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Etiqueta: Carl Menger

Polavieja no comprendió a Mises; tampoco a Menger (III)

Sobre el valor de uso y el valor de cambio

Introducción

Este apartado está dedicado a los conceptos valor de uso y valor de cambio, conceptos que serán utilizados para interpretar el fenómeno Bitcoin. Considero que esta actividad puede resultar fundamental a la hora de desmontar los habituales juegos de palabras y tergiversaciones que se dan en este asunto.

El valor de uso es, pues, la significación que adquieren para nosotros los bienes que nos aseguran de una manera directa la satisfacción de necesidades en unas circunstancias en las que, si no dispusiéramos de estos bienes, no podríamos satisfacerlas. El valor de intercambio es la significación que adquieren para nosotros aquellos bienes cuya posesión nos garantiza el mismo resultado bajo las mismas circunstancias, pero de forma indirecta.[1]

Como se puede deducir de las explicaciones de Menger, tanto el concepto valor de uso como el concepto valor de cambio o valor de intercambio son subjetivos. En la misma línea se pronuncia Böhm-Bawerk:

El valor de uso es la importancia que el bien tiene para el bienestar de una persona, suponiendo que esa persona lo utilice personalmente para dar respuesta a sus objetivos. De igual forma, el valor de cambio subjetivo es la importancia que el bien tiene para el bienestar de la persona, pero en función de su capacidad para procurarse otros bienes por medio del intercambio.[2]

Con anterioridad a Menger y Böhm-Bawerk, en el ámbito económico no solo era aceptado el valor de uso subjetivo, sino también el valor de uso objetivo. Y lo mismo, en referencia al valor de cambio, tanto el subjetivo como el objetivo. Tras el desarrollo de la teoría subjetiva del valor por parte de los fundadores de la Escuela Austriaca de Economía, todavía se arrastraron durante mucho tiempo esos conceptos caducos, que fueron utilizados incluso por algunos de los propios maestros austriacos, pues nunca resulta sencillo romper con el pasado. Aún hoy en día hay quien se sigue refiriendo al valor intrínseco de determinados bienes, como si tal cosa pudiera tener algún sentido. Todas estas circunstancias han provocado y siguen provocando mucha confusión.

Antes de continuar con lo que nos interesa, comencemos por aclarar que el concepto valor de uso objetivo es una contradicción en los términos, toda vez que el valor es siempre subjetivo. Este concepto, desechado en la actualidad en tales términos, venía a referirse, como nos dice Mises, a un funcionamiento técnico objetivo:

El concepto praxeológico de utilidad (valor de uso subjetivo, según la terminología de los primitivos economistas de la Escuela Austríaca) debe diferenciarse claramente del concepto técnico de utilidad (valor de uso objetivo, como decían los mismos economistas). El valor de uso en sentido objetivo es la relación existente entre una cosa y el efecto que la misma puede producir. Es al valor de uso objetivo al que se refiere la gente cuando habla del «valor calórico» o de la «potencia térmica» del carbón.[3]

El concepto valor de cambio objetivo es, igualmente, una contradicción en los términos y también se ha dejado de utilizar. Sin embargo, hasta el propio Böhm-Bawerk lo utilizaba, siguiendo el uso tradicional de este concepto en la ciencia económica. No obstante, también utilizaba, de vez en cuando, la expresión capacidad objetiva de intercambio que evitaba al menos la contradicción valor-objetivo. De la misma forma que Böhm-Bawerk, Mises también utilizaba el concepto valor de cambio objetivo en su obra de 1912, La Teoría del Dinero y del Crédito, aunque dejó ya de utilizarlo en su obra de 1949, La Acción Humana. Este concepto venía a significar en todos los casos lo que hoy entendemos como poder adquisitivo o poder de compra.[4]

En la tradición subjetivista de la escuela austriaca nunca se dudó de que la separación entre valor de uso y valor de cambio era un simple recurso explicativo que facilitaba el análisis. El propio Menger deja claro en 1871 que valor de uso y valor de cambio son “las distintas formas del único fenómeno general del valor”.[5] En esa misma línea, dice Böhm-Bawerk en 1889 que

es fácil ver que podemos hablar de dos «valores» solo con la misma inexactitud que lo hacemos cuando hablamos de «disposiciones alternativas de la utilidad marginal». Porque evidentemente para una persona solo puede tener un valor subjetivo. Valor es, por definición, la importancia que un bien tiene para el bienestar de un ser humano y ese valor no puede ser a la vez, grande y pequeño, alto y bajo. Pero la manera de pensar y hablar acerca de esto, aunque no totalmente correcta, es la forma real de pensar y hablar en la vida diaria y por esa razón, en los pasajes anteriores, he adaptado mi fórmula a ella.[6]

Y en 1912 dice Mises que “la distinción entre valor de uso y valor de cambio no tiene ya en la teoría del valor la importancia que solía tener”.[7]

En la práctica, no cabe duda de que es siempre una única valoración la que nos conduce a la acción. Esa valoración es, por supuesto, subjetiva. Y si nos centramos en la subjetividad de la valoración, evitando que la palabra cambio o la palabra uso nos lleven a equívoco, nos daremos cuenta de que el valor de uso y el valor de cambioúnicamente están relacionados con nuestras necesidades, el hecho de que la forma que encontremos de satisfacerlas sea a través del uso o del intercambio es circunstancial e irrelevante y no debería llevar a confusión. En definitiva, los conceptos valor de uso y valor de cambio pueden ser un buen recurso explicativo a nivel analítico, pero siempre que se utilicen para aclarar las cosas y no para tergiversarlas.[8]

Sobre el valor de cambio de Bitcoin en sus inicios

Las definiciones citadas al comienzo de este apartado nos permiten darnos cuenta de que cuando “nace” Bitcoin todavía no podía dar satisfacción a nuestras necesidades de forma indirecta, es decir, todavía no se podía cambiar por otros bienes que dieran satisfacción directa a nuestras necesidades. En consecuencia, en aquellos momentos iniciales, no era posible apreciar en Bitcoin ningún valor de cambio. Por supuesto, menos aún se podría haber apreciado utilidad monetaria,[9] puesto que esta implica un valor de cambio que todavía no era posible otorgarle a Bitcoin y algunas otras condiciones más (e. g., una gran comerciabilidad, que no podía existir en el momento de su “nacimiento”). En definitiva, la esperanza de que a Bitcoin se le pudiera llegar a apreciar valor de cambio y utilidad monetaria en el futuro no le otorgaba valor de cambio ni utilidad monetaria en el presente, que es más o menos lo que hace ilusoriamente Polavieja:

La “mera esperanza” de que un bien pueda servir para satisfacer la necesidad de comunicarse, es demandar el bien por el motivo de satisfacer la necesidad de comunicarse. Punto. No hay que elucubrar con otras necesidades. De la misma manera, la mera esperanza de que un bien pueda satisfacer la necesidad de intercambiar, ya es demanda por utilidad monetaria.[10]

Dejando a un lado el “tono” empleado por Polavieja en este párrafo, tengo que decir que esa esperanza, al igual que sucede con las expectativas, permite otorgarle subjetivamente a Bitcoin un valor de uso, pero nunca un valor de cambio. Aquellos que no estén de acuerdo con esta idea me gustaría que reflexionaran sobre lo siguiente. Todo el mundo, en mayor o menor medida, aprecia la música y concede valor de uso a alguna canción en particular. El valor de uso que una persona concede a una canción concreta se debe, entre otros posibles motivos, al agrado que siente al escucharla. Es decir, ese valor de uso se debe a que la canción logra dar satisfacción psicológica a ciertas necesidades de esa persona relacionadas con el disfrute del placer sensorial. Pues bien, de la misma manera, el valor de uso que una persona concede a una determinada cantidad de bitcoins también se debe, entre otros posibles motivos, a que dichos bitcoins logran dar satisfacción psicológica a ciertas necesidades subjetivas (e. g., la esperanza de que Bitcoin se convierta en dinero y el Estado pierda el monopolio en el ámbito monetario o la expectativa de una gran revalorización). En todo caso, tanto la satisfacción psicológica que una persona pueda alcanzar al escuchar su música preferida como la satisfacción psicológica (esperanza o expectativa)[11] que una persona pueda apreciar al adquirir determinada cantidad de bitcoins solo pueden ser valorados como valor de uso, nunca como valor de cambio.

En relación con esa esperanza que es posible alcanzar gracias a Bitcoin, Polavieja solía terminar sus artículos en el Instituto Juan de Mariana con las siguientes palabras de Hayek:

No creo que volvamos a tener un buen dinero hasta que se lo quitemos al Gobierno de las manos, es decir, no podemos quitárselo violentamente, todo lo que podemos hacer es introducirlo astutamente de tal forma que no lo puedan parar.[12]

Cuando Polavieja concluía sus artículos citando estas palabras, algo que ya no hace, estaba otorgando a sus bitcoins el valor de uso psicológico correspondiente a la esperanza que mantenía en aquellos momentos. Pero, en sí misma, esa esperanza no permitía otorgarle valor de cambio a Bitcoin. De hecho, las esperanzas que uno pueda albergar no permiten otorgarle valor de cambio a ningún bien (todo aquel que no tenga esto claro deberá volver a la definición de valor de cambio).

Este asunto de la esperanza y las expectativas como valor de uso será abordado con mayor detalle más adelante, puesto que se pueden plantear algunas dudas relacionadas con la ley de la utilidad marginal que será necesario solventar. Por el momento, seguiré tratando de establecer firmemente los fundamentos.

Sobre las “necesidades” y sobre la amplitud del concepto “valor de uso”

La acción humana persigue la satisfacción de necesidades subjetivas no satisfechas que son valoradas y consideradas como fines. Si no fuera así, no se actuaría en esa dirección. Todo ser humano satisface siempre en primer lugar las necesidades más básicas, pero cuando ya las tiene satisfechas surgen inmediatamente otro tipo de necesidades y actúa en consecuencia para satisfacerlas. Estas necesidades pueden ir desde lo más superfluo y mundano hasta lo más elevado. Tanto las propias necesidades como los medios que se consideren adecuados para satisfacerlas son producto de la subjetividad de cada persona, así que desde un punto de vista praxeológico no hay demasiado que decir al respecto. Aquellos que se hacen tatuajes o se ponen piercings es indudable que sienten esa “necesidad” y actúan en consecuencia para satisfacerla. Exactamente igual, aquellos que sienten necesidades intelectuales o ideológicas. Y lo mismo, aquellos que dedican su vida a Dios, a la ciencia, al altruismo, etc.

El distinguir las diversas actuaciones con arreglo a los múltiples impulsos que las motivan puede ser importante para la psicología o para su valoración moral, pero para la economía tales circunstancias carecen de interés. Lo mismo puede afirmarse de las pretensiones de quienes quisieran limitar el campo de la economía a las acciones humanas cuyo objetivo es proporcionar a la gente mercancías materiales y tangibles del mundo externo. El hombre no busca los bienes materiales per se, sino por el servicio que tales bienes piensa le pueden proporcionar. Quiere incrementar su bienestar mediante la utilidad que piensa pueden reportarle los diversos bienes. De ahí que no deban excluirse de las acciones «económicas» las que directamente, sin mediación de ninguna cosa tangible o visible, permiten suprimir determinado malestar humano.[13]

Hemos hablado con anterioridad del valor de cambio. Como veíamos en la definición de Menger, cuando se otorga valor de cambio a un bien es porque se puede usar para satisfacer las necesidades de forma indirecta. Es decir, o se puede usar para satisfacer las necesidades de forma indirecta o no se le otorga valor de cambio. Este valor de cambio es un concepto más bien estrecho, pues solo hay un tipo de valor de cambio, el que surge gracias al intercambio. Vayamos ahora al valor de uso. Cuando se le otorga valor de uso a un bien, es porque se puede usar directamente para satisfacer las necesidades. Es decir, o se puede usar para satisfacer directamente las necesidades o no se le otorga valor de uso. A diferencia del valor de cambio, el valor de uso es un concepto muy amplio, de hecho, no es posible imaginar un concepto más amplio, pues el ser humano, en su inmensa creatividad, puede descubrir infinitos tipos de valor de uso en un mismo bien.

Con un ejemplo, se podrá ver mejor lo que quiero plantear acerca de la amplitud del concepto valor de uso. Pensemos en la música y, en concreto, en una pieza musical determinada como es la última canción de Shakira con Bizarrap. Esta pieza musical puede tener valor de uso como mero disfrute sensorial. Puede tener valor de uso para crear un ambiente activo y dinámico en una tienda de ropa juvenil. Puede tener valor de uso como símbolo en el seno de agrupaciones feministas que promueven el empoderamiento de las mujeres frente a los hombres. Puede tener valor de uso en una asociación de mujeres engañadas como terapia emocional que ayuda a superar determinados acontecimientos de la vida privada. Puede tener valor de uso para la propia cantante como venganza personal y escarnio público contra su ex pareja. Sirvan estos casos hipotéticos únicamente como una pequeña muestra de los diferentes valores de uso que pueden ser apreciados en un mismo bien.

La satisfacción intelectual como valor de uso

Teniendo en cuenta todo lo dicho, nos daremos cuenta de la gran variedad de valores de uso que se pueden apreciar o descubrir en los bienes de nueva creación. Esta variedad comienza ya en el propio creador. Por ejemplo, cuando alguien crea un producto eminentemente práctico, las necesidades que satisface al hacerlo no son solo las relacionadas con la utilidad técnica del producto. Así, es indudable que el creador estará más o menos orgulloso de su creación y sentirá la satisfacción intelectual de haber tenido la capacidad de desarrollar el producto. Si trasladamos esto a Bitcoin, es posible asegurar que para Satoshi Nakamoto tanto el sistema como las unidades que surgen de ese sistema tenían valor de uso desde un inicio, al menos en cuanto suponían la culminación de un desafío que logró satisfacer las necesidades intelectuales de su creador. Cuando Satoshi Nakamoto descubrió como encajar las piezas de ese puzle que es Bitcoin, cuando publicó su white paper y cuando minó el genesis block dio satisfacción a aquellas necesidades intelectuales que le habían conducido tiempo atrás a emplear su tiempo y sus recursos en esa tarea.

Obviamente, no fue únicamente una necesidad intelectual lo que motivó a Satoshi a emprender ese camino. El hecho de que ponga el énfasis en este asunto se debe a que Polavieja mostró una gran sorpresa en su artículo por el mero hecho de que hice referencia a un valor de uso “intelectual” de Bitcoin en sus inicios (dijo textualmente: “¿satisfacción intelectual?, ¡¡por favor!!”). Pero si él se sorprende con mi afirmación, más sorprendido estoy yo con su asombro. ¿Pretende Polavieja que no es posible valorar, por ejemplo, el intento de Bit Gold por parte de Nick Szabo? ¿Acaso no es cierto que Satoshi tiene en cuenta las aportaciones previas de Wei Dai, Ralph Merkle o Adam Back? Como resultará evidente, la alta valoración intelectual que estas aportaciones previas le merecen a Satoshi se demuestra cuando las incluye como referencias en su white paper. Esta circunstancia significa que estas aportaciones tienen para Satoshi un claro valor de uso, pues fueron tenidas en cuenta y/o utilizadas para el desarrollo de Bitcoin. ¿Hubiera sido posible Bitcoin sin el valor de uso “intelectual” que Satoshi concedió a los trabajos teóricos existentes con anterioridad? ¿Hubiera sido posible Bitcoin sin el valor de uso “intelectual” que Satoshi concedió a su propia investigación? Si no la hubiera valorado, es indudable que la habría abandonado a medias.

Naturalmente, la motivación intelectual de Satoshi no era su única motivación y probablemente no la principal, pero es evidente que esa motivación existía. Cuando cité la “satisfacción intelectual” en mi réplica al artículo de Polavieja, lo hice únicamente para dejar claro que Bitcoin era un bien desde un inicio (lo era desde el punto de vista de Satoshi, pues ese bien lograba dar satisfacción a su necesidad intelectual). Por supuesto, se podía considerar igualmente un bien desde otros puntos de vista que ni siquiera consideré necesario citar, pues en aquella parte de mi réplica solo se trataba de señalar que, según el criterio de Menger, Bitcoin era indudablemente un bien (al menos, en el sentido citado), pero no era de ningún modo un bien monetario (lo sería más adelante). En aquellos momentos iniciales, no se podía otorgar valor de cambio a Bitcoin ni se podía utilizar como medio de intercambio indirecto (utilidad monetaria). Solo se trataba de señalar eso, cosa que al parecer no le gustó a Polavieja que señalara.

Valores de uso peculiares y su utilidad marginal

Decía más arriba, cuando hablaba del valor de uso de la esperanza y las expectativas que muchos encontramos en Bitcoin, que desde un punto de vista económico se podrían plantear algunas dudas que sería necesario solventar, relacionadas con la ley de la utilidad marginal. Debo recordar antes de nada que nos situábamos en los inicios de Bitcoin, cuando todavía no era posible utilizarlo como medio de intercambio. Pues bien, hay que empezar por decir que en términos económicos es un error de concepto referirnos de forma general a la esperanza y las expectativas depositadas en Bitcoin (considerado como un todo), puesto que el valor de un bien “viene determinado por su utilidad marginal, no por la utilidad «filosófica» de los bienes tomados en absoluto o en abstracto.”[14] Este error tan simple, repetido a lo largo de la historia, impidió durante mucho tiempo que los economistas resolvieran la supuesta paradoja del valor entre el agua y los diamantes. Si el agua es más necesaria para el ser humano que los diamantes, ¿por qué los diamantes son más caros que el agua? La solución a la paradoja del valor pasaba por darse cuenta de que no se compara el agua en su conjunto con los diamantes en su conjunto, sino que se comparan cantidades específicas de unidades relevantes para la acción de un sujeto en un momento determinado. Como señalaba muy acertadamente Menger, “valor es la significación que unos concretos bienes o cantidades parciales de bienes adquieren para nosotros, cuando somos conscientes de que dependemos de ellos para la satisfacción de nuestras necesidades”.[15] Por tanto, aunque filosóficamente podamos reflexionar sobre Bitcoin de forma general, nuestra valoración praxeológica (que es la que nos conduce a actuar) solo se puede referir a una cantidad parcial de ese bien, pues es solo una cantidad concreta la que nos permitirá satisfacer nuestras necesidades. Rothbard también subraya esta idea al decir que el valor “no pertenece en abstracto a una clase de bienes; es atribuido por los consumidores a unidades reales, específicas…”[16] En definitiva, una valoración subjetiva de Bitcoin debe consistir en elegir entre cierta cantidad de bitcoins o cierta cantidad de bienes alternativos que pueden competir con esos bitcoins a la hora de paliar nuestras necesidades.

Planteado así el asunto, tenemos que dilucidar si los valores de uso que hipotéticamente se le podrían haber apreciado a Bitcoin en aquellos momentos iniciales de su existencia eran coherentes con la ley de la utilidad marginal. Citábamos anteriormente como posibles valores de uso, en primer lugar, la satisfacción intelectual del creador de Bitcoin. También mencionábamos como valor de uso la esperanza de que Bitcoin se convirtiera en dinero. De igual manera, la esperanza de que Bitcoin le quitara el dinero de las manos al Estado. Y, por último, la expectativa de una gran revalorización. En todos estos casos nos encontramos ante valores de uso un tanto peculiares, pero ya se ha explicado que tanto las necesidades como los valores de uso no tienen límite alguno (son subjetivos). A cualquier bien se le puede atribuir subjetivamente valor de uso simplemente por el hecho de que logre dar satisfacción a una necesidad psíquica. Y, evidentemente, ese es el caso de la satisfacción intelectual, de la esperanza y de las expectativas. Por tanto, lo que nos queda ahora es ver si esos valores de uso eran o podían ser atribuidos a una cantidad específica de bitcoins o, por el contrario, solo se trataba de simples valoraciones filosóficas de Bitcoin, en cuyo caso, no se podrían considerar verdaderamente valores de uso. Quede claro que esta “confrontación” no quiere decir que no pueda darse al mismo tiempo una valoración filosófica y un valor praxeológico, pero en nuestro análisis debemos dejar a un lado la primera y centrarnos exclusivamente en la segunda.

Vayamos con el caso de la satisfacción intelectual. Cuando Satoshi Nakamoto publica el white paper de Bitcoin, es evidente que siente la satisfacción de un logro intelectual y puede atribuirle valor de uso. No obstante, no es el valor de uso de una publicación lo que estamos buscando, sino el valor de uso de unos bitcoins que en ese momento todavía no existían. Sin embargo, cuando se produce el genesis block, nos encontramos ya ante 50 bitcoins y ante una persona que ha utilizado esfuerzo, tiempo y recursos en su consecución. Por tanto, es indudable que puede sentirse satisfecho intelectualmente y atribuirles valor de uso en ese sentido. Pero esto no acaba aquí, pues el proyecto continúa, debe seguir desarrollándose y corrigiendo sus pequeños fallos de funcionamiento. En consecuencia, cada nuevo bloque que se mina con éxito (tic toc, un nuevo bloque cada diez minutos desde el año 2009) supone una nueva satisfacción intelectual (producto de las mejoras introducidas en el proyecto). Y, dado que Bitcoin era (y es) un proyecto en continuo desarrollo, siempre se podrá atribuir un valor de uso intelectual a los bitcoins que se minen exitosamente bajo nuevas especificaciones.

Vayamos ahora con los casos de la esperanza puesta en que Bitcoin se convierta en dinero o en que le quite el dinero de las manos al Estado. El motivo por el que pueda pensarse que son deseables estas circunstancias resulta aquí irrelevante. Lo realmente importante es que para que podamos reconocer un valor de uso tiene que haber unos bienes que nos aseguren de manera directa la satisfacción de ciertas necesidades. Evidentemente, Bitcoin no asegura las circunstancias citadas, pero de lo que se trata aquí no es de las circunstancias en sí, sino de la esperanza puesta en que tales circunstancias sucedan. En este sentido, resulta claro que, ante una necesidad psíquica, a cualquier medio que le dé satisfacción se le podrá atribuir valor de uso. Es cierto que hasta este momento el planteamiento puede parecer más general o filosófico que referido a cantidades específicas de bitcoins. Sin embargo, nada impide que una persona adquiera[17] una cantidad específica de bitcoins por el mero hecho de ser consecuente con sus ideas, apoyando así el proyecto que vislumbra en Bitcoin (económico, político, filosófico o del tipo que sea), y obtenga de esa manera una esperanza que le permite otorgar valor de uso a los bitcoins adquiridos. Y no importa cuántas veces se repita esta acción, puesto que en cada una de las ocasiones la nueva adquisición de bitcoins implicará siempre que esta persona ha situado las nuevas unidades en una posición ordinalmente superior en su escala de valoración a otros bienes que podría haber adquirido alternativamente para tratar de satisfacer sus necesidades.

Algo similar se puede aplicar a la expectativa de una gran revalorización. Si alguien tiene esa expectativa, lo lógico es actuar en consecuencia, es decir, lo lógico es comprar/minar bitcoins. Y el hecho de comprarlos/minarlos debido a la expectativa de una gran revalorización es la constatación de que a tal expectativa se le concede valor de uso. En definitiva, se puede concluir que los valores de uso que hipotéticamente se le apreciaban a Bitcoin en los momentos iniciales de su existencia son coherentes con la ley de la utilidad marginal.

Notas

[1] Menger, Carl (1871) Principios de Economía Política. Madrid:Unión Editorial, 2019, p. 290

[2] Böhm-Bawerk, Eugen von (1889) Teoría Positiva del Capital. Madrid: Ediciones Aosta, 1998, pp. 279-280

[3] Mises, Ludwig von (1949): La acción humana. Madrid: Unión Editorial, 2007, p. 145

[4] He realizado un breve análisis crítico del concepto “valor de cambio objetivo” y de su utilización por parte de Mises en la nota 21 pp. 73-74 del artículo “La liquidez frente al teorema de la regresión del dinero: una crítica a J. R. Rallo”. Revista Procesos de Mercado, vol. 19, no. 1, Aug. 2022, pp. 63-96. https://www.procesosdemercado.com/index.php/inicio/article/view/776/863  

[5] Menger, 1871, óp. cit., p. 291

[6] Böhm-Bawerk, 1889, óp. cit., p. 280, nota 5

[7] Mises, Ludwig von (1912) La Teoría del Dinero y del Crédito. Madrid: Unión Editorial, 1997, p. 72

[8] En este trabajo se utilizarán los conceptos valor de uso y valor de cambio para interpretar el fenómeno Bitcoin. Pero esta interpretación solo es posible sobre una base teórica que se ha desarrollado previamente. En el próximo número de la revista Procesos de Mercado se publicará un artículo que he escrito en colaboración con el profesor Philipp Bagus. Entre otras cosas, en dicho artículo se analizarán desde un punto de vista teórico general los conceptos valor de uso y valor de cambio, refutándose la posibilidad de la existencia de un bien con valor de cambio y sin valor de uso previo. Si el lector del presente trabajo echa en falta alguna explicación o no entiende alguno de los argumentos que aquí se emplean, le sugiero que lea dicho artículo, puesto que se complementa perfectamente con este.

[9] Utilidad monetaria o bien monetario es una forma breve (e incorrecta) de referirse a la utilidad de un bien como medio de intercambio. Evidentemente moneda y medio de intercambio no son lo mismo, sin embargo, esas expresiones se suelen usar de una forma general con ese significado. Por ese motivo y por la falta de otra expresión más adecuada para referirnos a esta idea de forma breve, en este escrito se utilizarán tales expresiones.

[10] Véase “Bitcoin es una mercancía II

[11] RAE: Esperanza: Estado de ánimo que surge cuando se presenta como alcanzable lo que se desea. RAE: Expectativa: Posibilidad razonable de que algo suceda.

[12] Estas palabras de Hayek eran utilizadas por Polavieja al final de sus artículos, por ejemplo en este: https://ijmpre2.katarsisdigital.com/ijm-actualidad/analisis-diario/bitcoin-burbujas-y-especulacion/

[13] Mises, 1949, óp. cit., p. 284

[14] Rothbard, Murray N. (1995): Historia del pensamiento económico (Vol. I): El pensamiento económico hasta Adam Smith. Madrid: Unión Editorial, 1999 (segunda reimpresión, 2012), p. 92

[15] Menger, 1871, óp. cit., p. 172

[16] Rothbard, 1995, óp. cit., p. 416

[17] Más que adquirir, me tendría que referir a minar, puesto que para este planteamiento nos situábamos en los inicios de Bitcoin, cuando todavía no se podían comprar bitcoins en el mercado. No obstante, mantengo el uso de la palabra “adquirir” para hacer más sencillo el argumento. Considérese que “adquirir” se refiere de forma general a emplear recursos para obtener bitcoins.

