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Etiqueta: Comercio globalización y desarrollo

El misterio de la Revolución Industrial

La producción industrial en Inglaterra creció a un ritmo del 3-4% anual entre 1782 y 1855. La renta nacional su duplicó entre 1800 y 1850. La manufactura, que en 1770 representaba una quinta parte de la economía, suponía un tercio del total en 1831. Las botas reemplazaron a los chanclos y se popularizaron complementos como los sombreros, los pañuelos o los relojes. Prosperaron las cajas de ahorro, las sociedades de mutuo socorro, los sindicatos, los periódicos y opúsculos, las escuelas y los templos no conformistas.

Bajó el precio de la ropa, el té, el café y el azúcar. En 1830 el londinense medio consumía semanalmente casi la misma cantidad de alimentos básicos que en 1959. Gracias a una comida más sana, unos hogares más confortables y una mayor higiene, la gente fue menos propensa al contagio de enfermedades como la tisis. Se redujo la mortalidad infantil y se triplicó la población del país en el espacio de un siglo. El mundo nunca volvería a ser igual desde entonces.

¿Cuál fue la causa de esta extraordinaria transformación social? La Revolución industrial suele atribuirse al marco legal inglés imperante en aquella época, fuertemente inspirado en ideas liberales. Sin embargo, si fue producto del liberalismo y su estructura de incentivos, ¿por qué no ocurrió antes?

La economía mundial estuvo básicamente estancada, con tasas de crecimiento nulas o muy bajas, desde que el hombre recolector se hizo agricultor hace 10.000 años. El historiador económico Gregory Clark, autor de A Farewell To Arms: A Brief Economis History of the World, sostiene que para explicar un retraso de 10.000 años de la Revolución Industrial hay que mantener la ficción de que todas las sociedades anteriores a 1800 eran tiranías como la de Kim Jon Il en Corea del Norte. Y lo cierto es que durante ese periodo de estancamiento económico hubo numerosos ejemplos de sociedades de mercado totalmente incentivadas.

En las listas tributarias inglesas en 1377-81 había abundancia de comerciantes, artesanos y mercaderes. En los registros de la universidad de Oxford, en 1500, pueden encontrarse los descendientes de esos comerciantes y artesanos, ahora integrados en las élites de la sociedad medieval. Las ciudades-Estado de Florencia o Venecia en el Renacimiento fueron sociedades notoriamente comerciales, lo mismo que los Países Bajos en el siglo XVII. Londres y París ya eran multiculturales en 1300. Las ciudades medievales eran hubs mercantiles y los monarcas cargaban impuestos bajos para evitar la fuga de riqueza. Con todo, estas sociedades tuvieron tasas de crecimiento económico muy bajas.

Esta circunstancia lleva a autores como Gregory Clark, Deirdre McCloskey o Joel Mokyr a atribuir la causa de la Revolución Industrial a un cambio cultural, de comportamiento y de valores. El crecimiento económico sería así resultado de que la sociedad moderna respete, admire y promueva actividades como el ánimo de lucro, la innovación y el marketing. Este auge de las “virtudes burguesas” explicaría por qué sociedades como las de los países nórdicos siguen produciendo e innovando a pesar de la fuerte intervención del Estado.

Algunos historiadores sugieren que en su estudio Clark ignora varios cambios políticos importantes que tuvieron lugar en el Inglaterra entre 1500 y 1800, como las actas de cercamiento que parcelaron lo que antes eran terrenos comunales. No obstante, aun suponiendo que estas políticas no hubieran tenido ningún efecto y los incentivos económicos no pudieran explicar por sí solos el progreso de la humanidad y sus irregularidades, ello no significa que no sean un factor necesario.

Bryan Caplan propone un modelo de “crecimiento multiplicativo” según el cual, para que una economía despegue, tienen que darse varias condiciones:

  1. Un sistema político que promueva los incentivos económicos adecuados. Los experimentos históricos de Corea del Norte y Corea del Sur, de la China continental y Hong Kong/Taiwán/Singapur, Alemania Occidental y Oriental, muestran que el sistema político puede marcar claramente la diferencia.
  2. Una masa crítica de población, que permita aprovechar las economías de escala y la división del trabajo. Además, cuanto mayor sea la población, más ideas van a descubrirse e intercambiarse. Un pequeño grupo aislado a duras penas podrá superar el nivel de subsistencia.
  3. Un grado determinado de conocimiento científico, pues el desarrollo económico estuvo estrechamente ligado a un conjunto de invenciones, como el transporte, la electricidad o la imprenta.

Si una de las tres condiciones está ausente, la economía no llegaría a despegar.

De este modo, es posible que la Revolución Industrial no ocurriera antes porque los incentivos económicos no eran suficientes. Pero lo cierto es que ocurrió en el Reino Unido, que es donde imperaban leyes más liberales, y no en otro lugar, lo que parece indicar que la estructura de incentivos propia del liberalismo es, cuando menos, necesaria.

Następna stacja: Racławicka

Próxima estación: Racławicka, pronunciado algo así como "Nastepna estasia: Rashuavisca". Tales son los nuevos sonidos que escucho todos los días, cada vez que el Metro me acerca a mi casa en Varsovia. La globalización me ha traído a estas tierras polacas para enseñar español a adultos. Esa mundialización que ciertos liberales alentamos, fomentamos y ansiamos precisamente porque no ocultamos las dificultades prácticas que subyacen a tal empeño tampoco resulta incompatible con el reconocimiento e, incluso, el aprecio de las diferencias entre seres humanos, determinadas por su pertenencia a grupos étnicos y culturales diversos. Nuestro enfoque parte, no obstante, de la singularidad del individuo, cualquiera que sea su nacionalidad, y de la sospecha de que las apelaciones colectivistas basadas en conceptos como la nación no son sino abyectas mañas de políticos sin escrúpulos para dominar a las masas dentro de las viejas (o nuevas que quieren crear) fronteras entre estados.

