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Etiqueta: Competencia

En defensa de la competencia desleal

Por Kristian Niemietz. El artículo en defensa de la competencia desleal fue publicado originalmente en el IEA.

Como economista de libre mercado, hablo mucho de competencia. De todos los argumentos a favor de una economía de mercado, el de la competencia es probablemente el más fácil de defender cuando se habla ante un público hostil. (Y no nos engañemos: hoy en día, todo público es un público hostil). Tiene mucho más sentido intuitivo para la mayoría de la gente que, por ejemplo, el argumento de que los precios son señales de escasez y no un barómetro de la «avaricia», o que los inmigrantes no están «robando nuestros puestos de trabajo» porque el número de puestos de trabajo en una economía no es fijo. Incluso a los socialistas les gusta la competencia en el deporte, así que he aquí una idea descabellada: ¿por qué no tener competencia también en el suministro de bienes y servicios?

Pero el hecho de que tendamos a pensar en la competencia de mercado como algo análogo a una competición deportiva también tiene sus inconvenientes. Porque en realidad no se parecen mucho. La competencia de mercado no es un fin en sí misma. El fin es el suministro de bienes y servicios que gusten a la gente y por los que estén dispuestos a pagar. En cambio, en los deportes para espectadores, la propia competición es el producto final. Queremos ver cómo se desarrolla el proceso competitivo.

Esto tiene varias implicaciones. En una competición deportiva, queremos que los competidores tengan una capacidad de rendimiento más o menos similar, porque si desde el principio es obvio quién va a ser el ganador, el atractivo disminuye considerablemente. Por eso organizamos las competiciones deportivas de manera que esto no resulte obvio. Por ejemplo, en los deportes en los que la fuerza física es importante, los hombres y las mujeres compiten en ligas separadas; en el boxeo, hay diferentes categorías de peso, y así sucesivamente.

Cuando la competición en sí es el fin, también tenemos un fuerte sentido del juego limpio. Nos molestan los participantes que disfrutan de una ventaja que consideramos inmerecida. Queremos igualdad de condiciones. Por eso es controvertida la cuestión de los atletas transgénero biológicamente masculinos que participan en deportes femeninos. Los críticos argumentan que ser biológicamente varón constituye una ventaja injusta. También arruina el juego, porque hace más fácil predecir quién va a ser el ganador.

Pero sería inadecuado aplicar esta lógica a la competencia en el mercado. Supongamos que una empresa de construcción tuviera una plantilla predominantemente femenina. En la construcción, la fuerza física importa al menos tanto como en la natación, por ejemplo. Pero, ¿consideraría «injusto» que una empresa de este tipo tuviera que competir con empresas de construcción con una mano de obra predominantemente masculina? ¿Afirmaría que el Estado debería crear mercados separados, de modo que una empresa de construcción de mujeres sólo tenga que competir con otras empresas de construcción de mujeres? ¿Debería el gobierno crear «igualdad de condiciones»?

Por supuesto que no. La diferencia entre la competencia en el mercado y la competición deportiva es que, en la provisión de bienes y servicios como la construcción, el proceso competitivo no es, en sí mismo, observable ni agradable de ver. No forma parte del producto final, y es el producto final lo que importa a los consumidores. Si los hombres disfrutan de una ventaja evidente en la construcción, entonces son ellos quienes deben hacerlo. Si eso es «justo» o no, no es ni aquí ni allí. La competencia entre viticultores ingleses y españoles tampoco es «justa». No es culpa de los viticultores ingleses que Inglaterra tenga un clima tan horrible, y los viticultores españoles no han hecho nada para merecer todas esas horas extra de sol que reciben. Si de alguna manera pudiéramos convertir la viticultura en un deporte para espectadores, entonces sí, probablemente querríamos que los viticultores ingleses compitieran con otros viticultores ingleses, y los viticultores españoles con otros viticultores españoles. Pero mientras sólo nos importe el producto final, el hecho de que España disfrute de una ventaja tan obvia significa que la viticultura debería darse mayoritariamente en España, no en Inglaterra.

Cuando una persona, empresa, modelo de negocio, región o país supera a otro en el mercado, no necesitamos saber por qué exactamente. No necesitamos averiguar si se debe a ventajas «merecidas» o «inmerecidas». Intentarlo significaría aplicar la lógica de una competición deportiva a la competencia en el mercado. Podríamos llamarlo la falacia de la competición deportiva.

Y es una falacia que tiene implicaciones políticas reales, en la medida en que inspira políticas reales. Un ejemplo contemporáneo es el «impuesto sobre las ventas digitales». Según sus partidarios, los minoristas en línea disfrutan de una ventaja «injusta» sobre las tiendas de las calles principales, porque estas últimas tienen que pagar alquileres en el centro de las ciudades, mientras que los primeros no necesitan locales físicos (aparte de un almacén que puede estar en cualquier parte). Por tanto, un impuesto sobre las ventas digitales de los minoristas en línea «crearía igualdad de condiciones». Eso sería justo si la competencia entre los minoristas de la calle principal y los minoristas en línea fuera un deporte para espectadores que disfrutamos viendo. Pero no lo es. Es un medio para hacer llegar los productos a los consumidores. Si los minoristas en línea pueden hacerlo sin necesidad de ocupar inmuebles de primera categoría, así es como debe hacerse (a menos, claro está, que los consumidores valoren la experiencia de compra in situ por sí misma).

Lecciones del ascenso de Netflix y la caída de Blockbuster

Por John Dalton y Andrew Logan. El artículo Lecciones del ascenso de Netflix y la caída de Blockbuster fue publicado originalmente en FEE.

Es el año 1997. Es noche de cine. Te subes al coche y conduces hasta Blockbuster. Cuando abres la puerta, las nuevas películas salen de las estanterías: Independence Day, Space Jam y Romeo + Julieta, de Baz Luhrmann. Una vez elegida tu película, Reservoir Dogs, de Quentin Tarantino, te diriges a la primera fila. Cuando el adolescente que atiende el mostrador te impone una multa de 40 dólares por el retraso en el pago de Apollo 13, no puedes evitar preguntarte si existe una forma mejor y más cómoda de alquilar películas, sin recargos por retraso.

Una versión de esta historia fue el discurso del cofundador de Netflix, Reed Hastings, al explicar la génesis de Netflix y el problema que pretendía resolver. Hastings admite ahora que en realidad no pagó 40 dólares de recargo por Apolo 13. Sin embargo, la verdadera historia de Netflix es mucho más turbia que una anécdota empaquetada.

El economista de origen austriaco Joseph Schumpeter -más conocido por sus teorías de la innovación- puede ayudarnos a entender los efectos de innovaciones como Netflix. En su obra magna de 1942, Capitalismo, socialismo y democracia, Schumpeter describe la destrucción creativa desencadenada por la innovación como un proceso «de mutación industrial… que revoluciona incesantemente la estructura económica desde dentro, destruyendo incesantemente la antigua, creando incesantemente una nueva».

Ejemplo de destrucción creativa

Los economistas han utilizado su teoría para dar sentido a los cambios provocados por las incesantes olas de innovación que se estrellan contra las estructuras económicas, sociales, culturales y políticas de nuestro mundo.

La interacción competitiva entre Netflix y Blockbuster puede verse como un ejemplo «puro» de destrucción creativa, en el que los beneficios de la creación se aceptan ampliamente, incluso con la destrucción que la acompaña. Esto contrasta con el caso de Uber en Nueva York, donde las autoridades intentaron detener la destrucción creativa, con un éxito limitado.

Hoy, la economía estadounidense está en la cúspide de la próxima gran ola de innovación tecnológica. El lanzamiento de ChatGPT y la subida del precio de las acciones de Nvidia señalan el comienzo de la nueva Era de la IA. Sin embargo, en medio de esta incertidumbre, la historia de innovaciones anteriores ilumina los posibles caminos a seguir y lo que el futuro depara a las empresas y los trabajadores estadounidenses. Las historias de Blockbuster y Netflix frente a Uber y los taxis de Nueva York -y cierto economista austriaco- iluminan el camino.

El rápido ascenso de un gigante y su precipitada caída

Durante más de dos décadas, Blockbuster fue un coloso y un icono doméstico. En 2019, solo quedaba un Blockbuster en Bend (Oregón), un colapso impresionante. ¿Cómo llegó a ocurrir esto?

Blockbuster fue fundada en 1985 por David Cook, cuya empresa proporcionaba software informático a la industria del petróleo y el gas de Texas. Gracias a su experiencia en gestión de datos, Cook diseñó Blockbuster para que funcionara según un modelo de centro y radios, en el que un almacén central almacenaba enormes existencias de películas nuevas y utilizaba el modelo predictivo de Cook para enviar los tipos y números adecuados de películas a las tiendas individuales. Con el inventario concentrado fuera de las instalaciones, resultaba barato abrir nuevas tiendas Blockbuster.

En 1987, sólo dos años después, Wayne Huizenga, un empresario en serie e inversor estadounidense, adquirió Blockbuster por una suma no revelada. El crecimiento de la empresa fue supersónico. En un momento dado, Blockbuster abría una nueva tienda cada 17 horas.

En el punto álgido de su crecimiento, en 2004, la empresa tenía 9.100 tiendas, 84.300 empleados y unos ingresos de 6.000 millones de dólares. Sólo 16 años después, 9.099 de esas tiendas habían cerrado.

Blockbuster no era rival para una confluencia de nuevas tecnologías, modelos de negocio y competidores. Como señaló Schumpeter, las empresas tradicionales pueden ser lentas a la hora de innovar y vulnerables a la destrucción creativa. La confianza de Blockbuster la hizo vulnerable a dos amenazas que rondaban las aguas.

Cuando Blockbuster despreció a Netflix

La primera era la tecnología del DVD. Los DVD eran más pequeños, más baratos, más duraderos, ofrecían mejor calidad de imagen que las cintas VHS y permitían a los estudios de Hollywood vender películas directamente al público. Esto suponía una amenaza para Blockbuster, que actuaba como intermediario de alquiler entre las caras cintas VHS producidas por los estudios y los consumidores preocupados por el presupuesto.