El debate sobre las mercancías

Joel Serrano

La liquidez frente al teorema de la liquidez del dinero: una crítica a J. R. Rallo

Manuel Polavieja

Mises no comprendió a Menger (I)

Mises no comprendió a Menger (II)

Mises no comprendió a Menger (III)

Bitcoin, dinero y mercancías

Bitcoin es una mercancía (I)

Mises no comprendió a Menger (IV)

Joel Serrano

Manuel Polavieja no comprendió a Mises; tampoco a Menger (I)

Manuel Polavieja

Bitcoin es una mercancía (II)

Refutación del teorema regresivo de Mises

Joel Serrano

Manuel Polavieja no comprendió a Mises; tampoco a Menger (II)

Manuel Polavieja

Mercancías y economía de mercado

Mercancías y economía de mercado

Es una lástima que el debate que mantengo con Joel Serrano se esté quedando en cuestiones superficiales. Como, por ejemplo, la definición de mercancía que yo pueda considerar más precisa. No se trata de ser precisos ni de que una definición sea mejor que otra, se trata de no cometer el gran error de leer a Menger en los términos de otro autor, tal y como yo mismo hice equivocadamente las primeras veces que leía a Menger con la definición de mercancía de Mises. Y por cierto, no sé de ni una sola persona que conozca bien la tradición austriaca que no cometiera este mismo error, incluyendo a notables Mengerianos como Selgin, Rallo, Bondone o Keith Weiner. ¿Quizá sea Serrano el primero que no lo ha cometido? 

El papel central de la mercancía

Como decía, Serrano no se está enfocando en lo esencial, y es el papel que juega el concepto de mercancía dentro de la teoría del intercambio de Menger. La mercancía es el instrumento crucial a través del cual abandonamos las formas primitivas de economía y evolucionamos hacia la economía de mercado. No hay mercancías sin mercado ni mercado sin mercancías. 

Por reducción al absurdo, una economía de supervivencia donde no hay nada más allá del valor de uso sería la “economía” del Ñú, si se me permite la expresión. La aparición del valor de cambio es lo que nos saca de la economía primitiva, por eso Menger elabora una Teoría de la Mercancía como elemento fundamental dentro de su Teoría del Intercambio, e insiste hasta la saciedad en que la esencia de la mercancía, lo que la caracteriza, es su valor de cambio.

Cuestiones irrelevantes

Menger denunció una y otra vez la profunda incomprensión de los intermediarios, tanto a nivel popular como a nivel académico.  Si la incomprensión era preocupante cuando el intermediario es una persona o entidad, no digamos cuando el intermediario es una cosa como son las mercancías o el dinero. Pareciera que este debate sobre la teoría de la mercancía es anacrónico y fútil, pero nada más lejos de la realidad. Esta incomprensión sigue de rabiosa actualidad. Y prueba de ello son, por ejemplo, los ataques a Mercadona como intermediario-entidad y la calificación de Bitcoin, intermediario-cosa, como burbuja especulativa de valor cero por parte de reputados economistas como Steve Hanke o Xavier Sala y Martí, o financieros de gran prestigio como Charlie Munger.

En fin, insisto en que me parece una lástima perderse en cuestiones de poco fondo. Aun así, paso a analizar el último artículo de Serrano. Los argumentos que aporta sobre el hecho de que Satoshi o MicroStrategy no intercambien sus Bitcoins para negar que sea una mercancía ni se sostienen, ni son relevantes para el debate.

No son relevantes porque es una cuestión pacífica en el debate que una vez que un bien dejó atrás su primer intercambio y ya tiene valor de cambio, el propio valor de cambio, en el sentido de los servicios de intercambio que proporciona, puede ser ya razón suficiente para atesorarlo. Tal y como el propio Mises reconoce. Es decir, según Mises, una vez que un instrumento tiene valor de cambio, no hace falta ya ser más papista que el Papa, intentando suponer ningún valor de uso actual para encontrar justificación al atesoramiento o demanda de ese bien.

Un experimento mental

Al reconocimiento de Mises yo añado, que se puede especular o apostar con un potencial valor de cambio aunque la cosa no tenga valor de uso ni precios, tal y como hizo el propio Hal Finney el 11 de Enero de 2009, tan solo dos días después de que Satoshi minara el bloque génesis (traducción libre):

Un problema inmediato con cualquier nueva moneda es cómo valorarla. Incluso ignorando el problema de que prácticamente nadie la aceptará al principio, aún existe la dificultad de encontrar un argumento razonable a favor de un valor específico distinto de cero para esta moneda.

A modo de divertido experimento mental, imaginemos que Bitcoin tiene éxito y se convierte en el sistema de pago dominante utilizado en todo el mundo. Entonces, el valor total de la moneda debería ser igual al valor total de toda la riqueza en el mundo. Las estimaciones actuales de la riqueza total de los hogares en todo el mundo que he encontrado varían de $100 billones a $300 billones. Con 20 millones de monedas, eso le daría a cada moneda un valor de aproximadamente $10 millones.

Por lo tanto, la posibilidad de generar monedas hoy en día con unos pocos centavos de tiempo de cálculo puede ser una apuesta bastante buena, ¡con un beneficio de aproximadamente 100 millones a 1! Incluso si las probabilidades de que Bitcoin tenga éxito en este grado son escasas, ¿realmente son de 100 millones a uno en contra? Algo en qué pensar…

Hal Finney

Independientemente de que estemos de acuerdo o no con el dudoso cálculo que hace del posible valor de Bitcoin, podemos ver como Hal Finney enuncia inicialmente el supuesto problema que identifica Mises sobre el valor inicial, que luego refuta con total contundencia. Esos pocos céntimos son el precio inicial para Finney y el valor que estima como posible, aunque poco probable es de 10 millones.

Pero lo relevante aquí no es el hecho histórico o anecdótico de que Finney inmediatamente pasase a la acción minando Bitcoin por la expectativa de que pudiera ser dinero cuando aún no existían precios interpersonales (si, Finney esperaba que fuera dinero, no un objeto de coleccionismo ni ninguna otra utilidad peregrina). Podía no haber minado ni un solo Bitcoin y haberse olvidado del invento para siempre, y aun así el hecho de haber realizado esta reflexión refutaría el Teorema de Regresión de Mises igualmente. 

Traigo aquí a Finney porque es evidente que él no es ningún capitán posteriori. Hizo esta reflexión en aquel momento y no a toro pasado cuando Bitcoin ya tenía precios interpersonales. Cualquiera puede comprender esta sencilla reflexión de Finney por mera introspección individual y, por tanto, deducir que es perfectamente racional, dentro de la categoría de la acción humana, invertir unos cuantos céntimos en obtener una cosa si tienes la única y exclusiva expectativa de que esa cosa pudiera convertirse en medio de cambio en el futuro. Y ya de paso, esos pocos céntimos serían el precio inicial que tanto preocupa a Mises. 

¿Bien a coste cero?

Es decir, en el marco metodológico de Mises no solo es irrelevante la acción de Satoshi o Finney demandando Bitcoin, también es irrelevante que empíricamente podamos demostrar que esta reflexión de Finney existió. La lógica nos dice que aunque Finney no la hubiera documentado o ni siquiera la hubiera realizado, esta reflexión es perfectamente posible y racional.

Como ya he expuesto en artículos anteriores, el problema que identifica Mises simplemente no existe. Yo defiendo que cualquier precio inicial o pasado es totalmente innecesario para demandar una cosa que crees que puede convertirse en medio de cambio. Pero es que si fuera necesario, que no lo es, no es posible obtener ningún bien a coste cero. No hay nada gratis. 

Dedicar aunque sea una parte de tu tiempo a recolectar, fabricar, atesorar o crear una cosa ya implica valorar esa cosa más que tu tiempo, y todos tenemos una idea aproximada de cómo valorar nuestro tiempo. Siempre hay un intercambio aunque sea autístico, y los intercambios generan precios que se pueden utilizar como referencia.

Todavía el valor objetivo

Por tanto, la siguiente afirmación de Mises es insostenible:

Ni el comprador ni el vendedor pueden estimar determinada unidad monetaria si no conocen su valor de cambio —su poder adquisitivo— en el inmediato pasado.

Ludwig von Mises. La Acción Humana, capítulo XVII, sección 4

La anterior afirmación denota que Mises no fue capaz de abandonar totalmente la teoría del valor objetivo (costes) en lo que respecta a los medios de intercambio. Pero es que además incluso en el contexto equivocado de la teoría del valor objetivo, tal afirmación no tiene ningún sentido porque es imposible que no exista un precio de referencia aunque proceda de un intercambio autístico. Como ya expliqué, si la cosa no tiene valor de uso ni valor de cambio conocido, el incentivo para demandarla por parte del comprador racional es de hecho ¡mayor! porque el coste de obtener dicha cosa no será cero, pero casi seguro será ínfimo precisamente porque no tiene valor de uso ni tampoco aún valor de cambio. ¡La cosa es inútil a ojos del resto del mundo!

El primer precio de Bitcoin

En el caso de Satoshi, pretender que para él Bitcoin no era un medio de cambio me parece surrealista teniendo en cuenta lo que escribe en el whitepaper y en los diversos foros. En una ocasión, por cierto, negando explícitamente el teorema de regresión al describir como un objeto que no tuviera ningún valor de uso podría tener un valor inicial “circular” porque la gente apreciara su potencial utilidad para el intercambio. Afirmar que la satisfacción de que pueda funcionar como medio de cambio es un valor de uso distinto a ser medio de cambio es una pirueta ridícula. 

Dice Serrano que Satoshi no intercambió uno solo de sus Bitcoin. Esto no solo es irrelevante, sino también rotundamente falso. Desconoce lo elemental de la historia temprana de Bitcoin. El primer intercambio interpersonal de Bitcoin fue de 10 bitcoins de Satoshi a Finney el 12 de enero de 2009 (asumiendo que no fueran la misma persona). Ya tiene Serrano el intercambio de esa parte “por pequeña que fuera” de los bitcoins de Satoshi. También hizo algunos pagos, que se sepa, a Dustin Trammell, Nicholas Bohm o Mike Hearn. Se ha analizado que gastó como mínimo 900 bitcoins en los primeros meses.

Las estimaciones de los bitcoins de Satoshi varían entre 700.000 y 1.100.000. Hay 500.000 bitcoins sobre los que existen dudas. Y da igual si los intercambios fueron a título lucrativo, a cambio de ayuda en la programación, o a modo de simple prueba. Si Serrano quiere entrar en el barro del empirismo (allá él), los hechos son que Satoshi demandó bitcoins para posteriormente intercambiarlos, y sabemos que el primer receptor conocido, Finney, valoró expresamente la posibilidad de que fuera dinero un día antes de recibirlos.

Teorema de regresión

Además, es patente que Satoshi lo planificó todo con sumo cuidado ¿Cómo sabe Serrano que Satoshi no minó bitcoins con un equipo distinto y posteriormente vendió esos bitcoins con su identidad real? También sabemos que Finney vendió unidades de Bitcoin ¿Cómo puede estar n seguro de que Finney no era Satoshi?, y por tanto Finney fue el primer demandante que posteriormente vendió, y además demandó única y exclusivamente por su potencial como medio de cambio tal y como explicó el 11 de Enero de 2009, ¿Cómo encaja esto en el teorema de regresión?

Como digo, Serrano hace afirmaciones sin documentarse debidamente, pero sobre todo se pierde en lo anecdótico. Porque si entramos en lo empírico las razones por las que Satoshi y los primeros mineros no vendieran sus bitcoins pueden ser muchas sin que esto implique que tengan valor de uso para ellos: Porque pueden haber fallecido, porque a día de hoy creen que aún valdrán más, porque ya no tienen las claves privadas para gastar esas monedas, porque viendo lo que les pasó a otros que intentaron lanzar dinero privado, valoran más su anonimato, libertad e integridad física que la riqueza que pudieran obtener a cambio de sus Bitcoin, etc. Pero con tal de aferrarse al teorema de regresión, Serrano pretende negar lo que Satoshi o Finney afirmaron de manera expresa. Serrano está convencido de conocer mejor que ellos mismos la razón por la que demandaban Bitcoin. En cuanto a Microstrategy ¿Cómo van a plantearse vender si aún no ha terminado de pagar las que está comprando y en estos precios aún creen que están baratas? 

New Liberty Standard

Serrano menciona el caso de New Liberty Standard que yo ya cité en mi artículo anterior. No comprendo cómo puede pensar que estos hechos apoyan su argumento. Entiendo que Serrano recurre a él porque cree erróneamente que Satoshi nunca intercambió y que, atención, ¡el creador de un  “Peer-to-Peer Electronic Cash System“ no consideraba que su creación fuera un bien destinado al intercambio!, y pasa a analizar el supuesto de que el primer intercambio de Bitcoin lo protagonizaran otras personas en la página web de New Liberty Standard.

Pero, ¿Qué referencia a ningún valor de uso por parte del vendedor o del comprador existió en el primer intercambio de esta página web? Qué Martin Malmi venda una pequeña fracción de sus Bitcoin para ayudar al propietario de un exchange que expresamente publicita Bitcoin como moneda (”Bitcoin is the gold standard of digital ¡¡currency!!”), va en favor de promocionar la demanda de Bitcoin como moneda y su valor de cambio, porque Malmi tenía muchos. Aquí la labor de Malmi es claramente la de market maker o proveedor de liquidez, todo un señor valor de uso, claro que sí. Serrano se vuelve a refutar a sí mismo.   

Especula Serrano que podría darse el caso de que Bitcoin no fuese una mercancía porque para algunos tuviera algún valor de uso. Si, y también podríamos afirmar que para muchos Bitcoin era una simple cosa y no tendría absolutamente ningún valor, que no era un bien para ellos. ¿Y?. La teoría del valor subjetivo es así, el valor lo otorga el sujeto. Esto no es más que enunciar la definición de mercancía de Menger: El carácter de mercancía es una relación con el sujeto. Además, ¿Qué tiene que ver esto con el teorema de regresión de Mises? Nada. El teorema de regresión de Mises afirma de manera concreta y tajante que el primer precio de una mercancía debe ser consecuencia del valor de uso. En el marco metodológico de Mises no vale especular de manera inespecífica. Hay que demostrar de manera concreta, por la vía de la lógica y no por empirismo, que el primer precio de Bitcoin solo pudo tener origen en un valor de uso.  

Confusión entre bien entregado y bien obtenido

Aludir a que la “satisfacción” de que el sistema funcione es un bien de uso, a pesar de ser un argumento ridículo no me sorprende en absoluto. Desde la irrupción de Bitcoin, este tipo de argumentos son toda una tradición entre aquellos Miseanos que no están dispuestos a cuestionar una coma de Mises. Para empezar no es lo mismo el sistema Bitcoin, el software que es un bien libre (no económico), que las unidades de Bitcoin. No son el mismo bien. Además, ¿Qué tendrá que ver el atesoramiento de unidades de Bitcoin con esa satisfacción? La satisfacción de que el sistema funcione en todo caso te la proporcionará el tiempo que le dediques a crear, mejorar y ejecutar el sistema, no las unidades en si. No es necesario en absoluto atesorar unidades. Y si contribuyes minando, puedes obviar las unidades que obtengas despositándolas en direcciones de las que no tengas las claves.

En cuanto al subsidio a los demás propietarios, Serrano se refuta de nuevo a sí mismo, pues estamos hablando de transmitir valor utilizando Bitcoin como medio de intercambio, y los intercambios son intercambios sean lucrativos o no. Sería como decir que una cantidad de  Euros no son medio de cambio sino “satisfacción” cuando se utilizan como medio de pago en una donación. El refrito que hace aquí Serrano es antológico, confundiendo el bien entregado  con el bien obtenido. 

Confusión entre utilidad y costes

Serrano también confunde gravemente utilidad con costes. Esto es básico. Vender un bien siempre tiene fricción, implica costes de oportunidad, puede tener consecuencia negativas, etc. Resumiendo: Vender tiene costes. Estos costes no son la inversa de la utilidad del bien. Si por ejemplo concluyo que vender bitcoins pone en riesgo mi libertad física, de ninguna manera  cabe afirmar que la utilidad de atesorarlos sea proporcionarme libertad. Al contrario, si considero que nunca podré venderlos sin correr ese riesgo, seré más libre si no los atesoro o nunca los hubiera atesorado. 

Mercancías y atesoramiento

Como decía al principio, los argumentos de Serrano no se sostienen porque se puede atesorar un bien únicamente por su valor de cambio, y tal y como explica Menger puedes acabar por no intercambiarlo jamás (“Pero no a cualquier precio”). Concluir que una mercancía ha de tener algún valor de uso por el hecho de no ponerla a la venta es insostenible. 

Es perfectamente posible y racional no poner a la venta una mercancía si crees que su valor presente es menor que el valor de cambio futuro que tú estimas, y no por ello se puede concluir que se le esté asignando ningún valor de uso o consumo. Circunstancia que puede darse durante muchos años o indefinidamente si se trata de un bien en proceso de adopción o demanda creciente, que es lo que creen (equivocados o no) los hodlers que dicen que nunca van a vender sus bitcoins. 

También es perfectamente racional no vender una mercancía si en tu patrimonio dispones de otros medios de cambio líquidos que poder vender y que crees que se van a comportar relativamente peor que esa mercancía en el futuro, y esto en absoluto implica asignar ningún valor de uso o consumo a esa mercancía. Se puede atesorar una mercancía como reserva patrimonial y también como activo que poder vender en el mercado en caso de necesitarlo y que esa necesidad resulte por no llegar, y de nuevo esto no implica asignar ningún valor de uso o consumo a esta mercancía.

El oro atesorado

Hay muchos otros motivos para atesorar una mercancía únicamente por su valor de cambio y acabar por no intercambiarla. Por ejemplo, que los pagos que finalmente tengas que realizar con ella acaben por resultar en una fiscalidad, divisibilidad o proceso de verificación que en ese momento hagan más conveniente utilizar otra mercancía menos gravosa fiscalmente, más divisible o más fácil de verificar, atesorando la mercancía original para otros intercambios más adecuados a sus características, sin que ello implique que la mercancía original tenga menor valor para tí. Estas y otras circunstancias podrían encadenarse indefinidamente, de manera que no vendas la mercancía en mucho tiempo o incluso nunca (pase a tus herederos).

Nótese que según el razonamiento de Serrano llegaríamos al absurdo de que el oro no sería mercancía o dinero cuando se atesora indefinidamente al no querer venderlo en favor de intercambiar otros bienes que valoremos menos como puedan ser plata, dólares, euros o pesos argentinos. El concepto de mercancía lleva implícito el atesoramiento por más o menos tiempo, y solo dejará de ser mercancía en el momento que se use o consuma.

Para cerrar esta cuestión, el propio Serrano apunta correctamente a la explicación de Menger de que una mercancía sigue siendo una mercancía aunque no esté puesta a la venta, y es que simplemente o el mercado no ofrece lo suficiente, o no resulta económico por los costes (“no a cualquier precio”). Las valoraciones son siempre dinámicas y cambian con el tiempo, por tanto esta situación puede prolongarse indefinidamente incluso si el mercado actualiza lo que ofrece, y a su vez el propietario mantiene o actualiza el valor que le otorga a su mercancía por encima del ofrecido por el mercado.

Mercancías y medios de cambio

Insisto en que la polémica de los medios de cambio es prescindible en este debate. Pero como, por otro lado, de lo que se trata es de interpretar correctamente a Menger, retomo la polémica. Dice Joel Serrano que he cercenado a propósito la segunda parte del párrafo donde Menger expone la definición de medio de cambio porque contradice la primera parte. Esta segunda parte dice así:

Pero como, en el lenguaje de la ciencia, para ambos conceptos se emplea la expresión «medio de cambio», y resulta difícil repetir continuamente la expresión «intermediario en el intercambio», en la exposición que sigue nos hemos atenido a la expresión usada hasta ahora, siempre que la rigurosa distinción en los mencionados conceptos no da lugar a dudas

Carl Menger

De ninguna manera este fragmento contradice ni matiza la primera parte. Al contrario, la corrobora. Que Menger aclare que va a utilizar medios de cambio en lugar de intermediarios del intercambio no niega la definición: “medio de cambio que en alemán se utiliza también para dar a entender cualquier otro bien destinado al intercambio”. Tampoco aprecia Serrano el adverbio “también”. Es decir, explica Menger que medio de cambio se utiliza para referirse no sólo a los intermediarios del intercambio, sino ¡también! a cualquier otro bien destinado al intercambio. Y esta definición “cualquier otro bien destinado al intercambio” es esencialmente idéntica a la definición de mercancía: “Bienes (económicos) de todo tipo destinados al intercambio”.

Medios de (inter)cambio

Tampoco aprecia Serrano que en el texto que supuestamente no me venía bien, Menger habla de “ambos conceptos” y “rigurosa distinción de los mencionados conceptos” ¿Qué dos conceptos? Pues el de intermediario del intercambio, por un lado, y el de cualquier otro bien destinado al intercambio por otro. Es decir, es totalmente falso que en este párrafo Menger se esté refiriendo al único concepto de intermediario del intercambio. Lo que está aclarando aquí Menger es que por claridad expositiva a veces va a sustituir el concepto específico y preciso (intermediarios del intercambio), por otro concepto ¡distinto!, y más amplio (medios de cambio) que incluye al específico.

Dice Serrano que cualquiera que lea con atención el capítulo I de El Dinero podrá darse cuenta de que Menger utiliza siempre medios de cambio en el sentido de “intermediario del intercambio”. Falso. Igual que no conoce el ABC de la historia temprana de Bitcoin, tampoco ha leído con atención el primer capítulo de El Dinero. En la nota al pie 11 (p.99), Menger utiliza los términos medio de cambio y mercancía indistintamente explicando cómo unos mismos medios de cambio pueden ser en su mayor parte protagonistas de intercambios directos, y en menor medida para menos gente, medios de cambio indirectos:

Cuando solo una parte de la población de un territorio se sirve de los medios de cambio, utilizándolos como intermediarios para vender sus bienes, mientras la otra, normalmente la parte más numerosa, los emplea simplemente como bienes de consumo a voluntad, los medios de cambio de ese territorio están aún tan poco evolucionados que hacen dudar que puedan definirse ya como dinero. 

Carl Menger

Mercancías y dinero

En el anterior pasaje la mayoría de los intercambios son directos. Menger no daba puntada sin hilo, y si no quisiera utilizar medios de cambio para este tipo de intercambios podría haber utilizado el término mercancía, pero no lo hace. Y no será porque no tuviera el término mercancía presente, pues lo utiliza en el párrafo inmediatamente siguiente, donde continúa desarrollando la misma idea:

Quien en el mercado cambia sus propias mercancías por abalorios, panecillos de té prensado, tabletas de sal u otras cosas parecidas, de modo que adquiere por esta vía intermedia los bienes de que tiene necesidad inmediata de manera más fácil, más económica y más segura que cambiando directamente sus propias mercancías por aquellos bienes, esas mercancías intermediarias de sus transacciones se puede decir que son su dinero. Pero cuando una gran parte, o incluso la mayor parte de la población, acepta de buena gana estas mercancías a cambio de los bienes que lleva al mercado, pero las emplea solo para su propio uso y consumo, utilizando como adorno los abalorios, consumiendo el té y la sal adquiridos, etc, estas podrán ser también las mercancías más queridas y preferidas por esta porción de la población, pero jamás serán dinero.

Carl Menger

Dinero y consumo

Después, Menger explica en qué circunstancias los medios de cambio pueden empezar a considerarse dinero. Utiliza el término mercancía para referirse a los medios de intercambio indirecto, y luego utiliza el término medio de cambio para referirse a aquel bien que por lo general se utiliza como medio indirecto. Es decir, que en algún caso aunque no sea el general acaban en el consumo, pudiéndose utilizar dichos medios de cambio en intercambios directos:

Del dinero en este sentido específico se puede hablar exclusivamente cuando no solo las clases de población que participan activamente en el desarrollo de las actividades económicas, sino también las que permanecen sustancialmente pasivas en el plano económico, utilizan una mercancía —por imitación y costumbre— como intermediario del cambio, o sea la aceptan a cambio de sus mercancías y de sus prestaciones, aunque de tales bienes no tienen necesidad o están ya provistas abundantemente; en tales circunstancias, por lo general, los medios de cambio no acaban en el consumo, sino que permanecen en circulación.

Carl Menger

De nuevo el cambio (in)directo

Por último, Menger también afirma que al poseedor de una mercancía no sólo le trae sin cuidado si el comprador la va a consumir o la va a revender, también explica que el hecho de que una mercancía se pueda llegar a consumir es una circunstancia incierta. Es decir, toda mercancía es de entrada un medio de cambio directo y al mismo tiempo un potencial medio de cambio indirecto, y esto es así porque si, para el vendedor era una mercancía, nada impide que también pueda serlo para el comprador:

También el comerciante, el especulador, etc., adquieren los bienes que luego ponen en venta, únicamente en la «confianza» de que estarán después en condiciones de cederlos a otros, y para ellos es absolutamente indiferente (en el aspecto que es aquí decisivo) el que quienes en el futuro adquieran sus mercancías se propongan luego consumirlas o revenderlas.

El Dinero, Menger 2013, p. 103

Así, recientemente un destacado comentarista sobre el dinero y la acuñación niega el carácter de mercancía del dinero, especialmente porque una ‘mercancía’, para cumplir su propósito, es decir, para ser usada y consumida, debe desaparecer del mercado, pero el dinero, como medio de cambio, presta sus servicios permaneciendo en el mercado. Esto es un error, porque la circunstancia de que una mercancía finalmente se llegue a consumir es incierta y, por lo tanto, no es una característica esencial del concepto de mercancía.

Geld – Menger, 1892, p.46 traducción libre. Énfasis mío

¿Un cambio retrospectivo?

La tableta de sal, que Menger califica indistintamente como “medio de cambio” o “mercancía”, cumple exactamente la misma función para su productor tanto si el comprador las revende como si las consume. ¿Qué función? La de medio de cambio. Pero es que si hubiera dos funciones distintas, que no las hay, ¿Qué sentido tendría afirmar que la función que desempeñó para el productor mutará dependiendo de lo que posteriormente haga el comprador con la tableta de sal? ¿Acaso si el comprador la consume o la revende, la función que cumplió en el pasado para el productor cambia retroactivamente? Absurdo.

Que una mercancía deje de serlo tras un solo intercambio, tras varios, o que nunca deje de serlo es una cuestión de grado, no de concepto. Y la enorme aportación de Menger es que el hecho de que una mercancía se utilice más o menos como tal, encuentra su causa en las propiedades que facilitan su vendibilidad.

No seré yo el que niegue que por lo general con medios de cambio nos solemos referir más a los indirectos y no tanto a los directos, pues en teoría monetaria los indirectos son más relevantes. Un medio de cambio es “más medio de cambio” en tanto en cuanto se utilice más para intercambios indirectos. Pero es que en la teoría de Menger esto es exactamente igual para las mercancías. Una mercancía es “más mercancía” en tanto en cuanto se utiliza para más intercambios indirectos, siendo el dinero la mercancía por excelencia. Otra corroboración más del mismo significado de estos dos términos en la teoría de Menger.

Conclusión

He mostrado que las definiciones que aporta Menger para mercancía y medio de cambio son exactamente las mismas. He mostrado cómo utiliza expresamente el término medios de cambio para referirse a intercambios directos, y mercancías para los indirectos (y viceversa). También he mostrado como Menger deja claro que para el vendedor es irrelevante si el comprador consume o revende la mercancía. En fin, esta polémica sobre los medios de cambio me demuestra que erre que erre la cabra tira al monte: Vuelta otra vez a gravitar el concepto de mercancía hacia el valor de uso, en este caso el (incierto y circunstancial) valor de uso por parte del comprador.

