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Etiqueta: Comercio globalización y desarrollo

Colbertismo

Resulta difícil destacar alguno, pero acaso, por la permanente vigencia de su legado, cabría destacar a Jean Baptiste Colbert, administrador de la hacienda de Luis XIV. Desde su privilegiada posición puso en marcha como ningún otro el programa mercantilista hasta sus últimas consecuencias, con una decisión y un convencimiento dignos de mejor causa.

Colbert no conocía límite. Al proteccionismo sin consideración más la creación de empresas públicas o la promoción de gremios, se suma un afán desbocado por regularlo todo, que le llevó del control de la economía al control de la sociedad.

El profesor Cabrillo ha llamado al capítulo dedicado a nuestro hombre Colbert, ministro de cultura. No puede ser más a propósito, porque uno de los afanes de este hombre era el control de las artes y las letras. Para alguien que había ordenado incluso el número de hilos que puede tener un paño, claro está que no quería que ninguna representación del teatro o de música se escapara a sus designios.

Colbert hubiera podido quedar para las curiosidades y extravagancias de la historia, si no fuera porque su legado se mantiene gracias al eviterno deseo de nuestros políticos de controlar la sociedad. Como dice el profesor: "esa mezcla de regulación y subvenciones que hoy atenaza la vida cultural de no pocos países encontró en el ministro francés un valedor decidido".

Pero Colbert no sólo se adelantó a futuros ministros de Cultura, sino a los de Industria y, con ejemplos como el de Elena Salgado en España, incluso a los de Sanidad. Aunque aquello de cercenar el comercio de vino en un país productor y consumidor como es España es posible que le hubiera sorprendido incuso al propio Jean Baptiste Colbert. Para que luego digan que todo lo que no es tradición es plagio.

El marketing de la solidaridad

A lo artificial suele oponerse lo natural con al intención de dar a lo fabricado por el hombre una carácter maléfico, una especie de impronta moral que señalaría el origen impuro del producto, del bien, en su concepción capitalista.

La divisoria no siempre es clara. Al fin y al cabo se trata de condenar a las grandes multinacionales; a los fabricantes masivos de bienes y servicios; a los gigantes de la distribución o a los intermediarios, no al pequeño, al buen artesano que trata de colocar su mercancía sorteando las dificultades de un mercado dominado por el interés y la globalización.

El "comercio justo", la "sostenibilidad" y otros adminículos intelectuales de la nueva izquierda comparten con "lo artesano" un universo de valores que oponer al egoísmo y la avaricia característicos del mercado capitalista. Se trata de potenciar un mercado paralelo en el que no hay cabida para el beneficio, finalidad en la que se resume la inmoralidad implícita en el comercio en una sociedad libre.

Las críticas al comercio ya las encontramos en el formidable enemigo de la sociedad abierta que fue Platón, un firme partidario de la "organización aristocrática de la sociedad, ya que el comercio ha sido siempre despreciado por la nobleza, que no por ello ha dejado de usar los servicios de los comerciantes, a lo que a veces ha sometido incluso a pillaje". "Lo sorprendente", continúa Harold B. Acton, "es que tal actitud aristocrática perviva en la sociedad actual".

La nueva izquierda aristocrática ha dado la espalda a Marx y de paso se ha hecho malthusiana. El comercio justo y la sostenibilidad son su mejor bandera. Si queremos hacer que le mundo sea mucho mejor, nos dicen, podemos intentar la transformación desde nuestro bolsillo, cambiando nuestro hábitos consumistas.

Adaptada a los nuevos tiempos la izquierda renueva sus paradigmas sin desprenderse de la vocación reformista y moralizante de antaño. La condena sin paliativos al comercio se ha suavizado, ha adaptado su mensaje envasando sus preferencias morales y concediendo un espacio a un comercio solidario contrario a la competencia y al lucro. Y es que, nos dicen, la solidaridad es la mayor realización de una sociedad cooperativa, una sociedad que crece con el sostenimiento de estructuras que fomenten la cooperación y no la competición.

Sin embargo, aunque la vieja izquierda evoluciona y se hace tímidamente darwiniana no termina de encajar que "no es posible representar al ser humano exclusivamente como un animal egoísta, capaz de construir, por acuerdo racional con otros individuos egoístas, sólo una colaboración social conscientemente diseñada" (Schwartz). La izquierda no puede dejar de ser constructivista y desde luego no entiende al mercado.

Las grandes multinacionales han encontrado fórmulas para dar a sus productos una especie de envoltura "sostenible" y artesanal. El marketing solidario/ético/humanista es prueba de ese esfuerzo y una demostración de la efectividad de las consignas izquierdistas… y de sus contradicciones. O sencillamente del desconocimiento al que antes aludía. Las empresas aportan fondos a ONGs de fines nobilísimos; incorporan a sus portfolios productos solidarios, conscientes de que existe un deseo de transformación social que busca satisfacerse con mínimos cambios conductuales. El mercado se abre camino, a veces devorando a sus enemigos. Junto a los que consumen solidaridad, como valor añadido a los productos que adquieren, otros primarán bienes por motivos mucho menos elevados. Entre tanto será la libertad y no una moral embotellada la que saque de la pobreza a otros tantos millones de personas que ya se benefician de la competencia global, que no es enemiga de la cooperación, como pretenden hacernos creer.

Parafraseando a Mises, si queremos evitar la destrucción de nuestra civilización debemos mostrar o demostrar lo mucho que le debemos a la vilipendiada libertad económica, al sistema de libre empresa y al capitalismo.

