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Etiqueta: Comercio globalización y desarrollo

Por la desaparición de la pobreza

Un dictador, según la Real Academia de la Lengua Española, es una “persona que se arroga o recibe todos los poderes políticos extraordinarios y los ejerce sin limitación jurídica”, es decir, es libre para ejercer sus caprichos sobre el resto de la comunidad por la imposición de la fuerza ya que nadie lo limita. En el terreno económico, pues, un dictador es el que tiene la capacidad política de imponer sus designios sobre la producción al resto de la comunidad de forma unilateral.

Esta semana, ZP nos ha mostrado qué significa ser un dictador de la producción con dos ejemplos. En primer lugar ha declarado que entre sus "objetivos prioritarios" se encuentre el turismo. Así ha decido construir nueve paradores con un presupuesto de 181 millones de euros. Y en segundo lugar, y a través de la ministra Trujillo, ha decidido financiar 180.000 “minipisos” al año que costarán 6.822 millones de euros al pagador de impuestos.

Si los "objetivos prioritarios" de ZP se correspondiesen con los de los españoles se habría hecho un empresario de éxito. Habría ofrecido aquello que la gente más urgentemente necesita al precio más barato sin la necesidad de quitar a la comunidad astronómicas cantidades de dinero mediante el uso de la extorsión que representan los impuestos.

Todo el dinero que ZP usará para sus "objetivos prioritarios" no es riqueza de más, sino que es dinero quitado a la comunidad. Nuestro incómodo dictador de la producción cree que no somos aptos para dirigir nuestro ahorro, inversión ni gasto. Él, en su elevada visión, tiene suficiente autoridad moral como para robarnos el dinero y usarlo, no para bajar los precios de los pisos, ni crear turismo de calidad (algo que jamás conseguirá porque el problema no radica ahí), sino para planificar y controlar según sus gustos y “compra de votos” un determinado tipo de sociedad que olvida totalmente al individuo, a su propiedad privada y su libertad de elección.

¿Por qué no dejar que sean las acciones descentralizadas y voluntarias de las personas que decidan qué sector es más importante? No se equivoquen. El fuerte aumento del precio de la vivienda no se debe a las malas artes del libre mercado como afirman sus detractores, sino a la manipulación de la oferta monetaria, o lo que es lo mismo, a la promoción del llamado “dinero barato”. El “dinero barato” no lo crea el libre mercado, sino los gobiernos y bancos centrales con políticas monetarias expansivas, controles de precios (término que significa todo lo contrario a lo que realmente produce), políticas fiscales dirigistas, etc.

Dirigismo e intervencionismo no se arreglan con más de lo mismo. La historia económica nos muestra perfectamente como la planificación política sobre la economía siempre ha fallado: el mercantilismo, bullonismo, marxismo, keynesianismo, y similares siempre produjeron fuertes crisis. La libertad de mercado es la única alternativa a las crisis y dictadores de la producción.

Y es que ningún visionario nos ha de obligar a destinar nuestro dinero a sus intereses, "objetivos prioritarios", ni caprichos personales. Si queremos prescindir de los dictadores económicos para nuestro bien y para conservar nuestro dinero ganado honradamente, sólo hay camino real: que el gobierno gobierne lo menos posible, y por lo tanto, el mejor gobierno siempre será el que no gobierna en absoluto.

Los enemigos de los pobres

Ayer sábado tuvo lugar el gran evento musical conocido como Live 8. Se trató de una serie de conciertos que pretendían la desaparición de la pobreza a través de presionar a los políticos del G8. Aunque el fin es loable, los medios están diseñados por personas que o bien son fabulosos ignorantes del funcionamiento de los procesos sociales o geniales hipócritas. Los organizadores rechazan constituirse como un colectivo dedicado a la ayuda o la caridad voluntaria y se esfuerzan en exigir justicia para acabar con la pobreza. ¿Pero qué entienden por justicia? Pues una serie de cambios en el comercio, la deuda y la ayuda al desarrollo que no pasan de ser una versión light de lo que lleva pregonando el movimiento antiglobalizador desde hace años.

Pero no voy repetir críticas de sobra conocidas a estas propuestas, sino destacar que los liberales no podemos limitarnos a esa crítica y asistir callados al drama que viven millones de seres humanos. Debemos defender una agenda radical para la desaparición de la pobreza, ese estado original del hombre en el que todavía viven una inmensa cantidad de seres humanos. Su fundamento debe ser un principio esencial: liberar a los pobres para que puedan convertirse en los protagonistas de su progreso. Y lo que sigue no es más que un incompleto repertorio de medidas urgentes para lograrlo.

