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Etiqueta: Comercio

De la Gran Guerra a la Guerra de Ucrania: la desarticulación del sistema de cooperación internacional

Son muchos quienes en los últimos días han venido vinculando los famosos “aranceles de Trump”, con la Ley de Aranceles de 1930, también conocida como Ley Smoot-Hawley, a la que, según algunos, debe responsabilizarse de “agudizar la Gran Depresión de 1929, que afectó a múltiples países, se prolongó por una década, ocasionó una fuerte caída del producto interior bruto (PIB) y dejó a millones sin trabajo” (BBC, 2025). Pero creo que fijarse sólo en las medidas arancelarias de entonces y de ahora es quedarse en la superficie. Hay similitudes más profundas que nos pueden ayudar a entender mejor lo que pasó y lo que puede pasar.

El patrón oro antes y después de la Gran Guerra

Son muchos los economistas que se han planteado por qué un sistema, el del “patrón oro” o “Gold Standard”, que tan buenos resultados dio antes de la Primera Guerra Mundial, se volvió un sistema tan inestable en el período de entreguerras. El argumento que dan muchos “austriacos”, siguiendo las tesis de Murray Rothbard en su “La Gran Depresión” (Rothbard, 1963 [2013]), no es otro que la implementación, tras la Gran Guerra, de un sistema adulterado, que ya no movía a la disciplina crediticia y monetaria, y en el que los bancos centrales de Alemania o Francia, en lugar de acumular oro como reserva, atesoraban pasivos del Banco de Inglaterra, en lo que se vino a llamar el “patrón-divisa oro”.

Y dado que Inglaterra expandió de manera excesiva el crédito, adoptando medidas internas (limitar la posibilidad de sus ciudadanos de pedir reembolsos en oro) y externas (presionar a Francia y Alemania para que continuasen atesorando libras, en lugar de convertirlas en oro) que le permitiesen esa expansión sin ataduras, la consiguiente burbuja de crédito se convirtió en realidad, sobre todo cuando explotó.

Otros autores, como Kindleberger (Kindleberger, 1973 [1986]), señalan que la estabilidad del sistema del patrón oro anterior a la Primera Guerra Mundial se debió a una correcta gestión, por parte de Gran Bretaña, de su papel de líder mundial, fundamentalmente a través de su “agente” el Banco de Inglaterra, que se encargaba de ser el prestamista internacional cuando la actividad económica se resentía, dulcificando, en lugar de agravando, los ciclos económicos internacionales. Tras la Gran Guerra, sin embargo, Inglaterra, según Kindleberger, fue ya demasiado débil para estabilizar el sistema y Estados Unidos no estaba todavía preparado para ejercer dicha función. La estabilidad mundial, en definitiva, se garantizaba en la medida en la que hubiese un poder económico dominante o hegemónico preparado y deseoso de realizar esas labores estabilizadoras.

Barry Eichengreen (Eichengreen, 1992 [1995]), por otro lado, pone el acento no sólo en cuestiones económicas, sino también en otras estrictamente políticas, e incluso ideológicas, ya que todos los actores del sistema compartían un mismo marco conceptual. Y es que, para este autor, el patrón oro previo a 1914 fue estable principalmente por dos razones, la “credibilidad” de los actores principales y la “cooperación” entre ellos: así, Eichengreen entiende por “credibilidad” la confianza generalizada en el compromiso de los países centrales del sistema (Gran Bretaña, Francia y Alemania) con el citado sistema de patrón oro; y por “cooperación” la intervención y ayuda efectiva de los bancos centrales de esos países al país cuya paridad se estuviese viendo amenazada, generalmente prestando oro o adquiriendo su divisa.

Así, señala Eichengreen, no sólo el Banco de Inglaterra estaba dispuesto a mandar oro a los Estados Unidos, o a ayudar a los bancos alemanes y el Reichsbank cuando estos lo necesitasen, sino que el Banco de Francia lo estaba, igualmente, para prestarle ese oro al Banco de Inglaterra, o al de Alemania, cuando fuese necesario, al igual que lo estuvieron el Reichsbank o el gobierno ruso cuando la paridad de la divisa del “hegemon” -Inglaterra- se encontraba sometida a excesiva tensión.

Pero esa “credibilidad” generalizada, esa confianza de los actores del mercado en el compromiso oficial de intervenir, si fuese necesario, para mantener el sistema, hacía que la intervención real de los bancos centrales no fuese necesaria sino en situaciones excepcionales, ya que los capitales privados, señala Eichengreen, fluían rápidamente al país en problemas, en la confianza de que los bancos centrales del resto de países acudirían a su rescate, de manera que la denigrada “especulación” actuaba como estabilizador del sistema aún antes de que lo hiciesen las “autoridades”.

Pero las cosas cambiaron tras la Gran Guerra, y la política doméstica de los países entró en juego, alterando el sistema de dos maneras: por un lado, influyendo en el grado de colaboración efectiva real, de los distintos gobiernos y sus bancos centrales, y, en segundo lugar, y derivada de la anterior, minando la confianza de los actores privados en que produjese esa intervención de las autoridades.

Y no es sólo que las reparaciones acordadas tras la Guerra abrieron heridas entre los miembros del sistema que impedían, o dificultaban sobremanera, esa colaboración, sino que la mentalidad general, del público y de los gobiernos, cambió: antes de 1914, la gente no vinculaba el desempleo con la fluctuación de los tipos de interés o las condiciones monetarias; los economistas no tenían articuladas teorías sobre la relación entre la oferta de dinero y el crédito como herramientas para manipular y estabilizar la producción o reducir el desempleo.

Tras la Primera Guerra Mundial eso cambió, y Keynes y sus teorías son un claro ejemplo. Y si a ese cambio de “mentalidad económica” se le añade que tras la Guerra los sindicatos y los partidos “laboristas” alcanzaron una influencia de la que antes no disponían, en un público y en unos dirigentes influidos por los nuevos planteamientos económicos, la ruptura de los anteriores equilibrios estaba servida: rota esa “credibilidad” y esa “cooperación”, ni las autoridades, ni los capitales privados ejercieron las funciones estabilizadoras necesarias para mantener el sistema.

Tras la guerra de Ucrania

Y es ahí, en esas explicaciones sobre lo que ocurrió hace casi cien años, donde, creo, deberíamos aprender para entender los riesgos que una eventual guerra arancelaria y de divisas pueda generar, y, en ambos casos, y quizás por casualidad, después de una guerra con la que se abren, o aumentan, las heridas entre los principales actores de la arena económica.

Ya en los años sesenta, Richard Cooper planteaba el dilema al que se enfrentaban los países que querían seguir beneficiándose del libre intercambio comercial y pretendían, a su vez, preservar la máxima libertad de cada país para perseguir sus objetivos económicos particulares  (Cooper, 1968). La solución que él daba es que los beneficios económicos de la interdependencia comercial eran tan importantes que había que renunciar a las políticas soberanas; así, si los estados reconocían que su verdadero interés, en el largo plazo, pasaba por la integración completa de sus economías, los beneficios que se obtendrían superarían sobradamente los costes de esa “pérdida” de soberanía. Pero el mismo Cooper reconocía que la voluntad política necesaria para llegar a ese punto era improbable que se llegase a dar.