E.On y el factor cancha

Y no pocos han interpretado su asalto a Endesa como el intento de dar vida al punto 8 del Pacto del Tinell, el acuerdo político del tripartito, que preveía: "actuar desde la Generalidad, en concertación con el sector privado para impulsar la creación o consolidación, en su caso, de empresas y operadores catalanes, públicos o mixtos, en sectores estratégicos", como la energía.

Cierta o no, la sospecha no puede considerarse infundada, y este simple hecho provoca una distorsión enorme en el mercado. Su desenvolvimiento debería atender a las necesidades reales de la gente, esas que los empresarios se esfuerzan por identificar y atender. Pero es un hecho que la clase política tiene en su mano muchos instrumentos que le permiten meter mano, perjudicar o favorecer a las empresas. No hay regulación que afecte por igual a todas. Puede favorecer una fusión o adquisición en función de un concepto tan vago como los "campeones nacionales" o intentar evitar una operación similar tomando en falso el nombre de la competencia. O puede cambiar las normas en pleno juego, como ha hecho el Gobierno mediante la CNE.

No obstante la OPA de Gas Natural es cosa del pasado y ya sólo queda por dilucidar si la de E.On saldrá adelante. De tener éxito, Endesa pasaría a depender de una empresa extranjera. Salvo que uno sea muy cerrado de mente, nada que objetar; más de la mitad de los accionistas de la eléctrica son de otras partes del mundo.

Mas por lo que se refiere al Gobierno, la situación habrá cambiado notablemente. A partir de ahora cualquier actuación que pueda perjudicar a la empresa le creará problemas que ya no puede resolver "en casa", sino que habrá de vérselas con la CE y con Alemania. Tendrá las manos un poco más atadas por los compromisos internacionales. Entra en juego el factor cancha. Y en eso, salimos ganando.

La irrelevancia del crecimiento económico

El crecimiento económico de un país se ha convertido en una especie de fetiche al que hay que rendir el máximo culto. El éxito de una sociedad y de un Gobierno se miden por los dígitos a los que crezca la economía. Incluso algunos liberales utilitaristas llegan al extremo de defender al Estado y alguna de sus intervenciones bajo el argumento de que "fomenta el crecimiento económico". ¿Realmente es tan importante? ¿Debemos prestarle alguna atención como economistas?

Lo primero que debemos de tener claro es la definición de crecimiento económico. Como tal se define a la tasa de variación de un índice de referencia (generalmente el PIB a un año) que en sus diversas formas trata de aproximar el incremento del valor de mercado de los bienes y servicios producidos por una serie de personas.

Esto se debe a que el crecimiento es un concepto importado de la biología; un organismo crece cuando aumenta de tamaño. En economía no queda claro cómo "se aumenta de tamaño", así que es necesario confeccionar índices que puedan aumentar o disminuir. Sin embargo, por un lado, en estos índices sólo podrá incluirse por definición aquello que resulte mensurable –y la utilidad no lo es– y, por otro, tratan de agregar la producción nacional como si beneficiara a todos los individuos por igual.

Por consiguiente, el crecimiento económico no trata de aproximar el bienestar de los individuos, sino su producción agregada: cuántos euros o dólares están dispuestos a pagar algunos individuos a cambio de una cantidad de bienes y servicios que todos han producido y están a la venta.

Pero el precio de mercado no es equivalente al valor medio o agregado que se confiere a un bien o servicio, sino sólo la máxima contrapartida monetaria que en un momento del pasado alguien, con unos gustos e información particulares y diferentes a los del resto, estuvo dispuesto a entregar.

Otro problema es que todos bienes o servicios producidos gratis, para uno mismo o no puestos a la venta, son excluidos de la medición. Es más, todo el descanso o las actividades de recreo adicionales tampoco entran en el cómputo del crecimiento. Una sociedad que lograra producir la misma cantidad de bienes y servicios que el año precedente pero disfrutando de mucho más tiempo de ocio, registraría un crecimiento económico 0 (siempre que los precios se mantuvieran constantes).

Además, desde una perspectiva científica de individualismo metodológico, no puede afirmarse que un individuo esté mejor por el hecho de que sus vecinos hayan producido más bienes. Si se alegra de la riqueza ajena, si lo estará, pero no necesariamente. Al aunar la producción y suponer que todos los individuos –con independencia de su contribución a lograrla– disfrutan del agregado, caemos en el igualitarismo socialista de desvincular producción y distribución. La producción adicional, en todo caso, sólo podrá incrementar el bienestar de quienes disfruten de ella.

Partiendo del individualismo metodológico, es cierto que todo individuo prefiere más a menos bienes económicos. La razón es que un bien es un medio disponible que sabemos puede satisfacer alguno de nuestros fines. A mayor número de bienes, mayor número de fines podemos alcanzar.

Ahora bien, la obtención o uso de todo bien económico requiere de una acción humana y toda acción humana implica un coste de oportunidad: mientras obtengo o utilizo ese bien económico debo renunciar a otras acciones. Si obligamos a un individuo a trabajar 24 horas al día, aun cuando le permitamos quedarse con su producción, es dudoso que estemos incrementando su bienestar. Mientras le obligamos a trabajar no podrá satisfacer otros fines que puede considerar más importante.

El incremento de la cantidad de nuestros medios, por tanto, sólo podrá ser positivo cuando sea el resultado de elecciones voluntarias; y si para ello los individuos deciden recurrir a la división del trabajo y al intercambio, ese incremento voluntario de los medios se traducirá en crecimiento económico.