Blockbuster tenía una forma de salir de este predicamento y la desaprovechó. En 1997, Warner Brothers ofreció a Blockbuster alquilar los DVD de Warner Brothers antes de que se vendieran al público, a cambio de una reducción del 40%. Blockbuster rechazó el trato. Warner Brothers ofreció entonces el mismo trato a Wal-Mart, que lo aceptó. Wal-Mart superó rápidamente a Blockbuster como la mayor fuente de ingresos del estudio. Schumpeter no se sorprendería.

La segunda amenaza era un modelo de negocio basado en la suscripción que acababa con los recargos por demora. En 2000, Blockbuster ingresó 800 millones de dólares por este concepto, pero también generó un gran resentimiento entre los consumidores. Netflix, fundada en 1997, fue pionera en un modelo basado en la suscripción en el que los consumidores pagaban una cuota mensual fija por alquilar un número determinado de películas.

En 2000, Blockbuster tuvo la oportunidad de comprar Netflix por 50 millones de dólares. En un momento irónico, Marc Randolph, cofundador de Netflix, señala que John Antioco, consejero delegado de Blockbuster, y otros ejecutivos se rieron de los dirigentes de Netflix. Una vez más, Schumpeter no se sorprendería.

Una nueva tecnología, un nuevo mercado

Netflix abrió un nuevo mercado: nadie antes había utilizado el correo para entregar DVD. Otra innovación fue un algoritmo predictivo en el sitio web de Netflix que sugería nuevas películas. Después de ver cada película, los usuarios podían puntuarla, y el algoritmo utilizaba los historiales de visionado y las puntuaciones de los usuarios para predecir lo que les podría interesar a continuación.

El modelo de negocio de Netflix aprovechaba los puntos débiles de Blockbuster. Las numerosas tiendas de Blockbuster, que antes eran una ventaja, se volvieron demasiado numerosas para el control de calidad, lo que dio lugar a una experiencia de usuario poco fiable. Netflix estaba totalmente en línea, ofrecía una interfaz fácil de usar y se podía acceder desde el sofá del cliente. Y, por supuesto, los ingresos de Blockbuster se alimentaban en gran medida de las tristemente célebres e impopulares tasas de demora, un problema que Netflix eludía por completo.

En enero de 2010, las acciones de Blockbuster habían caído un 91% desde su máximo, y la empresa dejó de cotizar en la Bolsa de Nueva York. En 2011, Blockbuster se declaró en quiebra.

Destrucción… y creación

Si Blockbuster es la destrucción en nuestro estudio de caso, Netflix es la creación. Del mismo modo, al comienzo de la Era de la IA, ChatGPT y sus competidores son ejemplos de la creación. La destrucción serán las empresas y los trabajadores que no puedan o no quieran innovar frente a los desplazamientos causados por software como ChatGPT, muy probablemente en el trabajo de cuello blanco, como la codificación informática.

Pero al igual que en anteriores oleadas de innovación, los desplazados encontrarán nuevas funciones en el nuevo panorama que hoy son inimaginables. ¿Quién en los años 90 podría haber considerado una ocupación la creación de contenidos en línea?

El caso de Netflix frente a Blockbuster muestra cómo, si se deja que prospere en un mercado libre y operativo, el vendaval de destrucción creativa de Schumpeter sopla con una fuerza increíble, mejorando la calidad de vida a través de la innovación, pero a veces dejando un rastro de destrucción a su paso, como en el caso de Blockbuster. Pero, ¿qué ocurre cuando la creación no va totalmente acompañada de destrucción?

Uber se mete en el carril de los taxis de Nueva York

La interacción competitiva entre Uber y los taxis de Nueva York puede considerarse un ejemplo «impuro» de destrucción creativa. Uber tuvo una dura entrada en Nueva York, topándose con monopolios atrincherados, millones de dólares de grupos de presión y egos políticos enfrentados.

Irónicamente, en su día fueron los taxis los innovadores, surgidos de la destrucción creativa del coche de caballos. Los taxis no soltaban estiércol, se desplazaban mucho más deprisa que los caballos y no necesitaban descansar.

En la década de 1930, Nueva York contaba con más de 30.000 conductores, que trabajaban más horas y cobraban tarifas cada vez más bajas. Los pasajeros empezaron a preocuparse por la seguridad, temiendo que los taxistas estuvieran retrasando el mantenimiento.

De estas preocupaciones surgió la concesión de licencias: La ciudad de Nueva York repartiría un número fijo de licencias de taxi, llamadas medallones. Sus partidarios argumentaban que los medallones limitarían artificialmente la oferta de taxis, aumentando su precio pero reduciendo la congestión de las calles y garantizando la seguridad de los viajes. En 1937, el alcalde Fiorello La Guardia introdujo el sistema oficial de licencias y medallones de taxi, que aún se utiliza.

Cuando la economía se recuperó tras la Gran Depresión, también lo hizo la demanda de servicios de taxi, pero la ciudad mantuvo el mismo número de licencias. Los precios de los medallones se dispararon. Siguieron la regulación y la sindicalización.

Un monopolio

Los taxis de Nueva York se habían convertido en un monopolio público y las empresas de taxis dominaban el mercado sin que las fuerzas de la competencia se opusieran. No es de extrañar, pues, que el sector del taxi se viera sorprendido por un nuevo enfoque del transporte urbano que puso patas arriba su funcionamiento desde los tiempos de los coches de caballos.

En octubre de 2011, se subastaron dos medallones de taxi por la cifra récord de un millón de dólares cada uno y Uber entró en Nueva York. Uber no requería dinero en efectivo, estaba disponible bajo demanda y a menudo era más barato.

Las empresas de taxis se vieron obligadas a mejorar sus servicios, adoptando máquinas de pago sin efectivo, reservas por Internet y tarifas más bajas. Pero eso no fue todo.

La era de la inteligencia artificial

Las compañías de taxis también presionaron al gobierno de la ciudad de Nueva York para que adoptara normas protectoras que limitaron el crecimiento de Uber y mantuvieron vivas a las compañías de taxis, demostrando que la destrucción creativa no siempre está garantizada, especialmente cuando los operadores tradicionales pueden bloquear la ventaja competitiva de los nuevos competidores y asegurar así su propia supervivencia.

Las historias de Netflix y Uber nos ayudan a entender los posibles futuros en la Era de la IA. En las industrias en las que se permite que la innovación florezca y siga su curso, podemos esperar cambios a medida que surjan nuevas empresas, desplacen a las más antiguas y se conviertan en nuevos líderes del mercado. Las industrias con protecciones políticas arraigadas presionarán para que el gobierno las proteja y resista los efectos del cambio tecnológico.

Ambos caminos prometen muchos trastornos e incertidumbre. Pero, como bien sabía Schumpeter, cuando se deja que siga su curso, la destrucción creativa impulsa el crecimiento económico y, en última instancia, conduce a una mejora del nivel de vida y a nuevas formas de hacer las cosas que hoy son inimaginables.

Ver también

La crisis del sector audiovisual. (Alberto Illán Oviedo).

Competencia y tecnología. (Daniel Lacalle).

Cooperación y competencia. (Francisco Capella).

Estudio interdisciplinario de la cooperación y la competencia. (Miguél Solís).

¿Es Google un monopolio?

Por Walter Block. El artículo ¿Es Google un monopolio? fue publicado originalmente en FEE.

¿Es Google un monopolio? No. ¿Y la Asociación Nacional de Agentes Inmobiliarios? ¿Merece este apelativo? Desde luego que no. ¿Mereció alguna vez el estatus de monopolio la Standard Oil de Nueva Jersey de Rockefeller? En absoluto. ¿Y qué me dice de IBM durante su largo proceso antimonopolio? Ni hablar. ¿Es el matrimonio monógamo un monopolio? Tiene que ser una broma.

¿Es la Oficina de Correos de EE.UU. un monopolio? Sí. ¿Es la Asociación Médica Americana un monopolio? Claro que sí. ¿Es el sistema de taxis amarillos de Nueva York un monopolio? No se puede negar. Cuando los británicos gobernaban la India, prohibieron a cualquier otro extraer sal del océano. ¿Era eso un monopolio? Por supuesto que sí.

¿Qué ocurre aquí? Lo que ocurre aquí es que hay dos tipos de negocios muy, muy diferentes. Ambos se caracterizan de la misma manera -como monopolios- a pesar de estas diferencias gigantescas. Son tan parecidos como la tiza y el queso, como el pescado y las bicicletas, como el aceite y el agua. Hacemos muy bien en distinguirlos. Una descripción es totalmente legítima; la otra es una trampa y un engaño.

Definición histórica de “monopolio”

Empecemos por la definición sensata, precisa e histórica. Tradicionalmente, un monopolio era una concesión de un privilegio especial, otorgado por el gobernante del país. Permitía a una sola persona, o empresa, suministrar un determinado producto en una zona geográfica limitada. El Duque de Londres libró una buena batalla y el Rey de Inglaterra le concedió el monopolio de la fabricación de velas en esa ciudad. O el Conde de Montecristo hizo algo parecido, y el Rey de Francia decretó que nadie más que este noble podía producir vino legalmente en esa zona del país. Cualquier otra persona que suministrara estos productos en esas zonas se dirigía a la cárcel (a menos que primero comprara el permiso del propietario del monopolio).

Son ejemplos inventados, por supuesto, pero ayudan a responder a la pregunta de por qué la lista del primer párrafo no son monopolios, mientras que cualquiera de los mencionados después sí lo son. ¿Se encarcelará a alguien que compita con Google, IBM, Standard Oil, etc.? No sea tonto, por supuesto que no. Así que ninguno de ellos es un monopolio. Sin embargo, si usted conduce un taxi en la Gran Manzana o practica la medicina sin licencia o reparte correo de primera clase por una tarifa, ese será su destino. Los muros de la cárcel se abrirán para aceptarte como huésped.

¿Y el matrimonio? ¿Será encarcelado si busca y obtiene el divorcio? En absoluto. Por lo tanto, aquí no hay ningún monopolio real. Muévete, no hay nada que ver aquí, en cuanto a monopolio.

“Monopolio” como sinónimo de concentración

Un segundo tipo de «monopolio» es muy diferente. En este caso, no nos fijamos en las prohibiciones legales, sino en los índices de concentración. IBM fue en su momento responsable de prácticamente todos los ordenadores (estrictamente hablando, se trataba de un oligopolio, ya que no se alcanzó el nivel del 100%); lo mismo ocurrió con Standard Oil con casi todo este producto; Google se encuentra ahora en una posición similar, según se afirma. Así que todos ellos son «monopolistas» en este sentido engañoso de la palabra.

