conjuntos estamos cuantificando los elementos de cada conjunto y por tanto haciendo una resta aritmética cardinal, es decir, cuantificamos, no ordenamos, y segundo porque el concepto de “elemento muy pequeño” ya implica haber cuantificado previamente la magnitud cardinal de cada elemento. Ordinal tiene que ver sólo con ordenar, no con cuantificar.

He tomado el ejemplo de los caballos de Menger, pero tampoco pretendo afirmar que Menger fuera cardinalista. Sumar los números que utiliza Menger a efectos ilustrativos puede implicar sucumbir a la falacia de la analogía de la cantidad descrita por Henry Phelps, es decir, sumar números que no son sumables, por eso Cuhel proponía ilustrar la graduación de valores con letras (a,b,c,d), para impedir interpretaciones falaces, según él, de la explicación del valor subjetivo. 

Menger no se pronuncia expresamente sobre si su visión es ordinal o cardinal. En muchos pasajes habla de magnitudes, de medir y cuantificar el valor, pero en otros habla de preferir satisfacer unas necesidades sobre otras, sobre todo en los ejemplos de su famosa tabla.  Hayek, en su introducción de una de las ediciones de Principios de Economía Política, califica claramente a Menger como ordinalista, si bien reconoce la existencia de pasajes cardinalistas. Yo me inclino por calificar a Menger como cardinalista, al igual que Ivan Moscati, aunque él matiza que es cardinalista en sentido clásico. Pero insisto, es mi interpretación y asumo el riesgo de poder estar cayendo en la falacia de la analogía de la cantidad.

Por tanto, el ejemplo de sumar el valor de los dos caballos es, lógicamente, una interpretación mía utilizando los argumentos de otros. Esencialmente los de Carlos Bondone, y también he traído aquí el argumento de Bohm Bawerk sobre la suma cardinal de los valores, que a mi modo de ver es totalmente definitivo.

Pero no cantemos victoria aún. Cuantificar cardinalmente no es sinónimo de medir. Para hablar de medición además tenemos que tener una unidad mínima que pueda servir para expresar cuántas veces está contenida esa unidad en las demás. En ese aspecto el planteamiento de Bondone que torpemente pretendo exponer aquí, tiene un carácter exclusivamente teórico, fundamentado en la ley de utilidad marginal decreciente, o lo que es lo mismo que las distintas unidades de los bienes tienen valores distintos, relativos entre sí, decrecientes y cuantificables.

Este modelo teórico propone que el valor es medible de forma relativa utilizando la unidad marginal como unidad de medida de todas las demás. En el caso de los caballos, el último que “vale” 10 sería la unidad de medida del valor de los demás caballos. Pero 10 no es ningún valor que exista en la práctica sino una simple representación del valor mínimo, que podríamos representar igualmente como 1 o como 100, pero la magnitud de ese valor mínimo la decidiría en la práctica el sujeto que valora y en cada valoración ese “10” representaría una magnitud distinta.  

La unidad de medida del valor ha de estar necesariamente condicionada por la naturaleza del valor. Y dado que el valor tiene origen en el sujeto, solo puede ser él quien determine la unidad de medida en cada caso. No puede estar en los bienes. Esto implica que la unidad de medida no es constante de una valoración a otra. Se crea en cada valoración al asignar una magnitud a la unidad marginal y es distinta para cada acto de valoración.

De todo lo anterior de ninguna manera se ha de concluir que estemos continuamente valorando, y esto es así ya sea el modelo cardinal, ordinal o mediopensionista. No  estamos cuantificando valores y determinando unidades de medida continuamente. Eso sería imposible o como mínimo absolutamente agotador, no haríamos otra cosa en nuestras vidas. Insisto, todo esto es un modelo teórico para dar una explicación del valor. 

Esto lo razona muy bien Bohm Bawerk diciendo que somos muy eficientes a la hora de valorar. Por un lado no nos paramos en cada paso concreto representado en el modelo de valoración. Y vuelvo a insistir, el modelo es una abstracción teórica que explica lo esencial de la realidad práctica, no es lo que hacemos en la realidad práctica tal cual. La valoración práctica y real funcionaría, nos explica Bohm Bawerk, de forma tácita y similar a un pianista que no se para a pensar cada tecla que tiene que tocar, y además se haría solo cuando resulte necesario hacerla, en absoluto continuamente, y se hace con la precisión y exhaustividad que consideremos necesaria en cada caso. No es igual la valoración que hace una empresa que opera con enormes volúmenes y márgenes muy estrechos, que la valoración que hacemos al comprar un paquete de chicles. Es decir, también economizamos el propio proceso de valoración.  
El siguiente paso es  más complicado e implicaría extenderme demasiado, pero resumidamente se trata de que aparte de usar una unidad relativa “interna” para cada bien económico, en la medición trabajamos además con las relaciones de valor de unos bienes con respecto a otros. La medición del valor es un proceso doblemente relativo. Para los lectores que estén interesados en profundizar en el planteamiento de Bondone, este es el enlace a su trabajo.

El dinero como tecnología y el Bitcoin como mejora (I)

El dinero es una tecnología que sirve para transportar valor a lo largo del tiempo y del espacio sin riesgo de contraparte. Si tras un ejercicio de alteración de factores de producción el individuo A genera un valor igual a X y en t1 este solo quiere consumir un valor igual a Y (siendo Y<X), A intercambiará el valor restante, X-Y, por bienes y servicios que me le ayudarán a satisfacer sus necesidades. Para ello, la mejor opción de A es intercambiar el valor de lo que ha producido por dinero, para así poder transportar el valor de X-Y a lo largo del tiempo. Por otro lado, si A produce y quiere intercambiar los frutos de su producción por bienes y servicios, para acceder a la mayor cantidad de bienes es vender el valor de su producción por dinero. Es decir, el dinero vuelve a ser la mejor opción para intercambiar valor, esta vez a través del espacio.

Cuando un bien puede transportar valor a lo largo del tiempo, decimos que este funciona como depósito de valor. Cuando un bien sirve para transportar valor a lo largo del espacio, se le describe como medio de intercambio generalmente aceptado. Estas dos facultades, junto con la de unidad de cuenta son las tres funciones que típicamente se emplean para describir el dinero. No obstante, yo defiendo que la característica esencial y lo que determina si algo es dinero o no es si es el medio de intercambio generalmente aceptado (Salerno 1994, 75)

Todo dinero, como describo en el primer párrafo, funciona como una tecnología para transportar el valor a lo largo del tiempo. Pero esta característica, a pesar de ser necesaria, no es suficiente. Existen bienes que funcionan como depósitos de valor, pero no como medios de intercambio. Esto se debe a que las características que hacen que un bien sea una buena tecnología para transportar valor a lo largo del tiempo no son las mismas que lo convierten en una buena tecnología para hacerlo a lo largo del espacio. Carl Menger en On The Origins of Money (2009, 30–32) enumera estas características dividiéndolas entre los condicionantes para los límites espaciales de la vendibilidad—es decir, cuan buen medio de intercambio es o su liquidez intratemporal—y los límites temporales de la vendibilidad de un bien—es decir, cuan buen depósito de valor es o su liquidez intertemporal—. 

Para Menger un bien será un buen medio de intercambio, es decir, podrá transportar el valor a través del espacio perdiendo poco o nada de este según cinco características. Las características que marcan los límites de la vendibildiad espacial—liquidez intratemporal—son cinco. Primero, el grado de la necesidad del bien pueda estar perturbado en el tiempo. Segundo, cuan fácilmente se pueden transportar los bienes y el coste de este transporte. Tercero, cuan desarrollados están los medios de transporte y comercios de este bien con respecto al resto. Cuarto, por la extensión local de mercados organizados y su conectividad mediante arbitraje del bien en un mercado al otro. Y quinto, por las diferencias en las restricciones impuestas al comercio con respecto a diferentes bienes.

Las características que marcan los límites de la vendibildiad temporal—liquidez intertemporal—son siete. Primero, si existe si la necesidad de estos se mantendrá en el futuro, es decir, si seguirán siendo bienes económicos: un bien cuyas cantidades son inferiores a las demandas de los individuos para satisfacer sus necesidades de este. Segundo, por su durabilidad, es decir, si la integridad del bien se mantendrá a lo largo del tiempo. Tercero, el coste de preservar y almacenar el bien. Cuarto, el tipo de interés. Quinto, la existencia de un mercado de este, es decir, no que empiece a ser superabundante (condición 1), sino que siga habiendo demanda de este—que los individuos sigan creyendo que este bien es útil para satisfacer alguna de sus necesidades. Sexto, que se desarrolle la especulación sobre el mismo, para poder coordinar los precios de este con su posible escasez. Y séptimo, las posibles restricciones a este bien que se imponen a través de medios políticos.

Como vemos, un bien podría cumplir una parte de las características y no otra. Todo bien, para llegar a ser el medio de intercambio generalmente aceptado, primero tiene que ser un buen depósito de valor. Todo bien, para poder transportar valor a lo largo del espacio primero tiene que hacerlo a lo largo del tiempo, porque entre cualquier intercambio siempre va a haber un periodo de tiempo que vaya a pasar entre t1 y t2. Todo bien podrá ser depósito de valor indefinidamente al menos para el depositante original del valor porque para él, al ser el valor subjetivo, este siempre puede mantenerlo. Pero por la misma naturaleza subjetiva del valor, nada garantiza a un individuo que este vaya a ser aceptado—otra manera de entender la liquidez intratemporal es la “aceptabilidad”, cuan generalmente aceptado por otros individuos es que ese bien tiene valor—por lo que un bien siempre puede ser depósito de valor para al menos una persona, pero, al requerir de la aceptación de otros para que algo sea un medio de intercambio, este no tiene por qué llegar a o continuar siéndolo.