1. Los gobiernos de los países pobres deben liberar a sus ciudadanos de modo que puedan intercambiar entre ellos todos aquellos productos o servicios que les plazca. Esto es lo que se conoce como liberalización de mercados. Al mismo tiempo sus derechos de propiedad y sus contratos deben ser reconocidos sin ningún tipo de trabas. De este modo los pobres podrán emprender las acciones tendentes a estar en disposición de satisfacer necesidades que vayan mucho más allá que las básicas.

2. Esos gobiernos deben permitir la salida de todo tipo de bienes y capitales que sus ciudadanos quieran intercambiar con personas de otros países. El comercio es la clave del enriquecimiento de cualquier familia, tribu o sociedad, así que exijamos a los gobiernos de esos países eliminar los miles de impedimentos al libre ejercicio del comercio exterior. Asimismo deben permitir la entrada de todo tipo de inversiones extranjeras, y la importación de cualquier mercancía que algún residente quiera traer a sus países.

3. Los estados e instituciones occidentales deben abolir inmediatamente todos los sistemas que agredan la propiedad y la libertad de los habitantes de los países pobres, como, por ejemplo, la Política Agraria Común (PAC), que enriquece injustamente a una pequeña cantidad de europeos a costa de millones de conciudadanos y, lo que es todavía peor, de millones de pobres en el tercer mundo. Reclamemos la eliminación de restricciones al comercio en los países ricos incluso si éstas no son correspondidas por los gobiernos de los países pobres porque éstos no son quienes para limitar los intercambios libres que sus ciudadanos quieran realizar.

4. Debemos acabar con la ayuda gubernamental al desarrollo. Esta supuesta ayuda distorsiona las economías pobres, las vuelve más dependientes, fomenta la corrupción y obliga a “desarrollar” por unas vías que no son necesariamente las que quieren o necesitan los afectados. Exijamos a los gobiernos que dejen de estorbar a quienes quieren ayudar con su patrimonio particular a superar la pobreza o paliar sus efectos.

5. Estrechamente relacionado con el punto anterior estaría eliminar las instituciones internacionales que se dedican a la gestión de las políticas de desarrollo en países pobres como PNUD o el Banco Mundial y transferir las pocas acciones legítimas que llevan a cabo a organismos privados de ayuda al desarrollo. Las instituciones que gastan dinero que no les ha sido cedido por sus dueños no disponen de los incentivos para utilizar adecuadamente esos fondos. Además, la mera existencia de esas organizaciones y de la ayuda pública al desarrollo desincentiva la ayuda directa de quienes han visto cómo se les quitaba coactivamente parte de su renta con el supuesto fin de eliminar la pobreza en el mundo.

6. Debemos acabar con las subvenciones a las mal llamadas ONGs. Exijamos que obtengan su financiación de forma totalmente voluntaria por parte de quien crea que realizan una buena labor. Una gran parte de estas organizaciones está tremendamente ideologizada y no pocas fomentan más pobreza de la que evitan. No permitamos que se las mantenga con el dinero que proviene de los impuestos.

Los individuos del mundo occidental tenemos el deber moral –si bien jamás deberíamos estar obligados legalmente- de ayudar o colaborar con las personas que se esfuerzan por salir de la miseria. Una forma de hacerlo es dando dinero o comerciando con los individuos y las empresas que desempeñan su tarea en los países pobres. Pero igual de importante es explicar alto y claro que ni los gobiernos ni las instituciones internacionales ni las ONGs tienen derecho alguno a impedir ese progreso y que sus políticas suelen ser los más vivos ejemplos de la hipocresía, la ignorancia y la ciega acción coactiva que día a días se traducen en la pobreza de millones de personas. Por cualquiera de estas vías podemos aportar nuestro importante grano de arena para que los pobres puedan convertirse en los principales protagonistas de su propio progreso. Sólo así desaparecerá la pobreza como fenómeno de masas.

La reducción de la pobreza

Me viene ahora a la memoria cómo el inigualable novelista norteamericano Tom Wolfe describe la indignación como la estrategia preferida de los autoproclamados intelectuales para revestirse de dignidad moral. Esto se debe a que, reflexionando sobre el fenómeno de la globalización, he recordado el coro de lamentos escuchado hasta la saciedad que rezaba, entre otras cosa, que los ricos son más ricos y los pobres más pobres por culpa del capitalismo global.