Aunque llevo poco tiempo, resulta llamativa la extraordinaria demanda de idiomas en esta ciudad. Después de más de veinte años de poscomunismo y seis de incorporación a la Unión Europea, parecería como si los polacos, que cuentan con grandes colonias de emigrantes a lo largo y ancho del mundo (Estados Unidos, Gran Bretaña, Brasil, Australia, etc.), anduvieran sedientos de comunicarse con los demás habitantes del mundo no sólo en inglés, sino también en cualquiera de las lenguas conocidas por su gran número de hablantes.

No debe sorprender al visitante la facilidad para tratar en inglés con los menores de cuarenta años, dado que las personas de esa franja de edad quedaron a este lado del corte entre los educados durante la época comunista con programas de enseñanza obligatoria del ruso y los posteriores, instruidos bajo sucesivos gobiernos que viraron hacia Occidente.

Se sabe por el caso español, no obstante, que la imposición de la enseñanza obligatoria de un idioma extranjero por decisión gubernamental no implica necesariamente que la población llegue a dominar la lengua elegida. En este sentido, mucho antes que en Polonia, los últimos gobiernos de Franco tomaron la decisión de sustituir el francés por la lengua de Shakespeare. En parte, por apuntarse a la tendencia dominante, ya entonces, que consideraba al inglés la lingua franca del mundo.

Transcurridos treinta y cinco años, el resultado apetecido no puede calificarse más que como un rotundo fracaso. Los españoles en general, cualquiera que sea su región de procedencia, son conocidos en los países europeos por sus dificultades para comunicarse en inglés, y no digamos en otras lenguas. Acaso quepa apuntar distintas concausas, comunes, por otro lado, a la degradación de la calidad de la enseñanza reglada, a pesar de que los conocimientos dispersos nunca han sido tan amplios. Si, por un lado, las reformas educativas de los gobiernos socialistas reforzaron las tendencias estatistas del franquismo, por otro, la uniformación tiene ahora una escala autonómica y aldeana, con la imposición de lenguas minoritarias sobre la voluntad de los individuos. El pedagogismo contra el conocimiento ha hecho el resto. Para colmo de males, el adoctrinamiento socialista se proyecta transversalmente en los planes de estudio y alcanza el paroxismo con la imposición, como asignatura obligatoria, de educación para la ciudadanía. Los nacionalistas periféricos, como si quisieran subrayar los prejuicios liberticidas frente a la gran sociedad y la civilización que tanto les asemejan a los socialistas, no han despegado la boca frente a una intromisión tan brutal en las conciencias de los rebaños que pretenden pastorear en exclusiva, a cambio de que sus postulados se sirvan también entre el forraje de los establos-escuelas de su competencia.

En claro contraste con esta experiencia, la pujanza del español en Varsovia, siempre detrás del inglés, pero por delante de idiomas cuyas culturas han sido más influyentes históricamente –ruso, alemán, francés e, incluso, italiano–, va acompañada por la pasión entre muchos jóvenes y maduros por la cultura popular hispana. Las discotecas de ritmos sabrosones proliferan por la toda la ciudad y se abarrotan de entusiastas bailones durante las largas veladas de los fines de semana varsovianos. Carteles publicitarios anunciando clases de salsa son visibles por doquier. El otro día, unos alumnos de la Universidad privada Łazarski me comentaban que todo el mundo sabe en Polonia quién es Natalia Oreiro, la cantante y actriz uruguaya afincada en Argentina. A todo ese imaginario lúdico de placeres sensuales unen las soñadas vacaciones en España (desde la Costa Brava pasando por Barcelona, Andalucía, las Canarias a la grandiosidad de Madrid) o, los más pudientes, en Hispanoamérica.

Está por ver si la propia creatividad de quienes tenemos el español como lengua materna permite que, asimismo, sea considerada como una fuente de transmisión de conocimiento y civilización. En este sentido, la concesión del premio Nobel de literatura a Mario Vargas Llosa, ejemplo de escritor total, no le ha convertido en un autor mejor, pero sí ha surtido un efecto publicitario para la difusión del español, a lo cual contribuyó la propia reivindicación del escritor, quien, nada más conocer que se le había concedido el galardón, ensalzó la riqueza del idioma que utiliza. Si parece poco plausible que en los campos de las ciencias naturales y la técnica se produzca un fenómeno de esas características, el surgimiento a ambos lados del Atlántico de personajes y de asociaciones e instituciones liberales, dedicadas a la investigación en el campo de las ciencias sociales y al cultivo de ideas, con proyección universal, puede servir para que nuestra cultura, aderezada de los elementos heterogéneos que la han forjado a lo largo del tiempo, continúe atrayendo la atención de hombres que no han crecido en su seno.

Mientras tanto, al contrario que el personaje de La vida es sueño de Calderón de la Barca, puedo decir que Polonia ha recibido bien a este extranjero. Ahora sólo me falta aprender polaco.

A las puertas de la gran guerra comercial

Hace ahora algo más de un año advertíamos de que la crisis financiera y económica podría acabar transformándose en una guerra comercial de imprevisibles consecuencias para la economía mundial. Desde entonces, dicho riesgo no sólo no se ha atenuado sino que está más presente que nunca. La guerra de divisas en la que están inmersas las principales potencias del planeta amenaza con levantar nuevas barreras arancelarias no vistas desde la Gran Depresión de los años 30.

En 2009, al menos 17 de los 20 países más ricos del planeta pusieron en marcha nuevas barreras proteccionistas para proteger a sus industrias nacionales de la competencia exterior, según el Banco Mundial. Esta tendencia ha seguido creciendo en 2010. Así, el último informe al respecto, el denominado Global Trade Alert, pone de manifiesto que, pese a la recuperación del comercio internacional, la mayoría de los gobiernos han seguido implantando medidas proteccionistas tales como la concesión de subsidios públicos y acceso a créditos baratos. Dichas medidas, sumadas a los rescates y las multimillonarias ayudas públicas inyectadas a determinados sectores “estratégicos”, han conformado las conocidas “políticas de promoción exterior” que, en esencia, generan graves perturbaciones en el comercio internacional.