Un ejemplo son los diamantes, que son un buen depósito de valor, pero un mal medio de intercambio. Una característica del buen dinero es que sea divisible. Diremos que un bien es perfectamente divisible cuando este no pierda porcentaje de valor equitativo al porcentaje de división de la unidad que sufre. Dos medias onzas de oro valen lo mismo que una onza, pero dos medias piezas de un diamante valen menos que una pieza entera. El oro, por esta y otras características fue un buen dinero: fácilmente maleable, divisible, muy durable, con un alto valor unitario—es decir, una unidad de onza de oro poseemucho valor, por lo que con poco movimiento transfieres mucho valor—, fácil atesorabilidad—se requiere poca seguridad y espacio para mantenerlo—, fraccionable y fácil de desatesorar—con alta demanda—.

Por tanto, defiendo la postura que la auténtica característica del dinero es que sea el medio de intercambio generalmente aceptable. Que sea un buen depósito de valor aumentará la liquidez del bien. Esto será una causa de que un bien llegue a ser dinero. El bien que emerge como dinero es aquel bien que sufra un menor decrecimiento en su utilidad marginal. La ley de utilidad marginal nos dice que un individuo valora con menor intensidad cada unidad adicional de un bien que ya posee (Huerta de Soto 1992, 50; Menger 2007, 125). El activo real—bien que no es el pasivo de otro agente—de cuya utilidad marginal mengue con menor intensidad, es decir, el que ostente una mayor liquidez intra e intertemporal, será el que mejor mantenga su valor y el que el mercado utilice como dinero (Menger 2009; Fekete 2017, 28). Por tanto, podemos definir dinero como ‘‘todo activo real que, debido a su superior estabilidad de valor, los agentes económicos emplean para intermediar entre el momento de venta y el momento de compra o entre el momento de compra y el momento de venta’’ (Rallo 2019, 108).

Que el bien con mayor liquidez opere como unidad de cuenta es la consecuencia de que este sea dinero: los individuos fijan los precios en ese bien porque quieren que se les pague en este, ya que es el bien que estiman les proporcionará mayor liquidez para transportar el valor. Esto hará que los agentes lleven su contabilidad en esta unidad. Pero esta “función” no es más que un indicador de qué es aceptado como medio de intercambio en una economía.

Volviendo al oro, este bien fue el dinero de la mayoría de las economías durante cerca de un siglo (1821-1914). Esto fue gracias a sus características entre ellas, además de las anteriormente mencionadas, su escasez natural. No obstante, el oro dejó de ser dinero, hasta nuestros días en los que nos encontramos huérfanos de un buen dinero mediante el que poder transportar valor entre nosotros y para nuestro futuro. Esto se debió principalmente a la intervención estatal. Los países que formaban parte del patrón oro clásico lo abandonaron principalmente para deshacerse la restricción que este ofrecía ante su capacidad de endeudarse y afrontar los coses de la Primera Guerra Mundial. Los estados eliminaron la convertibilidad de su moneda en oro, requisaron el oro en manos privadas y, aunque a veces intentaron volver, siempre fue con restricciones sobre las reglas clásicas. Esto, sumado a la capacidad de confiscación del oro y otras cualidades que hacen que lo alejan de lo que podríamos entender como un dinero perfecto, hacen que otros bienes, en este caso intangibles, como el Bitcoin, empiecen a ser mejores alternativas para el próximo buen dinero. 

En la segunda parte explicaré por qué el Bitcoin podría llegar a ser un bien que ostentase unas características que lo volviesen un bien más dinerable que el oro, tanto por el lado de la liquidez intratemporal, como intertemporal. Expondré cómo creo que esto podría ser posible, enumerando así algunas flaquezas que podría tener el Bitcoin que creo que están superadas y otras que creo que o se están superando o que lo harán.

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Sobre la medida del valor

Hasta el siglo XVII el consenso científico venía a sostener que el sonido era algo que no se podía medir. Era efímero, era irregular pues se observaban timbres y tonos distintos, eco o sonido reflejado, también era intangible, no se podía guardar para compararlo con otro sonido posteriormente. Sus características como la intensidad, tono y timbre cambian según se mide a más o menos distancia del origen, etc. Aristóteles llegó a apuntar alguna idea como que los sonidos agudos debían viajar más rápido que los graves, pero durante dos mil años apenas hubo ningún experimento, incluso los pocos que intentaban experimentar temían mostrar sus resultados por el riesgo de ser repudiados, ridiculizados o relegados al ostracismo. 

Y sin embargo, en la práctica, los músicos sí que eran capaces de afinar sus instrumentos en el mismo tono, o graduar con razonable precisión la intensidad de su música para provocar emociones en su público. También los guerreros más sigilosos sabían medir cual era el ruido máximo que no debían sobrepasar para poder atacar por sorpresa, o los guanches canarios eran capaces de graduar y modular los silbidos para comunicarse a largas distancias. La teoría, como siempre, estaba muy retrasada a la hora de explicar la realidad.

¿Y por qué a partir del S. XVIII se comienza a contemplar la posibilidad de medir el sonido? ¿Qué es lo que cambia? Pues el gran avance en las matemáticas que supuso el descubrimiento del cálculo infinitesimal a finales del s. XVII (Newton, Leibniz). De repente había fórmulas para densidad, elasticidad, desplazamientos de cuerdas, superposición y propagación, etc. Curiosamente se disponía de un arsenal de ecuaciones pero apenas había resultados empíricos que contrastar. Poco a poco llegaron instrumentos que permitieron experimentar y contrastar hasta llegar al día de hoy donde ya disponemos de unidades de medida para las distintas magnitudes como los decibelios o los hertzios. Existen incluso medidas para la sonoridad (psicoacústica) que tienen en cuenta la subjetividad del oído humano

Las matemáticas ayudaron a demostrar con rigor que el sonido era medible, acabando con todo prejuicio histórico que existía al respecto de la medición del sonido. No es que yo sea un gran fan de las matemáticas para explicar los fundamentos teóricos de la economía, pero no me cabe ninguna duda que si se aplican bien, son una herramienta de corroboración de la teoría extremadamente potente. Por ejemplo, la teoría de Einstein no es lo mismo con o sin fórmulas. Las fórmulas sirven para avanzar desde el estadio de mera hipótesis hacia la corroboración de la teoría, como sucede al aplicarlas a la órbita de Mercurio. 

La cuestión de las matemáticas en teoría económica es relevante porque creo que tenemos una situación similar a la que he expuesto con el sonido. En el caso de la economía, la realidad, el cálculo económico en la práctica, sin duda va también muy por delante de la teoría. La teoría de la que disponemos parece haber establecido ya unos fundamentos sólidos para explicar el fenómeno del valor, cuyo desarrollo más riguroso es el de Carl Menger, pero al que hasta el momento no se le había aplicado con éxito las matemáticas. Jevons lo intentó pero fracasó. El mainstream austriaco actual ni lo pretende pues reniega totalmente de ello, y el resto de desarrollos neoclásicos dan por resuelta teóricamente la cuestión del valor y trabajan directamente con los precios, como las curvas de oferta y demanda de Marshall. Por cierto, sobre la relación de Carl Menger con las matemáticas María Blanco hace unas reflexiones interesantísimas.

Dejando aparte la postura sobre este tema de la corriente mayoritaria actual de la escuela austriaca, en la historia de esta escuela de pensamiento hay diversidad de opiniones sobre la posibilidad de medir el valor. Hasta donde yo llego, el autor que con más ahínco defendió esta posibilidad fue Eugene Bohm Bawerk, en contraposición a un radical desacuerdo posterior por parte de sus alumnos Cuhel y Ludwig Von Mises. El debate que tuvo con varios autores que criticaban su postura de que el valor es medible, y en especial el que mantuvo con su alumno Cuhel, que llevando la contraria a su maestro defendió que el valor se determina ordinalmente, dio lugar a que, afortunadamente para nosotros, Bohm Bawerk diera explicaciones muy detalladas sobre esta cuestión. 

Para dar respuesta a aquellas críticas incorporó un nuevo capítulo “Consideraciones psicológicas suplementarias sobre la teoría del valor” en la tercera edición de Teoría Positiva del Capital. En el apartado II de este nuevo capítulo hace numerosas reflexiones sobre este asunto. No pretendo aquí utilizar a B. Bawerk para incurrir en la falacia de la autoridad, sino destacar un argumento suyo que me parece definitivo y que puede ser corroborado por cada uno de nosotros por mera observación introspectiva. Se trata de la posibilidad de realizar operaciones aritméticas cardinales sobre el valor, aunque sean estimativas y por supuesto sujetas a error como cualquier otra cuantificación.   

Continuando el ejemplo de los caballos de Menger, si por ejemplo alguien nos ofrece adquirir uno de nuestros caballos sin todavía precisar a cambio de qué, nosotros pensaríamos en un valor X con la idea de pedirle al comprador algo más valioso que X a cambio del caballo. Si el comprador antes de ofrecer ningún bien concreto a cambio, y antes de que nosotros digamos nada reformula su oferta y muestra interés por comprar dos caballos, automáticamente pensaríamos en pedir una cantidad mayor que X. La utilidad marginal nos dice que no tiene por qué ser el doble, pues dependerá de la pendiente de la curva de utilidad marginal de nuestros caballos. Los ordinalistas sostendrían que pensaríamos directamente en la significación que representan los dos últimos caballos en bloque, pero para mi es totalmente evidente que podemos hacer el ejercicio mental de sumar el valor de los dos caballos. 

Menger llega a decir que la situación económica es más ventajosa después de que los agentes intercambien e incorporen un bien “cuyo valor es de 40”. Con “más” ventajosa yo interpreto mayor cantidad de valor (riqueza), sea cual sea el valor representado por la cifra “40” en ese momento para cada sujeto, y por tanto cabe la posibilidad de interpretar que está sumando valores cardinalmente.

La posibilidad de sumar es crucial, porque en el ámbito de lo ordinal no existe la suma aritmética cardinal. Ni exacta ni tampoco aproximada, sencillamente no existe.  Existe la unión de conjuntos ordenados, que aunque se pueda llamar “suma” no tiene nada que ver con la suma cardinal. Yo sostengo que podemos hacer una suma cardinal del valor de los caballos, sin importar que sea más o menos exacta. 