Cuando sostengo que Bitcoin es un medio de cambio o mercancía, me estoy refiriendo a que encaja como un guante en la definición de mercancía de Menger, pues se inventó expresamente para el intercambio y se utiliza para el intercambio, teniendo en cuenta además que el atesoramiento, ya sea temporal o indefinido, es inseparable de este concepto de mercancía. Cabe señalar, además, que el atesoramiento no es otra cosa que un intercambio intrapersonal-intertemporal.

Pero fuera de debates meramente semánticos, lo más importante es que, tal y como nos muestra la reflexión de Finney el 11 de Enero de 2009, es perfectamente posible dentro del marco de la acción humana valorar que una cosa pudiera utilizarse como un instrumento para el intercambio en el futuro sin que le asignemos ningún otro tipo de utilidad presente o futura, y para demandarla basta con que la estimación futura de su valor como medio de cambio sea superior al valor de aquello a lo que tenemos que renunciar para obtener esa cosa. No es necesario que un bien deba tener un precio previo para que un sujeto le asigne valor. El precio es siempre una consecuencia de la utilidad, y facilitar el intercambio es una utilidad como cualquier otra.

El debate sobre las mercancías

Joel Serrano

La liquidez frente al teorema de la liquidez del dinero: una crítica a J. R. Rallo

Manuel Polavieja

Mises no comprendió a Menger (I)

Mises no comprendió a Menger (II)

Mises no comprendió a Menger (III)

Bitcoin, dinero y mercancías

Bitcoin es una mercancía (I)

Mises no comprendió a Menger (IV)

Joel Serrano

Manuel Polavieja no comprendió a Mises; tampoco a Menger (I)

Manuel Polavieja

Bitcoin es una mercancía (II)

Refutación del teorema regresivo de Mises

Joel Serrano

Manuel Polavieja no comprendió a Mises; tampoco a Menger (II)

Manuel Polavieja

Mercancías y economía de mercado

Polavieja no comprendió a Mises; tampoco a Menger (II)

Tras la respuesta de Polavieja a mi artículo, decía un amable lector lo siguiente: “Buena respuesta. No tan detallada y precisa como la de Joel Serrano, pero «salva» alguno (o algunos) de los puntos criticados. Enhorabuena a los dos”. Agradezco este comentario y reconozco que, en apariencia, la respuesta de Polavieja “salva” alguna de las críticas recibidas. Pero, como digo, creo que solo las salva en apariencia. He analizado en profundidad la réplica de Polavieja y, en mi opinión, puedo mantener todas las tesis, si bien es posible explicarlas mucho mejor. Esa es mi intención en este nuevo artículo, mejorar las explicaciones y rebatir los argumentos de Polavieja.

Cuatro partes más

Ya adelanto que mi escrito no será breve. Esto se debe, por un lado, a que en muchas ocasiones, antes de cuestionar los argumentos de Polavieja me he visto obligado a explicarlos. Y, por otro lado, se debe también a que en esta ocasión he preferido partir de cero en mis argumentaciones, no dar nada por sobreentendido. Estas dos circunstancias explican la extensión del artículo. Para facilitar su lectura lo he dividido en varias partes claramente diferenciadas.

Mi pretensión inicial era publicar el artículo de una sola vez, en lugar de publicar cada una de las partes quincenal o mensualmente, el motivo es que, en mi opinión, las ideas solo se logran explicar y entender bien después de ser analizadas en profundidad desde diferentes puntos de vista (en este caso, las diferentes partes). Sin embargo, al final no será así, la extensión no lo hace aconsejable. En la primera publicación se incluirá un apartado referido a las mercancías y otro referido a los medios de cambio. La segunda publicación estará relacionada con el valor de uso y el valor de cambio. La tercera publicación tratará sobre la idea de bien en Menger. Y la cuarta y última publicación constará de un apartado con las tomas falsas del debate y de una addenda en la que se plasmarán unas reflexiones finales.

Bitcoin, una visión austríaca

Cada una de estas publicaciones podrá ser leída de forma independiente, pues todas las partes tienen sentido en sí mismas. No obstante, no hay que olvidar que las cuatro publicaciones son, en su conjunto, la contrarréplica a la réplica[1] que a Polavieja le mereció mi artículo.[2] Por ello, pediría a los interesados en el debate que lean el trabajo completo antes de sacar conclusiones apresuradas, sobre todo si encuentran algún razonamiento muy distinto al que suelen estar acostumbrados.

Si algo bueno encontrarán en este artículo, es que toda afirmación la trataré de explicar en detalle (no obligaré al lector a ser, además de lector, intérprete). En ese sentido, siempre intento ser muy claro en mi lenguaje. Cuando estudiaba filosofía se me quedó grabada en la mente una frase de Ortega y Gasset que decía: “la claridad es la cortesía del filósofo”. Y yo creo que esto no debe aplicarse únicamente a la filosofía.

Por último, me gustaría señalar que en estas publicaciones se va esbozando la idea de Bitcoin que va fraguando poco a poco en la tesis doctoral que estoy desarrollando en la URJC y que llevará por título: “Bitcoin como dinero fuerte en potencia: una interpretación de Bitcoin a la luz de la Escuela Austriaca de Economía”.

Sobre las mercancías

En el artículo titulado “Bitcoin es una mercancía”,[3] dice Polavieja que la RAE define mercancía como “cosa mueble que se hace objeto de trato o venta” y añade que esta definición va “en la misma línea” que la del diccionario Merrian Webster, que define “commodity” como “something useful or valued”. En mi opinión, estas definiciones no tienen nada que ver la una con la otra, pero dejemos esto a un lado por el momento. Manuel Polavieja establece lo que considera como la definición más precisa de mercancía. Esta definición concuerda básicamente con las explicaciones de Menger de 1871 (tanto es así que resulta un poco extraño que no cite a su autor). La definición de mercancía de Polavieja es la siguiente:

Como explicaré en este artículo, la definición más precisa de mercancía es aquello que poseemos con el único propósito de venderlo. Después, es posible que el siguiente comprador tenga la intención de venderlo o consumirlo. Si el comprador lo revende, sigue siendo una mercancía. Si lo consume, deja de ser una mercancía y pasa a ser un bien de consumo. Es decir, el carácter de mercancía no es intrínseco al propio bien, sino una relación que tenemos con ese bien. En concreto esa relación consiste en que el bien solo tiene valor de venta para mí, no tiene valor de uso, no lo quiero consumir.[4]

Definición de mercancía

Dado que el uso del término mercancía en la argumentación depende de cómo se defina ese término previamente, de ningún modo se puede considerar incorrecta la definición de Polavieja, simplemente se está obligado a conocerla para entender a qué se refiere cuando la utiliza y poder debatir sobre ese asunto en esos términos.

Evidentemente, el hecho de otorgar diferentes significados a los mismos términos complica un poco el debate, pero si las definiciones están claras, esto es lo único que se puede objetar. Nadie debería molestarse por el uso de un término con un significado diferente al suyo, al menos siempre que se haya definido con antelación y sea usado coherentemente. Sin embargo, Polavieja parece incomodarse cuando no se usan las palabras en el sentido que él les otorga. Por ejemplo, se refiere a Mises en estos términos: “El raro es Mises al utilizar el significado de “valor de uso”.[5]

De esa manera tan poco elegante, Polavieja trata de sostener que la esencia de las mercancías es tener valor de cambio y no valor de uso. Pero, como ya ha quedado claro, eso dependerá necesariamente de la definición previa de mercancía. Así, si alguien definiera mercancía de forma muy amplia, como hemos visto que hace el diccionario Merrian Webster (“something useful or valued”), ese debate sobre la esencia de las mercancías no tendría sentido (cualquier bien útil o valorado sería una mercancía, sin importar si se le otorga valor de uso o valor de cambio). En definitiva, toda crítica y todo desprecio a Mises en ese sentido resultan absurdos.

Decisión sobre el uso y la enajenación

Pero centrémonos en la definición de mercancía de Polavieja/Menger. En mi opinión, la idea planteada se entiende perfectamente, pero debe quedar claro que el poseedor del bien puede cambiar su propósito de venderlo cuando le parezca oportuno (es su propiedad y, por lo tanto, en cualquier momento puede decidir consumirlo, regalarlo o incluso destruirlo).

Aparte de esa aclaración, quiero señalar que la última frase de Polavieja (“el bien solo tiene valor de venta para mí, no tiene valor de uso, no lo quiero consumir”) puede llevar a engaño. No digo que esté mal o sea incorrecta, pero puede dar lugar a malas interpretaciones. Por ese motivo, más adelante se abordarán en profundidad los conceptos valor de uso y valor de cambio.

Siempre dedicamos nuestros bienes a aquel uso que tiene una mayor utilidad y ese es su verdadero valor. El profesor guarda sus libros, el librero los vende. O el académico puede venderlos también si siente el aguijón de la pobreza[6]

¿Es bitcoin una mercancía?

Dicho esto, vayamos con el análisis crítico de las conclusiones relacionadas con Bitcoin a las que llega Polavieja a partir de su definición de mercancía. Si mercancía es “aquello que poseemos con el único propósito de venderlo” y “el carácter de mercancía no es intrínseco al propio bien, sino una relación que tenemos con ese bien”, ¿cómo llega Polavieja a la conclusión de que Bitcoin es una mercancía? Es decir, si la consideración de mercancía es siempre subjetiva, ¿basándose en qué podríamos definir a Bitcoin como una mercancía? Antes de continuar, quiero aclarar que, en mi opinión, Bitcoin es una mercancía, pero lo es en el sentido de la acepción del diccionario Merrian Webster (i. e., Bitcoin es una mercancía porque es algo útil o valorado).

Resulta evidente que, bajo la definición de mercancía de Polavieja, no se puede definir a Bitcoin como una mercancía. A lo sumo se podría afirmar que, en determinado momento, ciertas personas consideran como mercancía una determinada cantidad de bitcoins que poseen (es decir, que los consideran bienes dedicados al intercambio). Respecto a este asunto, se podría decir, incluso, que bajo la teoría de la mercancía de Menger en la que se apoya Polavieja no sería suficiente con el hecho de considerar esos bitcoins como bienes dedicados al intercambio. Esa consideración de mercancía se demostraría únicamente poniendo a la venta los bitcoins que uno posee.

Intercambio y precio

Por supuesto, admito que es posible tener la intención de intercambiar los bitcoins, pero no a cualquier precio. Esta posibilidad también la dejaba abierta Menger:

La mercancía es un bien económico destinado al intercambio. Pero no se define únicamente en razón del intercambio. El dueño de las mercancías tiene, sin duda, la intención de intercambiarlas. Pero no a cualquier precio.[7]

No obstante, el planteamiento de Menger es muy claro y de él se deduce que en el momento en que los poseedores de bitcoins tienen la capacidad de cambiarlos o venderlos a precios económicos (expresión de Menger) y, sin embargo, no lo hacen, ello solo puede ser debido a que en ese momento no los están considerando “mercancías”, sino otra cosa muy diferente que valoran por encima del hecho de destinarlos al intercambio. Posteriormente, los propietarios podrán cambiar de idea y dedicarlos al intercambio, pero, en tanto en cuanto no sea así, no pueden afirmar que los consideran mercancías en el sentido de Menger (y de Polavieja).

Ejemplos

Vayamos con algunos ejemplos clarificadores. Un trader es indudable que considera sus bitcoins como bienes dedicados al intercambio, y ello a pesar de que en ciertos momentos no los venda y esté esperando el precio que considera adecuado, según sus análisis. Esto es lo mismo que ocurre con un comerciante, podría vender en cualquier momento sus productos, pero decide poner un precio que considera ventajoso y esperar que los clientes los compren a ese precio (por supuesto, si esto no sucede, rebaja los precios). Por lo tanto, para un trader los bitcoins serían mercancías, en el sentido de Menger/Polavieja.

Otro ejemplo, muy diferente, lo encontraríamos en Michael Saylor y la empresa MicroStrategy (que fundó en 1989, dirigió hasta el año 2022, y controla de forma mayoritaria).[8] MicroStrategy tiene en su balance 132 500 bitcoins (enero de 2023) y, a decir de Saylor, no tiene ninguna intención de venderlos. De hecho, a menudo se refiere a la propiedad de esos bitcoins como “la granja familiar”, algo que nunca se debería vender.[9] Considera que posee el activo más deseable del universo y, por tanto, le parece absurdo querer venderlo.[10] En definitiva, esos bitcoins que forman parte del balance de MicroStrategy no se pueden considerar mercancías, en el sentido de Menger/Polavieja. Por otra parte, Saylor es solo un ejemplo, otros muchos poseedores de bitcoins consideran igualmente que por uno u otro motivo (acertado o equivocado) no deben vender sus bitcoins.[11]

“Medios de intercambio”

En algún momento de su respuesta a mi crítica, decía Polavieja que aunque estaba plenamente convencido de mi equivocación al interpretar a Menger renunciaba a usar el término “medio de cambio” (supuestamente por despejar el debate) y, en adelante, se limitaría a usar el término “mercancía” para referirse al estatus inicial de Bitcoin. Esto podría ser interpretado de una forma muy diferente. De hecho, yo lo hago de la siguiente manera: Como Serrano me ha pillado con el carrito de los helados en el asunto de los medios de intercambio, en lugar de reconocerlo voy a tratar de enfocarlo hacia el término mercancía y hacia los inicios de Bitcoin donde creo que lo tengo todo mejor atado… Sea esto realmente así o solo imaginaciones mías, enseguida se podrá comprobar que, a diferencia de Polavieja, yo no voy a rehuir el desafío.

Según afirma Polavieja, “Bitcoin es una mercancía pura”. Ya hemos visto el poco sentido que tiene decir esto a partir de su propia definición de mercancía, puesto que la consideración de un bien como mercancía dependería de la subjetividad del propietario de ese bien. También hemos visto el poco sentido de esa afirmación a través de un ejemplo.

Un propósito distinto

Como se acaba de mostrar, el caso de Saylor/MicroStrategy sirve para echar por tierra la idea de Polavieja de que Bitcoin es una mercancía (según su definición de mercancía, por supuesto). En opinión de Polavieja, una mercancía pura (supuestamente Bitcoin) es aquella que solo sirve para comprar y vender. Y, sin embargo, hemos comprobado con el ejemplo citado que esto no es así, que los bitcoins de Saylor/MicroStrategy tienen otro propósito. No obstante, hay que reconocer que este ejemplo no nos sirve para referirnos a los inicios de Bitcoin (que tanto nos interesan a Polavieja y a mí, aunque los interpretemos de manera diferente). Por tanto, en este caso lo mejor será utilizar el ejemplo de su creador, Satoshi Nakamoto. De nuevo, un ejemplo muy diferente a los anteriores. Veamos.

Antes de nada una aclaración. Hay otro punto de vista muy importante desde el que no tiene ningún sentido afirmar, como hace Polavieja, que “Bitcoin es una mercancía pura”. Y es que si hablamos de bienes dedicados al intercambio por sus propietarios, el bien en cuestión no sería Bitcoin (en general), sino una cantidad específica de bitcoins que su propietario considere relevantes para la acción. Y dado que hay diferentes propietarios con diferentes objetivos no es posible afirmar que todos los bitcoins son una mercancía pura. En el caso de aquellos propietarios de bitcoins que sí los consideran como bienes dedicados al intercambio (mercancía en el sentido de Polavieja/Menger), la acción efectuada por ellos debe ser coherente con dicha consideración, es decir, la acción de estos propietarios debe ir encaminada a destinarlos de hecho al intercambio (recordemos el concepto preferencia demostrada desarrollado por Rothbard).

Satoshi Nakamoto

Aquí es donde voy a introducir a Satoshi Nakamoto. El creador de Bitcoin posee aproximadamente un millón de bitcoins, que consiguió gracias al intercambio autístico (utilizando su tiempo y su ordenador personal para obtener bitcoins mediante “minado”).[12] Dado que en el sistema de funcionamiento de Bitcoin todas las transacciones son registradas de forma inmutable, es conocido que Satoshi no ha utilizado uno solo de sus bitcoins[13] para intercambiarlo por otros bienes. Polavieja da por hecho que Satoshi consideraba sus bitcoins como mercancías (bienes destinados al intercambio), sin embargo, los hechos demuestran lo contrario.

Es cierto que, si solo nos fijamos en los momentos iniciales, podría pensarse que el hecho de no dedicarlos al intercambio solo fue debido a que, en la práctica, esas unidades todavía no podían ser utilizadas para el intercambio por otros bienes (y es que los pocos interesados en esas unidades también podían conseguirlas mediante intercambio autístico, así lo hizo por ejemplo “Hal” Finney).[14]

Bitcoin como mercancía

También podría pensarse que el hecho de no venderlos en los momentos iniciales solo fue debido a que todavía no existía un precio de mercado. Y, en efecto, tuvieron que transcurrir varios meses para que apareciera un precio de Bitcoin en el mercado.[15] En realidad, ya he admitido la posibilidad de que el propietario de una mercancía no quiera venderla a cualquier precio y, por lo tanto, espere el momento adecuado (como sucede en el caso del trader y de cualquier comerciante). Pero realmente esas hipótesis ya pueden ser rechazadas. Hace mucho tiempo que Satoshi podría haber utilizado sus bitcoins para intercambiarlos por otros bienes (pagar bienes con bitcoins), y lo mismo se puede decir en el caso de que hubiera querido venderlos (obtener dinero fiat a cambio de bitcoins).

Si al menos hubiera vendido o intercambiado una pequeña parte de sus bitcoins, por pequeña que fuera, podríamos pensar que los utilizaba como mercancías, aunque prefiriera reservar la mayor parte en espera de una revalorización posterior. Sin embargo, nunca los ha utilizado para el intercambio, ni siquiera esa mínima parte, y ello a pesar de que sus bitcoins pronto se revalorizaron considerablemente.

Revalorización

Sirva como ejemplo que el último mensaje de Satoshi Nakamoto tuvo lugar el 12 de diciembre de 2010, pues bien, un mes antes, el precio de un bitcoin en el mercado había llegado a ser de 0,5 dólares. Esto suponía una revalorización de aproximadamente un 12 500 % con respecto al precio pagado por dos pizzas solo unos meses antes.

En definitiva, si las intenciones o los propósitos se demuestran andando, es evidente que hasta diciembre de 2010 Satoshi nunca consideró sus bitcoins como mercancías (bienes destinados al intercambio, según Menger/Polavieja) y tampoco lo ha hecho en el período que va desde 2010 hasta 2023. El propio Polavieja reconocía en su definición de mercancía citada al comienzo de este apartado que “mercancía es aquello que poseemos con el único propósito de venderlo”.

Zarandear el sistema

Se podrá especular con la idea de que Satoshi no ha utilizado sus bitcoins debido a que no ha querido poner en peligro el sistema, y estoy muy de acuerdo en que seguramente ese fuera/sea el motivo, pero tal cosa querría decir, precisamente, que valoraba o valora más la satisfacción directa que le proporcionaba o proporciona el hecho de mantener sus bitcoins intactos y no poner en peligro el sistema (valor de uso) que la satisfacción indirecta que de hecho le podía y le puede proporcionar dedicarlos al intercambio (valor de cambio).

Todo lo dicho implica que, a la hora de la verdad, Satoshi Nakamoto no ha considerado sus bitcoins como mercancías en ningún momento, por más que deseara que todos los bitcoins presentes en el mercado se pudieran utilizar como medios de intercambio (así es en la actualidad) y que posteriormente se generalizara su uso y se convirtieran en dinero (así puede ser en el futuro). Como vemos, lo primero (la consideración de sus bitcoins como mercancías) es independiente de lo segundo (el deseo de que se conviertan en MoE/dinero).

Cambio intrapersonal y cambio interpersonal

Un bien deja de ser mercancía en el instante mismo en que el sujeto económico que dispone de ella renuncia a su intención de venderla o bien pasa a manos de una persona que no tiene intención de intercambiarla.[16]

A estas alturas, creo que todos los bitcoiners deberíamos empezar ya a considerar que Satoshi Nakamoto ha hecho una donación al resto de propietarios de bitcoins (ceteris paribus, a menor número de bitcoins, mayor precio). Es decir, ha realizado un cambio intrapersonal o autístico en el que nos ha implicado a todos:

La frontera entre el cambio intrapersonal y el interpersonal resulta, por ello, nítida. Es cambio intrapersonal hacer obsequios unilateralmente, sin ánimo de ser correspondido por parte del donatario o de tercero. El donante goza de la satisfacción que le produce el contemplar la mejor situación personal del obsequiado, aunque éste no sienta agradecimiento.[17]

Valor de uso y valor de cambio

Para concluir este apartado quiero poner el foco sobre las siguientes palabras de Polavieja: “quisiera recalcar que mi argumento no es tanto el hecho histórico de que Bitcoin se demandara como mercancía sin ningún valor de uso, sino la posibilidad de que pudiera valorarse de esta manera”.[18] He rechazado por activa y por pasiva ese supuesto “hecho histórico” (y lo seguiré haciendo siempre que sea necesario). Pero, dado que también considero absurda la idea teórica de un bien con valor de cambio y sin ningún valor de uso previo, quiero decirle a Polavieja y a los lectores que acepto el reto de discutir ese planteamiento.

Así se hará en un artículo que será publicado próximamente en la revista Procesos de Mercado.[19] No obstante, dicho artículo estará enfocado únicamente desde un punto de vista teórico y general, así que en el presente trabajo dedicaré igualmente un apartado a los conceptos valor de uso y valor de cambio, que se desarrollará sobre la base del artículo citado, pero que se relacionará específicamente con Bitcoin (i. e., se utilizará para interpretar el fenómeno Bitcoin). Considero que ese apartado resultará fundamental a la hora de desmontar los habituales juegos de palabras y tergiversaciones que se dan en este asunto.

Sobre los medios de cambio

En un artículo anterior, afirmaba Polavieja que “para Menger lo que caracteriza a una mercancía es precisamente ser medio de cambio”.[20] En mi réplica a esa idea,[21] sostuve que Menger nunca defendió que la esencia de una mercancía fuera el hecho de ser un medio de cambio, sino simplemente ser un bien destinado al intercambio.

Mi opinión era (y es) que esa interpretación de Polavieja no se encontraba de ningún modo en la teoría de la mercancía de Menger. Para demostrarlo puse negro sobre blanco las teorías defendidas por Menger y mostré las incoherencias en que incurrirían estas teorías si se interpretaran como lo sugiere Polavieja (en ese caso, la teoría del surgimiento de los medios de intercambio y del dinero de Menger sería incoherente con su propia teoría de la mercancía). Dado que resulta difícil negar esta circunstancia, Polavieja ha tratado de salvar la situación alegando que cuando se refería a medios de cambio no se refería a medios de cambio indirecto, sino a medios de cambio en general.

Extra Menger

El problema que encuentro en esta alegación es que, aunque Polavieja se hubiera referido a medios de cambio en general y no a medios de cambio indirecto, Menger sí lo hace. Cuando Menger emplea el concepto medio de cambio lo hace inequívocamente en el sentido de “intermediario de los intercambios”, es decir, siempre refiriéndose a un intercambio indirecto (en perfecta sintonía con Mises: “el cambio indirecto se distingue del cambio directo según se emplee o no un medio”).[22] Esto se puede ver, por ejemplo, en la siguiente frase de Menger referida al dinero: “más allá de su función de medio de cambio (de intermediario del mercado de mercancías)”.[23]

Como se puede ver, no solo usa medio de cambio en el sentido indirecto, sino que además lo explica para aquellos que tengan dudas, dejando claro en una sola frase que los medios de cambio son los intermediarios del mercado de mercancías. Otra frase en la que queda claro que para Menger las mercancías no son medios de cambio es la siguiente: “La circunstancia de que una mercancía se convierta en medio de cambio…”[24] El propio Polavieja, en la primera parte de su artículo, dice lo siguiente: “Quisiera dejar claro que cuando digo «medio de intercambio» me estoy refiriendo a medio de intercambio indirecto, en oposición al intercambio directo o trueque”.[25]

Es decir, Polavieja (al igual que Menger y Mises) utiliza la expresión medio de cambio o medio de intercambio en sentido indirecto, por más que ahora quiera esconder su error diciendo que se refería a medios de cambio en general y no a medios de cambio indirecto. En definitiva, debo insistir en que la interpretación de Polavieja no se encuentra de ninguna manera en la teoría de la mercancía de Menger y, además, puede llevar a graves confusiones.

Medios directos e indirectos

No obstante, Polavieja no se conforma únicamente con esa alegación. Al leer la crítica que reciben sus argumentos, decide lo que coloquialmente se conoce como “marear la perdiz”. Rehúye en su respuesta el fondo de la cuestión y decide adornarse con argumentos irrelevantes y juegos de palabras. Por ejemplo, se escuda en unas palabras de Menger en las que dice que en alemán medio de cambio, además de ser usado en el sentido indirecto, también se usa para referirse simplemente a un bien destinado al intercambio. Y, para reforzar esta idea, Polavieja añade que “la mera existencia en la literatura económica de calificar algunos medios de cambio como “indirectos”, ya demuestra que existen los medios de cambio directos”.[26]

Empezando por esto último, tengo que decir que una cosa no se deduce de la otra. El hecho de que alguien se refiera a medios de cambio indirectos puede ser una simple redundancia. Pretender que tal cosa es una demostración es como pretender que la referencia a un “supuesto hipotético” demuestre la existencia de supuestos no hipotéticos o que referirse a una “opinión personal” demuestre la existencia de opiniones impersonales. Por otra parte, si Polavieja quería referirse a una acepción de la expresión medio de cambio con el significado de bien destinado al intercambio no necesitaba recurrir a una deducción tan poco afortunada, ni era necesario que viajara hasta Alemania, pues en español sucede algo similar. Una de las acepciones de medio, reconocidas por la RAE, es “cosa que puede servir para un determinado fin” (así se usa, por ejemplo, en las expresiones medio de transporte o medio de comunicación).

Lo que Menger quiere decir

Lo que quiero decir con esto es que lo relevante en nuestra discusión no es que la expresión medio de cambio pueda ser usada de esa manera, sino que Menger nunca la usa en ese sentido. De hecho, si Polavieja, en lugar de citar únicamente la primera parte de ese párrafo con la clara intención de “arrimar el ascua a su sardina”, hubiera citado el párrafo completo, se podría ver que lo que trataba de hacer Menger es, precisamente, evitar los posibles malentendidos. En ese párrafo, Menger explica que cuando use la expresión medio de cambio lo hará siempre con el sentido de “intermediario de los intercambios” (i. e., como medio de cambio indirecto). El párrafo completo (incluida la parte referida al uso de la expresión medio de cambio en alemán que es utilizada por Polavieja) es el siguiente:

La expresión «intermediario del intercambio» para designar la función de intermediación del dinero en el intercambio de bienes es incomparablemente más exacta que la de «medio de cambio», que en alemán se utiliza también para dar a entender cualquier otro bien destinado al intercambio. Pero como, en el lenguaje de la ciencia, para ambos conceptos se emplea la expresión «medio de cambio», y resulta difícil repetir continuamente la expresión «intermediario en el intercambio», en la exposición que sigue nos hemos atenido a la expresión usada hasta ahora siempre que la rigurosa distinción en los mencionados conceptos no da lugar a dudas.[27]

Estas palabras de Menger se corresponden con una nota aclaratoria al título del primer capítulo de su libro El Dinero. Ese título es “El origen de los intermediarios de uso general” y cualquiera que lea con atención el capítulo podrá darse cuenta de que Menger utiliza siempre medios de cambio en el sentido de “intermediario del intercambio”.[28] También utiliza en numerosas ocasiones esta última expresión, pero lo hace solo cuando de no hacerlo pudiera dar lugar a dudas y crear confusión (como explica en la nota citada). Parece ser que ni siquiera esta nota aclaratoria ha sido suficiente para que Polavieja entienda al bueno de Menger.