Excluyendo las rebajas y exenciones tributarias, este tipo de políticas suponen un atentado directo contra el libre mercado, pero, al menos, hasta ahora muy pocos gobiernos se habían atrevido a imponer subidas arancelarias y nuevas tarifas con el fin de frenar la llegada de importaciones a sus respectivas economías domésticas. Sin embargo, este escenario de preguerra comercial se ha visto agravado en los últimos meses mediante la intervención directa en los mercados de divisas con el fin de aplicar devaluaciones monetarias. La caída deliberada del dólar ha disparado todas las alarmas, y ahora países emergentes y grandes potencias pugnan entre sí para envilecer sus monedas o, como mínimo, frenar su apreciación respecto al dólar. Por el momento, Japón y los emergentes asiáticos y latinoamericanos están tomando ya medidas en este sentido.

De hecho, algunos gobiernos ya han decidido imponer controles a la entrada de capitales foráneos mediante subidas fiscales para debilitar sus divisas. Por desgracia, esto es tan sólo la punta del iceberg. Esta guerra de guerrillas, centrada en la adopción de un amplio abanico de medidas indirectas para impulsar las exportaciones y reducir las importaciones, está ya a las puertas de convertirse en una guerra comercial pura y dura a nivel mundial.

El arma ya está encima de la mesa y el objetivo, marcado. El Gobierno de Estados Unidos ha aprobado la denominada H.R. 2378 Currency Reform for Fair Trade Act, una norma destinada a imponer altos aranceles a todas los productos provenientes de aquellos países que hayan manipulado a la baja sus divisas, en una clara e inequívoca referencia al yuan chino. Y ello, basándose ni más ni menos que en la histórica Tariff Act of 1930, más conocida como la Smoot-Hawley Tariff, surgida poco después del crack del 29.

Esta medida elevó los aranceles de Estados Unidos a los niveles más altos de la historia contemporánea con la excusa de proteger a los agricultores nacionales, uno de los grandes sectores “estratégicos” por entonces, pero que se fue extendiendo progresivamente a casi todos los sectores productivos del país. Su objetivo perseguía mejorar la producción interna a expensas de empobrecer al vecino. Y así fue. Tras Washington, todas las grandes potencias imitaron la misma estrategia.

Como resultado, esta política contribuyó a reducir drásticamente el comercio mundial: las importaciones procedentes de Europa cayeron desde los 1.344 millones de dólares en 1929 a tan sólo 390 millones en 1932; mientras que las exportaciones de EEUU a Europa pasaron de 2.341 millones a 784, respectivamente. ¿Resultado? El comercio mundial se hundió cerca de un 66% entre 1929 y 1934, provocando además graves tensiones políticas y diplomáticas.

La nueva estrategia de EEUU contra China supone un auténtico suicidio. La norma, pese a haber obtenido el visto bueno de Congreso, está a la espera de ser aprobada definitivamente. Por el momento, tan sólo ha sido expuesta a modo de amenaza directa para presionar a China a revaluar su moneda. La cuestión es… ¿y si Pekín no da su brazo a torcer? Algo similar sucedió con Japón en los años 80, tras los denominados acuerdos del Plaza. Desde entonces, el dólar se ha hundido un 70% respecto al yen y, curiosamente, el déficit comercial entre EEUU y Japón ha permanecido casi intacto. El problema es que China is different, sus relaciones diplomáticas son muy distintas a las niponas. Sin duda, de aplicarse esta norma, supondrá la mayor amenaza para el comercio mundial y la seguridad internacional desde la caída del mundo bipolar propio de la Guerra Fría.

Hipocresía insolidaria

El valor que se le concede a un fin viene reflejado por cómo valoramos los medios. Por ejemplo, un adolescente locamente enamorado será capaz de casi cualquier cosa para conseguir a su chica.

Difícilmente la intensidad auténtica de nuestras valoraciones se puede expresar con palabras. Ésta se manifiesta realmente a través de nuestras acciones, que son las que reflejan lo que realmente somos y pensamos. En ocasiones existe una importante divergencia entre lo que decimos y lo que hacemos.

Pero es en los hechos, no en las palabras, donde está la prueba del algodón. Y aquí es donde a algunos, especialmente altos cargos políticos, se les ve el plumero y sale a relucir lo que hay: una hipocresía exquisitamente demagógica.

El caso de las políticas comerciales de protección a la agricultura que practica Occidente es quizás el más flagrante y llamativo de esta actitud. Consideren primero estas palabras de Zapatero en la reciente Cumbre de los Objetivos de Desarrollo del Milenio: "Poder decir que entendimos en los albores de este siglo XXI que nada puede hacernos avanzar más como seres humanos que conseguir que no haya un solo ser humano que muera de miseria y de pobreza extrema".

Declaraciones similares se podrían escuchar en boca de otros líderes mundiales y activistas de la "guerra contra la pobreza", aunque quizás con un menor toque de cursilería de la que nos tiene acostumbrados nuestro querido presidente.

Sin embargo, a pesar de las cuantiosas evidencias acerca de lo nefasto que resulta proteger nuestros productos agrícolas para los agricultores y familias de los países más pobres –donde la agricultura es el sector económico predominante–, muy pocos de estos gurús solidarios alzan su voz contra estas políticas empobrecedoras.

En lugar de ello, insisten en incrementar los recursos públicos dedicados a la ayuda externa al desarrollo, una receta que se ha mostrado muy poco efectiva. Como dice el economista Paul Collier, "es una estupidez proporcionar ayuda con el fin de promover el desarrollo para después adoptar políticas comerciales que lo impiden".

Esta hipocresía no es exclusiva de los líderes occidentales. También los líderes tiranos de muchos países pobres se comportan de forma similar. Muestran una gran preocupación por el bienestar de sus súbditos cuando se trata de pedir a Occidente más ayudas, pero a la hora de la verdad sus acciones –por ejemplo, políticas contra la propiedad privada o el libre comercio– generan mayor miseria y menores oportunidades.