Tampoco tiene sentido la “divisibilidad ordinal”. Si tenemos dos elementos de un conjunto ordenado “primero y segundo” y añadimos un elemento más cuyo orden esté entre el primer elemento y el segundo, no sería el elemento “primero y medio”. Lo que haremos en todo caso es reordenar y tendremos “primero, segundo y tercero”. Tampoco cabe hallar diferencias (restar) entre un número de elementos muy pequeños de distintos conjuntos o subconjuntos. Primero porque al calcular diferencias en el número de elementos de distintos conjuntos estamos cuantificando los elementos de cada conjunto y por tanto haciendo una resta aritmética cardinal, es decir, cuantificamos, no ordenamos, y segundo porque el concepto de “elemento muy pequeño” ya implica haber cuantificado previamente la magnitud cardinal de cada elemento. Ordinal tiene que ver sólo con ordenar, no con cuantificar.

He tomado el ejemplo de los caballos de Menger, pero tampoco pretendo afirmar que Menger fuera cardinalista. Sumar los números que utiliza Menger a efectos ilustrativos puede implicar sucumbir a la falacia de la analogía de la cantidad descrita por Henry Phelps, es decir, sumar números que no son sumables, por eso Cuhel proponía ilustrar la graduación de valores con letras (a,b,c,d), para impedir interpretaciones falaces, según él, de la explicación del valor subjetivo. 

Menger no se pronuncia expresamente sobre si su visión es ordinal o cardinal. En muchos pasajes habla de magnitudes, de medir y cuantificar el valor, pero en otros habla de preferir satisfacer unas necesidades sobre otras, sobre todo en los ejemplos de su famosa tabla.  Hayek, en su introducción de una de las ediciones de Principios de Economía Política, califica claramente a Menger como ordinalista, si bien reconoce la existencia de pasajes cardinalistas. Yo me inclino por calificar a Menger como cardinalista, al igual que Ivan Moscati, aunque él matiza que es cardinalista en sentido clásico. Pero insisto, es mi interpretación y asumo el riesgo de poder estar cayendo en la falacia de la analogía de la cantidad.

Por tanto, el ejemplo de sumar el valor de los dos caballos es, lógicamente, una interpretación mía utilizando los argumentos de otros. Esencialmente los de Carlos Bondone, y también he traído aquí el argumento de Bohm Bawerk sobre la suma cardinal de los valores, que a mi modo de ver es totalmente definitivo.

Pero no cantemos victoria aún. Cuantificar cardinalmente no es sinónimo de medir. Para hablar de medición además tenemos que tener una unidad mínima que pueda servir para expresar cuántas veces está contenida esa unidad en las demás. En ese aspecto el planteamiento de Bondone que torpemente pretendo exponer aquí, tiene un carácter exclusivamente teórico, fundamentado en la ley de utilidad marginal decreciente, o lo que es lo mismo que las distintas unidades de los bienes tienen valores distintos, relativos entre sí, decrecientes y cuantificables.

Este modelo teórico propone que el valor es medible de forma relativa utilizando la unidad marginal como unidad de medida de todas las demás. En el caso de los caballos, el último que “vale” 10 sería la unidad de medida del valor de los demás caballos. Pero 10 no es ningún valor que exista en la práctica sino una simple representación del valor mínimo, que podríamos representar igualmente como 1 o como 100, pero la magnitud de ese valor mínimo la decidiría en la práctica el sujeto que valora y en cada valoración ese “10” representaría una magnitud distinta.  

La unidad de medida del valor ha de estar necesariamente condicionada por la naturaleza del valor. Y dado que el valor tiene origen en el sujeto, solo puede ser él quien determine la unidad de medida en cada caso. No puede estar en los bienes. Esto implica que la unidad de medida no es constante de una valoración a otra. Se crea en cada valoración al asignar una magnitud a la unidad marginal y es distinta para cada acto de valoración.

De todo lo anterior de ninguna manera se ha de concluir que estemos continuamente valorando, y esto es así ya sea el modelo cardinal, ordinal o mediopensionista. No  estamos cuantificando valores y determinando unidades de medida continuamente. Eso sería imposible o como mínimo absolutamente agotador, no haríamos otra cosa en nuestras vidas. Insisto, todo esto es un modelo teórico para dar una explicación del valor. 

Esto lo razona muy bien Bohm Bawerk diciendo que somos muy eficientes a la hora de valorar. Por un lado no nos paramos en cada paso concreto representado en el modelo de valoración. Y vuelvo a insistir, el modelo es una abstracción teórica que explica lo esencial de la realidad práctica, no es lo que hacemos en la realidad práctica tal cual. La valoración práctica y real funcionaría, nos explica Bohm Bawerk, de forma tácita y similar a un pianista que no se para a pensar cada tecla que tiene que tocar, y además se haría solo cuando resulte necesario hacerla, en absoluto continuamente, y se hace con la precisión y exhaustividad que consideremos necesaria en cada caso. No es igual la valoración que hace una empresa que opera con enormes volúmenes y márgenes muy estrechos, que la valoración que hacemos al comprar un paquete de chicles. Es decir, también economizamos el propio proceso de valoración.  

El siguiente paso es  más complicado e implicaría extenderme demasiado, pero resumidamente se trata de que aparte de usar una unidad relativa “interna” para cada bien económico, en la medición trabajamos además con las relaciones de valor de unos bienes con respecto a otros. La medición del valor es un proceso doblemente relativo. Para los lectores que estén interesados en profundizar en el planteamiento de Bondone, este es el enlace a su trabajo.

¿Y los trabajadores? (I): El trabajador como empresario

El socialismo moderno nació como consecuencia de la preocupación de sus ideólogos por el destino de los trabajadores. Engels, en su libro El Estado de la Clase Obrera en Inglaterra (1845), sostuvo la idea de que el destino de los trabajadores en el capitalismo es el mismo que el de los esclavos: sus vidas están determinadas por la misericordia de los capitalistas que son los dueños de los medios de producción. Marx agregó dos teorías importantes. La primera se refiere al mecanismo de explotación. Según Marx (1858: 477) hay una explotación invisible en el proceso de trabajo capitalista. El valor de uso del trabajo es mayor que el valor de cambio del trabajo ya que un trabajador produce más durante las horas de trabajo que su salario, que es igual a la cantidad de dinero necesaria para reproducir la fuerza de trabajo de una persona. La diferencia entre los dos es el beneficio, que es la ganancia acumulada por los capitalistas. El concepto de clase trabajadora surge de la interpretación marxista del concepto de explotación. Los obreros tienen una relación antagónica con los capitalistas porque el lucro de los capitalistas es el resultado de la explotación de los trabajadores. La segunda contribución importante de Marx fue la teoría de la alienación, tesis reforzada por Polanyi (1944), que afirmaba que el capitalismo, además, destruye las comunidades y que los mercados son prisiones para los trabajadores.

Estas afirmaciones creaban una clara base moral para las ideas socialistas cuyos ideólogos propagaban su preocupación por las masas explotadas y alienadas. Por todo ello, el marxismo ha llegado a ser una de las teorías más influyentes de la era moderna (Schumpeter 1943). El éxito del marxismo dio forma decisiva a la percepción de los trabajadores como miembros de la clase trabajadora explotada en el mercado.

Como consecuencia de la influencia del pensamiento marxista, los defensores de las políticas a favor del mercado libre quedaban negativamente estigmatizados por ser los ideólogos al servicio de los intereses del capitalista, de la minoría explotadora. El mensaje de que los empresarios y la competencia en un mercado sin trabas servirían mejor a los intereses de los trabajadores es una idea que, a veces, solo tiene efecto a largo plazo; por ello, es una argumentación demasiado complicada de defender y contra la que es fácil argumentar con historias basadas en experiencias cotidianas sobre la inseguridad, precariedad y bajos salarios en el mundo de la economía política popular, en el que los argumentos emocionales tienen mucho peso.

El objetivo de mi trabajo es aportar un nuevo punto de vista a los partidarios del libre mercado para perfilar una nueva perspectiva del trabajador. Por eso el artículo cuestiona la validez de la todavía influyente descripción marxista de los trabajadores como víctimas de los mercados y de la literatura pos-marxista que lamenta la disolución de la clase trabajadora debido al creciente individualismo. Como alternativa, ofrezco una descripción en la que los trabajadores aparecen como emprendedores de por vida que utilizan los mercados para sus propios fines, es decir, para mejorar sus propias oportunidades en la vida.

También propongo una interpretación más amplia del concepto de capital de Carl Menger con el objetivo de desmentir la teoría marxista según la cual los trabajadores no tienen capital en las economías de mercado. Mi proposición es que los trabajadores podrán usar su personal capital humano para mejorar su situación personal.

Emprendimiento en el pensamiento austriaco

La revolución marginal en la teoría económica anuló la teoría del valor de trabajo de Smith y Ricardo en la que Marx basaba su concepto de explotación y clase trabajadora. La teoría marginal identifica la fuente del valor como rareza (Walras 1874), escasez (Jevons 1871), o valoración subjetiva (Menger 1871). Böhm Bawerk (1896) expuso la contradicción en la obra de Marx entre El Capital I y El Capital III, demostrando que el mecanismo de explotación de Marx es una hipótesis insostenible. Böhm-Bawerk también demostró que Marx era consciente de esta contradicción, pero optó por ocultar la verdad. No obstante, el colapso de la teoría de la explotación de Marx había socavado su teoría de clases. Si no hay explotación oculta en el proceso de trabajo, no existe relación antagónica entre obreros y capitalistas, y como consecuencia, el mercado no solo existe para asegurar beneficios para los capitalistas.

