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Etiqueta: Comercio globalización y desarrollo

Globalsocialismo: la gran amenaza del Estado mundial

Del Estado-nación al Estado-global ¿Es factible? Por increíble que parezca ya hay propuestas serias sobre la mesa. En la actualidad, se aboga sin tapujos por la configuración de un organismo supranacional que, dotado de las herramientas coactivas básicas propias del Estado, logre imponer la utopía que ansía todo ente político. La implantación de un Gobierno mundial. El globalsocialismo toma forma.

La eterna lucha entre el individuo y el Estado (entiéndase éste por poder político) parece estar dando un nuevo giro de consecuencias imprevisibles. Durante los últimos meses, los dirigentes políticos y las instancias internacionales insisten en la necesidad de reformar el sistema financiero global, con la excusa de combatir una crisis económica que, curiosamente, ellos mismos han creado. La gran mayoría apuesta por incrementar la regulación existente. Es decir, por fortalecer aún más el papel del Estado en la economía.

Dicha iniciativa comienza a materializarse en propuestas de diversa índole que, sólo de imaginarlas, deberían desatar el terror entre los defensores de la propiedad privada y la libertad individual. Y es que la propuesta de un Gobierno mundial comienza a tomar cuerpo entre las elites políticas de nuestro tiempo, para desgracia y sorpresa de los fundadores del liberalismo.

Si la ONU, el Banco Mundial, el FMI e incluso la UE han sido objetivos frecuentes de nuestras críticas por su denigrante labor al frente de los asuntos de su competencia, imagínense por un momento la instauración de un todopoderoso aparato estatal a nivel mundial. Un auténtico monopolio en el ejercicio de la coacción política que, además, carezca de control alguno por parte de los ciudadanos de este planeta.

¿Imposible? Esto es, precisamente, lo que acaba de proponer de una forma más o menos articulada la nueva Fundación Ideas, perteneciente al PSOE y presidida por el ex ministro de Trabajo Jesús Caldera. El primer documento elaborado por esta institución aboga por crear, a nivel global, los tres pilares básicos sobre los que se sustenta el poder del Estado-nación: el control de los movimientos migratorios, la gestión y recaudación de tributos y la emisión de dinero.

Bajo el título Nuevas ideas para mejorar el funcionamiento de los mercados financieros y la economía mundial, la citada fundación propone eliminar todo atisbo de paraíso fiscal antes de 2015. Desde 2001, la OCDE y el FMI han impuesto a estos refugios duras regulaciones bajo la amenaza de sanciones para que abran sus cuentas a los inspectores de Hacienda de los países desarrollados. No es de extrañar si se tiene en cuenta que estos paraísos concentran casi una cuarta parte de la riqueza mundial.

Sin embargo, la fundación de Caldera, en cuyas filas militan economistas de primera línea, va mucho más allá:”A partir de 2015, los paraísos fiscales quedarían completamente prohibidos, y los Estados que los mantuvieran serían excluidos de todos los organismos financieros internacionales”. Para ello, “a nivel de la UE, se podría aprobar una Directiva sobre intercambio de información bancaria, suprimiendo el secreto bancario y estableciendo medidas severas de aislamiento financiero para los Estados que no quieran colaborar”.

Además, los distintos países deberían eliminar “el reconocimiento de personalidad jurídica a las sociedades constituidas en paraísos fiscales para intervenir en el tráfico mercantil; prohibir que las entidades bancarias tengan filiales o sucursales en dichos territorios; y establecer penas agravadas cuando el fraude fiscal se produzca a través de la utilización de paraísos fiscales”. Por el momento, la OCDE ya trabaja en la elaboración de una lista negra de paraísos fiscales en la que se pretende incluir a Suiza en 2009.

La citada fundación también plantea crear un Fondo Monetario Global (FMG) con más competencias que el actual FMI. En concreto, este nuevo organismo “supervisaría el comportamiento de las entidades regulatorias nacionales”, así como a las entidades financieras que superen un determinado tamaño. Además, el FMG “tendría capacidad para proponer medidas de coordinación cambiaria entre las monedas más importantes del mundo”, y se encargaría de regular a las agencias de rating, que “deberían ser públicas, independientes y globales”.

No contentos con eso, los socialistas proponen crear un “Tesoro Europeo” que permita “respuestas coordinadas ante crisis sistémicas y estímulos presupuestarios para proyectos paneuropeos”. Para ello, dicho organismo tendría que financiarse con nuevos “recursos propios” como, por ejemplo, “impuestos de sociedades comunes para las empresas de dimensión europea; el IVA armonizado o impuestos a la contaminación ambiental”. De hecho, incluso, podría emitir “deuda propia”. Una opción que ya está siendo barajada por los principales líderes de la UE.

En esta misma línea, estos supuestos expertos apoyan el nacimiento de un “Supervisor Financiero Europeo” y “aumentar la coordinación mundial entre Bancos Centrales”. Es decir, un nuevo Banco Central Mundial. Por último, estos ladrones instan a los gobiernos del mundo a establecer “suelos impositivos” a nivel mundial.

En concreto, “niveles mínimos comunes de impuestos sobre sociedades y ganancias de capital que eviten la competencia a la baja (de tributos) y garanticen niveles suficientes de recaudación (fiscal)”. Y ello, con el loable fin de “generar expansiones del gasto público mundial” frente a la crisis.