Espero que no se me entienda mal. Desde luego que considero que el futuro inmediato de los más necesitados del planeta es un asunto de máxima prioridad. Y conmigo, miles de personas en el mundo que, gracias a la globalización de la la información, han adquirido una nueva conciencia global que llena de significado las célebres palabras de Terencio: “Homo sum, humani nihil a me alienum puto”. No obstante, y tal y como ya advirtiera Revel, esta nueva civilización del conocimiento esconde graves paradojas: la mentira es la primera de todas las fuerzas que la dirige, sentencia. Yo añadiría que es una mentira cargada de indignación. En efecto, y centrándonos en la máxima sobre riqueza y pobreza antes reseñada, a día de hoy ha quedado patente cómo millones de personas bienintencionadas han sido embaucadas por los alaridos de cierta intelectualidad mayoritaria e indignadísima que, de manera curiosamente acientífica, han mantenido y mantiene posiciones manifiestamente anticapitalistas. Lo grave del asunto es que la inmensa mayoría de la población ignora el engaño masivo al que se ve sometida y hace propia la indignación de sus voceros de manera acrítica.

Digo esto porque hace ya más de dos años que un economista español, el Catedrático de la Universidad de Columbia Xavier Sala-i-Martín, demostró en un estudio con un impacto tremendo en el ámbito académico que en los últimos treinta años no sólo la pobreza ha disminuido, sino que lo ha hecho a la mayor velocidad y afectando al mayor número de personas de la historia. En efecto: “La tasa de pobreza medida por el umbral de un dólar/día ha caído del 20% al 5% en los 20 últimos años. La tasa correspondiente al umbral de los dos dólares/día ha caído del 44% al 18%. Hay entre 300 y 500 millones menos de pobres en 1998 que en los años setenta”.

Dichos resultados han pasado desde las páginas de The Economist hasta las de The New York Times teniendo una difusión en prensa poco usual para un estudio econométrico. Huelga hacer un paréntesis y decir en descargo de los defensores de esa tesis falsa que tanto Naciones Unidas, a través del PNUD, como el Banco Mundial venían apoyando la idea del aumento de las desigualdades aunque, no obstante, empiezan a cambiar de opinión a marchas forzadas. Por supuesto, otros investigadores como Paul Schultz de Yale, Peter Lindert de la Universidad de California y Jeffrey Williamson de Harvard entre otros han trabajado en mostrar la evidente correlación entre dicha disminución de la pobreza y la difusión del capitalismo global, pero eso es harina de otro costal.

Lo que quiero reseñar, a modo de reflexión final, es que la mentira indignada de ciertos miembros de nuestra sociedad sigue siendo capaz de avasallar a la ciencia hasta el punto de que la inmensa mayoría de la población desconozca los resultados científicos más relevantes de los últimos años sobre la globalización. En ese sentido, ya va siendo hora de poner a tanto intelectual en el lugar que le corresponde, amen de empezar meditar si no es más honrado apelar a la ciencia antes que a la autocomplacencia moral que proporciona tanta alharaca indignada.

El impuesto contra la pobreza

Hace unos años la asociación neocomunista ATTAC comenzó a defender un impuesto sobre la especulación para dedicarlo a la ayuda al tercer mundo. En los últimos días, nos hemos enterado de que la Unión Europea se plantea implantar un impuesto sobre los billetes de avión para destinarlo a la lucha contra la pobreza en los países en vías de desarrollo.

Ante esta propuesta, algunas compañías aéreas ya han mostrado su preocupación. Easyjet ha comentado que le es insostenible la imposición de un gravamen sobre los vuelos nacionales que no hacen escala en ningún país en vías de desarrollo. Por su parte, la compañía irlandesa Ryanair ha considerado que perjudica principalmente a los consumidores.

Aunque cabe aceptar (pero nunca justificar) los impuestos en la medida en que se destinan al gasto estatal en infraestructuras o policía, lo que no resulta admisible es defender las transferencias de dinero de los más pobres de los países ricos a los más ricos de los países pobres.

Al mismo tiempo, hay que recordar que el impuesto que planean los eurócratas no sólo perjudica al consumidor, a quien le hacen pagar más por unos servicios que hasta la introducción del gravamen costaban menos sino que también tendrá repercusiones en los ingresos que obtienen las compañías aéreas. Es más que probable que la guerra de precios sólo beneficie a las grandes compañías que tendrán que “luchar” menos contra compañías que ofrecen vuelos extremadamente baratos. El resultado puede ser que las empresas pequeñas desaparezcan o que se vean obligadas a reducir el número de trabajadores en nómina.

Junto con estos efectos, cabe considerar el efecto sustitución. Habrá más de un consumidor que opte por medios de transporte más baratos ante el incremento de precios de los vuelos.

La siguiente pregunta que cabe hacerse es por qué nos quieren ofrecen un impuesto que de carácter coactivo como el mayor ejemplo de solidaridad. ¿Acaso puede ser solidario una acción en la que media la violencia? No, por supuesto. Luego, en ningún caso, cabe llamar “solidaria” a una propuesta que se impone por la fuerza. Si hay algo virtuoso, es la generosidad que demuestran las personas cuando deciden, por los motivos que sean, ayudar a un tercero. Por eso, resulta un tanto extraño que las ONGs no califiquen esta propuesta de “intrusismo profesional”.