¿No será que lo que realmente les importa a estos líderes, tiranos del Tercer Mundo y gobernantes democráticos del primero, no son las personas que sufren la pobreza extrema, sino su popularidad ante ciertos sectores o el mantenimiento en el poder? Si no fuera así, ¿por qué no se posicionan radicalmente en contra de estas políticas?

Si dieran tanto valor al fin de reducir la pobreza como dicen, seguramente serían capaces de aceptar casi cualquier coste político que se les pusiera enfrente. Pero nada más lejos de la realidad.

Si prestáramos más atención a las acciones y menos a las palabras bonitas y a las buenas intenciones

Contra la megafilantropía

Por muy libre y próspera que sea una economía, siempre habrá individuos que circunstancialmente atraviesen por una mala etapa o que deban hacer frente, por accidente, a unos gastos que superen en mucho sus posibilidades.

El capitalismo no inmuniza contra tales sucesos, sólo va logrando que cada vez sean menos trágicos y que aquello que hace dos siglos hubiese supuesto una muerte inevitable hoy sea un bache, todo lo desagradable que se quiera pero bache. Y, claro, se hace difícil no valorar positivamente las iniciativas destinadas a luchar contra ese tipo de desgracias y contratiempos.

Las clases adineradas siempre han sentido cierta responsabilidad hacia los que tienen menos. Dejemos hablar al sociólogo Edward Banfield, en su conocida obra The Unheavenly City:

Las clases altas consideran que la comunidad (o la sociedad) tiene sus propios objetivos y es capaz de diseñar su futuro. Piensan que es responsabilidad suya servir a la sociedad para lograr que mejore; probablemente porque, como tienen una visión a muy largo plazo, sienten un interés directo en que la sociedad sea mejor en el futuro. En cualquier circunstancia, suelen ser muy activas en asociaciones destinadas a promover el bien público y sentir una fuerte inclinación (no siempre traducida en hechos) a contribuir con tiempo, dinero y esfuerzo a las causas nobles.

No es difícil darse cuenta de que el Estado del Bienestar no es más que una institucionalización y estatalización de esos sentimientos privados. Pero resulta que el Estado del Bienestar no es un buen sustituto de la filantropía privada. No ya porque haya degenerado en una bestia de siete cabezas y diez cuernos, cebada por una explotada clase media –en vez de por la alta burguesía que promovió su creación–, sino porque los objetivos de uno y otra son bien distintos. La filantropía pretende ayudar al caído en desgracia a superar sus dificultades; el Estado del Bienestar pone en marcha servicios que cubren a todos los individuos, con independencia de que los necesiten o demanden o puedan o no pagarlos. La filantropía privada tiene incentivos para no alenar el parasitismo y, en cambio, hacer las veces de red que frene las bruscas caídas libres; el Estado del Bienestar, por el contrario, fomenta el clientelismo y quiere a la gente dependiente.

Los controles que suelen caracterizar a la caridad privada se transforman en una suerte de barra libre –piensen en los derechos universales– cuando anda el Estado del Bienestar de por medio, que acaba siendo productor, director, empresario y filántropo a la vez. Un absurdo que pagamos con unos servicios malos y caros; con una sanidad, una educación y unas pensiones que no sirven a los ciudadanos, sino que convierten a éstos en siervos.

De ahí que sea urgente desmontar el Estado del Malestar, sustituirlo por empresas privadas en competencia y por la filantropía privada. Es posible que alguno objete que los ricos no estarían dispuestos a entregar parte de sus fortunas a la caridad, y que, por consiguiente, las necesidades de muchos ciudadanos quedarían insatisfechas. Sin embargo, el argumento es harto dudoso, pues el mercado logra abaratar continuamente los medios necesarios para desarrollar la filantropía (de modo que con una cantidad igual de riqueza pueden prestarse un mayor número de servicios); y además existe la pulsión natural (mezcla de instinto y de interés personal) a ayudar a los miembros más desfavorecidos (sobre todo, en ausencia de un programa público destinado a cumplir esa función).

En este sentido, la noticia de que el matrimonio Gates está convenciendo a numerosos multimillonarios –Warren Buffett, David Rockfeller, Ted Turner, George Lucas o Larry Ellison– para que donen a la filantropía privada la mitad de sus riquezas –iniciativa The Giving Pledge– debería ser recibida como una buena nueva, por cuanto tiene de espaldarazo a nuestras tesis. Pero no. Me niego.

Ni qué decir tiene que soy partidario de que cada cual pueda gastar su dinero como lo desee; por eso, entre otros motivos, abogo por desmontar el Estado intervencionista. Pero eso no significa que tenga que considerar que cualquier desembolso, por irracional que sea, va a cumplir con sus pretendidos objetivos. Al cabo, lo que se está respaldando con la iniciativa de los Gates no es la vuelta a una filantropía privada racional, sino la generación de un Estado del Bienestar privado paralelo al público… y con sus mismos vicios.

En primer lugar, me molesta profundamente la idea anticapitalista que subyace a esta iniciativa: los ricos se han aprovechado de la sociedad y deben devolverle parte de lo que le han quitado. Los hijos de los ricos no tienen ningún derecho a heredar semejantes fortunas. La distancia que media entre estas ideas precientíficas y una propuesta legislativa que eleve al 50% el impuesto de sucesiones y donaciones resulta, por desgracia, demasiado corta. Ahí está el caso de Warren Buffett, que no sólo quiere donar su fortuna a la caridad, sino que todos los demás ricos se vean forzados a hacerlo.

Incluso sin recurrir al poder político, esa manera de ver las cosas es una garantía de la disolución de las grandes dinastías y, por tanto, de desacumulación de capital. Los ricos no son ricos porque posean una gran cantidad de bienes de consumo susceptibles de ser repartidos entre los pobres, sino porque son propietarios de grandes empresas, tremendamente eficientes, que se encargan de producir lo que los consumidores van demandando. Si ceden la mitad de su patrimonio a la caridad, o bien desarticulan sus empresas o las colocan en manos de gente que previsiblemente no sabrá dirigirlas con el objetivo de generar riqueza; es decir, liquidarían y destruirían medios de producción empleados para satisfacer necesidades de consumo presentes. Algo así como si decidiéramos comernos la caña de pescar en lugar de seguir utilizándola para capturar peces.