Para terminar de cerrar este círculo ideado al más puro estilo totalitario y fascista, la fundación del PSOE aboga, ni más ni menos, que por una “Organización Mundial de las Migraciones, con el propósito de ordenar y coordinar los movimientos de las personas, en su calidad de trabajadores de un mercado global”.

Todo ello daría como resultado una “gobernanza global” a medida de los políticos para controlar las “finanzas globales”. Dicho de otro modo, las elites que nos gobiernan desean fervientemente la creación de un Estado mundial para tutelar a su antojo y despótico arbitrio la globalización económica que, durante los últimos años, tantos beneficios ha propiciado a los individuos. El nuevo proyecto globalsocialista ya está en marcha… ¡Para echarse a temblar!

Por unas fronteras abiertas

Las migraciones son un fenómeno tan antiguo como la humanidad, hasta tal punto que se podría afirmar que forman parte de la propia naturaleza humana. Desde siempre, el hombre se ha desplazado en un afán de mejorar su vida, ya sea en grupos ya sea de manera individual. De hecho, en el ser humano era nómada en los primeros estadios de su desarrollo, lo que supone quizá el grado máximo del migrante al suponer un constante cambio geográfico a lo largo de la vida de una persona. En la mayor parte de los casos los motivos han sido y son económicos, pero no siempre es así. También ha habido y hay quien cambia de país de residencia en el afán de conseguir un nuevo hogar donde poder desarrollarse según sus propios valores o donde gozar de un mayor respeto a sus derechos.

En la actualidad el fenómeno migratorio ha alcanzado unos niveles en números absolutos mayores que en ninguna otra época. Los motivos son diversos. Nunca antes habían habitado tantos seres humanos sobre la tierra, lo que aumenta la cantidad de potenciales migrantes. Los medios de transportes son más veloces, cómodos y baratos que en cualquier momento del pasado. Si hace tan sólo un siglo cruzar de Europa a América (la ruta entonces habitual) suponía semanas de travesía en barcos mal acondicionados y con billetes caros, hoy en día el viaje en sentido contrario implica tan sólo unas horas de vuelo en cómodos y modernos aviones y a un precio proporcionalmente inferior al que pagaban españoles, alemanes, italianos o irlandeses por llegar a Argentina o Estados Unidos. Hay excepciones, no obstante, a esta norma de “más barato, corto y cómodo”, sobre todo en lo que se refiere a los africanos.

Otro motivo que conduce al incremento de la inmigración es la diferencia de niveles de vida entre países, tal vez mayor que nunca antes en la historia, lo que supone un incentivo para emigrar. Esto no se debe al lugar común de que “los pobres son cada vez más pobres”. No hay unos niveles de miseria que no haya conocido la humanidad en el pasado. Sin embargo, en amplias regiones del mundo (Norteamérica, Europa occidental y Sudeste Asiático, sobre todo) la mejoría ha sido mayor que en el resto del mundo y la diferencia se ha incrementado.

Y es este mundo rico el que trata de poner coto a la inmigración, al tiempo que la incentiva. Los gobiernos de los estados más desarrollados invierten cada vez mayores cantidades de dinero (procedente de los impuestos que pagan los ciudadanos) en sistemas que tratan de impedir la entrada de personas procedentes de otros países. Imponen asimismo visados para disminuir la cantidad de hombres y mujeres que cruzan legalmente las fronteras como turistas para después pasar a la categoría de irregulares o establecen moratorias como la que impide a rumanos y búlgaros establecerse en los demás países de la Unión Europea en igualdad de condiciones con el resto de los ciudadanos europeos.

Sin embargo, nada de esto logra frenar la inmigración. El motivo es que los mismos estados que ponen todas estas trabas son los que no cejan en su empeño de frenar el crecimiento económico de los países de origen de los inmigrantes. En un intento de proteger la “propia” industria y la agricultura, los gobiernos de la Unión Europea, Estados Unidos y otros países subvencionan al campo, así como otros bienes y servicios producidos dentro de sus fronteras, al tiempo que a la producción externa le imponen altísimos aranceles. Esto no sólo obliga a los locales pagar precios artificialmente elevados (lo que supone un freno a la economía de estos lugares), sino que además impide que se enriquezca el resto del mundo. Quien no puede vender su producción a otros, con independencia de que estos estén a cientos o miles de kilómetros, termina por no mejorar su nivel de vida o incluso se empobrece más. Y ante esta tesitura la emigración se transforma en la vía más factible de mejorar la situación personal.

Por muchas trabas que se traten de poner o por muy alto que llegue a ser el nivel de vida en todo el mundo, siempre habrá migraciones y es un fenómeno que no para de crecer. La única política realista para que estos flujos se reduzcan es el desarrollo de los países de origen, y este ha de llegar por el libre comercio. Mientras los países ricos se nieguen a permitir que las naranjas o los coches nuevos crucen las fronteras, quienes las pasarán legal o ilegalmente serán las personas. Y se trata de algo legítimo.