Ahora mismo, McDonald’s tiene mucho éxito, pero no es más que uno de los muchos proveedores de comida rápida. Pero supongamos que un día esta empresa supera a todos sus competidores, como Burger King, Wendy’s, Sonic, Jack in the Box, Carl’s, Steak ‘n Shake, etc., con precios más bajos, una hamburguesa más sabrosa y baños más limpios. Ronald McDonald no es desde luego un monopolista, en el sentido contrario al mercado. Nadie iría a la cárcel por seguir compitiendo con este ahora coloso de las hamburguesas. Pero esta empresa sí es un «monopolio» en el sentido compatible con la libre empresa. Representan el 100% de esta industria. Ronald, para ser más exactos, debería llamarse vendedor único, no monopolista.

Hay más errores en el mal uso de la palabra monopolio de los que se puedan imaginar. ¿Qué es una «industria»? La comida rápida compite con las tiendas de comestibles y los restaurantes de lujo. También compite por el dólar del consumidor con los vendedores de motocicletas, violines, veleros y zapatos. El consumidor puede gastar su dinero en cualquier cosa que esté a la venta.

La certificación privada

El matrimonio monógamo también tendría que caracterizarse como un «monopolio» si seguimos la «lógica» de esta definición hasta sus últimas consecuencias. Porque cada cónyuge depende del otro en un 100% para ciertos «servicios» limitados. Llamemos a las autoridades antimonopolio. Hasta ahora han incumplido su deber de promover la «competencia» en este sentido. Si estos burócratas pueden prohibir las fusiones -pueden castigar a las empresas por satisfacer satisfactoriamente a los consumidores-, deberían prohibir también todos esos matrimonios.

Hay buenas y suficientes razones para acabar con todos los monopolios que son concesiones especiales de privilegios gubernamentales. No hay razón para no permitir la competencia en los servicios postales, sanitarios, de taxis y de protección contra incendios. Milton Friedman, en su Capitalismo y Libertad, demuestra que esto se aplica incluso a los médicos: deberían estar certificados, como los contables, y no autorizados por el monopolio.

Además, la defensa de la competencia es excesivamente cara. Hay numerosos abogados, contables y economistas muy bien pagados y, por tanto, muy productivos -en ambas partes de cada pleito- que podrían estar mucho mejor empleados produciendo bienes y servicios reales.

Pero, ¿qué pasa con la «pérdida de peso muerto» del economista? Esto es producto de su imaginación. Es un ejercicio de ensoñación sobre comparaciones interpersonales no válidas de la utilidad. Díganselo a los cónyuges monógamos felizmente casados que estarían económicamente mejor si extendieran un poco sus alas.

La colusión

Luego está la crítica relativa a la colusión. He aquí una respuesta. En primer lugar, «yo soy firme, tú eres testarudo, él es un tonto con cabeza de cerdo» puede describir el mismo comportamiento sustantivo, pero le asigna tres evaluaciones muy dispersas (esto se conoce como conjugación de Russell). Del mismo modo, «yo coopero», «tú conspiras», «él se confabula» no es más que un insulto. No se gana nada sustancial llamando colusión a la cooperación. En segundo lugar, la legitimidad de la colusión/cooperación depende de cuál sea el objetivo de toda esta planificación. ¿Se trata de intentar convertirse en monopolista prohibiendo legislativamente la competencia? Entonces, sí, la colusión es ilícita.

¿O se trata de aumentar el grado de concentración del «plotter» en la «industria» haciéndose más eficiente y ganándose a los clientes de la competencia con precios más bajos, un producto mejor y más fiabilidad? En ese caso, todo va bien, y esto vale para todas las «colusiones» del mundo.

Bibliografía

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Ver también

Thiel contra la competencia. (Fernando Herrera).

La propiedad es sólo una forma de llamar al monopolio. (Fernando Herrera).

La teoría austríaca del monopolio y del Estado. (Miguel Anxo Bastos).

Cómo contribuyó la regulación al fiasco de CrowdStrike

Por Peter Jacobsen. El artículo Cómo contribuyó la normativa al fiasco de CrowdStrike fue publicado originalmente por FEE.

El 19 de julio, algo peculiar golpeó a trabajadores y consumidores de todo el mundo. Un apagón informático mundial paralizó repentinamente muchas industrias. Los empleados de aeropuertos, instituciones financieras y otras empresas se presentaron a trabajar sólo para descubrir que no tenían acceso a los sistemas de la empresa. Las consecuencias del apagón fueron enormes. Los expertos calculan que los costes directos para las empresas ascendieron a 5.000 millones de dólares.

La empresa responsable, CrowdStrike, también se vio gravemente afectada. Los accionistas perdieron unos 25.000 millones de dólares de valor, y algunos han demandado a la empresa. El apagón ha generado expectativas y peticiones de una normativa más estricta en el sector.

Pero, ¿cómo es posible que la metedura de pata de una empresa haya provocado un apagón tan masivo? Resulta que la supuesta solución de la “regulación” puede haber sido una de las principales culpables.

Cumplimiento normativo

CrowdStrike, irónicamente, es una empresa de ciberseguridad. En teoría, protegen las redes empresariales y proporcionan “seguridad en la nube” para sistemas de computación en la nube en línea.

La seguridad en la nube, en sí misma, es probablemente un servicio que las empresas demandarían en el mercado, pero el beneficio de una mayor seguridad no es la única razón por la que las empresas acuden a CrowdStrike. En su propio sitio web, la empresa presume de una de sus características más importantes: el cumplimiento normativo.

Como señala el sitio web, muchos países cuentan con una amplia normativa para las empresas que almacenan datos de consumidores. En la UE, por ejemplo, existe el Reglamento General de Protección de Datos (RGPD). El GDPR “impone medidas estrictas de seguridad de los datos” y se extiende a las empresas de fuera de la UE porque

se aplica a cualquier organización que procese o almacene datos personales sobre residentes del EEE, independientemente de la ubicación de la organización. Las sanciones por incumplimiento son significativas, con multas de hasta 20 millones de euros o el 4% de la facturación global anual, la cantidad que sea mayor.

El impacto de la regulación

Este tipo de normativa también existe en Estados Unidos. Connor Harris, miembro adjunto del Manhattan Institute, detalla ampliamente el impacto de la normativa en la interrupción de CrowdStrike. Destaca que la Orden Ejecutiva 14028 obliga a las agencias federales a utilizar el tipo de software que ofrece CrowdStrike. Pero eso no es todo. Como observa Harris:

Existen cuestiones normativas similares en muchas industrias privadas: por ejemplo, el Centro Federal de Examen de Instituciones Financieras, una agencia federal de Estados Unidos que regula los bancos, tiene una Herramienta de Evaluación de Ciberseguridad que detalla las expectativas de ciberseguridad, incluidas varias disposiciones que requieren una supervisión similar a EDR. Aunque el cumplimiento de la Herramienta de Evaluación de la Ciberseguridad es nominalmente voluntario, los auditores federales exigen cada vez más su cumplimiento.

Las normas antimonopolio también pueden estar influyendo en esta debacle. Craig Hale, redactor de Techradar, ha señalado que un portavoz de Microsoft ha argumentado que una decisión de 2009 de la Comisión Europea podría tener parte de culpa. En 2009, Microsoft intentó limitar hasta qué punto los sistemas de seguridad de terceros podían realizar determinadas funciones.

En aquel momento, muchos reguladores argumentaron que la limitación del acceso de Windows a terceras empresas era contraria a la competencia. La presión resultante hizo que Microsoft cediera, a pesar de que estas limitaciones habrían evitado un apagón de este tipo.

Captura normativa

Pero la perspicacia de Connor Harris no se queda ahí. Harris señala que los reguladores pueden tener preferencia por los líderes del sector en materia de ciberseguridad en lugar de por empresas nuevas y advenedizas. En sus palabras, “incluso las organizaciones dispuestas a crear plataformas de ciberseguridad a medida pueden encontrarse con que los auditores no cooperan: el camino de menor resistencia es utilizar lo que esperan ver”.

Harris se basa en una idea formulada por el ingeniero de software Mark Atwood en Twitter, quien sostiene que puede tratarse de un caso de captura reglamentaria.

https://x.com/_Mark_Atwood/status/1814390900510077018

Pero, ¿qué es la captura reglamentaria? La teoría de la captura normativa ha tenido muchos colaboradores, pero muchos citan al Premio Nobel de Economía George Stigler como principal exponente de la idea.

La mayoría de las normativas requieren una cierta pericia técnica para su elaboración. Los políticos y los burócratas aún más técnicos se ven obligados a recurrir a expertos externos para redactar normativas relacionadas con campos complejos.

El problema es que los principales expertos en un campo suelen ser miembros del propio campo. Así que si, por ejemplo, el Congreso quisiera redactar una ley de ciberseguridad, es posible que tuviera que apoyarse en las relaciones con personas de empresas establecidas como CrowdStrike.

Cuando se recurre a expertos que tienen relaciones con empresas para que ayuden a redactar normativas, es posible que lo hagan de forma favorable a los que están dentro de la industria y no a los de fuera. Así, la regulación es “capturada” por los sujetos de la regulación.

El dominio de CrowdStrike

No podemos decir con certeza que esta interrupción en particular sea el resultado de una captura intencionada de la regulación por parte de CrowdStrike, pero parece claro que el dominio de CrowdStrike es, al menos en parte, el resultado del entorno normativo y, como la mayoría de las grandes empresas tecnológicas, no temen gastar dinero en grupos de presión.

En cualquier caso, sin una normativa engorrosa, es poco probable que la ciberseguridad adoptara una forma tan centralizada. A pesar de ello, como suele ocurrir, los problemas causados por la regulación suelen dar lugar a más peticiones de regulación. Como señaló el economista Ludwig von Mises

La opinión popular atribuye todos estos males al sistema capitalista. Como remedio a los efectos indeseables del intervencionismo, piden aún más intervencionismo. Culpan al capitalismo de los efectos de las acciones de los gobiernos que siguen una política anticapitalista.

Así que, a pesar de la llamada reflexiva a la regulación que se produce después de cualquier catástrofe, quizá la mejor manera de evitar problemas como éste sería argumentar que, en términos de regulación, menos es más.

Ver también

Nodos domésticos: Tecnología anti frágil para nuestra libertad. (Fernando Parrilla).