El fuerte crecimiento de la clase media también ha cuestionado la concepción marxista de la sociedad en la que solo se contempla la existencia de dos clases, la obrera y la capitalista. De hecho, Marx ya había usado el concepto de clase media en su relato de los eventos de 1848 en París en la que, a pesar de su teoría sobre el papel histórico de la clase obrera, los verdaderos protagonistas eran los pequeños terratenientes y comerciantes y las clases medias urbanas. Asimismo, en El Capital III, escrito dos décadas más tarde, Marx sostuvo que la presencia de la clase media desdibuja la línea de demarcación entre las dos clases principales. Y en este punto Marx abandonó el manuscrito y dejó sin explicar las causas del crecimiento de la clase media frente a lo que había defendido en su teoría. Eduardo Bernstein, uno de los pensadores más importantes de la socialdemocracia alemana, una generación más tarde, expuso abiertamente que la profecía de Marx sobre las clases no llegó a materializarse. La clase media se desarrolló de manera evidente, en lugar de hundirse como había predicho en El Manifiesto Comunista. Según los cálculos de Bernstein (1899), la clase media se multiplicó por tres entre 1850 y 1880 en los países europeos. Además, la proporción de capitalistas también creció frente a lo que Marx había vaticinado. Por último, Bernstein apuntó que parte de la clase obrera se había integrado en la clase media.

La viabilidad del concepto marxista se debilitó aún más por los cambios fundamentales provocados por la llegada de la sociedad de consumo en las últimas décadas del siglo XX. Los sociólogos de tendencia izquierdista han observado un cambio fundamental de actitud hacia el individualismo y la autonomía personal (Lawrence, 2013) que erosiona la cultura y la cohesión de las comunidades de la clase trabajadora (Charlesworth, 1999: 2). Uno de los teóricos clave de la fragmentación, Ulrich Beck, ha argumentado que el proceso de individualización ha desencarnado a los individuos de los roles sociales históricamente prescritos (Beck, 1992a: 128), y que se ha producido un cambio cultural general en la búsqueda de la autodeterminación, la autorrealización y la libertad de elección (Beck, 1998: 39-54). La clase a la que pertenece una persona ya no es un indicador preciso de su perspectiva personal, sus relaciones, su posición familiar o su identidad social y política (Beck, 1992a: 92). Beck afirma que, ante la descomposición de las clases, la seguridad del individuo en la sociedad contemporánea se consigue mediante el cálculo y la anticipación inteligente (Beck, 1992b). De manera similar, Zygmunt Bauman (2000) sostiene que vivimos en una sociedad líquida, tan cambiante que nada mantiene su forma por mucho tiempo. Las fuerzas del mercado junto con el consumismo individualista exigen que las personas cambien sus gustos, hábitos, identidades, afiliaciones e incluso sus ocupaciones, con subculturas y tipos de trabajos que surgen y desaparecen incesantemente. Para Bauman y Beck el individualismo y la incertidumbre son las consecuencias del periodo neoliberal del capitalismo. La nueva preocupación pasó a ser en la izquierda la situación precaria de los trabajadores en la era del neoliberalismo (Standing 2011).

Así, aunque la teoría marxista de la explotación fue refutada, y su profecía sobre el auge de la clase obrera no se materializó, su teoría sigue influyendo en el debate académico y público, unas veces en el viejo tono marxista y otras, como preocupación por la situación precaria de los trabajadores.

Sin embargo, en la realidad, tanto las aspiraciones personales de cada individuo como la inseguridad en la vida han formado parte del hombre a lo largo de su historia. Por eso, Carl Menger (1871) ya había basado su teoría económica en este principio de la aspiración personal en un contexto de incertidumbre que constituye una condición general de existencia para la humanidad.

Menger pensaba que la habilidad empresarial y la inherente capacidad de ampliar conocimientos son los dos rasgos más características del hombre. La palabra alemana Wirtschaftender, que Menger usó en su libro, se refiere al impulso inherente del ser humano por descubrir nuevos conocimientos en un entorno incierto y aplicarlos en el trabajo con el fin de crear una mayor seguridad y procurar más satisfacer mejor las necesidades. Para Menger la capacidad inherente de los humanos para descubrir conexiones causales y, por lo tanto, generar e implementar nuevos conocimientos en el trabajo es lo que asegura la satisfacción de diversas necesidades humanas y, al mismo tiempo, impulsa el progreso de la civilización. Menger consideró que todos los individuos son capaces de ser personas emprendedoras. Actuar implica planificar para un futuro incierto, así como calcular y especular. El individuo emprendedor puede no poseer un conocimiento perfecto, pero es capaz de aprender de sus errores y reflexionar sobre las relaciones causales equivocadas.

Menger explicaba que todos los individuos poseen de manera inherente la capacidad de ser emprendedores, pero que solo unos cuantos llegan a serlo. Lo que distingue al emprendedor es que tiene capital a su disposición para poder lanzar un proceso de producción. La oportunidad de acceder a los créditos del sistema capitalista aumenta la posibilidad de que un grupo más amplio de individuos con mentalidad empresarial se conviertan en emprendedores (Menger, 1871: 172).

Friedrich Wieser, quien fue uno de los miembros clave de la segunda generación de la tradición económica mengeriana, abandonó el concepto mengeriano de gente emprendedora. En el marco wieseriano, el emprendedor es un gran capitalista que representa la superioridad personal, lo que en la era de las grandes empresas le otorga un grado de poder. Él es el señor supremo de los tiempos modernos. Las masas solo son capaces de actuar a través de un líder que pueda unir a las multitudes en una unidad activa (Wieser, 1927: 319-28).

La línea de pensamiento de Wieser influyó mucho en Joseph Schumpeter (Ebner, 2003: 137), a quien se le atribuye el descubrimiento del papel del empresario en la economía como agente de destrucción creativa (Schumpeter 1943). El héroe empresarial de Schumpeter es una persona valiente y heroica con una energía mental extraordinaria, capaz de concebir y llevar a cabo actos de destrucción creativa y promulgar el liderazgo social (Schumpeter, 2002). Para Schumpeter, este emprendedor es Homo Creativus, el Übermensch de Nietzsche (Anderson, 2009: 34).

Gracias a Ludwig van Mises, no se perdió por completo el concepto original mengeriano de persona emprendedora ordinaria, que no es un seguidor ciego de un héroe ni un miembro de una masa sin rostro. Mises (1949) reconstruyó la idea original mengeriana y colocó nuevamente al individuo actuando al frente y en el centro en su teoría económica. Pensaba que el hombre es un emprendedor que actúa para lograr una meta de acuerdo con sus valores y que alcanza un fin con ciertos medios en condiciones de incertidumbre. Mises propuso el uso del término “promotor” para las personas emprendedoras que también tienen acceso al capital. El promotor está preocupado especialmente por el éxito de sus negocios. (Mises, 1949: 229). Con este nuevo concepto, Mises construyó un puente que conectaba a Menger con Wieser y dentro del marco mengeriano creó un espacio para el capitalista exitoso que no es meramente un individuo emprendedor. El promotor es el impulsor del mercado cuya inquietud y afán por obtener el mayor beneficio posible garantiza una innovación y una mejora incesantes. En este sentido, el liderazgo no es menos importante en el mercado que en cualquier otra rama de la actividad humana (Mises, 1949: 255).
Friedrich Hayek hizo una importante contribución al concepto mengeriano del individuo emprendedor poniendo el énfasis en las especificidades del contexto y las condiciones locales como factores significativos en los que se configura la acción. El entorno del individuo es un mundo concreto en el que los actores suelen poseer un conocimiento disperso y, a veces, solo tácito. En este mundo descentralizado hay una división del conocimiento que es tan importante como la división del trabajo (Hayek, 1937).

Israel Kirzner y Ludwig Lachmann, discípulos de Mises y Hayek, hicieron importantes contribuciones al concepto de persona emprendedora. Kirzner introdujo el concepto de estado de alerta que es la capacidad inherente de un ser humano para percibir y su capacidad para transformar esa percepción en información y conocimiento. (Kirzner, 1973: 68). El concepto kirzneriano de alerta no es un proceso de destrucción creativa, a diferencia de Schumpeter, y no causa trastornos en el mercado; más bien crea un equilibrio dinámico que se logra mediante el descubrimiento de oportunidades hasta ese momento desconocidas, y que mejoran la coordinación y el bienestar de todos. El concepto kirzneriano de emprendedor-alerta se acerca al concepto de emprendedor de Mises: son personas capaces de descubrir oportunidades independientemente de la propiedad o del capital (Foss y Klein, 2012: 57).
Ludwig Lachmann avanzó aún más el concepto de subjetivismo mengeriano. Según Lachmann (1978), para comprender la acción humana se debe tener en cuenta la realidad tanto subjetiva como objetiva de los fines y los medios. A medida que se implementa un plan de acción, el actor interpretará el resultado de acuerdo con su interpretación personal de la realidad.

Jesús Huerta de Soto, en su obra Socialismo y el cálculo económico, ha recuperado el significado original mengeriano-misesiano del espíritu empresarial, que coincide con la acción humana de Mises. En este sentido, el autor menciona a modo de ejemplo, que un trabajador puede ser considerado emprendedor cuando está al acecho y toma decisiones como cambiar o no de trabajo. Si elige bien, encontrará un trabajo más atractivo que el que tendría en otras circunstancias. Si elige mal, sus condiciones de trabajo pueden ser menos favorables. En el primer caso, obtendrá beneficios empresariales; en el segundo, sufrirá pérdidas. Así, toda persona cuando actúa está empleando su espíritu empresarial en un contexto de incertidumbre sobre del futuro.