Es necesario, por tanto, poner fin a las trabas al comercio entre países. Los gobiernos de los países más desarrollados deben dejar de impedir que sus ciudadanos adquieran libremente bienes y servicios procedentes de las regiones del mundo más pobres. Si lo hacen, las personas de viven en ellas se enriquecerán y la emigración perderá gran parte de su atractivo para muchos. Bajarán los flujos migratorios y las fronteras podrán estar como debería ser su situación: abiertas para todo el que las quiera cruzar con el fin de hacer turismo, estudiar o quedarse a vivir. Desaparecería así la irregularidad y los cruces ilegales, que ponen en manos de mafias a miles de personas que tan sólo buscan una legítima mejora de su vida.

El anuncio imposible

Quizá alguno recordará un llamativo anuncio de hace algún tiempo. Me refiero a aquel en que se resumía la historia de un tal Kyle McDonald, quien comenzó con un clip rojo y, mediante sucesivos intercambios, se hizo ni más ni menos que con una casa. Además, en 2006, en pleno boom inmobiliario.

El anuncio, como digo, se basaba en una historia real (por cierto, más detalles en el blog de McDonald). Cualquier persona sin conocimientos económicos específicos sabe que la tarea anterior, si bien difícil de conseguir, no es imposible. Se puede hacer, y de hecho se ha realizado, como prueba la historia de este tipo.

Sin embargo, para un economista neoclásico, esto es directamente imposible. La teoría económica que conoce no solo no puede explicar este fenómeno, sino que, por el contrario, afirma la imposibilidad de su ocurrencia. Vamos, el mundo al revés: una teoría generalmente aceptada por la comunidad académica nos dice que es imposible algo que la evidencia histórica muestra que ha sucedido. Lo curioso es que la teoría sigue vigente y sirviendo de base para la toma de decisiones regulatorias.

Como es sabido, toda la teoría de la eficiencia y la cuantificación de las magnitudes económicas que se realiza en dicha escuela parte de la base de que la utilidad que obtiene el individuo de un bien es igual al precio que paga por él. Y, a partir de aquí, se cuantifican la demanda, la oferta y todo lo que haga falta.

De acuerdo a la teoría económica neoclásica es imposible que se pueda intercambiar un clip rojo por una casa, puesto que, por la propiedad transitiva, esto implicaría que tienen la misma utilidad. Y, aunque no se puede afirmar taxativamente que no pueda ocurrir en ningún caso, la evidencia histórica nos muestra que el segundo bien es mucho más valorado que el primero.

Afortunadamente, existe una teoría económica, la austriaca, que sí está en contacto con la realidad y permite explicar fácilmente este suceso. Dicha teoría parte del supuesto justamente contrario al de la neoclásica: el intercambio sólo se produce sin ambas partes valoran más lo que obtienen que aquello de lo que se desprenden. En otro caso, no harían el intercambio. Esto quiere decir que cuando alguien paga un determinado dinero por un bien, no valora dicho bien en ese precio, si no en más.

¿En cuánto más? Para eso la teoría económica no tiene respuesta, pues las preferencias de los individuos tienen orden jerárquico, y se pueden valorar ordinalmente, pero no cardinalmente. Esto es, podemos decir que preferimos un bocadillo a 3 Euros, pero no podemos decir que ese bocadillo lo valoramos en 4 Euros. Ni nosotros, ni mucho menos un economista observador del fenómeno.

Pero, en todo caso, los bienes intercambiados tienen más valor para el receptor que para el dador. Por tanto, sí es teóricamente posible conseguir intercambiar un clip por una casa. Con cada intercambio, el nuevo bien tiene más valor que el previo, y lo único que hay que hacer es encontrar a un nuevo individuo que valore más este objeto que el que está dispuesto a ceder.

Aparentemente, en este proceso se invierten básicamente dos componentes: el bien inicial y tiempo. Por tanto, el bien final tras cada intercambio deberá superar en valor para Kyle la suma de ambas utilidades. Teniendo en cuenta que obtener la casa le llevó al protagonista tan solo un año más el clip rojo, y que el valor de las casas suele superar un año de sueldo, tiene que haber algo más que explique el excepcional resultado.

Me refiero, por supuesto, a la función emprendedora del ser humano, que es capaz de encontrar desfases entre las valoraciones de un mismo bien por distintos individuos, y obtener como ganancia la diferencia entre ambas valoraciones. En el fondo, Kyle McDonald demuestra una gran capacidad de emprendedor, como se puede comprobar con un simple vistazo a la página web antes citada. Son estos beneficios obtenidos tras cada intercambio los que explican la hazaña.

En definitiva, la historia del anuncio imposible se puede explicar fácilmente si aceptamos algo que sabemos: que el intercambio de bienes solo se produce si las dos partes ganan, y que el hombre tiene una enorme capacidad de emprendimiento. Si, como hacen los economistas neoclásicos, asumes que el intercambio supone igualdad de valor, y que el hombre es un optimizador de recursos andante, este anuncio es mera ficción.

En su mundo de eficiencia y competencia perfecta, esto no es posible; en el nuestro, el real, sí.