Un profesor marxista no puede explicar cómo el socialismo crearía una PS5

Por Jon Miltimore. El artículo Un profesor marxista no puede explicar cómo el socialismo cearía una PS5 fue publicado originalmente por FEE.

Mi familia compró una PlayStation 5 hace unos años. Es una decisión de la que a veces me arrepiento porque a mi hijo pequeño, de 7 años, le gusta demasiado jugar con ella. (Y entonces es cuando la desenchufa y la guarda). Pero es fácil olvidar la maravilla moderna que es la PS5.

Cuando empecé a jugar a videojuegos a principios o mediados de los 80, Galaga era el juego más popular en el salón recreativo local, que consistía básicamente en unas cuantas máquinas recreativas en la caseta de calentamiento de la pista de patinaje sobre hielo. Gasté bolsillos llenos de monedas de 25 centavos para jugar a un juego que tenía este aspecto.

Cuando nos regalaron un sistema de juego Atari en 1984, pensé que era lo más asombroso del mundo, aunque mi juego favorito, Jungle Hunt, tenía mucho peor aspecto que Galaga. Atari sólo utilizaba 128 bytes de RAM y tenía una resolución máxima de 160 píxeles de alto y 192 píxeles de ancho. Si comparamos estos juegos con la experiencia que tienen hoy en día los usuarios de la PS5, que se puede comprar por menos de 500 euros (juego incluido), nos damos cuenta de lo bien que lo pasan los jugadores de hoy en día. (Las PS5 tienen 16 gigabytes de RAM, es decir, 16.000 millones de bytes).

La perplejidad de un profesor marxista

Traigo todo esto a colación en parte porque un vídeo que se está haciendo viral en las redes sociales revela que este maravilloso invento sólo podría producirse en un sistema capitalista. El clip, que ha acumulado cinco millones de visitas en X tras ser compartido por Dylan Allman, presenta al economista marxista Richard Wolff, que fue entrevistado por la cadena estadounidense Destiny en 2022.

En la entrevista, un oyente hace una pregunta provocadora a Wolff: “Con su sistema de cooperativas de trabajo asociado, ¿seguiría teniendo mi PlayStation 5?”.

Wolff, profesor emérito de Economía en la Universidad de Massachusetts Amherst, ofreció esta respuesta:

Por supuesto. Tendrías que luchar un poco para conseguirla. Tendrías que hablar con tus compañeros. Hablar de la distribución de los ingresos. Tendrías que comparar tu deseo de PlayStation con todos los demás intereses de todas las demás personas. No sería algo que resolvieras por tu cuenta con tu jefe particular, de ninguna manera. Tendría que ser una decisión democrática. Tendrías que aceptarlo de la misma manera que lo haces ahora con las decisiones democráticas en nuestra sociedad, en la medida en que las tenemos.

Richard Wolff

Es una respuesta larga, serpenteante y prácticamente incoherente. Wolff responde que sí, que habría un PS5, y luego procede a ilustrar todas las razones por las que no se crearía un PS5 en un sistema socialista.

https://www.youtube.com/watch?v=lg5nmkDKrZI&t=2s

De precios y consumidores

Cuando Wolff dice “Tendrías que comparar tu deseo de PlayStation con todos los demás intereses de todas las demás personas”, está pidiendo lo imposible. No hay forma de medir el deseo, como tampoco la hay de determinar el valor innato de algo.

El valor es subjetivo. A algunas personas les da igual tener una PS5, mientras que otras rompen a llorar de alegría cuando reciben una PS5 por Navidad. Y luego está la cuestión del contexto. Actualmente valoro mi PS5 mucho más que mis zapatos y el filete de 20 onzas que tengo en el congelador. Pero si no tuviera zapatos o apenas hubiera comido en días, eso podría cambiar muy rápido.

Por eso tenemos precios. En un mercado libre, los empresarios demuestran su demanda de recursos -capital, mano de obra, espacio, etc.- mediante el precio que están dispuestos a pagar por ellos, del mismo modo que los consumidores deciden si compran un producto a un precio determinado o emplean su dinero en otra cosa.

Los precios son un pilar de la economía de libre mercado. Son señales que indican la oferta y la demanda a compradores y vendedores por igual, y la mejor herramienta del universo para asignar eficientemente unos recursos escasos.

Wolff no menciona en absoluto los precios cuando habla de la construcción de una PS5, pero se nos deja creer que el oyente tendrá su videoconsola siempre que pueda convencer a sus compañeros de trabajo de que su deseo de tener una lo justifica cuando se compara con los intereses de “todas las demás personas”.

El consumidor es el soberano

Este es un pensamiento económico retrógrado, y llega a un punto importante que separa un sistema socialista de uno capitalista. Tradicionalmente, en el socialismo no han sido los empresarios y los consumidores quienes dictan lo que se produce, sino los planificadores centrales. Esto es lo contrario del capitalismo, donde los consumidores deciden en última instancia qué productos fracasan y cuáles tienen éxito. El economista Ludwig von Mises lo describió como soberanía del consumidor:

Los capitalistas, los empresarios y los agricultores tienen un papel decisivo en la dirección de los asuntos económicos. Están al timón y dirigen el barco. Pero no son libres de determinar su rumbo. No son supremos, son sólo timoneles, obligados a obedecer incondicionalmente las órdenes del capitán. El capitán es el consumidor.

Si lo dudan, basta con echar un vistazo a la historia de Atari.

Atari: Una breve historia

La videoconsola Atari 2600 apareció en escena a finales de los 70 y principios de los 80 como un monstruo. En pocos años, sus ingresos anuales pasaron de 75 millones de dólares a 2.000 millones. Atari fue fundada en 1972 por Nolan Bushnell y Ted Dabney, que vieron el potencial de mercado de la tecnología emergente de los videojuegos. En 1979, Atari, que había sido adquirida por Warner Communications en 1976 por 28 millones de dólares, vendió un millón de consolas domésticas. En 1982, ya vendía 10 millones.

Warner Communications, que había invertido grandes cantidades de capital en el desarrollo y la promoción de la nueva videoconsola de Atari, estaba recogiendo los frutos. “Los ingresos de Atari representaban un enorme 70% de los ingresos de Warner”, afirma Dagogo Altraide en un documental sobre Atari en ColdFusion.

Sin embargo, todo este éxito invitaba a la competencia. Todo el mundo quería entrar en el negocio de los videojuegos. Pronto, la Atari 2600 no sólo compitió con viejos rivales como la Magnavox Odyssey, la Intellivision de Mattel y la Bally Astrocade, sino también con otras videoconsolas de nuevo desarrollo como la ColecoVision, lanzada en agosto de 1982.

Las empresas estaban invirtiendo grandes cantidades de capital en sus propias consolas de videojuegos en un intento de destronar a Atari. Lo que siguió fue un acontecimiento que ha sido etiquetado como el Crash de los Videojuegos de 1983, “una recesión a gran escala en la industria de los videojuegos que se produjo entre 1983 y 1985”.

Muchos argumentarían que el crack fue el resultado de un “fallo del mercado”, pero esto pasa por alto el siguiente capítulo de la historia de los videojuegos. La “recesión” terminó con la llegada de una nueva y legendaria consola de videojuegos: la Nintendo Entertainment System (NES).

Destruir sin cesar lo viejo, crear sin cesar lo nuevo

El auge de la NES marcó el fin de la hegemonía de Atari en el sector de los videojuegos. Las estadísticas del sector muestran que, en 1987, la cuota de mercado de Atari en las consolas de videojuegos cayó del 80% al 24%.

Nintendo, por su parte, se enfrentó a la incesante presión de sus competidores. Se defendía de otros competidores, como Sega Genesis, lanzando consolas nuevas y mejoradas, como la Super Nintendo y la Nintendo 64. Con el tiempo, la Xbox de Microsoft y la Nintendo 64 de Sony se convirtieron en las nuevas consolas de Nintendo. Con el tiempo, la Xbox de Microsoft y la PlayStation de Sony destronarían a Nintendo, aunque la compañía regresaría en 2017 con su Nintendo Switch (en la que ahora se pueden jugar juegos clásicos de Sega Genesis).

Es este proceso continuo de creación, innovación y destrucción en la búsqueda de beneficios lo que el socialismo nunca podrá rivalizar. No es que los países socialistas no puedan producir videojuegos o videoconsolas. Pueden y han podido.

Consola soviética de videojuegos

Muchos olvidarán que los videojuegos eran bastante populares en la Unión Soviética a finales de los años setenta y ochenta, y que los soviéticos incluso vendían su propia consola de videojuegos. La Turnir fue una consola lanzada en 1978 por el Ministerio de la Industria Electrónica de la URSS. Su precio era de 150 rublos (unos 750 dólares de 2024) y se fabricó hasta 1982. La Turnir fue una de las pocas videoconsolas que surgieron en la URSS, pero lo que llama la atención es la ausencia de mejoras en estos modelos.

De hecho, la falta de innovación fue tan grave que, inmediatamente después de la caída de la Unión Soviética, la videoconsola más popular en Rusia y los antiguos estados soviéticos era la Dendy, una versión barata de imitación de la popular NES de Nintendo.

Las décadas de competición por la primacía de los videojuegos, en las que la NES sustituyó a Atari, la Xbox a Nintendo y la PS5 acabó sustituyéndolas a todas, aunque no definitivamente (lo siento, fans de la Xbox), no son una característica del socialismo. Es una característica del capitalismo.

La innovación persistente de los sistemas de juego para satisfacer los deseos de los consumidores es un ejemplo de libro de texto de lo que el economista Joseph Schumpeter describió como destrucción creativa, en la que la estructura económica se “revoluciona incesantemente… desde dentro, destruyendo incesantemente la antigua, creando incesantemente una nueva”.

Destrucción creativa

Este proceso de destrucción creativa, que Schumpeter veía con razón como el motor de la prosperidad y la innovación comercial, está notablemente ausente en los sistemas socialistas. Y por una buena razón: Marx y sus discípulos lo detestaban. Mientras que Schumpeter celebraba la destrucción creativa, Marx la veía como “aniquilación”:

La destrucción del capital a través de las crisis significa la depreciación de los valores que les impide renovar más tarde su proceso de reproducción como capital en la misma escala.

Karl Marx. El Capital.