Tomemos el ejemplo de Warren Buffett. Probablemente sea el mejor arbitrajista bursátil de la historia. Es la persona más capacitada para corregir los precios de mercado de las empresas (de sus acciones) para que transmitan una información más fidedigna de la realidad y permitan minimizar los errores asociados a la asignación de capital. ¿En qué sentido la donación de la mitad de su cartera de acciones a la filantropía contribuirá al mejor desempeño de tan esencial misión? En ninguno. Del mismo modo que donar la mitad de Microsoft a una fundación caritativa sólo servirá, a medio plazo, para fragmentar la compañía o para imponerle objetivos que no tendrán demasiado que ver con aquello que realmente sabe hacer; es decir, se le impedirá crear riqueza.

Por otro lado, la idea de que si los ricos donan la mitad de sus fortunas a la caridad el mundo será un lugar con muchos menos pobres es harto discutible. Salvo casos muy excepcionales, la pobreza se debe a decisiones y caracteres personales o a un marco institucional inadecuado. Destinar miles de millones de dólares a promover el desarrollo está casi tan condenado al fracaso como lo ha estado durante décadas la ayuda exterior de los Estados. Los países subdesarrollados no necesitan ser inundados con bienes de consumo, sino ser capaces de producirlos; para ello, necesitan contar con unas instituciones favorables a la propiedad privada y las empresas.

La filantropía sólo será útil en los países ricos si se le somete a un continuo escrutinio. Se trata de evitar abusos y de que los receptores cumplan con unos objetivos que, además, deben estar en consonancia con las circunstancias (en especial, en una sociedad como la occidental, donde la tecnología revoluciona cada pocos años el modo de vida). Si no queremos reproducir la burocratización del Estado del Bienestar en las fundaciones privadas, sus gestores deberán estar sometidos a la amenaza de la retirada de fondos si no cumplen su cometido.

The Giving Pledge es un proyecto megafilantrópico que, como le sucede al Estado del Bienestar, parte del error de no adjudicar un espacio muy limitado a la ayuda voluntaria. Los seres humanos se coordinan a través del sistema de precios para maximizar la producción de los bienes económicos que mejoran su bienestar. El resto de mecanismos de creación de riqueza –la caridad o las intervenciones públicas– debería tener un espacio residual, pues no son ni pueden ser la norma en órdenes amplios y complejos en los que intervienen miles de millones de personas.

Los multimillonarios deberían dedicarse a hacer lo que mejor saben: montar empresas fabulosas de software y hardware, arbitrar los precios del sistema financiero, mantener y ampliar la cobertura de los medios de comunicación, producir películas… Si lo desean, pueden hacer un sitio en sus vidas a la filantropía, pero ésta no debe comerse la mitad de sus bienes. Especialmente si, por causas institucionales, no puede ser eficiente.

No lograrán avances significativos en la lucha contra la pobreza, algo que corresponde al sistema de producción de libre mercado, y en cambio sí malograrán sus proyectos empresariales, que sirven para procurar bienestar a la humanidad. Ojalá se deshagan de sus prejuicios anticapitalistas.

El romance con la ayuda externa

Los prejuicios y sesgos ideológicos de cada individuo parecen ser muy relevantes a la hora de juzgar la bondad de una política determinada.

A pesar de ello, al menos de cara a la galería, nos consideramos personas críticas, de pensamiento independiente, abiertas a nuevas evidencias e interesadas en el bien común. Y es que ya se sabe, del dicho al hecho va un trecho: decimos maravillas de nosotros mismos, pero luego nuestras acciones no suelen reflejar lo mismo.

Por esto, no es de extrañar que la gente tenga "romances" –una opinión o actitud positiva que bebe más de las emociones que de la razón y las evidencias– hacia determinadas instituciones o políticas. Uno de éstos puede ser el romance con el Estado, que explicaría en parte la atracción y simpatía que la gente siente hacia el intervencionismo estatal.

Pero en el que me quiero centrar es en el de la "ayuda externa" como factor de estímulo al desarrollo de los países más pobres del mundo desde las naciones ricas. Para la mayoría de la gente, es simplemente obvio y evidente que esta ayuda externa es positiva y que "cuanta más, mejor".

Economistas "competentes" llegan a afirmar cosas como que "siempre que se realiza una inyección de ayuda desde el exterior es beneficioso para el país receptor de la ayuda". Otros, como el gurú de los microcréditos Muhammad Yunus –para algunos poco más que un farsante simpático– apuntan que con todo el dinero empleado en las guerras modernas habríamos podido acabar hace mucho tiempo con la pobreza.

Organizaciones que, como Cáritas, realizan tareas de gran valor en ayuda de los más necesitados tanto en España como en otros países, también caen en esta actitud acrítica hacia la ayuda externa. Así, en una nota de prensa de mayo con motivo de los recortes presupuestarios del Gobierno, afirmaban que "es inadmisible que se recorte la ayuda a proyectos de desarrollo en países empobrecidos cuando la vida de las personas depende a menudo de esa ayuda".

Con esta afirmación, se da por hecho que toda ayuda externa redundará en un mayor bienestar de la población receptora de la misma. Se pasa por alto la posibilidad (mejor dicho, la cruda realidad que muestran los datos) de que esos recursos puedan fortalecer a ejecutivos tiránicos y corruptos, obstaculizando así posibles reformas o cambios de gobierno; o que existan problemas de incentivos e información de donantes y receptores que dificulten la eficacia de la ayuda externa para reducir la pobreza, y se convierta ésta o en una actividad lucrativa para ciertos grupos de intereses o en un fomento de políticas irresponsables.