Preservar por la fuerza

En efecto, varias empresas de gran perfidia e inconmensurable ambición estaban conspirando a nuestras espaldas con la inconfensable intención de abusar de nosotros, de hacernos padecer tormentos sin límites, de extraernos hasta la última gota de sangre. Sólo Dios sabe qué malvados planes estaban pergeñando para ello. Pero, al final, los intrépidos vigilantes del mercado, supongo que con gran riesgo para su integridad, han conseguido impedir la alianza.

Me refiero, claro está, a Yahoo, Google y Microsoft. Estas tres empresas llevaban haciendo combinaciones y permutaciones durante todo el año para ver cómo aliarse en el proceloso mundo de internet. Los últimos intentos correspondían a Google y Yahoo, tras un primer movimiento de Microsoft. Pero todo ha sido en vano: las constantes "preocupaciones" mostradas por las autoridades de la competencia ante estos movimientos las han llevado a desechar cualquier intento de colaboración, por lo menos durante un tiempo.

Lo único que queda por explicar es cómo esos "mafiosos", producto de esa jungla en que se ha convertido últimamente el libre mercado gracias a la falta de regulación, hubieran podido explotarnos. ¿Acaso nos habrían encadenado "virtualmente" a sus páginas web? ¿Tal vez nos habrían torturado con melodías de tonos al entrar en las mismas? ¿O algo mucho más sutil, no sé, fotos de políticos contando chistes?

Seguro que con el acuerdo que negociaban buscaban ganar más dinero, nadie lo puede dudar. Pero, en un mercado libre, esto sólo se puede conseguir con más y mejor servicio para el individuo. Porque, a menos que esté equivocado, aunque se unieran todos los Yahoos, Googles y Microsofts del mundo, serían incapaces de obligarnos a gastar un solo euro en sus servicios, ni a nosotros ni a los posibles anunciantes o quien quiera que se pensara perjudicado por la situación.

¿Cómo pueden volverse las "malas" de la película unas empresas si están donde están precisamente porque nos han prestado unos servicios estupendos y han hecho mejorar nuestra calidad de vida? Si ellos, que tan bien han realizado su trabajo, pensaban que uniéndose lo podían hacer mejor, ¿hay alguien legitimado para ponerlo en duda? Repito, sólo haciéndolo mejor podrían ganar más dinero.

La cuestión queda para la Comisión Europea y para las demás autoridades de competencia "preocupadas" por los posibles efectos de estos acuerdos. Todas ellas, organismos ajenos al mercado, a la competencia y al servicio a los individuos pero que –estas sí– sobreviven con nuestro dinero, lo queramos o no.

Obviamente, de la verdadera conspiración aún no estamos a salvo.

Sofismas y desarrollo económico

Como explicaba María Blanco, y ya expuso hace décadas Henry Hazlitt en su Economía en una lección, la economía es un polo de atracción de sofismas y mitos, creencias populares que se sostienen que pueden ser intuitivas, pero que el razonamiento riguroso contradice.

En el ámbito del desarrollo económico estos sofismas son aún mayores si cabe. Por ejemplo: que la ayuda externa es insuficiente y hay que aumentarla en grandes cantidades para que pueda ser realmente efectiva, o que la planificación centralizada, ya sea en su vertiente tradicional (a través de inversiones públicas, educación, etc.) o tratando de imponer coactivamente mercados, que es otra manera de planificar desde arriba. Otras ideas, tampoco acertadas, son que el capital humano y físico es condición necesario para el desarrollo, y por eso se abogó por la teoría de la trampa de la pobreza y por inundar a los países subdesarrollados de dinero con el que invertir y sacar a los países más atrasados del agujero.

Sin embargo, como muestra William Easterly en su libro En busca del crecimiento, éstas y otras ideas, cuando fueron aplicadas, fracasaron rotundamente. Y lo hicieron básicamente porque, según él, incentives matter, y estas medidas se olvidaban totalmente de ellos. Pero no sólo los incentivos importan, sino que existen problemas de información inerradicables, ya que los planificadores centrales no pueden hacerse con la información que es necesaria para poder coordinar la sociedad y hacerla salir adelante.

Todas estas ideas teóricas nacieron en el seno de un paradigma económico que, en sus teorías sobre el crecimiento económico, apenas tiene en cuenta los factores institucionales, ni el carácter dinámico de los procesos sociales, sino que se centran principalmente en la relación funcional (la función de producción neoclásica) existente entre los factores productivos (inputs comoel trabajo, el capital, el progreso técnico o innovaciones tecnológicas) y la producción (output). Así se puede llegar fácilmente a la conclusión de que, a mayor inversión en fábricas y maquinaria, o en educación o I+D, mayor será el crecimiento.

Sin embargo, empíricamente esto no es así; el caso extremo sería la Unión Soviética, que según algún autor (Weitzman) tomó la teoría del crecimiento neoclásica convencional como la base para su crecimiento. Y teóricamente, lo importante es generar un marco de actuación o institucional que impulse y dirija el gran potencial del ser humano, su perspicacia y creatividad, hacia las actividades realmente productivas.

Tener en cuenta el marco institucional (que podríamos definir como las reglas del juego, el marco de actuación o el conjunto de incentivos que influye y determina los comportamientos de los individuos) y el concepto de función empresarial (entendida, siguiendo al profesor Huerta de Soto, como la capacidad innata del ser humano de descubrir oportunidades de ganancia que se dan en el entorno, y actuar en consecuencia para aprovecharlas) es absolutamente necesario para poder avanzar de manera fructífera en el campo del desarrollo y el crecimiento económico, y poder ofrecer recomendaciones de política económica con distintos resultados a las que se han aplicado desde la Segunda Guerra Mundial.