Detrás de tanta polvareda “solidaria”, aparece el espíritu vampírico del burócrata profesional. Donde la gente ve sacrificio, esfuerzo y, en suma, espíritu emprendedor, el político sólo ve un maná de dinero que hay que agotar sea como sea. En esta ocasión, la víctima es el sector del transporte aéreo. La próxima, no lo sabe ni el Señor. Al paso que vamos, como recordaban los Beatles en “The Taxman”, el Estado acabará gravando el suelo que pisamos para que nos cueste aún más caminar.

Nuestra deuda con África

El gobierno nos amenaza con multas por el uso legítimo de la electricidad, nos llama irresponsables por “derrocharla” y restringe su oferta. El aparente problema que plantea el gobierno no es nuestra culpa, sino una amalgama de regulaciones y controles sobre un sector que sería próspero de no ser por su intervención.

¿La electricidad es un bien que el actor económico valora? ¿La electricidad es escasa? Evidentemente que sí. Si la electricidad es escasa y la valoramos, entonces es susceptible de ser comerciada en el libre mercado. ¿Cuál es el problema pues? Que la producción de electricidad se considera un monopolio natural y que el estado lo ha de manipular para que sus costes no sean excesivos. A ésta, que era la visión tradicional, ahora el gobierno ha añadido otro factor para ampliar su control y recaudación, esto es: proteger el consumo doméstico y responsable para penalizar “el derroche de energía”.

¿Cuál es el precio justo que ha de pagar el consumidor de electricidad? ¿Qué significa un consumo responsable y derrochar la energía? Esto lo podríamos aplicar a todo y afirmar tranquilamente que hemos de hacer un uso responsable en la compra de camisas para no agotar la producción de algodón, de lápices para no acabar con la madera, no consumir más de las calorías necesarias para aumentar nuestra esperanza de vida (¿acaso sabe usted la suya?), etc.

No es el estado quien decide sobre nuestros asuntos personales, sino nosotros mismos mediante nuestras acciones destinando más dinero a un bien y rebajándolo en otro. Nuestra acción en el mercado hará que lo que más valoramos, más producción y alternativas tenga, y por lo tanto, tenga precios más baratos. La acción del consumidor marca el precio al empresario final de energía. A la vez, el proveedor del empresario que nos sirve hará lo mismo con su cliente. Y así hasta llegar al fabricante de la materia prima. Y si la materia prima falla el empresario buscará otras fuentes alternativas. Todo este proceso es el que crea precios reales y recursos sostenibles en la estructura productiva de la economía. La producción de energía se rige por los mismos principios que la creación de quesos o cualquier otro bien económico.

En el libre mercado los precios marcan el deseo del consumidor. Bajo la distribución y monopolio estatal los precios están marcados por los caprichos del político que no tiene idea alguna de la información tácita que desprende el mercado.

Al incluir controles, precios máximos, monopolios por ley y niveles de producción sólo desincentivaremos al empresario para producir el bien final deseado, o directamente, lo estaremos echando del mercado (efecto crowding out). Evidentemente esto sólo generará una producción “sub–óptima”, que en el caso de la electricidad, significa apagones e insuficiencia eléctrica. A la vez, también, estancará la innovación esterilizando el sector. Y ésta es la fórmula del gobierno. No es ilógico para el gobierno culpar a los demás de sus errores, porque sino, no podría tomar más control y dinero del sector privado.

Para marear la perdiz muchos gobiernos han intentado hacer una privatización del sector energético muy vaga, cara e insuficiente. Liberalización no ha de significar sólo que los consumidores puedan elegir su suministrador de electricidad o crear un mercado de derivados en el que nadie confía (Mercado Ibérico de la Electricidad, MIBEL). Esto sólo es una cortina de humo. Liberalizar significa que el estado no haga intervención alguna ni guarde privilegios en la producción de energía.

Un mercado abierto y libre es el que nos llevará a una auténtica riqueza del sector donde la empresa, cualquiera que sea su medida, podrá innovar y producir al mejor precio lo que el consumidor busca. Y sino, lo hará la competencia. Si lo dejamos todo en manos de la distribución estatal y ésta falla, algo que pasa siempre, no habrá alternativa ni competencia que nos salve.

En beneficio de los políticos y los grupos de presión

Cualquier político de hoy día le dirá convencido: “esto es bueno para Europa”. Las acciones del político siempre son igualitarias, democráticas, talentosas… ¿Pero se ha preguntado qué significan estas palabras y si realmente son buenas para usted?