Como con otras expresiones, el caso de la "ayuda externa" es un ejemplo de cómo el lenguaje puede resultar realmente útil y sesgado: ¿cómo puedes estar en contra de ayudar?

Pero, como deberíamos saber, las buenas intenciones no bastan para ayudar. Hace falta que nos fijemos más en los hechos… y tengamos cuidado con nuestros romances.

El papel del gobierno en el desarrollo económico

La prosperidad de las naciones, tal y como la entendemos algunos, depende de unas instituciones respetuosas con la propiedad privada y la libertad económica. De esto se derivan muchas cosas: la necesidad de contar con un sistema que haga cumplir los contratos, sancione las violaciones de derechos a la vida y la propiedad (justicia) y proteja de los abusos hacia éstas por parte de terceros (seguridad y defensa). También es importante mantener una moneda sana no sujeta a grandes oscilaciones en su valor y poder disfrutar de un régimen de libre comercio internacional en el que competir.

Podemos observar cómo los países que carecen de estas instituciones son los que tienen un nivel de desarrollo económico relativamente bajo. También podemos observar cómo diversos países han entrado en el camino de la creación de riqueza sostenida gracias a reformas en esta dirección (Irlanda o España podrían ser dos buenos ejemplos, a pesar de la que lleva cayéndonos desde hace un tiempo).

La mayoría, incluso quizá entre los liberales, consideraría que las instituciones señaladas en el primer párrafo deberían ser garantizadas por un gobierno sólido, aunque pequeño. De hecho, mantener un marco institucional estable que proteja el derecho a la vida y la propiedad es la función esencial que se otorga al gobierno.

Pero en ocasiones vemos cómo los gobiernos son incapaces de cumplir con esta función, y se dedican a otros menesteres como robar a mano armada a la población o redistribuir la renta en beneficio de sus acólitos y amigos. Éste es uno de los problemas más graves que sufren buena parte de los países subdesarrollados, especialmente en África.

De este fracaso de los gobiernos podrían existir dos interpretaciones: la primera es que estos “gobiernos fallidos” no son lo suficientemente fuertes para llevar a cabo sus funciones, y por ello necesitan más recursos o ayuda exterior. La segunda sostiene que en ausencia de ciertas características institucionales (por ejemplo, un sistema de checks and balances que controle la actuación del gobierno o un sistema de prensa libre que denuncie los abusos y corrupción del poder) es poco probable que surja un gobierno adecuado.

En esta cuestión nos podemos enfrentar a un trade-off, al menos aparente. Podríamos dividir la violación sobre la propiedad privada según qué tipo de agente la cometa: el gobierno mediante expropiaciones, impuestos confiscatorios (predación pública) o particulares fuera de él como ladrones (predación privada). La existencia del estado, como hemos visto, se suele justificar como algo imprescindible para proteger los derechos de propiedad privada. Así, cuanto más poder y recursos le das al gobierno, en principio estaría mejor preparado para realizar esa función, con lo que pondría límite al robo privado. Pero al mismo tiempo, cuanto más poder le das al gobierno, mayores incentivos puede tener para cometer predación estatal.

La cuestión clave es: ¿qué tipo de predación es más importante?, ¿nos centramos en restringir al gobierno o a los ciudadanos en sus actividades de violación de la propiedad privada?

Afortunadamente, estas preguntas han sido contestadas en la literatura reciente sobre desarrollo económico e instituciones, en un trabajo de Daron Acemoglu y Simon Johnson, titulado “Unbundling Institutions” (2005, Journal of Political Economy). Su conclusión fue la siguiente, tal y como ellos mismos la exponen:

“La expropiación del estado es más dañina para el progreso económico que el robo por parte de los individuos privados, y por tanto la primera es más importante de prevenir. En cambio, las restricciones institucionales que impiden al gobierno violar los derechos de propiedad privada de sus ciudadanos son el determinante fundamental en el desarrollo económico”.

Es en este contexto donde se enmarcan los estudios recientes sobre el colapso del estado en Somalia de Leeson y Powell, donde muestran que este país lo ha hecho mejor en situación de ausencia de gobierno que en su presencia. También aquí se tiene que enmarcar la propuesta de dejar caer por su propio peso a estados fallidos y artificiales africanos, en lugar de mantenerlos con vida mediante ayuda externa e intervenciones militares desde Occidente.

Probablemente sería más deseable que estos países contaran con un gobierno limitado, responsable, democrático, que se ocupara del interés general proveyendo bienes públicos (infraestructuras, educación y sanidad mínimas…) y que se encargara de sus funciones mínimas. Pero, ¿qué probabilidades hay de que algo así exista en países con instituciones tan débiles como en los países pobres africanos, que precisamente son pobres por estas anomalías institucionales? Lo anterior sería más bien caer en el error de la falacia del Nirvana aplicada al gobierno.

El Encanto de Cuba

Las tiendas departamentales son verdaderas instituciones comerciales en cada país donde germinan. Estos grandes almacenes están muy ligados al entorno social donde operan por lo que, pese a ser un modelo de negocio replicable en el exterior, es difícil que una misma marca arraigue en ambientes culturales diferentes de donde surgió (véase si no la trayectoria de Lafayette, Macy’s, El Corte Inglés, Marks&Spencer o Mitsukoshi).

En Cuba, antes de que la revolución de los barbudos arrasara con casi todo signo civilizatorio, existió durante más de sesenta años un afamado almacén departamental. Se llamaba El Encanto y tuvo un afán de servicio y responsabilidad mercantil notables.

A finales del siglo XIX un inmigrante asturiano creó una tienda de telas en La Habana. Al poco tiempo amplió el negocio con la ayuda de su hermano y un empleado (Solís Entrialgo y Cia). Se transformó luego en El Encanto que llegó a extenderse por toda una manzana de la capital. Desde 1938 a 1959 se abrieron sucursales en Camagüey, Santiago de Cuba, Holguin, Santa Clara, Cienfuegos, Varadero, Bayamo, Manzanillo y Sancti Spiritus, entre otros.