Pero fijémonos que el crecimiento sólo es uno de los posibles subproductos que se dan cuando los individuos tratan de satisfacer sus fines, no el único. La afirmación de que más crecimiento es siempre mejor resulta falaz. A priori es imposible afirmar que el crecimiento sea bueno o malo; por ello aun cuando el Estado pudiera promover el crecimiento, dado que para ello utilizaría la coacción y nos desviaría de nuestros cursos prioritarios de acción, estaría disminuyendo nuestro bienestar.

De hecho, no conviene afirmar ni que el crecimiento, como resultado voluntario de las elecciones humanas, será necesariamente positivo, ni que el mercado proporciona el nivel óptimo de crecimiento.

La primera proposición es falsa porque no contempla la posibilidad del error. Podemos afirmar apodícticamente que toda acción es ex ante beneficiosa, pero no podemos hacer lo mismo con el crecimiento. La razón es que el crecimiento se mide y se registra siempre ex post, una vez la acción ya se ha traducido en la producción del bien o servicio que ex ante deseábamos. Pero ex post siempre podemos habernos equivocado en nuestro juicio o cambiar de preferencias, por lo que el bien adicional ya no nos compense el esfuerzo realizado.

Imaginemos una sociedad que experimenta una fiebre loca por la mantequilla y se pasa un año produciéndola al máximo rendimiento. Transcurrido ese año, los individuos habrán acumulado grandes stocks de mantequilla, pero si sus preferencias cambian y pasan a aborrecerla, lamentarán su elección. El PIB registrará un importante crecimiento, pero los individuos habrán fracasado en la satisfacción de sus fines.

La segunda proposición también es falsa por diversos motivos. Primero, porque el mercado no actúa, sino que lo hacen los consumidores, los empresarios, los trabajadores o los capitalistas. Segundo, porque ningún individuo tiene como fin incrementar ciegamente el número de bienes y servicios computables para un índice arbitrario. Y tercero, porque aunque algún individuo tuviera como fin vital aumentar ese fin, el incremento del PIB sólo indicaría una mejora del bienestar de ese individuo concreto y no del agregado de la sociedad como ya hemos visto.

Ahora bien, ¿significa ello que debemos ignorar las críticas de ecologistas, socialistas y comunistas que con frecuencia proponen paralizar o incluso revertir el crecimiento económico? No. En la medida en que el crecimiento puede ser el resultado de las acciones voluntarias de los individuos, limitarlo podría suponer la restricción de muchos cursos de acción deseados; el intervencionismo anti-crecimiento frecuentemente colisionará con proyectos legítimos de los individuos.

En definitiva, el término crecimiento es ajeno a la ciencia económica. Su uso responde a la necesidad de justificar ciertas intervenciones del Estado –como los incrementos del gasto público– que pueden cuantificarse en incrementos de un índice de referencia arbitrario. Lo verdaderamente importante para el individuo es poder lograr sus fines y ello sólo cabe dentro del respeto a su libertad y su propiedad para que pueda conciliar sus planes con los de otros individuos.

Resulta preferible hablar de progreso económico de un individuo, cuando logra en retrospectiva satisfacer sus fines, o de desarrollo progresivo de una institución, cuando evoluciona haciéndose más respetuosa con la propiedad, la libertad y demás preceptos éticos que de ahí se derivan.

El Plan de Estabilización de 1959

Que el régimen de Franco era ideológicamente opuesto al liberalismo está claro. Por eso resulta llamativo que, limitadas, truncadas y escasas como fueron, se aviniera a introducir las medidas liberalizadoras contenidas en el Plan de Estabilización de 1959. Para hacernos una idea del pensamiento económico del régimen basta constatar la política de autarquía que siguió consistentemente desde la victoria del bando nacional, que se prolongó durante dos décadas, aunque se suavizara tímidamente en los 50. O leer los artículos, teñidos de una especie de keynesianismo ingenuo, desarrollista y con contenido social de Hispanicus, uno de los pseudónimos de Franco, publicados en Arriba entre 1947 y 1949.

Una nueva generación de economistas

Como ejemplo representativo del pensamiento económico del régimen, valgan estas palabras de un estudio del INI de 1975: “Superadas definitivamente las viejas tesis del liberalismo económico, los ideales del lucro personal, de dominio económico, del tecnicismo a ultranza, han sido sobrepasados por ideas más generosas.”

Pero los extraños avatares de la profesión de los economistas académicos en España iba a permitir en nuestro país la aparición de varios de ellos favorables al mercado. Zumalacárregui sería un fiel seguidor del marginalismo, y con él discípulos como Manuel de Torres o José Castañeda. Joan Sardá, que había militado en ERC, iría de la mano de Alberto Ullastres al Servicio de Estudios del Banco de España. Precisamente la llegada de Ullastres como ministro de Comercio, más la de Mariano Navarro Rubio en Hacienda, iba a sumar las ideas y la capacidad política para poner en marcha el Plan de Estabilización. Otras de las características de la política de entonces era el mantenimiento de tipos de cambio múltiples, con uno por cada tipo de bien. Y la importación se autorizaba con la concesión de licencias, lo que introducía ineficacia en el sistema y era un foco de corrupción.

La autarquía

La autarquía estrangulaba el desarrollo de la industria nacional, que necesitaba de bienes complementarios de fuera, cuya entrada era muy difícil y en ocasiones imposible. Esta política de “desarrollo interno”, como se llamaba a la limitación de la participación en la división del trabajo internacional, empobrecía a nuestro país, tan aislado económicamente como lo estaba políticamente.