Tradición alemana

En resumen, se podría decir que Polavieja, con el objetivo de llevar a los lectores hacia su interpretación, ha recurrido a un uso irrelevante de la expresión medio de cambio, ha forzado una deducción a todas luces errónea y ha cercenado un párrafo a conveniencia. Después de tergiversar los argumentos de esta manera, Polavieja decide citar, por fin, unas palabras de Menger correspondientes a su teoría de la mercancía: “De ahí que un gran número de economistas, sobre todo germano-parlantes, entienda por mercancías los bienes (económicos) de todo tipo destinados al intercambio”.[29]

Por supuesto, nunca he puesto en duda esta circunstancia. En el primer párrafo de este apartado ya he dicho que “Menger nunca defendió que la esencia de una mercancía fuera el hecho de ser un medio de cambio, sino simplemente ser un bien destinado al intercambio”, y prácticamente con las mismas palabras sostuve en mi réplica original que “Menger en ningún caso afirma que toda mercancía sea un medio de cambio, sino que su esencia es estar destinada al intercambio.”

Intermediario de los intercambios

Sin embargo, Polavieja, que parece tener el valor de un torero, cita estas palabras de Menger como si demostraran mágicamente su posición, y para no entrar en explicaciones remata su escenificación con un pase de pecho diciendo: sobra ningún comentario adicional por mi parte”. Le diría a Polavieja que no me convence mucho eso de que sobren los comentarios (esto no es Twitter, aquí puede uno desarrollar sus argumentos) y tal vez los lectores hubieran agradecido alguna idea hilada y coherente, en lugar de simplemente dejarlas caer y obligar a quien quiera rebatirlas a tener primero que explicarlas.

Para dar por concluido este apartado, quiero insistir, una vez más, en que cuando Menger utiliza la expresión medio de cambio lo hace inequívocamente en el sentido de “intermediario de los intercambios”. Y, además, resulta definitivo que Menger nunca emplea la expresión medio de cambio en el desarrollo de su teoría de la mercancía. Únicamente utiliza esta expresión cuando desarrolla su teoría sobre el surgimiento de los medios de intercambio y del dinero (y siempre en sentido indirecto).

Así que, si Polavieja quiere jugar con las palabras mercancía, medio de cambio, valor de cambio; si Polavieja quiere tergiversar los argumentos para tratar de demoler la teoría monetaria aceptada mayoritariamente en la Escuela Austriaca, que es la de Mises (y que incluye su impecable teorema de la regresión); si Polavieja quiere confundir a los bitcoiners y austriacos más ingenuos para atraerlos hacia su teoría monetaria, tengo que decirle que no podrá hacerlo usando como excusa a Menger.


[1]Bitcoin es una mercancía II

[2]Polavieja no comprendió a Mises, tampoco a Menger

[3] Véase “Bitcoin es una mercancía

[4] Ídem

[5] Véase “Bitcoin es una mercancía II

[6] Böhm-Bawerk, Eugen von (1889) Teoría Positiva del Capital. Madrid: Ediciones Aosta, 1998, p. 280

[7] Menger, Carl (1871) Principios de Economía Política. Madrid:Unión Editorial, 2019, p. 310

[8] A este respecto, véase: https://capital.com/microstrategy-shareholder-who-owns-most-mstr-stock

[9] Véase https://cfi.co/finance/2022/08/michael-saylor-bitcoin-secrets/

[10] Sobre este asunto, véase https://mobile.twitter.com/saylor/status/1347621155738419200 Para evitar algunas posibles respuestas ventajistas, adelanto que, a finales del año 2022, MicroStrategy vendió 704 bitcoins. No obstante, dos días más tarde compró 810 bitcoins. Como muestra la información facilitada por la empresa a la Comisión de Bolsa y Valores (SEC), esos bitcoins se vendieron para generar beneficios fiscales: “MicroStrategy plans to carry back the capital losses resulting from this transaction against previous capital gains, to the extent such carrybacks are available under the federal income tax laws currently in effect, which may generate a tax benefit”. Sobre este asunto, véase https://www.binance.com/es/feed/post/143393

[11] Sobre este asunto, véase https://www.investortrip.com/never-sell-bitcoin/

[12] “La acción consiste fundamentalmente en sustituir una situación por otra. Cuando la acción se practica sin contar con la cooperación de terceros, podemos calificarla de cambio «autístico» o intrapersonal. Un ejemplo: el cazador aislado, que mata un animal para su propio consumo, cambia su ocio y cartucho por alimentos.” Mises, Ludwig von (1949): La Acción Humana. Madrid: Unión Editorial, 2007, p. 233

[13] En adelante, señalaré siempre en cursivas las palabras “sus bitcoins” para indicar que cuando se habla de Bitcoin desde un punto de vista económico y monetario, en realidad se habla siempre de las unidades de ese bien relevantes para la acción, no del bien en sentido filosófico o general.

[14] “Hal” Finney en https://bitcointalk.org/index.php?topic=155054.0 :“When Satoshi announced the first release of the software, I grabbed it right away. I think I was the first person besides Satoshi to run bitcoin. I mined block 70-something…” Es decir, Finney comenzó a minar menos de un día después de que lo hiciera Satoshi.

[15] Nueve meses después del “nacimiento” de Bitcoin se creó el primer exchange específico. Este primer mercado organizado, en el que se podían comprar y vender bitcoins, se denominó New Liberty Standard. En la web de New Liberty Standard se podía leer lo siguiente: “An Economic Revolution: Bitcoin is the gold standard of digital currency. The availability of bitcoins can not be manipulated by governments or financial institutions and bitcoin transactions occur directly between two parties without a middleman.”

Su propietario había lanzado la idea en un foro y Martti Malmi, uno de los colaboradores más cercanos a Satoshi Nakamoto, vio la iniciativa con interés, por lo que decidió colaborar en su consecución. Malmi vendió 5050 bitcoins al propietario del exchange por un importe total de 5,02 dólares. Es la primera transacción registrada de bitcoins por dólares de la que se tenga noticia. Fue realizada a través de PayPal. Comprador y vendedor se pusieron de acuerdo en establecer el precio calculando el coste energético necesario para minar dicha cantidad de bitcoins. Es decir, Martti Malmi (uno de los principales desarrolladores de Bitcoin en aquellos momentos) estaba interesado en facilitar que el exchange comenzara su actividad, por lo que vendió esos bitcoins al propietario de New Liberty Standard a precio de coste.

Esto sucedió el 12 de octubre de 2009, a partir de ese momento, el precio de intercambio de bitcoin comenzó a fluctuar libremente en el exchange. En febrero de 2010, surgió el segundo exchange. Un usuario de Bitcointalk denominado dwdollar creó un portal llamado “Bitcoin Market” en el que se podían comprar y vender bitcoins de persona a persona, mediante sistemas de pago como Paypal. En el mensaje original, decía dwdollar que intentaba “crear un mercado en el que los bitcoins se trataran como una mercancía”. Un mercado en el que la gente pudiera “intercambiar Bitcoins por dólares y especular sobre su valor”.

[16] Menger, 1871, óp. cit., p. 302

[17] Mises, Ludwig von (1949): La acción humana. Madrid: Unión Editorial, 2007, p. 234

[18] Véase “Bitcoin es una mercancía II

[19] En un trabajo realizado en colaboración con el profesor Philipp Bagus y que será publicado en el próximo número de la revista Procesos de Mercado, se han analizado los conceptos valor de uso y valor de cambio. Este trabajo incluye la refutación de la posibilidad de un bien con valor de cambio y sin valor de uso previo.

[20] Véase “Mises no comprendió a Menger”

[21] Véase “Polavieja no comprendió a Mises, tampoco a Menger

[22] Mises, Ludwig von (1912) La Teoría del Dinero y del Crédito. Madrid: Unión Editorial, 1997, p. 4

[23] Menger, Carl (1892): El dinero. Madrid: Unión Editorial, 2013, p. 162

[24] Ibídem, p. 95

[25] Véase “Bitcoin es una mercancía

[26] Véase “Bitcoin es una mercancía II

[27] Menger, 1892, óp. cit., p. 97

[28] Ejemplo del uso por parte de Menger de la expresión medio de cambio en el sentido de medio de intercambio indirecto [las cursivas en los siguientes textos son mías]: “Quien en cambio acude al mercado con mercancías de otro género, se encuentra normalmente en una situación menos favorable que antes, en el caso de que quiera cambiarlas directamente por bienes que necesita particularmente. En efecto, en el mercado encuentra ya consolidada la costumbre de servirse de un medio de cambio, con la consecuencia de que un intercambio directo de bienes —ya de por sí incierto y difícil en los mercados en los que se practicaba el trueque— se hace desde ese momento todavía más difícil y en definitiva y por regla general incluso casi imposible.” Menger, 1892, óp. cit., p. 94.

[29] Menger, 1871, óp. cit., p. 300

Serie Polavieja no comprendió a Menger; tampoco a Mises

I Mercancía y teorema de la regresión

Refutación del teorema de regresión de Mises

De nuevo un título pretencioso para mi artículo, considerando que no pertenezco al mundo académico y reconozco abiertamente desconocer la forma de elaborar una refutación formal tal y como supongo que se haría en el ámbito académico. En cualquier caso, aunque sea informalmente, hoy trataré de exponer de la manera más clara posible los argumentos que a mi modesto entender invalidan el teorema de regresión de Mises, que el autor expone así en La Acción Humana:

Ninguna mercancía puede emplearse como medio de intercambio si, antes de ser utilizada como tal, no tenía ya valor de cambio por razón de otros posibles empleos. Y todas las afirmaciones implícitas en el teorema regresivo se enuncian apodícticamente desde el apriorismo praxeológico. Las cosas deben suceder así. No es concebible ninguna otra situación en que las cosas sucederían de modo diferente. [..]

Tratándose del dinero, los juicios de valor sólo son posibles si se basan en la tasación de la moneda. La aparición de una nueva clase de dinero presupone que el objeto en que se materializa goce ya anteriormente de valor de cambio a causa de su utilidad para el consumo o la producción. Ni el comprador ni el vendedor pueden estimar determinada unidad monetaria si no conocen su valor de cambio —su poder adquisitivo— en el inmediato pasado.

Ludwig von Mises. La Acción Humana, capítulo XVII, sección 4.

La refutación express de este teorema es afirmar que el valor de cambio o la expectativa de valor de cambio es un valor de uso más, cosa con la que yo estoy totalmente de acuerdo. Pero entonces me quedo sin artículo porque tendría que terminar aquí. No va a ser ese mi argumento, aunque me sorprende sobremanera que algunos autores como George Pickering lo utilicen para defender el teorema diciendo que por valor de uso Mises se refiere a cualquier valoración subjetiva posible, y ahí estaría incluida la valoración por expectativa de utilidad monetaria.

Eso no es una defensa, sino una deshonesta interpretación de Ludwig von Mises que vacía totalmente de contenido su teorema. Igualmente, también lo vaciaría de contenido afirmar que si el objeto en cuestión consigue tener algún valor de cambio ha de ser obligatoriamente por una valoración subjetiva cualquiera, incluso trivial o peregrina, pero distinta de la monetaria, porque entonces el teorema caería en la falacia de la petición de principios, falacia en la que Mises no cae porque el sí explica por qué las cosas no podrían suceder de modo diferente. Y ese por qué es lo que voy a refutar.

En artículos anteriores ya expliqué que el problema de fondo del planteamiento de Ludwig von Mises es que parte de que el valor subjetivo del dinero viene determinado por su valor de cambio objetivo, su poder adquisitivo.  En lugar de adherirse a la teoría más general ya establecida por Carl Menger que no necesita hacer un caso especial para el dinero, y, por tanto, es una teoría superior, al explicar que el valor subjetivo de los medios de intercambio proviene, como la de cualquier otro bien, de sus cualidades para satisfacer una necesidad. En este caso, la necesidad de intercambiar gracias a sus cualidades como herramienta para facilitar los intercambios, y contribuir en consecuencia a incorporar el valor que aportan los intercambios a ambas partes. Pero en este artículo me voy a limitar a los argumentos que utiliza Mises como cimientos de su teorema de regresión para demostrar que no se sostienen y que no son compatibles con sus propias categorías de la acción y de la empresarialidad. Comenzamos

Por mera introspección, es muy sencillo demostrar que es posible especular que un objeto sin valor de uso ni precio previo pueda tener valor de cambio. El hecho de que yo mismo lo esté escribiendo ahora lo demuestra. Pero lo mío no tiene ningún mérito, si lo tiene, sin embargo, que Carlos Bondone en el contexto de criticar al teorema de regresión lo planteara allá por 2006, Milton Friedman en 1999, Wei Dai en su B-Money en 1998 o Nick Szabo con su BitGold también en 1998.  Y de la misma manera que no podemos afirmar con certeza que un individuo demandó un objeto por una razón concreta porque no estamos en su cabeza, tampoco podemos negar o excluir ninguna otra razón.  La propia categoría de bienes imaginarios de Menger ya nos avisa que cualquier cosa es posible, el único límite es la creatividad humana.

Mucho más aventurado aún sería afirmar que incluso aunque el individuo crea demandar un objeto por una razón, los economistas teóricos desde fuera le enmienden la plana y afirmen que en realidad lo está demandando por otra razón, aunque el pobre diablo ignorante no se de cuenta, porque como defensores de la teoría del valor subjetivo sabemos más que el propio sujeto que valora.

Recordemos, además, que para que un bien económico sea tal no tiene que satisfacer una necesidad presente, basta con que se anticipe que lo haga en el futuro. Esta idea no solo está presente en Menger, sino también en Böhm Bawerk y el propio Mises.  La mera noción de “bien futuro” implica la idea de una cosa que aun existiendo en el presente, su naturaleza económica está sujeta a eventos esperados en el futuro, y que con el correspondiente descuento tiene valor de cambio actual.  

Pero es que además, Mises no sostiene que especular con la posibilidad de un candidato a medio de intercambio sin ningún valor de uso sea imposible. No está ahí el problema. El problema concreto que identifica Mises es que aunque un individuo pretenda especular con un valor de cambio futuro, no va a poder calcularlo si para dicho candidato no se conoce ningún valor de cambio en el pasado. Este es el único “problema” que identifica Mises, veamos:

Pero sólo partiendo del poder adquisitivo del pasado inmediato puede el interesado formarse una idea del que en el futuro tendrá la moneda. Es este hecho el que diferencia radicalmente la determinación del poder adquisitivo del dinero de la determinación de las mutuas razones de intercambio que entre los demás bienes y servicios económicos puedan darse.

(Mises, 2011, p. 493)

Tratándose del dinero, los juicios de valor sólo son posibles si se basan en la tasación de la moneda. La aparición de una nueva clase de dinero presupone que el objeto en que se materializa goce ya anteriormente de valor de cambio a causa de su utilidad para el consumo o la producción. Ni el comprador ni el vendedor pueden estimar determinada unidad monetaria si no conocen su valor de cambio —su poder adquisitivo— en el inmediato pasado.

(Énfasis mío. Mises, 2011, p. 494)

Aquí Mises da un salto demasiado grande hasta el dinero. Pero en una interpretación generosa se puede entender que lo anterior aplicaría igualmente a cualquier otro bien que se espera pueda llegar a ser, de entrada, medio de intercambio no generalmente aceptado y quizá posteriormente, dinero. 

¡La verdad es que lejos de ser ningún “problema”, la falta de valor de cambio previo es de hecho todo lo contrario! ¡Es un incentivo! El escenario que nos plantea el propio Mises consiste en que el objeto en cuestión no tiene ningún valor de uso para nadie, y además no tiene precio porque nunca ha sido intercambiado.  Esto es una clara prueba de que aún no es un bien económico para todos los demás y, por tanto, no es necesario competir con nadie para obtener unidades de ese objeto. 

Si el individuo está observando las cualidades monetarias del objeto, es decir, que la cantidad de ese objeto es limitada, que es barato de almacenar, fácil de atesorar, etc. Entonces es razonable asumir que el sacrificio necesario para atesorar ese objeto es pequeño, y, por tanto, lo racional sería atesorar la mayor cantidad posible, pues, la ecuación coste/beneficio es extremadamente favorable, por muy bajas que sean las probabilidades de que su previsión se cumpla. Pero independientemente de la magnitud del sacrificio, lo relevante es que sea menor que el valor que se espera obtener en el futuro.

Una vez que el sujeto toma la decisión de atesorar ese objeto, tiene también el incentivo para demandar cualquier cantidad adicional que pueda crearse para generar escasez y así estimular su potencial valor de cambio, sobre todo si el coste de atesorar unidades adicionales sigue siendo muy bajo. Todo este atesoramiento tiene dos consecuencias. La primera es que el objeto en cuestión pasa a ser un bien económico, pues la demanda pasa a ser mayor que la cantidad disponible. Y la segunda es que se generan precios por la vía de intercambios autísticos, por lo que ya tendríamos precios pasados y, en consecuencia, queda resuelto el gran “problema” que tanto atormenta a Mises.

En la siguiente cita, Mises observa la oportunidad de anticiparse a que una mercancía sea mejor medio de intercambio que otras sin que los demás agentes se hayan dado cuenta, existiendo por ende una oportunidad de negocio: 

Quien mediante un cambio directo no puede procurarse aquello que desea, incrementa sus posibilidades de hallar posteriormente el bien apetecido si se procura mercancías de más fácil colocación en el mercado. [..] Los más perspicaces serían los primeros en advertir la conveniencia de recurrir a este procedimiento, imitando más tarde su conducta los de menores luces.

(Mises, 2011, p 488)

¿Por qué esta empresarialidad es posible cuando el precio proviene de un valor de uso, pero no cuando el coste de adquirir ese objeto (precio) es cero o cercano a cero? ¿No es la oportunidad de negocio muchísimo más clara en el segundo caso?

Por otro lado, el razonamiento que hace Mises sobre las mercancías anteriormente desconocidas con potencial valor de uso sirve igualmente para un objeto desconocido destinado única y exclusivamente al intercambio. Veamos el razonamiento:

Cuando una mercancía anteriormente desconocida aparece en venta — como sucedió, por ejemplo, con los aparatos de radio hace algunas décadas— el único problema que a la sazón se plantea es si el placer que el nuevo artefacto proporcionará resulta mayor o menor que el que se espera de aquellos otros bienes a los cuales hay que renunciar para adquirir el objeto en cuestión.

(Mises, 2011, p.494)

Pareciera que para Mises es absolutamente inconcebible que un individuo asuma el riesgo de hacer acopio de un potencial medio de intercambio, aunque pueda equivocarse en su expectativa, pero no tiene ningún problema en concebir que alguien pueda asumir el riesgo de adquirir un receptor de radio esperando que vaya a satisfacer su necesidad de escuchar música o de informarse y que luego esa expectativa no se cumpla porque el nuevo invento acabe por no funcionar, como por cierto pasa con la gran mayoría de los inventos (no caigamos en el sesgo de confirmación) ¿Dónde está la diferencia? ¿O es que la expectativa de un mayor placer se tiene que cumplir si o si?.  No tiene sentido.

Como hemos explicado más arriba, atesorar unidades de este nuevo objeto destinado únicamente al intercambio supone un sacrificio, y por ello, al igual que con el aparato de radio, basta con esperar que el valor del objeto sea mayor al de los bienes a los que el individuo tiene que renunciar para obtenerlo (precio autístico o intrapersonal), y el primer y el segundo demandante ya pueden utilizar el precio autístico inicial como tasación basándonos en la que acordar el primer precio interpersonal.

En el caso Bitcoin, para Satoshi y los demás mineros iniciales, sin que existiera ninguna referencia anterior del poder adquisitivo de Bitcoin, decidieron obtener unidades a cambio del coste de la electricidad que consumían sus ordenadores, los demás costes asociados como la conexión a Internet, o el deterioro del ordenador, y el coste de oportunidad de su tiempo que, por ejemplo, un profesional independiente lo suele valorar en una cantidad de dólares por hora.  Para estas personas, el valor de las unidades de Bitcoin que minaban era mayor que el del tiempo y los bienes a los que renunciaron, y procedieron, por tanto, a este intercambio autístico y generar un primer precio sin que existiera ningún otro antes.  Como decíamos al principio, nadie, ni siquiera los economistas, están en posición de asegurar con certeza que estos pioneros de Bitcoin no lo demandaban única y exclusivamente por la expectativa de que fuera a ser un medio de intercambio.

De hecho, el 5 de octubre de 2009, cuando aún no se conocía ningún intercambio de Bitcoin por ningún otro bien, es decir, nos enfrentábamos el gran problema que tanto incomoda a Mises, el mercado lo resolvió de manera trivial. New Liberty Standard, la primera plataforma de venta de Bitcoin, que lo publicitaba no como “reto intelectual” ni “coleccionable criptográfico chulo” o “rareza” sino como “moneda digital” y que animaba a utilizarlo para realizar pagos en Internet cuando, recordemos, nunca había sido intercambiado interpersonalmente aún, lo que hizo fue precisamente tomar como referencia el precio de los intercambios autísticos, que en aquel momento era básicamente el coste de la electricidad: 

Durante 2009, mi precio de referencia se calculó dividiendo 1 dólar por el consumo medio de electricidad requerida para mantener un ordenador funcionando a máxima capacidad de proceso durante un año, 1331.5 kWh, multiplicado por el coste medio de la electricidad en Estados Unidos durante al año anterior, $0,1136, dividido por 12 meses y por el número de bitcoins generados por mi ordenador durante los últimos 30 días.

(Traducción libre. Way Back Archive.)

El 12 de octubre de 2009, el día que se produjo el primer intercambio conocido de Bitcoin por dólares en esta plataforma, el precio estimado de estos intercambios autísticos era 0,0011 Dólares por Bitcoin, y esta primera transacción se produjo finalmente a 0,000994 dólares por Bitcoin. 

Este hecho anecdótico lo relato a efectos meramente ilustrativos para una mejor comprensión de mi argumento. Pero no pretendo falsar el teorema, sino refutarlo con argumentos. Y mi argumento se resume en los siguientes tres puntos:

  1. Las categorías de la acción y la empresarialidad no impiden en modo alguno que un sujeto atesore un nuevo objeto sin valor de uso ni precio previo esperando que gracias a sus cualidades pueda ser medio de intercambio y demandado por otros agentes que, al igual que él, también puedan concluir que tiene las cualidades para serlo.  
  1. Que la inexistencia de valor de uso ni valor de cambio previo, es decir, que hasta ese momento el objeto no era un bien económico para nadie, no solo no impide hacer acopio de un objeto sino que, todo lo contrario, si existe la expectativa descrita en el punto 1 lo incentiva.
  1. El mero hecho de hacer acopio del objeto con la única expectativa de que será un medio de intercambio en el futuro, ya genera un precio autístico y resolvería el gran problema que identifica Mises. Con respecto a este punto, creo que Mises no cayó en la cuenta de esta posibilidad para resolver su “problema”. 

Con respecto al punto 1, es importante notar que la demanda por parte de otros agentes en absoluto se trataría de ninguna profecía autocumplida, ni confianza de aceptación, ni creencia o alucinación social compartida. Nada de eso. Se trata de observar que el objeto tiene las cualidades apropiadas para satisfacer la necesidad de intermediar intercambios. A saber: Oferta limitada, duradero, fácil de atesorar, fácil de verificar, difícil de falsificar, etc. Igual que se puede observar que un receptor de radio tiene las cualidades para satisfacer la necesidad de escuchar música o informarse de la actualidad. 

Con respecto al punto 3, considero innecesario que haya que conocer los precios previos de ningún objeto, sea cual sea su utilidad esperada, para determinar un nuevo precio, ni autístico ni interpersonal. Para calcular un primer precio interpersonal basta con que comprador y vendedor acuerden cualquier razón de intercambio mediante un proceso de regateo o subasta. Cualquier precio voluntariamente acordado por las partes es válido. 

En conclusión, el problema que identifica Mises se reduce a la falta de valor de cambio previo, que según él impide realizar un proceso de tasación por parte del comprador y, por tanto, impide totalmente su demanda.  Pero la realidad es que en este escenario que describe Mises donde el objeto candidato a medio de intercambio es aún una simple cosa inservible para todo el mundo y solo tiene el carácter de bien económico para una o muy pocas personas, dicho proceso de tasación no sólo es perfectamente posible, sino que además es un escenario que incita a hacer el máximo acopio posible de dicho objeto. Este problema que trata de razonar Mises es, por tanto, claramente inexistente. Y si cae este razonamiento, cae todo su Teorema de Regresión.

Referencias

Bondone, Carlos (2006). Teoría de la Relatividad Económica. www.carlosbondone.com

Dai, Wei (1998), http://www.weidai.com/bmoney.txt 

Friedman, Milton (1999) https://www.youtube.com/watch?v=_YEotCxF48I

Mises, Ludwig von (2011)[1949] La acción humana. Unión Editorial, Madrid.

New Liberty Standard (2009). Página web archivada de en Wayback Machine 

Szabo, Nick (1998) https://unenumerated.blogspot.com/2005/12/bit-gold.html

El sistema de pérdidas y ganancias en el mercado y su vinculación con la incertidumbre: su impacto en el sistema político

El objetivo de Carl Menger era descubrir leyes en el campo de la economía y, basándose en su descubrimiento, establecer qué arreglo económico contribuiría mejor a que las personas puedan satisfacer sus necesidades siempre y cuando las condiciones económicas así lo permitieran. Afirmó claramente que su mayor preocupación era la solución de los problemas del bienestar humano, que es un interés público de la mayor importancia (1871, 46). Este empeño mengeriano es similar a la preocupación de Adam Smith, que también buscaba asegurar la “riqueza de las naciones” (1776) en lugar de dar consejos empresariales sobre cómo enriquecerse a unos pocos elegidos.

El principal punto de partida de Menger para realizar su análisis económico era que, en el ámbito de la economía, la característica fundamental inherente al ser humano es la capacidad de pensar, de descubrir nuevas conexiones y de poner en práctica novedosos descubrimientos para, mediante su trabajo, garantizar la disponibilidad de los requisitos materiales que se consideran necesarios para la vida. Así lo expuso en el capítulo “Las causas del progreso del bienestar humano” (1871, 71-73).

La tesis de los ‘Principios’

La tesis implícita más importante de los Principios de Economía es que los mercados libres competitivos son el mejor entorno institucional para garantizar los bienes considerados necesarios. La escasez en un contexto de incertidumbre y las leyes del mercado obligan a los individuos a descubrir cómo economizar e innovar, con el objetivo de satisfacer sus necesidades y deseos de la mejor manera posible con bienes, si es que estos se consideran que necesarios para su bienestar. Las leyes de los mercados son consecuencias de las acciones, los deseos y las limitaciones humanas. Las leyes económicas recompensan a quienes inventan y producen bienes que son adquiridos por los consumidores, impulsando así el progreso del bienestar humano y el avance de la civilización. La recompensa por aplicar un descubrimiento o introducir elementos innovadores y por economizar es una ganancia inusualmente alta.