Es cierto que Estados Unidos se enfrenta a grandes retos: un déficit fiscal importante; una deuda pública mastodóntica; un déficit comercial crónico, apoyado en un dólar “fuerte”, moneda internacional de reserva defendida por un ejército costoso; deslocalización de su industria, en parte, según algunos, por todo lo anterior; la amenaza china a su hegemonía económica y militar, siendo China su principal “socio” comercial y segundo mayor tenedor extranjero de su deuda… y varios billones (“trillions” americanos) de deuda que tiene que refinanciar en los próximos meses, en los que vencen más de 6 billones de Treasury Bills (Senate Joint Economic Committee, 2025).

El problema no es ya si Trump es capaz de solucionarlo todo por sí solo apoyándose en el poder económico y militar hegemónico de Estados Unidos, sino si al intentar hacerlo no va a saltar por los aires el sistema tal y como está organizado: No es ya sólo que a la barra libre de crédito barato de las últimas décadas, ya de por sí una bomba de relojería, se le pueda sumar una guerra comercial que desarticule el comercio global tal y como lo conocemos, rompiendo los flujos de bienes y servicios y destruyendo las cadenas de producción, sino que, además, la desconfianza entre los diferentes actores -públicos y privados- se generalice, y con ella, la falta de cooperación para conseguir objetivos comunes -o buscar soluciones al desastre- en el medio y largo plazo.

Decía Stephen Miran en su famosísimo “paper” de noviembre del año pasado, del que todo el mundo habla últimamente  (Miran, November 2024), que una solución unilateral a los problemas del país norteamericano, en su objetivo de redefinir el sistema del comercio global para alinearlo con sus intereses nacionales, tendría, con más probabilidad, “efectos secundarios indeseados, entre ellos la volatilidad de los mercados”, si bien la solución multilateral –“con menos volatilidad”- lleva aparejada la dificultad de convencer a los socios comerciales para que se suban al carro de la reforma[1]. No tengo tan claro que los “undesired side effects, like market volatility”, de los que habla Miran, sean exactamente los mismos a los que realmente nos enfrentamos.

Bibliografía

BBC, News (6 de abril de 2025). Cómo la ley que EE.UU. aprobó para subir aranceles en 1930 terminó por devastar su economía y agravar la Gran Depresión. Recuperado el 15 de abril de 2025, de https://www.bbc.com/mundo/articles/c20dr1y81d2o

Cooper, R. (1968). The Economics of Interdependence: Economic Policy in the Atlantic Community. Nueva York: Council on Foreign Relations – McGraw Hill.

Eichengreen, B. (1992 [1995]). Golden Fetters. The Gold Standard and The Great Depression 1919-1939. Nueva York: Oxford University Press, Inc.

Kindleberger, C. P. (1973 [1986]). The World in Depression, 1929-1939. Berkeley: University of California Press.

Miran, S. (November 2024). A User´s Guide to Restructurin the Global Trading System. Hudson Bay Capital. Obtenido de https://www.hudsonbaycapital.com/documents/FG/hudsonbay/research/638199_A_Users_Guide_to_Restructuring_the_Global_Trading_System.pdf

Rothbard, M. N. (1963 [2013]). La Gran Depresión. (I. Carrino, Trad.) Madrid: Unión Editorial.

Senate Joint Economic Committee, USA (2025). Recuperado el 15 de abril de 2025, de https://www.jec.senate.gov/public/vendor/_accounts/JEC-R/debt/Monthly%20Debt%20Update.html


[1] “Unilateral solutions are more likely to have undesired side effects, like market volatility. Multilateral solutions may have less volatility, but entail the difficulty of getting trading partners onboard, which curtails the size of the potential gains from reshaping the system” (Miran, November 2024, pág. 11).

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Cómo los aranceles trumpistas empobrecerán al mundo

La política comercial de Estados Unidos ha cruzado una línea que durante décadas se consideró impensable, incluso entre sus críticos. No es que el proteccionismo sea nuevo -la historia económica estadounidense tiene historias de aranceles para regalar-, pero lo que está ocurriendo ahora no es una medida temporal, ni una respuesta puntual a una crisis sectorial. Es, directamente, la reinvención de la guerra comercial como estrategia política permanente, sin matices, sin disimulo y, lo que es peor, sin fundamento.

Donald Trump ha puesto sobre la mesa un nuevo esquema arancelario que no distingue entre aliados, rivales o socios estratégicos. Todo país que tenga superávit comercial con EE. UU. es, por definición, sospechoso. Y todo déficit bilateral es tratado como evidencia de abuso. No hay una investigación técnica, ni análisis de cadena de valor, ni contexto histórico. Solo una ecuación: déficit comercial dividido por importaciones. Resultado en mano, se asigna un porcentaje de castigo.

Así se llega, sin rubor, a tarifas del 104 % para China, 49 % para Camboya, 46 % para Vietnam, 32 % para Indonesia y Taiwán, 26 % para India, 20 % para la Unión Europea y 10 % para el Reino Unido. Un escenario digno de una parodia económica, pero que hoy se considera seria política de Estado.

El trasfondo ideológico de esta fórmula es tan rudimentario como inquietante: en un mundo justo, supuestamente todas las balanzas comerciales bilaterales deberían estar equilibradas. Si un país le vende a EE. UU. más de lo que le compra, entonces lo está explotando. Como si el comercio internacional fuera una suma cero, donde todo excedente ajeno implica una pérdida propia. Esta es la base de la ofensiva arancelaria, repetida en mítines, entrevistas y documentos oficiales, con la naturalidad de quien no sabe -o no quiere saber- que está pisoteando siglos de pensamiento económico.

Porque el comercio no es contabilidad, o no solo eso. El déficit exterior de EE. UU. no es el resultado de acuerdos mal negociados, sino de una economía estructuralmente consumista, con moneda fuerte, poder adquisitivo elevado y una economía cada vez más terciarizada. El superávit de otros países con EE. UU. no es una trampa: es, en buena parte, la consecuencia natural de un país que importa porque puede.

El problema no es solo conceptual. Es práctico. La imposición generalizada de aranceles altos afectará inevitablemente a los precios domésticos, desde la ropa hasta los microchips. Las empresas estadounidenses, muchas de las cuales dependen de insumos extranjeros -o tienen producción deslocalizada-, enfrentarán un dilema: absorber el golpe o trasladarlo al consumidor. Sorpresa: el consumidor siempre paga.

Además, ningún país se queda de brazos cruzados. La historia reciente ya demostró que los aranceles provocan represalias, desequilibrios y roturas en las cadenas de suministro y fricciones diplomáticas innecesarias. Y en un mundo donde las economías están interconectadas por miles de contratos, tratados y flujos financieros, cada decisión unilateral genera ondas de choque. Lo que empieza como una promesa de proteger al trabajador americano termina, en la práctica, socavando las bases del crecimiento global y aumentando la incertidumbre para todos.