Pero a finales de los 50 el agotamiento del modelo autárquico era evidente, y coincidía con una crisis de la balanza de pagos que estuvo a punto de llevar al país a la quiebra. La Banca prefería colocar los ahorros en deuda pública a prestar al sector privado, que se quedaba de este modo sin otra fuente importante de crecimiento. Con la deuda pública, pero también con préstamos del Banco de España, se financiaban grandes inversiones públicas, que no se limitaban al gran papel que ejercía el INI. La política de vivienda era también muy amplia.

Moralistas y teólogos del S XVI

Con las reservas en negativo, la industria ahogada y tensiones inflacionistas que comenzaban a mostrarse, el régimen comenzó a ver de cerca un posible desastre económico que le podría desestabilizar. Navarro se entrevistó con Hispanicus para explicarle la necesidad de aplicar un plan, que habían elaborado varios economistas españoles con la supervisión de una delegación de la OSCE que había venido a España, y Franco le espetó que “no debe fiarse de los extranjeros, Navarro. Siempre han estado contra España”. Al hábil ministro le bastó con decirle a Franco que el colapso de las exportaciones retraería el bienestar y podría obligarle a volver a la cartilla de racionamiento. De mala gana, dio el visto bueno.

Según Enrique Fuentes Quintana, que participó en el Plan, el objetivo del mismo fue “introducir la economía de mercado”, en línea con el pensamiento de sus impulsores, entre los que se encontraban varios de los más destacados de los que estaban en España. Como ejemplo de la filosofía que animaba la reforma, valgan dos citas del ministro de Comercio, Alberto Ullastres: “El lucro es no sólo perfectamente lícito sino que, como decían los teólogos y moralistas del siglo XVI, al provenir de una actividad socialmente útil y provechosa, hace al comerciante honra y prez de la República, de la cosa pública”. O “para mí, libertad económica significa en primer lugar libertad de precios, manos fuera de los precios, no interferirse con su mecanismo, dejar jugar la libre concurrencia y que los precios alcancen su nivel.”

Un shock tras el plan de estabilización

Las primeras medidas del Plan de Estabilización pasaron por un descenso en el gasto público y aumento de los impuestos, acompañados de una tímida reforma fiscal. Con ello se cortó el déficit. La mejora de la situación financiera del Estado le permitió cortar el grifo del Banco de España y con él una peligrosa fuente de inflación. El Gobierno bajó el tipo de cambio, que se mantenía alto por una cuestión de prestigio nacional, a otro más realista y se liberalizó el comercio y la inversión extranjera de un modo incompleto, pero suficiente.

El primer efecto fue una caída en el empleo y en la renta real, que se mantuvo durante un año, y una mejora espectacular de la balanza de pagos. Salvado el shock inicial, los españoles experimentaron una clara mejoría como consecuencia del Plan. La llegada de bienes extranjeros y de capital foráneo permitieron renovar los bienes de capital y multiplicar la productividad del trabajo. También forzó una mayor competencia de las empresas españolas con las extranjeras, aunque tímida. A un nuevo tipo de cambio y en una sociedad con salarios y precios bajos, España pasó a ser muy atractiva para el turismo, que se convirtió en un sector en gran desarrollo. Entre los fracasos del Plan de Estabilización están la declaración, que no fue mucho más allá de eso, de que los salarios debían fijarse a la productividad.

Asombro del mundo

En solo cinco años se recuperó la apertura económica de 1935, que desde ese año había caído por la crisis internacional de los 30, la Guerra Civil y la Mundial y la política autárquica. El desarrollo económico español asombró al mundo, y ni siquiera los famosos “planes de desarrollo” que quisieron echar atrás parte del legado del 59 lograron detenerlo. Los servicios y la industria absorbieron a grandes masas que apenas subsistían en el subempleo agrícola, permitiendo así una reforma agraria silenciosa sin necesidad de practicar las expropiaciones del primer franquismo, que continuó la política de la II República.

En definitiva, la liberalización económica del 59 fue posible, como muchas otras, porque se consideró una solución de última instancia a un problema económico que amenazaba la supervivencia del propio régimen. También lo fue por el papel de un grupo de economistas que confiaban en el mercado como institución básica para el buen funcionamiento de la economía. Finalmente, esta reforma salvó al régimen, pero permitió un desarrollo social que finalmente lo haría obsoleto e inviable a largo plazo.

Ver también

Victoria de Milei: lo que puede aprender de España. (Benjamín Santamaría).

Adiós, Borrell

Borrell llega a verdes de la atalaya de la burocracia europea que "Europa ya no seduce" y que la gran promesa de sus políticos de sacarla de su decadencia económica y convertirla en la zona más competitiva y próspera del planeta para 2010 no se cumplirá ni en sueños. Pero no acierta en la identificación de las causas del problema y sus soluciones se limitan a profundizar en los errores del pasado.

Para resumirlo en pocas palabras, Borrell sitúa el origen de la lamentable situación en la ampliación del número de países y una diversidad social que no ha venido acompañada de ingeniería social unificadora. De acuerdo con esta visión de las cosas, la globalización se ha convertido en una amenaza a la que hay que "enfrentarse" debido a la coexistencia de la libertad de movimientos, producto del mercado único, y la diversidad fiscal, económica y social de los distintos países miembros. Su solución, claro, pasa por la armonización económica y fiscal e impulsar los grandes proyectos sociales.