Y continuaba:

Lo que uno pierde, lo gana el otro. A los valores utilizados como capital se les impide volver a actuar como capital en manos de la misma persona. Los viejos capitalistas quiebran. … Una gran parte del capital nominal de la sociedad, es decir, del valor de cambio del capital existente, se destruye de una vez por todas, aunque esta misma destrucción, al no afectar al valor de uso, puede acelerar mucho la nueva reproducción. Este es también el período durante el cual el interés monetario se enriquece a costa del interés industrial.

Karl Marx. El Capital.

Virtud para Schumpeter, defecto para Marx

De estas palabras (y de otras) se desprende que el mismo proceso que Schumpeter reconocía como el motor de la innovación y el dinamismo en una economía de mercado, Marx lo veía como un defecto inherente.

Wolff, al igual que Marx, parece desconocer por completo lo que impulsa la innovación en el mercado. Creer que una PS5 surgiría de un proceso en el que varios individuos que hablan entre sí sobre cuánto se les debería pagar y sopesan el interés propio por un sistema de juego frente a los intereses de compañeros de trabajo que lo que desean es otra cosa es ignorar tanto la historia como los fundamentos de la economía.

Pero quizás esto no debería sorprendernos. “Si los socialistas entendieran de economía”, bromeó una vez el Premio Nobel de Economía F. A. Hayek, “no serían socialistas”.

El impacto de los riesgos geopolíticos sobre la competencia

La competencia no es sólo la base de la protección del consumidor, sino que es además el incentivo para el progreso.

Herbert Clark Hoover (Político estadounidense 1874-1964)

La libre competencia se define como un escenario en el cual los agentes económicos pueden aplicar las estrategias que decidan, dentro del marco de la ley, para maximizar sus ganancias, minimizar sus pérdidas y captar a un target de consumidores determinado. Sin que en este proceso interfieran fuerzas ajenas al mercado. Esta premisa es una condición transcendental para la existencia de una economía de libre mercado.

El tema de la libre competencia y la defensa de la misma desde la perspectiva de la libertad de los mercados es un pilar fundamental del pensamiento económico y político del liberalismo. Pues los defensores del libre juego de la oferta y la demanda argumentan que es el modelo más eficiente en lo referente a la fijación de precios y producción. Pues en un mercado de competencia perfecta, ningunos de los oferentes ni demandantes de bienes y servicios puede de manera individual influir en el libre juego de la oferta y la demanda y por ende en la fijación de precios y producción de los mismos.

Beneficios de la libre Competencia

La particularidad de la Libre Competencia reside en dos libertades fundamentales: La primera, la libertad de decisión de los competidores para concurrir al mercado en busca de unos potenciales compradores, y la segunda, en la libertad de los consumidores para escoger y adquirir bienes y servicios ofrecidos en condiciones de competencia.

Bajo el ejercicio de estas dos premisas fundamentales, la libre competencia ha demostrado ser el mejor motor de una economía, pues asegura el derecho de todas las empresas y personas a participar con eficiencia y en igualdad de condiciones en las actividades económicas. Logra, así, ofrecer productos y servicios con la mejor combinación de precio, calidad, seguridad, variedad e innovación. Maximiza de igual forma el bienestar de los consumidores y de la sociedad en general. Lo que termina creando un círculo virtuoso socioeconómico y tecnológico en favor de los sectores con menos recursos económicos, pues finaliza generando un spillover o efecto derrame positivo, sobre toda una sociedad.

Detractores de la libre competencia.

No obstante, es importante hacer hincapié en el concepto socialmente erróneo que existe en la mentalidad colectiva de muchos países, en especial en naciones en vías de desarrollo, con fuerte cultura populista e izquierdista, y que según el cual, la libre competencia solo beneficia a los grandes emporios empresariales en detrimento de las grandes mayorías.

Siguiendo con este orden de ideas, los cuestionadores de la libre competencia sostienen, que esta conduce a la concentración de riquezas en pocas manos y al predominio de los actores económicos fuertes por encima de los débiles. Siendo este último supuesto a nuestro juicio válido sólo en los escenarios en los cuales el Estado con sus políticas intervencionistas beneficia a sectores determinados, sea por intereses personales, políticos o ideológicos. Lo que produce los efectos negativos que paradójicamente no tienen cabida en la esencia misma de la libre competencia.

Lo que termina siendo este señalamiento una falacia en contra de la libre competencia, ya que paradójicamente esa intervención estatal es por excelencia   contraria a los postulados básicos de la misma, antes mencionada.

La intervención estatal, los Monopolios, los oligopolios y los fallos del mercado.

La libre competencia, es por definición contraria a las regulaciones de mercado, y de igual forma a la existencia de monopolios y oligopolios que distorsionen la dinámica arriba descrita como ya hemos señalado. Pues la misma se trata de una concepción que presupone un mercado transparente, honesto, en el que los consumidores logren informarse respecto a la calidad y el valor de los productos, y puedan elegir abiertamente entre la oferta disponible de marcas, y bienes y servicios a consumir.

No obstante, en el mundo real, los agentes económicos no siempre compiten entre sí en igualdad de condiciones justas y neutras, ya sea porque el Estado interviene signado por intereses particulares o ideológicos, a través de restricciones, subsidios y políticas tarifarias, órdenes de contratación o compras sesgadas a favor de ciertos grupos. O por prácticas por parte de algunos competidores que actúan de manera desleal, controlando un sector del mercado a su favor en función de su influencia política sobre un gobierno determinado.

De igual manera existen ciertos riesgos de exposición a ilícitos anticompetitivos que obedecen a factores del mercado, como aumento del contacto con competidores y proveedores, entre ellos   acuerdos de precios y colusión, fraude en la contratación, carteles de materias primas, asignación de cuotas de mercado/clientes a externos entre otras prácticas. Este tipo de distorsiones suelen corregirse y regularse con legislaciones antimonopolísticas y pro libre competencia. Al margen de la efectividad de estas regulaciones tanto en su concepción como en su implementación y posterior eficacia, este género de competencia desleal intrínseca a los agentes económicos puede reducirse a través de los esquemas legales al interior de cada Estado.  

Los desafíos geoeconómicos y geopolíticos sistémicos globales a la libre competencia.

A diferencia de los riesgos de exposición que responden a factores de mercado antes señalados, el mayor desafío a la libre competencia global, a la luz de todo el proceso de reconfiguración geopolítica y geoeconómica que el mundo ha venido experimentando principalmente en los últimos cinco años,   proviene principalmente en este momento de dos dinámicas:  la primera es la referente a  los crecientes procesos de autoritarismo creciente  a lo interno de muchas sociedades a nivel mundial, con la consolidación en las mismas, de sistemas de gobierno políticamente dictatoriales o autoritarios de diferentes inspiraciones ideológicas,  los cuales no respetan los más elementales derechos a la  propiedad privada y  de la libre competencia.

Estos gobiernos han terminado reconfigurando una   dinámica empresarial privada con fuertes condicionamientos políticos, no en función de incentivar la libre competencia en los mercados, sino en favorecer prácticas que distorsionan a la misma, como el manejo mafioso o coercitivo de acuerdos sujetos a los designios políticos del régimen en cuestión tanto en su ámbito interno, como el externo al mismo.

La segunda ha obedecido a la dinámica  retaliativa de tipo comercial principalmente y financiera en segundo orden, entre los Estados Unidos y China, primariamente y sus demás aliados respectivamente, producto del enfrentamiento geoeconómico y geopolítico entre estos contendientes, con la implementación mutua de medidas arancelarias, de prohibiciones y sanciones sobre la comercialización de ciertos bienes y servicios  entre otras políticas, que han impactado negativamente el desempeño de la libre competencia a escala mundial.

Secuelas

Las secuelas de estas dinámicas amenazantes no pueden enfrentarse con ningún tipo de legislación antimonopólica o correctivas dirigidas a neutralizar  prácticas distorsionadoras de la libre competencia en los mercados. Ambas obedecen a intereses y conflictos de tipo político y geoestratégico donde los principios jurídicos y económicos que guían la libre competencia de los mercados, se ven supeditados y anulados por los imperativos de tipo político, y  por  rivalidades geoeconómicas y  estratégica entre actores con valores, intereses y visiones del mundo disimiles.

Escenario este que ha traído como secuelas, competencias desleales entre los respectivos actores privados y estatales, con la consiguiente pérdida de eficiencia y productividad en la asignación de recursos económicos a nivel global, lo que ha terminado generando un efecto spillover o de derrame negativo sobre los sectores económicos de menores recursos a escala mundial. En contraposición al efecto de derrame o spillover positivo que suelen producir los mercados altamente competitivos sobre sus respectivas sociedades.

Ver también

Los costes de la fragmentación económica global. (George Youkhadar).

Los peligros de la guerra comercial. (Álvaro Martín).

Comienza una política de cielos abiertos en Argentina

Ya está en vigencia el decreto de necesidad y urgencia 70/2023, el que trabaja sobre múltiples áreas, pero contiene un eje común en la desregulación de los mercados. La posible privatización de Aerolíneas Argentinas (AA) como una aerolínea de bandera deficitaria corre por otro camino, mientras se abre la competencia para que ingresen al país algunas empresas low-cost.

Breve historia de Aerolíneas Argentinas

Fundada por un decreto de Juan Domingo Perón en 1950, Aerolíneas Argentinas dispuso hasta diciembre de 2023 de un monopolio en el país. AA ha mostrado en su historia una dinámica poco frecuente. En 1979 se transformó en sociedad del Estado. En 1990, en el marco de una ola de privatizaciones de aerolíneas en toda Latinoamérica, fue privatizada, reteniendo el Estado la deuda, y cayendo la empresa bajo el consorcio español Iberia. Más tarde, en 2001, comenzó un proceso de ampliación de la participación en manos de funcionarios españoles, traspasando finalmente la aerolínea al Grupo Marsans. Finalmente, en julio de 2008, AA fue parte de la ola de renacionalizaciones del gobierno de los Kirchner. Volvió a la administración pública.

Bajo la gestión de Mauricio Macri se impulsó el inicio de una política de cielos abiertos, habilitando el aeropuerto de El Palomar y permitiendo que empresas low cost, como Flybondi, fundada en 2016, compitieran con la aerolínea bandera, Aerolíneas Argentinas. Pero el proceso se interrumpió rápidamente con el gobierno de Alberto Fernández quien decidió cerrar aquel aeropuerto en 2020, lugar que utilizaban frecuentemente las aerolíneas de bajo costo y le dio prioridad a la aerolínea estatal. Fue durante su mandato también que LAN -una empresa que llegó a cubrir el 10 % de los vuelos de cabotaje en Argentina- abandonó el país.