No nos engañemos, Europa es un estado feudal de concesiones estatales donde todo se lo reparten los políticos y grupos de presión. Si usted no es un grupo de presión o un político, usted no es nada en Europa. Ha sido el abandono de la responsabilidad individual, y apuesta por el estado ilimitado, que han creado una nueva filosofía europea: vivir de los demás. Lobbys y políticos que le arrancan su producción y dinero a cambio de maravillosas palabras y nefastos hechos.

Grupos de presión

En Estados Unidos hay una ley llamada “Lobbying Disclosure Act” que pretende regular la fuerza de los grupos de presión. En Europa, nada restringe la fuerza de los grupos de presión. Actualmente los más de 17.000 grupos de presión de la Unión Europea reciben fuertes subvenciones y leyes favorables firmando sólo un código ético que no deben ni leer.

Los sirvientes de estos grupos de presión, los eurócratas, les aprueban cualquier mandato. Algunas leyes han llevado a crear regulaciones como la “2257/94” que obliga a que los plátanos tengan una longitud de 13,97 cm., por 2,69 cm. de redondel sin mostrar “curvaturas anormales”. La ley no defiende al consumidor del productor, sino al productor del consumidor.

Los grupos de presión han llevado las subvenciones al más caro de los sinsentidos incentivado el fraude y la corrupción. Recientemente la Unión Europea decidió reclamar a los estados miembros un total de “277,25 millones de euros del presupuesto agrario por ser gastado indebidamente”. A España se le han reclamado más de 134 millones de euros “por graves deficiencias del sistema de control y fraude generalizado”. Usted, con el dinero que la Unión Europea le ha expropiado no ha ayudado al desprotegido agricultor, sino que ha incentivado el parasitismo. El agricultor europeo no está desprotegido, sino sobreprotegido.

Además, la Unión Europea ha de hacer controles pagados por usted. Por ejemplo, ha de controlar los campos con satélites que van tomando fotografías. Pero incluso las fotos aéreas se pueden burlar. Se dio el caso, en Italia, de campos conreados que no existían. Sólo eran viñedos de cartón piedra hechos para cobrar las subvenciones de la Política Agraria Común (PAC).

Políticos

Pero hay un tema en el que la Eurocámara siempre llega a acuerdos rápidos, y es en aumentarse el sueldo: 7.000 euros al mes, 300 al día en concepto de dietas, 3.600 al año sin necesidad de justificación, una asignación adicional de 14.000 euros, sistema de pensiones de 5.000 euros mensuales (compatible con cualquier otra pensión o trabajo, y que contrasta con los poco más de 600 euros de una pensión media española). ¿Cuál ha sido el resultado de tan buen remunerado sueldo? ¡97.000 páginas de regulaciones que, sin éxito, dijeron reducir a 35.000! ¿Sabe usted más de cinco (contando la del tamaño del plátano)?

Y todas estas cifras monetarias son auténtica calderilla comparado con lo que la Unión Europea le usurpa a usted. Europa no es el símbolo de la voluntad de la gente, sino el de la soberanía absoluta del político.

Cuando usted otorga poder ilimitado a cualquier forma de estado, sólo estará contribuyendo a la servidumbre y pobreza de su familia y a la de usted mismo.

En cambio, cuando usted se otorga libertad y responsabilidad individual absoluta evitando el poder de la fuerza (estado), su prosperidad y bienestar puede ser tan ilimitada como usted decida.

Cuando algún político le diga: “esto es bueno para Europa”, sepa que eso será nefasto para usted. Y es que las palabras del político no tienen nada que ver con sus auténticas intenciones.

Una película de buenos y malos

Cien años después de la apertura de las primeras salas de proyecciones cinematográficas en los EE.UU., una nueva innovación empresarial trae savia fresca a una industria cuyos días parecían contados. Se trata de la digitalización de las proyecciones comerciales. En principio, la empresa estadounidense Avica ha elegido Irlanda para llevar a cabo el desembarco y despliegue de 500 proyectores digitales que sustituirán a los clásicos cinematógrafos de 35mm.

El ingenio empresarial y la grandeza de la libre competencia aparecen una vez más cuando todo parecía decidido para la desaparición de todo un sector. La idea consiste en replicar lo que miles de individuos están realizando independientemente a través de sus ordenadores conectados a Internet y de pequeños proyectores digitales, pero con una calidad muy superior. Imaginen la diferencia entre la logística de la distribución de las bobinas de 35mm y la descarga de una película a través de una red de comunicación digital. Por no hablar del mantenimiento de un proyector mecánico de celuloide frente al que requiere un moderno proyector digital. Estos cambios suponen tal ahorro que bien puede surtir el efecto de un balón de oxígeno capaz de salvar a un enfermo que a todas luces parecía terminal.