El Encanto estaba estructurado por secciones con el fin de ofrecer al público en un mismo lugar una cómoda y surtida variedad de artículos a un precio percibido como competitivo. El almacén principal de la Habana tenía cinco pisos abiertos al público con diversos departamentos distribuidos por cada planta. Destacaron el de los adornos para la casa, la sastrería para caballeros (salón inglés), el de ropa de señoras (salón francés) y el de adolescentes (Teen Age). Los primeros televisores de Cuba se vendieron en aquellas tiendas.

La organización del control de las mercancías se realizaba mediante un eficaz seguimiento y reposición inmediata de artículos vendidos. Además de los repartos a domicilio, se introdujo un novedoso sistema de crédito mediante la entrega a los clientes asiduos de tarjetas de compra. La relación de la gerencia con los empleados fue ejemplar: se les ofreció cheques regalo, un trato respetuoso, mes de aguinaldo navideño, excursiones pagadas y dividendos para los trabajadores. A cambio, se les enseñaba a trabajar con disciplina, puntualidad y tesón. Se hizo presente el lado cívico y humano de todo negocio bien gestionado.

La decoración interior era primorosa. Deambular por su interior para contemplar las novedades de sus escaparates (renovados semanalmente) era un verdadero acontecimiento pues, al decir de una antigua empleada, “satisfacía el espíritu” del concurrente.

Tenía el almacén cubano oficinas en Nueva York y París y agentes de compras en Londres, Nápoles y Barcelona para hacerse con los materiales y artículos de calidad producidos en todo el mundo (consiguió en 1952 la exclusividad de Christian Dior). Muchos turistas americanos regresaban de Cuba cargados de regalos empaquetados con papel mostrando el característico emblema de aquellas apreciadas tiendas cubanas.

La innovadora gerencia no descuidaba los pequeños detalles (uso de aire acondicionado perfumado) ni las nuevas técnicas y campañas publicitarias (“Ya es verano/invierno en El Encanto”, “Esta Navidad regale lo más moderno”, “Aproveche las rebajas de julio”). Sus estanterías lucían de continuo abundantes artículos. Parte de su ropa se confeccionaba en sus propios talleres y llegó a tener también una fábrica de perfumes. Su colonia fue una referencia ineludible en todo el Caribe.

Trabajaron en El Encanto Pepín Fernández (creador luego de Galerías Preciados), su primo César Rodríguez y el sobrino de éste Ramón Areces (fundadores de El Corte Inglés), todos ellos asturianos. Como se ve, los dos grandes almacenes españoles no inventaron nada nuevo.

El Encanto fue expropiado en 1960 como otros muchos comercios y negocios cubanos. La sede y joya de sus tiendas en La Habana fue incendiada el 13 de abril de 1961 por los fanáticos revolucionarios, ideologizados enemigos del mercado e ignorantes del bien y civilidad que proporciona al orden social la iniciativa de los comerciantes. Un manto de carestía envolvió desde entonces la isla y el incentivo por el trabajo responsable y creativo sencillamente se desvaneció de allí.

Para saber más, ver este interesante documental:

1ª parte: http://www.youtube.com/watch?v=Mxd5Fqoi30M&NR=1

2ª parte:  http://www.youtube.com/watch?v=wWrjjmTzUJ0&NR=1

3ª parte: http://www.youtube.com/watch?v=EuuLYKsQQfQ&NR=1

La Comisión Europea al rescate

La cosa era difícil, pues la empresa portuguesa veía en esa filial su futuro, por lo que no quería venderla. Así que la primera tuvo que subir y subir su oferta, hasta que los dueños de la portuguesa quedaron convencidos de que ganarían una pasta vendiéndola. De hecho, nuestra protagonista estaba dispuesta a pagar por la filial casi tanto como lo que valía todo el grupo.

Sin embargo, cuando ya todo pintaba feliz, apareció el presidente de Portugal. Este señor tenía poderosos hechizos que le permitían vetar las operaciones que desearan hacer los accionistas con sus propiedades. Y decidió lanzar su "acción de oro" contra ambas partes, que se quedaron por el momento anonadadas y sin saber cómo responder.

Afortunadamente, no todo estaba perdido. Había también en los alrededores una bruja, con sus propios poderes mágicos. Esta bruja consultó su bola de cristal y decidió que el mago no podía usar el hechizo "acción de oro". Así, la Comisión Europea acudió al rescate, y comenzó una lucha de magia, también de incierto resultado, pues el mago portugués tal vez guardara más recursos en su arsenal.

Mientras tanto, la empresa española, la portuguesa y, en general, el público, contemplaban con cierto estupor el combate. ¿Cuáles eran las razones por las que la bruja acudía al rescate? La misma bruja que unos días antes sostenía que los operadores no compiten en roaming y sigue siendo necesario regular sus precios; que cree que hay compartir la fibra óptica que uno desplegare (futuro del subjuntivo, sí) con todo aquel que lo solicite, o que acaba de invocar al mundo de los vivos al BEREC, tingladillo para regular el mercado europeo de las teleco. ¿Cómo podía ser? ¿Era ahora la Comisión Europea la defensora del libre mercado?

Quizá haya que buscar las razones del rescate en rincones más sórdidos. Dejemos ya los cuentos de hadas y volvamos al mundo real. Y, en éste, los gobiernos no defienden la libertad, mucho menos la económica. Si la Comisión Europea quiere eliminar la "acción de oro" que algunos gobiernos mantienen sobre algunas empresas estratégicas no es para facilitar el libre intercambio y la circulación de capitales, aunque ésta sea una de sus consecuencias.

No, lo que busca la Comisión Europea es eliminar a sus rivales por el poder, quitar poderes a los gobiernos de los Estados Miembros, sea en telecomunicaciones, en moneda o en laboral. Pero no para devolvérselos al individuo, sino para quedárselos ella. La Comisión Europea quiere, sí, un mercado libre… europeo, en el que ella sea la que mande. El día que lo consiga, será ella quien ejercite la "acción de oro" sobre los operadores paneuropeos con que sueña y que no pierde oportunidad de promocionar.