Este señor no aprende. En su etapa al frente de la política presupuestaria española, sus propuestas desembocaron en un déficit fiscal cercano al 7% del PIB, tres devaluaciones de la peseta y un paro escandaloso. ¿Se puede ser más miope? El proyecto europeo estuvo vivo mientras se centró en la garantía de las libertades individuales clásicas. En ese entorno, el aumento del número de países sólo podía ser una bendición. En cambio, en el marco de los grandes proyectos igualitaristas que tanto gustan a Borrell y que simbolizó la malograda Constitución Europea, la diversidad y las libertades económicas se convierten en un problema. Por eso, para el presidente saliente, "el mercado único se muestra como el terreno de juego de un capitalismo desenfrenado". Pero la verdadera causa de la decadencia actual es el abandono del proyecto liberal y el abrazo de estúpidas pedanterías colectivistas.

Establecer desde Bruselas, como propuso Borrell, un salario mínimo europeo sólo puede excluir del mercado a los trabajadores menos productivos de Europa. Luchar contra la globalización atacando el federalismo fiscal o tratando de evitar las deslocalizaciones, otras de sus desatinadas propuestas, sólo fomentará la elevación de las barreras frente al resto del mundo. Se ha ido Borrell y esperemos que, con él, la ceguera que aleja a Europa de ser una próspera zona de libertades económicas e individuales.

La farsa de Yunus

El diario El Mundo ha publicado este fin de semana una entrevista en la que Yunus saca a relucir su lado más antiliberal, charlatán, ignorante y mentiroso. En primer lugar analizaré sus opiniones sobre la globalización, y luego diré unas cuantas cosas sobre la manera en que lucha este sujeto por erradicar la pobreza.

Globalización: cuéntame otro cuento

 

Yunus dice que quiere que la pobreza pase a ser historia. Sin embargo, sus palabras tienen que vérselas con su ideología socialista y globalofóbica. Nadie que describa la globalización del siguiente modo está contribuyendo a acabar con la pobreza:

[Es] una autopista de 100 kilómetros tomada por los grandes y en la que los pequeños son expulsados (…) Necesitamos una policía de tráfico que ponga las reglas.

Si Yunus no fuera doctor en Economía, creería que se trata de un ignorante bienintencionado; pero como resulta que sí lo es, sólo me queda pensar en la fatal arrogancia que aqueja a todos los iluminados intervencionistas.

Al abogar por una policía mundial que controle y restrinja la libertad de los individuos, Yunus está pidiendo que se dificulte el acceso de los países pobres al capital que tanto necesitan. Entre ellos se encuentra el suyo, Bangladesh.

Este premio Nobel de la Paz está favoreciendo que sólo unas pocas instituciones como la suya, el Grameen Bank, tengan acceso al capital internacional, gracias a las corruptelas y amiguismos característicos de los organismos internacionales. Cerrando las fronteras e impidiendo que las empresas inviertan libremente se apuntala una especie de monopolio del crédito en, por ejemplo, Bangladesh: si los bangladesíes quieren invertir, que pidan prestado al Grameen, ¿no?

El ejemplo que ofrece Yunus de por qué la globalización no es justa no puede ser más demagógico y tramposo:

La camisa que llevo está fabricada en Bangladesh. Campesinos recogen el algodón, otros trabajadores dan forma al producto, otros lo recogen, le dan el tinte, lo cargan en contenedores, etcétera. Y toda la gente que ha intervenido en ese proceso debe repartirse 4,5 dólares, mientras la etiqueta de la tienda de Nueva York dice que vale 35 dólares.

Uno estaría tentado de pensar que la industria textil bangladesí sufre una especie de explotación internacional que impide que el país se desarrolle. El intercambio no es justo porque los yanquis ganan mucho y a los paisanos de Yunus no les dejan ni las migajas. Pues bien, lo que Yunus se calla, muy convenientemente, es que durante los últimos años la cerrada economía de su país ha experimentado un importante auge, con tasas de crecimiento cercanas al 5%, gracias a la enorme competitividad de las exportaciones, en particular las propias de una determinada industria. ¿Adivinan cuál? ¡Correcto! La textil.

Al contrario de lo que sugiere Yunus, precisamente el bajo precio del textil bangladesí hace que sea mucho más competitivo que el del resto del mundo. Y eso genera mucha más riqueza de la que Yunus puede aspirar a crear jamás. El Banco Mundial, por su parte, lo tiene claro:

Dado que la industria textil proporciona empleo directo a dos millones de bangladesíes –el 90% de los cuales son mujeres– y supone el 9,5% del PIB, así como tres cuartas partes de los ingresos por exportaciones en 2003-2004, cualquier cosa que reduzca la competitividad supone un impuesto a la sociedad entera.

Las opiniones de Yunus son un peligro para su propio país, un impuesto incipiente a la creación de riqueza. En lugar de utilizar su inmerecida influencia para presionar por una mayor liberalización del libre comercio y de la economía, se dedica a criticar la situación de las industrias más exitosas. ¿Qué quiere este banquero, el establecimiento de una policía comercial que se dedique a fijar los precios del textil bangaldesí? ¿Acabar con los escasos espacios de libertad que existen en su país, responsables de la reducción de la pobreza?

Su pulsión intervencionista y reguladora se puede observar claramente cuando describe la influencia que ejercen la publicidad y los medios internacionales de comunicación sobre el habitante de Bangladesh:

Sus deseos han cambiado. Y eso es bueno: ahora quiere hacer más porque quiere tener todas esas cosas. Pero es malo, porque le crean necesidades innecesarias. Ahora quiere champú, aunque no lo necesite. Su hija también lo pide, y si no lo tiene, no se siente guapa.

¡Horror! ¡Los bangladesíes quieren champú! ¿Qué será lo próximo, comprar pasta de dientes? Los pobres no necesitan lavarse: eso no es sino un insostenible lujo burgués.