Para sorpresa de muchos cineastas y cinéfilos, es nuevamente el espíritu empresarial, y no el estado con sus subvenciones, quien mantiene vivo el séptimo arte. El estado se limita a mantener con el dinero que le quita al consumidor algunos productos o procesos de producción cinematográficos que el consumidor no desea costear. Cuando la subvención pública va dirigida a un proceso de producción cuyo consumo de recursos escasos es considerado excesivo por el consumidor, el estado tan sólo puede hacer como hace con la minería del carbón: mantener un sector de zombis.

Por desgracia, el intervencionismo puro y duro también se han cobrado importantes víctimas en este arte. En efecto, las regulaciones medioambientales han contribuido a acelerar la desaparición una de las más preciadas aportaciones que la industria del cine trajo al mundo para disfrute de generaciones de cineastas y espectadores. Un formato revolucionario, la película sonora de Super 8mm, tanto por el tamaño y la calidad de la imagen como por las posibilidades casi profesionales que ofrecía por un módico precio, fue introducido en el mercado por la casa Eastman Kodak en el mes de abril de 1965. Desde entonces, ha sido uno de los soportes más populares de la historia del cine, con el que han aprendido la inmensa mayoría de los directores contemporáneos, con el que aún hoy se trabaja en numerosas escuelas internacionales de cinematografía y con el que se producen muchísimos videoclips musicales.

El popular Super 8 sonoro dejó de producirse a finales de los 90, lo que llevó a la autoproclamada progresía cultural a hacer campañas exigiendo el reinicio de su fabricación y acusando a Kodak por la paralización de su producción. Sin embargo, Kodak no abandonó alegremente a sus clientes. De hecho, el pasado 9 de mayo anunció, coincidiendo con el 40 aniversario de su comercialización, que ante la drástica caída de la demanda casera del Super 8 mudo sustituiría a finales de este año el actual celuloide por otro más competitivo y de similares características. Kodak dejó de producir el Super 8 sonoro, un formato que tenía más que amortizado y para cuya venta utilizaba su red de distribución de películas de fotografía, por culpa de una regulación gubernamental. La EPA (Agencia de Protección del Medio Ambiente de los EE.UU.) exigió a la empresa de Rochester un cambio en la emulsión que la firma americana utilizaba para pegar la banda de sonido a la película debido a potenciales daños medioambientales. El enorme coste que hubiese exigido la investigación de un nuevo sistema de pegado unido al lento pero claro retroceso que experimentaba la demanda de películas de cine frente a la expansión del video, aconsejó a Kodak dejar de producir contra su voluntad el histórico formato Super 8 sonoro.

También en el caso del cine podemos observar como la acción empresarial de los individuos crea bienes y servicios que satisfacen al consumidor usando el mínimo posible de recursos escasos mientras que las agencias gubernamentales se dedican a destruir irresponsablemente por otro lado. Los activistas en defensa del Super 8 aprovecharían infinitamente mejor el tiempo con un ligero cambio de dirección en su táctica: enviando sus cartas de enérgicas protestas y exigencias varias a los burócratas de la EPA en vez de a los directivos de Kodak.

Turismo global

Hace ya varias décadas que el turismo ha dejado de ser un entretenimiento para las clases más acomodadas y ya es un fenómeno del que disfrutan millones de personas. El negocio turístico mundial mueve unos 4,8 billones de euros y representa el 10,6% del PIB global. Se prevé que el sector turístico creará 221,5 millones de puestos de trabajo en el mundo.

La industria turística es el motor de desarrollo de muchos países y regiones donde otros recursos, bien por inexistentes, bien por incapacidad técnica para explotarlos, bien por regulados, no proporcionan a la población la riqueza suficiente para progresar. Basta con recordar como el turismo rural ha favorecido a muchas zonas agrícolas que han prosperado al margen del sector primario hasta el punto de que se están volviendo a repoblar a la vez que mejoran sus infraestructuras. Muchos países del Tercer Mundo han recibido y reciben millones de personas anualmente que aportan millones de euros a sus economías hasta el punto de que, incluso con corruptelas y economías planificadas poco eficientes, han transformado estas sociedades hasta niveles impensables hace décadas.

 

Tal fuente de riqueza, con sus defectos y sus virtudes en muchos casos inseparables, ha llamado desde el principio la atención de grupos y personas que dedican gran parte de sus existencia a salvar la sociedad de los primeros destruyendo inevitablemente los segundos, en algunos casos con un éxito descorazonador. A finales del pasado mayo, se celebró en Barcelona el congreso internacional “Nuevas políticas para el turismo cultural“, organizado por la Fundación Caixa de Catalunya y sinceramente, sus conclusiones son preocupantes.