El autor, además hace hincapié en que la imprecisión sobre el futuro abre el espacio a la energía creativa de todo ser humano. La clave del espíritu empresarial es la inherente disposición humana para buscar, descubrir, crear o identificar nuevos medios y fines para alcanzar un objetivo determinado o adquirir beneficios. Huerta de Soto distingue dos tipos de acciones emprendedoras: el arbitraje y la especulación. El arbitraje se produce cuando el emprendimiento se ejerce en el presente y hay que elegir entre dos opciones distintas; la especulación consiste en el ejercicio del emprendimiento en dos puntos diferentes en el tiempo y conlleva a la creación de nuevos conocimientos. Según su resumen, el conocimiento empresarial subjetivo y práctico tiene seis características básicas: 1) Es un conocimiento subjetivo y práctico más que científico. 2) Es un conocimiento exclusivo. 3) Es disperso. 4) Es un conocimiento principalmente tácito. 5) Es un conocimiento creado ex nihilo, de la nada, precisamente a través del ejercicio del espíritu empresarial. Y 6) Es un conocimiento que se puede transmitir, en su mayor parte, de forma tácita (Huerta de Soto 2010: 18-43).

En resumen, para Menger, Mises y Huerta de Soto el espíritu emprendedor de la gente común en el ejercicio de sus actividades económicas es clave para comprender el papel de los individuos en la economía. Aunque Menger usó el término emprendedor solo en el sentido de una persona de negocios que emplea capital, se sobreentiende que la capacidad emprendedora e innovadora es una característica inherente al ser humano. Mises fue un paso más allá al hacer una distinción entre el individuo emprendedor que actúa, y el promotor, que es el líder empresarial que utiliza capital y dirige una empresa con fines de lucro.

Sin embargo, el intento mengeriano-misesiano de conceptualizar a cada actor humano como una persona emprendedora, no ha gozado de popularidad en la literatura económica. El concepto schumpeteriano ha prevalecido.

La literatura académica sobre emprededores solo contempla a los empresarios que tienen algunas características psicológicas en concreto y aptitudes especiales como la facultad para emitir juicios, la valentía para aceptar riesgos o la innovación y la capacidad para que las cosas sean hechas. Por otra parte, hay otra literatura que analiza el mundo de los empleados a los que caracteriza como miembros de una masa pasiva sujetos al poder de los mercados.

En este artículo, se tratará de recuperar el marco original del pensamiento mengeriano-misesiano para dar un nuevo sentido al concepto de empleado ordinario como actor emprendedor. El artículo dota de un nuevo contenido al término empleado para poder reconocer en él a una persona emprendedora que utiliza el mercado en su propio beneficio, en lugar de ser un tomador pasivo de las condiciones del mercado. Utilizo el término “emprendedor de por vida” para referirme a este nuevo concepto.

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Breve comentario sobre Las leyes de la economía, de Dani Rodrik

Si ha tenido la ocasión de leer varios de mis artículos mensuales en este blog, habrá podido comprobar que la mayoría de ellos los dedico a hablar sobre metodología de la economía. El artículo de hoy no va a ser menos y, de nuevo, versará sobre metodología económica. Sin embargo, en esta ocasión nos centraremos en hacer una escueta revisión al libro del economista de Harvard Dani Rodrik, titulado Las leyes de la economía: aciertos y errores de una ciencia en entredicho (2016). Antes de continuar, me gustaría señalar que el libro original fue publicado en 2015 bajo el nombre de Economics Rules. Empero, yo citaré la traducción española de 2016, puesto que es la que he leído. Dicho esto, procedamos con el análisis. 

Las leyes de la economía 

Si tuviera que señalar la tesis principal en el libro de Rodrik, diría que es el énfasis en la idea de que la economía se explica con una inmensa pluralidad de modelos y no con un único modelo o teoría universal. Además, estos modelos deben ser lo más realistas posible, al menos, en lo que Rodrik llama los supuestos críticos. Estos son elementos que, de ser eliminados o alterados, cambiarían drásticamente el resultado del modelo. 

Rodrik es muy crítico con la aspiración habitual de la política económica clásica a conseguir teorías económicas universales que sean capaces de explicar todos los fenómenos económicos. El autor demuestra que la excesiva confianza en una única teoría general ha llevado a muchos economistas a desligarse de la realidad y a no conocer los fenómenos que realmente ocurren en la economía. Esto se debe a que: “No podemos buscar en las ciencias económicas las explicaciones o prescripciones universales que se aplican independientemente del contexto; las posibilidades de la vida social son demasiado diversas para caber a presión en marcos teóricos únicos” (Rodrik 2016, 21). Según Rodrik, a diferencia de las ciencias naturales: “La economía es una ciencia social, y la sociedad no tiene leyes fundamentales, al menos no de la misma clase que la naturaleza” (Rodrik 2016, 57). Por tanto, lo lógico es limitarse a construir modelos que expliquen la cadena de causalidad en un determinado contexto y situación, siendo mucho más concretos y aplicados. 

Además, dada la excesiva complejidad del mundo social, que es la que nos impide obtener leyes universales, la economía necesita modelos simples. Cada modelo deriva de una especie de experimento mental, donde tienen que aislarse determinados fenómenos bajo el supuesto ceteris paribus. De esta manera, se pueden controlar ciertos sucesos y así comprobar cuál es la cadena de causalidad en la regularidad observada. Esto es precisamente lo que hacen en ciencias naturales con sus experimentos controlados. El riesgo que tiene diseñar modelos complejos es que no nos permitan identificar la regularidad relevante que queremos observar y, en lugar de arrojar luz sobre algo, nos dificulten el entendimiento de los procesos económicos. 

Estas dos ideas, la de simplicidad y el uso de modelos, serían los puntos principales del libro de Rodrik. Hay muchas más y todas se encuentran mucho más detalladas y desarrolladas de lo que acabo de exponer. Evidentemente, él lo expone en un libro y yo tengo que hacerlo en un artículo. Aun así, espero haberlas expuesto de manera clara y fiel a lo que dice el autor originalmente.

Dicho esto, al igual que he resumido los argumentos de Rodrik, también resumiré mi opinión sobre la tesis que él plantea en el libro. De manera general, creo muy acertado el énfasis que pone en la necesidad de los modelos como teorías contingentes, debido al evidente abismo que hay entre las teorías universales y la realidad. La teoría contingente es fundamental para la ciencia económica. Sin embargo, creo que no se puede rechazar la existencia de leyes fundamentales en economía. Del mismo modo, tampoco creo que la construcción de modelos más complejos sea incompatible con la simplicidad que reclama Rodrik. Desarrollemos esto un poco más.

Leyes universales en economía 

Decir que las leyes universales no existen en economía sería remontarnos al argumento historicista durante el Methodenstreit. Por ello, a cualquier economista austriaco, en especial, no debería sonarle bien esta negación de las teorías universales. Como ya he comentado en otros artículos, la escuela austriaca nace en defensa de la existencia de leyes universales en economía en contra del historicismo alemán, siendo esto algo que la caracteriza. La propia afirmación que desde la ciencia económica o, si se quiere, metodología de la economía (pero seguimos en el terreno económico), se hace sobre la no universalidad de las leyes económicas es o, al menos pretende ser, universal. Es decir, el argumento de Rodrik sobre la no universalidad de la teoría en economía es en sí mismo universal, a ser aplicable a cualquier proposición económica. Esta aparente contradicción lógica demuestra que las leyes universales existen, también en economía. 

La praxeología, por ejemplo, es una forma muy lógica de demostrar la existencia de teoría universal (Mises 1998). No obstante, las leyes praxeológicas por sí mismas no permiten comprender la realidad en toda su complejidad y riqueza. Esto es porque, justamente, cualquier matiz que se añade a una teoría universal para que se corresponda con la realidad da lugar a una teoría contingente (Selgin 1990). 

Tanto las teorías universales como contingentes son necesarias en economía. Lo más habitual es que manejemos teorías contingentes o modelos, pues son las que se aplican a la realidad. Sin embargo, estos modelos deben basarse en teorías universales para evitar contradicciones lógicas severas que puedan explicar erróneamente los fenómenos reales. ¿Qué pasaría si asumiéramos que los seres humanos no somos racionalmente limitados? ¿y si no respetáramos la ley de preferencial temporal? Las proposiciones universales deben estar siempre detrás de cualquier modelo económico. 

 Como ya escribí en otra ocasión, la mejor forma de comprender esta relación entre teoría universal y contingente es a través del método de Carl Menger (1985). En él se puede entender la debida importancia de las proposiciones universales y necesarias a través de la orientación exacta y, también, cómo estas sustentan a las contingentes, o lo que llamamos modelos, dentro de la orientación empírico-realista. 

El error de Rodrik, en este caso, es centrarse exclusivamente en los modelos. Le ocurre lo mismo que a los que se centran exclusivamente en leyes universales como la praxeología, creyendo que esta, por sí sola, puede explicar todos y cada uno de los fenómenos económicos. Lejos de ambas posturas, considero que lo más prudente es reconocer el importante papel que ambos, teorías universales y modelos, desempeñan en la explicación económica. 

Simplicidad, simpleza y complejidad

La simplicidad de la teoría es otro de los puntos que remarca Rodrik. Si bien tiene razón al señalar que un modelo complejo no sirve de mucho si no nos permite comprender una regularidad de forma clara o simple, creo que su apuesta por la simplicidad puede conducir a la simpleza. 

Si no recuerdo mal, el propio autor pretende diferenciar entre lo simple o sencillo y lo simplista. Lo simplista, por supuesto, está equivocado. Pero, lo simple o sencillo es fundamental para la ciencia, como el propio principio de la navaja de Ockham indica. Actualmente, los modelos complejos, usualmente computacionales como los agent-based models (ABMs), permiten manejar la complejidad del mundo y extraer conclusiones sencillas y claras. Al contrario, los modelos tradicionales más simples, que dependen de matemática algebraica, caen en errores como la idea de equilibrio, con tal de simplificar la realidad (Arthur 2021). Si Rodrik apuesta por modelos tradicionales que usen matemática algebraica, ha de saber que estará asumiendo supuestos como la idea de equilibrio, que se han demostrado irrealistas desde el enfoque de complejidad. En ese sentido, sí creo que la nueva teoría de complejidad permita conocer el mundo de forma más realista y sencilla, cosa de la que Rodrik parece dudar. En este caso, yo lo animaría a probar ABMs.  