La ganancia es la consecuencia de una posición de monopolio temporal del primero en mover ficha en un nicho de mercado, siempre que ofrezca bienes buscados por los consumidores. En esta cadena de causalidad, Menger no necesitó invocar el factor de la incertidumbre como razón de la recompensa empresarial, como hicieron los pensadores económicos anteriores a Menger, como Richard Cantillon o Anne Robert Jacques Turgot, o después de Menger, como Frank Knight.

No obstante, sostengo que la incertidumbre es un factor subyacente importante si se tiene en cuenta el impacto social y político más amplio del sistema de beneficios y pérdidas de los mercados y su conexión con el monopolio.

Menger, incertidumbre y escasez

Menger no discutió las implicaciones políticas de sus teorías. Siguió la tradición de la economía política británica e investigó la vida económica “pura” y las motivaciones económicas “puras” (Sobre la tradición del análisis económico puro véase: Bagehot, 1885). Menger rara vez se aventuró a hacer observaciones sobre la aplicación práctica de sus teorías y no discutió las acciones extraeconómicas de los seres humanos para garantizar sus necesidades de bienes.

En la próxima sección, partiendo de la teoría mengeriana sobre el monopolio y su relación con la ganancia, demostraré cómo la interacción entre la incertidumbre y las acciones extraeconómicas dan forma a nuestros sistemas sociales y políticos.

Para Menger, la incertidumbre y la escasez son las condiciones clave que configuran la acción económica humana con la fuerza de una ley exacta. La incertidumbre tiene dos fuentes. Una es el conocimiento imperfecto; la otra son los acontecimientos externos impredecibles, incluidas las acciones de otros seres humanos.

Incertidumbre e innovación

Una de las principales consecuencias de la incertidumbre es el esfuerzo constante de los agentes económicos por perfeccionar sus conocimientos y reducir su incertidumbre. La paradoja es que la ampliación de los conocimientos y los descubrimientos (invención e innovación) también provocan nuevas incertidumbres, y no sólo eliminan las antiguas. Traducir este efecto paradójico en la acción empresarial significa que, mientras los empresarios de éxito obtienen beneficios extraordinarios por resolver un problema, otras empresas establecidas en los nichos de mercado afectados sufren pérdidas o incluso se enfrentan a la quiebra. Así, paradójicamente, para las empresas establecidas, una de las mayores causas de incertidumbre es el descubrimiento empresarial y la consiguiente entrada de un competidor o competidores inesperados.

Así pues, un sistema económico basado en el mercado no solo permite obtener beneficios a los empresarios de éxito, sino también un sistema de pérdidas y ganancias, como señaló sucintamente Ludwig von Mises (1949). Como consecuencia, la competencia equivale a destrucción para quienes sufren la disminución de beneficios, o incluso la quiebra.

Destrucción creativa en el libre mercado

La naturaleza de doble cara de la competencia fue bien captada por el famoso término de Schumpeter “destrucción creativa“, que es el proceso incesantemente revolucionario de invención e innovación que destruye la antigua estructura económica, al tiempo que crea una nueva (Schumpeter 1943). La incertidumbre provocada por la competencia y la innovación no sólo pone en peligro a las empresas establecidas, sino también a sus empleados, a sus proveedores y a sus trabajadores, afectando así al sustento de muchas familias.

Así, mientras que una economía de libre mercado es el entorno institucional más propicio para la aparición constante de empresarios con ideas innovadoras, para las empresas establecidas la mayor fuente de incertidumbre es la innovación empresarial basada en nuevas invenciones.

En el contexto de la incertidumbre provocada por la destrucción creativa en el libre mercado, la idea mengeriana de la obtención de beneficios basada en el monopolio, conduce a la consecuencia práctica de por qué se desarrolla una interacción entre los agentes económicos y el intervencionismo estatal (o regulación comunitaria) en la vida económica: para limitar la competencia y garantizar la estabilidad y la seguridad “tradicional”. Así, una forma crucial de reducir o eliminar la incertidumbre debida a la competencia es limitar la competencia asegurando un monopolio permanente de un orden bien regulado en lugar del monopolio temporal de los mercados competitivos.

Gremios y monopolistas

Menger tenía muchos ejemplos de este tipo de acciones de limitación de la competencia en los Principios de Economía en nombre de las empresas establecidas para minimizar la incertidumbre derivada de la competencia. Señaló que es común que un monopolista defienda “su posición contra la entrada de un competidor de la manera más beligerante”. Pero, una vez que el competidor ha establecido su posición, también es habitual que intenten llegar a un entendimiento entre ellos para seguir una política monopolística modificada, repartiéndose el mercado entre ellos (1871, 221).

De forma similar, señaló a los gremios como organizaciones monopolísticas de productores locales, cuya intención es limitar la competencia en parte mediante la regulación interna de la producción por parte de sus miembros y, al mismo tiempo, impedir la entrada de nuevos competidores en el mercado (1871, 215). También mencionó que la compulsión legal puede limitar la entrada de competidores mediante la concesión de monopolios legales, la regulación de los derechos de autor y las marcas registradas (1871, 55).

Regulación y monopolio

El objetivo del monopolio regulador es proteger de la competencia a las empresas establecidas (1871, 216). En la práctica, la regulación garantiza el monopolio permanente y el flujo ininterrumpido de la posición de monopolio y del beneficio monopolístico para el empresario o grupos de empresarios privilegiados, limitando o bloqueando el acceso de nuevos empresarios con nuevas ideas en los nichos de mercado monopolizados.

Por lo tanto, existe un incentivo y, de hecho, un esfuerzo constante por parte de las empresas establecidas para limitar la competencia tanto como sea posible a través de la regulación comunitaria o estatal y para dificultar o bloquear por completo la entrada de nuevos empresarios en un nicho de mercado, y de esta manera garantizar una seguridad permanente y sin perturbaciones y el beneficio del monopolio para las empresas existentes.

Karl Polanyi

Karl Polanyi en La gran transformación (1944) argumentó que el capitalismo industrial de libre mercado del siglo XIX provocó el surgimiento de contra-movimientos populares protectores en variadas formas de varias capas de sociedad contra las fuerzas destructivas y la inseguridad del capitalismo, que destruye las comunidades humanas. Los contra-movimientos, junto con el intervencionismo estatal, pretendían limitar el libre comercio para garantizar la seguridad frente a las fuerzas destructivas de los mercados.

Basándome en las ideas mengerianas, sostengo que los movimientos populares no solo surgen de una dirección que pretende lograr el proteccionismo y el control del mercado como planteaba Polanyi. En mi opinión, por lo que se refiere a la regulación de los mercados, hay dos contra-movimientos opuestos que compiten en cualquier sociedad. Uno por menos regulación, a favor de una mayor libertad, por una entrada más libre en los mercados; otro por más regulación, por la limitación de los mercados y a favor de una mayor restricción del libre comercio y, en su forma más radical, por la eliminación completa de los mercados en forma de socialismo marxista.

La razón de estos dos movimientos contrarios en pugna es la consecuencia económica y social de los dos tipos de monopolio existentes, tal como los describió Menger, en el contexto de escasez e incertidumbre.

Los riesgos del monopolio regulador

Menger sostenía que la posición de monopolio regulador o permanente garantiza la seguridad, pero también tiene desventajas. En una economía monopolizada, que carece de competencia, el productor monopolista no está interesado en la innovación tecnológica, ni en la invención de nuevos productos. Tampoco está interesado en economizar la producción, haciéndola más eficiente y producir más bienes a un precio más barato.

Su beneficio monopolístico está asegurado y no hay ninguna razón de peso para que el monopolista se esfuerce por satisfacer todas las necesidades. El elevado precio fijado en un mercado no competitivo significa que los consumidores de los estratos de renta más bajos no pueden permitirse comprar los bienes monopolizados. Los consumidores compiten por los bienes escasos, y el productor monopolista disfruta de una posición privilegiada y de unos beneficios inusualmente altos.

La consecuencia negativa más importante de la red de monopolios es la escasez generalizada, el bajo nivel de consumo muy por debajo de las necesidades, el estancamiento tecnológico y social y el arraigo de élites oligárquicas explotadoras, mientras que el resto de la población es pobre o más pobre de lo que podría ser en caso de una economía de mercado abierta y competitiva.

Mercado libre

Por otra parte, un mercado libre hace posible la entrada de competidores en cualquier nicho de mercado, lo que garantiza una economía de mercado dinámica y el progreso económico. La competencia fomenta tanto la invención y la innovación como la reducción de los residuos al forzar una producción cada vez más eficiente. La competencia obliga a las empresas a bajar sus precios, reducir sus beneficios y aumentar la producción. De este modo, permite que las personas de los estratos de renta más bajos puedan consumir aquellos bienes que antes solo consumía una reducida élite. Esto garantiza la mejor satisfacción posible de las necesidades humanas individuales y de la sociedad en general, en la medida en que el bienestar puede garantizarse con una oferta de bienes.

Sin embargo, la consecuencia negativa de los mercados libres es la falta de estabilidad y seguridad, la incertidumbre y la destrucción, según la expresión de Schumpeter.

Así pues, los mercados libres y los mercados cerrados ofrecen ventajas y desventajas. En consecuencia, hay movimientos populares tanto a favor como en contra del libre mercado y del proteccionismo.

Siempre hay personas con rasgos empresariales que están a favor de la libre entrada en los mercados; gente que quiere libertad, vivir mejor, que quiere hacer realidad sus ideas y sus sueños. Pero todo orden regulado y estancado limita la prosperidad. Hay, además, personas insatisfechas que culpan de su miseria al orden oligárquico que explota los frutos de su trabajo. Incluso las propias élites atrincheradas pueden tener interés en un mercado más libre para tener acceso a lujos producidos en otros lugares y de obtener ingresos extra para cubrir sus necesidades de consumo.

Por otro lado, siempre hay personas y empresas establecidas que quieren más seguridad, orden, ingresos estables y estabilidad limitando la competencia y asegurándose una especie de posición de monopolio. Pugnan por la regulación comunitaria o la intervención estatal para limitar el caos, las injusticias del libre mercado y el poder de los capitalistas, y crear una especie de sociedad monopolizada y jerarquizada, con un orden bien establecido y con las menores perturbaciones posibles en la vida económica.

La posición de las élites

La influencia relativa de los movimientos populares promercado y proteccionistas en liza se decide en función de la posición de las élites políticas gobernantes que dominan la maquinaria estatal con su inmenso poder sobre la sociedad. Si no se alcanza un compromiso entre ambos, existe la posibilidad de que se produzca un golpe de Estado o una revolución, y de que uno de los dos se imponga al otro.

Las élites políticas están tan divididas como la propia sociedad en cuanto a adoptar un orden proteccionista, jerárquico y oligárquico u optar por un orden más libre y dinámico, que perturbe las jerarquías y la estabilidad tradicionales.

Por un lado, los gobernantes pugnan por la estabilidad del orden interno y jerárquico, que garantice un sistema oligárquico con una influencia política imperturbable. Esto empuja a la élite política a adoptar estrategias a favor de la creación de monopolios y la limitación del libre comercio y los mercados. No es de extrañar que las sociedades humanas hayan vivido en un orden social casi estático en diversas civilizaciones a lo largo de miles de años. No obstante, estos imperios fueron capaces de desarrollar fantásticos logros culturales y tuvieron algunos cambios y progresos parciales, aunque lentos y controlados por élites políticas que pugnaban por la estabilidad.

Pero los Estados no existen en el vacío. El dinamismo económico y social, el avance tecnológico y la creciente riqueza creada por una economía más libre se traducen en ventajas militares. Debido a la competencia geopolítica, ningún Estado puede permitirse permanecer congelado en el estancamiento si tiene un oponente militarmente superior por su economía dinámica y sus ventajas tecnológicas.

De ahí el dilema de todas las élites políticas, especialmente desde el siglo XVII cuando en Inglaterra se aceleró la transición hacia un mercado más libre. El dilema es si liberalizar los mercados o bien optar por la protección y la limitación mediante la creación de un orden oligárquico atrincherado sustentado por monopolios.

Se trata de saber equilibrar los diferentes aspectos de las necesidades de poder de la élite política: la mercantilización, que responde a los retos del presente en términos de geopolítica, o el mantenimiento de situaciones monopolizadas, que garantizan la estabilidad del poder y aseguran los ingresos de la élite política con el posible peligro de ser colonizados o semi-colonizados por un poder superior.

Franz Oppenheimer

La existencia de contra-movimientos pro-mercantilización y pro-proteccionistas, cada uno de los cuales incluye a sectores de las élites empresariales y goza de un amplio apoyo social, arroja una nueva luz sobre una dicotomía ampliamente empleada en la literatura libertaria. El pensamiento de la literatura libertaria a través de Murray Rothbard estuvo muy influido por el libro de Franz Oppenheimer sobre el Estado, publicado en 1905. Oppenheimer argumentaba que uno podía adquirir los bienes deseados por “medios políticos” y por “medios económicos“. Los medios económicos son el trabajo y el intercambio de los frutos del trabajo, mientras que los medios políticos son la apropiación de los frutos del trabajo de otros.

Oppenheimer opinaba que la historia del mundo, desde los tiempos primitivos, puede describirse como “una contienda… entre los medios económicos y los medios políticos“.  Para Oppenheimer, el Estado es la encarnación institucionalizada de los medios políticos. La clase política es una clase de barones ladrones, que obtienen su riqueza mediante la expropiación coactiva del fruto del trabajo de los productores. Esta perspectiva es similar a la de los pensadores franceses de principios del siglo XIX, redescubierta por Ralph Raico. Los pensadores franceses sostenían que la clase política gobernante se apropia del fruto del trabajo a través de los impuestos de los productores (Blanqui, id by Raico, 187) y que la clase de los burócratas estatales solo existe sobre los productos de la clase industriosa (Comte, id by Raico 196.).

De las ideas embrionarias de Menger podemos deducir un panorama mucho más complicado: una sociedad profundamente dividida bajo las limitaciones de la escasez, la incertidumbre y la competencia geopolítica. En cada sociedad (estado), uno de los conflictos políticos y sociales clave es si se opta por la estabilidad, la jerarquía, el orden bien establecido no basado en el mercado (o que sólo permite un papel mínimo o secundario papel a los mercados), que tarde o temprano se convierte en un orden tradicional y bien arraigado sancionado con la bendición de los dioses o la opinión de los expertos; la segunda opción es decantarse por la economía de mercado dinámica que desata la destrucción creativa y socava la posición bien arraigada de las capas de vida tradicional de los productores y de fuentes de poder de las élites oligárquicas.

Estabilidad institucional

Las sociedades humanas vivieron durante miles de años bajo el yugo de una pequeña élite en sociedades estables, jerarquizadas y explotadoras y los productores, en una pobreza inimaginables y bajo el régimen de la servidumbre. Sin embargo, estas sociedades eran muy estables. El antiguo Egipto no se derrumbó por la revuelta de los constructores de pirámides, el imperio romano sobrevivo fácilmente a las revueltas ocasionales y locales de los esclavos; las sociedades feudales europeas florecieron durante cientos de años y el campesinado sólo se rebelaba en raros años de cosechas inusualmente malas.

Pero una vez que se produjo la transición a una economía de mercado dinámica, primero en Inglaterra, no fue posible mantener las sociedades jerárquicas cerradas tradicionales sin correr el peligro de ser colonizadas o explotadas por las potencias militares superiores de los estados “capitalistas”. Pero la transición a los mercados no sólo tuvo que ver con la potencia bélica.

La transición a la economía de mercado dinámica también trajo consigo un auge nunca experimentado de las condiciones de vida. Friedrich von Gentz, asesor del canciller conservador austriaco Metternich, que tradujo al alemán los escritos de Burke, escribió que la nueva era que comenzó con la transformación inglesa, demostraba que la anterior era un lugar de barbarie, degradación, esclavitud y mil miserias. A diferencia del pasado, la nueva era significaba el amanecer de la justicia y la libertad. 

Menger, aunque señalaba que la incertidumbre es una condición siempre presente en la vida humana, tenía una visión optimista; pensaba que la inventiva y el ingenio humanos superan las crisis causadas por acontecimientos externos. Mises también compartía su punto de vista: a pesar de que los beneficios van acompañados de pérdidas para otros, en una economía creciente, la plenitud de los bienes y la riqueza van en aumento y, en consecuencia, la suma total de los beneficios es mayor que la de las pérdidas (Mises 1949).

Capitalismo: evolución y progreso

En una línea similar, Schumpeter argumentó que el capitalismo, por su naturaleza, es un sistema económico preparado para tener un carácter evolutivo y un progreso, desarrollo y crecimiento cada vez mayores. El impulso fundamental es la innovación empresarial en las áreas de los nuevos bienes de consumo, los nuevos métodos de producción o transporte, los nuevos mercados y las nuevas formas de organización industrial (Schumpeter 1943). La metáfora de la “destrucción creativa” es engañosa: implica igualdad de creatividad y destrucción.

En la vida real, sin embargo, los beneficios de la creatividad son mayores que los impactos destructivos de una nueva idea. No obstante, también tenemos que preguntarnos si una idea de negocio puede ser más destructiva que una política gubernamental equivocada que prometa orden y certidumbre. De hecho, Mises fue el primero de los principales economistas austriacos que advirtió que, la confianza en el poder omnipotente de los gobiernos conduce a resultados contrarios a las grandes promesas.

Las guerras, las persecuciones de las minorías, el hambre, las destrucciones más devastadoras de la vida humana, todas fueron consecuencias de acciones gubernamentales omnipotentes, equivocadas. Por ello, Mises nos advirtió de que, mientras que en el discurso público la principal preocupación es la incertidumbre y el caos de los mercados en los discursos populistas, el verdadero peligro para la vida humana es el gobierno omnipotente, que hace caso omiso de las preocupaciones humanas y reordena la economía y la sociedad de acuerdo con el plan maestro del super-planificador, ya sea un dictador megalómano o un planificador tecnocrático altamente educado y bienintencionado.

Bitcoin es una mercancía (II)

Hace unos días mi compañero en este medio Joel Serrano escribió una crítica a mi serie de artículos “Mises no comprendió a Menger”, en donde explico las diferencias entre la teoría de mercancía de Menger, y el uso que hace Mises del término mercancía. Quiero agradecer desde aquí el tiempo que le ha dedicado, y también de paso confirmar que, efectivamente, el título de mi serie de artículos es puro clickbait.

Serrano centra una buena parte de su artículo en negar rotundamente la equivalencia que propongo entre el concepto de mercancía de Menger y los medios de cambio. En primer lugar, quiero dejar muy claro que cuando me refiero a medios de cambio no me refiero a medios de cambio indirecto, sino a medios de cambio en general. En segundo lugar, la mera existencia en la literatura económica de calificar algunos medios de cambio como “indirectos”, ya demuestra que existen los medios de cambio directos (o simplemente “medios de cambio”), que son los que se utilizan en el intercambio directo o trueque, y esos medios son mercancías para el vendedor y bienes de uso o consumo para el comprador. Y en tercer y último lugar, Menger explicó lo siguiente en El Dinero (p. 97):

La expresión “intermediario del intercambio” para designar la función de intermediación del dinero en el intercambio de bienes es incomparablemente más exacta que la de “medio de cambio“, que en alemán se utiliza también para dar a entender cualquier otro bien destinado al intercambio.

Carl Menger

Y en su libro Principios de Economía Política Menger aporta la siguiente definición científica de mercancía: “De ahí que un gran número de economistas, sobre todo germano-parlantes, entienda por mercancías los bienes (económicos) de todo tipo destinados al intercambio“. Creo que sobra ningún comentario adicional por mi parte. Solo me queda añadir que esta equiparación mercancía – medio de cambio es accesoria a mi argumento de que Bitcoin pudo valorarse como mercancía sin ningún valor de uso. Y por tanto, aunque estoy plenamente convencido de que Serrano está equivocado en su interpretación de Menger, por despejar el debate renuncio a usar el término “medio de cambio” y me limitaré a usar el término “mercancía” para referirme al estatus inicial de Bitcoin. Y quisiera recalcar que mi argumento no es tanto el hecho histórico de que Bitcoin se demandara como mercancía sin ningún valor de uso, sino la posibilidad de que pudiera valorarse de esta manera.   

Este argumento central ya lo expuse en este otro artículo, y hoy lo voy a desarrollar un poco más para dar respuesta a las críticas de Serrano.  Dice Serrano que Bitcoin no cumple la segunda parte de la cuarta condición que establece Menger para que una cosa sea un bien. Es curioso que Serrano parece utilizar el texto de la segunda edición de Principios de Economía Política donde Menger añade la palabra “anticipación” en la primera condición, pero no parece utilizar esta segunda edición para citar la cuarta condición donde Menger añade: “aunque sea una necesidad futura y solo con la ayuda de otros bienes”.

En la segunda edición, Menger deja ya meridianamente claro que la necesidad puede ser futura, no tiene que ser presente. De todos modos, la redacción de la primera edición ya rezaba lo siguiente: “Poder de disposición sobre la cosa, de tal modo que pueda ser utilizada de hecho para la satisfacción de la mencionada necesidad”. Aquí no cabe interpretar que esa necesidad tenga que existir obligatoriamente en el presente. Y además esto debe ser cuestión pacífica en el debate cuando el propio Serrano ya reconoce, en virtud de la primera condición, que la necesidad puede ser anticipada, y en las cuatro condiciones de Menger estamos hablando de una misma necesidad.

Y es que además no podía ser de otra manera, pues toda acción humana está enfocada al futuro por definición. Tanto el valor de uso como el valor de cambio, son contingentes, especulativos y más o menos inciertos. Si Bitcoin no cumpliera la segunda parte de la cuarta condición de Menger por razón de no poder ser utilizada en el presente de forma inmediata a voluntad de su propietario, entonces ninguna otra mercancía sería un bien económico. Porque para poder materializar el valor de cambio de una mercancía necesitas que otra persona te la compre (igual sucede con los medios de cambio, ¡que curioso!”), y esa transacción de compra solo puede suceder en el futuro y nada garantiza que se produzca, menos aún cuando se trata de bienes totalmente nuevos. 

También es muy relevante el concepto de escasez. Para que una cosa sea un bien económico la oferta disponible no puede ser mayor que la demandada. Satoshi no preminó, diseñó el sistema de manera que desde el inicio fuera necesario realizar intercambios autísticos para obtener unidades de Bitcoin. Es decir, si Satoshi demandaba más unidades del stock existente, debía realizar un intercambio entregando al sistema un hash válido para el siguiente bloque y recibir a cambio la recompensa correspondiente. 

Por otro lado, Serrano no expone correctamente mi argumento sobre la causa del valor de los medios de cambio. La causa originaria no es que permitan incorporar a las partes el valor añadido del intercambio sino que son herramientas que, gracias a sus cualidades para ello, facilitan o ayudan a intermediar los intercambios. De la misma manera que un coche, gracias a sus cualidades, facilita el transporte.

Cuando un intermediario facilita o posibilita (abarata) una transacción entre dos partes y se le paga una comisión por ese servicio, es porque su servicio de intermediación es valioso. A nadie se le ocurre hablar aquí de circularidad. Sus contactos, su habilidad, conocimiento y sus medios son la causa del valor de sus servicios. Pues pasa exactamente lo mismo cuando el intermediario de la transacción es una cosa en lugar de una persona. Las cualidades de la cosa para intermediar el intercambio son la causa del valor de esa cosa. No es casual que Menger enfatizara la mayor precisión del término “intermediarios del intercambio” para referirse a los medios de intercambio. Esto ni siquiera lo disputa Mises en la cita que expuse en el IV artículo de mi serie donde afirma que los servicios monetarios son capaces de generar valor, que Serrano parece que no leyó pues la aporta como novedad en su crítica. He de decir que estoy totalmente de acuerdo con lo que dice Mises en esa cita, y añado que ahí contradice de pleno su propio teorema de regresión, pues si el servicio monetario puede generar valor por sí mismo, entonces no hay razón alguna para negar que podamos anticipar que una cosa pueda proporcionar ese servicio en el futuro, y por tanto demandarla sin que todavía hoy lo proporcione, lucrándonos gracias a dicha anticipación, tal y como explica Menger cuando describe la manera de actuar de los agentes más perspicaces en los procesos de monetización.  

La circularidad que veían los críticos de la teoría del valor subjetivo al aplicarla al dinero y que Mises erróneamente aceptó para intentar refutarla con su teorema ad-hoc, simplemente no existe. No existió nunca. Esta circularidad de que demandamos el dinero por la expectativa de que otros la demanden ya la refutó Menger en El Dinero tal y como expuse en este artículo.  Vuelvo a traer la cita de Menger:

Wagner, en su excelente Sozialökonomische Theorie des Geldes (1909,pp. 110 s.) indagando en torno a la función del dinero como medio de cambio, se deja guiar, al igual que muchos teóricos anteriores, por la idea de que el dinero-mercancía es aceptado como contravalor solo por la confianza que esa mercancía suscita por sí misma en que el resto de las personas que acuden al mercado la aceptarán, a su vez, también basadas en esa misma confianza de poder cambiarla luego por otros bienes. Según estos estudiosos, ese factor de confianza que se refiere a la psicología individual y luego —una vez convertido en costumbre consolidada— a la psicología de masas, es esencial y decisivo para comprender la función de medios de cambio del dinero. Esta concepción se basa en un prejuicio que sigue esclavizando de diversas maneras a los estudiosos de la teoría monetaria: es decir, que el dinero —al contrario que el resto de los bienes— es aceptado por nosotros como equivalente a los bienes que cedemos a cambio solo bajo la perspectiva de que, a su vez, también nosotros podremos entregarlo a cambio de otras mercancías en razón de la confianza que también le otorgan las demás personas. Pero aquí se olvida el hecho de que esta no es, en absoluto, una característica peculiar del dinero. También el comerciante, el especulador, etc., adquieren los bienes que luego ponen en venta, únicamente en la «confianza» de que estarán después en condiciones de cederlos a otros, y para ellos es absolutamente indiferente (en el aspecto que es aquí decisivo) el que quienes en el futuro adquieran sus mercancías se propongan luego consumirlas o revenderlas. Lo mismo sucede con el dinero, que nosotros, precisamente como hace el comerciante con su mercancía, lo adquirimos (por lo general y no excepcionalmente) solo a causa de su valor de cambio; es decir, para poder cederlo de nuevo a otros.

La auténtica peculiaridad del dinero respecto a otras mercancías no consiste, pues, en una «confianza» que se manifiesta solo en el caso del dinero, debido al amparo de las normas estatales que lo regulan, sino en su negociabilidad relativa superior al resto de las mercancías

Carl Menger

El dinero no se demanda por su poder adquisitivo, sino por su mayor negociabilidad, y la causa de la mayor negociabilidad se encuentra en la evaluación de sus cualidades (duradero, transportable, divisible, fungible, etc.), que Menger enumeró de manera exhaustiva en El Origen del Dinero, y que, al contrario de lo que parece insinuar Serrano, Menger no afirma que la amplia demanda de una mercancía tenga que venir porque además tenga valor de uso, e incluso si así fuera (que no lo es), tampoco afirma que sea una característica obligatoria.