Pero… ¿funcionará esta estrategia para reducir el déficit? La respuesta corta es no. La larga, tampoco. La evidencia empírica -y los casos históricos- muestran que los aranceles pueden reducir las importaciones, sí, pero también tienden a reducir las exportaciones. Un país que se cierra pierde competitividad, dinamismo y acceso a mercados. Además, el déficit externo no se resuelve desde la aduana, sino desde el equilibrio macroeconómico interno: gasto público, ahorro privado y política monetaria. Ninguna de esas variables se verá enormemente afectada con un arancel del 46 % a Vietnam.

Lo que sí logrará esta política es distorsionar el comercio, encarecer la vida cotidiana, sembrar tensión diplomática con socios clave y debilitar la credibilidad institucional de Estados Unidos en los foros multilaterales. No es poco daño para una decisión basada en meros sentimientos de opresión comercial inexistente.

Lo más preocupante de esta nueva doctrina arancelaria no es su impacto económico inmediato, sino lo que revela a nivel sistémico. Durante décadas, EE. UU. lideró el diseño de un modelo comercial global basado en reglas claras, reciprocidad negociada, resolución de disputas por vías legales y apertura progresiva. Ese modelo, con todos sus defectos, permitió expandir el comercio, integrar economías emergentes y reducir conflictos.

Hoy, ese andamiaje está siendo dinamitado desde dentro. No por enemigos externos, sino por una administración que ve en el multilateralismo una amenaza y en la autonomía comercial absoluta una virtud. La ironía es que EE. UU. ya no se presenta como víctima de un sistema mal diseñado, sino como mártir de un sistema que ellos mismos impusieron al resto del mundo.

La pregunta que queda es si esta política comercial tiene algún propósito real o si es, simplemente, una extensión de la campaña permanente. Todo apunta a lo segundo. Los aranceles, en este contexto, no son medidas correctivas: son banderas electorales. Sirven para agitar a sus votantes, construir enemigos imaginarios y reforzar una narrativa de declive provocado por terceros. Un eslogan convertido en política de Estado.

Pero incluso los relatos más sólidos chocan tarde o temprano con la realidad. Y cuando el efecto de los aranceles empiece a notarse en el bolsillo del votante medio, cuando los sectores productivos se rebelen y las alianzas internacionales empiecen a erosionarse, quizá alguien en Washington empiece a preguntarse si valía la pena sacrificar el liderazgo global a cambio de unos puntos en las encuestas.

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Donald Trump ha roto con el capitalismo democrático

Por Dalibor Rohac. El artículo Donald Trump ha roto con el capitalismo democrático fue publicado originalmente en CapX.

Poco después de convertirse en presidente, Vladimir Putin celebró una reunión ya histórica en el Kremlin con los oligarcas rusos. El acuerdo que puso sobre la mesa en el verano de 2000 era sencillo: la élite económica del país podía conservar y seguir acumulando su enorme riqueza, adquirida en la mayoría de los casos por medios legal y éticamente dudosos, pero debía permanecer leal al líder.

En los años siguientes, Putin fue implacable a la hora de hacer cumplir el nuevo contrato social. Mijaíl Jodorkovski, en aquel momento el hombre más rico de Rusia, fue expropiado rápidamente y encarcelado durante una década cuando se atrevió a criticar la corrupción del régimen en una reunión televisada con Putin en 2003. Antes, Vladimir Gusinsky, entonces propietario de una cadena de televisión independiente, cumplió una pena de cárcel y emigró, al igual que Boris Berezovsky, que se había enfrentado a Putin en las primeras semanas de su presidencia.

No es exagerado afirmar que los aranceles draconianos de Donald Trump contra el resto del mundo, anunciados el 2 de abril, pretenden recrear en Estados Unidos una economía política al estilo ruso. Su objetivo no es recuperar puestos de trabajo en el sector manufacturero ni aumentar los ingresos, ni tampoco extraer concesiones comerciales o de otro tipo de los socios comerciales de Estados Unidos. En cambio, su objetivo es afirmar el control político sobre la economía de mercado más grande y dinámica del mundo, asegurando que la riqueza económica independiente no plantee un desafío al control del poder político de Trump durante los próximos cuatro años, y potencialmente más allá.

¿Suena descabellado? Claro, la economía estadounidense no está controlada por 21 oligarcas, como los que se unieron a Putin en aquella trascendental reunión del verano de 2000, ni está organizada en torno a industrias extractivas altamente concentradas, que producen rentas económicas, en lugar de beneficios bien ganados para los innovadores y los que asumen riesgos. Por «renta», los economistas entienden un flujo de ingresos relacionado con la propiedad de un activo por encima de su uso productivo. El control de la riqueza mineral de Rusia es una de esas fuentes de rentas, sin relación con las habilidades o la perspicacia empresarial de los oligarcas del país. Los aranceles -especialmente en la escala gargantuesca desplegada por la administración Trump- son otra.

En las próximas semanas y meses, espere que algunas empresas estadounidenses clamen por exenciones para los insumos importados que utilizan en la producción con sede en Estados Unidos. Espere que otras luchen para que el Gobierno mantenga -e incluso aumente- la protección arancelaria para su producción comercializada en Estados Unidos. Otros aún pueden acudir a Trump para pedirle que haga concesiones a los gobiernos extranjeros que habrán tomado represalias contra el proteccionismo estadounidense, perjudicando a las empresas estadounidenses.

En resumen, los aranceles han desatado una guerra de ofertas por favores concedidos por un gobierno federal cada vez más personalista. Los economistas, empezando por Gordon Tullock y Anne Krueger, han llamado a este fenómeno «búsqueda de rentas», y lo han utilizado para explicar por qué los costes económicos visibles de los aranceles, los monopolios artificiales y el clientelismo gubernamental son sustancialmente mayores de lo que predeciría la teoría económica estándar. La búsqueda de rentas implica el uso de recursos económicos por parte de intereses especiales para cambiar la política o mantener las estructuras existentes, a menudo concediendo favores a miembros de la clase política.

Aunque la búsqueda de rentas siempre ha existido en todos los sistemas políticos, incluido el de Estados Unidos, esta versión es diferente. Una preocupación común, especialmente en la izquierda, ha sido siempre la influencia indebida de intereses bien organizados -grandes empresas tecnológicas, oligarcas, «dinero negro»- en la política del país. La innovación de Trump consiste en darle la vuelta a esa lógica del mismo modo que lo hizo Putin. Como líder personalista que reivindica una discrecionalidad sobre la política arancelaria que ningún presidente anterior creía posible, está convirtiendo al sector privado en un suplicante, cuyas actividades de búsqueda de rentas implicarán inevitablemente doblar la rodilla ante el propio Donald Trump, al igual que en la Rusia de Putin.