 

Filósofos como Yves Michaud, antropólogos como Néstor García Canclini, Manuel Castells de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC), el director de la Tate Modern, Vicent Todoli, Serge Guilbaut, historiador del arte y otros tantos han llegado a la conclusión de que la mejor manera de salvarnos de los males del turismo es regulándolo. ¡Qué gasto más absurdo de recursos para llegar a una conclusión que cualquier aula de la Secundaria sería capaz de gestar con un profesor convenientemente adoctrinado!

 

Yves Michaud dijo que el encuentro pretendía “inventariar las respuestas a los riesgos de esta revolución, que son muchos. Por un lado, los sanitarios, como propagación de epidemias. Por otros, los medioambientales, como el recalentamiento del planeta. Más difíciles de combatir son los culturales, pero dedicaremos especial atención a la creación de identidades locales ficticias, que se escenifican para los turistas. Y, en fin, también tenemos la pura destrucción del patrimonio”.

 

En todas las declaraciones subyace el miedo al capitalismo, el desconocimiento más básico de la economía y la idealización absurda de la cultura como un hecho ajeno a las personas, estable e inmutable, como el medio ambiente que también pretenden proteger. No terminan de entender que el turismo es un negocio, con su marketing, sus ofertas y sus productos, que el llamado turismo cultural no es cultura en sí pero sí una buena manera de invitar al turista a profundizar en conocimientos más complejos. En definitiva, que cualquier regulación que pretenda defender estos conceptos conservadores va a impedir que los que lo necesiten reciban de aquellos que se lo pueden permitir. Y que sólo a través de la creación de la riqueza se puede ‘proteger’, si es la palabra adecuada, esa cultura y ese medio ambiente, que parecen tan gravemente amenazados.

Tres falacias sobre horarios comerciales y empleo

La erosión del centro urbano, los costes ocultos para el cliente y el empleo de poco arraigo son perennes acusaciones de los socialistas de todos los partidos contra la libertad comercial, el desarrollo de nuevas áreas de distribución y la necesidad de crear o ampliar horarios de venta al público. En el apartado social de este asunto, la antiliberalización sostiene tres falacias básicas: que la creación de nuevos establecimientos reduce el empleo, que dificulta la conciliación de la vida familiar y laboral y que los trabajos ofrecidos por las grandes superficies son escasamente atractivos para los jóvenes. El Director General de Política Comercial, Ignacio Cruz Roche, siempre insiste en sus declaraciones en esas presuntas externalidades, como razón al frenazo al comercio y la liberalización de horarios. Analicemos con brevedad cada uno de estas tres falsedades.

La primera de todas: los empleos se reducen. No es cierto. Los empleos invariablemente aumentan. En la apertura o sostenimiento de un centro comercial, el empleador asigna recursos no sólo de la fuerza de ventas –principiante o veterana– sino también de otros oficios necesarios para el eficaz desempeño de la actividad: mantenimiento técnico, hosteleros, profesionales de la seguridad, etcétera. La gran superficie es una pequeña ciudad que necesita la colaboración de numerosa gente.

Además, los empleos pueden trasladarse de una contratación a otra. Los que tenemos amplia experiencia en intensos procesos de selección, formación y contratación de personal, apreciamos la considerable expectativa que una inminente gran superficie genera en cualquier localidad o comarca. En las negociaciones para la incorporación de nueva plantilla aparecen diversidad de escenarios: hay quienes prefieren continuar en la tienda para la que trabajan y quienes aspiran a un legítimo deseo de promoción profesional que la nueva superficie puede llevar consigo. Incluso los anhelantes de cambio serán reemplazados por el empresario a través de recién incorporados al mercado de trabajo y las ventas, recompensados éstos últimos por inquietudes ajenas. En fin, las posibilidades son múltiples, la circularidad es permanente. Pero los neoclásicos piensan que el agua sólo puede volcarse de una enorme jarra a otra, en lugar de derramarse en incontables pequeños vasos.

Segunda falacia: no se concilia la vida familiar y profesional. Tampoco es verdad. Esas 1.729.500 personas del sector de la distribución –10% de la población laboral española– se organizan desde hace muchos años alrededor de un sistema de turnos rotativos que desarrolla alrededor de 36/40 horas por 5/6 días a la semana para la gran mayoría del personal sin responsabilidad directiva. Esos turnos ofrecerán, por supuesto, claros aspectos de mejora sometidos a discusión y pacto en los comités de empresa. Los antiliberalizadores desprecian –enrocados en su nube académica– la lucha entre intereses menos antagónicos de lo que parece. Los turnos ofrecen tangibles oportunidades de trabajo e ingresos para colectivos enteros de la sociedad con responsabilidades familiares y disponibilidad limitada. El empleo en centro comercial es posiblemente su única y forzosa apuesta. La reducción horaria manda –nunca lo dudemos- a muchas personas contra su voluntad a casa.