Aplicabilidad y expansión horizontal de la ciencia

En último lugar, me gustaría destacar positivamente dos ideas que Rodrik resalta en el libro y que considero muy importantes. En este caso, no las voy a criticar sino a destacar. La primera de ellas es su apuesta por la aplicabilidad de los modelos en lugar de su verificabilidad. Es decir, no hay modelos incorrectos sino que cada uno explica una determinada circunstancia. La cuestión es, por tanto, saber escoger el modelo que hay que aplicar. Esto deriva de la segunda idea: En contra de perspectivas tradicionales en la filosofía de la ciencia, la economía no avanza de manera vertical, reemplazando unos modelos por otros, sino de forma horizontal, multiplicando modelos, añadiendo unas explicaciones a otras. Ambas ideas están relacionadas, pues si no se verifican y rechazan los modelos, estos se acumulan y, si se piensa que los modelos se acumulan, uno no puede proceder a verificar uno. 

Como también he señalado en otro artículo, el gran problema del positivismo, desde mi punto de vista, es el verificacionismo. Por tanto, considero esta idea de Rodrik fundamental como alternativa al verificacionismo o falsacionismo más extendido dentro de la ciencia. Esta es una de las ideas más buenas y contundentes del libro. A cualquier economista austriaco debe resultarle atractiva cuanto menos.  

¿Es la confianza lo que confiere valor al dinero?

Una idea muy extendida acerca del dinero es que todos lo aceptamos porque confiamos en que a su vez los demás lo aceptarán por un valor igual o muy parecido al que nosotros lo adquirimos. Autores populares como Yuval Noah Harari con su libro Sapiens, han ayudado a divulgar esta idea. Esto se lo he llegado a leer o escuchar incluso a personas que conocen bien el pensamiento de la escuela austríaca como Francisco Capella o Alejandro Sala.

He de aclarar que me refiero a aquél dinero que no es a su vez un contrato con un tercero, es decir, que no representa la obligación de nadie porque en esos casos es evidente que necesitamos confiar en que el obligado cumpla con lo establecido en el contrato. Pero este tipo de confianza en el cumplimiento de obligaciones más o menos concretas no es a la que me quiero referir en el artículo de hoy, sino a la “confianza” entendida como expectativa en que el dinero vaya a ser ampliamente aceptado de forma voluntaria por los demás a un valor igual o muy parecido al que nosotros lo adquirimos.

Afortunadamente, Carl Menger nos ilumina al respecto de forma muy concreta en su libro El Dinero, dejando claro que esta supuesta “confianza” sería igualmente aplicable a cualquier otro bien que deseemos vender, y por tanto es un concepto totalmente inútil para distinguir el dinero de cualquier otro bien:

“Pero aquí se olvida el hecho de que esta no es, en absoluto, una característica peculiar del dinero. También el comerciante, el especulador, etc., adquieren los bienes que luego ponen en venta, únicamente en la «confianza» de que estarán después en condiciones de cederlos a otros, y para ellos es absolutamente indiferente (en el aspecto que es aquí decisivo) el que quienes en el futuro adquieran sus mercancías se propongan luego consumirlas o revenderlas. Lo mismo sucede con el dinero, que nosotros, precisamente como hace el comerciante con su mercancía, lo adquirimos (por lo general y no excepcionalmente) solo a causa de su valor de cambio; es decir, para poder cederlo de nuevo a otros.” (El Dinero, p. 102-103)

Cuando un inventor lanza un nuevo producto al mercado que no tiene ningún valor de autoconsumo para él, por ejemplo unas gafas graduadas, o cuando un intermediario compra una tonelada de cemento para luego revenderlo y que tampoco tiene ningún valor de uso para él, o cuando un productor de patatas pone a la venta las patatas que es incapaz de consumir por sí mismo, en cualquiera de estos tres casos estaríamos en la misma situación de “confiar” en que el bien en cuestión tendrá un determinado valor de cambio. Y como bien apunta Menger, al vendedor le importa bien poco que el comprador lo adquiera para posteriormente consumirlo o revenderlo, mientras lo valore lo suficiente para al menos uno de esos dos propósitos.

Hay algunos bienes que por ser duraderos, divisibles, fungibles, difíciles de falsificar, tener una oferta limitada, etc, son más demandados para pasar de mano en mano indefinidamente que por su valor de uso o consumo (¡si es que tuvieran alguno!). Y el razonamiento que expone Menger más arriba es extensible a este tipo de bienes. Lo que podríamos llamar mercancías “puras”. Es decir, este razonamiento no sólo es aplicable al dinero (generalmente aceptado), sino también a otros bienes económicos que tienen una facilidad de venta o vendibilidad relativa alta como para ser buenos medios de cambio pero sin llegar a ser generalmente aceptados. Y que podrían no llegar a serlo nunca quedándose en la categoría de medios de cambio “a secas” por distintas razones como puede ser demasiada volatilidad o cualquier otra cualidad que pueda limitar su vendibilidad (liquidez).

Por otro lado, es innegable que una amplia aceptación, el efecto red, realimenta la liquidez. De eso no hay duda. Pero como bien apunta Menger la costumbre o a la influencia de las autoridades aumentan la vendibilidad, pero posteriormente y como consecuencia de la vendibilidad original del bien, que a su vez se debe a sus cualidades intrínsecas (transportable, divisible, difícil de falsificar, oferta limitada, etc). El efecto red es una consecuencia añadida que puede conferir más estabilidad al valor, pero no una causa que lo origine.

Este efecto puede servir a una moneda establecida como defensa ante otra moneda aspirante si esta última no tiene unas cualidades significativamente superiores a la moneda ya establecida, pues el coste o molestia de cambiar de una a otra puede ser mayor que la mejoría que aporta la moneda aspirante, y por tanto no merezca la pena cambiar.  Sin embargo, creo que algunos economistas como George Selgin sobrevaloran el efecto red como barrera defensiva y malinterpretan a Menger al ponerlo por delante de las cualidades que confieren mayor vendibilidad a un bien.   

Aplicando este razonamiento del efecto red a una supuesta batalla entre Bitcoin y el dólar, y digo supuesta porque yo personalmente creo que no existe tal batalla pues todo apunta a que satisfacen necesidades distintas, Bitcoin iguala al dólar en muchos aspectos y lo supera también en unos cuantos. 

El “problema” de Bitcoin en esa supuesta batalla no creo que fuera el gran efecto red del que disfruta el dólar sino muy probablemente una de sus cualidades: La oferta fija.  Si bien es teóricamente una excelente propiedad como reserva de valor a largo plazo, puede que no lo sea tanto para un buen equilibrio entre oferta y demanda que confiera estabilidad de valor a corto y medio plazo, que es lo que hace falta para que un bien se utilice como dinero, incluso aunque esa estabilidad se produzca dentro de una clara tendencia a la baja.  Esto se ve claro en las monedas con una inflación moderadamente alta, como por ejemplo la peseta o la lira en su momento, que lejos de ser rechazadas seguían siendo ampliamente demandadas localmente para periodos cortos de atesoramiento porque a pesar de la inflación, a corto plazo seguían siendo razonablemente estables, y la erosión del valor por inflación para periodos cortos de tiempo era perfectamente tolerable, como por ejemplo los 4 o 5 días que pasan desde que cobras la nómina hasta que pagas la letra de la hipoteca.

Un argumento en contra de la vendibilidad, es que por lo general los individuos no hacemos sesudos análisis de las cualidades de los bienes para decidir si los queremos como dinero o no, sino que simplemente nos fijamos en la evolución de su poder adquisitivo. Y esto es cierto. Pero es que la evolución del poder adquisitivo o precio del dinero es la información que aglutina la valoración sobre la vendibilidad, y mientras no existan o se prevean problemas, es infinitamente más práctico y sencillo fijarnos en el precio. Pero cuando hay problemas es cuando buscamos otras alternativas, y entonces ya sí que rascamos con detalle las características de los bienes alternativos que adquirimos, sean dinero o no, para escapar de la inflación, la iliquidez o la incertidumbre.

En conclusión, no es necesario buscar razonamientos especiales o teorías ad-hoc para explicar el valor del dinero. La teoría del valor aplicable a cualquier bien es suficiente. Son las cualidades intrínsecas, que en el caso del dinero son las que afectan a su vendibilidad (ver capítulo V de el Origen del Dinero de Menger), las que determinan su utilidad, y por tanto su valor.

Lakatos, Hayek y Menger

Entre los filósofos de la ciencia más conocidos del siglo XX destacan autores como Karl Popper, Thomas Kuhn, Paul Feyerabend o Mario Bunge. Entre ellos también se encuentra Imre Lakatos, que es conocido por sus programas de investigación científica (Lakatos 1999). Aunque en origen Lakatos se adscribe a la escuela popperiana del falsacionismo, que es alternativa al empirismo lógico positivista del Circulo de Viena, con el tiempo se vuelve crítico de este falsacionismo popperiano, al que tilda de ingenuo, y propone un falsacionismo sofisticado.

Para Lakatos, el falsacionismo original de Popper (2002) no tiene en cuenta la historia de la filosofía de la ciencia, con lo que no termina de ser correcto para analizarla y explicarla. Alguno de los fallos que encuentra, por ejemplo, es que muchas teorías históricamente ya nacieron refutadas, como la teoría de gravitación de Newton, que originariamente apareció con anomalías teóricas que no impidieron su difusión y establecimiento como idea paradigmática. Desde el falsacionismo ingenuo más estricto, es inconcebible que tal teoría pudiese haber triunfado, pues debería haber sido falsada en su propio origen. Esta idea de introducir un análisis histórico, cultural o sociológico, más allá del puramente lógico, se debe a la influencia de Thomas Kuhn y su idea de paradigma científico (Kuhn 1970), aunque también sea objeto de crítica por parte de Lakatos.