Hay otra novedad. Aunque es bien sabido que la presencia de recursos naturales y las rentas asociadas a ellos (pensemos en Rusia o el Congo) generan disfunciones políticas y autoritarismo, hasta ahora pocos habían imaginado a un presidente estadounidense creando nuevas rentas económicas de la nada por decreto ejecutivo, especialmente en una gran economía de mercado. A menor escala y tras años de paciente esfuerzo, Viktor Orbán hizo algo parecido, al utilizar indebidamente los fondos de la UE como herramienta de clientelismo y convertir a sus compinches en multimillonarios. De un plumazo, Trump condicionó el éxito continuado de las empresas, inversores y emprendedores estadounidenses a que se mantuvieran en buena sintonía con su Administración.

No se equivoquen. Las rentas que acaban de crear los aranceles de Trump y la búsqueda de rentas que están poniendo en marcha se producirán a costa de la economía estadounidense, hasta ahora la envidia del mundo. Con un arancel medio aplicado que ronda el 30%, la rentabilidad de cualquier empresa estadounidense depende ahora esencialmente de navegar por el sistema y llegar a «acuerdos» con Trump y su Administración, más que de la perspicacia empresarial, las buenas prácticas de gestión o el acceso a la financiación. Y esa es una receta para el amiguismo y el declive económico generalizado.

No se trata de un problema a corto plazo, aunque los estadounidenses tengan suerte y Trump no consiga atrincherarse en el poder como Putin. A medida que el nuevo sistema se consolide, las empresas se adaptarán y se asegurarán de estar, en neto, en el extremo receptor de las rentas recién creadas. Una vez que lo estén, lucharán con vehemencia contra cualquier cambio, incluso si un régimen de libre comercio es una opción mejor para todos e incluso si los recursos gastados en la búsqueda de rentas anulan cualquier ganancia que dichas empresas acaben obteniendo de la protección arancelaria y las políticas asociadas. Tullock denominó a esta paradoja la «trampa de las ganancias transitorias», y la utilizó para explicar por qué las políticas altamente disfuncionales tienden a ser rígidas.

Los taxistas con licencia lucharían, por ejemplo, para mantener el sistema de medallones de la ciudad de Nueva York, incluso cuando el precio de un medallón superara las ganancias que esa barrera de entrada creaba para los titulares. Recordemos que los aranceles de Trump al acero y al aluminio de la primera legislatura, triviales en comparación con las medidas proteccionistas puestas en marcha por este Gobierno, sobrevivieron mucho tiempo en el Gobierno de Biden, precisamente porque su supresión creó pérdidas a corto plazo para intereses especiales bien organizados.

A menos que se reviertan rápidamente y en su totalidad, los aranceles introducidos la semana pasada representan un cambio drástico, y no sólo para los aliados y socios comerciales de Estados Unidos, que ya no pueden confiar en el liderazgo estadounidense sino que tienen que trabajar en torno a Estados Unidos. También suponen una ruptura aún más profunda con la tradición estadounidense de capitalismo democrático, imperfecta como ha sido a menudo, que sitúa a Estados Unidos en una senda firmemente alejada de los cimientos de su prosperidad y su gobierno constitucional.

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Los aranceles de Trump. (Fernando Herrera).

Los aranceles de Trump

Esta semana hemos vivido uno de esos días que tienen pinta de ir a ser históricos. Su protagonista, como el de tantas cosas los últimos meses, ha sido el presidente de los Estados Unidos, el nunca bien ponderado Mr. Donald Trump. El tipo llevaba anunciando con toda pompa y boato la llegada del día de la Liberación, en que el país que él preside, y gracias a su iniciativa, pasaría a liberarse de los productos y servicios que le suministran desde el extranjero. La iniciativa no tiene nada de rompedora: consiste en poner aranceles a diestro y siniestro, a las empresas de todos los países que comercian con empresas de EE.UU., de forma que los precios de los bienes importados se encarezcan respecto a los de producción local, y así dar una ventaja a las empresas situadas en el país protegido. A su vez, esto beneficia a la economía nacional tanto por la creación de empresas como de puestos de trabajo.

Por supuesto, lo que acabo de contar no es más el mito mercantilista, y todos los economistas conocen a estas alturas bastante bien cuáles son los verdaderos efectos de las políticas arancelarias, nada buenos para los ciudadanos de los países “protegidos” por el arancel. Lo que tiende a ocurrir es que el precio de los bienes/servicios sube, puesto que se ha reducido la oferta, al encarecer artificialmente parte de ella. Con esta subida de precios, se reduce la demanda, como cabe esperar: menos usuarios pueden comprar el bien y lo hacen a un precio más caro. Difícilmente esto conduce a una mejora en el bienestar de los consumidores.

Las cosas son distintas en el lado empresarial, claro, por eso a las empresas domésticas les encantan los aranceles. La reducción de la oferta les permite subir los precios e incrementar sus beneficios. Si el mercado en cuestión no tiene barreras legales de entrada, competidores locales atraídos por el exceso de rentabilidad empezarán a servirlo y los beneficios volverán a la normal, por lo que esa ventaja se disipa con el tiempo.

Lo que también ocurre es que las empresas que entran al mercado son posiblemente más ineficientes que las extranjeras, pues solo han podido hacerlo cuando se ha dejado fuera a las últimas con el arancel. Dicho de otra forma, la rentabilidad vuelve a la normal, pero sobre unos costes superiores, un mayor consumo de recursos, que anteriormente. O sea, que se produce menos y peor, y se extrae renta de los consumidores para dársela a los empresarios.

¿Qué decir de la innovación? Como las empresas están más protegidas de la competencia que antes del arancel, su apetito por correr riesgos e innovar no es tan acusado como si tuvieran que hacer frente a competidores potentes. Eso nos lleva a la pérdida de competitividad de las empresas así protegidas.

Y supongo que se crearán más puestos de trabajo domésticos en esos sectores ceteris paribus, claro que sí. Pero estos empleados recibirán unos salarios con los que tendrán que comprar bienes más caros. Al que le caiga del cielo ese puesto de trabajo, le saldrá bien la jugada de arancel en neto, pero no está claro que lo mismo ocurra en su unidad familiar o en su comunidad, donde la gente tenía sus trabajos y sus salarios, con los que ahora podrá comprar menos cosas.

No se olvide que esos nuevos trabajos son en empresas menos competitivas, que previsiblemente no podrán pagar los mejores sueldos, y sufrirán inestabilidad estructural, dependiendo su viabilidad futura de la decisión política de mantener el arancel, y menos de su desempeño en el mercado.

Todo ello, rápidamente explicado, muestra que los aranceles no son nada buenos para el país que los impone, por mucho que políticos y lobbies empresariales traten de hacerlo así creer a la opinión pública. Solo hay que ver la respuesta con la que está amenazando la Unión Europea a la política arancelaria de Trump con, supongo, muchos empresarios frotándose las manos.