Finalmente, la tercera falsedad: los puestos de trabajo de la distribución son menos atractivos para los más jóvenes. Precisamente es lo contrario. Miles de universitarios de amplia condición, por ejemplo, agradecen participar en campañas y promociones adquiriendo un digno salario que sostiene sus gastos durante una etapa de la vida. Dice Cruz Roche que esa situación eventual dificulta la incorporación de los más formados y que, por consiguiente, un centro comercial andará escaso de finura y conocimiento. Supone el director general que los empresarios quieren dejar de vender, olvidando las necesidades de compradores cada vez más exigentes. Por la cuenta que les trae, el emprendedor seguirá intentando fichar a los mejores.

Defender la libertad comercial no es levantar la bandera de los grandes intereses. Ni mucho menos. A ningún consumidor se le oculta los frecuentes puntos negros de la gran superficie: aglomeraciones, desigual trato al cliente, calidades equívocas. Por eso los pequeños propietarios marcan cada día muchos goles a los elefantes del bazar. Hay que saber pensar la diferencia frente al competidor y aplicarse a esa tarea. Pero una mayor reducción horaria no es decisión acertada. Defender la libertad de comercio es amparar la supremacía de los aciertos, la oportunidad de nuevos proyectos empresariales con autentica vocación social; en definitiva, el gozo del beneficio para todos.

A socialismo europeo, capitalismo chino

Europa se desmorona. Gerhard Schröder ha tenido que adelantar las elecciones generales a pesar de su desesperada campaña contra el capitalismo. En Francia y Holanda ha ganado el “NO”, y el tratado político de la unión ha quedado tocado de muerte junto a la reunificación socialista que implica. En España, ZP se dedica a manipular el sistema de contabilidad nacional para salir mejor en la foto y conseguir sus promesas.

Y para colmo, el BCE ha rebajado las previsiones de crecimiento de la zona euro para el año 2005 y 2006.

Europa se enfrenta a una tormenta económica y política que muy probablemente los burócratas de Maastricht quieran arreglar con la misma medicina que está matando a Europa: proteccionismo, intervencionismo y agresión contra las economías de sus ciudadanos y empresas. Todo es lícito para el enriquecimiento de la elite burocrática europea.

Por el contrario, China, que todos concebimos como un país “comunista”, está tomando el camino contrario: ha apostado fuerte por el libre mercado. La enérgica desintervención estatal ha permitido a un país sumergido en la miseria un crecimiento y acumulación de riqueza altísima respecto a años anteriores.

Recientemente el Development Research Centre ha publicado un informe que prevé un crecimiento del 8% para la China hasta el 2010. Por el momento, los políticos chinos saben que el libre mercado es la salida exitosa a la abundancia y riqueza. Así, la última medida de China ha sido eliminar aranceles de 81 categorías textiles. ¡Qué sea el mercado quien decida sobre él, y no los partidarios intereses de los políticos en alguna cumbre internacional a miles de kilómetros de la gente de a pie!

¿Cuál es la diferencia entre Europa y China? Mientras que en Europa se intenta distanciar más y más del capitalismo que le ha llevado al bienestar, China está apostando por todo lo contrario: el libre mercado. Y los resultados son evidentes. Decadencia y socialismo europeo contra aumento de la propiedad, alta producción, prosperidad y aspiraciones reales de un bienestar futuro.

Pero el actual problema de China sigue siendo la libertad económica. Aún no hay suficiente. Y es que será la libertad económica quien dé a China la libertad política.

En el libre mercado la gente se enriquece por su esfuerzo individual ganando mayor bienestar; y a mayor bienestar individual, menos estado y centralismo. Si en China perdura y se amplia el capitalismo, sus ciudadanos y las nuevas generaciones, que habrán aprendido la lección de lo que puede costar el socialismo, se darán cuenta que el estado es un estorbo a sus ansias de riqueza y prosperidad. Y como cualquier estorbo verán que lo mejor es eliminarlo del todo.

Mientras tanto, Europa, si sigue luchando por falsos sofismas y vacíos conceptos semánticos como igualdad, solidaridad (impuesta), estado del bienestar… verá aumentar una sociedad empobrecida, anquilosada y dependiente de un caudillo social y de la producción. ¡Tal vez el presidente de la Unión Europea! ¡El máximo burócrata que nos dirigirá a todos para su beneficio!

Aún podemos estar a tiempo. En lugar de fijarnos en viejos conceptos fallidos aprendamos de la nueva realidad china. Menos políticos, menos Europa y más libertad de mercado. La muerte de la Unión Europea puede ser el surgimiento de un nuevo tipo de economía global y capitalista.