La Segunda Gran Depresión

Pese a todo, incluso en este punto soy pesimista puesto que, hasta el momento, y tras años de negociaciones y acuerdos fallidos, los distintos gobiernos han mantenido en vigor los numerosos obstáculos fiscales y administrativos a la llegada de productos foráneos, en un intento reiterado por proteger a determinados sectores nacionales de la competencia exterior. La Política Agraria Común (PAC) que impera en el falso oasis de libertad económica de la UE es un buen ejemplo de ello.

Además, el último movimiento anunciado en este ámbito por el presidente francés y actual mandatario europeo, Nicolas Sarkozy, no deja demasiado espacio al optimismo, por no decir ninguno. Y si esto ha sido lo mejor de la cumbre prepárense, pues, para lo peor. La simbólica declaración de intenciones acordada por los líderes del planeta deja entrever algunas de las políticas que, de forma coordinada, tratarán de ser implementadas a partir de ahora con el objetivo de sacarnos del profundo agujero en el que estas mismas instituciones (bancos centrales, organismos reguladores y Estados) nos han metido.

En primer lugar, una supervisión global de las instituciones financieras. De este modo, los Gobiernos no ocultan su intención de crear un nuevo supra y super organismo burocrático (cientos o miles de nuevos funcionarios a cargo de los contribuyentes) con el fin de regular y controlar la actividad de la gran banca internacional. Imagínense una especie de Comisión Nacional del Mercado de Valores e, incluso, un refundado Banco Central, sólo que de un tamaño 10, 20 ó 100 veces superior al que opera en España, a nivel mundial y con más poderes y competencias interventoras.

¿Pero no habíamos quedado (según reconoce el propio G-20 en su declaración) en que los actuales mecanismos de supervisión, a cargo de las entidades estatales y organismos reguladores centrales, habían fallado? De hecho, las propias agencias de calificación (rating), ahora tan denostadas y criticadas por todos, operaban en Estados Unidos, en régimen de oligopolio, bajo el beneplácito de la todopoderosa SEC (Comisión de Valores de EEUU).

El segundo punto es, si cabe, aún más preocupante. Tras la cumbre, los Gobiernos apostarán por impulsar planes de estímulo fiscal. Tales medidas, destinadas a impulsar una demanda que languidece por momentos, únicamente se podrá materializar de dos formas posibles: rebajas de impuestos o expansión del gasto público. ¿Problemas? Varios. El Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial se han deshecho en alabanzas a la reciente inyección de dinero público aprobada por el Gobierno de China (unos 600.000 millones de dólares).

Mal vamos si nuestros respectivos Gobiernos pretenden salvar la economía tomando como ejemplo uno de los regímenes más sanguinarios e intervencionistas de la historia de la humanidad, pese a los tímidos avances hacia el libre mercado puestos en marcha por Beijing a lo largo de los últimos años. En este sentido, el macroplan chino se asemeja en algunos aspectos al New Deal de los años 30 en EEUU, ya que pretende invertir cantidades ingentes de dinero en la construcción de grandes proyectos de infraestructuras y obras públicas para estimular su economía.

Cabe recordar que durante la Gran Depresión, la Administración estadounidense llegó a pagar un salario a miles de desempleados por cavar agujeros en el suelo para después volverlos a tapar. Una ocupación evidentemente productiva, como todos ustedes observarán. Pese a todo, estoy convencido de que algunos Estados, aunque no el español, apostarán por reducir impuestos. En este sentido, bienvenidas sean las rebajas fiscales, ya que lo fundamental para salir de la crisis es, sin duda, fomentar el ahorro y liberalizar al completo la economía, junto con una profunda reforma del sistema bancario (aunque ésta es otra cuestión).

Sin embargo, de poco o nada servirá aplicar recortes tributarios si, por otro lado, se sigue incrementando de forma exponencial el gasto público. De ahí, precisamente, que los rescates gubernamentales de determinados sectores no sólo serán contraproducentes sino mortales de necesidad para el conjunto de la economía. Por ello, no sólo es preciso bajar impuestos, sino que también habrá que reducir drásticamente el gasto público para paliar la situación y salir cuanto antes del atolladero.

Por último, aunque no menos importante, el G-20 parece dispuesto a continuar con su estrategia de bajada de tipos de interés de forma arbitraria con el fin de reactivar el crédito y reducir el coste de la financiación. Por desgracia, de nada ha servido hasta ahora, y menos aún servirá en el futuro para frenar la debacle. Tan sólo agravará los problemas a corto y medio plazo: tras más de 10 años, la crisis económica persiste en Japón pese a mantener el interés próximo al 0%.