Con respecto al texto de Menger en el que se refiere a Oppenheimer, la conozco muy bien y la traducción al castellano omite la palabra “cantidades”. Este texto termina de la siguiente manera en el escrito original: “wenn der Charakter der Geldstücke, als Quantitäten von Nutzmetall, verloren ginge.” Que en la versión en inglés está traducido con mayor fidelidad que en castellano: “if the character of coins as quantities of industrial raw materials were lost.” Menger se está refiriendo a que la cantidad de metal (oro o plata) desaparezca, es decir, al envilecimiento de la moneda. 

También trae Serrano otra cita donde Menger se refiere a mercancías donde dice: “además de ser empleadas para fines útiles”. En primer lugar, el adverbio “además” ya denota un carácter accesorio o accidental (no esencial).  Y en segundo lugar, nadie niega que una mercancía pueda demandarse por su valor de uso. Al contrario, la gran mayoría de las mercancías se acaban demandando por su valor de uso al finalizar la cadena de producción y distribución.  Para Menger lo esencial es el valor de cambio, y que una propiedad sea esencial en absoluto implica que la mercancía no pueda poseer propiedades accidentales distintas a sus propiedades esenciales, como sería algún valor de uso.

Con estas citas Serrano pretende llevarse a Menger a su interpretación, sin dar réplica expresa a las múltiples referencias de Menger a que la esencia del concepto de mercancía es su valor de cambio. Cosa que por cierto no es nada particular suyo, sino la definición habitual entre los economistas. El raro es Mises al utilizar el significado de “valor de uso”. La propia wikipedia, que no tiene por qué ser muestra de ningún rigor científico (de eso ya va Menger más que sobrado) pero sí de popularidad de una definición, también incide en exactamente lo mismo que Menger:

“Mercancía o mercadería​ es todo aquello que se puede vender o comprar [..] En el concepto de mercancía está implícito que esta es a su vez intercambiable por otra cosa. Clasificar algo como mercancía supone a su vez reconocer a otros objetos también como mercancías, dado su valor de cambiabilidad.”

Wikipedia

Con mayor o menor rigor, la popular wikipedia se centra en lo mismo que Menger: La intercambiabilidad, el valor de cambio. No se habla de valor de uso o consumo.

Con respecto a la teoría evolutiva del dinero de Menger, dice Serrano “que nadie puede crear medios de intercambio ni crear dinero, porque estos se instituyen socialmente”. Lo que se establece o descubre es el dinero como institución social en sentido abstracto, que no es lo mismo que las distintas manifestaciones particulares de dinero (ganado, sal, plata, fiat, Bitcoin). Una cosa es que individualmente sea históricamente muy improbable, más bien virtualmente imposible, inventar algo tan abstracto como el dinero de forma individual, y otra muy distinta que una vez descubierto espontáneamente y sobre el soporte de los bienes con valor de uso, cualquiera pueda intentar lanzar, de manera expresa y exclusiva, un bien cuya finalidad sea únicamente servir como medio de intercambio. 

Esta fue claramente la intención de los cypherpunks desde la década de los 80 del siglo pasado, que Friedman veía venir con toda claridad, también es clara la intención de Satoshi viendo el título de su whitepaper, o la intención de todo aquel que esté trabajando hoy en diseñar una moneda totalmente independiente trust minimized sin vinculación a ningún activo que por ejemplo sea más estable que Bitcoin por la vía de adaptar algorítmicamente la oferta a la demanda. Que dicha invención no tenga ningún valor de uso no monetario que genere un primer precio, o que dicha invención acabe por fracasar, en absoluto impide que el promotor la lance y que uno o más individuos consideren que puede funcionar como medio de cambio adquiriendo las primeras unidades al precio que voluntariamente acuerden las partes y generando así un primer valor de cambio basado única y exclusivamente en la expectativa de utilidad monetaria.

Serrano no parece darse cuenta que no solo el dinero, sino que cualquier mercancía con o sin valor de uso es un bien red. Y que como tales necesitan de la participación de al menos dos individuos para que pueda materializarse su valor en un precio. Y exigir que el motivo de demandar del primer demandante no pueda ser el mismo que el del segundo hasta que éste último por fin lo demande no tiene ningún sentido. Sería como sostener que la demanda del inventor del teléfono sólo puede existir como demanda de satisfacer la necesidad de comunicarse por voz remotamente si, y sólo si, aparece otra persona que también necesite comunicarse y quiera hacerlo a través de un teléfono. Como si la necesidad insatisfecha de comunicarse remotamente no fuera una necesidad. No, las necesidades se pueden satisfacer o no. Que no se satisfagan no quiere decir en absoluto que no sean necesidades o que la necesidad insatisfecha sea de naturaleza distinta cuando se satisface y cuando no. La “mera esperanza” de que un bien pueda servir para satisfacer la necesidad de comunicarse, es demandar el bien por el motivo de satisfacer la necesidad de comunicarse. Punto. No hay que elucubrar con otras necesidades.  De la misma manera, la mera esperanza de que un bien pueda satisfacer la necesidad de intercambiar, ya es demanda por utilidad monetaria.

Con respecto al Teorema de Regresión, la argumentación de Serrano es confusa y contradictoria en general. Me deja totalmente perplejo que Serrano califique como valor de uso la demanda especulativa por la posibilidad de que la cosa en cuestión pueda tener valor de cambio en el futuro. Es evidente que en la demanda especulativa lo único relevante es el valor de cambio. Entonces, ¿El valor de cambio futuro es un valor de uso presente?. No tiene sentido. O que también defienda que la diferenciación entre valor de uso y valor de cambio es innecesaria y al mismo tiempo defienda el Teorema de Regresión. Más que defenderlo parece vaciarlo de contenido o incluso refutarlo.

La imposibilidad que él observa de que Bitcoin pudiera tener valor de cambio desde el primer momento (ser mercancía) sin ningún valor de uso previo, se debe a una falta de comprensión de las mercancías en relación a las condiciones de Menger para que una cosa sea un bien. Como decíamos, los bienes que son mercancías siempre implican a un individuo y potencialmente a otro individuo adicional. Uno de ellos tiene que valorarlo como mercancía, y el potencial lo puede valorar como mercancía o como bien de uso. Aunque Serrano habla de medios de intercambio y utilidad monetaria, su argumentación no podría ser distinta si estuviera hablando de mercancías en general en el sentido de bienes que tienen valor de cambio con o sin valor de uso. El concepto de mercancía lleva implícito que su propietario pretende anticipar en el tiempo las necesidades de los demás individuos, de manera que es totalmente normal que sea el único que anticipa la necesidad si se trata de un invento novedoso, y por tanto el único demandante. Y también es muy habitual que incluso el carácter de mercancía tenga el objetivo de crear o incrementar la necesidad en otros individuos (imagen de marca, embalajes o presentación muy vistosa, etc).

Volviendo a Bitcoin, carece de toda lógica negar que por el hecho de que un bien se demande hoy por una expectativa de valor de cambio que aún no se ha materializado, no se esté demandando hoy por razón de esa misma expectativa, y que tiene que demandarse obligatoriamente por cualquier otra razón peregrina (¿satisfacción intelectual?, ¡¡por favor!!) menos la que se está esperando en el caso de que esta fuese la expectativa concreta de servir como medio de intercambio. Además, cuando hablamos de demanda única y exclusivamente por expectativa de valor de cambio de una cosa (demanda especulativa), poner como condición obligatoria precisamente para este caso que la cosa ha de tener un poder adquisitivo previo es totalmente absurdo e irracional. En este caso la inexistencia de poder adquisitivo previo no solo no imposibilita nada sino que incentiva a lo que el propio Satoshi dijo en bitcointalk en Agosto de 2010 hablando sobre el teorema de regresión: “I would definitely want some”.

Al propietario que demanda especulativamente un bien lo que le importa es el valor de cambio en el futuro. Que la cosa no tuviera ningún poder adquisitivo en el pasado ni lo tenga en el presente no solo no es ningún impedimento, ¡¡todo lo contrario!!, una vez que el propietario tiene esa expectativa de valor futuro, acertada o no, es una razón para demandar y acaparar la mayor cantidad posible de esa cosa.

¿Que la expectativa de que ese valor de cambio se materialice en el futuro no depende del propietario, sino de los demás agentes, y que si se equivoca se comerá la cosa con patatas?   Sin ninguna duda. Así es la especulación. Y esto es así para absolutamente cualquier bien económico con el que se pretenda especular, nada especial de las mercancías o el dinero.

Polavieja no comprendió a Mises; tampoco a Menger (I)

[1] Este título tan provocador es solo una réplica jocosa al utilizado por Polavieja. No creo que haya pensado ni por un momento que Mises no comprendiera a Menger.

Según afirma Manuel Polavieja en su artículo titulado “Mises no comprendió a Menger” (publicado en cuatro partes), [1] [2] [3] [4] Bitcoin no ha tenido la acogida merecida en la Escuela Austriaca de Economía debido a los desaciertos de Mises. Polavieja analiza el encaje de Bitcoin con la teoría monetaria dominante en la tradición austriaca (la de Mises), y concluye que tiene un encaje bastante malo. Al igual que Polavieja, yo también soy un defensor de Bitcoin (de esos a los que llaman maximalistas), pero, estando de acuerdo con él en muchas cosas, solemos diferir en asuntos monetarios.

Desde mi punto de vista, la tibia acogida de Bitcoin dentro de la escuela austriaca se debería, por un lado, a una interpretación un tanto sesgada de algunas tesis de Mises (no a sus errores), y, por otro, a una airada reacción inicial contra Bitcoin por parte de muchos de los defensores tradicionales del oro como el mejor dinero fuerte. Esta reacción puede venir provocada, en parte, por el hecho de que muchos partidarios de Bitcoin pretenden ingenuamente que Bitcoin fue un medio de intercambio desde el día de su nacimiento o, incluso, dinero. Pero tal cosa simplemente no es posible, pues tanto el dinero, en particular, como los medios de intercambio, en general, son instituciones sociales. En la actualidad y desde un punto de vista económico-científico, Bitcoin es un medio de intercambio, aunque todavía no es un medio de intercambio común y generalmente aceptado, es decir, todavía no es dinero.

En mi opinión, no hay duda de que el oro ha sido el dinero más sólido que se ha conocido hasta la fecha. Sin embargo, esto no legitima a los defensores del oro para criticar a Bitcoin. Antes de poder realizar una crítica solvente es necesario llevar a cabo un arduo trabajo de investigación de este fenómeno monetario tan novedoso y complejo. No importa lo versado que se esté en la teoría monetaria, si no se realiza un estudio en profundidad de Bitcoin, no es posible efectuar una crítica mínimamente razonable. En este sentido, es bastante habitual escuchar solemnes declaraciones de prestigiosos economistas que son puros despropósitos. Por supuesto, no me estoy refiriendo a los fundamentos teóricos de sus interpretaciones ni tampoco al acierto o no de sus previsiones, me estoy refiriendo a que tales pronunciamientos dejan entrever su total desconocimiento respecto a qué es y cómo funciona Bitcoin. Y en esas condiciones no tiene ningún sentido hacer tales declaraciones.

En mi caso particular, llevo ya un tiempo realizando el necesario trabajo de investigación. Y, como le sucede a todo aquel que cae en la madriguera de Bitcoin, soy plenamente consciente de las dificultades que entraña y de que parece no tener fin. No obstante, el estudio que ya he realizado me lleva a concluir que Bitcoin encaja perfectamente con la teoría monetaria de Mises, así como con la idea de dinero fuerte defendida mayoritariamente en la escuela. Por tanto, considero que según se vaya alcanzando una mejor comprensión de Bitcoin, esa entendible oposición inicial se irá convirtiendo paulatinamente, en una clara defensa. Como curiosidad, quiero añadir que nadie es más indicado para entender esa reacción defensiva y conservadora protagonizada por los defensores del oro que los propios defensores de Bitcoin, pues no hay fenómeno monetario más conservador y reticente a los cambios que Bitcoin (aquellos que conocen el sistema y el medio ambiente bitcoiner sabrán perfectamente de qué estoy hablando). Con la intención de contribuir, en la medida de mis posibilidades, a una mejor comprensión de Bitcoin dentro de la escuela, estoy desarrollando una tesis doctoral en la URJC que llevará por título: “Bitcoin como dinero fuerte en potencia: una interpretación de Bitcoin a la luz de la Escuela Austriaca de Economía”.

En el presente artículo realizaré, en primer lugar, una réplica muy general a los planteamientos de Polavieja respecto a la teoría de la mercancía de Menger, planteamientos con los que parece querer separar las teorías monetarias de Mises y Menger, e incluso mostrarlas como incompatibles. En segundo lugar, discreparé de su consideración de Bitcoin como medio de cambio puro desde que se inventó. Y, en tercer lugar, comentaré brevemente el modo en que Polavieja entiende el dinero, contrastándolo con las enseñanzas que nos legó Mises, en especial a través de su teorema de la regresión. Respecto a estos asuntos decir que no he considerado necesario ser exhaustivo en el análisis, por lo tanto, en lugar de criticar literalmente aquello que no comparto, analizaré de forma general lo que Polavieja trata de transmitirnos en sus artículos (o, al menos, lo que yo he entendido). Por último, solo añadir que hay varias cuestiones que plantea Polavieja en esta serie de artículos que no voy a tratar aquí, pero que son también muy interesantes. Estas cuestiones las he analizado críticamente de forma independiente y figuran ya como parte de mi tesis. Una de ellas gira alrededor de la idea de un bien que nace para satisfacer la liquidez. Otra trata acerca de las utilidades apreciadas en Bitcoin antes de convertirse en medio de intercambio (estas utilidades implican, como es obvio, que Bitcoin no nace como medio de intercambio). Y una tercera analiza una idea defendida por Polavieja según la cual la necesidad de intercambiar sería una necesidad como otra cualquiera. El hecho de que me refiera a estos trabajos que todavía no han sido publicados únicamente tiene como objetivo dejar constancia de que también he analizado con interés otros argumentos de Polavieja que considero igualmente cuestionables.

Antes de comenzar con la exposición del artículo, me gustaría dejar aquí una reflexión general acerca de la escuela austriaca y de Menger. La Escuela Austriaca de Economía no es una escuela revelada por la palabra de Menger. Es una escuela de pensamiento económico que surge y se desarrolla a partir de los planteamientos de Menger (básicamente, a partir de su teoría subjetiva del valor y de la utilidad marginal que van inseparablemente unidas a una concepción subjetivista de la acción humana).[5] Es decir, la palabra de Menger no es sagrada. Menger, como todo científico, tuvo aciertos y cometió errores. Obviamente, los austriacos consideramos más importantes sus aciertos, de ahí que creara escuela. La escuela austriaca se construye sobre los cimientos establecidos por Menger, de eso no hay duda, pero los economistas austriacos han hecho siempre gala de un gran espíritu crítico, corrigiendo los errores detectados en sus antecesores y ampliando, poco a poco, el alcance de las teorías económicas de la escuela. No es extraño, por tanto, que Menger fuera criticado por su discípulo Mises en aquello que le pareció conveniente y Mises fuera criticado por su discípulo Rothbard en aquello que estimó oportuno. Esto quiere decir que la EA es una escuela que está viva y evoluciona, una escuela que no está sujeta al pasado ni anclada a las palabras del que es considerado como su fundador. De lo contrario, no sería una escuela, sería un culto.

Esta reflexión va dirigida, especialmente, a aquellos que continuamente buscan y rebuscan, citan y recitan las palabras de Menger. Pero, más allá de esa reflexión, que no pretende cuestionar de ningún modo el hecho de que se profundice en el estudio de Menger, sí que me gustaría criticar abiertamente (y en esto no debe darse por aludido Manuel Polavieja) el hecho de que algunos supuestos partidarios de las ideas de Menger recurran una y otra vez a la literalidad de sus palabras cuando parecen coincidir con las teorías monetarias que defienden y, sin embargo, las obvien cuando sucede lo contrario. En tal caso, es evidente que no estarían buscando honestamente la verdad, sino que estarían actuando como simples propagandistas de otras causas.[6]

Sobre el concepto de mercancía de Menger

Como bien explica Polavieja, el concepto de mercancía de Menger se refiere a todos aquellos bienes destinados al intercambio. Es decir, si no están destinados al intercambio, los bienes económicos no serían mercancías, por tanto, “el carácter de mercancía no es una propiedad intrínseca del bien en cuestión, sino solo una especial relación de la misma hacia aquella persona que dispone de ella”.[7] En cuanto el propietario de la mercancía abandona su intención de intercambiarla, en ese mismo momento deja de ser mercancía, pasando a ser un simple bien. La condición de mercancía sería una cuestión subjetiva que solo el propietario de cada bien puede establecer.

En los artículos que comienzo a analizar, Polavieja defiende que una mercancía es siempre un medio de cambio, atribuyéndole esta idea a Menger:

… para Menger lo que caracteriza a una mercancía es precisamente ser medio de cambio. Es decir, que no es necesario que tenga otros usos distintos a ser medio de cambio.[8]

Manuel Polavieja.

Esto, en mi opinión, es una interpretación de Polavieja que no se encuentra de ningún modo en la teoría de la mercancía de Menger y que puede llevar a graves confusiones. Si toda mercancía (bien destinado al intercambio) fuera un medio de intercambio, entonces la categoría medio de intercambio dejaría de tener sentido y se perdería su valor explicativo. Por ejemplo, si interpretáramos el concepto de mercancía como lo hace Polavieja, el análisis histórico-evolutivo de Menger acerca del surgimiento de los medios de intercambio y del dinero sería absurdo, puesto que no habría nada que explicar.

Menger en ningún caso afirma que toda mercancía sea un medio de cambio, sino que su esencia es estar destinada al intercambio. La diferencia es muy simple, pues destinar bienes al intercambio no es equivalente a usarlos como medio de intercambio. “El cambio indirecto se distingue del cambio directo según se emplee o no un medio”.[9] Cuando una persona va a un mercado en el que se efectúa el trueque, lleva sus mercancías (bienes destinados al intercambio) para cambiarlas directamente por los bienes que necesita. El gran cambio en el comercio, que soluciona las limitaciones del trueque, tiene lugar gracias al descubrimiento paulatino del intercambio indirecto. Un descubrimiento que es inseparable del reconocimiento de que determinados bienes pueden funcionar como medios de intercambio gracias a su gran comerciabilidad (i. e., gracias a que son muy aceptados en el intercambio). Esto quiere decir que el medio de intercambio no es la mercancía que uno lleva al mercado dispuesto a cambiarla directamente por aquello que necesita, sino aquel bien intermedio que se ve obligado a comprar si quiere realmente llegar a obtener lo que necesita. Por tanto, todo medio de intercambio sería una mercancía (bien destinado al intercambio, en el sentido de Menger), pero no toda mercancía sería un medio de intercambio.

Evidentemente, el uso de un proceso indirecto tan contraintuitivo (adquirir determinados bienes que no se necesitan como el método más rápido y efectivo para conseguir aquellos que se necesitan) es imposible que se propagara por la sociedad de un día para otro. Cuando solo existía el trueque, pero el comercio ya progresaba en mercados organizados a tal efecto, la gente era plenamente consciente de que algunos bienes se vendían mejor que otros. Sin embargo, solo aquellas personas más perspicaces pudieron darse cuenta de que recurriendo al intercambio indirecto, “es decir, cediendo sus mercancías menos negociables a cambio de otras que lo son más”,[10] podían conseguir más fácilmente los bienes que realmente necesitaban. Fue el éxito de todo aquel que utilizó este sistema lo que contribuyó a que, con el tiempo, en todo el mundo se acostumbrara a utilizar como medio de intercambio las mercancías más negociables.

Los medios de cambio, en su origen, nacieron y luego se convirtieron, por progresiva imitación, en medios de uso general, no por ley o convención, sino por costumbre, o sea a través de las acciones convergentes, en cuanto correspondientes a impulsos y proyectos intelectuales semejantes, de individuos que vivían juntos en sociedad. Es decir, como resultado no intencionado de aspiraciones específicamente individuales de los miembros de la sociedad…[11]

Carl Menger

Todo esto es explicado perfectamente por Menger, en el primer capítulo de su libro El dinero, especialmente en el epígrafe titulado “El nacimiento de los medios de intercambio” (pp. 86-93), donde también explica que el concepto de dinero surge solo después de que alguna mercancía de óptima negociabilidad fuera aceptada de forma generalizada como intermediaria de los intercambios.

Por otro lado, en Principios de Economía Política, Menger deja meridianamente claro que “con la alusión genérica al dinero como «mercancía» no se avanza ni un solo paso en el intento de explicar la posición peculiar del dinero en el círculo de las mercancías.[12] Por ello, considero que la teoría de la mercancía de Menger no ha tenido ni tiene excesivo recorrido.

Una vez que he sostenido que Menger en ningún caso afirma que toda mercancía sea un medio de cambio, tengo que decir que, además, tampoco da a entender (como interpreta Polavieja) que no sea necesario que una mercancía tenga otros usos distintos a ser medio de cambio. De hecho, se podría interpretar todo lo contrario al leer el siguiente párrafo de Menger referido al dinero (la mercancía por antonomasia):

… no pocas veces y debido a la comodidad que significa nuestro mecanismo de intercambio internacional, desaparece del campo de la conciencia de los agentes económicos el carácter del dinero como metal útil y que, como ulterior consecuencia de esta circunstancia, solo se tiene ya en cuenta su carácter de medio de intercambio. La fuerza de la costumbre es tal que asegura al dinero su capacidad de intercambio, incluso cuando ya no se tiene inmediatamente en cuenta su carácter de metal útil. Esta observación es del todo correcta. Pero no es menos claro que desaparecería rápidamente la capacidad de intercambio del dinero, a una con la costumbre sobre la que se fundamenta, si, por la razón que fuere, el dinero perdiera su característica de metal útil.[13]

Carl Menger

Este párrafo se refiere a una observación de Oppenheim en Die Natur des Geldes (1855) y, se comparta o no la última afirmación de Menger, nos da motivos suficientes para pensar que tal vez Polavieja no esté acertado cuando interpreta que según Menger no sería necesario que una mercancía tuviera otros usos distintos a ser medio de cambio.

Lo mismo podemos pensar cuando Menger dice que las mercancías de óptima negociabilidad son “aquellos bienes disponibles en cantidad limitada pero universalmente necesarios y deseados, para los cuales suele existir constantemente en el mercado una demanda explícita relativamente amplia, pero no satisfecha, por parte de las personas dotadas de capacidad de cambio”.[14]

Y, una vez más, podemos interpretar que Menger considera que las mercancías tienen siempre otro uso distinto a ser medio de intercambio cuando dice que “las mercancías que, por condiciones históricas y geográficas, son más negociables, además de ser empleadas para fines útiles, asumen al mismo tiempo la función de medios de cambio de uso general.”[15]

Pero volvamos a esa pretensión de Polavieja de equiparar mercancía (bien destinado al intercambio, según Menger) con medio de cambio y veámosla ahora a través de un ejemplo aún más clarificador. Supongamos que un criador de pollos que está harto de comer pollo solo tiene pollo a su disposición, cuando en realidad quiere comer pescado, y que su vecino pescador solo tiene sardinas, cuando en realidad quiere comer pollo. Supongamos ahora que se enteran casualmente de tales circunstancias, por lo que deciden intercambiar sus productos. En ese momento, el pollo sería una mercancía para el criador de pollos y un bien de consumo para el pescador. Las sardinas, por su parte, serían una mercancía para el pescador y un bien de consumo para el criador de pollos. Y, sin embargo, en ese trueque no intervendría ningún medio de intercambio, puesto que el cambio efectuado sería directo, un pollo por un kilo de sardinas. Por tanto, tenemos que una mercancía (un bien destinado al intercambio) puede ser utilizada directamente en el trueque, en cuyo caso no sería un medio de intercambio. Si en lugar de efectuar dicho cambio, el criador de pollos decidiera pagar diez euros a su vecino por un kilo de sardinas, es obvio que, entonces sí, estaría utilizando un medio de intercambio para conseguir el pescado que quería comer. Pero supongamos que el pescador ya no acepta esos papeluchos (los billetes) y, además, se ha cansado de comer pollo. Es un poco caprichoso y ahora lo único que admite a cambio de un kilo de sus sardinas es un conejo. Así las cosas, si el criador de pollos quisiera conseguir las sardinas, se vería obligado a hacerse con un conejo, no para consumirlo, sino para ofrecérselo a su vecino en el intercambio. En ese momento, el conejo sería una mercancía para el criador de pollos (una mercancía que estaría utilizando como medio de intercambio). Para el pescador, sin embargo, el conejo seguiría siendo únicamente un bien de consumo. Por tanto, tenemos que una mercancía (un bien destinado al intercambio) puede ser utilizada también como medio de intercambio. No obstante, el hecho de que el criador de pollos utilice el conejo como medio de intercambio, no convierte a los conejos en medios de intercambio (al igual que Bitcoin no se convirtió ipso facto en medio de intercambio el día que Laszlo Hanyecz compró dos pizzas con 10 000 bitcoins). La categoría económica de medio de intercambio requiere mucho más que una mera decisión puntual. Nótese la diferencia entre el pago con euros (utilizados como medio de intercambio por el criador de pollos, por el pescador y por muchas otras personas) y el pago con un conejo (solo utilizado circunstancialmente como medio de intercambio por el criador de pollos).

Los individuos adquieren un cierto bien no para consumirlo ni para dedicarlo a ulterior producción, sino pensando que en el futuro se desprenderán del mismo para realizar un nuevo acto de intercambio. Cuando la gente procede así con respecto a determinado bien, este adquiere la categoría de medio de intercambio, y tan pronto comienza a ser comúnmente utilizado como tal, se transforma en dinero.[16]

Ludwig von Mises

Obviamente, no existe un criterio muy preciso para decidir cuándo un bien o una mercancía se convierten en medio de intercambio. De ahí las típicas discusiones del año 2013 acerca de si Bitcoin se había convertido o no en tal medio de intercambio. En realidad, esta es una cuestión de comprensión histórica que compete a los historiadores de la economía (analizar cuándo determinado bien se convirtió en medio de intercambio o en qué momento/época se generalizó su uso y se convirtió en dinero). Pero aunque el momento en que un bien se convierte en medio de intercambio es impreciso, hay dos cuestiones que son indudables. La primera es que ese momento no puede coincidir con el de su nacimiento, y la segunda, que no todos los bienes cuyos dueños deciden destinar al intercambio son medios de intercambio. Ya he explicado resumidamente lo referente a esta última cuestión, así que ahora puedo centrarme en la primera.

Sobre la consideración de Bitcoin como medio de cambio puro desde que se inventó.

Según algunas opiniones, Bitcoin demostraría que Mises estaba equivocado al afirmar que “ningún objeto puede comenzar a utilizarse como medio de intercambio si ya anteriormente no gozaba de la condición de bien económico y tenía por sí mismo valor de cambio previamente a su empleo como tal medio”.[17] Supuestamente, esto se debería a que Bitcoin era un medio de intercambio desde el momento de su nacimiento.