Vuelta a los cielos abiertos

Los problemas sindicales continúan. Los crecientes subsidios a la aerolínea también. Los altos costos en este mercado siguen haciendo prohibitivo el acceso al servicio. La escasez de vuelos a los múltiples destinos y mala calidad de los viajes —representados en demoras y cancelaciones de vuelo— resulta en una consecuencia obvia.

Sin embargo, debemos observar aquí dos problemas diferentes: por un lado, el de su privatización o nacionalización. Ya forma parte de la agenda pública argentina de 2024 qué hará el nuevo gobierno con una empresa que hoy es financiada en una alta proporción por recursos tributarios, y no precisamente por los pasajeros que gozan del servicio. Javier Milei comentó en campaña y también ahora que entró en ejercicio su mandato la intención de reprivatizar la compañía, lo que también quedó planteado como una posibilidad -entre varias empresas estatales deficitarias- en el DNU.

Por otro, la apertura y desregulación del mercado. Que Aerolíneas Argentinas sea pública o privada resulta irrelevante, en comparación con la necesidad de desregular el mercado e ir hacia una política de cielos abiertos. Basta observar que tanto en EEUU como en diversos países de Europa se cuenta con aerolíneas estatales o de bandera y, sin embargo, el servicio es superior tanto en costo como en calidad.

Cielos abiertos y desregulación en los EE.UU, Chile, Gran Bretaña y Europa

Los mentores del actual Presidente de la Argentina, Alberto Benegas Lynch (h) y Martín Krause, dan en la tecla cuando afirman que “el cambio no se circunscribe a la venta de una empresa estatal ni a su paso a manos privadas, sino al marco regulatorio de la actividad que permite o restringe el funcionamiento del mercado. Es la competencia real o potencial la que incentiva a los agentes del mercado, en este caso las compañías aéreas, a reducir tarifas, ofrecer más servicios y mejorar la eficiencia. En la Argentina, en particular, por ser un país de grandes extensiones, las alternativas de transporte aéreo accesibles resultan de fundamental importancia”.

Los mitos en este campo son numerosos. La desregulación, para los mal informados, traería aparejado: 1) “el caos, la confusión y la incertidumbre”, 2) destruiría empleos, 3) resultaría en monopolios, 4) haría a los cielos menos seguros, 5) se incrementarían las pérdidas de equipaje, la sobreventa de asientos, las demoras en las salidas y llegadas de vuelos, 6) bajaría la calidad de las comidas y otros servicios en vuelo, y 7) habría una congestión en los aeropuertos.

El ejemplo de los Estados Unidos y Canadá

La evidencia empírica, sin embargo, contradice estas hipótesis. Herbert G. Gruble desarrolla precisamente un estudio comparado de la desregulación americana y la regulación canadiense, durante el período 1979 y 1988, y muestra sus conclusiones: “La performance comparativa de las aerolíneas de Canadá y EE. UU. entre 1979 y 1988 otorga una muy rara oportunidad de estudiar los efectos de los cambios en una política económica importante. Casi como un experimento de laboratorio, la industria de un país ha continuado operando en un entorno regulado, mientras que en el otro se enfrentó a políticas totalmente diferentes, […]

Los datos apoyan fuertemente el análisis teórico de los efectos de la desregulación. La mayor competencia en EEUU llevó a una notable reducción de los costos y tarifas en relación con los de Canadá. Tan espectaculares son los resultados que otras diferencias entre los dos países no pueden explicarlos. Generalmente, la desregulación aérea provee mayores beneficios a los consumidores”.

Chile y Europa

El caso chileno, también puede ilustrar la cuestión. Un trabajo de Jorge Asecio, publicado por el Instituto Libertad y Desarrollo, explica: “La incorporación de nuevas empresas prestatarias de servicios, así como la incorporación al mercado de nuevos y más modernos equipos de vuelo, que se adaptan mejor a los requerimientos de la demanda y presentan costos medios más bajos, aseguran un incremento de los niveles de demanda conocidos”. Además, agrega Asecio, “Las características del mercado llevaron a la autoridad a aplicar una política que permitiera generar condiciones de competencia, con lo cual se han obtenido incrementos de frecuencia, servicios a más bajo costo y una mayor cobertura aérea de nuestro país”.

En el caso de Inglaterra, la privatización de la British Airways es todavía recordada por el prestigio alcanzado en la calidad de sus servicios. El hecho de que las aerolíneas británicas compitan entre sí, como con aerolíneas extranjeras, dio como resultado que las tarifas de los vuelos que se originan en el Reino Unido sean, en general, más bajas que en los demás países europeos.

Por último, una mención especial merece el “Tratado de Cielos Abiertos para Europa”. Los 24 países miembros se resistieron durante un tiempo bastante prolongado a la desregulación, pero hoy disfrutan de los beneficios de una política de cielos abiertos entre Europa y EEUU, pudiendo volar libremente de un país a otro, y en muchos casos, a menores costos que en automóvil, autobuses o ferrocarril.

Primeros pasos en Argentina para la desregulación

El DNU 70/2023 abre el mercado nuevamente para la Argentina, derogando y modificando decretos y leyes para facilitar el ingreso de más líneas aéreas. Entre otros aspectos, el DNU modificó el código aeronáutico, por el cual se elimina el mecanismo de audiencia pública para otorgar rutas aéreas y se derogó el decreto 1654/2002 que permitía establecer bandas tarifarias. Al colocar precios mínimos, el gobierno de Alberto Fernández jugó en favor de Aerolíneas Argentinas y en detrimento de la existencia de empresas low cost.

La desregulación ya empieza a mostrar sus efectos. Con la entrada en vigencia del DNU 70/2023 el Ministerio de Infraestructura confirmó este jueves nuevas rutas aéreas que conectan destinos de la Argentina y otros países. JetSmart, Flybondi, Paranair y GOL son las primeras empresas low cost que entran en esta política de cielos abiertos, a las que se irán sumando otras nuevas, con precios accesibles y fomentando la competencia.

El nuevo gobierno informó que la primera empresa en aprovechar el nuevo marco regulatorio es Flybondi con vuelos de Aeroparque a Mar del Plata, que cuenta con el 90% de ocupación, con frecuencias los lunes, miércoles, viernes y domingo. Además, informaron sobre la ampliación de la oferta de esa misma empresa para conectar la Argentina con Brasil.

Por otro lado, desde de marzo JetSmart unirá Buenos Aireas con Concepción. Paranair volará desde Córdoba a Asunción del Paraguay, con frecuencias los miércoles, viernes y domingo. Gol, por su parte, iniciará el 1 de abril vuelos desde Ezeiza a Bogotá. Es apenas el inicio de una transformación del mercado aeronáutico argentino.

Ver también

Decálogo de un plan integral y urgente para Argentina. (Adrián Ravier).

Entreabriendo los cielos. (Francisco Moreno).

La destrucción de las telecos europeas comienza en España

El mercado español de telecomunicaciones lleva unos meses bastante revuelto. Las telecos han dado titulares a la prensa un día sí y otro también. Una revisión rápida de los mismos comenzaría con la fusión Orange – MásMóvil, que lleva algún tiempo en los despachos de la Comisión Europea esperando a que ésta dé su beneplácito y, más importante aún, las condiciones en que lo da.

Cambios en Telefónica y Vodafone

Por su parte, Telefónica se vio sacudida en septiembre por la irrupción de un inversor procedente de Arabia Saudi, el operador STC, que había adquirido una participación del 4,9% en el accionariado del operador, y otro 5% mediante derivados a la espera de la autorización del gobierno español. La primera de las participaciones, per se, le colocaba ya como primer accionista de Telefónica.

El gobierno español aún no se ha manifestado formalmente. En cambio, sí ha anunciado que trataría de montar un plan liderado por la SEPI para hacerse con un 5% de Telefónica, lo que supondría el inicio de la nacionalización de una empresa que siempre fue de titularidad privada, y eso en pleno siglo XXI y con la Comisión Europea vigilando que no se distorsione la competencia en los mercados.

Por su parte, el BBVA, uno de los principales accionistas de Telefónica, ha afirmado que, no solo no quiere ampliar su participación en el operador, sino que dicha inversión ha dejado de ser estratégica y que la participación que ostenta está en venta. A ello se unen recientes informes de algunos bancos de inversión revisando a la baja su valoración de Telefónica.

Otra de las grandes telecos en España, Vodafone, acaba de ser vendido por su matriz al fondo de inversión Zegona, buen conocedor del mercado español. El precio acordado ha sido de 5.000 Millones de Euros, que todos los medios comparan con los 7.500 que pagó en 2015 Vodafone por Ono, y con los 25.000 que en su momento le costó a Vodafone comprar Airtel. Las cifras son muy contundentes y reveladoras de la destrucción de valor que han sufrido los accionistas del grupo inglés.

Un mercado muy competitivo

¿Es casualidad que todo esto esté ocurriendo precisamente en las telecos presentes en España? En absoluto. En realidad, lo que pasa es que el mercado español es el líder en competitividad de la Unión Europea, lo que suena muy bien, pero es terrible para un mercado cuando dicha competencia se basa en privilegios regulatorios en lugar de en la satisfacción de las necesidades de los usuarios.

Las razones de dicho liderazgo son complejas, como todo fenómeno histórico. Pero se pueden radicar en los años en que la Comisión del Mercado de Telecomunicaciones (CMT) estuvo paralizada ante la refundación del regulador llevada a cabo por el Gobierno en los años 2012-2015. Dicha parálisis dejó un hueco de libertad por el que se coló Telefónica: empezó a ofrecer productos con anchos de banda superiores a 30 Mbps, para los que, al no haber regulación, no tenía obligación de facilitar a sus competidores que los replicaran usando la propia red de Telefónica.

Ese “hueco” estimuló las inversiones de Telefónica en fibra óptica, y tuvo un efecto arrastre en sus principales competidores del moment. Las telecos se vieron obligados a acometer despliegues similares si querían mantener su posición competitiva. El fenómeno ha llevado a España a una situación única en el mundo, tanto por penetración de la tecnología (en pocos países del mundo llega la fibra a tantos hogares como en España) como en competencia (en ningún país del mundo se superponen tres redes NGN de distintos operadores en competencia)[1].