De hecho, ésta es la situación a la que se verá abocada Estados Unidos, sólo que mucho peor, en caso de que insista en la política desarrollada hasta el momento. Para terminar, tan sólo añadir dos anotaciones. El Gobierno nunca podrá salvar a la economía, y menos aún sustituirla tal y como pretenden algunos. Y es que, la expansión del crédito (culpable de la actual situación), tal y como advirtió Mises, tarde o temprano pasa su dramática factura en forma de recesión, contracción monetaria y, en el peor de los casos, una profunda depresión económica de consecuencias insospechadas. Insisto, ¿Segunda Gran Depresión? De seguir así, no lo descarten.

Todos contra el iPhone

Creó así un nicho completamente nuevo y totalmente propio: era un teléfono con un aire elitista, un interfaz de usuario mucho más consistente y amigable que los habituales Symbian y Windows Mobile y con innovaciones en la pantalla multitáctil que inmediatamente provocaban la envidia entre los amigos del orgulloso propietario del móvil de Apple. Y todos sabemos que la envidia y la compra de gadgets de última generación van muy de la mano.

Los rivales que podían plantarle más cara en este nuevo segmento eran dos: Nokia, por el simple detalle de que vende el 70% de todos los teléfonos móviles del mundo, y RIM, que es el principal jugador dentro del mercado de los smartphones y cuyas BlackBerry son sin duda los teléfonos preferidos de aquellos que más jugo sacan a su móvil (y, por tanto, más dinero aportan a las operadoras). Ambos han tardado en reaccionar más de un año, lo que deja bien claro que sin la entrada de este nuevo competidor seguramente nunca habrían creado teléfonos tan jugosos como parecen ser la BlackBerry Storm y el Nokia 5800 XpressMusic.

De los dos, quizá sea el aparato de RIM el más interesante, porque es el único que realmente aporta algo nuevo: una pantalla táctil que se hunde un poco al presionar y hace click, solucionando así la principal carencia de este tipo de móviles, como es la falta de respuesta física al pulsar sobre ellos, que se echa mucho de menos al utilizar estos aparatos.

Menos interesante resulta, a corto plazo, el esperado "Google Phone". El monstruo que ha fabricado HTC para T-Mobile no se ha granjeado muchas simpatías, pero es de suponer que siendo Android un sistema operativo para móviles abierto y de uso gratuito, las compañías experimentarán con él y sacarán sus propios teléfonos Google, como ya se ha sabido que hará Motorola. El gigante de las búsquedas ha hecho una apuesta a más largo plazo que RIM o Nokia, pues su objetivo es estar presente en un número cada vez mayor de terminales de diversas marcas y acabar desbancando a Windows Mobile, el sistema de referencia para los móviles de gama más alta. Sin embargo, mientras apunta sus armas contra Microsoft, la versión reducida del Mac OS X que usa el iPhone podría ser una baja colateral. En poco tiempo, hacer teléfonos con las aplicaciones y el atractivo del aparato de Apple resultará mucho más barato que ahora, porque no habrá que pagar el software, sólo adaptarlo.

En resumidas cuentas, los usuarios que quieran un teléfono siguiendo la moda iniciada por el iPhone no sólo disponen ya de alternativas, sino que tendrán muchas más según pase el tiempo. Apple deberá reaccionar, porque ha perdido la exclusividad en el nicho de mercado que la propia compañía de la manzana se inventó. Está por ver si ese aura de marca exclusiva y chic le permitirá mantenerse por encima de sus nuevos competidores, como logró con el iPod, pero la única forma de asegurarse que continúa marcando la línea a seguir en la telefonía móvil será mejorando continuamente su producto estrella. Es lo que tiene ese capitalismo que todos condenan en los parlamentos.

En cualquier caso, todos estos competidores que le han salido a Steve Jobs han llegado un poco tarde para mí. Ya tengo mi iPhone.

Breves notas sobre pobreza y liberalismo

Una de las acusaciones más recurrentes con las que se ataca al liberalismo y a los defensores del libre mercado es la de que no tiene en cuenta a las personas con menos recursos y más desfavorecidas. Esto es así porque, según argumentan, el funcionamiento de una economía capitalista y libre conduce a grandes desigualdades de rentas, donde una parte de la población vivirá con mucho, y otra al borde de la miseria. Y dado que este resultado no se considera bueno, se justifica la intervención del Estado en múltiples campos, con el objetivo de redistribuir la renta y así favorecer a los más pobres.

Sin embargo, desde el punto de vista liberal, este análisis está lejos de ser válido, por varias razones, y la intervención estatal con fines aparentemente solidarios suele tener efectos contraproducentes. O dicho de otra manera, que éste es un caso particular de la crítica general del intervencionismo, por la cual éste fracasa en cumplir los fines que se propone.

En primer lugar, podemos apuntar a la tendencia histórica de los últimos siglos en Occidente, y de otros muchos países más recientemente, en la que la pobreza se ha reducido drásticamente, y los niveles de vida de toda la población, incluidos los menos favorecidos, han aumentado considerablemente, gracias a la aplicación (parcial, todo sea dicho) de los principios económicos liberales.