Desde mi punto de vista, estas opiniones son las equivocadas, no Mises. Bitcoin no nace como medio de intercambio por el simple motivo de que ningún bien puede nacer como medio de intercambio. Satoshi Nakamoto no creó dinero, ni creó un medio de intercambio, porque tal cosa no es posible. El surgimiento de un nuevo medio de intercambio o un nuevo dinero no depende de intenciones, decisiones o elecciones particulares. El creador/descubridor de Bitcoin concibió un sistema genial, con unas características que lo podían llevar a convertirse en medio de intercambio y, más tarde, tal vez en dinero. Pero el hecho de que con el paso del tiempo se llegaran a dar estas circunstancias no dependía ya de esta persona (o grupo de personas).

Bitcoin nació de la mano de Satoshi como idea, también nació gracias a él como cosa. Más tarde se convertiría en un bien económico. Sin embargo, el paso clave, el más esperado por el propio Satoshi, que no era otro que la conversión de Bitcoin en medio de intercambio, es absolutamente independiente del creador/descubridor de la idea inicial. Evidentemente, si el hecho de que un bien se convierta en medio de intercambio simplemente dependiera de la intención de sus creadores, otros intentos similares que han tenido lugar en el pasado habrían resultado exitosos. La realidad es que nadie puede crear medios de intercambio ni crear dinero, porque estos se instituyen socialmente. Es la pluralidad de personas que actúa en el mercado la que convierte un bien económico en medio de intercambio cuando decide usarlo como tal, y en dinero cuando ese uso se generaliza. Y es igualmente esa pluralidad de personas que utiliza determinado medio de intercambio/dinero la que puede hacer que ese bien económico deje de funcionar como tal. Tanto los medios de intercambio, en general, como el dinero, en particular, son una institución social. Y esta idea la podemos sostener coherentemente gracias a la teoría histórico-evolutiva del dinero de Menger. Por tanto, persisten las contradicciones entre los argumentos de Polavieja y la teoría de Menger.

Si en lugar de considerar este asunto desde la teoría de las instituciones sociales de Menger, lo hacemos a partir de su concepto de bien, encontraremos a Polavieja de nuevo en dificultades. En efecto, la definición de bien de Menger y su explicación de cómo surgen los medios de intercambio no son compatibles con la afirmación de Polavieja de que “Bitcoin es un medio de cambio ‘puro’ desde que se inventó”. Según Menger, para que una cosa sea considerada un bien, debe darse, en primer lugar, la existencia (o anticipación) de una necesidad humana; en segundo lugar, que la cosa tenga cualidades que la capaciten para mantener una relación causal con la satisfacción de dicha necesidad; en tercer lugar, que se conozca esta última posibilidad; y, en cuarto lugar, que el ser humano tenga poder de disposición sobre la cosa y la pueda utilizar para satisfacer su necesidad.

Desde este punto de vista, en el momento en el que nació Bitcoin se cumplía la primera, la segunda, la tercera e incluso, la primera parte de la cuarta condición, pero las dudas surgen respecto a la segunda parte de esa cuarta condición. En mi opinión, la necesidad que logra satisfacer Satoshi Nakamoto una vez que surge con éxito el genesis block de Bitcoin (3 de enero de 2009) era una necesidad de tipo intelectual[18] que comenzó su andadura tiempo atrás y que fue conocida cuando presentó el white paper de Bitcoin (octubre de 2008). A partir del genesis block Bitcoin deja de ser una idea y pasa a tener existencia real, constatable por el hecho de que cada diez minutos se “mina” exitosamente un nuevo bloque y el sistema adjudica 50 bitcoins al minero correspondiente. La existencia de esos bitcoins y el buen funcionamiento del sistema (aunque todavía muy rudimentario) refuerzan la satisfacción intelectual de Satoshi Nakamoto.[19] Por este motivo, se puede considerar a Bitcoin como un bien desde el punto de vista de Menger.

Sin embargo, analicemos las condiciones establecidas por Menger pensando en la afirmación de Polavieja de que Bitcoin es un medio de cambio “puro” desde que se inventó. Desde este punto de vista, se puede afirmar rotundamente que, en el momento en el que nació Bitcoin, se incumplía la segunda parte de la cuarta condición de Menger. Satoshi, aun teniendo poder de disposición sobre sus bitcoins, todavía no los podía utilizar para satisfacer sus necesidades, puesto que todavía no eran aceptados en el intercambio. Por tanto, en ese momento inicial, Bitcoin no se ajustaba a todas las exigencias de Menger para que pudiera ser considerado un bien de tipo monetario (un medio de intercambio).

Bitcoin tuvo que evolucionar mucho desde su surgimiento (idea, cosa, bien, bien muy comercializable…) hasta lograr alcanzar la condición de medio de intercambio. En ese camino que lleva transitando Bitcoin, queda aún por recorrer la parte más difícil, la de convertirse en medio de intercambio común y generalmente aceptado, es decir, en dinero. Desde los criterios de la Escuela Austriaca de Economía, es posible afirmar que Bitcoin no es todavía dinero, puesto que su uso aún no se ha generalizado, pero dado que es un medio de intercambio no existe ningún impedimento teórico para que pueda llegar a convertirse en dinero en el futuro. Esta circunstancia solo depende ya de su aceptación generalizada por parte de los usuarios.

Dicho esto, retomo de nuevo el asunto principal de este apartado para decir que, en realidad, Polavieja reconoce inconscientemente que Bitcoin no fue un medio de cambio desde que se inventó. Lo hace cuando, en referencia a la utilidad de Bitcoin como intermediario de los intercambios, afirma que “la mera esperanza de que tal utilidad se materialice lo hace valioso desde el primer instante”. Y así es, desde el primer instante Bitcoin era valioso para Satoshi, era valioso para “Hal” Finney, y era valioso para cualquiera que así lo considerara. Pero ese valor no procedía de una utilidad monetaria que, como reconoce Polavieja, en esos momentos era una “mera esperanza” todavía sin materializar.

Hasta el momento en que Bitcoin logra convertirse en un medio de intercambio, su valoración se realiza conforme a los postulados de la teoría subjetiva del valor, como sucede con cualquier otro bien.[20] Satoshi valora Bitcoin porque lo valora, no se necesitan más explicaciones, puesto que es una valoración subjetiva que no podemos conocer. Y lo mismo sucede con el resto de personas que valoraban Bitcoin desde sus inicios. Todo lo que podemos decir al respecto es que esa valoración existía, pues es una preferencia demostrada[21] con los hechos, pero en ningún caso podemos conocer los verdaderos motivos que la sustentaban (estos motivos son subjetivos y como mucho pueden ser intuidos, deducidos de las palabras de sus protagonistas o interpretados por el escrutinio de los historiadores). Por supuesto, todo esto demuestra que el teorema de la regresión[22] de Mises recoge perfectamente el surgimiento de Bitcoin, pues antes de convertirse en medio de intercambio ya era valorado por utilidades no monetarias.

Sobre el teorema de la regresión

En referencia a la utilidad del dinero, Mises sostiene que “al revés que las mercancías, el dinero nunca puede usarse a menos que posea un objetivo valor de cambio o poder de compra. … Siempre que el dinero es valorado por alguien es porque se supone que posee cierto poder adquisitivo”.[23] Polavieja, sin embargo, cree que el dinero puede tener utilidad sin necesidad de que se le suponga determinado poder adquisitivo (al menos eso es lo que entiendo cuando dice que lo peor de Mises es requerir que el dinero tenga poder adquisitivo antes de ser útil como dinero).

Polavieja sostiene que el valor de los medios de cambio (incluido el dinero) “deriva del valor añadido que proporcionan los intercambios que dichos medios facilitan”. Evidentemente, es difícil negar que el valor subjetivo de los medios de cambio derive de su utilidad para el intercambio y de los beneficios que cada uno crea que va a obtener con su empleo. Pero hay algo que no dice Polavieja y que está siempre implícito en los intercambios indirectos. Por un lado, que los valiosos servicios monetarios que proporciona el dinero van siempre unidos a la demanda de dinero. Si no hubiera demanda de dinero, no existirían tales servicios, puesto que no se encontraría con quién intercambiar el dinero. Y, por otro lado, que esta demanda es provocada por el poder adquisitivo del dinero. Un bien solo se usa como medio de intercambio si tiene poder de cambio (el poder adquisitivo es una suposición imprescindiblepara que un bien tenga demanda como medio de intercambio). Como consecuencia, la idea de Polavieja no sirve por sí sola para explicar de dónde proviene el valor del dinero/MoE,[24] pues esta idea le conduciría ineludiblemente hacia un razonamiento circular como el siguiente: la gente demanda dinero porque produce un valor añadido, y produce un valor añadido porque la gente lo demanda.[25] Es decir, si la gente no demandara dinero, no se podría producir ese valor añadido. Y si no se produjera ese valor añadido, no lo demandaría. El razonamiento circular es indiscutible. Sin embargo, no sucede lo mismo con los bienes que no son dinero/MoE: la gente demanda un bien (no monetario) por su utilidad, pero su utilidad no se debe a que la gente lo demande. Hay una clara diferencia entre el dinero/MoE y el resto de bienes. Como resultará obvio, el razonamiento circular en el que inevitablemente cae Polavieja conduce finalmente al mismo razonamiento circular que impedía a los economistas considerar que la teoría subjetiva del valor y la ley de la utilidad marginal eran aplicables también al dinero, es decir, al siguiente razonamiento: El poder adquisitivo del dinero es explicado por su demanda. Y la demanda de dinero es explicada por su poder adquisitivo. Otra forma de decirlo, que tal vez se entienda mejor, sería la siguiente: Se pueden comprar cosas con dinero porque la gente quiere dinero. Y la gente quiere dinero porque se pueden comprar cosas con dinero. Los problemas que planteaba un razonamiento de este tipo, en el que dos circunstancias se explican una a la otra recíprocamente, quedando en realidad ambas sin explicación, no pudieron resolverse hasta que Mises ofreció al mundo su teorema de la regresión.

Llegados a este punto, los lectores se pueden estar preguntando que, si el círculo vicioso ya fue resuelto por Mises, cuál es el problema con el razonamiento de Polavieja. Pues bien, el problema radica en que Polavieja no acepta la solución miseana. Se limita a explicar el valor del dinero basándose en el valor añadido que se produce en los intercambios que son facilitados por el dinero, olvidándose por completo de que sin demanda de dinero no hay intercambio y de que sin poder adquisitivo no hay demanda. Por tanto, Polavieja sigue encerrado en el razonamiento circular. Eso sí, en su caso, negando implícitamente la existencia de tal razonamiento circular. Polavieja cierra los ojos a tal circunstancia y simplemente considera que no es necesario dar una explicación especial del origen del valor del dinero, puesto que “el valor del dinero se explica igual que el de cualquier bien”.[26] Pero, siendo cierto que el valor del dinero se explica, en última instancia, por la teoría subjetiva del valor, como cualquier otro bien, sin embargo, son necesarias algunas aclaraciones intermedias, como el teorema de la regresión de Mises, para entender de dónde surge ese valor y cuáles son los determinantes de su poder adquisitivo.

Como creo que no procede entrar aquí en largas explicaciones sobre el teorema de la regresión, voy a dar por sentado que los lectores conocen cómo resolvió Mises el razonamiento circular y, también, la supuesta regresión infinita. Por ello, lo único que voy a decir al respecto en estos momentos, es que, en última instancia, dicho teorema permitió aplicar al dinero la teoría subjetiva del valor y la ley de la utilidad marginal, haciendo que la teoría del dinero sea solo un caso particular dentro de estas otras teorías. En palabras de Mises, el teorema de la regresión

hace depender el específico valor de cambio de un medio de intercambio de su función como tal medio y de los mismos teoremas con que la teoría general cataláctica explica el proceso valorativo y la formación de los precios. Deduce un caso especial de la ilustración proporcionada por otra teoría más universal.[27]

Ludwig von Mises

En referencia al teorema de la regresión, me voy a referir a una de las últimas críticas que tuvo que afrontar Mises, la de aquellos que alegaban que la teoría del austriaco explicaba el valor de los intercambios facilitados por el dinero en función de los usos del bien que son anteriores al uso monetario, por lo que, en opinión de los críticos, el teorema no explicaba realmente el valor de los servicios monetarios. En este mismo sentido, Polavieja concluía su segundo artículo diciendo que “lo grave del teorema de regresión no es que sea innecesario, sino que es una demostración palmaria del fracaso de Mises en aplicar la teoría del valor subjetivo al dinero”. Respecto a estas críticas, decía Mises en La Acción Humana que

la parte del valor del dinero que procede de sus servicios como medio de intercambio queda plenamente justificada por esos servicios monetarios y la consecuente demanda que de ellos se produce.[28]

Ludwig von Mises

En esa misma línea, ya en un artículo de 1932 titulado “The Position of Money among Economic Goods”[29] y, en concreto, en un epígrafe dedicado a los servicios monetarios y el valor del dinero, decía Mises lo siguiente:

…algunos escritores niegan categóricamente que el servicio que brinda el dinero pueda generar valor. Desafortunadamente, no brindan una justificación de por qué los servicios monetarios deben ser diferentes de los servicios proporcionados por alimentos y ropa.[30] [Traducción propia]

Ludwig von Mises

Y las últimas palabras de Mises en ese mismo epígrafe eran las siguientes:

Todos los que negaron la capacidad de los servicios del dinero para determinar su valor de cambio no supieron reconocer que el único elemento decisivo es la demanda. El hecho de que exista una demanda de dinero —el bien más comerciable (más vendible), por el cual los propietarios de otros bienes están dispuestos a intercambiar— significa que la función monetaria es capaz de crear valor.[31] [Traducción propia]

Ludwig von Mises

El único motivo por el que cito aquí estos tres párrafos de Mises, es para mostrar que, en realidad, Polavieja coincide con el austriaco probablemente más de lo que le gustaría (especialmente en cuanto al valor de los servicios monetarios). Por tanto, es posible que, como reza el título de este artículo, Polavieja no haya entendido bien a Mises. Y, según se mostró en el caso de la teoría de la mercancía, es posible que tampoco haya entendido bien a Menger.


[1] Mises no comprendió a Menger | Instituto Juan de Mariana

[2] Mises no comprendió a Menger II | Instituto Juan de Mariana

[3] Mises no comprendió a Menger III | Instituto Juan de Mariana

[4] Mises no comprendió a Menger IV | Instituto Juan de Mariana

[5] Estos planteamientos de Menger están ciertamente influidos por otros economistas anteriores a él, principalmente por G. Hufeland, K. H. Rau, F. B.W. Hermann y W. Roscher, economistas alemanes de comienzos del siglo XIX. No obstante, el planteamiento de conjunto de Menger es único y revolucionario, y tuvo la fuerza necesaria para impulsar el surgimiento de una escuela económica. Sobre las influencias recibidas por Menger, puede leerse la presentación de Karl Milford (pp. 15-41) a la obra: Menger, Carl (1871) Principios de Economía Política. Madrid:Unión Editorial, 2019.

[6] Como no quiero que parezca que tiro la piedra y escondo la mano, tengo que decir que al escribir este párrafo estoy pensando en mi desagradable y repetida experiencia con Fernando Nieto en Twitter. De hecho, la última vez que traté de mostrarle a F. Nieto lo que yo entendía como incoherencias en sus planteamientos sobre Menger (y lo hice usando como hace él los propios textos de Menger), lo único que conseguí, finalmente, es que me llamara troll y no quisiera seguir escuchando mis argumentos. Estas fueron sus palabras: “You are a troll, so you go on mute”. Quede claro que no le doy a esto más importancia de la que tiene. Unas simples disculpas lo solucionarían. Lo que sí es cierto, y también quiero decirlo, es que nunca me ha sucedido algo similar con Polavieja, de quien tengo que reconocer que siempre procede con absoluta corrección.

[7] Menger, Carl (1871) Principios de Economía Política. Madrid:Unión Editorial, 2019, pp. 301-302

[8] https://ijmpre2.katarsisdigital.com/ijm-actualidad/analisis-diario/mises-no-comprendio-a-menger/

[9] Mises, Ludwig von (1912) La teoría del dinero y del crédito. Madrid: Unión Editorial, 1997, p. 4

[10] Menger, Carl (1892) El dinero. Madrid: Unión Editorial, 2013, p. 86

[11] Ídem, p. 93

[12] Menger, 1871, óp. cit., p. 303

[13] Ibídem, p. 326 (nota al pie). Esta nota de la edición en español aparece en el “Appendix J: History of Theories of the Origin of Money” de la versión en inglés: Menger, Carl (1871), Principles of Economics. Auburn, Alabama:Ludwig von Mises Institute, 2007, p. 320

[14] Menger, 1892, óp. cit., p. 87

[15] Ídem, p. 90

[16] Mises, Ludwig von (1949) La acción humana. Madrid: Unión Editorial, 2007, p. 489

[17] ídem, p. 511

[18] Respecto a la necesidad intelectual a la que me acabo de referir, debemos recordar que las necesidades son subjetivas y que, como dice Mises, “el rasgo típicamente humano estriba en que el hombre no sólo desea alimento, abrigo y ayuntamiento carnal, como el resto de los animales, sino que aspira además a otras satisfacciones. Experimentamos necesidades y apetencias típicamente humanas, que podemos calificar de «más elevadas» comparadas con los deseos comunes al hombre y a los demás mamíferos.” Mises, 1949, óp., cit., p. 25

[19] El hecho de que Satoshi Nakamoto nunca haya utilizado ni uno solo de los bitcoins que obtuvo a través del minado podría mostrar que su interés no era económico, sino intelectual y altruista.

[20] En realidad, la valoración de todos los bienes (incluido el dinero) se realiza siempre conforme a los postulados de la teoría subjetiva del valor, lo que sucede es que en el caso de los medios de intercambio fue necesaria la teoría del dinero desarrollada por Mises para entender los motivos por los que esto es así.

[21] Sobre el concepto de preferencia demostrada, véase el espléndido artículo: Rothbard, Murray N. (1956) Toward a Reconstruction of Utility and Welfare Economics. Mises Institute. <https://cdn.mises.org/Toward%20a%20Reconstruction%20of%20Utility%20and%20Welfare%20Economics_3.pdf> Web. [Consulta: 20 Nov. 2022]

[22] Durante el desarrollo de mi investigación, he analizado el teorema de la regresión en profundidad y desde distintos puntos de vista, ese análisis forma ya parte de mi futura tesis doctoral. Igualmente, he tratado sobre este asunto en un artículo titulado “La liquidez frente al teorema de la regresión del dinero: una crítica a J. R. Rallo”. Revista Procesos de Mercado, vol. 19, no. 1, Aug. 2022, pp. 63-96, que puede leerse en el siguiente enlace:

https://www.procesosdemercado.com/index.php/inicio/article/view/776

[23] Mises, 1912, óp. cit., pp. 72-73

[24] MoE = Means of exchange (medio de intercambio)

[25] Se ha simplificado para hacerlo más fácilmente entendible, pero cada vez que se cita el valor añadido debe entenderse la expresión completa que usa Polavieja: el valor añadido que proporcionan los intercambios que el dinero facilita.

[26] https://ijmpre2.katarsisdigital.com/ijm-actualidad/analisis-diario/mises-no-comprendio-a-menger-ii /

[27] Mises, 1949, óp. cit., p. 493

[28] Ídem, p. 492

[29] El artículo citado y otros muchos se encuentran recopilados en Mises, Ludwig von. Money, Method, and the Market Process : essays by Ludwig von Mises. Selected by Margit von Mises. United States of America: Kluwer Academic Publishers, 1990

[30] Mises, 1990, óp. cit., p. 57

[31] Ídem, p. 59

La teoría de Carl Menger sobre la ganancia del empresario

Anteriormente, en una serie de artículos, he analizado las contradicciones internas de El Capital de Marx (1, 2, 3, 4) y he demostrado que la teoría de la explotación de Marx está llena de profundas contradicciones, lo que la hace insostenible. La teoría de Marx es tan poco sólida, que la mayor parte de la literatura postmarxista moderna rechaza la teoría de la ganancia de Marx; por ejemplo, Karl Polanyi en la Gran Transformación. Sin embargo, de un modo u otro, el carácter ilegítimo de la ganancia es uno de los temas de conversación más importantes en los círculos postmarxistas.

La cuestión clave es cuál es el origen de la ganancia de los empresarios, y hasta qué punto es una fuente legítima de ingresos en el sentido de que es una compensación por un servicio o trabajo, y hasta qué punto es fruto de la explotación basada en el poder y la situación ventajosa de los capitalistas.

No se trata solo de optar por una teoría económica sólida. Es una cuestión profundamente moral. La mayoría de nuestras decisiones políticas son consecuencia de nuestras emociones y de la particular visión moral de cada uno. Todo el mundo querría vivir en una sociedad justa y moralmente aprobable. Por eso es importante clarificar cuál es el origen de la ganancia y su legitimidad.

En los dos artículos siguientes, reconstruyo la teoría de la ganancia de Menger y analizo cuáles son las implicaciones sociales y políticas de la teoría de Menger. La primera parte analiza la teoría de la ganancia de Menger. La segunda entrega estudia sus implicaciones sociales y políticas.

Según Menger, los capitalistas son aquellas personas que no utilizan su propia riqueza como empresarios, sino los que prestan su propia riqueza a los empresarios. A cambio, el capitalista recibe el interés como compensación del capital prestado. La magnitud del interés depende del riesgo percibido y del descuento del tiempo temporal que depende de la esperada productividad del capital. Los capitalistas que invierten sus capitales en sus empresas o los empresarios que lanzan sus propias compañías esperan obtener beneficios.

Menger no desarrolló una teoría íntegra sobre los ingresos empresariales en los Principios de Economía.  Sin embargo, trató el papel de los empresarios y sus ingresos en dos secciones separadas del libro, sin conectarlas en una teoría unificada. Las dos fuentes que producen ingresos según Menger son las siguientes:

1) La compensación por el servicio del trabajo empresarial, tema analizado en la sección “Sobre el valor de las cantidades complementarias de los bienes de orden superior

2) La ganancia, que se trata en la sección “La formación del precio en el comercio monopolista”. 

Por lo que respecta a la primera fuente, la compensación por el servicio de trabajo técnico de un empresario incluye:

1) La obtención de información sobre la situación económica;

2) El cálculo económico;

3) El acto de la voluntad por el que se asignan los bienes órdenes superiores a una determinada producción;

4) La vigilancia para la ejecución más económica posible de los planes de producción.

Este servicio del trabajo empresarial es un factor necesario de la producción, por lo que es un bien económico y está determinado por el valor prospectivo del bien producido, como ocurre con todos los bienes económicos.

Esta parte de la teorización mengeriana sobre la función empresarial o managerial está bien recogida en la literatura económica que analiza la contribución de Menger a la iniciativa empresarial.

La segunda fuente de ingresos empresariales en el sistema teórico mengeriano es la ganancia. El concepto mengeriano de ganancia y su interconexión con el espíritu empresarial inventivo e innovador y con el monopolio, no se discute en la literatura que analiza la contribución de Menger a la ciencia económica (véase, por ejemplo, Knight 1950, Schumpeter 1954, Kirzner 1987). 

A pesar de que Menger no desarrolle una teoría completa, partiendo de mi lectura de Principios de Economía, planteo que Menger sí tenía una teoría sobre la ganancia y la iniciativa empresarial innovadora en estado embrionario, más allá del papel del empresario-manager. 

A continuación, reconstruiré la figura del empresario inventivo e innovador mengeriano y su teoría de la ganancia como resultante de la posición monopolista del empresario. Esta reconstrucción se basa en la discusión de Menger sobre la formación de los precios de monopolista, donde discute el fenómeno de la ganancia y la explotación.

Así, la ganancia es la consecuencia de la posición de monopolista del empresario. Menger propuso que hay dos posiciones posibles de monopolio:

1) Monopolio que excluye la competencia debido a la regulación o protección del Estado o de algún otro órgano de la sociedad. Este monopolio es permanente.

2) El monopolio en mercados libres debido a circunstancias especiales.

Menger añade que todavía existía en su época, alrededor de 1870, un tipo intermedio de monopolio, el de situación actual, que pervivía en pueblos lejanos. Este monopolio surge si en una localidad determinada solo hay una persona que pueda suministrar determinados bienes; por ejemplo, si en un pueblo sólo hay un médico. Así pues, puede surgir un monopolio de situación actual debido a la relativa pequeñez de un nicho de mercado concreto, sin que existan barreras sociales ni regulación.  También señaló que este tipo de monopolio de situación actual, que no está causado por la regulación social o estatal, era, por regla general, un fenómeno anterior y primitivo. La competencia lo había erradicado, salvo en algunas pequeñas aldeas lejanas.

Como señaló sucintamente, debido al complejo progreso de la civilización, el monopolista de la situación actual no puede cumplir con los crecientes requisitos de la sociedad para sus mercancías o servicio laboral. En esta situación, la necesidad de suministrar más bienes llama a la competencia, siempre que no haya barreras reguladoras o sociales en el camino. El proceso de aumento de la riqueza conduce a mercados competitivos en los que los productores o proveedores de servicios compiten entre sí por los consumidores.

Según Menger, en un mercado competitivo, un monopolio solo puede surgir por causas especiales. Menger enumeró tres causas especiales: la propiedad exclusiva de bienes, un talento especial o una circunstancia especial. Estas causas especiales crean una situación en la que un bien o servicio no podría ser proporcionado por otra persona.

El caso de la propiedad exclusiva y el talento especial son las causas fundamentales en la reconstrucción del empresario inventivo e innovador mengeriano. Por esta razón, a continuación, analizó estos casos.

En cuanto al monopolio de la propiedad exclusiva como circunstancia especial, la cuestión clave que abordó Menger fue el caso de que el capital ya es propiedad de personas ricas. El hecho consiguiente es que la escasez de la propiedad del capital limita la entrada de nuevos empresarios y, en consecuencia, permite posiciones monopolísticas a las personas ricas y a sus vástagos. Menger opinaba que la disponibilidad de crédito abre el espacio para que los agentes económicos con mentalidad empresarial accedan al capital. Esta idea se convirtió más tarde en la piedra angular de la teoría schumpeteriana del capitalismo. Schumpeter (1934) sostenía que el crédito creado por el sistema bancario de la nada permite a los empresarios dinámicos llevar a cabo sus ideas innovadoras y acceder a bienes de capital.

El segundo factor enumerado por Menger es el talento especial. Este factor es el que conduce a una nueva interpretación del pensamiento mengeriano sobre el espíritu empresarial. A mi entender, el talento especial es lo mismo que el talento para descubrir nuevos conocimientos, conexiones causales y leyes desconocidas hasta entonces. El descubrimiento de conexiones antes desconocidas y la ampliación del conocimiento es el concepto clave de Menger para explicar el avance de la civilización. Menger indicó claramente que era consciente de que siempre existen primeros descubridores, inventores o empresarios que gracias a sus inventos convierten bienes antes no conocidos en bienes económicos y este descubrimiento es la causa de una nueva fase de desarrollo.