Pero quizá donde más claramente se percibe su desprecio por la libertad es en la necesidad compulsiva que tiene de mentir para tratar de justificar su petición de establecer una policía mundial. Atención a los datos que ofrece sobre la distribución de la renta:

El 94% de los ingresos del mundo van a parar a un 6% de la población. Eso no es justo. Es necesario moderar la cantidad de recursos que utiliza la parte de la población que está en lo más alto.

¿Pero de dónde ha sacado las cifras este hombre? Aun aceptando los nada creíbles datos del movimiento antiglobalización, el 20% de la población obtiene el 80% de la renta. Yunus no sólo rebaja el porcentaje de privilegiados al 6%, sino que sube su porcentaje de renta al ¡94%! Vamos, que el 94% de la población mundial sólo tiene el 6% de la renta. Después de esta barbaridad, ¿alguien puede seguir concediendo alguna credibilidad económica al nobelizado Yunus?

El Grameen Bank, un hito propagandístico

El otro gran tema sobre el que versa la entrevista de El Mundo son los logros del Grameen Bank en la lucha contra la pobreza. Lo cierto es que necesitaría mucho más espacio para explicar con detalle las tretas y engaños de esta institución, pero me limitaré a dar cuenta de algunos de los más curiosos.

En primer lugar, y como ha puesto de manifiesto Jeffrey Tucker, del Mises Institute, conviene tener claro de qué manera concede el Grameen sus préstamos. Los tipos de interés que exige el banco de Yunus son de alrededor del 20%, unos cuatro o cinco puntos por encima de lo que exigen otras entidades para préstamos similares en Bangladesh. Ciertamente, el Grameen no exige ningún tipo de garantía, pero agrupa a los prestamistas en grupos de cinco personas, que se controlan mutuamente para garantizar que todas ellas paguen.

El grupo de cinco tiene que asistir semanalmente a un programa de lavado de cerebro y aprenderse 16 lecciones de tinte social-fascista. Particularmente curiosas son la primera (Disciplina, unidad, coraje y trabajo duro), la decimoquinta (Si nos enteramos de cualquier quebranto de la disciplina en algún centro, iremos todos allí a restaurarla) y la decimosexta (Debemos participar en todas las actividades socialmente).

Por otro lado, Yunus afirma que el negocio de su banco es viable y autosostenible –a pesar de que, aparentemente, los demás bancos del sector son tan estúpidos como para no haberse dado cuenta de ello en dos décadas–; y esgrime como prueba que ya no acepta subvenciones ni donaciones y que la tasa de devolución del crédito es del 99%.

Esa tasa de devolución resulta más que dudosa. En 2002 Daniel Pearl y Michael Phillips escribieron un artículo en el Wall Street Journal donde cuestionaban los datos del Grameen porque se basaban en procedimientos contables distintos a los manejaban los demás bancos. Yunus, entonces, se defendió diciendo: "Cualquiera que sean el sistema, los procedimientos y las definiciones contables que usamos hoy, son los que hemos venido usando durante 25 años". Vamos, que pecar, pecaban, pero desde el principio…

Pero es que incluso otro intervencionista como el hindú Sudhirendar Sharma ha cuestionado que la política del Grameen sirva para algo más que para hacer circular el dinero:

El crédito fácil elimina la falta de liquidez, pero sólo de forma ilusoria. A menos que los préstamos se conviertan en inversiones productivas, la pobreza rural no desaparecerá. Los microcréditos mejoran la tenencia de efectivo, pero no crean riqueza.

Dicho de otro modo: el Grameen vuelve a conceder préstamos a sus antiguos prestamistas, con los que éstos saldan sus deudas pasadas. Un círculo vicioso, pues.

El otro gran argumento de Yunus para probar la solidez financiera del Grameen es eso de que ya no recibe subvenciones. Bueno. En primer lugar, diremos que recibió toda clase de créditos, subvenciones y donaciones hasta 1995. Dinero procedente de la ONU y de otros organismos internacionales, de instituciones públicas y privadas. Y todavía hoy está pagando parte de los préstamos que le fueron concedidos a bajos tipos de interés (alrededor del 2%), de modo que los efectos de las subvenciones perduran.

Jonathan Morduch ha calculado que si el Grameen no hubiera recibido ningún tipo de subvención habría sufrido unas pérdidas de 34 millones de dólares entre 1985 y 1996; a menos que hubiera incrementado los tipos de interés en un 50%…

 

Desde un punto de vista liberal, las donaciones de los organismos públicos al Grameen sólo pueden ser consideradas como un expolio a los contribuyentes para financiar proyectos que no resultaban rentables y que, por tanto, sólo entorpecían la creación de esa riqueza que el propio Yunus decía alentar.

En segundo lugar, diremos que lo que dice Yunus es totalmente falso. El Grameen sigue recibiendo multitud de donaciones, especialmente después de la publicidad conseguida luego de que su dueño fuera galardonado con el Nobel de la Paz. Por ejemplo, la fundación de Bill Gates le ha regalado 1,5 millones de dólares, y la Mosaic Foundation 800.000. Pero nada, el Grameen sostiene en su página web que "la última donación de capital, programada con anterioridad, se recibió en 1998".

También es curioso cómo el banco de Yunus utiliza a los mendigos bangladesíes como reclamo publicitario. El Grameen ha instituido un programa por el que concede préstamos con un tipo de interés del 0% a los individuos más pobres de la sociedad. Parece una gran obra caritativa. Ahora bien, hay que leer la letra pequeña:

Se entrega a cada miembro una placa de identificación con el logotipo del Grameen Bank, que puede mostrar en su vida cotidiana para que todos sepan que pertenece al Grameen Bank y que esta entidad nacional lo respalda.