En segundo lugar, es muy posible que en estos razonamientos intervencionistas se encuentre implícita la falacia del non sequitur, tan presente en la justificación teórica de la intervención estatal en la teoría de los fallos del mercado. Del hecho de que el Estado realiza funciones importantes para la sociedad, se deduce que sólo el propio Estado puede proveer de esos bienes o servicios. En el caso que nos ocupa, se piensa que si no fuera por las instituciones públicas, nadie se ocuparía de los más necesitados. Sin embargo, sí existen alternativas privadas. Es más, en algunos países (como el caso de Argentina), existían organizaciones privadas que llevaban a cabo tareas de acción social de todo tipo. La labor de estos colectivos fue disminuyendo a medida que la intervención del Estado se entrometió en estos asuntos. Es decir, que normalmente el Estado no es un complemento de las actividades de caridad privada, sino un sustituto, ya que se reducen los incentivos de la gente a preocuparse por los más desafortunados.

Otros ejemplos de alternativas privadas de caridad se pueden encontrar en organizaciones religiosas u otro tipo de entidades que sirven a estos mismos fines.

Y en tercer lugar, cabe preguntarse si realmente los programas gubernamentales y la redistribución reducen la pobreza a largo plazo. Esta pregunta la responde negativamente Howard Baetjer, analizando los planes de la Gran Sociedad de Lyndon Johnson en los 60 y demostrando su gran fracaso. Y es que, como dijo Henry Hazlitt: "la doble pregunta que todo plan para aliviar la pobreza debe responder es: ¿cómo se pueden mitigar las penalidades del fracaso y la desgracia sin desincentivar el esfuerzo y el éxito?".

Por último, y aunque no debería hacer falta decirlo, no es que los liberales estemos en contra de los pobres, obviamente, es que creemos que las medidas intervencionistas hacen más mal que bien a los más desfavorecidos y que, como expone George Reisman, el sistema capitalista de libre mercado es el único sistema económico que lleva a un mayor bienestar material para toda la población.

Desigualdad; es decir, progreso

De todas las acusaciones contra la sociedad libre, la más común es que crea enormes desigualdades económicas. Se dice con tanta insistencia que se toma como un dato incontrovertible, y las estadísticas al uso refrendan esa idea una y otra vez. Pero, a nada que se analicen mínimamente, los llantos por la desigualdad no tienen ningún sentido. Las comparaciones se hacen en los resultados, pero no en el camino que ha llevado a éstos; la injusticia se da por sentada y se lanza sobre el que defiende la libertad de las personas para producir e intercambiar como en una lapidación.

Cuando se oye a cualquiera de quienes dicen sufrir con las desigualdades económicas, hay un supuesto, entre tantos que manejan y que son falsos, que me parece especialmente interesante. Y es el que pretende que, como en las sociedades anteriores a la generalización del capitalismo, las condiciones de “pobre” y “rico” le acompañan a uno de la cuna a la tumba. Se habla, por ejemplo, de quienes están por debajo del umbral de pobreza o de aquellos que ganan (o generan) el 1 por ciento de la renta, como si fueran siempre, en todo momento, las mismas personas y familias. En una sociedad precapitalista, idéntica condición económica, generalmente, acompañaba a la persona toda la vida, y se adhería a ella como lo hacía su función económica (jornalero, artesano, terrateniente…), e incluso su situación geográfica. Todo ello cambió con la extensión del capitalismo al conjunto de la sociedad: los roles heredados generación tras generación pueden cambiar en el curso de sólo una vida.

Ahora lo vivimos a nuestro alrededor e incluso en nosotros mismos. Pero la acusación de la desigualdad es tan poco agraciada que merma, incluso, la capacidad de raciocinio y observación de quienes la lanzan; incluso sobre su propia vida. Todos sabemos que la renta que podemos generar en nuestros primeros años de carrera profesional suelen superarse pasados cinco, diez, quince años. Y si ahorramos e invertimos juiciosa y consistentemente, nuestra riqueza también irá aumentando con el tiempo. Si nos observan al comienzo de nuestra vida profesional, ¿no estaremos habitualmente en compañía de quienes menos ganan? Si es en plena maduración de nuestra carrera, ¿no es muy posible que nos encontremos en el caso contrario?

Exactamente eso es lo que ocurre. Si se sigue la pista a las mismas personas en dos momentos en el tiempo suficientemente alejados, veremos que lo que se produce, más que una desigualdad de rentas, es una movilidad en el tiempo. Un estudio que comparaba a las mismas personas en 1975 y 1991 (sólo 16 años) en Estados Unidos observaba que 6 de cada 10 de quienes estaban en 1975 en el quintil de quienes menos renta tenían, en 1991 estaban ya en los dos últimos. De media, quienes estaban en el primer quintil al comienzo de la serie habían aumentado su renta al final en más de 25.000 dólares. Por otro lado, sólo 6 de quienes estaban en el último quintil, el de más renta, al comienzo, se mantenían en él al final.

Arthur Laffer y Stephen Moore han expuesto en un reciente artículo en The Wall Street Journal las conclusiones de un estudio análogo, aunque con criterios distintos y períodos fragmentados. Por ejemplo, observan que sólo un tercio de quienes pagaban cero impuestos en 1987 seguían en esa categoría en 1996, mientras que un 25 por ciento había pasado al grupo de quienes llegan a pagar el 10 por ciento de tipo marginal máximo, otro tercio había alcanzado una renta que le forzaba a pagar hasta el 15 por ciento y el 9 por ciento restante alcanzaba el resto de niveles de renta.