Pero no querría yo detenerme en el análisis clásico del arancel, porque lo realmente interesante y hasta divertido es entender de dónde se ha sacado Trump los niveles arancelarios con que pretende castigar a cada país, para ver si podemos deducir algo de sus intenciones reales.

Oficialmente, parecían haber calculado el arancel efectivo que sufren las empresas americanas en cada jurisdicción, añadiendo al real lo que llaman “Currency Manipulation and Trade Barriers”. O sea, habrían incorporado, sobre el tipo del arancel, una estimación de lo que suponen los difusos conceptos anteriores. Por ejemplo, si consideran que el Digital Market Act de la Unión Europea impone barreras de comercio a las empresas americanas, habrían estimado cuantitativamente un arancel equivalente a dichos obstáculos cualitativos.

Así, los asesores de Trump estiman que la UE les mete un arancel efectivo del 39%, mientras que el de China sería un 67%. De la misma forma, resulta que Vietnam tiene unos aranceles del 90% y Camboya, el líder absoluto, les mete un 96% a los productos de EE.UU.(¡!). Como lo oyen.

Sería fascinante saber cómo los economistas de cabecera de Trump han calculado un tipo arancelario equivalente a las imposiciones regulatorias del citada DMA en la UE. Por desgracia, para los friquis, no han hecho nada de esto. En realidad, esos números que lucen bajo el engolado título, no son más que la llamada “tasa arancelaria de reciprocidad”, esto es, el tipo arancelario que tendría que poner EE.UU. a las importaciones de un país determinado para que el déficit comercial con dicho país fuera cero. Es un típico constructo macroeconómico sin correspondencia alguna en la realidad, por lo que poco o nada tiene que ver con el arancel que dicho país pone a los productos de EE.UU.[1]

Con esto ya se pueden entender los enormes “aranceles” de Vietnam y Camboya, que tienen la desgracia (a estos efectos) de ser países que venden mucho más a EE.UU. de lo que los estadounidenses venden allí. Hombre, normal, el poder adquisitivo de camboyanos y vietnamitas se antoja muy inferior al de los americanos, por lo que les resultará difícil poder comprar bienes de este origen. Y al contrario, dado que el poder adquisitivo de los americanos es muy superior, los productos de ambos países les resultarán baratísimos. Es como cuando nos vamos de viaje a países con menor poder adquisitivo, que todo nos parece baratísimo y compramos más; y en cambio si nos vamos a Canadá o Noruega, todo nos parece carísimo.

Y como hay países con los que EEUU tiene superávit comercial, el tipo arancelario de reciprocidad saldría negativo. ¿Qué hace con dichos países entonces el señor Trump? Pues nada, ha considerado que el arancel que sufre EEUU es el 10%. Porque hoy es hoy.

En suma, Trump ha tomado unos números calculados a la remanguillé como aranceles que sufre EEUU, y los utiliza como referencia para fijar los que cobrará EEUU. Quizá a algún ingenuo le extrañe esta forma de proceder. A quienes conocemos cómo se toman las decisiones de regulación de precios no nos extraña en absoluto. Son decisiones políticas, no técnicas, pero que requieren de un barniz “científico” para que no se transparente su arbitrariedad. Es claro que Trump necesitaba un número gordo para asustar a China y la Unión Europa (los dos primeros países de su tabla), y el cálculo de la tasa arancelaria de reciprocidad se lo daba.

La cuestión ahora es qué pretende conseguir con todo esto. Dado que ninguno de los países amenazados tiene realmente los aranceles que dicen estos cálculos, va a ser imposible que los quiten, por mucho que amenace Trump con ponerle uno. Si no existen, ¿cómo eliminarlos?

Y me cuesta creer que a Trump le importe lo más mínimo que la balanza comercial sea cero, diez o cien. Es más, dado el supuesto absurdo para el cálculo de que las importaciones no variarían con el arancel, obviamente su imposición, que sí haría variar las importaciones en realidad, no llevaría a cero a la balanza comercial, sin olvidar que el arancel que propone Trump tampoco es la tasa que le sirve de referencia.

Yo creo que todo esto es un ejercicio propagandístico para facilitar determinadas negociaciones. La retórica del “Día de Liberación”, las imágenes de Trump con su tabla de dos columnas, esa “tasa reducida” en plan “te lo dejo baratito”, lo ocurrido con México y Canadá, o el precalentamiento del ambiente durante estos meses son indicios de lo que digo.

Quizá lo que busca Trump haya que buscarlo en eso que en la cabecera de la tabla llaman “barreras al comercio”, las normas domésticas de cada país que Trump considera que perjudican a las empresas estadounidenses. Ya he hablado antes del Digital Markets Act en la Unión Europea, y seguro que unas cuantas similares se pueden encontrar en China. Su efecto es inconmensurable, pero podría constituir ese arancel equivalente que se queja de sufrir.

El problema principal es que mientras los políticos de los países afectados debaten cómo responder o no a los aranceles de Trump, la incertidumbre económica puede acabar con el tejido empresarial por parálisis. Lo que marca con claridad la ruta a los políticos, entre ellos a los europeos: eliminar a toda velocidad los aranceles convencionales y las regulaciones que Trump considere que perjudican a las empresas americanas, para que no se consume el arancel de Trump. Y si tras hacer eso, Trump se mantiene en sus trece, entonces el problema será realmente serio, pero sobre todo para los estadounidenses que le han votado mayoritariamente.

Las buenas, no, buenísimas, noticias es que esto también vendrá bien a los ciudadanos de las jurisdicciones extranjeras, pues al fin y al cabo supondría la eliminación de barreras al comercio, de las que somos los principales damnificados, según se ha expuesto al comienzo del artículo.

A ver si al final va a resultar que los aranceles de Trump son los más liberales de la historia!


[1] En el cálculo no se han complicado demasiado la vida y han asumido que no hay variación en las importaciones con las subidas de precio debidas al arancel. Aprovecho para agradecer a Paco Capella que me haya suministrado la información sobre cómo se había hecho el cálculo.

La economía a través del tiempo (XXV): El comercio aristocrático griego en Homero y Hesíodo

Tal y como se comentó anteriormente, los griegos antiguos despreciaban a los fenicios por su forma de comerciar, la cual se oponía a la suya por ser profesional. Algunos autores (Aubet, 2003, 95) llaman a la opción griega comercio aristocrático, mucho más rígido y a menor escala. La profesionalización de los intercambios provocó los habitantes de Fenicia tuvieran fama de mentirosos, algo que se ve en el propio Homero (2000):

Presentóse un fenicio muy hábil en trapacerías, que ya había causado a otros hombres muchísimos daños. Se ingenió para que, convencido, con él me marchara a Fenicia, allí donde tenía su casa y sus bienes” (p.226). Y no es algo puntual: “Arribaron allí unos fenicios, marinos ilustres, mas falaces (…). Una joven fenicia (…) era alta y muy bella y experta en labores magníficas, mas los zorros fenicios lograron un día embaucarla (p.246).