Por supuesto, no tengo nada en contra de que Yunus deje de cobrar los intereses a sus clientes a cambio de que le hagan publicidad gratuita: no es más que una especie de salario no percibido. Lo que no termina de gustarme es la hipocresía con que se disfraza todo esto: no estamos ante una operación publicitaria, sino ante un acto de respaldo a la institución…

Lo que sí comienza a parecerme peligroso es la manera en que el Grameen va copando los resortes del poder político en Bangladesh, con movimientos típicos del fascismo corporativista. El propio banco lo reconoce:

[Los prestamistas] escogen a los miembros del consejo responsable de dirigir el Grameen Bank cada tres años. Esta experiencia les ha preparado para presentarse a cargos públicos. Hacen campaña y son elegidos para cargos municipales. En 2003, en las elecciones para el gobierno local (Union Porishad), 7.442 miembros del Grameen se presentaron para los escaños reservados para mujeres y 3.059 de ellas fueron elegidas.

¿Yunus, presidente de Bangladesh?

Por último, cabe preguntarse cuáles han sido los auténticos logros del Grameen. Yunus lo tiene muy claro: el 58% de los que han pedido un préstamo a su banco han salido de la pobreza. ¿Sorprendente? Pues no tanto. Basix, una institución india de microcréditos, ha calculado, para un período de tres años, que un 52% de sus clientes consiguió mejorar su posición económica, un 23% no experimentó cambio alguno y un 25% empeoró.

En otras palabras, los efectos positivos y los neutros o nocivos se compensaron. Si a esto le añadimos que la economía bangladesí ha estado creciendo al 5% durante 15 años y que la pobreza cayó en 10 puntos, según el Banco Mundial, los resultados ya resultan mucho menos impresionantes.

De hecho, ¿a qué atribuye el Banco Mundial la reducción de la pobreza en Bangladesh? ¿Al Banco Grameen y a su red de microcréditos? No, a algo mucho más sencillo:

No es simple coincidencia que durante esta década haya tenido lugar una significativa liberalización del comercio y una espectacular expansión de las exportaciones.

La tan denostada globalización, la autopista que expulsa a los pequeños, es lo que ha sacado de la miseria a los compatriotas de Yunus, y no una hipersubvencionada institución que necesita congraciarse con el socialismo y el intervencionismo internacional para continuar subsistiendo, aun a costa minar las bases para la prosperidad de los pobres.

Tanto le han dado los pobres de mamar, tanta fama y riqueza le han proporcionado, que parece que Yunus desea que sigan siendo siempre pobres. Su discurso antiglobalización genera más pobreza que la que él pueda remediar con las actividades de su banco.

Más crecimiento, menos desigualdad

Cada año se acompaña de al menos un estudio que analiza en profundidad algún aspecto concreto. El primero de los dos que completan el informe está escrito por el economista español Xavier Sala-i-Martín, y su contenido está eficazmente resumido en el título: La desigualdad global remite a medida que crece la economía.

Sala i Martín ha ganado merecida fama por haberse acercado como ningún otro a la medida de la pobreza y la desigualdad mundiales, gracias a dos criterios: tomar a las personas como unidad de análisis, no a los países, y acercarse al nivel de vida real de la gente, valorando sus niveles de renta en función de la capacidad de compra de la moneda del lugar.

Fijar una línea bajo la cual colgar el cartel de "pobreza" es siempre arbitrario, por lo que Sala i Martín ha utilizado tres, fijadas en uno, dos y tres dólares diarios de renta. Comparando los datos de 1970 con los de 2000, en cualquiera de las tres medidas hay unos 400 millones de personas menos en la pobreza, y eso que en esos 30 años ha aumentado mucho la población total.

De hecho, el porcentaje de la población mundial que entraría en la categoría de pobre ha caído, para un dólar al día de renta, del 15,4 al 5,7 por ciento y para los tres dólares por día del 47 por ciento al 21 por ciento.

Las áreas que más se han incorporado al comercio mundial son las que más eficazmente han superado la pobreza. En el caso del Asia Oriental, el descenso ha sido de un tercio de la población al 2,4 por ciento en el último año del siglo XX. Y la que menos se ha globalizado es la que se ha quedado atrás: el África subsahariana. Somos más ricos y más iguales a medida que hemos ido estrechando nuestras relaciones comerciales.

Merkel y Bush, ¿enemigos del libre mercado?

Al igual que el NAFTA y el CAFTA, el TAFTA pretende ser una "zona de libre comercio", pero entre la UE y Estados Unidos. Con el eufemismo de libre comercio los políticos aplicarán la vieja economía del mercantilismo, del corporativismo y aumento del control gubernamental, es decir, todo lo contrario a lo que cabría esperarse. No hay más que ver los puntos clave del acuerdo: intensificación de las regulaciones del mercado financiero, de las bolsas de valores, potenciación de los derechos de autor y reconocimiento mutuo de los estándares técnicos. Esto sólo para empezar.

El libre mercado de verdad no se basa en la regulación ni el control, sino en la libertad. La única razón por la que lo llamarán, si es que finalmente logran implantarlo, zona de libre comercio, en lugar de zona controlada por el Estado, es la mala fama de las palabras control y regulación. Cada vez que un político anuncia una medida para favorecer el libre mercado, lo que hace es empeorar la diversidad y la riqueza empresarial y, por extensión, la de todos nosotros.