Así pues, es lógico suponer que el talento especial es el antecesor del concepto schumpeteriano de invención e innovación empresarial, en una forma embrionaria. No obstante, Schumpeter no hizo referencia a que estaba ampliando las teorías de Menger sobre el espíritu empresarial (1954), aunque el sistema schumpeteriano del espíritu empresarial es muy similar a la teoría económica mengeriana (Tóth 2021).

En un mercado competitivo, en el que no existe ninguna barrera reguladora a la competencia, la ventaja de ser el primero en actuar de los empresarios inventivos e innovadores establece una posición similar a la que Menger describió como monopolio situación actual. Menger pensaba que la situación de monopolio real ha sido superada en gran medida por el progreso de la civilización y por el crecimiento de los mercados. Pero, de hecho, cualquier empresario establece un monopolio de situación actual si es el primero en introducir un bien o servicio nuevo, previamente desconocido, o si produce una versión superior de un producto o servicio previamente conocido de forma más eficiente. Esto es así, dado que el bien es un producto apetecido y los consumidores lo compran al precio fijado por el empresario innovador. En consecuencia, este empresario innovador disfruta de un monopolio temporal o actual y puede fijar un precio elevado mientras no haya otro empresario que copie la idea y entre al mercado. 

Hasta que no aparezca un competidor, el primer innovador tiene un monopolio actual y temporal por su innovación. Esto hace que el empresario pueda fijar un precio alto por el producto, lo que constituye la fuente de una ganancia inusualmente alta. Pero este alto precio es un llamamiento para que los demás copien la idea original e introduzcan en el mercado un producto similar ofreciendo un precio más competitivo, capten más consumidores y esperen una ganancia más alta de lo normal.

Por eso, en los mercados competitivos la ganancia inusualmente alta es un fenómeno temporal, ya que en cualquier momento otro empresario podría entrar en este nicho de mercado copiando el bien innovador original o presentando un bien aún mejor, siempre que exista una demanda de consumo suficientemente grande que permita recuperar el coste de lanzamiento y produzca una ganancia más elevada que la usual. En un mercado competitivo, los nuevos empresarios pueden entrar en el mercado y comercializar el bien en cuestión entre aquellos que no podían comprar el bien monopolizado debido a su precio más elevado y a su producción restringida. La consecuencia de la entrada de competidores es la competencia de los precios y el aumento del volumen de los bienes dados hasta que se satisfacen las necesidades de todos los posibles consumidores. Como consecuencia de la bajada de los precios, la ganancia también desciende al nivel usual. Fue Adam Smith quien teorizó sobre el nivel usual de la ganancia en un mercado competitivo. Según él, la ganancia tiene que ser más alta que el nivel del interés para compensar las molestias y el riesgo del empresario.

Según Menger, otra consecuencia de la competencia es que obliga a los empresarios a emprender una producción a gran escala para poder satisfacer la demanda. La competencia obliga a los empresarios a reducir el despilfarro, a eliminar cualquier ineficacia en el proceso de producción y a revolucionar constantemente los métodos de producción para que cada vez sean más rentables.

Un argumento explícito que falta en este análisis embrionario sobre el talento especial empresarial en un entorno competitivo es la posibilidad de introducir nuevos productos por parte de los empresarios. En este sentido, Menger hizo especial hincapié en la importancia del descubrimiento de nuevas conexiones causales. De ahí viene que las nuevas conexiones casuales se materializan como nuevos productos. En realidad, como podemos ver día a día, los empresarios buscan constantemente nuevos productos que puedan captar el interés de los consumidores, asegurándose para sí mismos una ganancia inusualmente alta. De esta manera, la competencia crea un ambiente institucional muy favorable para la invención de nuevos productos además de generar una mayor eficiencia. 

En resumen, partiendo de las ideas embrionarias de Menger, es posible construir una teoría integral del espíritu empresarial inventivo e innovador. Una persona con talento especial, un empresario, puede conseguir un monopolio temporal en un mercado si tiene una invención o una idea innovadora. La producción o prestación de servicios resultante le asegura una posición de pionero en este nicho de mercado. Mientras este único empresario sea el único proveedor del bien o servicio en cuestión, tendrá un monopolio actual o temporal en el mercado. El monopolio actual le permite fijar un precio elevado y obtener un beneficio inusualmente alto, por encima de los ingresos que normalmente esperaría como compensación por su papel empresarial y directivo en el proceso de aplicación de ideas innovadoras y el riesgo de invertir su capital en un proceso de producción.

Menger también argumentó que el precio elevado y la demanda insatisfecha de los consumidores, que son consecuencias de la posición de monopolio, abren la ventana para la entrada de una nueva tropa de empresarios que copien la idea original y proporcionen el mismo bien o servicio, o uno similar. Aunque las empresas establecidas tienen una posición ventajosa debido a su riqueza o capital acumuladas, los emprendedores pueden entrar en el mercado con la ayuda de los créditos disponible para financiar a un emprendedor audaz.

En el capitalismo moderno, los bancos son las instituciones que proporcionan crédito a los empresarios que carecen de capital propio, como una generación más tarde afirmó Schumpeter (1934). Entre los bancos también hay competitividad; así, quienes tienen un plan de negocio viable tiene más de una posibilidad de obtener un crédito suficiente para poder lanzar su negocio. Con la ayuda del crédito, las nuevas tropas de empresarios pueden plantear un desafío competitivo. La competencia resultante hace bajar los precios. La caída de los beneficios obliga a eliminar el despilfarro y a innovar en los métodos de producción para mantener los beneficios, y apremia nuevos invenciones e innovaciones para poder llegar a una posición monopolista y ganar una ganancia inusualmente alta.

Esta imagen embrionaria de la competencia es similar al concepto de competencia de Schumpeter. Schumpeter sostenía que la competencia no es solo competencia de precios, sino que implica innovación de productos, introducción de nuevas tecnologías, descubrimiento de nuevas fuentes de suministro, descubrimiento de nuevos mercados y creación de nuevos tipos de organizaciones industriales (Schumpeter, 1943).

La fuerza motriz de este proceso es la perspectiva de un beneficio inusualmente alto, lo que constituye la recompensa al talento especial por la invención y la innovación.

Desde Cantillon el riesgo y la incertidumbre era la mayor razón y justificación moral para explicar la ganancia de los empresarios. Sin embargo, Menger no acepta esta teoría porque no considera necesario invocar factores como el riesgo y la incertidumbre. En su discusión sobre la compensación por el trabajo técnico de los empresarios Menger explica muy claramente que pensaba que el riesgo es incidental, que es un fenómeno omnipresente que afecta a cualquier actividad económica humana. Lo importante para Menger es el talento especial y las cualidades humanas que hacen posible la puesta en práctica de la idea innovadora 

Una generación más tarde, Wieser, unos de los discípulos más importantes de Menger, opinaba que un empresario debe ser un individuo fuerte, con exceso de poder y vitalidad: tienen que poseer una mente lo suficientemente abierta como para resistir las presiones externas, es decir, la libertad de espíritu. Wieser también opinó que los empresarios no están motivados únicamente por el beneficio, sino también por la autorrealización que conforma el destino y el propósito de la vida humana (1914). Este punto de vista wieseriano fue desarrollado posteriormente por Schumpeter (1934), discípulo de Wieser, cuyas poéticas palabras sobre la figura del empresario superhéroe se convirtieron en el modelo estándar de los empresarios de éxito en la literatura empresarial.

Mientras que el monopolio actual de un talento especial es un monopolio temporal, el beneficio monopolista puede asegurarse de forma permanente o durante un periodo de tiempo determinado mediante la regulación proteccionista estatal o comunitaria, que limita o prohíbe la entrada de nuevas tropas empresarios a mercado. Así, una regulación proteccionista asegura un monopolio en un nicho de mercado para un empresario o un grupo de empresarios atreves de limitar la competencia.

Menger advirtió que es también habitual que un monopolista defienda su posición frente a la entrada de un nuevo competidor de forma beligerante. Pero, también es común encontrar, como él mismo describió, que una vez que un competidor está bien establecido, los empresarios intentan llegar a un común acuerdo para mantener una relación no competitiva dividiéndose el mercado para mantener un alto beneficio.

En estos casos – regulación proteccionista o acuerdos entre empresarios –, la inusualmente alta ganancia ya es una consecuencia de las restricciones a la competencia y no es una prima a la invención o la innovación. En cambio, los consumidores son explotados por el monopolista (o un círculo cerrado de monopolistas) porque pueden cobrar precios elevados sin tener que enfrentarse a la pérdida de consumidores debido a la existencia de un competidor, que está dispuesto a vender los mismos bienes a menor precio para desarrollar su propio negocio.

En la siguiente sección se analiza las implicaciones más amplias de las dos versiones de ganancia monopolísticas en los ámbitos social y político.

 

Bibliografía

Kirzner, I.M. (1978) ‘The entrepreneurial role in Menger’s system’, Atlantic Economic Journal, 6(3), pp. 31–45. Available at: https://doi.org/10.1007/BF02313307.

Knight, F. (1921) Risk, uncertainty, and profit. New York: August M. Kelley. New York: A. M. Kelley.

Menger, C. (1871) Principios De Economía Política. Available at: https://archive.org/details/carl-menger-principios-de-economia-politica.

Schumpeter, J. (1934) The Theory of Economic Development. 2008th edn. New Brunswick, New Jersey: Transaction Publishers.

Schumpeter, Joseph (1943) Capitalism, Socialism and Democracy. 1976th edn. London and New York: Routledge.

Schumpeter, Joseph (1954) History of Economic Analysis. 2006th edn. Routledge Taylor & Francis e-Library.

Tóth, A. (2021) ‘Los fundamentos mengerianos de la Escuela Austriaca de Economía y la Teoría Austriaca del Ciclo Económico: vínculos y controversias’, Procesos de Mercado, XVIII(1 Primavera), pp. 123–160. https://www.procesosdemercado.com/index.php/inicio/article/view/707/774

Wieser, Friedrich (1914) Social Economics. 1927th edn. New York: Adelphi.

Mises no comprendió a Menger (IV)

Estos últimos días he estado comentando con el profesor Rallo una crítica que Joel Serrano ha publicado en la revista procesos de mercado al análisis que a su vez Rallo dedicó al teorema regresivo de Mises en su libro “Una crítica a la teoría monetaria de Mises”.

No pretendo dar una réplica completa a Joel, entiendo que esto lo hará el profesor Rallo, pero sí quisiera destacar una cuestión importante que no he visto que ni Rallo ni Serrano traten en sus respectivos trabajos, y se trata de la diferencia en el concepto de mercancía en la teoría de Menger y en la de Mises.

Por supuesto, no se trata de que un concepto sea correcto y otro erróneo, simplemente son distintos conceptos, incluso se podría decir que opuestos, y considero que esto es una cuestión absolutamente clave en la teoría monetaria de Menger, pues Menger define dinero como la mercancía más vendible (o más líquida).

Para Menger una mercancía es un bien de cualquier tipo destinado al intercambio, tal y como muestro aquí y en los artículos siguientes de esta serie. Es decir, para Menger basta que el bien tenga valor de cambio. Para Mises, sin embargo, una mercancía es un bien que necesariamente debe tener algún valor de uso o consumo. 

Releyendo los artículos anteriores creo que vendría bien añadir alguna cita más donde quede bien claro la concepción de mercancía de Mises, por ejemplo aquí:

La teoría del dinero debe tener en cuenta la diferencia fundamental entre los principios que rigen el valor del dinero y los que rigen el valor de las mercancías. En la teoría del valor de las mercancías no es necesario al principio prestar atención al valor objetivo de cambio. En esta teoría todos los fenómenos de la determinación del valor y del precio pueden explicarse tomando como punto de partida el valor de uso subjetivo [..]

Efectivamente, aparte del hecho de que las mercancías adquiridas a cambio de los productos se valoran siempre de acuerdo con su valor de uso subjetivo, las únicas valoraciones que tienen una importancia final en la determinación de los precios y del valor objetivo de cambio son las que se basan en el valor de uso subjetivo que poseen los productos para aquellas personas que son las últimas en adquirirlos a través del tráfico comercial y que las adquieren para su propio consumo.” (Mises, 1997, p. 76 y 77)

En la cita anterior no se sabe muy bien a qué principios que rigen el valor de las mercancías se refiere Mises, pues el no desarrolla una teoría de la mercancía como si hace Menger en su libro Principios de Economía Política, donde por cierto dice expresamente lo siguiente:

Como en otras cuestiones, también en este punto mantiene Schmalz una teoría muy peculiar. Confunde en su obra, a consecuencia de su errónea concepción de la relación entre el dinero y las mercancías, la idea de mercancía con la de bienes de uso en el estricto sentido de la palabra y llega, por tanto, a una definición científica de las mercancías radicalmente opuesta a la que hemos ofrecido más arriba.” (Menger, 2012, cap. VII.1 nota al pie 4. Énfasis mío)

Y en la edición original de 1892 de Geld Menger dice esto otro:

Así, recientemente un destacado comentarista sobre el dinero y la acuñación niega el carácter de mercancía del dinero, especialmente porque una ‘mercancía’, para cumplir su propósito, es decir, para ser usada y consumida, debe desaparecer del mercado, pero el dinero, como medio de cambio, presta sus servicios permaneciendo en el mercado. Esto es un error, porque la circunstancia de que una mercancía finalmente se llegue a consumir es incierta y, por lo tanto, no es una característica esencial del concepto de mercancía.” (Menger, 1892, p.46 traducción libre. Énfasis mío)

En la teoría de Menger el valor de uso en una mercancía es algo circunstancial o accesorio, y no es lo que la caracteriza. Es decir, el valor de uso no es condición necesaria ni tampoco suficiente para que una mercancía sea una mercancía. Por otro lado, Menger enumera hasta 18 circunstancias, siendo 5 de ellas cualidades de la mercancía, que influyen en la vendibilidad, y sólo la primera circunstancia podría llegar a interpretarse que tiene que ver con su valor de uso no monetario, pero independientemente de la interpretación, Menger en ningún momento afirma que esa tenga que ser una circunstancia necesaria.

Que desde un punto de vista histórico las mercancías tuvieran inicialmente valor de uso, no impide que la creatividad humana, una vez ha observado cuáles son las características de las mercancías más líquidas o que mejor satisfacen los intercambios (duradera, divisible, transportable, elasticidad de la oferta, difícil de falsificar, etc), pueda alumbrar mercancías que sirvan única y exclusivamente para intercambiar. Servirán a este propósito con mayor o menor éxito, eso es irrelevante, pero para que satisfaga la definición de mercancía de Menger es suficiente que alguien invente ese instrumento para el intercambio y pretenda venderlo como tal. Este es el caso del proto-dinero que describe Nick Szabo, la moneda fiat o el caso de Bitcoin.

El caso de Bitcoin es el más ilustrativo, pues ya con el nombre que el inventor otorga al invento ya nos está diciendo su propósito, y sabemos casi con total certeza cuál fue el motivo de Satoshi para intercambiar su esfuerzo, electricidad y la capacidad de proceso de su ordenador para obtener las primeras unidades de Bitcoin. Y ese motivo no fue otro que las propiedades que con sumo cuidado él mismo trató de dotar a Bitcoin para ser una buena mercancía o medio de intercambio, según las propiedades que enumera Menger, y alguna más. A saber: Duradero, transportable, divisible, oferta limitada, fungible, difícil de falsificar, verificable, etc. Estas primeras unidades de Bitcoin fueron obtenidas mediante un intercambio autístico, y, por tanto, se generó un precio sin que esas unidades de Bitcoin hubieran tenido ningún uso no monetario previo. Satoshi atesoró esas primeras unidades porque tenían valor de cambio para él. Es decir, tal cual la definición de mercancía de Menger, recordemos: “Bien de cualquier tipo destinado al intercambio”. Y podemos afirmar que es un bien desde el momento en que Satoshi decide atesorarlos, pues no hay bien económico sin propietario ni propietario sin bien económico (Bondone, 2006, p. 24). Nadie se molesta en poseer cosas inútiles, o útiles que no sean o no se anticipe, vayan a ser escasas.

¿Por qué considero tan relevante el concepto de mercancía que utiliza Menger? Porque para Menger lo relevante de las mercancías es que facilitan el intercambio. De lo que se trata es sí, cualitativamente la cosa facilita el intercambio, y no del valor cuantitativo de la cosa. No es lo mismo una partida de merluzas frescas con valor equivalente a una onza de oro hoy, que una onza de oro. Sus distintas cualidades repercuten en una liquidez o intercambiabilidad distinta, por mucho que su poder adquisitivo a día de hoy sea cuantitativamente el mismo. 

Es crucial tener en cuenta que Menger sostiene que los intercambios generan riqueza para ambas partes, y además es importante destacar que cualquier mercancía puede facilitar el comercio sin necesidad de ser la más líquida. Por tanto, cualquier cosa que facilite el intercambio deriva su valor de la nueva riqueza que generen los intercambios futuros que se estime, dicha cosa vaya a mediar. La mercancía entendida en su significado Mengeriano esencial atendiendo a sus cualidades para facilitar el intercambio (transportable, divisible, etc.), es una herramienta para el intercambio y, por tanto, tiene valor como cualquier otra herramienta.

Pero, ¿cómo se puede saber el precio de esta herramienta si nunca tuvo un precio antes?  Pues igual que para cualquier otra herramienta totalmente nueva, mediante un intercambio autístico como el que describíamos en el caso de Satoshi, o mediante un proceso de subasta o tanteo donde comprador / vendedor manifiestan qué cantidad de otro bien están dispuestos a entregar / recibir a cambio, y donde comprador / vendedor pueden comenzar por ofrecer /  pedir un precio arbitrariamente bajo / alto. Una vez acuerdan un primer precio, ni el propio Mises tendría problema alguno en admitir que esta nueva herramienta para el intercambio pueda valorarse única y exclusivamente por los servicios de intercambio que proporciona, tal y como explica en su libro “Money, Method and the Market Process”, aunque refiriéndose al dinero:

But once an economic good has become money, then the specific demand for money can tie into an already existing exchange relationship between money and goods in the market, even if the demand for the money-good, as motivated by the other use, disappears. 

[..]
All of those who denied the ability of the services of money to determine its exchange value failed to recognize that the only decisive element is demand. The fact that there exists a demand for money — the most marketable (most saleable) good, for which the owners of other goods are prepared to exchange — means that the monetary function is capable of creating value.” (Mises, 1990, Cap. 4)

Mises no pone en duda que la prima de vendibilidad o liquidez existe, hasta el punto de que sostiene que un bien puede ser valioso única y exclusivamente por esa prima de liquidez. ¿Y cuál es la causa de la prima de liquidez? La teoría de la mercancía de Menger nos da la respuesta: Las cualidades de la cosa que contribuyen a su vendibilidad (liquidez).

En definitiva, el teorema regresivo de Mises pretende resolver un problema que no existe, pues la teoría de la mercancía de Menger ya da respuesta a lo que Mises pretende resolver. Pero como Mises claramente no toma en consideración esta teoría, ve un problema donde no lo hay. En un sentido más profundo, Mises no acaba de reconocer la capacidad del ser humano para anticipar la riqueza que generan los intermediarios de los intercambios cuando éstos son objetos cuya única utilidad potencial sea facilitar intercambios.

Bibliografía

Bondone, Carlos (2006), Teoría de la Relatividad Económica. www.carlosbondone.com 

Menger, Carl (2012) [1871] , Principios de Economía Política, Bubok Publishing

Menger, Carl (1892) Geld, Handwörterbuch der Staatswissenschaften.

Mises, Ludwig Von (1997) [1912], La Teoría del Dinero y del Crédito. Unión EditorialMises, Ludwig Von (1990) Money, Method, and the Market Process. www.mises.org

Serie Mises no comprendió a Menger: I, II, III

El impacto práctico de las dos teorías de Marx

Marx escribió dos teorías para explicar la manera en que los capitalistas obtienen beneficios. La principal teoría es la explotación del trabajador según la cual, el trabajador gana en media jornada laboral el salario que asegura su supervivencia dedicando la otra mitad del tiempo de trabajo a producir los beneficios para el capitalista. Es una explotación invisible, tan invisible que ni siquiera los propios capitalistas saben lo que produce sus riquezas. Aunque esta teoría sólo funcione en condiciones irreales basadas en las suposiciones de Marx, como hemos mostrado en el primer artículo y analizado en el tercero de esta serie, ha llegado ser el lema de los movimientos socialistas y la causa de la lucha de clases.

Marx ya había insinuado en El Capital que su teoría no era aplicable a las condiciones del capitalismo industrial, algo que más tarde fue abiertamente reconocido por Engels. Por eso, como hemos analizado en el segundo artículo, Marx desarrolló una segunda teoría que explica cómo los capitalistas obtienen beneficios al intensificar la producción y al invertir en maquinaria para las fábricas. Aunque las dos teorías se contradicen entre sí, Marx encubrió su contradicción con una hábil tapadera.

Marx escribió El Capital con la intención de construir “del más terrible misil que se ha disparado jamás contra las cabezas de la burguesía (terratenientes incluidos).”[1] La carga emocional de El Capital es unos de más importantes mensajes de metacomunicación del libro, lo que ayuda a los lectores simpatizantes a identificarse con el texto evitando así que encontraran las posibles contradicciones. Por eso, El Capital llegó a ser una fuente de ideas para la interpretación del mundo capitalista y la construcción del posterior socialismo.

La primera teoría: revolución

Para los seguidores de Marx que creen en su primera teoría sobre la explotación, la única vía de escape del capitalismo es la revolución socialista llevada a cabo por los obreros y la creación del estado socialista. El mercado sólo produce miseria. La eliminación del mercado y los capitalistas solucionaría todos los problemas del mundo porque no tienen ninguna función útil. Así, tal y como imaginó Lenin en El Estado y Revolución[2], la economía funcionaría como un reloj o como una oficina de correos.

Así, no sorprende que todos los intentos por establecer el socialismo hayan resultado un fracaso. Como sabemos, la economía no funciona como un reloj ni como una oficina de correos: el sistema económico planificado por los estados socialistas no ha podido cumplir los sueños de Marx, crear más abundancia para los obreros que en los países capitalistas. La comparación de la Alemania socialista con Alemania occidental, Corea Norte con Corea Sur, Austria con Chequia (que antes de 1918 era la parte más desarrollada de imperio austriaco) muestra muy claramente que el socialismo no ha conseguido crear ningún paraíso terrestre porque se ha levantado sobre una tesis científica mal construida.

Incluso es muy claro que entre las economías socialistas los países que tuvieron más éxito relativo fueron los que abandonaron el plan original marxista y dejaron, por lo menos, algún espacio al mercado. El “socialismo goulash” de János Kádár en Hungría y las reformas de Deng Xiaoping en China fueron los programas más exitosos dentro del marco socialista porque estas reformas pro-mercados hicieron crecer el nivel de vida del trabajador. La transición hacia las reformas pro-mercados tuvo consecuencias incluso más importantes, como la disminución de la política del terror de Estado provocada por la necesidad de alcanzar determinadas metas económicas.

La segunda teoría: socialdemocracia

La segunda teoría del Marx habla de la explotación a través de la intensificación de la producción. Esta teoría acepta, entre líneas y de mala gana, la importancia de los capitalistas para hacer una producción más eficiente y los efectos positivos que el aumento de la productividad tiene en el trabajador. [3]

Es esta segunda teoría la que anima a los partidos socialdemócratas de la actualidad. El giro copernicano de la socialdemocracia moderna, que renuncia al programa revolucionario marxista (comunista), tiene su origen en la obra de Eduard Bernstein, un socialdemócrata alemán moderado que formuló su programa político reformista para la socialdemocracia a finales del siglo XIX.

Eduard Bernstein argumentaba en 1893[4] que la profecía de Marx no se había cumplido: no sólo había aumentado el peso de la clase media, sino que una parte de los obreros había podido incorporarse a la clase media. La democracia permitía hacer políticas que favorecen a los obreros. El programa revolucionario de Marx no había resultado apto en los tiempos de creciente abundancia del capitalismo del siglo XIX. Bernstein predijo que el llamamiento de Marx a la dictatura del proletariado sería un fracaso.

La socialdemocracia que sigue las pautas de Bernstein ha abogado por una economía mixta dentro del marco democrático; acepta la necesidad de la economía del mercado y acepta el papel de los capitalistas, pero aboga por dar un papel importante al Estado para balancear el poder de los capitalistas y crear más igualdad. El arte de gobernar es encontrar el difícil camino entre competitividad e intervención estatal.

Para nosotros, con la experiencia del fracaso del socialismo, es vital ver el lado positivo del funcionamiento de los mercados y apreciar el poder innovador de los empresarios y capitalistas. Tenemos que apreciar el poder de la innovación incluso más de lo que la segunda teoría de Marx nos permite apreciar.

El Capital de Marx se publicó casi simultáneamente con Los Principios de la Economía de Menger (1871).[5] Marx y Menger leyeron a los mismos autores, pero Menger, a diferencia de Marx, reconoció las deficiencias del pensamiento de Smith y fue capaz de situar el pensamiento económico sobre una nueva base con la ayuda de las ideas de Condillac, que había sido rechazado por Marx. De esta manera, evitó la laboriosa tarea del engaño y subterfugio que encubría las contradicciones de una teoría mal fundamentada. A cambio, podría dedicar todas sus energías a construir una teoría que funcionara realmente bien, libre de contradicciones.

La teoría de Menger puso de relieve la característica más importante del capitalismo o del libre mercado que Marx se había negado a ver[6]: la posibilidad de innovación, de que personas con ideas y tendencias emprendedoras descubran y pongan en práctica sus ideas para mejorar sus vidas y, por ende, el mundo. Como resultado, los países que han aplicado las ideas de Adam Smith sobre el libre comercio y la libertad personal han alcanzado niveles de vida antes inimaginables.

Así, la lectura más importante no es Marx ni El Capital. Las obras imprescindibles son las de Menger y sus discípulos, Mises, Hayek y Schumpeter, que proporcionan el verdadero apoyo para que la humanidad alcance el resultado que Marx imaginó: el mejor nivel de vida posible y la libertad personal para todos, también para los trabajadores y no sólo para la élite, ya sea económica o política.


[1] Marx, K. (1867) ‘Letter to Johann Philip Becker, 1867. 04. 17.’, in MECW vol. 42. 2010th edn. Electric Book: Lawrence & Wishart, p. 358.

[2] V.I. Lenin: El Estado y el revolución. Fundacion Federico Engels, 1997. pag. 72-3.

[3] “Del propio plusproducto creciente de éstos (los capitalistas – TA), crecientemente transformado a pluscapital, fluye hacia ellos (a los trabajadores – TA) una parte mayor bajo la forma de medios de pago, de manera que pueden ampliar el circulo de sus disfrutes, dotar mejor su fondo de consumo de vestimenta, mobiliario, etc, y formar una pequena fondo de reserva en dinero” (Marx, K. (1867) El Capital. Libro I. 2009 ed. Madrid: Siglo XXI., p. 766-7).

[4] Bernstein, E. (1899) Preconditions of Socialism. Cambridge: Cambridge University Press.

[5] Menger, C. (1871) Principles of economics. 2007th edn. Auburn, Ala.: Ludwig von Mises Institute.

[6] „La lucha de la competencia se libra mediante el abaratamiento de las mercancías” (Marx, K. (1867) El Capital. Libro I. 2009 ed. Madrid: Siglo XXI., p. 778).