Cabe preguntarse, entonces, ¿cómo era ese comercio aristocrático que sí agradaba a los griegos? Según Aubet (2003), “estaba condicionado por el ciclo agrícola y se entendía como un mero anexo de la agricultura” (p. 96). Es decir, el buen momento para el intercambio se reducía a un periodo concreto del año que se daba tras haber conseguido los frutos de la actividad económica principal. Esto se deduce, por ejemplo, de los escritos de Hesíodo (2006): “Cincuenta días después del solsticio, cuando toca a su fin el verano, fatigosa estación, se ofrece a los mortales una buena época para navegar” (p. 97).

En aquellos tiempos, el solsticio de verano se situaba en el primer o segundo día de julio. Por tanto, el mejor momento para llevar a cabo la actividad comercial se encontraba a mediados de agosto. Así, al final del periodo estival, los griegos aceptaban un tipo de comercio que se veía como alternativa a la piratería y se dirigía, sobre todo, a la obtención de esclavos y metales (Aubet, 2003, 97).

Comercio, esa costumbre extraña

Por ello, sostiene Aubet (2003), el surgimiento del comercio profesional y especializado en el Egeo, conocido como comercio emporíe, resulta ofensivo para el aristócrata de aquel momento. El sistema del comerciante profesional desafía el modelo tradicional de “intercambio personal e individualizado” (p. 97) propio de la élite griega, la cual valoraba como más noble el intercambio voluntario de recursos mediante regalos en el marco de la hospitalidad entre oikoi (hogares, familias, tal y como se vio en apartados anteriores), o bien la obtención de bienes por la fuerza, a través del saqueo y el botín de ciudades. El comercio profesional era visto como un sistema ajeno y extraño al mundo griego, estrechamente vinculado a los fenicios. La épica heroica lo percibe como una amenaza para la estabilidad política de la aristocracia, ya que pone en peligro el ideal de una economía autárquica.

En ese sentido, Hesíodo y Homero critican y desprecian el comercio emporíe, asociando a los fenicios con la contraposición al ideal griego. Es a través de esta oposición como los griegos se identifican, se reafirman y definen a sí mismos. Los fenicios personificaban los temores griegos hacia el nuevo orden social, representando lo que más inquietaba: el lujo, el exotismo y la decadencia vinculados a Oriente. Estos prejuicios contra lo oriental reflejan, en el fondo, una nostalgia por el pasado y un esfuerzo por reivindicar los valores e ideales tradicionales griegos frente a los cambios sociales y económicos de la época.

Por equiparar la cuestión a tiempos modernos, lo ético se relacionaba a la venta del excedente agrícola, tal y como sigue sucediendo hoy en las zonas en las que el sector primario sigue teniendo relevancia. En cambio, la figura del comercial, del negociante, se relacionaba con el engaño, el pillaje. Hoy, convencer mediante intensas negociaciones se puede llegar a ver como un arte. Los primeros griegos, sin embargo, desconfiaban de estas prácticas.

Bibliografía

Aubet, M. E. (2003). El comercio fenicio en Homero. Estudios de arqueología dedicados a la profesora Ana María Muñoz Amilibia. Murcia, 85-101

Hesíodo (2006). Teogonía. Biblioteca Gredos

Homero (2000). Odisea. RBA

Treinta años de la Organización Mundial del Comercio

Por Katrina Gulliver. El artículo Treinta años de la Organización Mundial del Comercio fue publicado originalmente en FEE.

Este mes se cumplen 30 años del inicio de la Organización Mundial del Comercio. La OMC se creó como sucesora del Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio (GATT), en vigor desde 1947. El GATT se creó como método para estabilizar y restablecer el comercio tras la Segunda Guerra Mundial.

Pero el panorama del comercio mundial había cambiado radicalmente en los cincuenta años siguientes (sobre todo con el desarrollo del transporte internacional de mercancías en contenedores). El comercio internacional se había expandido masivamente y los países en desarrollo se estaban convirtiendo en centros manufactureros, deseosos de exportar.

La OMC fue la culminación de años de conversaciones y preparativos, reflejo de la ambición de los políticos por expandir el comercio internacional, pero también por asegurarse de que sus propias naciones obtuvieran el mejor trato posible. Sin embargo, su llegada no fue bien recibida por todos. Las rondas de conversaciones y cumbres de los primeros años de la organización fueron polémicas, tanto dentro de las salas de debate como fuera de los edificios.

La tercera ronda de conversaciones, celebrada en diciembre de 1999 en Seattle, fue testigo de protestas sin precedentes. En lugar de un acontecimiento internacional rutinario, con limusinas diplomáticas y oportunidades para hacerse fotos, hubo escenas de caos en el exterior. Estas estridentes protestas se conocerían en la prensa como la «Batalla de Seattle», que no era precisamente la imagen que el presidente Bill Clinton esperaba ofrecer a la audiencia mundial.

La Organización Mundial del Comercio y el movimiento antiglobalización

Dentro de la reunión también se desataron las pasiones. Como informó entonces el Wall Street Journal:

Dentro de la reunión de la OMC, los delegados de los países en desarrollo, incluidos Pakistán, India y Brasil, amenazaron con bloquear una nueva ronda de negociaciones comerciales, negándose a firmar cualquier acuerdo para iniciar las negociaciones a menos que Estados Unidos y Europa accedieran a sus demandas.

Fuera de la reunión, los equipos SWAT de la policía de Seattle utilizaron gas lacrimógeno, spray de pimienta, perdigones de goma y porras contra los manifestantes que bloqueaban el acceso a la reunión de la OMC, obligando a la organización comercial a cancelar su ceremonia de apertura. Ese mismo día, unos 30.000 sindicalistas se manifestaron en un acto de fervor contra la OMC.

Horrorizado, el alcalde de Seattle, Paul Schell, decretó el toque de queda y llamó a la Guardia Nacional.

Los manifestantes también contaron con apoyo: el sindicato International Longshore and Warehouse Union realizó paros en los puertos de Seattle, Tacoma y Oakland. En Seattle, los manifestantes contaron con el apoyo de varias ONG, en particular grupos de defensa de los derechos laborales y del medio ambiente, que habían planeado las protestas durante meses. La Federación Estadounidense del Trabajo y el Congreso de Organizaciones Industriales (AFL-CIO) también celebraron una concentración. En Londres, la acción simultánea de los activistas contrarios a la OMC incluyó ataques a la policía, y se cerró una estación de tren.

En retrospectiva, los planificadores de la OMC deberían haberlo visto venir. Los sentimientos antiglobalización habían ido cobrando fuerza en la década de 1990. Dos años antes de las conversaciones de Seattle, se habían producido protestas similares en la reunión del Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico (APEC) en Vancouver.

El sentimiento contrario a la OMC unió a grupos dispares, desde defensores de los derechos de los trabajadores y nacionalistas de derechas hasta ecologistas (y otros muchos simpatizantes). Resulta fascinante ver a manifestantes contrarios a la OMC ondeando la bandera de Gadsden.