Diseño burocrático de la competencia

Sin embargo, nada de esto evitó que el regulador volviera a la carga contra las telecos, una vez despejadas las dudas institucionales. De nuevo, agentes que no habían hecho inversiones en la red necesaria para prestar servicios, pudieron beneficiarse de privilegios para entrar al mercado y competir con los que sí lo habían hecho, usando las redes de estos. Pero, insisto, dando lugar a una competencia artificial basada en ventajas regulatorias y no en una mejor satisfacción de los clientes (ya que se limita a replicar los productos que ofrece el operador inversor a un precio más bajo, solo rentable por las obligaciones regulatorias), o sea, una competencia insostenible y destructiva.

Esta competencia insostenible entre telecos termina necesariamente con la salida de operadores del mercado, típicamente mediante su adquisición por parte de alguno de los que se queda[2]. Es precisamente en este punto en el que se encuentran MásMóvil y Orange. Pero, claro, de acuerdo a la normativa europea, estas operaciones tienen que ser autorizadas por la Comisión Europea, la inefable DG Competencia, para asegurar que no perjudican a los clientes europeos. Pues bien, la citada DGCOMP decidió hace tiempo que tiene que haber cuatro operadores en un mercado como el español, sin que no se sepa muy bien cual es la base científica de tal umbral.

¿Cómo asegura la CE que tal número se va a mantener? Lo que hace es decirles a los operadores que se quieren juntar que solo les dejará si dan condiciones privilegiadas de acceso a su red a un nuevo entrante o agente ya existente menor. Y vuelta la burra al carro: se introduce un competidor artificial en el mercado, y se mantienen los problemas de sostenibilidad, creando otro ciclo de destrucción de valor, y así hasta el vacío.

Intervención e inseguridad

En muchos países europeos se va haciendo acuciante esta necesidad de consolidarse por algunos de sus operadores, pero todos tienen muchas dudas sobre si la Comisión Europea autorizaría las operaciones y, sobre todo, en qué condiciones. Como montar fusiones entre empresas grandes para que luego las torpedeen no es precisamente barato, nadie quería tirar esa primera piedra. Nadie quiere probar las aguas para ver si la DGCOMP había cambiado su posición a la vista del desastre en el valor del sector. Que al final fueran MásMóvil y Orange las que se tiraran a la piscina se explica, precisamente, por el mayor grado competitivo en el mercado español, que debía hacerles imposible mayor espera.

Y pasaron los meses con todo el sector en vilo: ¿autorizaría la CE la concentración sin condiciones, o volvería a imponer la creación de un competidor artificial? Lo primero quizá posibilitaría la reconstrucción del valor del sector y la vuelta de los inversores al mismo; pero, lo segundo, quizá supusiera un mazazo al sector ya sin posibilidad de marcha atrás. Aún no sabemos qué hará la DGCOMP, pero los rumores y las noticias desde hace unas semanas no invitan para nada al optimismo, salvo para el operador rumano DIGI que podría resultar el ganador en la tómbola de los privilegios regulatorios.

La situación de Telefónica

Así las cosas, Vodafone, quien sufre la regulación europea en más países que España, ha debido de dar la cosa por muerta, y ha liquidado su inversión en España a precio de saldo. Si va a entrar otro operador artificial en un entorno tan competitivo como el español, podrían perder aún más dinero. El entrante Zegona lo hace en condiciones mucho mejores de la que lo hizo Vodafone en su momento, ya que las pérdidas se las han comido los accionistas de Vodafone, y el nuevo Vodafone España podrá bajar sus precios y ser rentable. No es lo mismo recuperar una inversión de 30.000 Millones de Euros que de 5.000.

Respecto a Telefónica, la cosa es mucho más complicada. Dejando de lado posibles motivaciones políticas, la entrada de STC en septiembre podría interpretarse en clave especulativa: comprar a un precio relativamente bajo un operador que se podía revalorizar considerablemente si la DGCOMP autorizaba MásMóvil-Orange sin crear otro competidor. Con la información que se maneja ahora, ya no estaría tan claro que la decisión hubiera sido acertada en esta clave, lo que es coherente con la decisión descrita más arriba del BBVA y los análisis a la baja de los bancos de inversión.

En todo caso, lo que es indiscutible es que Telefónica, que llegó a valer 100.000 millones de Euros, a los 20.000 millones que cotiza en la actualidad podría ser un bocado apetecible. Y ahí tenemos otra manifestación de la brutal destrucción de valor del sector, destrucción que es aún más llamativa si tenemos en cuenta que se ha producido mientras todo el mundo se compraba teléfonos móviles y se conectaba a Internet.

Comprender el mercado desde la teoría económica

No olvidemos el valor que cobraron las telecomunicaciones en todo el mundo cuando los gobiernos decidieron confinarnos en nuestras casas en respuesta al COVID. Pues con toda esa evidente creación de valor para la gente, con poco parangón en la historia, resulta que las telecos están tiradas de precio.

Y, ya que hemos hablado de gobiernos, un apunte económico sobre los planes del español para la nacionalización parcial vía la SEPI. A cualquier conocedor de la teoría de control de precios de Ludwig von Mises le resultará poco sorprendente el movimiento, toda vez que dicha teoría nos explica que cualquier regulación efectiva de precios (y en el mercado de telecos hay unas cuantas) termina necesariamente en planificación central, si el Gobierno quiere que funcione[3]. La podríamos resumir de la siguiente manera: la única forma que tiene un Gobierno de que el mercado haga lo que él quiera es asumiendo la producción en el mismo. Claro, que entonces el mercado hará lo que quiere el Gobierno y no los individuos, y su sostenibilidad dependerá de impuestos y voluntades políticas. Nada que no sepamos ya sobre el maravilloso funcionamiento de los servicios públicos.

Como se observa, nada de lo sucedido era tan inesperado como pueda parecer a los desconocedores de la teoría económica, aunque sea imprevisible la forma en qué ocurriría. La política europea de telecomunicaciones consiste en repartir la tarta entre los consumidores sin preocuparse mucho de quién la hace. Y parece que la tarta se está acabando ya en España, y posiblemente tampoco quedé mucho más en otros países europeos. Cuando nos quedemos sin tarta, ¿seguirá presumiendo la Comisión Europea de que vela por los intereses de nuestros conciudadanos?


Notas

[1] El lector interesado en esta evolución de las telecos en España. podrá ahondar más en esta tesis aquí: https://www.aei.org/technology-and-innovation/telecommunications/miracle-ftth-deployment-spain/

[2] Esto lo explico con más detalle aquí: The Indivisibility of Telecommunications Networks: A Possible Explanation for Past and Present Trends in Telco Mergers. Competition Policy Internationa, Noviembre 2022.

[3] Ver: Herrera-González, F. & Castejon, L. (2009). The endless need for regulation in telecommunication: An explanation. Telecommunications Policy. 33. 664-675.

Ver también

Las telecomunicaciones frente al coronavirus. (Fernando Herrera).

La ‘totalización’ de internet en Europa. (Fernando Herrera).

Un primer análisis económico del derecho desde un punto de vista Austriaco

La competencia perfecta es un concepto ampliamente enseñado en la economía, y sobre el cual se fundamentan varios -y muy populares- estudios de análisis económico del derecho. Pero, ¿cuán válido es en la vida real? Este modelo puede no ser tan útil como parece, y hay que poner en tela de juicio la decisión de tomarlo como una herramienta analítica en análisis económico del derecho. La Escuela Austriaca de Economía ofrece una perspectiva diferente.

Desmitificando la competencia perfecta

En el mundo del análisis económico del derecho, fundamentado en la noción de equilibrio perfecto, se espera que las teorías predigan eventos futuros. Puesta en funcionamiento institución jurídica x, se seguirá efecto y, dadas condiciones u. Sin embargo, desde los Austriacos, se argumenta que una teoría debe hacer que el mundo sea comprensible en términos de la acción humana y la búsqueda de metas. Aquí es donde el modelo de competencia perfecta entra en escena, y comienzan las críticas.

El modelo de competencia perfecta asume que los mercados funcionan de manera precisa, con costos y beneficios marginales coincidiendo, lo que lleva a juicios sobre el mercado. Pero cuando la realidad se desvía de este modelo, se argumenta que el mercado ha “fallado”. La Escuela Austriaca de Economía considera que esta teoría es descriptivamente falsa debido a la especificación de supuestos fundamentales, como la objetividad del valor y la información perfecta sobre las preferencias de los actores. En otras palabras, se especifican como ausentes: el valor subjetivo, la función empresarial, la incertidumbre y el paso subjetivo del tiempo.

Un modelo estático

El problema no radica en la cantidad de detalles que se excluyen en la teoría económica, ya que todas las teorías necesitan cierto grado de abstracción. De ser así, el problema sería de fácil solución. Sencillamente, se enriquecería el modelo con un mayor número de presupuestos hasta que se consiga un grado satisfactorio de realismo. Por el contrario, la crítica principal de los Austriacos es que la abstracción específica, es decir, especificar como ausentes ciertos elementos de la realidad, en vez de presentarse una ausencia de especificación de estos, en del modelo de competencia perfecta, crea una imagen estática de los mercados en equilibrio, dejando de lado la imaginación, la sorpresa y la función empresarial que son esenciales en la realidad del mercado.

En el modelo de competencia perfecta, se asume que los agentes siempre maximizan su utilidad en un mundo de equilibrio perfecto. Esto ignora la dinámica de un mercado real, donde la innovación, la competencia y el cambio son constantes. Además, se basa en la idea de que se conocen todas las oportunidades disponibles, lo cual es irreal en un mundo en constante cambio y con información limitada.

La alternativa austríaca

Desde la Escuela Austriaca, se critica la representación del mercado como un equilibrio constante, ya que la realidad del mercado es un proceso dinámico y abierto. La abstracción específica del modelo de competencia perfecta no tiene en cuenta la subjetividad del valor ni el error empresarial, lo que lo hace descriptivamente falso -y falaces las consecuencias que se generen a partir de ese razonamiento.