Las izquierdas llaman neoliberalismo a estos acuerdos estatales y corporativistas. Otra nomenclatura que lleva al engaño ya que neocorporativismo o neomercantilismo serían nombres que lo definirían con más precisión.

El TAFTA y sus variantes lo único que aseguran es la hegemonía de los gobiernos a nivel internacional y el lento asesinato del libre mercado capitalista. Es un retroceso al socialismo y a la economía del fascismo (la impulsada básicamente por Mussolini).

Eso no significa que un país pueda tener tratados de libre comercio, pero han de ser sólo de desregulación, liberalización y eliminación de barreras tal y como tiene establecido, por ejemplo, Chile con países como Estados Unidos, China, Corea, México, India y muchos más. Un chileno mostraba la ventaja de estos acuerdos con una anécdota de una empresa española, que lleva sus jamones a Chile para procesarlos y luego exportarlos directamente a Estados Unidos, ya que el último tiene fuertes barreras de entrada a los alimentos para el resto de países. Esto es libre comercio, esto es capitalismo de verdad.

Los burócratas de Maastricht y Washington no trabajan en aras del saneamiento del mercado ni en sus resultados positivos como la creación de riqueza, aumento del poder adquisitivo y creación de empleo; trabajan sólo para sus propios intereses políticos y económicos, de ahí que quieran regular el mercado financiero para restringir la libertad de capitales y tener mayor eficacia en el cobro de impuestos o simplemente beneficien a sus grandes empresas y grupos de presión como la industria de Hollywood.

Así como un cerdo no deja de serlo por más que los políticos nos digan que es una gacela, el TAFTA y sus variantes no son más que socialismo e intervencionismo por más que Merkel y Bush juren que es "libre comercio".

Pesadilla infantil

La imagen de niños en fábricas en las que trabajan para multinacionales ansiosas de explotarles es uno de los principales motivos para que muchos den su espalda al capitalismo.

Si el libre mercado permite semejantes injusticias, alegan, es culpa de esas empresas sin moral y de gobiernos dispuestos a todo con tal de captar inversiones. En un mundo darwinista como éste, los estados se pliegan a la voluntad de los poderosos, deseando acumular más y más, mientras millones de seres humanos viven sin apenas comida para subsistir.

Es difícil luchar contra estas convicciones del pensamiento popular. Es aún más complicado explicar que no hay explotación laboral cuando no se obliga a los trabajadores a trabajar contra su voluntad. Sostener a la contra que, sin globalización, esos menores de edad tendrían que arar el campo, recoger la siembra, cuidar a los animales y hacer de animales de carga, cuando no dedicarse a la prostitución, se tacha de demagogia.

Pero los datos confirman que desde 1980 el trabajo infantil no ha crecido exponencialmente como parecen sugerir los adalides de la anti-globalización, sino todo lo contrario. Concretamente, los niños entre 10 y 14 años que trabajan en los países emergentes, se ha reducido del 23 al 12% entre 1980 y 2000. En Vietnam, en 10 años, más de 2,2 millones de niños han abandonado el trabajo infantil para ir a la escuela.

La tendencia es que, a medida que los padres ganan más dinero, los niños no tienen necesidad de trabajar. De hecho, la mejor forma que tienen los padres de retirar a sus hijos del penoso trabajo es ser contratados por una multinacional porque, como explica la revista The Economist, aquellas habitualmente pagan aproximadamente el doble que los empresarios locales en los países del Tercer Mundo.

UNICEF, por su parte, confirma este hecho en su estudio "Lo que Funciona para los Niños Trabajadores". En el documento se señala que para los niños el trabajo en la industria de textiles en Bangladesh, era "menos arriesgado, financieramente más lucrativo, y con mayores perspectivas de mejora que casi cualquiera de las otras formas de empleo disponibles."

Desde que los anti-globalización criticaron en 1995 a Nike y a Reebok por contratar a menores de edad en fábricas pakistaníes, estas multinacionales decidieron dejar el país. El efecto dominó que provocaron las compañías provocó la reducción del sueldo medio en un 20% y el desempleo para miles de paquistaníes.

Ejemplos como este indican que, aunque la conciencia occidental se escandalice por la situación en que viven millones de niños en el tercer mundo, lo peor que podemos hacer es exportar nuestra legislación a países que antes de poder permitírsela tienen que pasar por su propia Revolución Industrial.

Nuestros bisabuelos y tatarabuelos trabajaron desde muy jóvenes la tierra. Se levantaban antes de que saliera al sol y se acostaban cuando ya era de noche. Durante muchos años, la escena era habitual en los campos. Pero gracias a que el capitalismo ha podido implantarse en países como el nuestro los jóvenes pueden estudiar en lugar de trabajar.

El efecto de aplicar nuestras ideas, moldeadas por la cultura en la que vivimos, a otros países, a veces, puede ser terrible. Más bien, una pesadilla para esos niños que ocupan las esquinas de ciertas calles ofreciendo sus cuerpos por unos míseros dólares, mientras sueñan con factorías en las que trabajar pero que ya son historia gracias a la solidaridad de sus hermanos europeos y norteamericanos.

Creer que el mundo es como una pequeña comunidad donde se conocen todas las circunstancias que permiten valorar y establecer una solución perfecta para cada problema es peligroso. Estamos hablando de personas. Personas con vidas a quienes decimos querer salvar pero a quienes realmente ponemos en un brete con nuestras ideas.

Las ideas tienen consecuencias, recordaba el escritor norteamericano Richard Weaver. A veces, incluso genocidas.