La incorporación de China

Pero la OMC fue el resultado de años de trabajo para liberalizar el comercio, espoleado además por el colapso del bloque soviético. Por supuesto, no creó el «libre comercio» en todas partes (si lo hubiera hecho, no habría necesidad de que existiera tal organización). Su objetivo era promover un comercio más libre, al tiempo que permitía a sus miembros presionar en favor de determinadas protecciones nacionales. (En un mundo de verdadero libre comercio, tampoco habría «conversaciones comerciales»). Podemos ser cínicos y pensar que no es más que otra tertulia de buscadores de rentas, como parecen serlo tantos otros organismos internacionales. Pero ha incorporado a más países a las redes de mercados internacionales.

En 2001, China se incorporó a la Organización Mundial del Comercio, probablemente el mayor cambio en el comercio mundial en décadas, cuando Asia se convirtió en el centro manufacturero mundial, un hecho que sigue causando ondas económicas en todo Occidente. En la actualidad, la OMC cuenta con 166 miembros, que representan el 98% del comercio mundial.

No ha eliminado el problema de los aranceles nacionales, el proteccionismo o la preocupación por la globalización (desde todos los ángulos políticos). Un punto de fricción constante, por ejemplo, han sido las subvenciones agrícolas en la UE y Estados Unidos. Pero supone un paso más en el largo camino del comercio internacional que se inició cuando los primeros barcos partieron en el mundo clásico, para comerciar con mercancías por el Mediterráneo. Hoy todos podemos comprar cosas producidas en todo el planeta: y nuestra vida cotidiana se basa en este nivel de acceso y cooperación.

Feliz cumpleaños, OMC.

Ver también

¿Un nuevo consenso de Washington? (Álvaro Martín).

¿Hay que salvar la Organización Mundial del Comercio? (María Blanco).

Las normas privadas para el comercio internacional: una visión desde la Escuela Austriaca

Las normas privadas representan una forma de “autoridad” empresarial en el comercio internacional, por la cual  los actores privados (especialmente comercializadores) persuaden a otros actores empresariales (productores y proveedores) al reconocimiento de dicha “autoridad” y que legitima el desarrollo de un propio conjunto de reglas, estándares o prácticas, así como la operatividad de las mismas.

Bajo este enfoque, la Economía de la Escuela Austriaca puede ofrecer una perspectiva única sobre el comercio internacional y el rol que tienen estas normas en su desarrollo, en la medida que propone alternativas a las medidas clásicas de intervención gubernamentales, que, al no ser el resultado de acuerdos espontáneos, generan distorsiones que disminuyen el bienestar generado por el libre comercio de bienes y servicios a nivel global.

Anarquía en las relaciones internacionales

Desde esta perspectiva, el comercio internacional es visto como una expansión del proceso de intercambio voluntario entre consumidores y productores, basado en la búsqueda de beneficios mutuos y la maximización del valor subjetivo. Bajo este paradigma, las normas privadas pueden llegar a desempeñar un papel fundamental al facilitar y optimizar dicho intercambio. De hecho, actualmente se destaca el creciente en el uso y aplicación de estas normas como forma de gobierno privada en el comercio internacional, particularmente en productos alimenticios, forestales y demás que provienen de biomasa para la generación de combustibles.

Coordinación en un entorno de incertidumbre y con conocimiento disperso

Para el desarrollo de este artículo, se proponen cuatro puntos clave de análisis que pretender ilustrar la importancia de las normas privadas para el comercio internacional, desde las perspectivas teóricas propias de la Escuela Austriaca:

  • Bajo estos preceptos, se enfatiza en la importancia de la coordinación entre los  agentes económicos a través del sistema de libre mercado. En un entorno de comercio internacional, donde múltiples países y culturas interactúan, las normas privadas proporcionan un mecanismo efectivo para coordinar las actividades comerciales y establecer un marco de confianza entre las partes involucradas. Estas normas, al desarrollarse por actores empresariales y basadas en estándares consensuados, permiten minimizar la incertidumbre y los costos de transacción asociados con el comercio internacional.
  • De igual forma, se resalta la importancia del conocimiento disperso y la coordinación empresarial a través del mecanismo de precios. En el ámbito del comercio internacional, las normas privadas funcionan como señales de mercado que transmiten información sobre la calidad, seguridad y demás características de los productos y servicios ofertados en un mercado global. Esto permite a los consumidores y empresas tomar decisiones informadas y eficientes sobre qué productos adquirir o con qué empresas comerciar. Estas normas pueden ser una herramienta adecuada para definir las cualidades deseadas del producto que se lance al mercado internacional, pues hoy en día la demanda por mayor transparencia es cada vez mayor. En este orden de ideas, al proporcionar un marco común de referencia, las normas privadas facilitan la comparación entre productos y la competencia entre proveedores, lo que favorece a una asignación más eficiente de los recursos a nivel internacional y así optimizar sus cadenas globales de suministro.

Competencia y propiedad privada

  • En particular, se resalta el papel crucial de la competencia como un proceso de descubrimiento, innovación y mejora continua. En el ámbito del comercio internacional, las normas privadas fomentan la competencia al establecer diversos estándares de calidad y desempeño que las empresas deben cumplir para acceder a ciertos mercados o segmentos de consumidores. Esta competencia no solo impulsa la innovación y la mejora de los productos, sino que también promueve la eficiencia en la producción y distribución a nivel global. Además, al permitir la entrada de nuevos competidores al mercado internacional, las normas privadas pueden adelantarse a intervenciones gubernamentales no deseables en materia arancelaria que puedan distorsionar el comercio y reducir el bienestar de los consumidores.
  • Por otro lado, se subraya la importancia de la propiedad privada y los derechos de propiedad como fundamentos del orden social y económico. En el contexto del comercio internacional, las normas privadas juegan un papel significativo en la protección de los derechos de propiedad intelectual y la propiedad industrial, garantizando que los empresarios puedan beneficiarse adecuadamente de sus inversiones en investigación, desarrollo e innovación. Al establecer estándares de protección y respeto a la propiedad intelectual, las normas privadas contribuyen a crear un entorno altamente favorable para el desarrollo de la inversión, la innovación y la creación de valor a nivel global.

Conclusión

A manera de conclusión, desde la perspectiva de los elementos teóricos propuestos por la Escuela Austriaca, las normas privadas desempeñan un papel fundamental en el comercio internacional al facilitar la coordinación, transmitir información, fomentar la competencia y proteger los derechos de propiedad. Al permitir que los intercambios se realicen de manera voluntaria y eficiente, estas normas contribuyen a crear un entorno comercial más dinámico y próspero, en línea con sus principios fundamentales.