En últimas, el modelo de competencia perfecta, aunque ampliamente enseñado en economía, y adoptado en análisis económico del derecho, presenta desafíos significativos cuando se aplica a la realidad de los mercados. La Escuela Austriaca de Economía ofrece una perspectiva más dinámica y realista, que no es descriptivamente falsa, enfatizando la importancia de la función empresarial, la subjetividad del valor y la incertidumbre en la toma de decisiones económicas. Esta visión nos invita a repensar la forma en que entendemos y evaluamos los mercados y sus interacciones con el derecho.

Equilibrio en Economía: ¿Realidad o Construcción Mental?

En la teoría económica, el equilibrio es un concepto fundamental que se utiliza para entender cómo funcionan los mercados. En el mundo de la economía, se supone que, en un estado de equilibrio, los actores económicos han agotado todas las posibilidades de intercambio. Es decir, nadie espera mejorar su situación a través de un nuevo acto de intercambio. Esta idea es lo que la Escuela Austriaca -más específicamente Ludwig con Mises- llama “equilibrio simple”.

Sin embargo, la crítica Austriaca se centra en que esta construcción mental del equilibrio no es adecuada para comprender el surgimiento y funcionamiento del mercado en la vida real. Esto se debe a que el equilibrio simple se basa en la eliminación hipotética del cambio, la información y el movimiento irregular del mercado. En el mundo real, existen la función empresarial, el error y la sorpresa, lo que hace que la noción de equilibrio simple sea irreal.

A pesar de esta crítica, desde la Escuela Austriaca no descarta el uso del modelo de competencia perfecta, en el que se basa el equilibrio simple. En cambio, lo considera una herramienta valiosa para comprender el cambio en el proceso de mercado. Este modelo se utiliza para estudiar cómo se comportan los mercados en un entorno de interacción constante y competencia.

Una visión limitada

El problema real radica en la visión instrumentalista de la teoría económica, especialmente en el contexto del análisis económico del derecho neoclásico. En lugar de concebir el mercado como un proceso en constante cambio, este enfoque utiliza una representación estática del mercado, lo que lleva a una visión limitada de cómo funcionan las interacciones económicas -y a diseñar instituciones jurídicas que, buscando corregir fallos del mercado, terminen distorsionándolo.

El mercado no se encuentra en un estado de equilibrio constante, como sugiere el modelo de competencia perfecta. En cambio, es un proceso en constante evolución, donde las preferencias individuales cambian, y las acciones de los agentes económicos responden a estas fluctuaciones. Este proceso es dinámico y no tiende a un equilibrio final alcanzado, ya que constantemente se descubren nuevas oportunidades. La función del derecho, entonces, no es la de forzar la asignación de recursos a un estado donde no se identifiquen fallas del mercado, sino a facilitar el proceso de coordinación que tiende siempre hacia el equilibrio (el proceso de equilibrio).

El cambio constante

La Escuela Austriaca de Economía aboga por una visión más realista y dinámica del mercado, que tenga en cuenta el proceso de mercado en constante cambio. No hace nada mal explorar ese paradigma económico y tomarlo como marco teórico para adelantar análisis económico del derecho. En lugar de centrarse en el equilibrio simple, se enfoca en el proceso de equilibrio, que implica una búsqueda constante de mejores oportunidades y un constante descubrimiento de nuevas formas de interacción -sin llegar nunca a un conocimiento perfecto de ellas.

En resumen, el concepto de equilibrio en economía es más que una imagen estática. Desde la Escuela Austriaca de Economía, se aboga por una comprensión más dinámica de cómo funcionan los mercados, que refleje la realidad de la competencia, el cambio y la innovación constantes. Este enfoque nos ayuda a apreciar la complejidad de las interacciones económicas y a comprender mejor cómo se relacionan con el derecho y las instituciones, tomando en consideración el papel que juegan facilitando el proceso de equilibrio o entorpeciéndolo.

Ver también

Monopolio desde Hayek y Schumpeter (Martín Sánchez).

El destino socialista de la competencia perfecta. (Juan Ramón Rallo).

Sobre la competencia. (José Ignacio del Castillo).

Sobre procesos de mercado. (Fernando González San Francisco).

Fallos de mercado. (José Hernández Cabrera).

¿Equipaje de mano gratis? Ni en broma

Saludan con alborozo los medios la inminente decisión por la que la Comisión Europea va a impedir a las compañías aéreas el cobro de un precio adicional por el equipaje de mano. Tal alegría es inquietante, pues revela la completa ignorancia económica de la mayoría de los periodistas, esos ojos que nos permiten ver más allá de nuestro entorno próximo, cuyo desconocimiento conduce a constantes engaños ópticos.

En este caso, además de ignorancia económica, revela una profunda ignorancia histórica, pues la evidencia empírica está allí y la conoce todo el mundo. Los vuelos empezaron a bajar de precios precisamente con la entrada de esas compañías que llamamos “low cost”, cuya principal característica era que ofrecían el vuelo por separado, para luego intentar cobrarnos por todo lo que tradicionalmente venía incluido en el billete, como el equipaje, la comida o la elección de asiento. Es indiscutible que la entrada de compañías con estos esquemas comerciales abarató el precio de un servicio que hasta ese momento casi se consideraba de lujo.

La prohibición encarecerá los vuelos

Por tanto, a priori, un movimiento en la misma dirección, separar del pago del vuelo el de un servicio auxiliar como es el equipaje de mano, tenderá a hacer que baje el precio del billete del vuelo, de la misma forma que ocurrió antes cuando se desempaquetaron de dicho precio el equipaje de bodega o la comida.

Pues no: hay periodistas que nos quieren hacer creer que así los viajes serán más baratos, e incluso llegan a calificar la práctica de pretender cobrar por el equipaje de mano como “abusiva”. La realidad es que ocurrirá todo lo contrario: esta prohibición hará que los viajes en avión sean más caros. Es más, es esta prohibición la que será abusiva, ya que obligará a las compañías a cobrar a todo el mundo por el equipaje de mano, lo quiera o no. Y es que, en el fondo, la prohibición de la CE tiene claros beneficiarios: las compañías aéreas.

Para entender por qué, empecemos por lo básico. En un mercado no intervenido, los bienes producidos tienden a satisfacer de la mejor manera posible las necesidades de los individuos. Las empresas que lo hagan mal, perderán rentabilidad y eventualmente desaparecerán del mercado.

Oportunidad de beneficio

Aceptemos que, en un momento concreto, los clientes de vuelos están pagando billetes que incorporan todas las facilidades: equipaje de mano, equipaje en cabina, elección de asiento y comida. En este escenario, puede haber una compañía que se dé cuenta que muchos pasajeros no facturan equipaje, y que puede haber una oportunidad de negocio en ofrecer billetes de menor precio sin derecho a equipaje facturado, y cobrar un extra al cliente que quiera facturar.

A priori, no se puede saber lo que dirá el mercado. Ahora ya sabemos qué tal oferta fue un éxito, y de hecho son poquísimas las compañías que en la actualidad no han separado del precio del vuelo el equipaje de bodega. Así se consiguieron vuelos más baratos para todo el mundo, a costa de que aquellos pasajeros que quieran facturar equipaje seguramente paguen más que cuando compraban el billete completo. Como resulta que una mayoría de pasajeros prefiere pagar menos y no facturar equipaje, el esquema comercial es viable y el bienestar agregado de todos los consumidores mejora.

Separar los servicios y ponerles un precio

Esta práctica de “desempaquetamiento” de productos permite dar mayor transparencia a las necesidades de los individuos y así ajustar mejor los precios a los servicios que cada uno requiere. En el fondo, impide que unos clientes, los de uso menos intensivo, subvencionen las necesidades de los otros. Si todos pagamos como si fuéramos a facturar equipaje, es claro que a los que finalmente facturan les va a salir más barato a costa de todos los que no hemos facturado y, sin embargo, hemos pagado como si fuéramos a hacerlo.

Es por ello también que la Comisión Europea, que ahora obliga a las aerolíneas a “empaquetar” el vuelo con el equipaje de mano, considera el “empaquetamiento de productos” como algo abusivo y a vigilar cuando lo hacen compañías dominantes en sus mercados.

Haciendo un análisis muy similar al descrito, si sustituimos equipaje en bodega por equipaje de mano, es claro que la tendencia de los precios del vuelo sin más sería a bajar. Con este “desempaquetamiento”, solo pagarán por llevar equipaje de mano aquellos que realmente lo lleven, y no todos los demás pasajeros que no lo llevamos, o que hemos optado por facturarlo en bodega pagando un plus. Así pues, ¿equipaje de mano gratis? Ni en broma.

Los intereses detrás de la regulación

Pero, una vez más, nos queda el lado más oscuro de esta propuesta. Si ya hemos visto que los pasajeros no se benefician, ¿quién puede querer esta norma? Está claro que el sospechoso más cercano está en el otro lado de mercado, las compañías aéreas. Esto es así porque reducen sus posibilidades de competir, de hacerse pupa. Si recordamos el esquema inicial, el del vuelo con todas las facilidades empaquetadas, es fácil entender que era una situación muy cómoda para las aerolíneas, que cobraban por todo, lo demandara o no el cliente.

Esta situación solo se pudo romper por unos competidores que querían ganar cuota de mercado, y sacrificaron el margen que daba el empaquetamiento a cambio de conseguir clientes, y complicar la vida a los agentes existentes. En el fondo, ahora ocurre lo mismo: si tiene éxito lo de cobrar por el equipaje de mano, los billetes bajarán y las demás compañías tenderán a imitar la práctica del primero en hacerlo. Al final del ciclo, los clientes estarán mejor servidos y las aerolíneas relativamente peor.

Colusión

¿Cómo pueden las compañías evitar este ciclo? Poniéndose todas de acuerdo en no separar el cobro del equipaje de mano del vuelo. Pero como ese acuerdo sería colusorio y posiblemente punible por las autoridades de competencia, entre ellas la propia Comisión Europea, acuden a ésta para que se ponga el gorro de regulador y haga una norma que obligue a un acuerdo que su otra mano perseguiría.

Ya solo queda que la Comisión Europea venda la mercancía como algo que hace en el interés de los usuarios, y que los terminales mediáticos ignorantes y acríticos se hagan eco diciendo que se abaratarán nuestros viajes en avión.

Así pues, lo repito: ¿Equipaje de mano gratis? Ni en broma.

Ver también

Mitos sobre la regulación para la competencia. (Fernando Herrera).

Integración vertical y evolución de la industria. (Adrià Pérez Martí)