Como alternativa, el falsacionismo más sofisticado plantea que la ciencia funciona en base a programas de investigación científica, algo parecido a lo que se entiende por paradigma. Según Lakatos, la ciencia no analiza teorías aisladas en exclusivo, sino conjuntos de teorías. De esta manera, los programas de investigación son alternativos; unos chocan con otros. Al final, son rechazados aquellos que proveen una explicación más pobre que otro sustituto con un poder de explicación superior, que es capaz de explicar de manera más completa la realidad y evidenciarla. Entonces, podemos encontrar programas de investigación progresivos, que están en auge, y degenerativos, que empiezan a estancarse porque producen explicaciones insuficientes. Así es el funcionamiento de la ciencia para Lakatos.

Concretamente, eso que Lakatos llama programa de investigación científica tiene una estructura compuesta de un núcleo firme y un cinturón protector. El primero contiene proposiciones irrefutables, que se asumen universales y necesarias, y que no pueden ser contrastadas mediante la evidencia empírica. Sobre este núcleo se sustentan el resto de teorías que, por el contrario, si están sujetas a evidencia, siendo así hipótesis auxiliares. Estas hipótesis auxiliares conforman el cinturón protector, que rodea y se sostiene en el núcleo firme. A su vez, existen heurísticos, positivas y negativos, que son métodos que nos permiten operar con las proposiciones que se establecen tanto en el núcleo duro como en el cinturón protector.

Esta sería, de manera muy breve y esquemática, la teoría de Imre Lakatos. En este artículo vamos a analizar precisamente la idea de programa de investigación científica y su estructura desde una perspectiva austriaca, por lo que será interesante recordar su composición de ahora en adelante.

Lakatos y la Escuela Austriaca

Debido a la relevancia de la teoría de Lakatos, esta también ha sido objeto de análisis por pensadores de la Escuela Austriaca (Rizzo 1982; Zanotti 2013; Zanotti and Cachanosky 2015). De ellas me gustaría destacar la de Gabriel Zanotti.

En Caminos abiertos (2013), Zanotti plantea una reestructuración de toda la metodología de la Escuela Austriaca, presentándola como un programa de investigación científica (ver Moreno (2020) para una breve explicación de la propuesta de Zanotti). El núcleo central de este programa de investigación realista está representado por la praxeología, mientras que el cinturón protector estaría conformado por hipótesis auxiliares como: maximización monetaria, alertness, división del trabajo, coordinación social, instituciones, etc. Este cinturón protector está lleno de teorías empíricas, falsables, que tratan en muchos casos de órdenes espontáneos. En este caso, con el objetivo de tenerlo más claro para este artículo, permítanme exponerlo de la siguiente manera: el núcleo duro es la metodología de Mises, praxeológica, y el cinturón protector es la metodología de Hayek, estudio empírico de órdenes espontáneos.

Recordemos que la metodología apriorista de Mises rechaza la verificación empírica y entiende que la teoría es válida sin necesidad de contrastación. Además, adquiere un carácter de universal y necesario, por lo que las proposiciones son independientes de tiempo y espacio. Esto es compatible con la idea de núcleo firme. Por el contrario, Hayek está abierto a la observación empírica. Tras Economics and Knowledge (1937), Hayek entiende que la economía es una ciencia empírica puesto que la lógica de la elección o praxeología no puede explicar por sí sola la coordinación entre los individuos. Así, Hayek se acerca al falsacionismo de Popper en obras posteriores (Caldwell 2004). Esto es consistente con la idea de cinturón protector.

Volviendo a la propuesta de Zanotti, hemos de decir que a priori parece una reconstrucción bastante lógica. Sin duda alguna, lo es. Además, está fundamentada epistemológicamente de forma brillante por el autor. Sin embargo, tras leer algunos trabajos de Hayek sobre teoría de complejidad (Hayek 1967), que es una sofisticación epistemológica de su idea de órdenes espontáneos, salta ante mí una aparente contradicción que tiene que ver con la idea de contrastación de hipótesis que, en paralelo, afecta también a la conceptualización de cinturón protector de Lakatos. Veámoslo a continuación.

Complejidad, Hayek, Menger y el método analítico-compositivo

En su teoría sobre los fenómenos complejos, Hayek (1967) trata las implicaciones que una concepción compleja de la realidad tienen para la explicación científica. De esta forma, afirma que, a medida que entramos en el campo de los fenómenos complejos, el grado de falsabilidad necesariamente decrece. Esto se debe a que, según sea más complejo el fenómeno, más abstracta y general será su explicación. Puesto en términos matemáticos, como dice Hayek, la explicación de un fenómeno complejo permanece en su forma algebraica; los parámetros no pueden sustituirse por valores concretos. En ese sentido, al tratar enunciados generales y abstractos, estos pasan a tener poco contenido empírico (Popper 2002), puesto que son capaces de predecir solo características generales compatibles con una gran cantidad de circunstancias particulares. En este caso, el rango de fenómenos compatibles con una teoría será muy amplio, mientras que la posibilidad de falsarlo será pequeña.

La principal conclusión de lo que acabamos de mencionar es que cuanto más complejos son los fenómenos que explicamos, menor es la posibilidad de falsación de esa teoría. ¿Cómo afecta esto a la filosofía de Lakatos? Veámoslo a continuación.

Sabemos por Gabriel Zanotti que el cinturón protector lakatosiano se puede identificar con la metodología de Hayek. Una metodología más empirista, incluso falsacionista, que se posiciona a favor del método hipotético deductivo y de la inclusión de conjeturas. Como ya hemos dicho, el cinturón protector está lleno de hipótesis auxiliares que son falsables. Sin embargo, la metodología de Hayek, como acabamos de ver, aspira a la comprensión de fenómenos complejos. Para él, una vez que asumimos la interacción entre individuos y el estudio de la coordinación, entramos en el terreno de lo empírico y, al mismo tiempo, en el campo de lo complejo, de los órdenes espontáneos. En este sentido, a la luz de la teoría de Hayek, lo que me parece contradictorio es que el cinturón protector lakatosiano se asuma falsable cuando precisamente trata fenómenos complejos. Lo que de la teoría hayekiana se desprende es que, en realidad, el cinturón protector no es falsable en la medida en la que se conforma de teorías sobre fenómenos complejos.

Esto no es una crítica completa a la teoría de Lakatos. Más bien, estamos añadiendo un pequeño matiz. El problema aquí no se encuentra en el empirismo de Lakatos o Hayek, sino en la idea de verificación o falsación. El principio de verificación/falsación tiene grandes problemas lógicos como no ser un principio propiamente verificable o falsable (Gordon 1993). Además, como acabamos de ver, el principio parece descartado en tanto que asumimos la complejidad de la realidad. Este método de verificación/falsación se deriva de entender la realidad de forma simple y estática. Surge de la dicotomía positivista entre apriorismo y empirismo, lo analítico y sintético, realidad y tautología. En realidad, la teoría no es contrastable, sino aplicable (White 1985). Las teorías aplican en un momento determinado para explicar una realidad. Esto implica que la teoría puede ser contingente, es decir, que opera solo en determinadas circunstancias. Y es que, realmente, la dicotomía más importante a nivel epistemológico es la de necesidad/contingencia. Una teoría puede ser universal y necesaria, es decir, aplicar en todo momento y circunstancia, o puede no hacerlo y aplicar en determinados casos, por lo que será contingente. En ese sentido, el núcleo firme, representado por la praxeología en el caso de la Escuela Austriaca, se compone de proposiciones universales y necesarias. Como tal, al asumir que son proposiciones que se cumplen siempre, resulta inútil verificarlas. Por otro lado, el cinturón protector lo conforman teorías contingentes, que aplican en determinadas circunstancias. Entonces, la labor del científico no sería verificar o falsar estas teorías complejas, puesto que no se puede, sino comprobar si estas teorías del cinturón protector se corresponden con la realidad y aplican a ella, cubriendo así el hueco entre teoría e historia, para lo que seguramente tendría que recurrir a la hermenéutica: la interpretación de la historia desde la teoría (Mises 2007; Selgin 1990).

Este matiz a la teoría de Lakatos, que consiste simplemente en eliminar el falsacionismo para introducir al aplicabilidad de la teoría, puede entenderse mucho mejor desde la metodología de Menger. Las ciencias teóricas de Menger se dividen en una orientación exacta y otra empírico-realista. La primera trata fenómenos estrictos, universales y necesarios. Él mismo especifica que son fenómenos simples que ocurren siempre, de manera atomística. Por su parte, la orientación empírico-realista comprende los fenómenos en toda su complejidad y realidad, siendo estos contingentes y no estrictos ni atomísticos. Ambas orientaciones son fundamentales para conseguir una explicación completa de la realidad. De esta manera, el método que une ambas orientaciones es el que se denomina analítico-compositivo. Al final, este consiste en entender los fenómenos complejos y reales desde su formación y emergencia a través de las interacciones individuales de los agentes. En ese sentido, es un método que va de lo individual, atomista y universal, a lo complejo y realista que es resultado de la interacción humana entendida en un orden espontáneo.

Esta metodología es compatible con Lakatos. Si nos fijamos, la orientación exacta representa el núcleo firme, mientras que la empírico-realista representa el cinturón protector. Además, ya incluye también el análisis de fenómenos complejos en la orientación empírico-realista, implicando el matiz sobre la cuestión de la falsabilidad resaltada por Hayek. Esta orientación también se compone de teorías contingentes. Es más, Menger introduce el método analítico-compositivo, que se puede entender como un heurístico para ir de lo exacto a lo empírico-realista, de lo simple a lo complejo, en definitiva, del núcleo firme al cinturón protector y viceversa. Con ello, aquí podríamos incluso encontrar una aportación de Menger a la metodología de Lakatos. Entonces, en este punto, cabe hacerse varias preguntas: ¿puede la metodología de Menger entenderse al completo como un programa de investigación científica? Es más, ¿pudo concebir Menger un programa de investigación científica en términos metodológicos antes que Lakatos? Sería interesante que las respuestas a estas preguntas pudieran desarrollarse en futuros trabajos académicos. Por el momento, solo hemos esbozado un pequeño matiz; a saber, que la idea de falsabilidad en el cinturón protector de Lakatos es contradictoria a la luz de una compresión compleja de la realidad.