Los datos que hay de 1996 a 2005 (un período de sólo diez años) se pueden comparar dividiéndolos en quintiles, y eso hacen: el 29,1 por ciento habían pasado a los tres últimos quintiles. Según los últimos datos del Censo, según recogían estos autores, “únicamente el 3 por ciento de los estadounidenses son pobres ‘crónicamente’, palabra con la que la Oficina del Censo califica a quien está en la pobreza tres o más años”. Que en una sociedad libre no hay privilegiados lo demuestra que “los datos también muestran una movilidad a la baja entre quienes ganan más. Los que estaban en el 1 por ciento máximo en 1996 sufrieron una caída media en sus ingresos después de impuestos del 52 por ciento en los siguientes 10 años”.

Las estadísticas de desigualdad deberían llamarse “estadísticas de progreso”, porque lo que miden en realidad es eso, la diferencia entre lo que gana una persona al comienzo de su carrera y al final. Dentro de estas carreras hay diferencias, claro está, pero lo esencial, lo importante, es que cualquiera de nosotros tiene oportunidades de progresar y ganarse los medios de una vida digna. Y que la mayoría de nosotros, las aprovecha.

El mito de la pobreza en Estados Unidos

Uno de los momentos estelares de la estupidez progre española tuvo lugar cuando Miguel Bosé explicó, en un programa de televisión, que el país con más pobres del mundo era Estados Unidos. Semejante mito –absurdo para quien no mire la realidad con anteojeras ideológicas– se sustenta en una estadística que sitúa de forma más o menos estable el número de pobres en Estados Unidos entre los 30 y 40 millones de personas.

Desgraciadamente, con números así la propaganda ya está hecha. No hace falta añadir nada. Cualquier respuesta más interesada en la verdad que en la demagogia ya tiene que ser más elaborada y explicar un buen montón de cosas que quien no se preocupe demasiado salir del prejuicio (y son legión) no escuchará jamás.

Así, esta cifra es criticable por muchas razones. Primero porque, siendo una medida de pobreza absoluta –al contrario que en España–, calculada partiendo del dinero que un hogar de tamaño determinado requiere para cubrir las necesidades de comida, techo y ropa de sus miembros, los datos sugieren que está bastante por encima de una “línea de pobreza” real; casi todos los pobres tienen su televisión en color, cerca de la mitad son propietarios de su casa, el 80% tiene aire acondicionado, tres cuartos tienen coche, el 62% tiene televisión por cable, etc. Existen pobres en Estados Unidos, pero son muchos menos que esa cifra algo fantasiosa citada por Miguel Bosé; alrededor de un 2% de los hogares pobres reconoce que en ocasiones no tienen qué comer.

Hay que tener en cuenta que las medidas de ingresos en Estados Unidos excluyen las ayudas gubernamentales y, claro, los posibles cobros en dinero negro. Además, se hacen antes de impuestos. Eso lleva a sobrevalorar lo que ganan los más ricos, que son quienes más pagan al fisco, y despreciar lo que realmente reciben los más pobres.

Pero, sobre todo, lo que estos estudios no tienen en cuenta es el carácter dinámico de la vida. Un empresario próspero que tenga un año malo caerá durante ese ejercicio por debajo de la línea de pobreza, pese a vivir bien. Quienes empiezan de cero, en trabajos mal pagados, pero van ascendiendo en la escala social y económica siempre empezarán su vida laboral por debajo del umbral de la pobreza, pero pueden acabarla perfectamente entre quienes más dinero ganan. Un rentista, aunque viva en Beverly Hills, puede no tener ingresos y ser considerado “pobre”. También un jubilado que recibe una generosa pensión puede ser considerado pobre.

Si dividimos la población en cinco grupos dependiendo de sus ingresos, y seguimos su trayectoria a lo largo del tiempo, nos daremos cuenta de lo absurdo que es tratar la pobreza como un estado permanente. Sólo el 5% de aquellos situados en el 20% de ingresos más bajos en 1975 estaba en la misma situación en 1991. Los demás habían ascendido; de hecho, el 29% había alcanzado el grupo del 20% con los ingresos más altos.

Aún así sigue habiendo quien, pese a reconocer que los datos de pobreza reales son mucho menores, aborrecen la desigualdad existente en el gigante norteamericano. El grupo más rico supera al más pobre en ingresos por un ratio de 15 a 1. Pero si pasamos de evaluar hogares a individuos y fijarnos en cuánto consumen, ese ratio se reduce a 2.1 a 1. El mercado y la globalización –y la innovación que traen consigo– han abaratado casi todos los productos. La diferencia entre quienes más ganan y quienes menos ganan a veces es mera cuestión de tiempo; yo no me compraré ahora un reproductor Bluray, pero seguro que dentro de unos años dispondré de él a una fracción del precio al que lo compraron los ricos.

Evidentemente, tanto aquí como en Estados Unidos hay pobres de verdad, aunque su número no esté bien estudiado. Según la investigación de la Heritage en los datos del censo, las causas de los bajos ingresos de los hogares realmente pobres son que los padres trabajen poco o nada, que sean monoparentales o que están formados por inmigrantes de muy baja capacitación, incluyendo el desconocimiento del inglés. Nada que la mentalidad victimista de la izquierda de aquí o allí no sepa fomentar.