El lenguaje económico (XI): El comercio

El comercio tiene luces y sombras. Desde una óptica praxeológica, se trata de una actividad útil pues, axiomáticamente, beneficia a todos cuantos participan en los intercambios. El comercio es ético, pues se trata de una actividad libre, pacífica y consentida; sin embargo, los comerciantes no son seres angelicales y a menudo son vistos con suspicacia. El fraude comercial y su corolario, el enriquecimiento ilícito, han sido causantes de la condena moral del comercio. Recordemos el pasaje bíblico: «Entró Jesús en el templo y echó fuera a todos los que vendían y compraban en el templo, volcó las mesas de los cambistas y los puestos de los vendedores de palomas» (Mateo, 21: 12). Según Antonio Escohotado (2015) este episodio constituyó un ataque injusto, pues tanto el cambio de moneda como la venta de animales tenía por finalidad la ofrenda de sacrificios a Yahvé. De igual modo, hoy veríamos injusto el destrozo de las tiendas que hay dentro de las iglesias donde se venden libros y souvenirs. La condena generalizada al comercio no solo está injustificada, sino que supone un freno al desarrollo económico. Esta secular animadversión al comercio es el origen de múltiples expresiones que hoy analizaremos.

El dogma Montaigne

Posiblemente, el error más funesto y persistente contra el comercio proviene del filósofo y humanista francés Michel de Montaigne (1533-1588), cuyo ensayo Nº 21 se titula: «El beneficio de unos es perjuicio de otros». Es muy extendida la creencia de que la riqueza es una cantidad fija, por tanto, alguien solo puede ser rico a expensas de los pobres. La estadística es utilizada para abundar en este error de «suma cero», por ejemplo, se afirma que el «1% de los ricos del mundo acumula el 82% de la riqueza global», pero nunca se dice que ese 1% enriquece al 99% restante mediante inversiones que aumentan la productividad del trabajo y los salarios reales. Los igualitaristas parecen ignorar que en un mercado no interferido el aumento de la riqueza de unos pocos se produce necesariamente aumentando la riqueza de las masas.

Comercio justo 

Todas las iniciativas denominadas comercio «justo» reconocen implícitamente que el libre comercio no lo es, por ejemplo, frecuentemente se dice que existe una inequidad de ingresos entre productores y comercializadores. Supuestamente estos últimos obtienen beneficios «excesivos» a expensas de los primeros. En esta nueva versión de la teoría de la explotación es el comerciante el que abusa del agricultor o ganadero. Pero si la utilidad es subjetiva, ¿cómo saber si un intercambio es o no equitativo? ¿Y quien será el juez de tan espinosa cuestión? Los promotores del comercio justo apelan a la justicia global, los derechos humanos o el medioambiente para alcanzar sus objetivos igualitaristas, pero el comercio afortunadamente es inmune a prejuicios y pseudoderechos. Los defensores del comercio justo, en lugar de demonizar al comerciante, podrían pedir a los gobiernos la eliminación de aranceles a la importación de productos.

El problema del comercio justo es que sus promotores desean eliminar o acotar el ánimo de lucro, sin darse cuenta de la importante función social que desempeña. En un mercado no interferido quien más se lucra es aquél que ha sido capaz de servir más cumplidamente las necesidades de los consumidores. La riqueza se obtiene enriqueciendo a los demás. No hay conflicto de intereses entre compradores y vendedores. 

El salario «digno»

La relación laboral es un intercambio económico. El empresario compra el trabajo que el empleado vende. La formación del salario, como precio del trabajo, obedece a las mismas leyes económicas que cuando se compran materias primas, maquinaria o bienes de consumo. Los salarios no se forman atendiendo a la dignidad del empleado ni a sus necesidades personales o familiares, sino a su productividad. Frecuentemente se apela a la «dignidad» para exigir una remuneración superior a la que el libre mercado concede a cada trabajador. Salario «digno», condiciones laborales «dignas», vivienda «digna», etc. son consignas que se utilizan para alcanzar unas condiciones económicas y laborales distintas de las que una persona obtiene con su propio trabajo. En lugar de exigir «dignidad, quién desee mejorar su salario deberá trabajar más horas, cambiar de ocupación o de lugar de residencia, mejorar su cualificación, etc. Pero mientras no lo consiga, deberá admitir que su actual empleador es la persona que más lo valora. 

Beneficio comercial «excesivo»

Otras veces se afirma que el beneficio (nunca las pérdidas) comercial es «excesivo» o que la ganancia debería ser «razonable». Por ejemplo, la usura es un caso particular donde se considera que el precio del préstamo —el interés— es excesivo. ¿Pero cómo saber si un precio es razonable o excesivo? Puesto que el valor es subjetivo, el único juez capaz de dirimir esta cuestión es el cliente. Si éste considera que el precio es «excesivo» no habrá intercambio, pero si lo hubiera, asumimos que el comprador lo da por bueno, por elevado que sea éste. Por otro lado, considerar «excesivo» el beneficio comercial no deja de ser una suposición, pues solo el empresario conoce en detalle los costes soportados. Que el beneficio comercial sea elevado no es malo ni censurable, todo lo contrario, es la mejor prueba de que el empresario satisface a sus clientes de un modo superior a sus competidores. Para rizar el rizo, también se critica al comerciante por vender «demasiado» barato, es decir, la denominada «venta a pérdida» o dumping. Haga lo que haga, el comerciante está condenado. Si el precio es muy alto, es avaricioso; si el precio es similar al resto es que hay colusión de precios (cártel) y si el precio es muy bajo, es que hace dumping.

Comercio exterior y balanza de pagos

La distinción entre comercio interior o exterior es únicamente producto de la existencia de Estados, cuyas legislaciones restringen la movilidad transfronteriza de las mercancías y de los factores de producción. «La verdad es que los individuos, al actuar, al proceder ya sea como productores o como consumidores, como vendedores o como compradores, jamás diferencian el mercado interior del exterior» (Mises, 2011: 392). Los errores del mercantilismo siguen instalados en la mente de muchos, por ejemplo, creyendo que que es mejor exportar que importar. La balanza de pagos es un mito porque todo incremento o decremento de los saldos en efectivo siempre es favorable para quienes realizan intercambios comerciales. Exportación e importación son cara y cruz de una misma moneda y ambas tienden a igualarse. Por ejemplo, los euros que salen de España al comprar vehículos Audi o BMW vuelven con los turistas alemanes. Las metáforas de corte nacionalista —soberanía alimentaria o energética— o incluso las campañas de «consumo local» y «kilómetro cero» reproducen el mismo error: creer que la autarquía rinde mejores frutos que el libre comercio.

Bibliografía

Escohotado, A. (2015). Los enemigos del comercio (I). Recuperado de: https://www.youtube.com/watch?v=sgl9ZvTjiGE

Mises, L. (2011). La acción humana. Madrid: Unión Editorial.

Montaigne, M. (1580). Ensayos. Edición digital basada en la de Paris, Casa Editorial Garnier Hermanos, [s.a.]. http://www.cervantesvirtual.com

Serie ‘El lenguaje económico’

(X) Capitalismo

(IX) Fiscalidad

(VII) Sobre lo público

(VII) La falacia de la inversión pública

(VI) La sanidad

(V) La biología

(IV) La física

(III) La retórica bélica

(II) Las matemáticas

(I) Dinero, precio y valor