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La cuestión de las matemáticas en economía

Recientemente, varios artículos en esta página web del Instituto Juan de Mariana han tratado la cuestión del uso de las matemáticas en economía. En el primero de ellos, el Dr. José Hernández Cabrera se posiciona en contra de su uso. En el segundo, el Dr. José Manuel González Pérez construye una réplica al artículo del Dr. Hernández Cabrera. En ambos artículos he podido leer argumentos interesantes y profundos sobre esta cuestión metodológica. Sin embargo, me da la impresión de que se trata de un debate clásico sobre el uso de matemáticas en economía. En consecuencia, me gustaría aportar un punto de vista más reciente sobre el asunto.

La discusión sobre el uso de matemáticas en economía entraña argumentos complicados. Desde luego, no es una cuestión sencilla. A mí me gusta empezar a abordar el tema teniendo en cuenta la tesis que plantea Weintraub (2002); a saber, que las revoluciones en la historia de la economía han seguido a las revoluciones en la historia de las matemáticas. ¿Cuáles son las implicaciones de esta idea?

Lo que supone la tesis de Weintraub es que no podemos hablar de matemáticas y economía en general, sino que tenemos que concretar: (1) tipo de matemática y (2) enfoque económico, puesto que tanto las matemáticas como la economía están en continua evolución. Teniendo en cuenta estos dos factores, es más sencillo abordar el clásico debate, todos los argumentos y, también, llegar a una conclusión más satisfactoria. Permítanme ilustrarlo con la siguiente argumentación.

Las criticas habituales de los austriacos hacia el uso de matemáticas en economía son: no existen constantes en el campo de la acción humana (Mises 1998); la representación funcional no permite descubrir la causalidad de los fenómenos económicos (Mayer 1994); al ser una copia de la física mecánica se centra solo en describir estados de equilibrio y no puede explicar los procesos dinámicos de mercado (Mises 1998); asume homogeneidad y continuidad en la acción humana, que precisamente es heterogénea y discontinua (Rothbard 2011); al contrario de lo que muchos sostienen, el lenguaje verbal puede ser igual de preciso que el lenguaje matemático (Rothbard 1976; Menger 2003); y, también, que no añade conocimiento nuevo (Mises 1998), sino que es una mera traducción de lenguaje verbal a matemático que viola el principio científico fundamental de la navaja de Ockham (Rothbard 1956; 1976; 2009). Desde mi punto de vista, la mayoría de argumentos podríamos encontrarlos ya en Carl Menger. Es cierto que hay algunos posteriores como el de la navaja de Ockham de Rothbard que me parecen muy interesantes y refinados. Aun así, vayamos un momento a Menger.

Carl Menger se diferencia de los otros dos marginalistas, Jevons y Walras, por no recurrir al lenguaje matemático, entre otras cosas (Jaffé 1976). Una gran cantidad de autores han estudiado la posición de Menger respecto a las matemáticas (Alter 1986; Barkai 1996; Blanco González 2007; Mensik 2015; Reiss 2000). Todos ellos concluyen que la insistencia de Menger en el descubrimiento de la esencia de los fenómenos económicos y la aspiración de explicarlos en toda su complejidad y realismo es lo que hace que el primer economista austriaco rechace las matemáticas como lenguaje. Aunque hemos de reconocer que Menger también admite que se pueden usar como herramienta subsidiaria o expositiva (Jaffé 1976). No obstante, aun a pesar de la posición de Menger con respecto a las matemáticas, varios de los autores mencionados arriba han afirmado que es posible la matematización de la teoría mengeriana; concretamente, su teoría del valor (Alter 1986) y su orientación exacta (Mensik 2015).

Mensik (2015) argumenta que, dado que la orientación exacta de Menger constituye un sistema cerrado, modular, axiomático y regular, esta llama al tratamiento matemático. Esto mismo plantea Moorhouse (1993) para el caso de Mises, entendiendo también la praxeología como un sistema cerrado, axiomático-deductivo. Por el contrario, la orientación empírico-realista, en tanto que se basa en conceptos que dependen en el entendimiento o el sentido común, que están abiertos a la interpretación humana y, a su vez, aspiran a explicar los fenómenos en toda su complejidad y realismo, se convierte en un sistema abierto imposible de formalizar como un sistema matemático axiomático (Mensik 2015). Esto lleva a Mensik a concluir que los austriacos han intentado conseguir una tarea mucho más complicada que los economistas matemáticos; que no es la teoría de Menger la que se encuentra poco desarrollada, sino que son las matemáticas, como herramienta, las que están insuficientemente desarrolladas como para poder cumplir el grado de explicación y comprensión de los fenómenos económicos al que aspiran los austriacos.

Con el caso de Menger podemos entender el argumento en el que queremos hacer hincapié en este artículo. Como decía antes, en función del enfoque (orientación exacta o empírico-realista) que se adopte, determinadas herramientas matemáticas serán idóneas o no. Por ello, si queremos estudiar fenómenos dinámicos que se encuentran fuera de equilibrio, la matemática algebraica, como bien han apuntado los austriacos, resulta insuficiente. Sin embargo, no solo existe la matemática algebraica, teniendo en cuenta que las matemáticas evolucionan. Como ejemplo relacionado tenemos lo que apunta Alter (1986). Según este autor, la teoría de Menger no podía formalizarse matemáticamente en la época debido a una insuficiencia del lenguaje matemático. Esto no cambiaría hasta cuarenta años antes del artículo de Alter, con el desarrollo de la programación lineal. De esta forma, una evolución en las matemáticas permite la formalización de teoría económica de acuerdo con las aspiraciones de los autores que originalmente formulan una teoría.

Más ejemplos podemos encontrar en Mises (1998), quien reconoce que su construcción imaginaria de la economía de giro uniforme, donde la economía se encuentra en equilibrio, puede ser representada mediante ecuaciones diferenciales y curvas; o en Rothbard (2009), quien emplea lenguaje matemático para explicar la relación entre el Producto Físico Marginal y el Producto Físico Medio, justificando su uso en que  se trata de una cuestión tecnológica, no humana, donde ciertas cantidades son causa de otras cantidades, algo que Rothbard considera susceptible de matematización. ¿Acaso muchos economistas matemáticos como Jevons o Schumpeter (Machlup 1951; Schumpeter 1933) no justificaban el uso de matemáticas en economía porque la entendían como una ciencia que trataba con cantidades (algo tecnológico)? De nuevo, la cuestión depende del enfoque económico y de la herramienta matemática que usemos.

Debe quedar claro que el enfoque austriaco aspira a comprender los fenómenos de forma dinámica, compleja y realista. Por eso rechaza el lenguaje algebraico; porque este no es capaz de alcanzar el grado de comprensión que buscan los austriacos. Sin embargo, teóricos de la complejidad como W. Brian Arthur (2021), que comparten la aspiración de comprender el mundo de forma compleja, han hecho la misma crítica que los austriacos a la matemática algebraica y han propuesto otra herramienta matemática que sí consideran capaz de reflejar la complejidad y el dinamismo de una economía real: los algoritmos.

De esta forma, la evolución de las matemáticas presenta una nueva forma de expresión a la teoría económica. Lo importante ahora es analizar si el lenguaje algorítmico permite formalizar teoría económica de acuerdo con las aspiraciones de los distintos autores. En este caso, de los economistas austriacos. También es importante analizar si esta herramienta permite descubrir nuevo conocimiento o acabar con la posible ambigüedad del lenguaje verbal, dos argumentos que habitualmente suelen presentar economistas matemáticos en favor del lenguaje matemático (Chiang and Wainwright 2005). Esto es algo que queda por estudiar.

En relación con esta última idea, me gustaría evaluar la capacidad de la matemática algebraica para representar sistemas cerrados o axiomáticos como la praxeología o la orientación exacta mengeriana, intentando comprobar si esta descubre conocimiento y reduce la ambigüedad.

A primera vista, diría que el argumento de Rothbard sobre la navaja de Ockham es bastante sólido, al igual que su cita a Karl Menger, donde el matemático enfatiza la igual capacidad de precisión del lenguaje matemático y verbal. Aun así, puedo llegar a entender el razonamiento de la navaja de Ockham de forma inversa, es decir, no desde el punto de vista del emisor de teoría, el que la formula, sino de todos aquellos que reciben la teoría y la interpretan. El principio de la navaja de Ockham en este caso sería, no que el descubridor de teoría (emisor) formulara la teoría para él de la forma más simple, puesto que él ya conoce la interpretación que hay que hacer de su teoría, sino que lo expresase de la forma más simple para todo el mundo científico. En ese sentido, la matemática algebraica permite reducir la ambigüedad y hacer simple la teoría (Debreu 1986), al hacerla entendible para todo el campo científico. De esta manera, si entendemos que la ciencia es un proceso eminentemente social, incluso, un orden espontáneo, cobra especial relevancia la idea de tener un lenguaje eficiente, que reduzca al mínimo posible las ambigüedades, facilite la comunicación y, por tanto, la creación de conocimiento, entendido a nivel social (como un proceso social de aprendizaje). Si adoptamos este punto de vista y asumimos que la matemática algebraica permite alcanzar mayor precisión que el lenguaje verbal para expresar teoría estática, puesto que es el lenguaje común de todos los economistas, el uso de matemáticas estaría justificado y no se violaría el principio de la navaja de Ockham, dado que este lenguaje permitiría expresar teoría económica de la forma más simple y eficiente para todos los economistas, no solo para el descubridor/emisor de la teoría. Si el lenguaje verbal tuviera el mismo nivel de precisión que el matemático y permitiera comunicar teoría económica de manera igualmente eficiente que el lenguaje matemático, entonces la conclusión sería la opuesta.

Referencias

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