Ese día, la libertad en Europa habrá retrocedido, pues nos enfrentaremos a un gobierno con poder sobre un mayor territorio. Nuestro voto "con los pies" habrá perdido valor respecto a la situación actual en que unos pocos kilómetros nos separan de un régimen opresor distinto (en España, dicha distancia está a punto de reducirse).

Así que, bueno, disfrutemos, sobre todo Telefónica y los accionistas de Portugal Telecom, del combate entre mago y bruja, pero que nadie se confíe en la aparente buena voluntad de ésta última. Cuando llegue el momento, se volverá contra nosotros. Y comprenderemos el verdadero por qué de su rescate.

Los ladrillos de la globalización

La contribución del contenedor marítimo a la moderna globalización ha sido a menudo subestimada. Antes, la tradicional actividad llevada a cabo por los estibadores en los puertos era lenta y muy costosa. Cargar y descargar un barco podía llevar varios días o incluso semanas. Eso sin contar con los numerosos hurtos y accidentes que sobrevenían con la manipulación de las mercancías. Se sufrían dichas ineficiencias casi desde los tiempos de los fenicios. El alto coste portuario inhibía una verdadera expansión del comercio internacional. Hasta que la innovación hizo acto de presencia.

Pese a que el contenedor era conocido desde el siglo XIX, tuvo que esperarse al año 1956 para que todo cambiara. Hasta entonces, tanto empresas como entes reguladores habían tratado la distribución de mercancías no como un proceso único sino como un proceso dividido en compartimentos estancos. Gracias al contenedor multimodal se unificaron las cargas sin interrupciones entre medias. Una gran revolución comercial se puso en marcha.

Hubo de darse la confluencia de varios factores para que se generalizara lo que ha venido a llamarse la “contenerización” (perdón por el palabro). La idea de racionalizar la carga en un contenedor intermodal se le ocurrió a un inquieto camionero de Carolina del Norte. Inicialmente se usó tímidamente sólo dentro de los EE UU. Con la guerra de Vietnam empezó a utilizarse masivamente por la Marina norteamericana. Luego se imitaría en el comercio por los pacíficos armadores en sus servicios de transporte de mercancías.

Finalmente la propagación de su uso hizo necesaria la estandarización de sus medidas. Hoy los contenedores ISO más utilizados son los de 20 y 40 pies de longitud (denominados TEU y FEU). Todos los medios de transporte e infraestructuras debieron adaptarse a los mismos. Apareció un nuevo actor en los océanos: el buque portacontenedores, cada vez de mayores proporciones para apilar mayor número de contenedores sobre y bajo su cubierta reduciendo, así, los costes por unidad. Muchos camiones se diseñaron especialmente para acoplarse al nuevo tráiler-contenedor y los trenes de mercancías tuvieron que sustituir de sus vagones buena parte de sus desfasados contenedores por el multimodal.

La navegación devino el medio de transporte preferido por el mercado para el traslado intercontinental de mercancías “enladrilladas”. Por su parte, camiones y trenes se han convertido en las últimas millas de la distribución global. Todos confluyen en las modernas terminales de los puertos que se han transformado en gigantescos centros logísticos. El manejo y transporte de mercancías pasó en muy poco tiempo de ser una actividad de trabajo intensivo a otra de capital muy intensivo.

Hoy, se usan más de 13 millones de contenedores en el mundo de forma recurrente. El contenedor no se abre durante todo su trayecto. En su interior son empaquetados previamente bienes, alimentos o productos de cualquier especie (no a granel) por los fabricantes o sus intermediarios y no se vuelven a tocar ni se cambian de posición hasta su destino final, aunque el contenedor se transfiera a otros medios de transporte a lo largo de todo su recorrido. Reduce el tiempo de tránsito así como los costes de su manipulado y almacenaje en puerto. Aumenta la fiabilidad de entrega de la mercancía desde cualquier parte hacia cualquier sitio del mundo. Con ello, se ha masificado el comercio mundial.

El contenedor marítimo multimodal ha sido un factor crítico para el desarrollo de la globalización. Fabricantes y consumidores de medio mundo se han aproximado. Los habitantes de países pobres, históricamente aislados del mundo, pudieron soñar de manera realista por primera vez en convertirse en suministradores de los países ricos por lejanos que éstos estuviesen. Asimismo, multinacionales -compañías con plantas en diferentes países- se transformaron en verdaderas fábricas internacionales, integrando sus procesos productivos y logísticos de tal suerte que hoy ya no hay límites físicos para la producción, cada vez más global. Alrededor de la mitad del comercio internacional se lleva en estos momentos a cabo entre localidades distanciadas por más de 3.000 kmts.

También gracias a él, millones de consumidores actuales en todo el mundo -y no sólo los de los países ricos- disfrutan de una gran variedad y recurrente reposición de bienes y alimentos a precios asequibles, inimaginable hace tan sólo unas pocas décadas. Hoy es posible enviar tomates españoles a China para que los hagan puré y se devuelvan desde allí a Europa o EE UU en forma de zumo embotellado o salsa enlatada.

Esta revolución ha cambiado radicalmente y para siempre el transporte y la distribución mundial de mercancías y, con ello, nuestra existencia. Del “puerto a puerto” se ha pasado al “puerta a puerta”. El contenedor marítimo moderno ha empequeñecido al mundo y ha agrandado la economía global tal y como subtituló el economista Marc Levinson su libro The Box. (1 y 2). Desde entonces ha tenido lugar algo insólito y crucial: el crecimiento de los intercambios comerciales ha superado el de la producción mundial.

Rindámonos ante la evidencia; si el libre flujo de información se ha propagado por el mundo gracias al Internet y al desarrollo asociado con las TIC, el factor esencial que ha impulsado un mayor intercambio de mercancías a lo largo y ancho de este mundo ha sido el contenedor marítimo intermodal. Por fin el transporte marítimo logró combinarse exitosamente con los otros medios de transporte. Comenzó así la edificación de la globalización. Es ya imparable.

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